miércoles, 30 de abril de 2014

EL «AFFAIRE» DE LA ACCION FRANCESA (1)



Publicamos hoy la primera entrada de una serie de tres que dedicaremos a la Acción Francesa
Reproduciremos en tres partes un artículo de Juan Roger (pseudónimo de Jean Marie Riviere). El autor fue un profesor francés especializado en lengua y cultura del Lejano Oriente de la Sorbona. Miembro de la Acción Francesa, Roger trabajó en el servicio de represión de la masonería del gobierno de Vichy. Condenado a muerte por De Gaulle huyó de Francia, llegó a Italia y consiguió de la embajada española un pasaporte con nombre falso. Se incorporó al CSIC gracias a la intervención de José Mª Albareda, que le nombró colaborador del Instituto «Bernardino de Sahagún». Poco después fue el responsable de la sección francesa del Departamento de Culturas Modernas y Jefe del Servicio de Documentación del CSIC. El artículo de Roger que reproducimos se publicó en la revista Arbor. Abriremos los comentarios al publicar la última parte.

EL «AFFAIRE» DE LA ACCION FRANCESA 
Por Juan Roger.

Estudiar la historia de la Acción Francesa es emprender la descripción de las luchas políticas, sociales y religiosas de Francia entre 1900 y 1940. La vida de esta agrupación política está, en efecto, íntimamente relacionada con toda la política interior francesa durante el primer cuarto del siglo XX, y no hay por qué creer que haya desaparecido por completo en nuestros días. El pensamiento y la doctrina de sus fundadores han marcado de modo indeleble a varias generaciones, y es preciso reconocer que el intento de resumir esta historia en pocas páginas es empresa difícil, pues corre el riesgo de ser, si no parcial, al menos incompleta. Vamos a intentarlo, sin embargo, con toda nuestra buena fe, sin olvidar las repercusiones que las doctrinas de Maurras han tenido en la Península Ibérica, tanto en España como en Portugal.

FRANCIA A FINES DEL SIGLO XIX.
Como un gran cuerpo desgarrado políticamente se nos presenta Francia a fines del siglo pasado. La III República se instauró legalmente en 1875, pero tuvo que luchar contra la inmensa tendencia monárquica de la sociedad francesa, tradicionalista y católica. Para conquistar el poder, los hombres de la III República, laicos, imbuidos por los ideales de la Revolución de 1789, tuvieron que consolidar su posición, Minoría activa, ordenada y disciplinada, los republicanos formaron una «izquierda« que se opuso violentamente a lo que ellos llamaron «la derecha», cuyos bastiones políticos han ido conquistando poco a poco.
La «derecha» francesa había puesto su confianza en el pretendiente al trono de Francia, el conde de Chambord; pero éste había muerto negándose a reconocer las posibilidades de fusión de las nuevas tendencias con los principios tradicionales por él representados. La negativa del conde de Chambord había matado, de hecho, al partido monárquico. Cuando la sucesión, del conde de Chambord pasó en 1883 al conde de París, y de éste al duque de Orleáns en 1894, las filas del partido realista estaban casi desiertas. Los republicanos ya no le atacaban, reservando su fuerza combativa para el catolicismo, que estaba, en cambio, muy pujante.
El catolicismo francés de entonces se había unido indisolublemente a un conjunto de conceptos políticos de «derecha». La nueva República había suscitado grandes recelos en los estratos franceses. Además, una serie de escándalos habían sido explotados políticamente por representantes de la «derecha» francesa, que admitían, claro está, una República, pero en provecho propio, y combatían con ardor una política que les eliminaba progresiva e implacablemente. Por su parte, la jerarquía católica enfocaba de otro modo el problema de las relaciones entre la Iglesia y el Estado en Francia. León XIII fue el primer Papa elegido después de la desaparición del poder temporal. Como Pío IX, tampoco el nuevo Papa quería abandonar las libertades y los derechos de la Iglesia; pero, al contrario que su predecesor, León XIII estimaba que los católicos de Francia tenían algo mejor que hacer que asediar a la República. Consideraba más hábil y más eficaz que el combate por los derechos y las libertades de la Iglesia fuese llevado al interior de la República misma, y que esta lucha se entablase en el terreno legal, entre republicanos. Creía que los católicos de Francia debían llamarse republicanos, serlo lealmente, convencer de su lealtad y de su sinceridad a sus antiguos adversarios e intentar entonces enmendar la legislación. El conjunto de esta gran política de León XIII relativa a Francia ha sido llamado la «política del Ralliement».
Sabido es que el cardenal Lavigerie, obedeciendo a sugerencias de la Santa Sede, pronunció el 12 de noviembre de 1890 un brindis en el que pedía a los católicos franceses que se unieran sin reserva a la III República, lo cual produjo en los sectores católicos franceses un efecto a la vez de cólera y de estupor.
La situación se agravó con motivo del famoso affaire Dreyrus (1897-1899), que dividió literalmente a Francia en dos campos de hostilidad irreducible: la izquierda se alzó contra el error judicial de la condena del oficial judío Dreyfus y englobó en sus ataques y en su odio a los representantes del ejército, del clero y de todo el tradicionalismo francés. Este «caso» sirvió de punto de unión anticlerical a todos los matices «republicanos» y cavó definitivamente un foso infranqueable entre las dos mitades de Francia.
La conquista total del poder por las izquierdas se hizo por la ocupación total de la enseñanza, por la expulsión de las congregaciones religiosas, así como por la separación de la Iglesia y del Estado. Una propaganda tenaz y hábil en las masas obreras y en la pequeña burguesía alejó poco a poco a amplios sectores de la opinión pública de las creencias tradicionales. El catolicismo disminuyó, el ideal monárquico se esfumó por completo, las preocupaciones sociales y políticas reemplazaron a las antiguas creencias; Francia se hizo en gran parte indiferente y republicana. Lo que había sido una «mayoría» en 1875 se convirtió en «minoría» en 1900. Pero bajo la persecución, bajo los ataques, esta minoría va a despertar, a unirse, a reaccionar y a provocar amplios y profundos cambios de opinión. La agrupación que va a unificarla, a darle una ideología, a lanzarla a la acción, es la Action Française.

