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lunes, 10 de octubre de 2016

¿Votarán por Trump?




Michael Matt y Christopher A. Ferrara dialogan en el vídeo que encabeza esta entrada acerca de las próximas elecciones presidenciales que tendrán lugar en los Estados Unidos y la posibilidad de votar por el candidato Donald Trump. Matt recuerda el tradicional principio del doble efecto. Razón por la cual, descendiendo a lo prudencial, compara las propuestas de Trump y Clinton para luego dar su opinión, compartida por Ferrara. En paralelo, el sitio oficial de la FSSPX ha reiterado (7-9-2016) la posición que ya comentamos aquí. No podemos decir si estas muestras son representativas del sentir de los católicos tradicionales norteamericanos. 
Reproducimos a continuación el perfil biográfico de Matt y Ferrara publicado en el sitio Adelante la Fe.
Michael Matt. Director de The Remnant. Ha sido editor de The Remnant desde 1990. Desde 1994, ha sido director del diario. Graduado de Christendom College, Michael Matt ha escrito cientos de artículos sobre el estado de la Iglesia y el mundo moderno. Es el presentador de The Remnant Underground del Remnant Forum, Remnant TV. Ha sido Coordinador de Notre Dame de Chrétienté en París –la organización responsable del Pentecost Pilgrimage to Chartres, Francia, desde el año 2000. El señor Michael Matt ha guiado a los contingentes estadounidenses en el Peregrinaje a Chartres durante los últimos 24 años. Da conferencias en el Simposio de Verano del Foro Romano en Gardone Riviera, Italia. Es autor de Christian Fables, Legends of Christmas y Gods of Wasteland (Fifty Years of Rock n' Roll) y participa como orador en conferencias acerca de la Misa, la escolarización en el hogar, y el tema de la cultura, para grupos de católicos, en forma asidua. Reside en St. Paul, Minnesota, junto con su esposa, Carol Lynn y sus siete hijos.
Christopher A. Ferrara. Presidente y consejero principal de American Catholic Lawyers Inc. El señor Ferrara ha estado al frente de la defensa legal de personas pro-vida durante casi un cuarto de siglo. Colaboró con el equipo legal en defensa de víctimas famosas de la cultura de la muerte tales como Terri Schiavo, y se ha distinguido como abogado de derechos civiles católicos. El señor Ferrara ha sido un columnista principal en The Remnant desde el año 2000 y ha escrito varios libros publicados por The Remnant Press, que incluyen el bestseller The Great Façade. Junto con su mujer Wendy, vive en Richmond, Virginia.

jueves, 31 de marzo de 2016

¿Un «partido católico»?

J. Vázquez de Mella
Diputado a las Cortes 1893-1916
Un partido confesionalmente católico es aquel cuyos miembros y plataforma están en todo de acuerdo con la doctrina social de la Iglesia. Hay ejemplos históricos con diversidad de resultados imposibles de reseñar ahora. 
Toda reflexión sobre la conveniencia de un partido católico supone algo que ya hemos dicho pero que -a juzgar por algunos comentarios anteriores- no explicamos bien o no termina de entenderse.
Si el acto de votar bajo régimen de sufragio universal es intrínsecamente malo, no puede existir un partido católico que sea moralmente legítimo dentro de tal sistema político.Porque no se puede hacer el mal para que venga el bien (Rom. 3, 8). En este caso, no se puede pedir un medio malo en sí mismo, como sería votar bajo sufragio universal, para lograr el bien derivado del triunfo electoral del partido católico.
- Pero si se diera el caso de un partido 100% católico, compuesto exclusivamente por santos…
- No se puede, el medio es malo en sí mismo; no importa la plataforma, ni la santidad de los candidatos, ni las intenciones, ni los resultados.
- ¿Y si los candidatos fueran Jesucristo, la Virgen, San José, San Fernando, García Moreno?
- No se puede. El medio es objetivamente malo. Nunca lo pedirían.
A esta conclusión se llega con un razonamiento simple:
A)  El acto de votar bajo régimen de sufragio universal es intrínsecamente malo.
B) Un partido político es una asociación de personas que, al presentar candidatos, pide a los ciudadanos el acto de votar.
C) Un partido político es una asociación de personas que pide a los ciudadanos un acto intrínsecamente malo.
En estas circunstancias el partido confesional sería una asociación ilícita por su objeto. Su principal cometido sería instigar a los conciudadanos a realizar actos malos en sí mismos (v. 550.5. 1ª aquí). Vale decir que se pediría al prójimo hacer el mal moral como medio necesario para llegar al poder. Y esto -una vez más- no puede hacerse nunca.

