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jueves, 8 de enero de 2015

HUBIERA SIDO LOABLE

Steve Sack, The Minneapolis Star Tribune

Hubiera sido loable escuchar en boca de las máximas autoridades de la Iglesia, aun no disipado el olor a pólvora y a sangre derramada por el imprevisto asalto yihadista, algún comunicado que, pidiendo oraciones por las víctimas, se sirviese recordar que éstas, con sus repugnantes sátiras anti-trinitarias, debieron irritar al Dios celoso de su nombre y de su gloria. Y que estos dementes de la medialuna pudieron ser al cabo el instrumento de Su cólera, al modo de aquella Asiria que el profeta veía como vara y bastón del furor divino contra su pueblo apóstata (Is 10,5). Hubiera sido loable escuchar de boca del Papa la forzosa rectificación de sus recientes melindres para con el Islam, motejado como una "religión del amor y de la paz": con la balacera sonando cada vez más cerca, era oportuno repasar esas suras que hablan con insistencia inequívoca del exterminio implacable de aquellos que el Islam llama "infieles". El silencio sepulcral de los supuestos "islamistas moderados" ha sido el más elocuente alegato en contra de esta superchería irenista y tardo-occidental, la prueba más contundente de que esa moderación vive sólo en el magín de unos cuantos opinólogos rentados.
Hubiera sido loable levantar la Cruz a una contra el laicismo iluminista de Occidente y contra las ululantes y arenosas huestes del Falso Profeta, ambos enemigos irreductibles del nombre cristiano. En su lugar, la Santa Sede se apresuró a calificar de «abominable» el atentado, tanto por atacar a las personas que resultaron sus víctimas como por vulnerar la libertad de prensa. A estas tabarras siempre tributarias del Zeitgeist se les sumaron las infaltables definiciones de los cagatintas, aquellos que mercan haciéndole el coro al apocamiento oficial: «desde la óptica cristiana la violencia es siempre inaceptable, y el asesinato un crimen diabólico. Sólo Dios es dueño de la vida y de la muerte. Matar en nombre de Dios nunca es lícito, sino que es una blasfemia contra el mismo Dios, que es Amor». Toda la osadía de estos escribas, en muy mal trance aplicada, consiste en recordar que «la fe Católica, a diferencia del Islam, enseña el perdón a los que nos ofenden».
Cualquier sazón será inoportuna para explicar a tales psitácidos que la vis irascibilis (violencia), obviamente rectificada por la razón, bien puede aplicarse a una causa noble. Que el suponer siempre ilícito el matar en nombre de Dios (y que hacerlo constituya nada menos que una blasfemia) podrá ser, en todo caso, el tópico elegido por las plañideras de ocasión, pero que éste resulta contradicho por toda la doctrina católica, admirablemente ejemplificada en este punto por aquel apotegma de san Bernardo orientado a la justificación moral de la pena capital contra los herejes contumaces que atentaban contra la unidad de la fe: melius est ut pereat unum quam unitas. Y que el perdón de las ofensas se refiere a las dirigidas contra la propia persona, no contra las tres Personas divinas.
Es el torpor de los dirigentes civiles y religiosos de la vieja Europa el que está desarmando anímicamente a la población y envalentonando, en consecuencia, a los muslimes. Quedará registrada, a todo esto, una irónica coincidencia: la de la salida, el mismo día del atentado contra las oficinas del abominable pasquín parisino, de la última novela del escritor galo Michel Houellebecq, del sugestivo título Soumission, que sitúa para el año 2022 el triunfo electoral de un partido llamado «Fraternidad Musulmana« contra el Frente Nacional de Marine Le Pen en el ballottage presidencial merced a una alianza de socialistas y conservadores desesperados por evitar el triunfo del cuco ultraderechista. El resultado inmediato de este triunfo, aparte de la pronta islamización de la Sorbona, no es el más halagüeño para las veleidades libertario-feministas hasta entonces en vigor: la exclusión de la mujeres del mundo del trabajo, el uso generalizado del velo islámico y la prohibición del escote y la minifalda.
Visto en:

jueves, 10 de julio de 2014

Los orígenes apostólico-patrísticos de la Misa Tridentina


El amigo Flavio Infante ha traducido el trabajo «LOS ORÍGENES APOSTÓLICO-PATRÍSTICOS DE LA "MISA TRIDENTINA"» de Sor María Francesca Perillo, F.I. Reproducimos ahora su introducción y nos tomamos la licencia de publicar el artículo en nuestro estante de scribd.

Con la satisfacción del deber cumplido, ofrecemos la traducción de este extenso pero invalorable texto, correspondiente (con algunas añadiduras posteriores y profusión de notas al pie) a la ponencia de sor Maria Francesca Perillo, de la estigmatizada rama femenina de los Franciscanos de la Inmaculada, en el Tercer Convenio Summorum Pontificum celebrado en el Angelicum de Roma entre el 13 y el 15 de mayo de 2011. Para mayor comodidad de acceso al mismo, lo hemos adjuntado en la columna derecha del blogue, entre aquellos textos que integran la sección «Jugo de doctrina sobre fe y liturgia».
Nunca estará de más insistir en que la gravedad de la crisis de la Iglesia se funda muy principalmente en la llamada «cuestión litúrgica». Entre los autores hay amplia coincidencia en afirmar que el protestantismo impulsó su ruptura con la Tradición precisamente a través de significativos cambios en el culto, y entre los hallazgos más celebrados de dom Guéranger se cuenta el del reconocimiento de la existencia de una «herejía antilitúrgica» desde el jansenismo a nuestros días, mirante a debilitar la certeza de la fe.  De ahí lo dramático de los cambios que afectan a la vida de la Iglesia en el último medio siglo, cuyo carácter último e inspiración quedó suficientemente manifiesto por Paulo VI en la Audiencia General del 13 de enero de 1965, cuando dijo entre otras cosas que «es menester reconocer que una nueva pedagogía espiritual ha nacido con el Concilio: es ésta su gran novedad; y nosotros no debemos dudar en hacernos primeramente discípulos y luego sostenedores de la escuela de oración que está por comenzar. Podría ocurrir que las reformas toquen costumbres queridas e incluso también respetables; podría ocurrir que las reformas exijan algún esfuerzo para con éstas que no resulte agradable; pero debemos ser dóciles y tener confianza: el plano religioso y espiritual que se nos abre por delante merced a la nueva Constitución litúrgica es estupendo por profundidad y autenticidad de doctrina, por racionalidad de lógica cristiana, por pureza y por riqueza de elementos cultuales y artísticos, por correspondencia a la índole y a las necesidades del hombre moderno». 
Tampoco resultará difícil hacerse una idea de la tensión espiritual que acompaña a las circunstancias actuales si, después de la lectura de este trabajo, pasamos a considerar los principios expuestos recientemente por sor Fernanda Barbiero, dorotea, puesta al frente de las hermanas Franciscanas de la Inmaculada con motivo del comisariamiento que sufre la orden: «nosotras, las religiosas, hemos sido formadas en un tipo de fe y de espiritualidad que nos aparta de la razón. Es una espiritualidad congelada en la filosofía del ser, ya no más actual por la urgencia de construir una ética. Y ética quiere decir relación de vida, no razón [...] Nosotras debemos simplificar la religiosidad y volverla más cercana a las necesidades reales de los pobres. Hay mucho de "invisible", mucho arcano. La dirección de la vida religiosa parece demostrar que la santidad tiene su epicentro en el más allá, en lo invisible, o en una caridad mucho más cercana a la limosna que a la responsabilidad y al compromiso por un mundo más justo [...] Debemos reconciliarnos con la historia como único templo en el que Dios ha tomado rostro y casa».
Y con perdón de los lectores por preceder estas exquisitas páginas que siguen con comprobaciones tan amargas, dejamos ahora hablar a quien corresponde hacerlo. Si hii tacuerint, lapides clamabunt.