viernes, 27 de mayo de 2016

¿Dialogar con napoleones?

Ayer decía un amigo que dialogar con quien se cree Napoleón es una pérdida de tiempo, a menos que uno tenga por profesión ocuparse de la salud mental del interlocutor. Y esto es verdad, pero no todos los napoleones del mundo están bajo tratamiento; algunos ponen mucho empeño en difundir sus disparates bajo la cobertura de un discurso “ortodoxo”. En atención a sus potenciales víctimas, algo podemos hacer desde nuestra bitácora.
Hemos comentado otras veces sobre la ley del péndulo: por combatir un error se cae en otro de signo opuesto. Así, por ejemplo, por combatir el subjetivismo puede caerse en un objetivismo mecanicista que suprime la función de la conciencia.
Para explicar mejor este tema podemos partir de un ejemplo (tomado de Santo Tomás, con algunas modificaciones menores):
Ticio no cree en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Se encuentra ante el Santísimo Sacramento expuesto y otras personas lo invitan a realizar un acto de adoración. Ticio comienza a preguntarse si puede hacerlo, porque no cree que Dios esté presente bajo las especies sacramentales.
Alguno podría argumentar que es un dogma de fe propuesto por la autoridad infalible de la Iglesia que Cristo está presente en la Eucaristía; que la adoración es un acto objetivamente bueno; por tanto, Ticio debe creer y adorar... Y que darle más vueltas al asunto sería un planteamiento subjetivista, liberal, etc.
Pero Santo Tomás pensaba de otro modo: quien por error invencible no cree, peca creyendo y adorando. Mientras subjetiva e invenciblemente considere que su conciencia es verdadera, no puede obrar en contra. Si el dictamen de su conciencia le prohíbe creer y adorar, no debe hacerlo (cfr. S. Th., I-II, 19, 5; I-II, 19, 6; De veritate, 17, 4).
Todo esto es claro en el plano de la relación de Ticio con Dios. La cuestión puede complicarse cuando Ticio entra en relación con los demás seres humanos Porque el hombre es un ser social por naturaleza y el cristiano es un ser eclesial. Muchas veces su conducta externa tiene proyección sobre otros. Y en tales casos la autoridad, sea política o eclesial, tiene derecho a prevenir e incluso sancionar el daño social que causa la proyección externa de un error religioso. Aunque también puede tolerarla, para evitar males mayores.
En fin, todo esto se resume en una fórmula breve pero fecunda en sus consecuencias: la conciencia invenciblemente errónea excusa ante Dios pero no ante los hombres.

lunes, 23 de mayo de 2016

Derecho penal, caridad y sensiblería


«La concepción cristiana está ligada a este criterio de justicia. Un Derecho penal que no respete las exigencias de la justicia no puede ser un Derecho penal cristiano. La caridad no debe desterrarse de la esfera de las leyes penales, pero no es criterio que pueda sustituir a la justicia como fundamento de las leyes mismas. Nada más anticristiano que esa actitud corrosiva respecto de las fundamentales exigencias de justicia del Derecho penal, que esa que en nombre de una caridad o de una misericordia invocada fuera de lugar, querría dar las bases racionales para anclar el Derecho penal en el lábil terreno del sentimiento. Caridad y misericordia deben manifestarse en el respeto de la ley y de la justicia, nunca sustituirla para minar las bases del fundamentó racional de la pena. Que tenga que reconocérseles amplia cabida en la concepción penal, es afirmación que no puede ser puesta en duda, salvas las fundamentales exigencias de justicia. Hoy se habla mucho de la necesidad de "humanizar" el Derecho penal, mas tal humanización sólo puede entenderse en el cuadro de una concepción de justicia, que es la única que salva el valor moral del individuo de todo arbitrio, sea en su contra, como también en su favor. La justicia es rota, y el orden violado, no sólo en los casos en que se hace pagar al individuo más de lo que en concreto merece, sino también en la hipótesis en que se le haga pagar menos o se le condone completamente la deuda, cuando esto es contrario a una fundamental exigencia social. El Derecho penal es relación entre exigencias sociales, por un lado, y exigencias individuales, por el otro, no entre individuo e individuo. No hay que olvidar que el delito es tal sólo en cuanto viola el orden social, por lo que el Estado, que es su garante, tiene la obligación de intervenir con una disposición de justicia. Sólo cuando esto haya sido realizado, caridad y misericordia pueden cumplir su obra salutífera y benéfica.»

Tomado de:

Bettiol. G. El problema penal. Bs. As. (1995), pp. 82-83.

lunes, 16 de mayo de 2016

Semina Verbi, sin pelos en la lengua

Se ha convertido en un lugar común suponer que en las religiones no cristianas están presentes algunas semina Verbi (=semillas de la Palabra), o que constituyen una especie de praeparatio evangélica (=preparación para el Evangelio). En el origen de esta creencia está la enseñanza del Concilio Vaticano II. El Decreto sobre la actividad misionera afirma:
“[Los cristianos] estén familiarizados con sus [=de los no-cristianos] tradiciones nacionales y religiosas, descubran con gozo y respeto las semillas de la Palabra que en ellas laten” (Ad gentes, n. 11; cf Lumen gentium, n. 17).
En la Constitución dogmática sobre la Iglesia se afirma:
“Y la divina Providencia tampoco niega los auxilios necesarios para la salvación a quienes sin culpa no han llegado todavía a un conocimiento expreso de Dios y se esfuerzan en llevar una vida recta, no sin la gracia de Dios. Cuanto hay de bueno y verdadero entre ellos, la Iglesia lo juzga como una preparación del Evangelio […] y otorgado por quien ilumina a todos los hombres para que al fin tengan la vida” (Lumen gentium, n. 16; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 843).
La Declaración sobre las religiones no cristianas, para expresar el mismo concepto, utiliza la imagen del haz de luz:
 “La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres” (Nostra aetate, n. 2).
Después del Concilio, las metáforas de las semina verbi y de la praeparatio evangélica fueron retomadas por los Sumos Pontífices. Pablo VI, en la Exhortación apostólica sobre la evangelización, dice:
“[Las religiones no-cristianas] están llenas de innumerables ´semillas del Verbo´ [74] y constituyen una auténtica ´preparación evangélica´ [75], por citar una feliz expresión del Concilio Vaticano II tomada de Eusebio de Cesarea”  (Evangelii nuntiandi, n. 53).
Por su parte, Juan Pablo II, en su primera Encíclica, escribe:
“Justamente los Padres de la Iglesia veían en las distintas religiones como otros tantos reflejos de una única verdad ´como gérmenes del Verbo´,[67] los cuales testimonian que, aunque por diversos caminos, está dirigida sin embargo en una única dirección la más profunda aspiración del espíritu humano, tal como se expresa en la búsqueda de Dios y al mismo tiempo en la búsqueda, mediante la tensión hacia Dios, de la plena dimensión de la humanidad, es decir, del pleno sentido de la vida humana” (Redemptor hominis, n. 11).
Por lo tanto, parecería que nos encontramos con una doctrina bien establecida, profundamente enraizada en la tradición, ya que las expresiones utilizadas son de origen patrístico. La imagen las semina Verbi es de San Justino y Clemente de Alejandría; el concepto de praeparatio evangélica, en cambio, como Pablo VI nos ha recordado, se encuentra en Eusebio de Cesarea. Todo esto es cierto. El problema es: ¿estamos seguros de que los Santos Padres, con tales expresiones, que se referían a las religiones no cristianas (que en ese momento se identificaban con la religión pagana)? Hago responder a esta pregunta a uno de los principales patrólogos del siglo XX, Berthold Altaner (Patrología, Marietti, 7ª ed., 1977). Acerca de Justino, que habla de las “semillas del Verbo" en sus Apologías, escribe:
“Con su teoría del λόγος σπερματικός [logos spermatikos], Justino echa un puente  entre la antigua filosofía y el cristianismo. El Logos divino apareció  en Cristo en toda su plenitud; sin embargo, todo hombre lleva en su  razón un germen (σπέρμα) del Logos. Esta participación del Logos, y consiguientemente la disposición para conocer la verdad, en algunos  sabios fué particularmente grande; así, por ejemplo, los profetas del  judaísmo, y entre los griegos, Heráclito y Sócrates. Opina Justino que  muchos elementos de la verdad pasaron de la antigua literatura judaica a los poetas y filósofos griegos, ya que Moisés fué el más antiguo de  los escritores. Por consiguiente, los filósofos que ajustaron su vida y enseñanza a los dictámenes de la razón fueron, en cierto sentido, cristianos antes de la venida de Cristo. Pero sólo después de esta venida  los cristianos entraron en poder de la verdad total, segura y exenta  de todo error (I Apol. 46; II Apol. 8, 13). El pensamiento teológico  de San Justino está grandemente influido por la filosofía estoica y  platónica” (pp. 70-71).
En cuanto a Eusebio, que compuso una obra titulada Praeparatio evangelica, Altaner escribe:
La Praeparatio evangélica αγγελικ προπαρασκευή), en 15 libros, tiene por fin demostrar que los cristianos han tenido razón al preferir el judaísmo  al paganismo. La ´filosofía de los hebreos´ es superior a la cosmogonía y mitología de los paganos. Además, los sabios del paganismo, en especial Platón, han tomado su doctrina del Antiguo Testamento” (p. 223).
Como se puede ver, los Santos Padres no encuentran ninguna "semilla de la Palabra" en la religión pagana, ni la consideran una "preparación del Evangelio". Estas imágenes son aplicadas por ellos no a la religión, sino a la cultura de la época, en especial a la filosofía y la poesía, que, según ellos, se acercaron a Moisés. Los primeros cristianos nunca aprobaron todos los elementos de la religión pagana, mientras no tuvieron escrúpulos para tomar incluso categorías helenismo para expresar su fe. La preocupación de los cristianos de los primeros siglos no fue el diálogo entre religiones, sino la inculturación del Evangelio.
Una confirmación de esto, que fue la actitud de la Iglesia de todos los tiempos hasta el Vaticano II, se encuentra en el padre Matteo Ricci (1552-1610). Por lo general, el misionero jesuita, se propone como un precursor del diálogo interreligioso, dada su simpatía hacia el confucianismo. Pero no se tiene en cuenta que tal simpatía surgió precisamente de la “conciencia de que no había ningún elemento en el confucianismo que pudiera sugerir una religión... el confucianismo, lejos de presentar la misma forma de una religión, perseguía el objetivo de dar una justa y recta administración del gobierno del país "(Franco Di Giorgio). Por el contrario, el padre Ricci no tuvo escrúpulos en criticar el taoísmo y el budismo, que consideraba incompatibles con el cristianismo.
Aquí cabe preguntarse si, en este punto, el Concilio no representa una ruptura con la tradición, más que una evolución legítima. No me corresponde responder a esta pregunta, que también constituye un problema de suma importancia. La única cosa que puedo afirmar es que no parece correcto decir, como Juan Pablo II en la Encíclica Redemptor Hominis que "justamente los Padres de la Iglesia veían en las distintas religiones como otros tantos reflejos de una única verdad ´como gérmenes del Verbo´”. Un Papa tiene toda la autoridad para interpretar la Revelación, pero no para autoridad para distorsionar la historia.

 Tomado y traducido de:

viernes, 13 de mayo de 2016

¿Lefebvrismo liberal?

El p. Pierpaolo-Maria Petrucci es un sacerdote de la FSSPX que ha publicado un artículo sobre la moral del voto (aquí). También los distritos de EE. UU. y Canadá de la Fraternidad se han ocupado del tema (teniendo en cuenta la doctrina del mal menor).
En general, los artículos breves de sacerdotes de la Fraternidad se caracterizan por su finalidad de divulgación, hablar claro y exponer doctrina segura. Casi siempre se apoyan en el magisterio eclesiástico hasta Pío XII complementado con la teología pre-conciliar formulada en manuales clásicos.
Traducimos unos fragmentos del artículo del p. Petrucci, entre comillas, y agregamos comentarios nuestros:
 [1] “Aunque ha condenado muchas veces los principios revolucionarios nacidos el siglo de las Luces, la Iglesia no considera que los medios ofrecidos por las constituciones modernas para designar un gobierno, singularmente el voto, sean malos en sí mismos. [2] Además, es falso decir que el cristiano que acepta utilizar estos medios aprueba implícitamente los principios erróneos”.
[1] Malo en sí mismo, malum in se, expresión escolástica equivalente a intrínsecamente malo.
[2] Votar bajo la vigencia de los principios erróneos del liberalismo, como la soberanía popular, una constitución liberal, etc., no implica aprobarlos de modo expreso ni tácito. Porque objetivamente el acto no significa tal cosa.
[3] “Votar por alguien no significa forzosamente estar de acuerdo con todas sus ideas sino ver concretamente, que, en el estado actual de cosas, esta persona puede defender mejor la ley natural, inspirarse más en la doctrina social de la Iglesia.”
[3] Supone la clásica distinción entre cooperación formal y material. El acto de votar se ordena de suyo a la elección del titular de un oficio público, no a convalidar todo el pensamiento de un candidato. La finalidad honesta que debe buscar un cristiano que vota es el bien común.
[4] “Cuando la elección se presenta entre varios candidatos, pienso que la prudencia debería empujarnos a elegir a quien objetivamente tiene más posibilidades de tener una influencia sobre la vida social”.
[5] “No olvidemos que la política es el arte de lo posible. Y, sin contentarnos con llorar en  un rincón los males de nuestra época, sepamos utilizar todos los medios lícitos que la Providencia nos da para el triunfo del bien”.
[4] Es el problema que se plantea cuando hay un candidato que da plenas garantías de defender la ley natural y la doctrina social de la Iglesia, pero que tiene muy pocas posibilidades de ser elegido. Prudencialmente, el p. Petrucci parece aconsejar la elección del menos malo con mayores posibilidades de acceder al cargo. Le preguntamos por correo electrónico y nos respondió que lo considera como una opción legítima mediando causa proporcionada, aunque no obligatoria en conciencia.
[5] Confronta críticamente la actitud ilusoria de esperar lo mejor sin aprovechar lo bueno.
¿Qué decir de estos artículos de miembros de la FSSPX? ¿Cómo explicar que integrantes de la sanior pars de la Iglesia nieguen intrínseca maldad a todo y cada acto de votar con las características que hoy tiene? ¿Acaso estos artículos son expresión de un lefebvrismo liberal? Preguntas retóricas y de obvia respuesta, para nosotros.

martes, 10 de mayo de 2016

De matrimonio


SEMINARIO «JUAN VALLET DE GOYTISOLO»:
El problema filosófico-jurídico fundamental del matrimonio. A propósito del libro «De matrimonio».
El miércoles 11 de mayo de 2016 (D.m.), a las 18:30 horas, tendrá lugar en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación un seminario de discusión en torno al libro DE MATRIMONIO (
Marcial Pons Librero, Madrid, 2015), organizado con la colaboración del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II (Madrid), la Unión Internacional de Juristas Católicos (Ciudad del Vaticano) y el Grupo Sectorial en Ciencias Políticas de la Federación Internacional de Universidades Católicas (París).
Bajo el título «El problema filosófico-jurídico fundamental del matrimonio», intervendrán en el seminario –que lleva el nombre de su fundador Juan Vallet de Goytisolo– los profesores Julio Alvear (Universidad del Desarrollo de Santiago de Chile), Joaquín Almoguera (Universidad Autónoma de Madrid), Miguel Ayuso (Universidad Pontificia Comillas de Madrid), Danilo Castellano (Universidad de Údine), Consuelo Martínez-Sicluna (Universidad Complutense de Madrid), Juan Fernando Segovia (Universidad de Mendoza).
Miércoles, 11 de mayo de 2016
18:30 horas
C/. Marqués de Cubas, 13. (Metro Banco de España). 28014 Madrid

domingo, 8 de mayo de 2016

Casuística y casos

La ética es la ciencia que trata de la conducta del hombre con vistas a la consecución de su último fin. Es una ciencia, no un conjunto de opiniones o creencias. Es una ciencia práctica, normativa, del hombre, basada en la antropología y que por ello tiene también una vertiente social, que se interrelaciona con todas las ciencias sociales.
Un caso es la descripción de una situación real que suele implicar habitualmente un reto, decisión o problema. Es una descripción compleja de lo real -al menos en sus elementos centrales-, enfocada desde el punto de vista del sujeto que debe decidir. Un buen caso cuenta una historia, se centra en un problema que despierta el interés del lector, permite el desarrollo de cierta empatía con los sujetos principales del caso y requiere en último término la resolución de un problema.
Sobre la utilidad didáctica de la resolución de casos se ha escrito muchísimo y no tenemos nada original para agregar. Pero en esta entrada queremos salir al cruce de una falacia bastante frecuente, que consiste en confundir la resolución de casos, procedimiento legítimo y muy útil para testear empíricamente unos principios éticos; de la casuística, que fue un desarrollo anómalo de la ciencia moral, que llegó a oscurecer los grandes principios y reducir la vida moral a un cúmulo de preceptos particulares desvinculados de las virtudes.
¿Cómo describir la casuística para diferenciarla de la resolución de casos? He aquí una caracterización de Requena:
1. El primer paso de la casuística está siempre constituido por la formación de una taxonomía, como sistema en el que los casos están organizados siguiendo el criterio de la analogía. Generalmente, en los textos de los famosos casuistas esta sistematización se establece alrededor de los Diez Mandamientos o de los pecados capitales. Cada capítulo comienza con la definición de los términos empleados (por ejemplo, la definición de homicidio al considerar el quinto mandamiento, o de mentira al considerar el octavo). Para ello se recurre a las utilizadas por autores clásicos, como Cicerón, San Agustín y Santo Tomás. Después se presenta un caso concreto en el que la valoración moral resulta evidente, generalmente por suponer una clara trasgresión del precepto que se considera. Este caso pasa a ser paradigmático, y servirá de modelo para estudiar, por analogía, aquellos otros que no resultan tan claros. 
2. Las máximas son aquellos aforismos o dichos clásicos, más específicos que los principios generales e incuestionables de la moral, que se utilizan para fundamentar la argumentación del caso. Muchos proceden de la Ley Romana, y fueron después asumidos por en los cánones de la Iglesia. Normalmente no requieren justificación alguna, y son «generales, pero no universales o invariables».
3. Lo que hace que la valoración moral en algunos casos no resulte tan clara como en los paradigmáticos son las circunstancias, y por ello han de ser consideradas con gran atención. Los casuistas dicen que las circunstancias hacen el caso.
4. Los distintos casos se clasifican según la probabilidad de sus conclusiones (cierta, poco probable, altamente probable, etc.). La probabilidad depende tanto de los argumentos utilizados, como de la autoridad de los autores presentados a favor de una u otra conclusión.
5. La justificación de una u otra conclusión no está tanto en la lógica de su argumentación, sino en lo que denominan la acumulación de argumentos. Un ejemplo de ello son los libros penitenciales, donde junto a los diferentes pecados se establece una penitencia, que no se justifica generalmente con el recurso a la Sagrada Escritura o a los Padres de la Iglesia, sino en referencia a la cantidad de argumentos y autores avalan esa penitencia.
6. A la resolución del caso se llega con la propuesta de una conclusión, que consiste en un consejo sobre la licitud y permisividad moral de una determinada actuación, teniendo en cuenta sus circunstancias particulares. En muchos casos no se trata de una conclusión cierta, sino probable, puesto que la complejidad de la vida moral impide un rigor similar al de las ciencias exactas.
Después de presentar estos elementos, se puede definir la casuística como «el análisis de los asuntos morales, usando procedimientos de razonamiento basados en los paradigmas y la analogía, que lleva a la formulación de opiniones expertas sobre la existencia y severidad de obligaciones morales particulares, estructurados en términos de reglas o máximas que son generales pero no universales ni invariables, porque rigen con certeza sólo en la condición típica del agente y las circunstancias de la acción».
Ahora bien, cuando se plantea un caso para su resolución, en orden a probar empíricamente la recta formulación de los principios, es una falacia acusar de casuismo o de casuística. En el fondo, esto es aprovecharse de la similitud de las palabras para desviar la atención de un punto doliente respecto del cual no se está dispuesto a dialogar racionalmente. Lo cual es contrario a la actitud científica, que en una ciencia práctica debe testear sus principios mediante la resolución de casos, so pena de quedar congelada en un limbo de abstracciones esencialistas.

martes, 3 de mayo de 2016

Pecadores públicos: la falacia del fuero interno

A raíz de las polémicas suscitadas en torno al acceso a la Comunión de los divorciados unidos por matrimonio civil se ha hablado de los pecadores públicos. Aunque el lenguaje eclesial se ha diluido bastante, la sustancia de la disciplina al respecto se mantiene (CIC 1983, c. 915; c. 987; c. 1007; c. 1184 &1, 3º).
La conducta que constituye en pecador público es:
a)   Externa. Se percibe por los sentidos. Pueden ser palabras, gestos, actitudes positivas y también la omisión de algo obligatorio (v.gr., la misa dominical).
b)     Pública. Manifiesta para los integrantes de la comunidad.
c)  Grave. Se trata de una inmoralidad objetiva, material (al menos), obstinada en lo externo. 
Es frecuente en esta materia apelar al denominado fuero interno, recordando que la Iglesia no juzga de lo interior y que nosotros no podemos juzgar en ese ámbito; y también remitirse al estado de la conciencia de los sujetos que realizan determinadas conductas. Lo cual es verdad, pero cuando se lo extrapola al fuero externo, se siguen falacias.
En primer lugar, se debe recordar que hay un canon que prohíbe a los pecadores públicos el acceso a la Comunión describiéndolos como los “que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave”. Sobre el alcance de esta norma, se han dado precisiones oficiales. Y la doctrina que comenta el canon ha precisado que un pecado es “manifiesto” cuando esto es claro y definido, sin posibles dudas, y cuanto menos “en sí” es público, esto es, puede ser probado en el fuero externo. El ministro no debe juzgar de la responsabilidad ante Dios por el hecho, ya que este juicio nunca puede ser dado por un hombre de manera segura y definitiva: "...no da ningún juicio sobre el fuero interno, sino que deja la responsabilidad de la culpa fuera de consideración. Él decide en el fuero externo que alguien no puede ser admitido a la sagrada Comunión. En el canon 915 se trata por consiguiente de un pecado material: esto significa una acción que objetivamente es mala y también grave…” (ver aquí).
En segundo lugar, la situación de pecador público es infamante. Por esto el ministro puede denegarle la Comunión a quien se encuentra comprendido en tal situación sin difamarlo. Porque la situación objetiva es notoria en la comunidad y no se causa infamia a quien pide el sacramento en tales circunstancias.
Conviene advertir, por último, que la noción de pecador público no sólo es aplicable al supuesto de los adúlteros. Se ha aplicado también en el ámbito político (ver aquí). Toda vez que se hace un juicio moral objetivo sobre conductas externas, públicas, en materia grave, de nada vale decir luego que no se juzga de lo interior, ni sobre la conciencia, para eludir la responsabilidad que corresponde a quien juzga; porque la conclusión que lógicamente se sigue es que los sujetos de tales conductas, si son católicos, deben considerarse como pecadores públicos, con las consecuencias que esto tiene en materia sacramental y el consiguiente efecto infamante. No se puede levantar un monumento a los principios y un cadalso a las conclusiones.

P.s.: la foto que ilustra esta entrada es de una política argentina que se dedica de modo sistemático a lanzar anatemas morales contra individuos y grupos a los cuales imputa la condición de pecadores públicos aunque sin usar la fórmula técnica. Tiene un discurso "moralizante" que supone una concepción de la acción humana en la cual la complicidad con el mal ajeno se da de modo mágico, casi se diría que por contagio u ósmosis. 

sábado, 30 de abril de 2016

San Pío X y los integristas españoles (y 2)


8. En los casos prácticos, o con esta unión per modum actus o sin ella, todos debemos cooperar al bien común y a la defensa de la Religión; «en las elecciones, apoyando no solamente nuestros candidatos siempre que sea posible vistas las condiciones del tiempo, región y circunstancias, sino aun a todos demás que se presenten con garantías para la Religión y la Patria», teniendo siempre a la vista el que salgan elegidas el mayor número posible de personas dignas, donde se pueda, sea cual fuere su procedencia, combinando generosamente nuestras fuerzas con las de otros partidos y de toda suerte de personas para este nobilísimo fin. «Donde esto no es posible, nos uniremos con prudente gradación con todos los que voten por los menos indignos», exigiéndoles las mayores garantías posibles para promover el bien y evitar el mal. Abstenernos no conviene, ni es cosa laudable, y, salvo tal vez algún rarísimo caso de esfuerzos totalmente inútiles, se traduce por sus fatales efectos en una casi traición a la Religión y a la Patria. Este mismo sistema seguiremos en las Cortes, en las Diputaciones y en los Municipios en los demás actos de la vida pública. «Nuestra política será de penetración, de saneamiento», «de sumar voluntades, no de restar y mermar fuerzas», «vengan de donde vinieren». Cuando las circunstancias nos lleven a votar por candidatos menos dignos, o entre indignos por los menos indignos, o por enmiendas que disminuyan el efecto de las leyes, cuya exclusión no podemos lograr ni esperar, una leal y prudente explicación de nuestro voto justificará nuestra intervención. En las cosas dudosas que directa o indirectamente se refieren a asuntos religiosos, consultaremos nuestras dudas con los Prelados.
Se aplica aquí el primer principio de la moral política: todos deben cooperar al bien común. ¿Con qué medios? Se destaca en esta norma la participación en elecciones. ¿De qué manera? Buscando el mayor bien posible, razón por la cual se acude al tradicional principio de doble efecto (denominado a veces mal menor) en lo relativo al voto: elegir a los mejores posibles, a los menos dignos, a los menos indignos… Todo ello en una prudente gradación de posibilidades. Y ante las leyes inicuas se da una directiva de acción: cuando no se las pueda derogar por completo, se ha de procurar atenuar el daño social que provocan.
9. Sobre la censura de nuestros periódicos obedeceremos fielmente a cuanto prescribe la Encíclica Pascendi, «y si algún conflicto ocurriese, evitaremos toda publicidad y buscaremos el consuelo y remedio apelando únicamente a las autoridades eclesiásticas». 
La censura de periódicos ha perdido viabilidad en las circunstancias actuales. Lo cual no implica que hayan caducado los principios morales relativos a la difusión pública de los errores.
10. Nuestros ardientes votos son que en el gobierno del Estado renazcan las grandes instituciones de la tradicional Monarquía española, que tanta gloria dio a la Religión y a la Patria, y trabajaremos para la ascensión progresiva de nuestras leyes y modos de gobierno hacia aquel grandioso ideal; «pero no dejaremos de aprovechar todo lo bueno y honesto de nuestras costumbres y legislaciones, para mejorar la condición católica y social de nuestros gobernantes», «recordando que esperar lo mejor sin aprovechar lo bueno es matar en su raíz toda esperanza del mismo ideal a que aspiramos».
En la segunda parte de esta norma se conjura una peligrosa ilusión con estos términos: esperar lo mejor sin aprovechar lo bueno. Es la trampa de buscar bien total (muchas veces imposible) con exclusión de bienes parciales o de reducción de males (lo cual es un bien, secundum quid). Tal sería la actitud de quien se negara, por ejemplo, a apoyar una propuesta de ley criminalizadora del aborto, allí donde este delito es impune, con la excusa de que la nueva ley no penalizaría todos los supuestos.
11. En cuanto a la defensa de la Religión y de los intereses religiosos, «en lo referente a la sumisión a los Poderes constituidos» y a la obediencia y sumisión incondicional a nuestras Prelados, queremos en todo atenernos a las enseñanzas de la Santa Sede, principalmente de Pío IX, León XIII y Pío X, y a las disposiciones del glorioso Episcopado español. 


viernes, 29 de abril de 2016

San Pío X y los integristas españoles (1)

En tiempos de San Pío X, bajo el título Autorizadas instrucciones a los católicos, la Santa Sede dio unas normas prácticas a los integristas españoles. Fueron publicadas en El Siglo Futuro del 30 de enero de 1909. Según dicho diario integrista se trataba del «manual más soberano y completo de los deberes de los católicos en nuestros días» y de «sapientísimas instrucciones que, por venir de donde vienen, serán norma de nuestros actos». 
En esta entrada y en la que sigue reproduciremos las 11 normas prácticas con comentarios nuestros en azul. Algunas, sólo conservan interés histórico; otras, pueden ser útiles en el presente cambiando lo que haya que cambiar.
1. Sostener la tesis católica en España y con ella el restablecimiento de la Unidad Católica, y luchar contra todos los errores condenados por la Santa Sede, especialmente los comprendidos en el Syllabus, y las libertades de perdición, hijas del llamado derecho nuevo o liberalismo, cuya aplicación al gobierno de nuestra patria es ocasión de tantos males. Esta lucha debe efectuarse dentro de la legalidad constituida, esgrimiendo cuantas armas lícitas pone la misma en nuestras manos.
España era en ese momento una nación religiosamente homogénea, poseedora de una compacta unidad que la diferenciaba de otros países. Para salvaguardar el bien común de la unidad católica, la lucha contra los errores liberales era una prioridad. Lamentablemente, al finalizar el régimen de Franco comenzaría a perderse la unidad católica en un proceso que parece no haber concluido. Razón por la cual, mientras no se logre recuperar cierto grado de unidad religiosa, el sostenimiento de la tesis parece políticamente inviable.
En cuanto a los instrumentos, nótese la insistencia en el uso de todos los medios honestos dentro de la legalidad constituida entre los cuales destaca –en párrafos posteriores, de modo explícito- la participación política y la lucha electoral en un sistema de partidos.
2. No acusar a nadie como no católico o menos católico por el solo hecho de militar en partidos políticos llamados o no llamados liberales, si bien este nombre repugna justamente a muchos, y mejor sería no emplearlo. Combatir «sistemáticamente» a hombres y partidos por el solo hecho de llamarse liberales, no sería justo ni oportuno; combátanse los actos y las doctrinas reprobables, cuando se producen, sea cual fuere el partido a que estén afiliados los que ponen tales actos o sostienen tales doctrinas.
Se manda no cuestionar la catolicidad de nadie por su sola militancia partidaria. El documento advierte sobre lo que a nuestro juicio es una confusión derivada de la polisemia del término liberalismo, que da lugar a polémicas puramente verbales en que no se discuten pensamientos sino palabras. Lo que se ha de rechazar son las doctrinas erróneas, cualquiera sea el término con el cual se designen, así como los actos inicuos, sin importar el nombre del partido que los promueva. 
Otro aspecto importante es que el documento previene contra la posible logofobia. No es cuestión de batallar contra un término, aunque el uso de la palabra liberal no sea recomendable y pueda repugnar, sino contra errores y males sociales realmente existentes. 
3. Lo bueno y lo honesto que hagan, digan y sostengan los afiliados a cualquier partido y las personas que ejerzan autoridad puede y debe ser aprobado y apoyado por todos los que se precian de buenos católicos y buenos ciudadanos, no solamente en privado, sino en las Cortes, en las Diputaciones, en los Municipios y en todo el orden social. La abstención y oposición a priori están reñidas con el amor que debemos a la Religión y a la Patria.
Viene al caso citar aquí una anécdota que nos envió un amigo, que tuvo lugar en años posteriores, pero que es reveladora de una mentalidad: el padre Gafo había defendido, como diputado que era, desde la tribuna de oradores, un proyecto de ley de protección social a los trabajadores. Desde su bancada (el bloque de las derechas, con mayoría absoluta y sustentando al gobierno) le interrumpían el discurso con fuertes aplausos. Llegó la votación y ¡sus compañeros votaron contra el proyecto! Desolado, el Padre Gafo se cruzó en los pasillos con Lamamié que le dijo (la cita no es textual): ¡Déjese de pamplinas, lo que tienen que hacer los obreros es ser menos libertinos y rezar más el rosario! O sea, al final, el bien común consiste en utilizar la piedad religiosa como bálsamo pacificante de la sociedad evitando así tener que abordar las causas de las injusticias sociales...
Se reprueba el obstruccionismo y el abstencionismo como contrarios a importantes virtudes.
4. En todos los casos prácticos en que el bien común lo exija, conviene sacrificar en aras de la Religión y de la Patria las opiniones privadas y las divisiones de partido, salvo la existencia de los mismos partidos, cuya disolución a nadie se le puede exigir.
Se aplica aquí el principio de primacía del bien común, que pide subordinar los intereses particulares al bien de la comunidad. Pero contra quienes censuran la política partidaria se recuerda que a nadie se le puede exigir la supresión de los partidos.
5. No exigir de nadie como obligación de conciencia la afiliación a un partido político determinado con exclusión de otro, ni pretender que nadie renuncie a sus aficiones políticas honestas como deber ineludible; pues en el campo meramente político puede lícitamente haber diferentes pareceres, tanto respecto del origen inmediato del poder público civil, como del ejercicio del mismo y de las diferentes formas externas de que se revista.
Se niega legitimidad a la pretensión de un partido católico único, exclusivo, al cual los fieles deban afiliarse como si fuera un deber de conciencia. Tampoco se puede pretender la renuncia a la actividad política como si fuera un deber moral. Por último, se recuerda que hay un campo de cuestiones opinables en materia política (origen inmediato del poder, su ejercicio, formas de gobierno) en el cual se impone el respeto por las personas y la libertad de sus conciencias.
6. No sería justo ser de tal manera inexorables por los menores deslices políticos de los hombres afiliados a los partidos llamados liberales que por tendencia y por actitud política sean ordinariamente más respetuosos con la Iglesia que la generalidad de los hombres políticos de otros partidos, que se creyera obra buena atacarles sistemáticamente, presentándoles como a los peores enemigos de la Religión y de la Patria, como a «imitadores de Lucifer», etc., pues semejantes calificativos convienen al «liberalismo doctrinario» y a sus hombres en cuanto sean sostenedores contumaces y habituales de errores y doctrinas contrarios a los derechos de Dios y de la Iglesia, abusando del nombre de católicos en sus mismas aberraciones, y no a los que quieren ser verdaderos católicos, por más que en las esferas del Gobierno o en su acción política falten en algún caso práctico, por ignorancia o por debilidad, a lo que deben a su Religión o a su Patria. Combátanse con prudencia y discreción estos deslices, nótense estas debilidades que tantos males suelen causar; pero en todo lo bueno y honesto que hagan déseles apoyo y oportuna cooperación, exigiendo a su vez por ella cuantos bienes se puedan hic et nunc alcanzar en beneficio de la Religión y de la Patria.
Se reprueba aquí la crítica destructiva, sistemática, diferenciando el liberalismo doctrinal y pertinaz, de los deslices cometidos por debilidad o ignorancia. Y se pide la cooperación –al menos actual- cuando se trata de luchar por bienes comunes concretos en beneficio de la Religión y de la Patria.
7. Estar siempre prontos para unirse con todos los buenos, sea cual fuera su filiación política, en todos los casos prácticos que los intereses de la Religión y de la Patria exijan una acción común. Esta unión no es unión de fe y de doctrina, pues en tales cosas todo católico debe estar unido con los demás católicos, y todos ellos sujetos y obedientes a la Iglesia y a sus enseñanzas; esta unión, por su naturaleza, no es una asociación católica, ni una cofradía, ni una academia, es una «acción práctica» no constante y permanente o per modum habitus, sino de circunstancias y necesidades o per modum actus.
Este punto es un desarrollo de la última parte del anterior. Se insiste en la distinción práctica entre colaboración habitual y actual en función de bienes comunes. Esta unión colaborativa entre personas de distinta filiación política no es unidad de fe. 
P.s. en la segunda parte de esta entrada abriremos los comentarios al debate. 


lunes, 25 de abril de 2016

Logofobia

Se ha escrito bastante sobre la manipulación por medio del lenguaje. Una táctica de manipulación frecuente es el empleo de palabras talismán. Se considera tales a ciertos términos que a lo largo de la historia se han cargado de prestigio, de un prestigio tal, que nadie en ese momento se atreve a ponerlas en tela de juicio (en el siglo XVII, la palabra orden, en el siglo XVIII, la palabra razón, en el siglo XIX, la palabra revolución, en el siglo XX y comienzos del XXI, la palabra talismán por excelencia libertad). También son palabras talismán en uso diálogo, consenso y no discriminación.
La contracara de la actitud respecto de estas palabras prestigiadas es la logofobia. Término que empleamos aquí no en el sentido de trastorno psíquico, sino más bien como síntoma de una forma un tanto superficial de criticar ideas. En el catolicismo, la logofobia parece hija de la manualística, tal como la describiera L. Bouyer:
            “…los manuales de filosofía de los seminarios, que todavía ayer, como quien dice, concentraban toda la atención de los seminaristas durante los primeros años de estudio; con ellos quedaremos suficientemente edificados. En ellos se presentaba a Descartes, Leibniz, Kant, Hegel, Bergson, etc., como una caterva de cretinos malhechores, que con un solo silogismo, o a lo más con un sorites, se podían liquidar sin más. ¿Marx? El hombre con el cuchillo entre los dientes. ¿Freud? Un viejo verde. ¿Blondel o Le Roy? Modernistas de una perversidad muy particular, pues persistían en seguir siendo católicos, aunque ponían en tela de juicio que los únicos razonamientos adecuados debieran formularse en bárbara o baralipton... Yo he visto y oído con mis propios ojos y mis propios oídos –y la cosa no es muy vieja– a un profesor de universidad pontificia, en un congreso internacional de apologética, demostrar que personas como Gabriel Marcel, que pretendían haber llegado a la fe por el camino del existencialismo, sólo podían ser hipócritas. (Recuerdo también, a Dios gracias, los rugidos de furor con que Étienne Gilson acogió tal estupidez. Se le dejó hablar porque nadie en aquella docta asamblea conocía a santo Tomás tan bien como él, pero de ahí a inclinarse ante sus razones había gran trecho.)”
La lectura manualística se aplica muchas veces a las condenas de la Iglesia y así se genera logofobia. Se rechazan de modo emotivo e irracional palabras, sin preocuparse demasiado por precisar su contenido lógico ni su referencia a la realidad.
Recuerdo ahora del caso de un amigo que le tenía fobia a la denominación pro-vida en uso por grupos católicos que se oponen al aborto. Hay que reconocer que la expresión no es la más precisa. Si se tratara de un uso académico, desde la Filosofía del Derecho habría que hablar de grupos pro-defensa-del-derecho-subjetivo-natural-de-la-persona-humana-inocente-a-la-conservación-de-la-vida-física. Premisa de la cual se sigue la oposición a la despenalización y legalización del aborto, entre otras cosas. Pero el sintagma que expresa esta premisa es largo y para abreviarlo se podría emplear una sigla tan disonante como DSNPHICVF... De manera que por una convención del lenguaje, lo razonable es usar pro-vida, hasta tanto se encuentre una expresión más precisa y eufónica.

viernes, 22 de abril de 2016

La presunción de no infalibilidad

El magisterio extraordinario tiene dos sujetos: el Papa cuando enseña ex cathedra y el Concilio Ecuménico cuando define de modo solemne. Se dice que se trata de un magisterio extraordinario porque se expresa por medio de actos que no se dan cotidianamente en la vida de la Iglesia. Es un criterio teológico importante que también se enuncia en el Código de Derecho Canónico: la presunción de no infalibilidad. Una presunción que no es absoluta pero que debe tenerse en cuenta para no extender abusivamente la infalibilidad.
En alguna bitácora (que no es expresión del neoconservadurismo eclesial) se sostiene que Amoris laetitia reúne las condiciones del magisterio pontificio infalible. Lo cual nos parece insostenible y creemos que ni siquiera los infalibilistas más extremos lo sostendrían. Otro fenómeno semejante, aunque en un nivel inferior del edificio magisterial, se encuentra en algún bloguero que sostiene que un texto aislado de un pontífice decimonónico sería magisterio meramente auténtico (no infalible) cuando, si se lo lee razonablemente, se concluye por el tenor de las expresiones empleadas -singularmente por el tiempo del verbo (modo potencial)- que no es magisterial, porque resulta claro que el papa quiere opinar y no enseñar de modo directo y cierto. En fin, a impulsos de la mentalidad ultramontana lo dicho de paso, incidentalmente, y con estatuto de probabilidad, deja de ser opinable para convertirse en una expresión directa que daría certeza. Tiempos locos; aprendices de brujo en Teología. Es lo que hay.
El magisterio extraordinario.
El término "magisterio extraordinario" se refiere al ejercicio de la autoridad docente por medio de intervenciones específicas, relativas a la fe y a la moral (verdades formalmente reveladas, verdades conexas a la revelación o virtualmente reveladas), en las cuales algunas doctrinas se proponen expresamente como definidas de modo infalible: se recurre a un nivel peculiar de autoridad, que es superior respecto de aquel unido al ejercicio "ordinario" del poder de magisterio. Sujetos de estos actos de enseñanza son el Romano Pontífice (no los órganos de la Curia romana, a menos que sus enseñanzas sean hechas propias por el Papa, con una aprobación "en forma específica") y el Colegio de los Obispos (debe entenderse, evidentemente, siempre en unión con su Cabeza). Las formas concretas de ejercicio del magisterio extraordinario son respectivamente: la de los pronunciamientos ex cathedra del Papa, según las indicaciones del concilio Vaticano I retomadas por el can. 749, §1 y la de las definiciones de los concilios ecuménicos, según las indicaciones del can. 749, §2.
Una vez verificadas las características relativas al sujeto que propone la enseñanza, sea que se trate del Papa (que actúa como "como supremo pastor y doctor de todos los fieles”) o del concilio ecuménico (en el cual los obispos actúan como "maestros y jueces de la fe y costumbres"), y el tipo de doctrina propuesta, relativa a la fe o a las costumbres, el problema principal que emerge es aclarar la intención de definir: no todo acto magisterial auténtico del papa o del concilio ecuménico define infaliblemente una doctrina, y normalmente también en los documentos que contienen definiciones se encuentran al mismo tiempo elementos doctrinales sobre los cuales que no hay intención definitoria. Se debe, por lo tanto, aplicar siempre la presunción general del can. 749, § 3, expresada en la notificación Quaesitum est, relativa el grado de autoridad de las constituciones dogmáticas del concilio Vaticano II: "este santo Sínodo define que deben mantenerse por la Iglesia como materias de fe o de moral solamente aquellas que como tales declarare abiertamente”.
El elemento decisivo para interpretar un acto del magisterio extraordinario resulta ser el conocimiento de la intención y la voluntad de la autoridad eclesiástica, que pueden ser comprendidas aplicando los criterios generales de interpretación teológica; en particular, valen las indicaciones ofrecidas por LG 25, que pone luz sobre tres aspectos: la naturaleza de los documentos (el carácter solemne, la amplitud de los destinatarios...), la frecuente reproposición de una misma doctrina (el acto definitorio del magisterio normalmente llega al término de un largo debate, el cual proviene de enseñanzas auténticas precedentes) y el tenor de las expresiones verbales (fijando la atención en los términos usados; por ejemplo: "definir", "debe tenerse como definitiva").
Se debe precisar, por fin, que el carácter de infalibilidad de una doctrina, incluso dependiendo de la intención del magisterio que la propone, no viene expresamente indicado como tal en el acto que la define. En otras palabras, generalmente el magisterio no usa el término "infalible" para calificar las doctrinas que quiere proponer como tales: queda como tarea confiada a la teología (ayudada también por eventuales intervenciones de la Congregación por la doctrina de la fe) la de comprender las indicaciones del magisterio e ilustrarlas en el contexto global y unitario del depositum fidei.
En sustancia, una doctrina propuesta por el magisterio extraordinario tiene que ser considerada manifiestamente infalible cuando de una correcta aplicación a los actos magisteriales de los criterios hermenéuticos de que dispone la teología, aparece efectivamente como tal la intención de la legítima autoridad eclesial, sea Papa o el Colegio de los Obispos.
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32 Notificación Quaesitum est, 16 de noviembre de 1964 (EV 1, n. 446): «Haec S. Synodus ea tantum de rebusfidei vel morum ab Ecclesia tenenda definit, quae ut talia aperte ipsa declaraverit». La bastardilla en el texto italiano es nuestra.

Tomado y traducido de:
Mosconi, M. Commento a un canone. La presunzione di non infallibilità (can. 749 § 3). En: Quaderni di diritto ecclesiale, n. 10 (1997), pp. 92-93.


miércoles, 20 de abril de 2016

La FSSPX y el brazo secular

Un comentarista ha planteado en la entrada anterior una hipótesis interesante: si en tiempos de cristiandad, con estados confesionalmente católicos, dispuestos a actuar como “brazo secular” de la Iglesia, hubiera aparecido un Monseñor Lefebvre, y se hubiera planteado un caso como el de la FSSPX, los pontífices podrían haber ordenado a los gobernantes cristianos la represión, incluso con pena de muerte, de Lefebvre y los adherentes a su postura. Un ejemplo, análogo en pequeña escala, de esta actitud de la jerarquía eclesiástica lo tuvimos en la Argentina durante el gobierno militar.
En tal caso se daría lo que el comentarista califica como ironía. En efecto, si el brazo secular fuese eficaz, la FSSPX sólo podría seguir existiendo en estados no católicos, amparándose bajo el paraguas de la libertad religiosa. Así, la FSSPX podría existir en países como Estados Unidos, pero no en España, Italia, Francia... En estados confesionalmente católicos, la Fraternidad sería ilegalizada, sus publicaciones censuradas y sus miembros reprimidos con todo el peso de la ley. Y si todos los estados del mundo fuesen católicos, y eficaces en su función de brazo secular, en un tiempo más o menos breve, la Fraternidad desaparecería físicamente.
Aunque tenemos una opinión al respecto, dejamos el caso para el debate de nuestros lectores.
P.s.
1. Si alguien plantea una objeción en un blog, o en otro ámbito, nadie tiene obligación de contestarla. Pero si se responde, hay que tratar de hacerlo razonablemente bien. Algunos comentarios no publicados han sido lamentables y recuerdan lo dicho por Bouyer en su libro La descomposición del catolicismo.
2. Cualquier persona con un mínimo de experiencia docente conoce la utilidad y los límites de los casos.
Pero el caso propuesto por Johannes no está mal planteado y resulta llamativo que se eluda el núcleo de la cuestión mediante negaciones contra-fácticas. Distinto sería si se demostrase que el supuesto de hecho es un imposible, por ejemplo una cuarta persona en la Trinidad.
3. Quien crea que en la historia de la Iglesia no hubo persecución injusta a personas e instituciones santas; y que los papas no pueden abusar de su poder, sea que lo ejerciten por sí mismos o mediante el recurso al brazo secular, se ha comprado una novela rosa digna de la apologética boba.
4. Dicho lo anterior, y aunque el caso contiene una “picardía” que recuerda a un argumento de Garrigou-Lagrange que no vamos a desarrollar, en nuestra opinión la respuesta se puede dar desde la doctrina católica pre-conciliar bien entendida. En la bitácora se la encuentra expuesta en varias entradas precedentes: “La tesis de la confesionalidad”, “La hipótesis y sus diversas formas”, “Tolerancia e intolerancia” (1 y 2). De modo más inmediato en “El tradicionalismo como problema de conciencia” y en “Newman y la Inquisición” (el abuso no prohíbe el uso, pero obliga a ser muy cuidadoso cuando se trata de ejercitar la coacción). Vale decir que del posible caso y sus vías de solución no se sigue una aceptación necesaria de la Dignitatis humanae.
5. Por último, el caso pone en crisis ciertas teorías explícitas o implícitas que hemos criticado últimamente en nuestra bitácora bajo diversas denominaciones, tanto en entradas como en comentarios. Qui potest capere capiat…