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viernes, 14 de septiembre de 2012

Castellani: la desesperación pagana (I)


Mi tío el cura solía decir que cuando algo muere es porque se le ha acabado la razón de vivir. Goethe decía que morimos cuando se nos agota la voluntad de vivir. Esto no parece concordar mucho con esos viejitos que no quisieran morirse por nada y mueren igual; así como lo primero no casa con los jóvenes que mueren malogrados. Pero Goethe entendía por voluntad el conjunto de todas las fuerzas biológicas positivas (incluso la voluntad consciente o "albedrío"), que resisten en nosotros el asedio de la descomposición. Un burlón de oficio supo decir que en tal caso Goethe venía a decir en puridad que morimos cuando se nos acaba la vida, cosa que ya Perogrullo había descubierto y patentado. Así es. Pero cumple advertir aquí que, talmente como toda la ciencia matemática se resuelve en última instancia en la ecuación A=A, así toda ciencia filosófica llevada a su culmen consiste en contemplar el inmenso mundo de ecuaciones extrañas y evidentes contenidas en cada una de las 33 Verdades de Pero­ grullo, empezando por ésta: "El Ser es".
Cuando un hombre acaba su vida por mano propia, es porque no encuentra más motivo para el esfuerzo de vivir. No son situaciones de padecimiento intolerable las que dan los suicidios; o mejor dicho, lo que hace intolerable un padecimiento no es sino una convicción, o bien una falta de convicción racional. Ningún padecimiento hay intolerable cuando el padeciente cree firme que un día acabará el sufrir y que todo va a acabar en bien. La cualidad de infinito comunicada al dolor proviene de una disposición de ánimo llamada desesperación, que es un pecado gravísimo contra la segunda de las virtudes teologales; y esa desesperación es la raíz del suicidio [Hablamos del suicidio completamente "deliberado" (consciente y voluntario) que de hecho creemos no se da siempre, ni quizá muchas veces. El suicidio de Kiriloff en Dostoievsky.]
Hillaire Belloc ha dado en el blanco cuando, elevándose por encima de las vacuas y miopes consideraciones de Gibbon, ha apuntado como causa profunda del "Ocaso y Caída del Imperio Romano" esa nota psicológica de la desesperación, que empezando por dominar los espíritus más videntes o más sensitivos acaba por teñir a través de la literatura y las costumbres a toda una masa humana, haciéndola no sólo impotente al esfuerzo vital, mas aun poseída de una sorda sed de destrucción. Gibbon, el "erudito vocinglero" como lo calificó Napoleón, escribió su vasta y minuciosa historia a para explicar la veloz disolución después de Augusto de aquel inmenso y pujante organismo aparentemente eterno y la no menos estupefaciente propagación fulmínea del cristianismo sobre sus ruinas. En sus famosos capítulos XV y XVI del libro primero, con aquel sistema hipócrita y pérfido de acariciar para matar, que Renán había de llevar a la perfección, el erudito inglés recoge la vieja acusación de Celso y Juliano contra los cristianos como destructores del sistema político-cultural de la antigüedad y propone como explicación de la enérgica vigencia de la Iglesia las siguientes causas:
1) El celo exclusivista heredado de la Sinagoga por los cristianos.
2) La convicción de un inmediato fin del mundo.
3) La pretensión de los milagros.
4) La práctica de una conducta rigurosa.
5) La hábil constitución política de la primitiva Iglesia y la ambición política de sus primeros jefes.
Gibbon llama con hipocresía a estos factores "causas segundas"; pero su intención real es explicar con ellos totalmente el hecho histórico-teológico de la Iglesia y cerrar el camino a toda explicación de orden superior.
Este intento racionalista de explicación es endeble aun históricamente hasta clamar él mismo por explicación: y sus cinco presuntas "causas" demandan para tenerse en pie una primera causa psicológica, dejando aparte una primera causa teológica.
Esta causa psicológica es la DESESPERACION -hecho de la historia antigua enorme y poco visto, quizá de puro enorme-, la cual justifica a la vez los dos fenómenos paralelos o recíprocos del derrumbe del Imperio y el universal confusión a la nueva fe religiosa, o digamos a la única fe religiosa ". El hombre, misterioso animal de tres patas del enigma de la Esfinge, no puede caminar sin "afirmarse", es decir, sin apoyarse en algo. Desesperación es el sentimiento profundo de que todo esto no vale nada y el vivir no paga el gasto y es un definitivo engaño; y este sentimiento es fatalmente consecuente a la convicción de que no hay otra vida. De la religión romana se había retirado entera­ mente la fe cuando Virgilio la hubo transformado en una cantera de grandes símbolos nacionales (modernismo teológico) y Ovidio la estaba haciendo escenografía y vestuario de teatro erudito, material literario de Las Metamorfosis. Inmediatamente aparecen los poetas de la desesperanza, a saber: el mismo Ovidio (Tristium), Catulo y Lucrecio; y las masas romanas oyen resonar el siniestro grito de sus corazones en las lúgubres y netas Habas que establecen un dogma infernal en el medio de un delicado madrigal anacreóntico, el Poema de los besos de Catulo:
Vivamus, mea Lesbia, atque amenus...
Soles occidere et redire possunt;
Nobis cum semel occidit brevis lux,
Nox est perpetua una dormienda.

