lunes, 25 de febrero de 2013

Participación y tradición litúrgica


Ofrecemos un fragmento de un libro cuya lectura recomendamos. 
Lamentablemente, la situación que se repite con frecuencia es aquella en que los "párrocos creativos" abusan de la paciencia de un público cautivo que no tiene más remedio que asistir a las "producciones" de su talento frustrado, de los que muchas veces podríamos dudar con fundamento si lograrían atraer a alguien si se presentaran en circunstancias en las que el "auditorio" pudiera tener alguna libertad de elección.
Quisiera citar a este respecto varios extractos de un texto del Archimandrita Robert Taft sj, antiguo vice-rector del Pontificio Instituto Oriental, quien es el mayor "historiador de la tradición litúrgica" de nuestra época, al menos en lo que respecta al oriente cristiano. Considero que este testimonio es especialmente valioso, pues su autor, más allá del reconocido prestigio científico que posee, en tanto que sacerdote de rito Bizantino, cuyos estudios se han dirigido específicamente a la realidad oriental, habla desde una perspectiva que lo pone por encima de las hodiernas discusiones internas al rito romano: "Aquello de lo que la gente común en las parroquias comunes tiene necesidad es la familiaridad, la identidad, la estabilidad de una tradición ritual que sólo puede ser conseguida con la repetición, y que no tolera verse sometida a cambios cada vez que el cura lee un nuevo artículo sobre liturgia. El único modo en que la gente percibe la liturgia como propia, y por ende participa en ella, es cuando sabe qué es lo que viene después". Y prosigue más adelante: "El ritual -o si se prefiere el «orden del culto»-, una cierta estabilidad en el desarrollo del culto, lejos del cerrar la espontaneidad y la participación de la asamblea, es su conditio sine qua non, como ocurre en cualquier acontecimiento social. La muchedumbre italiana grita espontáneamente «brava» a las divas a la opera, pero no en el medio de la frase de un aria sino siguiendo las convenciones de la urbanidad porque hay un tiempo y un lugar para cada cosa. Por otra parte, llama la atención sobre el hecho de que cuando los liturgistas hablan de espontaneidad, la entienden como su propia espontaneidad, no la de la comunidad". "El único modo de asegurar la apropiación del culto por parte de la asamblea es celebrar el orden del culto que les es propio y no poner sobre sus hombros ya cansados un «viaje por la espontaneidad» en el que ellos no toman parte".
Algo semejante ocurre con los conceptos de "simplicidad" y "claridad": "La simplicidad excesiva es sencillamente aburrida y el sentirse a disgusto en un ritual que no esté mitigado por explicaciones es reflejo de un problema de nuestra cultura occidental actual". Y continúa el Padre Taft: "La liturgia tiene necesidad de muchos símbolos inmediatos, de un gran despliegue visual y sonoro, de incienso y campanas y no de un comentador en chaqueta y corbata para explicar hasta el último detalle. Dejemos que la liturgia le hable directamente a la gente, en vez de programar cada una de sus reacciones. Ocurre con frecuencia que matamos la espontaneidad cuando impedimos de modo inflexible que cada signo hable por sí [...] La repetición hace parte de la esencia del comportamiento ritual y sólo nos veremos obligados a explicar las cosas si nos empeñamos en «descubrir la pólvora» en cada liturgia. [...] La creatividad que se desarrolla dentro de una tradición es una creatividad guiada y limitada por algo que es más importante que el celebrante-creador". Y afirma: "Creo que ha llegado el tiempo de que nosotros, liturgistas, tomemos enérgicamente posición contra este modo «amateur» de abordar el culto solemne de Dios, y restituyamos al pueblo la tradición que es suya, no sólo nuestra. Predicamos lo que la Iglesia siempre nos ha dicho, que la primera espontaneidad y creatividad del culto cristiano es aquella de los corazones y de las mentes libremente elevadas a Dios en amor, canto y plegaria". 
Concluye el P. Taft: "Lo que estoy tratando de decir es que tengo que hacer que la liturgia hable por sí misma en lugar de tratar de hacerla hablar en mi lugar, en lugar de explotarla como instrumento de autoexpresión. Como las catedrales medievales, las liturgias fueron creadas no como monumentos a la creatividad humana, sino como actos de culto. El objetivo de la liturgia no es la auto-expresión, tampoco lo es la auto-satisfacción, sino Dios. Él tiene que crecer y yo en cambio disminuir, dice de Jesús Juan el Bautista, y éste es un principio excelente para los ministros del culto. En todo caso, la experiencia enseña que el sumum de la espontaneidad es espontáneo sólo la primera vez. Después es siempre lo mismo. [...] Por otra parte, la mayor parte de la gente no es particularmente creativa en los otros aspectos de su propia vida, y no hay razón para pensar que lo será cuando asista a la liturgia. Pueden sin embargo ser llevados a participar de la herencia común que es mucho más noble y rica que la creación de cada uno de nosotros como individuos. Lo que necesitamos no es descubrir la pólvora, ni dar una nueva forma a nuestra liturgia cada vez que leemos un nuevo artículo, sino simplemente tomar lo que tenemos y usarlo del mejor modo posible [...] En otras palabras, la liturgia es una tradición común, un ideal de oración con el que tengo que crecer, y no uno juego privado al que estoy libre de reducir al nivel de mi banalidad".

