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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Blowback

Los neoconservadores (políticos) se indignan cuando algunos afirman que el intervencionismo militar norteamericano, pasado y presente, es factor de hostilidad en el mundo musulmán, facilita el reclutamiento de terroristas por parte de organizaciones como Al Qaeda o Isis, y puede contribuir a la comisión de atentados en las naciones de Occidente. La palabra “blowback” (tiro por la culata), acuñada por la CIA para uso interno, ahora es bastante común en el campo relaciones internacionales. Se refiere a las repercusiones no buscadas de políticas clandestinas por lo general, que no son de público conocimiento. El “blowback” es uno de los factores del terrorismo. Hacerlo explícito no implica, como es lógico, justificar o excusar a unos asesinos salvajes.

Financiamiento opaco o Blowback
¿Cómo es que una organización como EI [Estado Islámico], que reniega de la modernidad y sus avances de todo tipo, puede llegar a tener los alcances presentes? En este punto se abre una tangente que suele ser ocultada por gran parte de los medios de información masivos. El Estado Islámico de Iraq y Siria no se trata de un grupo que tomó por sorpresa a EEUU y sus aliados en la región. Se trata de una realidad mucho más compleja que esa visión naive.
El ascenso relámpago del EI, en gran parte, es la consecuencia de una estrategia con largo historial sostenida por Estados Unidos y sus aliados en la región (las monarquías salafistas árabes) que consiste en financiar secretamente grupos de este tipo para desestabilizar gobiernos que no están alineados con las pretensiones del establishment económico y militar estadounidense ni de sus socios sobre recursos naturales tan preciados y rentables como el petróleo o el gas.
Esta política de “dividir para reinar” ha proliferado en la región del medio oriente y el Magreb durante el desarrollo de la llamada “primavera árabe”, EEUU, a través de la OTAN, así como las monarquías de Arabia Saudita y Qatar y el Estado turco se han servido de la región como un tablero de ajedrez, provocando injerencias continuas en los sucesivos estallidos sociales que han tenido lugar en Egipto, Libia, Siria. Iraq, por supuesto, no ha sido ninguna excepción. La intervención ha sido indirecta por medio financiamiento a grupos de fundamentalistas yihadistas a través de petrodólares. Entre esos grupos se encuentra el EI.  (4)
Las monarquías como Arabia Saudita y Qatar son fundamentales en este esquema. Llevando a cabo un juego de doble rasero que los beneficia. Exportan fanáticos a otros países para que no causen problemas en casa. Estos difunden su visión yihadista, compatible con el salafismo institucionalizado de esas naciones absolutistas, en países de la región donde no predomina esa postura. Así como también los financia a través de dinero, recursos y armas. (5)
Lo que sucede con esta dinámica es que, durante la última década ha escapado del control estadounidense. Estos grupos utilizan el financiamiento mencionado para sus propios planes de reducir la influencia estadounidense y occidental en la región, aunque sin tocar a sus mentores monárquicos. Ya sucedió con Al-Qaeda, ahora sucede con EI. Que rompió las alianzas mantenidas con gran parte del arco de grupos fundamentalistas a causa de divisiones que responden a las ambivalentes relaciones entre Arabia Saudita y Qatar. Quienes siguen sus propios juegos de poder en la región. La actual postura en contra de los saudíes hacia el Estado Islámico es una señal elocuente de que este grupo es financiado en forma opaca por la monarquía qatarí.
El Gobierno de EEUU, luego de mantener una postura pasiva de apoyo indirecto a los grupos fundamentalistas que tomaron el poder en Libia y la resistencia en Siria, ha enviado fuerzas militares nuevamente a Iraq ante la avanzada del Estado Islámico de Iraq y Siria sobre recursos estratégicos que amenazan intereses estadounidenses en ese país.
Visto en:

jueves, 4 de junio de 2015

El doble juego de EE. UU. y Occidente


Cabe aclarar que rechazamos el pensamiento del autor de esta nota, en tanto se define como a-cristiano, aunque no anticristiano, porque reivindica el paganismo y acusa al cristianismo de ser un factor de decadencia de la cultura europea. Dicho esto, el presente artículo de política internacionales ofrece interesante reflexiones para debatir.
El doble juego de EE. UU. y Occidente.
Desde hace tiempo, Estados Unidos ha establecido en Oriente Medio una «estrategia del caos» destinada a derribar los regímenes laicos a favor de los movimientos islamistas, con el fin de desmantelar aparatos estatales y militares que no podían controlar, para remodelar seguidamente toda la región.
Por Alain de Benoist.
Varios videos se han convertido en virales en Internet. Uno de ellos es del general Wesley Clark, antiguo jefe de la OTAN; el otro, de George Friedman, presidente de Strafor, una sociedad privada de espionaje establecida en Tejas y notoriamente vinculada a la CIA. El primero está trastornado por el cinismo de la Casa Blanca; el otro lo reivindica lleno de orgullo. Es difícil en estas condiciones saber qué política pretenden desarrollar en Europa los Estados Unidos…
Y, sin embargo, esta política tiene el mérito de haber sido siempre la misma. Desde 1945 el objetivo de Estados Unidos es favorecer la Europa-mercado en detrimento de una Europa-potencia que pudiera convertirse en su rival. A ello se añade, desde la dislocación del sistema soviético, otro objetivo vital: impedir que Europa Occidental establezca una asociación con Rusia. George Friedman lo ha recordado después de que también lo hubiera hecho Brzesinski: como gran Potencia del Mar, el interés primordial de Estados Unidos consiste en impedir la unificación de la gran Potencia de la Tierra, es decir, del conjunto geopolítico eurasiático. EE. UU. controla todos los océanos del mundo, cosa que ninguna potencia mundial había hecho antes («La base de nuestro poder estriba en conservar el control del mar y del espacio»), pero EE. UU. no tiene la capacidad de ocupar Eurasia. Por tanto, debe dividir para reinar.
En un primer momento, suscitó en Europa del Este toda una serie de «revoluciones coloradas» gracias a las cuales intentó extender la OTAN hasta las fronteras con Rusia. Actualmente está intentando crear un «cordón sanitario» orientado en contra de Moscú, de forma que Europa quede cortada en dos desde el Báltico hasta el Mar Negro. Este proyecto «zona-tampón» cuenta con el apoyo de los Estados bálticos, Polonia, Ucrania y Bulgaria, pero se enfrenta con las reticencias o con la oposición de Hungría, Serbia y Austria. La instrumentalización del golpe de Estado producido en Kiev en febrero de 2014 se sitúa obviamente dentro de este marco, al igual que el actual intento albano-islamo-mafioso de desestabilizar Macedonia a fin de impedir que se realice el proyecto Turkish Stream, ya aprobado por el nuevo gobierno griego, lo cual permitiría a los rusos llevar su gas a Europa Occidental sin tener que pasar por Ucrania.
También dentro de esta óptica debe situarse el proyecto de Tratado Transatlántico, que tiene por principal finalidad diluir la construcción europea en un vasto conjunto interoceánico carente de toda base geopolítica, convirtiendo a Europa Occidental en el patio trasero de Estados Unidos e impidiendo a las naciones europeas controlar sus intercambios comerciales, favoreciéndose por el contrario las compañías multinacionales ampliamente controladas por las élites financieras norteamericanas.
El gran interrogante es Alemania. El mayor temor de EE. UU. estriba en la alianza de la tecnología y del capital alemanes con la mano de obra y los recursos naturales rusos. «Unidas —declara Friedman—, Alemania y Rusia representan la única fuerza que podría amenazarnos, lo cual hace que debamos asegurarnos de que no ocurra».De momento, Alemania parece inclinarse ante los diktats de Washington. Pero ¿será siempre así?
En Oriente Medio las cosas son tan complicadas desde hace algunos meses que muchos ya no entienden nada. ¿Qué papel Estados Unidos juega en la región?
Desde hace tiempo, Estados Unidos ha establecido en Oriente Medio una «estrategia del caos» destinada a derribar los regímenes laicos a favor de los movimientos islamistas, con el fin de desmantelar aparatos estatales y militares que no podían controlar, para remodelar seguidamente toda la región según planes establecidos mucho antes de los atentados del 11 de septiembre. Así es como los Estados Unidos, en el marco de la invasión de Irak, crearon el Estado Islámico (Daesh),el cual se volvió luego contra ellos. Fue entonces cuando Estados Unidos empezó a acercarse a Irán, lo cual suscitó la inquietud de las monarquías del Golfo, que temen por encima de todo la influencia regional de Teherán (de ahí, la actual operación lanzada en Yemen contra los rebeldes chiítas). Así pues, existen actualmente tres guerras en una: una guerra suicida contra Siria, en la que los occidentales son los aliados de hecho de los yihadistas; una guerra de Estados Unidos contra el Estado islámico; y una guerra de las dictaduras del Golfo y de Turquía contre el eje Beirut-Damás-Teherán, con Rusia al fondo.
¿Y qué pinta Francia en todo ello?
No pinta gran cosa. Reivindica la laicidad, pero privilegia sus relaciones con las petromonarquías más obscurantistas. Acerca de los inmigrantes que afluyen por miles desde el Mediterráneo —huyendo no de la miseria o de la tiranía, como se repite sin cesar, sino de la guerra civil y del caos que los occidentales han contribuido a engendrar en sus países—, le preocupa más que no se ahoguen que naufragar ella misma; le inquieta más acogerlos que impedirles entrar. Los alemanes ya miran con desdén a Francia, los españoles e italianos ya no esperan nada de ella, y los ingleses siguen considerando el French bashing [la denigración de lo francés] como un deporte nacional.
Por su parte, el Kremlin ya no se hace ilusiones: Francia ya no puede tener una política exterior digna de este nombre, puesto que inclina la cerviz ante los norteamericanos. La prueba más elocuente es la negativa francesa de entregar a los rusos los barcos Mistral que ya habían pagado, así como el escandaloso boicot de las ceremonias celebradas en Moscú con ocasión del 70.º aniversario de la derrota del Tercer Reich. Desde este punto de vista, hay una completa  continuidad entre Sarkozy y Hollande. La UMP se va llamar a partir de ahora «los Republicanos», mientras que el Partido Socialista ya no es más que un «partido demócrata» a la americana. Ya sólo queda por denominar «Casa Blanca» al Palacio del Elíseo ¡y todo estará más claro que el agua!
Visto en:


jueves, 9 de enero de 2014

¿Intransigencia o adaptación?


La entrevista a John Rao ha sido un aporte interesante para desmitificar el modelo norteamericano. En las décadas de 1950 y 1960, las falencias del modelo estadounidense eran menos visibles que en la actualidad. Ofrecemos hoy el fragmento de un libro que reflexiona sobre los pros y contras de dos actitudes fundamentales que pueden asumir los católicos en la vida política. Las reflexiones también parecen aplicables al ámbito intra-eclesial.