[Vivamos, Lesbia mía, ¡amémonos!...
Los soles seguirán muriendo y volviendo a nacer;
Pero, una vez que nuestra breve luz se apague,
Sólo nos quedará una noche eterna
Que habremos de dormir.]


Tomado de: 

Castellani, L. Las ideas de mi tío el cura. P. 16 y ss.

viernes, 20 de abril de 2012

Castellani - Apokalypsis de San Juan



La estupenda bitácora castellaniana ofrece un enlace para El Apokalypsis de San Juan del P. Leonardo Castellani. El libro está alojado en el sitio www.scribd.comSi no se tiene cuenta en el sitio y se desean descargar los documentos hay que seguir un simple instructivo. También puede descargarse el libro de aquí.

jueves, 15 de marzo de 2012

Gracias Jerónimo



Hoy se cumple el trigésimo primer aniversario de la muerte del padre Leonardo Castellani. Roguemos por su eterno descanso y demos gracias a Dios por todos los beneficios que por su intermedio hemos recibido. 

martes, 7 de febrero de 2012

El aristócrata y el mercader


“Yo no sé que va a pasar con el resto de la aristocracia que nos queda. Es decir, yo no sé que va a ocurrir con el predominio de las facultades superiores sobre las inferiores que es lo que configura al aristócrata, donde irá a refugiarse lo que queda de esta aristocracia; porque la aristocracia es como un don de Dios, que siempre habrá de surgir; lo que no sé es dónde irá a refugiarse.
Los grupos de aristócratas están hostigados por lo que llaman la rebelión de las masas, es decir, por esa especie de epidemia de plebeyismo, esta contaminación y propagación que lo va invadiendo todo sin que se la pueda parar y que tiene a su orden los instrumentos de decisión y destrucción más grandes que haya tenido la historia del mundo, proporcionados por la técnica moderna, entregada al servicio del plebeyismo, de lo bastardo, de lo común, de lo ordinario, y de lo feo. Es como la vulgar caída en manos de una civilización comercial y logrera. El comerciante o mercader no es noble, sino por casualidad, pero de suyo no es noble. Siempre se han distinguido, los nobles de los mercaderes. El fin del mercader es ganar dinero y este fin -el "lucro intangible"-, es poco noble, porque d lucro no tiene límites. Todas las cosas naturales tienen límites y son perfectas o tienden a la perfección cuando se conforman a su propia naturaleza; y el lucro por sí solo no se limita, y si no lo limitan desde afuera o desde arriba tiende a crecer enormemente, como un abrojal. Por eso siempre el mercader ha estado sometido a una clase superior que, porque los tenía, le imponía sus propios límites. El guerrero, por ejemplo, tenía una moral condicionada a su estado y se podía en consecuencia imponer estos límites. Pero ahora ocurre que el mercader es el que está blandiendo la espada del guerrero; está por encima de todo. El dinero lo dirime todo y el mercader por oficio está destinado al dinero. El mercader lo único que hace es cambiar las cosas, no crea nada. No se trata de que sea o no útil o inútil; humanamente es necesario. Los aristócratas de nacimiento, o los que se han hecho aristócratas por sus virtudes o por sus sabidurías en este mar de plebeyismo que se ha desencadenado en el mundo actual, suponen una vida de sacrificio, una vida heroica, una vida de triunfo sobre las propias pasiones; por eso en la Edad Media era tan considerado un sabio como un guerrero.” (Leonardo Castellani)

lunes, 7 de noviembre de 2011

Lutero, san Ignacio y las candelas...



Un lector de nuestra bitácora nos ha enviado unas páginas de un magnífico libro del P. Leonardo Castellani que reproducimos a continuación. 