lunes, 21 de marzo de 2016

Sobre una carta de Antonio Caponnetto


En una bitácora (aquí) se ha publicado una carta del Dr. Antonio Caponnetto. El título y su contenido plantean una dicotomía: dos señores. No se puede servir a dos señores. Obviamente Caponnetto se ubica a sí mismo entre los seguidores del Señor. Los que no comparten su posición, mencionados o aludidos por su carta, sirven al Otro. 
Tiene toda la razón del mundo. Se puede servir a Cristo, el Señor, en su Iglesia; o se puede servir al señor Caponnetto, en sus elucubraciones. Puestos a optar, no tenemos dudas. ¿Nos perdonará por hacer la primera opción? Si supiera cuánto nos importa contar con su aprobación…
Respecto de la carta publicada, nos interesa ahora hacer dos precisiones:
1. San Ezequiel Moreno.
Del texto que hemos citado de San Ezequiel Moreno se siguen dos cuestiones: 1) el hecho: existió una carta pastoral del obispo –que tal vez no fuera la única- en la cual enseña que los buenos católicos deben luchar en el campo electoral; 2) su interpretación: lo razonable es pensar que el santo no vio en tal deber ninguna inmoralidad intrínseca, pues lo malo en sí nunca puede ser objeto de un deber. Lo cual está en armonía con el magisterio pontificio, que en ese tiempo distinguía ya nítidamente doctrina, legislación y régimen político; y que diferenciaba entre el sufragio universal (v. p. 464) como origen del poder político (doctrina errónea y reprobada por la Iglesia) y el sufragio universal como modo de designación de los gobernantes (institución criticable por muchas razones, pero que la Iglesia nunca condenó).
¿Existió el documento? Si se lo niega, hay que probarlo. Pero en las 1231 palabras que Caponnetto dedica a este punto, no afirma ni prueba nada contra la existencia del documento del obispo de Pasto.
Además, la “interpretación” que hace Caponnetto luce inverosímil por poco razonable. Lo que se debe presumir –salvo prueba en contrario- es que el santo conocía y aceptaba el magisterio pontificio (ya que era un obispo, no un logorreico infra-científico) y que lo aplicaba a las particulares circunstancias de su jurisdicción. Que no era tan ignorante de la ciencia moral como para llegar al absurdo de sostener que se debe luchar electoralmente si la conducta es mala en sí misma. Y que terminada la guerra de los mil días, esa “lucha” electoral no podía consistir en incendiar urnas, robarse boletas o hacer fraude electoral (todas conductas inmorales, que no consta que el santo aconsejara) sino la participación a través de partidos políticos dentro de las circunstancias de aquel tiempo.
Las elucubraciones que de todo esto exceden, no se siguen de nuestra entrada y corren por cuenta de quien las hace.
2. Pío XII.
La interpretación que hace Caponnetto del texto del papa Pacelli (completo, aquí) resulta muy llamativa por decir lo menos. El pontífice se ocupó del tema varias veces, siempre de manera clara, aunque no fuera exhaustivo en todas sus intervenciones.
Lo primero que enseña Pío XII es que hay un deber-derecho de votar (deber y derecho son correlativos; si debo hacer algo, tengo derecho a hacer lo debido). Y lo dice en Italia, en 1946, ante un público mayoritariamente femenino. Antes, cuando era cardenal, había encuadrado el deber-derecho de votar en la caridad social y la justicia legal. Como lo enseñaban pacíficamente los teólogos.
Pío XII califica al deber electoral de sagrado. Lo cual Caponnetto parece no comprender. Raro, porque el mismo Pío XII explica en ese documento el fundamento de su carácter sacro: obliga ante Dios; y obliga en conciencia. Nada nuevo, simplemente un eco del texto paulino (Rom 13, 1-7) que enseña que el poder que dimana de Dios y que quien resiste al poder, a Dios resiste, porque el gobernante es ministro de Dios. 
Pero la interpretación que hace del texto del papa Pacelli parece partir de una identificación equivocada entre sagrado y absoluto. Un deber moral puede ser sagrado y no absoluto. El deber de cumplir el precepto dominical es sagrado y no absoluto, pues como todos los deberes morales positivos admite causas excusantes (v. aquí, n. 420.3).
Llama la atención que Caponnetto no aplique aquí la tradicional distinción entre normas morales negativas o prohibitivas (absolutas, sin excepción, como el precepto que veda mentir) y afirmativas o preceptivas (no absolutas, que tienen excepciones, como el precepto de votar). Y decimos esto porque el autor ha citado el manual de Royo Marín en uno de sus libros y el dominico explicaba la doctrina tomista en términos muy claros (v. n. 113.1): “Las leyes afirmativas o preceptivas obligan siempre, pero no en cada momento (v.gr., la ley que manda dar culto a Dios). En cambio, las negativas o prohibitivas obligan siempre y en todo momento (v.gr., la ley de no robar: en ningún momento se puede prescindir de ella)”.
Además, se debe decir que no hay en el texto de Pío XII condiciones de conciencia excesivas para votar por algo católicamente potable. En efecto, en el análisis de la moralidad del voto –y de cualquier acto humano- lo primero es considerar el objeto, que determina su moralidad intrínseca. Y el votar es por su objeto un acto de suyo bueno, pues con este acto se cumple un deber de caridad social y de justicia legal. Pero el análisis de la moralidad del sufragio no se agota en la consideración intrínseca de su objeto. Hay que analizar en un segundo momento, posterior, la intención y el resto de las circunstancias. Y aquí Pío XII agrega la exigencia de votar bien, i.e. por los mejores candidatos. Ninguna novedad, sino doctrina moral tradicional, que se encuentra en Santo Tomás cuando trata acerca de la elección de una persona para un oficio público. Lo que no dice Pío XII en ese documento de 1946 es qué hacer cuando no es posible votar a un candidato digno, porque todos los candidatos son más o menos indignos. Pero la respuesta estaba muy clara en el magisterio previo (v.gr., San Pío X) y en el sentir común de los teólogos (principio de doble efecto). Pío XII volvió a ocuparse del tema en 1948, también para el caso de Italia, aplicando principios de validez universal.

