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sábado, 8 de julio de 2017

Devotio moderna y liturgia




En una entrada ya publicada comentamos acerca de un rasgo de la devotio moderna: el menosprecio por la Liturgia como fuente de piedad personal. El cardenal Antonelli señalaba la «tendencia individualista creada y divulgada por la devotio moderna» como causa de un proceso de «clericalización» de la Liturgia: «los fieles son simples espectadores obligados a asistir sin entender y sin tomar parte de lo que se está desarrollando»
La presente reproduce páginas de un libro que explican mejor esta característica de la devotio. La bastardilla está presente en el original, mientras que los subrayados nos pertenecen.
El empleo de la expresión devotio moderna data de finales del siglo XIV y se sitúa en el área geográfica flamenca. Se trata de una corriente espiritual que nació en los Países Bajos por obra principalmente del diácono holandés Gerardo Groote (†1384). Esta corriente tomó cuerpo en las congregaciones agustinas de Canónigos regulares y en las asociaciones de vida común, siendo enriquecida, a partir de finales del siglo XV y comienzos del XVI, con diversos escritos ascéticos y místicos, especialmente con La imitación de Cristo, obra del canónigo agustino alemán Tomás de Kempis (†1471), considerada como la obra más significativa de esta espiritualidad.
Caracterización de la devotio moderna
La devotio moderna viene a confirmar la expatriación del pueblo con respecto a la liturgia; y no solo del pueblo, sino también de importantes círculos espirituales. El acento se pone en la interioridad que debe preceder a cualquier otra forma de encuentro con Dios. Tomás de Kempis insiste en la «soledad del corazón y del cuerpo» en cuanto medio para la oración auténtica y fructuosa. El nacimiento, la infancia, la vida y la pasión del Señor se convierten en objeto de contemplación; una contemplación y una plegaria que se hace con el corazón y que precede siempre a cualquier otra oración hecha con palabras, incluida la oración litúrgica. Se precisa cerrar las puertas de los sentidos para escuchar lo que dice Dios. Para este modelo de espiritualidad, conviene prescindir de los sentidos externos para poder escuchar sin distracciones a Dios, llegando a una devoción sumamente intimista. Se da, pues, un distanciamiento con respecto al encuentro con Dios en la acción litúrgica de la Iglesia, que, por implicar a toda la persona, convoca a los sentidos del cuerpo y a las facultades del alma.
Se intentará espiritualizar las celebraciones litúrgicas con métodos de oración que robustezcan el convencimiento sobre la vanidad del mundo, la trascendencia del juicio de Dios y del amor de Cristo. Para la devotio moderna, la vuelta a la vida interior auténtica requiere, si no la superación, sí, al menos, la relativización del rito. Surge de aquí el individualismo religioso: la salvación ya no se concibe como una realidad donada, como una acción sagrada que, al ser celebrada, actúa salvíficamente el misterio de Cristo, sino más bien como resultado de un empeño psicológico asistido por la gracia divina.
Si tuviéramos que escoger un texto que mostrara el clima de la devotio moderna, propondríamos estos fragmentos del De imitatione Christi:
El que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida. Estas palabras son de Cristo, y por ellas somos invitados a que imitemos su vida ysus costumbres, si queremos ser librados de la ceguera del corazón, y verdaderamente iluminados. Sea, pues, todo nuestro empeño pensar en la vida de Jesús.
Cuando Jesús está presente, todo es bueno, no hay cosa difícil; mas, cuando está ausente, todo resulta gravoso. Cuando Jesús no nos habla por dentro, vano es el consuelo; pero, si Jesús habla una sola palabra, se siente un gran consuelo. ¿Acaso María no se alzó del lugar donde había llorado, cuando Marta le dijo: «el Maestro está aquí y te llama»? ¡Oh bienaventurada la hora en la que Jesús llama de las lágrimas al gozo espiritual! ¡Cuán seco y duro eres sin Jesús; y cuán necio y vano si codicias algo fuera de Él! Dime: ¿no es este peor daño que si perdieses el mundo entero? ¿Qué puede dar el mundo sin Jesús?
Oiré lo que diga el Señor en mí. Bienaventurada el alma que oye al Señor que habla en ella, y de su boca recibe palabras de consolación. Bienaventurados los oídos que perciben lo sutil de las inspiraciones divinas, y no cuidan de las murmuraciones mundanas (…). ¡Oh alma mía!, fíjate bien en esto, y cierra las puertas de tus sentidos para que puedas oír lo que el Señor, tu Dios, habla en ti.
Señor Dios mío, derrama la bendición de tu dulzura sobre tu siervo, para que merezca llegar digna y devotamente a tu augusto Sacramento (…). En la simplicidad de mi corazón, con fe recta y firme, me acerco a ti, Señor, lleno de respeto y esperanza, y creo verdaderamente que estás aquí presente en este santo Sacramento, Dios y Hombre. Y puesto que quieres, Salvador mío, que yo te reciba, y que me allegue a ti en caridad, imploro y suplico a tu clemencia que me sea dada una gracia especialísima por la que me derrita enteramente en ti, y rebose de amor a fin de no distraerme en ningún otro consuelo. 
Tomado de:
Arocena, F. Teología litúrgica. Una introducción. Ed. Palabra, Madrid (2017), pp. 251 y ss.

jueves, 6 de julio de 2017

La larga sombra del reduccionismo neo-escolástico


Lo que el autor de esta entrada denomina reduccionismo neo-ecolástico (no tomista, por cierto) un sabio liturgista designa como validismo. En cual, en términos simplificados, vendría a decir que, si se asegura la validez del sacramento cualquier reforma litúrgica es posible, legítima y oportuna.
En las discusiones acerca de la liturgia, una premisa importante del campo progresista es, irónicamente, lo que podría llamarse reduccionismo neo-escolástico, que define la "esencia" de la Misa como una consagración válida. En casi cualquier conversación sobre si, y hasta qué punto, el rito de la misa puede cambiar o no, el defensor de la tradición es inmediatamente cuestionado con: "Pero no se puede probar que el Novus Ordo (o cualquier liturgia experimental, fabricada) es malo. Tiene las palabras de consagración".
El problema con este enfoque, por supuesto, es que falsifica la realidad de un rito litúrgico como una encarnación definida de la tradición apostólica, existente a lo largo de la historia. Cada rito tiene sus propias características profundas, que lo hacen irreducible. Nadie soñaría con definir el rito bizantino como "esencialmente" una consagración válida, con la cual se asocian accidentalmente muchas oraciones floridas e himnos. Tampoco nadie, con un mínimo de sentido, tratará de definir el rito romano de la misa con exclusión del Canon romano, que es su característica definitoria, o haría el intento de importar una epíclesis en el Canon Romano, cuando, propiamente hablando, no tiene ninguna y no la necesita. Estos ritos son lo que son, y demos gracias a Dios por eso.
Reducir la Misa a una consagración válida es como reducir el acto nupcial a una concepción exitosa de un niño. Espero sinceramente que nadie sea tan tonto como para definir el acto nupcial como la concepción de un niño. El acto nupcial está ordenado a la concepción de un niño, sin duda, pero tiene su propia realidad, su propio significado, que implica más que la concepción. Es una expresión del amor conyugal, que está diseñada para culminar en una nueva vida. Por la institución de Dios, se supone que la vida procede del amor. Ambos elementos están involucrados en la definición del acto. Esta es la razón por la cual la Iglesia se opone a la fecundación in vitro, lo que no podría hacer si el único significado o valor de la unión del hombre y la mujer fuera un cigoto viable.
De igual manera, la Misa es un microcosmos privilegiado de la oración unitiva con una finalidad eucarística. La presencia de la víctima sacrificial que ha de ser nuestro alimento divino es concebida, por así decir, por la liturgia en su totalidad. Incluso si la consagración tiene lugar en un momento determinado, ha sido preparada y será seguida por una manifestación de amor que nos conviene para recibir al Señor y regocijarnos en Su presencia. Cuando esto no sucede, estamos tratando con el espectro de la transubstanciación in vitro.
Desgraciadamente, puesto que casi todos los que asistieron al Vaticano II o que trabajaron para el Consilium, fueron educados en este reduccionismo neo-escolástico superficial, y se sintieron libres de desgarrar y reconfigurar el Rito Romano mientras se conservaran (más o menos) intactas las palabras de consagración. En este sentido, eran técnicos de laboratorio, comprometidos con que el resultado del proceso fuera una misa válida, pero no moralmente ligados a un contenido o proceso en particular.
De hecho, la arrogancia de los reformadores no podía detenerse en el umbral del santo de los santos, sino que llegó a alterar la fórmula misma de la consagración del vino mediante la eliminación de la frase mysterium fidei desde dentro de ella - una frase ya tan Bien conocida y tan venerable en la Edad Media que Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII podía atribuirla plausiblemente a los Apóstoles.
Sin dudas, por tanto, tenemos que empezar de nuevo haciendo mejores preguntas. No debemos preguntar: ¿Qué es lo que hace que transustanciación se realice [1]?, sino: ¿Qué es lo que hace que una liturgia sea cristiana? Y algo todavía más importante, ¿qué hace que este rito litúrgico sea él mismo (romano, ambrosiano, bizantino, siro-malabar, etc.) y no otro? Cuando estas son las preguntas que buscamos, encontramos ricas respuestas que nos muestran la adecuación, la belleza, complejidad y suficiencia de cada rito en sí mismo, y por lo tanto, también nos muestra dramáticamente la naturaleza anti-litúrgica, anti-ritual, anti-histórica y finalmente anticatólica de las reformas.
_______
[1] Como tomista, ciertamente acepto que hay un momento de la consagración, como he defendido aquí y en otros lugares. Pero si nos fijamos en Summa theologiae III, q. 83, se verá que Santo Tomás está lejos de ser un reduccionista litúrgico. Ve la complejidad del Rito Romano, el significado y valor de cada una de sus partes, y el respeto con que debe ser tratado por los que adoran en él. La precisión escolástica no tiene que convertirse en reduccionismo neo-escolástico.

Tomado y traducido de:
http://www.newliturgicalmovement.org/2017/07/the-long-shadow-of-neoscholastic.html

martes, 6 de diciembre de 2016

El progreso ultramontano

Ultra montes, ultramontanos, los que están más allá de las montañas. El ultramontano no está en la Edad Media, no es más que un concepto geográfico, un modo, por lo demás alemán y francés, para definir todo lo que es italiano. Sólo después de la reforma protestante, si no desde la época de los disturbios anti-curialistas de Felipe el Hermoso y Luis de Baviera, adquirió un significado esencialmente político, que interceptaba polémicamente la formación de la moderna soberanía estatal, ya que ultramontano, y finalmente “ultramontanista”, se convirtió en el enemigo público que obedecía a Roma más que a la iglesia nacional y a su cabeza. El sentido político de ultramontanismo entró en el vocabulario católico, especialmente en Austria, cuando católico romano se convirtió en opositor del jurisdiccionalismo siglo XVIII. El “ultramontanista” volvería a aparecer durante el Concilio Vaticano I como antagonista de todo el mundo moderno.
Es notable e inesperado el retorno de este tipo de intelectual en las páginas de El desarrollo orgánico de la liturgia del benedictino Alcuino Reid, un estudio importante y muy profundo sobre la historia del “Movimiento litúrgico”, que durante un lustro intentó afrontar de diversas maneras el problema de la "actuosa participatio" de los fieles en la liturgia, hasta consignar los últimos frutos de un largo recorrido por los reformadores post-conciliares. Editado en los EE.UU., con un prefacio laudatorio del cardenal Joseph Ratzinger, el volumen ha sido recientemente publicado en italiano por la editorial Cantagalli (Lo sviluppo organico della liturgia, Siena 2013, pp. 432).
Reid, siguiendo de cerca la idea de Newman de un "desarrollo doctrinal", aunque dominado por el desarrollo político e histórico, pone el principio firme de una evolución litúrgica orgánica: la "tradición litúrgica objetiva"; y así supera los autores y las fases del “Movimiento litúrgico”. Interesante y fecunda, incluso para un juicio sobre la actualidad, es la individuación precisa y, en varias ocasiones, reiterada, de los dos enemigos principales de la tradición litúrgica: el “arqueologismo” y la “pastoralidad” -los mismos principios que Ratzinger define en el prólogo, con una expresión que es más que una condena, los "unholy twins". De acuerdo con el esquema ya elaborado por el liturgista y jesuita Joseph Jungmann, los dos "unholy twins" son perfectamente idénticos, porque, si aquello que es primitivo es necesariamente sencillo, lo que es sencillo se ajusta mejor a las necesidades del hombre moderno y es eminentemente pastoral.
“Arqueologismo” y “pastoralidad” necesitan, a su vez, de dos actores, la ciencia litúrgica que identifica con certeza y método incuestionables lo que es antiguo, y la autoridad del Papa que, en nombre de la antigüedad y de la “pastoralidad”, realiza la reforma. Reid, que en varias ocasiones ha resaltado el peligro de convertir la “tradición litúrgica objetiva” en una antigüedad producto del método científico, se ocupa también del problema de la autoridad. De acuerdo con la regla católica de la evolución homogénea, la autoridad, incluso la del Papa, no debería ser más que una instancia declaratoria, incluso en un sentido evolutivo (de lo implícito a lo explícito), del contenido objetivo de la Tradición, aquí de una Tradición litúrgica indisolublemente ligada a la Tradición dogmática (lex orandi lex credendi). En estas circunstancias, a la luz de los desarrollos posteriores, incluso funestos, se manifiesta la ausencia de vínculos con la Tradición en la Encíclica Mediator Dei de Pío XII, o sea, la posibilidad de que se pueda considerar tradicional cualquier reforma litúrgica, solamente por el hecho de ser aprobada por un Pontífice. Es en este punto que emerge la presencia en la Iglesia de los años cincuenta y sesenta de una corriente que se aprovecha con cierta facilidad de la laguna de la Mediator Dei y que Reid define, de manera muy acertada, como "ultramontanista".
Si se quisiese trazar la genealogía ideológica interna, y no sólo política, del “ultramontanismo” más sobresaliente, deberíamos recurrir a los celosos jesuitas de Salamanca, magistralmente evocados por Owen Chadwick en un capítulo del imperdible From Bossuet to Newman (University Press, Cambridge, 1957), los cuales pretendieron extraer conclusiones dogmáticas ciertas, a partir de premisas inciertas, cuando estás últimas fuesen tan sólo confirmadas por la autoridad. Es evidente que de esta manera se sustituye la inmutabilidad de la Tradición por la intención de la autoridad. Después de unos pocos siglos, esta lectura “soberanista” de la infalibilidad, que se entremezclaba con las categorías positivistas de Derecho Público de los años 60 del siglo XIX, sería derrotada en el Vaticano I -junto con las corrientes opuestas, anti-infallibilistas, capitaneadas por Dölinger- y reasumiría la esencia misma del ultramontanismo decimonónico, de acuerdo con su concepto clásico. Tal lectura quizá podría justificarse históricamente -no en el plano doctrinal- como último remedio ante el movimiento revolucionario, socialista y liberal, surgido desde 1848. No es de extrañar que entre los ultramontanos hubiera hombres como Donoso Cortés, el cardenal Manning, el padre Guillermo Faber, el abate Migne, cuyo servicio a la Iglesia Católica y a la mayor gloria de Dios no puede ser discutido en absoluto.
El “ultramontanismo” hodierno, descrito por Reid en su etapa germinal, ya no pretende más hacer frente a la revolución mundial con la fuerza irreducible y ocasionalista de una decisión soberana que frena la revolución social sólo desde el momento en que no se entrega a ella. La idea neo-ultramontanista para consolidar en un sistema unitario de reforma a los “unholy twins” –hoy, evidentemente, más de dos– es la voluntad del obispo de Roma, mientras que las mismas formas de la infalibilidad parecen diluirse en la incertidumbre positivista de la unidad de mando, siguiendo a la revolución mundial desde el momento en el cual la “pastoralidad” (uno de los “unholy twins”) se ha convertido coherentemente en norma fundamental de los actos de la Iglesia. Un primer resultado nefasto es la destrucción formal (a fuerza de decretos) del culto al cual asiste cada católico. Así, el nuevo ultramontanismo se hace tanto más radicalmente partidario de la autoridad del Papa, cuanto más se incrementa su poder, transformándose en él, y erosionando los cimientos de la Tradición; cuanto más abandona "el recinto de Pedro", y del papado, para exponer así su debilidad. Se podría decir que el nuevo ultramontano defiende sobre todo el poder del Papa, aunque al precio de su autoridad.
Se asiste así a una obediencia que de racional se hace ocasionalista, para convertirse, en última instancia, en irracional: “Los tiempos han cambiado, ¡lo dijo el Papa!”. El hecho de que los antiguos enemigos de la soberanía papal son hoy en día los ultramontanos más consistentes, no es de extrañar, ya que el punto de inflexión pastoral del Vaticano II vincula el ministerio de Pedro (no es su esencia íntima, por supuesto) a la locomotora de la historia hegeliana, la economía y el progreso humano. Menos obvia aparece la posición de los conservadores de hoy, cuyo papel en Italia es notoriamente representado por Massimo Introvigne, don Piero Cantoni, p. Giovanni Cavalcoli, Andrea Tornielli y el gran coro de “Comunión y liberación”. Como los antiguos jesuitas de Salamanca, todos estos señores han perdido desde hace mucho tiempo la reverencia y el sentido de la verdad católica de las premisas, contentándose con la voluntad suprema. Ya no hay argumento, Santo Tomás ha muerto, y ha muerto el silogismo.
Tomado y traducido de:

miércoles, 27 de julio de 2016

Waugh y la misa latina tradicional

¿Qué tiene que ver uno de los mayores novelistas ingleses con la Latin Mass Society?

Evelyn Waugh, autor de Brideshead Revisited ("Retorno a Brideshead") y un católico prominente, tuvo graves preocupaciones en la década de 1960 acerca del Vaticano II y las reformas litúrgicas. Publicó muchos artículos y registró en sus diarios y correspondencia qué tan agraviado se sentía por la reforma de la Semana Santa en 1955, la misa dialogada y la misa en ingles.

En un artículo para el Spectator al comienzo del Concilio, escribió:
"Participación" en la Misa no quiere decir escuchar nuestras propias voces. Sino que significa que Dios escuche nuestras voces. Sólo Él sabe quién está "participando" en Misa. Creo, comparando cosas pequeñas con grandes, que "participo" en una obra de arte cuando la estudio y la amo silenciosamente. No necesito gritar .[...] Si los alemanes quieren ser ruidosos, dejémoslos. ¿Pero por qué deben perturbar nuestras devociones? 
Ésa es la idea clave: las respuestas, el inglés, el saltar para pararse o sentarse, los saludos, etc. "perturban nuestras devociones": el asunto serio de comprometerse orando en la Misa. 

En 1965 se hicieron varios ensayos con el fin de conformar una organización para Inglaterra y Gales en defensa de la Misa latina. Luego de que se publicara una carta en The Catholic Herald el 22 de enero de 1965, escrita por un banquero llamado Hugh Byrne, que sugería la formación inmediata de una organización, se conformó un grupo que puso a rodar la idea.

Quedó registrado en la prensa en 1965:

Esta semana se realizaron esfuerzos para dar inicio a una sociedad de la Misa latina a nivel nacional en Gran Bretaña. El Sr. Evelyn Waugh, uno de los más duros oponentes del vernáculo, recibió la oferta para convertirse en presidente de esta sociedad, la cual tendrá como meta hacer campaña para conservar al menos una Misa latina rezada en cada iglesia todos los domingos.

Evelyn Waugh fue instrumental, junto a Sir Arnold Lunn y Hugh Ross Williamson, en la fundación de la Latin Mass Society en la Pascua de 1965. Rechazó el ofrecimiento de la presidencia de la LMS, posiblemente por sus problemas de salud, pero continuó apoyando la organización hasta su muerte en 1966.

Para conmemorar los 50 años desde su muerte, el viernes 8 de julio pasado la Latin Mass Society organizó unas vísperas pontificales en la iglesia católica St. Mary Magdalen de Wandsworth, Londres en memoria de Evelyn Waugh, celebradas por el arzobispo Gullickson, nuncio apostólico en Suiza, con música renacentista de Asola y Palestrina, y del contemporáneo de Waugh Edward Elgar. 


En este otro enlace se puede leer un artículo sobre el mismo asunto aparecido el día 8 de julio 2016 en The Catholic Herald, escrito por Clare Bowskill, "Evelyn Waugh's forgotten battle to preserve the Latin Mass".




viernes, 22 de enero de 2016

Se hace del lavatorio un “gesto” políticamente correcto


Una lamentable noticia en el contexto de un pontificado calamitoso: El Papa dispone que no sean solo hombres los elegidos para el lavatorio de los pies en la Liturgia del Jueves Santo. Tema sobre el cual publicamos una entrada en 2014:

domingo, 30 de noviembre de 2014

La mediocrizante liturgia posmoderna

Desde la promulgación del Motu Proprio Summorum Pontificum la liturgia tradicional ha experimentado un crecimiento importante en algunos lugares del mundo, pero manteniéndose como un fenómeno eclesial muy minoritario. Las causas son variadas. Sin duda, un factor muy importante es ideológico: el odio modernista hacia un rito que expresa con notable perfección y dignidad verdades dogmáticas sobre la Eucaristía en las que ya no se cree o sobre las que se duda. Otro ha sido el ecumenismo: se quiere que la liturgia católica no exprese las enormes diferencias que nos separan de los protestantes. También ha influido como causa mediata la “crisis del ambiente litúrgico” en tiempos preconciliares. Por último, nos parece que otra causa a tener en cuenta viene de la influencia de la (in)cultura postmoderna en el clero y los fieles, generadora de lo que –siguiendo la descripción del artículo que ahora reproducimos- podríamos denominar como los “mediocrizantes litúrgicos”.
La mediocrizante generación posmoderna
Empecemos por el adjetivo, mediocrizante es un neologismo en español, que seguramente no he inventado yo pero que me viene de maravillas para explicar lo que quiero decir. Y hay veces que no lo podemos explicar hasta que no encontramos la expresión adecuada.
Mediocrizante, sin embargo, existe en portugués como el participio activo del verbo mediocrizar, algunos lo incorporan como un lema distinto en el diccionario portugués y hacen de él un adjetivo independiente de la mera conjugación del verbo. Como sea, el Aurélio, hasta donde sé el diccionario más autorizado de la lengua portuguesa en Brasil, dice que mediocrizar significa “Tornar(-se) medíocre; vulgarizar(-se)”. No hace falta traducción, nos da las dos opciones en su forma pronominal, donde la opción recae sobre el sujeto, y en su forma transitiva activa donde la acción recae sobre otra cosa.
La forma transitiva es la que me interesa ahora, prescindiendo en este momento de que a la postre tendrá deletéreos efectos también sobre el sujeto, en su forma pronominal.
Tomándolo, entonces, en el tránsito de la acción al mundo el mediocrizar es volver mediocre algo, y como bien dice el Aurélio, vulgarizarlo. Mediocre viene por su parte del la unión latina entre medio, de obvio significado y ocris, que significa montaña escarpada. En otras palabras el que se queda a la mitad de algo difícil, algo que lo supera.
Con todo hay una diferencia enorme entre ser mediocre y ser mediocrizante. El primero subió un poco de la escarpada colina y se quedó cómodo en el primer llano. El segundo se ufana en proclamar la tierra plana. No hay picos, ni montañas escarpadas, no hay nada que deba estimarse fuera de mi limitada capacidad de otorgar valor a las cosas. Las cosas valen o dejan de valer en relación a mí.
El mediocre elige no seguir subiendo la montaña pero no la ultraja quitándole valía. El mediocrizante se siente amenazado por las alturas, por todo lo distinto de sí, por tanto necesita reducir a una igualdad cambalachezca todo lo que tiene la pretensión de crecer, de ser mejor. Para el mediocrizante eso es soberbia, es querer ser tenido por superior, por más alto.
Nuestra generación posmoderna no solo es mediocre, que en nuestros tiempos los había y no pocos, es mediocrizante, persigue activamente, al menos desde el discurso y a veces no solo, al que pretende despegarse de la brea aglutinante del criterio endógeno de que lo que vale, vale en tanto que tiene alguna relación conmigo, si no da igual. Es la generación Soda Estéreo, nada personal, es curiosamente  y gélidamente fría para todo aquello que no sea estrictamente personal. El individualismo de dar valor únicamente a lo que alimenta mi densidad yoica hace que en realidad muy pero muy pocas cosas le importen. En última instancia, llevando sus principios hasta las últimas consecuencias, un yo creado, una libertad creada es nada si se pone a sí misma como parámetro absoluto del real. Y no solo es nada, nadifica y se vuelve activamente nadificante. El encuentro con lo que tenemos en común es siempre de a dos, es siempre apertura a la alteridad, es siempre hambre infinita de algo distinto de sí.
En definitiva no solo no son capaces de adherir a lo bueno y excelente cuando lo ven sino que, muy por el contrario, se sienten ofendidos porque alguien ha osado descollar, por tanto hay que combatirlo con la más poderosa y nadificante de las armas: la indiferencia.
Fuente:

viernes, 15 de agosto de 2014

La reforma piana vista por Alcuin Reid

Don Alcuin Reid OSB es un monje de la Monastère Saint-Benoît en la diócesis de Fréjus-Toulon, Francia. Después de sus estudios en teología y en pedagogía en Melbourne, Australia, obtuvo un doctorado de King’s College, de la Universidad de Londres, con una tesis sobre la reforma litúrgica del siglo veinte (2002), que fue publicado posteriormente con el título de The Organic Developmentof the Liturgy, la segunda edición de esta obra lleva un prólogo del Cardenal Joseph Ratzinger (Ignatius, 2005).
Ha dado conferencias a nivel internacional y ha publicado numerosos trabajos sobre la sagrada liturgia, incluyendo Looking Again at the Question of the Liturgy with Cardinal Ratzinger (2003), The Monastic Diurnal (2004), The Ceremonies of the Roman Rite Described (2009).

Ofrecemos hoy a nuestros lectores la traducción de una parte del cap. 2 de su libro The Organic Development of the Liturgy, que contiene la valoración crítica de la reforma del Breviario realizada por San Pío X. Nuestro agradecimiento para el amigo traductor.
Papa San Pío X by Grupo InfoCaotica

domingo, 3 de agosto de 2014

Cuando san Pío X abandonó trece siglos de tradición

Es verdad que no se debe confundir la Tradición con las tradiciones (teológicas, litúrgicas, disciplinares, espirituales, etcétera). La primera es inmutable, mientras que las segundas pueden modificarse por la autoridad competente si el bien común realmente lo exige. Sin negar la potestad pontificia de alterar tradiciones reformables, siempre queda abierta una legítima discusión sobre el mayor o menor acierto de una reforma en estos ámbitos. Cabe pensar que un abandono ligero, abrupto, inmotivado o no bien fundamentado de tradiciones seculares en materia litúrgica, es al menos un signo revelador de esa arrogancia hodiernista por la cual nos creemos mejores que nuestros antepasados por el mero hecho de haber nacido después en el tiempo.
Se supone a menudo que papas muy respetuosos de la Tradición, como san Pío X, también lo fueron con las tradiciones recibidas. La Historia de la liturgia, sin embargo, desmiente esta suposición. Y un caso paradigmático lo tenemos en  algunas reformas del papa Sarto. En cuanto a los libros litúrgicos, reformó el Misal de san Pío V y, lo que es de nuestro interés ahora, el Breviario, que sufrió un cambio estructural.
«El día 1 de noviembre de 1911 publicaba la bula Divino afflatu, decretando una nueva forma de distribución del salterio en el Oficio Divino. El mismo había encomendado a los benedictinos la revisión de la Vulgata (1907) y había fundado el Pontificio Instituto Bíblico de Roma (1909).
La Divino afflatu enfocaba dos objetivos: una distribución más ágil de la salmodia y la preeminencia del domingo, así como el predominio de la salmodia semanal, sobre los oficios del santoral y votivos que progresivamente habían invadido la casi totalidad de días a lo largo del año.
La prevalencia del oficio dominical y del tiempo, querida por san Pío V, quedaba ahora en teoría, pero no se daba de hecho en la práctica. Uno de los factores que influían en ello -digámoslo también- es que los oficios votivos resultaban más breves que el ferial.
La distribución del salterio según el oficio romano se había mantenido desde el s. VII hasta entonces. La nueva distribución de Pío X usa el método de fraccionar los salmos cuando resultan demasiado largos en comparación con la medida habitual. El método lo había usado ya la Regla benedictina para el Oficio de los monasterios. San Pío X mantenía el rezo del salterio completo en el curso de una semana y suprimía los oficios adicionales. Señalaba una nueva tabla de prevalencias e introducía el oficio mixto: en muchas celebraciones del santoral, dejando intacta la distribución semanal del salterio, los elementos referentes al santo ocuparían otras partes del Oficio. Algo parecido a lo que hacemos actualmente en las memorias de los santos.
La distribución de los salmos se mantendría hasta la promulgada por Pablo VI, el año 1971, fecha a partir de la cual ya no puede hablarse de "Breviario", sino de "Liturgia de las Horas"» (Aroztegui)
Para quienes no somos especialistas en liturgia la descripción pormenorizada de los cambios en el breviario puede resultar muy compleja. Pero hay un punto que salta a la vista: la distribución del salterio según el oficio romano se había mantenido desde el s. VII hasta la reforma de san Pío X. El papa Sarto decidió prescindir de una tradición litúrgica más que milenaria al introducir una distribución radicalmente nueva de los salmos. Y esta innovación no se introdujo en una devoción particular, como el Rosario, sino en el Oficio Divino, que integra el culto público y oficial de la Iglesia. 
Otro dato que a veces se olvida es que san Pío X modificó el breviario contrariando lo establecido “perpetuamente para lo sucesivo” en la bula de san Pío V Quod a nobis (9-VII-1568) sobre el breviario tridentino. En efecto, dicha bula establecía que el “Breviario en ningún tiempo debe ser modificado, sea en su totalidad, sea en parte, y que no debe agregársele ni quitársele nada”. 
La reforma no insumió muchos años. Se realizó según el método habitual del papa Sarto, con una comisión especial que trabajó independientemente de la Congregación de Ritos. La forma de operar de la comisión, muchos de cuyos miembros carecían de la competencia necesaria, fue muy criticada por los especialistas (ver cap. 2). Monseñor Amann llegó a decir que el papa «creía fácilmente que todas las cuestiones, incluso las de arte o erudición, se solucionaban a través de la autoridad» (DTC, XII, col. 1738).
Los cambios del breviario se impusieron sin mucho diálogo. En la Divino afflatu se contenía una severa advertencia para rebeldes e infractores: indignationem omnipotentis Dei, ac beatorum Petri et Pauli, Apostolorum eius, se noverit incursurum. 
Recapitulando, tenemos el abandono de una tradición de más de un milenio, contrariando una bula perpetua (secundum quid), a impulsos de una comisión de dudosa competencia y mediante una imposición enérgica. ¿Fue un desarrollo orgánico de la liturgia? ¿Una concesión al espíritu del siglo impuesta bajo pretexto de «necesidades pastorales»? ¿Una infiltración de la mentalidad positivista imperante? Con la mejor de las intenciones, la reforma piana  sirvió de precedente para lo que luego haría Pablo VI bajo las influencias de A. Bugnini. 


P. S.: el siguiente cuadro comparativo aportado por un lector permite apreciar las diferencias entre dos versiones del breviario en cuanto a la recitación de salmos en un mismo día:




miércoles, 23 de julio de 2014

Importante texto del cardenal Cañizares

Cuando el cardenal prefecto de la Congregación para el Culto Divino hace algo bien no tengo el menor problema en señalarlo y alabarlo. Es más, lo hago con muchísimo gusto. Como en esta ocasión con el prólogo que dedicó al libro del benedictino Alberto Soria.
Que os transcribo:



Tomado de:



jueves, 10 de julio de 2014

Los orígenes apostólico-patrísticos de la Misa Tridentina


El amigo Flavio Infante ha traducido el trabajo «LOS ORÍGENES APOSTÓLICO-PATRÍSTICOS DE LA "MISA TRIDENTINA"» de Sor María Francesca Perillo, F.I. Reproducimos ahora su introducción y nos tomamos la licencia de publicar el artículo en nuestro estante de scribd.

Con la satisfacción del deber cumplido, ofrecemos la traducción de este extenso pero invalorable texto, correspondiente (con algunas añadiduras posteriores y profusión de notas al pie) a la ponencia de sor Maria Francesca Perillo, de la estigmatizada rama femenina de los Franciscanos de la Inmaculada, en el Tercer Convenio Summorum Pontificum celebrado en el Angelicum de Roma entre el 13 y el 15 de mayo de 2011. Para mayor comodidad de acceso al mismo, lo hemos adjuntado en la columna derecha del blogue, entre aquellos textos que integran la sección «Jugo de doctrina sobre fe y liturgia».
Nunca estará de más insistir en que la gravedad de la crisis de la Iglesia se funda muy principalmente en la llamada «cuestión litúrgica». Entre los autores hay amplia coincidencia en afirmar que el protestantismo impulsó su ruptura con la Tradición precisamente a través de significativos cambios en el culto, y entre los hallazgos más celebrados de dom Guéranger se cuenta el del reconocimiento de la existencia de una «herejía antilitúrgica» desde el jansenismo a nuestros días, mirante a debilitar la certeza de la fe.  De ahí lo dramático de los cambios que afectan a la vida de la Iglesia en el último medio siglo, cuyo carácter último e inspiración quedó suficientemente manifiesto por Paulo VI en la Audiencia General del 13 de enero de 1965, cuando dijo entre otras cosas que «es menester reconocer que una nueva pedagogía espiritual ha nacido con el Concilio: es ésta su gran novedad; y nosotros no debemos dudar en hacernos primeramente discípulos y luego sostenedores de la escuela de oración que está por comenzar. Podría ocurrir que las reformas toquen costumbres queridas e incluso también respetables; podría ocurrir que las reformas exijan algún esfuerzo para con éstas que no resulte agradable; pero debemos ser dóciles y tener confianza: el plano religioso y espiritual que se nos abre por delante merced a la nueva Constitución litúrgica es estupendo por profundidad y autenticidad de doctrina, por racionalidad de lógica cristiana, por pureza y por riqueza de elementos cultuales y artísticos, por correspondencia a la índole y a las necesidades del hombre moderno». 
Tampoco resultará difícil hacerse una idea de la tensión espiritual que acompaña a las circunstancias actuales si, después de la lectura de este trabajo, pasamos a considerar los principios expuestos recientemente por sor Fernanda Barbiero, dorotea, puesta al frente de las hermanas Franciscanas de la Inmaculada con motivo del comisariamiento que sufre la orden: «nosotras, las religiosas, hemos sido formadas en un tipo de fe y de espiritualidad que nos aparta de la razón. Es una espiritualidad congelada en la filosofía del ser, ya no más actual por la urgencia de construir una ética. Y ética quiere decir relación de vida, no razón [...] Nosotras debemos simplificar la religiosidad y volverla más cercana a las necesidades reales de los pobres. Hay mucho de "invisible", mucho arcano. La dirección de la vida religiosa parece demostrar que la santidad tiene su epicentro en el más allá, en lo invisible, o en una caridad mucho más cercana a la limosna que a la responsabilidad y al compromiso por un mundo más justo [...] Debemos reconciliarnos con la historia como único templo en el que Dios ha tomado rostro y casa».
Y con perdón de los lectores por preceder estas exquisitas páginas que siguen con comprobaciones tan amargas, dejamos ahora hablar a quien corresponde hacerlo. Si hii tacuerint, lapides clamabunt.

domingo, 6 de julio de 2014

El monje y el candelabro


Esta entrada tiene por finalidad servir de retractación pública a unos comentarios originados en la ignorancia y precipitación de quien esto escribe.
El candelabro de siete brazos que aparece en la imagen pertenece al Oratorio de San Felipe Neri en Londres. Según informaron los oratorianos a un amigo, el candelabro está en uso litúrgico desde mediados del siglo XIX.
P. Y el número siete en las lámparas, ¿qué simboliza? 
R. Aquí ya andamos en camino más plano. Dios mando hacer á Moisés, un gran candelabro con siete brazos, sosteniendo' siete lámparas que ardían con aceite purísimo de olivas. (Exod. XXV, 67). El profeta, Zacarías vio en otra ocasión, en una visión profética, otro candelero semejan te, con una gran lámpara en el vértice y un reservatorio del que bajaba el óleo á siete lámparas que, en el brazo sostenía (Zach. IV, 2), finalmente el apóstol San Juan, en capítulo IV de la Apocalipsis vio también siete lámparas ante el trono del Señor, en lo que hacía alusión, lo mismo que el candelabro del profeta Zacarías, al gran candelero Moisés. Ahora bien; este candelero con siete luces ardiendo siempre en el templo, explica el porque de las siete lámparas que manda el Ceremonial poner alrededor del altar en las iglesias catedrales.
P. Pero los candelabros figurativos, ¿nada simbolizan á su vez?
R.. Mucho simbolizan: unos los han tomado como símbolo de los dones del Espíritu Santo, que como luz alumbra la inteligencia, y como fuego inflama la voluntad; otros han visto significadas las siete dotes ó virtudes de la Divina Providencia que ilumina al mundo, y son: la sabiduría; fortaleza, beneficencia, justicia, paciencia, conminación y severidad; otros se afanan en ver representados los siete sacramentos, que iluminan, curan y nutren como el óleo, y cuatro de ellos hacen uso del óleo en la confección. Algunos lo reducen á simbolizar las siete órdenes, cuatro menores, y tres mayores, que dan ministros á la Iglesia de los cuales dijo el Señor que eran la luz del mundo; otros, por fin, como el Señor Segur, creen que las siete lámparas simbolizan aquellos siete luminosos espíritus de los que dijo el arcángel Rafael: «yo soy uño de los siete príncipes que asisten delante del Señor» (Tob. XII, 15). Y en efecto: los ángeles son espíritus de luz, como los demonios son espíritus de tinieblas, y aun a una de sus jerarquías le toca iluminar, como dice San Dionisio Areopagita. Y todas estas significaciones pueden adoptarse pues todas tienen grandes patrones y sólidos fundamentos (1). San Juan que vio siete lámparas ardiendo ante el trono añade luego que son siete espíritus de Dios (Apoc. IV, 5).”
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(1) Véase Alápide, Zach. IV. 6

Fuente:
Chávez, G. Catecismo de la Lámpara de Nuestro Amo. Historia y arqueología, liturgia y disciplina, simbolismo y piedad. México. Moderna Librería Religiosa (1903), pp. 34-36.

jueves, 17 de abril de 2014

Nunca podemos hacer del lavatorio un “gesto” políticamente correcto

Según informa Radio Vaticana, el rito del lavatorio de pies ha sido inter-religioso. Razón por la cual nos parece oportuno reproducir el artículo de un liturgista -publicado el año pasado- que explica por qué es inconveniente que el mismo se realice con acatólicos. En efecto, hay gestos y expresiones que se realizan y comprenden en su justo sentido dentro de la comunidad católica.
Nunca podemos hacer del lavatorio un “gesto” políticamente correcto.
Por Adolfo Ivorra *.
“Houston, tenemos un problema”. Con palabras similares se expresó un astronauta del Apolo 13 en medio de lo que se convertiría en un caos. Por poco no sobreviven. Es lo que con la liturgia papal el pasado Jueves Santo.
He vuelto de mis misas de Jueves Santo, una de ellas en la que he tenido que decir a una señora que el lavatorio de los pies es un rito para varones, que así lo ponen las rúbricas del misal, etc. Yo mismo escribí hace seis años el sentido teológico y litúrgico de que sean varones, pues este rito se inserta en la liturgia y participa de la teología del memorial.
Transcribo nuevamente las rúbricas:
6. Los varones designados, acompañados por los ministros, van a ocupar los asientos preparados para ellos en un lugar visible a los fieles. El sacerdote (dejada la casulla, si es necesario) se acerca a cada una de las personas designadas y, con la ayuda de los ministros, les lava los pies y se los seca. (Misal Romano: reimpresión actualizada de 2008, p. 263).
Lotio pedum
10. Completa homilia proceditur, ubi ratio pastoralis id suadeat, ad lotionem pedum.
11. Viri selecti deducuntur a ministris ad sedilia loco apto parata. Tunc sacerdos (deposita, si necesse sit, casula) accedit ad singulos, eisque fundit aquam super pedes et abstergit, adiuvantibus ministris. (Missale Romanum, a. 2002)
Desde que salió por el balcón de la plaza de San Pedro, son ya muchos los que preguntan o expresan su estupor ante un cambio de 180 grados en las formas. Creo que decir que cada obispo tiene su “estilo” no solventa las dudas. Personalmente me da igual que el Papa vista de barroco o de parroquia de los setenta. Me da igual el color de sus zapatos... Lo que me preocupa grandemente es que el primero en no obedecer las rúbricas sea el “patriarca” de nuestro rito, el romano.
Tenemos un serio problema, sobre todo en el catolicismo latino, con respecto a la correcta apreciación de los signos litúrgicos. De ser ventanas al misterio han pasado a ser “ceremonias” que se tienen que hacer porque toca y, más recientemente, a “cosas” que no sólo no nos acercan a Cristo sino que su materialidad nos puede llegar a escandalizar. El problema de la correcta hermenéutica del signo litúrgico es lo que se demuestra al desobedecer las rúbricas y resituar este gesto del Jesús histórico como un mero acto de humildad.
El problema es todavía mayor si comprendemos que el jueves el Papa no sólo lavó los pies a dos mujeres, sino que una de ellas no era católica, sino musulmana.
Tal y como expresó Benedicto XVI, siendo todavía teólogo, en su libro La fraternidad de los cristianos, la caridad cristiana no es un principio estoico que se pueda aplicar a cualquiera, sino que hay gestos y expresiones que se realizan y comprenden en su justo sentido dentro de la comunidad cristiana.
Adjunto textos de Benedicto XVI en su libro:
“...a pesar de la supresión de barreras y del universalismo, el concepto de fraternidad no se generaliza por completo. Todos los hombres pueden ser cristianos, pero sólo es hermano el que realmente lo es. La repercusión de esta situación se observa en la terminología ética del Apóstol. La actitud de άγάπη (amor) ha de ser para con todos los hombres, pero la φίλαδελφία (amor de fraternidad) sólo para con el hermano, para con el cristiano que es uno” (p. 54).
Hasta el siglo III “el bautismo es el momento preciso en el que el creyente es hecho hermano. El bautismo, en cuanto nuevo nacimiento, media la “hermandad” cristiana, que es el nombre que así mismo se da la comunidad [...] En las comunidades monásticas es donde pervive ahora el concepto de hermano y hermana, mientras desaparece en la Iglesia universal” (p. 57-59).
“El cristianismo no sólo implica supresión de límites, sino que él mismo crea una nueva frontera: entre los cristianos y los no cristianos. Por consiguiente, el cristiano es inmediatamente sólo hermano del cristiano, pero no del no cristiano. Su deber de amar tiene que ver, al margen de esto, con el necesitado que precisa de él; sin embargo sigue en pie la necesidad urgente de construir y conservar una fraternidad profunda dentro de la comunidad cristiana” (p. 85).
“Hermanos en sentido verdadero son pues únicamente los cristianos: frente a ellos, todos los demás son “los que están fuera”. Este concepto reducido es el único cristiano; la superación de este límite corresponde a la Ilustración” (p. 87).
Con estos textos quiero hacer ver que podemos volver a apartar el lavatorio de la liturgia, desvincularlo del memorial litúrgico y abrir la posibilidad a que se haga a hombres y mujeres. Sin embargo, nunca podemos hacer de él un “gesto” políticamente correcto: Jesucristo lo hizo a sus discípulos, judíos igual que él, fundamentos de la Iglesia naciente.
Es muy probable que en años sucesivos el Papa siga haciendo lo mismo que hoy. Además de los problemas teológicos que indico arriba, el gran problema que se nos viene encima es el referente al munus regendi, o dicho en un lenguaje secular, a no poder seguir las normas por quedar desautorizados por una instancia mayor. O dicho en palabras de un colega liturgista: el caos litúrgico, donde todo vale porque todo es “relativo”. El relativismo se nos mete en casa. Por favor, Santidad, le pido que siga fielmente las rúbricas de su propio rito, el romano, y dé ejemplo a los demás sacerdotes y obispos de fidelidad a las normas de la Iglesia. El Papa no es un monarca absoluto al modo de los gobernantes seculares, sino que reconoce, como ya decía Benedicto XVI, que la liturgia es una realidad que le viene dada y que no reconstruye según sus gustos. El primado del obispo de Roma no es tarea fácil. Roguemos al Señor para que el mismo Papa Francisco o alguno de sus colaboradores hagan ver a Su Santidad la importancia de estos sagrados ritos.
*Adolfo Ivorra es doctor en Teología Litúrgica por la Universidad Eclesiástica San Dámaso.
Fuente:

miércoles, 5 de marzo de 2014

“DESVIRILIZACIÓN” DE LA LITURGIA

Reproducimos hoy la traducción completa de un artículo publicado en la bitácora El búho escrutador.

En el pasado mes de junio la página RORATE CÆLI nos obsequió con un interesante y agudo artículo del padre Richard G. Cipolla sobre la desvirilización de la liturgia operada en el Novus Ordo Missæ. El término “desvirilización”, tal como lo aclara el autor en el cuerpo del artículo, no encierra nada peyorativo; es un neologismo que, a falta de otro mejor, el autor considera como el más apropiado para expresar los elementos –asociados al concepto latino de vir- que se han difuminado notablemente en la nueva Misa. No todo lo que dice el padre Cipolla podrá ser del gusto del lector. Pero en materias litúrgicas el “genio inglés” -en este caso norteamericano- siempre merece atención. Nuestro reconocimiento y gratitud a todo el equipo de Rorate Cæli por su trabajo en bien de la liturgia católica y por autorizar a este blog la publicación de la traducción completa del artículo en cuestión. Este búho agradece igualmente al abogado Gustavo Delgado B. la esmerada traducción que ha realizado del original inglés y que ahora presentamos.
La desvirilización de la Liturgia en la Misa Novus Ordo
Fr. Richard G. Cipolla, Ph.D., D. Phil. (Oxon.)
Es bien conocida la correspondencia entre el Cardenal Heenan de Westminster y Evelyn Waugh, antes de la promulgación de la Misa Novus Ordo, en la que Waugh lanza un crie de coeur (grito del corazón) sobre la liturgia post-conciliar, encontrando un empático aunque ineficaz oído en el Cardenal. [ 1] Lo que no es tan conocido es el comentario del Cardenal Heenan al Sínodo de los Obispos en Roma, luego de que la Misa experimental –la Missa Normativa- fuera presentada por primera vez, en 1967, a un selecto número de obispos. Este ensayo está inspirado por las siguientes palabras del Cardenal Heenan dirigidas a los obispos allí reunidos:
“En casa, no son sólo las mujeres y los niños, sino también los padres de familia y hombres jóvenes los que acuden regularmente a misa. Si fuéramos a ofrecerles el tipo de ceremonia que vimos ayer, pronto quedaríamos reducidos a una feligresía de mujeres y niños.” [2]
Aquello a lo que el Cardenal se refería yace en el corazón mismo de la forma Novus Ordo de la Misa Romana, y de los consiguientes y profundos problemas que han afectado a la Iglesia desde su imposición en 1970. [3] Uno podría tener la tentación de querer cristalizar lo que el Cardenal Heenan experimentó al hablar de la “feminización” de la liturgia. Sin embargo, este término podría resultar inadecuado y, en última instancia, inducir a error. Porque existe un aspecto realmente mariano de la liturgia, que es indudablemente femenino. La liturgia porta la Palabra de Dios, la liturgia da a luz al Cuerpo de la Palabra para ser adorado y dado como Alimento. Una mejor terminología podría ser que en el rito del Novus Ordo de la Misa la liturgia ha sido “afeminada”. Hay un famoso pasaje en el De bello Gallico, de César, donde él explica por qué los de la tribuBelgae eran tan buenos soldados. Y lo atribuye a su falta de contacto con los centros de cultura, como las ciudades. César creía que tal contacto contribuye ad effeminandos animos, a la feminización de sus espíritus. [4] Sin embargo, cuando se habla de la feminización de la liturgia se corre el riesgo de ser mal entendido, como si se pretendiera devaluar lo que significa ser mujer o la feminidad misma. Sin adoptar esta visión más bien machista de César acerca de los efectos de la cultura en los soldados, ciertamente se puede hablar de una desvirilización del soldado, cuando éste mina su fuerza y ​​determinación para cumplir lo que un soldado tiene el deber de hacer. Aquí no se trata de un desprecio de lo femenino; más bien se describe el debilitamiento de lo que significa ser hombre.
Desvirilización, pues, es el término que quiero emplear para describir lo que el Cardenal Heenan vio ese día de 1967, durante la primera celebración de la Misa experimental. [5] En la forma del Novus Ordo –que Benedicto XVI, en el Motu ProprioSummorum Pontificum, ha llamado comprensiblemente aunque de modo difuso, la Forma Ordinaria del rito Romano- la liturgia ha sido desvirilizada. Ahora bien, hay que recordar el significado de la palabra vir en latín. Tanto vir como homosignifican "hombre", pero sólo vir tiene la connotación de hombre-héroe, y es la palabra que se utiliza a menudo para "marido". La Eneida comienza con las famosas palabras: arma virumque cano. ("Yo canto a las armas y al hombre-héroe.") Lo que el Cardenal Heenan, profética y correctamente vio en 1967, fue la virtual eliminación de la naturaleza viril de la Liturgia; la sustitución de la objetividad masculina, necesaria para el culto público de la Iglesia, por la suavidad, el sentimentalismo y una personalización centrada en el papel materno del sacerdote.

El pueblo, en el interior de la Liturgia, [6] se sitúa en una relación mariana con ella misma: atención, receptividad, meditación, espera de ser saciado. Dentro de la Liturgia, es el sacerdote como padre quien pronuncia, anuncia y confecciona la Palabra para que la Palabra pueda convertirse en Alimento para los que permanecen dentro de esa suprema actualización de la Ecclesia, que es la Liturgia. [7] Es el sacerdote quien ofrece Cristo al Padre, y es este acto el que contiene el rol distintivo de lo que significa ser sacerdote. Así, el papel del sacerdote como padre hace su rol propio no sólo en su función, sino que en la misma ontología de la sexualidad. [8] El sacerdote se presenta en el altar in persona Christi, in persona Verbi facti hominem, y esto no sólo como homo, palabra que en un sentido trasciende el sexo, sino in persona Christi viri: en el sentido de que homo factus est ut fiat vir, ut sit vir qui destruat mortem, ut sit vir qui Calcet portas inferi: Dios se hizo hombre para poder ser ese hombre-héroe que destruya la muerte y aplaste con su propio pie las puertas del infierno.
La desvirilización de la liturgia y la desvirilización del sacerdote, para todos los efectos prácticos, no se pueden separar. En lo que sigue, me gustaría, aunque esquemáticamente y de manera incompleta, hablar, en primer lugar, en términos más específicos sobre la desvirilización de la liturgia misma en la forma Novus Ordo del rito Romano. En segundo lugar me referiré a la necesaria desvirilización (que se sigue del rito desvirilizado) del sacerdote, utilizando, al efecto, ejemplos concretos.
La descripción de la liturgia Romana usando adjetivos como "austera", "concisa", "noble" y "simple", es un lugar común entre tantos que han escrito sobre liturgia en el marco del movimiento litúrgico moderno del siglo XX. Sin embargo, muchos de estos escritores han idealizado la austeridad del rito Romano o bien la han utilizado para promover su propia agenda consistente en despojar al rito del crecimiento orgánico alcanzado a través de los siglos, etiquetando dicho crecimiento orgánico con términos peyorativos tales como "adiciones Galicanas" o "repeticiones inútiles". Antes que designar el rito romano como austero, un adjetivo que podría decirse tiene connotaciones puritanas, es mejor hablar de la masculinidad o virilidad del rito Romano tradicional. Hacerlo exige necesariamente una definición de la masculinidad en este contexto. Esto es algo difícil, y requiere un estudio más profundo. Con todo, voy a mostrar varias características del rito Romano tradicional que ayudan a explicar lo que quiero decir acerca de la inherente masculinidad y virilidad en el contexto de ese rito. [9]
En primer lugar, la masculinidad se opone al sentimentalismo -no al sentimiento, sino al sentimentalismo-. Hay una ausencia de cualquier rastro de sentimentalismo en el rito tradicional, también llamado Forma Extraordinaria. Esto se ve en sus colectas y oraciones, que sin sacrificar la belleza del lenguaje, son concisas y van al grano; también se aprecia en sus rúbricas, que impiden que la personalidad del sacerdote introduzca sus propias emociones y preferencias en el rito mismo. Si tomamos nota de la intuición del Cardenal Newman de que el sentimentalismo es el ácido de la religión, es decir, lo que destruye la religión verdadera, entonces las rúbricas del rito tradicional son la pequeña píldora púrpura que previene el reflujo de sentimentalismo en la liturgia. [10]
En segundo lugar, con la Misa Romana tradicional hay una aceptación plena del silencio como corazón de los medios para comunicarnos con Dios. La participación activa es entendida como contemplación, como oración. Las palabras del rito no son nunca el punto. Ellas son fijas. Siempre apuntan más allá de sí mismas. Es común decir que dos verdaderos amigos son aquellos que pueden permanecer en silencio absoluto uno frente al otro, y reconocer lo que un corazón le habla al otro corazón en este silencio. Este es el silencio de Moisés ante la zarza ardiente, el silencio de los Padres del Desierto, el silencio de San Benito en la cueva, el Sacro Speco.
En tercer lugar, está el hecho de la masculinidad de la lengua latina. Esta lengua, a diferencia de la femineidad de las lenguas Romances, que son su descendencia, es masculina en su laconismo, su concisión, su formalidad, su dificultad, su falta de flexibilidad. Incluso en manos de un poeta como Ovidio, quien sin duda entendió y tan bellamente puso en práctica el lado femenino de la poesía Romana, incluso allí la masculinidad de la lengua se mantiene firme en contra de cualquier intento de hacer que sea lo que no es.
En cuarto lugar, el rito romano tradicional exige, no sólo en sus rúbricas, sino que en su misma esencia, una sumisión a su forma. Demanda una supresión de la auto-realización. Es algo en lo que se elige entrar, una sola vez. Y esa elección implica siempre algo así como un heroico despojarse de uno mismo por la meta mayor, el telos.
En quinto lugar, muy vinculado con el aspecto anterior, la liturgia es algo dado, nunca hecho. Está ahí para entrar en ella. Este aspecto se ve más claramente en los ritos Orientales, donde el racionalismo y el sentimentalismo nunca han erosionado este sentido de “ser-dada-por-Dios” de la liturgia -por lo que se conoce en el Oriente como "la Divina Liturgia"-. Este ser-dada no implica que sea un fósil ni niega su desarrollo orgánico. Más bien, este ser-dada es como una gran casa que ha sido construida por inspiración del Espíritu a través de los siglos, y que está ahí para entrar en ella. El genio y la verdad de la obra El Espíritu de la Liturgia de Romano Guardini, que ha inspirado tan profundamente al actual Papa, Benedicto XVI, en su propia comprensión de la liturgia, asume este absoluto ser-dado de la liturgia, pues no se puede "tocar en la casa del Señor", a menos que la casa ya esté allí para tocar música en ella. El sacerdote acepta la prohibición de imponer sus propios gustos y aversiones en la liturgia. Él está dispuesto a que se le recuerde hacer lo que se debe hacer. Él acepta la imparcialidad que la liturgia impone, sin la cual uno no puede entrar en la Liturgia cósmica que trasciende el tiempo y el espacio. [11]
En sexto lugar, la liturgia es viril en su comprensión y uso de gestos ambiguos como el beso. El beso ciertamente encuentra un lugar seguro en el reino de lo erótico. No obstante, el beso como señal de respeto y amor por los objetos que se utilizan en la liturgia y por quienes participan en la liturgia, como el beso de la paz, purifica este símbolo erótico y lo eleva al nivel más alto y más objetivo de adoración de la presencia de Dios en la liturgia. Siempre me asombran y aturden los que celebran la Misa Romana tradicional sin los besos habituales, en base a considerarlos en cierto modo "excesivos" y propensos a ser mal interpretados. Nunca son excesivos, como enseñó Jesús a Judas cuando la mujer ungió sus pies con nardo precioso. Estos besos son propensos a ser mal interpretados sólo si la Liturgia es despojada de su virilidad innata.
Por último, la liturgia es viril en su aceptación de la soledad esencial del sacerdote dentro de la comunidad, su querido rebaño, que él ama y por el que moriría si estuviese llamado a hacerlo. El sacerdote vir se encuentra solo en el altar para ofrecer el Sacrificio por su pueblo. Permanece en la línea de Melquisedec, de Moisés, de San Pablo, de San Agustín y de todos los santos que no temieron estar a solas con Dios por y con la comunidad, especialmente aquellos que no temieron experimentar la soledad del martirio.
Por la reflexión anterior sobre la masculinidad y la virilidad de la liturgia, resulta obvio que la desvirilización de la liturgia exige y revierte en la desvirilización del sacerdote. Quiero examinar ahora dos contextos de la desvirilización del sacerdote: uno directamente consecuencia del Novus Ordo tal como es ampliamente celebrado; el otro, una consecuencia de la olvidada esencial masculinidad-virilidad del sacerdote.
No puede haber una fuerza más poderosa para la desvirilización del sacerdote que la moderna costumbre de decir la misa de cara al pueblo. Al margen de su carácter no tradicional; al margen de su fundamentación en deficientes y sentimentales apelaciones a la antigüedad (arqueologismo contra el cual advirtió Pío XII en Mediator Dei); aparte de su imposición por una terrible falta de comprensión acerca de la esencia de la Misa que ha hecho que el aspecto secundario de "cena" casi elimine el aspecto primario de Sacrificio: esta costumbre de decir Misa de cara al pueblo como una novedad sin el apoyo de la Tradición, ha sido una de las principales causas de la desvirilización del sacerdocio. [12]
En una de mis muchas estancias en Italia me di cuenta de que muchos de los coches de bebé estaban construidos de tal manera que el bebé se sentara de frente a su madre, mientras ella empujara el coche. Esto me pareció extraño, ya que en Estados Unidos el bebé mira en la misma dirección que la madre que está empujando el coche. Cuando le pregunté a una amiga sobre esto, ella me dijo que muchas madres italianas quieren mantener permanente contacto visual con el bebé, desean poder sonreír al niño, y hablarle en su propio lenguaje para así asegurarse de mantener el vínculo entre madre e hijo. La clásica relación madre-hijo se acentúa casi de una manera perversa por la necesidad que siente la madre de enfrentar constantemente cara a cara a su hijo, no sea que el contacto con el mundo exterior, con "el otro", dañe la relación.
Sin pretender que la analogía anterior sea exacta o completa, afirmaría que la radical innovación - nunca impuesta por el Concilio ni por ningún otro libro litúrgico- de celebrar Misa con el sacerdote de cara al pueblo, ha transformado el papel del sacerdote en la Misa, de padre que guía a su pueblo para ofrecer el Sacrificio al Padre, en el de madre necesitada de contacto visual, de parloteo litúrgico con el pueblo y a veces de un comportamiento deliberadamente bobo, como si el pueblo fueran párvulos, reduciendo así su rol de sacerdote al de la madre de un infante. Esta reducción de los feligreses a párvulos, forzados a mirar a la madre-sacerdote, les impide ir más allá de él y ver al Dios que está siendo adorado en la presencia del sacrificio cósmico de Cristo.
Para usar otra analogía secular: la Misa de cara al pueblo se reduce a una asamblea de escuela secundaria, donde todo el mundo tiene un papel que desempeñar bajo la dirección del sacerdote como Madre Rectora, que se asegura de que todas las cosas salgan bien. Esto es descrito por algunos liturgistas como la dimensión "horizontal" de la liturgia, en oposición a la dimensión "vertical" que proporciona el sentido de trascendencia. Esto es, en última instancia, discurso vacío, porque supone que la liturgia está bajo el control del sacerdote y los ministros y que una de sus funciones es la de asegurarse de que ambas dimensiones estén presentes, y se mantengan, de alguna manera, en equilibrio.
Está claro que todo este enfoque niega profundamente el "ser-dado" de la liturgia y su foco en la adoración a Dios en alabanza y sacrificio. Las rúbricas del Novus Ordo fomentan esta comprensión radicalmente no tradicional de la liturgia, con el constante debilitamiento de las instrucciones de sus rúbricas con expresiones como "o en otras palabras", "o de alguna otra manera" y "o según la costumbre local". Lejos de la romántica visión retrospectiva de la frase de San Justino Mártir con relación al celebrante de la Misa -que ofrece la acción de gracias "según su capacidad"- [13], tomada como norma; al margen de la cuestionable idea de imaginar que el sacerdote es capaz de sacar de la Tradición o de su propio sentido de la liturgia aquello necesario para completar o llenar lo que las rúbricas ordenan se diga y haga: esta comprensión de la liturgia como "asamblea de escuela secundaria" hace imposible el culto católico como se ha entendido en la Tradición. Porque la Tradición entendió el radical significado de la liturgia como comprendiendo el culto público como un deber, officium, un deber sin duda basado en el amor, pero deber al fin y al cabo. Es este sentido tradicional de la adoración como officium el que es consagrado y hecho visible y oído y experimentado en el rito Romano tradicional.
El sacerdote es como Abrahán, el padre de Isaac y de los judíos, y nuestro padre en la fe. El mayor acto de fe y de culto de Abrahán como padre es cuando lleva a su hijo Isaac a la montaña para sacrificarlo, obedeciendo a Dios. Caminan de frente a la cima de la montaña. Hay silencio, excepto por el breve diálogo entre padre e hijo: "Y se dirigió Isaac a Abrahán, su padre, diciendo: “Padre mío”; el cual respondió: “Heme aquí, hijo mío”. Y dijo (Isaac): “He aquí el fuego y la leña, mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?” Contestó Abrahán: “Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío.” Y siguieron caminando los dos juntos." (Gn. 22, 7-8,).
Es aquí, entre Abrahán e Isaac, que vemos el componente verdaderamente horizontal del culto, breve y al grano. El diálogo vertical y primario es entre Abraham y Dios, un diálogo que se produce en el silencio de una impresionante obediencia y fe.
Este papel de vir de fe es radicalmente diferente al del sacerdote que cree que su trabajo no es llevar al pueblo al altar del Sacrificio, sino dialogar con él y hacerle "entender qué está pasando". Así, la Plegaria Eucarística, con su breve diálogo entre el sacerdote y el pueblo, se convierte en otra extensión del parloteo del sacerdote. Aquí no existe un caminar juntos por la montaña; no hay un volverse juntos hacia el Señor; hay en cambio un terrible y embrutecedor éxtasis de la madre condescendiente y agobiante tratando de conectar con su hijo, destruyendo, en el camino, la libertad del niño para subir al monte de Dios. [14]
Antes de abordar la importante cuestión de la continuidad del rito del Novus Ordo con el rito Romano tradicional desde el punto de vista de la desvirilización de la liturgia, quisiera comentar dos resultados prácticos de la desvirilización de la liturgia y del sacerdote. El primero es el siguiente: la música que el Novus Ordo ha producido para la Misa y demás canciones para cantar en la liturgia, es, en el mejor de los casos, funcional, y, en el peor, basura sentimental que hace que los viejos himnos evangélicos protestantes suenen como corales de Bach. Cuando la Misa se reduce a una asamblea auto-referencial, entonces la música se vuelve, en el mejor de los casos, meramente funcional, y en el peor, algo para despertar los sentimientos del pueblo. Este funcionalismo es una señal de la escalofriante, anticuada y anti-litúrgica postura del establishment litúrgico que aún controla gran parte de la vida litúrgica de la Iglesia en los dicasterios romanos, en los seminarios, en las diócesis, y, por lo tanto, en las parroquias. [15]
El funcionalismo no puede producir grandes obras de arte, ni en la música o la pintura, ni en la escultura o la arquitectura. Además destruye el culto, al menos como se ha entendido tradicionalmente, no como algo irracional, pero sí ciertamente como algo no reductible a razón. [16] En la visión funcionalista, las lecturas en la Misa del Novus Ordo se vuelven momentos didácticos, como si se estuviera en una sala de clases, en lugar de actos de culto como se ha entendido tradicionalmente. Una vez más, el sacerdote actúa como maestra de escuela, explicando constantemente lo que sus estudiantes están viendo y escuchando. Nos hemos olvidado de que las lecturas de la Misa (la Liturgia de la Palabra) llevan la Palabra dentro de la Liturgia; no son meras lecciones para escuchar y asimilar. Las lecturas vienen de dentro de la Liturgia y no de una clase de catecismo presidida por una "institutriz". La liturgia no es didáctica: ella forma e in-forma. Reclama atención a lo que está más allá de las palabras que están siendo cantadas o dichas. La Escritura dentro de la Misa es un eco de la Palabra y un venerable "recordatorio a Dios" acerca de lo que Él ha dicho y hecho por nosotros en la persona de Jesucristo. Desde el punto de vista funcionalista, el canto tradicional de la Iglesia debe ser dejado absolutamente de lado, ya que va más allá de la mera función en su forma distinta y dada, cuyo propósito es la elevación del espíritu humano a Dios. [17]
De la música banal y sentimental del Novus Ordo, que es fruto enfermizo del funcionalismo que subyace en el rito, pasamos a algo que puede parecer trivial en comparación, pero que también es parte de la evidencia de la desvirilización del sacerdote: el vestido del sacerdote fuera de la Misa. El vestido del sacerdote cuando no está realizando una función litúrgica se ha vuelto, en cierto sentido, y para pedir prestado un adjetivo secular recientemente en boga, metrosexual. Esto significa que su masculinidad se ha desdibujado en su apariencia exterior. El abandono de la sotana como vestido normal del sacerdote fuera de la liturgia es parte de la desvirilización del sacerdote. El decaimiento de la vestimenta distintiva que es la sotana, y su reemplazo por un traje de oficina negro usado con un cuello clerical, o, cada vez más frecuentemente, con una camisa con alzacuello blanco que se puede quitar y meter en el bolsillo, es parte de la pérdida de la “liminalidad” del sacerdote. Él ya no es el que se sitúa en el umbral, el limen de la tierra y del cielo, al ofrecer Misa. El vestido religioso inspirado en el vestido seglar lo domestica al punto de convertirlo en un simple clergyman(N. del T.: eclesiástico), donde man significa ahora "persona" y no "hombre".
Las décadas de los cincuenta y sesenta fueron testigo de un enfoque más radical sobre la vestimenta del sacerdote, de parte de aquellos que eran vistos y se tenían a sí mismos por la vanguardia de la reforma, especialmente en Europa. Ellos usaban chaqueta y corbata o turtlenecks (N. del T.: beatles o sweaters de cuello alto) negros, mezclándose más todavía con el vestido secular de quienes los rodeaban. Muchos sacerdotes europeos todavía se visten de esta manera, ya sea continuando su romance con el secularismo, o como un intento de encajar con su rebaño. El hecho es que la sotana, en cuanto vestido tradicional del sacerdote, al menos entre su pueblo, les recuerda que no es sólo un "clergyman", sino un sacerdote; no sólo "un líder religioso", sino el que ofrece el Sacrificio por ellos, cuya vida se centra en este ofrecimiento del Sacrificio, y que nunca puede ser totalmente secularizado. La sotana es una afirmación de la masculinidad y la virilidad del sacerdote. Esto está en contraste con la idea mundana de masculinidad, referida a la del jugador de fútbol americano que gruñe, o al modelo de Armani sin afeitar en jeans ajustados, o a una especie de "semental" que exuda potencia sexual. El uso de la sotana es el ponerse el manto del profeta del sacerdote; es el signo externo de su asumir esa soledad y desprendimiento que es parte integral de lo que significa para un hombre, vir, ser sacerdote. La sotana es un símbolo de ese desapego que marca la relación entre el sacerdote y su pueblo.
El sacerdote desvirilizado confunde desapego con arrogancia o superioridad, frialdad o clericalismo. Irónicamente, la verdad es todo lo contrario. El período post-conciliar ha visto el surgimiento de un clericalismo que se enmascara afirmando que el sacerdote sólo "preside" la asamblea, pero, de hecho, lo preside todo. El sacerdote nunca debe ser un presidente, porque esto es como ser un organizador de bodas quisquilloso. Para amar a su pueblo, el sacerdote debe tener este sentido de desapego de ellos, para que no se convierta en un muñeco Ken de colección, con cuello clerical [18].
Finalmente llegamos al efecto más grave de la desvirilización de la liturgia: la discontinuidad aparente y real entre el Novus Ordoy el rito Romano tradicional. Este tema de la discontinuidad y la ruptura ha sido objeto de una serie de estudios y conferencias en los últimos años, dentro de los que se cuenta el ahora famoso discurso de Benedicto XVI a la Curia Romana del 22 de diciembre de 2005. Si bien es cierto este discurso trata específicamente la cuestión de la hermenéutica, de la interpretación del Concilio Vaticano II, de todos modos tiene relevancia para el problema específico de la discontinuidad de la liturgia. [19]
El significado de la misma palabra "discontinuidad", a menudo no es claro. Deseo hacer una analogía que creo aclara lo que está involucrado en esta discontinuidad entre las dos formas del rito Romano. [20] En las matemáticas hay funciones que se llaman discontinuas en un punto determinado. En términos simples, lo que esto significa es que, en ese punto, no hay ningún valor para la función. Podemos decir que en ese punto hay un "agujero" en la función. Lo que esto significa, además, es que no hay manera de "llegar" desde antes de la discontinuidad a después de la discontinuidad. Uno no puede ir "a través de" un agujero en la función.
Usar esta analogía de una función en la que hay un agujero, una discontinuidad, nos ayuda a entender el hecho de que para la inmensa mayoría de los católicos que viven en el lado de "después" del agujero, aquellos para quienes el Novus Ordo es su única experiencia de Misa, la parte de la función que está "antes" del agujero, les es totalmente ajena. Cualesquiera que sean los argumentos teológicos y litúrgicos que se ofrecen en este debate sobre la continuidad, el sobrecogedor hecho es que para el católico que creció con la Misa Novus Ordo, el tradicional rito Romano es algo ajeno y exótico. Estos católicos no ven la continuidad que se ha dado por supuesta y defendido. Ellos sólo ven el agujero como un abismo y no pueden ver o entender el lado de "antes" del agujero.
Esto nos lleva a utilizar la analogía matemática para dilucidar lo que realmente significa esta discontinuidad entre las dos formas. Las funciones se representan mediante fórmulas que implican variables. Una función que es discontinua puede tener la misma "fórmula", que representa su "forma", para cada lado del agujero en la función. Pero puede darse la situación en que, después de esta discontinuidad, la fórmula de la función cambie, y ahora haya esencialmente una nueva fórmula y forma. Si hemos de creer lo que nuestro propio pueblo católico experimenta en la celebración de la Misa en las dos formas del rito Romano, entonces es obvio que no sólo hay una discontinuidad, un agujero; también hay una función nueva, una fórmula nueva, una forma nueva, después del agujero. La fórmula utiliza las mismas variables que la fórmula antigua, pero es una fórmula diferente que denota una nueva familia de curvas. La apariencia, la figura y la estructura de la nueva forma se ven y son muy diferentes a las de la forma de antes del agujero. Este es un problema gravísimo para la integridad de la fe Católica, tal y como es vista, comprendida y actualizada en la celebración de la Santa Misa. [21] Por un lado tenemos la Misa Romana Tradicional que, utilizando las palabras que describen la Regla de San Benito en un relato contemporáneo de la vida del santo, es potente e strana, poderosa y extraña. [22] La Misa Romana Tradicional puede ser bien descrita con las palabras de la introducción del Antiphonale Monasticum en su descripción del canto de la Iglesia: “simple, sobrio, a veces quizá un poco austero, sin duda hermoso, con un fuerte sentido de la línea; capaz de dulzura, y por esto enormemente expresivo, sensible a todos los temperamentos, y capaz de suscitar los sentimientos más íntimos del alma”. [23] Y en el otro lado, otra cosa: algo distinto, más desvirilizado y desromanizado.
Esto es de hecho lo que el Cardenal Heenan vio aquel día en 1967, cuando se celebró por primera vez la forma experimental de la Misa Novus Ordo para los obispos en Roma. Él vio allí los resultados de la mentalidad funcionalista que no entiende de ceremonias y confunde la sencillez con un reducido infantilismo. Él vio allí la "novedad" de la Missa Novus Ordo, una novedad que no creció orgánicamente de la Tradición, sino más bien de una cepa específica de la teología litúrgica fundada e infectada por el racionalismo post-Ilustrado. Él vio allí la desvirilización de la liturgia y supo cuál sería uno de los efectos del Novus Ordo en la Iglesia: una marcada disminución de la asistencia a Misa. Él vivió lo suficiente para ver el comienzo de la pérdida del sentido de lo sagrado. Lo que no alcanzó a ver fue la desvirilización del sacerdocio y sus desastrosas consecuencias en la falta de vocaciones e infidelidad personal a la castidad y al celibato.
Fr. Cipolla es Director del Departamento de Clásicos en Brunswick School, Greenwich, CT, y vicario de la parroquia de Santa María, de Norwalk, CT.


Notas:

[1] Evelyn Waugh y John Carmel Cardenal Heenan, A Bitter Trial, 2ª ed. 
(South Bend: St. Austin Press, 2000)
[2] Ibid., 70
[3] La importante cuestión acerca de la validez de la imposición del Novus Ordo y la prohibición efectiva del Misal de 1962 del rito Romano fue traída a colación por el propio Joseph Ratzinger en El Espíritu de la Liturgia, (San Francisco: Ignatius Press, 2000) 165-66. Pareciera que la respuesta a la pregunta está contenida en la promulgación de Summorum Pontificum y su carta adjunta para los obispos. El asunto no es si es que el Papa puede promulgar un Misal reformado o no. De hecho, San Pío V lo hizo, en respuesta a Trento. La pregunta es si un Papa puede imponer una nueva forma de Misa en la Iglesia y suprimir el rito Romano tradicional. La comprensión cuasi-fanática de los poderes del papado desplegada por Pablo VI y suscrita por los que le animaron a suprimir el rito Romano tradicional y por los obispos que accedieron a este audaz movimiento: todo esto, habría hecho sonrojar a Pío IX, con vergüenza y quizás envidia.
[4] César, De bello Gallico, 1.1
[5] El cardenal Heenan prologó su comentario con la observación de que no sabía los nombres de aquellos que habían propuesto la nueva Misa, pero era claro para él que pocos de ellos habían sido curas párrocos alguna vez.
[6] No se debe hablar de que el pueblo esté en la liturgia, sino dentro de la liturgia. La liturgia es algo en lo que se entra, no es algo visto o creado o traído a la existencia por el pueblo reunido.
[7] Sacrosanctum Concilium 10: "No obstante, la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza."
[8] Sobre la naturaleza ontológica de la sexualidad ver Angelo Scola, “The Nuptial Mystery: A Perspective for Systematic Theology?” Communio 30 (verano de 2003).
[9] Este ensayo no pretende abordar el contenido verbal del rito Novus Ordo, como, por ejemplo, los cambios radicales en las colectas y oraciones del ofertorio. Los importantes y, a su manera, devastadores resultados de la investigación de la Dr. Lauren Pristas en una serie de artículos y en un libro de próxima aparición sobre las revisiones realizadas por el Consilium post-conciliar sobre las oraciones colectas de Misa, son una evidencia de las políticas racionalistas y modernistas de revisión que condujeron a las nuevas colectas en la Misa Novus Ordo. Estas políticas pueden entenderse bien a la luz de la categoría de la "desvirilización". Lauren Pristas, "The Orations of the Vatican II Missal: Policies for Revision”, Communio 30 (Invierno de 2003) 621-653; “Theological Principles that Guided the Redaction of the Roman Missal 1970”, The Thomist 67 (2003) 157-95; “The Collects at Sunday Mass: An Examination of the Revisions of Vatican II”, Nova et Vetera, 3:1 (Winter, 2005) 5-38. Ver también Aidan Nichols, Looking at the Liturgy, (San Francisco: Ignatius Press 1997). Este breve libro sigue siendo la mejor fuente para comprender los supuestos racionalistas y anti-litúrgicos del movimiento litúrgico moderno tardío, que tuvo como resultado la forma Novus Ordo de la Misa.
[10] Este tema de la destrucción de la verdadera religión mediante su reducción a un mero sentimiento, atraviesa todos los sermones y obras de Newman. El Discurso Biglettopronunciado en Roma cuando fue nombrado cardenal es una reafirmación de este tema en términos de lo que él llama Liberalismo. Este discurso es a la vez poderoso y profético.
[11] Sobre estas cuestiones véase Romano Guardini, The Church and the Catholic and The Spirit of the Liturgy (Sheed and Ward: Nueva York, 1935), especialmente los capítulos 3 y 9.
[12] La tercera revisión de la Instrucción General del Misal Romano deja muy claro que la Misa de cara al pueblo no es obligatoria y que la postura tradicional ad orientem está efectivamente permitida. Uno de los grandes misterios de la revolución litúrgica post-conciliar es cómo la Misa de cara al pueblo se hizo obligatoria a pesar de no existir documento oficial alguno en respaldo de esta idea. Para una historia detallada y desapasionada, y una comprensión teológica de la posición "hacia el este" del sacerdote y el pueblo en la celebración de la Misa, ver Uwe Michael Lang, Turning to the Lord, (San Francisco: Ignatius Press 2009).
[13] San Justino Mártir, Apología. 66-67
[14] Guardini: "The Primacy of the Logos over the Ethos", op. cit., 199-211
[15] Este mortífero papel del funcionalismo en la liturgia es discutido y refutado por Benedicto XVI en una colección de ensayos sobre el papel de la música en la liturgia titulado Lodate Dio con arte (Venecia: Marcianum Press 2010).
[16] Guardini, op.cit., "The playfulness of the Liturgy".
[17] En Italia, donde el establishment litúrgico parece aún comprometido con el funcionalismo y con una actitud tecnocrática respecto a la liturgia, se ha reciclado una palabra maravillosa para describir el despojamiento hasta los huesos de la liturgia y de la construcción de iglesias: adeguamento(adaptación, adecuación). En Lodato Dio con arte, Benedicto XVI habla de este término y de los efectos perjudiciales que la realización del adeguamento ha tenido en la vida litúrgica de la Iglesia en Italia.
[18] Uno puede ver los comienzos de esta desvirilización del sacerdote en las representaciones de Hollywood de los sacerdotes, como la de Bing Crosby en la película The Bells of St. Mary. La imagen del sacerdote como un buen tipo que fuma una pipa y no es en absoluto una amenaza para nadie, el sacerdote domesticado que ayuda a disipar el visceral anti-catolicismo de la América Protestante. Uno se pregunta cuántos jóvenes han dejado de hacerse sacerdotes estos últimos cuarenta años, por temor de que hacerse sacerdote significaría abandonar su hombría y virilidad.
[19] Sobre la cuestión específica de la discontinuidad del ritoNovus Ordo con el rito Romano ver la introducción de Joseph Ratzinger a The Reform of the Roman Liturgy de Klaus Gamber, Roman Catholic Books 1993, y Joseph Ratzinger, El espíritu de la liturgia, especialmente el capítulo dedicado al Rito. Para ver un ejemplo detallado del consenso entre muchos académicos respecto a que el Novus Ordo es discontinuo con el rito Romano, ver las actas de la conferencia litúrgica celebrada en la Abadía de Fontgombault en 2001: Looking again at the Ouestion of the Liturgy, Alcuin Reid, ed., (Farnborough, Inglaterra: St. Michael Abbey Press. 2002). Esta cuestión de la discontinuidad parece ser ignorada por motivos pastorales, y con razón, en Summorum Pontificum y en la carta adjunta dirigida a los obispos. El hecho de que las dos formas del rito Romano coexistan en la Iglesia no dice nada definitivo acerca de si son o no continuos.
[20] La discontinuidad es una cuestión distinta de la validez de la forma. La validez de ambas formas del rito Romano se toma como un hecho dado.
[21] Pristas, Orations: Con respecto a los trabajos del Consiliumsobre las colectas de la Misa, Pristas habla de "la construcción de una ciudad completamente nueva". Es de destacar que el trabajo de esta investigadora no ha causado gran inquietud entre los obispos, que son, de hecho, los moderadores de la liturgia en sus diócesis.
[22] Flaminia Morandi, San Benedetto: Una luce per l'Europa(Milan: Paoline 2009)
[23] "simplices, sobriae, aliquando fortisan austeriores, decoram certe et firmamissam exhibent lineam, de cetero dulcibilem ac per hoc maxime expressivam, omnium susceptibilem temperamentorum, intimos animae sensus preferendi capacem." Antiphonale Monasticum, (Tournai: Desclée & Co., 1934) p. XI.

Texto original: 

Otra buena traducción castellana del cuerpo del artículo puede verse en: