sábado, 30 de junio de 2012

Newman en contexto (I)


La gran oleada de conversiones, a consecuencia del movimiento de Oxford, produjo un conflicto impen­sado entre los antiguos católicos y los conversos. És­tos veían a los primeros como intelectualmente retra­sados, apáticos y estancados. De hecho, desde la Re­forma y hasta la llegada de la oleada de conversiones, el laicado había estado aislado de la vida intelectual y pública de Inglaterra.
La brecha entre ambos se amplió en la década de 1850. La división alcanzó incluso al episcopado, siendo notorio el encolumnamiento del Cardenal Wiseman con los conversos y de su coadjutor Errington con los antiguos católicos.

Pero, a su vez, los conversos mismos estaban divi­didos. Por un lado, el partido representado por Faber, Ward y Manning, caracterizado por sus extravagancias litúrgicas romanizantes y su férrea concepción acerca de la obediencia a las autoridades eclesiásticas. El otro, menos numeroso, recibía su inspiración de Newman, y lo caracterizaba su preocupación por la formación intelectual, su énfasis en el papel del laicado y, dentro del respeto debido a las autoridades eclesiásticas, de la libertad de pensamiento y de investigación. Dentro de los oratorianos está situación se plasmó en la divi­sión de los oratorios de Birmingham y Londres, en correspondencia con sus dos máximas figuras, New­man y Faber.
En 1854, Richard Simpson, otro converso oxoniense, especialista en Shakespeare, comenzó a colaborar con la revista. Su presencia acentuó la inclinación de la publicación hacia lo que podríamos denominar la "izquierda católica". Asimismo, Simpson transmitió a la revista su particular espíritu polémico y desinhibi­do, carente de respeto humano. Las polémicas no tar­daron en hacerse presentes. Newman se mantuvo cer­ca de la publicación, ejerciendo una función modera­dora cuando los borradores de los artículos contenían doctrinas erróneas o, por lo menos, cuestionables en su formulación y peligrosas para los lectores. Desde siempre estuvo en contra de que laicos autodidactas escribieran acerca de teología.
En 1856, dada la deficiente salud de Capes, y pese a estar inmerso en una polémica por un artículo de dudosa ortodoxia sobre el pecado original, Simpson asumió como editor asistente.
Hacia 1858, Capes abandonó la publicación, Simp­son asumió como editor y se incorporó al staff el joven Sir John Acton. Todo esto significó un giro en la direc­ción de la revista. De ser inicialmente el órgano de los conversos, pasó a representar a un grupo dentro de és­tos: el de los católicos liberales, quienes sostenían que el Catolicismo no debía perderle pisada a los progresos de la razón y de la ciencia en un clima de libertad.
Es muy importante aclarar que, a diferencia de los modernistas de la generación posterior, ellos no pre­tendían cambiar los dogmas, los cuales consideraban el núcleo central de la fe, sino las formas teológicas de expresión y explicación de esos principios, de tal modo que fuesen compatibles con el pensamiento mo­derno.
Simpson y Acton tenían en gran estima a Newman; lo consideraban el símbolo de catolicismo inglés ilustrado al cual aspiraban. Por su parte, Newman también estimaba al Rambler, pero temía el desarrollo de sus tendencias y se propuso evitar el previsible conflicto con las autoridades eclesiásticas.
El choque tuvo lugar a mediados de 1858, con mo­tivo de un provocativo artículo de Acton en el que, de pasada, sostenía que Jansenio, tal como siempre había afirmado, efectivamente había extraído su doc­trina herética de la lectura de las obras de San Agustín. El artículo produjo una considerable polémica, la cual se vio incrementada por una carta de Ignaz Dóllinger el teólogo alemán, maestro de Acton, quien redobló la apuesta mostrando, con su tremenda solvencia histórico-científica, que en el ardor de la polémica antipelagiana, San Agustín había ido a veces demasiado lejos y sostenido doctrinas ajenas a la doctrina revelada, que incluso habían sido criticadas por teólogos en su mo­mento, y que Jansenio había abrevado en ellas para ela­borar su doctrina heterodoxa.
Como es de imaginar, esto originó una tremenda polémica en el seno del catolicismo inglés, llegando Faber a denunciar al Rambler ante el Santo Oficio. Wiseman tomó partido en contra de la revista, con la cual venía sosteniendo ríspidas relaciones, y lanzó en contra de la misma al ala ultramontana de la Iglesia, la cual enfatizaba el papel de la autoridad de la Iglesia como solución a las dificultades doctrinales y como guía en la conducta práctica.­

Tomado de:  Baliña, Carlos. Estudio preliminar. En: Newman, John Henry.  LOS FIELES Y LA TRADICIÓN. Ed. Pórtico. Buenos Aires, 2006, p. 13-16.

miércoles, 27 de junio de 2012

FSSPX: Frente a los rumores, habla el Superior del distrito USA

Entrevista televisiva con el padre Arnaud Rostand, superior del distrito de los Estados Unidos de la Fraternidad San Pío X. Son muy significativas algunas de sus declaraciones, aunque no hay que olvidar que la entrevista se dió antes de que el obispo Bernard Fellay se encontrara con el cardenal William Levada.




El autor de los subtítulos es Jack Tollers a quien le damos las gracias por su colaboración.  

domingo, 24 de junio de 2012

EL FUTURO DE INFOCAOTICA


Nuestra bitácora nació como iniciativa hispano-argentina: un español y dos argentinos integran esta "chiflada" Redacción.
Pero el bueno de fray Juan, nuestro redactor español, ya no tiene internet en su convento y se le hace difícil seguir colaborando. Los argentinos pronto estaremos en circunstancias que nos impedirán actualizar el blog como hasta ahora.
En este blog hemos defendido la legitimidad de una posición doctrinal "filo-lefebvrista" frente a un ataque que nos pareció equivocado e injusto. Pero no somos fanáticos de nuestra propia opinión. Es probable que una vez que se haya terminado el proceso de coloquios entre la Santa Sede y la FSSPX se publiquen nuevos documentos de interés doctrinal, que por mínima seriedad y honestidad intelectual sería necesario leer. Pero nos será difícil disponer del tiempo necesario para actualizarnos. Además, un blog no reúne las mejores condiciones para un debate, por lo que se necesitaría crear un foro y no tenemos tiempo para hacerlo.
No estamos muy seguros acerca del futuro de esta bitácora. Lo cierto es que en el plazo de unas tres  o cuatro semanas ya no podremos continuar como hasta ahora. Una opción -la más probable- sería reducir el número de entradas. Otra -que no descartamos en absoluto- sería dejar de publicar.
Jamás se nos hubiera pasado por la cabeza que superaríamos las 250 mil visitas.
A nuestros amigos, lectores, comentaristas, colaboradores... ¡muchas gracias! Y también a nuestros adversarios, porque han sido los primeros en marcarnos nuestros defectos.

sábado, 23 de junio de 2012

Requetés: soldados de otro siglo


Una serie de 13 capítulos que analiza la Guerra Civil con motivo del 75 aniversario de la contienda. El trabajo, elaborado por el Instituto de Estudios Históricos del CEU, cuenta con dirección y guión de los historiadores Alfonso Bullón de Mendoza y Luis Togores, e incluye gran cantidad de imágenes históricas, así como recreaciones fidedignas elaboradas con elementos de época.

jueves, 21 de junio de 2012

Separados y desiguales: contra el mito de las tres culturas


Si hemos de recibir íntegramente todos los documentos de todos los concilios, como dicen algunos neocones, debería aplicarse hoy, por ejemplo, el olvidado Cuarto Concilio de Letrán, que estableció en sus cánones sobre los judíos la prohibición de practicar la usura, la obligación de llevar una ropa especial, su exclusión de los cargos públicos y, tras su conversión al cristianismo, la imposibilidad de practicar los antiguos ritos. Las consecuencias sociales de esta disciplina conciliar, que dan por tierra con el mito "buenista" de las tres culturas, las describe el historiador Joseph Pérez:
 “Los judíos de España constituían una comunidad separada, desde el punto de vista jurídico, al lado de otras dos, la cristiana y la musulmana. Eran una microsociedad paralela a la sociedad cristiana, escribe Luis Suárez Fernández. La fórmula es muy acertada; da cuenta de lo que fue la realidad histórica: lo mismo que los mudéjares -o sea, los musulmanes que vivían en tierras cristianas, sometidos a señores-, los judíos formaban en efecto una microsociedad, con sus logros y sus defectos, al fin y al cabo una comunidad distinta de las demás y relativamente autónoma. Estas tres comunidades -cristianos, moros y judíos- no estaban en plano de igualdad, ni mucho menos: la cristiana era la dominante en todos los conceptos; las otras dos siempre fueron consideradas y tratadas como minorías toleradas, en el sentido negativo que, como hemos visto, ya tenía aquella palabra en la España musulmana: tolerar, entonces, era permitir algo que no era lícito, sin castigo del delincuente. Esta es la posición que la reina Isabel reafirmaba dos años antes del decreto de expulsión, en una carta fechada en 12 de agosto de 1490: «De derecho canónico y según las leyes de estos nuestros reinos, los judíos son tolerados y sufridos, y Nos les mandamos tolerar y sufrir que vivan en nuestros reinos, como nuestros súbditos y vasallos». En esta frase, las voces tolerados y sufridos vienen a ser equivalentes. Ello suponía una situación de inferioridad con respecto a los cristianos y dicha inferioridad justificaba los impuestos que recaían sobre sus miembros, muchísimo más elevados que los que debían pagar los cristianos.” (Cfr. Pérez, J. Los judíos en España, Ed. Marcial Pons, Madrid, 2005, ps. 65-66).



