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jueves, 29 de junio de 2017

Devotio moderna


Sobre la devotio moderna se han publicado entradas en diversas bitácoras. Así, por ejemplo, en los blogs de los pp. Olivera y Highton. También en Wanderer y en nuestra bitácora se encuentran entradas sobre el tema. Los dos sacerdotes citados remiten como fuente común a un estudio del jesuita Ricardo G. Villoslada, Rasgos característicos de la Devotio moderna (revista Manresa, vol. 28, núm. 108, Madrid, Julio-Septiembre, 1956, 315-350). El cual puede leerse completo, y descargarse, aquí.
Tal vez la caraterización del p. Villoslada deba ser completada con otra nota que habría que exponer con más detalle: el poco aprecio por la Liturgia, derivado de un pietismo individualista, que no encuentra en el culto externo casi ninguna ayuda para la vida espiritual. No es casual que algunos movimientos neoconservadores con amplia recepción de la devotio moderna en su espiritualidad hayan sido indiferentes, y hasta mezquinos, con el motu proprio Summorum Pontificum. Pasaron de la Misa de Pablo VI en latín y coram Deo al mismo rito en lengua vernácula, con guitarras y cierta dosis de show, sin mayores objeciones. Entre otras razones porque -de hecho- consideran más importante la piedad personal que el culto público.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Acción y contemplación (y 3)

4.1. Vida activa. Consiste en los actos de las virtudes morales, sobre todo de la justicia y de la misericordia para con el prójimo; dispone a la contemplación, porque disciplina las pasiones y pacifica el alma. Ejemplos característicos de las obras de esta clase de vida son las ocupaciones exteriores, como el dar limosna o practicar la hospitalidad; que de suyo son menos perfectas que la contemplación, a no ser en caso de necesidad (II-II, 188, 6).
4.2. Vida contemplativa. Une con Dios de un modo más directo e inmediato, introduce en la intimidad divina; por eso es más noble que la vida activa; es “la mejor parte", que durará eternamente.
4.3. Vida mixta. La vida apostólica perfecta, tal como se ha mostrado en los Apóstoles inmediatamente después de Pentecostés y en los obispos sus sucesores, fluye de la plenitud de la contemplación. Ejemplos típicos son la predicación y la enseñanza, cuando proceden de la contemplación, y son más perfectas que la simple contemplación, pues de suyo es más perfecto iluminar que arder; es el contemplata aliis tradere de los sacerdotes que predican, o de las religiosas que en enseñan el catecismo.
5. Relaciones. Santo Tomás dedica en la Suma una cuestión a precisar las relaciones entre la vida activa y la contemplativa (II-II, 182).
5.1. La vida contemplativa es (de suyo, objetivamente) mejor que la contemplativa. «María ha escogido la mejor parte» (Lc 10,42), dice el Señor. El Aquinate afirma la superioridad de la vida contemplativa sobre la activa, dando hasta ocho razones -tomadas de Aristóteles- para probar la tesis, con argumentos que convienen analógicamente a la contemplación natural y a la sobrenatural. Teológicamente, la vida contemplativa sobrenatural es superior a la activa por razón de su principio, de su objeto y de su fin.
5.2. La vida contemplativa es (de suyo, objetivamente) más meritoria que la activa. Por la mayor dignidad del principio, del objeto y del fin de la vida contemplativa (v. 5.1.). Y porque la raíz del mérito es la caridad, y de los actos que tiene la caridad el amor directo de Dios es más meritorio que el amor del prójimo.
5.3. Pero puede ocurrir que la vida activa sea más meritoria que la contemplativa. Esto podría darse de tres maneras: a) por parte del sujeto: el que realiza las obras de la vida activa con un intenso amor a Dios tiene mayor mérito que el que se entrega de una manera tibia y negligente a la contemplación; b) por parte de los actos: la vida activa se extiende a muchos más actos que la contemplativa; todo acto realizado en caridad es meritorio; luego, numéricamente, son más los méritos de la vida activa y, a igual intensidad, mayor mérito; c) por redundancia de la contemplación: la vida activa no debe considerarse como contrapuesta a la contemplación, sino como un desbordamiento hacia fuera de la plenitud interior. Estamos en ámbito de la denominada vida mixta.
5.4. Si la vida activa obstaculiza o favorece a la contemplativa. Pareciera que esto es así, porque la acción exterior implica agitación y dispersión; sin embargo, dice San Gregorio que el que quiera vacar a la contemplación es preciso que antes se ejercite en el campo de la vida activa.
a) En un aspecto, la vida activa se opone a la contemplativa. El hombre activo se ocupa de muchas de obras exteriores, sobre todo los que están constituidos en autoridad: atender a las necesidades de cada uno, gobernar, etc. Todas estas cosas no se pueden hacer sin el ejercicio de las virtudes prácticas que impiden en muchas cosas el ejercicio de las intelectuales (p. ej., por falta de tiempo para ello). En este sentido resulta prácticamente imposible el ejercicio eminente de ambas vidas a la vez. Solamente Nuestro Señor Jesucristo las realizó juntamente en grado eminente, lo mismo que la Virgen por gracia especialísima de Dios. Los grandes contemplativos, cuando llegan a la cumbre de la vida mística, se aproximan mucho a este ideal, juntándose en ellos Marta y María, como dice Santa Teresa. Tal parece que fue la vida de San Pablo, cuya prodigiosa actividad exterior en nada comprometió su vida contemplativa, lo mismo que otros grandes contemplativos, tales como Santa Catalina de Siena, Santa Teresa, etc.
b) En otro aspecto, la vida activa favorece a la contemplativa. La vida activa pone orden en las obras exteriores, ejercita las virtudes que encauzan las pasiones y no deja lugar a los fantasmas de la imaginación, que encontrarían abundante alimento en la ociosidad e impedirían el sosiego de la contemplación.
5.5. Si la vida activa es anterior a la contemplativa. La respuesta es con distinción: según el orden de dignidad, la vida contemplativa es anterior a la activa, a quien ordena y dirige. Pero, según el orden de tiempo, la vida activa es anterior a la contemplativa, para la que dispone al sujeto. La forma viene cuando el sujeto está bien dispuesto; y esta disposición la realiza la vida activa principalmente en sus primeras fases (purgativa e iluminativa); y nunca puede prescindirse enteramente de ella, pues no hay sujeto tan perfecto y bien dispuesto que no pueda disponerse más para una ulterior perfección. Por eso dice Santo Tomás que los que por su temperamento inquieto y bullicioso son más aptos para la vida activa, pueden con ella prepararse a la contemplación, y los que por su índole pacífica y sosegada son más aptos para la contemplación, pueden ejercitarse en las obras de la vida activa para mejor disponerse a la divina contemplación.
5.6. Si es deseable la contemplación. Ésta, es una gracia formalmente santificadora, puesto que procede de la fe viva ilustrada por los dones del Espíritu Santo y bajo el impulso de una ardiente caridad. No desearla equivaldría a no desear la propia perfección.
6. Algunos errores frecuentes. A la luz de todo lo dicho en estas tres entradas, cabe mencionar algunos errores que pueden presentarse:
- En la vida espiritual hay etapas y grados. No hay mística sin ascética; ni Pascua sin Viernes Santo. Puede uno suponer que se encuentra avanzado en la vida interior, cuando en rigor no es más que un principiante. Y así quemará etapas necesarias, andará a los saltos. Y con el pretexto de la mayor dignidad de la vida contemplativa, o por distanciarse del activismo, terminará en un quietismo ilusorio. O bien, dado que la contemplación produce goces que no se quieren abandonar, no estará dispuesto para servir a Dios procurando la salvación del prójimo mediante el apostolado (cfr. Santo Tomás, De Caritate, q. 2, a. 11 ad 6). Pero el quietismo no es contemplación genuina; y el desinterés por la salvación del prójimo está reñido con la auténtica caridad. 
- Confundir la especie con el individuo. Sabido es que la vida activa es buena, la contemplativa es mejor y que la mixta es la óptima. Pero lo dicho por Santo Tomás respecto de las tres vidas es verdadero si se consideran las especies; no si se consideran en los individuos; porque en las personas concretas la vida absolutamente mejor es la que se ejercita con más perfecta caridad. Así, por ejemplo, en cuanto a la especie, es más perfecta la vida de un trapense que la de un salesiano; pero la vida sobrenatural de Fulano, trapense tibio, no es más perfecta que la de Mengano, salesiano santo.  
- La acción no es un sinsentido. No sólo es algo bueno, sino necesario. Una cosa es sostener que la acción es menos digna que la contemplación y que está a su servicio. Otra es denigrarla como si fuera una prostituta. Santo Tomás no duda en afirmar que se pueden alcanzar en la acción los méritos de la contemplación movidos por la exigencia de la caridad (S. Th. II-II, 182, 2). 
- Dentro del amplio espectro institutos religiosos, hay una jerarquía de grados de excelencia, que se toma del fin al que principalmente se dedican y secundariamente por las prácticas a que se obligan. En esta perspectiva, los institutos con votos solemnes y perpetuos son los más perfectos; y la vida religiosa es, en principio, tanto más perfecta cuanto más efectivamente renuncia al mundo. Pero esto es así desde un punto de vista abstracto y formal, consideradas las cosas en su especie; porque lo mejor para cada individuo pasa, en concreto, por corresponder a los dones recibidos, y no por una comparación de institutos, para luego auto-determinarse suponiendo que Dios va a dar unas gracias que no ha prometido, sino que da gratuitamente a quienes elige.


