domingo, 7 de julio de 2013

¿Qué es el neoconservadorismo eclesial?


Para el DRAE conservador, se dice de una persona o grupo favorable a la continuidad en las formas de vida colectiva y adversa a los cambios bruscos o radicales.
Tenemos aquí un dato inicial: conservador es quien busca conservar o mantener algo. Así, la Iglesia es una sociedad conservadora en cuanto procura mantener fielmente el depósito de la fe. Pero también una asociación criminal puede ser conservadora, si trata, por ejemplo, de mantener intacto un escondite que le facilita impunidad.
En todo conservador hay algo formal, que es la actitud, la disposición de mantener una realidad, que es el objeto material, lo que se quiere conservar. La actitud conservadora tiene mucho de opción prudencial y será legítima, o no, en función del objeto a conservar y sus circunstancias.
El prefijo “neo”, significa reciente, nuevo. Neoconservador puede significar a quien se ha vuelto conservador en tiempos recientes o también designar a quien desea conservar alguna novedad, una innovación que juzga un progreso digno de mantenerse y transmitirse a las generaciones futuras. Así, por ejemplo, se puede ser conservador del catolicismo barroco. Es esta una forma de conservadurismo eclesial que incluso puede pasar por tradicionalista, porque se fija en una tradición corta (asumiendo como positivos los elementos novedosos de la modernidad post-tridentina) pero desatiende a la sabiduría que aporta la tradición larga (sobre todo, patrística y medieval) como criterio para enjuiciar críticamente las novedades del barroquismo.
Es necesario dar más precisiones. Cuando en nuestra bitácora hablamos de neoconservadores eclesiales queremos designar a personas o grupos que procuran conservar las novedades introducidas por el Vaticano II. Es decir, a quienes estiman que todas las innovaciones del último concilio son una mejora respecto del pasado.
Debe deslindarse esta posición neoconservadora de la que es propia de otros sectores llamados modernistas o progresistas. En verdad, los modernistas no quieren conservar el concilio auténtico, sino que adulteran los textos mediante las interpretaciones más extravagantes, llegando a crear un verdadero para-concilio. Porque piensan que el concilio es un texto no suficientemente atrevido para recoger lo que el protestantismo, la ilustración, los métodos críticos de la exégesis y de historia del dogma, la conciencia contemporánea, en especial el marxismo, el psicoanálisis y la psicología social aportaron ya en la década de 1960 y han desarrollado en decenios posteriores. En el fondo, el modernismo esperaba del Vaticano II una retractación de las afirmaciones del Vaticano I y de Trento. Sobre este trasfondo, insinúa o explicita la idea de que el Vaticano II fue un destello luminoso, una aurora falaz respecto de un sol que luego no ha llegado. Habría que reconocerlo, por tanto, sólo como aurora pero no como el verdadero sol de la Iglesia para este siglo. El verdadero sol estaría por venir; las reformas de fondo de la institución eclesial estarían todavía por realizarse. Con este rechazo implícito del Vaticano II real, por insuficiente, surge la idea de preparar la llegada del Vaticano III. Esta idea encuentra una formulación explícita en el programa que el Comité de Dirección de la revista Concilium, la Catholic Theological Society y Hans Küng. Para los progresistas, menos radicales que los modernistas, lo que tiene primacía sobre los textos conciliares son las interpretaciones subjetivas, tan utópicas que pasan por encima de lo que realmente se dijo en la asamblea conciliar y luego confirmó el magisterio pontificio. Modernistas y progresistas se apartan de los textos, aunque con diverso grado de distanciamiento del dogma. Cabe preguntarse, desde ya, si la ambigüedad de buena parte de los documentos conciliares no ha sido un facilitador de este apartamiento de los textos, aunque la intensidad de la heterodoxia de los alejados sea variable según los casos.
En nuestra descripción del neoconservadurismo eclesial partimos de la presunción de buena fe. Creemos que los católicos neoconservadores no son conscientes del problema que plantean las novedades introducidas por el último concilio. Es decir, que no logran ver que una de las causas –no la única, claro está- de la crisis post-conciliar está en los textos mismos del Vaticano II, por más que estos se encuentren bajo la polvareda de interpretaciones opuestas. Los neocons creen de buena fe que en la actual coyuntura lo necesario es oponerse al modernismo y al progresismo, hacer buenas interpretaciones de los textos conciliares, sancionar a modernistas como Küng y censurar a otros progresistas de baja intensidad; pero no hay nada que rectificar en los textos conciliares aprobados, ni en sus aplicaciones posteriores.
¿Por qué los neoconservadores no ven los problemas que plantea el concilio? No es posible dar una respuesta exhaustiva, pero se pueden sugerir algunas vías de explicación. La primera es cierta pereza intelectual, que ha dado lugar a interpretaciones de “extremo centro”, que aparentan sentido común porque nada arriesgan, ni responden a objeciones de peso, ya que juegan con fórmulas u oportunismos en vez de taladrar la superficie para ver lo que realmente ocurre en la realidad. Esta vía se instala en una actitud reductiva del concilio, que termina haciendo de él una mera resonancia confirmativa de lo que ya se había dicho anteriormente. Esta fue la actitud de algunos teólogos que tuvieron influencia durante la preparación del concilio pero que resultaron derrotados en las votaciones definitivas. Ante la victoria de otro sector teológico, estos conservadores quedaron en una especie de ostracismo eclesial. Los teólogos que representaron estas posturas han muerto, son ancianos o carecen de influencia para mantener sus interpretaciones en alto. Desaparecida esta primera generación ha surgido otra más estrecha que ella pero en la misma línea. No poseen el mismo bagaje de conocimientos históricos y teológicos; tienden a eficacias inmediatas, a exposiciones apologéticas, a la conquista del poder eclesiástico; y se ganan apersonalidades de la Jerarquía. Una segunda vía explica la visión positiva de las novedades conciliares no tanto por pereza intelectual cuanto por motivaciones afectivas y existenciales. Todavía pervive un entusiasmo y sentido de victoria entre los integrantes de la generación que hizo y aplicó el concilio, y les cuesta reconocerse partícipes de un acontecimiento celebrado en vano, que luego de medio siglo se ha mostrado como un fracaso pastoral. La tercera vía de explicación se cifra en la herencia intelectual ultramontana. Herederos de una tradición teológica muy viva en el siglo XIX y la primera mitad del XX, los ultramontanos convirtieron en infalibles enseñanzas que no estaban protegidas por el carisma de infalibilidad y luego se cerraron a admitir la posibilidad de error en el magisterio auténtico. Por último, una cuarta vía, muestra cómo el servicio a intereses temporales -políticos, económicos, profesionales, etc.- dispone a que algunos consideren al Vaticano II como el super-dogma que otorga legitimidad indiscriminada a todos sus experimentos en el campo de la acción social. Así, mediante el recurso unilateral al concilio, procuran enfeudar a la Iglesia con los grandes sistemas ideológicos de la modernidad. Aquí debe hacerse mención especial del empeño actual de muchos neoconservadores eclesiales por hacer compatible el liberalismo, en sus múltiples formas, con la doctrina social de la Iglesia.
No podemos exponer por completo estas cuatro vías que apenas hemos insinuado. Pero a partir de esta entrada introductoria, trataremos de abordar una de ellas, que es la incidencia de la teología ultramontana en la formación de la mentalidad neoconservadora. La serie de entradas se titulará: Genealogía del (neo) conservadurismo eclesial.
Por último, si bien hemos intentado dar un rasgo definitorio de lo que entendemos aquí por neoconservador eclesial, y explicar las principales causas que disponen a esta toma de posición, debemos decir que ese rasgo no es único, sino que suele ir acompañado de otros, casi siempre de raíz voluntarista, que se observan muchas veces aunque no de modo necesario. 



16 comentarios:

Anónimo dijo...

PEDRO HISPANO: ¿Y el miedo? El miedo a oponerse a una especie de apisonadora que arrasa todo a su paso. El miedo o temor reverencial a presentarse como desafectos de una orientación que es la de la Jerarquía, al menos de aquella más influyente. El miedo, que es irracional, y por eso explica algo tan profundamente insensato como la no reacción ante el colapso generalizado de las instituciones católicas y de la Iglesia misma. Tan insensato como reducir la reacción ante la hecatombe actual a prácticas buenas y suficientes para un cartujo o una monja de clausura pero no para un laico. Me refiero a lo de que "hay que rezar más" y punto. Esto cuando, para mayor insensatez de la propuesta, se nos dice que el Concilio "ha reconocido la importancia de los laicos en la Iglesia"
Luego, en la siguiente fase, vendrá el intento de justificar esta postura e incluso denigrar a los que no la comparten. Hasta extremos tan grotescos como los de LF cuando arremete contra los lefes y tradicionalistas en general pretendiendo extraer sus proyectiles ¡del Concilio de Trento!
Por lo demás les agradezco su análisis. Hace tiempo que esperaba y necesitaba algo así

Isaac García Expósito dijo...

Buena toma de contacto. De todas formas el Concilio y el post Concilio se miden por la reforma litúrgica: si esta cae, todo lo que ha edificado tras el Concilio se derrumba.

Genjo dijo...

El entrante está muy bueno.

Miles Dei dijo...

Pues sí, es una entrada buena y necesaria.

Anónimo dijo...

No es casual que tan facilmente puedan adulterar los textos.
Alguien dijo por ahi que quieren conservar lo revolucionado. Es una buena definición.

Juan dijo...

Ratzinger sería un neoconservador?

Martin Ellingham dijo...

Interesante lo que plantea Juan. En mi modesta opinión, la respuesta es negativa.

Porque en la teología de Ratzinger están claros los principios que hacen del Vaticano II algo en sí mismo revisable y no definitivo. Lo que no dice, tal vez porque no lo ve, es qué puntos doctrinales concretos deben revisarse, aunque la frustrada propuesta de “reforma de la reforma” en liturgia sería un ejemplo.

Me parece que Ratzinger da la premisa mayor de un silogismo que luego habrá que completar. Abre la puerta aunque no entra.

Saludos.

Genjo dijo...

De acuerdo, Martín, pero a la SSSPX les exige la aceptación plena y sin fisuras de todo el CVII para regularizar su situación. ¿Habría que hacer una distinción entre el juicio teológico y el de gobierno? Como dices, abre pero no entra. No se sabe si no quiere o no puede. ¿Impedimentos psicológicos, políticos?

Anónimo dijo...

No se sabe lo que es Ratzinger, pero que lo sacaron a las patadas por intentar algo, eso seguro.

J dijo...

No soy un experto en teología ni nada parecido, pero no encuentro nada en los documentos del CVII que me obligue a hacer o a no hacer algo.
No sé si lo que trae son sugerencias, recomendaciones mas o menos ambiguas..."luces y sombras". Yo no encuentro definiciones ni cambios ni nada más allá de una cierta "complacencia" de cura fayuto y "buena onda".

La verdad es que no sé para qué se hizo, y lo digo sin sorna, ni ironía.
Yo me la paso perfectamente o imperfectamente, o plusquamperfectamente sin el CVII. Nunca me respondió una pregunta, en ninguno de sus documentos. Y el Motu Proprio de Benedicto, en todo caso, resolvió el único problema que parecía ocasionarme.
Quisiera que alguien me aclare a qué me obliga el CVII porque quizás yo no entendí nada y me estoy perdiendo de un montón de cosas buenas o salteándome un montón de obligaciones gravísimas.

Anónimo dijo...

Para eso hicieron ese concilio para que no sepamos nada.

Anónimo dijo...

Para que no sepamos nada de lo que la iglesia enseñaba antes.

Anónimo dijo...

Esta muy bien la nota, pero para completar todo el espectro y en un ejercicio de honestidad cristiana mínimo, faltaría también definir con la misma claridad los conceptos de tradicionalista, filo-tradicionalista y demás.
URL

sofronio dijo...

Si conservar significa, en sentido eclesial, mantener algo valioso o cuidar de su permanencia, o también continuar la práctica de buenas costumbres, virtudes y cosas semejantes e, incluso, guardar con cuidado algo esencial, resulta suficientemente obvio que el 'magisterio' surgido del CV2 no pertenece a esa categoría.

Se puede demostrar que el 'magisterio' sommoliente de los papas postconcilares es, en su mayoría, pura innovación suya.

Como todo el mundo sabe, cualquier documento eclesial trata de fundamentar su doctrina en las fuentes que cita, que pueden consultarse generalmente en las notas. Pues bien, como resultado de un estudio estadístico que todavía no he concluido, pero del cual se pueden ya extraer datos concluyentes, puedo asegurar que de las 14 encíclícas escritas por Wojtyła apenas contienen, de media, un 3% de citas a fuentes del magisterio de los Papas anteriores a Juan XXIII o a Concilios Ecuménicos anteriores al CV2. En alguna de ellas sólo hay una cita sobre un total de 149. El segundo dato indiscutible, matemático, es que más del setenta por ciento de sus notas sobre el magisterio remiten a fuentes del Concilio VII. El tercer dato significativo, digno de estudios de profesionales de la psicología, es que es el papa, de cuantos he estudiado, que más se cita a sí mismo, lo que exige una petición de principios continua.

Ergo, aquí no hay conservación, ni continuidad, sino innovación y ruptura. El viajante, porque viajó mucho, me quiere hacer creer que el agua que me vende, es de la prístina fuente de agua dulce y potable, sin embargo es turbia y 'sabe a rayos': no es soluble ¿Cómo lo hace? Velando, ocultando el verdadero manantial, diciéndome que del suyo, no de los muchos siglos de cristianismo, fluye lo que ha de calmarme la sed .

Claro que, también, cita mucho las Sagradas Escrituras. Pero ello no es garantía, a fin de cuentas también las citan los anglicanos, los luteranos, los calvinistas,los testigos de Jehová y hasta el mismo diablo la usó para tentar a Cristo, Vida nuestra.

El domigo pasado, Nuestro Señor, nos daba el mandato, no era un consejo, de apartarnos de los falsos profetas, vestidos de piel de oveja ¿se refería, quizá, a los mormones, protestantes, ect? No, porque esos no se disfrazan, se les reconoce de lejos ¿Entonces, como reconocerlos si están 'dentro' y se disfrazan? La única regla hermenéutica y verdadera nos la da el mismo Jesucristo, Nuestro Señor: "por sus frutos los conoceréis". He aquí los frutos del Concilio V2 y del magisterio de la iglesia conciliar, para el que quiera ver-conciliar debo decir si sólo se cita a ese evento, salvo escasisimas excepciones -.

Anónimo dijo...

Los sacerdotes de las misas de ewtn son asi, no hablan en las homilías sino de JP II y el V II. Bueno ahora también hablan de F. Se ve que en los seminarios tampoco leen otra cosa.

Anónimo dijo...

Michael Voris acaba de tratar justo este tema en su programa:

http://www.youtube.com/watch?v=a8Y4Mf7bo3I