Tomado de:
Díaz Patri, Gabriel. Participación y tradición litúrgica. ¿Dos conceptos antagónicos?, pp. 78 y ss. En: AA.VV. (Ed.) Bux, Nicola - Ferrer, Juan-Miguel - Díaz Patri, Gabriel. El Motu Proprio "Summorum Pontificum" y la hermenéutica de la continuidad. I Jornadas sobre el Motu Propio Summorum Pontificum, Ed. Arca de la Alianza, Madrid 2011.

viernes, 22 de febrero de 2013

Gherardini de acuerdo con Radaelli



Por qué estoy de acuerdo con el libro de Enrico Maria Radaelli
Por Mons. Brunero Gherardini
Cuando, hace pocos meses, este libro llegó a mis manos en sus primeras versiones, no dejé de tomarlo en consideración por la radicalidad del título y después por el contenido.
Un libro como éste, que no oculta el dogma no puede saltarse a la torera. Tampoco la lectura de un libro así es un pasatiempo. En efecto, el interrogante sobre el mañana “terrible o radiante” del dogma es una sacudida en el doble sentido de animar y de provocar.
El mañana del dogma, en realidad, es siempre tan “radiante” como “terrible”; los motivos por los que se ve así, envuelto en luz y difundiéndola, son los mismo por los que inspira no tanto terrror, como respeto y admiración.
En el dogma está la presencia de aquel absoluto que encuentra en él, y solo en él, al menos una representación analógica formal.
Teniendo presente que el de la “forma”, en efecto, es el valor de fondo que permite al Autor desarrollar sus reflexiones, que se dirigen antes de nada a la solución del problema hermenéutico del Vaticano II y después a los dos modelos vigentes desde el Vaticano II: el uno, “hipodogmático” y dispuesto incluso a desnaturalizar el contenido del dogma en el así llamado lenguaje pastoral, el otro auténticamente y tradicionalmente dogmático como lenguaje propio de la enseñanza eclesial.
Agudo y pertinente el análisis de tal lenguaje. Muestra en primer lugar un lenguaje de autoridad, porque nace de Dios, obedece al principio de no-contradicción y determina (el Autor llega a decir “actúa”) la verdad.
La otra presentación del lenguaje eclesial, el que proviene sobre todo del Vaticano II, entendido como “hecho lingüístico” impropio, atenuaría por su parte, hasta casi su superación, el contenido dogmático a favor de la forma pastoral
El juicio, que el Autor funda sobre la base de la aproximación metafísica y de una metodología sustancialmente escolástica, recoge y expresa convicciones tan radicales como inapelables.
Dramáticas las consecuencias: la ortopraxis en lugar de la ortodoxia, la acción desligada de la reflexión, el amor independiente de la fe.
Son las consecuencias del Vaticano II, de su nuevo lenguaje narrativo y pastoral, de “su actual adulteración”.
La renuncia al lenguaje dogmático habría debido ser sustituida por la “medicina de la misericordia”: y ésta habría encontrado expresión en la impostación pastoral de todo el Vaticano II.
No cabe duda de que el nuevo libro de Enrico Maria Radaelli hará discutir y, al mismo tempo, enderezará cualquier idea torcida.
Lo auspiciamos por el bien de la Iglesia y de su teología.

Brunero Gherardini
Ciudad del Vaticano, 10 de enero de 2013-02-12 San pedro Urseolo Confesor.

martes, 19 de febrero de 2013

Dos noticias


Como analista de medios, Fortea es un buen exorcista (?) o demonólogo (?):
Despúes de quejarse de la subjetividad con que ciertos periodistas informan sobre los temas relacionados con la Iglesia, el P. Antonio Fortea —connotado exorcista— aconseja en una entrda de su blog:
"A las personas que quieran beber de aguas puras, les aconsejo que vayan a webs tales como Aciprensa, Aleteia, Infocatólica, Rome Reports, Religión en Libertad y otras muchas."
¿En qué quedamos Su Reverencia, se fijó Ud. bien que se le colaron algunas webs exactamente igual de parcializadas a esos otros periodistas de los cuales previamente Ud. se queja?
Visto en:
Y del cardenal Darío Castrillón Hoyos, para compensar declaraciones como las de Müller:
 “Él tuvo la generosidad de recibir a los obispos que están en esta situación de recibirlos en Castel Gandolfo. El Santo Padre ha seguido, paso a paso, yo lo digo, con un amor a Cristo, y a la Iglesia. El problema que tenían los obispos del grupo de la Sociedad San Pío X, de Lefebvre, era la ordenación sin permiso del Papa, sin un mandato pontificio. Era eso lo único que estaba como motivo de excomunión. Otra cosa era como motivo de suspensión. El analizó esto con mucha seguridad, frialdad en la comisión que teníamos Ecclesia Dei, y estuvimos mirando este problema y no dudó un segundo como Papa, por amor a la Iglesia, de abrir los brazos para la reconciliación”.

 Visto en:
http://www.romereports.com/palio/cardenal-castrillon-el-papa-busco-siempre-la-reconciliacion-con-los-lefebvrianos-spanish-9086.html?


lunes, 18 de febrero de 2013

Michael Schmaus y el nazismo

Michael Schmaus.
Es necesario hacer algunas puntualizaciones sobre las circunstancias del texto cuya traducción publicamos en esta entrada. Porque es una exigencia del método histórico evitar el anacronismo, es decir la elaboración ahistórica de la historiografía, en virtud de la cual se imponen al pasado patrones del presente y se juzga la actuación de los personajes como si hubieran conocido de antemano todo el desarrollo de los acontecimientos. Cabe recordar ahora, respecto de Schmaus, que en 1928 el Santo Oficio emitió un decreto condenatorio del antisemitismo; que la encíclica de Pío XI, Mit brennender Sorge, se publicó recién el 14 de marzo de 1937; y que en 1941, el régimen comenzó a poner en práctica lo que luego se conocería como “solución final”. Omitir estos hechos, y sus fechas, nos llevaría a juzgar con  injusticia a Michael Schmaus
Aunque no hemos leído el trabajo de Schmaus citado en la traducción, las referencias fragmentarias encontradas coinciden en que los argumentos empleados para señalar las convergencias entre catolicismo y nacionalsocialismo tienen una estructura lógica casi idéntica a los que se emplean en la actualidad respecto de los sistemas democráticos y la economía capitalista. Un aporte que esperemos ayude a pensar mejor sobre los católicos y la acción política.