viernes, 18 de noviembre de 2016

Acción y contemplación (2)



Lo dicho en la entrada anterior debe enfocarse ahora desde una perspectiva sobrenatural que es distinta –aunque no opuesta- a la natural. Así, hay coincidencias de términos y analogías entre contemplación natural y contemplación cristiana. Pero no se puede obviar lo original de la contemplación infusa. Sin hacer una comparación detallada, se puede señalar que el objeto de la contemplación cristiana no es el Dios de los filósofos, sino la Trinidad revelada por Jesucristo. En esta contemplación, la caridad está en el punto de partida del deseo de conocer, sostiene el ascetismo y se ubica en su término amoroso. De modo que es posible que uno, siendo cristiano, tenga grandes dotes para la especulación sin salir nunca del plano natural por faltarle la gracia, o que nunca logre la contemplación infusa porque no ha progresado en la vida espiritual. No hay que olvidar que:
Melior est (in vita) amor Dei, quam Dei cognitio" (I, q. 82, a. 3). Aunque la inteligencia sea superior a la voluntad a la cual dirige, en la tierra el conocimiento de Dios es inferior al amor de Dios, porque cuando en la tierra conocemos a Dios, lo atraemos en cierta manera hacia nosotros, y para representárnoslo le imponemos el límite de nuestras ideas limitadas; mientras que cuando lo amamos, nosotros somos atraídos hacia El, elevados hacia El, tal como es en Sí mismo. Y por eso el acto de amor de un santo, como el Cura de Ars, explicando el catecismo, vale más que una sabia meditación teológica inspirada por un amor menor.” (Garrigou-Lagrange).
1. Todos los católicos tienen vocación contemplativa. Esta afirmación pudiera chocar en una primera lectura, pues se tiende a pensar que vocación contemplativa es sinónimo de estado religioso de vida contemplativa, como es el de los anacoretas y cenobitas, y de hecho, en la Iglesia hay diversidad de vocaciones. Hay que disipar esta confusión.
a) Contemplación sobrenatural. Ya no se trata de una actividad contemplativa de orden natural –que podríamos denominar especulación- como la que realiza un metafísico. Se habla ahora de una operación sobrenatural, fruto de la infusión de la gracia generadora del organismo sobrenatural. Los tomistas coinciden en que no hay más que una especie de contemplación cristiana: la contemplación infusa y totalmente sobrenatural. Especificando más, agregan que procede formalmente de los dones del Espíritu Santo (es  acto de los dones de inteligencia y sabiduría), que la caridad es causa de los dones y, por medio de ellos, de la contemplación. Se la define como “visión simple, afectuosa y prolongada de Dios y de las cosas divinas, efecto de los dones del Espíritu Santo y de una gracia actual especial que se apodera de nosotros, y nos hace habernos más pasiva que activamente” (Tanquerey). Así, Dios es conocido y amado de un modo experimental, que no puede explicar el lenguaje humano. No es inducción, ni deducción, sino simple intuición, que todavía no es visión clara de Dios; una especie de contacto con Dios que hace sentir su presencia y gustar de ella.
b) Vocación universal a la contemplación sobrenatural. Este punto no es más que la conclusión de un silogismo sencillo. Todos los católicos están llamados a la santidad. La contemplación infusa es parte (eminente) de la santidad. Luego… Es sentencia común entre los tomistas, vigorosamente defendida por Garrigou-Lagrange, que todo bautizado tiene vocación (general y remota) a la contemplación infusa. Todo bautizado significa que no se trata de una vocación exclusiva de algunos (obispos, sacerdotes, religiosos, monjes, etc.), sino de todo fiel católico en gracia. También de los fieles más rústicos, los que no saben nada de filosofía, ni de teología; y no se excluye a los casados, pues a pesar de lo que alguno pudiera insinuar, Cristo no instituyó seis sacramentos y un desliz… 
2. Pero no todos los católicos tienen vocación a la vida religiosa contemplativa. Este punto lo tratamos en una entrada precedente. Si la vocación religiosa no la reciben todos los fieles, mucho menos se puede decir que todos los católicos están llamados a una vocación religiosa contemplativa (a hacerse cartujos, por ejemplo). Están llamados, sí, a la santidad y a la contemplación infusa como su punto culminante. 
3. La perfección no es un estado; pero hay estado de perfección. El denominado estado de perfección (expresión legítima, si se la entiende bien) consiste en la práctica efectiva de los consejos evangélicos. Pero la perfección no es un estado sino que consiste esencialmente en la perfecta caridad. Razón por la cual, recuerda Santo Tomás, en el estado de perfección hay muchos que tienen una caridad imperfecta, o nula, “como muchos obispos y religiosos que viven en pecado mortal... Mientras que hay muchos laicos, también casados, que poseen la perfección de la caridad”. Si la perfección fuese un estado, habría que concluir que Martín Lutero y Marcial Maciel fueron santos por pertenecer a un estado de perfección, el religioso. La clave para no caer en confusión está en distinguir entre la perfección de estado y la perfección personal; sabiendo que en no pocos casos son imperfectas personas que viven estado de perfección, y que son perfectas personas que no viven en dicho estado. 
4. Vida contemplativa, activa y mixta. Santo Tomás trata esta cuestión de las diferentes formas de vida partiendo del ejemplo de las anfitrionas de Cristo en casa de Lázaro: Marta y María (Lc 10, 38-42), símbolos tradicionales de la vida activa y contemplativa. 
“Con relación a la perfección cristiana, Santo Tomás distingue tres clases de vida: la vida contemplativa, la vida activa y la vida mixta o apostólica (II-II, q. 179 ss.). En efecto, unos se consagran principalmente a la contemplación de las cosas divinas, otros a las obras exteriores de misericordia, y los apóstoles a la enseñanza de la doctrina revelada y a la predicación que debe derivarse de la contemplación (q. 188, a. 6).” (Garrigou-Lagrange).
Se habla de vida para designar un modo de vivir, cierto carácter espiritual, resultante de la especialización por las actividades u obras. Vale decir que son las ocupaciones dominantes las que especifican el tipo de vida: contemplativa, activa y mixta. Estos tres tipos de vida se presentan tanto en el estado religioso, con la diversidad de sus formas institucionales, como en el laical, cuando los seglares, que no son llamados al primero, organizan su vida en función de ciertas ocupaciones predominantes.
La santidad cristiana consiste en la perfecta caridad por lo cual el tipo de vida a elegir se determina para cada uno por las exigencias concretas de esta virtud. La vida elegida, por más perfecta que sea en su especie, no es algo que santifique de modo automático, con independencia los dones que Dios concede a cada persona. 
En la próxima entrada lo veremos un poco mejor.