"…surgen diversas actitudes en los espíritus. A dos grandes géneros se pueden reducir, hablando en líneas generales.
Primera actitud: Es la de aquellos que concentran su atención y esfuerzo en lo actual, no ciertamente desconociendo que hay un ideal, por decirlo así, puro y absoluto, al que hay que tender; pero sí trabajando en lo actual como si prácticamente fuera algo definitivo, o por lo menos tal que durará mucho tiempo sin que se pueda al presente influir sensiblemente en un acercamiento mayor al ideal puro cuya consecución, aun deficiente e imperfecta, se pierde en lejanías misteriosas e imprevisibles. 
La segunda actitud es la de aquellos que miran constantemente al ideal puro o a lo que debe ser, y a través de él contemplan lo actual, y por tanto con la continua atención y esfuerzo para ir influyendo en personas y circunstancias para la más pronta y eficaz consecución del ideal. La fe les guía y alienta, y el deseo de que sea lo que debe ser.
De estas actitudes se derivan conductas que pueden ser muy desemejantes. 1) Unos apenas proclaman el ideal y los principios absolutos; sólo parecen recordarlos de pasada, aunque puede ser que, cuando es necesario, con gran valentía. En cambio insisten en la visión de lo actual, y en las oportunidades de la acción inmediata. Corrientemente parecen convenir en todo con las personas aconfesionales y discurrir a la manera de ellas; con ellas colaboran amigablemente en el planteo y solución de los problemas sociales. Ven muy lejano el despuntar del sublime ideal y su irradiación en la práctica y creen perder tiempo levantando los ojos de la realidad para contemplar el ideal en toda su pureza y entusiasmarse por él. 2) Otros, en cambio, parecen estar siempre como desasosegados y descontentos de lo real. Lo miran siempre en relación con el ideal puro y con lo que debe ser en toda su plenitud. Y por esto ven siempre impresionados las deficiencias de la realidad. No se acomodan con satisfacción a los aconfesionales; y aunque agradecen lo que se les da, no renuncian en manera alguna, y así lo hacen constar claramente, a lo que tienen derecho. De ahí cierta actitud permanente de exigencia y de lucha.
De suyo, hablando en abstracto, las dos actitudes y conductas son estrictamente legítimas: la de «inteligencia, adaptación, armonía», y la de «intransigencia o lucha tenaz por el ideal»; y hablando también en abstracto, su vicio radical sería el desentenderse una plenamente de la otra con exclusivismo total. — ¿Cuál es en la práctica la más eficaz? Cuestión enormemente difícil, la más difícil quizá de todas las cuestiones prácticas de algún momento que sobre la conducta pública de un individuo o una sociedad se pueden proponer. Casi parece insoluble, y siempre habrá sobre ella respuestas divergentes —. Por de pronto en ambas soluciones la eficacia depende mucho de las personas y circunstancias (...). En todo caso las consecuencias son tremendas, pues de la solución adoptada depende muchas veces el porvenir religioso de las naciones. Por ejemplo, ¿qué hubiera sido del catolicismo en Francia si hubieran permanecido compactos los católicos después de la Ley Falloux, luchando todos a una en una dirección valiente y bien fija? Pero después de esa Ley surgieron diferencias de opinión y de táctica que no fueron sino acrecentándose y ensanchándose con el correr de los tiempos. La «adhesión» o el «ralliement» no logró concentrar las fuerzas católicas y el resultado final ha sido y es doloroso y patente.
León XIII
En general, las actitudes intransigentes son las que mejor suele entender el pueblo cuando está todavía en posesión de su fe y religión, y en las que más a gusto entra. Las actitudes de inteligencia adaptación son más bien del gusto de grupos selectos, a no ser cuando degeneran en el extremo de dejación y renuncia completa del ideal, pues entonces el pueblo, amortiguado el vigor de la fe, vive a sus anchas dentro de ellas.
Unas y otras tienen sus graves peligros y sus grandes ventajas. En la actitud de intransigencia y de lucha hay el enorme peligro de que, exigiéndose todo, al fin se quede uno con nada o muy poco; hay además el peligro de que hierva siempre una especie de desasosiego y lucha sorda en el seno mismo de la sociedad. Pero también hay la ventaja incomparable de que la lucha continua por el ideal evita el estancamiento y la corrupción, impide que se evaporen o pierdan su vigor las esencias de los principios, procurando que se apliquen con decisión y en su integridad a la práctica. A propósito del levantamiento de la Vendée ha escrito Alberto Vandal: «Hay que reconocerlo: la sangre derramada a torrentes en el Oeste fue para el catolicismo francés el germen de salvación». Y en diversas ocasiones la persistencia del catolicismo en un ambiente favorable a su difusión sin estorbo de otros cultos, se ha debido a grupos, más o menos numerosos, de católicos valientes que quieren defender sin balbuceos su catolicismo y que ante todo quieren ser católicos. Por fin, esta actitud es también la que enseña a guardar mejor la jerarquía de valores, concediendo clara y resueltamente a la Religión la primacía sobre todo lo demás.
Por su parte las actitudes de inteligencia, adaptación y armonía, si bien fracasan generalmente ante sectarios convencidos que a todo trance y por encima de todo quieren combatir la Religión Católica, suelen conseguir protección, buen trato y aun bastantes facilidades de acción cuando se trata de adversarios leales, que buscan sinceramente salvaguardar lo que juzgan el derecho de todos, y una convivencia social en un régimen fecundo de bienestar, de orden y de paz. Pero estas ventajas van acompañadas de muy graves inconvenientes. a) Hay ante todo en la masa el peligro de que, o no se resigne a ir por esos caminos de «inteligencia», o de que, puesta ya en esa ruta, llegue a extremos reprobables, pues la masa de suyo es extremista en bien y en mal. b) Hay también el peligro de que por los caminos de «inteligencia y adaptación » que son siempre de cierta condescendencia, se engendre una actitud de espíritu en la que se mire el hecho y la hipótesis actual como la única digna de ser tenida en cuenta, y se aparte la atención de lo que de suyo y por derecho habría de ser. Y esta actitud con frecuencia quita los estímulos para procurar una situación mejor y más conforme al ideal; al contrario hace como descansar en la situación actual como en algo definitivo a lo cual hay que acomodarse. Y fuerza es confesar que la naturaleza se acomoda con gusto. Y por lo general, cuanto menos se siente lo sobrenatural y divino y la trascendencia de la salvación de las almas sobre lo terrenal y pasajero, con mayor facilidad y gusto se acomoda uno a estas situaciones de hecho. c) En fin, las acomodaciones no son muy aptas para enseñar, y menos a la masa, la verdadera jerarquía de los valores, por la que sabemos anteponer lo divino a lo humano, los bienes del espíritu a los bienes materiales y del cuerpo, y el conato y esfuerzo, y, cuando es preciso, aun la lucha valiente y heroica por el ideal, a un estado de simples ventajas y bienestar material, pero en el que más o menos calladamente salen mermados los intereses de Dios y de las almas.
Jean Ousset
Los seguidores de una y otra parte buscan ejemplos en la historia para confirmar su respectiva actitud. Si los unos hallan en el Imperio español de los siglos XVI y XVII un ejemplo de los males horribles que se evitan con una actitud valiente y resuelta contra la heterodoxia y libertades excesivas, los otros señalan la próspera y potente República de Estados Unidos como ejemplar glorioso de un régimen de libertad religiosa que ampara los derechos de todos los ciudadanos en sus creencias religiosas ; y por lo mismo hacen notar cuán acertados y prudentes son allí los católicos no pidiendo ni pretendiendo ni menos exigiendo favores especiales.
Tomado de:
Segarra, I. La Iglesia y el Estado, Ed. Casals, Barcelona, 1963, ps. 150 -153.


sábado, 26 de octubre de 2013

La ilusión americanista

Imagen alusiva sugerida por Miles Dei
Reproducimos una entrevista publicada en ReL que seguramente pasará desapercibida en muchos sitios.

Un profesor norteamericano cuestiona de raíz el mito de las relaciones Iglesia-Estado en EE.UU.
Por Carmelo López-Arias / ReL  

El profesor John Rao, norteamericano de origen siciliano, es doctor en Historia por la Universidad de Oxford, y desde 1979 enseña Historia de Europa en la Universidad St John de Nueva York, una de las grandes instituciones académicas católicas de Estados Unidos. Dirige además The Roman Forum, institución fundada en 1968 por el filósofo Dietrich von Hildebrand (1889-1977) para defender la doctrina y la cultura católicas.
Acaba de publicarse en España un trabajo suyo, "La ilusión americanista", incorporado al volumen Iglesia y política. Cambiar de paradigma (Itinerarios) que, coordinado por Bernard Dumont, Miguel Ayuso y Danilo Castellano, recoge doce aportaciones de pensadores católicos de todo el mundo, todos ellos profesores universitarios, con una perspectiva tradicional en torno a las relaciones entre el poder y la religión, la laicidad y el secularismo. Publicado simultáneamente en español, francés e italiano, y próximamente en inglés, el libro analiza las perspectivas introducidas por la declaración Dignitatis Humanae del Concilio Vaticano II, tanto en el momento de su promulgación en 1965 como en la celebración de su cincuentenario.
La perspectiva de Rao es particularmente interesante por su desmitificación, teórica e histórica, de las relaciones entre Iglesia y Estado en Estados Unidos, consideradas con frecuencia como un ideal a seguir.
Algo que parece más cuestionable que nunca a raíz del llamado "mandato abortista" de la Administración Obama, que obliga a todos los empleadores del país, instituciones católicas incluidas (como colegios y hospitales), a asegurar a sus trabajadores con una cobertura de prácticas anticonceptivas, de fecundación artificial e incluso aborto que la Iglesia rechaza. Los obispos norteamericanos han liderado un reacción social sin precedentes en defensa de la libertad religiosa así atacada.

-¿Cómo es posible que en el país de la libertad religiosa esté ese derecho bajo amenaza tan grave?
-Porque en este país la religión es "libre" a condición de que no pretenda discutir el "orden público" ni el "sentido común" tal como los entienden cualesquiera de las fuerzas materialistas que eventualmente dominen la sociedad.
-¿No es entonces un problema nuevo?
-Siempre ha sido así, como herencia de la "Ilustración moderada", aparentemente favorable a la religión. La religión sólo puede gozar del impacto público que el estado actual de la sociedad secularizada le permita tener.
-¿Realmente el gobierno cerrará escuelas y hospitales católicos?
-No creo que el gobierno lo hiciese, pero creo que podría forzarlo la influencia de los lobbies privados... y de una opinión "católica" que, por la crisis en la Iglesia, es mayoritariamente contraria a la vida.
-Pero hubo una edad de oro de coexistencia entre la Iglesia católica y el gobierno en los años 40, 50 y 60...
-Sí, la hubo, y precisamente en ese periodo.
-¿Por qué en él?
-Por dos razones: tanto el gobierno como la Iglesia estaban unidos en la oposición al bloque soviético, y al mismo tiempo estaban unidos en mantener los labios sellados sobre los problemas que planteaba el pluralismo en la religión.
-¿Qué problemas?
-La crisis en la Iglesia estuvo precedida por décadas de minimización en el discurso público de aquellas enseñanzas doctrinales y morales de la Iglesia que podían molestar a la sociedad norteamericana.
-Sin embargo, en la primera mitad del siglo XX todas las obras católicas florecieron en los Estados Unidos...
-Ciertamente, florecieron, pero no por el sistema americano.
-¿Entonces?
-Florecieron, primero, porque los católicos aun vivían fundamentalmente en guetos, separados de los norteamericanos no católicos, y podían prestarles menos atención sin ofenderles. Segundo, porque la América protestante aún compartía buena parte de la moralidad básica que el sistema pluralista, sin embargo, iba carcomiendo. Tercero, porque la descentralización del sistema en los países anglosajones, que no experimentaron el impacto de la Ilustración radical y de la Revolución, permitía a los católicos espacios donde actuar. Por último, porque Roma aún actuaba como Roma.
-Le da usted mucha importancia a aspectos sociológicos y externos...
-El sistema se basa en un espíritu de lucha de todos contra todos. Quienes están dispuestos a pelear por sus "derechos" pueden mantener en el mundo anglosajón un espacio "libre". Pero tienes que estar dispuesto a pelear.
-¿No se hizo?
-Los católicos cedieron en la lucha cuando aparentemente Roma les abandonó en su papel único, y cuando su salida masiva de los guetos hacia los barrios les hizo sentirse obligados a "integrarse" con sus vecinos.
-Pero es la época gloriosa del cardenal Francis Spellman o del arzobispo Fulton J. Sheen...
-Tenían una venda delante de los ojos, querían ver lo que querían ver: una unión contra el comunismo y la posibilidad de una coexistencia basada en el "sentido común moral básico". No quisieron ver que los Estados Unidos eran herederos de otra forma de secularismo de la Ilustración más moderadamente invasor.
-¿En qué sentido?
-Por ejemplo, no elimina el domingo, simplemente lo convierte en un día más de compras, como los demás.
-¿Y esa moral básica?
-La idea de un "sentido común moral básico" empezó a ser carcomida desde el momento en el que una supuesta Edad de la Razón veía la fe como un peligro.
-En su contribución a Iglesia y política. Cambiar de paradigma señala usted la paradoja de que, en Estados Unidos, Iglesia y Estado están unidos en el momento de la Historia de su mayor separación. ¿Cómo explica tal paradoja?
-Porque la "separación Iglesia-Estado" es un fraude. Ningún Estado puede actuar sin un "espíritu" detrás.  Necesita un equipo de animadores espirituales para que los hombres sigan muriendo en la batalla. "Sin una visión, el pueblo perece". Es más, tras la idea de una separación entre la Iglesia y el Estado, desde una posición católica, ha merodeado siempre la influencia de Lamennais.
-El cura apóstata adalid del catolicismo liberal...
-A Lamennais se le suele considerar un defensor de la separación de la Iglesia y el Estado. No era nada de eso. Quería un orden social nuevo, con la prevalencia del Estado, actuando en unión con "el Pueblo", en quien él quería ver (al principio) la voz del catolicismo, y (luego) la voz de Dios. 
-¿Otorgaba a ese Pueblo, pues, una trascendencia religiosa?
-"El Pueblo" significaba para él todo lo "energético" y "vital", y puesto que "el Pueblo" era deficiente en "energía", los Profetas de los Tiempos (como Lamennais) tenían que definir lo que ese Pueblo (y Dios) realmente querían. Es decir, la traslación de Rousseau y las ideas revolucionarias a la vida de la Iglesia: los profestas que leen la naturaleza y los signos de los tiempos conducen al Pueblo y al Estado a hacer lo que Dios quiere.
-¿Y qué tiene que ver todo esto con Estados Unidos?
-Cualquier que conozca el panorama norteamericano sabe que los estadounidenses con un sentido religioso invocan constantemente a América como la voz de Dios. Crecen con esas ideas grabadas desde el nacimiento.
-¿También los católicos?
-Ésa es la razón por la cual muchos católicos estadounidenses creen -y lo creen seriamente- que la Santísima Virgen se apareció a George Washington, y que este masón de mentalidad estoica se convirtió al catolicismo en el lecho de muerte.
-Ésa es la unidad a la que se refería, entonces...
-La Iglesia en los Estados Unidos, en el ámbito político y social, está totalmente unida tanto a la Derecha como a la Izquierda americanas, una u otra expresiones más moderada o más radical de las teorías políticas y sociales de la Ilustración. No tiene un mensaje independiente que ofrecer.
-¿Cuándo comenzó esa identificación entre los objetivos de la Iglesia y del Estado?
-Desde el principio. Los Padres Fundadores "católicos" estaban influidos, como muchos católicos en Europa, por las ideas naturalistas, lockeanas, moderadas: esa visión religiosa secularizada contra la cual tuvo que luchar el revival católico del siglo XIX. 

-¿Y luchó a fondo?
-Lo he explicado en mis libros Removing the Blindfold y Black legends and the Light of the World. Libraron la batalla considerablemente los obispos alemanes, franceses y algunos irlandeses a finales del siglo XIX y principios del XX.
-¿Los norteamericanos no lo hicieron?
-La implicación de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial (con la derrota de la influencia germánica), el final de la inmigración, el aislacionismo en el periodo de entreguerras y, de nuevo, la Segunda Guerra Mundial y la ecuación que presentaba a los Estados Unidos como algo en todo "diferente" tanto al fascismo como al comunismo dieron el golpe de gracia.
-¿Qué es el americanismo al que se refiere su artículo?
-El americanismo es una ideología que convierte a Estados Unidos en la sola y única fuerza redentora de la historia del mundo. Convierte el patriotismo en una religión que no es nacionalista, porque la causa de América  no se identifica con algo limitado a las fronteras, sino más bien extendido a una causa de alcance mundial. La Redención no vino con Cristo, sino con 1776.
-Entonces, usted no cree que el modelo norteamericano de relaciones entre la Iglesia y el Estado sea el mejor posible...
-No. Es el método más peligroso que ha existido jamás para secularizar el mundo y combatir las consecuencias de la Encarnación.
-¿Y el comunismo?
-Justo porque el americanismo parece favorable a la religión y permite beneficios materiales que el comunismo no permite, su veneno cala sin que la gente se dé cuenta, hasta llegar al momento de "no retorno".
-Usted denuncia que hay católicos que creen historias como la citada de Washington, dan gracias a Dios por el Myflower en la misa de Acción de Gracias, leen a San Agustín a la luz de Jefferson o Lincoln...
-Porque han reinterpretado el catolicismo para que sirva al americanismo. La religión civil, sus símbolos, sus días festivos, sus santos, todo, se graba en la gente desde su más temprana juventud.
-¿Y se exige cumplimiento?
-Si quieres demostrar que no eres "crispador" y que te "integras" en la vida americana, se espera que seas un católico "a la americana".
-Es decir...
-Eso, por desgracia, significa ser un católico al modo de la Ilustración moderada whig que triunfó en las tierras anglosajonas a raíz de la Revolución Gloriosa de 1688.
-¿Y eso significa?
-Significa que conviertes la religión en un asunto privado y que te sometes a la filosofía individualista y materialista de John Locke. Significa también que te muestras impresionado ante la influencia puritana en Estados Unidos, que se seculariza voluntariamente a sí misma hasta convertir su pasión por convertir Estados Unidos en "la ciudad sobre la colina" que "iluminará el mundo" al "modo divino", en "la ciudad sobre la colina" que "iluminará al mundo" haciéndolo individualista y materialista.
-¿Es con ese dogma con el que se reinterpreta la historia?
-Como consecuencia de él, los puritanos que llegaron a América se convierten en algo beneficioso para los "católicos" (y para todos los demás). Como consecuencia de él, los Padres de la Iglesia deben ser interpretados en sintonía con los Padres Fundadores. 
-Que se convierten en objeto de culto...
-Franklin y Lincoln escribieron esto con absoluta claridad: a los Padres Fundadores se les debe "culto". Y justo por eso Lincoln está en un templo, sentado como un dios griego, sobre un trono, rodeado de antorchas. 
-Y si disientes...
-¿Estás en desacuerdo? Entonces estás muerto política, social y económicamente. Y la mayoría de los católicos se ofrecen alegremente como pelotón de fusilamiento de los recalcitrantes.

Fuente:
http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=31771

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Longinqua oceani



Desde los inicios de la existencia de los Estados Unidos la Iglesia católica tuvo que enfrentar cierta hostilidad en una sociedad que ponía bajo sospecha la lealtad de los católicos hacia el estilo de vida norteamericano y sus instituciones públicas. Hostilidad que no llegó a ser persecución, pero que imprimiría en el catolicismo norteamericano rasgos que perviven en la actualidad.
Entre 1790 y 1860 llegaron a EE. UU. unos dos millones de inmigrantes católicos. Este flujo migratorio causó una tensión nacionalista dentro de la Iglesia e incrementó la hostilidad por parte de la población nativa no católica. En este periodo, la tensión nacionalista adoptó la forma del «fidelismo laical», dentro de la Iglesia, que fue la resultante de imitar los laicos el ambiente democrático que les rodeaba así como  costumbres protestantes como el derecho a tener iglesias de su propiedad y a elegir a sus pastores. Por fuera de la Iglesia, las tensiones nacionalistas recibieron el nombre de «nativismo». Los nativistas, en su menosprecio por los inmigrantes católicos, realizaron campañas contra la Iglesia con los tópicos usuales  del protestantismo.
El período que va de 1865 a 1900 muestra diferencias respecto del anterior. Mientras las  sectas protestantes se dividieron durante la guerra civil el catolicismo conservó su unidad. En 1866, se realizó el  segundo Concilio Plenario que intentó presentar soluciones a problemas específicamente estadounidenses. El Concilio adujo la tradición colegial de la Iglesia de EE. UU. que se remontaba a la década de los años 1780. Los obispos eran conscientes de que los católicos eran una minoría social. No obstante, la Iglesia mostraba su vitalidad en la multiplicación de frutos apostólicos.  Durante este periodo la Iglesia ganó mayor aceptación por parte de la minoría culta estadounidense y la hostilidad pasó de los ataques contra todos los católicos hacia aquellos que intentaban obtener fondos públicos para sus escuelas. 
Estos datos resultan de interés para comprender las circunstancias que rodearon la carta de León XIII del 6 de enero de 1895, Longinqua oceani. Un documento cuatro años anterior a la condena del americanismo. Reproducimos aquí un fragmento de interés actual:

[6] No cabe la menor duda de que han conducido a estas felices realidades principalmente los mandatos y decretos de nuestros sínodos, sobre todo los de aquellos que, andando el tiempo, fueron convocados y sancionados por la autoridad de la Sede Apostólica.
Pero han contribuido, además, eficazmente, hay que confesarlo como es, la equidad de las leyes en que América vive y las costumbres de una sociedad bien constituida. Pues, sin oposición por parte de la Constitución del Estado, sin impedimento alguno por parte de la ley, defendida contra la violencia por el derecho común y por la justicia de los tribunales, le ha sido dada a vuestra Iglesia una facultad de vivir segura y desenvolverse sin obstáculos. Pero, aun siendo todo esto verdad, se evitará creer erróneamente, como alguno podría hacerlo partiendo de ello, que el modelo ideal de la situación de la Iglesia hubiera de buscarse en Norteamérica o que universalmente es lícito o conveniente que lo político y lo religioso estén disociados y separados, al estilo norteamericano.Pues que el catolicismo se halle incólume entre vosotros, que incluso se desarrolle prósperamente, todo eso debe atribuirse exclusivamente a la fecundidad de que la Iglesia fue dotada por Dios y a que, si nada se le opone, si no encuentra impedimentos, ella sola, espontáneamente, brota y se desarrolla; aunque indudablemente dará más y mejores frutos si, además de la libertad, goza del favor de las leyes y de la protección del poder público.