Tras tres años de aprendizaje en la Universidad Alemana de Praga, Michael Schmaus (+1994), a la edad de treinta y cinco, se convirtió en profesor de teología dogmática en Münster el 4 de mayo de 1933. Habiendo realizado sus estudios teológicos con el medievalista Martin Grabmann en la Universidad de Munich, presentó la historia del dogma de modo que las ideas neo-escolásticas fuesen expresadas en una forma de pensamiento accesible a los católicos contemporáneos. Cuando Schmaus estaba finalizando su primer semestre en Münster, algunos profesores y estudiantes le solicitaron dar una conferencia pública sobre el catolicismo y el nacionalsocialismo con el fin de aliviar el conflicto entre la Iglesia y el Reich. En su charla del 11 de junio de 1933, leyó un ensayo intitulado "Begegnungen zwischen katholischem Christentum und nazinalsocialischer Weltanschauung" (Coincidencia entre el cristianismo católico y la cosmovisión nacionalsocialista) y luego permitió que se publicara como panfleto el 15 de agosto de 1933.
Schmaus participó en la asociación profesional del vicecanciller Papen, Kreuz und Hakenkreutz, durante el verano de 1933, pero más allá de esto, tuvo poco que ver con el movimiento nacionalsocialista. Publicó sus tres volúmenes de Katholische Dogmatik en 1937 y la revisó continuamente de modo que su edición sexta, de seis volúmenes, apareció entre 1960 y 1964. Después de la derrota de Hitler, enseñó en la Universidad de Munich hasta 1963.
El ensayo de Schmaus de 1933 subraya potenciales "puntos de coincidencia" fructíferos "entre la fe católica y la cosmovisión nacionalsocialista". El movimiento nazi surge como una alternativa al "espíritu de libertad, desconexión, autonomía" de la modernidad, en síntesis, un "espíritu de liberalismo". El nazismo se apoya en tres "pilares básicos", "orden", "comunidad" y "vida como un todo orgánico", y promueve estos tres elementos mientras hace de los alemanes un pueblo racial-étnico único. La comunidad nacional aprecia las ideas de "comunidad, pueblo étnico-racial, conexión y autoridad". Para Schmaus, la oposición nazi al liberalismo y su énfasis en el orden social, la comunidad y la vida como un todo orgánico, son similares a las enseñanzas católicas como las del Syllabus de Pío IX y Quadragesimo Anno de Pío XI. "Catolicismo significa conexión -por supuesto que por motivos religiosos- con lo entregado, con lo objetivo, la reverencia por el devenir, el crecimiento, sobre todo, el orden natural".
La Iglesia aprecia la idea de comunidad nacional porque la Iglesia misma es una comunidad espiritual cuya unidad está anclada en el papado. "Siendo que la Iglesia misma es una comunidad, reconoce y afirma el natural crecimiento de las comunidades nacionales. Todo lo natural es de suyo una transparencia de lo sobrenatural." Siendo los valores del catolicismo y del nacionalsocialismo congruentes, Schmaus dice, que la Iglesia y el Estado deben trabajar juntos. Schmaus notaba que "de acuerdo con la aclaración del canciller Hitler de que los derechos de la Iglesia no se verán disminuidos, el cristianismo debe ser el fundamento necesario del nuevo Reich". Más aún, siendo que la Iglesia reconoce el valor de una autoridad eclesiástica fuerte, puede apreciar el énfasis del nuevo régimen en la autoridad civil, que "es necesaria para el mantenimiento del orden querido por Dios". En vistas de este análisis, el ensayo concluye que la Iglesia y el Estado deberían combinar sus esfuerzos por el bien común alemán.
Tomado de: 
Krieg, R. Theologians in Nazi Germany. Ed. Continuum, New York, 2004, pp. 71 y ss.

© Traducción de infocaotica.


viernes, 15 de febrero de 2013

Algunas razones para estar preocupado

La dimisión del Papa genera muchas reflexiones. Tratamos de compartir con nuestros lectores todo lo que nos parece de interés aunque no estemos de acuerdo por completo con los diversos autores. Repro- ducimos una entrada de otra bitácora muy recomendable. También son dignas de mención las declaraciones del obispo Bernard Fellay y la opinión del amigo Jack Tollers. .
Algunas razones para estar preocupado
Por Sergio Raúl Castaño
A propósito del tema que nos agita hoy como católicos, y de algunas repercusiones de un ponderado y agudo  texto de Roberto de Mattei sobre el tema (ver traducción), esbozo aquí a vuelapluma mi propia opinión (provisoria opinión, no pontifico).
Cardenal Bergoglio: la
abdicación es un acto revolucionario.
 : que los tradicionalistas no estén contentos (desilusionados, asustados, etc.) no implica papismo pionónico: prefieren (prefiero) un Benedicto con las manos bastante atadas a un Bertone o Scola o, o... con las manos desatadas; y que no vengan con "¡hijos, tened fe, que Dios proveerá!", porque eso también se podría aplicar a la elección de Montini, o la prohibición de la Misa en 1974, e via dicendo.
Corolarios:
- es decir, algún tradicionalista puede deplorar la abdicación por ser "papista" (me explico: a la manera del centralismo centrípeto de los últimos siglos, con su hipervaloración del Magisterio, en el espíritu de una potestas ockhamista que se desentiende de todo lo dado y que se erige en única medida de valor y rectitud); pero la actitud de pesar ante la abdicación no presupone de suyo papolatría;
- ¿y los llamados "neocons"? Ellos, si son consecuentes, no pueden estar disgustados: no juzgan porque no piensan; sólo acatan el ukase del poder vigente (que es justamente, aquí, el del mismo que abdica); eso, claro está, si no pertenecen a los varios poderosos movimientos y grupos que no han sido favorecidos por Benedicto, porque en ese caso es probable que estén, por lo menos secretamente, muy satisfechos;
2º: encuentro necesario distinguir entre la conveniencia particular (extraordinaria) de este acto de abdicación al trono pontificio y la erección de una suerte de principio que constituyera a la abdicación pontificia en un recurso no sólo lícito (de jure lo es) sino habitual y a la mano; luego:
2a) no cuento, no contamos, con razones para sostener que Benedicto se haya extralimitado -por haber ejecutado un acto lícito pero ajeno a la tradición de la Iglesia-. Tal vez no tiene fuerzas humanas para resistir el aislamiento y, peor, el acoso de las jaurías del enemigo (de afuera, y ante todo de adentro). Ahora bien, si esto es así, tampoco es para tomarlo con ligereza. Si un pontífice (el mejor de las últimas décadas, entrañable para mí por ser un rarísimo caso de ilustre académico en el trono papal), ya no puede llegar a viejo o enfermarse sin abandonar el cargo, porque está solo y amenazado, esto es un terrorífico signo de los tiempos.
Como sea, a lo mejor esta abdicación es lo más conveniente para el bien de la Iglesia. Benedicto sabrá;
Card  Vingt-Trois:  
la dimisión  
"rompe un tabú"  
2b) por el contrario, no alcanzo a entender que se propugne la generalización de la abdicación como un signo benéfico de cambio de época, de dejar atrás la apoteosis pontificialista (trasuntada sí, p. ej. en la candidatura automática de los papas para ser beatificados, lo cual constituye una muestra de la contemporánea autoglorificación de la jerarquía). Creo que la propiedad vitalicia del cargo pontificio no puede achacarse a su sacralización in malam partem, sino a la dignidad del ministerio petrino, al valor de la senectud sabia y de su auctoritas directiva, a la naturaleza del modo de régimen más perfecto (la monarquía -que no por casualidad contingente fue el adoptado por la Iglesia-); todo lo cual ha sido aceptado y hecho suyo por la tradición de la Iglesia, cuyos obispos, hasta la ola moderna de P. VI y JP. II, eran vitalicios. Por eso esto de la renuncia, ya erigido en recurso ad libitum y frecuente -y peor: "por razones de edad y flaqueza de fuerzas", o similares- más me parece propio de un C.E.O. empresario que de un papa. Se trata, así tomado, de una praxis ajena a la tradición de la Iglesia que, en 2.000 años y más de 260 Papas, ocurrió sólo una vez (porque el caso del cisma en el s. XIV no cuenta). En realidad, es como si no hubiera ocurrido nunca. Luego, el ejercicio vitalicio efectivo no está ligado necesariamente al centralismo moderno, ni a la Iglesia constantiniana, ni a usos culturales típicos, ni menos a gangas epocales cuestionables. Y opino que la significación de la abdicación pontificia (no en este particular caso de hoy, sino como práctica o instituto habitual) tiene, en principio, un cariz negativo.
Aunque todo lo dicho, desde ya, no obsta a que tal vez estemos en los últimos tiempos, y empecemos a ver cosas ultimísimas.
 Tomado de:

Respuesta al amigo inquieto por los rumores



Un amigo de nuestra bitácora informa sobre persistentes rumores de una inminente aplicación de sanciones a la FSSPX y una condena de sus posiciones doctrinales. Hasta el momento no hay ninguna noticia oficial y parece poco probable que un Papa renunciante se aparte en los últimos días de su pontificado del nihil innovetur. Además de la información, el amigo nos pregunta sobre la posición de  nuestra bitácora en caso de confirmarse los rumores. Nos parece que antes de dar una respuesta simplista habría que hacer un poco de memoria.
Desde los comienzos de esta bitácora intentamos fijar con claridad nuestra posición doctrinal y nuestra actitud práctica respecto de la FSSPX. Buscábamos, entre otras cosas, disipar la confusión creada por el p. Iraburu con su vaporosa categoría de los “filolefebvrianos”. Volvemos ahora sobre seis puntos fundamentales:

1. Afirmamos que, en el plano doctrinal, no teníamos la certeza que muestra la posición de la FSSPX, razón por la cual no podíamos seguirlos en todo. Esta diferencia doctrinal, formal y de contenidos, se manifestó en numerosas entradas posteriores y comentarios de la Redacción. A diferencia de otras bitácoras, hicimos un intento por comprender y no tergiversar la posición de la Fraternidad, renunciando a esa "apologética" que se basa en la simplificación artificiosa y el anatema injusto. Todo ello sin cambiar nuestra "línea editorial" independiente.

A la fecha, no hay pronunciamiento magisterial definitivo que resuelva la cuestión planteada por el tradicionalismo. Por tanto, con un trato filial y respetuoso para con la Autoridad, y sin perder sentido eclesial, los fieles tradicionales pueden insistir ante la Santa Sede y, en el ámbito teológico y canónico, mantener vivo el diálogo y el debate.

2. Además, tocamos varias veces el punto doliente del valor del Magisterio conciliar, que es la raíz de la diversidad de posiciones teológicas. Nunca dimos a nuestra posición un valor dogmático. Por el contrario, oipinamos que la hipertrofia de la infalibilidad del Magisterio es causa de muchos problemas eclesiales y estamos absolutamente ciertos de nuestra propia falibilidad.




3. Sin hacer profecías, esbozamos  nuestras conjeturas sobre el futuro de la FSSPX y los resultados de las conversaciones con la Santa Sede. Los rumores actuales no nos toman por sorpresa.


4. En el ámbito práctico-disciplinar, dijimos cuál era el estatuto eclesial y canónico de la FSSPX y nos manifestamos claramente favorables a una pronta regularización. Razón por la cual se nos incluyó dentro del "acuerdismo".

5. Consideramos la posibilidad de un error en la posición doctrinal de la FSSPX, cuando tratamos acerca del tradicionalismo como problema de conciencia.


6. Publicamos una entrada que sugiere numerosos elementos para una autocrítica del tradicionalismo con el que nos vemos identificados.


Para nosotros, los grandes principios que permiten enjuiciar críticamente la categoría iraburiana del “filolefebvrismo” han estado claros desde el inicio del blog. Sin dudas, somos "caóticos" en muchos aspectos, pero estamos convencidos de que hemos tratado de ser consecuentes con  principios que juzgamos verdaderos y aplicables al caso de la FSSPX. En cuanto a nuestro aprecio por esta institución, además de la razón de nuestra filia expuesta como aviso para navegantes, debemos reconocer que es también fruto de nuestra reacción ante un ataque alevoso de los medios conservadores. 
¿Qué pasaría con este blog si se confirmasen los rumores que inquietan al amigo? Los hechos nuevos nos obligarían a revisar nuestras opiniones. 


miércoles, 13 de febrero de 2013

Roberto de Mattei sobre la renuncia de Benedicto XVI


El Papa puede renunciar. Pero, ¿es oportuno que lo haga? Un autor ciertamente no “tradicionalista”, Enzo Bianchi, en “La Stampa” de 1 de julio de 2002, escribía: “Según la gran tradición de la iglesia de Oriente y de Occidente, ningún Papa, ningún patriarca, ningún obispo debería renunciar solo a causa de alcanzar un límite de edad. Es verdad que desde hace una treintena de años en la iglesia católica hay una norma que invita a los obispos a ofrecer la propia renuncia al pontífice al cumplir los setenta y cinco años, y es verdad que todos los obispos acogen con obediencia esta invitación y la presentan, y es verdad también que normalmente son atendidos y acogidas las renuncias. Pero esta es una norma y una praxis reciente, fijada por Pablo VI y confirmada por Juan Pablo II: nada excluye que en el futuro pueda ser revisada, después de haber sopesado las ventajas e inconvenientes que haya traído en estos decenios de aplicación”. La norma por la que los obispos renuncian a los 75 años a sus diócesis es una fase reciente de la historia de la Iglesia, que parece contradecir las palabras de san Pablo, para el que el Pastor es nombrado “ad convivendum e ad commoriendum” (2 Cor 7, 3), para vivir y para morir junto a su rebaño. La vocación de un Pastor, como la de todo bautizado, ata por tanto no hasta una cierta edad, y mientras haya una buena salud, sino hasta la muerte.
Bajo este aspecto la renuncia al pontificado de Benedicto XVI aparece como un gesto legítimo desde el punto de vista teológico y canónico, pero en el plano histórico, se muestra en absoluta discontinuidad con la tradición y la praxis de la Iglesia. Desde el punto de vista de las consecuencias que se puedan seguir se trata de un gesto no simplemente “innovador”, sino radicalmente “revolucionario”, como lo ha definido Eugenio Scalfari en “La República” del 12 de febrero. La imagen de la institución pontificia, a los ojos de la opinión pública de todo el mundo, queda en efecto despojada de su sacralidad para ser cosignada a los criterios del juicio de la modernidad. No por casualidad, en el “Corriere della Sera” del mismo día, Massimo Franco habla del “síntoma extremo, final, irrevocable de la crisis de un sistema de gobierno y de una forma de papado”.
No se puede parangonar con Celestino V, que renuncia después de haber sido arrancado a la fuerza de su celda eremítica, ni con Gregorio XII, que fue obligado por su parte a renunciar para resolver el gravísimo problema del Gran Cisma de Occidente. Se trataba de casos excepcionales. Pero ¿cuál es la excepción en el gesto de Bendicto XVI? La razón, oficial, plasmada en sus palabras del 11 de febrero expresa, más que la excepción, la normalidad: “En el mundo de hoy, sujeto a rápidos cambios y agitado por problemas de gran relevancia para la vida de la fe, para gobernar la barca de Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del alma, vigor que, en los últimos meses ha disminuido en mí de modo tal que debo reconocer mi incapacidad”.
No nos encontramos aquí ante una gran inhabilitación, como era el caso de Juan Pablo II en el último tramo de su pontificado. Las facultades intelectuales de Benedicto XVI están plenamente íntegras, como ha demostrado en una de sus últimas y más significativas meditaciones en el Seminario Romano, y su salud es “en general buena”, como ha precisado el portavoz de la Santa Sede, padre Federico Lombardi, según el cual, sin embargo, el Papa ha advertido en los últimos tiempos “el desequilibrio entre las tareas, entre los problemas que hay que afrontar y las fuerzas de las que siente no disponer”.
Sin embargo, hasta el momento de la elección, todo pontífice tiene un comprensible sentimiento de inadecuación, advirtiendo la desproporción entre las capacidades personales y el peso del cargo al que es llamado. ¿Quién puede decir encontrarse en condiciones de sostener con sus solas fuerzas el munus de Vicario de Cristo? El Espíritu Santo, sin embargo, asiste al Papa no solo en el momento de la elección, sino hasta la muerte, en todo momento, también en el más difícil de su pontificado. En la actualidad el Espíritu Santo está siendo invocado con frecuencia indebidamente, como cuando se pretende que cubra todos los actos y todas las palabras de un Papa o de un Concilio. En estos días, sin embargo, es el gran ausente en los comentarios de los mass-media que valoran el gesto de Benedicto XVI siguiendo un criterio puramente humano, como si la Iglesia fuese una multinacional, guiada en términos de pura eficiencia, prescindiendo de todo influjo sobrenatural.
Pero hay que preguntarse: en dos mil años de historia, ¿cuántos son los Papas que han reinado con buena salud y no han advertido el declive de las fuerzas y no han sufrido enfermedades y pruebas morales de todo género? El bienestar físico no ha sido nunca un criterio para el gobierno de la Iglesia. ¿Lo será a partir de Benedicto XVI? Un católico no puede dejar de hacerse esta pregunta y si no se la hace, se la harán los hechos, como en el próximo cónclave, cuando la elección del sucesor de Benedicto se orientará fatalmente hacia un cardenal joven y en plenitud de fuerzas para que pueda ser considerado adecuado a la grave misión que le espera. A menos que el núcleo del problema no sea el de los “problemas de gran relevancia para la vida de la fe” a los que ha hecho referencia el Pontífice, y que podrían aludir a la situación de ingobernabilidad en que parece encontrarse hoy la Iglesia.
Sería poco prudente, bajo este aspecto, considerar ya “cerrado” el pontificado de Benedicto XVI, dedicándose a prematuros balances, antes de esperar el fatídico plazo anunciado por él: la tarde del 28 de febrero de 2013, una fecha que quedará grabada en la historia de la Iglesia. Antes, pero también después de aquella fecha, Benedicto XVI podría ser aún protagonista de nuevos e imprevistos escenarios. El Papa, en efecto, ha anunciado su renuncia, pero no su silencio, y su decisión le restituye una libertad de la que quizás se sentía privado. ¿Qué dirá y hará Bendicto XVI, o el cardenal Ratzinger, en los próximos días, semanas o meses? Y sobre todo, ¿quien guiará, y de qué manera, la navecilla de Pedro en las nuevas tempestades que inevitablemente la esperan?