miércoles, 16 de noviembre de 2016

Acción y contemplación (1)

Se ha debatido en otras bitácoras sobre la relación entre acción y contemplación. Es un tema sobre el cual tal vez se haya dicho todo. Sin embargo, a juzgar por algunos comentarios, pareciera que siempre hay que volver sobre algunas las ideas fundamentales. Conviene enfocar el tema en una doble perspectiva: natural y sobrenatural. Haremos el intento en esta entrada y en las siguientes.
- El ocio aparece como lo opuesto al negocio. En la civilización moderna se tiende a dar primacía al negocio sobre el ocio, el cual tiene mala fama, pues ocio parece sinónimo de pereza, cosa inútil y por ello  mala. 
“...la vida humana se ha estructurado (casi de modo exclusivo y excluyente) en función del trabajo. En efecto, si el hombre vive para trabajar, […] el ocio y la contemplación se presentan como instancias «sospechosas». En este sentido, «ocio» equivale a ausencia de trabajo, a reticencia al esfuerzo, a holgazanería. Al respecto el pensador alemán Josef Pieper expresa: «… en un mundo configurado precisamente por el principio de utilidad no puede haber un espacio de tiempo no útil, como tampoco puede darse un trozo de terreno sin aprovechamiento. Fomentar algo así sería como caer irremediablemente en el concepto de “sabotaje cultural”»
Como se puede apreciar, el ocio es entendido ampliamente en términos de «negación», como «ausencia de», no descubriéndose en este estado ninguna positividad. Seguramente hemos oído hablar a los economistas de este modo: «mano de obra ociosa».” (Lasa) 
- Sin embargo, el ocio es objetivamente más digno que el negocio. Una vida sin espacio para el ocio, que sature el tiempo con el trabajo, para “no pensar” y “sentirse bien”, matará en el ser humano las preguntas capitales en el camino de la felicidad. Esclavizado de este modo por el negocio el hombre se degrada.
“El ocio es un estado del alma que se manifiesta en una «forma de callar», en un «no anticiparnos a nada» con nuestro hacer para que podamos percibir la realidad tal cual es. Así como sólo puede oír aquel que calla, así también sólo puede percibir lo real el que no se anticipa a la mostración de las cosas, y las dejar ser «aquello que son». Sólo de esta manera es posible que cada hombre pueda encontrarse con su propio ser, con aquello que es y con aquel Ser que da consistencia a toda creatura. Sin el ocio, el hombre se transforma en un «perezoso». Ciertamente, la acedia (la pereza) significa, originariamente, la renuncia por parte del hombre al rango que se le fija en virtud de su propia dignidad, lo cual equivale a decir que ese hombre no quiere ser aquello que Dios quiere que sea. Este hombre se resiste, de este modo, a ser él mismo.” (Lasa)
- Con la ausencia del ocio contemplativo, muere el saber porque cesa el pensamiento, y se cosifica al hombre. 
“…quien no ve, no conoce; quien no conoce, no sabe. No pararse para ver es condenarse a un perpetuo turismo de masas: una mirada fugaz a este o a aquel lugar, cuatro charlas y una docena de trivialidades aliñadas con despropósitos, un pasar por doquier sin haber parado en un solo lugar. 
Sin contemplación no hay saber, muere la scientia porque cesa el pensamiento. Frente a la planta se para el botánico para «verla» u «observarla» con el fin de estudiar su vida, - clasificarla, describirla, conocerla; se para el filósofo y el teólogo para «reflexionar» sobre los problemas del mundo y de Dios; se para todo el que realiza un trabajo, si quiere que su obra sea válida…
Reducir el espacio de la contemplación —que exige un ambiente favorable y no hostil, de silencio y de tranquilidad; que exige tanto amor para lo que se quiere ver y para el propio ver o para la búsqueda, y por lo mismo tanta disponibilidad, dedicación, sacrificio y humildad— es empequeñecer el espacio del conocimiento hasta la anulación del saber. Todo ello en provecho a los slogans vulgares de que la contemplación es «pérdida de tiempo», «egoísmo antisocial», etc…. Combatir la contemplación o reducirla de espacio hasta identificarla con una actitud antisocial o egoística, «aristocrática», es ser enemigos de una sociedad de hombres libres para hacerse constructores atareados de una masa de bípedos cosificado…” (Sciacca)
- La contemplación natural es necesaria para una vida lograda y el contemplar la verdad produce delectación.
“La contemplación natural o del orden humano es el momento intuitivo del conocer, es la intuición de la verdad: el pintor «ve» intuitivamente desde el punto de vista artístico la «verdad» de un jardín; del mismo jardín el botánico ve intuitivamente desde el punto de vista científico la verdad, y el jardinero ve la suya. Como conocimiento intuitivo, la contemplación se contrapone al conocimiento discursivo; sin embargo, es su fundamento, se contraponen en la colaboración; en la contraposición son llamados a integrarse. Pero como fundamento del conocimiento discursivo, el intuitivo puede darse solo, el otro no: es el primado de la intuición inteligente sobre el discurso racional… Frecuentemente la intuición hace superfluo el conocer discursivo, que viene después para confirmarla: lo precede siempre, a veces espera siglos para tener la llamada confirmación científica, artística, etc. Pero precisamente por esto el conocimiento discursivo es también necesario, no sólo porque confirma al intuitivo, sino porque, a través del discurso, se saca cuanto se hallaba contenido en el intuitivo, que así es fecundo en otros conocimientos; porque aun el discursivo contribuye a que la intuición llegue a ser obra construida...
El conocimiento de una verdad comporta la fruición de cuanto es conocido; cuanto más se profundiza, tanto más crece la fruición, goce desinteresado y también él contemplador, motivado precisamente por el mismo intuir y penetrar, por haber ido dentro y más adentro. Tal fruición es también co-fruición, un gozar de ello junto a los otros.” (Sciacca)
- La contemplación es fundamento necesario de la acción. Si se reemplaza la contemplación por la acción externa, por efecto de dar primacía absoluta de la eficiencia y el éxito, se deshumaniza a la persona y también se vacía la acción.
“El problema de la relación contemplación-acción es hoy planteado por muchos —no sé si por ignorancia o por malicia— en términos de aut-aut: o la una o la otra: quien contempla no obra, quien obra no contempla; urge una elección: o la contemplación o la acción, un término excluye al otro. Este modo de plantear el problema no es sólo sofístico o malicioso —lo digo para los ingenuos— sino que es también vacuo y superficial por cuanto no resuelve el problema mismo; simplemente elimina uno de los dos términos y con esto mismo el problema, operación de la que todo el mundo es capaz. Resolverlo es, en cambio, mantener unidos los dos términos en su relación. En efecto, contemplación y acción no se excluyen, se completan; mejor aún, la contemplación es el fundamento necesario de la acción.  Quien se para para ver o contemplar, y quien «ha visto», sabe: si no sabe, si no contempla, ¿qué hace? No hace, deshace o hace más de lo necesario: sale así fuera del hacer. Por consiguiente, el hacer sin el contemplar nunca es verdadero hacer, sino destruir.
…mientras el verdadero hacer no puede darse sin la previa contemplación, ésta puede darse por sí sola: el momento teorético se da por sí mismo; la verdad es válida en cuanto verdad, mientras que ningún hacer es válido si no se funda sobre el saber. Una ley física es verdadera aunque no produzca nada útil… No sólo el contemplar es el fundamento de la acción, sino que se da también independientemente de la acción que de él depende; pero, afirmada ésta independencia, añadimos: la verdadera contemplación no puede cerrarse en sí misma; se abre a la verdadera acción que nace de ella. Como hemos dicho, las profundas y duraderas obras de poesía, de arte, de caridad, etc., nacen del momento contemplativo.” (Sciacca)
- Dios ha creado al hombre compuesto de alma y cuerpo. El ser humano no es ángel. La corporeidad implica necesidades materiales no sólo para conservar la propia vida, sino también para dedicar tiempo a la contemplación. De aquí viene el legítimo lugar que corresponde al neg–otium en una ordenada escala de bienes. Lo útil no está en la cúspide de los bienes humanos pero tiene una importante función que cumplir, pues si no hubiera neg–otium no habría alimentos, fármacos, vivienda, electricidad, libros… 
Quienes se dedican más a la especulación (investigadores, profesores, abogados, etc.) a veces menosprecian a los que desempeñan oficios más orientados hacia el bien útil. Fastidia, por ejemplo, cuando se dice peyorativamente que los médicos son comerciantes; como si esa profesión, y la medicina en general, debiera vivir del aire; y como si quien la menosprecia no dependiera del comercio para cubrir sus necesidades materiales y de la medicina para tener la salud. 
Señala Aristóteles que de suyo es mejor filosofar que hacer dinero pero si se padece necesidad es preferible enriquecerse (Tópicos, III, 2, 21). La contemplación es una virtud y el hombre necesita ordinariamente de una suficiencia de bienes para el cultivo de la virtud (Santo Tomás, De Regno, I, 15); de modo que sin un mínimo de bienes útiles la contemplación no puede tener lugar. 
Mientras el hombre sea un ser corpóreo el ocio sin el negocio será un imposible antropológico. Rebelarse contra esta realidad implica alzarse contra el Creador y su Providencia. Este querer ser ángeles traerá disgustos, y podrá perturbar hasta la misma salud mental, medio necesario para la especulación.



lunes, 14 de noviembre de 2016

Una fuga mundi imaginaria


Si el estar en el mundo es visto como una maldición maniquea, habrá dificultades para aceptar el lugar en el cual la Providencia nos pone como un medio de santificación. Ante una realidad ineludible, ¿será bueno buscar modos alternativos de fuga mundi en la imaginación?
El ser humano conoce lo real a partir de los datos sensibles. Dentro del conocimiento sensitivo la imaginación cumple un papel importante. La actividad imaginativa, si es ordenada, permite aprehender la riqueza de la realidad. Pero el pecado introduce desorden en la potencia imaginativa. Por esto los autores espirituales insisten en la necesidad de purificar esta facultad para que no sea la “loca de la casa”, como la llamaba Santa Teresa. Porque la imaginación desordenada es una "bestia salvaje", en el decir de Fr. Luis de Granada, y de ella provienen disipación, tentaciones y pecados.
La fuga mundi imaginaria produce un desdoblamiento interior por el cual no se está del todo en lo que se hace. Una actividad imaginativa desordenada rompe los vínculos con la realidad y tiende a sacarnos de ella. Así, no se logra apreciar lo real en toda su riqueza. Parece que nunca se está conforme con lo que la Providencia ha puesto entre manos y se ansía otra cosa. Se produce una dualidad irreconciliable entre un ideal imaginario y la realidad presente, que se tiene por banal, tediosa y maldita.
Una manera de desdoblamiento interior es el cambio de lugar. Se desea salir de la propia situación, vital o espacial, evadiéndose imaginariamente hacia otra situación más gratificante, que en concreto es moralmente imposible [1]: quien trabaja en el campo sueña con desplazarse a la gran ciudad; el que vive agobiado por la ciudad, anhela la vida tranquila del campo; el célibe, quisiera casarse; el casado, extraña las libertades de su soltería; el casado con Fulana, hubiera preferido casarse con Mengana... Se desea algo imaginario, que puede ser bueno, pero que en las propias circunstancias se sabe contrario a lo que Dios quiere: en esto consiste el desorden. Es una rebelión interior opuesta a la conformidad con la voluntad divina [2] significada o de beneplácito; un mecanismo compensatorio dañino, que no se debe confundir con la sana expansión que pueden darnos la literatura, el cine, el teatro...
Otro modo de desdoblamiento es el anhelo de cambiar de tiempo. Lo real, lo que depende de nuestra libertad, porque está en nuestras manos, es siempre el presente. El pasado ya no existe. El futuro, para cada uno es incierto. Pero la imaginación desordenada sustrae energías al momento presente mediante nostalgias de un pasado mejor que ya no existe, o nos hace a soñar con un futuro promisorio, o angustiante, pero en todo caso irreal. A pesar de las apariencias, este desorden tiene poco que ver con la prudencia cristiana o la esperanza teologal. Es una evasión paralizante respecto de una realidad que no se logra digerir. El aquí y ahora es cruz y la “máquina del tiempo” imaginaria es un modo de bajarse de la cruz.
El punto de partida para purificar la imaginación pasa por la aceptación de la realidad tal cual es, con todos sus aspectos positivos y negativos. No se puede estar en el mundo si no se lo ama en lo que tiene de bueno y amable; si se lo rechaza todo, en bloque, porque las circunstancias en que nos toca vivir no son como las deseamos. Tampoco se puede no ser del mundo si no se detesta lo que tiene de malo. No hay que aprobarlo todo, con optimismo compulsivo y sonrisa bobalicona, en un conformismo pasivo frente a lo que nos rodea. 