"...el Protestantismo se llevó consigo una gran verdad cautiva. No era un puro error. ¿Cómo iba a permitir Dios que la mitad mejor de la Cristiandad cayera en un puro extravío, y eso por culpa de un monarca sifilítico y un monje burdo y bestial— como pintan a Henry Tudor y a Luther las "Historias de la Contrarreforma"? Poco honor hacen a Dios los que conciben esa enormidad. Si media Europa acabó por seguir y acoger la rebelión religiosa es porque toda Europa estaba sumida en la mayor crisis religiosa de la historia del mundo —en la penúltima: El fariseísmo estaba por ahogar la religión. La exterioridad devoraba la fe...
Otro índice de lo dicho son las famosas "Reglas para sentir con la Iglesia" que están en los "Ejercicios Espirituales" de San Ignacio de Loyola. Esas "reglas" están dirigidas contra el espíritu del tiempo, contra el Protestantismo, y todas ellas se dirigen a defender la exterioridad religiosa, loablemente por cierto, puesto que lo exterior es también necesario no siendo el hombre espíritu puro. Loablemente para aquel tiempo por lo menos.
San Ignacio fue el campeón de la Contrarreforma. Su alma de místico, después de su conversión en Manresa, se posesionó en París de la máxima entonces necesidad de la Iglesia y comenzó allí la fundación de su Compañía: Allí escribió esas "reglas" que apendizó a su librito: "Alabar candelas encendidas —alabar ceremonias y ritos, largas oraciones en las iglesias, vida conventual, los doctores escolásticos— la obediencia de fe a la Iglesia Jerárquica, de modo que si yo veo blanco decir negra cuando la Iglesia Jerárquica dice negro" —exclama el vasco con una fórmula enteramente vasca, no exenta de peligro. En suma, hacer y decir lo "oppósitum per diámetrum" (como dice él) de lo que hacían los "reformadores": fórmula muy buena en táctica pero también peligrosa en teología —por demasiado simple. Si Cristo hubiese hecho todo lo contrario de lo que el diablo le sugirió en sus tres tentaciones, el diablo hubiera quedado contento.
"Alabar imágenes, ceremonias y candelas encendidas en las Iglesias, largas oraciones vocales, vigilias y ayunos, filosofía escolástica, colectas, congresos, acción católica, enseñanza religiosa, etc." fue una buena orden del día para aquellos días, sobre todo en España, pues al español le gusta la "contra". Un español le dijo un día a otro: "¡Hola, Manolo, al fin te veo, qué cambiado estás, hombre, pareces otro, la verdá es que ya no pareces Manolo! —"Disculpe señor yo no soy Manolo... —¿Qué no eres Manolo? ¡Pues más a mi favor!" —dijo el otro.
Habría que ver si "alabar candelas" es una buena "orden del día" para nuestros días. Poner una candela encendida en un altar o seis imágenes de yeso (el Concilio Bonaerense de 1953 prohibió poner más de 7 imágenes en un solo altar) es un mínimum de religiosidad: es un acto exterior que sustituye e invita a algo interior que es la oración —y que desde luego, si no invita mas sólo sustituye, vale más que no se haga. Pero ese mínimum de religiosidad no es tanto de alabar (se alaban sólo las cosas máximas) cuanto de tolerar o permitir a lo más. Ninguna alabanza de las candelas hay en el Evangelio y es de creer que Jesucristo en su vida no encendió una sola; oraba a la luz de las estrellas y reprendió a los que oraban muy vistosamente: de hecho maridó nos escondiéramos para orar. De manera que "alabar candelas encendidas" puede ser una buena españolada; pero el que no las alaba, no peca.
Pero en fin, dejando este asunto de candelero, lo que notábamos era solamente que el campeón de la Contrarreforma puso el punto de la lucha religiosa de su tiempo en donde mismo lo puso el campeón de la Pseudorreforma, en el rechazo o acepto total de la exterioridad.
A mayor abundamiento se puede leer toda la vida del tempestuoso monje sajón y se verá que antes de su conversión o reversión estuvo sumergido en la exterioridad religiosa hasta que pendularmente se volvió con violencia hacia la interioridad, desde el rayo que mató a su compañero y lo hizo meterse fraile hasta las indulgencias que lo desfrailaron. En su tiempo anduvo de Provisor o Subprior de siete conventos de su Orden a la vez sobrecargado de negocios temporales con apariencias de sacros hasta no tener tiempo de rezar el breviario —del cual fue dispensado, puesto que al fin y al cabo "se condenaba por el bien de la Comunidad", como el risueño monje alambista de Alfonso Daudet. Él mismo lo notó en su peculiar estilo: "Si la frailería pudiese salvar al fraile, ninguno ha practicado más frailería que yo; y no me salvó nada." Cuando arrojó por la borda toda la "frailería" y dijo "la fe sola, la fe salva y no las obras (exteriores), la fe interna revestida de los méritos de Cristo como una hopalanda", no se dio cuenta que arrojaba la corteza y el esqueleto de lo religioso y hasta la carne, desencarnando la fe y arrojándola despellejada y molusca a las tormentas de la imaginación o a la armadura férrea del fariseísmo.
Y no se dio cuenta de eso porque era ocamista —o corno diríamos hoy, cartesiano. No entendía la distinción sutil de materia y forma, el hilemorfismo. Pensó que podían existir en lo humano formas puras. Y en ninguna parte, ni en lo religioso, pueden existir formas sin materia.

Tomado de: Castellani, L. Cristo y Los Fariseos. Pp. 1-3

viernes, 30 de septiembre de 2011

Genealogía del voluntarismo



"El voluntarismo es contra la natura ordenada, pero por desgracia es conforme a la natura caída: Caín es el primer voluntarista, el primer cultor de la voluntad de poder: él y sus hijos Tubal y Tubalcaín inventaron la técnica; Nemrod fundó la primera ciudad amurallada; la torre de Babel fue el primer acto de culto tecnolátrico.

El voluntarismo domina la época, empapa toda la Filosofía moderna y desde allí reina en toda la práctica, desde la técnica hasta la religión: los que mandan hoy día no son los contemplativos sino los prácticos; no los sabios, sino los expertos y astutos; no los más inteligentes, sino los más briosos y dominadores. “Dichosos los mansos porque ellos poseerán la tierra” —dijo Cristo. La tierra la poseen hoy día no los mansos sino los violentos. “Voy a destruir la tierra; porque la veo llena de violencia” —dice Dios a Noé. La herejía voluntarista nació en la Cristiandad Occidental en los siglos XVI y XVII, aunque la tendencia a esa desordenación existió siempre, naturalmente. Lutero es voluntarista. En el ámbito de nuestra raza, el voluntarismo está representado por Francisco Suárez, del siglo XVII, que en sus “Disputationes Metaphysícae” hizo una especie de compendio de la Filosofía Cristiana, pero introduciendo en ella el voluntarismo de Duns Scoto y de William Occam. Un jesuita y dos franciscanos: la herejía voluntarista (herejía filosófica, desde luego) comenzó en la Iglesia y después se propagó al Estado. Russell cree que los jesuitas introdujeron el voluntarismo; no los primeros jesuitas ciertamente, puesto que San Ignacio fue un contemplativo, Diego Laínez un especulativo aunque mediocre, Francisco de Borja un místico; pero después vino un práctico, Claudio Acquaviva, “el segundo fundador de nuestra Compañía”, como lo llama el P. Astrain, y comenzó el dominio de los prácticos, de los “briosos sin letras”, como dice el P. Mariana. Pero eso ya no era privativo de los jesuitas sino característica de una época naciente que había de reflejar Descartes. Descartes es tan voluntarista que sostiene que “toda afirmación proviene de la voluntad y no del intelecto”, es decir que toda afirmación no es ciencia sino creencia. Si el P. Mariana hubiese sido General de la Compañía de Jesús en vez del P. Acquaviva, es probable que la Compañía de Jesús hubiese seguido la línea de San Ignacio; pero al P. Mariana lo hubiesen muerto."

Tomado de: Castellani, Leonardo. PSICOLOGÍA HUMANA. p. 198.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Luteranos y antiluteranos


El primer grito de Lutero: "¡al interior del alma”!" hubiese sido respondido por pocos, si no se hubiese acompañado a otro mucho más popular: "¡Oh tú, Papa de Roma, asnillo, mujer vieja, payaso, ya verás quién es el Doctor Martín!"; al cual una gran muchedumbre de descontentos -algunos con razón- respondió de inmediato: "¡Hurra!"; y entre todos estos heterogéneos paulatinamente -aunque no insensiblemente- fueron cayendo en otro grito aún más popular: "¡Vino, mujeres y canto!" al cual una innumerable masa respondió: "'¡Hurra, hurra, hurra, Herr Doktor Deutsche Martín Luther!".

La rebelión de Lutero surgió para liberar de una tirantez; y puestas sobre esa tirantez, las palabras de Lutero son liberadoras; pero suprimida la tirantez, son pura cháchara y su teología se disuelve en la contradicción y la incoherencia: la presuposición faltando la proposición pierde su sentido, como una respuesta a una pregunta ya inexistente.

Generación tras generación, Europa había sido educada en el Memento mori, en el recuerdo de la Muerte, del Juicio, del Infierno; había sido cargada de prácticas, de obligaciones y de shiboletes devotos; había sido aterrorizada con las hogueras de los herejes y las guerras religiosas y estaba acostumbrada a ver lo religioso en gestos y en exterioridades ya estereotipadas y vueltas rutinas y fetichismos; como por ejemplo, el "consejo" de celibato eclesiástico vuelto de más en más un "precepto", y por cierto, muy mal guardado; la compra del perdón de los pecados por medio de las "indulgencias"; el poder y la actividad política, el poder y la actividad económica del alto clero sustituyendo a la contemplación y la predicación de la Verdad…

Este terreno pedía un reformador, un hombre que llamase la religión a lo interior; pero un reformador es un hombre que impone cargas y no que las arroja; que aprieta y no que afloja; que ata por todas partes nuevos lazos y lazos rotos y no que los relaja; para lo cual tiene que ser en alguna forma un mártir. Cosa que por desgracia estuvo lejos de ser Lutero. Lejos de volverse mártir, se volvió popular… Yo soy un escritor religioso; si fuese popular, no sería un escritor religioso.

Por desgracia, la actitud polémica también influyó malamente en el Catolicismo, a pesar de que allí no fue tan exclusiva: hay que ver por ejemplo las pavadas exegéticas en que incurre el gran exegeta Maldonado por su manía de polemizar con los calvinistas. Una gran parte del Catolicismo moderno -sobre todo en España y aledaños- se ha edificado sobre el Concilio de Trento más que sobre el EVANGELIO; es decir, se ha configurado en contra del Protestantismo; lo cual comporta una especie de imitación subconsciente. No se mueve libremente el que esgrime contra otro: depende del otro en sus movimientos.

El Protestantismo se llevó cautivas una cantidad de nociones –o digamos más bien de esencias- cristianas, que el Catolicismo necesitaba y que el Catolicismo abandonó y aun combatió, viéndolas convertidas en "herejía": como por ejemplo, la lectura y el estudio de la Biblia, tan intensos en los Santos Padres, sustituidos por la lectura de obras de autores devotos de más en más chabacanas y deleznables; y otra lista de cosas excelentes, que por haber vivido en países protestantes, podría yo hacer fácilmente ...

La Contrarreforma quiso reforzar el celibato eclesiástico -el cual tengo por loable y santo- por medio del rigor, convirtiéndolo en una especie de absoluto; de manera que por eso un hombre es sacerdote, por no estar casado, y basta; es decir, eso es un carisma, que incluso dispensa a veces de la obligación de trabajar; y que tiene por sí solo un poder santificador y perfeccionador de la natura humana: lo cual es un error en teología. La Contrarreforma exteriorizó más la fe, convirtiendo en objeto preponderante de ella a la Santísima Virgen -mi Madre y Señora- e incluso al Papa -al cual acato y obedezco- convertido en más infalible de lo que en realidad él mismo pretende; disolviendo la fe pura de un Dios transcendente en devociones exteriores o "mandatos de hombres".

La Contrarreforma exaltó la virtud militar de la "obediencia"; y ella considerada más en su cómodo automatismo que en su espíritu; hasta volverla una especie de virtud teologal, que puede sustituir incluso a la conciencia personal. La Contrarreforma defendió y propagó la noción suareciana de "la acción primero que la contemplación", que es una plaga en la Iglesia hoy día, y ha traído el triunfo del mediocre agitado sobre el sabio débil; e incluso la persecución del sabio. Finalmente, la Contrarreforma aumentó el sacramentalismo y disminuyó la predicación; rebajó la contemplación y la caridad en apologética y beneficencia -las cuales no son malas, pero no son sumas-; alejó más y más a los fieles del Poder eclesiástico -lo que llaman "la Jerarquía"- haciendo de la Iglesia la sociedad más totalitaria que existe; y se entregó desaforadamente a la "propaganda".

Y así otras cosas. Todo con poco resultado religioso, por cierto. Esto es la faz negativa de la Contrarreforma; no quiero negar aquí su inmensa faz positiva; que otros ya ponderan bastante.

Tomado de: Castellani, L. CRISTO VUELVE O NO VUELVE, Ed. Dictio, ps. 294-297.