martes, 28 de abril de 2015

Nos vamos de Infovaticana


Nos enteramos de la “expulsión” de Wanderer. Por decisión unánime de los tres redactores, y en solidaridad con el amigo Caminante, a partir de hoy dejaremos de reproducir nuestras entradas en Infovaticana.
Nobleza obliga, debemos decir que no hemos padecido censuras ni presiones en ese sitio. El director de Infovaticana siempre ha sido respetuoso y cordial. Pero la única manera que vemos de expresar nuestro desacuerdo con la “expulsión” del amigo es retirarnos del portal.

lunes, 27 de abril de 2015

Biografía de Leonardo Castellani


Versión digital de la detallada biografía escrita por Sebastián Randle “Castellani (1899 – 1949)”
Finalmente, he aquí la versión digital de la primera mitad de la biografía del P. Castellani (más conocido como “el ladrillo verde) que escribiera Sebastián Randle.
La versión digital que aquí ofrecemos para que lo descargue quien quiera, en el formato de su elección, contiene las 293.651 palabras de su versión impresa, más las 60.294 palabras de sus 1658 copiosas citas.
¡Gratis! Para divulgar entre los amigos, para descargar  mientras aguardamos la aparición de la segunda parte (1949 – 1981) que el autor promete para fines de año.

P.S.: para leer el libro desde un ordenador se debe instalara un lector de archivos .mobi, aquí.

sábado, 25 de abril de 2015

Celo amargo y sana psicología

«Tenemos demasiado fácilmente un celo amargo, como lo decía de manera magnífica Dom Marmion ayudado por san Benito: El celo amargo es un celo sincero y generoso, pero que quiere siempre imponer sus ideas a los otros, que no tolera la contradicción y que quiere hacer plegar los otros a sus propias concepciones absolutamente, de manera absoluta, en todos los dominios. ¡Hay un dominio de la fe, evidentemente, pero finalmente hay, sin embargo, una manera de hablar, hay una manera de concebir las cosas!
¿Y luego qué es el verdadero celo? Si verdaderamente usted está convencido que tiene la verdad, el verdadero celo consiste en tomar los medios para procurar que su interlocutor venga a la fe, a la que usted está convencido que es verdadera fe. Debe pues tomar todos los medios. Pero el medio mejor no es enviarlo a pasear, darle con el pie por detrás. ¡Claro que no!
¡Pero algunos hacen esto! ¡Ellos no le dan con el pie por detrás pero sí les escupen a la cara o casi, los insultan! Y no debe ser así. No quiero criticar a tal uno o a tal otro, sino que a todos les pido tomar esto con cuidado, un poco por ustedes mismos. Siempre lo necesitamos, porque tenemos evidentemente esta tendencia: alguien dice lo contrario de lo que decimos y respondemos: "¡Es esto, es esto, es un progresista, es un integrista, es un modernista!" ¿Evidentemente tendemos a hacer esto, pero cree que es el medio de convertirlo? Pues no.
¿Usted va a hacer esto con sus fieles? Sus fieles son unos pecadores, habrá  pecadores públicos en sus parroquias, habrá gente que se conduce mal. Entonces, ¿usted va a tomar un palo luego para ir a golpearlos y a decirles: "¡Salgan de aquí!"? ¡Claro que no! Trate de convertirlos, de tomar los medios para convertirlos, pero no tomar medios violentos, no tener este celo, este orgullo, este desprecio de la persona, este desprecio de la gente. Luego esta falta de psicología, esta falta de sana psicología. No es con esto que se convierte a la gente. Escuchemos, tratemos de tener paciencia, veamos, intentemos de colocar una palabra.
Las personas confían; ven que se les habla con calma, pausadamente, y entonces confían. Hablemos así. Ustedes no son todos doctores de Israel; tampoco son los que tienen los grados más elevados; ¿quién será capaz de excomulgar a los que no piensan como él? ¡Tengan pues un poco de caridad! »
Mons. Marcel Lefebvre, Écône, conferencia del 28 de junio de 1975
Tomado de:
http://vasquesconceta.blogspot.com.ar/2014/01/palabras-del-fundador-que-muchos-olvidan.html

domingo, 19 de abril de 2015

La figura militar en la Iglesia



No pocas instituciones religiosas han asumido en la historia la figura de ejército. La más conocida es la compañía de Jesús que llama General a su superior. El fenómeno es más antiguo pero creo que se puede decir que a partir de la compañía e inspiradas en ella, varias instituciones religiosas, asumieron en el fondo la misma noción. A partir del Concilio Vaticano II con la nueva realidad de los movimientos eclesiales y la renovación que generaron, la figura cobró nuevo valor. Pero, como todo en la vida, vino carne con hueso. Revisemos un poco la lógica de esta figura.
Hablemos primero de la carne. Es indudable que las virtudes clásicas de la vida militar son necesarias y valiosísimas: disciplina, valor, entrega, servicio, capacidad de renuncia. No pocas de las grandes historias morales de la humanidad están vinculadas al heroísmo bélico. La guerra justa es una noción válida. La defensa de la patria es un deber que el mismo Santo Tomás de Aquino incluye en la virtud de la piedad. Y esta defensa puede llevar a la guerra. Que hoy la guerra sea un monstruo que destruye todo y que por lo tanto sea casi imposible juzgar sobre su legitimidad, es un problema delicado que lo dejo a los expertos.
Podría seguir con la carne pero me preocupa más el hueso. En primer lugar, todo ejército tiene sentido en la guerra. Para ella es creado y para ella se prepara. Todos sus rituales se refieren a lograr la victoria sobre un enemigo. De esto se sigue que uno necesariamente debe tener enemigos, de lo contrario, su existencia se hace inútil y ridícula. La idea de distinción del enemigo es fundamental. El enemigo esalguien que me amenaza, alguien juzgado inmediatamente por sus malas intenciones. Con el enemigo pues, no se debe dialogar ni tratar de comprenderlo. El enemigo debe ser eliminado.
En segundo lugar, el ejército tiene necesariamente que uniformizar a la tropa. Esto requiere que todos piensen y se muevan igual. La disciplina debe ser férrea y no permitir la creatividad en su sentido más amplio. No ocurre lo mismo con la jerarquía. Los generales, si bien han sido criados en parte como tropa y obedecen un reglamento, pueden aplicar su criterio propio en la dirección de la tropa. Esto hace que ellos sean como los expertos que sí tienen panorama mientras que la tropa permanece siempre ciega.
Este segundo aspecto determina la forma militar de obediencia. La clásica expresión “sin dudas ni murmuraciones” busca hacer que el cuerpo del ejército tenga a los soldados como células uniformes que cumplen una función para la supervivencia de todos.
Estos dos últimos aspectos implican que los generales se conviertan en una cúpula que necesite delsecreto militar. Se filtra la información para evitar que llegue a la tropa de manera libre y espontánea. Este secreto es parte de la estrategia para ganar la guerra y no pocas veces implica el espionaje y la pena capital a los traidores. A su vez requiere también la propaganda que es el fruto final del filtro informativo. La propaganda intenta dar una buena imagen del ejército desechando como habladurías cualquier información contraria o crítica. Favorece que la crítica sólo pueda venir de fuera. Usualmente el ejército no es autocrítico porque la cúpula considera que nadie sabe lo que ella sabe. Y cuando una verdad es evidente, simplemente la niega y la interpreta como traición.
La figura militar en la Iglesia tiene indudables bases bíblicas, desde el Antiguo Testamento en el que se narran varias guerras que Dios libra con y por su pueblo, hasta la idea del combate espiritual expresado especialmente en San Pablo en un famoso texto. Existió por lo tanto desde los albores del cristianismo pero cobró mucha mayor fuerza en las cruzadas, cuando dejó de ser figura para convertirse en realidad justamente por el contexto de la guerra contra los musulmanes. Era la idea de la guerra santa, que requería un ejército de santos. No pretendo juzgar a la ligera esas coyunturas históricas tan delicadas y complejas. A mí en esa historia me encanta la actitud de San Francisco de Asís, un gran cruzado. Y lo digo aunque no pocos amigos historiadores puedan levantar una ceja ante mi ingenuidad. En fin, esa es otra discusión, por ahora sólo intento reflexionar desde la fe sobre una figura extendida que puede ser mal entendida como lo van demostrando algunos dolorosos hechos actuales de la historia de la Iglesia.
No tengo nada en contra de la figura militar siempre y cuando sea la de San Pablo, que precisa muy bien de qué guerra se trata, con qué enemigos se combate y cuáles son las armas. El enemigo no puede ser otro ser humano. No en sí mismo. El enemigo es espiritual, es el demonio con el que efectivamente no se debe dialogar y cuyas intenciones son siempre perversas. Las armas son las de la luz: la fe, la esperanza, la caridad. El mismo Ignacio recoge esta figura paulina en las dos banderas, Scupoli en el combate espiritual, Scaramelli otro tanto y así, muchos otros escritores espirituales que escapan a mi conocimiento y recuerdo de ignorante. La astucia de serpiente unida a la mansedumbre de la paloma tiene sentido en la caridad. Nunca debería producir crueldad, indiferencia u odio a los demás. El cristiano tendrá siempre enemigos, hasta entre sus más cercanos, pero él jamás será un enemigo, si no que tratará de ser un amigo. Jesús venció al demonio intentando hasta el último instante que Judas se haga su amigo.
No tengo nada contra la figura militar siempre y cuando no se lea todo desde ella. Y sobre todo si se entiende que como figura es sólo una cara de un poliedro de otras figuras que la mitigan y la completan en la comprensión de la experiencia eclesial que es cada fundación y que a su vez tiene su fundamento en el Amor. Y si se tiene muy en cuenta que al hablar de la Iglesia, el Concilio Vaticano II no usó jamás la figura del ejército. Y no por corrección política sino porque Cristo mismo no lo hizo. Él no hizo de sus discípulos una tropa si no una Iglesia. Un rebaño. Dijo: construcción, casa, familia, esposa, cuerpo y pueblo pero nunca milicia, legión, ejército, tropa, bastión, fortaleza ni alguna otra referencia militar. No negó que hubiera una guerra, pero distinguió muy claro dónde se libraba: “Mi Reino no es de este mundo”, “mete la espada en su vaina, quien a espada mata, a espada muere” (esto me hace pensar, entre otras cosas, en tantas "campañas" y acciones "estratégicas" en contra de algo que, usando no pocas veces la manipulación, pretenden tener éxito sin darse cuenta de que justamente la agenda la dictan los "enemigos").
No tengo nada contra la figura militar siempre y cuando en ella se reconozca siempre que la guerra es básicamente vencer al mal con el bien y que en esta victoria todo fruto es de la gracia. Es decir que se sepa siempre explícitamente que es Él quien vence con, en y por nosotros, porque primero Él quiso hacerse de los nuestros por Su santa Voluntad. No tengo nada mientras se entienda que la vida es lucha por amar más, y eso no puede ser lucha contra otros seres humanos. 
Si no se mitiga con una auténtica prudencia eclesial, la figura de ejército puede ser muy peligrosa para una institución católica (congregación, orden, movimiento, parroquia, cofradía, asociación pía, club, hermandad, blog, collera, mancha, etc.). Terminará enredada en la búsqueda de enemigos, en el eficientismo, en la competencia con otros, y al final, atrapada como una mosca en una telaraña de comportamientos mundanos que nada tienen que ver con el Evangelio. Terminará en fin, exactamente igual a los que quiso combatir: sedienta de poder y olvidada de las personas concretas. Algo de eso es lo que he podido ver en estos días romanos. Y cómo duele.
Fuente:


http://roncuaz.blogspot.com.ar/2010/07/la-figura-militar-en-la-iglesia.html

miércoles, 15 de abril de 2015

La verdad, de donde viene


Santo Tomás amó de manera desinteresada la verdad y la buscó allí donde pudiera manifestarse, poniendo de relieve al máximo su universalidad. Es por ello que el p. Rousselot apunta:
«La convicción de que la inteligencia es en nosotros la facultad de lo divino funda la afirmación de su exclusiva y total competencia. Ella nos obliga también a ver en su ejercicio la más alta y más amable de las acciones humanas. Toda verdad es excelente, toda verdad es divina, Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu sancto est. La verdad debe ser buscada obstinadamente, acogida con avidez, retenida y poseída con toda serenidad. Debemos considerar como adquirida y definitivamente justificada toda proposición deducida de un raciocinio cierto: es el radicalismo lógico. Debemos reposar con confianza en el sí que le dice al ser, en el mundo real, la razón especulativa: es el objetivismo intelectual. Pero la inteligencia “que es su acto” es la medida y el ideal de toda intelección. Toda crítica del conocimiento encuentra, pues, su explicación última, en la teoría de la intelección divina. Esta es la mayor medida de su simplicidad».
Ya hemos dedicado una entrada para hablar del origen divino de toda verdad, pues las verdades creadas son participaciones de la Verdad increada, que es su causa primera en el orden de la eficiencia y de la ejemplaridad. Un personaje que intenta comentar en nuestra bitácora –no se publican sus comentarios, porque actúa como troll obsesivo- ha objetado la traducción habitual del a quocumque dicatur. El argumento es tan endeble, que no merecería más que silencio de nuestra parte. No obstante, dado que es cierto que el adverbio quocumque se traduce literalmente por “a donde quiera que”, “a cualquier parte que”, hay que decir que la verdad no es un cosa física que se encuentre en un “lugar”, sino algo propio de los juicios, que son actos espirituales de las personas. Por tanto, de acuerdo con el sentido de la frase del Aquinate, el “lugar” de la verdad es la persona, y más precisamente la inteligencia de la persona que formula una proposición verdadera. Por ello es más fiel al sentido genuino del dictum tomasiano traducir “toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo” como hacen todas las traducciones que conocemos; o bien, emplear la fórmula más arcaica de Hilario Abad de Aparicio, quien en 1880 tradujo: “todo lo verdadero, sea quienquiera el que lo diga...”. Suponemos que el troll de marras no va acusar al traductor del siglo XIX de modernismo, o de juanpablismo, pero con personalidades desequilibradas nunca se sabe. 
Ofrecemos a nuestros lectores un artículo completo del De Veritate de Santo Tomás, en el cual se encuentra la célebre sentencia Omne verum. Para leer y meditar con atención.

martes, 14 de abril de 2015

Guatemala: el presidente reconoce la Realeza Social de Cristo


El Presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, declaró a Jesucristo como el Señor de la nación este jueves durante el primer Desayuno Nacional de Oración.
Hoy nombramos a Jesucristo como Señor de Guatemala y declaramos en su nombre que cada una de nuestras generaciones vivirá en una Guatemala Próspera”, declaró el Mandatario.


sábado, 11 de abril de 2015

“Salesianizar” el movimiento católico tradicional

“Salesianizar” el Movimiento Católico Tradicional: la Miel de la Humildad y la Bondad
Para atraer a las almas a la Tradición Católica, es necesario que aquellos soldados dentro del “movimiento tradicional” incrementen sus esfuerzos para imitar el estilo apostólico de San Francisco de Sales basado en la humildad hacia Dios y en la bondad hacia el prójimo.
Desafortunadamente, existen no pocos tradicionalistas que exhiben un comportamiento que es duro, ácido y severo, que ahuyenta a las almas de la Tradición. Por ejemplo, me contaron que algunas monjas apegadas a la Misa Tridentina fueron muy críticas de las conversaciones de su ex-priora, porque ella mostraba una actitud misericordiosa cuando hablaba con los pecadores. La verdadera misericordia no es la de los Modernistas, aquellos que justifican los actos pecaminosos, sino más bien la de aquellos verdaderos seguidores de Jesucristo, como San Francisco de Sales y San Leopoldo Mandic, quienes con dulce bondad lograron convencer almas a poner fin a sus apegos al pecado y reconciliarse con Dios. Si hubieran utilizado formas severas de tratar con estas almas de una manera poco caritativa, habrían tenido grandes dificultades para convertirlos.
El espíritu de bondad viene de Dios mismo. El alma que ama a Dios, ama también a todos los que son amados por Dios. Y entonces él con mucho gusto busca a todos aquellos que necesitan socorro, consuelo, y elevación espiritual, en la medida de lo posible. San Francisco de Sales dice: “La humildad apacible es la virtud de las virtudes que Dios encomendó a nosotros tanto; porque tenemos que practicarla siempre y en todas partes”.
Esta bondad necesita ser puesta en práctica, especialmente con los pobres, aquellos que ordinariamente, porque son pobres, son tratados duramente por los hombres. Necesita ser puesta en práctica también con los que están enfermos, aquellos que padecen de enfermedades, y están en su mayor parte no muy ayudados por otros. De manera especial esta bondad debe ser puesta en práctica en los encuentros con nuestros enemigos. “Vencer el mal con el bien” (Romanos 12:21). El odio debe ser conquistado por el amor, y la persecución con la bondad. Esto es lo que los santos han hecho siempre. No hay nada que edifique un vecino más que tratarlo con amabilidad verdaderamente caritativa. Los santos tenían continuamente una sonrisa en sus labios, y su rostro respiraba bondad en sus palabras y acciones.
El Superior debería utilizar tanta amabilidad como sea posible con aquellos que se le han encomendado. San Vicente de Paúl solía decir que no hay mejor manera de ser obedecido que mediante el uso de la bondad. Incluso en señalar los defectos, el Superior debería utilizar palabras amables. Una manera de reprender a alguien es hacerlo muy fuertemente; la otra forma es reprender con dureza. Hay momentos en que uno tiene que reprender a alguien enérgicamente, cuando el pecado es grave y especialmente cuando el pecado es habitual. Pero uno debe evitar reprender con dureza e ira, porque quien reprende con ira hace más daño que bien. Si en alguna rara ocasión, pudiera ser necesario el uso de un lenguaje duro para hacer a la persona entender la gravedad de su pecado, al final es necesario dejarlo con “buen sabor de boca “, con unas palabras de bondad. Y cuando sucede que la persona que tiene que ser corregida se enoja, uno tiene que parar la conversación por un momento y esperar a que la ira de la persona disminuya. De lo contrario, se tornará más y más irritada y ofendida.
Oh, ¡cuánto más podemos lograr con bondad que con amargura! La afabilidad, el amor y la humildad: estos son los que capturan los corazones de los hombres.
[Fuente: Cordialiter, en Italiano. Traducción de Rorate - Traducción española por Eduardo Alfaro, Artículo original, Posteado por Richard Cipolla].
Visto en:


lunes, 6 de abril de 2015

Guénon en la Argentina

a) Tradición y presencia de René Guénon.
Las constantes de toda la vida de Martínez Espinosa -tradición y restauración de la vida espiritual- siempre estuvieron referidas a lo que la Teología católica denomina Tradición como una de las dos fuentes de la Revelación; pero, simultáneamente, implicaba también una ampliación del concepto de tradición por referencia a aquellos valores y principios eternos, ya de Occidente, ya de otras culturas, que son patrimonio del hombre en cuanto tal. Para comprenderle adecuadamente, es menester ahondar en el primer aspecto, y considerar la apasionada lectura de las obras de Guénon, que sirvieron para alimentar el segundo aspecto. En cuanto a lo primero, para Martínez Espinosa, toda verdadera cultura es presidida por principios sagrados como "la gran tradición hermenéutica cristiana" (20), simbólicamente expresada por los Padres orientales (Clemente Alejandrino, Orígenes). En cuanto a lo segundo, la existencia de una tradición más amplia, condujo a Martínez Espinosa a un creciente interés por el pensamiento oriental. La lectura de las obras de Guénon Introduction genérale a l'étude des doctrines hindoues (1921) y Orient et Occident (1924) debe haber abierto su interés por la especulación metafísica de la India; pero también deseaba conocer la cultura de la China y del Islam. Tengo a la vista una carta del año 1940, en la que pide —a la misión de Sienshien— las obras de Henri Bernard sobre la Sagesse Chinoise et la Philosophie Chrétienne y tres más del mismo autor sobre las misiones del siglo XVI, sobre los musulmanes y sobre la acción del P. Ricci en China; en otra carta, de 1947, entre otros libros solicitados a Madrid, figuran las obras de Asín Palacios; y el año de su muerte, 1953, en carta a Michael Burt (el novelista de El caso de las trompetas celestiales) le habla del libro del P. Huc (Souvenirs de voyage dans la Tartarie, le Thibet et la Chine) y se lamenta de que el aporte católico al conocimiento del Oriente sea tan magro.
Para Martínez Espinosa, la tradición es "un orden de nociones inmutables, que, ni envejecen con el tiempo, ni son distintas entre varias razas humanas ni dependen, en su validez, del consentimiento de las opiniones" (21). Es este el segundo sentido, más amplio, de tradición, aunque la tradición divino-humana de la Iglesia Católica es superior a ella y le confiere sentido, determinando así una diferencia importante con el pensamiento guénoniano. Empero, mientras "la mentalidad dominante exige aceptar como único válido el concepto de civilización elaborado por la filosofía racionalista", Martínez Espinosa recuerda que "Guénon dice que nada hay tan extraordinario como la pretensión de hacer de esa civilización anormal el tipo mismo de toda civilización, de tenerla como 'la civilización' por excelencia y hasta como la única acreedora de ese nombre. Como complemento de esa ilusión, añade, está la creencia en el 'progreso', tomado también en forma absoluta" (22). Por eso, de acuerdo, en esto, con Guénon, es menester recuperar, frente a esta pseudo-civilización contraria a la verdadera tradición primordial, el "sentido perenne de la cultura" (23) y la "simplicidad" (24).
Martínez Espinosa fue el primer estudioso y expositor de Guénon en la Argentina y, quizá, en lengua española. Aunque su ensayo René Guénon, señal de los tiempos, es de 1952, su familiaridad con el pensamiento Guénoniano data, por lo menos, de 1927, y probablemente desde antes. Iba leyendo sus obras a medida que eran publicadas Para Martínez Espinosa, Guénon ha sido, usando la expresión de uno de sus libros, "un signo de los tiempos" (25). Sin detenerme -pues no corresponde- en una exposición de la exposición de Martínez Espinosa sobre Guénon, allende las diferencias fundamentales, el pensamiento de Guénon significa para él "un esfuerzo lúcido y tenaz por restaurar la Tradición. Sin embargo, habida cuenta de la idea católica de Tradición, no se sabe a qué alude Guénon cuando dice “la pensée religieuse de l´Occident oppose parfois tradition et ecriture” y Martínez Espinosa se extraña de que en parte alguna se dé una explicación concisa y definida del término "tradición" (26). Más aún, en una nota al pie, no deja de señalar que "la concepción (de Guénon) acerca de la religión católica y de nuestra moral y mística revela notables deficiencias de información, pero de tal índole que ellas podrían explicar que haya ido a pedir a otros tipos de sabiduría lo que la revelación cristiana ya le ofrecía unido a algo que todas las demás ignoran, el mysterium absconditum Dei Patris et Christi" (27).
En respuesta a una carta de Martínez Espinosa, enviada en 1929 Guénon reconoce, inmediatamente, que el punto de vista del pensador cordobés no es el suyo, aunque se alegra de que ese hecho "no le ha impedido despojarse del prejuicio antioriental” que domina a Jacques Maritain (28). Casi cuatro años más tarde, pese a disidencias que se perciben de inmediato, Guénon no deja de señalarle cordialmente que “podemos estar plenamente de acuerdo, sobre todo en lo que concierne al estado del mundo actual y a la necesidad de una vuelta a la tradición y a la espiritualidad", aunque él no se hace muchas ilusiones en ese sentido. Simultáneamente, reprocha a Martínez Espinosa que no haga una distinción suficientemente clara entre el punto de vista religiosos, por un lado, y el punto de vista metafísico e iniciático, por otro (29). Esto no era posible para Martínez Espinosa desde que, para él, la metafísica tomista es el mejor vehículo de la tradición cultural de Occidente; sin embargo, sostenía, "considero trascendental la época que ha hecho posible la aparición de una personalidad como la de Guénon y la publicación de una obra como la suya, suerte de mistagogia teórica de alcance universal. Prescindiendo de los interrogantes que plantea… para el católico, la posición especial desde la que Guénon trata del misterio del ser y del no ser parece relativa a las luchas espirituales de los últimos tiempos, cosa que, por lo demás, admite él mismo Así, pues, meditando a fondo el pensamiento de Guénon y ateniéndose "a lo que se aproxima al pensamiento católico", Martínez Espinosa juzga que "lo más importante... es la afirmación del sentido 'sagrado' del universo y del hombre y el absurdo radical de todo agnosticismo y la miseria incurable de todo racionalismo"(30). Con cautela, Martínez Espinosa hace notar que "acerca de la verdad contenida en las ideas de Guénon distingo, primero… lo que es propio de este autor y lo que pertenece a las doctrinas orientales tomadas en su conjunto" (31). Aunque Martínez Espinosa valoraba en altísima medida la restauración de la tradición y de la vida espiritual, no seguía a Guénon por los senderos claroscuros del pensamiento iniciático.
En cambio, el amor a la auténtica tradición y a la vida interior le permitía comprender que el espíritu de universalidad y catolicidad (que son lo mismo) del descubrimiento y conquista de América, volvía a ésta blanco seguro de los enemigos de la tradición cristiana. Hispanoamérica debía evitar ser invadida por la ilusión de la "civilización" y el "progreso" iluministas que tanto combatió Guénon. Martínez Espinosa, lector de grandes historiadores, como el mexicano Carlos Pereira y el argentino Vicente Sierra, combatió el suicida espíritu auto-denigratorio de Hispanoamérica, típico del pensamiento "progresista" liberal del siglo XIX, y clamó por una restauración del espíritu benedictino (32) que, en él, es lo mismo que decir espíritu contemplativo. 
b) Los seres como signos y el simbolismo universal
Este esfuerzo por retomar las fuentes de la tradición y la contemplación, apunta también, tras el velo de las apariencias cósmicas, hacia la secreta interioridad de las cosas creadas. De la mano de su querido León Bloy, Martínez Espinosa siguió ese difícil camino del simbolismo cristiano. Como decía León Bloy, "la Palabra divina es infinita, irrevocable en toda forma, iterativa sobre todo, prodigiosamente, porque Dios no puede hablar más que de Sí mismo"; de ahí que Martínez Espinosa se sienta autorizado a concluir que esto supone una "peculiarísima comprensión de la naturaleza de las cosas como signos trascendentales de la manifestación divina" (33). Aunque nuestro escritor estudia las obras de Fumet y Maritain sobre Bloy y reconoce alguna semejanza del pensamiento de Bloy con la mística judía, lo encuentra próximo a Tertuliano y a San Agustín, y le entusiasma la idea de que, a partir de este simbolismo, se pueda pasar a una concepción del mundo y de la historia; precisamente porque Bloy "deducía el simbolismo universal del simbolismo de la Escritura", todo el universo es "como un inmenso texto litúrgico" en el cual los entes aparecen como "signos del Ser por excelencia". Bloy conduce a Martínez Espinosa a las fuentes de Dionisio el Areopagita y a las más remotas de la tradición (34) 
Comparte con ella "el valor figurativo de las cosas sensibles" que ocultan, como por un velo, "las cosas invisibles de Dios"; por eso, donde Dionisio ve "el disfraz del símbolo", Bloy contempla la "revelación por el símbolo" (35).
Es tan intenso el entusiasmo que Bloy suscita en Martínez Espinosa, que piensa que sus obras principales "deberán ser agregadas algún día a la Patrología de Migne", pues él reabre el camino de la exégesis simbólica y permite, al afirmar la sacralidad del universo, retomar la médula de la tradición que muestra que toda cultura presidida por principios sagrados adopta la expresión simbólica; por eso el símbolo (y símbolo es cada ser uno por uno) "halla su fundamento en la correspondencia de carácter analógico que existe entre los seres creados y el mundo de los ejemplares y atributos divinos". Martínez Espinosa reconoce que los orientales han empleado antes el lenguaje simbólico, pero es en los escritos de Bloy donde ha reaparecido el simbolismo sagrado. Este espíritu es el más contrario al del fácil acomodo con el mundo y de ahí el desvío posterior en muchos amigos de Bloy (36). Lo importante es su significado metafísico y, sobre todo, el carácter profético de su pensamiento que Martínez Espinosa comparte convencido de que vivimos en el "crepúsculo de los tiempos". En este universo simbólico, en el cual cada ente es signo del Ser Absoluto, era natural que la liturgia ocupara el centro como teología vivida o viviente, y Martínez Espinosa había penetrado profundamente en su armonía interna. Puede sostenerse que este laico liturgista ejerció una influencia nada desdeñable, aunque silenciosa e invisible, entre sus amigos y allegados. Ponía en práctica, cotidianamente, todo cuanto había meditado sobre el simbolismo cristiano.
Tomado de:
Caturelli, A. EL TRADICIONALISMO MISTICO DE RODOLFO MARTINEZ ESPINOSA. En Rev. Mikael (1983), ps. 37-58.