Mostrando entradas con la etiqueta LITURGIA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LITURGIA. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de febrero de 2014

Sólo la Jerarquía puede... y los kikos también


Un lector de nuestra bitácora nos ha hecho llegar un dato preocupante. Sabemos de la "creatividad" litúrgica del Camino Neocatecumenal. Sin dudas, en la valoración de los diversos abusos litúrgicos hay una jerarquía que se basa en un criterio objetivo que surge de la importancia del rito alterado. En la tabla que insertamos a continuación, puede apreciarse, una parte de la fórmula de la Consagración de la Santa Misa. En la primera columna, en rojo, el texto latino; en la segunda, en color negro, la traducción castellana aprobada; y en la tercera, en azul, la traducción kika. 


Hoc facite in meam commemorationem


Haced esto en conmemoración mía

Haced esto como mi memorial

La versión kika aparece en un cancionero del Camino Neocatecumenal para uso litúrgico. Del texto y del contexto se desprende que los sacerdotes del Camino cantan la Plegaria Eucarística con esta traducción.
La fuente es una publicación oficial: RESUCITÓ. CANTOS PARA LAS COMUNIDADES NEOCATECUMENALES. CENTRO NEOCATECUMENAL DIOCESANO – C/ BLASCO DE GARAY 8 – 28015 MADRID. © Kiko Argüello, 2010. Printed in Spain – Impreso en España. XIX Edición revisada y corregida por el autor. I.S.B.N.: 84-288-0378-1. Depósito Legal: 1511-1982
Se puede verificar lo que denunciamos en la página 177 del cancionero aquí y también aquí. 
Recordemos que “sólo la Jerarquía puede introducir cambios en la Liturgia. §1. La reglamentación de la sagrada Liturgia es de competencia exclusiva de la autoridad eclesiástica; ésta reside en la Sede Apostólica y, en la medida que determine la ley, en el Obispo… §3. Por lo mismo, nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia.” (Conc. Vaticano II. Sacrosantum concilium, n. 22). “Para reeditar libros litúrgicos o partes de los mismos así como sus traducciones a la lengua vernácula, es necesario que conste su conformidad con la edición aprobada, mediante testimonio del Ordinario del lugar en donde se publiquen.” (Código de Derecho Canónico, c. 826, § 2).
¿Acaso la traducción kika cuenta con la aprobación y conformidad de alguna autoridad eclesiástica? No lo sabemos y mucho nos tememos que la respuesta sea negativa.


domingo, 20 de octubre de 2013

Instrumentalización política de la liturgia

Los comentarios en el debate sobre el caso Priebke y algunas entradas de otros blogs nos llevan a poner por escrito estas reflexiones. Primero, debemos  salir al cruce de un error muy grave que se desliza en otro blog. En efecto, debe quedar claro que matar directamente a un inocente es siempre un acto malo. La orden de un superior militar de matar a un inocente no debe obedecerse. Si se obedeció, por más que haya circunstancias atenuantes, hay materia necesaria para la confesión sacramental. El confesor juzgará las circunstancias del caso. De poco vale en este plano argumentar con que las leyes de la guerra no consideraban delictiva la conducta, el mandato directo de Hitler, la prescripción, etc. Todo ello se puede discutir en un juicio penal pero no cambia el criterio moral objetivo.
En cuanto a las exequias, no hay críticas para el Vicariato de Roma, ya que según la información que tenemos ahora, ofreció exequias privadas. Lo que parece correcto, habida cuenta de los trastornos al orden público que previsiblemente produciría una ceremonia pública. Tampoco se puede criticar a la FSSPX por ofrecer exequias privadas y explicarlas en un comunicado bien fundamentado. Tal vez hubo ingenuidad en apreciar las motivaciones reales del abogado que solicitó las exequias.
La denegación de sepultura no es un acto que realice la Iglesia, sino los estados. Repetimos que es una notoria injusticia que va contra el derecho natural. ¿Por qué el obispo de Roma, o su Vicario, no han levantado la voz contra esta injusticia? ¿Acaso este silencio resulta coherente con el énfasis francisquista en la denuncia de los “pecados sociales”?  ¿Y cómo entender que no se condene una injusticia que, además, impide una obra de misericordia con un difunto periférico existencial? A diferencia de Benedicto XVI, el antes arzobispo de Buenos Aires y hoy obispo de Roma, ha hecho del no chocar públicamente con la corrección política una constante de su actuación pastoral. De esto, los argentinos conocemos ejemplos de sobra.
Bergoglio, en una de sus entrevistas, considera preocupante el peligro de ideologización e instrumentalización del Vetus Ordo. El peligro existe, sea remoto o próximo, porque los seres humanos podemos instrumentalizar las cosas más santas. Pero también cabe una ideologización e instrumentalización del Novus Ordo. La ideologización es un hecho constatable incluso en elementos aprobados para el uso litúrgico: pasajes de la Escritura deliberadamente mal traducidos por sesgo ideológico (v.“Biblia Latinoamericana” y sus notas); cancioneros litúrgicos politizados; misales para los fieles aderezados con introducciones y notas heréticas, liberacionistas, marxistoides (v. “Misal de la comunidad” de Burgaleta, Floristán et al), etc. Además, también cabe la instrumentalización de las celebraciones litúrgicas Novus Ordo, con la propaganda de grupos políticos de diverso signo.
El obispo Angelelli celebra Misa Novus Ordo para montoneros argentinos.
La liturgia en el Usus antiquior es buena en sí misma. Lo menos que podemos decir de ella es que -en nuestra opinión- supera por mucho a la reformada en su capacidad objetiva para expresar la lex credendi y la sacralidad de los divinos misterios. Se la persigue o minusvalora porque su sola celebración es una denuncia profética muda de la descomposición litúrgica post-conciliar. Charlier, antes de su conversión, dijo que el canto gregoriano le “revelaba cosas que no eran de la tierra y que ninguna otra música humana alcanzaba a decirme aún cuando fuese una música genial". La belleza sacra posee un atractivo que puede dar lugar a numerosas conversiones.
No se puede negar que también cabe la instrumentalización del Usus antiquior. Hay grupos políticos marginales que pueden hacer del Rito Gregoriano un punto más de su proyecto político procurando que las celebraciones litúrgicas sean un instrumento para ser conocidos por la opinión pública. Por una parte, es verdad que los muchachos que se rapan la cabeza y hacen el saludo romano, deben ser evangelizados, como toda la humanidad, pues la Redención es universal. También para ellos, la asistencia a una celebración litúrgica puede ser ocasión de conversión. Por otra, no es menos cierto que pueden utilizar la liturgia como símbolo político o hecho publicitario para alcanzar notoriedad en los medios de comunicación. 
Los sacerdotes tradicionales deben ser conscientes de este peligro y obrar con delicada prudencia pastoral. No deben ceder ante la dictadura de la corrección política, que niega justicia y misericordia a sus enemigos; pero tampoco han de dejarse instrumentalizar para fines que no son los de la Iglesia. Se impone aquí ser “astutos como serpientes y mansos como palomas" (Mt. 10,16).

sábado, 13 de julio de 2013

La reforma de la reforma de la reforma


No me propongo analizar exhaustivamente la reciente decisión de restringir el uso del “Modo extraordinario del Rito Romano” para los franciscanos de la Inmaculada ni entrar en los entresijos eclesiásticos que han dado origen a tal medida. Pretendo señalar someramente las posibles líneas de fuerza a través de las cuales se puede abordar el presumible inicio de la revisión de medidas adoptadas en el pontificado anterior, desde el que plantear el debate.
1) El fracaso del pontificado de Benedicto XVI. La primera posibilidad que se nos presenta, y es la que algunos medios están abordando, es la de contraponer la medida de la que hablamos con el MP “Summorum Pontificum” del Papa emérito. Quizás no es tan simple. Y no lo es porque la eficacia de una reforma, sea del signo que sea de verifica en dos puntos: su capacidad de sedimentarse en la Iglesia en el tiempo y su independencia operativa de la iniciativa de la autoridad que la ha propiciado. Lo más probable es que tal “reforma de la reforma” no haya existido más que como desideratum de algunas personas de más o menos buena voluntad que creían de manera indistinta en esa influencia centrípeta de la persona del Romano Pontífice y de sus decisiones en el resto de la Iglesia, como sucedía en pontificados anteriores. Más allá de esto, la “reforma de la reforma” comenzó por un motu proprio que convertía la Misa tradicional en un “derecho de los fieles”, sustrayéndolo al “munus santificandi” eclesial que establece la liturgia como una obligación episcopal en virtud de su propio ministerio. Desde el primer momento, no se hizo uso de la capacidad del Papa para establecer que sean los obispos los primeros que han de asegurar dicho rito. Se “liberó” la Misa para los sacerdotes que así lo deseasen y marcaba los acentos en los “derechos de los fieles”. Otra instrucción aminoraba el papel de los sacerdotes y convertía la “liturgia extraordinaria” en un arbitrio de grupos de seglares. Tras la inserción de la Comisión Ecclesia Dei en la Doctrina de la Fe, su influencia real sobre los grupos que solicitaban la Misa tradicional quedó completamente diluida. Que el obispo tenga una capacidad de decisión sobre lo que en su diócesis sucede en materia litúrgica no sólo es obvio desde el punto de vista teológico, sino que es imposible lo contrario desde el punto de vista pragmático. ¿Cómo desarrollar una reforma en contra de la mayor parte de los obispos? Es una reforma sin fundamento. No es posible reforma alguna, por mucho que sea animada desde la Santa Sede, sin la fuerza necesaria en el conjunto de la Iglesia para desarrollarla. En la “liberación” de la Misa tradicional todo eso –consciente o inconscientemente- se omitió, acompañado de un retraimiento de Benedicto XVI debido a problemas que comenzaban a suscitar en la curia las reacciones ocasionadas por el levantamiento de las excomuniones de los obispos lefebvrianos así como las reacciones de Williamson. La salida de monseñor Ranjith, y el espectáculo de la jubilación impuesta sin luz ni taquígrafos al cardenal Castrillón, así como el ascenso de Bertone serían los epifenómenos más claros de esta situación.
2) ¿Y la dignificación del modo ordinario? Cruces, candelabros, casullas, encajes, mitras, capas pluviales. Algo que no ha provocado en absoluto una aparición de una conciencia de necesidad de abordar legislativamente el caos eclesial en materia litúrgica, y que, conscientemente creo yo, se presentó como una posible recomendación en todo caso, pero que finalmente aparecía como un arbitrio subjetivo del Romano Pontífice, teniendo una influencia nula o casi nula en el resto de la Iglesia. O a lo sumo, en los que gustan de fijarse en tales detalles atentos a las celebraciones pontificas televisadas. Un ejemplo que sólo se podía ver en las celebraciones papales, o a lo sumo en la catedral de cada diócesis. Y desde ahí su “ejemplo” no provocaba problemas en quienes atribuían tales comportamientos a precisiones del propio pontífice en “sus” misas, pero que no tenían relevancia normativa alguna ni siquiera para la interpretación de la institutio generalis missalis romani. De ahí que hasta extrañe que su “reforma de la reforma” (presunta) se acabase el día de su renuncia.
3) La propia actitud del Papa Francisco. A la renuncia de Benedicto XVI, nos encontramos con un colegio cardenalicio mucho más escorado a la izquierda que el que había dejado Benedicto XVI, con incomprensibles nombramientos en congregaciones romanas, hechos por un Papa que ya hacía tiempo había renunciado a cualquier veleidad restauracionista, si es que ésta comenzó alguna vez. La elección de Francisco es la prueba más palmaria de esto. Pero en lo que nos debemos fijar con más atención es que Francisco no es más que el reflejo de la propia Iglesia. Más concretamente; lo que hace Francisco es exactamente lo mismo que se viene haciendo ininterrumpidamente en el 95 % de las diócesis del mundo. Él si que tiene fuerza moral y apoyo en el episcopado y en el clero para sus presuntas reformas y “cambios de dirección”. Es el momento en el que la “Iglesia real” se encarna en su cabeza visible; hasta el momento, la Santa Sede empleaba la dialéctica del documento analgésico para “conservadores” de distinto pelaje, mientras que la permisión de las actitudes eclesiásticas concretas en todos los órdenes y en la dirección en la que ahora nos encontramos se venía permitiendo. Una manera de tener a ciertos “sectores” tranquilos, cuya tranquilidad estaba asegurada por su desconexión de la realidad de la Iglesia. Éste es el momento en el que ya no hace falta. Pero esto no es cosa de ahora, es un proceso unidireccional con mucho recorrido hecho. Los neoconservadores han servido de “catarsis” para quienes, aunque veían muchas situaciones extrañas, precisaban de alguien que les explicase que la “estrategia general” estaba salvaguardada por la persona del Papa. De ahí la necesidad de esa doble dialéctica de la que hablaba.
4) Los medios “conservadores”. El punto al que hemos llegado es que la única posición homologable como “eclesial” y “ortodoxa” es la “defensa de la persona del Papa”. Esa defensa, cuya historia reciente es muy rica en situaciones, se basa en la idea de que por desastroso que pueda parecer todo lo que sucede en la vida de la Iglesia, el Papa sabe corregir todas las situaciones, aunque no veamos que lo haga. Es el “acto de fe” sobre otro “acto de fe”.  El signo de que tal actuación es correcta es que el Papa sea atacado por “progresistas”. Eso es, al final, lo que legitima todos los actos de un Pontífice. Como se suele decir, pensar es “pensar contra alguien”, y aquí también se cumple el adagio. De algún modo, es el modo de contrapesar una actuación pontifica que pueda desconcertar a un importante sector de católicos. Pablo VI desmantelaba la liturgia tradicional, los seminarios, y la educación católica, pero era atacado por los progresistas por la “Humanae Vitae” y la “Mysterum fidei”. Ese hecho determinaba que el Papa estaba en el buen camino. Se pueden poner muchos más ejemplos con Juan Pablo II. Pero este no es el plano del debate. El debate es más bien demográfico. La linea marcada desde la finalización del Concilio Vaticano II tenía una importante resistencia en la demografía. A fin de cuentas la mayor parte de clérigos y fieles se encontraban “paradigmáticamente” en otra cosa muy distinta a la que el Concilio planteaba. En ese sentido, la comparación con una bomba de tiempo es pertinente. Al llegar a los cincuenta años del Concilio, la última generación que conoció en su infancia el pre-concilio se encuentra más allá de los setenta años. Así, esa resistencia es ya nula, y es ahora cuando estamos en disposición de ver los “frutos reales” del Concilio. En este sentido, Francisco es un producto de la “estructura” y del “proceso”. Un proceso o un “nuevo paradigma” que desplaza al anterior, y en el que se encuentra plenitud de sentido a que no se entienda que en una congregación prime el “Usus antiquor” sobre el “novus ordo”. Si la remisión del problema sigue siendo la Santa Sede o la letra del documento correspondiente es que aún no se ha entendido el proceso de cambio paradigmático en el que estamos, y que no admite reducciones “inter-paradigmáticas”.
Por eso los “medios conservadores” se instalan en una situación paradójica. Por una parte, se van a tener que ir viendo en la necesidad de justificar lo indefendible a través de una gratificante negación de la realidad. Pero al mismo tiempo van a considerar que cuanto más delirante sea la negación de la realidad que realicen, más valoración van a encontrar en la autoridad eclesiástica correspondiente, demostrando que su adhesión es neutral, abstracta, a-teológica, a-doctrinal, visceral, inalterable. Pero al mismo tiempo, cuantos menos “conservadores” hay que tranquilizar de líneas de actuación que provocan perplejidad, más irán deviniendo en una suerte de delirante neo-progresismo, cuya evolución habrá que seguir.
¿Y los demás? Convertidos en analistas más o menos diletantes de una situación cada vez más solidificada y opaca.


El cura loco español.

lunes, 25 de febrero de 2013

Participación y tradición litúrgica


Ofrecemos un fragmento de un libro cuya lectura recomendamos. 
Lamentablemente, la situación que se repite con frecuencia es aquella en que los "párrocos creativos" abusan de la paciencia de un público cautivo que no tiene más remedio que asistir a las "producciones" de su talento frustrado, de los que muchas veces podríamos dudar con fundamento si lograrían atraer a alguien si se presentaran en circunstancias en las que el "auditorio" pudiera tener alguna libertad de elección.
Quisiera citar a este respecto varios extractos de un texto del Archimandrita Robert Taft sj, antiguo vice-rector del Pontificio Instituto Oriental, quien es el mayor "historiador de la tradición litúrgica" de nuestra época, al menos en lo que respecta al oriente cristiano. Considero que este testimonio es especialmente valioso, pues su autor, más allá del reconocido prestigio científico que posee, en tanto que sacerdote de rito Bizantino, cuyos estudios se han dirigido específicamente a la realidad oriental, habla desde una perspectiva que lo pone por encima de las hodiernas discusiones internas al rito romano: "Aquello de lo que la gente común en las parroquias comunes tiene necesidad es la familiaridad, la identidad, la estabilidad de una tradición ritual que sólo puede ser conseguida con la repetición, y que no tolera verse sometida a cambios cada vez que el cura lee un nuevo artículo sobre liturgia. El único modo en que la gente percibe la liturgia como propia, y por ende participa en ella, es cuando sabe qué es lo que viene después". Y prosigue más adelante: "El ritual -o si se prefiere el «orden del culto»-, una cierta estabilidad en el desarrollo del culto, lejos del cerrar la espontaneidad y la participación de la asamblea, es su conditio sine qua non, como ocurre en cualquier acontecimiento social. La muchedumbre italiana grita espontáneamente «brava» a las divas a la opera, pero no en el medio de la frase de un aria sino siguiendo las convenciones de la urbanidad porque hay un tiempo y un lugar para cada cosa. Por otra parte, llama la atención sobre el hecho de que cuando los liturgistas hablan de espontaneidad, la entienden como su propia espontaneidad, no la de la comunidad". "El único modo de asegurar la apropiación del culto por parte de la asamblea es celebrar el orden del culto que les es propio y no poner sobre sus hombros ya cansados un «viaje por la espontaneidad» en el que ellos no toman parte".
Algo semejante ocurre con los conceptos de "simplicidad" y "claridad": "La simplicidad excesiva es sencillamente aburrida y el sentirse a disgusto en un ritual que no esté mitigado por explicaciones es reflejo de un problema de nuestra cultura occidental actual". Y continúa el Padre Taft: "La liturgia tiene necesidad de muchos símbolos inmediatos, de un gran despliegue visual y sonoro, de incienso y campanas y no de un comentador en chaqueta y corbata para explicar hasta el último detalle. Dejemos que la liturgia le hable directamente a la gente, en vez de programar cada una de sus reacciones. Ocurre con frecuencia que matamos la espontaneidad cuando impedimos de modo inflexible que cada signo hable por sí [...] La repetición hace parte de la esencia del comportamiento ritual y sólo nos veremos obligados a explicar las cosas si nos empeñamos en «descubrir la pólvora» en cada liturgia. [...] La creatividad que se desarrolla dentro de una tradición es una creatividad guiada y limitada por algo que es más importante que el celebrante-creador". Y afirma: "Creo que ha llegado el tiempo de que nosotros, liturgistas, tomemos enérgicamente posición contra este modo «amateur» de abordar el culto solemne de Dios, y restituyamos al pueblo la tradición que es suya, no sólo nuestra. Predicamos lo que la Iglesia siempre nos ha dicho, que la primera espontaneidad y creatividad del culto cristiano es aquella de los corazones y de las mentes libremente elevadas a Dios en amor, canto y plegaria". 
Concluye el P. Taft: "Lo que estoy tratando de decir es que tengo que hacer que la liturgia hable por sí misma en lugar de tratar de hacerla hablar en mi lugar, en lugar de explotarla como instrumento de autoexpresión. Como las catedrales medievales, las liturgias fueron creadas no como monumentos a la creatividad humana, sino como actos de culto. El objetivo de la liturgia no es la auto-expresión, tampoco lo es la auto-satisfacción, sino Dios. Él tiene que crecer y yo en cambio disminuir, dice de Jesús Juan el Bautista, y éste es un principio excelente para los ministros del culto. En todo caso, la experiencia enseña que el sumum de la espontaneidad es espontáneo sólo la primera vez. Después es siempre lo mismo. [...] Por otra parte, la mayor parte de la gente no es particularmente creativa en los otros aspectos de su propia vida, y no hay razón para pensar que lo será cuando asista a la liturgia. Pueden sin embargo ser llevados a participar de la herencia común que es mucho más noble y rica que la creación de cada uno de nosotros como individuos. Lo que necesitamos no es descubrir la pólvora, ni dar una nueva forma a nuestra liturgia cada vez que leemos un nuevo artículo, sino simplemente tomar lo que tenemos y usarlo del mejor modo posible [...] En otras palabras, la liturgia es una tradición común, un ideal de oración con el que tengo que crecer, y no uno juego privado al que estoy libre de reducir al nivel de mi banalidad".

Tomado de:

Díaz Patri, Gabriel. Participación y tradición litúrgica. ¿Dos conceptos antagónicos?, pp. 78 y ss. En: AA.VV. (Ed.) Bux, Nicola - Ferrer, Juan-Miguel - Díaz Patri, Gabriel. El Motu Proprio "Summorum Pontificum" y la hermenéutica de la continuidad. I Jornadas sobre el Motu Propio Summorum Pontificum, Ed. Arca de la Alianza, Madrid 2011.


miércoles, 16 de enero de 2013

Dom Gueranger - El año litúrgico

Dom P. Gueranger: liturgista, precursor de la renovación litúrgica del s. XIX-XX. Dom Rousseau comienza la historia del movimiento litúrgico con estas palabras: «El movimiento litúrgico, con sus directivas, sus resultados y sus esperanzas, remonta a Dom Guéranger. La obra litúrgica realizada a mitad del s. XIX por este gran monje fue inmensa».
Además de la obra viva de la restauración de Solesmes, G. dejó dos obras escritas que no pudo completar y que han tenido una importancia grande en la restauración litúrgica posterior: Institutions Liturgiques y El Año litúrgico.  Ésta última, en la mente de su autor había de hablar más al corazón que la primera y ser como la lluvia benéfica que hiciese germinar la vida litúrgica en el pueblo fiel. Consta de 15 vol., de los cuales sólo nueve fueron redactados por G.; los restantes fueron elaborados por Dom L. Fromage. En 1948, después de repetidas ediciones de la obra completa, se hizo una reducción de la misma en 5 vol. y ésta fue traducida al español por los monjes de Silos (Burgos, 1954). 
Para descargar los cinco volúmenes de El año litúrgico en español en scribd: 

Vol. I
Vol. II
Vol. III
Vol. IV
Vol. V

martes, 13 de noviembre de 2012

Cuando Bugnini propuso soluciones para el «caso Lefebvre»


Yves Chiron es, en la actualidad, uno de nuestros mejores historiadores y un lector atento y escrupuloso de documentos. Acaba de demostrarlo en el último número de su publicación Aletheia: lettre d’informations religieuses. Allí consagra un largo artículo a las Memorie autobiografiche de Mons. Bugnini, el gran actor de la reforma litúrgica posconciliar, particularmente a través del Consilium y la Congregación para el Culto Divino. Es muy provechosa la lectura de ese artículo de Yves Chiron, puesto que uno aprende muchas cosas. Pero tres elementos me han impactado particularmente:

Primer elemento: La afirmación de Mons. Bugnini respecto a Pablo VI en la que decía que el papa "ha visto todo, ha seguido todo, ha aprobado todo" en lo concerniente a la reforma liturgica. Yves Chiron comenta: "La expresión es, sin ninguna duda, excesiva. Pero es cierto que, a diferencia de otras cuestiones, Pablo VI ha seguido de cerca los archivos de la reforma litúrgica y ha tenido innumerables sesiones de trabajo tête à tête con Mons. Bugnini". Al pasar, no olvidemos que Yves Chiron es también el biógrafo de Pablo VI (Perrin, redición Via Romana).

Segundo elemento: uno descubre que el actor de la reforma litúrgica, tan detestado en los medios tradicionalistas, se mostró más abierto que Pablo VI hacia ellos. Yves Chiron nos demuestra también que, después de la autorización que fue dada en 1971 a los sacerdotes ancianos para celebrar la misa de San Pío V y luego del indulto acordado a los obispos ingleses para autorizar, bajo ciertas condiciones, la celebración de esa misma misa, "Mons. Bugnini sugirió al papa acordar una facultad idéntica a otras conferencias episcopales. El papa se mostró 'intratable' (p. 86) y rechazó extender el indulto."

Tercer elemento: Mons Bugnini había propuesto una solución para resolver el "caso Lefebvre": "una amplia 'concesión' de la misa tradicional. Él establecía cuatro puntos (p. 89). El Santo Padre le hizo responder que no le parecía 'oportuno conceder en este momento lo que ha sido rechazado en el pasado' (p. 90). La proposición de Mons. Bugnini será retomada por Juan Pablo II en el indulto de 1984."

La responsabilidad de Pablo VI en la crisis litúrgica que afectó a la Iglesia aparece entonces mucho más contundente.

Fuente: http://www.riposte-catholique.fr/summorum-pontificum-blog/revue-de-presse-summorum/quand-mgr-bugnini-proposait-des-solutions-pour-resoudre-le-cas-lefebvre#.UJprTYd19p4

Traducción gentileza de Don Diego.

lunes, 22 de octubre de 2012

Apéndice del Ritual Romano (1962)




Un lector nos ha enviado esta edición digital bilingüe de algunas de las oraciones del Ritual Romano (1962). Puede descargarse aquí:

http://www.mediafire.com/?q22m86176687286


jueves, 30 de agosto de 2012

La decadencia del arte sagrado


No existe una escuela en la que se enseñe el arte cristiano en el sentido en que aquí hemos definido  arte cristiano". Puede muy bien haber, por el contrario, escuelas donde se enseñe el arte de iglesia o el arte sacro, el cual, dado su objeto propio, tiene también sus condiciones propias (y que tiene también, por desgracia, una terrible necesidad de que se lo levante de la decadencia en que ha caído).
De esta decadencia no hablamos aquí, habría demasiado que decir. Citemos solamente estas líneas de Marie-Charles Dulac: "Hay algo que yo desearía y por lo cual ruego: que todo lo que es bello sea traído de vuelta a Dios y sirva para alabarlo. Todo lo que vemos en las creaturas y en la creación, todo debe serle devuelto, y lo que me aflige es ver a su esposa, nuestra Madre la Santa Iglesia, ornarla de horrores. Es tan feo todo lo que la manifiesta exteriormente, a ella que por dentro es tan bella, todos los esfuerzos se encaminan a hacerla grotesca; su cuerpo ha sido, desde el comienzo, entregado desnudo a las fieras; después los artistas pusieron toda su alma en adornarla, mas luego la vanidad y por último la industria se mezclaron en esto y así disfrazada se la entrega al ridículo. Que es otro género de fiera, menos noble que un león, y más malo…" (Carta del 25 de junio 1897).
"...Se satisfacen con una obra muerta… Se hallan en un nivel inferior, en cuanto a comprensión del arte. No hablo ahora del gusto público; y eso, lo observo ya deSde la época de Miguel Ángel, de Rubens, en los Países Bajos, donde me es imposible encontrar alguna vida del alma en esos cuerpos rollizos. Comprendéis que no hablo tanto del volumen como de la privación completa de vida interior, y eso a continuación de una época en la que el corazón se había dilatado tan a gusto, se había hecho oír con tanta franqueza; se volvieron, tras todo eso, a los manjares groseros del paganismo para llegar hasta la indecencia de Luis XIV.
"Pero bien sabéis que lo que hace al artista, no es el artista; son los que oran. Y los que oran no tienen otra cosa que lo que piden; hoy no se les ocurre siquiera buscar algo más. Tengo esperanzas de que apunten algunas luces; pues si consideramos a los griegos modernos que imitan las rígidas imágenes de los tiempos -pasados; los protestantes, que no hacen nada, y los latinos, que hacen cualquier cosa, encuentro que en verdad el Señor no es servido por la manifestación de lo Bello, que no es alabado por las Bellas Artes en proporción a las gracias que El les ha otorgado, que incluso ha habido pecado al rechazar lo que era santo y estaba a nuestra disposición, tomando en cambio lo que estaba manchado". (Carta del 13 de mayo de 1898), Véase sobre el mismo tema el ensayo del abate Marraud, "Imagerie religieuse et Art populaire", y el estudio de Alexandre Cirigria, "La Décadence de l'Art Sacré" (nueva edición corregida y aumentada, París, ed. Art. Catholique).
A propósito de este libro, que considera ''como el análisis más completo y más penetrante" que haya aparecido "sobre este afligente asunto", Paul Claudel escribía, en una carta importante a Alexandre Cingria:
"Ellas [las causas de esta decadencia] pueden resumirse todas en una sola: es el divorcio -cuya dolorosa consumación vio el siglo pasado- entre las proposiciones de la Fe y esas facultades de imaginación y de sensibilidad que son eminentemente las del artista. Por una parte una determinada escuela religiosa (principalmente en Francia, donde las herejías del quietismo y del jansenismo han venido a exagerar su carácter de una manera siniestra) ha reservado en el acto de adhesión religioso un papel demasiado violentamente exclusivo al espíritu despojado de la carne, siendo así que lo que ha sido bautizado y lo que debe resucitar el último día es el hombre entero en la unidad integral e indisoluble de su doble naturaleza. 
Por otra parte, el arte posterior al concilio de Trento y conocido generalmente bajo el nombre absurdo de arte barroco -por el cual experimento, como sabéis, la más viva admiración, lo mismo que vos-, parece haber tomado por objeto, no ya como el arte gótico el representar los hechos concretos y las verdades históricas de la Fe a los ojos de la muchedumbre a la manera de una gran Biblia desplegada, sino el mostrar con estrépito, con fasto, con elocuencia, y a menudo con el patetismo más emocionante, ese espacio vacante como un medallón cuyo acceso está prohibido a nuestros sentidos aparatosamente rechazados. Y tenemos así esos santos que por su rostro y actitud nos indican lo inefable y lo invisible, y todo el pulular desordenado del ornamento, y los ángeles que en un torbellino de alas sostienen un cuadro indistinto y disimulado por el culto, y las estatuas que están como agitadas por un gran soplo que viene de otra parte. Pero ante esta otra parte la imaginación se inhibe intimidada, desalentada, y consagra todos sus recursos a la decoración del marco cuyo objeto esencial es honrar su contenido por medio de procedimientos casi oficiales y muy pronto degenerados en recetas y en formulismos triviales."
Después de haber notado que en el siglo XIX la "crisis de una imaginación mal alimentada" ha consumado el divorcio entre los sentidos “apartados de ese mundo sobrenatural que nada se hacía por hacérselo accesible y deseable", y las virtudes teologales, Claudel prosigue: “Por ahí llega a hallarse secretamente lesionado, junto con la capacidad de tomar en serio su objeto, el resorte esencial del creador que es la imaginación, o sea el deseo de procurar inmediatamente a sí mismo y al prójimo... por sus recursos propios, con la ayuda de elementos compuestos juntos, una cierta imagen de un mundo a la vez delicioso, significativo y razonable.
"En cuanto a la Iglesia, al perder la envoltura del Arte, ha quedado en el siglo pasado como un hombre al que se ha despojado de sus vestidos, vale decir, que ese cuerpo sagrado hecho de hombres a la vez creyentes y pecadores se ha mostrado por vez primera materialmente a los ojos de todos en su desnudez y en una especie exposición y de traducción permanente de sus debilidades y de sus llagas. Para quien se atreve a mirarlas, las iglesias modernas tienen el interés y el patetismo de una confesión bien cargada. Su fealdad, es Ja exhibición al exterior de todos nuestros pecados y de todos nuestros defectos: debilidad, indigencia, timidez de la fe y del sentimiento, sequedad del corazón, disgusto por lo sobrenatural, predominio de las convenciones y de las fórmulas, exageración de las prácticas individuales y desordenadas, lujo mundano, avaricia, jactancia, malos modos, fariseísmo, hinchazón. 
Pero, sin embargo el alma en el interior permanece viva, infinitamente dolorosa, paciente y a la espera; esa alma que adivinamos en todas esas pobres viejas tocadas de sombreros extravagantes y lamentables, a cuyas oraciones me hallo mezclado desde hace treinta años en las misas rezadas de todas las capillas del mundo... Si, aun en esas iglesias hoscas como Notre-Dame- des-Champs, como Saint-Jean­ l'Evangelíste de París, como las basílicas de Lourdes, más trágicas para quien bien las considere que las ruinas de 1a Catedral de Reims, Dios está ahí, podemos confiarnos a Él, y El puede confiarse a nosotros para que le proporcionemos siempre por nuestros pequeños medíos personales, a falta de un digno agradecimiento, al menos una humillación tan grande como la de Belén" (Revue des Jeunes, 25 de agosto de 1919).
Tomado de:
Maritain, Jacques. Arte y escolástica. Ed. Club de Lectores, Bs. As., 1972, Ps. 201-204.

domingo, 26 de agosto de 2012

La libertad para criticar el Novus Ordo


Cuando la Pontificia Comisión Ecclesia Dei publicó la instrucción Universae Ecclesiae (UE), desde la vecina infocatólica Luis Fernando Pérez de Bustamante no dejó pasar la oportunidad para exhibir la insensatez rigorista que lo caracteriza cada vez que trata el tema de la Fraternidad San Pío X. He aquí la captura de pantalla con el comentario de Luis Fernando referido al n. 19 de la UE:
(Pinche la imagen para ampliar)

No puede negarse que el n. 19 de la UE suscitó perplejidades en distintos sectores del tradicionalismo. Sin embargo, dado que estamos ante una norma disciplinar restrictiva, pues determina una limitación al ejercicio de los derechos subjetivos (CIC, c. 18), porque limita el ejercicio del derecho subjetivo a solicitar la Forma Extraordinaria del Rito Romano, no ha de interpretarse en forma amplia, es decir, dando a su expresión el mayor contenido posible, sino que la interpretación debe hacerse en forma estricta.
Esta interpretación estricta es la que acaba de realizar la Comisión Ecclesia Dei en respuesta a unas dudas (la noticia puede leerse aquí). Por tanto, no pueden solicitar la Forma Extraordinaria quienes se manifiesten contra la legitimidad de la forma ordinaria de los sacramentos, entendiéndose por legitimidad que la reforma litúrgica ha sido “debidamente promulgada por apropiados procedimientos de la ley eclesiástica (ius ecclesiasticum)”; lo que resulta lógico, pues se trata de una reforma aprobada por papas legítimos y no por usurpadores. Pero no se entiende por legitimidad que esté “de acuerdo tanto con la ley eclesiástica como con la ley divina (ius divinum), es decir, ni doctrinalmente no ortodoxa ni por otra parte desagradable a Dios.” 
Una precisión importante que no priva de derechos a quienes desean una discusión profunda de la última reforma litúrgica. Y que por ende no permite usar el n. 19 de la UE como una suerte de condena doctrinal indirecta de las críticas de fondo a la reforma de Pablo VI. Así, por ejemplo, quienes coinciden con las reservas de Ottaviani al Novus Ordo no pierden el derecho a solicitar la Forma Extraordinaria ni pueden considerarse indirectamente condenados por su posición. 
Retomando las preguntas retóricas del director de Infocatólica lo que queda suficientemente claro es que para la Comisión Ecclesia Dei también poseen el derecho a solicitar la Forma Extraordinaria los "lefebvristas" y "filolefebvristas" que tienen una visión crítica de la  última reforma litúrgica que supera la igualación objetiva de ambas formas rituales defendida por Iraburu y su coro de obsecuentes.  

jueves, 14 de junio de 2012

“Mi autoridad llega hasta la puerta…” Sobre la Iglesia legislativa


Christopher A. Ferrara (The Remnant Newspaper, 11-VI-2012)

En su histórico motu proprio Summorum Pontificum del 7 de julio de 2007, el Papa Benedicto declaró con toda su autoridad lo que los tradicionalistas sabíamos desde siempre: que la edición típica del Misal romano promulgado en 1962, que representa la liturgia romana inmemorial, “nunca fue abrogada” por Pablo VI (“numquam abrogatam”). En la carta que acompañaba el documento y que estaba dirigida al episcopado mundial, el Papa Benedicto se esforzaba por llamar “la atención sobre el hecho de que este Misal nunca fue jurídicamente abrogado y que, consecuentemente, en principio, siempre estuvo permitido”.

Siempre permitido. Y, sin embargo, cuarenta años después de la primera celebración pública de la Misa nueva del Papa Pablo el 24 de octubre de 1967 —una época bíblica de sufrimiento—, la Iglesia sufría bajo la falsa carga de que la Misa tradicional había sido abrogada, u “obrogada” (eliminada por sustitución) como aún sigue diciendo el establishment neocatólico en su horrible revisión de propaganda ya desacreditada. En cuanto a esta propaganda, nunca debemos olvidar que los apologistas neocatólicos de la revolución postconciliar insistieron durante décadas que la celebración de la Misa tridentina estaba “prohibida excepto donde la ley canónica la permita específicamente” (Likoudis y Whitehead, The Pope, the Council, and the Mass). El rito de la Misa recibido y aprobado por la Iglesia, la misma sustancia de la Fe viva de nuestros padres, estaba prohibido, según nos decían. Hasta que el Papa Benedicto expuso su mentira.

Dado que Pablo VI nunca abrogó realmente la Misa tradicional —un acto que hubiese sido “bastante ajeno al espíritu de la Iglesia”, según afirmó el ex cardenal Ratzinger—, ¿dónde se originó este monstruoso fraude? La respuesta yace en la burocratización de la Curia Romana y de toda la Iglesia durante la ola de “reformas” que siguieron al Concilio Vaticano II. Como observó Michael Davies en su recordado estudio sobre la revolución litúrgica, “la Iglesia conciliar puede bien llamarse la Iglesia legislativa… se ha convertido en una burocracia por el bien de la burocracia y así ha renunciado a cualquier pretensión de evangelizar a las masas descristianizadas de los países occidentales a favor de la producción de una interminable corriente de legislación para regular un número cada vez menor de fieles” (Pope Paul’s New Mass).

Notemos bien la paradoja identificada por Davies: más y más legislación para menos y menos fieles. En las últimas cinco décadas, la Iglesia ha sufrido la descomposición del elemento humano del bien común eclesial de una manera que sólo encuentra paralelo en la caída de Roma, con una proliferación de leyes que acompaña la pérdida de su integridad societaria. El cardenal Ratzinger llamó a esto un “proceso continuo de decadencia” (L’Osservatore Romano, 9-XI-84). Como dijo Chesterton al observar un proceso similar a éste: “Cuando se rompen las grandes leyes, no sobreviene la libertad, ni siquiera llega la anarquía. Aparecen las pequeñas leyes.” Los “reformadores” postconciliares rompieron algunas leyes muy grandes por cierto, en primer lugar la ley del desarrollo orgánico de la liturgia de la Iglesia, produciendo así lo que el ex cardenal Ratzginer caracterizó como “una ruptura en la historia de la liturgia, cuyas consecuencias sólo podían ser trágicas” (Milestones). Luego siguió una interminable corriente de pequeñas leyes con las que la Iglesia legisladora ha arruinado sistemáticamente el rito romano.

La destrucción del rito romano fue íntegramente una operación burocrática que el Papa Pablo VI permitió antes de finalmente sacarse de encima al infame Bugnini tras que aparecieran sospechas fundadas de su afiliación masónica y lo enviara a Irán en 1976. Pero el Papa desafortunado actuó demasiado tarde para deshacer el daño incalculable hecho por Bugnini durante el proceso de lo que él mismo llamó “la mayor conquista de la Iglesia Católica” dos años antes (Davies, “How the liturgy fell apart”, AD2000 vol. 2, no. 5, June 1989).

Como demostró Davies, sólo hay “dos actos papales entre la plétora de más de 200 actos de legislación litúrgica”. Estos dos actos papales son el motu proprio Sacram Liturgiam (del 25 de enero de 1964), que abrió las compuertas a las traducciones vernáculas optativas del entonces nuevo Misal que los obispos rápidamente convirtieron de facto en viejo Misal. De hecho, cada partícula del Novus Ordo vernáculo, incluyendo la abolición de facto de la liturgia latina, es obra de Bugnini, sus burócratas colaboradores y sus sucesores hasta hoy, trabajando duro en las nuevas congregaciones, comisiones pontificias, conferencias episcopales nacionales y comisiones litúrgicas locales, creadas todas durante las “reformas” postconciliares. Un estudio cuidadoso del asunto revela que ni una de estas innovaciones litúrgicas fue impuesta a la Iglesia por un acto afirmativo del Papa que obligara a los fieles a aceptarla. Toda la revolución litúrgica —desde las traducciones vernáculas hasta las “monaguillas”— se dio como resultado de novedades opcionales aprobadas por jerarcas y burócratas en distintas oficinas de la Iglesia legislativa.

La debacle de las “monaguillas” es un claro ejemplo de las consecuencias del surgimiento de esta Iglesia legislativa. El permiso de “monaguillas” vino por la vía de un consejo de la novedosa Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en 1994. Esta congregación resultaba de la unificación de la Congregación para el Culto Divino, creada por Pablo VI en 1969, con la preexistente Congregación de la Disciplina de los Sacramentos. (Fue decisión del Papa Pablo poner a Bugnini a cargo de esta congregación que lideró la vandalización de la liturgia de la Iglesia.) Al aprobar las “monaguillas”, esta congregación pasó el bulto al Pontificio Consejo de Interpretación de Textos Legislativos, creado por Juan Pablo II en 1988 para reemplazar al Pontificio Consejo de Interpretación de los Decretos del Concilio Vaticano II, a su vez creado por Pablo VI en 1967.

De acuerdo con este pontificio consejo, el nuevo canon 230 del Código de Derecho Canónico de 1983 permitía la aparición de las “monaguillas”, de acuerdo con la subsección 2, que dice: “Todos los laicos pueden también realizar las funciones de comentador o cantor, u otras funciones, de acuerdo con la normativa legal.” (Cf. Carta circular a los presidentes de las Conferencias Episcopales del Pontificio Consejo de Interpretación de los Textos Legislativos, Prot. n. 2482/93, del 15 de marzo de 1994.) Notemos que la autorización de las “monaguillas”, lo que daba por tierra con dos mil años de práctica litúrgica tradicional, estaba supuestamente escondida en una provisión del Código de Derecho Canónico aparentemente redactada como si se tratara de un estatuto civil con lenguaje legal ampliamente permisivo pero sin antecedentes en la tradición eclesiástica. Aquí vemos el peligro envuelto en la promulgación de “códigos” de legislación eclesiástica como si se tratara de estatutos civiles —un peligro que Brian McCall ha estudiados en las páginas de The Remnant—. Como demostración precisamente del peligro positivista de los códigos canónicos, sujetos a modificaciones y revisiones legislativas, un artículo del New York Times que se emocionaba por el advenimiento de las “monaguillas”, citaba a un sacerdote y canonista de Manhattan que afirmaba que “el Código de Derecho Canónico cambia bajo la presión de quienes están a la vanguardia… La práctica puede no estar de acuerdo con las regulaciones, pero las regulaciones intentan alcanzar a lo que ya es costumbre.” (15 de abril de 1994). Esto quiere decir que, la Iglesia legislativa, como cualquier legislatura civil, modificará sus leyes tratando de estar a la altura de las novedades.

De acuerdo con el consejo de 1994 de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, “el Papa Juan Pablo II confirmó la decisión [del Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos] y ordenó su promulgación”. Sin embargo, no existe evidencia escrita ni detalles sobre esta “orden”, ni siquiera la fecha en que fue supuestamente dada. Más aún, la “orden” papal que aprueba a las “monaguillas” contradice la orden papal que se refleja en Inaestimabile Donum, una instrucción de 1980 por la que dicha Congregación decía que “las mujeres no pueden actuar como servidoras del altar” y que dicha “instrucción fue aprobada el 17 de abril de 1980 por el Santo Padre, Juan Pablo II, que la confirmó con su propia autoridad y ordenó que fuese publicada y observada por todos los destinatarios”. Nunca se explicó por qué el Papa habría revertido una orden anteriormente impartida por él. Evidentemente, se pensó que era suficiente registrar simplemente que la Iglesia legislativa había cambiado una legislación anterior, y que el Papa daba su apoyo a dicho cambio.

Así, son las órdenes de la Iglesia legislativa y no del Papa, las que han producido la “autodemolición” lamentada tardíamente por Pablo VI y Juan Pablo II, pero nunca frenada por ellos. Sólo Benedicto XVI ha intentado contrarrestar algo de lo que la Iglesia legislativa produjo en los dos anteriores pontificados. Ha liberado la Misa latina de su falsa prohibición efectuada por la Iglesia legislativa. Y, finalmente, ha ordenado la corrección de numerosos errores escandalosos en las traducciones vernáculas del Novus Ordo, producidas por la Iglesia legislativa a través de la burocracia vaticana, la Comisión Internacional de Liturgia, las conferencias episcopales y otros órganos, embargando a los fieles durante décadas. Estos errores incluyen la modificación de las mismas palabras de Nuestro Señor en la primera Misa, cuando declaró que los frutos del Santo Sacrificio son ofrecidos “por muchos” —esto es, por los elegidos para la salvación, como declaró el Concilio de Trento— y no “por todos”, como nos hizo creer la Iglesia legislativa.

Pero parece que el Papa Benedicto siente que es poco lo que puede hacer por sí mismo contra los operadores de la Iglesia legislativa, tanto dentro como fuera de la Curia, incluyendo a los obispos que rechazan todo tipo de intromisión en sus prerrogativas legislativas amparados bajo el “nuevo modelo” de colegialidad. He aquí que la Misa tradicional sigue empaquetada al vacío como si se tratase de ántrax, a pesar de que el Papa expresó con claridad que todo sacerdote de la Iglesia Occidental tiene derecho a recurrir al Misal de 1962 sin necesidad de permiso episcopal. Y las jerarquías nacionales de Italia y Alemania han rehusado corregir sus defectuosas traducciones vernáculas de la Misa nueva.

La carta del Papa al presidente de  la Conferencia Episcopal Alemana, el arzobispo Robert Zollitsch, con respecto al tema del pro multis, es un ejemplo paradigmático de la impotencia papal frente a la Iglesia legislativa. El Papa dice a Zollitsch que “la Santa Sede ha decidido que, en la nueva traducción del Misal, la expresión «pro multis» deba ser traducida tal y como es, y no al mismo tiempo ya interpretada”. El Papa presenta como una mera “decisión” —una decisión de la Iglesia legislativa— lo que debería ser un regreso a la correcta traducción de las palabras de Nuestro Señor en la primera Misa, rectificando un error que ni siquiera se encuentra en las versiones protestantes de la Biblia.

El Papa expresa también su preocupación sobre “se corre el riesgo de que… algunos sectores del ámbito lingüístico alemán deseen mantener la traducción «por todos», aún cuando la Conferencia Episcopal Alemana acordase escribir «por muchos», tal como ha sido indicado por la Santa Sede”. No existe la menor sugerencia de que el Papa implique su autoridad para ordenar la corrección del error, como es requerido por fidelidad al Evangelio y como su propia obligación como Vicario de Cristo. Por el contrario, esto parece materia de negociación y acuerdo entre dos oficinas de la Iglesia legislativa: la Santa Sede por un lado y la Conferencia Episcopal Alemana por el otro. En ningún lugar de la carta el Papa expresa su voluntad como Romano Pontífice, sino que se refiere a lo que la Iglesia legislativa decidió y negoció.

La profundidad de la actual crisis eclesial se ve reflejada por el siguiente comentario del Papa al defender la “decisión” de traducir las palabras de Nuestro Señor en forma correcta: “Si bien esta decisión, como espero, es absolutamente comprensible a la luz de la correlación fundamental entre traducción e interpretación, soy consciente sin embargo de que representa un reto enorme para todos aquellos que tienen el cometido de exponer la Palabra de Dios en la Iglesia. En efecto, para quienes participan habitualmente en la Santa Misa, esto parece casi inevitablemente como una ruptura precisamente en el corazón de lo sagrado. Ellos se dirán: Pero Cristo, ¿no ha muerto por todos? ¿Ha modificado la Iglesia su doctrina? ¿Puede y está autorizada para hacerlo? ¿Se está produciendo aquí una reacción que quiere destruir la herencia del Concilio?”

Notemos cómo el Papa, escribiendo en tono casi apologético, implícitamente acepta la premisa de que la “herencia” del Concilio Vaticano II es de alguna manera un cambio respecto a la teología “tridentina” bimilenaria de la Misa como sacrificio que aprovecha sólo a los elegidos, y no a todos, para la salvación —que es por lo cual Nuestro Señor dijo “por muchos” y no “por todos”—. Y quita el aliento ver al Papa seriamente preguntarse si un regreso a la traducción fiel de las palabras de Nuestro Señor no reflejan la influencia de “fuerzas reaccionarias” que buscan “destruir la herencia del Concilio” —fuerzas que buscarían cambiar lo que la Iglesia legislativa ha enunciado como actualizaciones de su enseñanza para seguir desde cerca el aggiornamento conciliar tan importante—. El Papa parece atenerse a la idea de que el Concilio es exactamente lo opuesto de lo que dijo como cardenal Ratzinger cuando rechazó que el Concilio fuese caracterizado como “el fin de la Tradición, un nuevo comienzo desde cero” (Discurso a los Obispos Chilenos de 1988).

Pero es más desalentadora la siguiente pregunta retórica del Papa: “Pero surge inmediatamente la pregunta: Si Jesús ha muerto por todos, ¿por qué en las palabras de la Ultima Cena él dijo «por muchos»? Y, ¿por qué nosotros ahora nos atenemos a estas palabras de la institución de Jesús?”

¿Por qué nos quedamos con las palabras de Jesús? La Iglesia “se queda” con ellas, por supuesto, porque son Sus palabras y ella tiene el mandato divino de no modificarlas. El Papa sigue diciendo que la Iglesia emplea la frase “por muchos” por “por respeto a la palabra de Jesús, por permanecer fiel a él incluso en las palabras. El respeto reverencial por la palabra misma de Jesús es la razón de la fórmula de la Plegaria Eucarística”. Pero con seguridad esto no es cuestión de simple “deferencia” o “respeto” hacia Jesús. La Iglesia tiene una obligación sagrada de obedecer a Dios al proclamar su Evangelio sin alteraciones. “Deferencia” y “respeto” connotan discreción para no ser condescendiente ni estar en falta. Es justamente esta discreción que la Iglesia legislativa ha reclamado como propia y por la que —ironía de ironías— Benedicto ahora busca por cortesía la aceptación de la “decisión” de la Santa Sede de regresar a lo que Nuestro Señor realmente dijo versus lo que la Iglesia legislativa hubiese preferido que Él hubiese dicho.

El Papa continúa con una observación cuya ironía no puede ser más exquisita; y que uno se pregunta cómo esta ironía pudo haber pasado inadvertida por el Papa: “Por la experiencia de los últimos 50 años, todos sabemos cuán profundamente impactan en el ánimo de las personas los cambios de formas y textos litúrgicos; lo mucho que puede inquietar una modificación del texto en un punto tan importante. Por este motivo, en el momento en que, en virtud de la distinción entre traducción e interpretación, se optó por la traducción «por muchos», se decidió al mismo tiempo que esta traducción fuera precedida en cada área lingüística de una esmerada catequesis, por medio de la cual los obispos deberían hacer comprender concretamente a sus sacerdotes y, a través de ellos, a todos los fieles por qué se hace. Hacer preceder la catequesis es la condición esencial para la entrada en vigor de la nueva traducción.”

¿Pero dónde estuvo esta preocupación por los efectos de los cambios litúrgicos en las almas de los fieles durante los pontificados de Pablo VI y Juan Pablo II, cuando todo el rito romano fue dramáticamente alterado con resultados patentemente desastrosos sin el menor atisbo de “una catequesis cuidadosa… para preparar el camino”? Y notemos aquí de nuevo que el Papa reduce la obligación de transmitir fielmente las palabras del mismo Dios en la primera Misa a una mera “decisión para optar por la traducción ‘muchos’” —otra reverencia hacia las prerrogativas de la Iglesia legislativa frente a la Iglesia de la Sagrada Tradición—.

Concluiré notando otra arista del problema de la Iglesia legislativa. Un elemento clave en la burocratización de la Curia Romana durante el pontificado de Pablo VI fue la elevación de la Secretaría de Estado vaticana al status de quasi primer ministro de la Iglesia —esto es, primer ministro de la Iglesia legislativa, ya que el cargo de Secretario de Estado no forma parte de la constitución divina de la Iglesia fundada por Nuestro Señor en cabeza de Pedro—.

En 1967-68, bajo la autoridad de la constitución apostólica Regimini Ecclesiae Universae, la Curia fue reestructurada en forma dramática, restructuración diseñada e implementada por el cardenal Jean-Marie Villot, secretario de Estado vaticano, también sospechoso de masón. El objetivo era eliminar, tanto cuanto fuese posible, lo que ahora se llama viejo “modelo monárquico” de la Iglesia a favor de un nuevo “modelo” de colegialidad. Antes del Concilio, la Curia estaba sí estructurada sobre un molde monárquico. El Papa era el Prefecto del Santo Oficio, al cual se subordinaban los demás dicasterios vaticanos, mientras que el cardenal a cargo de los asuntos diarios del Santo Oficio era el Pro Prefecto, que reportaba directamente al Papa y sólo a él. El Papa, como Vicario de Cristo en la tierra, estaba así en el tope de una cadena de mando sobre la que imponía su autoridad directamente o a través del Santo Oficio.

Bajo la “reforma” pergeñada y llevada a cargo por Villot, sin embargo, el Santo Oficio fue rebautizado como Congregación para la Doctrina de la Fe —siendo que el nombre “Santo Oficio” estaba demasiado pasado de moda con respecto a la “nueva orientación” de la Iglesia tras el Concilio—. El cardenal secretario de Estado fue puesto por sobre todos los dicasterios vaticanos, incluyendo esta congregación. Peor aún, el Papa ya no fue el Prefecto del Santo Oficio, puesto que la nueva congregación tendría un Prefecto Cardenal que, desde el punto de vista de la organización, estaría subordinado al Secretario de Estado. En breve, Pablo VI “incrementó los poderes del Secretario [de Estado], poniéndolo por sobre todos los departamentos de la Curia Romana”, como dice Wikipedia.

Desde el Concilio, el Secretario de Estado se ha convertido en una suerte de vicario del Vicario de Cristo, lo que resultó en una separación funcional de la nueva Iglesia legislativa apartándola del control directo del Papa. Este desarrollo desfavorable se vio exacerbado por la constitución apostólica de Juan Pablo II Pastor Bonus, que declaraba que “la  Secretaría de Estado ayuda de cerca al Sumo Pontífice en el ejercicio de su misión suprema”. En la Sección Primera, al Secretario de Estado se le da un enorme poder, incluyendo autoridad para:

-         elaborar y expedir las Constituciones Apostólicas, las Cartas Decretales, las Cartas Apostólicas, las Cartas y otros documentos que el Sumo Pontífice le confía;
-         preparar todos los documentos referentes a los nombramientos que en la Curia Romana y en los otros organismos dependientes de 1a Santa Sede ha de hacer o aprobar el Sumo Pontífice;
-         ocuparse de la publicación de las actas y documentos públicos de la Santa Sede en el boletín titulado Acta Apostolicae Sedis;
-         publicar, a través de la oficina especial dependiente de ella, llamada Sala de Prensa, las informaciones oficiales referentes a los documentos del Sumo Pontífice y a la actividad de la Santa Sede;
-         vigilar… el periódico llamado L'Osservatore Romano, la Radio Vaticano y el Centro Televisivo Vaticano;
-         recoger, ordenar y publicar los datos, elaborados según las normas estadísticas, que se refieren a la vida de la Iglesia universal en todo el orbe.

De ese modo, el Secretario de Estado, como Primer Ministro de la Iglesia legislativo, ha sido investido con el control total sobre la legislación y la información que emana del Vaticano, incluyendo los actos propios del Papas. “¡Sí, Primer Ministro!” es el nuevo orden de cosas en la Iglesia postconciliar. De hecho, como John Vennari ha notado, cada episodio de esta hilarante serie cómica británica se asemeja notablemente al estado actual de la Iglesia, en donde la política tiene preferencia por sobre la realidad. Incluso hemos visto al Secretario de Estado tomar el control de la publicación del Tercer Secreto de Fátima, arrogándose —en un ulterior desarrollo surrealista— la autoridad de “interpretar” la visión del “obispo vestido de blanco” como una mera descripción de eventos del siglo XX que culminarían con el fallido intento de asesinato de Juan Pablo II en 1981. En el folleto vaticano oficial que acompañaba la publicación del 26 de junio de 2000 de la visión, el ex cardenal Ratzinger hace referencia repetidas veces a la “interpretación” de la visión que hizo el ex Secretario de Estado, el cardenal Angelo Sodano:

-         “interpretación, cuyas líneas esenciales se pueden encontrar en la comunicación que el Cardenal Sodano pronunció”;
-         “El Cardenal Sodano dice al respecto: «... no se describen en sentido fotográfico los detalles de los acontecimientos futuros, sino que sintetizan y condensan sobre un mismo fondo, hechos que se extienden en el tiempo según una sucesión y con una duración no precisadas»”;
-         “la interpretación que el Cardenal Sodano ha dado en su texto del 13 de mayo, había sido presentada anteriormente a Sor Lucia en persona”;
-         “Ante todo, debemos afirmar con el Cardenal Sodano: «...los acontecimientos a los que se refiere la tercera parte del ‘secreto’ de Fátima, parecen pertenecer ya al pasado».”

¿Debemos afirmar con el cardenal Sodano? ¿Qué autoridad tiene el cardenal Sodano sobre el Mensaje de Fátima? Ninguna más que la que la Iglesia legislativa pretenda darle, que en realidad no es ninguna autoridad, dado que la Iglesia legislativa no es la Iglesia fundada por Nuestro Señor, sino un conjunto de feudos burocráticos que de ninguna manera participan de los carismas de indefectibilidad e infalibilidad de la Iglesia en materia de fe y moral.

Sin embargo, Sodano fue investido absurdamente con el status de oráculo de Fátima—y esto al mismo tiempo que estaba facilitando el encubrimiento del Padre Maciel, como lo vino haciendo durante todos los ’90—. (Ver el reporte “Alegatos contra el cardenal Sodano”, Catholic World Report, del 4 de mayo de 2001.) Para la Iglesia legislativa y su Primer Ministro, el evento de Fátima es un problema de relaciones públicas que debe ser administrado, no una profecía y advertencia celestial para la Iglesia y la humanidad. Y el sucesor de Sodano, el cardenal Bertone, continúa la línea del partido de la Secretaría de Estado acerca de Fátima sin ponerla en duda: que el Mensaje de Fátima en general y el Tercer Secreto en particular “pertenecen al pasado”. Nuestra Señora de Fátima, nos asegura la Secretaría de Estado, no tiene nada que decirnos acerca del desastre eclesial de la última mitad de siglo.

El predominio de la Secretaría de Estado sobre los asuntos de la Iglesia legislativa ha sido revelado para todo el mundo en el escándalo al que hoy estamos asistiendo cuando sale a la luz el contenido de la correspondencia privada del Papa filtrada por el mayordomo pontificio, Paolo Gabriele. Entre los asuntos filtrados existe una carta muy reveladora al cardenal Bertone de parte del cardenal Leo Raymond Burke, que es jefe de la Signatura Apostólica (el mayor tribunal de la Iglesia) y también es miembro de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

En un artículo del 3 de junio de 2012, el diario italiano La Repubblica citó frases de la carta de Burke, en las cuales protesta (enero de 2012) por la aprobación que hizo el Pontificio Consejo de los Laicos —otro de los órganos proliferantes de la Iglesia legislativa— de “aquellas celebraciones contenidas en el Directorio Catequético del Camino Neocatecumental que no parecen por su naturaleza estar ya regulados por los libros litúrgicos de la Iglesia”. Lo que esta ambigua aprobación precisamente cubre ha sido objeto de controversia desde entonces —el típico resultado de los típicos pronunciamientos postconciliares de los departamentos vaticanos—. Apoyándose en esta ambigüedad, los dos fundadores de “el Camino” —ese famoso par de excéntricos neocatólicos, “Kiko” Argüello y Carmen Hernández— andan diciendo que lo aprobado ha sido la misma liturgia neocatecumental.

Un hecho muy sugestivo es que la Congregación para el Culto Divino, que es el dicasterio que tiene jurisdicción sobre la liturgia, no fue parte de esta “aprobación”. De ahí que la carta del cardenal Burke al secretario de Estado Bertone objeta una invitación que Burke recibió en su oficina, invitándolo a una ceremonia en “ocasión de la aprobación de la liturgia del Camino Neocatecumental”. Escribió Burke: “No puedo, como Cardenal y miembro de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, no expresar a Su Eminencia la extrañeza que la invitación me ha causado. No recuerdo haber oído de una consulta acerca de la aprobación de una liturgia propia de este movimiento eclesial. He recibido en los últimos días, de varias personas, incluso de un estimado Obispo estadounidense, expresiones de preocupación acerca de una tal aprobación papal, de la cual ya se había sabido. Esta noticia era para mí un simple rumor o especulación. Ahora he descubierto que tenían razón.” Como dice La Repubblica, esta carta finaliza con una declaración del cardenal Burke de que “como fiel conocedor de la enseñanza del Santo Padre sobre la reforma litúrgica, que es fundamental para la nueva evangelización, creo que la aprobación de tales innovaciones litúrgicas, incluso después de la corrección de las mismas por parte del Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, no parece coherente con el magisterio litúrgico del Papa.”

En una revelación posterior, John Allen, del National Catholic Register, informa que el Papa leyó y luego adjuntó una nota manuscrita a la carta de Burke, pidiendo “Regresar al Card. Bertone, invitando al Card. Burke para que transfiera estas observaciones muy justas a la Congregación del Culto Divino.” Aún así estas “muy justas” observaciones del cardenal Burke respecto a la enseñanza litúrgica del Papa no impiden que se siguen anunciando la “aprobación vaticana” de la extraña liturgia del Camino Neocatecumenal, que incluye bailar alrdedor del altar, consagrar hostias del tamaño y consistencia de una pizza que se quiebra dejando numerosas partículas en el suelo, la predicación por parte de laicos bajo la forma de “moniciones”, pararse durante la Plegaria Eucarística acompañada con música de guitarra y la recepción de la Santa Comunión desde los bancos.

¿Cómo es posible que el Vicario de Cristo se vea limitado a sugerir que las “muy justas observaciones” del cardenal Burke respecto a los abusos la “liturgia” neocatecumenal sean transmitidas a la Congregación para el Culto Divino? ¿Por qué es que el mismo Papa no interviene directamente para frenar las atrocidades litúrgicas de “el Camino” de Kiko y Camen? Es más, ¿por qué el Papa simplemente no gobierna la Iglesia en forma directa, restaurando el buen orden, conforme al Poder de las Llaves de Pedro que son suyas, sólo suyas?

La respuesta fue revelada por un incidente del que fui bien informado durante un reciente retiro ignaciano en la casa de retiros de la Sociedad de San Pío X en Ridgefield (Connecticut). Durante una audiencia con el Papa, el obispo Fellay se encontró con el Papa a solas por un momento. Su Excelencia aprovechó la oportunidad para recordar al Papa de que él es el Vicario de Cristo, que posee la autoridad para tomar medidas inmediatas que pongan fin a la crisis de la Iglesia en todos los frentes. El Papa respondió: “Mi autoridad llega hasta la puerta”.

Parece hoy que el Vicario de Cristo está cautivo de la democratización de la Iglesia de acuerdo con el modelo de “colegialidad” que buscar reemplazar la monarquía que en realidad es el papado establecido por Cristo Rey. Parece que el Papa se ve a sí mismo como un engranaje, aunque sea el engranaje más grande e importante, de una vasta maquinaria de relojería que es la Iglesia legislativa, cuyas “decisiones” , en línea con los mecanismo colegiados y democráticos del nuevo modelo, necesitan ser consensuadas para poder ponerse en operación. Sin considerarse un monarca, con las prerrogativas y la autoridad perentoria de un monarca, el Papa de la Iglesia legislativa se siente restringido a confiar en su capacidad de persuasión y a apelar al debido proceso con la esperanza de que se haga lo que él desea.

“Lo han destronado”, fue la famosa observación del arzobispo Lefebvre acerca de la festividad de Cristo Rey. Y, del mismo modo, han destronado a Su Vicario. Un Vicario de Cristo sin corona se encuentra en el turbulento centro del caos reinante en la Iglesia. Sólo cuando la corona papal sea restaurada volverá con ella el buen orden de la Iglesia. Recemos, entonces, porque el Papa tenga el coraje de volver a usar la corona que el mismo Cristo le dio para que use.

Traducción al español de InfoCaótica.