martes, 10 de julio de 2018

Sobre “feminazis”, “bolches” y Cruzadas




“Justo cuando pensé que estaba afuera, me fuerzan a volver.”
(Michael Corleone, en El Padrino, III parte.)
La Iglesia no teme tanto los ardides de sus enemigos, como la ignorancia de sus hijos.”
(San Pío X)
por Ricardo Casuchi.
A propósito del debate por la legalización del aborto en la Argentina, hemos escuchado en este tiempo toda clase de burradas en boca de “los nuestros”. No nos agrada criticar (-nos) pero cuando son algunos de “los nuestros” los que atacan a la buena gente que heroicamente está peleando, a su manera y como mejor sabe, contra la legalización del homicidio intrauterino; mientras “los nuestros” se quedan cómodos en sus casas, con sus revistuchas y sus versitos; alguien tiene que cantar algunas verdades… cantar en cosas de jundamento.
·                     Atacar por izquierda.
Muchos amigos pretenden derribar el mensaje abortista de las aborteras pretendiendo develar que las mismas estarían al servicio de “la derecha”. Esta táctica tiene gravísimos inconvenientes.
En primer lugar, significa creer el cuento de la autoridad ética de la izquierda en general y del progresismo en particular. Excepto algún despistado, ningún zurdo se lo cree. Recordemos que para el marxismo, la ética es parte de la superestructura; por lo tanto, ésta depende de la estructura económica y, como corolario, todo aquello que conduzca a la revolución marxista, será consecuentemente ético. Algunos textos (de cientos) a manera ilustrativa:
Rechazamos todo intento de imponernos ningún dogma moral, cualquiera que sea, como ley eterna, definitiva y siempre inmutable (F. Engels, Anti-Dühring).
Durante el tiempo en que el proletariado tenga necesidad de un gobierno, esa necesidad la tendrá no con el fin de obtener libertad sino con el fin de aplastar a sus adversarios (Engels, Carta a Bebel).
Moral es lo que sirve para destruir a la vieja sociedad explotadora y para unir a todos los que sufren alrededor del proletariado… Nuesta moral está enteramente subordinada a los intereses de la lucha de clases del proletariado (Lenin, Discurso en el III Congreso de la Liga Juvenil Comunista).
Es necesario unir la fidelidad más absoluta a las ideas comunistas con el arte de admitir todos los compromisos prácticos necesarios, las maniobras, los acuerdos, los zigzag, las retiradas, etc.” (Lenin: El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo).
Es la mayor tontería y el utopismo más insensato el creer que el paso del capitalismo al socialismo es posible sin coacción y sin dictadura (Lenin: Las próximas tareas del poder del soviet).
La dictadura del proletariado es un poder que fue conquistado por la fuerza del proletariado contra la burguesía y será mantenido; un poder que no está ligado a ley alguna (Lenin: La revolución proletaria y el renegado Kautsky).
Adicionalmente, se parte del error de creer que el izquierdismo es cosa de pobres, de proletarios, de campesinos; cuando sus teóricos y principales líderes (salvo alguna excepción) han sido miembros de la burguesía o, incluso, de la aristocracia. Empezando por Marx y Engels, siguiendo por Lenin y Trotsky, finalizando en Fidel Castro y “el Che” Guevara. Pero, además, es erróneo creer que los grandes capitales no son “de izquierda”; menos aún en estos tiempos. Recomendamos escuchar la deposición de Mark Zuckerberg, creador de Facebook, ante el Congreso estadounidense, donde reconoce que Silicon Valley es progresista.
En particular, el progresismo, versión decadente del marxismo, es un síntoma mental de fracasados, envidiosos y resentidos que están siempre “moralmente indignados” por las “injusticias” (reales o supuestas) que se cometen… cuanto más lejos mejor. El hecho de que siempre haya algo de qué quejarse para poder proyectar la propia angustia existencial hace que no deban asumir su realidad inmediata. El problema es que, a veces, la realidad se impone y, entonces, no les queda remedio más que recurrir a la mentira (para lo que no tienen ningún problema) y así “los fetos no componen poemas”, “hay vidas que valen más que otras”, etc.
El problema es que estas gentes son muy hábiles en abusar de la buena educación de los demás. Como decía un buen amigo español, “perdedles el respeto; mandadles a la mierda.”
·                     No son “feminazis” sino “femibolches”.
Parecería que a algunos “camaradas” les molesta que se pretenda correr a las feministas radicales con sus métodos violentos, mentirosos y chabacanos diciéndoles “nazis”. En primer lugar, porque consideran que “nazi” es denigrante hacia los “nacionalsocialistas”, cuando en realidad es un forma típica alemana de resumir palabras largas, del mismo modo que los franceses dicen “catho” en vez de “catholique“.
En segundo lugar, porque en algún lugar leyeron que el nazismo prohibió el aborto. Lo cual no es del todo cierto. De hecho, la ley del 14 de julio de 1933 preveía el aborto y la esterilización obligatorias en casos de ciertas enfermedades hereditarias que, pronto, fueron ampliándose. Además, con sólo afirmar que alguno de los padres contaba con una enfermedad genética, cualquier mujer podía pedir que le practicasen un aborto sin ninguna prueba.
No está de más recordar que, en su Zweites Buch de 1928, Hitler alaba la política de Esparta de aniquilación de los niños enfermos, deformes y débiles.
Será recién en 1943, y más de tres años de comenzada la Segunda Guerra Mundial, que la Alemania nazi prohibirá (con pena de muerte) el aborto de hijos de padres “arios”.
En tercer lugar, nos dicen que hacer esto es un caso de la falacia conocida como “reductio ad hitlerum”. Lo cual sería correcto si se tratara de que uno descalifica al oponente en un debate acusando sus argumentos de “nazis”. Pero no es éste el caso. Al calificar de “feminazis” a las feministas radicales estamos señalando la (supuesta) contradicción entre su cháchara “antifascista” y sus métodos intimidatorios y amedrentatorios (típicamente utilizados por los camisas pardas de la S.A. nazi en Alemania durante las décadas del ’20 y del ’30, según las directivas emitidas por su líder Ernst Röhm en varias oportunidades).
Cuando les decimos “feminazis”, las hacemos rabiar hasta lo indecible. (“Femibolches” hasta sería un piropo.) Razón de sobra para decirles una y mil veces: “¡feminazis!” (Y que los “camaradas” molestos, sigan navegando en Internet.)
·                     Guerra justa contra los aborteros
Hemos escuchado recientemente en la presentación de una conferencia a uno de los principales referentes del nacionalismo argentino decir que más que ir a manifestarse al Congreso, un caudillo debió saltar las vallas y matar “en guerra justa” (sic) a los aborteros.
En primer lugar, habría que ver si se cumplen las condiciones o justos títulos que la doctrina católica tradicional prevé para poder decir que cierta guerra es justa o no.
Santo Tomás (S. Th., II-II, q. 40, a. 1):
Tres cosas se requieren para que sea justa una guerra. Primera: la autoridad del príncipe bajo cuyo mandato se hace la guerra. No incumbe a la persona particular declarar la guerra, porque puede hacer valer su derecho ante tribunal superior; además, la persona particular tampoco tiene competencia para convocar a la colectividad, cosa necesaria para hacer la guerra. Ahora bien, dado que el cuidado de la república ha sido encomendado a los príncipes, a ellos compete defender el bien público de la ciudad, del reino o de la provincia sometidos a su autoridad. Pues bien, del mismo modo que la defienden lícitamente con la espada material contra los perturbadores internos, castigando a los malhechores, a tenor de las palabras del Apóstol: No en vano lleva la espada, pues es un servidor de Dios para hacer justicia y castigar al que obra mal (Rom 13,4), le incumbe también defender el bien público con la espada de la guerra contra los enemigos externos. Por eso se recomienda a los príncipes: Librad al pobre y sacad al desvalido de las manos del pecador (Sal 81,41), y San Agustín, por su parte, en el libro Contra Faust. enseña: El orden natural, acomodado a la paz de los mortales, postula que la autoridad y la deliberación de aceptar la guerra pertenezca al príncipe.
Se requiere, en segundo lugar, causa justa. Es decir, que quienes son atacados lo merezcan por alguna causa. Por eso escribe también San Agustín en el libro Quaest.: Suelen llamarse guerras justas las que vengan las injurias; por ejemplo, si ha habido lugar para castigar al pueblo o a la ciudad que descuida castigar el atropello cometido por los suyos o restituir lo que ha sido injustamente robado.
Se requiere, finalmente, que sea recta la intención de los contendientes; es decir, una intención encaminada a promover el bien o a evitar el mal. Por eso escribe igualmente San Agustín en el libro De verbis Dom.: Entre los verdaderos adoradores de Dios, las mismas guerras son pacíficas, pues se promueven no por codicia o crueldad, sino por deseo de paz, para frenar a los malos y favorecer a los buenos. Puede, sin embargo, acontecer que, siendo legítima la autoridad de quien declara la guerra y justa también la causa, resulte, no obstante, ilícita por la mala intención. San Agustín escribe en el libro Contra Faust.: En efecto, el deseo de dañar, la crueldad de vengarse, el ánimo inaplacado e implacable, la ferocidad en la lucha, la pasión de dominar y otras cosas semejantes, son, en justicia, vituperables en las guerras.
Por su parte, el Catecismo de la Iglesia Católica afirma:
Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante decisión somete a esta a condiciones rigurosas de legitimidad moral. Es preciso a la vez:
—Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.
—Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.
—Que se reúnan las condiciones serias de éxito.
—Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición.
Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada de la “guerra justa”.
La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común.
Evidentemente, varias de estas condiciones no se estaban cumplidas aún si un “caudillo” (sic) se hubiese presentado el miércoles 13 de junio de 2018 por la noche frente al Congreso llamando a los que allí estábamos presentes a saltar las vallas y atacar a los aborteros.
No podemos, finalmente, preguntarnos por qué dicho líder nacionalista no se presentó él o, mejor, no atacó él, aunque estuviese solo o con un pequeño grupo y fuese reducido o directamente eliminado, ¿no dice San Bernardo que el que muere en guerra justa es como un mártir y que, por lo tanto, va directo al Cielo?
Quam gloriosi revertuntur victores de praelio! quam beati moriuntur martyres in praelio! Gaude, fortis athleta, si vivis et vincis in Domino: sed magis exsulta et gloriare, si moreris et jungeris Domino.
Coherencia, por favor.
En general no nos preocupa perder el tiempo desmintiendo los argumentos “barrederos” (Castellani dixit) de cierto nacionalismo siempre exaltado; pero cuando éstos son usados contra “los amigos” y tienen como resultado inmediato la desmovilización de los buenos católicos, nos vemos obligados a salir de nuestro ostracismo para hablar y poner puntos sobre íes.
Visto en:


jueves, 5 de julio de 2018

Castiga con los pecados


Dios es infinitamente justo y a veces castiga con los pecados. No los quiere pero permite que sucedan. Así lo expresaba Francisco de Quevedo en su obra Execración contra los judíos (aquí).
«De dos maneras ha castigado Dios Nuestro Señor siempre y de entrambas nos castiga: la una es castigar los pecados; la otra, castigar con los pecados. No sé si acierto en temer la postrera por mayor, pues cuanto es peor el pecado que el castigo, tanto es peor castigo el pecado. Castiga Dios nuestras culpas con permitir que nuestros regocijos sean nuestras lágrimas; lo que se vio en dos fiestas de toros en la Plaza, adonde, en la primera, quemándose de noche hasta los cimientos una acera, no pereció nadie, y la segunda, no cayéndose nada ni ardiéndose una madera, murieron miserablemente tantas personas. Castiga Dios con permitir en Cádiz que nuestros puertos sean cosarios de nuestras mercancías y las anclas de nuestros navíos sus huracanes.(1) Da a los rebeldes las plazas en Flandes. Da la flota, sin resistencia nuestra ni gasto de pólvora, a los herejes. Entrégales en el Brasil los lugares y puertos y las islas. Ábreles paso a Italia. Dales victorias en Alemania y socorros. Castigos son de Su mano, satisfacciones son de Su ira grandes y dolorosas. Mas, permitir que en la corte de V.M. azoten y quemen un crucifijo, que repetidamente fijen en los lugares públicos y sagrados carteles contra Su Ley sacrosanta y solamente verdadera, esto es castigar con los pecados. Y pecados tales, que en esta vida no pueden tener proporcionado castigo.(2)
Señor, el vernos castigados de la mano de Dios no debe afligirnos, sino enmendarnos, porque su azote más tiene, por su bondad, de advertencia que de pena. Así lo enseña el grande doctor y padre San Agustín: "Quien se alegra con los milagros de los beneficios, alégrese en los espantos de las venganzas, porque halaga y amenaza. Si no halagara, no hubiera alguna exhortación; si no amenazara, no hubiera ninguna corrección"
Todas nuestras calamidades referidas las hallo una por una contadas en Nahum profeta con la causa dellas (cap.3): "La voz del azote, la voz del ímpetu de la rueda, la del caballo que gime, la del caballero que sube, la de la espada que reluce, la de la lanza que fulmina, la de la multitud muerta y de la ruina grande; no tienen los cadáveres fin y se precipitarán en sus cuerpos por la multitud de las fornicaciones de la ramera hermosa y favorecida, y que tiene hechizos, que vende las gentes en sus fornicaciones y las familias en sus hechicerías". Podrán otros hallar estas señas de la ramera, por la hermosura, valimiento y hechizos, bien parecidas a otra cosa. Empero, yo reconozco ser esta ramera la nación hebrea con la autoridad de Isaías (cap.1): "¿Cómo se ha vuelto ramera la que era ciudad fiel, llena de juicio?" Por ella, Señor, y por sus prevaricaciones , temo que hemos oído en Italia, Flandes y Alemania, todas las voces referidas, pues nos han gritado el azote, la rueda, el caballo, el caballero, la espada, la lanza y la multitud de difuntos, pronunciando horror con los cadáveres y escribiendo de espanto con güesos sangrientos las campañas.»
__________
(1) Se refiere Quevedo a las incursiones de corsarios en las posesiones españolas de Ultramar. A diferencia de la simple piratería, la patente de corso significaba, en la práctica que el navío debía entregar una parte del botín a la Corona o el pabellón de que era oriundo el barco y la tripulación.
(2) Hacia 1633 se fijaron unos carteles en todo Madrid que fueron atribuidos supuestamente a los judíos, donde se daban loas a la ley de Moises y muerte a la de Cristo. Este hecho parece ser el punto de arranque del presente Memorial dirigido al monarca.

viernes, 29 de junio de 2018

Newman: la religión de los fariseos (y2)



Ahora bien, nuestra época está tan apartada en distancia como en carácter de la del filósofo griego. Aún así, ¿quién dirá que la religión que impulsa es muy diferente de la religión de los paganos? Por supuesto, comprendo bien que pueda saber y que quiera decir muchísimas cosas ajenas y contrarias al paganismo. Estoy bien enterado de que la teología de esta época es muy diferente de lo que fue hace dos mil años. Conozco hombres que profesan muchísimo y se jactan de ser cristianos, y hablan del cristianismo como una religión del corazón. Pero si dejamos a un lado las palabras y declaraciones, y tratamos de descubrir lo que es su religión, me temo que encontraremos que la gran masa de hombres de hecho se desembarazan de toda religión que es interior, que no ponen énfasis en los actos de fe, esperanza y caridad, en la simplicidad de intención, en la pureza de las motivaciones, o en la mortificación de los pensamientos, que se limitan a dos o tres virtudes, superficialmente practicadas, que no conocen las palabras contrición, penitencia y perdón, y que piensan y arguyen que, después de todo, si un hombre cumple con su deber en el mundo, de acuerdo a su vocación, no fallará en irse al cielo, por poco o mucho que pueda hacer además en otros asuntos, y puede hacer lo que es indudablemente ilícito. De este modo, el deber de un soldado es la lealtad, la obediencia y el valor, puede dejar que otros asuntos sigan su suerte; el deber de un comerciante es la honestidad, el de un artesano la industria y el contento; de un caballero se requiere la veracidad, la cortesía y la dignidad; de un hombre público la ambición de altos principios; de una mujer las virtudes domésticas; de un ministro de la religión el decoro, la benevolencias y alguna actividad. Pero todos estas cosas son ejemplos de mera excelencia farisaica, porque no hay percepción de Dios Todopoderoso, ninguna intuición de Sus reclamos respecto a nosotros, ningún sentido de los defectos de la creatura, ninguna condena, confesión o deprecación de sí, nada de esos sentimientos profundos y sagrados que siempre han caracterizado la religión de un cristiano, y cada vez más, y no cada vez menos, a medida que él sube desde la obediencia ordinaria a la perfección de un santo.
Digo que tal es la religión del hombre natural en cualquier época y lugar: a menudo muy bella en la superficie pero sin valor a la vista de Dios, buena en cuanto anda pero sin valor ni esperanza porque no va más allá, pues está basada en la autosuficiencia y termina en autosatisfacción. Concedo que puede ser bello mirarla, como en el caso del joven gobernante a quien nuestro Señor miró y amó, pero lo despidió triste. Puede tener toda la delicadeza, la amabilidad, la ternura, el sentimiento religioso, y la bondad que se ve en muchos padres de familia, en muchas madres, en muchas hijas, a lo ancho y largo de estos reinos, en una era refinada y distinguida como esta, pero aún así la rechaza el corazón penetrante de Dios, pues tales personas caminan guiadas por su propia luz, no por la Verdadera Luz de los hombres, porque el yo es su maestro supremo, y porque dan vueltas en el pequeño círculo de sus propios pensamientos y juicios, indiferentes a conocer lo que Dios les dice, y sin temor de ser condenados por Él, sólo aprobados a sus propios ojos. Y entonces reciben la fuerza de esas terribles palabras, dichas no a un gobernante judío ni a un filósofo pagano, sino a una comunidad cristiana caída, a los cristianos farisaicos de Laodicea: “Tú dices: ‘Soy rico; me he enriquecido; nada me falta’; y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas, vestido blancos para que te cubras, y no quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez, y un colirio para que te des en los ojos y recobres la vista. Yo a los que amo, los reprendo y corrijo. Sé, pues, ferviente y arrepiéntete” (Apoc 3, 17-19).
Sí hermanos, la ignorancia de nuestro entendimiento, nuestra ceguera espiritual, nuestro destierro de la presencia de Quien es la fuente y la regla de toda Verdad, son la causa de esta religión exigua y sin corazón de la cual los hombres están generalmente tan orgullosos. Si tuviéramos alguna intuición apropiada de las cosas como son, alguna comprensión real de Dios como es, o como somos nosotros, nunca nos atreveríamos a servirle sin temor, o gozar ante Él sin temblor. Y es la remoción de este velo que se extiende entre nuestros ojos y el cielo, es el torrente de la gracia iluminadora del Nuevo Testamento que se derrama sobre el alma, lo que hace a la religión de los cristianos tan diferente de los distintos ritos y filosofías humanas que se difunden sobre la tierra. Solamente los santos católicos confiesan el pecado, porque sólo ellos ven a Dios. Ese tremendo Espíritu Creador, del cual tanto habla la epístola de hoy, es el que introduce en la religión la verdadera devoción, el verdadero culto, y cambia a los fariseos autosatisfechos en publicanos autoabatidos de corazón desgarrado. Es la visión de Dios, revelada al ojo de la fe, lo que nos hace odiosos a nosotros mismos por el contraste que encontramos al presentarnos ante ese gran Dios a quien miramos. Es la visión de Él en su infinita gloria, santísimo, hermosísimo y perfectísimo, lo que nos hace hundir en la tierra con desprecio y aborrecimiento de nosotros mismos. Estamos contentos con nosotros mismos hasta que le contemplamos a Él.
¿Por qué es tan preciso y bien definido el código moral del mundo? ¿Por qué es tan calmo el culto de la razón? ¿Por qué era tan gozosa la religión del paganismo clásico? ¿Por qué es tan agraciado y correcto el marco de toda la sociedad civilizada? ¿Por qué, por otra parte, hay tanta emoción, tantos sentimiento conflictivo y alterno, tanto que es elevado y tanto que es abatido, en la devoción del cristianismo? Es porque el cristiano, y solamente el cristiano, tiene la revelación de Dios, porque tiene en su mente, en su corazón y en su conciencia, la idea de alguien que es Autodependiente, Eterno e Incomunicable. Sabe que Uno sólo es santo, y que sus propias creaturas son tan frágiles en comparación a Él que se acabarían y se esfumarían en Su presencia si no las sostuviera con Su poder. Sabe que existe Uno cuya grandeza y santidad no están afectadas, ni el centro de su estabilidad movido, por la presencia o la ausencia de toda la creación con sus innumerables seres y partes; Uno a quien nada puede tocar, nada puede hacer crecer o disminuir; Uno que era tan poderoso antes de hacer los mundos como desde entonces, y tan sereno y bienaventurado desde que los hizo como antes de haberlos hecho. Sabe que su propia felicidad, su propia santidad, su propia vida, y esperanza, y salvación, residen en las manos de Un solo Ser. Sabe que hay Uno a quien le debe todo, y contra quien no puede tener garantía o remedio. Todas las cosas son nada delante de Él; los seres más elevados no hacen sino adorarle más; los seres más santos son tales sólo porque tienen mayor parte en Él.
¿Qué tiene ahora para enorgullecerse cuando considera su pasado? ¿Adónde se ha ido toda esa belleza que hasta ahora pensaba tener? ¿Qué es sino un vil reptil que debiera desaparecer de las luz del día? Este fue el sentimiento de San Pedro cuando tuvo al principio aquel vislumbre de la grandeza de su Maestro, y clamó casi fuera de sí: “Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador” (Lc 5, 8). Fue el sentimiento del santo Job, aunque había servido a Dios por tantos años y había sido tan perfecto en la virtud, y le dijo al Todopoderoso que le había contestado desde la tempestad: “Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza” (Job 42, 5-6). Y así fue con Isaías cuando tuvo la visión del serafín y dijo: “¡Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros, y entre un pueblo de labios impuros habito, y he visto con mis ojos al rey, Señor de los ejércitos!” (Is 6,5). Y así fue con Daniel, cuando, incluso a la vista de un ángel enviado por Dios “estaba sin fuerzas, se demudó su rostro, desfigurado, y quedó totalmente sin fuerzas” (Dan 10, 8). Esta es la razón, hermanos, de porqué todos los hombres, cualquiera sea su grado de santidad, hijo pródigo o santo maduro, dice con el publicano “Señor, ten piedad de mí” (Lc 18, 13), de por qué las naturalezas creadas, superiores o inferiores, están todas en un nivel de visión en comparación del Creador, y todas ellas tienen un solo discurso, sea el ladrón en la cruz, Magdalena en la fiesta, o San Pablo antes de su martirio. No es que uno de ellos no pueda tener lo que otro no tiene, sino que todos y cada uno no tienen nada que no venga de Él, y no son nada ante Él, que es todo en todos.
Queridos hermanos, para nosotros, cuyas obligaciones residen en esta sede de estudios y ciencia, que nunca nos entusiasmemos por una indebida afición a alguna rama de estudios humanos, como para olvidar que nuestra verdadera sabiduría, nobleza, y vigor, consiste en el conocimiento de Dios Todopoderoso. La naturaleza y el hombre son nuestros estudios, pero Dios es más grande que todo. Es fácil perderlo en Sus obras. Es fácil llegar a estar demasiado atados a nuestra propia ocupación, a ponerla en lugar de la religión, y que sea el combustible de nuestro orgullo. Nuestros logros seculares no nos aprovecharán nada, si no están subordinados a la religión. El conocimiento del sol, la luna y las estrellas, de la tierra y sus tres reinos, de los clásicos, o de la historia, no nos llevarán al cielo. Debemos dar “Gracias a Dios” de no ser como los iletrados y torpes, pero aquellos a quienes despreciamos, si solo saben pedir la misericordia de Dios, saben lo que es mucho más a propósito para lograr el cielo, que todas nuestras letras y nuestra ciencia. Que este sea el espíritu con el cual finalizamos nuestro curso. Agradezcamos a Él por todo lo que ha hecho, y está haciendo, por nosotros, y que nada de lo que sabemos o podemos hacer nos impida adoptar, personal e individualmente, las palabras del gran Apóstol: “Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, y el primero de ellos soy yo” (1 Tim 1, 15).


miércoles, 20 de junio de 2018

Newman: la religión de los fariseos (1)


Reproducimos en esta entrada y la próxima, un sermón del B. J. E. Newman predicado en la iglesia de la Universidad Católica de Irlanda (10º domingo después de Pentecostés, 1856), titulado La religión de los fariseos, la religión de la humanidad. La traducción es de Fernando M. Cavaller y fue publicada en la revista Newmaniana.
Estas palabras ponen ante nosotros lo que puede llamarse la señal característica de la religión cristiana, en contraste con las distintas formas de culto y escuelas de creencia que en los primeros y últimos tiempos se han difundido por la Tierra. Son una confesión del pecado y una oración por la misericordia. No es que la noción de trasgresión y de perdón fuera introducida por el cristianismo y sea desconocida más allá de sus límites; por el contrario, se observa que es más o menos común a todas las creencias los símbolos de culpa y corrupción y los ritos de deprecación y expiación. Pero lo que es peculiar a nuestra fe divina, así como al judaísmo anterior a ella, es que la confesión del pecado forma parte de la idea acerca de la más alta santidad, y que sus fieles modelos y los verdaderos héroes de su historia son solamente redimidos, transgresores restaurados, y sólo pueden ser eso, y abrigan en sus corazones la memoria eterna de serlo, y llevan al cielo con ellos la confesión extática de serlo. Semejante confesión no es simplemente la congoja de los labios del neófito, o del caído, no es sólo el llanto de la tendencia común de los hombres que están combatiendo con el oleaje de tentaciones en el ancho mundo. Es el himno de los santos, es la oda triunfal resonando desde las arpas celestiales de los bienaventurados ante el Trono, que cantan a su Divino Redentor: “Tú fuiste degollado, y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación” (Ap 5,9)
Y lo que es para los santos en el cielo un tema de acción de gracias sin fin, es mientras están todavía en la tierra un asunto de perpetua humillación. Cualquiera sea su progreso en la vida espiritual, nunca dejan de estar arrodillados, nunca de golpear sus pechos, como si el pecado pudiese ser extraño a ellos mientras están la tierra. Incluso nuestro Señor mismo, el Hijo de Dios mismo en su humana naturaleza, e infinitamente separado del pecado, e incluso su Madre inmaculada, llena de su gracia desde el primer instante de su existencia, y sin parte alguna de la mancha original, aún ellos, como descendientes de Adán, fueron sometidos por lo menos a la muerte, el directo y enfático castigo por el pecado. Mucho más, hasta los más favorecidos de esa gloriosa compañía a quienes El ha lavado con su sangre, nunca olvidan lo que fueron por nacimiento, y confiesan todos y cada uno que son hijos de Adán y de la misma naturaleza que sus hermanos, llenos de debilidades mientras estuvieron en la Tierra, cualesquiera haya sido la gracia que recibieron y el progreso propio correspondiente. Otros pueden levantar los ojos hacia ellos, pero ellos los levantan hacia Dios, otros pueden hablar de sus méritos pero ellos sólo hablan de sus defectos. Jóvenes, viejos y maduros, el que menos pecó y el que más se arrepintió, la frente pura e inocente y la cabeza cana, todos se unen en esta única letanía: “Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador” (Lc 18,13). Así fue con San Luis Gonzaga, con San Ignacio, con Santa Rosa, la más joven de las santas, que en su niñez sometía su tierno cuerpo a las penitencias más asombrosas, así fue con San Felipe Neri, uno de los que más vivieron, que cuando alguien lo alababa gritaba “¡Fuera de aquí, yo soy un demonio, no un santo!”, y cuando iba a comulgar declaraba ante el Señor que él “no era bueno para nada, sino para hacer el mal”. Semejante autopostración, digo, es la verdadera divisa y señal de un servidor de Cristo, y esto está contenido en sus mismas palabras cuando dice: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,13), y está solemnemente reconocido e inculcado por Él en las palabras que siguen al texto que comentamos: “Porque el que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado” (Lc 18, 14).
Veis, hermanos, que esto es muy distinto de ese mero reconocimiento general de la culpa humana, y de la necesidad de expiación, contenidos en aquellas religiones antiguas y populares que han ocupado antes, o todavía ocupan, el mundo. En ellas la culpa es atribuida a individuos, a lugares particulares, a acciones particulares de las naciones, a cuerpos políticos, o sus gobernantes, para quienes, en consecuencia, es necesaria una purificación. O es la purificación del fiel, no tan personal como ritual, antes de que haga su ofrenda, como acto introductorio a su culto religioso. Todas estas prácticas son ciertamente residuos de la verdadera religión, señales y testigos de la misma, útiles tanto en sí mismas como en su significado, pero no se llegan a la explicitación y plenitud de la doctrina cristiana. “No hay ningún hombre justo”. “Todos han pecado y necesitan la gloria de Dios”. “No por sus obras de justicia que hemos hecho, sino de acuerdo a Su misericordia”.
Los discípulos de otros cultos y filosofías pensaron y piensan que la mayoría son ciertamente malos y buenos unos pocos. Cuando sus pensamientos pasaron de la multitud ignorante y errada a los especímenes selectos de la humanidad, dejaron atrás la noción de culpa y se imaginaron una idea de verdad y sabiduría, perfección, indefectibilidad y autosuficiencia. Era un suerte de virtud sin imperfección, que daba placer contemplarla, que no necesitaba nada, y que estaba segura de la recompensa por su propia excelencia interna. Sus descripciones e historias de hombres buenos y religiosos son a menudo bellas, y admiten una interpretación instructiva, pero en sí mismas tienen esta gran mancha: no hacen mención del pecado y hablan como si la vergüenza y la humillación no fuesen propiedades de los virtuosos.
Les voy a recordar, hermanos, una historia muy bella que habéis leído en un escritor de la antigüedad, y cuanto más bella es más apta es para mi actual propósito, porque su defecto aparecerá más intensamente por contraste, el defecto de enseñar en cierto sentido la piedad pero no la humildad. Cuando el salmista quiere describir al hombre feliz dice: “Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado: dicho el hombre a quien el Señor no le apunta el delito” (Sal 31,1) Tal es la bendición del Evangelio. ¿Pero cuál es la bendición de las religiones del mundo? Un célebre sabio griego visitó una vez a un próspero rey de Lidia, quien, después de mostrarle toda su grandeza y su gloria, le preguntó a quién consideraba haber recibido la herencia más feliz entre todos los hombres que había conocido. El filósofo, pasando por alto al mismo monarca, nombró a un compatriota suyo que realizaba la idea típica de perfección humana que él tenía. Dijo que el más bendito de los hombres era Tellus de Atenas, porque vivió en una ciudad floreciente, y fue próspero en sus hijos y en sus familias, y después, al final, cuando sobrevino la guerra con un país limítrofe, ocupó su lugar en la batalla, repelió al enemigo, y murió gloriosamente, siendo sepultado donde cayó a expensas del estado y recibiendo honores públicos. Cuando el rey le preguntó a Solón quién venía después según su juicio, el sabio siguió nombrando dos hermanos, campeones en los deportes, que, como los bueyes no aparecían, llevaron hasta el templo a su madre, que era sacerdotisa, ante la gran admiración de la multitud reunida, y ella, que pedía para ellos el mejor premio posible, después del sacrificio y el festín, se acostó en el templo y nunca más se levantó. Nadie puede negar la belleza de estas pinturas, y es por esa razón que las selecciono. Son pinturas de hombres que no se supone hayan tenido alguna gran cuenta que saldar con el cielo, que tuvieron deberes sencillos, como pensaban, y los cumplieron.