NACIMIENTO DE LA ACCIÓN FRANCESA.
Fue el proceso de Dreyfus el que provocó esta cristalización. En este proceso, los partidos de izquierda, los antimilitaristas, los internacionales, los laicos, se unieron estrechamente y defendieron los «derechos del individuo». Pero la derecha adquirió también entonces conciencia de su unidad fundamental y de su común ideología. La posición de los dos campos era inconciliable, pues tenían una visión opuesta del mundo. Y así fue como surgió, con motivo de un simple proceso, por la única violencia de las posiciones políticas, el «partido nacionalista».
Este título se convirtió rápidamente en enseña de una reivindicación de las tradiciones francesas. El desarrollo del «affaire Dreyfus» se tornó pronto centro de un gran movimiento de la opinión a favor del ejército, atacado con motivo del proceso. Su manifiesto es muy claro en cuanto a sus fines: «sus miembros, conmovidos al ver prolongarse y agravarse la más funesta de las agitaciones; persuadidos de que no podría durar más sin comprometer mortalmente los intereses vitales de la Patria francesa, y en especial aquellos cuyo depósito está en manos del Ejército nacional, han resuelto trabajar, en los límites de su deber profesional, por mantener, conciliándolas con el progreso de las ideas y de las costumbres, las tradiciones de la patria francesa...». Nada se ha omitido. Las palabras-clave «Patria», «Ejército», «Tradiciones», «Mantener» son los términos esenciales.
Este movimiento reunió al principio un conjunto bastante dispar de literatos, filósofos, políticos; se veía a Albert Sorel al lado del duque de Broglie, y a De Muns junto a Bourget y Detaille; paro también pertenecía a él un joven de treinta años, Charles Maurras, que había venido de la Provenza mediterránea a probar fortuna en París. El 19 de diciembre de 1898 en el diario L'Eclair, portavoz del movimiento, apareció por primera vez el título de «Action Française», en un artículo firmado por Maurice Pujo; trataba de la rendición de la bandera francesa en Fachoda ante la columna inglesa mandada por Kitchener. Londres y París andaban entonces en gran discusión con motivo de la futura influencia en África oriental. Pujo deducía la necesidad de «hacer algo», la urgencia de una «acción», y decía: «Lo que hay que hacer en la hora actual es reconstruir a Francia como sociedad, restaurar la idea de Patria, volver a hacer de la Francia republicana y libre un Estado organizado interiormente y tan fuerte en el exterior como lo fue bajo el antiguo régimen.»
Los más activos del equipo de la Patria francesa formaron un Comité d'Action Française ; en él figuraban los nombres de Maurras, Pujo, Vaugeois, Cortambert; ya estaba plenamente adoptada la posición antisemítica del grupo, y el Manifiesto de San Remo, 22 de febrero de 1899, pronunciado por Felipe, duque de Orleáns, pretendiente al trono de Francia, la afirmaba claramente. El pequeño grupo citado fundó el 1.° de agosto de 1899 la revista L'Action Française, entonces un folletito gris que aparecía cada quince días. En él figuraban las firmas de Vaugeois, Maurras, Bainville, Louis Dimier, Pierre Lasserre, Copin-Albancelli, Lucien Moreau, Caplain-Cortambert, Bailly, Dauphin-Meunier, Robert Launay. Los redactores se reunían en el famoso café de Flore, cerca de la plaza de Saint-Germain-des-Près. Ya se destacaba entre todos Maurras, y tenazmente se oponía a todo proyecto de reconstrucción de la Francia «liberal o democrática, que él consideraba marcada por un mismo signo uniforme de fracaso».

LAS IDEAS DE LA ACCIÓN FRANCESA.
Desde su comienzo, la revista definió sus ideas principales: necesidad de la vida social para el individuo; necesidad de la nacionalidad como forma de la vida social; necesidad para los miembros de la nacionalidad francesa de zanjar todo problema en atención a la nación; necesidad de propagar e imponer las ideas precedentes.

El nacionalismo, según la Acción Francesa, debe ser integral, y debe ejercerse en el plano intelectual, artístico, literario, filosófico y social. Maurras, en 1906, dice que la Acción Francesa debe enraizar sus teorías en las realidades siguientes: amor a la patria, a la religión, a la tradición, al orden material, al orden moral... Estableció el principio de la monarquía, pero su monarquismo era racional, en oposición a los legitimistas, que consideraban al rey de «derecho divino». Maurras no siguió este misticismo regalista; concluyó que la monarquía, adaptable a las necesidades del tiempo, era el fin necesario de la crisis ocasionada por la Revolución de 1789. Maurras creó el «realismo monárquico».
Había perdido muy pronto la fe religiosa. Se le ha acusado, sin pruebas, de haber sido por un momento, en su juventud, anarquista y anticlerical militante. Pero, por muy incrédulo que haya sido, Maurras consagró al catolicismo la abnegación y el respeto debidos a esta potencia moral y religiosa. Su herencia, su educación, su latinismo, le colocó naturalmente en el pensamiento romano, le infundió el orden de la Urbs, turbado por los demócratas y los demagogos. Maurras pensó en el rey como el hombre formado para el mando por la tradición y la herencia; la herencia debe preservar al país de los desgarrones que producen las competiciones cesarianas; el rey, al estar por encima de los partidos, sólo piensa en el bien común. El partido que ocupa el poder no puede ser más que el consejero del rey; éste reina y gobierna «en y por sus Consejos», teniendo siempre la última palabra.
Pero Maurras intentó apartar al rey y a la monarquía de la reacción; si esta monarquía paternal no puede ser democrática (la multitud es inepta para gobernarse a sí misma), será popular, como en tiempo de los Capetos; es una monarquía protectora, justiciera, utilitaria, la que predica Maurras. Pide la descentralización. Los representantes de la nación emitirán opiniones, pero no mandarán. Maurras quiere la desaparición de los tiranos locales, resultado de la subordinación del poder ejecutivo al poder legislativo. Condena a la democracia, que es un «disolvente de la Patria»; rechaza el sufragio universal, que no es ni universal ni libre: «es un rebaño que va a donde le llevan sus pastores», vigilado por perros, que son los dispensadores del favoritismo; una vez obtenidos los votos, los franceses quedan despojados de sus derechos, de su soberanía, porque el mandato es considerado como propiedad del mandatario. En un estudio lúcido y despiadado de la historia política de su país, Maurras demostraba que uno después de otro los partidos habían empleado la fuerza, mandando luego con un énfasis cómico, que sería atentatorio contra el derecho si se volviese contra ellos. El derecho no preexiste en política; para legitimar un régimen no hay más que los servicios prestados y la duración. Maurras deduce de esto que «el que había subido por la fuerza podía con el mismo derecho ser derribado por la fuerza». Para establecer el régimen que considera más conforme para los intereses de su país, la ilegalidad no es ilegítima.
La fuerza es el apoyo del derecho; es una potencia que lo rige todo, y la autoridad civil no podría ejercerse sin ella; es preciso apelar siempre al poder humano para que no se oponga a la enseñanza de la verdad divina. Maurras planteaba así el gran principio de la Politique d'abord, puesto que la política es la fuerza, y sin la fuerza casi no se puede aspirar a otra gloria que la del martirio. Política «por todos los medios», es decir, por todas las artimañas; por el despliegue de la fuerza, puesto que la persuasión no ha logrado nunca que desapareciese o cambiase un régimen político.
Estas ideas eran revolucionarias. La leyenda del monarquismo de salón desaparecía; la doctrina de Maurras abordaba cuestiones candentes; ya no se trataba del liberalismo orleanista, sino de la unidad nacional, de los problemas actuales, de la actuación de los judíos y de la masonería en Francia.


martes, 29 de abril de 2014

Un trino polivalente

La reciente publicación del trino que arriba reproducimos en la cuenta de twitter del Pontífice ha suscitado diversas reacciones. No podía ser de otro modo, dada la ambivalencia, o polivalencia, de un aforismo que se presta a interpretaciones opuestas.
La desigualdad es una relación (dos términos y un fundamento). Decir algo sobre ella, que sea comprensible por el mayor número de lectores, requiere de algunas precisiones mínimas. En primer lugar, la referencia a un contenido, real o lógico, que en este caso es el orden social. En segundo, la desigualdad, aun definida en una categoría dada (por ejemplo, la desigualdad métrica) requiere la determinación de los parámetros (desigualdad en peso, desigualdad en temperatura).
Sin referencias a la virtud de la justicia, el trino que ahora glosamos puede tener muchos significados. La proposición “la desigualdad es la raíz de los males sociales” puede ser verdadera o falsa. Ello depende del contenido de injusticia que –suponemos- está implícito en la relación de desigualdad significada. En efecto, “se suele postular una igualdad pura y simple, o aritmética, en aquellas relaciones interhumanas de justicia conmutativa, cuyo centro de gravedad radica en cosas y bienes que no tienen un nexo singular con las características de las personas individuales implicadas en tales relaciones, por ejemplo, en los cambios, las compraventas, los arrendamientos de predios urbanos o de inmuebles rurales, etc. Por el contrario, se postula, con razón, no una igualdad simple y aritmética, sino una proporcionalidad distributiva, en aquellas relaciones sentadas principalmente sobre los méritos o deméritos, o mayores o menores méritos, de las diferentes personas implicadas. En el primer caso, en el de la justicia conmutativa, se exige que las personas, las situaciones, las cosas, y los hechos iguales deben ser tratados de un modo igual. Por el contrario, en las relaciones de justicia distributiva se requiere que las personas y las situaciones desiguales deben ser tratadas de un modo desigual, si bien calibrando las desigualdades con una misma vara de medir. Estos problemas son más complicados de lo que puede parecer a primera vista; las cuestiones, en apariencia simples, entrañan temas complejos de combinación de múltiples y variadas valoraciones. Algunos ejemplos evidenciarán esta complejidad. Referente a un caso de justicia conmutativa, fijémonos en una simple relación de cambio, por ejemplo, de trueque. Respecto de ella, todos los filósofos sostienen que la justicia exige que, en un contrato bilateral de cambio, el uno reciba del otro tanto como él le entregue. Pero adviértase que esa igualdad entre lo que se da y lo que se recibe no puede ser una identidad plena. Es decir, si interpretáramos esa igualdad como identidad, supondría que quien da una arroba de trigo debe recibir otra arroba de trigo; quien presta a otro el servicio de desollar un buey, reciba de aquél el mismo servicio. Pero tales cosas no tendrían ningún sentido, por la carencia de todo motivo y finalidad. No se trata de recibir lo idéntico, sino algo diferente, que en algún modo corresponda a lo que se entrega, es decir, algo diverso pero equivalente (…) Veamos ahora un caso de las relaciones tradicionalmente llamadas de justicia distributiva. Se ha denominado justicia distributiva aquella versión de la justicia que debe cumplirse al repartir funciones, beneficios y cargas públicas, así como las compensaciones por el trabajo realizado. Sobre la justicia distributiva dijo Aristóteles (y sobre ello insistió S. Tomás) que ésta exige que, en los repartos, las personas iguales reciban porciones iguales y las desiguales porciones desiguales, según sus diferentes dignidades y merecimientos. Por eso, la justicia distributiva implica al menos cuatro miembros a relacionar; y suele expresarse habitualmente, de modo metafórico, en una proporción geométrica. (…) Miguel Efesio, comentarista de Aristóteles, glosa esta teoría con el siguiente ejemplo: si consideramos a Aquiles doblemente merecedor que Aiax y damos al primero seis monedas, debemos dar tres al segundo, lo cual se puede expresar en la siguiente proporción: Aquiles que vale 8 es a Aiax que vale 4, como 6 monedas para Aquiles son a 3 monedas para Aiax. La relación entre lo que se da a Aquiles y lo que se da a Aiax es la misma que media entre los merecimientos del uno y los del otro: el doble. Esto es perfectamente comprensible y está fuera de toda discusión. Pero el problema importante no radica en esto, sino en saber el punto de vista para apreciar el diverso merecimiento de los sujetos, es decir, el criterio para la estimación jurídica. Dicho de otra manera: ¿Cuáles son los valores, desde qué punto de vista, Aquiles vale el doble de lo que vale Aiax?” (L. Recaséns Siches) A las anteriores consideraciones habría que agregar la función que ha de cumplir en una comunidad política la denominada justicia legal.
En conclusión, el trino papal podría tener dos formulaciones verdaderas aunque contradictorias en apariencia:
1ª. La desigualdad (injusta) es la raíz de los males sociales.
2ª. La igualdad (injusta) es la raíz de los males sociales.
Como tantas otras cosas que hace o dice este pontífice, el tutieo está destinado a causar sensación en el mundo, por lo que implica de concesión al discurso políticamente correcto. Lo que nosotros no logramos ver –seguramente, por nuestras limitaciones- es el fruto pastoral de estos bergoglemas publicitarios.

lunes, 28 de abril de 2014

Maurras: oración del fin




ORACIÓN DEL FIN *

Mentre che la speranza ha fior del verde
Dante, Purg., III

Hazme dormir, Señor, en vuestra paz segura,
Entre los brazos de la Esperanza y del Amor.
Corazón de soldado que no supo del odio
Y que por vuestros bienes siempre luchó.

Batallas que sostuvo por una sola Patria,
Por un Rey, (los más bellos que vi bajo los cielos)
Por una Francia de los Borbones; por mis Damas, María,
Juana de Arco y Teresa y el Señor San Miguel

Jamás nuestro París llegó a romper con Roma.
Roma, Atenas en flor, su fruto recogió,
Razón, virtud, belleza, los honores del hombre, 
Los rostros divinos que en mi noche aparecen.

Señor, quién sois ignoro, porque yo también ignoro
Quién es el artesano del vivir y el morir,
Y en el corazón mío cuáles ondas sonoras
Han dicho o contradicho su deseo eternal.

No comprendo ya nada de ese ser de mi ser,
¡Tantos dioses contrarios dispútanlo entre ellos!
Mis huesos alzarán la lápida de los abuelos.
Y cayéndome busco esa misma verdad.

¡Oíd esa necesidad de comprender para creer!
¿Hay un sentido en los vocablos que profiero?
¿Hay tras su laberinto, una puerta de gloria?
Porque Ariadna me falta y de su hilo carezco.

¿Cómo creer ¡oh! Señor, para un alma que arrastra
Un oscuro apetito de las luces del día?
Hazla dormir, Señor, en vuestra paz segura,
Entre los brazos de la Esperanza y del Amor

Charles Maurras,
Clairvaux, junio de 1950


* Traducción de Carlos Massini Correas. Publicada en Rev. Moenia, n. IV, junio de 1981.

Fuente:

domingo, 27 de abril de 2014

Iraburu y las canonizaciones

Decía el p. Castellani que “no se mueve libremente el que esgrime contra otro: depende del otro en sus movimientos” porque esto implica “una especie de imitación subconsciente”. Esta es la razón principal por la que decidimos renovar el diseño paródico de nuestra bitácora, gracias a la colaboración de un lector a quien mucho agradecemos por el trabajo que se ha tomado. Y por esta misma razón, la entrada de hoy será necesariamente breve.
El p. Iraburu ha publicado un artículo en su bitácora defendiendo la infalibilidad de las canonizaciones. A este artículo respondemos con dos críticas:
1ª. Presentación sesgada de la postura falibilista. El artículo del p. Iraburu encasilla a los autores que sostienen la no infalibilidad de las canonizaciones en sus categorías –falacias de hombre de paja- de "lefebvrianos" y "filolefebvrianos". Esta reducción constituye, en primer lugar, una adulteración de la historia de la Teología, pues el cuestionamiento a la tesis infalibilista está presente en obras anteriores al Vaticano II, y a Mons. Lefebvre, cosa que el lector podrá verificar leyendo el manual de Bernhard Bartmann publicado en 1932 (v. objeción planteada por Scheid). Además, este encasillamiento estigmatizador, no da cuenta de las opiniones de otros teólogos  y canonistas contemporáneos ajenos al tradicionalismo, que el p. Iraburu parce ignorar: F. A. Sullivan, P. De Vooght, A. Delooz, D. Ols, H. Misztal, etc. Asimismo, quien se tome la molestia de leer a estos autores estará en condiciones de enjuiciar críticamente la afirmación de Iraburu de que la infalibilidad de las canonizaciones es una doctrina “tan continua en la tradición de la Iglesia”.
2ª. Tergiversación de la “Nota doctrinal ilustrativa de la fórmula conclusiva de la Professio fidei” (29-V-1998).  Es cierto que en esa Nota la CDF incluye entre los ejemplos de verdades conectadas con la revelación por necesidad histórica a la “canonización de los santos” que sería un “hecho dogmático” (Cfr. n. 11, titulado “Ejemplificaciones”). Pero el valor magisterial de la mencionada Nota fue objeto de un importante debate público. Y el Cardenal Razinger precisó al p. Ladislas Örsy el verdadero alcance magisterial de la misma, en los siguientes términos: “Me alegro de poder confirmar, al menos en un punto, las explicaciones del p. Örsy. Me refiero al ´Comentario doctrinal´. Es cierto que este texto, en su conjunto, fue elaborado por la Congregación, propuesto en sus distintas fases en presencia del Cardenal y finalmente aprobado por él. Recibió también la aprobación del Santo Padre. Pero se estaba de acuerdo en que este texto no debía ostentar una propia condición vinculante, sino que se ofrecería sólo como una ayuda para la interpretación y, por consiguiente, no debía publicarse en la forma de un documento con autoridad propia. Por otra parte, la forma escogida de su publicación se decidió para mostrar que no se trataba de un trabajo privado del Prefecto y del Secretario de la Congregación, sino de una ayuda autorizada para comprender el texto. Esto puede criticarse. Y el p. Örsy podría acaso decir aquí con derecho que tal género sí constituye algo nuevo. Y ¿por qué no? En todo caso, la conclusión que ha sacado el p. Örsy es exacta: por este texto los ejemplos aducidos no adquieren ningún valor que antes ya no tuviesen. Adrede se escogieron sólo ejemplos de cuyo rango constase o por documentos del magisterio o por el consenso de auctores probati. En este sentido, nadie ha de sentirse constreñido autoritariamente por este texto”.
En conclusión: la nota no es vinculante por lo que nadie debe sentirse autoritativamente obligado a prestar obsequio religioso a la tesis que sostiene la infalibilidad de las canonizaciones. En esta materia es legítimo para un católico ser falibilista o infalibilista.
Nuestra humilde sugerencia al p. Iraburu es que siga el consejo de Josemaría Escrivá de Balaguer admitiendo “mayor pluralismo (…) en las cuestiones teológicas opinables” que la Iglesia deja a la libre discusión de sus hijos. 

sábado, 26 de abril de 2014

Aporías del juanpablismo

Se acusa a Juan Pablo II de encubrir a Marcial Maciel. El encubrimiento es un delito doloso en la mayoría de las legislaciones penales. Vale decir que supone mala fe en el encubridor.  Se trata de una acusación gravísima, que requiere pruebas proporcionadas, cuya existencia no conocemos. Por tanto, no podemos aceptar semejante acusación contra nadie, a menos que se suministren las pruebas del caso. Otra conducta, distinta y menos grave que el encubrimiento, es la negligencia en investigar y sancionar comportamientos como los de Maciel. Lo que tampoco nos consta con certeza. En todo caso, la gravedad del hecho merece una rigurosísima investigación, cosa que suponemos se realizó en la causa de beatificación y canonización del papa Wojtyla. Sin embargo, la celeridad de este proceso, que se ha llevado adelante incluso abreviando los cortos plazos establecidos por las reformas juanpablistas, unida a otros elementos de juicio, nos hacen pensar que estamos ante una canonización inoportuna.
El "juanpablismo" es un movimiento cuya actitud fundamental es el entusiasmo. Al calor de esta actitud, los apologetas del juanpablismo se muestran inmunes al desaliento, sin demasiadas preocupaciones por mantener un discurso coherente, homogéneo e históricamente riguroso. Tal vez un buen ejemplo de juanpablismo estusiasta se encuentre en las recientes declaraciones de Navarro-Valls: “Juan Pablo II no tuvo en la mano el resultado de esta investigación [sobre Maciel] pero sabía que había comenzado el proceso, para ir a fondo en ese caso”. Vale decir que según Navarro-Valls, Karol Wojtyla fue informado de las investigaciones vaticanas conducidas contra el inmoral fundador, que se iniciaron durante su pontificado.
Sin embargo, tiempo atrás:
- El postulador de la causa de Juan Pablo II, Slawomir Oder dijo: "Ha habido una investigación específica sobre esto para llegar a la máxima transparencia. Del estudio de todos los documentos ha surgido una respuesta clara: no hubo ninguna implicación de Juan Pablo II en ese caso".
¿Cómo es posible que alguien que no tuvo “ninguna implicación” en el caso supiera que se había “comenzado el proceso” de investigación?
- El Cardenal Stanislao Dziwisz, secretario personal de Karol Wojtyla, declaró: "Lo sé yo también, pero razonando a posteriori, que el Santo Padre nunca debió haber recibido a ese individuo. Pero Juan Pablo II cuando lo encontró ¡no sabía nada, absolutamente nada!" "¡Para él era todavía el fundador de un gran orden religiosa y basta, ninguno le había dicho nada! ¡Ni siquiera de los rumores que corrían!
¿Cómo es posible que alguien que no sabía “absolutamente nada”, “ni siquiera de los rumores que corrían”, supiera que se había “comenzado el proceso” de investigación?
Tal vez algún día pueda haber una explicación bien articulada y consistente sobre la relación de Juan Pablo II y Marcial Maciel. Hasta el momento, no la conocemos, por lo que no podemos consentir en esa “apologética” que censurara lúcidamente el p. Castellani.

