jueves, 17 de abril de 2014

Nunca podemos hacer del lavatorio un “gesto” políticamente correcto

Según informa Radio Vaticana, el rito del lavatorio de pies ha sido inter-religioso. Razón por la cual nos parece oportuno reproducir el artículo de un liturgista -publicado el año pasado- que explica por qué es inconveniente que el mismo se realice con acatólicos. En efecto, hay gestos y expresiones que se realizan y comprenden en su justo sentido dentro de la comunidad católica.
Nunca podemos hacer del lavatorio un “gesto” políticamente correcto.
Por Adolfo Ivorra *.
“Houston, tenemos un problema”. Con palabras similares se expresó un astronauta del Apolo 13 en medio de lo que se convertiría en un caos. Por poco no sobreviven. Es lo que con la liturgia papal el pasado Jueves Santo.
He vuelto de mis misas de Jueves Santo, una de ellas en la que he tenido que decir a una señora que el lavatorio de los pies es un rito para varones, que así lo ponen las rúbricas del misal, etc. Yo mismo escribí hace seis años el sentido teológico y litúrgico de que sean varones, pues este rito se inserta en la liturgia y participa de la teología del memorial.
Transcribo nuevamente las rúbricas:
6. Los varones designados, acompañados por los ministros, van a ocupar los asientos preparados para ellos en un lugar visible a los fieles. El sacerdote (dejada la casulla, si es necesario) se acerca a cada una de las personas designadas y, con la ayuda de los ministros, les lava los pies y se los seca. (Misal Romano: reimpresión actualizada de 2008, p. 263).
Lotio pedum
10. Completa homilia proceditur, ubi ratio pastoralis id suadeat, ad lotionem pedum.
11. Viri selecti deducuntur a ministris ad sedilia loco apto parata. Tunc sacerdos (deposita, si necesse sit, casula) accedit ad singulos, eisque fundit aquam super pedes et abstergit, adiuvantibus ministris. (Missale Romanum, a. 2002)
Desde que salió por el balcón de la plaza de San Pedro, son ya muchos los que preguntan o expresan su estupor ante un cambio de 180 grados en las formas. Creo que decir que cada obispo tiene su “estilo” no solventa las dudas. Personalmente me da igual que el Papa vista de barroco o de parroquia de los setenta. Me da igual el color de sus zapatos... Lo que me preocupa grandemente es que el primero en no obedecer las rúbricas sea el “patriarca” de nuestro rito, el romano.
Tenemos un serio problema, sobre todo en el catolicismo latino, con respecto a la correcta apreciación de los signos litúrgicos. De ser ventanas al misterio han pasado a ser “ceremonias” que se tienen que hacer porque toca y, más recientemente, a “cosas” que no sólo no nos acercan a Cristo sino que su materialidad nos puede llegar a escandalizar. El problema de la correcta hermenéutica del signo litúrgico es lo que se demuestra al desobedecer las rúbricas y resituar este gesto del Jesús histórico como un mero acto de humildad.
El problema es todavía mayor si comprendemos que el jueves el Papa no sólo lavó los pies a dos mujeres, sino que una de ellas no era católica, sino musulmana.
Tal y como expresó Benedicto XVI, siendo todavía teólogo, en su libro La fraternidad de los cristianos, la caridad cristiana no es un principio estoico que se pueda aplicar a cualquiera, sino que hay gestos y expresiones que se realizan y comprenden en su justo sentido dentro de la comunidad cristiana.
Adjunto textos de Benedicto XVI en su libro:
“...a pesar de la supresión de barreras y del universalismo, el concepto de fraternidad no se generaliza por completo. Todos los hombres pueden ser cristianos, pero sólo es hermano el que realmente lo es. La repercusión de esta situación se observa en la terminología ética del Apóstol. La actitud de άγάπη (amor) ha de ser para con todos los hombres, pero la φίλαδελφία (amor de fraternidad) sólo para con el hermano, para con el cristiano que es uno” (p. 54).
Hasta el siglo III “el bautismo es el momento preciso en el que el creyente es hecho hermano. El bautismo, en cuanto nuevo nacimiento, media la “hermandad” cristiana, que es el nombre que así mismo se da la comunidad [...] En las comunidades monásticas es donde pervive ahora el concepto de hermano y hermana, mientras desaparece en la Iglesia universal” (p. 57-59).
“El cristianismo no sólo implica supresión de límites, sino que él mismo crea una nueva frontera: entre los cristianos y los no cristianos. Por consiguiente, el cristiano es inmediatamente sólo hermano del cristiano, pero no del no cristiano. Su deber de amar tiene que ver, al margen de esto, con el necesitado que precisa de él; sin embargo sigue en pie la necesidad urgente de construir y conservar una fraternidad profunda dentro de la comunidad cristiana” (p. 85).
“Hermanos en sentido verdadero son pues únicamente los cristianos: frente a ellos, todos los demás son “los que están fuera”. Este concepto reducido es el único cristiano; la superación de este límite corresponde a la Ilustración” (p. 87).
Con estos textos quiero hacer ver que podemos volver a apartar el lavatorio de la liturgia, desvincularlo del memorial litúrgico y abrir la posibilidad a que se haga a hombres y mujeres. Sin embargo, nunca podemos hacer de él un “gesto” políticamente correcto: Jesucristo lo hizo a sus discípulos, judíos igual que él, fundamentos de la Iglesia naciente.
Es muy probable que en años sucesivos el Papa siga haciendo lo mismo que hoy. Además de los problemas teológicos que indico arriba, el gran problema que se nos viene encima es el referente al munus regendi, o dicho en un lenguaje secular, a no poder seguir las normas por quedar desautorizados por una instancia mayor. O dicho en palabras de un colega liturgista: el caos litúrgico, donde todo vale porque todo es “relativo”. El relativismo se nos mete en casa. Por favor, Santidad, le pido que siga fielmente las rúbricas de su propio rito, el romano, y dé ejemplo a los demás sacerdotes y obispos de fidelidad a las normas de la Iglesia. El Papa no es un monarca absoluto al modo de los gobernantes seculares, sino que reconoce, como ya decía Benedicto XVI, que la liturgia es una realidad que le viene dada y que no reconstruye según sus gustos. El primado del obispo de Roma no es tarea fácil. Roguemos al Señor para que el mismo Papa Francisco o alguno de sus colaboradores hagan ver a Su Santidad la importancia de estos sagrados ritos.
*Adolfo Ivorra es doctor en Teología Litúrgica por la Universidad Eclesiástica San Dámaso.
Fuente:

lunes, 14 de abril de 2014

In praeclara summorum: texto completo

Reproducimos en esta entrada el texto completo de la Encíclica que Benedicto XV dedicara a Dante Alighieri. Seguramente esta traducción mejora lo que ayer publicamos.

ENCICLICA "IN PRAECLARA”
(30 - I V - 1921)
A LOS AMADOS HIJOS, DOCTORES Y ALUMNOS EN LETRAS Y BELLAS ARTES DEL ORBE CATOLICO EN EL SEXTO CENTENARIO DE LA MUERTE DE DANTE ALIGHIERI

Venerables Hermanos: Salud y bendición apostólica
1. Introducción. La Iglesia Católica y Dante Alighieri. En la ilustre corte de hombres eminentes, —que han dado esplendor y gloria a la fe católica, que se han distinguido en todos los campos, y en el de las letras y las artes en particular, de modo que por las inmortales obras de su ingenio han merecido bien, tanto de la sociedad civil como de la Iglesia—, ocupa un lugar privilegiado DANTE ALIGHIERI, de cuya muerte se celebrará en breve el sexto centenario. La excelencia de este varón, en verdad, nunca ha sido más confirmada que en estos tiempos, pues para recordar su memoria no sólo se apresta Italia, que bien pudo gloriarse de un hijo tal, sino que todas las personas cultas, sabemos, han constituido consejos especiales de personas eminentes a fin de que en todo el orbe sea celebrada dignamente la memoria de esta gloria de la humanidad. Ahora bien, no sólo no podemos faltar en tan admirable v excelente coro, sino que es preciso que estemos entre los primeros. Ya que desde un principio la Iglesia consideró a DANTE ALIGHIERI como hijo suyo. Porque, además, en la iniciación de Nuestro Pontificado enviamos una carta al Arzobispo de Ravena, en que mandábamos decorar el templo que contiene el Sepulcro de DANTE ALIGHIERI, para su centenario. Ahora, después de auspiciar esta solemnidad, Nos pareció, amados hijos, que cultiváis bajo la mirada de la Iglesia el estudio de las letras, Nos pareció bien que instruyáis a todos en el significado de lo que hacemos, en las estrechas relaciones de Alighieri con esta Cátedra de PEDRO, en la gran necesidad que hay de unir con la fe católica las alabanzas tributadas a tan gran nombre. Ante todo, ya que éste durante toda su vida confesó la religión católica en forma ejemplar, parece conveniente que con los votos y auspicios de ella se haga su solemne conmemoración, como esperamos. Cuya culminación tendrá lugar en Ravena, en el templo de SAN FRANCISCO, y cuya iniciación en cambio tendrá lugar en Florencia, en la Iglesia de SAN JUAN, que recordaba su emoción, allá en su destierro en su avanzada edad, deseando con ardor recibir los laureles de poeta en la misma fuente bautismal en que fuera bautizado en su niñez. 
2. Formación escolástico de Dante. Al llegar a la edad en que floreció por sus estudios filosóficos y sagrados, con el auxilio de los doctores escolásticos que habían recogido lo más selecto de sus predecesores y lo habían entregado a la posteridad después de iluminarlo con sus claros raciocinios, en medio de la variedad de sus estudios, siguió en todo a TOMÁS DE AQUINO, el jefe de la Escuela; y de este maestro, cuya mente angelical es famosa, aprendió casi todo su saber filosófico y también teológico, ya que no descuidó ninguna clase de conocimientos y ciencias, ya que fue muy versado en las Sagradas Escrituras y en los libros de los Santos Padres. Así, doctísimo en todas las ciencias, pero ante lodo sabio en la sabiduría cristiana, al aplicarse a su obra tomó del campo mismo de la religión, para desarrollar en sus versos, un asunto inmenso y sublime. En lo cual podemos admirar la grandeza y fuerza increíble de su ingenio; pero al mismo tiempo se presenta ante los ojos el que haya obtenido gran parte de esa fortaleza por inspiración de la fe divina, y que haya obrado de modo que distinga a su obra máxima con el gran esplendor de la verdad revelada, no menos que con los resplandores del arte. 
3. La Divina Comedia. Pues en toda esta Comedia, justamente llamada divina, las mismas cosas que narra como fingidas e inventadas, o las referidas a la vida mortal, las relata para mostrar la justicia y providencia de Dios, que gobierna el mundo en el curso del tiempo y en la eternidad, que premia y castiga a todos y a cada uno de los hombres según sus méritos. Consiguientemente, y en perfecta concordancia con las creencias de la fe católica, brillan en este poema, la augusta Trinidad de un solo Dios, la Redención del género humano realizada por el Verbo Encarnado de Dios, y la excelsa benignidad y liberalidad de la Virgen MARÍA, Madre de Dios, y Reina de los cielos, y la celestial beatitud de los ángeles, de los santos, y de los hombres. A esto se oponen en los infiernos los suplicios establecidos para los impío; y en un lugar intermedio la residencia de las almas que, una vez expiadas sus L culpas, pueden entrar en los cielos. Una sapientísima arquitectura de éstos y demás dogmas católicos se ve en todo el poema. Si, empero, la progresiva investigación de la ciencia acerca de las cosas celestiales demostró después que aquella estructura del mundo, que aquellas esferas, que enseñaban los antiguos, no son tales, y que la naturaleza, el número y curso de las estrellas y astros son absolutamente distintos de lo que aquellos creían, sin embargo sigue siendo cierto el que esta estructura universal, sea cual sea el orden que rige en sus partes, está gobernada por la misma voluntad que la ha creado, que es la de Dios Omnipotente, que mueve todas las cosas, cualesquiera ellas sean, y que en todas partes resplandece con su gloria. Aunque esta tierra que los hombres habitamos no puede decirse, como se dijo, que era como el centro del universo; sin embargo es cierto que ella fue el lugar de la edénica vida de nuestros primeros padres y que fue después testigo tanto de nuestra tristísima caída con que ellos perdieron aquel estado, como de la restitución de la salud eterna de los hombres por la sangre de JESUCRISTO. En consecuencia explicó los tres estados de las almas, que en su mente había concebido, de un modo tal, que para describir antes del día postrero del juicio divino, ya la condenación de los réprobos, ya la purificación de las piadosas almas del purgatorio, ya la felicidad de los bienaventurados, parecía auxiliarse con la luminosa claridad que dan las profundas enseñanzas de la fe. 
4. Enseñanzas preciosas dejadas en sus escritos. Ahora bien, de entre lo que dejó en sus escritos todos, y principalmente en su triple poema, creemos que esto podrá ser un excelente ejemplo para nuestros hombres. Ante todo afirma que a la Sagrada Escritura le es debida la mayor reverencia por parte de los cristianos y que es necesario aceptar lo que contiene, con suma devoción, porque "aunque son muchos los que transcribieron la divina palabra, el único que la ha dictado a Dios, que se dignó explicarnos sus son - tos designios por las plumas de muchos escritores" W. Esto está dicho en forma tan exacta como hermosa. Lo mismo que aquello de que "el viejo y el nuevo Testamento, que nos ha sido dado para la eternidad, como dice el Profeta” tienen "enseñanzas espirituales que superan la humana razón", entregadas a nosotros "por el Espíritu Santo, que nos reveló la verdad sobrenatural y necesaria para nosotros, por medio de los Profetas y hagiógrafos, por medio del Hijo de Dios, como el eterno, Jesucristo". De aquello que vendrá después de esta vida mortal, en la eternidad, dice que "nosotros poseemos lo cierto, que consta por la doctrina veracísima de Cristo, que es el Camino, la Verdad. y la Luz: Camino porque sin obstáculo alguno por él nos dirigimos a la eterna beatitud; Verdad porque no hay en ella sombra de error alguno; Luz porque nos ilumina en medio de las tinieblas de la ignorancia". Tampoco es remiso en honrar y observar "aquellos venerables Concilios, que —ningún cristiano lo duda— han sido asistidos por Jesucristo". Tiene en alta estima además "los escritos de San Agustín y demás doctores" y dice que "quien duda que hayan sido inspirados por el Espíritu Santo no ve en absoluto los frutos de ellos, o si los ve no los ha gustado" 
5. La autoridad de la Iglesia y del Pontífice. Grande es la importancia que DANTE ALIGHIERI atribuye a la autoridad de la Iglesia Católica, lo mismo que a la potestad del Romano Pontífice, ya que de ésta tienen fuerza todas las leyes y mandatos de la misma Iglesia. De aquí la amonestación a los cristianos a que, con los dos Testamentos que tienen, al mismo iiempo que un Pastor que los dirige, vivan contentos con esta ayuda segura para su salvación. Se afligía por los males de la Iglesia como si fuesen propios, y al deplorar y condenar el total alejamiento de la jerarquía por parte de los cristianos, habla de esta manera a los Cardenales italianos, después del traslado de Roma de la Apostólica Sede: "¡Oh, nosotros que creemos en un mismo Padre, e Hijo que es Dios y hombre, y en la misma Madre y Virgen; nosotros, por los cuales y por cuya salud han sido pronunciadas, después de una triple interrogación, estas palabras: ¡Pedro, apacienta el sagrado rebaño! ¡Oh Roma, que después de tantas glorias y triunfos has sido confirmada por Cristo con la palabra y con la obra como cabeza del orbe; que has sido consagrada remo Sede apostólica por la sangre de aquel Pedro, y de Pablo, el Apóstol de las gentes; que ahora lloramos con Jeremías lamentando después de él verla abandonada y desierta! ¡ay! ¡da pena, no menos que una plaga lamentable de herejes!". Llama asimismo a la iglesia Romana con el nombre de "madre piadosísima" o de "Esposa del Crucificado", y a PEDRO le llama juez de la verdad revelada, que no puede engañarse y a quien, en lo que hay que creer o hacer para la salvación eterna, deben sujetarse todos con perfecta obediencia Por lo cual, aunque juzga que la autoridad del Emperador proviene del mismo Dios, sin embargo afirma que "esta verdad no debe entenderse tan estrictamente de modo que el Príncipe Romano no esté también sujeto en algún modo al Pontífice Romano; ya que esta felicidad mortal está ordenada en alguna manera a la felicidad inmortal". La razón verdadera y total de la sabiduría, si hoy se la observa santamente, produce frutos abundantísimos de prosperidad para la república. 
6. Razón de sus quejas contra los Sumos Pontífices. No obstante lanzó acerbas invectivas contra los Sumos Pontífices de su tiempo. Esto es, contra aquellos con quienes estaba en desacuerdo en asuntos políticos, y que estaban en el bando de los causantes de su destierro. Se comprende, en un varón tan golpeado de la fortuna, si con ánimo exacerbado traspasó los límites de la moderación: y más, porque, para inflamar su ira sin duda que influyeron los rumores de hombres que, como sucede en estos casos, interpretan mal todo lo que del adversario proviene. Por otra parte, ya que "es preciso" —tal es la flaqueza de los mortales— "que hasta los corazones religiosos se manchen con el polvo del mundo", ¿quién negará que muchas cosas había en aquel tiempo que no podían aprobarse en hombres consagrados; todo lo cual llenó de aflicción y malestar su ánimo enteramente consagrado a la Iglesia, y hasta hizo que varones de gran santidad de vida dejaran sentir graves quejas? Ahora bien, lo que justa o injustamente reprendió y vituperó en los clérigos, de ningún modo quiso extenderlo y aplicarlo al honor debido a la Iglesia, o a la veneración debida a las llaves de PEDRO; en consecuencia, en asuntos políticos defendió su propia opinión "apoyado en aquel respeto que un hijo piadoso debe al padre, a la madre, a Cristo, a la Iglesia, al Pastor, y a todos los que profesan la religión cristiana, por el triunfo de la verdad". 
7. Tesoro doctrinal y artístico de su obra. Habiendo inspirado toda la arquitectura de su poema en los fundamentos de la religión, no es de maravillarse si en él se encuentra oculto, puede decirse, un tesoro de la doctrina católica, es decir, la savia de la filosofía 215 y teología cristianas, y el conjunto de las leyes divinas para el gobierno y administración de los asuntos públicos. No era DANTE ALIGHIERI como aquel que dijera públicamente que, con el fin de extender la grandeza de la patria o de agradar a los gobiernos, podía descuidarse la justicia y el derecho de Dios, en cuya conservación, bien lo sabía, está el fundamento y consistencia de los pueblos. De aquí que pueda hallarse en este | poeta el artístico placer de sus bellezas, f pero también un provecho de no menor importancia, es decir, que es modelo para el conocimiento del arte y para la práctica de la virtud; siempre que quien a él se llegue esté libre de prejuicios y deseoso de la verdad. Más aún, siendo no pocos entre los nuestros los buenos poetas, que parecen tener la aprobación de todos, mezclando lo útil a lo agradable, posee esto empero DANTE de un modo tal que, cautivando a cada lector por la variedad de las imágenes, por el colorido, y por la grandiosidad de los pensamientos y lenguaje, atrae y excita al amor de la sabiduría cristiana: nadie en verdad ignora que confesó abiertamente haber compuesto este poema con la intención de facilitar a todos un poco de sustento vital. Y así sabemos que algunos —Y aún de reciente memoria, que estaban alejados de Cristo, sin ser contrarios a él— al dedicarse principalmente a la lectura y estudio del poeta, con el auxilio de Dios, se interesaron primero en la verdad de la fe católica y por ese camino se acogieron gustosísimos al seno de la Iglesia.
Lo oportuno y justificado de la celebración. Lo que hasta ahora se ha recordado es suficiente para mostrar cuán oportuno sea, que en este centenario todos los buenos se sientan más dispuestos a retener esa Fe, protectora de las bellas artes, virtud ésta que en DANTE ALIGHTERI es magníficamente reconocida. No sólo causa admiración en él la maravillosa facultad de su ingenio, sino también esa inmensa grandeza del argumento, que la santa religión le inspiró en su canto; y lo que de artista tenía por naturaleza, lo perfeccionaba sin cesar con el estudio de los modelos de la antigüedad, y aún más, como se ha dicho, con las obras de los Doctores y Padres de la Iglesia. Esto le permite volar con el pensamiento y la mente hasta alturas y extensiones mucho mayores que si estuviere atado a los estrechos límites de las cosas naturales.
8. El poeta cristiano. De este modo, si bien alejado de nosotros por largos siglos, pertenece casi a esta edad, como dicen; y es de más actualidad que cual quiera de los actuales vates renovadores del paganismo aquel que fuera barrido por la victoria de Cristo en la Cruz. La misma piedad inspira a DANTE ALIGHIERI y a nosotros; identidad de sentimientos inspira la religión; una misma vestidura reviste a "la verdad venida a nosotros desde el cielo, por la cual somos elevados a lo sublime". Esta es su más noble alabanza, ser poeta cristiano, esto es, haber cantado con versos casi divinos las instituciones cristianas, cuyo contenido y forma tan animosamente profundizara, y tan admirablemente sintiera y viviera. Y quienes pretenden negarle esta alabanza, comparando toda la naturaleza religiosa de la Comedia como una fingida fábula, sin fundamento alguno de verdad, éstos en verdad le niegan lo que es primario en nuestro Poeta y fundamento de todas las demás alabanzas. Así, pues, si tanta parte de su fama y grandeza debe DANTE a la fe católica, valga este solo ejemplo, que nos ahorra los demás, para demostrar cuán falso es que la consagración de la mente y del corazón a Dios corte las alas del ingenio, mientras, por el contrario, lo espolea y lo eleva. Puede observarse rectamente aquí cuán mal se preocupan por el adelanto de los estudios y de la humanidad aquellos que pretenden quitar todo lo que sea religión en la educación de la juventud. Pues da lástima ver que la enseñanza que se da públicamente a la juventud estudiosa suele ser tal, como si el hombre no tuviera ninguna noticia de su Dios, ni de aquellas máximas verdades que están por encima de la naturaleza. Pues si bien a veces este "poema sagrado" no es extraño en las escuelas públicas y está entre los libros que deben ser estudiados, sin embargo aquel alimento vital, siendo escrito para ser esto, la mayoría de las veces no llega hasta los jóvenes ya que, a causa de los defectos de la enseñanza, no están inclinados como conviene a lodo lo que sea de fe.
9. Conclusión. Quiera Dios que se consiga esto con el solemne centenario, de modo que, en todas partes en que haya preocupación por la enseñanza de las letras a la juventud, se haga esto en honor a Dante y se eduque a los alumnos en la doctrina cristiana; que no otro fue su propósito al componer su poema, sino "elevar a los seres vivientes de esta vida por sobre el estado de miseria", es decir, del pecado, "y llevarlos al estado de felicidad que es el de la gracia divina. Vosotros, amados hijos, que os ocupáis y os dedicáis al estudio de las letras y de las bellas artes, bajo el magisterio de la Iglesia, amad y apreciad, como lo estáis haciendo, este Poema, que no vacilamos en llamar panegírico de la sabiduría cristiana, y su pregonero, el más elocuente de todos. Acrecentaréis así vuestro amor por él, y cultivaréis más vuestros ánimos en por del esplendor de la verdad, y os mantendréis con más constancia en el amor y cuidado de la santa Fe. Bendición Apostólica. Y ahora, amados hijos, a todos os impartimos con todo amor la Apostólica bendición, que os testimonia Nuestra paternal benevolencia, y os augura las gracias del cielo. 
Dada en Roma, en San Pedro, el día 30 del mes de Abril de 1921, en el año séptimo de Nuestro Pontificado.

BENEDICTO PAPA XV

domingo, 13 de abril de 2014

In praeclara summorum


Benedicto XV dedicó una Encíclica, In praeclara summorum, redactada en abril de 1921 con motivo de los seiscientos años de la muerte de Dante Alighieri, y dirigida a los profesores y alumnos de los institutos literarios y de alta cultura del mundo católico, de la que traducimos un breve fragmento:
"En verdad, el Alighieri tiene una extraordinaria deferencia por la autoridad de la Iglesia católica y por la potestad del Romano Pontífice… Pero, se dirá, él arremetió con terrible acrimonia contra los Sumos Pontífices de su tiempo. Es verdad. (…) Además, dado que la debilidad es propia de los hombres, y que «ni siquiera las almas piadosos pueden evitar contaminarse con los polvos del mundo», ¿quien podría negar que en aquel tiempo hubo cosas de las cuales acusar al clero, por las cuales un ánimo tan devoto de la Iglesia, como el de Dante, no debiera estar tan disgustado, cuando sabemos que también hombres insignes por su santidad las desaprobaron con severidad?"
También Pablo VI, en la carta Altissimi cantus, recordó las críticas de Dante: "Tampoco lamentamos recordar que su voz se levantó y resonó duramente contra algunos pontífices romanos, y que reprendió con acritud instituciones eclesiásticas y a hombres que fueron ministros y representantes de la Iglesia".
Nos parece que, en tiempos de papolatría, la Iglesia necesita más de escritores como Dante y menos de obsecuentes con mentalidad cortesana.

sábado, 12 de abril de 2014

La declaración de derechos de la ONU

Pablo VI visita la ONU.
Conocemos el significado del Omne verum… de Santo Tomás. Que también puede y debe aplicarse a la declaración de la ONU. Pero para ello es preciso disipar los equívocos que durante estos años se han consolidado respecto de este documento so pretexto de diálogo.
La condición preliminar para dialogar es que haya dos voces, y que ambas sigan siendo distintas, que cada una sea expresión de una identidad definida. Hoy, en cambio, especialmente en el campo cristiano, está de moda el «baile de máscaras», en el que parece necesario camuflarse y cubrir el propio rostro para estar frente al otro: es el diálogo del mínimo común denominador, de los así llamados valores comunes buscados a cualquier precio como punto de partida antes que como posible resultado de un camino. El diálogo no consiste en decir lo que le gusta al interlocutor que tenemos enfrente, eso pertenece más bien a la diplomacia. El diálogo auténtico requiere amor a la verdad a cualquier precio y respeto al otro en su integridad, no es minimalista, sino exigente. Por parte de los cristianos, no se debe presentar sólo una parte de la propia fe, o reducir la densidad de la doctrina católica, por miedo a ofender, decepcionar o provocar escándalo. Porque ello no hace más que confirmar al interlocutor en el error de su ideología. Transcribimos parte de un artículo publicado en la revista Verbo que pone de manifiesto los principales elementos negativos de la declaración de la ONU. Sería bueno que cada vez que desde la Iglesia se habla de esta institución y de su ideología de los “derechos humanos”, cuanto menos se pusieran de manifiesto los errores de sus concepciones jurídico-políticas. No hacerlo implica "criar cuervos"...

LA DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS DEL HOMBRE ANTE LA MORAL CATÓLICA.

Por Victorino RODRÍGUEZ, O.P.

2. Visión crítica general de la Declaración.

A mi entender, que deseo que responda a unos planteamientos y a unos presupuestos auténticamente católicos o, al menos, de ética natural, el documento comporta valores manifiestos, que reconoceremos en su reproducción textual íntegra, en la medida que no vayan recortados o matizados por las anotaciones pertinentes; pero se duele de notables deficiencias, unas por omisión y otras por desorbitación en los derechos consignados.
A) Entre las omisiones que restan valor a la Declaración están:
a) La presentación del hombre en su constitución metafísica clásica de sustancia individual de naturaleza racional, dotada de inteligencia y de voluntad libre y responsable. De ahí nace su singular dignidad de persona, hecha a imagen y semejanza de Dios. Sobre este fundamento levantaba Juan XXIII el edificio de los derechos y deberes humanos (Pacem in terris, n. 9).
b) La proclamación de unos deberes naturales, tan universales e inviolables como los correlativos derechos, siendo más bien aquéllos raíz de éstos que a la inversa. Si tenemos derecho a vivir y a vivir humanamente, es porque tenemos el deber de llevar una vida con dignidad que responda a nuestra vocación de eternidad. «Los derechos naturales están unidos en el hombre que los posee con otros tantos deberes, y unos y otros tienen en la ley natural, que los confiere o los impone, su origen, mantenimiento y vigor indestructible» (Pacem in terris, n. 28).
c) El reconocimiento de Dios y del derecho natural, ambos conceptos rechazados expresamente, al redactar y votar el texto de la Declaración, optando por una posición agnóstica. Juan Pablo II, en el transcendental discurso al Parlamento Europeo, del 11 de octubre de 1988, en Estrasburgo, puntualizó muy cláramente: «Todas las corrientes de pensamiento de nuestro viejo Continente tendrán que reflexionar sobre las sombrías perspectivas a las que podría conducir la eliminación de Dios de la vida pública, de Dios como última instancia de la ética y garantía, suprema contra todos los abusos de poder del hombre sobre el hombre» (O. R., ed. española, 27-XI-1988, pág. 20, n. 9)...
d) Los derechos a la verdad (que es adecuación del pensamiento con la realidad) y a la veracidad (que es adecuación del pensamiento con la palabra que lo expresa), base fundamental de la paz auténtica, como han proclamado Juan XXIII, én el enunciado general de la encíclica Pacem in terris, y Juan Pablo II, en el mensaje La verdad, fuente de la paz, del 1 de enero de 1980. Derecho tan fundamental que responde a la constitución metafísica del hombre y a su peculiar dignidad de naturaleza intelectual, pues la inteligencia está naturalmente ordenada a la verdad como a su objeto propio (Santo Tomás, I-II, 57, 5 ad 3). Este derecho fundamentalísimo no está debidamente proclamado en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, ni siquiera en el artículo 26, sobre el derecho a la instrucción. 
B) Desorbitaciones en los derechos consignados: 
a) Hay una patente exorbitación en la pretendida universalidad del alcance de la Declaración a toda persona, y no solo a los ciudadanos de las Naciones Unidas, cuando, por lo demás, no se trata de unos derechos naturales reconocibles (no instituidos) en todos los hombres, tal como eran proclamados por Francisco de Vitoria y los demás teólogo-juristas del siglo xvi.
b) Se absolutizan o exageran demasiado los derechos al ejercido de la libertad, con desconocimiento de sus límites naturales, sean o no las legítimas libertades de los demás, todo muy en consonancia con la Declaración de los Derechos del Hombre de la Revolución francesa (1789), cuyo segundo centenario se celebra este año. Será una buena ocasión de repensar para qué sirvieron entonces y ahora las proclamas desmedidas del derecho a la libertad.
c) Igualmente exagerado es el igualitarismo en los derechos, constantemente profesado, en sintonía también con la égalité de la Revoludón francesa, sin distinguir entre la igualdad específica de los hombres y sus múltiples desigualdades individuales, tan elocuentemente puestas de manifiesto por Balmes en El Criterio, 14,5, y el mismo Concilio Vaticano II constata: «Es evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad física y a las cualidades intelectuales y morales» (Gaudium et spes, n. 29).
Después de estas anotaciones de conjunto, que he querido adelantar para evitar reiteraciones, paso a un examen valorativo del texto de la Declaración. Para que resulte lo más adecuada y concisa posible, estudiaré sucesivamente los siete considerandos el preámbulo y los treinta artículos, transcritos íntegramente en tipografía distinta, para dar lugar seguidamente a los comentarios correspondientes. Las observaciones serán mayormente sobre los aspectos deficitarios, menos subrayados en la mayor parte de los estudios que se han hecho y que conozco. Mientras no se rechacen parcialmente o se maticen, los artículos se valoran positivamente y se dan por buenos...
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miércoles, 9 de abril de 2014

CONSPIRACIONES, MODERNIDAD, POSTMODERNIDAD Y PREMODERNIDAD

Acabo de leer el excelente libro Amos del Mundo, del periodista, ensayista y traductor español Juan Carlos Castillón (arriba, imagen de la portada) que resulta bastante esclarecedor para nuestros actuales tiempos en los que han adquirido gran popularidad las tesis de la Conspiración, simplemente, tras la desaparición famosa del avión de Malasia Airlines a inicios de marzo de este año, ahora se maneja en forma viral por el Internet la idea de que el avión fue de algún modo derribado para beneficiar al banquero inglés de ascendencia judía Simón Rotschild, a quien además, se le enjareta ser el propietario de las Bancas Centrales de todo el mundo con excepción de 9, mismos que curiosamente resultan ser los países contrarios a los intereses norteamericanos: Rusia, Cuba, Venezuela, Corea del Norte, China, Irán, Siria y algún otro; la verdad, revisando el marco jurídico y la forma en que funciona la banca central en nuestro país, el Banco de México, no encuentro la manera en que un banquero británico de ya muy lejanos ancestros hebreos, si es que alguna vez los tuvo y no es descendiente de kházaros conversos en el siglo VIII, y hoy más anglosajón que nada tras una sucesión inveterada de matrimonios con aristócratas de dicha etnia y totalmente secularizado, y cuya familia fue dueña de empresas que en el siglo XIX fueron muy poderosas, pero que hoy no aparece en los primeros lugares de la lista Forbes, sea el verdadero dueño de un organismo constitucional autónomo que es parte de nuestro inmenso sector público ni que éste tenga deudas personales con ese señor o su familia, como si fuera a pedírsele dinero a Don Simón el tendero de la esquina y agiotista de afición.
 Aunque no se pueda estar al 100% de acuerdo con las ideas vertidas por Castillón en su obra, --por ejemplo, en considerar a la Masonería como algo inocuo, casi inocente, o el tener una óptica demasiado optimista sobre la Modernidad, un gran desprecio por la Religión o una fascinación exacerbada por EUA y sus modelos políticos y económicos, algo por cierto muy común en cierta "Derecha" española como la representada por José María Aznar-- tiene puntos muy interesantes y certeros: para empezar, que muchos de los cambios que vemos al día de hoy o muchas situaciones que vienen definiendo al mundo desde 1789 a la fecha no surgieron de secretos conciliábulos en oscuros escondrijos, sino se originaron de procesos históricos complejos y de situaciones sociales que orillaron a la aplicación de determinadas doctrinas políticas o filosóficas en las que se buscó una solución; muchas veces, el efecto o la consecuencia de ello escapó a todo control y superó las expectativas deseadas.
Es evidente que existen lobbies o hay personajes que pueden tener influencia, pero, como el mismo autor lo describe, el conspiranóico le atribuye a esos grupos de presión, o a tal o cual personaje, una infalibilidad y una permanencia de siglos, una unanimidad increíble y una buena fortuna que evita que siquiera el simple azar trastoque los planes ideados, más aparte, pone el dedo en uno de los puntos más débiles de las tesis conspiranóicas: los acusados siempre son los mismos: los Judíos, los Masones, los Iluminati, --pese a pruebas de que su fundador Adam Weisphaut murió reconciliado con la Iglesia-- los Banqueros ingleses, los Jesuitas... y a todos ellos, Castillón los coloca dentro del mismo saco: fueron grupos que, o se beneficiaron de la Modernidad, como en el caso de los Judíos, que salieron de los guetos para convertirse en financieros, científicos o activos participantes en política, aprovechando la igualdad con independencia de credos decretada por la Revolución y las Constituciones, o sus promotores, como en el caso de la Compañía de Jesús, que abonó al desarrollo de la Educación y la Ciencia que desembocó en la Revolución Industrial. Esto provoca que, por ejemplo en América Latina, o México en específico, exista cierto prejuicio antijudío ("antisemitismo" es una incorrección) --recordemos los paranóicos libros de Salvador Borrego-- pese a que, en el caso de nuestro país, sean los Libaneses, encabezados por Carlos Slim Helú la comunidad de inmigrantes que prácticamente se han adueñado del mundo de las empresas y las finanzas y los Judíos constituyan una minoría marginal, situada más dentro de las clases medias y muy integrada a la cultura nacional.
En mucho, la idea de la conspiración surge de aquellos que no fueron beneficiados por la Modernidad o de plano, perjudicados directamente por ella y que no supieron aprovecharla, en mis navegaciones por las redes sociales, encuentro mucho de esto en los Argentinos, por ejemplo, quienes no encuentran una explicación para entender porqué hacia 1900 eran la quinta economía del mundo y hoy son un país que no puede salir del subdesarrollo y la permanente crisis económica; sobre sus desgracias, es muy común entre ellos el culpar a una megaconspiración Anglo-judeo-masónica, que se evidencia sobre todo en la situación de las Islas Malvinas, y se atribuyen a Churchill citas en que se refería a la necesidad de pararle los pies al país sudamericano antes de que se convirtiera en una Superpotencia (!), si hay pruebas del tan comentado ego argentino que es objeto de chistes y burlas, eso son las tesis conspiratorias que se esgrimen como justificación para el tercermundismo rioplatense en el que los chés se describen como desgraciadas víctimas de la envidia del mundo, lo que pasa por alto que los gobiernos argentinos fueron muy indolentes para industrializar el país, al que creyeron capaz de sostener dedicados a meras actividades primarias como la agricultura, la ganadería y las minas, la enorme corrupción desatada en su clase política, y el colmo de todo ello que fueron los gobiernos de Juan Domingo Perón, quien con su demagogia y populismo mató el desarrollo que hasta su llegada al poder había mantenido el país de las pampas (y quien, sin embargo, sigue siendo venerado por la enorme mayoría de los argentinos de cualquier signo político), para después pasar por Dictaduras Militares que pese a su retórica conservadora y patriotera no fueron más que verdaderas pandillas delincuenciales que saquearon al país sin cumplir con una labor constructiva como sí hicieron Franco en España y Pinochet en Chile.
Sin embargo, todo esto refleja que en los tiempos actuales existe una gran inconformidad con la Modernidad y sus consecuencias: desigualdad, degradación ambiental, deshumanización, Estados burocráticos gigantes y costosos y una infelicidad galopante. No en balde tenemos en los terrenos literarios, además de las tesis conspiranóicas, el gran éxito que está teniendo el género fantástico: desde Harry Potter o Percy Jackson a obras de mucho mayor calidad como la saga de Eragon o sobre todo la Canción de Fuego y Hielo de George R.R. Martin, o el renovado interés en las obras de Tolkien o de C.S. Lewis, o en la música popular el éxito del Rock pesado fusionado con música medieval o sinfónica, las versiones fílmicas o televisivas de esas historias que nos conectan directamente con visiones medievales o la nostalgia de la Civilización Clásica como es el repunte del Péplum que se ha dado desde Gladiador hace 14 años y que hoy se mantiene en las pantallas con 300 y su secuela.
Entre tanto, la Ciencia Ficción, género que surgió en el siglo XIX en medio de la Revolución Industrial de la mano de Mary Shelley y Julio Verne, con una visión optimista del futuro y de los avances técnicos y científicos, que llegó a su esplendor a mediados del siglo XX con Asimov, Dick, Bradbury o Clarke, se encuentra en cierta forma en decadencia, estancado ante la falta de nuevos y originales autores, y lo que se escribe en el género o se ve, sea en el cine, TV o videojuegos, es pesimista: un futuro apocalíptico, de miseria, de sometimiento o extinción de la raza humana, el surgimiento de dictaduras feroces, desigualdades y horrores: de los Juegos del Hambre a Elysium tenemos muestras claras de ello; es decir, existe una gran desconfianza hacia el futuro que la tecnología y la Ciencia, ambas hijas de la Modernidad, nos ofrecen, por el contrario, existe un gran deseo de regresar al pasado medieval, pre-moderno, a concepciones más humanas y espirituales o hasta al pensamiento mágico de los tiempos antiguos.
La Modernidad está en crisis; la gente ya está harta de ella, aunque no quiere desprenderse de sus "beneficios": la tecnología, la comunicación, la medicina, el acceso a los placeres, las frivolidades y los lujos, todo ello que nos ha hecho tener un nivel de vida mucho mayor al de épocas pretéritas, pero a un costo muy elevado como lo he dicho ya: simplemente, de pensar cuántos automóviles se producen al año en todo el mundo, y cuántos se han producido, pensemos, desde 1900, es de preguntarse en la cantidad de recursos naturales y humanos que han sido sobreexplotados para lograrlo y las consecuencias que ello tendrá; las transformaciones sociales y económicas han destrozado los tejidos más delicados de nuestra naturaleza: la familia y la identidad de las personas. Los daños serán enormes, mucho más allá de lo ecológico. La Modernidad Liberal: el Fin de la Historia proclamado por Fukuyama hace veinte años es una utopía, y todas las utopías terminan en tragedias; una expresión de esa utopía la encontramos en el inquietante filme Network de 1976, en el que se anuncia la tendencia hacia la Globalización:
Pero hoy, ante los acontecimientos de Ucrania parece que el mundo aguanta la respiración, Vladimir Putin parece estar gestando una Revolución Pre-Moderna, no lo hace, estoy seguro, por que haya sido iluminado en el camino de Damasco ni mucho menos por ser un santo; lo hace por el interés de Rusia y porque Rusia fue traicionada por la Modernidad, como dije en otro post, él tiene el potencial para ser un Pachacutec, alguien que "pondrá la Tierra de cabeza", o como dice Juan Manuel de Prada, para regresar al principio de la Historia. Como sea, es muy posible que estemos ante la gestación de otro mundo, al final, la Postmodernidad no será otra cosa más que el cumplimiento del ciclo del eterno retorno, del ouroboros hacia un punto inicial anterior al mundo moderno en el que hemos estado viviendo desde hace quinientos años; ¿cómo será? Quien sabe, lo más probable es que no tendrá nada que ver con las fantasías post-apocalípticas que tanto hemos visto.

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viernes, 4 de abril de 2014

Igualdad y jerarquía de las vocaciones cristianas

Sacerdote recibe la bendición de Kiko.
Ha sido un acierto del Vaticano II recordar la vocación universal a la santidad y al apostolado de todos los bautizados. Decimos recordar porque no se trata de una novedad sino de la reafirmación de una verdad tradicional un tanto olvidada. Décadas antes del Vaticano II, el b. Newman destacó por su deseo de promover una sólida formación del laicado. Cabe suponer que si los laicos hubieran sido bien formados, antes del último Concilio, no habrían aceptado sin resistir la revolución eclesial impuesta por una obediencia convertida en única virtud teologal de hecho.
En nuestra bitácora hemos criticado varias veces al clericalismo. Sin embargo, sin reivindicar el viejo clericalismo, debemos reconocer  que luego del Vaticano II el movimientismo ha servido para difundir una forma de igualitarismo eclesial que es «niveladora» de todas las vocaciones, lo que también constituye un error. Ciertamente lo mejor para cada uno es acoger lo que Dios le da; no se dignifica a los laicos clericalizándolos, ni asimilándolos imprudentemente a los religiosos, ni fomentando nostalgias de una vida claustral a la que no han sido llamados; pero tampoco se promueve al laicado mediante la subversión doctrinal y eclesial implicada en la negación de la superioridad objetiva de algunas vocaciones particulares. 
Ofrecemos hoy a nuestros lectores unas reflexiones del teólogo Armando Bandera, OP, que esperamos contribuyan a una mejor comprensión de estos temas.
El Concilio Vaticano II, al hablar de la composición de la Iglesia, sienta como principio que el pueblo de Dios no sólo acoge a personas de las más diversas procedencias y cuyas situaciones de vida se diversifican al máximo, sino que, además, «en sí mismo está constituido por órdenes diversos» (LG 13c). La diversidad es intrínseca a la Iglesia. En cualquier tiempo, en cualquier país, raza o cultura, la Iglesia, para ser Iglesia, tiene que aparecer vocacionalmente diversificada. Por su propia naturaleza produce diversidades distintas de aquellas cuyo principio está en algún bien humano, porque proceden directamente de la voluntad de Jesucristo, el cual reparte sus dones con absoluta libertad.
El Vaticano II, en el pasaje citado, especifica que los «órdenes» o grupos de cristianos vocacionalmente diversificados son tres: el «orden» de los ministros jerárquicos que reciben la ordenación sacramental, o sea, los obispos, presbíteros y diáconos; el «orden» de los religiosos, y el «orden» de los laicos. Y todavía en el interior de estos dos últimos «órdenes », el de los religiosos y el de los laicos, se dan multitud de diversificaciones, como aparece con toda evidencia en la vida ordinaria de la Iglesia.
Este dato elemental basta para comprender que las relaciones entre las diversas vocaciones han de ser necesariamente complejas y tan variadas como el fundamento que se tome para establecerlas. Sin embargo, en medio de la complejidad y diversidad, sobresale la unidad. Todas las vocaciones existen y son vividas en el interior de la Iglesia una; más aún: son parte constitutiva de esa unidad, cuyo fundamento está en la unidad de Cristo mismo y en la unidad de la salvación que él realizó. Pero se trata de unidad no monolítica o uniforme, sino diversificada o plural, con un pluralismo no meramente funcional u operativo, sino también ontológico. En efecto, los cristianos, además de realizar actividades diversas, son diversos unos de otros. La vocación divina, que produce las diversidades, penetra hasta el ser mismo de las personas, produciendo en ellas la entidad diversificante, de la cual dimanan todas las diversidades en el campo de la acción y del trabajo apostólico. Por eso precisamente no todos los cristianos pueden hacer las mismas cosas. Coordinando unidad y diversidad, creo que las relaciones entre las vocaciones cristianas pueden ser encuadradas en dos grandes categorías. Estas vocaciones son, por una parte, complementarias y, por otra, desiguales. No se puede realzar la complementariedad hasta el extremo de negar o simplemente silenciar la desigualdad ni, a la inversa, exagerar tanto la desigualdad que se llegue a la ruptura de los vínculos que unen entre sí a todas las vocaciones dentro de la Iglesia.
l. Complementariedad de las vocaciones cristianas.
El concepto de complementariedad me parece el primero y el más profundo para expresar las relaciones existentes entre unas vocaciones y otras. Los documentos relativos a la vida religiosa -lo mismo se podría decir de los relativos a cualquier otra- lo ponen de relieve con marcado interés... En efecto, la Iglesia, de que cada vocación forma parte, es un único cuerpo, cuyos miembros están todos inmersos en una misma comunión para realizar conjuntamente una misma misión, que consiste en prolongar y hacer efectiva la que Cristo cumplió durante su vida terrena.
El contenido de la comunión eclesial es tan amplio que, para dar idea de él, sería necesario recorrer el entero cuerpo del magisterio… Cualquiera que sea la vocación de cada uno, todos vivimos por las mismas virtudes y nos alimentamos de unos mismos sacramentos, que nos insertan en Cristo como miembros llamados a crecer incesantemente hasta la plenitud de la santidad… la comunión que vincula a todos en el ser cristiano tiene su manifestación dinámica en destinar a todos a una misma misión, la cual consiste en edificar el cuerpo de Cristo, tanto en su vida interna como en su proyección apostólica y misional, hacia todos los hombres. 
De aquí se sigue una consecuencia práctica bien importante. Si todas las vocaciones contribuyen a la constitución de la Iglesia y al desarrollo de su misión, la promoción de las vocaciones debe hacerse conjuntamente, es decir, mediante una pastoral de conjunto que descubra y presente con objetividad las riquezas santificantes y apostólicas de cada vocación peculiar, para que quienes aún no han hecho su opción vocacional puedan realizarla con pleno conocimiento de causa, en la convicción de que, cualquiera que sea el camino escogido, éste implica siempre un serio compromiso de fidelidad a Cristo y de servicio a la Iglesia entera, con vistas a que todos los hombres participen de la salvación.
Ahora bien: si todas las vocaciones imponen un exigente compromiso para con la Iglesia, es obvio que la Iglesia ha de tener un compromiso análogo para con todas y cada una de las vocaciones, en orden a darlas a conocer, promoverlas y cuidarlas… Dentro del amplísimo campo de las vocaciones laicales, la situación actual requiere una peculiar solicitud por la vocación al matrimonio y la familia. Y esto por dos razones. Primera, porque si en la familia no se vive una sólida vida cristiana, la germinación, crecimiento y perseverancia de las vocaciones sacerdotales y religiosas es tan difícil que casi se la podría considerar prácticamente imposible... 
La complementariedad y promoción conjunta de las vocaciones sólo puede tener sentido dentro del máximo respeto a la identidad de cada una, reconociendo prácticamente la finalidad específica para la cual Dios las concede. Para el desarrollo armónico del pueblo de Dios y para su crecimiento en la santidad se requiere que el laico sea y actúe como laico, el sacerdote como sacerdote y el religioso como religioso. Cualquier confusión es desintegradora
2. Desigualdad de las vocaciones cristianas.
Las vocaciones cristianas no sólo son múltiples y diversas, sino también desiguales; entre ellas existe jerarquía, en virtud de la cual una es preferible a otra y tiene principalidad respecto de otra, objetivamente hablando. Para orientar el razonamiento sobre este punto, ciertamente complejo, puede ser provechoso dirigir una mirada al Concilio Vaticano II. El Concilio enseña que, en el interior de las verdades de la fe, «existe un orden o jerarquía», la cual proviene de que el nexo de cada una con «el fundamento de la fe cristiana» es diverso. Unas verdades están más cercanas a ese fundamento y, por tanto, tienen primacía respecto de las que se hallan más distantes, las cuales, en consecuencia, son subordinadas, dependientes, menos principales, o como se quiera decir. El contenido de las verdades de fe es siempre de fe; pero su riqueza objetiva es desigual.
En el campo de las vocaciones ocurre algo semejante. Todas son eclesiales, constitutivas del misterio de la Iglesia. Pero no lo son por igual. Hay entre ellas un orden de principalidad y de subordinación. En el caso de la fe la jerarquía se realiza solamente en el orden objetivo: dentro del objeto de la fe hay unas verdades primarias y otras derivadas 0 inferiores. En cambio, tratándose de las vocaciones, el criterio de principalidad no puede ser puramente objetivo. La .vocación es siempre de una persona y para una persona concreta, que tiene sus cualidades personales, sus propensiones, sus preferencias; sus peligros también. La vocación divina asume todo este substrato humano para hacerlo servir al logro del fin intentado por Dios, es decir, a la santificación y salvación. Ahora bien: es un hecho comprobado que el substrato humano condiciona la vivencia de la vocación divina, por no decir que Dios deposita en cada persona un determinado substrato con vistas a coronarlo con una determinada vocación, la más idónea para conseguir que aquel substrato se expansione connaturalmente y haga fructificar la plenitud de sus posibilidades, de modo que la persona llegue, sin ninguna violencia o presión interior, a la perfecta madurez humana y cristiana. Este elemento subjetivo de la vocación es de gran importancia. No todos los dones divinos se acomodan por igual a todas las psicologías humanas. Es posible, más aún, hay que aceptar como dato incontrovertible, que determinadas psicologías se desarrollan mejor y rinden más no sólo para el mundo, sino también para la Iglesia, cuando quedan encuadradas en una vocación objetivamente inferior, por ser ésta su mejor «tierra de cultivo». Ocurre algo parecido a lo que se observa en las plantas: cada una requiere su propio «humus». Lo cual implica que para un buen cultivo vocacional hay que conjugar adecuadamente el elemento objetivo o el «humus» y el subjetivo o la calidad de la «planta». Según esto, la desigualdad de las vocaciones o la mayor perfección de unas y otras puede ser considerada desde un punto de vista subjetivo, es decir, desde las mayores facilidades que una determinada persona encuentra para santificarse habida cuenta de sus propensiones, o desde un punto de vista objetivo, o sea, desde la jerarquía o puesto que el don otorgado por Dios tiene en la constitución de la Iglesia.
3. Superioridad subjetiva de la vocación.
La vida cristiana, desde sus orígenes y en todas sus expresiones, es puro don de Dios. El hombre no tiene la iniciativa. Lo que le compete y se le pide es responder al don recibido… Cuanto el cristiano se afiance más en esta actitud de amar a Dios como Padre, cuanto deje a Dios más libertad para derramar sobre él su amor, tanto la vivencia de la vocación cristiana será más perfecta, cualquiera que sea el concreto género de vida en que uno se encuentre… la postura de «dejarse amar» (…) no tiene nada que ver con el quietismo histórico; expresa la postura inicialmente pasiva en que se refleja la gratuidad de la gracia. Pero se trata de una pasividad en la que, paradójicamente para nosotros, se realiza una forma perfectísima de actividad: acoger el don de Dios con el corazón ensanchado.
Resumir «toda la actitud cristiana» en dejarse amar por Dios como Padre no conduce a un cristianismo evasivo, porque Dios Y el prójimo están indisolublemente unidos… No puede haber apertura y respuesta a Dios sin apertura y respuesta a los hermanos… La respuesta al hermano, aunque segunda en jerarquía, es respuesta verdadera, más aún, necesaria, cristianamente hablando. El don que Dios comunica por la vocación y al que es necesario responder en el amor, no se ordena al solo bien personal de quien lo recibe, sino también a la edificación del entero cuerpo de Cristo constituido por miembros diversificados, que no pueden ejercer todos la misma función (cfr. 1 Cor 12, 12-13). Ahora bien: la vocación y las consiguientes funciones las distribuye Dios libérrimamente, según su propio designio o plan salvífico y no según criterios o gustos de los hombres. Lo mejor para cada uno es acoger lo que se le da
La superioridad subjetiva de la vocación dista mucho de ser una idea nueva. Está ya claramente expresada en la Sagrada Escritura. Hablando en términos concretos, para la Iglesia es necesario que unos cristianos se casen y que otros renuncien al matrimonio con el fin de consagrarse más libremente a la contemplación de los misterios divinos. La humanidad -dice Santo Tomás- «no poseería un estado perfecto si en ella no hubiese quienes practican los actos destinados a la generación y quienes se abstienen de ellos dedicándose a la contemplación». Santo Tomás enseña claramente que de suyo la virginidad es mejor pero ello -aclara inmediatamente- no excluye que para «alguno en concreto sea mejor el hacer vida de matrimonio»…
El tema del aspecto subjetivo de la vocación debe ser ampliado, tomando también en cuenta el ministerio… una vocación tan excelsa como la sacerdotal puede ser vivida a nivel muy bajo. Es posible, y en muchos casos se da, un verdadero desajuste entre las exigencias objetivas de la vocación y el modo como un determinado cristiano responde a ellas.
4. La superioridad objetiva de algunas vocaciones a la luz de la cristología.
Si toda vocación se define ante todo como seguimiento de Cristo, es evidente que la cristología ha de tener repercusiones importantes en el modo de entender y de establecer las relaciones entre las diversas vocaciones, porque no todas se encaminan a Cristo por la misma senda ni participan de esos atributos en igual medida. Es un hecho notorio que la Iglesia siente hoy una preocupación especialísima por las vocaciones sacerdotales y religiosas… Estas vocaciones constituyen el «problema fundamental» no por motivos de sola «coyuntura» o a causa del fuerte descenso que han sufrido durante los últimos años, sino por lo que ellas son en sí mismas y por la función que les compete permanentemente en la Iglesia… Las vocaciones sacerdotales y religiosas constituyen «el problema fundamental de la Iglesia» por dos razones objetivas y permanentes. Son comprobación de la vitalidad espiritual de la Iglesia y, a la vez, condición de esa misma vitalidad… Esta convergencia en el modo de apreciar la importancia de las vocaciones sacerdotales y religiosas para la vida de la Iglesia obliga a reflexionar sobre su fundamento. Y aquí es donde entra en juego la cristología. El presupuesto básico es que, cuanto una vocación se acerque más a Cristo, tanto ha de ser más perfecta, objetivamente hablando.
La Sagrada Escritura dice que Cristo «se hizo uno de tantos» (Flp 2,7), que «hubo de asemejarse en todo a sus hermanos» (Heb 2,17), que puede compadecerse de nuestras flaquezas, porque él las experimentó, «habiendo sido probado en todo a semejanza nuestra, fuera del pecado»(Heb 4,5). Estas expresiones bíblicas y otras análogas no siempre son entendidas correctamente, porque a veces son usadas aislándolas de otras que les sirven de complemento y de las cuales se prescinde. Cuando la Sagrada Escritura habla de Cristo asemejado en todo a los hombres, se refiere a su realidad ontológica, si se puede usar esta expresión. En efecto, Cristo es tan verdadera y propiamente hombre como cualquiera de nosotros.
Pero este hombre que, en cuanto tal, es idéntico a todos los demás, vino al mundo con una misión absolutamente única, que le compete a él solo, e inició un género de vida desprendido de las realidades terrenas, para ocuparse permanentemente y sin estorbos «en las cosas de su Padre » (Le 2,49). Cuando Jesús asume para sí esta dedicación, se distancia manifiestamente de las comunes tareas de los hombres y proclama, ya desde el comienzo de su existencia terrena, lo que dirá expresamente más tarde, o sea, que él no es de este mundo.
Y porque Jesús había de ocuparse en las cosas de su Padre de una manera absolutamente única, posee también atributos excepcionales, que con toda propiedad y en plenitud le competen a él solo, de manera que, si algún otro hombre los posee, es siempre en dependencia de él, por participación y gracia de él. Aquí entran todos los atributos mesiánicos de Jesús que conocemos por la Sagrada Escritura. Sólo Jesús es el Mesías, y nadie puede salvarse, si no es por la virtud de su nombre (cfr. Hch 4,12). Los atributos mesiánicos señalan una neta diferencia entre Jesús y todos los demás hombres; diferencia no de aislamiento, sino de «jerarquía », porque sólo él es «el Señor y Maestro» (Jn 13,13), mientras que todos los demás «somos siervos inútiles» (Lc 17 ,10)…
La Sagrada Escritura no establece de manera explícita una jerarquía entre los atributos mesiánicos de Jesús. Pero es evidente que, si bien él los ejercita todos en la obra de salvación, no todos son igualmente importantes ni configuran por igual el misterio salvífica. En diversas épocas de la historia, y de modo especial durante los últimos años, el pensamiento teológico y pastoral ha estado dominado por una manifiesta predilección hacia el atributo de profeta. Las cristologías que hoy gozan del «favor popular» ven en Jesús sobre todo al profeta, venido al mundo para proclamar a los hombres un mensaje, la buena noticia… Creo que cuando se trata de señalar el atributo que configura la obra salvífica realizada por la Palabra o Verbo eterno de Dios, hay que dar la primacía al sacerdocio de este Verbo encarnado. La carta a los Hebreos -que es la reflexión más profunda de todo el Nuevo Testamento sobre la redención- define claramente la mediación de Jesús en términos sacerdotales…
La demostración científica de estas ideas exigiría un espacio que aquí no se le puede conceder. Por eso me limitaré a unas reflexiones elementales, que tienen como punto de partida una enseñanza muy reiterada por el Concilio Vaticano II. Dice el Concilio que «el sacrificio de la eucaristía es la fuente y cima de toda la vida cristiana». Ahora bien: si para la vida cristiana, tomada en su totalidad, el principio y la cumbre está en el sacrificio eucarístico, ello presupone que en la obra de redención lo supremo es el sacrificio pascual, o sea, aquella obra en cuya realización Cristo ejerce de modo supremo su atributo de sacerdote. No habría ninguna base para centrar la vida cristiana en el sacrificio de la eucaristía, como hace el Concilio Vaticano II, si lo supremo en la obra de Cristo fuese el anuncio hablado del evangelio o la predicación en que Jesús ejerce su atributo de profeta…
Con esto existe ya base para sacar una primera conclusión. En efecto, si Cristo es mediador sobre todo en cuanto sacerdote y si todos sus atributos mesiánicos están «coronados» por el sacerdocio, una vocación cristiana será tanto más perfecta, objetivamente hablando, cuanto más se acerque al sacerdocio de Cristo y cuanto confiera una mayor participación en él. Es decir, entre todas las vocaciones cristianas, la cristología obliga a dar la principalidad objetiva al sacerdocio, sobre todo en su «grado» episcopal. Para confirmar esta conclusión se podrían citar muchos pasajes del Concilio Vaticano II en que se dice que los ministros de la Iglesia representan a Cristo cabeza, obran en su nombre, etc. lo cual supone una evidente superioridad… todos los cristianos nos unificamos o somos iguales y aquello en que los ministros sobresalen. Ambas realidades, la que iguala a todos y la que da preeminencia a algunos, proceden de Cristo y deben ser acogidas íntegramente, para que la Iglesia se manifieste tal como él la instituyó… la representación que los ministros tienen de Cristo cabeza es un dato que trasciende la cristología misma y reviste índole netamente teologal, es decir, se conecta con la voluntad del Padre… Los ministros dan «consistencia social» a la superioridad de Cristo respecto de la Iglesia, pero, a la vez, son «plena y dolorosamente conscientes de cuan imperfectamente consiguen representarla». Los dones de Cristo rebasan sin medida las posibilidades humanas: Cuanto más excelentes son tanto hacen experimentar más al vivo la propia indignidad, la cual atestigua, por contraste, el poder infinito de Cristo que los otorga…
La cristología tiene que ver no sólo con el sacerdocio, sino también con la vida religiosa. El Concilio Vaticano II enseña reiteradamente que la práctica de los consejos evangélicos tiene su fundamento en las palabras y en los ejemplos de Cristo (cfr. LG 43a; PC la), es decir, en el comportamiento que observó durante su vida terrena, y al que debemos prestar atención, porque de otro modo su misterio quedaría irremediablemente mutilado.
La existencia de vida religiosa en la Iglesia está exigida y predeterminada por el comportamiento o vida terrena de Cristo mismo. Ahora bien: me parece cosa evidente e incuestionable que la vida de Cristo no sólo fue diferente de la común entre la inmensa mayoría de los hombres, sino también mejor. El, precisamente por ser maestro y modelo de toda perfección, debía darnos ejemplo de lo mejor. Cuando se dice que Cristo llevó una vida como la de todos los hombres, se enuncia una verdad a medias, la cual, como suele ocurrir en casos análogos, sirve de vehículo a un gran error, porque nos impide ver la atmósfera original nueva no de este mundo, en que la salvación del mundo «nació» y se desarrolló hasta que llegó el momento de la consumación definitiva en el misterio pascual. El género de vida de Cristo está al servicio de una idea clave acerca de la redención, o sea, que ésta no brota del interior de estructuras y ambientes «mundanos», sino que tiene su origen -y, por tanto, también su consumación- en algo, en un modo de vivir, que se sitúa más allá y por encima de lo que es común entre los hombres y que, en consecuencia, representa un bien a la vez diferente y mejor.
Esto implica por fuerza que quienes a través de los tiempos asumen el género de vida de Cristo mediante los consejos evangélicos, siguen un camino que se asemeja más al suyo y que, por lo mismo, es mejor, objetivamente hablando. Carece de sentido proclamar que Cristo es el modelo supremo de perfección y luego negar a su comportamiento concreto e histórico el valor de principio jerarquizante de la eficacia que, en orden a conseguir la perfección, tienen los diversos caminos de seguimiento abiertos a sus discípulos. El hecho de que Cristo escogió para sí un determinado camino da a éste una indiscutible prioridad, cuya hipotética negación no podría menos de mutilar el misterio de Cristo mismo.
La vida religiosa es sencillamente la acogida de esa prioridad… Y creo que con esto llegamos a tocar el fondo de un grave problema actual. Es un hecho que las vocaciones religiosas han decrecido en proporciones desoladoras, por no decir catastróficas. Pero esto, con ser muy malo, no es lo peor Lo más preocupante es que la fe en Cristo ha sufrido un eclipse y que su obra de salvación ha sido muy desfigurada. Desde perspectivas diversas, con «hermenéuticas» y con «análisis críticos» de signo vario, se ha intentado reiteradamente presentar una redención secularizada muy de este mundo. En semejantes cristologías se pierde completamente de vista el valor redentivo de aquel peculiar género de vida que Cristo escogió para sí. Y con esto se elimina radicalmente el fundamento mismo de la vida religiosa, la cual no puede menos de sufrir el colapso del que todos somos testigos. Sin una fe vigorosa en el misterio, de la redención, con todos los contenidos concretos e históricos que Cristo le imprimió, el resurgimiento de la vida religiosa será imposible. Yo confío que el vigor de la fe renacerá y que la vida religiosa conocerá un nuevo esplendor.
El fundamento de la superioridad del sacerdocio y de la vida religiosa es diverso y, por tanto, estas mismas vocaciones son desiguales entre sí. La superioridad del sacerdocio se funda en el poder ministerial que concede para actualizar el misterio de la redención por la palabra y los sacramentos, sobre todo mediante el sacrificio eucarístico, que, haciendo a Cristo real y sustancialmente presente, renueva la totalidad de la obra salvífica: cosa que no se puede obtener por ningún otro medio. La vocación sacerdotal, en su línea, no sólo es superior, sino también insuperable, porque es imposible que cristiano alguno llegue a más que a renovar el misterio de la redención del mundo.
En cambio, la superioridad de la vida religiosa se funda en que reasume, para perpetuarlo, aquel concreto modo de vida que Cristo escogió para sí. El comportamiento de Jesús expresa no sólo lo mejor, sino también lo óptimo, y parte de ese comportamiento es el cuadro humano en que sé desarrolló su existencia terrena, es decir, el cuadro de los consejos evangélicos, que él inició en plenitud y que transmitió a la Iglesia como un «don divino» que ésta, «con su gracia, conserva siempre» (LG 43a). Si ahora comparamos el máximo ministerial con este otro máximo fundado en el género de vida es preciso atribuir la principalidad al primero. Lo absolutamente máximo en la vida cristiana es renovar el misterio de Cristo mismo, haciéndolo a él presente, lo cual se consigue por la celebración eucarística. Una mirada a la cristología resulta esclarecedora también en este punto.
Esta mayor perfección objetiva de una vocación no consiste en que quien la recibe «tenga derecho» o esté destinado a una santidad más alta. Todos los cristianos están llamados a la santidad suma, a aquella de la que es modelo supremo el Padre celestial (cfr. Mt 4,44-48). Pero la superioridad objetiva de la vocación compromete al cristiano de una manera más estricta o por un título especial a buscar la santidad que es propuesta a todos y exigida a todos en virtud de la común inserción en Cristo por el bautismo.
Para concluir este punto de la superioridad objetiva, una última aclaración. Si me he detenido en el tema, no ha sido para «cantar las glorias» de una vocación determinada ni, mucho menos, para exaltar a unos cristianos sobre otros, presentando a unos como los «mejores» y a otros como los «peores». Lo dicho en el apartado precedente sobre superiordad subjetiva de la vocación tiene una importancia decisiva, que en ningún caso puede ser infravalorada. El amor compendia y supera todas las vocaciones, cada una de las cuales se reduce a expresar algo de su inagotable riqueza. Si alguien viese en su vocación un motivo de engreimiento, adulteraría de modo insufrible el don de Dios y él mismo se haría despreciable… Los dones de Dios cuanto más excelentes, mayor humildad y espíritu de servicio exigen (cfr. Mc 10,43-45). Es la gran lección que brilla en Jesús, el Siervo de Yahvé, y en María, la esclava del Señor.
Las posturas «niveladoras» de todas las vocaciones se ven en la obligada y fatal necesidad de pasar por alto o dejar en la sombra, cuando no de negar, aspectos y valores centrales del misterio de Cristo. Pero esto es precisamente lo que no puede ser aceptado en modo alguno. Aun a costa de incurrir en el peligro de desagradar a los hombres, usando un lenguaje «inactual», es necesario por encima de todo servir a Cristo (cfr. Gál 1,10), fuera de cuya luz y seguimiento la teología no tiene nada que hacer; más aún: se degrada hasta el nivel de cualquier vulgar ideología.
Tomado y adaptado de:
Bandera, A. Teología de la vida religiosa. Ed. Sociedad de educación Atenas, Madrid, 1984, pp. 191-212, passim.