sábado, 30 de abril de 2016

San Pío X y los integristas españoles (y 2)


8. En los casos prácticos, o con esta unión per modum actus o sin ella, todos debemos cooperar al bien común y a la defensa de la Religión; «en las elecciones, apoyando no solamente nuestros candidatos siempre que sea posible vistas las condiciones del tiempo, región y circunstancias, sino aun a todos demás que se presenten con garantías para la Religión y la Patria», teniendo siempre a la vista el que salgan elegidas el mayor número posible de personas dignas, donde se pueda, sea cual fuere su procedencia, combinando generosamente nuestras fuerzas con las de otros partidos y de toda suerte de personas para este nobilísimo fin. «Donde esto no es posible, nos uniremos con prudente gradación con todos los que voten por los menos indignos», exigiéndoles las mayores garantías posibles para promover el bien y evitar el mal. Abstenernos no conviene, ni es cosa laudable, y, salvo tal vez algún rarísimo caso de esfuerzos totalmente inútiles, se traduce por sus fatales efectos en una casi traición a la Religión y a la Patria. Este mismo sistema seguiremos en las Cortes, en las Diputaciones y en los Municipios en los demás actos de la vida pública. «Nuestra política será de penetración, de saneamiento», «de sumar voluntades, no de restar y mermar fuerzas», «vengan de donde vinieren». Cuando las circunstancias nos lleven a votar por candidatos menos dignos, o entre indignos por los menos indignos, o por enmiendas que disminuyan el efecto de las leyes, cuya exclusión no podemos lograr ni esperar, una leal y prudente explicación de nuestro voto justificará nuestra intervención. En las cosas dudosas que directa o indirectamente se refieren a asuntos religiosos, consultaremos nuestras dudas con los Prelados.
Se aplica aquí el primer principio de la moral política: todos deben cooperar al bien común. ¿Con qué medios? Se destaca en esta norma la participación en elecciones. ¿De qué manera? Buscando el mayor bien posible, razón por la cual se acude al tradicional principio de doble efecto (denominado a veces mal menor) en lo relativo al voto: elegir a los mejores posibles, a los menos dignos, a los menos indignos… Todo ello en una prudente gradación de posibilidades. Y ante las leyes inicuas se da una directiva de acción: cuando no se las pueda derogar por completo, se ha de procurar atenuar el daño social que provocan.
9. Sobre la censura de nuestros periódicos obedeceremos fielmente a cuanto prescribe la Encíclica Pascendi, «y si algún conflicto ocurriese, evitaremos toda publicidad y buscaremos el consuelo y remedio apelando únicamente a las autoridades eclesiásticas». 
La censura de periódicos ha perdido viabilidad en las circunstancias actuales. Lo cual no implica que hayan caducado los principios morales relativos a la difusión pública de los errores.
10. Nuestros ardientes votos son que en el gobierno del Estado renazcan las grandes instituciones de la tradicional Monarquía española, que tanta gloria dio a la Religión y a la Patria, y trabajaremos para la ascensión progresiva de nuestras leyes y modos de gobierno hacia aquel grandioso ideal; «pero no dejaremos de aprovechar todo lo bueno y honesto de nuestras costumbres y legislaciones, para mejorar la condición católica y social de nuestros gobernantes», «recordando que esperar lo mejor sin aprovechar lo bueno es matar en su raíz toda esperanza del mismo ideal a que aspiramos».
En la segunda parte de esta norma se conjura una peligrosa ilusión con estos términos: esperar lo mejor sin aprovechar lo bueno. Es la trampa de buscar bien total (muchas veces imposible) con exclusión de bienes parciales o de reducción de males (lo cual es un bien, secundum quid). Tal sería la actitud de quien se negara, por ejemplo, a apoyar una propuesta de ley criminalizadora del aborto, allí donde este delito es impune, con la excusa de que la nueva ley no penalizaría todos los supuestos.
11. En cuanto a la defensa de la Religión y de los intereses religiosos, «en lo referente a la sumisión a los Poderes constituidos» y a la obediencia y sumisión incondicional a nuestras Prelados, queremos en todo atenernos a las enseñanzas de la Santa Sede, principalmente de Pío IX, León XIII y Pío X, y a las disposiciones del glorioso Episcopado español. 


viernes, 29 de abril de 2016

San Pío X y los integristas españoles (1)