jueves, 24 de abril de 2014

Algo más sobre los divorciados y la Comunión

A raíz de una noticia desconcertante sobre un llamado telefónico del Papa volvemos sobre un tema que seguramente será motivo de interminables controversias hasta tanto se tome alguna determinación concreta. En este enlace la noticia, y las reflexiones de un fraile de la ciudad en que vive la mujer que recibió el llamado del papa Bergoglio. El franciscano cree en la existencia del llamado pero no en el contenido que la mujer atribuye: "hay cosas muy insólitas... son todos inventos... está tan en contra de lo establecido, etc.". La Santa Sede ha optado por no desmentir la existencia del llamado telefónico, ni su contenido, lo cual, como es previsible, consolidará el efecto confusión entre los fieles.  
El sitio Messa in latino consultó, semanas antes de estos hechos, al fraile Cavalcoli, OP sobre la comunión de los divorciados unidos por matrimonio civil. Traducimos la consulta y la respuesta del dominico que enfoca el tema desde una perspectiva moral.
Reverendo Padre:
¿Cómo está?
Le escribo por pedido de muchos de nuestros lectores, que lo han escuchado en Radio María. Según lo que ellos han escuchado, Ud. habría sostenido que la comunión de los divorciados vueltos a casas es una cuestión de carácter pastoral y no doctrinal. Ahora bien, somos los últimos en poder discutir sobre tales argumentos doctos; pero, si en verdad Ud. lo hubiese dicho, permaneceríamos incrédulos, porque:
- los divorciados vueltos a casar no pueden acceder a la comunión porque permanecen en pecado mortal con el “cónyuge civil”, concubino, y no huyen de la tentación de pecar (motivo por el cual, no pueden recibir la absolución).
- además, los divorciados que no se han vuelto a casar no pueden acceder a la comunión porque han violado arbitrariamente el mandato divino de no separar lo que fue unido por Dios (véase lo que sucedió después de Enrique VIII).
Estaríamos encantados si quisiera darnos una explicación sobre el punto: ¿los lectores han entendido mal?, ¿Ud. ha sido malinterpretado?, ¿o en verdad ha sostenido esta teoría? En tal caso, ¡permítanos expresar nuestro estupor!
¿Podríamos, en este caso, publicar su respuesta ad utilitatem de nuestros lectores preocupados?
Un caro saludo y ¡hasta pronto!
Con estima, Roberto – Redacción de MiL.


Caro Roberto:
Los divorciados vueltos a casar se encuentran en ocasión próxima de pecar mortalmente, pero esto no quiere decir que de hecho estén en un estado permanente de pecado mortal. Sería, este, un juicio temerario, que no se puede conceder, y que la Iglesia no pronuncia de ninguna manera, porque el pecado no depende simplemente de la ocasión, sino de la voluntad, la cual permanece libre de no pecar, también cuando se ofrece la ocasión de pecar. Es importante no buscar la ocasión: esto puede ser ya un pecado. Pero si la ocasión se presenta inesperada, o imprevista, entonces es posible resistirla.
Las actuales disposiciones de la Iglesia, por las cuales se les prohíbe acceder a la confesión y a la comunión, son ciertamente sabias, porque están motivadas en el temor fundado de que los dos puedan encontrarse en estado de pecado, aunque no exista certeza por el motivo que he señalado supra, por lo cual, si debieran confesarse y hacer la comunión en tales condiciones, cometerían un sacrilegio: respecto de la confesión, porque se encontrarían en una completa dificultad de prometer no pecar más; y respecto a la comunión, porque, si están en pecado mortal, comerían su propia condenación como dice San Pablo.
Es verdad que los dos se encuentran en una situación que los dispone fuertemente al pecado, y que crea un obstáculo a la posibilidad de formar el propósito de no pecar más. Pero pueden darse casos, por ejemplo, con hijos, y tal vez con el cónyuge legítimo casado o unido con otra persona, en los cuales sea prácticamente imposible desbloquear la situación. Ahora, si hacen lo posible por evitar la ocasión, y no obstante, caen, y cada vez que caen, se arrepienten, ¿Dios no los perdonará?
Además, recuerda que la Iglesia misma ha emitido hace unos años un documento, en el cual se dice que si los dos consiguen abstenerse de las relaciones sexuales, por ejemplo dos ancianos, pueden ser admitidos a los sacramentos.
El dogma no puede cambiar; las disposiciones pastorales sí pueden mutar. Atendamos con confianza a aquello que sobre esta delicada materia será decidido por el Santo Padre, después de haber escuchado a los obispos y al pueblo de Dios.
En mi opinión, está bien que la ley actual permanezca sin cambios, porque, si relajamos la disciplina, temo que disminuirá ulteriormente la estima del matrimonio y de los sacramentos, ya muy comprometida entre muchos católicos. Pero corresponde al Papa decidir. Debemos confiarnos de él, también si en esta materia, que no es dogmática, no es infalible.
Te autorizo sin más a publicar mi respuesta, si lo crees conveniente. Aprovecho la ocasión para felicitarte por el sitio. Te recuerdo en la oración y te pido oraciones por mí.
P. Giovanni Cavalcoli,OP

miércoles, 23 de abril de 2014

Cumbres de la...



El vídeo que ilustra esta entrada es del Instituto Cumbres (de los Legionarios de Cristo). Se invita a la fiesta de graduación de la promoción 2014 de sus alumnos. La introducción del periodista concluye en el minunto 2.20, a partir del cual puede verse el original. 

martes, 22 de abril de 2014

¿LAS CANONIZACIONES DE JUAN XXIII Y DE JUAN PABLO II SON INFALIBES?

