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viernes, 14 de julio de 2017

El demonio ¿conspira?



Algunos comentarios publicados en esta entrada nos llevan a pensar que es necesario recordar nociones que deberían ser conocidas y aplicadas por los católicos. Se refieren a la naturaleza del demonio y sus posibilidades de dañar a la humanidad redimida.
La idea de una conspiración infalible supone -implícitamente al menos- el maniqueísmo, el determinismo, la oposición a la realidad de la Providencia divina y la negación de la gracia actual. Esta infalibilidad no puede aceptarse porque implica verdaderas herejías. Ahora, si por conspiración se entiende un plan diabólico esencialmente falible para que la humanidad se condene, que deja abierto el resultado por la indeterminación fruto de la libertad de los seres humanos y la gracia, entre otros elementos, entonces no hay dificultad en admitir esta conspiración. La existencia de este «plan maestro» que Satanás procura actualizar -mediante su acción ordinaria y extraordinaria- es una verdad católica. Pero en este último caso, también hay que advertir sobre un error gnóstico que, bajo pretexto de «Teología de la historia», pretende descubrir en la Revelación contenidos que Dios no ha querido manifestar, pues no ha revelado un plan detallado que podamos conocer en sus pormenores históricos. Las aplicaciones concretas de las grandes verdades reveladas sobre el sentido de la historia que cada uno pueda hacer, siempre tendrán el estatuto epistémico-teológico de simples opiniones y serán discutibles por su naturaleza.
"Los puntos fundamentales de la doctrina católica acerca del diablo son: a) Dios creo los Angeles , que son buenos por naturaleza, pero muchos de ellos pecaron y se hicieron malos deliberadamente; b) no es el diablo quien ha creado la materia y los cuerpos; c) Satanás y sus secuaces han sido castigados por Dios con el infierno, desde donde ponen asechanzas, tientan y persiguen a los hombres en tanto en cuanto Dios se lo permite; d) los demonios, como todos los Ángeles, son espíritus puros, dotados de entendimiento y de voluntad; e) los Ángeles fueron hermoseados por la gracia desde el primer instante de su creación: muchos de ellos cayeron en un pecado de soberbia y se perdieron irremediablemente, porque en virtud de su naturaleza espiritual su libre elección entre el bien y el mal queda inmutable una vez hecha y por lo tanto sin lugar a arrepentimiento; f) el demonio perdió con su pecado los dones sobrenaturales, pero conserva su naturaleza espiritual ricamente dotada de inteligencia y de tenaz voluntad para el mal; g) los demonios odian a los hombres destinados a reemplazarlos en la gloria." (Parente).
"…en sentido estricto, en la doctrina católica la tentación es propia del diablo, el cual, como dice S. Ambrosio, «semper invidet ad meliora tendentibus». Es verdad de fe divina que el demonio tienta a los hombres al mal; y el mismo Jesús en el Padrenuestro nos hace pedir entre otras cosas que Dios no nos deje caer en la tentación […] La tentación de más desastrosas consecuencias fue la de Satanás en forma de serpiente, que tan graves males trajo a nuestros Progenitores y a toda la humanidad (Gen. 3). […] 
Santo Tomas prueba que el diablo puede influir en el entendimiento humano, no provocando directamente los pensamientos, sino excitando la fantasía y, por lo tanto, los fantasmas, sobre los cuales trabaja el entendimiento. El diablo puede influir sobre la voluntad por dos caminos indirectos, a saber: por modo de persuasión, presentando a través de la fantasía y del entendimiento un objeto apetecible, o también excitando las pasiones, que mueven y desorientan la voluntad. Todo esto es externo, ya que internamente es siempre y solamente Dios quien mueve. Bajo cualquier influjo diabólico la voluntad no pierde su libertad, por lo que el hombre tentado es siempre responsable de su pecado. Con la gracia divina puede y debe resistir, como enseña la Iglesia, contra las falsas doctrinas de Molinos (DB, 1237, 1257, 1261 ss.). […] Después del pecado original la naturaleza humana resiste con más dificultad a las tentaciones, sobre todo a las más graves; pero Dios concede al hombre de buena voluntad la gracia proporcionada a su necesidad y no permite que sea tentado por encima de sus fuerzas, como afirma S. Pablo (I Cor. 10, 13)." (Parente). 



lunes, 3 de julio de 2017

La conspiración


La Teoría de la Conspiración es atractiva, pero peligrosa para la salud mental.
Es atractiva porque satisface nuestra sed de sentido, de racionalidad. Nos sitúa en un universo en el que todo sucede por una razón comprensible, por un motivo racional y abarcable. Y es peligrosa porque es falsa.
¿Hay conspiraciones? ¡Por supuesto! No hay nada más fácil ni probable. Pero si existen conspiraciones, no puede existir LA conspiración como la conciben los conspiracionistas: mundial, infalible, omnicomprensiva y duradera.
Contradice toda nuestra experiencia de la realidad humana, donde hay coincidencias, accidentes, absurdos, errores, chapuzas y despistes. Imperfección, en suma, inseparable de nuestra naturaleza.
Los ‘malos’ -porque se da casi por supuesto que los conspiradores no actúan por nuestro bien-, a pesar de serlo, son cuasi divinos: no yerran, no pasan nada por alto, no dejan, en fin, que un solo gorrión caiga de la rama sin su aquiescencia. Son, en suma, una versión invertida de Dios.
Sobre todo, estos personajes, a los que hay que suponer sumamente ambiciosos y taimados, despliegan una insólita solidaridad. Ninguno se carga la conspiración por querer más poder que el otro. Tampoco hay ninguno que se arrepienta, en una visión muy calvinista de todo el asunto. Nadie se va de la lengua, ni en su lecho de muerte. Además, tratándose de una conspiración a largo plazo, hay que creer que los poderosos de una generación siguen fielmente las instrucciones de las precedentes, que no envejecen, al parecer, ni suenan obsoletas, raras o inútiles a los nuevos.
Pero probablemente el efecto más pernicioso de creer en esta conspiración universal es que implica creer que el mal es más poderoso que el bien. Y nos desanima a cambiar nada y a desconfiar de todo. Total, ‘ellos’ siempre van a ganar. Son más inteligentes, disciplinados, virtuosos, porque toda esta incesante y providente actividad exige extraordinarias dosis de virtud.
Visto en:

viernes, 19 de mayo de 2017

Cartas de un demonio a su sobrino (y IV)