León XIII pondera que las leyes norteamericanas hayan respetado la libertad de la Iglesia bajo el amparo del derecho común. Sin exigir una imposible catolicidad estatal para esa nación, recuerda a los obispos que los frutos pastorales se deben principalmente a la naturaleza de la Iglesia y no a la neutralidad estatal. Con lo que intenta prevenirlos del erróneo uso del «modelo norteamericano» para alterar la doctrina católica sobre las relaciones Iglesia-Estado, y de la equivocada pretensión de «americanizar» a otras naciones. Un error que tendría difusión creciente durante el siglo XX y es hoy seña de identidad del catolicismo neoconservador yanki compartido por sus seguidores  en el resto del mundo.

Texto completo de Longinqua oceani, aquí.

jueves, 9 de agosto de 2012

¿Más pro-vida o más hipócrita?

Hace no mucho una bitácora “neocon” amiga se felicitaba por el crecimiento en las encuestas de aquellos que se definían como pro-vida en los Estados Unidos. Ya se sabe lo que hay detrás de este tipo de noticias. Los E. U. A. son la tierra prometida del neoconservador hispano por lo que sirve de ejemplo y modelo para nuestros países. Así el lector “neocon” que se entera de estos “éxitos” deduce automáticamente que:

1) la política de marchas, manifestaciones, pancartas y globos de colores da éxito, lo mismo que el mandato de no ser negativos ni prohibir sino hablar de “lo positivo” (aunque sea algo tan difuso como “la vida”) es efectivo;
2) la estrategia de “luchar desde adentro” de uno de los grandes partidos (aquél que más se asemeje al Partido Republicano) también es exitosa, por lo que se debe evitar la “utopía” del partido o movimiento católico; y
3) apoyar la labor de candidatos políticos judíos o de otras “denominaciones” cristianas (los mahometanos quedan descartados por representar “el Eje del Mal”) y buscar alianzas ecuménicas con ellos, también funciona.
Pero hete aquí que la prestigiosa “New Oxford Review” publica el siguiente artículo donde queda claro que no todo es de color de rosa como los “neocons” locales nos quieren hacer creer.

¿Son los Estados Unidos más Pro-Vida?

New Oxford Review, julio-agosto 2012.


Mucho se ha dicho sobre lo que parece ser una significativa victoria del movimiento pro-vida en la actual guerra cultural. Diversos informes desde hace un año han resaltado un cambio en la actitud estadounidense hacia el polarizante asunto del aborto: la tendencia de las actitudes estadounidenses parece estar alejándose del polo pro-aborto y acercándose al polo pro-vida.

A principios de este año, Russell Shaw escribió en Our Sunday Visitor sobre el “significativamente re-energizado movimiento provida”, notando que “sólo en el último año, se han adoptado en 24 estados 52 nuevas restricciones sobre el aborto” (15 de enero). Shaw citaba a Fred Barnes, editor ejecutivo de The Weekly Standard, quien vivaba la “resurrección de la cruzada pro-vida” y ofrecía como pruebas de su entusiasmo “el crecimiento de los refugios para embarazadas solteras”, “el aumento en la oposición al aborto entre los jóvenes” y “el rejuvenecimiento de los viejos grupos pro-vida y la aparición de nuevos” (7 de noviembre de 2011).

Entonces, para el deleite de muchos, un informe de Gallup publicado en mayo parecía confirmar —y cuantificar— el positivo momento del movimiento pro-vida. Al comienzo de la campaña presidencial de verano, la confianza entre los pro-vida estaba en su cima y los pro-elección estaban a la defensiva.

El aspecto más repetido del informe de Gallup fue que los estadounidenses se identificaban ahora como “pro-vida” más que como “pro-elección”. Todo un 50% de los que respondieron la encuesta de Gallup dijo ser pro-vida —un “aumento” del 5% desde 2008—. Mejor aún, sólo el 41% de los que respondieron se consideraban pro-elección —un “caída” del 8% desde 2008—. De más está recordar que 2008 fue el año en que los Estados Unidos eligieron a Barack Obama, el hombre que hoy es conocido en los círculos pro-vida como “el presidente más pro-aborto de toda la historia estadounidense”. ¿Será que el aliento al aborto de su gobierno ha causado una reacción adversa entre la ciudadanía? Lo veremos en noviembre.

Los números de Gallup de 2012 representan un cambio más dramático incluso que en tiempos de Clinton, en 1995, cuando el 56% de los que respondieron se identificaron como pro-elección, versus un pobre 33% de los que se identificaron como pro-vida. A este nivel, la marea parece estar cambiando realmente.

El informe de Gallup también muestra que los estadounidenses en general favorecen limitar la industria del aborto dentro de lo que Charmaine Yoest, presidente de Americans United for Life, llama “límites de sentido común” —leyes que exijan la autorización de los padres, limitaciones al monto de dinero de impuestos que sirve para financiar los abortos, restricciones a los abortos más allá de la semana vigésima del embarazo, etc.—. “Un creciente número de estadounidenses”, dijo Yoest a la Catholic News Agency (24 de mayo), “se siente intranquilo con una industria del aborto irrestricta, subregulada y desagradable como la que existe hoy”.

Sea como fuese, la encuesta de Gallup también deja claro que la mayoría de los estadounidenses no desean eliminar por entero la industria del aborto. Aunque esté de moda entre los estadounidenses llevar la etiqueta pro-vida, el hecho es que casi no ha habido cambio en su actitud fundamental hacia el aborto “legal”. Gallup informa que apenas un 20% de los que respondieron dijeron que el aborto debiese ser “ilegal en toda circunstancia”. Este grupo fue superado en cinco puntos porcentuales por quienes dicen que el aborto debería ser “legal en cualquier circunstancia”. Estos números de 2012 son virtualmente idénticos a los de 2008.

La diferencia entre el número de estadounidenses que se identifican como pro-vida (50%) y de los que creen que el aborto debe ser ilegalizado (20%) no ha pasado inadvertida en el campo pro-elección. Kaili Joy Gray, desde el blog progresista Daily Kos (23 de mayo), rápidamente señaló que estos números “‘deberían’ ser idénticos”. Realmente. “Alguien que se identifica como ‘pro-vida’”, razonaba, “supuestamente piensa que el aborto es inmoral y debería ser ilegal en todas las circunstancias”. Sí, supuestamente. Existe una indudable incoherencia en asumir una cierta identidad sin adherir verdaderamente a sus imperativos —esto es decirse pro-vida pero sin pensar que el aborto deba ser ilegal—. “Eso no los hace ‘pro-vida’”, carga la Sra. Gray. “Eso los hace hipócritas.”

¡Ay! Eso fue un golpe bajo, pero que no carece de fundamentos.

Lo que estamos viendo no es tanto un crecimiento de las tendencias pro-vida en los Estados Unidos sino un creciente malentendido sobre lo que significa ser pro-vida. La Sra. Gray da en la diana al decir que ser pro-vida es querer la ilegalización del aborto. Sin embargo, se le va la mano cuando llama a los nuevos pro-vidas hipócritas. Sospechamos que se han sentido atraídos por la etiqueta de un movimiento que ha enfocado sus energías en ganar pequeñas concesiones y restricciones limitativas antes que perseguir agresivamente la prohibición de plano del homicidio de bebes aún no nacidos.

Un indicador del sentido borroso de lo que significa ser pro-vida es que un 52% de los que respondieron la encuesta de Gallup dijeron que el aborto debería ser “legal bajo ciertas circunstancias”. Entre estas circunstancias, el 82% piensa que el aborto debe ser legal “cuando la salud física de la mujer está en peligro”. Más problemático es el 61% que piensa que el aborto debería ser legal “cuando la salud mental de la mujer está en peligro”. Ciertamente cualquier mujer que busca hacerse un aborto podría argumentar que de no conseguir lo que quiere, podría caer en una severa depresión.

Francamente, éstas no son excepciones que un pro-vida genuino apoyaría.

Tal vez hemos llegado al punto donde Bill Clinton podría ser tenido como un profeta pro-vida por haber previsto que un día el aborto en los Estados Unidos sería “seguro, legal y extraordinario”. ¿Qué absurdo hubiese parecido eso en 1995? Sin embargo, sobre la base de una generosa lectura de los resultados de la encuesta de Gallup, ésta podría parecer una meta razonable para los nuevos “pro-vida” estadounidenses —pro-vidas para los que el término ha sido vaciado de su verdadero significado—.



jueves, 2 de agosto de 2012

La triste historia del Tomismo en América del Norte IV (y final)




Gente como Louis Wirth veían a la cultura católica (representada entonces por los polacos y hoy por los mexicanos) como su enemiga mortal. Estaban dispuestos a usar cualquier medio, incluyendo la guerra psicológica, la ingeniería social y la subversión de la moral para evitar que esta cultura pudiese tener algún tipo de influencia significativa en los Estados Unidos. Por ejemplo, para Samuel Huntington los mexicanos católicos son una amenaza para la élite judeo-protestante norteamericana mucho más grande que los polacos católicos de los años ’30 (ver “The Hispanic Challenger and the logic of Empire”, Culture Wars, mayo de 2004).


Actualmente, es al menos ingenuo seguir diciendo que, de alguna manera, estas culturas lograrán formar una nueva síntesis. Lo cierto es que sería ceguera frente a las realidades de la historia. Esta tesis tendría los mismos efectos que la posición de Maritain en los ’30 a ’70. Y resultaría en el desarraigo de los hispanos étnicos, a menos que se les proponga una vacuna espiritual que evite que se infecten con este virus revolucionario. Pero, hasta ahora, nadie lo ve venir.


Al final, ¿qué podemos decir sobre Maritain? Existen tres relaciones que, tal vez, revelen de la mejor manera su lugar en la historia estadounidense: sus aspiraciones y tratos con Louis Wirth, con Paul Blanshard y con la Rockefeller Foundation. En los tres casos, Maritain pensaba que estaba dialogando con protestantes rectos, un poco inmersos en el pragmatismo, pero capaces de ser amigos suyos. Sentía que podía influirlos de manera positiva, pero no entendió, sólo Dios sabe si con o sin culpa, la naturaleza de su odio y su acritud hacia la Iglesia y hacia todo aquello que la Iglesia católica representaba, especialmente en relación con la virtud del amor y la caridad. Juzgando por sus cartas privadas, memorandos y diarios, el objetivo de éstos era minar y subvertir la Iglesia, especialmente en materia de moral sexual. A ninguno le interesaba realmente debatir en el terreno intelectual, a menos que esos debates pudiesen convertirse en oportunidades para atacar al catolicismo. Y, si lograban que los católicos siguieran la corriente, sentían que los católicos en cuanto tales podrían ser eliminados.

Sus ideas eran como las corrientes internas del Lago Michigan. El lago parece pacífico y las olas son pequeñas comparadas con las del Atlántico, pero es cuestión de intentar nadar y quedar atrapado en sus corrientes, y el Lago Michigan es tan mortífero como el Atlántico.


La libertad, para Wirth, Blanshard, Rockefeller y sus partidarios, se oponía a la igualdad. La libertad les daba la oportunidad de corromper la moral de los católicos, del mismo modo que la libertad es hoy la excusa de los neoconservadores para tener la oportunidad de explotar al trabajador y al pobre. Y así, Maritain, al dialogar con ellos, en vez de convertirlos, contribuyó a dar a esos subversivos la respetabilidad en los círculos católicos que ellos necesitaban para aplicar libremente sus técnicas de guerra psicológica, ingeniería social y corrupción de la moral católica.


Los intelectuales católicos de ese tiempo, incluyendo a Maritain, ayudaron a los revolucionarios a progresar cuando trabajaban con ellos en un internacionalismo que buscaba superar la identidad cultural y étnica. Wirth pensaba que para realizar su plan necesitaba eliminar la identidad étnica en Europa, promoviendo el cosmopolitismo. Lo mismo pensaba hacer dentro de los Estados Unidos, especialmente con las etnias católicas. Tuvo éxito al reemplazar la categoría etnia por la categoría raza. Los intelectuales católicos de los ’50 y los ’60 “compraron” este cambio de categorías y comenzaron a ver a Wallace Filipowicz y sus similares más como racistas que como defensores de una identidad étnica y espiritual.


Al comprometer a los católicos norteamericanos en el movimiento de los Derechos Civiles, con sus aspectos universalistas y con el cosmopolitismo, los intelectuales católicos fallaron en la que era quizá su tarea más importante: defender la genuina identidad cultural y espiritual de los distintos grupos étnicos católicos.

Como nos recordaba la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1986, “no se puede hacer abstracción de la situación histórica de la nación, ni atentar contra la identidad cultural del pueblo. En consecuencia, no se puede aceptar pasivamente, y menos aún apoyar activamente, a grupos que, por la fuerza o la manipulación de la opinión, se adueñan del aparato del Estado e imponen abusivamente a la colectividad una ideología importada, opuesta a los verdaderos valores culturales del pueblo. A este respecto, conviene recordar la grave responsabilidad moral y política de los intelectuales.” (Instrucción sobre libertad cristiana y liberación, 75, énfasis nuestro.)


El 20 de octubre de 1967, Monseñor Wallace Filipowicz murió de un ataque cardíaco masivo. Durante su vida, parece por lo que podemos saber de los pocos detalles disponibles, eligió evangelizar enfatizando la identidad étnica y religiosa. En 1941 obtuvo un grado de Maestría en Estudios Eslavónicos en la Universidad de Columbia. Su tesis de maestría era una traducción de la historia de Polonia, Lituania, Livonia y Rusia escrita por el Papa Pío II. Trabajó durante 30 años en el seminario polaco de Orchard Lake (Michigan). Dos generaciones de sacerdotes aprendieron polaco con él, incluyendo el cardenal Maida de Detroit, según supe en 2002. Cartas que le enviaron en los ’50, y que hoy están en su archivo, denotan la presunción de una enemistad que se escondía en las sombras, así como un sentimiento de desprotección total frente a la devastación que sobrevendría. Fue rector del seminario en los ’60 y supervisó la construcción de su nueva capilla. Consideraba como su mayor contribución a la capilla la creación e instalación de una escultura de la Última Cena detrás del altar mayor.


Un artículo de 1966 aparecido en el Detroit News decía que St. Mary era un lugar “profundamente enraizado en la historia polaca” con un linaje de mil años hasta la conversión de Polonia. De acuerdo con su rector en aquel tiempo, podía ofrecer a “cualquier comunidad que lo pidiese, un lugar dedicado al milenio polaco o con una conferencia”. Se estaba preparando la visita del cardenal Stefan Wyszynnski, primado de Polonia, así como de otros obispos y arzobispos de la Polonia de esa época. Monseñor Valerius Jasinski decía que St. Mary podía educar a los niños “de modo de que ellos pudiesen generar en sus almas lo que es mejor para la cultura estadounidense, polaca y católica”. Esto podía ser así porque los Estados Unidos no eran un crisol, sino una sinfonía étnica. El famoso crisol “nunca existió, sino armonizando, mezclándonos en una sinfonía que sólo se puede dar si cada elemento conserva sus propias características y contribuye particularmente a un todo simétrico”. Cada estudiante debía aprender polaco, porque iban a servir a comunidades polacas distribuidas en todos los Estados Unidos y el mundo, tanto los seglares, como los sacerdotes y religiosos.


Aunque Filipowicz tenía una completa biblioteca de filosofía, St. Mary nunca desarrolló un programa significativo de filosofía. En los ’90 renunció a toda educación superior. Actualmente, sólo conserva una escuela secundaria y un seminario, y aún mantiene un centro para la Misión Polaca. Aunque la mayoría de los restantes establecimientos católicos de educación superior han capitulado o asimilado la cultura dominante, St. Mary intentó preservar la pequeña identidad étnica que le quedaba. Pero, como se ve, no intentó un planteo filosófico o tomista que hubiese ayudado a preservar y transformar con frutos la identidad étnica.


Monseñor Filipowicz no llegó a vivir la epidemia revolucionaria que estalló en 1968. M.N.S. Guillon pensaba que, al comienzo de las revoluciones, Dios saca de escena a determinadas almas como un acto de misericordia para que no tengan que sufrir al ver sus peores efectos. Tal vez, éste fue uno de esos casos.


Nos corresponde a nosotros que quedamos comprender lo que sucedió después e intentar curar las heridas causadas por la plaga que asaltó la Iglesia en la segunda mitad del siglo XX. Dicho esto, podemos continuar.


Aunque no se dice en el libro que comentamos, si volvemos a Notre Dame, en 2005, Edward Manier, como hizo Louis Wirth en los ’30 en Chicago, se puso al frente de la tarea de solucionar algo que le causaba gran preocupación. “Existen cuatro adjuntos tomistas enseñando Introducción a la Filosofía en el departamento.” El Departamento inició una revisión anual de los planes de estudio de aquellos tomistas para asegurarse que estuviesen enseñando filosofía de acuerdo con los estándares del filo-sofismo académico contemporáneo. Esencialmente, Manier y sus colegas querían que el realismo clásico continuara en las catacumbas intelectuales también en el siglo XXI.


¿Y qué podemos hacer? Siguiendo con otra analogía fluvial, ¿qué puede hacer un pez que nació en el río Detroit en los ’70? El río, de alguna manera, refleja, hasta cierto punto, el ambiente moral de la ciudad y del campo. Debido a la contaminación que hay en el río, cada tanto se prende fuego. Un pez que se vea atrapado en ese río no puede salirse y exponerse al aire, lo que significaría la muerte segura, pero tampoco puede florecer en ese río. Debe comenzar a pensar cómo limpiar el río desde adentro.


Como comentó un observador en Notre Dame, “una cosa es permitir que la pornografía inunde el campus, lo que es seriamente imprudente. Pero hay otra pregunta que a nadie se le ocurre, volviendo a la era de Hesburgh, ¿cómo formamos estudiantes de modo que puedan conservar su fe y vivirla en una ambiente hostil? Esto es lo que necesitamos pensar. Cómo hacemos para que los estudiantes de nuestro ambiente, estén preparados no sólo para sobrevivir en él, sino para convertirlo. Si la fe es algo de lo que nos avergonzamos o que pensamos esconder o condenar para poder vernos entre gente respetable, ¿cómo podemos emplear la medicina que la fe ofrece para sanar las heridas causadas por los efectos del pecado?”


Vienen a la mente dos ejemplos. Maritain y su progenie intelectual, los intelectuales católicos en general, podrían ser más caritativos con los católicos étnicos que quedan. En vez de preferir diez paganos a un católico intransigente, deberían pensar en tratarlos como Cristo trató a Cleofás tras la Resurrección. Deberían caminar con ellos, en vez de preferir que los Paul Blanshard de este mundo lo hiciesen por ellos.


Y, terminando este ensayo en la fiesta de San Esteban, también es bueno recordar el ejemplo de San Esteban. Todos sabemos que San Esteban rezó por sus asesinos mientras lo apedreaban. Pero, tal vez, debemos recordar también que San Esteban fue intransigente cuando expuso la fe por la cual lo condenarían a muerte. Los miembros de las sinagogas de los libertinos, los cireneos, los alejandrinos y los cilicios todos disputaban con él. Pero no podían convencerlo debido a su inteligencia. De hecho, estaban tan frustrados con él que corrompieron a algunos funcionarios para que levantaran falsos cargos de blasfemia contra él.


Cuando Esteban era llevado ante el consejo, su cara brillaba como la de un ángel a medida que ofrecía un largo discurso sobre la historia de Israel. No soy un escriturista, pero leyendo el texto, supongo que su cara aún mantenía la apariencia de un ángel cuando terminó su discurso con la siguiente exhortación ecuménica: “¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo! ¡Como vuestros padres, así vosotros! ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que anunciaban de antemano la venida del Justo, de aquel a quien vosotros ahora habéis traicionado y asesinado; vosotros que recibisteis la Ley por mediación de ángeles y no la habéis guardado.”


De alguna manera, pienso, tenemos que decir algo como eso a los Blanshard, los Wirth, los Foucault, los Wilhelm Reich, los miembros del Círculo de Viena, los de la Rockefeller Foundation, su progenie intelectual, y cualquiera que quiera defender esos proyectos, que incluyen pero no se agotan con el control de la natalidad. Necesitamos, entonces, una defensa filosófica no sólo de la enseñanza de la ley natural, sino también de las comunidades étnicas que fueron abandonadas por los filósofos desde la década de 1940 hasta hoy. No podemos defenderlas sobre la base de los “principios americanos”, como sugieren algunos, esperando que alguna síntesis hegeliana fructuosa ocurra mágicamente. Los “principios americanos” son parte del problema, no la solución; algo que queda claro de la lectura del libro de Michel. CW