Nos ocupamos  en el pasado sobre la infalibilidad de las canonizaciones (ver aquí y aquí). Reproducimos hoy la traducción de una entrevista a Roberto de Mattei sobre las próximas canonizaciones de los pontífices Juan XXIII y Juan Pablo II. Añadimos al texto de la entrevista el enlace a un artículo de Mons. Brunero Gherardini sobre la no infalibilidad de las canonizaciones.
¿LAS CANONIZACIONES DE JUAN XXIII Y DE JUAN PABLO II SON INFALIBES? (Una entrevista a Roberto de Mattei)
Profesor de Mattei, las inminentes canonizaciones de Juan XXIII y de Juan Pablo segundo suscitan, por varios motivos, dudas y perplejidades. ¿Cómo católico y como historiador, cuál es su juicio?
Puedo expresar una opinión personal, sin pretensiones de resolver un problema que se presenta complejo. En líneas generales, estoy perplejo por la facilidad con la cual en los últimos años se llevan a cabo y se concluyen los procesos de canonización. El concilio Vaticano I definió el primado de jurisdicción el Papa y la infalibilidad de su Magisterio, con determinadas condiciones, perono ciertamente la impecabilidad personal de los Soberanos Pontífices. En la historia de la Iglesia hubo buenos y malos papas y es reducido el número de quienes fueron elevados a los altares. Yhoy parece que al principio de infalibilidad del Papa se lo quiere sustituir por el principio de su impecabilidad. A todos los Papas, o mejor dicho a los últimos, a partir del concilio Vaticano dos, se los presenta como a santos. Por cierto no es casualidad que las canonizaciones de Juan XXIII y de Juan Pablo II hayan postergado o dejado atrás la canonización de Pío IX y la beatificación de Pío XII, mientras avanza el proceso de Pablo VI. Casi parece que una aureola de santidad debiese envolver la era del concilio y del postconcilio, para “infalibilizar” una época histórica que ha afirmado el primado de la praxis pastoral sobre la doctrina.
¿Usted opina entonces que los últimos Papas no han sido santos?
Permítame expresarme sobre un Papa al que como historiador lo conozco bien: Juan XXIII. Habiendo estudiado el Vaticano II, profundicé en su biografía y he consultado las actas del proceso de su beatificación . Cuando la Iglesia canoniza un fiel no quiere solamente asegurar que el difunto está la gloria del cielo, sino que lo propone como modelo de virtudes heroicas. Según los casos, se tratará de un perfecto religioso, párroco, padre de familia, etc.En el caso de un Papa, para ser considerado santo debe haber ejercitado las virtudes heroicas en el cumplimiento de su misión como pontífice, como fue, por ejemplo, para San Pío V o San Pío X. Y bien, en lo que se refiere a Juan XXIII, alimento la meditada convicción de que su pontificado ha representado un daño objetivo a la Iglesia y que es imposible encontrar en santidad en él. Por lo tanto. Antes que yo lo afirmaba el dominico Innocenzo Colosio, uno de los mayores historiadores de la espiritualidad en los tiempos modernos, en un célebre artículo aparecido en la Rivista de Ascetica e mistica.
Si, como usted piensa, Juan XXIII no fue un Santo Pontífice y si como parece la canonizaciones son un acto infalible, nos encontramos frente a una contradicción. ¿No hay riesgo de caer en el sedevacantismo?
Los sedevacantistas atribuyen un carácter hipertrófico a la infalibilidad Pontificia. Su razonamiento es elemental: si el Papa es infalible y hace algo malo, la sede está vacante. La realidad es mucho más compleja y es errada la premisa según la cual cada acto del Papa es infalible. En realidad, si las próximas canonizaciones plantean problemas, el sedevacantismo plantea problemas de conciencia mucho mayores.
Sin embargo, la mayoría de los teólogos, y sobre todo los más seguros, los de la “escuela romana”, afirman que las canonizaciones son infalibles.
La infalibilidad de las canonizaciones no es un dogma de fe y esta es la opinión de la mayoría de los teólogos, sobre todo después de Benedicto XIV, que la expresó además como doctor privado y no como soberano pontífice . En lo que atañe a la “escuela romana”, el máximo exponente viviente es monseñor Brunero Gherardini, quien ha expresado en la revistaDivinitas todas sus dudas sobre la infalibilidad de la canonizaciones. Conozco en Roma distintos teólogos y canonistas discípulos de otro ilustre representante de la misma escuela, monseñor Antonio Piolanti, que tienen las mismas dudas de monseñor Gherardini. Ellos opinan que las canonizaciones no entran en las condiciones requeridas por el concilio Vaticano I para garantizar la infalibilidad de un acto pontificio.La sentencia de la canonización no es en sí misma infalible, porque faltan las condiciones de la infalibilidad, empezando por el hecho de que la canonización no tiene por objeto directo explícito una verdad de fe o de moral contenido en la Revelación, sino solamente un hecho indirectamente ligado con el dogma, sin ser propiamente un “hecho dogmático” .El campo de la fe y de la moral es vasto porque abarca toda la doctrina cristiana especulativa y práctica, el creer y el obrar humano, pero una precisión es necesaria . Una definición dogmática no puede jamás implicar la definición de una nueva doctrina en materia de fe o de moral. El Papa sólo puede explicitar en lo que es implícito en materia de fe y de moral y es transmitido por la tradición de la Iglesia. Lo que los Papas definen debe estar contenido en la Escritura y a la Tradición y esto es lo que asegura la infalibilidad del acto. Esto no es ciertamente el caso de las canonizaciones. Por cierto, ni los códigos de derecho canónico de 1917 y de 1983, ni en los catecismos, antiguos y nuevos, exponen la doctrina de la Iglesia sobre canonizaciones. Sobre el tema, además del citado estudio de monseñor Gherardini, hay un óptimo artículo de José Antonio Ureta en el número de marzo 2014 en la revista Catolicismo.
¿Usted opina que las canonizaciones han perdido su carácter infalible, como consecuencia del cambio querido por Juan Pablo en 1983 en el proceso de canonizaciones?
Esta tesis es sostenidaen elCourrier de Rome por una excelente teólogo,el padre Jean-Michel Gleize. Por otra parte, el padreLow, en la voz Canonizaciones de la Enciclopedia Cattolica, fundamenta la tesis de la infalibilidad , es la existencia de un poderoso complejo de investigaciones y verificaciones, seguido por dos milagros, que preceden a la canonización. No hay dudas de que después de la reforma del procedimiento querida por Juan Pablo II, este proceso de verificación de la verdad es mucho más frágil y que ha sido un cambio en el mismo concepto de santidad. no obstante el argumento no me parece decisivo porque el procedimiento de las canonizaciones fue modificado a través de la historia. Cuando un siervo de Dios es declarado santo por la fuerza de una veneración secular La proclamación de la santidad de Ulrico de Augsburgo, hecha por Juan XV en el 993, que es considerada como la primera canonización pontificia en la historia, fue proclamada sin ninguna investigación por parte de la Santa Sede. El proceso de investigación profundizada se remonta sobretodo a Benedicto XIV: a él se debe,por ejemplo, la distinción entre canonización formal según todas las reglas canónicas y canonización equivalente, .cuando un siervo de Dios es declarado santo por la fuerza de una veneración secular. La Iglesia no exige un acto formal y solemne de beatificación para calificar un santo.
Santa Hildegarda de Bingen recibió y el Papa Gregorio IX, desde 1233, inició una investigación para la canonización. No obstante, nunca hubo canonización formal, ni siquiera Santa Catalina de Suecia, hija de Santa Brígida fue canonizada. Su proceso se desarrolló entre 1446 y1489, pero nunca se terminó y fue venerada como Santa sin siquiera estar canonizada.
¿Qué piensa usted de la tesis de Santo Tomás, también expuesta en el artículo canonizaciones del “Dictionnaire de Théologie catholique”, según la cual si el Papa no fuese infalible en una declaración solemne se engañaría asimismo y a la Iglesia?
Es preciso disipar primeramente un equívoco semántico: un acto no infalible no es un acto equivocado que necesariamente engaña, sino un acto sometido a la posibilidad del error. De hecho este error podría ser rarísimo o nunca sucedido.Santo Tomás, siempre equilibrado su juicios, no es un “infalibilista” a ultranza. Como está justamente preocupado por salvaguardar la infalibilidad de la Iglesia,lo hace con un argumento razón teológica, a contrario. Su argumento puede ser recibido en sentido lato, pero admitiendo la posibilidad de excepciones. Estoy de acuerdo con él sobre el hecho de que la Iglesia, en su conjunto, no puede errar cuando canoniza. Pero esto no significa que cada acto de Iglesia sea en sí mismo infalible, como tampoco lo es en sí mismo infalible el acto de canonización. El asentimiento que se brinda a los actos de canonización es de fe eclesiástica, no divina. Esto significa que el fiel cree porque acepta el principio según el cual la Iglesia normalmente no se equivoca. La excepción no cancela la regla. Un acreditado teólogo alemán, Bernhard Bartmann, en su manual de Teología dogmática, (1962), compara el culto rendido a un falso santo con el homenaje rendido al falso embajador de un rey El error no quita el principio según el cual el rey tiene verdaderos embajadores y la Iglesia canonizar verdaderos santos.
¿En qué sentido entonces se puede hablar de infalibilidad de la Iglesia en las canonizaciones?
Estoy convencido de que sería un grave error reducir la infalibilidad de la Iglesia al magisterio extraordinario del Romano Pontífice. La Iglesia no es infalible solamente cuando enseña de manera extraordinaria, sino también en su Magisterio ordinario . Pero así como existen condiciones de infalibilidad para el magisterio extraordinario existen condiciones de infalibilidad para el magisterio ordinario. Y la primera de ellas es su universalidad, que se verifica cuando una verdad de fe o de moral, es enseñada de manera constante a través del tiempo. El magisterio puede enseñar infaliblemente una doctrina con un acto definitorio del Papa o con un acto no definitorio del Magisterio ordinario, a condición de que esta doctrina haya sido constantemente conservada y mantenida por la Tradición, y haya sido trasmitida por el Magisterio ordinario y universal. La instituciónAd Tuendam Fidem de la Congregación para la doctrina de la fe, del 18 mayo de 1998(n.2) lo confirma. Por analogía, se podía sostener que la Iglesia no puede equivocarse cuando confirma constantemente del tiempo verdades conexas a la fe, hechos dogmáticos, usos litúrgicos. También las canonizaciones pueden entrar en este grupo de verdades conexas. Se puede estar seguro de que santa Hildegarda de Bingen está en la gloria de los altares y puede ser propuesta como modelo, no porque haya sido solemnemente canonizada por un Papa, porque en su caso nunca existió una canonización , sino porque la Iglesia reconoció su culto, sin interrupción, desde su muerte. Con mayor razón, para los santos que tuvieron canonización formal, como San Francisco o Santo Domingo, la certeza infalible de su gloria nace del culto universal, en sentido diacrónico, que la Iglesia les ha tributado y no de la sentencia de canonización en sí misma. La Iglesia no engaña en su magisterio universal, pero se puede admitir un error de las autoridades eclesiásticas circunscrito en el tiempo y el espacio.
¿Quiere usted resumir su posición?
La canonización de Juan XXIII es un acto solemne del Soberano Pontífice, que proviene de la suprema autoridad de la Iglesia y que debe ser recibida con el debido respeto, pero no es una sentencia en sí misma infalible. Para usar un lenguaje teológico, no es una doctrina de tenenda fidei,sino de pietate fidei. No siendo la canonización un dogma de fe, no existe para los católicos una obligación positiva de prestar asentimiento. El ejercicio de la razón, respaldado por un rigoroso reconocimiento de los hechos, demuestra con toda evidencia que el pontificado de Juan XXIII no ha sido beneficioso para la Iglesia. Si se debiese admitir que el Papa Roncalli ha ejercido de modo heroico las virtudes, cumpliendo su rol de Pontífice, se minarían las bases de los presupuestos racionales de mi fe. En la duda me atengo al dogma de fe establecido por el Concilio Vaticano I, según el cual no puede existir contradicción entre la fe y la razón . La fe sobrepasa la razón y la eleva, pero no la contradice, porque Dios, verdad por esencia, no es contradictorio. En conciencia, mantengo todas mi reservas sobre este acto de canonización”
Texto original en
traducción italiana en
Los subrayados son de CATAPULTA
Fuente:

lunes, 21 de abril de 2014

Carta al rabino X



Un lector de nuestra bitácora nos envía una carta (ficticia) al rabino X. Con citas textuales del magisterio de la Iglesia, y de autores para nada sospechosos de "antisemitas" o "judaizantes", la carta recuerda lo esencial de la actitud católica hacia el pueblo hebreo, pues la verdad no está reñida con la caridad.  Nos preguntamos si el cardenal Koch firmaría una carta como esta...


"El converso es como quien se ha curado por un milagro. 
Él es el objeto, no el sujeto del milagro. Es falso decir 
que uno se ha convertido, como si se tratara de una 
iniciativa personal. De quien ha sanado milagrosamente 
no se dice que él se ha curado, sino que ha sido sanado. 
Lo mismo hay que decir de los conversos." (Eugenio Zolli).

Querido amigo:
Me dices que estás confundido por el mensaje y la actitud de muchos católicos hacia tu pueblo. Que no entiendes bien qué piensa la Iglesia sobre los judíos. 
Frente a tanta confusión, sembrada incluso por altos jerarcas de la Iglesia, quisiera decirte cuanto sigue:
1. “Espiritualmente, nosotros somos semitas" (Pío XI). Y "quien toma la raza... o cualquier otro valor fundamental de la comunidad humana... para separarlo de la escala de valores... y los diviniza por un culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden de las cosas creado y establecido por Dios" (Pío XI).
2. “…la virtud de la fe es un gran don de la gracia y bondad divina” (León XIII). “…que nadie sea forzado a abrazar la fe católica contra su voluntad, porque, como observa acertadamente San Agustín, «el hombre no puede creer más que de buena voluntad»” (León XIII). “Para los no católicos, la Iglesia aplica el principio reproducido en el Código de Derecho canónico: «Ad amplexandam fidem catholicam nemo invitus cogatur», y estima que sus convicciones constituyen un motivo, aunque no el principal, de tolerancia.” (Pío XII).
3. “«Cristo», en griego, y «Mesías», en hebreo, significan «ungido». Jesús es el Cristo porque ha sido consagrado por Dios, ungido por el Espíritu Santo para la misión redentora. Él es el Mesías esperado por Israel y enviado al mundo por el Padre... Del nombre de Cristo nos viene el nombre de cristianos” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica).
4. La Liturgia de la Iglesia ora por la conversión de los judíos para que el Señor ilumine su corazón a fin de que conozcan a Jesucristo, Salvador de todos los hombres.
Pero la Iglesia sabe por la Escritura que, colectivamente, “la conversión de los judíos en los últimos tiempos está profetizada por San Pablo de la manera más categórica” (Castellani); y que “es un misterio y es muy posible que no se realice así como soñamos nosotros. Será una de las grandes obras que sólo Dios puede hacer” (Straubinger).
5. “La Iglesia es misionera por su propia naturaleza ya que el mandato de Cristo no es algo contingente y externo, sino que alcanza al corazón mismo de la Iglesia”; “…la Iglesia no puede substraerse al mandato explícito de Cristo; no puede privar a los hombres de la «Buena Nueva» de que son amados y salvados por Dios.” (Juan Pablo II).
6. También a los judíos la Iglesia les dice: “¡no tengáis miedo de recibir a Cristo y de aceptar su potestad!... ¡Abrid, y aun de par en par, las puertas a Cristo! A su salvadora potestad abrid los confines de los Estados, los sistemas económicos al igual que los políticos, los amplios campos de cultura, de civilización, de desarrollo.” (Juan Pablo II).
Espero haber hablado con claridad. Si te ocultara puntos esenciales de la fe, traicionaría a Dios, a su Iglesia y sería un mal amigo.
Te deseo de corazón que algún día tengas la gracia de hacer tuyas las palabras de Israel Zolli, el gran rabino de Roma: “Jesucristo es el camino y el guía sublime. ¡Qué dulzura! ¡Qué suave es nuestro Señor! ¡Soy tan feliz en este mi amor hacia Jesús! Lo quiero y lo debo decir: Yo amo mucho a Jesús. Yo quisiera que todos lo amaran… En un mundo así, todos serían felices”.
Te bendice tu amigo,
+ Kurt Koch.