En tiempos de San Pío X, bajo el título Autorizadas instrucciones a los católicos, la Santa Sede dio unas normas prácticas a los integristas españoles. Fueron publicadas en El Siglo Futuro del 30 de enero de 1909. Según dicho diario integrista se trataba del «manual más soberano y completo de los deberes de los católicos en nuestros días» y de «sapientísimas instrucciones que, por venir de donde vienen, serán norma de nuestros actos». 
En esta entrada y en la que sigue reproduciremos las 11 normas prácticas con comentarios nuestros en azul. Algunas, sólo conservan interés histórico; otras, pueden ser útiles en el presente cambiando lo que haya que cambiar.
1. Sostener la tesis católica en España y con ella el restablecimiento de la Unidad Católica, y luchar contra todos los errores condenados por la Santa Sede, especialmente los comprendidos en el Syllabus, y las libertades de perdición, hijas del llamado derecho nuevo o liberalismo, cuya aplicación al gobierno de nuestra patria es ocasión de tantos males. Esta lucha debe efectuarse dentro de la legalidad constituida, esgrimiendo cuantas armas lícitas pone la misma en nuestras manos.
España era en ese momento una nación religiosamente homogénea, poseedora de una compacta unidad que la diferenciaba de otros países. Para salvaguardar el bien común de la unidad católica, la lucha contra los errores liberales era una prioridad. Lamentablemente, al finalizar el régimen de Franco comenzaría a perderse la unidad católica en un proceso que parece no haber concluido. Razón por la cual, mientras no se logre recuperar cierto grado de unidad religiosa, el sostenimiento de la tesis parece políticamente inviable.
En cuanto a los instrumentos, nótese la insistencia en el uso de todos los medios honestos dentro de la legalidad constituida entre los cuales destaca –en párrafos posteriores, de modo explícito- la participación política y la lucha electoral en un sistema de partidos.
2. No acusar a nadie como no católico o menos católico por el solo hecho de militar en partidos políticos llamados o no llamados liberales, si bien este nombre repugna justamente a muchos, y mejor sería no emplearlo. Combatir «sistemáticamente» a hombres y partidos por el solo hecho de llamarse liberales, no sería justo ni oportuno; combátanse los actos y las doctrinas reprobables, cuando se producen, sea cual fuere el partido a que estén afiliados los que ponen tales actos o sostienen tales doctrinas.
Se manda no cuestionar la catolicidad de nadie por su sola militancia partidaria. El documento advierte sobre lo que a nuestro juicio es una confusión derivada de la polisemia del término liberalismo, que da lugar a polémicas puramente verbales en que no se discuten pensamientos sino palabras. Lo que se ha de rechazar son las doctrinas erróneas, cualquiera sea el término con el cual se designen, así como los actos inicuos, sin importar el nombre del partido que los promueva. 
Otro aspecto importante es que el documento previene contra la posible logofobia. No es cuestión de batallar contra un término, aunque el uso de la palabra liberal no sea recomendable y pueda repugnar, sino contra errores y males sociales realmente existentes. 
3. Lo bueno y lo honesto que hagan, digan y sostengan los afiliados a cualquier partido y las personas que ejerzan autoridad puede y debe ser aprobado y apoyado por todos los que se precian de buenos católicos y buenos ciudadanos, no solamente en privado, sino en las Cortes, en las Diputaciones, en los Municipios y en todo el orden social. La abstención y oposición a priori están reñidas con el amor que debemos a la Religión y a la Patria.
Viene al caso citar aquí una anécdota que nos envió un amigo, que tuvo lugar en años posteriores, pero que es reveladora de una mentalidad: el padre Gafo había defendido, como diputado que era, desde la tribuna de oradores, un proyecto de ley de protección social a los trabajadores. Desde su bancada (el bloque de las derechas, con mayoría absoluta y sustentando al gobierno) le interrumpían el discurso con fuertes aplausos. Llegó la votación y ¡sus compañeros votaron contra el proyecto! Desolado, el Padre Gafo se cruzó en los pasillos con Lamamié que le dijo (la cita no es textual): ¡Déjese de pamplinas, lo que tienen que hacer los obreros es ser menos libertinos y rezar más el rosario! O sea, al final, el bien común consiste en utilizar la piedad religiosa como bálsamo pacificante de la sociedad evitando así tener que abordar las causas de las injusticias sociales...
Se reprueba el obstruccionismo y el abstencionismo como contrarios a importantes virtudes.
4. En todos los casos prácticos en que el bien común lo exija, conviene sacrificar en aras de la Religión y de la Patria las opiniones privadas y las divisiones de partido, salvo la existencia de los mismos partidos, cuya disolución a nadie se le puede exigir.
Se aplica aquí el principio de primacía del bien común, que pide subordinar los intereses particulares al bien de la comunidad. Pero contra quienes censuran la política partidaria se recuerda que a nadie se le puede exigir la supresión de los partidos.
5. No exigir de nadie como obligación de conciencia la afiliación a un partido político determinado con exclusión de otro, ni pretender que nadie renuncie a sus aficiones políticas honestas como deber ineludible; pues en el campo meramente político puede lícitamente haber diferentes pareceres, tanto respecto del origen inmediato del poder público civil, como del ejercicio del mismo y de las diferentes formas externas de que se revista.
Se niega legitimidad a la pretensión de un partido católico único, exclusivo, al cual los fieles deban afiliarse como si fuera un deber de conciencia. Tampoco se puede pretender la renuncia a la actividad política como si fuera un deber moral. Por último, se recuerda que hay un campo de cuestiones opinables en materia política (origen inmediato del poder, su ejercicio, formas de gobierno) en el cual se impone el respeto por las personas y la libertad de sus conciencias.
6. No sería justo ser de tal manera inexorables por los menores deslices políticos de los hombres afiliados a los partidos llamados liberales que por tendencia y por actitud política sean ordinariamente más respetuosos con la Iglesia que la generalidad de los hombres políticos de otros partidos, que se creyera obra buena atacarles sistemáticamente, presentándoles como a los peores enemigos de la Religión y de la Patria, como a «imitadores de Lucifer», etc., pues semejantes calificativos convienen al «liberalismo doctrinario» y a sus hombres en cuanto sean sostenedores contumaces y habituales de errores y doctrinas contrarios a los derechos de Dios y de la Iglesia, abusando del nombre de católicos en sus mismas aberraciones, y no a los que quieren ser verdaderos católicos, por más que en las esferas del Gobierno o en su acción política falten en algún caso práctico, por ignorancia o por debilidad, a lo que deben a su Religión o a su Patria. Combátanse con prudencia y discreción estos deslices, nótense estas debilidades que tantos males suelen causar; pero en todo lo bueno y honesto que hagan déseles apoyo y oportuna cooperación, exigiendo a su vez por ella cuantos bienes se puedan hic et nunc alcanzar en beneficio de la Religión y de la Patria.
Se reprueba aquí la crítica destructiva, sistemática, diferenciando el liberalismo doctrinal y pertinaz, de los deslices cometidos por debilidad o ignorancia. Y se pide la cooperación –al menos actual- cuando se trata de luchar por bienes comunes concretos en beneficio de la Religión y de la Patria.
7. Estar siempre prontos para unirse con todos los buenos, sea cual fuera su filiación política, en todos los casos prácticos que los intereses de la Religión y de la Patria exijan una acción común. Esta unión no es unión de fe y de doctrina, pues en tales cosas todo católico debe estar unido con los demás católicos, y todos ellos sujetos y obedientes a la Iglesia y a sus enseñanzas; esta unión, por su naturaleza, no es una asociación católica, ni una cofradía, ni una academia, es una «acción práctica» no constante y permanente o per modum habitus, sino de circunstancias y necesidades o per modum actus.
Este punto es un desarrollo de la última parte del anterior. Se insiste en la distinción práctica entre colaboración habitual y actual en función de bienes comunes. Esta unión colaborativa entre personas de distinta filiación política no es unidad de fe. 
P.s. en la segunda parte de esta entrada abriremos los comentarios al debate. 


lunes, 25 de abril de 2016

Logofobia

Se ha escrito bastante sobre la manipulación por medio del lenguaje. Una táctica de manipulación frecuente es el empleo de palabras talismán. Se considera tales a ciertos términos que a lo largo de la historia se han cargado de prestigio, de un prestigio tal, que nadie en ese momento se atreve a ponerlas en tela de juicio (en el siglo XVII, la palabra orden, en el siglo XVIII, la palabra razón, en el siglo XIX, la palabra revolución, en el siglo XX y comienzos del XXI, la palabra talismán por excelencia libertad). También son palabras talismán en uso diálogo, consenso y no discriminación.
La contracara de la actitud respecto de estas palabras prestigiadas es la logofobia. Término que empleamos aquí no en el sentido de trastorno psíquico, sino más bien como síntoma de una forma un tanto superficial de criticar ideas. En el catolicismo, la logofobia parece hija de la manualística, tal como la describiera L. Bouyer:
            “…los manuales de filosofía de los seminarios, que todavía ayer, como quien dice, concentraban toda la atención de los seminaristas durante los primeros años de estudio; con ellos quedaremos suficientemente edificados. En ellos se presentaba a Descartes, Leibniz, Kant, Hegel, Bergson, etc., como una caterva de cretinos malhechores, que con un solo silogismo, o a lo más con un sorites, se podían liquidar sin más. ¿Marx? El hombre con el cuchillo entre los dientes. ¿Freud? Un viejo verde. ¿Blondel o Le Roy? Modernistas de una perversidad muy particular, pues persistían en seguir siendo católicos, aunque ponían en tela de juicio que los únicos razonamientos adecuados debieran formularse en bárbara o baralipton... Yo he visto y oído con mis propios ojos y mis propios oídos –y la cosa no es muy vieja– a un profesor de universidad pontificia, en un congreso internacional de apologética, demostrar que personas como Gabriel Marcel, que pretendían haber llegado a la fe por el camino del existencialismo, sólo podían ser hipócritas. (Recuerdo también, a Dios gracias, los rugidos de furor con que Étienne Gilson acogió tal estupidez. Se le dejó hablar porque nadie en aquella docta asamblea conocía a santo Tomás tan bien como él, pero de ahí a inclinarse ante sus razones había gran trecho.)”
La lectura manualística se aplica muchas veces a las condenas de la Iglesia y así se genera logofobia. Se rechazan de modo emotivo e irracional palabras, sin preocuparse demasiado por precisar su contenido lógico ni su referencia a la realidad.
Recuerdo ahora del caso de un amigo que le tenía fobia a la denominación pro-vida en uso por grupos católicos que se oponen al aborto. Hay que reconocer que la expresión no es la más precisa. Si se tratara de un uso académico, desde la Filosofía del Derecho habría que hablar de grupos pro-defensa-del-derecho-subjetivo-natural-de-la-persona-humana-inocente-a-la-conservación-de-la-vida-física. Premisa de la cual se sigue la oposición a la despenalización y legalización del aborto, entre otras cosas. Pero el sintagma que expresa esta premisa es largo y para abreviarlo se podría emplear una sigla tan disonante como DSNPHICVF... De manera que por una convención del lenguaje, lo razonable es usar pro-vida, hasta tanto se encuentre una expresión más precisa y eufónica.

viernes, 22 de abril de 2016

La presunción de no infalibilidad

El magisterio extraordinario tiene dos sujetos: el Papa cuando enseña ex cathedra y el Concilio Ecuménico cuando define de modo solemne. Se dice que se trata de un magisterio extraordinario porque se expresa por medio de actos que no se dan cotidianamente en la vida de la Iglesia. Es un criterio teológico importante que también se enuncia en el Código de Derecho Canónico: la presunción de no infalibilidad. Una presunción que no es absoluta pero que debe tenerse en cuenta para no extender abusivamente la infalibilidad.
En alguna bitácora (que no es expresión del neoconservadurismo eclesial) se sostiene que Amoris laetitia reúne las condiciones del magisterio pontificio infalible. Lo cual nos parece insostenible y creemos que ni siquiera los infalibilistas más extremos lo sostendrían. Otro fenómeno semejante, aunque en un nivel inferior del edificio magisterial, se encuentra en algún bloguero que sostiene que un texto aislado de un pontífice decimonónico sería magisterio meramente auténtico (no infalible) cuando, si se lo lee razonablemente, se concluye por el tenor de las expresiones empleadas -singularmente por el tiempo del verbo (modo potencial)- que no es magisterial, porque resulta claro que el papa quiere opinar y no enseñar de modo directo y cierto. En fin, a impulsos de la mentalidad ultramontana lo dicho de paso, incidentalmente, y con estatuto de probabilidad, deja de ser opinable para convertirse en una expresión directa que daría certeza. Tiempos locos; aprendices de brujo en Teología. Es lo que hay.
El magisterio extraordinario.
El término "magisterio extraordinario" se refiere al ejercicio de la autoridad docente por medio de intervenciones específicas, relativas a la fe y a la moral (verdades formalmente reveladas, verdades conexas a la revelación o virtualmente reveladas), en las cuales algunas doctrinas se proponen expresamente como definidas de modo infalible: se recurre a un nivel peculiar de autoridad, que es superior respecto de aquel unido al ejercicio "ordinario" del poder de magisterio. Sujetos de estos actos de enseñanza son el Romano Pontífice (no los órganos de la Curia romana, a menos que sus enseñanzas sean hechas propias por el Papa, con una aprobación "en forma específica") y el Colegio de los Obispos (debe entenderse, evidentemente, siempre en unión con su Cabeza). Las formas concretas de ejercicio del magisterio extraordinario son respectivamente: la de los pronunciamientos ex cathedra del Papa, según las indicaciones del concilio Vaticano I retomadas por el can. 749, §1 y la de las definiciones de los concilios ecuménicos, según las indicaciones del can. 749, §2.
Una vez verificadas las características relativas al sujeto que propone la enseñanza, sea que se trate del Papa (que actúa como "como supremo pastor y doctor de todos los fieles”) o del concilio ecuménico (en el cual los obispos actúan como "maestros y jueces de la fe y costumbres"), y el tipo de doctrina propuesta, relativa a la fe o a las costumbres, el problema principal que emerge es aclarar la intención de definir: no todo acto magisterial auténtico del papa o del concilio ecuménico define infaliblemente una doctrina, y normalmente también en los documentos que contienen definiciones se encuentran al mismo tiempo elementos doctrinales sobre los cuales que no hay intención definitoria. Se debe, por lo tanto, aplicar siempre la presunción general del can. 749, § 3, expresada en la notificación Quaesitum est, relativa el grado de autoridad de las constituciones dogmáticas del concilio Vaticano II: "este santo Sínodo define que deben mantenerse por la Iglesia como materias de fe o de moral solamente aquellas que como tales declarare abiertamente”.
El elemento decisivo para interpretar un acto del magisterio extraordinario resulta ser el conocimiento de la intención y la voluntad de la autoridad eclesiástica, que pueden ser comprendidas aplicando los criterios generales de interpretación teológica; en particular, valen las indicaciones ofrecidas por LG 25, que pone luz sobre tres aspectos: la naturaleza de los documentos (el carácter solemne, la amplitud de los destinatarios...), la frecuente reproposición de una misma doctrina (el acto definitorio del magisterio normalmente llega al término de un largo debate, el cual proviene de enseñanzas auténticas precedentes) y el tenor de las expresiones verbales (fijando la atención en los términos usados; por ejemplo: "definir", "debe tenerse como definitiva").
Se debe precisar, por fin, que el carácter de infalibilidad de una doctrina, incluso dependiendo de la intención del magisterio que la propone, no viene expresamente indicado como tal en el acto que la define. En otras palabras, generalmente el magisterio no usa el término "infalible" para calificar las doctrinas que quiere proponer como tales: queda como tarea confiada a la teología (ayudada también por eventuales intervenciones de la Congregación por la doctrina de la fe) la de comprender las indicaciones del magisterio e ilustrarlas en el contexto global y unitario del depositum fidei.
En sustancia, una doctrina propuesta por el magisterio extraordinario tiene que ser considerada manifiestamente infalible cuando de una correcta aplicación a los actos magisteriales de los criterios hermenéuticos de que dispone la teología, aparece efectivamente como tal la intención de la legítima autoridad eclesial, sea Papa o el Colegio de los Obispos.
__________
32 Notificación Quaesitum est, 16 de noviembre de 1964 (EV 1, n. 446): «Haec S. Synodus ea tantum de rebusfidei vel morum ab Ecclesia tenenda definit, quae ut talia aperte ipsa declaraverit». La bastardilla en el texto italiano es nuestra.

Tomado y traducido de:
Mosconi, M. Commento a un canone. La presunzione di non infallibilità (can. 749 § 3). En: Quaderni di diritto ecclesiale, n. 10 (1997), pp. 92-93.


miércoles, 20 de abril de 2016

La FSSPX y el brazo secular

Un comentarista ha planteado en la entrada anterior una hipótesis interesante: si en tiempos de cristiandad, con estados confesionalmente católicos, dispuestos a actuar como “brazo secular” de la Iglesia, hubiera aparecido un Monseñor Lefebvre, y se hubiera planteado un caso como el de la FSSPX, los pontífices podrían haber ordenado a los gobernantes cristianos la represión, incluso con pena de muerte, de Lefebvre y los adherentes a su postura. Un ejemplo, análogo en pequeña escala, de esta actitud de la jerarquía eclesiástica lo tuvimos en la Argentina durante el gobierno militar.
En tal caso se daría lo que el comentarista califica como ironía. En efecto, si el brazo secular fuese eficaz, la FSSPX sólo podría seguir existiendo en estados no católicos, amparándose bajo el paraguas de la libertad religiosa. Así, la FSSPX podría existir en países como Estados Unidos, pero no en España, Italia, Francia... En estados confesionalmente católicos, la Fraternidad sería ilegalizada, sus publicaciones censuradas y sus miembros reprimidos con todo el peso de la ley. Y si todos los estados del mundo fuesen católicos, y eficaces en su función de brazo secular, en un tiempo más o menos breve, la Fraternidad desaparecería físicamente.
Aunque tenemos una opinión al respecto, dejamos el caso para el debate de nuestros lectores.
P.s.
1. Si alguien plantea una objeción en un blog, o en otro ámbito, nadie tiene obligación de contestarla. Pero si se responde, hay que tratar de hacerlo razonablemente bien. Algunos comentarios no publicados han sido lamentables y recuerdan lo dicho por Bouyer en su libro La descomposición del catolicismo.
2. Cualquier persona con un mínimo de experiencia docente conoce la utilidad y los límites de los casos.
Pero el caso propuesto por Johannes no está mal planteado y resulta llamativo que se eluda el núcleo de la cuestión mediante negaciones contra-fácticas. Distinto sería si se demostrase que el supuesto de hecho es un imposible, por ejemplo una cuarta persona en la Trinidad.
3. Quien crea que en la historia de la Iglesia no hubo persecución injusta a personas e instituciones santas; y que los papas no pueden abusar de su poder, sea que lo ejerciten por sí mismos o mediante el recurso al brazo secular, se ha comprado una novela rosa digna de la apologética boba.
4. Dicho lo anterior, y aunque el caso contiene una “picardía” que recuerda a un argumento de Garrigou-Lagrange que no vamos a desarrollar, en nuestra opinión la respuesta se puede dar desde la doctrina católica pre-conciliar bien entendida. En la bitácora se la encuentra expuesta en varias entradas precedentes: “La tesis de la confesionalidad”, “La hipótesis y sus diversas formas”, “Tolerancia e intolerancia” (1 y 2). De modo más inmediato en “El tradicionalismo como problema de conciencia” y en “Newman y la Inquisición” (el abuso no prohíbe el uso, pero obliga a ser muy cuidadoso cuando se trata de ejercitar la coacción). Vale decir que del posible caso y sus vías de solución no se sigue una aceptación necesaria de la Dignitatis humanae.
5. Por último, el caso pone en crisis ciertas teorías explícitas o implícitas que hemos criticado últimamente en nuestra bitácora bajo diversas denominaciones, tanto en entradas como en comentarios. Qui potest capere capiat…


martes, 19 de abril de 2016

Anarco-tradicionalismo

Según el DRAE anarquía significa ausencia de poder público. Término del cual deriva anarquismo, que es la doctrina o el movimiento que postula la anarquía.
Este anarquismo puede darse al menos en dos ámbitos: uno, eclesial, en la Iglesia católica; otro, político, en el seno de un Estado. La posición anarquista puede ser especulativa, la cual postula la necesidad de prescindir del poder público; o bien práctica, que sin negar teóricamente la necesidad del poder, se comporta como si no existiera.
En el tradicionalismo católico el componente anarquista es práctico, porque si fuese especulativo dejaría de ser católico, ya que la Iglesia es una sociedad jerárquica. Este anarquismo práctico es efecto de diversas causas, pero habría que radicar su origen en cierto romanticismo difuso por el cual se desea como bueno para el grupo de pertenencia una exclusividad o clandestinidad que son signos de una identidad propia. Esta singularidad proporciona la inconfesada auto-complacencia de poseer una pureza radical, que en el fondo cede ante la tentación del fariseísmo: no ser como los demás, que se dejan gobernar por “esa” autoridad...
En el ámbito eclesial, el anarco-tradicionalismo suele ser fruto de un progresivo deslizamiento. El punto de partida es legítimo y en nuestra bitácora nos hemos ocupado de él muchas veces: la obediencia no es una virtud teologal, sino moral, que posee un justo medio; la “obediencia extrema” no es virtud, sino servilismo. La resistencia a la autoridad –en determinadas condiciones- es legítima e incluso a veces obligatoria. Pero en la pendiente que conduce al anarco-tradicionalismo se superan los límites de la resistencia, sin someterla a sus tradicionales  y estrictas condiciones, cayendo así en una actitud que se ha dado en llamar “resistencialista”, que abusa de la resistencia, puede caer en la desobediencia y en el verdadero cisma. Esta actitud “resistencialista” a veces pretende justificarse en una lectura sesgada de reflexiones como las de Newman sobre la conciencia, pero olvida un dato fundamental: la autoridad se ejerce en concreto mediante normas que mandan, prohíben o permiten. Por tanto, antes de obedecer -de manera inteligente- se debe analizar la moralidad de la conducta imperada por la autoridad. Y si la conducta no es mala, hay que ajustarse a la norma.
En entradas posteriores diremos algo sobre el anarco-tradicionalismo en el ámbito político.

viernes, 15 de abril de 2016

El error en la raíz de la heterodoxia en la reciente exhortación pseudoapostólica



Es esencial, para identificar el origen del movimiento heterodoxo que campea a sus anchas en la Iglesia Católica desde febrero de 2014, notar el protagonismo de Kasper como influencia sobre Francisco en dos momentos clave:

- El viernes 21/02/2014, en el cierre del consistorio de cardenales preparatorio del primer Sínodo sobre la Familia, cuando Francisco elogió la relación de introducción leida por Kasper el día anterior, al final de la cual Kasper proponía readmitir a la Eucaristía a algunos divorciados vueltos a casar que cumpliesen ciertos requisitos, en estos términos:

"Ayer, antes de dormir, pero no para dormirme, he leído – he vuelto a leer – el trabajo del cardenal Kasper y quisiera darle las gracias porque he leído teología profunda, también un pensamiento sereno en la teología. Es agradable leer teología serena. Y también he encontrado eso que San Ignacio nos decía, ese 'sensus Ecclesiae', el amor de la Madre Iglesia. Me ha hecho bien y me ha dado una idea – discúlpeme eminencia si le causo turbación –, pero la idea es que esto se llama 'hacer teología de rodillas'. Gracias. Gracias." [1]

- El domingo 17/03/2013, en la alocución de su primer Ángelus como Papa, cuando Francisco elogió el libro que Kasper había publicado en 2012, "La misericordia. Clave del Evangelio y de la vida cristiana", en estos términos:

"En estos días, he podido leer un libro de un cardenal —el Cardenal Kasper, un gran teólogo, un buen teólogo—, sobre la misericordia. Y ese libro me ha hecho mucho bien. Pero no creáis que hago publicidad a los libros de mis cardenales. No es eso. Pero me ha hecho mucho bien, mucho bien." [2]

Dado que sobre la propuesta de Kasper en su presentación del 20/02/2014 ya se ha dicho todo lo que hay que decir [3], me enfocaré sobre el libro de 2012. Para lo cual creo necesario ponerlo en el contexto de dos obras anteriores de Kasper.