Mi querido Orugario:
Me dicen que has dado pasos importantes en la formación de un psicología de inquisidor en los tradis que nuestro Supremo te ha confiado. Y que has cumplido con el objetivo que te indicara en mi anterior.
¡No te duermas en los laureles! Todavía te queda mucho por hacer. No basta con que tus tentados hagan lo que tú les sugieres si luego se arrepienten o son inconstantes en su obrar. Debes lograr que su temperamento inquisitorial se perfeccione con la obstinación. Con palabras de nuestro Enemigo: que lleguen a ser «ciegos que guían a ciegos» (Mt. 15, 14).
El primer paso para que tus tradis devengan obstinados es la desobediencia. Debes llevarlos al límite de la contradicción inadvertida: que se opongan a la Iglesia y a la verdad que dicen querer salvar; que contradigan la fe en nombre de la defensa misma de la fe. A eso que el lenguaje vulgar ha sabido expresar con ser «más papistas que el papa»; y que, para gentes con preocupaciones doctrinales, podría equipararse a ser «más maestros que el Magisterio de la Iglesia». Ninguna distinción entre Teología y Magisterio; nada de diversas formas de adhesión a éste; que todo sea un «bloque» denominado Doctrina que se confunda con sus opiniones. Y si alguna vez sienten en la conciencia el dilema de tener que «obedecer a Dios antes que a los hombres», que sólo a sí mismos se concedan esta posibilidad, nunca a sus enemigos. Porque sólo ellos saben con seguridad lo que conviene a Dios y a la Iglesia, razón por la cual no pueden dar su brazo a torcer, pues esto sería defeccionar de la «santa causa» y traicionar el «combate contrarrevolucionario». Y el segundo paso, es el prurito de autoridad siempre por encima de la verdad. Por lo cual, si acusan a alguien de «heterodoxia», y la acusación es falsa, nunca se han de retractar, pues hay que «salvaguardar el principio de autoridad» que sólo ellos encarnan en la presente crisis. Y si vieran que una acusación grave carece de fundamento sólido, habrán de formular otros cargos menores, para que no se note su ignorancia afectada y enorme temeridad.
Una vez que hayas logrado que la mentalidad inquisitorial sea realmente obstinada, tu tarea como tentador habrá alcanzado los objetivos que me he propuesto con estas cartas. Sólo nos quedará esperar a que nuestro Enemigo no asista esos tradis con gracias especiales y que su Madre no desbarate nuestros planes.
Tu cariñoso tío,
Escrutopo.



miércoles, 17 de mayo de 2017

La moralina del boicot



Boicotear es realizar una medida de presión encaminada a impedir o entorpecer el ejercicio de una actividad, generalmente de tipo comercial, profesional o social. El boicot muchas veces se lleva a cabo mediante la abstención del consumo de un determinado bien o servicio, en la convicción de que con este modo de actuar se perjudica al vendedor o prestador boicoteado, causándole pérdidas patrimoniales y un desprestigio que no ha previsto.
"Una de las victorias más significativas que se han logrado mediante un boicot fue precipitar la abolición del apartheid en Sudáfrica, con el apoyo de las «desinversiones» desde la década de 1980. Se iniciaron boicots en todo el mundo contra ShellKellogg (compañía) y Coca Cola entre otras, para protestar contra las políticas racistas del gobierno sudafricano. Las compañías objeto del boicot promovieron decisiones de los accionistas exigiendo no operar en el país, acelerando la abolición del régimen segregacionista en 1994.
Un boicot tiene hoy muchas más posibilidades de éxito gracias a Internet, a través de sitios web, grupos de noticias o listas de correo. El efecto «bola de nieve» en Internet es muy rápido comparado con otros" (fuente).
Es frecuente que los católicos, individualmente o asociados con otros (ejemplos aquí), recurran a la práctica del boicot con diversidad de resultados. En principio, nada se opone a dejar de consumir determinado bien o servicio por un motivo de caridad. Podría ser ocasión de practicar la mortificación cristiana.
Hasta aquí, nada que objetar. Pero en el contexto de este apostolado del boicot pueden darse algunos errores que conviene apuntar. Los más serios podrían agruparse bajo un rótulo: moralina. ¿Qué es la moralina? Para el DRAE es una moralidad inoportuna, superficial o falsa. Por una formación superficial en los principios de la moral católica, podemos hacer juicios sobre conductas ajenas que –objetivamente- no merecen reproche. Vemos pecados objetivos (aunque supongamos un obrar subjetivamente inculpable) en acciones de los demás que, en rigor, no son tales a la luz de la doctrina católica. Esta moralina desconoce que el pecado material es un verdadero mal, un ultraje a Dios, un desorden introducido por la criatura (cfr. Vacant, DTC). Y por más que presumamos “buena fe” en el otro, al imputarle un pecado material que no existe en el orden objetivo, lesionamos su honor y cometemos una calumnia. Otra forma de moralina es tener juicios errados sobre la moralidad de los propios actos, es decir una conciencia deformada, en sentido rigorista o laxo. En la nota al pie damos algunos ejemplos un tanto exagerados con finalidad didáctica (1).
Hay dos modos de evitar esta moralina. El más simple, y accesible a todos, es abstenerse de emitir juicios morales sobre la conducta ajena. El segundo, es formarse rectamente para adquirir ciencia moral. Dado que las conductas en materia de boicots son alteritarias, pues se refieren a lo que se hace u omite en seno de la vida en sociedad, resulta indispensable tener recta doctrina sobre los actos humanos, la cooperación y el denominado principio de doble efecto. 





_______________
(1) Ejemplos de moralina del boicot:
- La plataforma háztelo mirar lanza una campaña para boicotear a los laboratorios Bayer por la venta de fármacos anticonceptivos y abortivos. Los promotores de la campaña dicen que es pecado (objetivo, de omisión) no adherir a esta.
- El director de un hospital realiza una compra millonaria de analgésicos fabricados por Bayer, pues considera que son los de mejor calidad. Al hacerlo, se afirma, favorece económicamente a una empresa que vende productos abortivos. Por tanto, es cómplice de los abortos y los pecados de contracepción que se cometerán con los productos Bayer.
- Un médico receta un medicamento de Bayer para curar un problema serio en el aparato reproductor su paciente, mujer, que tiene efecto secundario anticonceptivo. Así  coopera económicamente con el mal que realiza la empresa y además es cómplice del pecado contraceptivo de su paciente.


lunes, 8 de mayo de 2017

Cartas de un demonio a su sobrino (III)



Mi querido Orugario:
Me informan que todavía no has llegado a forjar la psicología del inquisidor en los tradis que te han sido encomendados. Tienes que ser más diligente en tu oficio. Ya sabes lo que te hará el Supremo si no tienes éxito…
Pero al menos has conseguido en ellos un celo espúreo, amargo y altanero, fruto de su búsqueda ególatra. Es un paso… Sin embargo, debes apuntar a más: fomentar en ellos la rabies theologica. Que la destemplanza en anatematizar al prójimo, que consideran «heterodoxo» y «traidor», sea vista como signo inequívoco de «virilidad» y «celo apostólico».
Si nuestro Enemigo quiere una verdad en caridad (Ef. 4,15), tú debes lograr que los tradis se guíen por esta máxima: verdad contra caridad. Con amargura y altivez, que la pasión se revista de celo; que la agresividad se libere de modo catártico; y que el temperamento inquisitorial encuentre en la «defensa de la santa fe» una excusa para justificar odios, calumnias y condenas sumarias. Que por el afán de vencer y humillar, ni siquiera en caso de duda se pongan en el lugar del «reo». Por el contrario que sintiéndose confirmados en gracia y ortodoxia presuman el error en los demás, sin que les importe saber si su sospecha tiene fundamento.
Ya sabes que «el temor de Dios» es para los hijos de nuestro Enemigo un «don». Pues bien, debes apuntar a que nuestros tradis quieran ocupar, inconscientemente, el lugar de nuestro Enemigo. Que siembren miedo en sus «reos»; que sientan el placer de ser temidos; y vivan ese temor como una forma de «poder» sobre sus adversarios, aunque sólo sea  un poder extorsivo.
En fin, que todos los medios se justifiquen con el pretexto de que se emplean para defender a Dios.
Tu cariñoso tío,

Escrutopo.

domingo, 30 de abril de 2017

Cartas de un demonio a su sobrino (II)


Mi querido Orugario:
Vamos al grano. Voy a describirte el proceso psicológico típico de toda tentación: la pendiente por la que las turbiedades más sutiles acaban llevando a infidelidades palmarias.
Dividiré mi relato de ese proceso en tres capítulos, que pueden titularse con frases del libro que contiene la palabra de nuestro Enemigo y que los humanos llaman Nuevo Testamento.
Dice nuestro Enemigo que «todos buscan su propio interés, y no el de Cristo» (Fil. 2,21). ¡Pues esto mismo es lo que debemos producir en nuestros inquisidores de bolsillo!
Ante todo, es fundamental que nuestros pequeños torquemadas tengan: primero, un profundo sentimiento de la absoluta necesidad de sí mismos y de su labor persecutoria; y, segundo, la convicción de que la Iglesia vive un estado de excepción, cuya urgencia les libera de toda clase de escrúpulos sobre los procedimientos a emplear. Escrúpulos no sólo respecto de los derechos de quienes son «reos» de sus denuncias, sino también de las enseñanzas y normas de la Iglesia.
Pero debes ser muy cuidadoso en este punto. Un sentimiento directo sería advertido con facilidad. Debes recubrirlo de ropajes más nobles. Y para ello te servirá el sentimiento de responsabilidad. Que si guarda el debido equilibrio es —para los humanos— una virtud. Pero tu objetivo —nunca lo olvides— es causar una responsabilidad exagerada y deforme, que se convierta en una forma sutil de egolatría. En suma, que se persuadan de que la salud de la Iglesia depende de que existan inquisidores a mano. Y que ellos, en esta tarea, son irreemplazables.
¿Lo entiendes? Insisto: deben llegar a la convicción de la propia necesidad para nuestro Enemigo y su Iglesia. Deben perder el sentido de la gratuidad: que no reconozcan que nuestro Enemigo les hace una gracia al servirse de ellos. Que crean que el Enemigo tiene «suerte» de que ellos sean defensores de su causa.
Finalmente, has de lograr que ellos —confundiendo la «causa de Dios» con su propia gloria— hagan del celo por la ortodoxia pretexto para descargar su agresividad. Y luego, una vez liberadas esas pulsiones, has de vincular su obsesión por la «buena doctrina» con un sentimiento de superioridad grupal. Esta será una de las cumbres de perfección de tu obra tentadora: la complacencia por pertenecer a un colectivo superior: familia, institución, cofradía, nación…
Tu cariñoso tío,
Escrutopo.  

sábado, 29 de abril de 2017

Cartas de un demonio a su sobrino (I)


Mi querido Orugario:
Quisiera decirte algunas cosas sobre la manera en que debes tratar a tus pacientes. En esta carta, y en otras por venir,  te daré algunos consejos a partir de mi prolongada experiencia como tentador.
Estos consejos te servirán para que puedas desviar a un grupito de católicos a los que llamaré —con repugnancia– tradis.
De momento, tengo que decirte que no pierdas más tiempo con tentaciones vehementes. No insistas con la ira, la avaricia o la lujuria. Ya tendrás oportunidad de atacar por esos lados.
Ahora tienes que aguzar el ingenio y concentrar tus esfuerzos en otra tarea más importante: crear en tus pacientes una mentalidad. Tienes que ayudarles a que se forjen un espíritu. Y no cualquier espíritu porque —no te olvides— debes engañar a tradis. Es que si se tratara progresistas el espíritu que deberías insuflarles sería muy distinto... Pero no, querido sobrino, estos quieren ser católicos a machamartillo, así que debes buscar sus puntos débiles en otras zonas de la miseria humana.
En resumidas cuentas, has de lograr que tus pacientes desarrollen lo que llamo mentalidad inquisitorial. Que se crean campeones de la ortodoxia; que se imaginen a sí mismos como torquemadas redivivos. Y que obren en conformidad con esta creencia. Pero, ¡cuidado! Debe ser para ellos una forma mentis inconsciente, no advertida. Pues saben bien que no existe hoy institución como la del medioevo. Así que nada de fuego, tortura y cárcel. En el presente, Internet da suficiente espacio para que la imaginación se nutra de la «realidad virtual».
Si alguno de tus pacientes advirtiera que tu propuesta es una nueva forma de fariseísmo, que «cuela el mosquito» para tragarse los camellos de la injusticia y la falta de misericordia, tendrías que hacer tus mejores esfuerzos para que tu táctica no fuera descubierta.
Sé que me repito, pero te insisto antes de despedirme: tienes que generarles una psicología insana.
Tu cariñoso tío,
Escrutopo. 



sábado, 15 de abril de 2017

Es Víctor Delhez


Un trino de Edward Pentin (aquí) acerca de la tarjeta de saludos pascuales del Papa ha suscitado reacciones llamativas: la imagen sería “teológicamente errónea”, “Marvel”, “un pájaro, un aeroplano”, proveniente de un libro del Arzobispo Paglia, “horrible”, el joven “Bruce Willis”, “superman”, un Jesús de Paul Bunyan… Tal vez estos comentarios se deban a ignorancia sobre el artista. O se trate de personas acostumbradas al denominado "arte sulpiciano". Por supuesto que nadie debe gustar del grabado para "sentir con el Papa". Todo sugiere que se trata de una obra de Víctor Delhez, un artista belga-argentino, a quien el p. Castellani consideraba “un gran grabador”. Muy probablemente se haya tomado la imagen del libro Los Cuatro Evangelios de Nuestro Señor Jesucristo, publicado en 1956 en Buenos Aires por Guillermo Kraft.
Para los interesados en la obra de Delhez, recomendamos el siguiente trabajo de Castellani:


Más información en los enlaces de la excelente bitácora Castellaniana (aquí): 

jueves, 15 de diciembre de 2016

¿Confirmados en gracia y ortodoxia?



En una entrada precedente hablamos de la posibilidad de ser luteranos sin saberlo. Uno de los modos de “luteranizarnos” sería desdoblarnos e imitar a aquellos hombres decimonónicos que vivían la fe como un crede firmiter público -gesto retórico, apologético- más que como una auténtica disposición espiritual informada por la caridad e integrada en un organismo espiritual. 
No pocas veces esta tentación consiste no tanto en el crede firmiter como en combatir públicamente los errores. Podría describirse esta actitud como una opción fundamental contra el modernismo: se trata de ser un anti-modernista militante. Lo cual no es malo y, en algunos casos, va unido a un conocimiento suficiente de la buena doctrina; pero en otros, bastante frecuentes, apenas si se complementa con algunas ideas teológicas muy superficiales y mal asimiladas. Junto a esta falta de profundidad y de rigor, suele darse el hábito de lanzar anatemas sin fundamento, por logofobia
Esta actitud arranca de un olvido fundamental: mire, pues no caiga el que piensa estar en pie”, dice San Pablo (1 Cor 10,12). Y comenta Santo Tomás:
“...aquéllos, aunque favorecidos de Dios por sus beneficios, por tan mal agradecidos, y por sus muchos pecados, perecieron. "Así que, pensando en eso, quien juzga, por alguna conjetura, que esta firme, es a saber, que esta en gracia y caridad, mire, con solicita atención, no caiga, pecando, o haciendo a otros pecar. ¿Como caíste del cielo, Lucifer? (Is 14,12). Caerán a tu lado mil y diez mil a tu diestra (Ps 90, 7). Por eso dice en Efesios: "mirad como camináis, de modo que lo que andáis lo andéis con tiento y cautela".
El cristiano no está confirmado en gracia y quien hoy es justo, simultáneamente es pecador en potencia, puede caer y serlo en acto. Y esta misma observación autoriza a sostener, correlativamente, que quien es actualmente pecador, también es potencialmente justo, pues sólo la muerte cierra la posibilidad de conversión y nadie está confirmado en el mal fuera de los demonios y condenados del infierno.
Lo mismo hay que decir de la ortodoxia. El católico anti-modernista militante no por ello está confirmado en la buena doctrina en todos los temas. Puede desviarse aunque no lo haga de modo consciente. En ambientes tradicionales puede haber un manojo de heterodoxias pesimistas en diversos campos: antropología, eclesiología, moral, espiritualidad, relaciones naturaleza-gracia, sacramentos, etc. Herejías que muchas veces ignoramos, porque suponemos de modo simplista que todos los heterodoxos son "progresistas", o "liberales", como si no hubiera herejías "de derecha"...
En fin, el anti-modernismo militante -incluso cuando es conforme a la verdad, y no lanza anatemas ridículos- no es una opción fundamental que nos confirme en gracia ni tampoco una vacuna que garantice una ortodoxia integral.


sábado, 5 de noviembre de 2016

No seamos como somos.


Wanderer ha publicado una entrada de Natalia Sanmartin Fenollera, autora de El despertar de la señorita Prim. La entrada es muy buena y nos recuerda una gran verdad que es preciso reconocer: no somos como los cristianos que nos precedieron. Somos hijos de nuestro tiempo, permeables a los defectos propios del espíritu de época, que se agregan a nuestras deficiencias personales.
Con ocasión de este post del Caminante, unos amigos han hecho el sano ejercicio de reírse de sí mismos. Y en esta iconoclasia, imaginaron cómo podría (dis)funcionar una aldea creada por un grupo de tradis de hoy en torno a su capellán.
He aquí el diálogo:
- J.: Si juntas a un grupo de neotradis en una aldea perdida, con el capellán, me parece divertido pensar el resultado.
- M.: Algo así como las brujas de Salem pero a lo católico.
- J.: Primero, tendrán que decidir si el capellán es lo suficientemente ortodoxo, prudente, santo, guapo, esbelto. Esa será la primera crisis.
- M.: O la letra escarlata.
- J.: Después de la selección, lo más posible que el capellán esté chalado, o sea un charlatán. Después de ello comenzarían las intrigas sobre las homilías.
- J.: En otro orden de cosas, la taberna que se describe en el artículo es poco realista. En las tabernas hay gritos, no conversaciones. Creo que acabaría siendo cerrada, e intuyo que el alcohol prohibido, pues fomentaba el intercambio de opiniones.
- J.: La siguiente crisis sería sobre la cuestión política, estableciéndose una sana competición sobre quién es más integro, ortodoxo, monárquico, legitimista o sobre ascendencia nobiliaria (falsa en la mayoría de los casos).
- M.: Yo creo que se acababa todo cuando se diera el primer ataque de apendicitis o similar.
- J.: En todo caso, la imagen de fondo del artículo me interesa. Una imagen no muy distinta de lo que se vivía en muchos pueblos de Europa hasta bien entrada la modernidad. Sin embargo, no creo que esto fuese el ideal de muchas mentalidades neotradi-puritanas, que no deja de ser otra deformación moderna del catolicismo.
- M.: En efecto.
- E.: Habrá tres grupos: uno, el radical, que declarará vacante la capellanía porque el número de botones de la sotana no es el debido; otro, que iniciará una campaña de resistencia dura, para que Williamson ordene a tres nuevos capellanes; y por último, los que quieran canonizar en vida al capellán y excomulgar a los disidentes.
- M.: Yo digo que no llegan a eso. Se pelean antes por quien nombra patrono del pueblo y se den cuenta que para hacerlo tienen que votar.
- E.: Por supuesto, nada de sufragio igualitario, que sea por corporaciones, aunque estas sean unipersonales, pues nunca habrá ni tres tradis dispuestos a coincidir en una corporación.
- J.: Bueno, E., siempre habrá algún cura con fama de santo -y naturalmente testigo de portentosas visiones, que se disponga a celebrar misas en comedores domésticos y otras estancias tan del gusto de la resistencia ante los lobos disfrazados de ovejas. Fundamental el altar junto a una persiana de los 70 para que se vea bien lo familiar e íntimo del asunto.
Sin olvidar que, debido a la abundancia de tiempo libre, cada uno de estos grupos crearía su correspondiente portal en internet para dejar al descubierto las deficiencias morales y escándalos de los co-sodales.
- M.: Luego discutirán sobre la fecha del aviso y todo eso. Las videntes del pueblo serán una parte importante a tener en cuenta.
- J.: Y los no-aparicionistas serán despeñados por el acantilado entre gritos de júbilo.


viernes, 28 de octubre de 2016

Es la analogía, estúpido


Si la Iglesia católica tiene más de mil dos cientos millones de fieles, y se la define como cuerpo, tendría que ser un cuerpo gigantesco, localizado en algún continente apto para sus dimensiones. ¿Hay un error antropomórfico en esta definición? San Pablo usa el término cuerpo. ¿En qué sentido la Iglesia es un cuerpo y en qué sentido no lo es? Parafraseando a Clinton cabría decir: es la analogía, estúpido. Ofrecemos unas páginas que pueden ayudar a comprender mejor la importancia de la analogía a partir de su aplicación a la Iglesia como Cuerpo.
La irremediable logorrea que sufren los pueblos de cultura mediterránea acumula comparaciones, amontona epítetos, muchas veces con arte, casi nunca con acribia.
Es tanto más fácil dejarse llevar por el entusiasmo, en vez de averiguar, con minucia, hasta qué punto cada vocablo traduce una realidad objetiva…
Muy por el contrario, la acribia es una de las virtudes básicas del verdadero teólogo: horror a lo vago, a lo impreciso; esfuerzo constante por alcanzar el mayor rigor posible en la expresión; trabajo penoso y árido, que no seduce a la imaginación, todavía menos a la afectividad; trabajo compensador, sin embargo, por cuanto contribuye a inmunizar contra el error, a penetrar en la verdad.
Tenemos en la presente materia un ejemplo saliente: San Pablo nos reveló que la Iglesia es un “Cuerpo”, cuya “Cabeza” es Cristo. Si no averiguamos cuál es el significado preciso de esas palabras en el texto paulino, luego caeremos en los más grandes errores. Clara y terminantemente lo advierte la Encíclica [Mystici Corporis, en adelante MC] “Esto es, Venerables Hermanos, lo que piadosa y rectamente entendido y diligentemente mantenido por los fieles, les podrá librar más fácilmente de aquellos errores que provienen de haber emprendido algunos arbitrariamente el estudio de esta difícil cuestión no sin gran riesgo de la fe católica y perturbación de los ánimos. Porque no faltan quienes -no advirtiendo bastante que el apóstol Pablo habló de esta materia sólo metafóricamente, y no distinguiendo suficientemente, como conviene, los significados propios y peculiares de cuerpo físico, moral y místico-, fingen una unidad falsa y equivocada…”
Es por ello indispensable comenzar el estudio de la Encíclica [MC] con ideas precisas acerca de las dos nociones que le sirven de base, a fin de no contemplar la verdad con ojos nublados. Esas nociones son la de “Cuerpo” Místico y la de “Cabeza” del cuerpo Místico.
Ya que S. Pablo hablaba de esta materia sólo metafóricamente, veamos, ante todo, lo que son las metáforas en Teología. Para el lego, “metáfora” es una cosa de tan poca importancia, de la cual no podemos obtener ningún provecho; ni se entiende cómo pueda fundamentar una Encíclica. El lego se equivoca. En Teología la metáfora no es palabra vacía; tiene un sentido y un alcance precisos. Teológicamente hablando, la metáfora es una analogía de proporcionalidad impropia; términos técnicos, que causan extrañeza, exactos sin embargo, y felizmente, fáciles de elucidar. Analogía, en la acepción general de la palabra, significa semejanza, la cual a su vez expresa la relación de conformidad que une dos o varios entes. Esa conformidad, proveniente de la posesión de cualidades comunes, varía según la naturaleza de las cualidades y el grado en que son poseídas, desde la casi identidad hasta la casi total disparidad. 
La metáfora se registra entre las semejanzas menos perfectas: cuando calificamos, p. ej., a un individuo de “serpiente” y a otro de “león”, no entendemos por esas metáforas, que el primero sea biológicamente un ofidio y que el segundo un felino, sin sólo que el comportamiento de aquel tiene algo de ofidio y el de este algo de leonino. No se emplean, pues, los términos propiamente, esto es, indicando identidad de constitución, sino impropiamente, esto es, significando cierta semejanza en el modo de obrar; en otras palabras: una equivalencia funcional. Circunscrita en estos límites, la semejanza está todavía muy lejos de ser perfecta, pues las cualidades activas que comparamos y aproximamos, no existen de manera idéntica en el animal y en el hombre, sino apenas proporcionalmente: el león es valiente como conviene a una fiera; el soldado, como conviene a un ser humano. El comportamiento de un felino, caracterizándose ante nuestros ojos por la valentía, lo atribuimos por metáfora con el nombre de “león” predicado de un guerrero, en el cual encontramos semejante manifestación, que no es propia del modo de obrar humano. Imposible, pues, entender el sentido metafórico del cuerpo (p. ej., el soldado combatió como un león) si no conocemos su sentido propio (el león es el tipo de valiente). Todo lo que explicamos aquí con tantas palabras, el teólogo lo junta en tres términos: analogía de proporcionalidad impropia.
Lo que sobre todo importa al teólogo en materia de metáforas es el hecho de que la semejanza no se refiere al orden entitativo y estático (plano de las esencias), sino exclusivamente al orden dinámico de las propiedades activas (plano de la operación). Este individuo es, metafóricamente, serpiente o león, porque se comporta, obra, como tal, a pesar de que su esencia es totalmente diversa y nada tiene de leonina.
Aplicando esto al caso presente, deberemos investigar el sentido dinámico de las metáforas paulinas de “Cuerpo” y “Cabeza”, y cuidar de nunca transferir la semejanza hacia el orden entitativo (3). Si omitiésemos esta regla, incidiríamos en grave error.
I. La metáfora “Cuerpo”.
San Pablo nos reveló que los cristianos forman un solo Cuerpo. Interpretemos la comparación entitativamente (esto es, como si la esencia de la Iglesia fuese, no digo idéntica, sino semejante a la del cuerpo humano) y tendremos un totalitarismo religioso, absorbiendo a los fieles en la comunidad y despersonalizándolos.
“Porque mientras en un cuerpo natural el principio de unidad traba las partes, de suerte que éstas se ven privadas de la subsistencia propia” [MC]. En efecto, los miembros del hombre son partes integrales de su naturaleza corpórea; no subsisten separadamente; antes, para ella y por ella viven. “En el Cuerpo místico, por lo contrario, la fuerza que opera la recíproca unión, aunque íntima, junta entre sí los miembros de tal modo que cada uno disfruta plenamente de su propia personalidad.” [MC] Idéntica consideración servirá a Pío XII para refutar a los que menosprecian la oración privada…
(a) Ahora, lo que llama la atención si consideramos el cuerpo humano, es la multiplicad y disparidad de los miembros que lo componen [MC]. En el cuerpo en sentido metafórico, tenemos, pues, pluralidad y disparidad de funciones. Es un punto sobre el cual San Pablo no cesa de insistir, en su combate contra el igualitarismo radical, fruto de la envidia. En la Iglesia no pude haber uniformidad, antes bien es imprescindible la variedad de oficios, la diferencia de funciones. Unos son apóstoles, otros profetas, otros doctores, otros taumaturgos, otros hablan en lenguas, otros interpretan los discursos (1 Cor 12, 20 y ss.).
(b) Múltiples y dispares, los miembros del cuerpo humano son, todavía, interdependientes; “cuando un miembro sufre, todos los otros sufren también con él, y los sanos prestan socorro a los enfermos” [MC]. En el cuerpo en sentido metafórico, tenemos solidaridad funcional; lo que denominamos en lenguaje cristiano “comunión de los santos” [MC]. 
(c) En el cuerpo humano los miembros no se encuentran apenas aglomerados, yuxtapuestos, sino organizados, esto es, dispuestos armónicamente, en vistas de un fin común. Armonía que exige una cierta jerarquía, o determinado orden de importancia [MC]. En el cuerpo en sentido metafórico tenemos armonía y jerarquía de funciones; en otras palabras, un conjunto de relaciones activas, concurriendo para un determinado fin, de orden moral, jurídico, social y también –en el caso de la Iglesia- de orden sobrenatural…
(d) En el cuerpo humano existe un principio de vida, infundido por Dios: el alma, la cual “atiende a la vida, a la salud y al desarrollo de sí y de sus miembros” [MC]
En el cuerpo en sentido metafórico existirá un principio que, por su acción invisible, desempeñará la función de alma. En la Iglesia es el Espíritu Santo; la energía vital que de él dimana, se denomina: gracia santificante, y especialmente, gracia sacramental [MC]. La “vida” y la “salud” se llaman estado de gracia, y el “crecimiento” consiste en la santificación progresiva del cuerpo y de los miembros.
(e) En fin, el cuerpo humano es uno y visible. El cuerpo en sentido metafórico tiene la unidad que proviene del principio interno que anima las acciones de sus miembros, del fin que a que estas acciones se dirigen. En la Iglesia, el principio de unidad será el influjo de Cristo por su Espíritu, su gracia –y secundariamente- por sus ministros, que causará en los miembros la unidad de la fe, la concordia de la caridad. La visibilidad resultará del influjo de Cristo y de la acción de sus miembros (organización jurídico-social; profesión de la misma fe; recepción de los mismos sacramentos; etc.)


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(3) ¡No afirmamos el absurdo que todo en el Cuerpo Místico de Cristo sea metafórico! Los hombres que lo componen no son metafóricos ni tampoco Cristo, su Cabeza; ni el Espíritu Santo, su Alma; ni la gracia, su vida. Afirmamos tan sólo que los vocablos “Cuerpo” aplicado a la Iglesia y “Alma” atribuido a Cristo, sólo pueden revestir un sentido dinámico.

Tomado y traducido de:
Teixeira-Leite Penido, M. O Corpo Místico. Vozes, 1944.

jueves, 20 de octubre de 2016

Hay libros digitales...





Una de las cosas buenas que ofrece internet –entre tantas malas o estúpidas- es la enorme cantidad de libros digitales y otros recursos de libre acceso. Esto facilita notablemente las posibilidades de adquirir una mejor formación doctrinal-religiosa. Por esta razón hemos puesto enlaces a bibliotecas digitales. Las cuales se pueden complementar con otros recursos audiovisuales.
Pero a veces pareciera que Dios le da pan al que no tiene dientes. No por Dios, claro está, que es Providente; sino porque nunca falta quien no quiere aprovechar las oportunidades que se le ofrecen. Más bien habría que decir, en algunos casos, que Dios da el pan a quien no quiere comerlo.
No tratamos de quienes desprecian el conocer las verdades necesarias para salvarse. Sino de aquellos que, conociendo su Catecismo elemental, tienen tiempo para escribir en bitácoras y comentar en foros, metiéndose en temas que requieren mayores conocimientos que las nociones básicas de la catequesis.
Si uno no sabe más que lo elemental, puede entrometerse en asuntos más complejos, e interactuar con otras personas, con buenas disposiciones: el deseo de conocer verdades, profundizar lo que se sabe de modo superficial, prevenirse contra posibles errores… buscando honestamente la verdad. Y es raro que con buenas disposiciones no encuentre a otro que quiera ayudarle a mejorar en sus conocimientos.
Pero uno puede hacer lo anterior con malas disposiciones. Y así incidir en distintas patologías virtuales. Como somos pecadores, no estamos para tirar piedras, ni primeras, ni últimas.
Todos podemos hacer algo para mejorar. Los libros digitales pueden ser una ayuda. Si antes de meterse en un tema teológico que se ignora, uno se toma la molestia de leer las voces elementales en algún diccionario teológico, seguramente podrá comprender mejor el significado de lo que otros dicen, evitar hacer comentarios lamentables o fastidiar una conversación interesante. Por ejemplo, en el sitio obrascatolicas hay dos diccionarios de Teología orientados a la divulgación (el de Dogmática, de Parente; y el de Moral de Roberti) que permiten informarse del estado de una cuestión antes del Vaticano II con la seguridad doctrinal de la Escuela Romana. Consultando estas obras no agotará el tema, pero al menos tendrá un mínimo común para dialogar.
¿Y qué pasa si uno no quiere hacer nada para mejorar su formación y demuestra que no está bien dispuesto? Lo menos que puede decirse es que no tendrá derecho a quejarse si no le publican sus comentarios o si nadie los responde. Como decía Castellani, el castigo para quien no ama la verdad es quedarse sin ella. Y si además de no amar la verdad, por las malas disposiciones, uno se cree en posición de lanzar anatemas y de poner etiquetas sin ningún fundamento teológico, inevitablemente hará el ridículo.

lunes, 17 de octubre de 2016

Luteranos sin saberlo





El 31 de octubre próximo se cumplirá un nuevo aniversario de las 95 tesis de Lutero de 1517. Cuando se habla de Lutero uno suele tener en mente que se trató de un hereje que fijó los principios fundamentales del protestantismo: sola Escritura (con libre examen) y sola fe. Pero los errores luteranos son muchos más. Concentrémonos en dos que pueden acecharnos:
- Pesimismo radical. La naturaleza humana -según Lutero- quedó totalmente corrompida por el pecado original. De modo que es incapaz, por sus propias fuerzas, de llegar a cualquier conocimiento de la verdad religiosa y de realizar acciones naturalmente buenas (v. aquí§ 9). Un pesimismo radical en el orden antropológico y ético, reprobado por la Iglesia, diametralmente opuesto al “omneverum et omne bonum est a Spiritu sancto”. Aunque no seamos conscientes, este pesimismo radical puede nublar nuestra visión del pasado o de la actualidad.
- Crede firmiter, pecca fortiter. Cree firme y peca fuerte; porque la fe es lo que justifica. Ni siquiera son necesarias las buenas obras para la salvación de los adultos, bastando la fe. Se dirá que estamos muy lejos de este error. Pero podríamos desdoblarnos, como aquellos hombres decimonónicos que vivían la fe como un crede firmiter público -gesto retórico, apologético- más que como una auténtica disposición espiritual informada por la caridad e integrada en un organismo espiritual.
¿Cómo podría darse este desdoblamiento? Mediante una reducción del organismo sobrenatural a alguno de sus elementos. La vida sobrenatural que Cristo nos mereció consiste radicalmente en la gracia santificante. Ella es el principio y el fundamento de nuestra vida sobrenatural. Pero no es inmediatamente operativa, por lo cual Dios infunde energías sobrenaturales capaces de producir los actos sobrenaturales correspondientes (virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo). Con el nombre de organismo sobrenatural se designan esas energías sobrenaturales, es decir, la gracia con todas las virtudes y los dones que la acompañan y que, recibidos en el alma, hacen al hombre nuevo en Cristo. Se emplea la expresión organismo para indicar que esas fuerzas no son aisladas e inconexas sino que están íntimamente vinculadas entre sí. Este organismo sobrenatural se conserva y crece con el ejercicio de las tres virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y de las virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) perfeccionadas por los dones.
Una concepción mutilada del organismo sobrenatural podría conducirnos a este crede firmiter, pecca fortiter. Por poner énfasis unilateral en las virtudes teologales, por ejemplo, podríamos minusvalorar o ignorar a las virtudes morales.
“La existencia de las virtudes teologales es postulada por la naturaleza misma de la gracia santificante. No siendo ella inmediatamente operativa—como ya vimos—, necesita principios operativos sobrenaturales para crecer y desarrollarse hasta alcanzar su perfección. Ahora bien: entre estos principios, unos deben referirse al fin sobrenatural (virtudes teologales) y otros a los medios a él conducentes (virtudes morales infusas) […] Exigidas las virtudes teologales por la gracia santificante para ordenarse dinámicamente al fin sobrenatural, las virtudes morales infusas son exigidas, a su vez, por las teologales, porque estar ordenado al fin exige disposición con relación a los medios.” (Royo Marín)
Al descuidar gravemente las virtudes morales perderíamos el estado de gracia. Si el descuido fuera leve, no perderíamos la gracia, pero el organismo sobrenatural se debilitaría. Y de este debilitamiento podría sobrevenir más fácilmente la pérdida de la gracia.
Hay que recordar que el eje de la vida sobrenatural pasa por las virtudes teologales pero estas se integran armónicamente en un organismo que incluye a las cardinales y a los dones. La perfección de la vida cristiana exige todas las virtudes infusas relacionadas con la caridad y las virtudes morales adquiridas (que dan facilidad extrínseca). Quien no cultive de manera integral y armónica todas las virtudes tendrá un desarrollo anómalo en su vida espiritual. Y así podrá llegar a transformarse en un "luterano inconsciente", que suponga que el "pecar fuerte" se redime profesando públicamente su "catolicidad" y lanzando anatemas a machamartillo.




miércoles, 3 de agosto de 2016

La perversión ideológica del martirio

El martirio genuino es fruto de una gracia singular. Hay que diferenciarlo de imitaciones que se originan en ideologías. Por lo general, se supone que la única contaminación ideológica del martirio proviene de la "izquierda". Pero la perversión también puede darse en la “derecha”. Cuando se busca la persecución por manifestar la verdad de la propia ideología, por seguir el criterio de algún líder sectario o en solidaridad con la extravagancia de quien busca singularizarse, no hay martirio verdadero. Lo que hay es una conducta peligrosa para la salvación propia y ajena.
Estar dispuesto a dar la propia vida en el martirio, ha representado desde siempre -para la apologética cristiana- uno de los criterios de autenticidad que permite distinguir la fe teologal de la mera opinión religiosa. Ya en el siglo II; San Ireneo de Lyon escribía lo siguiente a propósito de los gnósticos que él combatía:
«He aquí por qué la Iglesia, en su amor por Dios, envía en todo lugar y en todo tiempo una multitud de mártires al encuentro del Padre. En. cuanto a todos los demás (los gnósticos), no solamente son incapaces de mostrar esto, sino que niegan además que tal testimonio (martyria en griego) sea necesario: el verdadero testimonio a creer, es su doctrina. Desde que el Señor apareció sobre la tierra, apenas unos pocos, como si hubieran obtenido misericordia, han sufrido ultrajes por el Nombre (Hechos 5, 41) con nuestros mártires y han sido conducidos con ellos al suplicio, como una especie de suplemento que se les hubiera otorgado» (1).
El punto a retener del argumento apologético de San Ireneo es éste: «El verdadero testimonio a creer, es su doctrina». Los gnósticos, por retomar una terminología típica de San Juan, del que depende personalmente San Ireneo, «dan testimonio de sí mismos» (2). Por el contrario, el fiel de la Iglesia, que profesa la confesión apostólica, da testimonio de Aquel que le ha enviado. No sufre por sus opiniones; sino que en la persecución manifiesta que la verdad revelada de la que da testimonio, la ha recibido de uno más grande que él. En el año 156, en el momento de su martirio en Esmirna, el obispo San Policarpo, maestro inmediato de San Ireneo, ilustra muy bien este testimonio dado del Otro por excelencia que es Dios:
«Hace ochenta años que le sirvo y jamás me ha hecho mal alguno. ¿Por qué iba yo a blasfemar contra mi Rey y Salvador?» (3). 
En relación con las gnosis teosóficas, como las combatidas por San Ireneo, el testimonio del martirio constituye un criterio válido de fe cristiana. Lo es todavía hoy: para las simples reducciones de la fe revelada a opiniones puramente humanas. Por el contrario, no ocurría lo mismo con el gnosticismo maniqueo aparecido en el siglo III. Este es dualista y, por tanto, anticósmico y antihumanista. Al considerar la creación material, la sociedad civil y sus autoridades políticas, el conjunto de la vida encarnada en suma, como obra de un príncipe malo, el gnóstico maniqueo puede pretender hacer suyas las palabras de San Pablo: «Para mí morir es una ganancia» (Filipenses 1, 21). De este modo, se verá al propio Manes morir crucificado en el 277 y a los cátaros del siglo XIII arrojarse a menudo ellos mismos a las hogueras preparadas para su ejecución
El gnosticismo dualista es una imitación perversa de la contestación cristiana del pecado del mundo: el cristiano anuncia la gracia de la salvación que perfecciona, sin abolirla, la naturaleza de este último; el dualista pretende sustituir la pseudo-realidad demoníaca de aquí abajo por una supra-realidad «perfecta» (4). Por eso el segundo busca el martirio, pero falsifica su sentido. El cristiano «imita la pasión de su Dios» (San Ignacio de Antioquía), ese Dios «que tanto amó al mundo que le dio a su Hijo único» (Juan 3, 16). El maniqueo, en cambio, muere por odio al mundo empecatado; de manera más sutil que el gnóstico teósofo, él también da testimonio de sí mismo: cuando muere por su causa no intenta sino probar la irremediable corrupción del mundo que le persigue, manifestando así la verdad de su doctrina que le declara perdido. El cristiano muere siempre por otro: Dios, del que da testimonio, y su prójimo -incluidos sus perseguidores-, a cuya salvación quiere contribuir. El gnóstico dualista muere contra la realidad efectiva del mundo por la verificación práctica de su doctrina.
Las grandes ideologías revolucionarias contemporáneas, nazismo y comunismo, han adaptado a un mundo secularizado el gnosticismo dualista que pretende desde antiguo adulterar al cristianismo. Han extrapolado el dualismo del dominio del cosmos (creación buena contra creación mala) al interior de la historia (raza buena contra raza mala, clase progresista contra clase reaccionaria, revolución liberadora contra estructuras sociales alienantes, etc.) (5). En la actualidad, muchos cristianos se dejan embaucar y caen en las redes de esta nueva falsificación gnóstica de su fe, creyendo en su verdad en función de «la autenticidad» de los militantes muertos por su causa. Algunos llegan incluso hasta formular el don de su vida en los términos de dialéctica histórica propios del dualismo ideológico: como un pastor latinoamericano que, al sentirse amenazado de muerte, declaró que «resucitaría en la lucha del pueblo».
El martirio es un testimonio de la verdad trascendente revelada graciosamente por Dios; no es una verificación intrahistórica de la propia ideología. Por esta razón la Iglesia ha prohibido siempre severamente buscar el martirio provocando al poder perseguidor. Si han podido surgir sospechas de iluminismo montanista en el caso de los mártires de Lyon (sin razón, a lo que parece), o en la Pasión de Santa Felicidad y Santa Perpetua, es justamente en función de este criterio. Como dice el P. Louis Bouyer, el martirio más desprovisto de todo iluminismo es el de Santo Tomás Moro, quien murió por la fe católica siendo a la vez fiel a su Dios y a su rey en sus órdenes respectivos (6).


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(1) S. IRENEO DE LYON, Adversus Haereses, IV, 33, 9.
(2) Cfr. Juan 3, 31-34; S, 31-32; 8, 13:14; 18, 37.
(3) Martirio de San Policarpo de Ermirna.
(4) Sobre la falsificación de la escatología judea-cristiana por el gnosticismo, cfr. ROLAND MINNERATH, Les chrétienes et le monde au ler et lle siécle.
(5) Cfr. A. BESANCON, La falsification du bien: Soloviev et Orwell.
(6) LOUIS BOUYER.Sir Thomas More, humaniste et martyre. Trad. esp.: Tomás Moro. Humanista y mártir, Ed. Encuentro, Madrid 1986.


Tomado de Garrigues, J. "El martirio cristiano frente a su perversión ideológica"en Revista Communio (II/1987), ps. 163-165.