jueves, 17 de abril de 2014

Nunca podemos hacer del lavatorio un “gesto” políticamente correcto

Según informa Radio Vaticana, el rito del lavatorio de pies ha sido inter-religioso. Razón por la cual nos parece oportuno reproducir el artículo de un liturgista -publicado el año pasado- que explica por qué es inconveniente que el mismo se realice con acatólicos. En efecto, hay gestos y expresiones que se realizan y comprenden en su justo sentido dentro de la comunidad católica.
Nunca podemos hacer del lavatorio un “gesto” políticamente correcto.
Por Adolfo Ivorra *.
“Houston, tenemos un problema”. Con palabras similares se expresó un astronauta del Apolo 13 en medio de lo que se convertiría en un caos. Por poco no sobreviven. Es lo que con la liturgia papal el pasado Jueves Santo.
He vuelto de mis misas de Jueves Santo, una de ellas en la que he tenido que decir a una señora que el lavatorio de los pies es un rito para varones, que así lo ponen las rúbricas del misal, etc. Yo mismo escribí hace seis años el sentido teológico y litúrgico de que sean varones, pues este rito se inserta en la liturgia y participa de la teología del memorial.
Transcribo nuevamente las rúbricas:
6. Los varones designados, acompañados por los ministros, van a ocupar los asientos preparados para ellos en un lugar visible a los fieles. El sacerdote (dejada la casulla, si es necesario) se acerca a cada una de las personas designadas y, con la ayuda de los ministros, les lava los pies y se los seca. (Misal Romano: reimpresión actualizada de 2008, p. 263).
Lotio pedum
10. Completa homilia proceditur, ubi ratio pastoralis id suadeat, ad lotionem pedum.
11. Viri selecti deducuntur a ministris ad sedilia loco apto parata. Tunc sacerdos (deposita, si necesse sit, casula) accedit ad singulos, eisque fundit aquam super pedes et abstergit, adiuvantibus ministris. (Missale Romanum, a. 2002)
Desde que salió por el balcón de la plaza de San Pedro, son ya muchos los que preguntan o expresan su estupor ante un cambio de 180 grados en las formas. Creo que decir que cada obispo tiene su “estilo” no solventa las dudas. Personalmente me da igual que el Papa vista de barroco o de parroquia de los setenta. Me da igual el color de sus zapatos... Lo que me preocupa grandemente es que el primero en no obedecer las rúbricas sea el “patriarca” de nuestro rito, el romano.
Tenemos un serio problema, sobre todo en el catolicismo latino, con respecto a la correcta apreciación de los signos litúrgicos. De ser ventanas al misterio han pasado a ser “ceremonias” que se tienen que hacer porque toca y, más recientemente, a “cosas” que no sólo no nos acercan a Cristo sino que su materialidad nos puede llegar a escandalizar. El problema de la correcta hermenéutica del signo litúrgico es lo que se demuestra al desobedecer las rúbricas y resituar este gesto del Jesús histórico como un mero acto de humildad.
El problema es todavía mayor si comprendemos que el jueves el Papa no sólo lavó los pies a dos mujeres, sino que una de ellas no era católica, sino musulmana.
Tal y como expresó Benedicto XVI, siendo todavía teólogo, en su libro La fraternidad de los cristianos, la caridad cristiana no es un principio estoico que se pueda aplicar a cualquiera, sino que hay gestos y expresiones que se realizan y comprenden en su justo sentido dentro de la comunidad cristiana.
Adjunto textos de Benedicto XVI en su libro:
“...a pesar de la supresión de barreras y del universalismo, el concepto de fraternidad no se generaliza por completo. Todos los hombres pueden ser cristianos, pero sólo es hermano el que realmente lo es. La repercusión de esta situación se observa en la terminología ética del Apóstol. La actitud de άγάπη (amor) ha de ser para con todos los hombres, pero la φίλαδελφία (amor de fraternidad) sólo para con el hermano, para con el cristiano que es uno” (p. 54).
Hasta el siglo III “el bautismo es el momento preciso en el que el creyente es hecho hermano. El bautismo, en cuanto nuevo nacimiento, media la “hermandad” cristiana, que es el nombre que así mismo se da la comunidad [...] En las comunidades monásticas es donde pervive ahora el concepto de hermano y hermana, mientras desaparece en la Iglesia universal” (p. 57-59).
“El cristianismo no sólo implica supresión de límites, sino que él mismo crea una nueva frontera: entre los cristianos y los no cristianos. Por consiguiente, el cristiano es inmediatamente sólo hermano del cristiano, pero no del no cristiano. Su deber de amar tiene que ver, al margen de esto, con el necesitado que precisa de él; sin embargo sigue en pie la necesidad urgente de construir y conservar una fraternidad profunda dentro de la comunidad cristiana” (p. 85).
“Hermanos en sentido verdadero son pues únicamente los cristianos: frente a ellos, todos los demás son “los que están fuera”. Este concepto reducido es el único cristiano; la superación de este límite corresponde a la Ilustración” (p. 87).
Con estos textos quiero hacer ver que podemos volver a apartar el lavatorio de la liturgia, desvincularlo del memorial litúrgico y abrir la posibilidad a que se haga a hombres y mujeres. Sin embargo, nunca podemos hacer de él un “gesto” políticamente correcto: Jesucristo lo hizo a sus discípulos, judíos igual que él, fundamentos de la Iglesia naciente.
Es muy probable que en años sucesivos el Papa siga haciendo lo mismo que hoy. Además de los problemas teológicos que indico arriba, el gran problema que se nos viene encima es el referente al munus regendi, o dicho en un lenguaje secular, a no poder seguir las normas por quedar desautorizados por una instancia mayor. O dicho en palabras de un colega liturgista: el caos litúrgico, donde todo vale porque todo es “relativo”. El relativismo se nos mete en casa. Por favor, Santidad, le pido que siga fielmente las rúbricas de su propio rito, el romano, y dé ejemplo a los demás sacerdotes y obispos de fidelidad a las normas de la Iglesia. El Papa no es un monarca absoluto al modo de los gobernantes seculares, sino que reconoce, como ya decía Benedicto XVI, que la liturgia es una realidad que le viene dada y que no reconstruye según sus gustos. El primado del obispo de Roma no es tarea fácil. Roguemos al Señor para que el mismo Papa Francisco o alguno de sus colaboradores hagan ver a Su Santidad la importancia de estos sagrados ritos.
*Adolfo Ivorra es doctor en Teología Litúrgica por la Universidad Eclesiástica San Dámaso.
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