La primera es el artículo de 1967 "Dios en la historia" ("Gott in der Geschichte") [5], donde escribió:

“The God who is enthroned over the world and history as a changeless being is an offence to man. One must deny him for man’s sake, because he claims for himself the dignity and honor that belong by right to man…. We must resist this God, however, not only for man’s sake, but also for God’s sake. He is not the true God at all, but rather a wretched idol. For a God who is only alongside of and above history, who is not himself history, is a finite God. If we call such a being God, then for the sake of the Absolute we must become absolute atheists.”
[6]

En el plano puramente filosófico, es difícil admitir que alguien no entienda que el Absoluto Infinito, la absoluta plenitud del Ser, es necesariamente inmutable. Pero aún si un católico no pudiese ver esto claramente por la razón, lo debe creer firmemente por la fe, ya que la inmutabilidad divina es un dogma de fe definido por dos Concilios Ecuménicos: Letrán IV y Vaticano I.

Concilio Ecuménico Letrán IV (1215). Constitución 1. De fide catholica.

"Creemos firmemente y confesamos simplemente que uno solo es el verdadero Dios, eterno e inmenso, omnipotente, inmutable, incomprensible e inefable, Padre e Hijo y Espíritu Santo, tres personas pero una esencia, sustancia o naturaleza absolutamente simple (simplex omnino)."

Concilio Ecuménico Vaticano I (1870). Constitución Dogmática "Dei Filius".

"La Santa Iglesia Católica Apostólica Romana cree y confiesa que uno es el Dios verdadero y vivo, Creador y Señor del cielo y de la tierra, omnipotente, eterno, inmenso, incomprensible, infinito en intelecto, voluntad y en toda perfección; que siendo una sustancia espiritual singular, absolutamente simple (simplex omnino) e inmutable, debe ser declarado distinto del mundo en realidad y esencia (re et essentia),..."

La segunda obra es el libro de 1974 "Jesús el Cristo" ("Jesus der Christus"), sobre el cual el difunto profesor de la Univ. de Navarra y eminente teólogo Lucas F. Mateo Seco publicó en 1979 una crítica [7] en la cual, si bien se refiere a Kasper en términos muy respetuosos en lo académico, a mi juicio demasiado respetuosos, pone en evidencia la incompatibilidad de sus tesis con la doctrina de la Iglesia. (Para quien no tenga tiempo de bajar y leer la extensa crítica de Mateo-Seco, las páginas referenciadas [6] contienen una muy breve reseña de la heterodoxia en ese libro.)

En este punto uno se enfrenta a otros hechos difíciles de admitir, cuales son que el autor de estas obras haya sido hecho obispo (1989) y cardenal (2001), así como secretario (1999) y luego presidente (2001) del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos.

Llegamos así a la obra tan elogiada por Francisco en su primer Ángelus, sobre la cual podemos preguntarnos: ¿habrá Kasper dejado atrás en ella la heterodoxia de 1967, la cual habría quedado como un pecadillo de juventud ya superado? La respuesta está en la página resultante de buscar "apathetically" en la versión online en inglés del libro:

https://books.google.com/books?id=GDArAwAAQBAJ

Ahora Kasper es más cuidadoso y empieza diciendo: "la determinación metafísica de la esencia de Dios [...] de ninguna manera debe ser fundamentalmente cuestionada", pero después sigue: "dentro de los parámetros de los atributos metafísicos de Dios escasamente hay lugar para un concepto de misericordia", para llegar finalmente al tema del escrito de 1967: "El punto de partida metafísico tradicional de la doctrina de Dios trae consigo un problema adicional para hablar acerca de la misericordia divina. Concretamente, si Dios es el Ser Mismo, entonces la absoluta perfección del ser de Dios sigue de esta absoluta plenitud de ser. Tal perfección implica la incapacidad de Dios de sufrir, porque el sufrimiento debe ser entendido como una deficiencia." En realidad implica todavía más que eso, la imposibilidad de cambiar, pero en principio hasta ahí todo va bien ¿Se habrá vuelto ortodoxo? Sigamos leyendo: "Sobre la base de su punto de partida metafísico, la teología dogmática tiene dificultad de hablar de un Dios compasivo. Tiene que excluir la posibilidad de que Dios sufre con sus criaturas en un sentido pasivo; puede hablar solamente de piedad y misericordia en el sentido activo de que Dios se opone al sufrimiento de sus creaturas y les provee asistencia. La pregunta que subsiste es si esto corresponde satisfactoriamente al entendimiento bíblico de Dios, que sufre con sus creaturas, que como misericordioso tiene un corazón con el pobre y para el pobre. ¿Puede un Dios que es concebido tan apatéticamente ser realmente com-pasivo?" (En inglés "sympathetic", pero "simpático" en castellano es otra cosa.)

La última pregunta fue contestada en la afirmativa hace siglos, por ejemplo por Santo Tomás en ST I, q.21, a.3. ¿Mencionará esa respuesta Kasper? Lamentablemente no:

"Pastoralmente, esta concepción de Dios es una catástrofe. [...] la proclamación de un Dios que es insensible al sufrimiento es una razón por la que Dios ha pasado a ser ajeno y finalmente irrelevante para muchos seres humanos."

No, cardenal, no. Incluso desde la perspectiva estricta de mi necesidad, yo necesito que Dios entienda los males que me amenazan o afligen y sea capaz de librarme de ellos, no que Él mismo esté expuesto a padecer! Más aún, si Él estuviese expuesto a padecer no sería el Absoluto Infinito, la absoluta plenitud del Ser, con las consecuencias de que no podría mantenerme en el ser y hacerme ser en plenitud, no proveería una explicación metafísica de la realidad, y su adoración sería una idolatría. Es la concepción de Dios como mutable la que hace a Dios finito, tal que ya no sería el Dios verdadero sino un ídolo.

Por lo tanto Kasper permanece a todos los efectos prácticos en la herejía de 1967, sólo que ahora, tal vez por haber adquirido habilidades diplomáticas que le permitieron permanecer y ascender en la estructura eclesial en contraste con heterodoxos abiertos como Hans Küng, en vez de negar abiertamente la doctrina que le molesta se enfoca en superar sus implicancias a nivel "pastoral".

Esto es tristísimo, porque la cuestión se soluciona precisamente a partir de la ortodoxia metafísica y bíblica. Ante todo, lo que el hombre necesita es la liberación del mal, no del sufrimiento. El sufrimiento es consecuencia del mal, que es privación del bien, que a su vez es disminución del ser o en caso extremo pérdida del ser. Lo que yo necesito y quiero es ser mantenido en el ser y ser en plenitud, y eso puede hacerlo solamente el Ser Subsistente, en lo cual concuerdan la metafísica y la Escritura: Dios puede darme el ser, mantenerme en el ser y hacerme ser en plenitud, incluso más allá de las limitaciones intrínsecas a mi propia naturaleza haciéndome partícipe de la suya (2 Pe 1:4), porque en Sí mismo es la absoluta plenitud del Ser, "Yo Soy", Ehyeh (Ex 3:14), y quiere hacerlo porque para nosotros es "Él hace ser", YHWH vocalizado Yahweh (Ex 3:15) [8].

En resumen, el teólogo favorito de Francisco la hizo completa:
1967: niega la verdad sobre Dios.
1974: niega la verdad sobre Jesucristo.
2014: niega la verdad sobre el hombre y sobre la acción de Dios en el hombre.

El último ítem se refiere a negar la indisolubilidad del matrimonio y la posibilidad que Dios nos da por su gracia de vivir de acuerdo a esa verdad.

El conjunto de su obra, en vez de una Suma Teológica, es una Resta Teológica.

Ya el elogio de Francisco al libro "Misericordia" era un signo ominoso de los tiempos que venían para la Iglesia. Porque si yo estoy leyendo un libro y encuentro que el autor se refiere a la inmutabilidad divina diciendo "Pastoralmente, esta concepción de Dios es una catástrofe.", inmediatamente dejo de leer ese libro y lo envío a reciclaje. El elogio al libro era indicio claro de lo que se podía esperar en este pontificado y ahora estamos viendo.

Por otro lado, esa afirmación muestra nítidamente el error intelectual en la raíz de todo este "lío" iniciado por la presentación de Kasper del 20/02/2014, amplificado por las sesiones del Sínodo de 2014 y 2015 y rematado por la reciente exhortación pseudoapostólica: la disociación del bien y la verdad. Para Kasper, el bien de la gente puede procurarse solamente si se deja de lado la verdad, tanto la inmutabilidad divina como la indisolubilidad del matrimonio.

Posición exactamente contraria a: "conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres." (Jn 8:32), así como a la súplica de Jesús al Padre: "Santifícalos en la verdad: tu palabra es la verdad." (Jn 17:17).

Referencias

[1]http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1350729?sp=y

[2]http://w2.vatican.va/content/francesco/es/angelus/2013/documents/papa-francesco_angelus_20130317.html

[3]http://www.ignatius.com/Products/RTC-P/remaining-in-the-truth-of-christ.aspx
Citas en: http://sspx.org/en/remaining-truth-christ

[4]https://books.google.com/books?id=2FsjkfV9VL4C, p. 10.

[5] Walter Kasper, “Gott in der Geschichte”, in "Gott heute: 15 Beiträge zur Gottesfrage", edited by Norbert Kutschki (Mainz: Matthias-Grünewald-Verlag, 1967).
Una descripción del artículo puede leerse en las pp. 7-10 de este libro favorable a Kasper:http://books.google.com/books?id=2FsjkfV9VL4C

[6] Cita de: http://www.dici.org/en/documents/the-new-pastoral-approach-of-cardinal-kasper-to-the-divorced-and-remarried/
También en: http://sspx.org/en/news-events/news/kaspers-new-pastoral-approach-marriage-3886

[7] http://dadun.unav.edu/handle/10171/13392


Visto en:

viernes, 8 de abril de 2016

Dejate tantalizar

La reciente exhortación Amoris laetitia es un documento de 325 parágrafos y 391 notas al pie. A juzgar por la extensión, habría que decir que representa un nuevo pico en el fenómeno de la inflación magisterial. La cantidad de texto es capaz de desalentar a los lectores más entusiastas.
Vistos los anteriores documentos del Pontífice, pareciera estar condenado a lo que un crítico literario dio en llamar “tantalismo”. En efecto, el autor parece continuamente tentado por una búsqueda de adaptación al mundo que origina ornamentación vacua. Está como atado a una segunda naturaleza de ornato palabrero y la realidad cada vez más se le escapa o al menos se desdibuja.
“Y el escritor, tantalizado, a su  vez tantaliza: pronto el lector se percatará que no se encuentra frente a una obra de captación difícil sino ante una solución verbal o una impotencia del espíritu. Así, la ratio última queda oculta por la ornamentación, no aparece; esperamos que la nueva obra lo aporte pero cuando ella adviene es de la misma naturaleza tantálica que la anteriores.
(…) el peligro de esta necesidad de ser tantálico radica en la fórmula que se utiliza para hacerlo: una vez obtenida dicha fórmula se repite hasta el infinito, se fija, se mecaniza, el escritor goza de ella, ella hace gozar al escritor, se convierte en una operación verbal (los griegos la llamaban logorrea), la ornamentación sube a punto y color cada vez más. Al final, su creador se ve ahogado por sus propias consecuencias.”
En cuanto a los contenidos, al menos no hay que lamentar que se haya asumido la doctrina de Kasper. Pero esto no implica que el documento no contenga pasajes ambiguos, circiteristas, abiertos a múltiples interpretaciones contrastantes, consideraciones absurdas, expresiones cutres y algunos errores notables (ejemplo paradigmático, la nota al pie 329).
Seguramente en los próximos días se publicarán muchos comentarios críticos. Nosotros renunciamos desde ya al intento de hacer una exégesis sensata de los peores pasajes de este documento. Porque no disponemos de tiempo. Seguramente otros lo harán mucho mejor.


miércoles, 6 de abril de 2016

Newman y el Papa


Los siguientes dos textos del beato Juan Enrique Newman nos iluminan sobre la actitud que debe tener un católico hacia el Papa: amándolo sin caer en la adulación, defendiéndolo sin dejar de señalar sus errores, obedeciéndolo sin desoír a la conciencia.

Hemos preferido una traducción literal de los textos ya que en castellano corren versiones que no se ajustan al original y que, en uno u otro sentido, llevan a malas interpretaciones. Proveemos asimismo los enlaces a los originales en el magnífico sitio en internet Newman Reader.


Tomado de Cathedra Sempiterna (1852).


Profundamente siento, siempre protestaré, ya que puedo apelar al amplio testimonio de la historia para sostenerme, que, en cuestiones de lo correcto y lo incorrecto, no hay realmente nada más fuerte en todo el mundo, nada devisivo y operativo, que la voz de aquél, a quien se le han confiado las llaves del reino y el cuidado del rebaño de Cristo. La voz de Pedro es hoy, como lo ha sido siempre, una autoridad real, infalible cuando enseña, próspera cuando ordena, siempre llevando la delantera sabiamente y con distinción en su propia provincia, agregando certeza a lo que es probable, y persuasión a lo que es cierto. Antes de hablar, el más santo puede errar; y luego de haber hablado, los más dotados deben obedecer.


Pedro no es un recluso, ni un estudiante abstracto, ni un soñador del pasado, ni un obsesivo con los muertos y ya idos, ni un proyector de lo visionario. Pedro durante ochocientos años ha vivido en el mundo; ha visto todas las fortunas, ha enfrentado a todos los adversarios, se ha conformado a todas las emergencias. Si alguna vez hubo una potencia sobre la tierra que tuvo ojo para los tiempos, que se ha confinado a lo práctico y que ha dado anticipaciones felices, cuyas palabras han sido logros y cuyas órdenes han sido profecías, tal es en la historia de las edades, quien se sienta de generación en generación e la Cátedra de los Apóstoles, como Vicario de Cristo y como Doctor de Su Iglesia.


Un viejo filósofo, habiéndose rehusado a contradecir los argumentos de un emperador, dijo: "No es seguro contradecir al amo de veinte legiones". Lo que Augusto tuvo en el orden temporal, eso, y mucho más, tiene Pedro en el espiritual. ¿Cuándo no estuvo a la altura de la ocasión? ¿Cuándo no se elevó ante una crisis? ¿Contra qué riesgos no se atrevió? ¿Qué sofistería lo engañó? ¿Qué incertidumbres lo perdieron? ¿Cuándo alguna potencia que haya ido a la guerra contra Pedro, material o moral, civilizado o salvaje, y obtuvo la mejor parte? ¿Cuándo todo el mundo se asoció contra él en solitario y no lo encontró demasiado por ellos?


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Tomado de Carta al Duque de Norfolk (1875) (Secc. 5).


Si el Papa llegase a hablar contra la Conciencia en el verdadero sentido de la palabra, cometería un acto suicida. Estaría recortando la tierra bajo sus pies. Su misión propia es proclamar la ley moral y proteger y fortalecer aquella "la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre". Sobre la ley de la conciencia y su sacralidad se basan tanto su autoridad en la teoría como su poder en la práctica. Si tal o cual Papa particular en este mundo malo mantuvo a la vista esta gran verdad en todo lo que hizo, corresponde decirlo a la historia. Estoy considerando aquí al Papado en cuando a su oficio y responsabilidades, y en referencia a quienes reconocen sus pretensiones. No están obligados por el carácter personal o los actos privados del Papa, sino por su enseñanza formal. Así, observando su posición, encontraremos que es por el sentido universal de lo correcto e incorrecto, la conciencia de la transgresión, el dolor de la culpa y el temor de la retribución, como primeros principios profundamente conservados en los corazones de los hombres, es así y sólo así, que él ha puesto un pie en el mundo y logrado sus éxitos. Es su pretensión de venir del Divino Legislador, para evocar, proteger y hacer cumplir sus verdades que el Legislador sembró en nuestras propias naturalezas, es esto y sólo esto lo que es la explicación de su larga vida mayor a lo antediluviano. La protección de la Ley Moral y de la conciencia es su razón de ser. El hecho de su misión es responder a las quejas de aquéllos que sienten la insuficiencia de la luz natural; y la insuficiencia de esa luz es la justificación de su misión.



jueves, 31 de marzo de 2016

¿Un «partido católico»?

J. Vázquez de Mella
Diputado a las Cortes 1893-1916
Un partido confesionalmente católico es aquel cuyos miembros y plataforma están en todo de acuerdo con la doctrina social de la Iglesia. Hay ejemplos históricos con diversidad de resultados imposibles de reseñar ahora. 
Toda reflexión sobre la conveniencia de un partido católico supone algo que ya hemos dicho pero que -a juzgar por algunos comentarios anteriores- no explicamos bien o no termina de entenderse.
Si el acto de votar bajo régimen de sufragio universal es intrínsecamente malo, no puede existir un partido católico que sea moralmente legítimo dentro de tal sistema político.Porque no se puede hacer el mal para que venga el bien (Rom. 3, 8). En este caso, no se puede pedir un medio malo en sí mismo, como sería votar bajo sufragio universal, para lograr el bien derivado del triunfo electoral del partido católico.
- Pero si se diera el caso de un partido 100% católico, compuesto exclusivamente por santos…
- No se puede, el medio es malo en sí mismo; no importa la plataforma, ni la santidad de los candidatos, ni las intenciones, ni los resultados.
- ¿Y si los candidatos fueran Jesucristo, la Virgen, San José, San Fernando, García Moreno?
- No se puede. El medio es objetivamente malo. Nunca lo pedirían.
A esta conclusión se llega con un razonamiento simple:
A)  El acto de votar bajo régimen de sufragio universal es intrínsecamente malo.
B) Un partido político es una asociación de personas que, al presentar candidatos, pide a los ciudadanos el acto de votar.
C) Un partido político es una asociación de personas que pide a los ciudadanos un acto intrínsecamente malo.
En estas circunstancias el partido confesional sería una asociación ilícita por su objeto. Su principal cometido sería instigar a los conciudadanos a realizar actos malos en sí mismos (v. 550.5. 1ª aquí). Vale decir que se pediría al prójimo hacer el mal moral como medio necesario para llegar al poder. Y esto -una vez más- no puede hacerse nunca.

lunes, 28 de marzo de 2016

Carta de un lector

La táctica de victimizarse para convertirse luego en victimario es muchas veces exitosa. 
En el mundo real existe la revisión por pares que los autores sensatos agradecen. En algunos ambientes, tal vez no se haga una lectura crítica por obsecuencia, temor reverencial, tempe-ramento, admiración, conmilitancia o amistad personal. Son motivaciones comprensibles. Pero no menos comprensible es la posición de quienes no abdican de su juicio crítico, porque piensan que es una deriva sectaria colocar a un escritor en el lugar de gurú incuestionable o de Duce que siempre tiene razón.
Publicamos hoy esta carta de un lector. Sin  abrir los comentarios, porque sobre este tema ya se ha dicho lo necesario y bastante más. Es momento de pasar página
Como algunos lectores están interesados en estos temas, trataremos de decir algo en entradas posteriores, pero de manera abstracta y sin personalizar.  

"Neoconismo caponnettiano"
Este neologismo compuesto da cuenta de un fenómeno que se ha manifestado con particular énfasis en estos últimos tiempos, con posterioridad a la difusión del anticipo en versión digital del libro del Dr. Héctor Hernández (H.H.) y la respuesta en forma de carta del Dr. Antonio Caponnetto (A.C.).
Hay una mentalidad que parece coincidir -es más, hasta identificarse- y es la de los más acérrimos seguidores, defensores y justificadores de A.C. y la de los miembros de los grupos neoconservadores ("neocones"). Una nota fundamental de estos grupos es colocar a la autoridad por sobre la verdad (como certeramente sentencia y resume un amigo) y una consecuencia natural es la generación sistemática de "círculos cuadrados", que van surgiendo al intentar dar una justificación a lo no justificable racionalmente.
En un caso, la autoridad cuyos pronunciamientos son siempre y en todo momento infalibles es -fundamentalmente, y en resumidas cuentas- el Papa, obispos y algunos otros como el superior, el director espiritual, etc. En el otro, el lugar del infalible, la "boca de la verdad" es ocupado por A.C.
No es admisible el error en sus pronunciamientos, sea una sentencia heterodoxa propiamente dicha o bien un error menor. No. Hay infalibilidad absoluta y los críticos parten de un sofisma, un engaño, una interpretación maliciosa. Aún los cuestionamientos respetuosos de los textos son vistos como actos de irreverencia y mala fe. Sin importar que los pronunciamientos sean confrontados con otros textos y se prueben errores e incoherencias. Las rebuscadas hermenéuticas estarán a la orden del día para justificar lo que sea, con tal de que no se cuestione la autoridad.
El pecado es disentir, el pecado es objetar. Quien lo hace, se aparta de la "comunión" del grupo, se convierte en cismático o filo-cismático.
En definitiva, para el neoconismo, sea eclesial o en su muy actual vertiente caponnettiana, la autoridad fabrica y expresa la verdad, olvidándose que es su deber servirla.


lunes, 21 de marzo de 2016

Sobre una carta de Antonio Caponnetto


En una bitácora (aquí) se ha publicado una carta del Dr. Antonio Caponnetto. El título y su contenido plantean una dicotomía: dos señores. No se puede servir a dos señores. Obviamente Caponnetto se ubica a sí mismo entre los seguidores del Señor. Los que no comparten su posición, mencionados o aludidos por su carta, sirven al Otro. 
Tiene toda la razón del mundo. Se puede servir a Cristo, el Señor, en su Iglesia; o se puede servir al señor Caponnetto, en sus elucubraciones. Puestos a optar, no tenemos dudas. ¿Nos perdonará por hacer la primera opción? Si supiera cuánto nos importa contar con su aprobación…
Respecto de la carta publicada, nos interesa ahora hacer dos precisiones:
1. San Ezequiel Moreno.
Del texto que hemos citado de San Ezequiel Moreno se siguen dos cuestiones: 1) el hecho: existió una carta pastoral del obispo –que tal vez no fuera la única- en la cual enseña que los buenos católicos deben luchar en el campo electoral; 2) su interpretación: lo razonable es pensar que el santo no vio en tal deber ninguna inmoralidad intrínseca, pues lo malo en sí nunca puede ser objeto de un deber. Lo cual está en armonía con el magisterio pontificio, que en ese tiempo distinguía ya nítidamente doctrina, legislación y régimen político; y que diferenciaba entre el sufragio universal (v. p. 464) como origen del poder político (doctrina errónea y reprobada por la Iglesia) y el sufragio universal como modo de designación de los gobernantes (institución criticable por muchas razones, pero que la Iglesia nunca condenó).
¿Existió el documento? Si se lo niega, hay que probarlo. Pero en las 1231 palabras que Caponnetto dedica a este punto, no afirma ni prueba nada contra la existencia del documento del obispo de Pasto.
Además, la “interpretación” que hace Caponnetto luce inverosímil por poco razonable. Lo que se debe presumir –salvo prueba en contrario- es que el santo conocía y aceptaba el magisterio pontificio (ya que era un obispo, no un logorreico infra-científico) y que lo aplicaba a las particulares circunstancias de su jurisdicción. Que no era tan ignorante de la ciencia moral como para llegar al absurdo de sostener que se debe luchar electoralmente si la conducta es mala en sí misma. Y que terminada la guerra de los mil días, esa “lucha” electoral no podía consistir en incendiar urnas, robarse boletas o hacer fraude electoral (todas conductas inmorales, que no consta que el santo aconsejara) sino la participación a través de partidos políticos dentro de las circunstancias de aquel tiempo.
Las elucubraciones que de todo esto exceden, no se siguen de nuestra entrada y corren por cuenta de quien las hace.
2. Pío XII.
La interpretación que hace Caponnetto del texto del papa Pacelli (completo, aquí) resulta muy llamativa por decir lo menos. El pontífice se ocupó del tema varias veces, siempre de manera clara, aunque no fuera exhaustivo en todas sus intervenciones.
Lo primero que enseña Pío XII es que hay un deber-derecho de votar (deber y derecho son correlativos; si debo hacer algo, tengo derecho a hacer lo debido). Y lo dice en Italia, en 1946, ante un público mayoritariamente femenino. Antes, cuando era cardenal, había encuadrado el deber-derecho de votar en la caridad social y la justicia legal. Como lo enseñaban pacíficamente los teólogos.
Pío XII califica al deber electoral de sagrado. Lo cual Caponnetto parece no comprender. Raro, porque el mismo Pío XII explica en ese documento el fundamento de su carácter sacro: obliga ante Dios; y obliga en conciencia. Nada nuevo, simplemente un eco del texto paulino (Rom 13, 1-7) que enseña que el poder que dimana de Dios y que quien resiste al poder, a Dios resiste, porque el gobernante es ministro de Dios. 
Pero la interpretación que hace del texto del papa Pacelli parece partir de una identificación equivocada entre sagrado y absoluto. Un deber moral puede ser sagrado y no absoluto. El deber de cumplir el precepto dominical es sagrado y no absoluto, pues como todos los deberes morales positivos admite causas excusantes (v. aquí, n. 420.3).
Llama la atención que Caponnetto no aplique aquí la tradicional distinción entre normas morales negativas o prohibitivas (absolutas, sin excepción, como el precepto que veda mentir) y afirmativas o preceptivas (no absolutas, que tienen excepciones, como el precepto de votar). Y decimos esto porque el autor ha citado el manual de Royo Marín en uno de sus libros y el dominico explicaba la doctrina tomista en términos muy claros (v. n. 113.1): “Las leyes afirmativas o preceptivas obligan siempre, pero no en cada momento (v.gr., la ley que manda dar culto a Dios). En cambio, las negativas o prohibitivas obligan siempre y en todo momento (v.gr., la ley de no robar: en ningún momento se puede prescindir de ella)”.
Además, se debe decir que no hay en el texto de Pío XII condiciones de conciencia excesivas para votar por algo católicamente potable. En efecto, en el análisis de la moralidad del voto –y de cualquier acto humano- lo primero es considerar el objeto, que determina su moralidad intrínseca. Y el votar es por su objeto un acto de suyo bueno, pues con este acto se cumple un deber de caridad social y de justicia legal. Pero el análisis de la moralidad del sufragio no se agota en la consideración intrínseca de su objeto. Hay que analizar en un segundo momento, posterior, la intención y el resto de las circunstancias. Y aquí Pío XII agrega la exigencia de votar bien, i.e. por los mejores candidatos. Ninguna novedad, sino doctrina moral tradicional, que se encuentra en Santo Tomás cuando trata acerca de la elección de una persona para un oficio público. Lo que no dice Pío XII en ese documento de 1946 es qué hacer cuando no es posible votar a un candidato digno, porque todos los candidatos son más o menos indignos. Pero la respuesta estaba muy clara en el magisterio previo (v.gr., San Pío X) y en el sentir común de los teólogos (principio de doble efecto). Pío XII volvió a ocuparse del tema en 1948, también para el caso de Italia, aplicando principios de validez universal.