martes, 17 de noviembre de 2015

Derecho a réplica

Esta bitácora no es expresión del «nacionalismo católico argentino». Razón por la cual no nos preocupa si nuestra «línea editorial» está dentro o fuera de los cánones de «pureza doctrinal» de dicho movimiento político-cultural. Opinamos, según nuestro leal saber y entender, desde una posición «independiente».
Cuando se trata de la «ortodoxia católica» procuramos ser fieles a la Tradición. Conscientes de nuestra falibilidad tratamos de fundar cuidadosamente las opiniones que tocan directamente la doctrina católica. Y esa doctrina es secular, clara y segura. La hemos expresado en entradas precedentes; se la encuentra en una inagotable bibliografía de referencia; por lo que no vamos a saturar el blog con cientos de páginas que los interesados podrán leer por su cuenta.
En lo que respecta a la moralidad de la participación política en las presentes circunstancias, seguimos la doctrina católica tradicional y defendemos la «libertad de las conciencias» (no confundir con «libertad de conciencia») verdaderas de obrar conforme a la recta ratio. Y por ello no aceptamos como vinculante para las conciencias cristianas ninguna forma de rigorismo moral, por buenas que sean las intenciones de sus sostenedores. Dejando intactos los principios ya explicamos que en materia electoral puede haber diversas opciones prudenciales.
El Dr. Antonio Caponnetto se ha sentido aludido por algunas entradas de nuestra bitácora y por un comentario de la Redacción. Ha remitido el escrito que transcribimos a continuación para que pueda ejercitar su derecho a réplica. Disentimos de su contenido pero no vamos a agregar nada más a lo dicho. Sólo nos resta aclarar que cuando en algún comentario hablamos de autoridad, nos referimos a ella en sentido doctrinal, como autoridad docente, sea para formular principios morales o emitir juicios morales, y de ninguna manera cuestionar la conducta de nadie en particular.