miércoles, 20 de junio de 2012

Jack Tollers: el espíritu sectario (II)


6) Espíritu esclavizante: Es por esto que no alberga en su seno sujetos de espíritu libre y sus miembros serán acostumbrados a abroquelarse en torno a determinadas «posiciones» ante temas de suyo discutibles pero que, por haber sido resueltos con anterioridad en un escalón más alto, no son ya pasibles de especulación, inteligencia o crítica ninguna.
Un férreo cultivo de la obediencia asegura su aparente consistencia frente a los ajenos y engendra en sus reclutas un espíritu de ciega adhesión personal a los jerarcas de la organización, sin posibilidad de examinar ninguna de sus determinaciones, conductas y mandatos.
Por esta razón, se advertirá fácilmente que aquellos que se formaron en tiempos y lugares donde no reinaba este espíritu conservan trazas de un talante menos pobre y más flexible que aquellos jóvenes esclavizados de buenas a primeras.
El tipo humano resultante será un «zombie» que en ocasiones puede volverse cruel, en tanto y en cuanto vaya despersonalizándose a fuerza de violentar su conciencia y la de los demás.

7) Espíritu estrecho: El voluntarismo consecuente hará que aquel inficionado por este espíritu tienda a comportarse con obtusa univocidad frente a los misterios más profundos de la Religión: el sectario se apresurará a emitir juicios contundentes cuando considere los acontecimientos humanos y explicará la acción de la Gracia, la intervención de la Providencia y los designios de Dios interpretándolo todo unívocamente, con característica impaciencia, sin dejar margen a duda alguna.
Consecuentemente, el sectario orquestará las voluntades con singular desparpajo en la convicción de que sus designios responden a su iluminada interpretación de la Voluntad de Dios y no admitirá negativas ni discernimientos. Cualquier objeción o duda se entenderá siempre como una diabólica e insidiosa manera de querer obstaculizar la obra de Dios.
Esta estrechez de miras engendra cierto clericalismo, entendido en términos de una desordenada estima del clérigo en cuanto tal y un inocultable desdén hacia el matrimonio y todo cuanto con él se relaciona. Esto resulta así en razón de que el núcleo sectario está conformado por quienes no tienen otra dedicación personal sino la que le ofrecen por entero a la propia agrupación. Si el miembro no es religioso o consagrado, su pertenencia y misión se entiende como la de fortalecer –con los medios a su alcance– al núcleo consagrado, que es el verdaderamente valioso.
Frecuentemente el sectario descubrirá que la Voluntad de Dios es que ingresen más reclutas a la secta.

8) Espíritu idolátrico: Este espíritu ofrece protección, refugio y falsas seguridades que no le han sido prometidas a la Iglesia. La pertenencia a la Iglesia Católica supone reconocer que ella es la habitación misma de la Esperanza en este mundo y que en su seno podemos llegar algún día a formar parte de la Iglesia triunfante. Pero ocurre que para muchos la sola pertenencia a la Iglesia no es suficiente garantía ni consuelo bastante ante las adversidades de la vida: así la virtud de la Esperanza se desdibuja y comienza a transformarse en un desordenado afán de signos de predestinación.
Aquí aparece el profeta, jefe de la secta. De a poco, el profeta resolverá todas las dudas, todas las cuestiones, todos las inquietudes y se constituirá en insustituible guía para sus seguidores, instalándose en el lugar de su conciencia.
El sectario se siente amparado por una organización y un profeta que le resuelve todas sus inquietudes, generalmente suprimiéndolas. Así, al eliminar toda inseguridad, todo desasosiego o sensación de desamparo, toda inquietud, toda búsqueda del Dios Vivo y Verdadero, la imagen de Dios que se formará en los sectarios será inevitablmente uniforme, segura y propicia para quienes integren la agrupación: una imagen idéntica para todos, inmutable y, a la larga, inerte. Progresivamente el Dios de los sectarios se irá despersonalizando, trasformado en aliado mecánico de quienes son miembros de la secta, por el hecho de serlo, lo que invierte el camino de la Revelación.

9) Espíritu vertiginoso: Poco a poco, el lugar de Dios será ocupado por el autoerigido profeta que será la única referencia del sectario: para él la voz del profeta será la voz de Dios.
La interpretación de la Voluntad de Dios hecha por el profeta acabará siempre llevando agua al molino de la secta cuya finalidad se irá progresivamente reduciendo a un más eficiente reclutamiento, a un acopio mayor de dinero, a la acumulación de más poder al servicio... de la propia secta.
Como una serpiente mordiéndose la cola.

10) Espíritu demoníaco: Si bien no todos los miembros de una secta se verán afectados en igual medida por el espíritu que describimos, todos en mayor o menor medida se irán inficionando con sus pestes y las consecuencias son fáciles de ver: dividirán allí donde deberían fortalecer las uniones; se segregarán progresivamente del resto de la Iglesia Católica; renunciarán a la búsqueda de la verdad volviéndose más y más dogmáticos en materias discutibles; engendrarán discípulos de escasas luces y penetración e interferirán con la Voluntad Divina en nombre, precisamente, de esa Voluntad.
Por último, los cautivos de este espíritu, por lo que éste tiene de ofuscación del discernimiento, terminarán poniéndose al alcance de otros aún más malignos.
Como dijimos al principio, su exorcismo no es materia de nuestra competencia.

martes, 19 de junio de 2012

Jack Tollers: El espíritu sectario (I)



Pensaba quien esto escribe que el trabajo de Tollers era muy largo para publicarse como entrada en la bitácora. Pero modificando el formato original, queda un escrito de dos carillas completas que caben bien en un par de entradas del blog. Si no lo publicáramos se correría el riesgo de que muchos lectores lo descartasen a priori por su aparente cantidad de páginas. 

El espíritu sectario
Por Jack Tollers

1) El Espíritu: Es una realidad espiritual, por lo tanto, en cierto modo inasible al entendimiento y difícil de poner en evidencia con palabras. Sin embargo, tiene más densidad ontológica, mayor calidad substancial, y mayor concreción que las realidades de orden físico, psicológico o afectivo.
Como se asienta en el alma, afecta primero a lo que es de su mismo orden. Es por esto que la primera cualidad notable de este espíritu es la de ofuscar a los que inficiona. Y es así porque o hay en el sujeto algún desprecio a la razón o algún defecto en ella por hábito.
En consecuencia, este espíritu sojuzga con cierta facilidad a quienes participan de él, volviéndolos refractarios a toda inteligencia, razonamiento o argumento que requiera de las luces de la razón. Por esto, debe comprenderse –y debe comprenderse bien– que no es un espíritu que se pueda exorcizar con razonamientos allí donde hizo asiento.
En esa inteligencia, este escrito no está dirigido a quienes le han dado asa.

2) Espíritu sectario: El espíritu al que nos referimos tiene por nota distintiva crear, allí donde inficiona, una tendencia a confundir una determinada institución de la Iglesia Católica con la Iglesia Católica toda. La parte se constituye en el todo.
Por lo mismo, quien se ha entregado a él tiende a creer que en su grupo, clan, cofradía, asociación, movimiento, pía unión, comunidad, congregación, instituto u orden religiosa se contienen todas las riquezas necesarias para la salvación. Convencido de ello, el sectario se obliga a despreciar lo que no considera «propio» de su agrupación.

3) Espíritu farisaico: Para justificar  esto, el espíritu sectario comienza por compararse con los demás, dando por supuesto que su secta es inmaculada; que carece de defectos; que es impermeable al mal o que el mal necesariamente la mejora y nunca la perturba; que sus miembros tienen por especial providencia una particular protección del pecado y que están menos expuesto a las debilidades comunes a los demás mortales.
A partir de este malsano reflejo de comparación este espíritu sutil trabaja a los sectarios en su interioridad convenciéndolos de que son mejores (la nota plural del «nosotros» disfraza la intolerable altanería que connota esta convicción).
La prueba de que son mejores reside en que forman parte de la secta.

4) Espíritu divisonista: Por lógica consecuencia, todo aquel inficionado de este espíritu tiene señalada inclinación a dividir al resto de los hombres en estos precisos términos: por o contra su secta. Este espíritu divisionista y excluyente usurpa los títulos universales de la Iglesia Católica («extra Ecclesiam nulla salus») atribuyéndoselo a su propio agrupamiento.
Por esta razón, en nombre de la «salud», el sectario no tiene inconveniente en introducir divisiones allí donde reine cualquier unión que no se integre precisamente en los modos y confines que la misma secta precisa: toda otra unidad de hombres, sea institucional, amical, familiar o vecinal, debe ceder ante la convicción de los sectarios de que su agrupación representa una unión de hombres trascendente, superior y más fuerte que cualquier otra.

5) Espíritu usurpador:  Por otra parte, el espíritu sectario y excluyente se atribuye todos los carismas de la Iglesia Católica reemplazándolos con institutos propios: así, la secta tendrá su propio régimen de gobierno con un «Santo Padre» a la cabeza; tendrá una casta sacerdotal que formará parte de su jerarquía conductora y magisterial; incluirá un sistema propio de canonizaciones, de devociones y estilos homologados por la autoridad; invocará sus propios usos y reglamentos para asegurar su excentricidad y conciliará posiciones dentro de la secta sin consultar pareceres ajenos. Todo lo que diga ser bueno lo será, y todo lo que sea bueno será suyo.
A resultas de estos «concilios» y «decretos» de su máxima autoridad -que no siempre coincidirá con la estructura jerárquica «oficial» de la secta-, surgirán afirmaciones, tomas de posición e instrucciones de carácter marcadamente dogmático en materia prudencial.
Los sectarios repetirán con incansable autoridad que quienes no pertenecen a su secta no la entienden, precisamente porque están fuera de la secta.

lunes, 18 de junio de 2012

De nuestro amigo Jack Tollers




El espíritu sectario.

Domingo 17 de Junio, 2012
En la larga historia de la Iglesia nunca faltaron sectas: aparecen desde el primer siglo y nunca han faltado. La gran diferencia es que rápidamente se separaban del cuerpo de la Iglesia Católica, ora por propia decisión, ora por excomunión más o menos formalmente pronunciada por Roma. Pero en el s. XX apareció un fenómeno nuevo por completo: agrupaciones, cofradías, congregaciones, institutos de vida consagrada o no sé qués, que desarrollaron un espíritu notablemente sectario, reclamando para sí todos los carismas de la Santa Iglesia, con la pretensión además, de quedarse en ella. Sectas que pretenden sustituir a la Iglesia. Eso responde a un espíritu característico que en este texto se trata de caracterizar.

Descargar texto completo



También los invitamos a adquirir su nuevo libro Los Sermones de Fray Rabieta.

domingo, 17 de junio de 2012

La web de la Fundación Speiro



Recibimos la noticia de que el sitio web de la Fundación Speiro está funcionando a pleno. Cuenta con una presentación, una breve historia de los Amigos de la Ciudad Católica, los cincuenta años de la revista Verbo en formato digital accesibles mediante un buscador y todas las Actas de las reuniones de los amigos de la Ciudad Católica para descargar. Un sitio de muy valiosos contenidos a cuya difusión queremos contribuir en la medida de nuestras posibilidades. 
Nuestra más sincera felicitación a Miguel Ayuso Torres su actual director.

sábado, 16 de junio de 2012

El Opus Dei no ama a los lefebvrianos



Es la oposición que no te esperas. Dices: "lefebvrianos" y en el mundo progesista se desata una revuelta. El pequeño grupo, ultra-tradicionalista, cismáticos desde los años ochenta, en conversaciones con la Santa Sede para volver a la plena comunión con la Iglesia Católica, es la pesadilla de todo sincero integrante de la galaxia católica conciliar, desde el liberal hasta el católico-comunista, desde las comunidades de base de América Latina hasta los obispos del norte de Europa. En estos días, sin embargo, se reveló la molestia que alimenta para con los herederos de Monseñor Marcel Lefebvre otro protagonista eclesial: el Opus Dei. Ubicada, dicho con cierto simplismo, en la derecha del arco eclesial, la prelatura personal fundada por Josemaría Escrivá de Balaguer, en contraste con la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X -este es el nombre oficial de los lefebvrianos- siempre ha apoyado al Concilio Vaticano II. Con una lectura ciertamente distinta de la hecha, por ejemplo, por los dosettianos de la escuela de Bolonia, la Obra ha recibido con satisfacción la idea del aggiornamento promovida por Juan XXIII y Pablo VI. Y ahora que nos acercamos a la conclusión de las largas tratativas entre Roma y Ecône, el Opus advierte sobre el peligro de que, haciendo entrar a los lefebvrianos, la Iglesia traicione el legado del Concilio Vaticano II.
Ninguna declaración oficial, claro está, no es su estilo. Pero en los últimos días desde el Opus se ha disparado un “fuego de barrera” hacia los lefebvrianos por medio de iniciativas, declaraciones, puntualizaciones de parte de sus representantes, o por lo menos, de personas que se consideran cercanas a la Obra.
El primero, y más explícito, fue Monseñor Fernando Ocáriz, Vicario General del Opus Dei, miembro de la delegación que ha conducido de parte del Papa las conversaciones doctrinales con el superior lefebvriano Monseñor Bernard Fellay y sus hombres. A principios de diciembre, cuando los tradicionalistas han subido la apuesta para llegar a un acuerdo con una serie de declaraciones y filtraciones de noticias, Ocáriz ha publicado en L´Osservatore Romano una extensa nota titulada, sintomáticamente, Sobre la adhesión al Concilio Vaticano II.
Es en los últimos días, sin embargo, que el mensaje se ha vuelto más explícito. Primero, el ateneo romano del Opus Dei, la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, ha organizado una conferencia sobre el Concilio VaticanoII leída por el Catholic News Service y el NationalCatholic Reporter como un rechazo cortés, pero sonoro, de la reincorporación de los lefebvrianos. Si se ha sugerido que para los herederos de Lefebvre la Santa Sede crearía una prelatura personal -como es el Opus Dei- luego, el portavoz italiano de la Obra, Bruno Mastroianni, sin expresar juicios críticos acerca de los lefebvrianos, ha publicado una precisión sobre el significado exacto de las prelaturas personales.
Por último, en una entrevista con Radio Vaticano, el cardenal Mauro Piacenza, cercano al Opus Dei, ha dicho que "debe decirse basta a la traición al Concilio Vaticano II y abrir la puerta a la obediencia a los textos del Concilio Vaticano II", cuyas palabras son "para leerse de rodillas". Quien no quiere arrodillarse - es el mensaje - puede permanecer en la puerta.
Fuente: http://tinyurl.com/7ucscky

Traducción al español de Infocaótica.

jueves, 14 de junio de 2012

“Mi autoridad llega hasta la puerta…” Sobre la Iglesia legislativa


Christopher A. Ferrara (The Remnant Newspaper, 11-VI-2012)

En su histórico motu proprio Summorum Pontificum del 7 de julio de 2007, el Papa Benedicto declaró con toda su autoridad lo que los tradicionalistas sabíamos desde siempre: que la edición típica del Misal romano promulgado en 1962, que representa la liturgia romana inmemorial, “nunca fue abrogada” por Pablo VI (“numquam abrogatam”). En la carta que acompañaba el documento y que estaba dirigida al episcopado mundial, el Papa Benedicto se esforzaba por llamar “la atención sobre el hecho de que este Misal nunca fue jurídicamente abrogado y que, consecuentemente, en principio, siempre estuvo permitido”.

Siempre permitido. Y, sin embargo, cuarenta años después de la primera celebración pública de la Misa nueva del Papa Pablo el 24 de octubre de 1967 —una época bíblica de sufrimiento—, la Iglesia sufría bajo la falsa carga de que la Misa tradicional había sido abrogada, u “obrogada” (eliminada por sustitución) como aún sigue diciendo el establishment neocatólico en su horrible revisión de propaganda ya desacreditada. En cuanto a esta propaganda, nunca debemos olvidar que los apologistas neocatólicos de la revolución postconciliar insistieron durante décadas que la celebración de la Misa tridentina estaba “prohibida excepto donde la ley canónica la permita específicamente” (Likoudis y Whitehead, The Pope, the Council, and the Mass). El rito de la Misa recibido y aprobado por la Iglesia, la misma sustancia de la Fe viva de nuestros padres, estaba prohibido, según nos decían. Hasta que el Papa Benedicto expuso su mentira.

Dado que Pablo VI nunca abrogó realmente la Misa tradicional —un acto que hubiese sido “bastante ajeno al espíritu de la Iglesia”, según afirmó el ex cardenal Ratzinger—, ¿dónde se originó este monstruoso fraude? La respuesta yace en la burocratización de la Curia Romana y de toda la Iglesia durante la ola de “reformas” que siguieron al Concilio Vaticano II. Como observó Michael Davies en su recordado estudio sobre la revolución litúrgica, “la Iglesia conciliar puede bien llamarse la Iglesia legislativa… se ha convertido en una burocracia por el bien de la burocracia y así ha renunciado a cualquier pretensión de evangelizar a las masas descristianizadas de los países occidentales a favor de la producción de una interminable corriente de legislación para regular un número cada vez menor de fieles” (Pope Paul’s New Mass).

Notemos bien la paradoja identificada por Davies: más y más legislación para menos y menos fieles. En las últimas cinco décadas, la Iglesia ha sufrido la descomposición del elemento humano del bien común eclesial de una manera que sólo encuentra paralelo en la caída de Roma, con una proliferación de leyes que acompaña la pérdida de su integridad societaria. El cardenal Ratzinger llamó a esto un “proceso continuo de decadencia” (L’Osservatore Romano, 9-XI-84). Como dijo Chesterton al observar un proceso similar a éste: “Cuando se rompen las grandes leyes, no sobreviene la libertad, ni siquiera llega la anarquía. Aparecen las pequeñas leyes.” Los “reformadores” postconciliares rompieron algunas leyes muy grandes por cierto, en primer lugar la ley del desarrollo orgánico de la liturgia de la Iglesia, produciendo así lo que el ex cardenal Ratzginer caracterizó como “una ruptura en la historia de la liturgia, cuyas consecuencias sólo podían ser trágicas” (Milestones). Luego siguió una interminable corriente de pequeñas leyes con las que la Iglesia legisladora ha arruinado sistemáticamente el rito romano.

La destrucción del rito romano fue íntegramente una operación burocrática que el Papa Pablo VI permitió antes de finalmente sacarse de encima al infame Bugnini tras que aparecieran sospechas fundadas de su afiliación masónica y lo enviara a Irán en 1976. Pero el Papa desafortunado actuó demasiado tarde para deshacer el daño incalculable hecho por Bugnini durante el proceso de lo que él mismo llamó “la mayor conquista de la Iglesia Católica” dos años antes (Davies, “How the liturgy fell apart”, AD2000 vol. 2, no. 5, June 1989).

Como demostró Davies, sólo hay “dos actos papales entre la plétora de más de 200 actos de legislación litúrgica”. Estos dos actos papales son el motu proprio Sacram Liturgiam (del 25 de enero de 1964), que abrió las compuertas a las traducciones vernáculas optativas del entonces nuevo Misal que los obispos rápidamente convirtieron de facto en viejo Misal. De hecho, cada partícula del Novus Ordo vernáculo, incluyendo la abolición de facto de la liturgia latina, es obra de Bugnini, sus burócratas colaboradores y sus sucesores hasta hoy, trabajando duro en las nuevas congregaciones, comisiones pontificias, conferencias episcopales nacionales y comisiones litúrgicas locales, creadas todas durante las “reformas” postconciliares. Un estudio cuidadoso del asunto revela que ni una de estas innovaciones litúrgicas fue impuesta a la Iglesia por un acto afirmativo del Papa que obligara a los fieles a aceptarla. Toda la revolución litúrgica —desde las traducciones vernáculas hasta las “monaguillas”— se dio como resultado de novedades opcionales aprobadas por jerarcas y burócratas en distintas oficinas de la Iglesia legislativa.

La debacle de las “monaguillas” es un claro ejemplo de las consecuencias del surgimiento de esta Iglesia legislativa. El permiso de “monaguillas” vino por la vía de un consejo de la novedosa Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en 1994. Esta congregación resultaba de la unificación de la Congregación para el Culto Divino, creada por Pablo VI en 1969, con la preexistente Congregación de la Disciplina de los Sacramentos. (Fue decisión del Papa Pablo poner a Bugnini a cargo de esta congregación que lideró la vandalización de la liturgia de la Iglesia.) Al aprobar las “monaguillas”, esta congregación pasó el bulto al Pontificio Consejo de Interpretación de Textos Legislativos, creado por Juan Pablo II en 1988 para reemplazar al Pontificio Consejo de Interpretación de los Decretos del Concilio Vaticano II, a su vez creado por Pablo VI en 1967.

De acuerdo con este pontificio consejo, el nuevo canon 230 del Código de Derecho Canónico de 1983 permitía la aparición de las “monaguillas”, de acuerdo con la subsección 2, que dice: “Todos los laicos pueden también realizar las funciones de comentador o cantor, u otras funciones, de acuerdo con la normativa legal.” (Cf. Carta circular a los presidentes de las Conferencias Episcopales del Pontificio Consejo de Interpretación de los Textos Legislativos, Prot. n. 2482/93, del 15 de marzo de 1994.) Notemos que la autorización de las “monaguillas”, lo que daba por tierra con dos mil años de práctica litúrgica tradicional, estaba supuestamente escondida en una provisión del Código de Derecho Canónico aparentemente redactada como si se tratara de un estatuto civil con lenguaje legal ampliamente permisivo pero sin antecedentes en la tradición eclesiástica. Aquí vemos el peligro envuelto en la promulgación de “códigos” de legislación eclesiástica como si se tratara de estatutos civiles —un peligro que Brian McCall ha estudiados en las páginas de The Remnant—. Como demostración precisamente del peligro positivista de los códigos canónicos, sujetos a modificaciones y revisiones legislativas, un artículo del New York Times que se emocionaba por el advenimiento de las “monaguillas”, citaba a un sacerdote y canonista de Manhattan que afirmaba que “el Código de Derecho Canónico cambia bajo la presión de quienes están a la vanguardia… La práctica puede no estar de acuerdo con las regulaciones, pero las regulaciones intentan alcanzar a lo que ya es costumbre.” (15 de abril de 1994). Esto quiere decir que, la Iglesia legislativa, como cualquier legislatura civil, modificará sus leyes tratando de estar a la altura de las novedades.

De acuerdo con el consejo de 1994 de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, “el Papa Juan Pablo II confirmó la decisión [del Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos] y ordenó su promulgación”. Sin embargo, no existe evidencia escrita ni detalles sobre esta “orden”, ni siquiera la fecha en que fue supuestamente dada. Más aún, la “orden” papal que aprueba a las “monaguillas” contradice la orden papal que se refleja en Inaestimabile Donum, una instrucción de 1980 por la que dicha Congregación decía que “las mujeres no pueden actuar como servidoras del altar” y que dicha “instrucción fue aprobada el 17 de abril de 1980 por el Santo Padre, Juan Pablo II, que la confirmó con su propia autoridad y ordenó que fuese publicada y observada por todos los destinatarios”. Nunca se explicó por qué el Papa habría revertido una orden anteriormente impartida por él. Evidentemente, se pensó que era suficiente registrar simplemente que la Iglesia legislativa había cambiado una legislación anterior, y que el Papa daba su apoyo a dicho cambio.

Así, son las órdenes de la Iglesia legislativa y no del Papa, las que han producido la “autodemolición” lamentada tardíamente por Pablo VI y Juan Pablo II, pero nunca frenada por ellos. Sólo Benedicto XVI ha intentado contrarrestar algo de lo que la Iglesia legislativa produjo en los dos anteriores pontificados. Ha liberado la Misa latina de su falsa prohibición efectuada por la Iglesia legislativa. Y, finalmente, ha ordenado la corrección de numerosos errores escandalosos en las traducciones vernáculas del Novus Ordo, producidas por la Iglesia legislativa a través de la burocracia vaticana, la Comisión Internacional de Liturgia, las conferencias episcopales y otros órganos, embargando a los fieles durante décadas. Estos errores incluyen la modificación de las mismas palabras de Nuestro Señor en la primera Misa, cuando declaró que los frutos del Santo Sacrificio son ofrecidos “por muchos” —esto es, por los elegidos para la salvación, como declaró el Concilio de Trento— y no “por todos”, como nos hizo creer la Iglesia legislativa.

Pero parece que el Papa Benedicto siente que es poco lo que puede hacer por sí mismo contra los operadores de la Iglesia legislativa, tanto dentro como fuera de la Curia, incluyendo a los obispos que rechazan todo tipo de intromisión en sus prerrogativas legislativas amparados bajo el “nuevo modelo” de colegialidad. He aquí que la Misa tradicional sigue empaquetada al vacío como si se tratase de ántrax, a pesar de que el Papa expresó con claridad que todo sacerdote de la Iglesia Occidental tiene derecho a recurrir al Misal de 1962 sin necesidad de permiso episcopal. Y las jerarquías nacionales de Italia y Alemania han rehusado corregir sus defectuosas traducciones vernáculas de la Misa nueva.

La carta del Papa al presidente de  la Conferencia Episcopal Alemana, el arzobispo Robert Zollitsch, con respecto al tema del pro multis, es un ejemplo paradigmático de la impotencia papal frente a la Iglesia legislativa. El Papa dice a Zollitsch que “la Santa Sede ha decidido que, en la nueva traducción del Misal, la expresión «pro multis» deba ser traducida tal y como es, y no al mismo tiempo ya interpretada”. El Papa presenta como una mera “decisión” —una decisión de la Iglesia legislativa— lo que debería ser un regreso a la correcta traducción de las palabras de Nuestro Señor en la primera Misa, rectificando un error que ni siquiera se encuentra en las versiones protestantes de la Biblia.

El Papa expresa también su preocupación sobre “se corre el riesgo de que… algunos sectores del ámbito lingüístico alemán deseen mantener la traducción «por todos», aún cuando la Conferencia Episcopal Alemana acordase escribir «por muchos», tal como ha sido indicado por la Santa Sede”. No existe la menor sugerencia de que el Papa implique su autoridad para ordenar la corrección del error, como es requerido por fidelidad al Evangelio y como su propia obligación como Vicario de Cristo. Por el contrario, esto parece materia de negociación y acuerdo entre dos oficinas de la Iglesia legislativa: la Santa Sede por un lado y la Conferencia Episcopal Alemana por el otro. En ningún lugar de la carta el Papa expresa su voluntad como Romano Pontífice, sino que se refiere a lo que la Iglesia legislativa decidió y negoció.

La profundidad de la actual crisis eclesial se ve reflejada por el siguiente comentario del Papa al defender la “decisión” de traducir las palabras de Nuestro Señor en forma correcta: “Si bien esta decisión, como espero, es absolutamente comprensible a la luz de la correlación fundamental entre traducción e interpretación, soy consciente sin embargo de que representa un reto enorme para todos aquellos que tienen el cometido de exponer la Palabra de Dios en la Iglesia. En efecto, para quienes participan habitualmente en la Santa Misa, esto parece casi inevitablemente como una ruptura precisamente en el corazón de lo sagrado. Ellos se dirán: Pero Cristo, ¿no ha muerto por todos? ¿Ha modificado la Iglesia su doctrina? ¿Puede y está autorizada para hacerlo? ¿Se está produciendo aquí una reacción que quiere destruir la herencia del Concilio?”

Notemos cómo el Papa, escribiendo en tono casi apologético, implícitamente acepta la premisa de que la “herencia” del Concilio Vaticano II es de alguna manera un cambio respecto a la teología “tridentina” bimilenaria de la Misa como sacrificio que aprovecha sólo a los elegidos, y no a todos, para la salvación —que es por lo cual Nuestro Señor dijo “por muchos” y no “por todos”—. Y quita el aliento ver al Papa seriamente preguntarse si un regreso a la traducción fiel de las palabras de Nuestro Señor no reflejan la influencia de “fuerzas reaccionarias” que buscan “destruir la herencia del Concilio” —fuerzas que buscarían cambiar lo que la Iglesia legislativa ha enunciado como actualizaciones de su enseñanza para seguir desde cerca el aggiornamento conciliar tan importante—. El Papa parece atenerse a la idea de que el Concilio es exactamente lo opuesto de lo que dijo como cardenal Ratzinger cuando rechazó que el Concilio fuese caracterizado como “el fin de la Tradición, un nuevo comienzo desde cero” (Discurso a los Obispos Chilenos de 1988).

Pero es más desalentadora la siguiente pregunta retórica del Papa: “Pero surge inmediatamente la pregunta: Si Jesús ha muerto por todos, ¿por qué en las palabras de la Ultima Cena él dijo «por muchos»? Y, ¿por qué nosotros ahora nos atenemos a estas palabras de la institución de Jesús?”

¿Por qué nos quedamos con las palabras de Jesús? La Iglesia “se queda” con ellas, por supuesto, porque son Sus palabras y ella tiene el mandato divino de no modificarlas. El Papa sigue diciendo que la Iglesia emplea la frase “por muchos” por “por respeto a la palabra de Jesús, por permanecer fiel a él incluso en las palabras. El respeto reverencial por la palabra misma de Jesús es la razón de la fórmula de la Plegaria Eucarística”. Pero con seguridad esto no es cuestión de simple “deferencia” o “respeto” hacia Jesús. La Iglesia tiene una obligación sagrada de obedecer a Dios al proclamar su Evangelio sin alteraciones. “Deferencia” y “respeto” connotan discreción para no ser condescendiente ni estar en falta. Es justamente esta discreción que la Iglesia legislativa ha reclamado como propia y por la que —ironía de ironías— Benedicto ahora busca por cortesía la aceptación de la “decisión” de la Santa Sede de regresar a lo que Nuestro Señor realmente dijo versus lo que la Iglesia legislativa hubiese preferido que Él hubiese dicho.

El Papa continúa con una observación cuya ironía no puede ser más exquisita; y que uno se pregunta cómo esta ironía pudo haber pasado inadvertida por el Papa: “Por la experiencia de los últimos 50 años, todos sabemos cuán profundamente impactan en el ánimo de las personas los cambios de formas y textos litúrgicos; lo mucho que puede inquietar una modificación del texto en un punto tan importante. Por este motivo, en el momento en que, en virtud de la distinción entre traducción e interpretación, se optó por la traducción «por muchos», se decidió al mismo tiempo que esta traducción fuera precedida en cada área lingüística de una esmerada catequesis, por medio de la cual los obispos deberían hacer comprender concretamente a sus sacerdotes y, a través de ellos, a todos los fieles por qué se hace. Hacer preceder la catequesis es la condición esencial para la entrada en vigor de la nueva traducción.”

¿Pero dónde estuvo esta preocupación por los efectos de los cambios litúrgicos en las almas de los fieles durante los pontificados de Pablo VI y Juan Pablo II, cuando todo el rito romano fue dramáticamente alterado con resultados patentemente desastrosos sin el menor atisbo de “una catequesis cuidadosa… para preparar el camino”? Y notemos aquí de nuevo que el Papa reduce la obligación de transmitir fielmente las palabras del mismo Dios en la primera Misa a una mera “decisión para optar por la traducción ‘muchos’” —otra reverencia hacia las prerrogativas de la Iglesia legislativa frente a la Iglesia de la Sagrada Tradición—.

Concluiré notando otra arista del problema de la Iglesia legislativa. Un elemento clave en la burocratización de la Curia Romana durante el pontificado de Pablo VI fue la elevación de la Secretaría de Estado vaticana al status de quasi primer ministro de la Iglesia —esto es, primer ministro de la Iglesia legislativa, ya que el cargo de Secretario de Estado no forma parte de la constitución divina de la Iglesia fundada por Nuestro Señor en cabeza de Pedro—.

En 1967-68, bajo la autoridad de la constitución apostólica Regimini Ecclesiae Universae, la Curia fue reestructurada en forma dramática, restructuración diseñada e implementada por el cardenal Jean-Marie Villot, secretario de Estado vaticano, también sospechoso de masón. El objetivo era eliminar, tanto cuanto fuese posible, lo que ahora se llama viejo “modelo monárquico” de la Iglesia a favor de un nuevo “modelo” de colegialidad. Antes del Concilio, la Curia estaba sí estructurada sobre un molde monárquico. El Papa era el Prefecto del Santo Oficio, al cual se subordinaban los demás dicasterios vaticanos, mientras que el cardenal a cargo de los asuntos diarios del Santo Oficio era el Pro Prefecto, que reportaba directamente al Papa y sólo a él. El Papa, como Vicario de Cristo en la tierra, estaba así en el tope de una cadena de mando sobre la que imponía su autoridad directamente o a través del Santo Oficio.

Bajo la “reforma” pergeñada y llevada a cargo por Villot, sin embargo, el Santo Oficio fue rebautizado como Congregación para la Doctrina de la Fe —siendo que el nombre “Santo Oficio” estaba demasiado pasado de moda con respecto a la “nueva orientación” de la Iglesia tras el Concilio—. El cardenal secretario de Estado fue puesto por sobre todos los dicasterios vaticanos, incluyendo esta congregación. Peor aún, el Papa ya no fue el Prefecto del Santo Oficio, puesto que la nueva congregación tendría un Prefecto Cardenal que, desde el punto de vista de la organización, estaría subordinado al Secretario de Estado. En breve, Pablo VI “incrementó los poderes del Secretario [de Estado], poniéndolo por sobre todos los departamentos de la Curia Romana”, como dice Wikipedia.

Desde el Concilio, el Secretario de Estado se ha convertido en una suerte de vicario del Vicario de Cristo, lo que resultó en una separación funcional de la nueva Iglesia legislativa apartándola del control directo del Papa. Este desarrollo desfavorable se vio exacerbado por la constitución apostólica de Juan Pablo II Pastor Bonus, que declaraba que “la  Secretaría de Estado ayuda de cerca al Sumo Pontífice en el ejercicio de su misión suprema”. En la Sección Primera, al Secretario de Estado se le da un enorme poder, incluyendo autoridad para:

-         elaborar y expedir las Constituciones Apostólicas, las Cartas Decretales, las Cartas Apostólicas, las Cartas y otros documentos que el Sumo Pontífice le confía;
-         preparar todos los documentos referentes a los nombramientos que en la Curia Romana y en los otros organismos dependientes de 1a Santa Sede ha de hacer o aprobar el Sumo Pontífice;
-         ocuparse de la publicación de las actas y documentos públicos de la Santa Sede en el boletín titulado Acta Apostolicae Sedis;
-         publicar, a través de la oficina especial dependiente de ella, llamada Sala de Prensa, las informaciones oficiales referentes a los documentos del Sumo Pontífice y a la actividad de la Santa Sede;
-         vigilar… el periódico llamado L'Osservatore Romano, la Radio Vaticano y el Centro Televisivo Vaticano;
-         recoger, ordenar y publicar los datos, elaborados según las normas estadísticas, que se refieren a la vida de la Iglesia universal en todo el orbe.

De ese modo, el Secretario de Estado, como Primer Ministro de la Iglesia legislativo, ha sido investido con el control total sobre la legislación y la información que emana del Vaticano, incluyendo los actos propios del Papas. “¡Sí, Primer Ministro!” es el nuevo orden de cosas en la Iglesia postconciliar. De hecho, como John Vennari ha notado, cada episodio de esta hilarante serie cómica británica se asemeja notablemente al estado actual de la Iglesia, en donde la política tiene preferencia por sobre la realidad. Incluso hemos visto al Secretario de Estado tomar el control de la publicación del Tercer Secreto de Fátima, arrogándose —en un ulterior desarrollo surrealista— la autoridad de “interpretar” la visión del “obispo vestido de blanco” como una mera descripción de eventos del siglo XX que culminarían con el fallido intento de asesinato de Juan Pablo II en 1981. En el folleto vaticano oficial que acompañaba la publicación del 26 de junio de 2000 de la visión, el ex cardenal Ratzinger hace referencia repetidas veces a la “interpretación” de la visión que hizo el ex Secretario de Estado, el cardenal Angelo Sodano:

-         “interpretación, cuyas líneas esenciales se pueden encontrar en la comunicación que el Cardenal Sodano pronunció”;
-         “El Cardenal Sodano dice al respecto: «... no se describen en sentido fotográfico los detalles de los acontecimientos futuros, sino que sintetizan y condensan sobre un mismo fondo, hechos que se extienden en el tiempo según una sucesión y con una duración no precisadas»”;
-         “la interpretación que el Cardenal Sodano ha dado en su texto del 13 de mayo, había sido presentada anteriormente a Sor Lucia en persona”;
-         “Ante todo, debemos afirmar con el Cardenal Sodano: «...los acontecimientos a los que se refiere la tercera parte del ‘secreto’ de Fátima, parecen pertenecer ya al pasado».”

¿Debemos afirmar con el cardenal Sodano? ¿Qué autoridad tiene el cardenal Sodano sobre el Mensaje de Fátima? Ninguna más que la que la Iglesia legislativa pretenda darle, que en realidad no es ninguna autoridad, dado que la Iglesia legislativa no es la Iglesia fundada por Nuestro Señor, sino un conjunto de feudos burocráticos que de ninguna manera participan de los carismas de indefectibilidad e infalibilidad de la Iglesia en materia de fe y moral.

Sin embargo, Sodano fue investido absurdamente con el status de oráculo de Fátima—y esto al mismo tiempo que estaba facilitando el encubrimiento del Padre Maciel, como lo vino haciendo durante todos los ’90—. (Ver el reporte “Alegatos contra el cardenal Sodano”, Catholic World Report, del 4 de mayo de 2001.) Para la Iglesia legislativa y su Primer Ministro, el evento de Fátima es un problema de relaciones públicas que debe ser administrado, no una profecía y advertencia celestial para la Iglesia y la humanidad. Y el sucesor de Sodano, el cardenal Bertone, continúa la línea del partido de la Secretaría de Estado acerca de Fátima sin ponerla en duda: que el Mensaje de Fátima en general y el Tercer Secreto en particular “pertenecen al pasado”. Nuestra Señora de Fátima, nos asegura la Secretaría de Estado, no tiene nada que decirnos acerca del desastre eclesial de la última mitad de siglo.

El predominio de la Secretaría de Estado sobre los asuntos de la Iglesia legislativa ha sido revelado para todo el mundo en el escándalo al que hoy estamos asistiendo cuando sale a la luz el contenido de la correspondencia privada del Papa filtrada por el mayordomo pontificio, Paolo Gabriele. Entre los asuntos filtrados existe una carta muy reveladora al cardenal Bertone de parte del cardenal Leo Raymond Burke, que es jefe de la Signatura Apostólica (el mayor tribunal de la Iglesia) y también es miembro de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

En un artículo del 3 de junio de 2012, el diario italiano La Repubblica citó frases de la carta de Burke, en las cuales protesta (enero de 2012) por la aprobación que hizo el Pontificio Consejo de los Laicos —otro de los órganos proliferantes de la Iglesia legislativa— de “aquellas celebraciones contenidas en el Directorio Catequético del Camino Neocatecumental que no parecen por su naturaleza estar ya regulados por los libros litúrgicos de la Iglesia”. Lo que esta ambigua aprobación precisamente cubre ha sido objeto de controversia desde entonces —el típico resultado de los típicos pronunciamientos postconciliares de los departamentos vaticanos—. Apoyándose en esta ambigüedad, los dos fundadores de “el Camino” —ese famoso par de excéntricos neocatólicos, “Kiko” Argüello y Carmen Hernández— andan diciendo que lo aprobado ha sido la misma liturgia neocatecumental.

Un hecho muy sugestivo es que la Congregación para el Culto Divino, que es el dicasterio que tiene jurisdicción sobre la liturgia, no fue parte de esta “aprobación”. De ahí que la carta del cardenal Burke al secretario de Estado Bertone objeta una invitación que Burke recibió en su oficina, invitándolo a una ceremonia en “ocasión de la aprobación de la liturgia del Camino Neocatecumental”. Escribió Burke: “No puedo, como Cardenal y miembro de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, no expresar a Su Eminencia la extrañeza que la invitación me ha causado. No recuerdo haber oído de una consulta acerca de la aprobación de una liturgia propia de este movimiento eclesial. He recibido en los últimos días, de varias personas, incluso de un estimado Obispo estadounidense, expresiones de preocupación acerca de una tal aprobación papal, de la cual ya se había sabido. Esta noticia era para mí un simple rumor o especulación. Ahora he descubierto que tenían razón.” Como dice La Repubblica, esta carta finaliza con una declaración del cardenal Burke de que “como fiel conocedor de la enseñanza del Santo Padre sobre la reforma litúrgica, que es fundamental para la nueva evangelización, creo que la aprobación de tales innovaciones litúrgicas, incluso después de la corrección de las mismas por parte del Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, no parece coherente con el magisterio litúrgico del Papa.”

En una revelación posterior, John Allen, del National Catholic Register, informa que el Papa leyó y luego adjuntó una nota manuscrita a la carta de Burke, pidiendo “Regresar al Card. Bertone, invitando al Card. Burke para que transfiera estas observaciones muy justas a la Congregación del Culto Divino.” Aún así estas “muy justas” observaciones del cardenal Burke respecto a la enseñanza litúrgica del Papa no impiden que se siguen anunciando la “aprobación vaticana” de la extraña liturgia del Camino Neocatecumenal, que incluye bailar alrdedor del altar, consagrar hostias del tamaño y consistencia de una pizza que se quiebra dejando numerosas partículas en el suelo, la predicación por parte de laicos bajo la forma de “moniciones”, pararse durante la Plegaria Eucarística acompañada con música de guitarra y la recepción de la Santa Comunión desde los bancos.

¿Cómo es posible que el Vicario de Cristo se vea limitado a sugerir que las “muy justas observaciones” del cardenal Burke respecto a los abusos la “liturgia” neocatecumenal sean transmitidas a la Congregación para el Culto Divino? ¿Por qué es que el mismo Papa no interviene directamente para frenar las atrocidades litúrgicas de “el Camino” de Kiko y Camen? Es más, ¿por qué el Papa simplemente no gobierna la Iglesia en forma directa, restaurando el buen orden, conforme al Poder de las Llaves de Pedro que son suyas, sólo suyas?

La respuesta fue revelada por un incidente del que fui bien informado durante un reciente retiro ignaciano en la casa de retiros de la Sociedad de San Pío X en Ridgefield (Connecticut). Durante una audiencia con el Papa, el obispo Fellay se encontró con el Papa a solas por un momento. Su Excelencia aprovechó la oportunidad para recordar al Papa de que él es el Vicario de Cristo, que posee la autoridad para tomar medidas inmediatas que pongan fin a la crisis de la Iglesia en todos los frentes. El Papa respondió: “Mi autoridad llega hasta la puerta”.

Parece hoy que el Vicario de Cristo está cautivo de la democratización de la Iglesia de acuerdo con el modelo de “colegialidad” que buscar reemplazar la monarquía que en realidad es el papado establecido por Cristo Rey. Parece que el Papa se ve a sí mismo como un engranaje, aunque sea el engranaje más grande e importante, de una vasta maquinaria de relojería que es la Iglesia legislativa, cuyas “decisiones” , en línea con los mecanismo colegiados y democráticos del nuevo modelo, necesitan ser consensuadas para poder ponerse en operación. Sin considerarse un monarca, con las prerrogativas y la autoridad perentoria de un monarca, el Papa de la Iglesia legislativa se siente restringido a confiar en su capacidad de persuasión y a apelar al debido proceso con la esperanza de que se haga lo que él desea.

“Lo han destronado”, fue la famosa observación del arzobispo Lefebvre acerca de la festividad de Cristo Rey. Y, del mismo modo, han destronado a Su Vicario. Un Vicario de Cristo sin corona se encuentra en el turbulento centro del caos reinante en la Iglesia. Sólo cuando la corona papal sea restaurada volverá con ella el buen orden de la Iglesia. Recemos, entonces, porque el Papa tenga el coraje de volver a usar la corona que el mismo Cristo le dio para que use.

Traducción al español de InfoCaótica.



 


miércoles, 13 de junio de 2012

Siria: Al Asad no persigue a los cristianos


Puede que el presidente sirio Bashar al Asad sea un homicida sin escrúpulos. Si nos atenemos a la información mediáticamente correcta, no ha habido sátrapa peor que él desde el amigo Mao.
Y a lo mejor es cierto. En los concursos de bestialidad nunca se sabe cuál será el último récord. Ahora bien, el régimen sirio permitía la libertad religiosa a los cristianos, lo cual, en un país de mayoría musulmana, es mucho.
Algo similar ocurría en la Libia de Gadafi, donde la libertad para los cristianos sencillamente ha desaparecido una vez que el Occidente cristiano derrocó al dictador. Y lo mismo puede suceder en Egipto donde el fundamentalismo islámico -es decir, tiránico- amenaza con dejar corto a Mubarak. Y el problema es que sin libertad de culto no hay democracia y el otro problema es que cuando hablamos de libertad religiosa hablamos de libertad de los cristianos. Nadie persigue, por decir, algo, a los musulmanes, o a los budistas.  
Al parecer, el peor enemigo del cristianismo es el Occidente cristiano. Y cuidado porque la civilización nunca caerá por un ataque externo, pero sí puede caer mediante guerra civil.
Eulogio López
 Visto en: 

martes, 12 de junio de 2012

Entrevista


Un lector nos comparte un reportaje a dom Gérard Calvet OSB aparecido en 30 Días, la edición en español de 30 Giorni. Puede ser de interés de los demás.


«No somos más grandes que nuestros Padres»


En Le Barroux, cerca de Aviñón, la comunidad benedictina fundada por dom Gérard Calvet hace cuarenta años que florece siguiendo estrictamente la Regla y el amor a la antigua tradición litúrgica de la Iglesia


por Giovanni Ricciardi






lunes, 11 de junio de 2012

Newman y Ratzinger: Adalides de la recta conciencia

Reproducimos a continuación el siguiente artículo del Dr. Fraga, publicado originalmente en el periódico El Cóndor de Morón, que nos remitiera un amigo y colaborador de este blog.



John Henry Newman y Joseph Ratzinger, no obstante haber vivido en siglos diferentes (s. XIX el primero, XX-XXI, el otro) pueden ser considerados “contemporáneos” en la Fe, conforme la formidable afirmación del P. Leonardo Castellani: “fe es hacerse uno contemporáneo de Cristo”.

Las semejanzas y el paralelismo son, por lo demás, evidentes: varones de profunda fe y dilatada cultura, sustentadas ambas en la vida intelectual universitaria.

“Se asemejan en el mismo tipo de experiencia de la fe”, dijo el P. Lombardi y añadió que hay en ellos una misma similitud de fe y cultura y, a la vez, “una sintonía profunda de sensibilidades”.

Esta concordancia me lleva a enfocar tan solo ahora en esta nota un aspecto doctrinal en común: la conciencia.

La conciencia puede ser contemplada en su sentido moral, en su significación ética o en su dinámica espiritual y, en cualquiera de estos niveles, soporta en nuestros días una agresión teórica y una compulsión práctica.

Hablo en este sentido del relativismo intelectual y moral, cada vez más generalizado que se manifiesta ya en el colapso relativista de la conciencia, tanto como potencia, como en cada uno de sus actos.

En rigor, es la primacía de la inteligencia la que está en crisis, habiendo perdido ésta su brújula rectora, que es tanto como decir el orden natural y necesario de su conocimiento: SER-CONOCER-PENSAR (E. Gilson).

La inmanencia, al colocar el “pensamiento humano” como fuente exclusiva de toda cognoscibilidad no solo ha conmovido la adhesión espontánea del entendimiento al ser, sino que también ha desquiciado la jerarquía natural del orden práctico: ENTENDER-QUERER-SENTIR (Theodor Haecker).

Y la conciencia se establece y desarrolla, precisamente, en el orden del ser y del obrar, que sigue al ser.

Temas comunes y conexos de Newman y Ratzinger son: la relaciones entre la Fe y la razón, la racionalidad del acto de fe y la primacía de la recta conciencia, bien ilustrada por la fe, bien en la búsqueda de la verdad.

En el prólogo a la edición alemana de “Apologia pro vita sua” (probablemente la obra más acabada de Newman) escribe Ratzinger: “para nosotros, en aquel tiempo, la enseñanza de Newman sobre la conciencia llegó a ser una base importante del personalismo teológico, cuyo diseño se nos ofrecía equilibradamente…”.

Este diseño se expresa en la triple dimensión de la conciencia señalada por Newman: a) dimensión metafísica o constitutiva, b) dimensión epistemológica o norma metodológica de conocimiento inmediato y c) dimensión ética o ejecutora de la acción.

En su “Carta al Duque de Norfolk” (1875) destaca la naturaleza moral de la conciencia y su no oposición entre ella y la voluntad, reafirmando, por lo tanto, la heteronomía bíblica frente al autonomismo kantiano.

Newman, recordémoslo, es un converso del anglicanismo que llega a la Iglesia Católica (“la casa común”, tal como él la llama) después de recorrer un prestigioso magisterio en la Universidad de Oxford, a la que siempre amó por ser su “alma mater”.

En este contexto, vale decir, en la oposición que encontró entre sus conciudadanos ingleses a raíz de su conversión, debe situarse el debate con Glandstone, destacado parlamentario que, como la inmensa mayoría de los políticos de su época no toleró las condenas pontificias a los errores liberales y, particularmente, la de la proposición octogésima a la que, a renglón seguido, aludiré.

En verdad, no se admitió la existencia de un magisterio de la verdad en un siglo que se consideró como el apogeo de las luces y del progreso que llevarían, sin embargo, (hoy lo sabemos bien), primero al más aterrador ateismo combativo que vieran los siglos y después al agnosticismo indiferentista de nuestros días.

Así pues, con ocasión de la encíclica “Quanta cura” (1864) del Papa Pío IX (y de su apéndice o “Syllabus”), y como consecuencia del ataque dirigido a dicho documento por parte de Mr. Glandstone en el Parlamento británico, defiende Newman la necesaria existencia del magisterio pontificio, pero distingue entre sus diversos niveles y grados de adhesión, resaltando la hermenéutica de los textos en el sentido de lo que hoy llamaríamos su semiología o contexto comunicacional.

Así, sostiene Newman las proposiciones (ochenta proposiciones condenadas) del “Syllabus” deben interpretarse “en el contexto en el que han sido formuladas” y, por ello, si bien la “Quanta cura” es un documento con “autoridad dogmática”, el “Syllabus” es un prontuario de diversos errores confeccionados por un compilador anónimo que, sin embargo, por el “imprimatur” pontificio merece obediencia.

No hay en ellos ningún ataque a la conciencia personal, antes al contrario, una protección de ésta ante los incontenibles avances del error que es el veneno mortal de las inteligencias.

El magisterio papal no es, propiamente hablando, una “ciencia” teológica, aunque se sirva de la teología para la formulación de sus asertos y postulados.

La “teología es una ciencia muy especial”, tanto en sus métodos, formas de argumentación y lenguaje y, por esto mismo, resulta una “ciencia paradojal” (RF), en la línea de Pascal.

En tanto ciencia se sujeta a los principios ordinarios de cada ciencia pero, advierte Newman que solo los Apóstoles gozaron de “inspiración”, en tanto que la Iglesia (la sucesión apostólica) goza de “assistentia” (certeza negativa) y “en el proceso de definir la verdad es humana, está sujeta a error (ya que) lo que la Providencia ha garantizado es sólo que no habrá error en el paso final, en la definición o dogma resultante…”.

Si se tiene presente el extraordinario revuelo que la proposición 80° (condenada) había provocado en las elites ilustradas de la época (“el romano pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna”) puede comprenderse la irónica y flemática acotación de Newman a los temores (inútiles) de Mr. Glandstone: “es posible, así lo deseo, que en el futuro se dé con alguna manera de combinar la libertad que es inherente a la nueva estructura de la sociedad, con el principio de autoridad inherente al antiguo orden, sin necesidad de hacer concesiones al progreso y al liberalismo”.

Fair play!”, le pide al parlamentario y, para el caso de tener que hacer un brindis de sobremesa acota: “beberé ¡por el Papa!, con mucho gusto, pero primero ¡por la conciencia!, después por el Papa”.

Y Ratzinger en su precioso opúsculo “Elogio de la conciencia” (“la verdad interroga al corazón”) agrega que, al fin y al cabo, el primado del Papa y toda su obediencia radican en la conciencia, toda la autoridad pontificia no está contrapuesta a la conciencia sino más bien basada y garantiza en y por ella (donde se alude expresamente al brindis de Newman).

Ratzinger advierte que el sujeto encuentra en Newman una atención que en el ámbito de la teología católica no recibía desde san Agustín, pero justamente lo está en la línea de san Agustín y no en la línea del subjetivismo de la modernidad.

Cuando fue creado cardenal, Newman confesó que toda su vida había sido una lucha contra el liberalismo y el subjetivismo y Ratzinger recuerda que la conversión de Newman no fue una elección dictada por el gusto personal o por necesidades subjetivas, SINO POR LA CONVICCIÓN DE LA VERDAD Y LA ADHESIÓN DE LA CONCIENCIA.

Newman ha destacado el primado de la verdad por sobre la bondad y el consenso, observando que para Tomás Moro la conciencia no fue expresión de obstinación subjetiva o de terco heroísmo, sino obediencia a la verdad conocida y amada.

La modernidad ha rechazado aún la misma idea de verdad (“¿qué es la verdad?”, preguntaba ya el moderno Pilatos) y la ha sustituido por la idea del progreso inevitable.

Cuando la primacía ya no es de la verdad, el predomino lo tiene la mera praxis y la técnica se convierte en el criterio supremo.

La conciencia está “vocada” o llamada a la verdad y cuando predomina la dura técnica desaparece la conciencia, se obnubila, se ofusca y termina por negarse a sí misma, por aniquilarse.

Los escolásticos distinguieron entre “conciencia” y “sindéresis” entendiendo por tal, conforme el criterio de Tomás de Aquino, tanto la “íntima repugnancia al mal”, cuanto la “íntima atracción hacia el bien”.

Ratzinger prefiere el término platónico de “anámnesis” como testimonio de la ley divina en la conciencia, según san Pablo en Rom. 2, 14-15: “cuanto exige la ley está escrito en sus corazones (en el de los gentiles), tal como resulta del testimonio de su conciencia”.

O, como afirma san Agustín: “al juzgar no sería posible decir que una cosa es mejor que otra sino se nos hubiera impreso un conocimiento fundamental del bien” que, añado yo, debe ser orientado, sostenido y educado.

De aquí la “anámnesis” o recuerdo primordial de lo bueno y de lo verdadero, en su amplitud platónica y existencial.

Esta potencia es para Ratzinger un sentimiento interior que nos interpela e inclina a la verdad, en cuyo momento emerge la segunda dimensión escolástica: “conscientia” (conocimiento) de donde deriva el juicio y la decisión, más que como un “habitus” como un “actus” o suceso que se ejecuta.

Este “actus”, según santo Tomás, se divide en tres elementos: a) reconocer, b) testificar y c) juzgar, entendido todo como una estructura que concluye desde lo intelectivo en una operación de la voluntad.

Sin embargo, recordémoslo siempre, el hombre es una totalidad (“totus homo”), esa operación que nace del entendimiento y mueve a la voluntad es también una “emoción” o “sentimiento”, en el sentido de Haecker en su “Metafísica del sentimiento”.

La conciencia, entonces, desde la fecunda objetividad de la verdad penetra en la interioridad del hombre moviéndole a aceptar gozosamente la verdad, es decir, amándola y, por ello, su rechazo genera la culpa: descuido de mi propio ser que me hace sordo a la voz de la verdad y a sus sugerencias interiores.

Ratzinger sintetiza bellamente: “al escalar las alturas del bien, el hombre descubre cada vez más la belleza que se oculta en la ardua fatiga por alcanzar la verdad y descubre también que justamente en la verdad se encuentra su redención”.

En este plano la conciencia aparece como la voz de Dios en nosotros. Pero la conciencia no es un oráculo, sino un órgano (Spämann, cit. por Ratzinger) y como tal tiene que crecer, formarse y ejercitarse.

Para llegar a ser lo que ya es por sí mismo el hombre necesita la ayuda de los demás: la conciencia necesita de formación y educación, puede atrofiarse y arruinarse y, consiguientemente, ser falseada y hablar de una manera distorsionada y desfigurada.

Con todo dramatismo Ratzinger señala que “el silencio de la conciencia puede convertirse en una enfermedad mortal de todas las civilizaciones” y, por esto mismo, “la conciencia incluye una obligación, a saber: el deber de cultivarla, formarla, educarla… el derecho de la conciencia es obligación de formarla. Para nosotros esto significa que el Magisterio eclesial tiene la responsabilidad de la recta formación de la conciencia…”.

He aquí una inexplicablemente olvidada exégesis de la Declaración “Dignitatis humanae” (Vaticano II) sobre la libertad religiosa. Esta declaración tiene una introducción muchas veces olvidada y que conviene en su meollo transcribir, toda vez que la libertad religiosa que se proclama “se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil” y el Concilio deja íntegra “la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo”.

Benedicto XVI (Ratzinger) enseña en “Caritas in veritate” que “la libertad religiosa no significa indiferentismo religioso y no comporta que todas las religiones sean iguales…”, tema también sostenido en el documento pontificio “Dominus Iesus” (año 2000) respecto de la necesidad de la Iglesia para la salvación, así como la interpretación de que la fórmula “subsiste en” (usada por el Concilio) se refiere exclusivamente a la Iglesia Católica.

Dignitatis humanae” somete la conciencia a la ley eterna o plan de la divina Sabiduría y a la ley natural o participación de la ley eterna al hombre y, por ello mismo, el Concilio destaca que “cada uno tiene la obligación y, en consecuencia, también el derecho de buscar la verdad en materia religiosa, a fin de que, utilizando los medios adecuados llegue a formarse prudentemente juicios rectos y verdaderos de conciencia”, y ya que el hombre conoce por su conciencia los dictámenes de la ley divina y está obligado a seguirla “no se le puede forzar a obrar contra su conciencia”.

Para alcanzar un obrar meritorio de su conciencia es menester garantizar en su misma naturaleza la libertad psicológica y es ese “derecho a la inmunidad” el que permanece aún en aquellos que no cumplen la obligación de buscar la verdad y adherirse a ella, tema éste de no fácil compaginación con la literalidad de los documentos pontificios de Pío IX, aunque no necesariamente con los de Pío XII que preanuncian ya en sus radiomensajes de Navidad la posición pastoral del Vaticano II, tal como ha sido reiteradamente sostenido por destacados autores.

Las enseñanzas eclesiásticas constituyen una totalidad que debe ser interpretada a la luz de lo que se ha llamado con verdadera exactitud la exégesis de la continuidad, contemplando tanto sus aspectos específicamente doctrinales, cuanto su significación técnicamente jurídica y su encuadramiento político y social en sus respectivos tiempos históricos.

Newman ha sido el gran revalorizador de la conciencia en el siglo XIX y mérito suyo ha sido contemplarla según sus diversos servicios pastorales y apostólicos, del mismo modo que Ratzinger, ajenos ambos a la presión negativa de la variable opinión pública o mediática.

Con todo, el servicio que concitó su primer amor y mayor nostalgia fue la vocación universitaria, una “educación centrada en la ciencia por sí misma, pero libre de todo indiferentismo gracias a su conexión con la teología (José Morales) destacando siempre, no obstante, la ciencia como saber autónomo, tal su Oxford.

En su celda de Birmingham se conservan su toga de “fellow” y su capelo cardenalicio. “Saber es una cosa y obrar es otra”, tal su síntesis magisterial o, más bien y mejor, su lema de cardenal, síntesis la más perfecta de san Agustín y de Pascal: “cor ad cor loquitur” (el corazón habla al corazón).

RICARDO FRAGA