domingo, 30 de septiembre de 2012

El DTC en línea


El célebre Dictionnaire de Théologie Catholique, conocido por como el DTC, está disponible en 30 volúmenes gracias al sitio de Brasil Obras católicas. Se trata de una obra de consulta para los  interesados en profundizar en cuestiones teológicas y afines. Al parecer, por razones de derechos de autor, no pueden consultarse todavía los índices. La obra se  encuentra aquí.

viernes, 28 de septiembre de 2012

La intelectualidad en la TFP

Reproducimos aquí dos entradas de una bitácora que trae interesantes testimonios acerca de  Tradición, Familia y Propiedad y los Heraldos del Evangelio

I. Salvando la figura del Dr. Plinio y su constante esfuerzo por darle al grupo un fundamento doctrinario, intelectual, racional, se puede afirmar que las bases de la institución son mayoritariamente sentimentales y pasionales: su racionalidad es sometida a su apasionamiento, a su entusiasmo, esto es: no es necesario entender mucho, es necesario ser entusiasmado. El grupo no está interesado en adeptos que piensen sino en adeptos que se entusiasmen. A mayor entusiasmo menos críticas ni disidencias, quien está entusiasmado no puede, ni quiere, ver ni aceptar otras opciones. El grupo le teme al desarrollo intelectual ya que es con él que salen a la luz las grandes contradicciones internas.
Así, la vida intelectual en las sedes ha sido siempre prácticamente inexistente, incluso se podría decir que casi no hay intelectuales en el grupo. El grupo fundado y liderado por el Dr. Plinio se fue transformando, con el pasar del tiempo, en un círculo cada vez más cerrado sobre sí mismo, en un ejercicio creciente de auto contemplación, llegando a los extremos del aislamiento los últimos años antes de su muerte, cuando se va abandonando cualquier actividad pública.
Unos pocos, llevando una vida de camaldulenses, hacían estudios más serios sobre algunos temas, pero al margen del común del grupo. Algunos de estos se reunían una vez por semana en la llamada “comisión médica” donde exponían sus estudios según los lineamientos que el Dr. Plinio les iba dando. Lamentablemente los miembros de esta "comisión médica" no eran ni bien vistos, ni apreciados por los entusiasmados quienes veían en ellos personas sin valor, perdiendo el tiempo y haciéndole perder tiempo al Dr. Plinio, sin embargo eran estos intelectuales quienes se dedicaban a proporcionar material para la publicación de los diferentes libros que a lo largo de la existencia de la TFP iban apareciendo. Una entidad como esta dedicada en parte a la lucha ideológica no puede justificar esa laguna tan grande, es decir que el único autor era el Dr. Plinio y esporádicamente un par mas. Pero, nuevamente, dedicarse a algún estudio o a alguna actividad intelectual era muy algo muy mal visto internamente, incluso el estudiar al Dr. Plinio y su obra era desestimulado: no hay que entender, hay que amar.
Por otro lado en el grupo se desalentaba cualquier estudio extramuros por diferentes razones: La bagarre llega este año, no tiene sentido estudiar una carrera que no tendrá utilidad en el Reino de María. El Grand Retour nos infundirá la Ciencia y Sabiduría Divina. Las universidades están llenas de mujeres (fassuras) y los compañeros serán todos filhos das trevas, que nos incitarán al pecado y a la Revolución. Estudiar nos generará "carrerosa" (mundanismo) y uno podría terminar queriendo más su carrera que la vida del grupo.
El Dr. Plinio en innúmeras ocasiones se quejó de la falta de formación de los miembros del grupo y las pocas e inconsistentes iniciativas de Joao Clá para intentar mejorar esa situación entre los jóvenes a su cargo tuvieron resultados prácticamente nulos. Es que la formación académica o intelectual no era ni de lejos una cuestión que le preocupase a Joao. Desde que en las diferentes reuniones se dejasen la garganta gritando “ooohhh!”, "fenomenaaaaal!" cada cinco minutos por cualquier bobada estaba todo bien, y cuando terminaba la reunión y uno rataba de comentar algo era como si esta se hubiera evaporado de sus mentes. No era otra cosa que participar en una histeria colectiva, como en un concierto de rock, en el que se grita sin saber siquiera de qué va lo que se está escuchando.
Esa misma vida que hacíamos en la TFP continua exactamente igual en los HE. Los primeros sacerdotes de los ahora Heraldos del Evangelio vienen justamente de ese vacío intelectual (salvo poquísimas excepciones), y no han asistido a un seminario con un currículum apropiado, sus ordenaciones han sido a las carreras, improvisadas, en general apenas si estudian algo metódicamente. Algunos recién empiezan a ir a universidades a estudiar filosofía y teología (finalmente, a pesar de no ser sino un mero trámite a cumplir). Sin embargo la tendencia es, al transformarse en una congregación sacerdotal, intentar que todos los posibles estudios sean dentro de la propia institución afín de evitar que se contaminen con doctrinas ajenas a ella y con ambientes normales.
II. No creo que haya instituciones similares a la TFP-Heraldos en lo que respecta a la dependencia discípulo-fundador. Se toma muy en serio aquello de imitar al fundador en todo. Bueno, “se toma muy en serio..." o hay un verdadero trastorno allá adentro. 
Los gustos personales del Dr. Plinio marcan la vida del miembro del grupo. Cuando PCO era joven y estaba en las Congregaciones Marianas asistía a las reuniones en los salones parroquiales junto a las "velhotas" y los "carolas", inmerso en un ambiente de sebo, polvo y mediocridad asfixiante como él mismo describía esos años de su vida. Era común servir arroz con leche en esas reuniones, así el Dr. Plinio asoció ese postre con mediocridad. Eso no es nada raro en cualquier ser humano, la asociación de determinados gustos y situaciones construyen nuestros recuerdos. Pero nosotros, como sus discípulos, debíamos también rechazar ese postre por nuestra obligación de imitar al fundador, nunca se serviría arroz con leche en alguna sede, quien manifieste agrado por él estará en la rampa de la apostasía pues eso sería un "nódulo" de conflicto con el Fundador tal como nos enseña Joao Clá. 
"El pescado es una excusa para comer una buena salsa" sentenció el Dr. Plinio. De ahí en adelante nadie en el grupo osaría elogiar un pescado por miedo a no estar en los pasos del Fundador. Al Dr. Plinio le gusta comer sesos de vaca, a mí no, entonces yo tengo un serio problema. Al Dr. Plinio no le gusta J. S. Bach, a mí sí, debo rectificar mis gustos pues si no estoy en el camino al infierno. El Dr. Plinio afirma que en el Reino de María no habrá chocolate, hay que dejar de gustar de él.
Estos son apenas un par de ejemplos de cómo era "la vida cotidiana en los tiempos de Plinio". Pero esa dependencia en gustos culinarios es apenas la punta del iceberg una vez que PCO opinaba sobre absolutamente todo, pasaba horas en reuniones, pequeñas conversaciones, comidas, traslados en coche y todos sus comentarios eran grabados para luego ser dactilografiados y dados a conocer a todos los miembros del grupo en el mundo entero. Joao Clá en sus reuniones los sábados y domingos, llamadas jour-le-jour, nos daba el resumen semanal de actividades y comentarios de Plinio, pero ni siquiera las seis horas que duraba cada reunión eran suficientes para digerir completa la semana de Plinio. De esa manera eran formados nuestros gustos en música, arquitectura, pintura, historia, culinaria, colores y sabores, en una palabra: todo, según el gusto particular de nuestro fundador.
Y como a Plinio le considerábamos como el mayor santo después de la propia Virgen María -la propia encarnación del Inmaculado Corazón de María (sic!)- sus comentarios los teníamos como sentencias divinas, imposibles de no seguir fielmente sin exponernos a la condenación de nuestras almas. Joao es el gran apóstol de esta peculiar unión con el fundador, ninguno de nosotros podía sospechar en aquellos no tan remotos años que él mismo se convertiría en un nuevo Plinio (a profeta muerto, profeta puesto) y sería considerado por unos como el co-fundador del Reino de María, por otros simplemente como el continuador de Plinio, sin embargo lo que no se podría sospechar jamás era que sus nuevos discípulos caerían en las mismas actitudes de servil alienación e imitación al nuevo jefe. 
Para los nuevos adeptos que no conocieron a PCO, Joao es el modelo a imitar (¿si no me aman a mí que me conocen, como amarán al Dr. Plinio a quien no conocen?) y así volvemos al comienzo de la historia: si a nuestro papito le gusta el Guaraná Champagne, será mandatorio elogiar este refresco brasileiro. Si papitodice que hay que ocultar a Plinio y separase de él hasta que venga la bagarre, nadie protestará. Ayer papito despreciaba en público el sacerdocio y la jerarquía de la Iglesia, hoy se hace ordenar y le gusta mostrarse como "monseñor". Todo eso me hace reflexionar que para ser miembro del grupo hay que definitivamente dejar de pensar por sí mismo, abandonar todo raciocinio, apagar el cerebro y estar dispuesto a ser completamente manipulable.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Algo más sobre la prudencia

Jean Madiran.

El dominio de la virtud de la prudencia.
Este territorio escamoteado, mal conocido, olvidado, que incluso no se nombra más, es el de la prudencia, de la virtud cardinal de la prudencia.
Casi todo el mundo, aun los más eruditos y sabios, omiten el rol cardinal de la prudencia, o no se habla de ella sino como si se tratase de tomar un paraguas cuando el cielo se cubre, o bajar el tono de voz delante de los agentes de la fuerza pública, o tratar de huir precipitadamente cuando se oye gritar "socorro" en un barrio incierto después de la caída de la noche.
El primero de estos tres ejemplos representa la forma más anodina de la virtud de la prudencia; el segundo peligra de ser ya una extrapolación; el tercero es una vergonzosa perversión. Pero es sobre todo bajo estas tres formas que se conoce ordinariamente la "prudencia" hoy en día.
El catecismo dice otra cosa. Después de las tres "virtudes teologales" de fe, de esperanza y de caridad, enumera "las virtudes morales" de las cuales cuatro son cardinales: la justicia, la fortaleza, la templanza y la prudencia. Es cierto que los catecismos para chicos, al menos los que tenemos a la mano, enumeran estas virtudes sin más; y sin siquiera definirlas; reservando su insistencia a la descripción de los vicios que se les oponen. Hay sin duda en esto una razón pedagógica. Tomemos un catecismo para adultos: inspirándose en una fórmula de San Agustín enseña que la prudencia es la virtud que "hace que para todas las cosas juzguemos correctamente lo que es necesario buscar de lo que es necesario evitar". No es ni la doctrina obligatoria por sí sola, ni ninguna opción libre de orden "técnico" las que puedan bastarnos para dirigir de este modo nuestra conducta.
Haciendo uso de una comparación automovilística, Marcel Clement enseña graciosamente, aunque no sin exactitud, que si la justicia es la virtud "ordenanza" (ordenanza de tráfico), la fortaleza es la virtud motor y la templanza la virtud "frenoi".
Pero la prudencia, que no es la templanza, y que no es tampoco un freno, como lo creen los ignorantes cuando usan sonoramente la palabra, la prudencia es la virtud "volante" (en términos automovilísticos).
Si se quiere una definición más elaborada de la prudencia y menos imaginativa, diremos con Santo Tomás que el rol propio de esta virtud intelectual y moral es el de "hacer derivar las conclusiones particulares, es decir las acciones prácticas, de las reglas morales universales". Santo Tomás precisa: "La prudencia no designa su fin propio a las virtudes, no razona reglas de moralidad que ella supone conocidas y queridas, sino discierne y dicta solamente las acciones que le convienen".
La prudencia no elige pues el fin a conseguir: este fin es teóricamente propuesto por la doctrina y prácticamente buscado por las virtudes. No inventa tampoco los medios prácticos: su elaboración es del orden que hoy llamamos "técnico".
La prudencia —el juicio prudencial— es lo que decide en cada caso concreto que para trabajar en dirección al fin propuesto por la doctrina, es necesario elegir éste y no aquél camino entre los medios honestos puestos a disposición por la técnica. (Es también ella la que decide en cada caso concreto lo que conviene hacer para que la doctrina sea mejor conocida). Es también ella la que decide para cada circunstancia que esta regla moral de la doctrina, y no aquella otra, conviene aplicar: "La prudencia aplica los principios universales a las conclusiones particulares en materia de acción" (Suma Teológica, II-II).
La prudencia no es un juicio aislado, sino una virtud, es decir una actitud permanente. En resumen, se puede decir: "La prudencia es la disposición permanente para aplicar de modo experimentado los principios de la moral a las circunstancias particulares" (M. Clement: Catéchisme de sciences sociales, fascicule I, Nouvelles Editions Latines, 1959, p. 27).
Lo que no es ni doctrinal ni técnico.
Podemos ahora darnos cuenta por qué la distinción corriente entre "doctrina" y "opciones" no basta para esclarecer y apaciguar las divisiones entre católicos.
Es bien evidente que todos los católicos deben o deberían estar de acuerdo en la doctrina obligatoria: y pasa sin duda, que se diverge sobre la doctrina, imperfectamente o desigualmente conocida. Es también evidente que sería inmoral y absurdo dividirse mortalmente por imperdonables querellas sobre la elección técnica de la mejor manera de construir submarinos o de favorecer el estacionamiento en París: aunque llega a suceder que una pasión excesiva y el amor propio dan a estos desacuerdos técnicos una importancia exagerada. Pero, lo más frecuente, es que no sea sobre este punto que nazcan terribles oposiciones.
El principal campo de enfrentamientos de las tendencias contrarias no es ni doctrinal ni técnico: se sitúa en el punto donde es necesario decidir el modo de llevar a la práctica, en circunstancias dadas, las decisiones técnicas conformes a las reglas doctrinales; es de orden prudencial y se sitúa en este tercer plano del cual no se habla y ante el cual se cierran los ojos. Ahí donde existen, como ocurre hoy en día, graves deficiencias doctrinales, es raro que se manifiesten en cuanto tales: aparecen sobre todo por sus consecuencias a nivel de la virtud de la prudencia.
No disponiendo más que de una distinción en dos términos, doctrina y técnica (o doctrina y opciones libres), uno es llevado a considerar el conjunto del campo prudencial:
1. sea como derivando pura y simplemente de la doctrina, lo cual es abusivo y termina por originar un autoritarismo, un rigorismo caricaturesco;
2. sea como perteneciendo a las opciones de orden técnico, lo cual es una blandura generadora de escepticismo y de anarquía.
Se pone entre paréntesis, se suprime el campo de acción, la zona propia de la virtud que es "en términos absolutos, la principal de las virtudes morales." (Suma Teológica II-II).
Tomado de:
Madiran, J. Doctrina, prudencia y opciones libres. En rev. Verbo, Buenos Aires, n. 70, mayo de 1967, ps. 6 y ss.

viernes, 21 de septiembre de 2012

En torno al Evangelio de San Juan



- Jack Tollers ha concluido con su monumental su Catena Argentea. Cuatro años de trabajo encadenando citas de autores logran un completo comentario al Evangelio de San Juan. Textos de Maurice Baring, Hilaire Belloc, Jean Borella, Raymond-Leopold Bruckberger, Leonardo Castellani, G.K. Chesterton, Etiénne Gilson, Ronald Knox, C.S. Lewis, John Henry Newman, Albert Frank-Duquesne, Sören Kierkegaard, Peter Kreeft, Jacques Maritain, Malcolm Muggeridge, Charles Péguy, Josef Pieper, Joseph Ratzinger, Antoine de Saint Exupéry, Gustave Thibon, Vladimir Volkoff, Simone Weil...

Una obra de 1038 páginas, "de consulta, no para leer de corrido" como dice el autor. Se descarga, gratuitamente, en nueve formatos distintos, aquí

- Como complemento, un lector de nuestra bitácora nos envía el Evangelio de San Juan en versión trilingüe, con traducción y notas de Juan Straubinger.Puede consultarse aquí.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Novell en el disparadero


El pasado martes comentamos entre amigos el último artículo del p. Iraburu. ¿Cómo explicar semejante muestra de confusión entre lo espiritual y lo temporal, distorsión histórica, nacionalcatolicismo liberal y clericalismo politiquero? Porque el artículo es una muestra patente del método neoconservador: armar un discurso ideológico y luego forzar la realidad para encuadrarla en el discurso. Es el mismo procedimiento empleado en la serie “filolefebvrianos”: dispara primero y después a  apunta.
Tal vez una de las afirmaciones más absurdas del artículo de Iraburu sea: "La Iglesia... valora las grandes estructuras nacionales". Si la afirmación fuese verdadera China y la extinta URSS, grandes estructuras, serían más valoradas que el mismo Vaticano, Suiza, Liechtenstein y la casi totalidad de los estados centroamericanos; la independencia de Polonia habría sido una desgracia para la gran estructura estatal en la que estaba integrada la nación de Juan Pablo II; y Juana de Arco habría frustrado la posibilidad de una gran nación anglo-francesa...
Como apuntaba lúcidamente un amigo, la entrada de Iraburu tiene como destinatario claro el obispo de Solsona hoy caído en desgracia en la vecina Infocatólica. Novell ha dejado de ser santo de la devoción neoconservadora no por sus vacilaciones en temas doctrinales tan importantes como la exclusión de las mujeres del sacramento del Orden, sino por sus simpatías independentistas. Porque el joven obispo, con notable imprudencia pastoral, ha sucumbido a la tentación clerical-catalanista y se ha distanciado de la posición clerical-españolista de Iraburu y su séquito. En definitiva, un problema de celos clericales, que tiene poco que ver con las exigencias de la política real, las complejidades del orden prudencial y las dificultades históricas.
Un tanto cansados del magisterialsmo clerical, ofrecemos un fragmento que trata el tema del denominado principio de las nacionalidades desde la perspectiva del derecho natural. 

2. El principio de las nacionalidades.
Recién en la Edad Moderna comienzan a adquirir muchos estados, con claridad, el carácter de nacionales. Anteriormente la organización política de los pueblos era en absoluto ajena al hecho nacional, salvo muy contadas excepciones. Este principio puede definirse como "el derecho a la unificación y a la independencia estatales de elementos nacionales dispersos o subyugados" y "fue en el orden jurídico-internacional un factor revolucionario, que modificó profundamente el mapa de Europa en los siglos XIX y XX". En efecto, en su nombre cayeron los Estados Pontificios bajo el ejército revolucionario de Garibaldi y se produjeron diversos movimientos de independencia en América y en Europa (en esta última cabe citar el caso de Bélgica, Grecia, etc.). En su nombre, también, y después de guerras internacionales, se dividieron estados multinacionales como el Imperio Austrohúngaro y se promovieron, ya en pleno siglo XX, los principales movimientos orientados a la descolonización (en este último caso este principio se aplica bajo el rótulo de "autodeterminación de los pueblos"; lo que no se indica, con ser de la mayor importancia, es qué se entiende exactamente por "pueblo")…
Ahora bien, cabe preguntarse: ¿es justo este principio en el orden internacional? La respuesta parece que tiene que ser negativa, por lo menos en cuanto auténtico principio internacional de aplicación generalizada. Esta negativa se explica si se piensa que los pueblos, a lo largo de la historia, pueden descubrir en concreto que es más fácil alcanzar el bien común posible para ellos unidos en una unidad política que no sea precisamente nacional, y no separados o atomizados…
Establecer como regla general a priori que los estados deben ser nacionales, sin atender a las características históricas peculiares de cada uno, es injusto por ser arbitrario y carente en absoluto de fundamento razonable; porque en tal caso cabe hacer esta pregunta: ¿por qué? Y desde la perspectiva del bien común no puede darse, seguramente, ninguna respuesta válida para una generalidad de casos.
Tomemos el ejemplo de la descolonización en nuestros días, en la que ni siquiera se han respetado las diferencias étnicas, culturales y religiosas de los pueblos (es decir, en nombre de la autodeterminación, ni siquiera se respetaron las unidades que podrían entenderse como nacionales, como tampoco las unidades políticas históricas). ¿Es siempre justo que se le dé la independencia a un pueblo, aunque ello redunde en contra del bienestar de ese mismo pueblo, amén del pueblo del estado al que estaba integrado? ¿Es acaso justo que tal responsabilidad se le otorgue aunque tal pueblo no pueda en rigor ser autosuficiente, es decir, que librado a sí mismo no pueda dar a sus miembros el nivel de vida material, cultural, moral y religioso que tenía integrado en un estado más grande? ¿Es justo, sobre todo, que merced a la descolonización o a la aplicación del principio de las nacionalidades, quede a merced de las "otras" influencias políticas, la de las potencias imperialistas, para hablar con claridad? La historia contemporánea nos ilustra de una manera exhaustiva con ejemplos de países que adquirieron su independencia para entrar en largos períodos de guerra civil, en procesos de empobrecimiento progresivo, en procesos de involución cultural, para caer en la pulverización de su régimen jurídico-político y, finalmente, en la dependencia de nuevos y peores amos imperialistas.
La justicia de cualquier forma de descolonización, o de cualquier forma de independencia o reunificación nacional, dependerá de las circunstancias concretas de cada caso y de cada pueblo. Dependerá, por ejemplo, de que se rompa así una verdadera forma de explotación, sin caer en otra peor, de la aptitud política previsible del nuevo estado y, en definitiva, de que sea para una mayor realización del bien común de ese pueblo, sin olvidar el bien común internacional, que incluye un margen de seguridad y de orden. En este tema las generalizaciones conducen a violentar la realidad, o bien son meros justificativos ideológicos.
El principio de las nacionalidades, pues, no vale como principio internacional justo de aplicación general; y lo mismo podría decirse de su derivado, el de la autodeterminación de los pueblos. Pretender imponerlo como principio es fruto de un esquematismo incorrectamente abstractista o interesadamente ideológico, que no respeta las peculiaridades de la concreta realidad social e histórica.

A cada pueblo le tocará determinar si prefiere vivir como nación, constituyendo un estado, o si por el contrario prefiere vivir integrado solidariamente con otros pueblos nacionales, formando así el gran pueblo del estado; o bien optar por formar un estado con sólo un sector nacional. Pretender imponer esta decisión es, a todas luces, una arbitrariedad y una nueva forma de intervención ilegítima en los asuntos internos de los estados. Y aún promover una acción en este sentido por potencias extrañas es ilegítimo, además de ser sospechosa siempre tal tipo de intervención, ya que, por desgracia, la generosidad no puede presumirse en la política internacional, y menos de las potencias imperialistas. Y ahí tenemos el ejemplo de nuestra Argentina: los ingleses, que no pudieron conquistarla militarmente en 1806 y 1807, consiguieron por el arte de las influencias "emancipadoras" imponer al país un sometimiento económico peor al anterior, con el agravante de que antes de la independencia los argentinos no estábamos sometidos sino integrados en un Imperio.
Tomado de:
Lamas, F. Los principios Internacionales (desde La perspectiva de lo justo concreto). Buenos Aires, Forum, 1974. Ps. 110-113.

lunes, 17 de septiembre de 2012

La desesperación pagana (y II)


Esa desesperación pagana hace irrupción actualmente en el mundo neopagano a través de la literatura de los países protestantes; y su siniestro glas es el toque de sálvese quien pueda para toda una civilidad descristianada.
Tenemos delante tres libros de vacaciones recientemente publicados en una primorosa colección llamada "La Pajarita de Papel". El director de la colección, supremo catador de elixires poéticos, ha juzgado que ellos son lo más fino y lo más "allá" que se puede brindar al público argentino, que despierta de su ensueño analfabeto para convertirse en lector ferviente. David Lawrence, Katherine Mansfield, Franz Kafka. Los tres poetas indiscutiblemente genuinos representan en tres formas distintas, bastante paralelas a las de Ovidio, Catulo y Lucrecio, un terrible testimonio de la desesperación pagana, mil veces más acre y sacrílega actualmente que en el paganismo precristiano, pues entre éstos y aquéllos ha pasado nada menos por el mundo la Esperanza hecha Carne; y, voto al cielo, no ha pasado en vano.
Katherine Mansfield, para empezar por la más amable del trío, es una niña neozelandesa o australiana transportada al más refinado ambiente londinense, y de cuya vida, devastada rápidamente como una flor exótica o un ave del paraíso, nos quedan unas cuantas narraciones breves, una novela, unas memorias truncas y una colección de cartas, que no son todos sino poemas autobiográficos y elegíacos de tan delicada calidad literaria y tan profunda, sutil y penetrante tristeza que la comparación con el ruiseñor de Verona es obligatoria.
Las novelitas de la Mansfield (traducidas las mejores por Leonor Acevedo con un resultado si traidor, admirable) son narraciones sin argumento ni materia casi, descripciones de escenas familiares y caseras hechas con una técnica impresionista y puntillista que parece que juega con líneas graciosas y colores vivos, pero que tienen una solidez y una convicción irrecusables, un soplo de realidad poética que imponen a la fe como sustancias macizas esos cuadritos hechos de aire y tules. Todo lo que se diga para caracterizar este arte entre paisaje y minuetto, de toque tan seguro y leve, es inútil: hay que leerlo. Lo que me interesa ahora es el contenido filosófico y teológico de estos cuadritos tan femíneamente frívolos. Diríase que no hay dello absolutamente nada. Y sin embargo están allí tímidamente las patéticas confesiones del inexorable amustiarse de un alma niña indefensa que las "Cartas" y el "Diario" de Catalina balbucea en forma directa pero confusa, y sus novelas en forma implícita pero lúcida, como es propio del poeta épico. Dios está allí actuando por su ausencia; y la desesperación penetra como un gas venenoso las escenas de acuarela donde toda ternura, delicia y confort que la vida puede dar juguetean; la desesperación como un rojo letrero de remate sobre un parque en primavera. No es la inquietud propiamente, sino el fatal quietismo: no es la fiebre sino la indolora gangrena, la necrosis. No es la agitación de Agustino:
"hicístenos, ¡Oh! Dios para Vos, inquieto está nuestro pecho hasta descansar en Vos". Es una muerta calma chicha, una inexpresable desolación sin lucha. Lo espantoso del caso es que al alma (allí llamada Beryl Fairfield o Laura Sheridan) no le falta nada: familia, amor, comodidad, diversiones, quehaceres, el arte, la natura, el cielo y el mar inmenso, fresco y sublime de La Bahía. Pero hay un malentendido íntimo e irreparable entre todas esas cosas y el íntimo del alma, tan sutil y total que no se puede expresar (y de hecho nunca está expresado) ni siquiera con un suspiro que un bostezo fuera. ¡Oh Alma! ¿Qué quieres? -No lo sé. -¿Qué te falta? -Nada. -¿Qué te duele? -Todo esto, todo esto. -¿Dónde vas? -Por ahí. -¿Eres feliz? -¿Feliz?...
Los tres poetas éstos fueron tuberculosos. Es decir, seres intimados temprano de la invitación al viaje, con esa desesperada ansia de felicidad del incurable, esa sensibilidad afinada del tísico y esa capacidad terrible de recepción de lo malo, feo y triste de la vida, propia del infortunado. Franz Kafka fue un pequeño judío de Praga que murió a los 45 años dejando un lote de manuscritos inéditos entre los cuales dos novelas y unos cuantos cuentos y croquis. La desesperación que en Catalina constituye el aire de la obra, sale afuera en Kafka en pesadillas de una fría y minuciosa horripilez. Todos sus cuentos son pesadillas simbólicas. "Kafka se especializó en la confección de situaciones intolerables" (Borges): intolerables, minuciosas, tranquilas, verosímiles y convincentes, o sea la definición misma del desespero.
Ni un rechinar de dientes ni un grito que me venda
¿Blasfemar? ¿Para qué? ¿Para ser Tu irrisión?
Ya no hay lucha, es la calma tremenda
De la desesperación.
(Poema de los Novísimos, J. del Rey)
Borges dice que la interpretación teológica que se ha dado a Kafka no tiene importancia; "el pleno goce de la obra de Kafka no depende de ella". Me parece que no es admisible. Si se entiende por pleno goce la curiosidad diletante de la "literatura", entonces quizá. Pero es una actitud que no entendemos esa de ponerse a apreciar los colores (mortecinos por otra parte y opacos) de estos espirituales cadáveres; es el análisis clínico y el cuadro fisiopatológico con disección y anatomía, lo que aquí puede dar pleno goce. El cadáver para otra cosa no sirve. El pobre pulmonaria no se deshaló deshilando estos fatigosos relatos sino para aludir teológicamente: para comunicarnos que el infierno existe y que ya está en el mundo. La metamorfosis es la familia convertida en un ente infernal; la familia honesta y compuesta, no una familia desavenida, que ésa ya sabemos que es un infierno, sino una familia burguesa, respetable y normal = infierno. En la Muralla China es el Estado, y en parte también la Religión a quien se asesta el mismo trabucazo. Un artista del hambe, la Ascética y la Mística están visadas. Los otros cinco croquis, Una cruza, El Buitre, El escudo de la ciudad, Prometeo, Una confusión cotidiana, son cinco desgarradores lamentos para expresar el íntimo del alma definitivamente aridecida. "Dos obsesiones rigen la obra de Kafka -dice Borges en el breve y compacto prólogo que le dedica-, la subordinación es la primera el infinito es la segunda". ¿Y luego no hay teología en Kafka? Esas dos notas son teológicamente las que definen a la creatura como creatura: y psicológicamente definen el sentimiento de la religiosidad, que no es sino "el sentimiento de lo Infinito" (Max Müller) o "un sentimiento de dependencia" (Santo Tomás) o en suma "una sensación de dependencia infinita" (Schleiermacher). Lo malo para Kafka (y para Borges) es que en ellos esas notas definen la "religiosidad perdida", y sin embargo "exigida", o sea la "privación de la religiosidad". Privación es carencia de algo debido.


En Lawrence encontramos el tercer grado del desespero, la privación de la religiosidad con un sustituto grotesco y horrible, que vamos a nombrar derecho con perdón de los lectores, porque sí no, vale más no hablar de Lawrence: en vez de Dios el acto carnal, al cual se le exigen los efectos maravillosos del éxtasis de los místicos, cosa que no ha sido evidentemente inventada para eso. Es la esperanza dada vuelta al revés, la religiosidad contra natura retorcida hacia abajo, la abominación de la desolación, la quietud incestuosa del alma asentada sobre su género próximo.
Entregado a orgías continuas del pecado estúpido que los teólogos llaman "delectatio morosa" (poco fuerte físicamente para mucha lujuria efectiva), Lawrence fue elegido por Astaroth para dar expresión poética moderna a esa aberración que los psiquiatras llaman "sentimiento mixto", colusión barrosa de la religiosidad con el instinto sexual, de la cual están llenos los manicomios y por desgracia anda también suelta bastante. La resurrección de los nefandos "misterios" paganos de que San Agustín y Lactancio hablan con vergüenza y disimulo, la fornicación espiritualizada ("spíritus fornicatiomis") de que la Iglesia pide en las letanías mayor resguardo al cielo como del terremoto, la peste y la guerra. Lawrence se hizo tarea de su vida convertirla en una especie de religión monstruosa, afín de la teosofía y última etapa de la corrupción de la teología protestante. "La salvación del hombre y su felicidad está en el sexo, pero en el sexo exacerbado por todo lo que hay de más profundo y de más activo en el espíritu". Este es el "mensaje" de Lawrence, como lo apellida D. Guillermo de Torre, mensaje propalado con gran fuerza por un real talento de novelista; y es fácil encontrarlo sin revolver toda su repulsiva obra para el que materialmente no pueda hacerlo (como me pasa a mí, gracias a Dios) en el cuento llamado "Overtone" por ejemplo, o en la más abominable de todas sus obras, The Man who Died, novela póstuma que las resume todas, en la cual el desdichado obseso, como una especie de sello de precinto, no vaciló en ensuciar la figura del Redentor de los Hombres en una relación frenética medio simbólica, medio arqueológica, medio teosófica y medio pornográfica. A Lawrence habría que haberle dado los exorcismos.
No contento pues con haber hallado la receta de mezclar imágenes sutil o brutalmente impuras a todas las imágenes serenas de la vida y la naturaleza, como una especie de fumigación nefanda, Lawrence mezcló también imágenes religiosas y se atrevió con la más suprema de todas (anathema sit), teniendo como hemos dicho gran talento de imaginero, aunque malogrado, a nuestro juicio. Su obra -todas esas novelas inconclusas, esos cuentos sin desenlace, morosa y osadamente obscenos- es una especie de cuarto evangelio de la lujuria, como esas torpes y extrañas herejías que pulularon en los siglos III y IV, cuyo casi incomprensible increíble fantasma conocíamos a través de los escritos de los Santos Padres. Para su debilidad de tísico, el amor físico fue toda la vida la cosa imponente y gigantesca de que no se pudo liberar, que no pudo enseñorear, el ídolo tremante que alojó en su imaginación rumiante y desproporcionada, para adornarlo con caireles de todos colores y una desesperada "proyección al infinito", como dicen los geómetras.
Lo triste del caso para el mundo anglosajón es que el "testimonio" de Lawrence (el "mensaje" de Lawrence que dice Guillermo de Torre), salido del puritanismo, es decisivo contra el puritanismo. La prueba está hecha, sólo la Iglesia Católica posee la solución a lo que llaman feamente "problema sexual". Lawrence es la última descomposición del puritanismo, el purín color crema veteado de verde y café donde el Protestantismo se volvió Teosofía. El hombre del Norte, religioso y austero por temperamento climático, sobrio y duro por una temporada, da suelta al fin a la carne rebelada (¡y cómo se burlaban de la incontinencia de los Papistas esos ingleses victorianos!) pero quiere conservarla religiosa, volverla religiosa, quiere hacer con ella una religión, investir (con v corta) los más elementales impulsos animales con las luces más entrañables y sutiles del espíritu puesto a su servicio. En suma, para ese hombre normal y neto que es el latino más vicioso, todo esto es "una porquería", que se puede rechazar o consentir sabiendo empero lo que se hace; pero para este inglés sofisticado todo ello se vuelve olla podrida (entendiendo por olla el "mate" o sea la cabeza), donde a ratos y con disgusto puede asomar la cabeza, por obligación de oficio, el estudioso de teología y psicología, bañándose luego.
Y basta. El decorador A. Rossi ilustró La Mujer que se fue a Caballo (The Woman that rode off) con figuras futuristas desencuadernadas, en lo cual acertó. Berdiaeff designa el futurismo ("descomposición de la forma humana") como uno de los síntomas más flagrantes de esta descomposición de la época humanista que nos toca vivir, en que todo un mundo dejado de la mano de Dios da las boqueadas y se muere a las patadas por­ que le falta razón de vivir, para volver a la sabia idea de mi tío el canónigo.
Para dar lugar a un mundo nuevo, aunque sea bárbaro, que lleve en su seno, aunque sea oculta, la Razón suprema del vivir.

Tomado de: 

Castellani, L. Las ideas de mi tío el cura. P. 16 y ss.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Castellani: la desesperación pagana (I)


Mi tío el cura solía decir que cuando algo muere es porque se le ha acabado la razón de vivir. Goethe decía que morimos cuando se nos agota la voluntad de vivir. Esto no parece concordar mucho con esos viejitos que no quisieran morirse por nada y mueren igual; así como lo primero no casa con los jóvenes que mueren malogrados. Pero Goethe entendía por voluntad el conjunto de todas las fuerzas biológicas positivas (incluso la voluntad consciente o "albedrío"), que resisten en nosotros el asedio de la descomposición. Un burlón de oficio supo decir que en tal caso Goethe venía a decir en puridad que morimos cuando se nos acaba la vida, cosa que ya Perogrullo había descubierto y patentado. Así es. Pero cumple advertir aquí que, talmente como toda la ciencia matemática se resuelve en última instancia en la ecuación A=A, así toda ciencia filosófica llevada a su culmen consiste en contemplar el inmenso mundo de ecuaciones extrañas y evidentes contenidas en cada una de las 33 Verdades de Pero­ grullo, empezando por ésta: "El Ser es".
Cuando un hombre acaba su vida por mano propia, es porque no encuentra más motivo para el esfuerzo de vivir. No son situaciones de padecimiento intolerable las que dan los suicidios; o mejor dicho, lo que hace intolerable un padecimiento no es sino una convicción, o bien una falta de convicción racional. Ningún padecimiento hay intolerable cuando el padeciente cree firme que un día acabará el sufrir y que todo va a acabar en bien. La cualidad de infinito comunicada al dolor proviene de una disposición de ánimo llamada desesperación, que es un pecado gravísimo contra la segunda de las virtudes teologales; y esa desesperación es la raíz del suicidio [Hablamos del suicidio completamente "deliberado" (consciente y voluntario) que de hecho creemos no se da siempre, ni quizá muchas veces. El suicidio de Kiriloff en Dostoievsky.]
Hillaire Belloc ha dado en el blanco cuando, elevándose por encima de las vacuas y miopes consideraciones de Gibbon, ha apuntado como causa profunda del "Ocaso y Caída del Imperio Romano" esa nota psicológica de la desesperación, que empezando por dominar los espíritus más videntes o más sensitivos acaba por teñir a través de la literatura y las costumbres a toda una masa humana, haciéndola no sólo impotente al esfuerzo vital, mas aun poseída de una sorda sed de destrucción. Gibbon, el "erudito vocinglero" como lo calificó Napoleón, escribió su vasta y minuciosa historia a para explicar la veloz disolución después de Augusto de aquel inmenso y pujante organismo aparentemente eterno y la no menos estupefaciente propagación fulmínea del cristianismo sobre sus ruinas. En sus famosos capítulos XV y XVI del libro primero, con aquel sistema hipócrita y pérfido de acariciar para matar, que Renán había de llevar a la perfección, el erudito inglés recoge la vieja acusación de Celso y Juliano contra los cristianos como destructores del sistema político-cultural de la antigüedad y propone como explicación de la enérgica vigencia de la Iglesia las siguientes causas:
1) El celo exclusivista heredado de la Sinagoga por los cristianos.
2) La convicción de un inmediato fin del mundo.
3) La pretensión de los milagros.
4) La práctica de una conducta rigurosa.
5) La hábil constitución política de la primitiva Iglesia y la ambición política de sus primeros jefes.
Gibbon llama con hipocresía a estos factores "causas segundas"; pero su intención real es explicar con ellos totalmente el hecho histórico-teológico de la Iglesia y cerrar el camino a toda explicación de orden superior.
Este intento racionalista de explicación es endeble aun históricamente hasta clamar él mismo por explicación: y sus cinco presuntas "causas" demandan para tenerse en pie una primera causa psicológica, dejando aparte una primera causa teológica.
Esta causa psicológica es la DESESPERACION -hecho de la historia antigua enorme y poco visto, quizá de puro enorme-, la cual justifica a la vez los dos fenómenos paralelos o recíprocos del derrumbe del Imperio y el universal confusión a la nueva fe religiosa, o digamos a la única fe religiosa ". El hombre, misterioso animal de tres patas del enigma de la Esfinge, no puede caminar sin "afirmarse", es decir, sin apoyarse en algo. Desesperación es el sentimiento profundo de que todo esto no vale nada y el vivir no paga el gasto y es un definitivo engaño; y este sentimiento es fatalmente consecuente a la convicción de que no hay otra vida. De la religión romana se había retirado entera­ mente la fe cuando Virgilio la hubo transformado en una cantera de grandes símbolos nacionales (modernismo teológico) y Ovidio la estaba haciendo escenografía y vestuario de teatro erudito, material literario de Las Metamorfosis. Inmediatamente aparecen los poetas de la desesperanza, a saber: el mismo Ovidio (Tristium), Catulo y Lucrecio; y las masas romanas oyen resonar el siniestro grito de sus corazones en las lúgubres y netas Habas que establecen un dogma infernal en el medio de un delicado madrigal anacreóntico, el Poema de los besos de Catulo:
Vivamus, mea Lesbia, atque amenus...
Soles occidere et redire possunt;
Nobis cum semel occidit brevis lux,
Nox est perpetua una dormienda.

[Vivamos, Lesbia mía, ¡amémonos!...
Los soles seguirán muriendo y volviendo a nacer;
Pero, una vez que nuestra breve luz se apague,
Sólo nos quedará una noche eterna
Que habremos de dormir.]


Tomado de: 

Castellani, L. Las ideas de mi tío el cura. P. 16 y ss.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Biblia versión Straubinger


Gracias a Panorama Católico ofrecemos a nuestros lectores la posibilidad de acceder a la Biblia en la versión de Monseñor Juan Straubinger. Para descargar hay que pinchar en los enlaces:



lunes, 10 de septiembre de 2012

En pocas palabras...

Nada mejor que recordar a un maestro con su propio magisterio. A continuación reproducimos uno de sus muchos textos que guardan relación con los temas de esta bitácora.

Por Rubén Calderón Bouchet (Mendoza, República Argentina).

He leído sobre "El Opus Dei" la obra que escribió Jean Saunier en 1973 y traducida al español por ediciones Roca de Méjico. El libro es ya un poco viejo y especialmente en todo cuanto se refiere a la situación política de España, que cambió bastante a la muerte del Caudillo y especialmente durante el período en que gobernó el socialismo bajo la conducción de Felipe González. El libro está escrito con claridad y tiene un desarrollo periodístico fácil de seguir. Sin lugar a dudas su autor no es católico y esto se hecha de ver en los primeros trazos de la obra por ciertas alusiones inequívocas que muestras su ignorancia de la teología y una manera de comprender el curso de la historia europea que coloca a Saunier en un radicalismo más bien zurdón y probablemente marxistoide, aunque esto último no parezca con indiscutible evidencia.

La crítica, fundada en un buen conocimiento de los hechos, adolece de perspectiva religiosa de modo que el católico tradicionalista y cabal se encuentra frente a una diatriba que parece especialmente dirigida contra lo que el autor llama el integrismo del Opus y que consistiría en una defensa denodada de la Iglesia de siempre hecha con métodos adecuados a la actual situación del mundo económico. Con el propósito de hacer ver el carácter tradicional del Opus Dei, el autor trae a nuestra memoria la existencia de anteriores asociaciones religiosas que pretendieron, en su momento, reflotar la antigua importancia política de la Iglesia Católica en intentos, más o menos logrados, de asumir el poder político merced a ciertas intrigas secretas llevadas a buen término por esos grupos escogidos. Así "La Cábala de los Devotos" en el tiempo de Luis XIV, "Los caballeros de la Fe" durante la Restauración y el movimiento integrista de "La Sapinière" durante el pontificado de Pío X. Sin entrar a considerar las características de cada uno de estos movimientos y en especial el de "La Sapinière" cuya limitación al campo de la fe contra los modernistas pone su actividad en el seno mismo de la Iglesia, porque en ningún momento apareció con una asociación secreta y marginal, como sostiene el Autor en seguimiento de la opinión modernista, que ha pretendido hacer del llamado "integrismo" una suerte de herejía opuesta al progresismo para insinuarse como una síntesis dialéctica verdaderamente integradora de la verdad católica. En pocas palabras, el Opus Dei sería un movimiento esencialmente católico en su inspiración y en su contenido doctrinal, que trataría de captar las clases dirigentes de la llamada sociedad de consumo para que sirvan fundamentalmente a los intereses de la Iglesia.

Como esta afirmación proviene de un crítico que carece totalmente de vitaminas religiosas, diríamos que adolece de lo esencial: la aptitud para ver en la "praxis" del Opus Dei los auténticos errores que una mirada un poco más teológica puede percibir. El libro, proveniente de un buen francés, está escrito con soltura y en ningún momento cae en el denuesto grosero en el que cae el mejicano autor de un fogoso apéndice, donde se nos sirve de postre una retahíla de lugares comunes del más incontrolable "odium fidei". Hay que reconocer que su autor Walter Beller Taboada no ha hecho ningún esfuerzo para ponerse al día con la crítica anti-clerical a la página que suele ser mucho más edulcorada y contemplativa. El suyo es un libelo del más hosco estilo "tragacuras" que podría causar repugnancia si su anacronismo petulante no lo hiciera casi cómico. Le reprocha al Opus Dei que cuide la castidad de las niñas puestas bajo su cuidado y se preocupe de la conducta sexual de sus afiliados sin tomar en consideración todo lo que puede habernos enseñado Freud con respecto a la liberación de los tabúes. Sus reproches al Opus pueden hacerse extensivos a toda la Iglesia y es muy difícil hallar una diatriba que hable tan bien de la proyección moral e intelectual del Opus Dei.

Frente a una crítica de esta naturaleza el buen católico puede pensar que la organización religiosa y social del Opus es una inteligente y metódica defensa de la fe, especialmente adecuada a los tiempos que corren. Su orientación a captar las clases dirigentes de una nación y prepararlas moral y técnicamente para el desempeño de sus funciones de comando, no sería tanto un reproche como una alabanza, al fin de cuenta los que más necesitan los recaudos religiosos son los que mandan, porque son ellos los que sufren las tentaciones más fuertes hacia el pecado de codicia y los que están más expuestos a cometerlo.

Nuestras dudas con respecto al valor religioso de la Obra nacen, precisamente, de la elaborada preparación de sus afiliados para enfrentar triunfalmente los desafíos del mundo moderno. En cuanto entramos en contacto con algunas de sus enseñanzas más resonantes, viene a nuestra mente la parábola del Mayordomo infiel o, como decía Castellani, del Mayordomo Camandulero. Es verdad que los bienes de este mundo deben ser usados para ganar la vida eterna, pero si nos preparamos demasiado para obtenerlos ¿no corremos el riesgo de invertir el orden de las preferencias? Una excesiva preocupación por las añadiduras ¿no nos hará perder de vista el Reino de los Cielos? Y si todavía debemos cuidar la santa presentación de nuestras fisonomías para obtener más éxito en la empresa ¿no terminaremos presas de una farisaica hipocresía que es uno de los mayores pecados que se pueden cometer?

El Opus Dei hace todo lo que puede para prepararnos para el triunfo en éste y en el otro mundo, es muy cierto que nos advierte contra el humor triunfalista, pero lo hace para que podamos triunfar, no sea que una vanidosa ostentación del éxito nos haga fracasar ante los ojos de la sociedad a la que debemos destinar nuestros esfuerzos. La humildad es una carta jugada y tenemos que ponerla siempre en evidencia, aunque no sea, necesariamente, una actitud muy auténtica. Por supuesto el socialista de turno nos dice que en la Edad Media la Iglesia Católica supo captar la adhesión de las clases superiores y prepararlas para ejercer su efectivo comando sin perder de vista la efectiva prelacía espiritual de la Santa Sede. No olvidemos que su influencia sobre la nobleza tuvo un efecto más correctivo que exaltante y si comparamos el comportamiento del noble bárbaro y del noble cristiano, observaremos en primer lugar la disposición servicial del segundo y, luego, cuando la preocupación religiosa predominaba, su abandono do todas las pompas para consagrar su vida a la fe ¿Bernardo de Claraval, Santo Tomás de Aquino no fueron nobles? Pero su santificación les impuso el abandono de sus privilegios nobiliarios y su ingreso en la vida conventual. Por cierto el Opus no le niega al banquero adherente la posibilidad de tomar un hábito religioso, pero no lo anima demasiado en esta línea y lo prefiere en su condición de financiero para que colabore mejor con las obras de la fundación.

Rafael Termes.
Estas comparaciones son siempre un poco forzadas, los cambios históricos son demasiado notables para que el cotejo entre la nobleza feudal y el mundo de las finanzas no resulte siempre ilusorio. La nobleza es el resultado de una superioridad natural y aunque la soberbia de la vida puede hacer del guerrero un déspota, la virtud de la fortaleza es siempre una energía con la que se puede contar para la formación de una excelencia auténtica. Las virtudes que hacen a la buena disposición para las finanzas no entran en la composición de los buenos hábitos morales : la previsión, la astucia, el ahorro, el cálculo, la fría minuciosidad en el manejo de los bienes si bien pueden ser controladas por la prudencia, pertenecen de hecho al elenco de esa inclinación, fundamentalmente viciosa, que se llama la "prudentia carnis" y que parece ser una de las mejores solicitadas por la ética opusdeista.

De cualquier modo el libro de Saunier nos informa con bastantes detalles acerca de la actuación del Opus y aunque haya un poco de exageración en lo que dice, no se presta sino a los que tienen, nos encontramos frente a una asociación católica que ha tenido un éxito clamoroso y ha despertado la furia de los enemigos de la Iglesia, lo que no deja de ser una nota favorable para el Opus.

La Revolución, en su sentido lato y cabal, ha hecho del financiero, el comerciante y el industrial, los hombres que marcan los rumbos de la sociedad moderna, captarlos para la edificación de la Ciudad Cristiana parece, a primera vista, un propósito apostólico perfectamente válido y digo bien: a primera vista, porque una segunda mirada más atenta, revelaría dos aspectos de la empresa que resultan un poco discutibles. Se trata de una clase dirigente que ha medrado en el descalabro de un régimen sostenido por el Magisterio de la Iglesia Católica y montado a horcajadas sobre la influencia espiritual del protestantismo, porque si hilamos con un poco de fineza la mentalidad liberal que reina también en los países sedicentes católicos, es de origen protestante. Como afirmábamos más arriba, las virtudes o los hábitos, no siempre virtuosos, de esta clase dirigente la hace bastante impermeable al influjo de la fe y ¿ en qué medida una conversión verdadera conservaría sus aptitudes para el comando en la sociedad actual ? Porque una cosa es una conversión auténtica, a la manera de San Roderico de Finchala que abandonó su comercio de cabotaje para dedicarse a hacer penitencia, y otra, bastante diferente, poner cara de santo para afilar mejor el anzuelo conque se pesca a río revuelto.

Se me puede reprochar el que condene, sin ninguna intención de mejorarla la espiritualidad de nuestra civilización y en lugar de enfrentarla, con los medios previstos por la fe de Cristo, la condene a un oprobio definitivo sin intentar el esfuerzo de instaurarla para siempre en el ámbito salvífico de la Iglesia. ¿Se puede salvar a un rufián sin pedirle que abandone el oficio? Es cierto, el dinero es un instrumento y su bondad o su maldad depende del uso que se haga de él, pero las condiciones que hace falta tener para conseguirlo en gran escala ¿no son siempre pecaminosas o por lo menos, peligrosas para la salud del alma?

Como todos los que no tienen un céntimo suelo ser un poco riguroso para los que ganan demasiado y en esta condenación perentoria, alguien puede leer la envidia inevitable del pobre. Pero en fin, Nuestro Señor no fue muy suave para con los ricos y a no ser que se adelgace mucho a los camellos o se agrande en exceso el agujero de las agujas, la posibilidad de que un rico entre en el Reino de los Cielos, va a resultar siempre un poco difícil. Se me recuerda que se trata del "espíritu de riqueza" y que se pueden poseer todos los tesoros del mundo, sin estar profundamente ligados a ellos. Lo admito, pero insisto, no se puede ser un excelente y exitoso banquero sin poseer algunas aptitudes espirituales para la posesión del dinero y perder algún tiempo en la adquisición de conocimientos bursátiles que nos harán depender demasiado de las fluctuaciones del dólar, del marco o del yen. No hablo de las maniobras dolosas en las que hay que ser experto, aunque más no sea para evitar sus coletazos y salir a flote de una crisis financiera en la que se juega el dinero de la Obra.

La clase dirigente moderna, nacida en la ruptura revolucionaria de una sociedad de orden, no es la más adecuada para ponernos en las fronteras del Reino de los Cielos y me temo que los esfuerzos apostólicos del Opus Dei tropiecen con una naturaleza humana muy refractaria a las insinuaciones del Espíritu Santo y bastante más apta para adquirir el talante y las costumbres de un fariseísmo "up to date" sin antecedentes en la historia de nuestra civilización. No olvidemos que Mateo tiró su mesa de cambista o preceptor de impuestos para seguir a Cristo y Este no dijo: "Trata de ser el más serio e irreprochable de los publicanos y sígueme desde lejos sin abandonar tu escritorio".

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Nota. Un criterio puramente pragmático de verdad suele ponernos en irremediable oposición con la enseñanza tradicional de la Iglesia. Es muy cierto que hoy, en todas partes del mundo civilizado se impone el sistema democrático y liberal de gobierno, no importa el carácter muy discutible de su manera de obtener el consenso popular. Nadie que lea los diarios y tenga su mente forjada por los medios de comunicación masiva duda de la bondad del sufragio universal y aunque los más avisados piensan que se trata de un "camelo publicitario" sostenido a base de una propaganda que los financieros pagan de su bolsillo para mantener el anonimato de los "mandamases", ninguno se atreve a criticarlo publicamente para evitar el oprobio de ser considerado un fascista. La Iglesia debe enseñar la verdad, sólo la verdad nos hará libres y no aceptar una mentira y mucho menos adquirir una preparación idónea para ayudar a sostenerla en su mendaz utilidad. El hombre que vive de las mentiras ideológicas y las acepta descaradamente para medrar con ellas no es, lo que yo llamaría, un miembro vivo de la Iglesia de Cristo, es un camandulero más de los muchos que engordan a la sombra de los plebiscitos democráticos. La Obra no adhiere a una ideología determinada, pero las acepta a casi todas como caminos viables por donde el hombre cristiano puede transitar sin tropiezos morales.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Ronald Knox: San Pedro y los protestantes


La historia de San Pedro y de cómo escapó de la cárcel en el tiempo en que su vida se veía amenazada por el Rey Herodes se relata en el capítulo XII de los Hechos de los Apóstoles con notable detalle. Cómo pasó a través del primer y el segundo centinela y luego llegó a la puerta de hierro que conduce a la ciudad; cómo subió una calle hasta que perdió de vista a su Ángel Liberador, cómo se detuvo a considerar su situación decidiendo que lo mejor sería ir a casa de Juan Marcos. Cómo golpeó la puerta. Cómo una sirvienta joven vino a abrirle e incluso cómo se llamaba la damisela en cuestión. Cómo la gente dentro de la casa en ese momento estaban rezando por su hermano preso. Cómo se negaron a creer que podía tratarse del mismísimo Pedro y cómo permaneció allí llamando a la puerta mientras los otros continuaban discutiendo dentro de la casa.
Todo contado con un toque personal, pese a que San Lucas no puede haber conocido Jerusalén demasiado bien y pese a que la información de la que disponía debía ser de segunda mano, de manera que uno se pregunta cómo en este capítulo San Lucas refiere todo tan minuciosamente. Tengo la impresión de que San Lucas se enteró de boca de un testigo presencial. En efecto, en el último versículo del capítulo XI, justo antes de iniciar este relato, verán que los cristianos de Antioquía habían sido advertidos proféticamente de una hambruna que pronto afectaría a Jerusalén. Se determinaron a enviar vituallas a la Iglesia de allí, y lo hicieron por medio de San Bernabé y San Pablo. Por aquel tiempo San Pablo no era muy conocido en Jerusalén y puede conjeturarse que se mantendría cerca de San Bernabé. Casi seguro que San Bernabé pararía en la casa de su sobrino, en la casa de Juan Marcos. Sería en esta casa que pararon. Sería en esta casa que una mañana habrían oído la terrible noticia: "Herodes ha arrestado al Príncipe de los Apóstoles—se ve que Pedro correrá la suerte de Santiago."
Todo esto sólo quince años después de la Ascensión—y tanto trabajo todavía por hacer. La Iglesia todavía tan débil y desparramada, y ahora ha de perder su cabeza. Se ponen a rezar en casa de Juan Marcos, y la noche los encuentra todavía rezando—Juan Marcos y su madre, María, su hermano o cuñado, Bernabé el Levita; con ellos el gran converso, ese tipo tan inteligente que hasta hacía doce años atrás aún perseguía a los cristianos, y una gran cantidad de gente, entre otros, la sirvienta llamada Rode—una niña un poco pagada de sí y no muy eficiente como portera. Un llamado a la puerta interrumpe el murmullo de sus intercesiones. ¿De qué se trata? ¿Más persecuciones? No importa, Rode conoce su deber, irá a ver quién es. Cuando la abre oye alguien que le habla en voz baja y reconoce la voz—una vez, antes, quien llamaba había sido reconocido por una sirvienta que le abrió la puerta, con resultados desafortunados. Esta Rode no tiene tiene nada de Protestante—conoce la voz del Papa; está tan abismada por la noticia que no se detiene a reflexionar si acaso no quedaría un poco mal dejarlo allí esperando afuera en el frío sino que corre a avisar a los que estaban rezando en familia; nada, que Pedro en persona está pidiendo que lo dejen entrar.
¿Se apresuran a hacerlo pasar? De ninguna manera, sólo cuentan con la versión de Rode, y esa chica es capaz de decir cualquier cosa. Tratan de tranquilizarla: "Tranquila, niña, estás muy excitada—mejor ve a la cama. Estas largas oraciones te han cansado en demasía y has empezado a imaginar cosas. Ve a la cama, ya verás que mañana te sentirás lo más bien." Rode se mantiene en sus trece. No es de andar imaginando cosas. La voz de Pedro es inconfundible. Entonces los demás consideran otra hipótesis: a lo mejor después de todo la chica ha visto algo. Se han oído más de una vez extrañas historias de gente que está a punto de morir, vistos por su amigos a gran distancia, a veces a leguas del lugar. ¿No será esta aparición una cosa así? ¿Lo habrán asesinado a Pedro, será otro mártir? Entonces le dicen: "Es un ángel" y mientras tanto el verdadero Pedro sigue ahí afuera, llamando a la puerta, casi quince años después de aquel fatídico día en que estuvo golpeando la puerta en el Pretorio de Pilatos.
Entonces alguien—San Bernabé creo yo, porque era un tipo más pragmático y muy hospitalario—sugiere que a lo mejor harían bien en ir a la puerta no sea que haya alguien allí. Y efectivamente, ahí está San Pedro con el dedo en los labios.
Espero que no les parezca que desvarío si digo que ese grupo de cristianos rezando en la casa de Juan Marcos me hace acordar a una cierta confesión de la Iglesia de Inglaterra—un cierto grupo de hombres, no muy numeroso, que ya no les gusta atacar al papado llamándolo toda clase de cosas, ni tampoco ignorarlo como si fuera una cosa que no existe—un grupo que tiene una disposición amical y que sin embargo se niega a sacudirse los grillos de su protestantismo. "¿Creer en el Papa? ¡Por supuesto que creemos en el Papa!" y os dirán: "Cuando Inglaterra era católica allá por la Edad Media, nuestros padres juraban lealtad a Roma y con toda razón. Nosotros también habríamos sufrido en los días en que morían mártires por sostener los privilegios papales. Lo que pasa es que, justo en este momento, debido a un desafortunado malentendido acerca de las ordenaciones anglicanas, pasa que no estamos en términos tan íntimos con el Vaticano como querríamos, pero seríamos amigos de él si nos lo permitiera, y un día nos reuniremos con el Vaticano y seremos uno, una vez más." No pueden decir "Tenemos un Papa", sino "Tuvimos un Papa en la Edad Media, habríamos tenido uno cuando la Reforma; tendríamos un Papa ahora, con tal de que el Papa nos aceptara en nuestros términos. Y un día tendremos un Papa."
Rezan por tener un Papa, como las almas fieles reunidas en casa de Juan Marcos, sólo que rezan por una Papa imaginario, un recuerdo histórico o una ficción ideal. Saben que un Papa es necesario para su propio sistema. Ven a su propia Iglesia desgarrada a fuerza de rivalidades y disensión. Saben que tales rivalidades y disensiones no pueden sino existir allí donde se reemplaza el principio de autoridad por el principio del compromiso. La ven agobiada de herejías y saben que no hay ninguna protección contra la multiplicación de estas herejías a menos que el don de la infalibilidad se concentre en un solo hombre. En el mejor de los casos, se sienten como miembros de una institución imperial: no sé, la Iglesia de Lambeth o la Iglesia de Wembley. Saben que ninguna potestad puede unificar las iglesias vivientes a lo largo y ancho del mundo, salvo una potestad que carezca de nacionalidad. Saben que ninguna voz puede ser oída por encima del estrépito del mundo excepto una que habla desde otro mundo. Muchas almas unidas en la oración, pero sin Papa, y por tanto, sin Iglesia—y todo el tiempo allí está Pedro golpeando la puerta—un Papa de verdad, una figura de carne y hueso, un príncipe: y a este Papa, al Papa real, se lo ignora y trata mal por parte de estos católicos-a-medias, gente de otra fe, con su devoción por un papa imaginario.
A veces alguno de ellos oye que se golpea a la puerta, escucha y se siente atraído. "Qué raro que uno que hemos esperado durante tanto tiempo y que hemos añorado tanto esté esperando a la puerta todo el tiempo."
Uno no debe perder ni un instante en decirles claramente: "Miren, es Pedro que está a la puerta." Ese mensaje será la señal para que se desencadene la contradicción: "Eso es una fantasía, te estás dejando llevar por la imaginación, estás delirando, tranquilízate, ya verás que te sentirás de otro modo en un mes o dos."
O, si el que tiene dudas no se contenta con estas explicaciones: "Lo que ves no es el Papa real, sino un fantasma de Papa, aquel que reina en el Vaticano no es un verdadero príncipe cristiano, sino un fantasma perteneciente a una institución histórica anacrónica, un sobreviviente patético del poder del papado—muerto, muriéndose, o, en el mejor de los casos, a punto de morirse." Que Dios perdone a todos aquellos que irresponsablemente embroman el alma de aquellos que están tratando de seguir la voz de su conciencia. Si el papado está muerto, entonces la Iglesia Católica está muerta, y si la Iglesia Católica está muerta, pues entonces Cristo ha fracasado. Cerrad las iglesias. Acallad la Bilbia. Apaga y vámonos. Contentémonos con la sonriente máscara del Anglo-catolicismo para que se burle de nuestra desesperación.
Pero Pedro sigue ahí. Toda la furia de Herodes no le sirvió de nada. La prisión de Pedro en el día de Pascua, al igual que el sepulcro de su Maestro el primer día de la semana, muy de madrugada, está vacía. Tenemos un Papa.
Ahora, puede que esta tarde le esté hablando a gente agnóstica a la que no le interesa estas veleidades de la "High Church". Puede que le esté hablando a quiénes ni siquiera se llaman católicos, gente de la Iglesia de Inglaterra, o sencillamente No-Conformistas a la antigua. No creen en el Papa. No quieren un Papa. No ven para qué puede servir un Papa. Han sido criados en la convicción de que se trata de un inescrupuloso tirano extranjero cuya pretensión de ejercer autoridad sobre la conciencia constituye una afrenta para ciudadanos ingleses libres. Lo consideran una suerte de pesado inspector que se la pasa metiéndose en los asuntos de los demás. No ven por qué debiesen interesarse en un obispo romano e italiano. Si sienten así, no deben abrigar la esperanza de que os haga cambiar de idea en cinco minutos; en cambio, sí les pediría cinco minutos para presentarles otro punto de vista: decirles simplemente qué queremos significar con el papado y qué importancia le asignamos; nuestra relación con la persona y el ministerio del Papa.
Vosotros pensáis en la Iglesia Católica como si fuera un inmensa empresa con sucursales en todo el mundo, controlada desde la casa matriz. Pensáis que todos los católicos son mandoneados por sus curas, y en los curas como otros tantos empleados que se someten con ciega obediencia a la política que les es dictada, presumiblemente teléfono mediante, por sus obispos; y en los obispos como otros tantos gerentes que obedecen la política que les dicta a diario el Papa, presumiblemente por la radio. Decís: "Eso explica el éxito de la Iglesia Católica, es un asunto de empresa, llevada a cabo del modo más eficiente e inescrupuloso posible y su cabeza es un hombre que está en la Casa Matriz, el Vaticano." Decís que resulta increíble comprobar el éxito que ha tenido en imponer su voluntad sobre tres (¿o trescientos?) millones de almas a lo largo y a lo ancho del mundo. Para vosotros la Iglesia de Roma es una vasta maquinaria, bien aceitada, controlada por un solo hombre con una palanca, y esa es vuestra concepción, o algo parecido.
Ojalá contara con el tiempo suficiente para explicaros cuán radicalmente equivocada es esta vuestra impresión. Cualquiera católico sabe perfectamente cuán fácil y cuán naturalmente vive en la Iglesia Católica—a menudo sujeta a toda clase de azares, a veces con sus querellas internas—y que no podría sostenerse unida ni siquiera durante diez años si no fuera por su vida sobrenatural y la unidad que le otorga Dios a su Divina Iglesia.
A modo de contraste, dejadme formular los verdaderos sentimientos de los católicos respecto al Papa, y nuestra concepción de su autoridad, allí donde debe ser ejercida. ¿Nunca se os ha ocurrido que llamamos al Papa "Santo Padre" porque pensamos en él como si fuera nuestro padre? ¿Qué la unidad de la Iglesia no es la unidad de una máquina sino la unidad de una familia? Que nuestra obediencia al Santo Padre en esa muy limitada jurisdicción en la que pide nuestra obediencia no es la obediencia del obrero respecto de su capataz que lo echará si no trabaja, sino que es la de los hijos respecto de su padre—cada uno empeñado en ganarle de mano a sus hermanos en su demostración de afecto; cada cual ansioso por destacarse en anticipar su más pequeño deseo? ¿Que en efecto lo obedecemos no porque le tengamos miedo por su rol de portero del cielo, sino porque lo queremos como pastor de los cristianos, pastor del rebaño de Cristo?
¿Nunca se os ocurrió que el Papa, por su parte, mientras contempla el torbellino y tribulación de este mundo sublunar, lo mira no con los ojos del sagaz manipulador, sino con los ojos de un padre, ansioso por la salvación de sus almas, a veces con el corazón roto al ver cómo se descarrilan sus hijos, a veces lleno de gozo al comprobar que vuelven a su casa como lo hacen los niños arrepentidos y dispuestos a enmendarse? ¿No ven que piensa en ustedes y en todos los cristianos que han abjurado de su autoridad igual que el padre en la parábola del hijo pródigo pensaba en él, con la enorme añoranza de que las naciones protestantes del mundo vuelvan de su vagabundeo por aquí y acullá para finalmente encontrar descanso y gozo en su verdadera casa?
Gente de Inglaterra, sabed que golpea a vuestra puerta, no como un tirano que exige sumisión, sino como un padre que pide que le den la bienvenida y lo reconozcan como lo harían sus buenos hijos y que los malos se niegan a hacer.
"Pedro estaba afuera, a la puerta, y seguía golpeando", como llamó hace mucho tiempo atrás mientras las almas se ocupaban de cualquier cosa, cerrando sus oídos a ese ruido, hasta que por fin se levantaron y le abrieron la puerta. Así golpea todavía, mientras que algunas almas que profesan tenerle reverencia cierran sus oídos a ese ruido y se inventan confortables teorías; porque no pueden o no quieren salir a buscarlo y verlo en la oscuridad y la tormenta.
Pero él continúa golpeando pacientemente, pues el pescador ha aprendido a tener paciencia. Golpea suavemente, pues su corazón de pastor sabe que de nada sirve atropellar ni destratar a los que no le hacen caso.
Mas no os vayáis a equivocar respecto de su misión.
Tiene las llaves consigo.
Se trata del portero que está llamando.  

(Sermón predicado en la Iglesia de Saint Mary, Derby,
el 3 de abril de 1927, domingo de Pasión, publicado
luego en "University Sermons of Ronald Knox").

Traducido por Jack Tollers.