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[1] “Casiano trae allá muchos ejemplos en sus Colaciones sobre la discreción y los directores experimentados saben muy bien que la imaginación o el demonio sugieren a veces prácticas moralmente imposibles contrarias a los deberes del propio estado, dándoles apariencia de inspiraciones divinas. Estas sugestiones traen consigo turbación; si obedecemos a ellas, nos ponemos en ridículo, perdemos, o hacemos perder, un tiempo precioso; si resistimos a ellas, nos parece que nos alzamos contra Dios, perdemos ánimos y acabamos por caer en la tibieza.” (Tanquerey).
[2] “Se entiende por voluntad divina significada (o voluntad de signo) cierto signos de la voluntad de Dios, como los preceptos, las prohibiciones, el espíritu de los consejos evangélicos, los sucesos queridos o permitidos por Dios. La voluntad divina significada de ese modo, mayormente la que se manifiesta en los preceptos, pertenece al dominio de la obediencia. A ella nos referimos, según Santo Tomás (I,19,11), al decir en el Padrenuestro: Fiat voluntas tuaLa voluntad divina de beneplácito es el acto interno de la voluntad de Dios aún no manifestado ni dado a conocer. De ella depende el porvenir todavía incierto para nosotros: sucesos futuros, alegrías y pruebas de breve o larga duración, hora y circunstancias de nuestra muerte, etc […] si la voluntad significada constituye el dominio de la obediencia, la voluntad de beneplácito pertenece al del abandono en las manos de Dios. Como largamente diremos más tarde, ajustando cada día más nuestra voluntad a la de Dios significada, debemos en lo restante abandonarnos confiadamente en el divino beneplácito, ciertos de que nada quiere ni permite que no sea para el bien espiritual y eterno de los que aman al Señor y perseveran en su amor” (Garrigou-Lagrange).

lunes, 7 de noviembre de 2016

El mundo visto como maldición maniquea


La Biblia emplea el término mundo con diversos significados (ver aquí). Y formula un conjunto de afirmaciones en apariencia contradictorias. Quien pretenda interpretarlas sin hacer uso de la analogía, en clave univocista, quedará perplejo o acabará en la heterodoxia, como sucede a los protestantes con los pasajes bíblicos sobre los  "hermanos" de Jesús (Mt 28, 10).
Es necesario distinguir los significados teológicos de mundo. Siguiendo a Royo Marín, se pueden diferenciar tres importantes:
[1] La totalidad de lo creado unificada por el acto creador de Dios que lo pone en la existencia. Significa la tierra, el planeta en que habitamos, o el universo; el conjunto de todos los seres creados. Es un significado cósmico.
[2] Las vanidades y los placeres pecaminosos a que se entregan las personas que viven olvidadas de Dios. Es uno de los principales enemigos de nuestra alma; el mundo del pecado, antítesis de Cristo. Un significado soteriológico.
[3] Las estructuras terrenas que constituyen la trama de las actividades de los laicos: familia, trabajo, política, arte, diversiones sanas, etc. A veces se lo ha designado como siglo, o bien como lo secular. Es un significado histórico-cultural.
¿A cuál de estos significados se refiere la fórmula consecratio mundi que, según Pío XII, sintetiza la misión de los laicos? Evidentemente, no se refiere a [2], porque el pecado no puede ser consagrado, sino que es algo a evitar. En este sentido negativo todo cristiano, y no sólo el religioso, debe huir del mundo. Se impone aquí la fuga, el contemptus, como opuestos a la consecratio. Claramente, la consecratio se refiere a [3]. No se trata de una consagración en sentido propio por la cual las realidades profanas dejarían de ser tales (como sucede, p.ej., en la consagración de un templo o de un altar) sino de santificar lo profano (la familia, la profesión, la vida social, el deporte, etc.) de modo que sus fines propios se ordenen al fin último que es la gloria de Dios.
Todo lo hecho por Dios creador es "bueno" (Gen 1,31) y debe ser restaurado e instaurado en Cristo -de acuerdo con el "omnia instaurare in Christo" de San Pablo, asumido por San Pío X. Aunque la caída del hombre lo desordenó, lo creado continúa siendo bueno mientras el hombre no lo desvíe con el pecado. Además, la bondad natural de las cosas ha sido enaltecida por la Encarnación y la Redención (Rom 8,17-23). Sin embargo, algunos autores espirituales no siempre han visto esto con suficiente claridad:
“Por una multitud de causas, cuyo análisis detallado rebasaría con mucho los límites de esta obra, no siempre los teólogos y maestros de la vida espiritual entendieron las cosas así. Una concepción demasiado escatológica y monacal de la vida cristiana determinó la orientación de la espiritualidad hacia una desencarnación casi absoluta, haciéndola poco menos que inaccesible a los seglares, cuya vida tiene que desarrollarse forzosamente en el mundo y en medio de las estructuras terrenas en las que están inmersos. El desprecio del mundo, como enemigo del alma (cf. I Jn 2,15), se llevó hasta identificarlo casi con la necesidad de huir del mundo si se aspiraba a la perfección cristiana; con lo cual esta última se hacía poco menos que imposible a los cristianos seglares…” (Royo Marín).
A los laicos corresponde estar en el mundo no sólo en sentido cósmico [1] sino también en sentido histórico-cultural [3]. Los seglares, por disposición providencial, forman parte de diversas estructuras seculares como familia, profesión, sociedades intermedias, comunidad política. Y como Dios no los ha llamado al estado religioso, las estructuras temporales son para ellos el ámbito en el cual han de buscar la santidad. En este sentido, los laicos no se santifican a pesar de estar en el mundo, sino por medio de esta situación; así como los monjes no se santifican en su monasterio pero fuera de su oficio, sino mediante él. Corresponde a los seglares, por tanto, estar en el mundo sin ser del mundo.
Esta situación de estar sin ser causa tensiones y dificultades:
“Por una parte es evidente que el seglar ha de vivir en el mundo y ha de salvarse, e incluso santificarse, en medio de las estructuras terrenas: es precisamente lo más típico y peculiar de la vida cristiana seglar. Pero, por otra parte, no es menos claro y evidente que ningún cristiano—sea cual fuere su estado, y, por consiguiente, los mismos seglares— puede hacer las paces con el «mundo», entendiendo por tal el espíritu mundano, que vive y reina por doquier y empuja a los hombres a prescindir prácticamente de Dios para entregarse exclusivamente en cuerpo y alma a las cosas puramente humanas y terrenas, cuando no francamente pecaminosas.” (Royo Marín).
¿Cómo compaginar estas cosas tan divergentes -y al parecer contradictorias- como son vivir en el mundo y no ser del mundo? ¿Cómo es posible armonizarlas en una sola síntesis vital? Indudablemente, la solución de estas antinomias podrá hacerse a base de distinguir aspectos y matices, siempre con la gracia de Dios.
“El seglar cristiano puede y debe vivir en el mundo y desenvolver su vida en medio de las estructuras terrenas; pero de ninguna manera está autorizado, ni lo estará jamás, para ser mundano, es decir, para vivir de acuerdo con los dictámenes del espíritu mundano, enemigo de Dios y enteramente contrario al espíritu del Evangelio. Esta necesidad imprescindible de rechazar el espíritu mundano y abrazarse con el espíritu evangélico lleva consigo, indudablemente, una serie de dolorosas renuncias que afectan de lleno a cualquier cristiano, sobre todo si se trata de un seglar que tiene que vivir forzosamente en medio del mundo y respirar por todas partes el ambiente deletéreo del mismo." (Royo Marín).
La santidad consiste en la perfección de la caridad que es algo interior y que puede desarrollarse en condiciones exteriores adversas. No es una tarea sencilla pero Dios ha prometido su gracia. Habrá dificultades, arideces y cruces. Sin embargo, está en el plan de Dios que las realidades seculares sean vividas y sobrenaturalizadas por los laicos. Y todo esto es así por disposición amorosa de Dios y no por una “maldición” maniquea.
Extenderse más sobre estos temas superaría los límites de una bitácora. Cada uno deberá buscar en las diversas espiritualidades la ayuda concreta que le permita lograr un equilibrio personal entre el estar y el no ser.