 FRENTE AL 22-N
Por Antonio Caponnetto

"No participamos de la opinión de los que pretenden bastardear el Nacionalismo poniéndolo en el plano de un simple partido político para entrar en la puja de menudos intereses electoralistas. No creemos que sean las de hoy las condiciones propicias para la resolución de los grandes problemas que afectan al país, por la vía electoral y menos pretender que esa sea hoy una salida honrosa para el ideal que sustentamos. Mediatizar lo que es de Dios y de la Patria al juego a la baja de unas elecciones, a la decisión de una mayoría circunstancial que se deja arrastrar por el canto de sirena de quien demagógicamente más le promete, nos parece una verdadera aberración. Nos parece una aberración a la que siempre rechazó de plano el Nacionalismo [...].Sólo hay una cosa que hay que levantar fundamentalmente en Occidente como verdadera tabla de salvación: la Cruz. A ella nos aferramos" (Jordán Bruno Genta, Hay un solo Nacionalismo, en Combate, Buenos Aires, Año II, 1957).
 Un doliente hartazgo
 Algunos pocos y benévolos amigos me han pedido cierta orientación u opinión ante los próximos comicios.
Explico primero el porqué del doloroso hartazgo frente al tema, y luego intentaré expedirme para que no se me acuse de evasivo.
Nadie está obligado a leerme, ni he perdido el juicio como para tenerme por consultor obligado.Pero si no se me lee, nadie tiene tampoco derecho alguno a criticar lo que pienso. Sencillamente porque no conocen lo que pienso. O lo conocen del peor modo: fragmentariamente, y de mentas; cuando no cargados de elementales apriorismos. Hasta ahora, parecía ser ésta la funesta especialidad de las izquierdas. Pero resulta queel contagio ha llegado a la propia tropa. A la muy cercana.
Nadie está obligado a leerme,reitero. Pero tampoco pesa sobre mí el deber de volver a escribir los mismos libros cada vez que una circunstancia determinada pone sobre el tapete el tema central de esos libros ya escritos. Un traumatólogo no escribe sobre los riesgos de las fracturas expuestas cada vez que alguien se rompe un codo.
Llevo publicados dos volúmenes densos y pormenorizantes sobre la perversión democrática, y está en curso un tercero, del mismo tenor. El número de escritos referidos al punto –aunque en rigor, a cuestiones colaterales y anejas al mismo- podría casi multiplicarse, si contara, no sin razones, dos tomos previos, aparecidos en el año 2000, antologizando textos que publicara en Cabildo durante veinte años.
Por más modesto que quiera ser al respecto,no encuentro el modo de omitir que he procurado ser detallista, exhaustivo y meticuloso en mis argumentaciones contra el horribilísimo e insalvable sistema político que nos domina, así como sobre la nocividad moral en que incurre quien lo convalida o avala en vez de procurar su destrucción. Ergo, dable sería esperar la misma actitud analítica en quienes no comparten mi postura.
Lamentablemente no suele suceder así. Y cualquier opinante anónimo de un blog, verbigracia, se cree facultado para descalificar mi tesitura. O peor dicho:lo que suponen, sin leerme de modo íntegro, que es mi tesitura. Las presiones para que me rinda y siente cabeza de católico que “no dogmatiza lo prudencial”, ni tiene “conciencia escrupulosa”, ni “vea pecado donde no lo hay”, se multiplican en vísperas de cada elección, con argumentos cada vez más insólitos. Últimamente, el de acusarme de donatista, platónico, kantiano, rigorista, fariseo, provocador o desafectado de los hipotéticos beneficios que les traería a los militares presos el triunfo de esa porciúncula más del estiércol que responde a la sigla PRO.
Ninguno quiere dejar en paz a quien, simplemente, -¡vaya pretensión!- procura dar testimonio de coherencia en soledad. A quien no quiere ser útil al sistema, ni incurrir en el activismo partidocrático, ni vivir pendiente de los requerimientos de un modelo corrupto, ni pagar tributo a la corrección política, ni estar desatento al regreso de Jesucristo antes que atento a la huida de los kirchner, minusculando a sabiendas el nauseabundo gentilicio.
Una voluntad tácita de castigarlo y doblegarlo se pone en marcha ante el disidente. El rigorismo de los demócratas es cada vez más circundante y opresivo. No quemar incienso al sufragio universal está penado por la ley y queda el réprobo sometido a figurar en la lista estatal de infractores, oblando su multa. Sin embargo, no es éste el maldito rigorismo que dispara siquiera una línea de condena, sino el nuestro, por no querer sumarnos a la inmoralidad cuantofrénica.
Los ciudadanos de la democracia están divididos entre los integrados mansamente al llamamiento electoral, que deben tenerse por puros y limpios; y los impuros y sucios que, contrario sensu, desacatan el imperativo de hacer una genuflexión doble ante cada urna. Sin embargo, insistimos, no es a esta demasía a la que se la compara con la casuística de purezas e impurezas del judaísmo, sino a nuestra actitud de no querer contaminarnos éticamente haciendo la fila para rifar a la patria con cada boleta asquerosa.
En esa ofensiva contra el disidente,lo subrayamos, cualquier argumento es válido. Hasta el de compararnos con los circunceliones del siglo IV. Bandidos desaforados y heréticos, claro; éso seríamos. Como los brigantes franceses, los bandoleros de la Cristiada, los forajidos resistentes al castrismo, o más criolla la cosa: como el Chacho Peñaloza, conductor de los últimos “bárbaros”, al que con el mencionado mote de bandido insultó su verdugo antes de matarlo.
Imposible no recordar en dos trazos lo que me sucediera en una de las primeras defensas catedralicias, en Buenos Aires. Tras soportar en desigualdad de condiciones largas horas de blasfemias, sacrilegios y obscenidades, aproveché un segundo de silenciamiento de las hordas para vivar a Cristo Rey. Sólo ese grito, lo juro. Sucedió entonces que un señor de civil, muy atildado y correcto, a quien hasta entonces no había visto, se me acercó e -identificándose como comisario en operaciones en el susodicho vejamen- me dijo textualmente: “si usted vuelve a provocarlos, no me deja otra alternativa más que detenerlo”. El infeliz no había leído a San Agustín ni a Baronio. Nada sabía de Makide o Faser, los renombrados caudillejos de los circunceliones. Pero algo había aprendido del mundo y para el mundo: el provocador era yo.Tristísima cosa que así piense, no ya un ignoto y exculpable esbirro del Estado, sino un haz de católicos a quienes tengo por buenos[1].
Desahogo formulado, enunciemos lo esencial.
Brevísimas consignas
I.-Independientemente de la inacabable disputatio sobre el mal menor, el domingo 22 de noviembre no hay ningún mal menor que elegir.Es uno solo, enorme,  abisal e inmenso el mal; y le daré los nombres que tiene a riesgo de seguir siendo incomprendido. Ese mal se llama Democracia, Revolución,Modernidad, Inmanentismo. Con cualquiera de estos apelativos, y mucho más con todos ellos juntos, puede sentirse denominado el Anticristo.
Macri, Scioli, Zannini o Michetti no son los nombres del mal. Apenas si apodos circunstanciales, efímeros, intercambiables y con caducidad a mediano plazo. Si no se entiende la naturaleza y la hondura del mal que enfrentamos, nos tranquilizaremos creyendo que ejercemos la vindicta sobre los marxistas porque votamos a los liberales. Para entenderlo,no lean Cabildo, que es nazi. Pero Los endemoniados de Dostoievsky no puede dejar de leerse. Y allí, no sólo está retratado el carácter preternatural del mal que tenemos delante, sino el error que cometemos al desconocer la circularidad viciosa de sus progenitores y de su prole.
Mientras redactamos estas líneas, Macri ha dado a conocer la nómina de los centenares de “artistas, científicos e intelectuales” que le darán su voto. Ante la vista del horrísono listado es imposible mantener en pie la idea de que “aquí y ahora[Macri] es lo menos pésimo, porque nos libera aunque sea temporalmente del totalitarismo culturalmente marxista que soportamos”[2]. La contracultura marxista salta de contento con estos personajes, que conciben la política como un “resolver los problemas de la gente”; esto es, con ofrecerles bienestar y paraisos terrenales.¿Hay algo más sutilmente  próximo al materialismo marxista?
Asimismo, y ante la vista de los antecedentes pasados y de las conductas presentes de quienes integran la coyunda CAMBIEMOS, es inviable alimentar cualquier optimismo respecto de una reparación histórica sobre la situación de los soldados en cautiverio. Esto supuesto que el fin justificara los medios y que el bien privado esté por encima del bien común. Y que,entonces, para conseguirle a un amigo militar la prisión domiciliaria habría que darle nuestro voto a un hideputa anaranjado o amarillo.
II.-Votar tiene varias acepciones en el lenguaje político, aún en el clásico. Y hay votaciones que poseen su licitud y hasta su conveniencia. Pero votar bajo las especies del sufragio universal,la soberanía del pueblo,el monopolio de la representatividad partidocrática y la tutela del constitucionalismo moderno, es “la mentira universal”. Sumarse a esa mentira es conculcar el Octavo Mandamiento.
Como en el caso de la unión co-generadora entre liberales y marxistas o del mal menor, lo que acabamos de decir sobre la calificación moral del sufragio universal, no es una ocurrencia solitaria nuestra (suponiendo que de serlo deberíamos estar forzosamente equivocados). Hemos documentado con minucia la existencia de una sólida y larguísima docencia cristiana y aún no cristiana condenatoria de la inmoralidad numerolátrica. En mis escritos sobre el tema, no he apelado a mi autoridad para sostener esta premisa,que tanto parece molestar, sino a la de una frondosísima catalogación de autores, católicos o no, pontífices o súbditos, contestes en el álgido punto.
Se me objeta llamar pecado al sufragio universal porque “la Iglesiano enseña tal cosa desde el siglo XIX hasta el presente”[3]. Además de no ser correcta esta aseveración, la perspectiva democrática, como se ve, la forma mentis cuantitativista, ha invadido aún las propias filas de bautizados fieles y lúcidos. Y hasta los buenos católicos, para saber qué es pecado y qué no, deberán acudir ahora  al siglómetro. Como ese traje de baño que pasados dos veranos sin que nos quepa en el cuerpo, nos resignamos a considerar impropio para nuestras carnes, así también serían ahora los pecados para la vestimenta del espíritu. Tienen fecha de vencimiento. Pasada una determinada cantidad de años, si ya no se habla de ellos en la Iglesia, pues sencillamente no existen.
III.-Conocer y admitir estos principios rectos y procurar darles una aplicabilidad en cada aquí y ahora, no es un error filosófico (platonismo) ni una herejía religiosa (donatismo). Es la olvidada y simplísima virtud de la coherencia. Lo que Jordán Bruno Genta llamaba teresianamente “preferir la verdad en soledad al error en compañía”. Que pueda caerse en excesos o en defectos en su práctica, es riesgo propio de toda virtud. Va de suyo que cada quién hará lo posible por conservar el justo medio moral.
Nadie dice que “el orden moral y político, si no es cristiano, está irremediablemente corrompido”. Gobiernos hubo en tiempos paganos que pueden merecer nuestro encomio. Y hasta lo mismo podría decirse de ciertos gobiernos paganos en tiempos cristianos. Pero el ordenamiento moral y político que tenemos por delante y bajo el cual se nos propone vivir, es explícitamente anti-cristiano, y aún anti-natural y anti-humano. De allí que esté irremediable e inherentemente corrompido. Y de allí que propongamos enfáticamente la niguna cooperación con el mismo y hasta nuestro módico intento de combatirlo.
Lo que la política tiene de arte prudencial, y lo que la prudencia tiene de principios e instancias aplicados a casos y circunstancias concretos, no es algo desvinculado de la “batalla de ideas”. Sencillamente porque la operación sigue al ser. La teoría no se confunde con la praxis. Pero ninguna praxis deja de presuponer una teoría, y hasta el praxeólogo puro –precisamente por eso- es deudor de una concepción previa que luego ejecuta.
Las fuentes de la moral con las que medimos la pecaminosidad o culpabilidad del régimen al que nos quieren obligar a acatar, siguen siendo las mismas que enseña el Catecismo: objeto, fin y circunstancias. Y no hay principio del doble efecto o de voluntario indirecto que pueda servir para mitigar el desbarajuste ético de los colaboracionistas del sistema. No es que tengamos por malo aquello que nos repugna. Nos repugna lo que está objetivamente mal. Es un error el mero circunstancialismo vitalista de Ortega, pero error es también negarle valor moral a las circunstancias en las que elegimos libremente actuar; o desconocer que existe una virtud que rige el obrar en cada circunstancia, que se llama circunspección y que es parte de la prudencia. Es un error y un calvario la conciencia escrupulosa. Pero también lo es el laxismo moral y la pérdida de la conciencia del pecado.
IV-No somos el partido de los votos anulados,ausentes o en blanco. Nos tiene sin cuidado ser partícipes de un cambio en los cómputos finales del escrutinio. Ni siquiera somos el partido de los abstencionistas. Porque creemos que hay un quehacer político del católico, sobre el cual ya nos hemos expedido en muchas ocasiones, durante largos años. Un quehacer posible, perentorio y necesario, que nos convierte en presentistas no enausentistas de la vida política.
La deslegitimación del sistema no depende del número de electores que acudan a los comicios. Es más del mismo criterio cuántico. El sistema es intrínsecamente perverso y por lo tanto incurablemente ilegítimo. Las mentiras de la voluntad popular y de la soberanía del pueblo, no se contrarrestan con el abstencionismo, sino con una prédica infatigable de los sofismas en que se sustentan y con la demostración de que una alternativa práctica nos resulta y nos resultaría posible, si fuéramos capaces de desentendernos de las categorías y de los criterios con que la Modernidadconcibe a la acción política.
Un amigo carlista y reaccionario y empecinadamente ultramontano, nos regaló esta cita de Dominique Paladilhe, contenida en su libro: La grande aventure des Croisés. Se trata de una declaración de Saladino -nada menos- que dice lo siguiente: “¡Ved a los cristianos,ved cómo vienen en multitud, como se apresuran por el deseo, cómo se sostienen mutuamente, cómo se cotizan juntos, cómo se resignan a grandes privaciones”! Lo hacen con la idea de que por ello sirven a su religión; he aquí porqué consagran a esta guerra su vida y su riqueza. En todo esto no tienen más causa que la de Aquél que adoran, la gloria de Aquél en el que tienen fe”.
Buena reflexión para tiempos electorales que coinciden,además,con una nueva embestida del Islam, en la que ya no hay Saladinos ni mucho menos un Cid ni un Juan de Austria. Buena reflexión ante esta nueva y trágica encrucijada de la Iglesia y de la Patria. Quede dicho:no quisimos ni queremos tener otra causa que la gloria y la adoración de Aquél. Y en esta causa, se nos van los años, las privaciones,la vida y la guerra.
Pta: Por si alguien dispusiera de tiempo y ganas sugiero la lectura del Epílogo de mi libro La perversión democrática, donde me demoro en el quehacer político del católico, tomando distancias de posturas abstencionistas y colaboracionistas. Sólo aclaro que el escrito es del año 2010.

 


[1] Para quienes no estén en el tema –ni tengan porqué estarlo- aclaro que estoy aludiendo a una seguidilla de interesantes notas del blog Info Caótica(“El mal menor no es un pecado menor”, “El donatismo político”, “Balotaje”, “Algo  sobre el platonismo político”). Aclaro igualmente que, al margen de esta dolorosa disidencia, en no pocos y sustanciales planteos me siento afín al pensamiento expresado desde este valioso sitio digital. Y que fue desde el mismo, entre otros, que se dio a conocer la solidaridad de un puñado de amigos hacia mi persona, ante el ridículo y canallesco entredicho planteado por Monseñor Taussig.Por lo que guardo un agradecimiento particular.
[2] Declaración del Instituto de Filosofía Práctica, La vindicta como parte potencial de la justicia y las elecciones presidenciales, Buenos Aires,4-11-2015.

[3] Primer comentario de la Redacción del blog Infocaótica al artículo “Algo sobre el platonismo político”, 29-9-2015

miércoles, 11 de noviembre de 2015

El mal menor no es un pecado menor


La cuestión del mal menor en política parte de una expresión problemática. Porque pareciera que en determinadas circunstancias es legítimo cometer un mal moral menor para evitar otro mayor. Y esto no es verdad: hay acciones que nunca pueden realizarse porque son malas en sí mismas. Hay otras acciones que son de suyo indiferentes -aunque mal sonantes como se decía en el argot escolástico, para expresar apariencia de mal- que con causa proporcionada pueden realizarse.
La doctrina católica segura y constante está expuesta en una bibliografía inagotable. Tratamos de ofrecer una síntesis de los criterios fundamentales que se encuentran en cualquier manual clásico. 
Pero hay un punto de la reflexión en el cual la doctrina necesita de aplicación a particulares circunstancias de tiempo y lugar. Y aquí debe intervenir la prudencia. El comunicado del INFIP expresa una de las posibles aplicaciones prudenciales. Pero ciertamente esta opción no es la única ni necesariamente es la más acertada. Partiendo de los mismos principios se puede llegar a otras conclusiones prácticas, como podrían ser la abstención electoral o el voto por el otro candidato.
Por último, queremos insistir en algo que dijimos en uno de nuestros comentarios: el donatismo político es un error en los principios morales. Quien admite principios rectos pero realiza una aplicación prudencial diferente a la del INFIP no puede ser tachado de donatismo político. 
Los principios morales fundamentales son dos:
a) nunca es lícito el apoyo formal a un partido doctrinalmente inaceptable (un apoyo tal que signifique una aprobación de los falsos principios o de los objetivos nocivos de tal partido);
b) es lícito un apoyo meramente material por motivos de un mayor bien común (apoyo material que tiende intencionalmente y de hecho a un mayor bien común, pero del cual podrá valerse un partido inaceptable para conseguir sus fines particulares).
Esto se suele expresar en términos de cooperación material y formal. La cooperación formal es siempre ilícita, la material será o no lícita según las exigencias del bien común.
El que ha de tomar una opción electoral ha de comprender que debe trasladarse al terreno político una recta actitud moral.
Por tanto debe:
1º. Ante todo asegurar en sí mismo esta rectitud moral: repudiar el mal, no querer contribuir a su difusión a través del apoyo al partido que en alguna u otra forma lo encarna. Al mismo tiempo adherirse positivamente al verdadero bien común con voluntad de procurarlo. Este es el terreno de la conciencia en el cual la Jerarquía puede intervenir para aclarar su visión.
2º. Debe, luego, examinar el terreno político y calcular los alcances de su colaboración, tanto los negativos (ventajas para la causa del mal) como positivos (ventajas de otro orden en vista del bien común). Este es el terreno del cálculo político.
3º. Por fin, deberá traducir o expresar con su voto político, con su colaboración o no colaboración su recta jerarquía de bienes. Este es el terreno de su decisión personal, fruto de una síntesis o aplicación de los criterios morales a los datos políticos.
Notemos dos líneas a primera vista contradictorias, en que la Iglesia ha insistido: en el campo político no hay que contaminarse con el mal con su aprobación explícita o implícita, y hay que intervenir cooperando a veces con los que obran el mal. Esta segunda obligación ha sido doctrina constante de los Papas particularmente desde León XIII (p. ej. en Immortale Dei y con su famosa llamada de 1889 a los católicos franceses a tomar responsabilidades en un gobierno laicista y antirreligioso) hasta el presente. Porque el católico tiene obligación de actuar en la vida pública de su país para bien de todos y no puede refugiarse en un cómodo aislamiento so pretexto que la política no es limpia.
Actuar y no contaminarse. Edificar la ciudad teniendo que colaborar a veces con los agentes de la destrucción. Tal es la difícil tarea del cristiano. ¿Cómo conciliar las dos urgencias: la de la rectitud moral en no hacer el mal y la de las virtudes sociales en hacer el bien?
La moral tradicional ha consagrado una norma práctica que suele ser llamada principio del doble efecto. Aplicándolo a nuestra problemática tendríamos que:
a) es lícito apoyar un partido viciado doctrinalmente o aliarse con él cuando conjuntamente:
1º. Tal posición se traduce directamente en ventajas para el bien común;
2º. Lo que se pretende son esas ventajas no queriendo y sólo tolerando el mal que pueda derivarse de tal apoyo o compañía;
3º. Las ventajas son tales que compensan los males que resultan.
b) En cambio sería ilícito dar un voto a favor de un partido viciado en cualquiera de estas tres hipótesis:
1º. Cuando este apoyo no puede obtener otro resultado que la realización de una doctrina falsa y perniciosa para el verdadero bien, con posibles atropellos a los derechos fundamentales de la Iglesia y de las personas;
2º. Cuando, aunque algunas ventajas derivaran de la cooperación, éstas no son tales que compensen los daños;
3º. Cuando el voto implica concesiones o condiciones que no se pueden aprobar en conciencia.
Estos principios son siempre abstractos; en un momento posterior se deberá pasar a las aplicaciones concretas de orden prudencial.