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domingo, 24 de marzo de 2013

La Iglesia indefectible


La indefectibilidad de la Iglesia es una verdad de fe. Pero para precisar el contenido de esta verdad resulta de capital importancia distinguir entre lo que enseña la Iglesia y las opiniones de algunos teólogos.
Esta nota de indefectibilidad es una realidad que está como contenida entre un límite inferior, por debajo del cual la Iglesia no puede caer, y un límite superior, que no podrá sobrepasarse hasta la Parusía. Si se exagera la indefectibilidad de la Iglesia, como suelen hacer conservadores y ultramontanos, elevando demasiado el límite inferior, la confrontación con la realidad -histórica o presente- puede suscitar notables perplejidades y hasta ser peligrosa para la fe. Si se baja en exceso el límite inferior,  el resultado es una defectibilidad eclesial de cuño protestante.
La concepción teológica que hipertrofia el carácter indefectible de la Iglesia tiene un subproducto: esa apologética boba, generadora de leyendas áureas, triunfalismos selectivos, obediencias extremas, jerarcolatrías anónimas y ceguera para percibir deficiencias de las autoridades eclesiásticas. Razón por la cual es conveniente contrarrestar esta concepción con una exposición equilibrada del dogma.
Ofrecemos una breve explicación del tema que esperamos ayude a perfilar mejor los límites de una verdad que no debe enloquecerse. Los papas Honorio I y Alejandro VI debieran ilustrarnos  sobre la permisión divina respecto del Romano Pontífice como parte de la Iglesia.
Tesis IX. La Iglesia es indefectible en el cumplimiento de su misión.
Honorio I.
Esta tesis es de fe, en el sentido que vamos a precisar ahora. Con el término «indefectibilidad» apuntan los teólogos a tres certezas relativas a la Iglesia: 1) la Iglesia no perecerá; 2) la Iglesia no desfallecerá; 3) la Iglesia subsistirá hasta el final tal como Cristo la ha querido y fundado, sin experimentar cambios sustanciales que pudieran equivaler prácticamente a su desaparición.(…)La indefectibilidad de la Iglesia se reduce, en el fondo, a la fidelidad de Dios para con ella, fidelidad que explica y funda por sí sola esa indefectibilidad: como acabamos de ver, Dios le ha dado su palabra y no se retractará.
Así, pues, para dar todo su sentido a esta indefectibilidad, no debemos separarla de otro aspecto del  misterio eclesial, a saber, el de la alianza, que traduce la voluntad de Dios de no llevar a cabo su designio de salvación sin la colaboración del hombre. La indefectibilidad, por consiguiente, no hace superfluo el trabajo del hombre, sino que, al contrario, lo supone y lo estimula.«Es preciso sostener... que Cristo quiere el concurso de sus miembros... Misterio insigne sobre el que jamás se reflexionará bastante: la salvación de muchos depende de las plegarias, de las mortificaciones... y de la colaboración que los pastores y los fieles... deben aportar a nuestro divino Salvador» (Mystici corporis, en CEDP, 1. I, p. 1038-1039).Sin embargo, hay que guardarse muy bien de confundir la indefectibilidad de la Iglesia con su triunfo o con su perfección. Cristo, en efecto, ha prometido a su Iglesia que sería victoriosa, no triunfante. Incluso le predijo positivamente lo contrario (Jn. 15, 20). Nunca le prometió que iba a ser perfecta. En su indefectibilidad (o, como acostumbraban decir los padres, en su «virginidad»), la Iglesia de este mundo estará marcada hasta el final por los límites, las imperfecciones y los pecados de sus miembros. Así, pues, se evitará siempre con sumo cuidado el doble escollo al que nos hemos referido ya en la presente obra: minimizar la realidad humana en nombre de lo divino, evacuar lo divino en nombre de lo humano. Concretamente, las dificultades humanas no nos autorizan a olvidar la promesa divina, ni esta promesa nos dispensa de ver y resolver los problemas humanos.

Alejandro VI.
(…) Referida a la totalidad del misterio eclesial, la indefectibilidad no significa en modo alguno: 1) la indefectibilidad de cada iglesia particular; 2) la indefectibilidad individual de los miembros de la Iglesia, ni siquiera de los más eminentes. Así, pues, garantiza solamente la vida y la fidelidad del conjunto de la Iglesia.
Tomado de:
 Faynel, P. La Iglesia. Herder, Barcelona, 1974: pp. 41-44.

viernes, 14 de diciembre de 2012

La tesis de la confesionalidad


Retomamos ahora un tema tratado con anterioridad al que dedicaremos cuatro entradas: dos sobre las relaciones Iglesia-Estado y otras dos referidas a la tolerancia en materia religiosa.
1. No hay que confundir la Iglesia con la Cristiandad. La Iglesia es la depositaria de la doctrina de Cristo y la santificadora del hombre a través de los sacramentos, que comunican la gracia. La Cristiandad es la organización temporal sobre la base de los principios cristianos. Sin la Iglesia, no podría existir Cristiandad; en cambio, aunque no haya Cristiandad, no por ello la Iglesia deja de existir. Siempre ha existido el peligro y la tentación de confundir a la Iglesia, sociedad sobrenatural, con la Cristiandad, sociedad temporal iluminada por la doctrina de Cristo. Dicha confusión estuvo en el origen de las grandes luchas doctrinales e incluso políticas que sacudieron a la Edad Media, y pervive en la actualidad en algunos mesianismos políticos. La Iglesia es indefectible y durará hasta el fin del mundo sin sufrir ningún cambio sustancial en virtud de la promesa de Cristo (cfr. Mt. 28,20). Pero la Cristiandad no posee tal garantía y su destrucción es hoy una realidad patente.
2. ¿Qué se entiende por confesionalidad católica del Estado stricto sensu? De acuerdo con Jiménez Urresti, en la confesionalidad católica propiamente dicha el Estado reconoce y acepta a la religión católica sub ratione religionis, de modo que se da a la Iglesia católica no un reconocimiento jurídico especial, por razones históricas (como la confesión religiosa que históricamente ha plasmado un país) o sociales (a la que la mayoría de los ciudadanos del mismo pertenece), sino el reconocimiento de que la Iglesia es una institución pública religiosa de derecho divino-positivo. Es decir, el Estado reconoce a la Iglesia como una sociedad perfecta sobrenatural en la que se encuentra la única religión verdadera en la que se puede tributar a Dios el homenaje de un culto aceptable y toda la doctrina para estructurar la comunidad política conforme a los planes divinos.
3. Siendo clara para el Magisterio tradicional la legitimidad de la confesionalidad del Estado queda por tratar la cuestión de su obligatoriedad en concreto. Como es una cuestión mixta, además del juicio prudencial del gobernante católico, resulta imprescindible contar con el parecer favorable de la Jerarquía eclesiástica, razón por la cual Pío XII señaló –en alusión a los idealizadores del modelo norteamericano– que es competente en última instancia sólo el Romano Pontífice (Cfr. Ci riesce, 6.XII.1953).
La doctrina ha procurado explicar las condiciones para que exista, en concreto, la obligación de la confesionalidad católica. El supuesto de hecho que resume esas condiciones se ha denominado muchas veces como unidad religiosa de la sociedad, en un doble aspecto cuantitativo y cualitativo. Jiménez Urresti lo explicaba así: “el momento en el cual comienza en una sociedad política y en un Estado la obligación de la confesionalidad propiamente dicha depende de su estado sociológico. Ciertamente se da tal obligación cuando una sociedad es unánimemente católica, entendida más que en el concepto estadístico, en el sentido vital, en cuanto que el pueblo vive un estilo de vida católico”. Otros hablaban del hecho socio-político de una sociedad homogénea en lo religioso, en la que pesa lo cuantitativo, pero debe pesar también lo cualitativo, las instituciones, la mentalidad, el estilo de vida, el alma nacional, etc.
El caso de España durante el régimen de Franco es un ejemplo ilustrativo. En el aspecto cuantitativo, en la década de 1950, era uno de los países más homogéneos en materia religiosa: había unos 30 mil protestantes, y unos 5 mil judíos, sobre una base de 32 millones de habitantes católicos. En cuanto al aspecto cualitativo, difícil de medir en sí mismo, la historia da cuenta de una genuina primavera eclesial regada por la sangre de los mártires de la guerra civil y de una situación política favorable, liderada por un jefe de Estado sinceramente católico. Compárese con el caso de Portugal, un país también mayoritariamente católico, con un dirigente como Salazar, y se podrá apreciar por qué no es suficiente el aspecto cuantitativo para que surja de modo automático el deber de la confesionalidad católica propiamente dicha.
Hasta aquí hemos tratado de explicar mejor la tesis de la confesionalidad en sentido estricto. En otra entrada diremos algo más acerca de la hipótesis y sus diversas modalidades. 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

De Kant al Estado católico

De la ética de Kant se ha dicho que reemplaza la eudaimonía por el concepto de deber. Es una ética caracterizada por la absolutización unilateral del deber. La teoría kantiana de los deberes logró un influjo importante sobre la ética del siglo XIX e incluso sobre parte de la teología católica.
En los últimos meses hemos tenido la oportunidad de leer algunas defensas del magisterio tradicional de la Iglesia sobre las relaciones entre la Iglesia y la comunidad política que bien podrían calificarse de kantianas. Porque la manera unilateral en que algunos formulan la tesis de la confesionalidad católica del Estado lleva a pensar que la conciben como un “tu debes” incondicionado y absoluto, semejante a los imperativos kantianos.
Por el contrario, la doctrina tradicional, lejos de reducir a unidad forzosa y de absolutizar todos los deberes del Estado respecto de la Iglesia, los distingue y jerarquiza dentro de un orden. Ante todo, parte de los grandes principios: distinción, sin separación; colaboración, sin confusión. Principios que, conjugados con la diferenciación entre preceptos negativos y preceptos positivos ha dado lugar a la clásica distinción entre tesis e hipótesis. La tesis serían los principios universales aplicables a las relaciones Iglesia-comunidad política; mientras que la hipótesis sería la aplicación práctica de esos principios a las diferentes situaciones concretas. La tesis es la situación ideal pues en ella la comunidad política cumple todos los deberes que tiene respecto de la Iglesia; mientras que la hipótesis es una situación que está por debajo del ideal, porque la sociedad cumple parte de sus deberes respecto de la Iglesia.
La concreción histórico-jurídica de la tesis es la denominada confesionalidad católica del Estado. La confesionalidad es debida en principio como la realización del mejor bien objetivo que puede darse en el plano de las relaciones Iglesia-Estado. Pero las circunstancias concretas de cada comunidad política afectan a la tesis y muchas veces hacen necesario considerar la hipótesis que no se ajusta plenamente al ideal (es hipo-tesis, es decir que está por debajo de la tesis). Cuando las carencias constitutivas de la hipótesis son tolerables la situación puede considerarse como un bonum secundum quid
El error de Maritain y sus seguidores fue subvertir la relación entre tesis e hipótesis, colocando a la segunda en el lugar de la primera. Así llegaron a postular un Estado aconfesional como ideal cristiano.
Pero como muchas veces sucede, por el exceso polémico contra un error, se puede caer en otros errores de signo contrario. Hacer de la confesionalidad católica del Estado un absoluto moral que obliga semper et pro semper es un error en la formulación de la doctrina. Para no equivocarse por exceso en esta materia, además de diferenciar entre las exigencias de la ley divina y de la ley eclesiástica (v. Tratado de la ley), es preciso distanciarse tanto del “doctrinarismo” (esencialismo imbuido de principios pero indiferente al hic et nunc) como del “oportunismo” (empirismo sin principios y prontamente maquiavélico), para decantarse por lo que Leopoldo E. Palacios llamaba “prudencialismo” (que subordina la política a la moral, pero teniendo en cuenta siempre las oportunidades y lo concreto).   

lunes, 28 de mayo de 2012

Coincidencia poco feliz


Un poco de historia.A la monarquía portuguesa sucedió una república parlamentaria conocida como Primera República (1910-1926), en la que una minoría liberal accedió al poder parlamentario en un período caracterizado por gran inestabilidad política. Fue un régimen de abierta hostilidad hacia la Iglesia. A partir del golpe de 1926, comienza un nuevo régimen político: el Estado Nuevo. Su líder indiscutido fue el economista Antonio de Oliveira Salazar.
La política religiosa del Estado Nuevo se diferenció tanto de la confesionalidad católica de la última monarquía como del laicismo agresivo de la Primera República. Así, la constitución de 1933 estableció la separación del Estado y la Iglesia católica, la igualdad jurídica de las distintas confesiones y la libertad de cultos (cfr. arts. 45-48). Y el concordato con la Santa Sede de 1940 se mantuvo dentro de esos mismos principios, asegurando la cooperación entre el Estado y la Iglesia. En cuanto a la política real, hay que destacar que si bien el Estado Nuevo fue formalmente aconfesional, su legislación respetó el orden natural y su gobierno cooperó armónicamente con la acción evangelizadora de la Iglesia.
Portugal y la nueva cristiandad de Maritain. El concordato portugués de 1940 se consideró como un hito en la historia de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Se habló de un “orden eclesiástico nuevo” en el que la técnica de los juristas, la tolerancia de los católicos y la falta de agresividad de las instituciones políticas parecían haber clausurado definitivamente las polémicas del siglo XIX con las rivalidades entre “confesionalidad” y “laicidad”, “clericalismo” y “anticlericalismo”, etc.
Sin embargo, durante el pontificado de Pío XII, tendrán lugar acontecimientos de signo contrario a este supuesto “orden eclesiástico nuevo”: la serie de convenios que culminarán en el concordato español de 1953 y el concordato con la República Dominicana de 1954. España contrastaba con Portugal por su rotunda y formal adopción del principio de confesionalidad católica del Estado y la intolerancia hacia las manifestaciones públicas de signo acatólico, dejando a salvo el ejercicio privado de los cultos disidentes. El sistema español vino precedido por un célebre discurso del cardenal Alfredo Ottaviani (2-3-1953) y confirmado por otro importante discurso de Pío XII (6-12-1953). Los más destacados iuspublicistas de la época consideraron al sistema institucional español como un sistema de tesis, tanto por la clara y contundente profesión pública de fe católica (confesionalidad católica formal) como por el compromiso jurídico explícito por parte del Estado de aceptar y respetar la Ley divina en su legislación y su actividad de aplicación del Derecho (confesionalidad católica substancial).
Jacobo Maritain es bastante conocido por su propuesta de una nueva Cristiandad. Pero un dato tal vez menos conocido es que Maritain, en varias de sus obras, tomó la política religiosa del Estado Nuevo portugués, y de manera singular el concordato de 1940, como un ejemplo de su nueva Cristiandad. Maritain calificó al régimen salazarista de “dictadura sistemática”, aspecto que rechazó por sus semejanzas con lo que denominó el “totalitarismo español” de Franco; pero no dejó de mencionar como un acierto que el sistema portugués -ejemplo de realización del "ideal histórico concreto" prohijado por el filósofo francés- los principios de aconfesionalidad del Estado, igualdad jurídica de las diversas confesiones y libertad de cultos en una nación mayoritariamente católica. 
El obispo Richard Williamson, en uno de sus comentarios Eleison, ha hecho referencia a la historia de Portugal en los siguientes términos:
“Así, antes que Nuestra Señora apareciera en Fátima en 1917, los enemigos de la Iglesia habían tomado el gobierno de Portugal completamente bajo su control, pero cuando prácticamente todo el pueblo Portugués rezó e hizo penitencia como Nuestra Señora lo había pedido, entonces Ella simplemente disolvió el poder de estos enemigos por una revolución incruenta. Portugal se volvió, en el ateo siglo XX con el Comunismo triunfando en todas partes, la vitrina de un Estado Católico.” (Thus before Our Lady appeared at Fatima in 1917, the anti-Catholics had brought the government of Portugal completely under their control, but when virtually the entire Portuguese people prayed and did penance as Our Lady had asked, then she simply dissolved the anti-Catholics’ power in a bloodless revolution. Portugal became, in the godless 20th century with Communism triumphing everywhere, the showcase of a Catholic State).
No compartimos esta opinión. El Estado Nuevo de Portugal no fue un modelo ni una vitrina de Estado católico de acuerdo con la doctrina tradicional, porque no cumplió con todas las exigencias que le son inherentes. El régimen portugués debe calificarse como un sistema de hipótesis, que es objetivamente menos perfecto que la tesis, aunque fuera el mejor posible en esas circunstancias políticas. La aconfesionalidad no es tesis, como pretendió Maritain, ni puede ser un modelo de estado católico, por más que se aplique en una nación católica en sus leyes y costumbres como fue Portugal de aquellos tiempos. 


P.S.: Para prevenir polémicas estériles aclaremos que no decimos, ni queremos decir, que:
- Salazar fuera mal católico, liberal, maritaineano, mal gobernante, cobarde;
- el Estado Nuevo portugués, por efecto de la aconfesionalidad y la libertad de cultos, fuera  políticamente equiparable a los experimentos democristianos posteriores al fin de la segunda guerra mundial; 
- estemos de acuerdo con Maritain en su valoración política ("totalitarios") de los regímenes de Salazar y Franco;
- el obispo Williamson sea liberal o maritaineano.
Dejamos la interpretación conspiracionista de esta infeliz coincidencia para "los de siempre". 

lunes, 27 de febrero de 2012

Los que no pertenecen a la Iglesia

El obispo Antônio de Castro-Mayer ha sido una personalidad pública de la Iglesia en el siglo XX. Traducimos unos fragmentos de su Instrucción pastoral sobre la Iglesia (2-III-1965) referidos al bautismo in voto y al valor de las confesiones no católicas para la salvación de sus integrantes. 

“Normalmente, la persona debe pertenecer a la Iglesia, ingresando en ella mediante el bautismo, profesando en ella la fe católica, según la cual debe vivir, Este es el camino ordinario de salvación. Cuando decimos ordinario, queremos significar que fuera de él, aunque la persona puede salvarse, la salvación puede considerarse más rara. Pero incluso aquellos que no pertenecen a la Iglesia y por la Misericordia de Dios se salvan, sólo consiguen la entrada al Paraíso mediante una relación con la Iglesia de Cristo. Tal relación es habitual en los catecúmenos, que movidos por el Espíritu Santo, aspiran a ingresar en la Iglesia y se preparan para el bautismo. Y también hay una relación en aquellos que, siempre movidos por el Espíritu Santo, mantienen en su corazón un amor sobrenatural a Dios Nuestro Señor, deseosos de realizar todo cuanto Él manda. Tales personas, si conociesen a la Iglesia de Cristo, ciertamente entrarían en ella. Conservan, por tanto, un deseo implícito de adherir a la verdadera Iglesia
Por otro lado, la gracia de pertenecer a la Iglesia de Dios no justifica, en modo alguno, un desinterés por los que no pertenecen a ella, o, mucho menos, un desprecio por sus personas (…) Dios quiere la salvación de todos los hombres y a todos busca con los designios de su Misericordia. Así, la Tradición considera como preparación del Evangelio los restos de verdad y de bien que sobreviven en las religiones paganas. De estos se sirve el Espíritu Santo para despertar en esos pueblos deseos de posesión integral de la verdad y el bien que sólo la Revelación proporciona…
Lo mismo se da con las religiones llamadas cristianas, que se constituyeron en virtud del abandono de la Casa paterna. En ellas, también la Misericordia de Dios mantiene riquezas dispersas —como Sacramentos, sucesión apostólica, Sagradas Escritura— que pertenecen a la verdadera Iglesia, y que deben servir como punto de partida para el retorno al seno de la familia.”

* Tomado de: Castro-Mayer, A. Por un cristianismo auténtico. Ed. Vera Cruz, 1971. Ps. 235-237.

lunes, 6 de febrero de 2012

Texto clásico: "Los dos poderes" (Jean Ousset) XIII (y final)


REALEZA SOCIAL DE JESUCRISTO Y “SANA LAICIDAD”

¿Qué hacer?

Es preciso devolver al laicado cristiano (en cuanto tal) la clara conciencia y el justo ejercicio del poder temporal cristiano que la evolución democrática de los regímenes modernos le atribuye de derecho y de hecho. Decimos bien: poder temporal cristiano. Pues ya que tratándose de un poder temporal no cristiano es notorio que la revolución se encarga no solamente de apreciar ese poder temporal de los seglares, sino de hacer de él su máquina de guerra contra la Iglesia. ¡Operación que le ha permitido expulsar a Jesucristo del orden temporal!

Y que para devolver a un laicado (cristiano) su justo poder (cristiano o temporal) es necesario no creer que mientras no se tome el gobierno haya que dejar todo abandonado.

Antes de que Dios nos conceda la gracia de un Estado conforme al derecho natural y cristiano, hay mil funciones culturales, sociales, cívicas, políticas, de las que los seglares pueden ocuparse… Sin “mandato”, aunque sin cometer intromisión alguna.

Es además preciso, para llevar a feliz término esta acción y hacerla eficaz, la educación seria de una “élite”.

Una nueva toma de conciencia debe efectuarse.

Hay que lograr una formación.

Hay que levantar una organización tan diversificada como el mismo orden de las cosas.

Tarea inmensa. Pero de la que no podemos inhibirnos sin cometer traición.

No se trata de un motín. No se trata de una usurpación. No se trata de ¡una “toma de la Bastilla”! No se trata siquiera de aquello contra lo que Pío XII clamaba ayer: la pretendida emancipación de una laicado que se dice ha sido mantenido ilegítimamente sujeto por la Iglesia desde hace veinte siglos. Siendo así que este laicado, como hemos dicho al comienzo, ha estado emancipado desde los principios del cristianismo por la efectiva aplicación de esta distinción entre lo espiritual y lo temporal. Y si hay que denunciar una puesta en tutela del laicado en la Iglesia no es la de ayer, sino la de hoy.

Nada de desorden.

Lejos de rebelarnos contra una regla, es el retorno a la regla, al orden de siempre, lo que pedimos. Muy lejos de socavar en lo que sea la autoridad espiritual de la Iglesia, somos incapaces de concebir, de amar lo que esté fuera de esta referencia a esa fuente luminosa.

Nada amargo que pueda turbar nuestra confianza en esta autoridad suprema de la Iglesia, nuestra madre, siempre conducida y animada por el Espíritu Santo.

No debemos tener ninguna baja complacencia en las críticas cuya esterilidad nos muestra un elementalísimo discernimiento. Delectación morosa que paraliza en lugar de impulsar al trabajo.

Nada tenemos que pedir, nada que desear, más de lo que la Iglesia misma ha dicho siempre que nos hacía falta, a nosotros los seglares, desear o pedir.

¿Cómo podríamos perder la esperanza en el poder y la fecundidad de ese orden, siendo divina?

Es éste el sentido de la verdadera y la justa promoción del laicado cristiano. Este necesariamente requiere, ante todo, un laicado en su sitio y dueño de su poder temporal cristiano.


martes, 31 de enero de 2012

Texto clásico: "Los dos poderes" (Jean Ousset) XII



TODO AL REVÉS




Sólo el retorno a la sana distinción de los dos poderes nos permitirá evitar tantas desventajas.

Únicamente ella puede ofrecer las múltiples posibilidades de una acción diversificada; posibilidades de maniobra de diplomacia, necesarias para la salvaguardia de todo lo que merece ser defendido sobre la tierra.

Únicamente ella puede hacer que el clero sea lo bastante independiente, lo bastante libre, sin que el justo poder del laicado resulte por ello paralizado.

Únicamente ella puede ofrecer a la evangelización el campo de una misión verdaderamente universal, sin que sea necesario, para facilitarla, debilitar con concesiones, con actitudes desastrosas, la salvaguardia de un orden temporal cuya armonía es la paz de los seglares.

Únicamente ella puede dotar al laicado de la eficacia temporal cristiana que puede y debe tener, sin dejar de obedecer a las directrices morales, doctrinales y religiosas del Magisterio sagrado.

Si se menosprecia esta distinción del poder espiritual y del poder temporal, si se rechaza el estudio y la formulación precisa de sus justas relaciones y autonomía; si se hace como si éste no existiera o no mereciera existir, o no interesaran más que las relaciones de la Iglesia con la no-Iglesia; si, sobre todo, se actuara como si la autoridad de los clérigos bastara y debiera ser suficiente: la confusión no cesará de crecer, y lo que puede quedar de cristiano en las instituciones se corromperá, se hundirá, desaparecerá.

Prueba de que el sacerdocio no es únicamente el que puede y debe asegurar la salvaguardia.

Finalmente, ¿quién osaría sostener que el celo en la defensa de la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo se mide por el número de las colaboraciones eclesiásticas de las que pueden honrarse grupos o periódicos?

Y, a la inversa, ¿puede decirse que el celo en sostener la causa del derecho natural y cristiano decrece en la medida en que estos grupos, estos periódicos católicos, tienen menos “mandato” y cuentan con menos colaboraciones eclesiásticas?

Lo que ha ocurrido en el III Congreso Mundial del Apostolado Seglar, ¿no es acaso muy significativo? Ha discutido los poderes del Romano Pontífice. Ha reivindicado la elección de una jerarquía seglar, paralela a la jerarquía eclesiástica. Ha sustituido el compromiso apostólico por el compromiso político. Ha votado a favor del derecho de los esposos a escoger los medios anticonceptivos que prefieran…

Esto prueba que el sentido de los dos poderes se hallaba casi perdido en el alma de estos “seglares”… ¡a pesar de su “mandato”!

Todo parece al revés.

Como escribía un amigo médico en “diálogo” con un vicario que le enviaba casos conyugales difíciles: “Usted, sacerdote, ha llegado a ser especialista ginecólogo y distribuidor de hojas de temperatura para rellenar… y esperáis, de hecho, del médico, que soy yo, que recuerde a vuestros protegidos el camino real de la Cruz.”

El mismo tipo de argumento vemos en los labios de un seglar afiliado a la Acción Católica: “desde que el párroco me pide que comente el evangelio a los fieles de la parroquia, lo veo más resuelto que nunca a obligarme a aceptar ideas políticas o consignas sindicales…”

Por lo menos será preciso escoger:

-O no existe clericalismo en la Iglesia, y un seglar cristiano, invocando la doctrina cristiana, debe poder combatir en lo temporal al liberalismo, al socialismo, al progresismo, al comunismo, sin “mandato” de la jerarquía.

-O si se requiere un “mandato” para cumplir una obra que tan evidentemente necesaria es para la defensa de la ciudad, es preciso que entonces haya la honestidad de convenir en que “el clericalismo” es flagrante.

martes, 24 de enero de 2012

Texto clásico: "Los dos poderes" (Jean Ousset) XI

DE LA SANTIDAD A LA VOLUNTAD DE PODER

Pero no es de extrañar que una vez perdido este amor por lo sobrenatural, este sentido de lo espiritual, de los que debe ser guardián el clero, éste tenga conciencia de no servir ya para nada aquí en la tierra.

En consecuencia, para dar impresión de que es útil, de estar prácticamente “comprometido”, como se dice hoy día, nada sorprendente resulta ver a este clérigo unirse a los seglares en el plano de sus luchas temporales. Pero como a ese nivel el clero tiende a conservar cuanto hace que aún sea lo que es: es decir, las prerrogativas sacerdotales, se llega a la inversión de la función clerical más odiosa y totalitaria, como esos religiosos que, vestidos de seglar ordinariamente, parece que sólo se ponen los hábitos talares completos para hacer más explosiva su participación en cualquier reunión marxista.

Poco deseosos de conducir la sociedad a Dios, por medio de la doctrina social de la Iglesia, esos clérigos se encargan de conducir, en nombre de Dios, la sociedad a la Revolución. ¡Cómo si para ir en ese sentido fuera necesaria su intervención!

“Mediador de la Palabra divina y de la Gracia, caído al rango de mediador de la Historia y la Evolución”, escribe Marcel de Corte [4], “el clero progresista se alza sobre el pedestal y profetiza el advenimiento de los tiempos nuevos que verán al reino de Dios instalado por fin sobre la tierra bajo la forma de una Iglesia totalitaria universal (…). Estos sacerdotes ya no son sacerdotes, sino agitadores políticos (…); no sirven ya a una religión, sino a una política (…); no nos ayudan a elevarnos desde la tierra a lo alto, hacia el Cielo, sino que nos empujan horizontalmente para que arreglemos esta tierra. Al esforzarse en divinizar lo social y presentarlo como fin último del hombre, el clérigo se rebaja al rango de propagandista de la ideología colectivista. En lugar de hacer progresar al cristianismo en las almas lo hacen retroceder. Es el castigo de la voluntad de poder eclesiástica; cuanto mayor es este poder, más se debilita, pues destruye, por ello, todas las razones que existen para respetarle y obedecerle”.




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[4] “Progressisme et volonté de puissance”, Itinéraires, febrero 1967.

jueves, 19 de enero de 2012

Texto clásico: "Los dos poderes" (Jean Ousset) X

Peligro de disputas o de “contestaciones” inacabables con los “nuevos curas”.

Porque esas disputas resultan dolorosas, agotadoras, provocan amargura, entenebrecen el alma, endurecen el corazón. Y, por otra parte, no resultan provechosas. Su fin ordinario es la crispación en actitudes rígidas, definitivamente hostiles.

Sin olvidar que es ínfimo el número de quienes, con competencia, con tono conveniente, pueden demostrar a su párroco que está equivocado.

¡Y cuántos, a pesar de tener razón, actúan equivocadamente…! Porque el argumento, que ellos creyeron hábil para oponerlo a su Vicario, no era el bueno. Porque la referencia a las Escrituras, al dogma y al Derecho Canónico invocaba en su “carta al Obispo” no era adecuada al caso contemplado. Porque el tono de su misiva era inadmisible, etc.

Con algunas raras excepciones, pues, el fracaso de este género de intervención es enorme.

***

Aún hay que añadir que, si grande es el daño de semejantes disputas, el peligro también real y no menos desastroso consiste en dejarse envolver, neutralizar en lo temporal por los “nuevos curas”.

Peligro de desconocer la obligación de un combate eficaz contra las fuerzas subversivas por escrúpulos clericales… porque tal cura pretende que Marx es bastante menos dañino de lo que se ha creído… porque tal párroco apenas se molesta por entender que las encíclicas están superadas. Porque los marxistas son aplaudidos calurosamente por los clérigos, religiosos o religiosas que asisten a las semanas de intelectuales católicos. Mientras los cristianos reputados “integristas” son cuidadosamente apartados de ellos.

Tentación que turba tanto más cuanto algunos nos invitan a sostener una prensa vendida en las iglesias, que es favorable a las mismas ideas.

Resultado: consideran su deber, en contra de sus sentimientos (y contra la evidencia de las desilusiones más patentes) [3], seguir a los clérigos EN ESTO. Ocurre porque estos seglares no se hallan suficientemente seguros del derecho que la misma Iglesia les reconoce de no estar obligados a obedecer a los clérigos EN ESTO.

Seglares, éstos, que no son suficientemente conscientes ni están suficientemente penetrados de la sabiduría divina de esta fundamental distinción de lo espiritual y de lo temporal.

Únicamente esta distinción puede permitir la determinación del terreno en el cual los derechos del seglar son lo suficientemente claros para que no continúe enzarzándose en disputas con su párroco.

Únicamente esta distinción puede permitir la determinación del dominio en el cual los derechos del seglar son lo bastante evidentes para que no se deje envolver, neutralizar por los clérigos. Aunque estos últimos sean sinceros y bien intencionados.


Tanto es así que las mejores vecindadas son aquellas donde el respeto de los límites es más delicadamente observado mientras que surge rápidamente la enemistad hacia el amigo que salta las lindes e invade el terreno ajeno; o bien… hacia el clérigo más preocupado de los asuntos temporales que del cuidado de las almas.

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[3] Cfr. en el caso de Argelia la declaración de S.E. Mons. Duval: “Todo permitía esperar…” ¿Todo?











Imágenes de la Parroquia San Carlos Borromeo
"iglesia de base de Vallecas"
(Entrevías, Vallecas, Madrid).

martes, 10 de enero de 2012

Texto clásico: "Los dos poderes" (Jean Ousset) IX

Nunca se dirá suficientemente lo importante que es, lo decisivo que puede resultar determinar con exactitud el terreno de este combate.


Terreno donde el seglar es dueño de sus iniciativas, de sus decisiones. Terreno donde el clérigo no tiene derecho de prevalerse de su título de clérigo (y de la influencia psicológica que ese título le permite ejercer) para comprometerse en cuestiones que ya no son aquellas sobre las que recae su poder.

Es verdad que en muchos asuntos  —empleo del latín, liturgia, catequesis, música sagrada, etc.— bien pueden los laicos expresar un deseo una opinión, formular una crítica (puesto que el mismo Concilio lo acaba de recordar), pero también es verdad que no les corresponde zanjar ni decidir en estas materias. Ya que el dominio de ellos corresponde total y muy legítimamente a la competencia sacerdotal.

No se actúa, no se comporta uno de la misma manera según se encuentre en casa de otro o en la propia.

No se puede actuar, no se puede escribir, hablar, organizarse, intervenir de la misma manera si uno se encuentra en el terreno que legítimamente pertenece a otra autoridad o en el propio de uno mismo.

Y por consiguiente… los organismos, el objeto de las intervenciones, su orientación y su estilo pueden y deben diferir… según se proyecte una acción temporal (esto es: una acción donde libremente el poder de decisión corresponde a los seglares);… o bien se emprenda una acción específicamente religiosa, espiritual, litúrgica (esto es: una acción que corresponde en última instancia a la autoridad de los clérigos).

Si se desconocen estas distinciones, como algunos procuran, no se conseguirá sino desarrollar la confusión y crear situaciones sin salida.

Sólo una justa distinción de los dos dominios: espiritual y temporal, puede ofrecer a los clérigos y a los seglares el terreno adecuado para su más segura eficiencia y para su armoniosa complementariedad.

Sólo esta distinción ofrece a los seglares más celosos un campo de acción en el que pueden avanzar sin se amenazados por los dañosos peligros que han producido incontables víctimas.

De una parte: el peligro de “contestaciones”, de continuas disputas con aquellos a quienes Michel de Saint-Pierre denominaba los “nuevos curas”.

De otra parte: el peligro de dejarse neutralizar por ellos.

martes, 27 de diciembre de 2011

Texto clásico: "Los dos poderes" (Jean Ousset) VIII

CLERICALISMO

J. Boulier lo ha dicho muy bien:

“La acción de los laicos con mandato resulta tímida porque no puede ir demasiado lejos sin comprometer, por razón del mismo mandato, la responsabilidad del mandatario, el obispo. ¿Cómo seglar de Monseñor osaría llegar más allá de lo que Monseñor cree poder permitirse? Ninguno de los grandes seglares que han destacado en la historia de la Iglesia en Francia durante el siglo XIX ha sido el seglar de ningún Monseñor. Sino que eran testigos de su fe ante el mundo volteriano. No tenían nada clerical, pero su vida, a veces heroica, daba autenticidad a su testimonio y le confería pleno valor de apostolado. En nuestros días se quiere organizar al laicado de tal modo que es de temer que los seglares más dinámicos queden fuera, no aceptando, con razón, ser confundidos como clericales con mandato para participar en una acción clerical.

“…En fin, no existe acción alguna de los seglares que más pronto o más tarde no tenga algún alcance político. Los seglares no tienen que comprometerse en la acción política porque ya están comprometidos, ligados desde su nacimiento, incluso antes de su bautismo. Todos hacemos política, decía recientemente el Rector de la Universidad de La Habana, ciudadanos del Cielo nacemos ciudadanos de la ciudad carnal; somos responsables de cuanto de ella tenemos. Aunque los clérigos, por razones particulares, a veces deben desligarse, y así la acción política queda de la propia responsabilidad de los seglares, de los ciudadanos.”

Conviene, por consiguiente, no colocar ningún sacerdote delante para poder tratar de actuar seriamente en lo social y en lo político. ¡Esta acción será la más conforme a las enseñanzas de la Iglesia!

Pues…

…o esta acción será eficaz frente a los progresos del totalitarismo estatal, socializante;

…o no lo será.

Si no lo es… es casi seguro que la Revolución, sin dificultades, no encontrará inconveniente alguno en que clérigos, incluso muchos, aparezcan en el dispositivo y se comprometan a sus ojos.

Si, por el contrario, esta acción es eficaz… las reacciones, las campañas de prensa que la subversión desencadenará serán tan fuertes que los sacerdotes seculares o religiosos recibirán de su obispo o de su superior la orden de apartarse de una empresa tan comprometedora. Abandonando así a los laicos en lo más álgido del combate. Lo cual, lejos de escandalizarnos, no es sino una vuelta al orden mismo. Con esta reserva únicamente…: realizar en semejante momento un repliegue tal, semeja una desbandada cuyo efecto es siempre desastrosos para la moral de los combatientes.

Que se les pida consejo, pues, tanto como sea preciso; que se busque su apoyo, para que nos reconforten espiritualmente, de clérigos doctos, prudentes y santos. Pero guardémonos de alistarlos, abiertamente, en el combate “temporal”.

El personaje de "Don Camilo" de Guareschi y Camilo Torres Restrepo
dos curas metidos a la política

martes, 20 de diciembre de 2011

Texto clásico: "Los dos poderes" (Jean Ousset) VII

EN INTERÉS DEL SANTUARIO Y DE LA CIUDAD

Se adivina, a través de estas evocaciones, cómo una justa, una inteligente distinción del poder espiritual y del poder temporal es indispensable y quizá decisiva.

En interés del santuario.

En interés del orden cristiano que debe unirlos en un TODO no totalitario.

Sólo esta distinción práctica, efectiva, puede ofrecer al apostolado por un lado, a la acción cívica, social, política, por otro, la libertad indispensable para sus misiones respectivas y complementarias.

Sólo ella puede permitirlo todo armoniosamente. Sin excesos o abandonos culpables en lo temporal. Sin pusilanimidad apostólica en lo espiritual.

Valga el ejemplo de San Francisco de Asís soñando con ganar para Cristo el “Miramamolín” o gran sultán de entonces y embarcarse en Ancona para Tierra Santa. ¿Cabe pensar que, para facilitar el éxito psicológico de su misión totalmente espiritual, hubiera pedido la retirada previa de aquellos que en Oriente o el Mediterráneo montaban la guardia para impedir a los berberiscos devastar las costas cristianas y ejercer la piratería?

Tal locura no pasó, sin duda alguna, por la imaginación de nadie, tal era el sentido que tenían en aquella época de los dos poderes independientes, complementarios en la unidad de un mismo espíritu. Y de los primeros franciscanos que partieron para África del Norte, varios fueron martirizados, sin que sus destinos heroicos sirvieran de argumento para minorar la vigilancia reclamada a los poderes políticos encargados de defender al conjunto de personas y de bienes que constituían la “ciudad terrena”.

¡Señal y beneficio de sabiduría divina!

Pues el orden establecido por la Providencia es demasiado sabio, suficientemente armonioso, para que hallemos aquí materia para una gran lección.

Desde hace mucho tiempo se ha observado que Dios une a todo noble deber un interés o un placer. Hasta el punto de que sería contrario a la sabiduría divina un orden donde quien estuviera sujeto a una obligación tuviera menos interés (o placer) que otro en cumplirla bien.

Pero es un hecho que el deber de defensa temporal, de defensa cívica no se presenta normalmente al clérigo con el carácter de un interés inmediato, directo, evidente, que ofrece al seglar como tal. El clérigo (y tanto más cuanto más virtuoso es), está y debe estar muy apartado personalmente de estas “contingencias” para ser el buen, el verdadero defensor… según Dios.

Cuanto un padre de familia tiene el deber y el interés de conservar y defender hasta su último suspiro, puede no ser para el clérigo sino ocasión de piadoso desasimiento.

Pero ese desasimiento de los bienes temporales, ese gusto exclusivo –suponemos—de las cosas espirituales, pueden incitar al clérigo a desconocer la importancia de los valores que un padre de familia apreciará inmediatamente. Mucho mejor que un excelente razonamiento, la experiencia cotidiana permite aprender al seglar cuánto representan esos valores para la paz, la duración, la armonía material y moral de su hogar.

Universo concreto que puede y debe ser regido, sin duda alguna, desde lo alto por la doctrina de que es guardián el sacerdote; pero la gestión en la defensa práctica de ese hogar no es ni puede serlo de competencia ordinaria el clero.

Pues… el sacerdote ignora cuanto concierne a la defensa práctica a que aludíamos, y esta ignorancia puede ser desastrosa cuando rebasa su propia competencia: médico de las almas, testigo del espíritu, ¡hombre de doctrina! No de programas. Sólo algunos, muy pocos y muy grandes, fueron los santos que sin inconvenientes pudieron entregarse al trabajo de ambos órdenes sin que su función política dañase su perfeccionamiento espiritual. Sin que su desprendimiento impidiese la defensa temporal que como políticos creyeron deber realizar.

Pero, aun sin olvidar esos casos magníficos, la Historia muestra a menudo a clérigos devorados por la ambición del siglo, presuntuosos, estériles o devastadores. ¡Por un San Bernardo de Clairvaux, cuántos abates Grégoire, cuántos Cauchon, cuántos Jacobin, cuántos Daveziers! Por un San Ambrosio, impidiendo a Teodosio la entrada a la Iglesia de Milán, cuántos prelados temerosos de ser denunciados como “integristas” en “Le Monde”.

Dos clases de peligros amenazan de ordinario la acción del clero cuando éste pretende gobernar directamente lo temporal.

Una primera tendencia desprecia muchos bienes muy respetables y defendibles. Sea por generosidad, sea por una especia de pía demagogia y deseo de mostrar hasta qué extremo la Iglesia no teme ninguna novedad y procura hallarse en la vanguardia del “sentido de la Historia”.

La otra forma del peligro clerical estriba en un rigorismo de principios, en una concepción idealista de las cosas y en la aplicación brutal, inmediata, sin matices de nociones doctrinales, tal vez justas, pero demasiado abstractamente concebidas e impuestas. Sin atender a las innumerables circunstancias de tiempo y de lugar.

Esto demuestra el sinnúmero de inconvenientes de que adolecen las dos fórmulas extremas: la que se podría llamar de Savonarola y la de los sacerdotes obreros pasados a la Revolución.


Je sens en mon âme le courage d’un Croisé,
d’un Zouave Pontifical,
 je voudrais mourir sur un champ de bataille
pour la défense de l’Eglise…

lunes, 5 de diciembre de 2011

Texto clásico: "Los dos poderes" (Jean Ousset) V

CIUDADANO VERGONZANTE QUE NO PUEDE TITULARSE CATÓLICO…

¿Es para compensarle, para consolarle, por lo que se le habla tanto de “promoción”?

Pero promoción ¿en qué orden?

Detalle característico: la promoción contemplada es de orden espiritual y destinada a hacerle participar en el sacerdocio.

Como si una situación más elevada en el santuario pudiera hacer olvidar que, en su terreno, es el peor dotado de los ciudadanos.

Ciudadano vergonzante que no se puede titular católico sin que se le reproche que “compromete”, que “responsabiliza” a una autoridad eclesiástica que, según frase célebre, no quiere en modo alguno “que le indisponga con la República”.

Lo que, paradójicamente, no deja a la iniciativa del seglar cristiano sino una única vía, cualificada de “no comprometedora” para los clérigos. Vía en la que el seglar se halla casi seguro de no tener ningún contratiempo por la parte eclesiástica. La vía de la corriente ideológica moderna, que no es cristiana. En condiciones tales que un seglar católico sufre menos inconvenientes citando a Marx o Lenin que al Syllabus.

Muy grande es el número de los clérigos que al parecer prefieren que no exista un laicado cristiano (dueño de su justo poder temporal) para no tener más problemas que el poder político-social (no cristiano, sino anticristiano) de un laicado heterogéneo prácticamente conducido por indiferentes, hasta por enemigos del catolicismo. Todos los esfuerzos de la Acción Católica, a pesar de su gran éxito tal vez en el plano apostólico, no han podido dar la vuelta ni parar la corriente de un naturalismo político y social hasta tal punto victorioso que algunos eclesiásticos (pese a las enseñanzas de los soberanos pontífices) deducen de ello argumentos para afirmar que ya no es cosa de combatir un estado de hecho tan triunfalmente implantado, que al alistarse en esta lucha el seglar cristiano comprometería a la jerarquía, etc.

En realidad no es posible comprometer a la jerarquía sino en la medida en que resulte manifiesto que ese seglar cristiano es testaferro suyo; que todo lo que él hace (reputado cristiano) en lo temporal es teledirigido por la autoridad espiritual.

Sí, por lo tanto, la teledirección no fuera tan notoria, no resultaría tan fácil pretender que la jerarquía quedaba “comprometida”.

"Las Páginas Musicales" de la Juventud Femenina de la Acción Católica. Nº 4 dedicado a Su Santidad Pío XI, "Himno al Papa" para coro de dos voces iguales con acompañamiento de pianoforte del canónigo Gioacchino Mangone

sábado, 26 de noviembre de 2011

Texto clásico: "Los dos poderes" (Jean Ousset) IV

No solamente el poder temporal del laicado cristiano es irrisorio en cuanto tal, sino que se encuentra como aplastado entre dos totalitarismo.

Totalitarismo… en tanto son poderes estrictamente unitarios tendientes a apoderarse del hombre por entero.

***

Dicho de otro modo: si quedan todavía hoy dos grandes poderes, se presentan bajo la siguiente forma:

De una parte: el poder clerical. Pero privado de ese complemento, de ese contrapeso que para él constituía un poder temporal cristiano distinto; suficientemente autónomo a su nivel y en su esfera. (Así el orden cristiano no se considera como si dependiese únicamente del poder eclesiástico. De ahí el reflejo bien conocido y tan característico de querer tildar de sospechoso, ilegítimo, todo lo que ose llamarse “católico” en lo temporal sin estar autorizado.)

De otra parte: el totalitarismo de los poderes no cristianos, incluso anticristianos, que no solamente son temporales, sino espirituales. Cesarismo del Estado moderno, convertido en principio absoluto de todo derecho. Monopolizador de aquello mediante lo cual se hace dueño de los espíritus y de las almas: espectáculos, propaganda, “información”, Universidad, cultura, etc.

Ahora bien, por lo menos, es con este totalitarismo con el que el poder espiritual católico debe mantener relaciones. Relaciones que parecen prolongación de aquellas que en la cristiandad unían en su fe común: el sacerdocio y el imperio.

La verdad es que si bien aún existe un poder espiritual del laicado cristiano en tanto este laicado participa, bajo la autoridad eclesiástica, en el apostolado de la jerarquía (definición de la Acción Católica oficial), por el contrario nada serio existe para expresar cualquier poder temporal del laicado cristiano.




***

Digamos que parecía que éste iba a nacer cuando se formó la Federación Nacional Católica (F.N.C.) por el general De Castelnau, quien, sin ser “el emperador”, era evidentemente un “feligrés” difícil de eludir.

Se pudo creer, por consiguiente, que iba a hacerse real la distinción de un poder espiritual (cristiano) y de un poder temporal, de un laicado (no menos cristiano). Pero, poco después de la muerte del general, la transformación de su obra en “Federación Nacional de la Acción Católica” (F.N.A.C.) (considerado por algunos como una promoción) manifestaba, por el contrario, sin equívocos, la confiscación de la organización por la autoridad eclesiástica exclusivamente.

Fin del justo poder que en lo temporal habría podido ejercer un laicado cristiano, calificado de adulto.