jueves, 3 de noviembre de 2016

De preceptos y consejos


Hablar de preceptos y de consejos parece una distinción legalista y mezquina. O bien un planteamiento minimalista respecto de las posibles modalidades de la vocación cristiana. Sin embargo, la distinción se encuentra en el Nuevo Testamento: en el Evangelio (Mt. 19,21) y en San Pablo  (1 Cor, 7); y en la tradición, incluyendo a Santo Tomás.
Los tres consejos evangélicos de obediencia, pobreza y castidad -que los religiosos prometen mediante los votos correspondientes- no son preceptos y su práctica efectiva es una vocación especial que se recibe de Cristo. Se trata de una invitación que no se da a todos los bautizados, sino sólo a quienes Dios concede un don denominado vocación. Este llamamiento se comprende como unas aptitudes naturales que inclinan hacia un estado de vida (=idoneidad), unidas a un conjunto de gracias para vivir las exigencias de los consejos evangélicos. Positivamente, nunca se insistirá lo suficiente en la importancia de los dones divinos para que pueda hablarse de genuina vocación a la vida religiosa. Negativamente, S. Juan Bosco sintetizaba esta verdad en un aforismo cargado de sentido común: sacerdote sin vocación, peligro de condenación (criterio aplicable al religioso). De aquí la importancia del discernimiento vocacional y de una formación seria para quienes entran en religión. 
1. Existe una verdadera vocación universal a la santidad o perfección para todo bautizado con independencia de su estado de vida (sacerdotal, religioso, laical). Esta exigencia bautismal es manifestación del primer precepto de la ley de Dios que nos obliga a amarlo "con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas" (Mc 12,30). Consta expresamente en el Evangelio (Mt 5,48) y no admite duda. La Iglesia mantuvo siempre esta doctrina desde los tiempos apostólicos, aunque históricamente la misma se oscureció por algún tiempo. Se trata de una obligación de tendencia, no de conseguir la santidad en un momento determinado de la vida.
"Amarás al Señor Dios tuyo de todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu espíritu" (1) , y no a medias. Es decir que todos los cristianos a quienes se dirige este precepto tienen el deber, si no ya de poseer la perfección de la caridad, sí, al menos, de tender a ella, cada uno según su condición: éste en el matrimonio, aquél en el estado sacerdotal o religioso.” (Garrigou-Lagrange).
2. No hay perfección cristiana si no se guardan los mandamientos y los deberes del propio estado (Mt 19, 17). Por esta razón, los autores espirituales previenen a los principiantes de dos peligros:
- “Lo primero que exige la perfección, y con todo imperio, es el cumplimiento de los preceptos; e importa mucho grabar fuertemente este concepto en la mente de algunos que, por ejemplo, con pretexto de la devoción, descuidan sus deberes de estado, o, para practicar mas aparatosamente la limosna, retrasan sin fin el pago de sus deudas; en suma, a todos aquellos que dejan de cumplir alguno de los preceptos del Decálogo, para aspirar a más alta perfección…”
- “Solamente hemos de agregar que los deberes de estado pertenecen a la categoría de los mandamientos: son a manera de preceptos particulares, que incumben a los cristianos por razón de la vocación especial y de las funciones que Dios les ha señalado. Nadie puede, pues, santificarse sin guardar los mandamientos y los deberes de su estado; descuidarlos, so pretexto de dedicarse a obras de supererogación, es ilusión perniciosa, y una verdadera aberración; no hay que decir que el precepto es antes que el consejo.” (Tanquerey)
3. La santidad consiste esencialmente en la perfección de la caridad (S. Th., II-II, 184, 1). La integridad de la santidad radica en todas las virtudes bajo el imperio de la caridad (S. Th., II-II, 23, 8). El grado de perfección lo determina el grado de crecimiento en la caridad, de modo que un cristiano es perfecto en la medida de la intensidad de los actos elícitos de su caridad y también en la medida de la extensión de su caridad a las otras virtudes.
4. ¿Los tres consejos evangélicos llevan a una perfección cristiana superior a la exigida por los preceptos del Señor? O bien: ¿los religiosos, que viven los tres consejos, están ordenados por Dios a una mayor perfección que aquéllos otros que no los viven? Respuesta negativa, para Santo Tomás: la perfección cristiana consiste principal y esencialmente (per se et essencialiter) en los preceptos, secundaria e instrumentalmente (secundario et instrumentaliter) en los consejos (S. Th., II-II, 184, 3). La perfección cristiana radica en la caridad, sobre la cual se dan los dos preceptos fundamentales de la ley evangélica; y la función de los consejos no es otra que facilitar de modo instrumental el desarrollo de la caridad a Dios y al prójimo. 

“La perfección a que aspiran los religiosos no consiste, pues, en los consejos evangélicos: estos son los «instrumentos de la perfección», los medios destinados a facilitar la exacta observancia de los preceptos en que consiste esencialmente la perfección cristiana lo mismo para los religiosos que para los fieles que viven en el mundo.
En principio, nadie esta obligado a elegir la vía de los consejos, ya que entra en la naturaleza del consejo la libre elección de aquel a quien se da.
Mas los religiosos se comprometen por voto a la práctica constante de los tres consejos evangélicos. De este modo su guarda se convierte para ellos en necesidad para conseguir la eterna salvación.” (Philippe).
5. Aunque los tres consejos no sean preceptos, sino sólo instrumentos que facilitan el desarrollo de la caridad, que es la esencia de la perfección, ¿acaso los consejos no son necesarios para todos los bautizados? Hay que distinguir entre el espíritu y su práctica efectiva.
- El espíritu de los tres consejos de obediencia, pobreza y castidad, es instrumento para todos los cristianos que quieran alcanzar la perfección.
“…que en virtud del supremo mandamiento, todos los fieles deben tender a la perfección de la caridad, cada cual según su condición y género de vida; y que no es posible conseguir esta perfección cristiana sin poseer el espíritu de los consejos evangélicos, que es el mismo espíritu de desasimiento de que nos habla San Pablo, al advertirnos que debemos usar los bienes de este mundo como si no los usásemos, es decir sin detenernos en ellos, sin instalarnos en la tierra como si en ella debiéramos permanecer eternamente; no nos es permitido olvidar que somos todos peregrinos que vamos camino de la eternidad, y que tenemos la obligación de crecer en la caridad hasta el término de nuestro viaje. Es ésta una obligación general que deriva del precepto fundamental” (Garrigou-Lagrange). 
“Por lo que toca a los que no hicieron votos, para ser perfectos, han de seguir, cada cual según su condición, las inspiraciones de la gracia, y los consejos de un sabio director. Guardarán el espíritu de pobreza, privándose de muchas cosas inútiles, para con estas economías poder hacer limosnas, o emprender obras de celo; el espíritu de castidad, aun cuando estén casados, usando con moderación y algunas restricciones de los placeres legítimos del matrimonio, y, especialmente, evitando con cuidado todo aquello que está prohibido, o fuere peligroso; el espíritu de obediencia, sometiéndose dócilmente a sus superiores, a los que considerarán como a representantes de Dios, y también a las inspiraciones de la gracia, consultadas con un sabio director.” (Tanquerey)
- En cambio, la práctica efectiva de los tres consejos sólo es necesaria para los llamados a la vida religiosa.
“Pero además tienen algunos, como consecuencia de su vocación, obligación especial de aspirar a la perfección según un género de vida particular; por ejemplo […] los religiosos, aun los que no son sacerdotes, y las religiosas, en razón de sus votos; todos éstos han de vivir, no sólo según el espíritu de los consejos, sino en la práctica efectiva de la pobreza, castidad absoluta y obediencia.” (Garrigou-Lagrange).  
“…los Religiosos, que se obligaron con voto a practicar los tres grandes consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, no pueden, claro está, santificarse, sin guardar fielmente sus votos” (Tanquerey).
En el marco de la espiritualidad católica la práctica de los consejos evangélicos es un don divino que se concede a algunos. Y Dios no elige a los religiosos indiscriminadamente; no concede vocaciones como Cristina Kirchner repartía bienes materiales bajo el lema "para todos y todas...". 


martes, 1 de noviembre de 2016

De laicos


Respecto de la identidad y misión de los laicos resulta frecuente encontrarse con tópicos falsos o simplistas en exceso. Suele decirse que el Vaticano II fue "el concilio de los laicos"; que antes del Sínodo la Iglesia sólo se ocupaba de los clérigos y de los religiosos, pues los seglares eran casi una nada eclesial. Pero esto no es cierto.
En primer lugar porque el magisterio pontificio y episcopal se ocupó in extenso acerca de los laicos. Si se tratara de recopilar textos sólo con los publicados en los pontificados de Pío XI y Pío XII se podría editar un volumen (1).
Además del magisterio, la teología pre-conciliar (2) trató ampliamente acerca de los laicos: qué son, cómo diferenciarlos de otras personas que integran la Iglesia, cuál es su misión, su apostolado, etc. Y la teología lo hizo desde sus diversas ramas: dogmática, moral, espiritual, liturgia. La nota que caracteriza positivamente al laico en la teología del pre-concilio es la misma realidad de su presencia y acción en el mundo. Esto sería condensado en una fórmula de Pío XII, tomada del Martirologio de la Vigilia de Navidad: consecratio mundi (consagración del mundo) a partir de la cual correrían ríos de tinta. Como pequeñas muestras de esta elaboración teológica en nuestra bitácora publicamos partes de un estudio del p. Sauras sobre el sacerdocio laical y algunos capítulos de una obra del p. Sertillanges referidas a la espiritualidad de los laicos (parte material de la única espiritualidad cristiana). Agreguemos unas sugerentes palabras del teólogo Bernardo Monsegú acerca del núcleo de la cuestión:
“El seglar da testimonio de Cristo, de su pertenencia a la Iglesia y de su categoría de cristiano, quedándose en el mundo y ejerciendo la función eclesial que le corresponde dentro del organismo del Cuerpo Místico sin renunciar a las cosas del mundo. Considerado éste como creación de Dios, es bueno y santificable y no está necesariamente reñido con la santidad [...]
Sin renunciar a su libertad por el voto de obediencia, antes bien manteniendo su iniciativa personal; sin renunciar a la carne, antes bien otorgándole sus derechos en el estado legítimo del matrimonio; sin renunciar a las riquezas, antes bien usando de ellas y llevándolas a su máximo rendimiento; el seglar que quiere santificarse se afana por mantenerse unido a Cristo y llevar a perfección el ideal restaurador de Cristo, usando de todo en Cristo, según Cristo y para Cristo”. 
También el Derecho de la Iglesia reguló materias referidas a los laicos. En efecto, cabe recordar que el Código pío-benedictino de 1917 tenía un libro completo, el segundo, dedicado a las personas, dentro del cual su parte tercera regulaba sobre los laicos ("De laicis"), a lo que se deben agregar otras normas dispersas en el Código. Y por supuesto los canonistas pre-conciliares se ocuparon ampliamente del tema. 
Decía San Francisco de Sales, en una carta dirigida a una laica disconforme con su condición: "Hay que amar lo que Dios ama: Él ama nuestra vocación, amémosla nosotros también sin entretenernos en pensar en la de los demás; cumplamos con nuestro deber; llevar cada uno su cruz no es demasiado". Como no se puede amar lo que no se conoce, vamos a publicar algunas entradas sobre temas de espiritualidad relacionados con el estado laical (3). 





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(1) Algunos de los documentos más relevantes de Pío XI: Discurso a la Acción Católica de Roma, 09.03.1924; Discurso a la Federación universitaria católica italiana, 08.09.1924; Carta a los Obispos de Méjico, 02.02.1926; Discurso a la Federación italiana de los hombres católicos, 30. I 0.1926. Carta al Card. Van Roev, 15.08.1928; Carta al Card. Bertram, 13.11.1928; Carta al Card. Segura, 06.11.1929; Carta al episcopado argentino, 04.12.1930; Discurso a los peregrinos de Méjico, 02.06.1931; Carta al Patriarca de Lisboa, 10.11.1933; Carta al Card. Schuster, 28.08.1934; Carta al episcopado de Brasil,  27.10.1935. Entre los documentos más significativos de Pío XII: Card. Pacelli, Carta al Card. Hlond. 10.04.1929: Id., Carta al Presidente de la Acción Católica italiana, 30.03.1930; Pío XII, Summi Pontificatus, Enc., 20.10.1939.; Id., Mensaje al Congreso nacional de la A.C., 1950; Id., Discurso a la A.C. (03.05.1951): Idem, Evangelii Praecones, Enc., 02.06.1951; Idem. Discurso al Congreso del Apostolado de los laicos, (14.10.1951); Idem, Discurso a los participantes en el II Congreso mundial para el apostolado de los seglares, (05.10.1957).
(2) Por todos, baste citar aquí las XIII SEMANAS ESPAÑOLAS DE TEOLOGÍA (14-19 de septiembre de 1953), en especial el trabajo introductorio del del Dr. Avelino Esteban Romero (aquí) sobre el estado de la cuestión y el suplemento bibliográfico del apartado VI.
(3) El término laico ha sido usado por estudiosos pre-conciliares de relieve (Dabin, Sabater, Alonso Lobo). Para un católico tradicional, no ofrece dificultades: fue empleado por el magisterio pre-conciliar, el CIC de 1917 y por notables teólogos y canonistas. En la actualidad, la Fraternidad San Pío X lo usa para designar a quienes integran su orden tercera (aquí).


sábado, 24 de septiembre de 2016

El trabajo en Santo Tomás (y2)


Una reflexión teológica sobre el trabajo.
El análisis filosófico propone los elementos principales de una reflexión sobre el trabajo. Sin embargo, para comprender el trabajo en el contexto de la vida humana histórica hace falta además una consideración teológica [...] la teología católica ha dedicado poca atención a la consideración del trabajo como una operación que se inhiere en la marcha del hombre hacia su fin celestial. En nuestro siglo la revolución de las estructuras del trabajo por un lado, la ideología marxista del homo oeconomicus por otro, han provocado una reflexión más intensa. Para Santo Tomás la Sagrada Biblia es la fuente principal de su teología del trabajo. Ciertos textos bíblicos proponen los principios que sostienen e iluminan el análisis. He aquí los principales: Génesis 3,17: «Con trabajo comerás de ella (la tierra) todo el tiempo de tu vida»; Ecclesiàstico 7,16: «No aborrezcas la labor por trabajos ni la agricultura que es cosa del Altísimo»; 31,3-4: «Fatígase el pobre por sus necesidades, y si descansa, es para verse en la indigencia»; 1 Cor 10,31: «Ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo para gloria de Dios»; 1 Tes 4,11: «Os esforzéis para llevar una vida quieta, laboriosa en vuestros negocios y trabajando con vuestras manos como os hemos recomendado»; 2 Tes 3,10: «El que no quiere trabajar, no coma». Hay que añadir la doctrina del pecado original, el ejemplo de Cristo y de los apóstoles que trabajaban con sus propias manos.
Mientras que el economista considera el rendimiento inmediato del trabajo, el teólogo estudia su relación con la vida sobrenatural. Como un acto humano el trabajo debe inherirse en el orden de las virtudes: es obvio que la prudencia debe regir el tipo y el modo del trabajo que uno está por ejecutar. Cuando se trabaja al servicio de otros y se exige una remuneración es la justicia la que regula las modalidades.
En vista de las dificultades que provienen del cansancio y de las distracciones de atención deben intervenir también la fortaleza y la temperancia. En la vida espiritual el trabajo libera del ocio que según Santo Tomás es el origen de muchos males.
Pero el trabajo está también relacionado con las virtudes teológicas: por la fe el cristiano sabe que trabajando bien él colabora con Dios en su administración del mundo y prepara la Parusía del Señor. Es consciente que la providencia divina le ayuda y le dará lo que él y los suyos necesitan. En su esperanza cristiana aguarda el obrero «la recompensa conforme a su trabajo» (1 Cor. 3,8). Más importante todavía es la perspectiva del amor sobrenatural: si el trabajo del cristiano es animado por el amor posee un valor particular de mérito en vista de la visión de Dios. Nota Santo Tomás que el que trabaja con más caridad, recibirá un premio más grande, aunque su trabajo sea menos importante.
Con relación al amor con el cual el cristiano ejecuta su trabajo, hay que añadir que el trabajo tiene una función social: a través de su trabajo para los otros él rinde servicio, subviene a las necesidades de sus prójimos y tiene la posibilidad de dar limosnas. Así sigue el ejemplo y la doctrina de Jesús mismo que ha puesto su vida al servicio de todos y dijo que no había venido para dominar sino para servir.
El animal no trabaja porque no piensa, el ángel no trabaja porque no tiene cuerpo, pero para el hombre el trabajo es la expresión de su naturaleza. Lejos de ser una pena, el trabajo en todas sus formas es de por sí el acto más natural del hombre; es necesario para el género humano, la construcción de la sociedad y la promoción del bienestar y de la cultura. El trabajo es nuestro modo de trato con el mundo y la naturaleza. Pero, contrariamente a lo que afirma el marxismo, el hombre no está sometido a la materia y no se universaliza trabajando para el bien común. Al contrario, por el trabajo alcanza su propio perfeccionamiento. En vista de la urgente necesidad, en la que tantos hombres se encuentran, de trabajar mucho y casi sin parar, es preciso insistir sobre la finalidad del trabajo y el primado de la vida contemplativa.
Por otro lado, a medida que la tecnología y la economía contemporáneas permiten reducir la duración del trabajo conviene recordar las leyes de la vida moral y los peligros del ocio. La doctrina profunda y equilibrada de Santo Tomás nos procura los principios siempre válidos para semejante reflexión.
Tomado de: