martes, 23 de agosto de 2016

Mirada parusiaca, ¿opio de los laicos?

En una entrada anterior decíamos que es un error pensar que la mirada parusiaca justifica en los seglares la fiebre desordenada por una fuga del mundo específica del estado religioso. Y que esto no es sino una forma de descuidar de los deberes del propio estado.
Ciertamente la vocación religiosa es un don necesario en la Iglesia. Pero Dios no la concede a todos. Y la inminencia de la Parusía no cambia esta realidad: unos reciben la llamada, otros no.
Un contemptus mundi apocalíptico desordenado, en la tradición espiritual ignaciana, se podría considerar dentro del discernimiento de espíritus. En efecto, se dice que rara vez proviene del buen espíritu:
1. El impulso a cambiar un estado de vida ya elegido ante Dios, respecto del cual se han tomado decisiones irreversibles.
2. El impulso a realizar cosas extraordinarias y singulares impropias del estado elegido.
Los seglares tienen que esperar la Parusía viviendo una espiritualidad laicalLa mirada escatológica sería opio de los laicos si los hiciera desertar de sus responsabilidades temporales añorando una vida claustral ajena al estado de vida querido por Dios para ellos.  

viernes, 19 de agosto de 2016

¿Cuanto peor, mejor?

Con motivo de uno de los comentarios a la entrada sobre el bien común posible parece oportuno decir algo sobre la libertas Ecclesiae. No diremos nada que no pueda encontrarse en autores tradicionales como Alfredo Ottaviani.

Sintetizando mucho, es posible reducir a dos los principios que deben regir las relaciones Iglesia-Estado. El primero, la libertad de la Iglesia de poder ejercitar sin obstáculos su propia misión. Los estados deben abstenerse de interferir en el campo de acción propio de la Iglesia. La libertas Ecclesiae no se restringe a la Jerarquía para que pueda cumplir sin interferencias sus funciones, sino que comprende igualmente la libertad de los católicos de vivir como tales en el ámbito civil.
El segundo principio es el de cooperación, en virtud del cual los estados, sin dejar de ser tales ni perder su legítima autonomía, deben cooperar a que la Iglesia logre su fin. Ambos principios admiten diversos grados de perfección en su historicidad. Cuando la libertad de la Iglesia se reconoce por su fundamento divino-positivo y la cooperación se realiza de modo pleno en razón de ser la Iglesia la única religión verdadera (=subordinación indirecta y teleológica del Estado a la Iglesia), se llega a la confesionalidad en sentido estricto. Tal es el fin, que no siempre puede alcanzarse, razón por la cual se distingue entre tesis e hipótesis. En la actualidad se han generalizado las situaciones de hipótesis con diverso grado de imperfección/perfección.
Los dos principios, aunque distintos, son complementarios. No se trata de un aut-aut, sino de un et-et; no es cuestión de contraponer libertad a cooperación; sino de buscar, en concreto, la mejor realización de los dos, llegando a la confesionalidad donde sea posible. Esta es la doctrina católica tradicional.
Pero durante la primera mitad del siglo XX se aceleró un proceso por el cual el principio de cooperación se oscurecería en la conciencia católica. Se cayó en la trampa del aut-aut: libertad o cooperación. Ciertamente a lo largo de la historia la colaboración estatal tuvo imperfecciones. No pocas veces los estados católicos se creyeron legitimados para recortar la libertad de la Iglesia; y también se dio el fenómeno de la intrusión clerical en asuntos meramente temporales. La reacción de los católicos liberales fue confundir el uso con el abuso. Porque con la buena intención de ver a la Iglesia libre de contaminación política, los liberales proponen que el Estado no coopere con la Iglesia, para que no la ensucie. Lo cual es semejante al donatismo político, aunque cambiando los sujetos: que los católicos no cooperen con la polis para no contaminarse. Las dos posturas, "puristas", tienen en común, además, una concepción deficiente de la acción humana, en virtud de la cual la inmoralidad se da casi por contagio u ósmosis. De este modo, así como la ayuda estatal "ensucia" a la Iglesia, con independencia de la bondad objetiva de las conductas, la cooperación del católico en su comunidad política lo "contamina" moralmente con abstracción de lo que su voluntad tenga por objeto.
A fuerza de radicalizar este "purismo" liberal, durante el Vaticano II se llegó al extremo de decir que la libertad de la Iglesia es el único principio de validez perenne en materia de relaciones Iglesia-Estado. La cooperación subordinada quedó reducida a una circunstancia histórica. Terminado el Concilio, comenzaría un proceso de "eutanasia" para los pocos estados católicos existentes. Todo esto provocó la denuncia profética de Monseñor Lefebvre. Pero el arzobispo no cayó en la trampa de una reacción pendular: renunciar o minusvalorar la libertas Ecclesiae por defender el principio de cooperación.
La neutralidad religiosa del Estado es hoy un dogma político establecido. La cooperación estatal  está difuminada en la teoría y reducida al mínimo o suprimida de hecho (en la Argentina existe un cuestionado sistema de remuneraciones estatales para los obispos, que algunos confunden con la sana confesionalidad). Ante esta lamentable situación, hay quien no logra ver la importancia del principio de libertad en un contexto social no cristiano. En efecto, aunque falte la cooperación (lo cual es un mal social, porque es carencia de un bien debido) la libertad de la Iglesia sigue siendo un importante bien común que se debe preservar y perfeccionar. Y esto lo constituye en causa proporcionada de notable importancia al momento de ponderar acciones de doble efecto en el campo político.
La forzosa dicotomía, el aut-aut, condujo a un eclipse del principio de cooperación. Pero la claridad no podrá restablecerse radicalizando la dicotomía hacia un nihilismo destructivo, en virtud del cual si el Estado no quiere ya colaborar, hay que renunciar también a la libertad o abandonar la lucha por preservarla.
No fue Cristo quien dijo “cuanto peor, mejor”.

jueves, 18 de agosto de 2016

Curso en Tucumán (Argentina)


El Dr. Sergio Castaño es uno de los más destacados filósofos tomistas argentinos. Especializado en la Política, Castaño es un filósofo realista, preciso, riguroso como pocos. Sus trabajos enfocan cuestiones actuales desde una perspectiva tradicional. Católico cabal, su pensamiento está abierto a la Revelación, armonizando lo natural y lo sobrenatural, sin unilateralismos. Recomendamos la asistencia a este curso y ciertamente lamentamos no estar en condiciones de hacerlo.
CENTRO DE ESTUDIOS POLÍTICOS
(FACULTAD DE CC. JURÍDICAS, POLÍTICAS Y SOCIALES –UNSTA-)
CURSO DE FILOSOFÍA SOCIAL Y POLÍTICA
PRESENTACIÓN
Nunca se insistirá demasiado en que todos los saberes que versan sobre la praxis del hombre en relación con sus semejantes, y esa `praxis misma, resuelven sus preguntas y encuentran su sentido en los fundamentos del orden social y político –por su parte asentados en la verdad acerca del hombre y sus fines-.  Es por ello que no resulta posible dar razón de las asunciones decisivas (siempre operantes, aunque sea implícitamente), sea en Política, en Derecho, en Economía, en Sociología, o en cualquier otro ámbito del conocimiento o de la realidad de la acción humana consociada, sin recalar en los principios.
Este seminario se propone hacer una incursión sintética pero esencial en algunos de los principios fundamentales del orden social y político, con la guía de un texto medular. Se trata del Curso de Filosofía Social impartido en 1947 por uno de los más esclarecidos conocedores de esas cuestiones que ha tenido la Orden Dominicana en Argentina, Fr. M. A. Pinto, cuya recuperación en copia mecanografiada constituye un verdadero hallazgo para la vida universitaria. En él se plantean y se adelantan fértiles soluciones a algunos de los principales problemas que posteriormente fueron objeto de tratamiento y de polémica por relevantes tomistas del s. XX, como Maritain, Meinvielle y Soaje Ramos.
En esta Lectio del Curso de Mario Agustín Pinto, OP, confluirán otros textos y tesis axiales de protagonistas del debate contemporáneo sobre los problemas tratados.
PROGRAMA
La noción de sociedad
El orden social
La familia
La sociedad política
La nación y el Estado
El Estado
El bien común del Estado
El error liberal
La persona humana y el Estado (I)
La persona humana y el Estado (II)
La autoridad
PERÍODO DE CURSADO
Una reunión semanal, los martes de 20 a 22 hs., a partir del 6 de septiembre
septiembre y hasta el 15 de noviembre.
Se otorgarán certificados a quienes asistan al 75% de las reuniones.


El Curso se dictará en la sede del Centro de Estudios Políticos, 9 de julio 165, 5º piso - 3 ª, San Miguel de Tucumán.

Sin arancel. Abierto a estudiantes, graduados, profesionales, docentes y profesores.


miércoles, 17 de agosto de 2016

Eutanasia de la polis

A los efectos comparativos de esta entrada, podemos definir la eutanasia (pasiva) como el dejar morir intencionadamente al paciente por omisión de cuidados o tratamientos que están indicados y son proporcionados.
Se suele justificar esta eutanasia con diversos argumentos, uno de los cuales es el siguiente: el paciente es terminal; a la luz de la ciencia médica se concluye, con muy alta probabilidad, que morirá en un plazo más o menos breve; por tanto -se dice- no tiene sentido prolongar su vida con procedimientos médicos aunque sean ordinarios.
El argumento tiene la inconsistencia de los razonamientos consecuencialistas. No repara en que matar al inocente es malo en sí mismo. Además, puede conducir al absurdo, pues con total certeza se puede afirmar filosóficamente que todo hombre morirá en algún momento, sin que de ello se siga la justificación de la eutanasia pasiva de enfermos terminales, inválidos, disminuidos psíquicos, niños, etc.
El argumento pro eutanasia se replica –por medio de la analogía- para justificar la abstención de la participación política en concreto:
- Primera similitud: la conducta justificada es de omisión; en un caso, no tratar al paciente; en otro, no intervenir activamente y en concreto en la vida de la polis.
- Segunda similitud: se juzga inútil poner medios ordenados a un fin. En el primer caso, para lograr el fin de la curación del paciente, aunque esto no se logre o sólo se obtenga un restablecimiento parcial de su salud; en el segundo, alcanzar algún bien común político aunque sea imperfecto.
Pero hay una diferencia importante: mientras que en medicina es posible pronosticar con alta probabilidad el desenlace fatal de una enfermedad, ya que este obedece a un proceso causal bien determinado; en política, en cambio, todo pronóstico (prudencial) es contingente, porque la vida de la comunidad depende de acciones libres, que no admiten determinación necesaria. Los antecedentes históricos inciden en el presente pero no pueden determinarlo de modo necesario. 
No nos parece justificable el abandono de la participación política aquí y ahora por un fatalismoEn política hay sorpresas y el futuro es incierto. En cualquier caso, aunque no hubiera grandes sorpresas en el porvenir, el bien debe hacerse, también en el ámbito de la polis, aunque las consecuencias de nuestras acciones no se logren plenamente. Se trata, en definitiva, de actualizar inclinaciones de perfeccionamiento que han sido creadas por el Autor de la naturaleza humana. Es Dios quien ha hecho al hombre animal político, y no se ha limitado a inclinarlo tan sólo a la vida familiar y al desarrollo de los cuerpos intermedios. 




viernes, 12 de agosto de 2016

El bien común posible

Reproducimos hoy unos párrafos de Camilo Tale sobre el bien común en sus condicionamientos existenciales. En este sentido, el bien de la comunidad política es siempre un bien limitado por sus posibilidades de realización. Todos tenemos experiencia de la imposibilidad. Hay acciones que son físicamente imposibles, porque el hecho está fuera de las leyes de la Naturaleza. Así, es naturalmente imposible que una piedra soltada en el aire no caiga al suelo. En lo relativo a los recursos materiales de una comunidad, no pocas veces hay expectativas de bien común que son físicamente imposibles salvo un milagro. Y también existe la imposibilidad moral, que es relativa al estado de una sociedad en determinadas circunstancias. Por ejemplo, en la Argentina de hoy sería moralmente imposible establecer una monarquía. Sabemos que nadie está obligado a lo imposible y que todo gobernante debe buscar el bien común. Por tanto, ningún gobernante está obligado a lograr bienes comunes física o moralmente imposibles. Comparada con la utopía, toda realidad política es deficiente. Y si estas deficiencias determinaran la ilegitimidad de ejercicio no habría gobiernos legítimos en ningún Estado. Pero esto es un error. Lo que determina esta legitimidad es la realización del bien común posible en su concreción existencial, habida cuenta de las circunstancias de tiempo y lugar. 
La realización del bien común; condicionamientos existenciales.
El bien común auténtico de un pueblo se funda en la naturaleza del hombre y debe ser realizado por cada pueblo en su historicidad, lo cual significa que las leyes y demás provisiones del gobierno deben atender las particularidades que surgen de la tradición y tener en cuenta las circunstancias de tiempo y lugar.
Además, debe considerarse cuál es la probable evolución de los hechos sociales. Las leyes y demás actos estatales requieren de la prudencia para ser deliberados, decididos e imperados, y uno de los ingredientes de esta virtud ética y dianoética es precisamente la previsión del futuro. De aquí la importancia de la futurología, indagación actual de índole multidisciplinaria, que reúne conclusiones obtenidas a partir de la economía, la demografía, la geografía económica, etc.
El bien común siempre es limitado, o sea que no puede ser realizarse todo el bien. Se ha denominado “bien común optimal” (bene comune ottimale) el mejor bien común que puede ser logrado en una comunidad política concreta, en las circunstancias históricas y geográficas presentes en ella. “El bien común es el bien de la sociedad tal como ella deberá ser con los hombres tales como ellos son”. Tal es el concepto correcto de bien común que expresa Georges Burdeau en su Tratado. Uno de los factores condicionantes del “bien común optimal” es la urgencia, de lo cual hemos reflexionado en el capitulo anterior.
Lo dicho significa que se trata de un bien imperfecto, aun en la hipótesis de una comunidad en la cual se haga lo máximo posible […] De modo que en el verdadero bien común de un pueblo, necesariamente se incluye la tolerancia y resignación —al menos momentánea— con respecto a ciertos males que si se pretendiese erradicarlos de la mañana a la noche, ello no se conseguiría, se desperdiciarían recursos y oportunidades, y tal vez además el intento resultara nocivo para el país.
Esto que decimos no debe interpretarse en el sentido de una concepción “sociologista”, según la cual las leyes e instituciones deban plegarse a la realidad, y convalidarla, de manera que aquello que los hombres practiquen en ella sea por ello mismo, institucionalizado. Muchas veces se razona de esta manera, y se actúa de acuerdo con esta idea, pero es un error. El derecho esta para modificar las realidades injustas, esta para rectificar la conducta, para reprimir la injusticia, para elevar el nivel del ethos de un pueblo; pero para lograrlo, es necesario que la norma, sin plegarse servilmente a los hechos, sin embargo sea adecuada a ellos, de modo de no pretender de un pueblo mas de lo que allí puede lograrse, al menos de inmediato.

lunes, 8 de agosto de 2016

De fundadores y fundaciones

A raíz de una noticia reciente reproducimos el contenido de dos entradas de Wanderer sobre fundadores y fundaciones.
De fundadores y fundaciones
Prometí a los lectores de este blog una nota respecto a un problema que preocupa mucho a la Santa Sede.
Hay un fenómeno que ha marcado las últimas décadas. Congregaciones, movimientos u otras figuras institucionales de reciente constitución en la Iglesia son objeto de denuncias por conductas del fundador y/o por maneras de manejarse estructuralmente en la vida de la asociación.
Hay algunos rasgos comunes, que se dan en todos ellos o algunos de ellos, en la mayor parte de los casos.
a) Se trata de asociaciones recientes y de matriz tradicionalista o (neo) conservadora (para el caso no hace falta entrar en precisiones y matices). Las corrientes secularistas no suelen generar asociaciones de vida religiosa. Lo que no es de extrañar, porque las tendencias secularistas suelen ser estériles. Más aún, órdenes y congregaciones de fuerte arraigo histórico, cuyos miembros están en crisis de identidad como religiosos, arriesgan extinguirse por falta de vocaciones. En el contexto secularista de occidente, la ausencia de una fuerte presencia de lo sagrado no atrae a los jóvenes a una vida consagrada.
b) Tienen una clara identidad simbólica, hábito, prácticas y devociones establecidas con rigor, estricta normatividad disciplinar.
c) La figura del fundador es muy marcada, como un punto de referencia absorbente y omnipresente, que desplaza la configuración con los vínculos interiores y exteriores con la jerarquía universal y diocesana, también condiciona la vinculación interior y exterior con los demás miembros de la Iglesia (incluidos familia y amigos).
d) Los problemas que se denuncian giran en torno a tres ejes, frecuentemente presentes todos ellos y en algunos casos uno o dos de ellos. Es notable cómo un eje promueve el otro. Estos tres ejes se dan también en asociaciones religiosas o espirituales ajenas a la Iglesia Católica.
1) El más común es la cuestión de la libertad de los miembros. El personalismo del fundador, o ese rasgo volcado a una estructura, genera una absorción o pérdida de la autonomía personal. En casos se denuncia un real “lavado del cerebro”. Es el problema más complejo para discernir; porque los límites son difusos o difíciles de objetivar. Frecuentemente jóvenes, que tienen carencias familiares o se sienten amenazados en su vida cristiana por el contexto secularista, son atraídos por la seguridad que les ofrecen estas propuestas. Muchos formadores de órdenes tradicionales, y con indudable fidelidad a su identidad, refieren casos de jóvenes occidentales con inquietud vocacional que no resisten un proceso de discernimiento y maduración, con educación de la libertad y la autenticidad en el contexto actual. Son tentados y atraídos por las propuestas más absorbentes y asegurantes, que les quitan desafíos, les dan rasgos externos (hábito, signos, lugares no seculares) y los ingresan con inmediatez. También suele darse un flujo de ingresos y salidas en cantidad; pero a veces es muy grave la situación humana, psicológica y espiritual de los miembros que salen, sobre todo después de crisis profundas (más o menos proporcional al tiempo de vinculación o permanencia con la asociación). Esto se profundiza cuando han sido llevados fuera de su país o contexto sociocultural y familiar.
2) Otro problema es la cuestión sexual. Son varios los fundadores que han sido denunciados por abusos sexuales; más frecuentes en casos masculinos (homosexuales, efebofilia). La absorción de la personalidad y la fragilidad psicológica de los jóvenes suele ser el contexto de estos hechos. También hay casos en donde el esquema se repite a escala en el interior de la asociación. Se trata de un problema gravísimo, análogo y diferente de los casos de pedofilia o efebofilia que se dan en el ámbito pastoral (educativo, parroquial, etc…), como también en familias, otras religiones y escuelas no religiosas.
3) El tercer problema es de tipo económico. En algunos casos, son los miembros y/o sus familias quienes padecen abusos en este sentido. En otros casos se denuncia manejos a favor de las obras de la asociación o de las personas que la dirigen, que no responden a criterios éticos y/ o legales.
A la Santa Sede llegan denuncias de todo tipo, a veces se trata de asociaciones de derecho diocesano y por tanto debe intervenir primero el Ordinario del lugar. Excepto en los delicta graviora de índole sexual, donde hay una jurisdicción inmediata de la Santa Sede a donde el Ordinario debe remitir lo actuado. Pero también hay denuncias de casos en donde no se trata de asociaciones reconocidas canónicamente, y por tanto no hay jurisdicción para actuar sobre la supuesta institución.
Para tener una idea podemos enumerar algunos casos más resonantes y donde hubiera algún tipo de miembros argentinos. Obviamente el más notorio es de los Legionarios de Cristo del p. Maciel, en vías de reestructuración. La Pía Unión del Sagrado Corazón de Karadima en vías de disolución. El Opus Dei, cuya normativa interna fue reformada ex officio por el papa Benedicto XVI para garantizar la libertad de los miembros. Los Franciscanos de la Inmaculada que están intervenidos no por la misa tridentina, sino por la cuestión de la autoridad del fundador p. Manelli y defectos en la formación. El Instituto del Verbo Encarnado con el fundador p. Buela separado y bajo observación. La Comunidad Emanuel o de las Beatitudes con el fundador p. Ephraim Croissant y dos cofundadores sancionados y separados. La comunidad de Mamma Ebbe (Ebbe Giogini) condenada penalmente por los tres problemas y disuelta. La comunidad Koinonía de Juan Bautista del p. Argañaraz, que fue condenado y cumplió la pena por delitos económicos; la comunidad funciona bajo observación. Los Heraldos del Evangelio y el Reino de María, su fundador, Joao Clá Dias y la organización, bajo observación. La Fraternidad de la Misericordia Divina cuyo fundador Teófilo Rodríguez ha sido procesado; ya está en libertad y bajo observación. La comunidad San Martín de Tours y Nueva Jerusalén, vinculada a una vidente y que ha tomado una deriva cismática. La comunidad Punto Corazón con el fundador el p. Thierry de Roucy condenado. El Sodalicio de Vida Cristiana cuyos máximos exponentes Luis Fígari y German Doig han sido hallados culpables (en el segundo se intentaba iniciar un proceso de beatificación, que fue suspendido). La Comunidad Saint Jean cuyo fundador el p. Philippe ha sido oficialmente acusado, aún después de fallecido; la comunidad continúa normalmente. Los Franciscanos de la Renovación cuyo fundador el p. Benedict Groeschel ha sido amonestado. Los Misioneros de Cristo Sacerdote originados en el vidente mexicano Juan Angel Collado, cuestionados por lavado de cerebro.
El movimiento Comunión y Liberación además de haber tenido casos particulares de miembros de renombre (clérigos y laicos) con acusaciones y procesos, también ha sido observado por algunos hábitos en el manejo económico de emprendimientos corporativos. Continúa normalmente.
En la Argentina tienen el singular caso de las monjas carmelitas de Jujuy que fueron intervenidas por la Santa Sede, pero no acataron la medida y se fugaron estableciéndose en la vecina diócesis de Salta. No son reconocidas como comunidad religiosa.
En Estados Unidos hay un caso de una comunidad masculina notable por el cuidado de la liturgia y la observancia (externa). Se repetían las denuncias de que en la casa de formación se había propagado la sodomía entre los miembros, sin delitos civiles sino solamente canónicos (prácticas consentidas entre jóvenes, pero mayores de edad). Fue enviado como comisario (interventor) un religioso de gran prestigio. Resultó él también involucrado en esas prácticas. Se disolvió la casa y los miembros ajenos a los hechos fueron redirigidos a otra orden de la misma familia espiritual.
La experiencia ha ido clarificando algunos criterios. Reconocer que los frutos buenos no excluyen los frutos malos. Que de la misma persona se pueden seguir ambos, por la complejidad y la libertad de las personas. Distinguir los casos personales y los problemas estructurales en las asociaciones. Atender a los casos de denuncias (aunque sean pocos), a pesar de la pluralidad de exposiciones de apoyo y de testimonio de actos y/o actitudes ejemplares respecto a la misma persona. No desestimar porque el denunciante sea una persona que salió de la institución con algún conflicto.
Los casos de los fundadores son los de especial complejidad por los vínculos espirituales, afectivos y organizativos que se han generado. Pero se ve claro que hay que reconocer la realidad histórica tal cual es, con sus luces y sombras. Partir de ella y generar procesos de discernimiento y de afianzamiento de lo positivo y de exclusión de lo negativo.
El breve detalle descriptivo es apenas una muestra de las situaciones atendidas. Hay muchas que se desestiman por falta de elementos, otras porque se descubre que obedecen a calumnias o deformaciones. De todas maneras los procesos son lentos y se busca cuidar al máximo la justicia, que incluye los derechos de los denunciantes también los derechos de los denunciados y el bien común general.
Fuente:
Apostillas
Ver todos juntos algunos casos de intervenciones o medidas de la autoridad  puede dar la impresión de que se produce todo junto. No es así. Hay procesos que vienen de larga data y recién tienen un principio de  resolución. Hay otros que ya están concluidos. Otros en pleno desarrollo.
En mi informe anterior sólo he tenido en cuenta  aquellos sobre los que hay una intervención en la Santa Sede (o en sede diocesana pero con informe a Roma), en los que  hubiera algún argentino vinculado y que me hubiera sido accesible la información.
Algunos comentadores mencionan otros casos argentinos (Miles Christi, Torres Pardo, fraticelli), que no identifico ni  tengo datos disponibles. Esto no significa que no  existan o que el informe los quiera ocultar, simplemente no me resultan en las actuaciones romanas que conozco. Me llama la atención que exista en la Argentina alguna congregación que se llame “fraticelli”, porque ese fue el nombre de una secta  herética del siglo XIV. Pero, en fin, la iniciativa fundacional religiosa es muy activa.
Fuera de los casos mencionados, en distintos países hay otros casos problemáticos. El esquema es siempre muy semejante: atentado a la libertad, a la integridad sexual y desórdenes económicos. Es posible pensar que, instalado el dominio sobre las personas, está dado el escenario para que se activen  las otras tendencias desviadas, cuando existen.
Si tomamos en cuenta no sólo el caso de fundadores, podemos hacer algunas consideraciones.  Como hemos tenido dos cambios de papa en poco tiempo muchos procesos vienen de la época de Juan Pablo II. Es cierto que a este papa le costaba admitir algunas denuncias, porque valoraba los frutos apostólicos positivos y/o  tenía la duda de que fueran tramadas por los enemigos de la Iglesia (especialmente el comunismo). También es posible que él hubiera confiado más en la estructura de los dicasterios, que en ocuparse de dar  un impulso personal al asunto.
 Al papa Benedicto, en cambio, le costó y le dolió admitir los problemas que se escondían en asociaciones muy afines a su aprecio por la tradición en la liturgia y en las formas.
Por ejemplo el caso del alemán David Berger, que fue promovido sucesivamente en tareas intelectuales y doctrinarias vaticanas, incluso en la Congregación para la Doctrina de la Fe, por su vigorosa militancia tradicionalista en el contexto progresista teutónico. De nada sirvieron las observaciones a su poco científico abordaje de las cuestiones filosóficas y teológicas (con un tomismo simplificado y repetitivo) y lo  extraño de su personalidad. Finalmente emergió declarándose homosexual y actualmente es un líder de movimientos contestatarios pro gay.
Otro caso es el de una asociación para el cultivo de la lengua latina en un país europeo. A pesar de las alarmas que existían, gozó del apoyo del nivel más alto y casi adquiere un status oficial vaticano ligado a la nueva Academia para la Lengua Latina.  En algún momento salió a la luz que si bien formalmente se manifestaba como una iniciativa  filocatólica y devota del papa Benedicto, en su interior el núcleo era de un neopaganismo clásico, muy crítico del cristianismo, considerado como una corrupción de la antigüedad  clásica, y con el cultivo de la efebofilia en sus miembros (como parte de la recuperación de un pretendido ideal  antiguo). 
Es cierto que hay procesos que podían  haber alcanzado  resolución más rápidamente. Además de la lentitud de las actuaciones, donde se debe probar objetivamente la acusación,  hay otras razones de mentalidad que entorpecieron las cosas.
 Una de ellas es la sospecha de que fueran infundios de los enemigos externos  (masonería, comunismo, regímenes dictatoriales) o por celos y fantasmagorías internas. También existió el criterio ingenuo de confiar en  la fácil enmienda después de un arrepentimiento; no se medía la gravedad de la estructura de personalidad que se mostraba, ni se ponía suficientemente la atención en los sujetos-víctimas. Otro factor ha sido la mentalidad de evitar dar curso a lo que podía mancillar el nombre de la institución (cuando en verdad ya estaba dañada más que en su nombre, en la realidad eclesial de las personas). Por otra parte,  también del lado de las víctimas ha existido una actitud  de no denunciar por diversos motivos (vergüenza, temor reverencial, acostumbramiento, inercia, etcétera)
Aquí me parece oportuno advertir que, al estudiarse la situación de los delicta graviora (abusos sexuales a menores), muchos de ellos datan de la década del 40, 50 y 60 (Irlanda, Holanda, Inglaterra, USA). Es decir, de contextos muy anteriores a la indisciplina y al pansexualismo que hoy penetra los ambientes.
A los lectores que asocian las medidas de intervención a la orientación tradicionalista o conservadora de las asociaciones les hago presentes algunas consideraciones. La primera, que no hay fundaciones de tipo progresista o secularista. La segunda, que rasgos de personalidad desviados pueden acompañar o incluso enmascararse con cualquier definición religiosa (sucede en otras religiones). Muchas veces personalidades patológicas ideologizan algún tipo de espiritualidad, llevando sus rasgos a extremos, que pueden ser atractivos pero no dejan de ser síntomas.
La Santa Sede tiene claro que las nuevas fundaciones proceden del ámbito tradicional o conservador. Incluso reconoce y apoya a aquellas tipo la Fraternidad San Pedro (que son varias), las cuales tienen como rito propio la misa tridentina. Las comunidades que vienen del anglicanismo también son de matriz tradicional. Ciertamente, no puede admitir que se desconozca la validez del Concilio Vaticano II. Pero en las intervenciones que he elencado en mi informe anterior la razón de las actuaciones (todas de más o menos larga data) giran en los problemas que he señalado.
Obviamente los puestos bajo examen no suelen admitir los problemas, sino cuando explotan de modo imparable hacia afuera (especialmente en los medios de comunicación). Es fácil el recurso de decir: nos persiguen porque somos fieles a la tradición o porque tenemos éxito con las vocaciones (así los Legionarios, el Opus, los IVE, et via dicendo).
Mi informe anterior se limitaba casi exclusivamente a las asociaciones masculinas. Hoy puedo dar una novedad respecto a la rama femenina de la Communauté Saint Jean (del p. D-M. Philippe). Se ha trasladado a Vergara (España) la cúpula de la Congregación para los Religiosos  junto con varios obispos de sedes donde está la comunidad, y se ha dado un paso adelante. Se ha reafirmado el actual  buen rumbo de la congregación, manteniendo su espiritualidad, despejando hacia un pasado no iterable los puntos de acusación y ajustando las normas internas. Curiosamente su defensor más activo es el obispo de Saltillo (México) Raúl Vera López op (de neto corte progresista y no muy bien recibido en Roma).
La constante en la mirada de la Santa Sede es respetar el pluralismo en las iniciativas fundacionales, clarificar el carisma propio dentro de la ortodoxia y el derecho canónico, resolver los focos de irregularidad que existiesen, y relanzar la vida de la congregación en su identidad. El caso más claro es el de los Legionarios, que ya están relanzados autónomamente; la Santa Sede sólo le aportará ahora un asesor sin voz ni voto. Para esta tarea se designó al P. Ghirlanda sj, canonista octogenario de gran experiencia.
Por otra parte, la Santa Sede no ha sido benévola con la Conferencia de Superioras Religiosas de USA de neto perfil progresista, a pesar del apoyo que le dio el card. Kasper. Tampoco con Martha Heizer y su marido Eheman Gert, líderes del movimiento internacional  Wir sind Kirche (Nosotros somos Iglesia), que fueron excomulgados por el obispo de Innsbruck, en consulta y  con apoyo de Roma. Todo esto en los últimos meses.
Fuente:
http://caminante-wanderer.blogspot.com.ar/2014/07/de-fundadores-y-fundaciones-apostillas.html

miércoles, 3 de agosto de 2016

La perversión ideológica del martirio

El martirio genuino es fruto de una gracia singular. Hay que diferenciarlo de imitaciones que se originan en ideologías. Por lo general, se supone que la única contaminación ideológica del martirio proviene de la "izquierda". Pero la perversión también puede darse en la “derecha”. Cuando se busca la persecución por manifestar la verdad de la propia ideología, por seguir el criterio de algún líder sectario o en solidaridad con la extravagancia de quien busca singularizarse, no hay martirio verdadero. Lo que hay es una conducta peligrosa para la salvación propia y ajena.
Estar dispuesto a dar la propia vida en el martirio, ha representado desde siempre -para la apologética cristiana- uno de los criterios de autenticidad que permite distinguir la fe teologal de la mera opinión religiosa. Ya en el siglo II; San Ireneo de Lyon escribía lo siguiente a propósito de los gnósticos que él combatía:
«He aquí por qué la Iglesia, en su amor por Dios, envía en todo lugar y en todo tiempo una multitud de mártires al encuentro del Padre. En. cuanto a todos los demás (los gnósticos), no solamente son incapaces de mostrar esto, sino que niegan además que tal testimonio (martyria en griego) sea necesario: el verdadero testimonio a creer, es su doctrina. Desde que el Señor apareció sobre la tierra, apenas unos pocos, como si hubieran obtenido misericordia, han sufrido ultrajes por el Nombre (Hechos 5, 41) con nuestros mártires y han sido conducidos con ellos al suplicio, como una especie de suplemento que se les hubiera otorgado» (1).
El punto a retener del argumento apologético de San Ireneo es éste: «El verdadero testimonio a creer, es su doctrina». Los gnósticos, por retomar una terminología típica de San Juan, del que depende personalmente San Ireneo, «dan testimonio de sí mismos» (2). Por el contrario, el fiel de la Iglesia, que profesa la confesión apostólica, da testimonio de Aquel que le ha enviado. No sufre por sus opiniones; sino que en la persecución manifiesta que la verdad revelada de la que da testimonio, la ha recibido de uno más grande que él. En el año 156, en el momento de su martirio en Esmirna, el obispo San Policarpo, maestro inmediato de San Ireneo, ilustra muy bien este testimonio dado del Otro por excelencia que es Dios:
«Hace ochenta años que le sirvo y jamás me ha hecho mal alguno. ¿Por qué iba yo a blasfemar contra mi Rey y Salvador?» (3). 
En relación con las gnosis teosóficas, como las combatidas por San Ireneo, el testimonio del martirio constituye un criterio válido de fe cristiana. Lo es todavía hoy: para las simples reducciones de la fe revelada a opiniones puramente humanas. Por el contrario, no ocurría lo mismo con el gnosticismo maniqueo aparecido en el siglo III. Este es dualista y, por tanto, anticósmico y antihumanista. Al considerar la creación material, la sociedad civil y sus autoridades políticas, el conjunto de la vida encarnada en suma, como obra de un príncipe malo, el gnóstico maniqueo puede pretender hacer suyas las palabras de San Pablo: «Para mí morir es una ganancia» (Filipenses 1, 21). De este modo, se verá al propio Manes morir crucificado en el 277 y a los cátaros del siglo XIII arrojarse a menudo ellos mismos a las hogueras preparadas para su ejecución
El gnosticismo dualista es una imitación perversa de la contestación cristiana del pecado del mundo: el cristiano anuncia la gracia de la salvación que perfecciona, sin abolirla, la naturaleza de este último; el dualista pretende sustituir la pseudo-realidad demoníaca de aquí abajo por una supra-realidad «perfecta» (4). Por eso el segundo busca el martirio, pero falsifica su sentido. El cristiano «imita la pasión de su Dios» (San Ignacio de Antioquía), ese Dios «que tanto amó al mundo que le dio a su Hijo único» (Juan 3, 16). El maniqueo, en cambio, muere por odio al mundo empecatado; de manera más sutil que el gnóstico teósofo, él también da testimonio de sí mismo: cuando muere por su causa no intenta sino probar la irremediable corrupción del mundo que le persigue, manifestando así la verdad de su doctrina que le declara perdido. El cristiano muere siempre por otro: Dios, del que da testimonio, y su prójimo -incluidos sus perseguidores-, a cuya salvación quiere contribuir. El gnóstico dualista muere contra la realidad efectiva del mundo por la verificación práctica de su doctrina.
Las grandes ideologías revolucionarias contemporáneas, nazismo y comunismo, han adaptado a un mundo secularizado el gnosticismo dualista que pretende desde antiguo adulterar al cristianismo. Han extrapolado el dualismo del dominio del cosmos (creación buena contra creación mala) al interior de la historia (raza buena contra raza mala, clase progresista contra clase reaccionaria, revolución liberadora contra estructuras sociales alienantes, etc.) (5). En la actualidad, muchos cristianos se dejan embaucar y caen en las redes de esta nueva falsificación gnóstica de su fe, creyendo en su verdad en función de «la autenticidad» de los militantes muertos por su causa. Algunos llegan incluso hasta formular el don de su vida en los términos de dialéctica histórica propios del dualismo ideológico: como un pastor latinoamericano que, al sentirse amenazado de muerte, declaró que «resucitaría en la lucha del pueblo».
El martirio es un testimonio de la verdad trascendente revelada graciosamente por Dios; no es una verificación intrahistórica de la propia ideología. Por esta razón la Iglesia ha prohibido siempre severamente buscar el martirio provocando al poder perseguidor. Si han podido surgir sospechas de iluminismo montanista en el caso de los mártires de Lyon (sin razón, a lo que parece), o en la Pasión de Santa Felicidad y Santa Perpetua, es justamente en función de este criterio. Como dice el P. Louis Bouyer, el martirio más desprovisto de todo iluminismo es el de Santo Tomás Moro, quien murió por la fe católica siendo a la vez fiel a su Dios y a su rey en sus órdenes respectivos (6).


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(1) S. IRENEO DE LYON, Adversus Haereses, IV, 33, 9.
(2) Cfr. Juan 3, 31-34; S, 31-32; 8, 13:14; 18, 37.
(3) Martirio de San Policarpo de Ermirna.
(4) Sobre la falsificación de la escatología judea-cristiana por el gnosticismo, cfr. ROLAND MINNERATH, Les chrétienes et le monde au ler et lle siécle.
(5) Cfr. A. BESANCON, La falsification du bien: Soloviev et Orwell.
(6) LOUIS BOUYER.Sir Thomas More, humaniste et martyre. Trad. esp.: Tomás Moro. Humanista y mártir, Ed. Encuentro, Madrid 1986.


Tomado de Garrigues, J. "El martirio cristiano frente a su perversión ideológica"en Revista Communio (II/1987), ps. 163-165.



lunes, 1 de agosto de 2016

Camilo Tale: el bien común

La noción tomista de bien común no siempre es bien entendida. Aunque la bibliografía es enorme, muchas exposiciones son difíciles de comprender salvo que uno haya tenido la oportunidad de profundizar en el pensamiento del Aquinate. Hay obras tomistas muy rigurosas, de profundo calado metafísico, pero poco didácticas. Otros trabajos, son más didácticos pero demasiado elementales.
No es raro encontrarse con nociones deformadas del bien común. Así, por ejemplo:
- Hay personas que piensan que el bien común es un sinsentido, legitimador del abuso gubernamental. Dice un amigo: el bien común es cuando el Estado te roba y quiere disimular...
- Otros conciben al bien común de modo idealista. La imaginación juega su papel en este planteamiento (el bien común se imagina como una esfera luminosa, que está en algún lugar). Se lo piensa como una Idea pura, estática, que está en un mundo ajeno al nuestro, que debe encarnarse en la realidad social, pero que sólo puede realizarse en su plenitud o no existir. Por tanto, si no se da perfecta encarnación, no hay bien común en ninguna de sus dimensiones, sino una nada política, un puro vacío. 
Este es un planteamiento dicotómico y en última instancia maniqueo. No logra verse que bien común es noción que remite a una realidad práctica: algo que no “está ahí” sino que "se hace" (y deshace) cotidianamente por el entramado de conductas de las personas que integran la sociedad. No es un bien simple sino un conjunto de bienes articulados (en el argot tomista: no es todo unívoco sino totalidad análoga). Y como realidad operativa, admite diversos grados de realización, que van desde un mínimo elemental hasta un máximo de perfección (que tendrá siempre limitaciones, como todo lo humano temporal, derivadas de condiciones existenciales).
Ofrecemos a nuestros lectores páginas de un libro del Dr. Camilo Tale que pueden ayudar a una mejor comprensión del bien de la comunidad política. La exposición de Tale combina armónicamente la profundidad filosófica con aplicaciones particulares y ejemplos didácticos. Merece especial recomendación la cuestión del bien común optimal -concreto, determinado por las circunstancias espacio-temporales- como antídoto contra la ilusión de esperar lo mejor sin aprovechar lo bueno.

domingo, 31 de julio de 2016

Occidente, víctima de su corrección política

Occidente, víctima de su corrección política con el islamismo radical
Por George Chaya
Más allá de cualquier debate ideológico y lejos de rozar la sensibilidad hipócrita de aquellos que se escudan en una supuesta islamofobia victimizante, es un hecho concreto la influencia del islam en los asesinatos que las organizaciones extremistas ejecutan sin piedad. Sobran ejemplos en los que el accionar y la presencia de la religión son un factor desencadenante de estos crímenes. Como es lógico, ante la brutalidad que ejerce el extremismo, el desconocimiento sobre él y las excusas que provienen del propio islam ayudan a que las cosas parezcan ponerse cada vez más difíciles para funcionarios, analistas políticos y periodistas occidentales.
Esto es notorio frente a la creciente expansión del terrorismo, más aún cuando se trata de abordar y lidiar con algo que nunca han podido entender. Sin embargo, es tiempo de frenar a los asesinos y desenmascarar sus falacias victimistas. Para ello, la comunidad internacional debe enfrentar esta endemia en la forma correcta y sin temblor de mano. Sólo así se podrá detener la expansión del terrorismo islámico, pues está demostrado que el propio islam no lo hace ni lo hará. En consecuencia, es tiempo para el mundo libre de  vestirse con pantalones largos y poner fin a esta situación. El éxito o el fracaso de los criminales está conectado con la corrección política y el doble discurso de Occidente, y ya no puede ocultarse. Ya no es relevante que el mundo árabe islámico sindique de enfermos, locos o malos creyentes a sus propios fieles. Ellos matan en nombre del mismo Dios que une a todos los musulmanes. Por ello, lo que definitivamente debe entenderse es que estamos frente a una guerra contra el mismo enemigo que no duda en asesinar inocentes en nombre de su Dios. El nazismo hoy está prohibido por ser una ideología supremacista, extremista y fascista que representa una amenaza directa a la humanidad. Su historial sangriento es relativamente reciente, y el odio de su fuego aún quema bajo las cenizas de la destrucción, como los crímenes que generó en el siglo pasado.
En este tiempo, se percibe el comienzo de un camino hacia un tipo similar de destrucción que proviene del islamismo, y ello ocurre porque la comunidad internacional y muchos gobiernos árabes han permitido que los extremistas impongan sus agendas. Años atrás, éramos pocos los que alertábamos sobre este fenómeno. Hoy, el mundo es plenamente consciente de la gravedad de la situación a la que los terroristas musulmanes nos han arrastrando. Los extremistas han tenido éxito en las percepciones de personas confundidas respecto de lo que es justo y lo que es injusto, sobre quién es amigo y quién, enemigo.
También, están tratando de dividir a la gente de acuerdo con su secta, grupo étnico y pertenencia. Así definen las cosas entre el bien y el mal en la medida en que las ideas de la identidad alternativa supera la lealtad a su país, algo que se supone que debe tener prioridad sobre la propia fidelidad, incluso a la tribu o a la secta, y que debería asegurar que todo el mundo tenga los mismos derechos e iguales responsabilidades. En medio de esta atmósfera ponzoñosa, el concepto del islamismo y la religiosidad son las mayores amenazas para la destrucción de las estructuras civiles para dividir las sociedades, y los discursos del islam pretenden quebrar y violentar la columna vertebral del mundo libre y de su estructura jurídica y normativa. No se debe, ni se puede, concesionar ya nuestros valores occidentales, nuestros derechos ni libertades ante quienes mienten y asesinan con falsos discursos que han demostrado ampliamente que –de paz y hermandad– sus creencias religiosas no tienen nada.
Visto en:


miércoles, 27 de julio de 2016

Waugh y la misa latina tradicional

¿Qué tiene que ver uno de los mayores novelistas ingleses con la Latin Mass Society?

Evelyn Waugh, autor de Brideshead Revisited ("Retorno a Brideshead") y un católico prominente, tuvo graves preocupaciones en la década de 1960 acerca del Vaticano II y las reformas litúrgicas. Publicó muchos artículos y registró en sus diarios y correspondencia qué tan agraviado se sentía por la reforma de la Semana Santa en 1955, la misa dialogada y la misa en ingles.

En un artículo para el Spectator al comienzo del Concilio, escribió:
"Participación" en la Misa no quiere decir escuchar nuestras propias voces. Sino que significa que Dios escuche nuestras voces. Sólo Él sabe quién está "participando" en Misa. Creo, comparando cosas pequeñas con grandes, que "participo" en una obra de arte cuando la estudio y la amo silenciosamente. No necesito gritar .[...] Si los alemanes quieren ser ruidosos, dejémoslos. ¿Pero por qué deben perturbar nuestras devociones? 
Ésa es la idea clave: las respuestas, el inglés, el saltar para pararse o sentarse, los saludos, etc. "perturban nuestras devociones": el asunto serio de comprometerse orando en la Misa. 

En 1965 se hicieron varios ensayos con el fin de conformar una organización para Inglaterra y Gales en defensa de la Misa latina. Luego de que se publicara una carta en The Catholic Herald el 22 de enero de 1965, escrita por un banquero llamado Hugh Byrne, que sugería la formación inmediata de una organización, se conformó un grupo que puso a rodar la idea.

Quedó registrado en la prensa en 1965:

Esta semana se realizaron esfuerzos para dar inicio a una sociedad de la Misa latina a nivel nacional en Gran Bretaña. El Sr. Evelyn Waugh, uno de los más duros oponentes del vernáculo, recibió la oferta para convertirse en presidente de esta sociedad, la cual tendrá como meta hacer campaña para conservar al menos una Misa latina rezada en cada iglesia todos los domingos.

Evelyn Waugh fue instrumental, junto a Sir Arnold Lunn y Hugh Ross Williamson, en la fundación de la Latin Mass Society en la Pascua de 1965. Rechazó el ofrecimiento de la presidencia de la LMS, posiblemente por sus problemas de salud, pero continuó apoyando la organización hasta su muerte en 1966.

Para conmemorar los 50 años desde su muerte, el viernes 8 de julio pasado la Latin Mass Society organizó unas vísperas pontificales en la iglesia católica St. Mary Magdalen de Wandsworth, Londres en memoria de Evelyn Waugh, celebradas por el arzobispo Gullickson, nuncio apostólico en Suiza, con música renacentista de Asola y Palestrina, y del contemporáneo de Waugh Edward Elgar. 


En este otro enlace se puede leer un artículo sobre el mismo asunto aparecido el día 8 de julio 2016 en The Catholic Herald, escrito por Clare Bowskill, "Evelyn Waugh's forgotten battle to preserve the Latin Mass".




lunes, 25 de julio de 2016

Miguel Ayuso en Buenos Aires


El presidente del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, Prof. Miguel Ayuso, disertará el próximo martes 26 de julio a las 19 horas sobre "El problema de la democracia cristiana. Una perspectiva hispanoamericana" en el salón Brown del Centro de Oficiales de las Fuerzas Armadas, Av. Quintana 161, Buenos Aires.
Presentará al Prof. Ayuso el Dr. Miguel Juan Ramón de Lezica.
Estarán a la venta ejemplares de la revista Fuego y Raya, publicación semestral hispanoamerica de historia y política del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II.

Rogamos su difusión.

jueves, 21 de julio de 2016

¿Mirada parusiaca o quietismo apocalíptico?


Tal vez el aporte más notable del P. Castellani haya sido llamar la atención sobre la centralidad del dogma escatológico como especificativo del ser cristiano. Con acribia teológica y gran talento literario, Castellani nos recordó la importancia de ampliar el horizonte con la mirada parusiaca. Y de vivir en eso que se ha dado en llamar tensión escatológica. Lo cual nos previene de los mesianismos temporales que cifran la perfección en algún bien intramundano. Pero hay grandes verdades que, cuando se sacan de quicio, enloquecen. Veamos algunos peligros:
1. Curiosidad indiscreta. Lo seguro es que el Señor vendrá. Pero la Escritura enseña que nadie sabe el día ni la hora (cfr. Mc 13,33-37). Cristo reveló lo que era necesario y conveniente; y a la vez quiso mantener la incertidumbre acerca del momento preciso en que acontecerá la Parusía. Es un error ponerse a buscar revelaciones privadas que complementen la Revelación pública para remediar una incertidumbre querida por el Señor.
La indeterminación del momento temporal de la Segunda Venida no debe ser obstáculo para una vida cristiana auténtica, ni fuente de desasosiego. Como lo hizo notar San Atanasio:
“No conocer cuándo será el fin ni cuándo será el día del fin es útil a los hombres. Si lo conocieran, despreciarían el tiempo intermedio, aguardando los días próximos a la consumación. En efecto, sólo entonces alegarían motivos para pensar en ellos mismos. Por esto guardó silencio sobre la consumación de la muerte de cada uno para que los hombres no se enorgullecieran con tal conocimiento y no comenzaran a pasar la mayor parte del tiempo irreflexivamente. Ambas cosas, la consumación de todo y el final de cada uno, nos lo ocultó el Verbo (pues en la consumación de todo se halla la consumación de cada uno y en la de cada uno se contiene la del todo) para que siendo incierto y siempre esperado, cada día avancemos como llamados, tendiendo hacia lo que está delante de nosotros y olvidando lo que está detrás (Flp 3, 13)” (Contra Arrianos 3,49).
2. Parálisis moral. Cristo enseñó que para entrar en la vida eterna hay que cumplir los Mandamientos (Mt 19,16-17). De ningún modo dijo que ante la inminencia de la Parusía algunos cristianos -creyéndose superiores a los demás por su mirada parusiaca- estarían dispensados de cumplir los Mandamientos y de practicar las virtudes. Por el contrario, se deben cumplir todos los Mandamientos; practicar todas las virtudes. Dentro de las cuales se incluyen virtudes sociales como la piedad patriótica, la justicia legal y la caridad social. Jamás se puede pensar que ante la inminencia de la Segunda Venida los cristianos deban "congelarse" en una suerte de "ataque de pánico".
3. Descuido de los deberes de estado. La palabra deber ha sufrido un desprestigio, por lo cual pareciera que hablar de deber de estado implica solidarizarse con la ética kantiana. Pero esto no es correcto: los deberes de estado no son otra cosa que la concreción de los Mandamientos y de las virtudes a las distintas situaciones en las que se encuentra un ser humano: familia, profesión, sociedad, comunidad política. “Nadie puede, pues, santificarse sin guardar los […] deberes de su estado; descuidarlos, so pretexto de dedicarse a obras de supererogación, es ilusión perniciosa, y una verdadera aberración; no hay que decir que el precepto es antes que el consejo.” (Tanquerey).
San Pablo tuvo que enfrentarse con este modo particular de parálisis moral que es el descuido de los deberes del propio estado (cfr. cf. 1 Tes 5:14; 2 Tes, 3:6-15). Así describe la actitud de algunos cristianos el comentario bíblico de la BAC a los textos del Apóstol:
“…ante la persuasión de una próxima parusía, descuidaban el trabajo, con los consiguientes trastornos para la vida de la comunidad…”.
“…la preocupación escatológica de los tesalonicenses, quienes andaban agitados y algunos ni trabajaban, pensando en que todo iba a terminar muy pronto.”
Estos tesalonicenses descuidaron sus deberes de estado profesionales. Pero la enseñanza paulina vale también para otros deberes familiares, sociales y políticos.
En suma, la mirada parusiaca no justifica un quietismo apocalíptico, ni tampoco debe causar en los seglares la fiebre desordenada por una fuga del mundo específica del estado religioso. Hay que “vivir el momento actual pensando en la eternidad” (Garrigou-Lagrange), en tensión escatológica, tanto personal como colectiva, sin que esta última se convierta en opio para los laicos o implique una rebaja en su vocación.

sábado, 16 de julio de 2016

Pacifismo

En el pasado publicamos en nuestra bitácora una entrada sobre el belicismo. Hoy toca decir algo sobre el pacifismo.
Para el pacifismo nunca hay derecho a derramar la sangre de otro. Sólo se puede resistir a la violencia con medios no violentos. Los pacifistas cristianos se apoyan en el Decálogo y en el Evangelio. La modalidad más seria del pacificismo se funda en argumentos morales: en la guerra mueren inocentes, personas que no son combatientes. Dado que matar al inocente es un acto intrínsecamente malo, intervenir en una guerra implica descalificación moral para el que lo realiza. Quien participa en una guerra se involucra en numerosos homicidios, de funestas repercusiones para la humanidad, pecando contra el Quinto Mandamiento. Lo hace como agente principal, causando el resultado letal, o bien como cooperador, consintiendo el homicidio que cometen otros. En todo caso, además, quien toma parte de un conflicto bélico, se expone a una ocasión próxima de pecado, al insertarse en una estructura pecaminosa. Consecuentes con estos argumentos los pacifistas son objetores de conciencia. Dado que consideran a la guerra como algo intrínsecamente deshonesto, la única opción legítima para el cristiano sería negarse a prestar cualquier cooperación con las fuerzas armadas, por lo cual estiman ilícito el servicio militar voluntario u obligatorio.
En estos argumentos pacifistas hay varios errores de juicio moral. En primer lugar, una concepción “fisicalista” del objeto, que identifica el objeto físico con el objeto moral. En una guerra se mata al enemigo y tal resultado es físicamente idéntico al de un homicidio, pero en el plano ético no se da tal confusión. En segundo lugar, el pacifismo no llega a distinguir adecuadamente entre matar a un enemigo (o injusto agresor) y matar a un inocente. En tercer lugar, es intrínsecamente malo matar directamente a un inocente. Esta última precisión se comprenderá mejor con un ejemplo clásico, conocido como tormenta bélica:
Para atacar el centro de operaciones del enemigo se puede bombardear con precisión determinadas zonas, lo que otorgaría la victoria. Sin embargo, se ha detectado la presencia de civiles no combatientes en la zona de bombardeo.
El caso recibió tratamiento explícito por parte de Francisco de Vitoria. Y tiene una solución pacífica y secular en la doctrina católica: es lícito en una guerra justa dirigir la tormenta bélica (cañones, aviación, etc.) contra los objetivos militares de una ciudad, aunque acaso tengan que perecer inocentes.
La solución no es más que una aplicación del principio de doble efecto (denominado como mal menor). Lo cual supone que la guerra no es intrínsecamente perversa; que la defensa de la patria es un bien objetivo; que ello es lo que se intenta directamente y no la muerte de los civiles, que es un efecto malo no querido de modo directo; que dicha muerte no es un medio para conseguir el fin; y que hay una razón grave para actuar.
En cuanto al argumento de la ocasión de pecar que usan los pacifistas, se debe reconocer que una guerra puede ser ocasión de pecado, ya que implica un cúmulo de circunstancias exteriores que son facilidades e incitaciones muy poderosas para pecar; circunstancias que no se buscan directamente sino que se presentan o imponen desde fuera. Pero este argumento tiene una respuesta tradicional: es legítimo colocarse en ocasión de pecar mediando causa justa y proporcionada. Y el bien de la patria ciertamente es causa justa y proporcionada para hacerlo.
Al margen de las buenas intenciones de los pacifistas, el pacifismo está equivocado.