Tomado de: 

martes, 12 de febrero de 2013

Aprecio y perplejidad


El blog Messa in latino, publicó un comentario firmado por Enrico, que parece equilibrado puesto que manifiesta gran aprecio por este Pontífice pero al mismo tiempo da razón de la perplejidad que le produce la decisión de renunciar. La traducción corresponde a un amigo de nuestra bitácora a quien, com siempre, le agradecemos el trabajo.
Queridos lectores:
Necesitaba un evento extraordinario, como la renuncia de Benedicto al pontificado, para hacerme volver a escribir en nuestro blog después de una larga ausencia. Porque he amado, y amo, a nuestro papa Benedicto, es la veneración por él lo que me ha implicado en una batalla que ha sido también la suya. Escribo ‘veneración’, sí, porque estoy convencido de que ascenderá al honor de los altares, y ciertamente no solo por la vía de la tan opinable tendencia moderna a santificar a todos los papas “no importa cual”. Pienso incluso que un día llegará a convertirse en doctor de la Iglesia.
Prácticamente admiro todo en su trato y en su personalidad: la cortesía, la timidez, la equidad, la honestidad, el sentido del deber, las capacidades como intelectual, pero sobre todo la inteligencia, la lucidez, la independencia de juicio y el buen sentido: buenos antídotos en una época eclesial de eslóganes vacíos y de ideología.
Vivo esta noticia con profundo pesar y preocupación. Comprendo que el peso del gobierno de la Iglesia sea insoportable para las espaldas humanas, especialmente en la fragilidad senil; pero un Papa, precisamente, ¿no debería ser sobre-humano? No porque esté provisto de un ‘físico bestial’, sino porque está divinamente asistido incluso en la extrema debilidad del cuerpo y, acaso, de la mente. El Papa Ratzinger lo sabe (he aquí sus mismas palabras: “bene conscius sum hoc munus secundum suam essentiam spiritualem non solum agendo et loquendo exsequi debere, sed non minus patiendo et orando”), pero considera que esta ‘esencia espiritual’ de testimonio orante (y paciente) debe estar acompañado de cierto vigor “in mundo nostri temporis rapidis mutationibus subiecto et quaestionibus magni ponderis pro vita fidei perturbato”.
Esta afirmación me inquieta. En nuestro tiempo de rápidos cambios y perturbado por graves problemas para la vida -¿la supervivencia?- de la fe, es el oficio mismo del Papa el que, precisamente, cambia. Hasta ayer, más símbolo que gobernante; más testimonio, hasta la última agonía, que eficiente administrador; más monarca que primer ministro; más padre que tutor. Ahora, sin embargo, un papa que, además de tener una “misa de inauguración” (en lugar de la mucho más significativa coronación) tendrá también una ceremonia de despedida con ocasión de su dimisión, como si fuese un administrador delegado que se jubila o, peor todavía, un arzobispo de Canterbury caducado. Se trata también de un mayor achatamiento (después de la renuncia a la tiara) del oficio petrino respecto al de los otros obispos: no por casualidad en la alocución de ayer el Papa ha usado la expresión ingravescente aetate, que constituye el incipit del motu proprio de Pablo VI que impone la jubilación a los obispos.
Pensamos también en como este precedente podrá justificar presiones sobre los futuros pontífices, apenas estos sean percibidos como ancianos o poco ‘performantes’ o nada telegénicos.
Si algo nos han enseñado estos últimos decenios es que la Iglesia vive de los símbolos y en los símbolos. Cambios comprensibles en abstracto y en apariencia inesenciales, como abandonar el latín, abolir el ayuno del viernes, dar la vuelta a los altares, han tenido un efecto sociológicamente y antropológicamente devastadores para los fieles: la fe, ya ontológicamente acechada por la duda (pues no es un conocimiento directo, sino solo la sustancia de las cosas esperadas, y el argumento de las que no han llegado),  vive de la seguridad transmitida y constantemente reconquistada. Si la vida de la Iglesia es un jardín en perenne mutación, ¿cómo alimentar la fe vacilante? Y ¿qué decir si el oficio mismo de Pedro, consolidado en dos mil años que han visto solo esporádicas y normalmente traumáticas abdicaciones o deposiciones, se transforma de un status existencial a un simple ‘cargo’ con derecho a jubilación?
De aquí mi preocupación: la sacralidad de la Piedra sobre la que la Iglesia está fundada me resulta afectada cuando un dulce Cristo en la tierra, un Vicario de Cristo, un infalible árbrito de la fe y de la moral, puede volver a una normalidad cotidiana. Esta preocupación aumenta todavía más al pensar que estos riesgos no se escapan a la consideración del Papa Benedicto; si se ha decidido igualmente al ‘gran rifiuto’, graves preocupaciones que nosotros ignoramos deben haberlo movido; o cuando menos, una situación interna en los Sagrados Palacios de completa delicuescencia, hasta el punto de obligarlo a tirar la toalla.
 Pues sí, porque el gesto del Papa tiene, lamentablemente, la apariencia inevitable de una admisión de impotencia y de fracaso, aunque solo sea por el hecho de acontecer tras un periodo de extraordinaria dificultad en la conducción de la barca de Pedro y tras un conjunto de descalabros que han encontrado en el caso Vatileaks el último ejemplo.
Este regusto amargo de ineficiencia ¿no aumentará el riesgo de reforzar el natural efecto “péndulo”, por el que los cardenales en cónclave serán llevados a escoger alguno que pueda adoptar una línea muy difirente del predecesor? El efecto péndulo ha sido determinante en la elección de Ratzinger, cuando un implacable reconocimiento del estado lamentable de la Iglesia tras los años del woitylismo había inducido a los cardenales a elegir uno que tuviera la lucidez y la inteligencia necesarias para reconocer los problemas e individuar (en el retorno a la ortodoxia, a la continuidad y a la Tradición) la solución.
¿Y ahora qué? Una generación mejor de sacerdotes está llegando, y los corifeos de la ‘primavera conciliar’ estan camino de la jubilación, si no del redde rationem. Pero esta abdicación del Papa llega demasiado pronto: si hubiese resistido unos pocos años o en algunos casos solo unos pocos meses, no tendríamos un cónclave en el que se sentarán en su lugar y votarán obispos como Daneels y Mahoney (este último, recién inhabilitado por parte de su sucesor en Los Angeles por mala gestión), Lehmann y Kasper, Monterisi y Tettamanzi. Mientras un Moraglia (patriarca de Venecia), un Nichols (arzobispo de Londres) o un Chaput (arzobispo de Filadelfia) se quedan fuera.
Es tiempo, por tanto, de que el Espíritu Santo se prepare a hacer Su labor con vistas al cónclave. Y para nosotros, de rezar. Mitiga la amargura la gratitud a Benedicto XVI, el respeto a su dificultosa elección y, muy en el fondo, el íntimo sentimiento de que su ponderada decisión pueda haber sito el menor de los males posibles.

P.s.: dos visiones contrastantes de la renuncia en Wanderer y Exorbe.

lunes, 11 de febrero de 2013

Oremus




Oremus pro pontifice nostro Benedicto.
Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius.
Deus omnium fidelium pastor et rector, famulum tuum Benedicto XVI, quem pastorem Ecclesiae tuae praeesse voluisti, propitius respice: da ei, quaesumus, verbo et exemplo, quibus praeest, proficere; ut ad vitam, una cum grege sibi credito, perveniat sempiternam. Per Christum Dominum nostrum. Amen.
Paternoster, Ave Maria, Gloria

*     *     * 
Ut Ecclesiam tuam sanctam regere et conservare digneris,
R. te rogamus, audi nos.         
Ut domum Apostolicum et omnes ecclesiasticos ordines in sancta religione conservare digneris,
R. te rogamus, audi nos.         
Ut inimicos sanctae Ecclesiae humiliare digneris,
R. te rogamus, audi nos.         
Ut regibus et principibus christianis pacem et veram concordiam donare digneris,
R. te rogamus, audi nos.         
Ut cuncto populo christiano pacem et unitatem largiri digneris,
R. te rogamus, audi nos.         
Ut omnes errantes ad unitatem Ecclesiae revocare, et infideles universos ad Evangelii lumen perducere digneris,
R. te rogamus, audi nos.         
Ut nosmetipsos in tuo sancto servitio confortare et conservare digneris,
R. te rogamus, audi nos.




sábado, 9 de febrero de 2013

Radaelli: El mañana del dogma


Muy interesante artículo de Sandro Magister. Dignos de destacarse son los textos de Divo Barsotti citados en el nuevo libro de Radaelli que enfocan la cuestión que divide a conservadores y tradicionalistas: el Vaticano II en sí mismo, en sus textos, y no sólo la interpretación abusiva posconciliar, como causa de los problemas de la Iglesia. Un libro que cuenta con prólogo del obispo Mario Olivieri (al parecer, un filolefebvriano  muy peligroso).
 ROMA, 9 de febrero de 2013 – En un nuevo libro dado a la imprenta en estos días, el profesor Enrico Maria Radaelli – filósofo, teólogo y discípulo predilecto de uno de los más grandes pensadores católicos tradicionalistas del siglo XX, el suizo Romano Amerio (1905-1997) – cita tres pasajes de los diarios inéditos de don Divo Barsotti (1914-2006). 
En ellos, este genial y estimado místico y maestro espiritual – llamado en 1971 para predicar los ejercicios de Cuaresma al Papa y a la curia romana – expresaba duras críticas al Concilio Vaticano II. Escribía don Barsotti:
"Estoy perplejo en lo que concierne al Concilio: la plétora de documentos, su longitud, a menudo su lenguaje, me dan miedo. Son documentos que dan testimonio de una seguridad totalmente humana, más que de una firmeza simple de fe. Pero, sobre todo, me indigna el comportamiento de los teólogos".
"El Concilio y el ejercicio supremo del magisterio está justificado sólo por una suprema necesidad. La sorprendente gravedad de la situación actual de la Iglesia, ¿no podría derivar, precisamente, de la inconstancia por haber querido provocar y tentar al Señor? ¿No se ha querido, tal vez, obligar a Dios a hablar cuando no existía esta suprema necesidad? ¿Acaso esto es así? Para justificar un Concilio que ha pretendido renovar todo, era necesario afirmar que todo iba mal, lo que hacen de continuo, si no el episcopado, sí los teólogos".
Don Divo Barsotti.
"Nada me parece más grave contra la santidad de Dios que la presunción de los clérigos que, con un orgullo que sólo puede ser diabólico, creen poder manipular la verdad y pretenden renovar la Iglesia y salvar el mundo sin renovarse a sí mismos. En toda la historia de la Iglesia no hay nada que sea comparable con el último Concilio, pues el episcopado católico creyó poder renovar todo obedeciendo únicamente al proprio orgullo, sin compromiso de santidad, en una oposición tan abierta a la ley del evangelio que nos impone creer cómo la humanidad de Cristo ha sido instrumento de la omnipotencia del amor que salva, en su muerte".
Lo que impresiona de estas palabras de don Barsotti son dos elementos:
- Ante todo, dichas críticas provienen de una persona con una profunda visión teologal y con fama de santidad, muy obediente a la Iglesia.
- Y en segundo lugar, las críticas no se dirigen contra las desviaciones del postconcilio, sino contra el Concilio en sí.
Son las mismas dos impresiones que se obtienen de la lectura del nuevo libro de Radaelli, titulado: "Il domani - terribile o radioso? - del dogma".
*
Según Radaelli, la crisis actual de la Iglesia no está causada por una errada aplicación del Concilio, sino por un pecado de origen cometido por el mismo Concilio.
Dicho pecado de origen sería el abandono del lenguaje dogmático – proprio de todos los concilios precedentes, con la afirmación de la verdad y la condena de los errores – y su sustitución con un lenguaje "pastoral" vago y nuevo.
Hay que decir – y Radaelli lo hace notar – que también entre los estudiosos de orientación progresista se reconoce en el lenguaje pastoral una novedad decisiva y significativa del último Concilio. Es cuanto ha sostenido recientemente, por ejemplo, el jesuita John O'Malley en su afortunado ensayo "Che cosa è successo nel Vaticano II".
Pero, mientras para O'Malley y los progresistas el nuevo lenguaje adoptado por el Concilio es juzgado de manera totalmente positiva, para Radaelli, Roberto de Mattei y otros exponentes del pensamiento tradicionalista – como antes para Romano Amerio – el lenguaje pastoral está estigmatizado como la raíz de todos los males.
En efecto, según ellos, el Concilio habría pretendido – abusivamente – que la obediencia debida a la enseñanza dogmática de la Iglesia valiera también para el lenguaje pastoral, elevando así afirmaciones y argumentaciones sin una base dogmática real a indiscutible "superdogma", sobre las cuales en cambio sería legítimo y obligado avanzar críticas y reservas.
Por estos dos lenguajes contrapuestos, el dogmático y el pastoral, Radaelli ve originarse y separarse "casi dos Iglesias".
En la primera, la de los tradicionalistas más coherentes, él incluye también a los lefebvrianos, plenamente "católicos por doctrina y por rito" y "obedientes al dogma", si bien desobedientes al Papa, por lo que han sido excomulgados durante 25 años. Es la Iglesia que, precisamente por su fidelidad al dogma, "rechaza el Vaticano II como asamblea que rompe totalmente con la Tradición".
A la segunda Iglesia él le asigna todos el resto, es decir, la casi totalidad de los obispos, sacerdotes y fieles, incluido el Papa actual. Es la Iglesia que ha renunciado al lenguaje dogmático y "es hija en todo del Vaticano II, proclamándolo – y esto también desde el trono más alto, pero sin traer las pruebas – en total continuidad con la Iglesia preconciliar, si bien en el ámbito de un cierto tipo de reforma".
¿Cómo ve Radaelli la sanación de esta contraposición? A su juicio "no es el modelo de Iglesia obediente al dogma la que debe volver a someterse al Papa", sino que "es más bien el modelo obediente al Papa el que debe volver a someterse al dogma".
En otras palabras:
"No es Ecône [es decir, la comunidad de los lefebvrianos - ndr] la que debe someterse a Roma, sino que Roma debe someterse al Cielo: toda dificultad entre Ecône y Roma se resolverá sólo tras la vuelta de la Iglesia al lenguaje dogmático que le es propio".
Para alcanzar esta meta, Radaelli presupone dos cosas:
- que Roma garantice a los lefebvrianos el derecho de celebrar la misa y los sacramentos únicamente en el rito de San Pío V;
- y que la obediencia requerida al Vaticano II sea reconducida, en los límites de su lenguaje "falso-pastoral" y, por tanto, pasible de críticas y reservas
Pero antes de alcanzarla, – añade Radaelli – deberán cumplirse también otras dos peticiones:
- la primera, avanzada en diciembre de 2011 por el obispo de Astana en Kazajistán, Athanasius Schneider, es la publicación por parte del Papa de una especie de nuevo "Sillabo", que golpee con anatemas todos "los errores hodiernos";
 - la segunda, ya propuesta por el teólogo Brunero Gherardini al supremo magisterio de la Iglesia, es una "revisión de los documentos conciliares y magisteriales del último medio siglo", que debería hacerse "a la luz de la Tradición".
*
Planteadas así las cosas, hay que pensar, por tanto, que la reconciliación entre los lefebvrianos y la Iglesia de Roma no es fácil ni está cercana, tal como demuestra el impasse de las negociaciones entre ambas partes, que dura ya desde hace muchos meses.
Pero también con los tradicionalistas que han permanecido en comunión con la Iglesia – desde Radaelli a de Mattei y Gherardini – el foso se agranda. Ya no esconden su desilusión por el pontificado de Benedicto XVI, sobre el cual inicialmente habían depositado algunas esperanzas. A su juicio, sólo una vuelta decidida del magisterio del Papa y de los obispos a los pronunciamientos dogmáticos podrá reconducir a la Iglesia por la recta vía, con la consiguiente corrección de todos los errores propagados por el lenguaje pastoral del Concilio.
Errores que Radaelli enumera del modo siguiente en una página de su libro, definiéndolos "verdaderas y propias herejías":
"Eclesiología; colegialidad; fuente única de la Revelación; ecumenismo; sincretismo; irenismo (sobre todo hacia el protestantismo, islamismo y judaísmo); modificación de la 'doctrina de la sustitución' de la Sinagoga por la Iglesia en 'doctrina de las dos salvaciones paralelas'; antropocentrismo; pérdida de los novísimos (y del limbo y el infierno), de la justa teodicea (de aquí, mucho ateísmo como 'huida de un Padre malo'), del sentido del pecado y de la gracia; desdogmatización litúrgica; iconoclasia; subversión de la libertad religiosa; además de la 'dislocación de la divina Monotríada' con lo que la libertad destrona a la verdad".
Radaelli concluye su libro con un llamamiento a "deponer las armas" dirigido tanto a los "hermanos innovadores" como a los "hermanos tradicionistas" (como él prefiere llamarlos, en lugar de "tradicionalistas").
Sin embargo, después de todo, él parece identificar la deseada pacificación con una victoria total de los lefebvrianos y de todos los que, como ellos, se consideran los últimos y únicos defensores del dogma.

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El libro:
Enrico Maria Radaelli, "Il domani - terribile o radioso? - del dogma", Edizione Aurea Domus, 2013, pp. 278, euro 35,00.
El libro se abre con una prefación del filósofo inglés Roger Scruton y con tres comentarios de: Mario Olivero, obispo de Albenga-Imperia; el teólogo Brunero Gherardini, y de Alessandro Gnocchi y Mario Palmaro.
No se vende en todas las librerías, por lo que deberá solicitarse directamente a la página web del autor:
>  Aurea Domus
O bien en estas dos librerías de Milán y Roma:
> Hoepli
> Coletti