Quizás me preguntaréis si esta idea pagana de la religión no es realmente más elevada que la que he llamado preeminentemente cristiana, porque obedecer en simple tranquilidad y confianza despreocupada es, por cierto, el  estado más noble que se pueda concebir en la creatura y el culto más aceptable que ella pueda dar al Creador. Sin duda es el culto más noble y más aceptable, tal ha sido siempre el culto de los ángeles, tal es ahora el culto perfecto de los espíritus de los justos, tal será el culto de toda la compañía de los glorificados después de la resurrección general. Pero nos ocupamos en considerar el estado actual del hombre, tal como se encuentra en este mundo, y digo que, considerando lo que él es, cualquier nivel de obligación que no lo condene a múltiples pecados reales y a la incapacidad de agradar a Dios con su propia fuerza, es falso. Y cualquier regla de vida que lo lleve a estar satisfecho consigo mismos, sin temor, sin ansiedad, sin humillación, es engañosa, es el ciego guiando otro ciego. Pero tal es, de una forma u otra, la religión de la tierra entera, más allá de los límites de la Iglesia.
La conciencia natural del hombre, si está cultivada desde dentro, si está iluminada por aquellas ayudas externas que en diverso grado se le dan en cada lugar y tiempo, le enseñaría mucho de su deber con Dios y con el hombre, y le llevaría adelante, con la guía de la Providencia y de la gracia, hacia la plenitud del conocimiento religioso. Pero, hablando en general, él se contenta con que le diga muy poco, y no hace esfuerzos para obtener criterios más justos que los que tenía al principio acerca de sus relaciones con el mundo que le rodea y con su Creador. Por eso comprende parte, y sólo parte, de la ley moral, apenas tiene idea alguna de la santidad, y en lugar de referir las acciones a su origen, que es el motivo, y juzgarlas por eso, las mide en gran parte por sus efectos y su aspecto exterior. Tal es la forma de actuar de multitud de hombres en todas partes y en todo tiempo. No ven la imagen de Dios Todopoderoso ante ellos, y no se preguntan qué quiere Él, pero si lo hicieran alguna vez comenzarían a ver cuánto les pide y se acercarían a Él seriamente, tanto para ser perdonados por lo que hicieron mal como para poder obrar mejor. Y por la misma razón de que no le agradan triunfan en agradarse a sí  mismos. Pues ese grupo de deberes tan encogido y defectuoso, que no cumple la ley de Dios, es justamente lo que pueden realizar, o, mejor aún, lo que eligen y cumplen, porque pueden cumplirlo. Por eso, se hacen autosatisfechos y autosuficientes, y piensan que saben justo lo que deben hacer, y que eso es todo, y en consecuencia están muy contentos consigo mismos y valoran muy alto sus méritos, y no tienen ningún temor de un futuro escrutinio de su conducta que les pueda acontecer, pues su religión reside principalmente en ciertas observancias externas, y no muchas.
Así era con el fariseo en los tiempos del Evangelio. Se miraba a sí mismo con gran complacencia, por la misma razón de que era tan bajo el nivel, y tan angosto el campo que le asignaba a sus obligaciones hacia Dios y hacia los hombres. Usaba, o abusaba, de las tradiciones en las cuales había sido educado, con el propósito de persuadirse que la perfección reside meramente en responder a las demandas de la sociedad. Por cierto, afirmaba dar gracias a Dios, pero difícilmente comprendía la existencia de sus obligaciones directas para con su Creador. Pensaba que hacía todo lo que Dios pedía si satisfacía la opinión pública. Ser religioso, en el sentido farisaico, era estar en paz con los demás, compartir las cargas de los pobres, abstenerse de los grandes vicios, y dar buen ejemplo. Sus limosnas y ayunos no estaban hechos en penitencia sino porque el mundo lo solicitaba; la penitencia habría implicado la conciencia de pecado, con lo cual solamente los publicanos, y los que eran como ellos, tenían algo para ser perdonados. Estos eran los marginados de la sociedad y despreciados, pero no había nada contra hombres de mentalidad bien regulada como la del fariseo, hombres de buena conducta, decorosos, consecuentes y respetables. El agradecía a Dios ser fariseo y no un penitente.
Así eran los judíos en tiempos de nuestro Señor, y así eran y habían sido los paganos. No quiero afirmar que era común para los pobres paganos observar ni siquiera alguna regla religiosa, sino que estoy hablando de los pocos y de los de mejor suerte, y estos por los general se relacionaban con la religión como el fariseo, quizás más bella y poéticamente, pero no más profunda o verdaderamente que él. Los paganos no ayunaban ni hacían limosnas, ni cumplían los preceptos que ordenaba el judaísmo. Arrojaron un vestido filosófico sobre sus pobres observancias, y las embellecieron con los refinamientos de un intelecto cultivado. Aún así, su noción del deber moral y religioso era tan superficial como el de los fariseos, y, como en éstos, estaba ausente el sentido de pecado, el hábito de la negación de sí mismo, y el deseo de contrición. Idearon un código moral que podían obedecer sin problema, satisfechos del mismo y consigo mismos. Para Jenofonte, uno de los mejor fundados y más religiosos de sus escritores, que había visto muchísimo del mundo y tuvo la oportunidad de reunir los pensamientos más elevados de muchas escuelas y países, la virtud consiste principalmente en regir los apetitos y las pasiones, y en servir a otros para que ellos puedan servirnos a nosotros. Dice, en la bien conocida fábula llamada la elección de Hércules, que el vicio no disfruta realmente de aquellos placeres a los que apunta, que come antes de tener hambre, bebe antes de tener sed, y duerme antes de estar cansado. Nunca escucha, dice, la más dulces de las voces, su propio elogio. Nunca ve el más grande de los lujos, sus propios actos buenos. Debilita el cuerpo del joven y el intelecto del viejo. Por otro lado, la virtud recompensa a los jóvenes con la alabanza de sus mayores, y recompensa a los mayores con la reverencia de los jóvenes, y les otorga memorias agradables y paz actual, les asegura el favor del cielo, el amor de los amigos, la gratitud de la nación, y cuando llega la muerte un renombre eterno. En todas estas descripciones, la virtud es algo externo, no tiene que ver con motivos o intenciones, se ocupa de hechos que atañen a la sociedad y que obtienen la alabanza de los hombres, tiene poco que ver con la conciencia y el Señor de la conciencia, y no sabe nada acerca de la vergüenza, la humillación, y la penitencia. Es en sustancia la religión del fariseo, aunque sea más agraciada e interesante.

martes, 12 de junio de 2018

Todos podemos cooperar

Con nuestra oración, nuestros sacrificios, principalmente ofreciendo el Santo Sacrificio de la Misa, haciéndonos presentes, actuando de diversas maneras. Cada uno, según sus dones y posibilidades, puede contribuir a que una ley manifiestamente inicua no sea aprobada por el Congreso de la República Argentina. 


jueves, 31 de mayo de 2018

El ascenso de los autócratas


 El ascenso de los autócratas.
Por Pat Buchanan*.
Hace un par de semanas, Viktor Orban y su partido Fidesz consiguieron bancas suficientes en el parlamento húngaro como para reformar la constitución del país. Para los progresistas de todo el Occidente ésta fue una noticia inquietante. Porque la bte noire de la campaña de Orban fue el ultragobalista George Soros. Y Orban se comprometió a impedir cualquier nueva cesión de la soberanía y la independencia de Hungría en aras de la Unión Europea, y a rechazar cualquier invasión de Hungría por parte de inmigrantes de Africa o el mundo islámico. ¿Por qué los autócratas como Orbán están en ascenso en Europa mientras declinan los demócratas liberales?
Los autócratas se hacen cargo del temor primario y existencial de los pueblos de todo el Occdidente: la muerte de las tribus únicas y distintas en las que nacieron y a las que pertenecen. Los liberales y progresistas modernos consideran que las naciones son cosas transitorias, que hoy están y mañana no están. Los autócratas, por el contrario, han conectado con las corrientes más vigorosas de este nuevo siglo: el tribalismo y el nacionalismo. Los feligreses de la democracia en Occidente no pueden competir con los autoritarios en cuanto a hacer frente a la crisis de nuestro tiempo porque no advierten que lo que ocurre en Occidente es una crisis. Creen que marchamos firmemente hacia un nuevo mundo feliz, en el que la democracia, la diversidad y la igualdad serán universalmente celebradas.
COMO NOS VEN
Para comprender el ascenso de Orban es preciso que empecemos a ver a Europa y a nosotros mismos tal como muchos de esos pueblos nos ven.
Hungría tiene ya un milenio de antigüedad. Su pueblo posee un ADN absolutamente suyo. Pertenecen a una nación única e históricamente reconocida con 10 millones de personas que poseen su propia lengua, religión, historia, héroes, cultura e identidad. Aunque conforman una nación pequeña, dos tercios de cuyo territorio le fueron arrebatados tras la primera guerra, los húngaros quieren seguir siendo como son. No quieren fronteras abiertas. No quieren migraciones masivas que conviertan a Hungría en otra cosa. No quieren convertirse en una minoría dentro de su propia tierra. Y se han valido de los recursos de la democracia para elegir hombres autócratas cuya prioridad será la nación húngara.
Las élites estadounidenses pueden seguir parloteando acerca de la diversidad, acerca de cuánto mejor va a estar nuestro país en 2042, cuando los cristianos blancos de origen europeo sean simplemente una minoría más, y nos hayamos convertido en un suntuoso mosaico de cuanta raza, tribu, credo y cultura existe sobre la tierra.
Para los húngaros, un futuro semejante supone la muerte de la nación. Para los húngaros, el hecho de que millones de africanos, árabes e islámicos se asienten en sus tierras significa la aniquilación de la nación histórica que aman, la nación cuya razón de ser fue la preservación del pueblo húngaro.
El presidente de Francia Emmanuel Macron dice que las elecciones en Hungría y en otras naciones de Europa donde los autócratas han hecho progresos son manifestaciones de "egoísmo nacional". Bueno, tiene razón: la supervivencia de la nación puede ser considerada como egoísmo nacional. Pero esperemos a que monsieur Macron permita la entrada de otros cinco millones de ex súbditos del imperio francés, y entonces va a descubrir que la magnanimidad y el altruismo de los franceses tienen sus límites, y que una Le Pen lo va a reemplazar muy pronto en el Palacio del Elíseo.
Tengamos en cuenta qué otras cosas "la democracia más vieja del mundo" ha tenido últimamente para ofrecer a los pueblos originarios de Europa que se resisten a una invasión de colonos del Tercer Mundo llegados para ocupar y repoblar sus tierras.
La democracia estadounidense se jacta de una libertad de expresión y de prensa, consagrada en la Primera Enmienda, que protege la blasfemia, la pornografía, el lenguaje soez y la quema de la bandera estadounidense. Apoyamos que se garantice el derecho de las mujeres a abortar sus hijos y el de los homosexuales a casarse. Ofrecemos al mundo una libertad de culto que prohíbe la enseñanza del credo bajo el cual nacimos y de su código moral en nuestras escuelas públicas. Nuestras élites creen ver en esto un progreso social que nos eleva de un pasado de oscuridad.
Para buena parte del mundo, sin embargo, los Estados Unidos se han convertido en la sociedad más secularizada y decadente del planeta, y la etiqueta que el ayatolá nos estampó -el Gran Satán- no es del todo inmerecida.
Y si lo que nuestra democracia nos ha entregado aquí sólo ha servido para que decenas de millones de norteamericanos sean rechazados en su propia tierra y condenados al aislamiento social, ¿por qué otras naciones estarían dispuestas a abrazar un sistema que ha generado una política tan ponzoñosa y una cultura tan contaminada?
""El nacionalismo y el autoritarismo están en marcha"", escribe el Washington Post. "La democracia es un ideal, y en la práctica parece bajo asedio". Esto es cierto, y hay razones para que así sea.
"Nuestra Constitución fue concebida sólo para un pueblo moral y religioso", dijo John Adams. Y como hemos dejado de ser un pueblo moral y religioso, el poeta T.S. Eliot nos advirtió lo que iba a ocurrir: "El término democracia carece de contenido positivo suficiente como para resistir por sí solo esas fuerzas que a uno no le gustan: puede ser fácilmente transformado por ellas. Si uno prefiere no tener Dios (y se trata de un Dios muy celoso), deberá presentar sus respetos a Hitler y Stalin". Recordemos: Hitler llegó al poder mediante una elección democrática.
* Ex asesor de los presidentes Richard Nixon, Gerald Ford y Ronald Reagan, aspirante a la presidencia de los Estados Unidos en 1992 y 1996.
Visto en:


jueves, 24 de mayo de 2018

Los hijos de los infieles

En el ambiente en el cual Santo Tomás desarrolla su obra había algunas confusiones importantes sobre problemas teológicos con implicancias prácticas. 
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La distinción entre el orden natural y el sobrenatural, y sus relaciones mutuas, no siempre han sido bien entendidas a lo largo de la historia de la Iglesia. Explica el dominico Venancio Carro que en el clima intelectual de su tiempo «el Doctor Angélico se constituye en defensor del orden natural, como lo fue del sobrenatural». Porque no hay oposición entre ambos órdenes sino distinción y armonía. En efecto, Santo Tomás asienta un principio de muy fecundas consecuencias: la gracia y lo sobrenatural no destruyen, ni anulan, lo natural y sus derechos (cfr. S. Th. II-II, 10, 10, c). Un ejemplo de lo natural y sus derechos se encuentra en la institución de patria potestad*.
Uno de los supuestos de aplicación de este principio se halla en un artículo de la Summa, en el cual el Aquinate se pregunta si se debe bautizar a los niños de los judíos o de otros infieles contra la voluntad de sus padres. A primera vista, pareciera que una respuesta afirmativa se impone por la primacía del orden sobrenatural. Sin embargo, la solución del Angélico podría sorprender a más de uno. Es importante leer el artículo completo (aquí) para tener una visión integral de la doble vía de argumentación empleada. Pero en esta entrada sólo vamos a considerar una: la defensa de lo natural y de su consistencia propia.
Parece que a los infieles «se les debe arrebatar sus hijos, se les debe bautizar y se les debe instruir en la fidelidad» (arg. 2) porque así se asegura nada menos que su salvación. Pero, ¿sería justo hacer tal cosa? 
1. Comencemos por una aclaración terminológica: en el argot tomista la injusticia actual suele designarse con el nombre de injuria, reservándose el nombre de injusticia para la habitual. En castellano, sin embargo, la palabra injuria suele aplicarse exclusivamente a la violación del honor ajeno. Cuando Santo Tomás habla de injuria en el artículo emplea el término en el sentido de acto opuesto a la virtud de la justicia. Por esto dice en el sed contra«a nadie se le debe inferir injuria...»
2. El derecho es el objeto de la justicia. Con la injuria se lesiona el derecho. Por esto dice en el corpus del artículo que «El hijo, en realidad, es naturalmente algo del padre […] Iría, pues, contra la justicia natural el sustraer del cuidado de los padres a un niño antes del uso de razón, o tomar alguna decisión sobre él en contra de la voluntad de los mismos».
3. Los padres infieles tienen un derecho natural a la patria potestad respecto de sus hijos (el Aquinate emplea la expresión patriae potestatis cuatro veces en el artículo). En efecto, «es también de derecho natural que el hijo, antes del uso de razón, esté bajo la protección de sus padres». Porque si bien es verdad que Cristo elevó el matrimonio natural a la dignidad de un sacramento, la gracia y lo sobrenatural no destruyen, ni anulan, lo natural y sus derechos. Y por el hecho de la infidelidad no se cancela la potestad familiar natural.
4. La patria potestad es una autoridad de orden natural. En cuanto tal, es una propiedad (accidente necesario, que proviene de la esencia) de una comunidad natural que es la familia (ver aquí y aquí). Tal es el caso de las familias infieles, que por su infidelidad no dejan de ser familias en el orden natural, ni pierden los derechos que Dios les ha conferido.
Por todo lo dicho se entiende mejor que la respuesta de Santo Tomás a la duda planteada sea negativa: no se debe bautizar a los hijos de los infieles contra la voluntad de sus padres porque ello está en «pugna con la justicia natural». 



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Soaje Ramos, hablando del derecho subjetivo natural, lo menciona expresamente: «En punto al poder jurídico natural puede citarse como ejemplo la ya mencionada patria potestad que, corresponde a los padres, a base de un título jurídico natural, a saber el de ser padres (en el sentido amplio y profundo de la paternidad humana), en conexión con la finalidad natural – jurídicamente debida – de que los hijos menores de edad, además de lograr su subsistencia, con todo lo que esto implica, sean guiados rectamente por sus progenitores en su formación hasta que estén en condiciones de dirigir sus propias vidas. Ese poder jurídico tiene obviamente por titulares a los padres y no a otro sujeto jurídico privado (individual o colectivo) o público-político. » (aquí)

jueves, 17 de mayo de 2018

¿«Humanismo cristiano»?



En el ambiente intelectual español de la década de 1950 tuvo lugar un debate provocado por Raimundo Paniker, quien desde las páginas de la revista ARBOR publicó un artículo titulado «El cristianismo no es un humanismo». El trabajo de Paniker manifestaba, según uno de sus biógrafos, la complicada personalidad del autor -por aquel entonces sacerdote del Opus Dei- que compensaba las rigideces de su carácter con actitudes provocadoras. Pero el dato no es más que una anécdota biográfica, pues como argumento no pasa de un simple ad hominem.
La justificación teológica de Paniker se apoyaba en el pecado original y sus efectos en las capacidades del ser humano. Algunos críticos replicaron señalando que el autor exageraba los efectos del pecado sobre la naturaleza humana, herida pero no destruida (cfr. Vaticano I); que contenía una petitio principii, consistente en dar como concepto válido del humanismo sólo el concepto del humanismo no cristiano; que confundía la noción histórica con la esencial; entre otros argumentos.
Visto desde hoy, el debate no careció de contradicciones aparentes, de puros términos, por falta de nociones comunes a los participantes. 
Reproducimos un discurso de Pío XII con ocasión del Congreso internacional de los filósofos humanistas (25 de septiembre de 1949, en italiano aquí; la traducción es de Mons. Pascual Galindo) sobre el tema del «humanismo» y su relación con la fe católica. El discurso del papa muestra un sano equilibrio entre lo natural y lo sobrenatural, característico del tomismo auténtico, y distante del «optimismo» pelagiano y del «pesimismo» (herético, en muchas de sus formas). El énfasis de algunos fragmentos es añadido nuestro. En otro documentos posterior, el mismo Pío XII haría explícita referencia al «humanismo cristiano» en estos términos: «Da tristeza el ver, por lo tanto, cómo algunos católicos se niegan hoy a aplicar en las empresas las admirables conquistas del humanismo cristiano, y lo sustituyen con la forma disipada de un humanismo laicista, separado de la fe...» (14-5-1953, aquí). De las palabras del papa que reproducimos hoy, y del posterior uso de la fórmula «humanismo cristiano», no se sigue que el pontífice hiciera propias las ideas de Maritain (más datos, aquí), como más de uno ha sugerido ligeramente.
1. De todo corazón os respondemos, Señores, con un caluroso saludo de bienvenida a vuestro delicado homenaje. En este saludo hay algo más que una simple muestra de benevolencia y de agradecimiento hacia vuestra actitud.
Vuestras reuniones, en efecto, han suscitado en Nuestro espíritu un vivo interés. Si es cierto —como se ha dicho con razón— que las ideas, buenas o malas, conducen el mundo, de ahí se habrá de concluir la importancia de los «encuentros» entre filósofos, para proyectar un rayo de luz sobre tantas cuestiones actuales, de las que muchos, sobre todo los más incompetentes, hablan con seguridad y decisión. De despreciar sería, el ello no tuviera por resultado desorientar los espíritus y sembrar en ellos la confusión, singularmente en esa hermosa juventud intelectual llamada a guiar mañana a la generación que va ascendiendo.
2. «Humanismo y ciencia política» es el tema de vuestros trabajos. El «humanismo» se halla actualmente a la orden del día. Sin duda que es difícil el destacar y reconocer a través de su evolución histórica una idea clara sobre su naturaleza. Sin embargo —aunque el humanismo durante mucho tiempo haya pretendido oponerse formalmente a la Edad Media, que le ha precedido—, no es menos cierto que cuanto supone de verdadero, de bueno, de grande y de eterno pertenece al universo espiritual del mayor genio de la Edad Media, Santo Tomás de Aquino. En sus líneas generales, el concepto del hombre y del mundo, tal como aparece en la perspectiva cristiana y católica, queda en lo esencial idéntico a sí mismo: lo mismo en San Agustín que en Santo Tomás de Aquino o en Dante; igual, aun ahora, en la filosofía cristiana contemporánea. La oscuridad de algunas cuestiones filosóficas y teológicas, que han sido esclarecidas y resueltas gradualmente en el correr de los siglos, nada quita a la realidad de este hecho. 
Sin tener en cuenta las opiniones efímeras que han aparecido en las diversas épocas, la Iglesia afirma el valor de lo que es humano y conforme a la naturaleza: sin dudar, ella ha procurado desarrollarlo y ponerlo en claro. Ella no admite que ante Dios no sea el hombre sino corrupción y pecado. Por lo contrario, según ella, el pecado original no ha afectado íntimamente a sus aptitudes y a sus fuerzas, y hasta ha dejado esencialmente intactas la luz de la Inteligencia y su libertad. El hombre, dotado de esta naturaleza, está sin duda herido y debilitado por la pesada herencia de una naturaleza decaída y privada de sus dones sobrenaturales y preternaturales; necesita hacer un esfuerzo, observar la ley natural —y esto aun con el omnipotente auxilio de la gracia de Cristo—, para vivir como exigen el honor de Dios y su propia dignidad de hombre.
3. ¡La ley natural! Ved el fundamento sobre que descansa la doctrina social de la iglesia. Es precisamente su concepto cristiano del mundo el que ha inspirado y sostenido a la iglesia en el edificar esta doctrina sobre tal fundamento. Si ella combate por conquistar o defender su propia libertad, lo hace aun por la verdadera libertad, por los derechos primordiales del hombre. A sus ojos, estos derechos esenciales son tan inviolables que ninguna razón de Estado, ningún pretexto, debería prevalecer contra ellos. Están protegidos por una barrera infranqueable. Del lado de acá, puede el bien común legislar a su placer. Más allá, no; no puede tocar estos derechos, porque son lo más precioso que hay en el bien común. ¡Cuántas catástrofes trágicas y peligros amenazadores se evitarían, si se respetara este principio! Aun solo él podría renovar la fisonomía social y política del mundo. Mas, ¿quién tendrá este respeto incondicional a los derechos del hombre, sino el que tiene conciencia de obrar bajo la mirada de un Dios personal? 
4. Mucho puede la naturaleza humana sana, si se abre a toda aportación de la fe cristiana. Puede salvar al hombre de la argolla de la «tecnocracia» y del materialismo. Nos hemos pensado, Señores, proponeros estos pensamientos a vuestras reflexiones. Os deseamos que puedan orientar vuestras investigaciones y vuestra enseñanza de filósofos en una dirección análoga. No; el destino del hombre no está en el Geworfensein, en el dilaissement. El hombre es criatura de Dios: vive constantemente bajo la guía y la conducción de su paternal Providencia. Trabajemos, pues, para volver a encender en la nueva generación la confianza en Dios, en si misma, en lo por venir, y así hacer posible la venida de un orden de cosas más tolerable y más feliz. 
Que Dios, principio y fin de todas las cosas, alfa y omega, bendiga vuestros esfuerzos y les de una bienhechora fecundidad.