viernes, 24 de marzo de 2017

Santo Tomás, como una abeja


«Esta originalidad y esta profundidad, que fueron en aumento pasando los años, no se ocultaron a sus contemporáneos, los cuales las hacen resaltar con frecuencia(2): ellas están a base de su espíritu, a la vez tradicional y progresista; porque aquella profundidad con que penetraba las cosas, junto con una grande amplitud de criterio y una laboriosidad inmensa con que buscaba la verdad en dondequiera se encontrase, aunque fuese de una manera fragmentaria, le daban un fondo de tradicionalismo por nadie superado ni igualado. Por otra parte aquella labor depurativa de los datos tradicionales filosóficos y teológicos a través de los primeros principios de la razón y de la fe, vistos en Dios y juzgados desde Dios natural y sobrenaturalmente considerado, hizo que las corrientes de la fe y de la razón, ya cristalinas, se deslizasen paralelas y fecundizasen los campos de la Filosofía y de la Teología. En eso consiste su profunda originalidad, no ya material y aparente, sino formal y realísima. “Santo Tomás -escribe Et. Gilson-, que condena tan secamente, como teólogo, las doctrinas que juzga falsas, es, por el contrario, apasionadamente curioso en lo tocante a extraer de las filosofías más diversas el alma de verdad que puedan contener” (1).
[…]
Santo Tomás, como verdadero amante de la verdad, no repara en medios para conseguirla. Por eso le vemos ir a estudiar en las fuentes, cosa tan rara en su tiempo, procurando se le hiciesen traducciones nuevas y directas de las obras de Aristóteles y de las de muchos Padres de la Iglesia(5); y en sus Comentarios sobre el Filósofo manifiesta tener presentes y muy leídas las exposiciones de Alejandro, de Simplicio, de Filopón; de Boecio y de Averroes, y lo mismo los tratados de Avicena y de algunos otros árabes. Aunque en esto es justo reconocer que debe su vocación y su iniciación al Beato Alberto Magno, el cual, según una frase feliz del padre Mandonnet, O. P., poniéndole sobre sus hombros, le hizo ver un inmenso horizonte por los campos de la FIlosofía (1). 
No resolvía el Angélico ningún problema filosófico ni teológico sin tener en cuenta todo lo que sobre él se había escrito y podía tenerse a la mano en su tiempo: Nullum fuit scriptorum genus -dice la Iglesia- in quo non esset diligentissime versatus (2). Persuadido de que la verdad completa no es monopolio de ningún hombre particular, sino que todos contribuyen de un modo o de otro a conquistarla y a esclarecerla, iba de uno a otro como abeja solícita y laboriosa, sacándoles el néctar en ellos contenido y elaborándolo en sí mismo, convirtiéndolo en propia substancia, para fabricar después ese panal de miel tan dulce y tan simétrico que admiramos en sus obras. Su Cadena de oro y sus Opúsculos de controversia con los griegos y con los enemigos de los mendicantes son un testimonio perenne de sus maravillosos conocimientos patrísticos, que tantos sudores le costaron, como él mismo lo confiesa ingenuamente (3).
Respetando siempre a las personas y tratánd0las con suavidad y dulzura, aun en las luchas más encarnizadas y a pesar de las provocaciones de sus adversarios rabiosos y de la exquisita sensibilidad del Santo Doctor, nunca se dejó llevar de afectos personales, ni de simpatías 0 antipatías, cuando se trataba de la verdad.»
Fuente:
Ramírez, S. ¿Qué es un tomista?, en rev: La Ciencia tomista, 27 (1923), pp. 272-301. (aquí

lunes, 20 de marzo de 2017

Leticia es un mini-Vaticano II


Sobre Amoris laetitia y su problemático capítulo VIII se ha publicado hasta el punto de cansar al más paciente de los lectores. Más que agregar algo nuevo, esta entrada procura dar un panorama esquemático de las principales posiciones. Parece importante notar que acerca del capítulo mencionado se plantean los mismos problemas que respecto del Vaticano II. 
(1) No es magisterio en sentido propio. Que un documento del Papa sea o no magisterial depende, al fin y al cabo, de la intención expresada por el maestro auténtico que lo propone. Y se argumenta que, por el tenor de las palabras empleadas –deliberadamente ambiguas-, el Pontífice no quiere enseñar de modo vinculante; vale decir que la exhortación no se impone con firme autoridad doctrinal, sino que se propone a modo de opinión, en clima de diálogo y pluralismo eclesial. De este modo, el Papa no está ejercitando su autoridad docente, la cual se ejercita cuando el texto, siendo claro y preciso, define una verdad o una norma (aunque no sea ex cátedra); pues de-finir es delimitar, poner límites precisos en la expresión pronunciada o escrita (Iraburu).
 (2) Es magisterio en sentido propio. El tenor de las palabras usadas, la ambigüedad de los pasajes, no son suficientes para demostrar que el Pontífice no tenga intención de vincular a la Iglesia discente, sobre todo si se considera la naturaleza del documento, que es una exhortación apostólica. Sentada esta premisa, resulta necesario:
(2.1) Determinar a qué categoría magisterial pertenece. Nadie sostiene que se trate de un acto definitivo (infalible). Pero sí que se está ante unas enseñanzas doctrinales presentadas como verdaderas, o al menos como seguras; o bien ante aplicaciones prudenciales, sobre asuntos en los que se encuentran implicados, junto con principios seguros, elementos contingentes (Livi).
(2.2) Hacer una interpretación adecuada. Ubicado el cap. VIII en la categoría de magisterio pontificio ordinario (Pie i Ninot) y sometido a una exégesis teológica rigurosa se concluye que:
(a) No hay error. Tampoco contradicción con la enseñanza precedente. Sólo cierta ambigüedad, que no quita vigencia al magisterio anterior (Familiaris consortio, 84) ni modifica la disciplina (CIC, c. 915).
Otro modo de solucionar el problema de la ambigüedad es pedir al Papa que lo aclare, y hasta tanto esto no suceda, continuar con lo establecido por los papas anteriores. Tal es la propuesta de las dubia presentadas por los cuatro cardenales; aunque no es algo incompatible con (1), ya que la respuesta  pontificia podría ser que las novedades de Amoris laetitia no son vinculantes.
(b) Hay error. Se trata de un documento no infalible, que por definición puede contener errores; y de hecho se ha equivocado. Ningún católico consciente puede asentir intelectualmente a un error, de modo que la actitud de mínima es la “suspensión” del juicio. Corresponderá a un Papa, o un a Concilio Ecuménico, rectificar el error. Podrá hacerlo de modo explicito, reconociendo que se ha equivocado, o bien de modo implícito, para evitar el escándalo de los sencillos.


viernes, 17 de marzo de 2017

Teología Nueva y Teología


Sobre la llamada Nouvelle Théologie se ha escrito muchísimo.
“…la controversia sobre la «nouvelle théologie» se desarrolla en dos fases: la primera, entre 1938 y 1946, está marcada, como hemos visto, por las publicaciones de los libros de los teólogos dominicos Chenu (1937) y Charlier (1938), que fueron sometidos a crítica sobre todo por teólogos romanos, tanto dominicos (Gagnebet y Cordovani) como jesuitas (Boyer y Zapelena); la segunda, entre 1946 y 1948, donde se habla más expresamente de «nouvelle théologie» tiene como protagonistas a teólogos dominicos (corno Labourdette y Garrigou-Lagrange), en calidad de críticos…” (Rossini)
Santiago Ramírez, OP fue una figura notable del tomismo en la España del siglo XX. En sintonía con sus hermanos de Orden, críticos de la llamada Nouvelle Théologie, el p. Ramírez dio una conferencia en el Ateneo de Madrid, que luego sería publicada. Un amigo de nuestra bitácora la ha digitalizado y la dejamos e nuestro estante de scribd. También puede descargarse aquí.

lunes, 13 de marzo de 2017

Cuatro años después: Reflexiones sobre un Pontificado sin precedentes


Cuatro años después: Reflexiones sobre un Pontificado sin precedentes
Por Steve Skojec . 11 de Marzo de 2017
El día 13 de Marzo de 2013, estaba en mi oficina, sentado, mirando hacia mi pantalla viendo cómo un nuevo Papa – un hombre a quien nunca había visto antes de ese momento – Salía a la logia de la Basílica de San Pedro. Yo nunca había oído hablar de él. Ni siquiera sabía su nombre. Como la mayoría de los católicos, que se había acercado al cónclave con un sentido anticipación de la esperanza. Pero la sensación que tuve cuando vi al hombre que la Curia había elegido era sorprendentemente fuerte. Era una sensación de miedo, de frío como el hielo. Mientras lo observaba, de pie, mirando a la multitud, escuché siete palabras en mi mente claramente, de forma espontánea: “Este hombre no es amigo de la Tradición”.
Era una frase extraña. Por extraño que sea su enunciado. Siempre lo supe, con tanta seguridad como cuando uno sabe que la voz de quien les habla en una habitación callada no es la suya, la seguridad de que este pensamiento no era mío, sino algún tipo de incitación externa. Sería imposible para mí incluso, el intentar hacer una evaluación de este tipo, ya que no sabía prácticamente nada sobre este hombre, este cardenal argentino Jorge Bergoglio.
Soy ajeno ciertamente a las minucias de un traje o vestimenta eclesiásticos. No puedo, por lo tanto, afirmar que este sentimiento arraigado se basaba en la observación de alguna desviación evidente a partir de los protocolos de la elección papal. No me di cuenta, por ejemplo, que optó por no llevar la mozetta papal. No estaba sacudido por su inusual saludo de la multitud con un “buenas tardes”, en lugar de algo espiritualmente más profundo. No puedo decir si recuerdo haber escuchado en esos primeros momentos, que se trataba de un jesuita. Para ser honesto, puede muy bien no haber notado estas cosas, incluso en circunstancias normales, pero estas no eran circunstancias normales. Mi impresión era de algo que se llevó a cabo a un nivel visceral en la elección de este hombre. Y la sensación era tan fuerte, que me distrajo de todo lo demás.
Había algo en su rostro. Algo en la forma en que se quedaba mirando a la multitud reunida ahí abajo. Había algo… malo en sus ojos. Lo que vi – lo que me pareció ver – era algo distinto, que sale a través de esa máscara difícil de descifrar. Una mirada algo triunfante, altiva, desdeñosa, mirando de reojo finalmente, mirando desde lo alto en un una batalla larga y reñida. Era muy extraño.
Cuando miro al pasado, en la foto de ese momento, puedo ver que no había ninguna expresión perceptible en su rostro. Lo que vi fue, creo, no tanto algo físico, sino más bien una visión espiritual. Me llamó la atención, y a riesgo de sonar redundante, era como una experiencia sobrenatural. Yo estaba tan nervioso, que hasta tuve que reprimir una oleada de ganas de vomitar.
Hice alusión a estas cosas, meses más tarde cuando empecé a escribir, después de haber hecho un gran esfuerzo para darle a Francisco el beneficio de la duda, acerca de por qué su papado ya estaba lleno de señales de advertencia. Muchos se burlaron de mí en aquel entonces, como si esto fuera sólo una fantasía que yo había conjurado (¿por qué razón habría querido hacer tal cosa?, no podía esperar para explicarlo.) Pero desde entonces he oído de muchas otras personas que también habían tenido la misma reacción inicial  tan inesperada extraña. Desde el primer momento, a pesar de que con dificultades he intentado hacer mis impresiones a un lado y dejar que prevalezca la razón, lo sabía, al igual que tantos otros católicos en lo que he llegado a pensar que es como una señal de la gracia. Una advertencia de Dios: esto será un papado de terribles consecuencias.
Cuatro años más tarde, me veo confirmado en el conocimiento de estas cosas. No a través de la persistencia de un sentimiento, sino por una preponderancia de la evidencia. Si 2016 fue el punto de inflexión, 2017 es el año de la ruptura. Amoris Laetitia subió la apuesta de la batalla por el alma de la Iglesia al nivel que incluso los ultramontanos más acérrimos – los honestos, – se ven obligados a admitir que nos encaramos ante un grave problema. Si considero algo tan significativo como una, discutiblemente herética, exhortación apostólica que da lugar a los sacramentos para dar la voz alarma, también ha habido innumerables ejemplos menos publicitados de la heterodoxia desde esa fatídica noche hace cuatro años que deberían despejar cualquier duda acerca la gravedad de la crisis. Nuestros intentos de documentar estas cosas aquí, aunque incompletos, han abarcado cientos de páginas. Queda más allá del alcance de un solo artículo el poder tratar un amplio resumen de los momentos más preocupantes de los últimos cuatro años, sin embargo trataremos de citar algunos de los eventos más memorables para la atención del lector a continuación. Francamente debe de estar por encima de cualquier recurso humano el poder causar tanta confusión y tanta distorsión en un período tan corto de tiempo. Ha sido el demonio tal vez, después de todo, no es una criatura de fuerza bruta, pero sí un maestro de la sutileza y la seducción, más que dispuesto a hacer uso de los instrumentos a su alcance.
Cualquiera que sea la procedencia de esta insurgencia en el seno mismo – y cabeza – de la Iglesia, nos encontramos en un momento de caída libre. Para aquellos que no están convencidos, es probable que no haya ninguna cantidad de pruebas que pudieran cambiar su opinión. Cada quien ha tomado su partido. Se dibuja la batalla. La fase inicial de engancharse ha concluido.
La escalada de una Agenda
Uno de los momentos más importantes de la revelación en el pontificado de Francisco tuvo lugar durante una entrevista con el amigo y escritor papal fantasma monseñor Víctor Manuel Fernández, en Mayo de 2015:
El Papa va lento porque quiere estar seguro de que los cambios tendrán un impacto profundo. Un ritmo lento es necesario para garantizar la efectividad de los cambios. Él sabe que hay quienes tienen la esperanza de que el próximo Papa pueda revertir todo. Si se va despacio es más difícil poder echar para atrás todo después. “El entrevistador entonces procedió a preguntarle si es imposible ayudar a sus adversarios cuando saben que Francisco dice que su papado podría ser corto. Fernández respondió: “El Papa debe tener sus razones, porque sabe muy bien lo que está haciendo. Él debe tener un objetivo que no entendemos todavía. Usted tiene que darse cuenta de que su objetivo es la Reforma, que es irreversible. Si algún día el Papa siente que se le está acabando el tiempo y que no tiene tiempo suficiente para hacer lo que el Espíritu le está pidiendo, puede estar seguro de que va a acelerar. [Énfasis añadido]
Estas observaciones, hechas hace casi dos años, presentaron una visión temprana de la estrategia que ha impulsado el programa hasta el momento. “Esa reforma es irreversible” es en sí mismo un tema que se ha repetido por otros colaboradores papales cercanos. El cardenal Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga ha utilizado estas mismas y exactas palabras en enero de 2015. Nos han estado diciendo sus intenciones. Muchos simplemente no han estado dispuestos a creer que en lo que dicen ellos. Lo que esta “reforma irreversible” ha resultado ser es nada menos que una grave e intencional distorsión doctrinal, un enfoque herético para la comprensión católica del pecado y de los sacramentos, la ruptura de las estructuras existentes, las normas, los límites y las instituciones, dando como resultado una confusión que produce cáncer en el Cuerpo místico de Cristo con consecuencias eternas para las almas.
Uno se ve forzado a preguntarse: Si Satanás en persona planeara un asalto desde el interior de la Iglesia, ¿Qué diferencia habría de lo que estamos viviendo hoy en día?
Hace dos años en aquel tiempo de esta entrevista, el arzobispo Fernández habló acerca de la respuesta favorable del público hacia la agenda de Francisco:
Primero, el Papa llenó de multitudes la plaza de San Pedro y entonces comenzó a cambiar la Iglesia. Cuando se le preguntó si el apapa estaba aislado en el Vaticano, respondió: “De ninguna manera, la gente está con él [Papa Francisco], y no con sus adversarios”.
Ya por la época de sus comentarios, sin embargo, las cosas empezaban a cambiar. En 2015, las multitudes papales ya comenzaban a disminuir en tamaño. Y mientras, aquí en Estados Unidos, al menos, que se ha demostrado que han movido la aguja en temas como el cambio climático y sentimientos favorables hacia el catolicismo liberal, no hay evidencia de que se haya atraído más gente a la Iglesia. La generación del milenio, en particular, siguen alejándose, incluso cuando expresan afecto por el enfoque de liberalización del Papa a la doctrina. Y la vida religiosa – no saludable en ninguna manera previo a la elección de Francisco – parece estar causando incluso daños más graves. El propio Papa ha lamentado la “hemorragia” de sacerdotes y monjas que se alejan de la Iglesia, pero parece completamente inconsciente de su propia responsabilidad en la salida de éstos – todo un historial que lo sigue desde su Argentina natal. Como el P. Linus Clovis de la familia dijo Vida Internacional en una conferencia en 2015:
El Efecto Francisco consiste en desarmar y silenciar a los obispos, sacerdotes y fieles católicos. Mantenerse firme en la doctrina y práctica católicas parece un acto de deslealtad al papa, sin embargo aceptarlo es traicionar a la Iglesia.
En un artículo de opinión en el New York Times en septiembre pasado, Matthew Schmitz llevó las cosas más allá::
[Francisco] Describe a los párrocos como “pequeños monstruos” que “arrojan piedras” a los pobres pecadores. Se ha dado a los funcionarios de la Curia el diagnóstico de “espirituales del Alzheimer.” Reprende a activistas pro-vida por su “obsesión” con el aborto. Ha dicho que los católicos que ponen énfasis en asistir a misa, frecuentan la confesión, y recitan oraciones tradicionales son “pelagianos” – personas que creen, heréticamente, que pueden ser salvadas por sus propias obras.
Tales acusaciones desmoralizan a los fieles católicos sin dar ninguna razón a los alejados para volver. ¿Por qué unirse a una iglesia cuyos sacerdotes son pequeños monstruos y cuyos miembros gustan de arrojar piedras? Cuando el mismo Papa pone estados de espiritualidad interior por sobre la observancia ritual, hay pocas razones para encaminarse a la confesión o despertarse para ir a misa.
Francisco a construido su popularidad, concluye Scmitz, “a expensas de la Iglesia que dirige”. Y parece que ahora, las reservas de buena voluntad se han agotado, esta es una realidad que lo ha alcanzado.
Con años de una resistencia en aumento que se ha esparcido desde las preocupaciones de algunos fieles hasta llegar a altos niveles dentro de la Iglesia, la situación de la realidad en el 2017 es por lejos my diferente de lo que era en 2015. Francisco ya no es ese “respiro de aire fresco” como se le percibió alguna vez. En cambio, su discurso imprudente en una cadena incesante de entrevistas y discursos altera a los fieles. Su regaño constante hacia aquellos que simplemente tratan de vivir devotamente su catolicismo se combina con una energía aparentemente ilimitada para la innovación, la auto-contradicción, y cambia a la gente que ha tratado de darle una audiencia justo sentido a lo que dice. Incluso algunos de los comentaristas católicos más pacientes han llegado a la ineludible conclusión de que este papado se describe más acertadamente como “desastroso”.
Por esta razón, hay que recordar que el objeto de nuestro trabajo no es más que el dominio de los asuntos humanos. Nada menos que el mismo Dios está calculando las fuerzas en esta batalla por la Iglesia Católica, y si no podemos ver a través de la niebla la guerra que ya está al alcance de nuestra mano, podemos confiar en nuestro Comandante omnisciente, quien nos dará la orden para marchar hacia la lucha que está por venir.
No se equivoque: los días de este papado están contados – y ya que se desvanece, el peligro que representa para la fe sólo aumentará. Tomará décadas para deshacer el daño que ya se ha hecho. Con menos que perder y mucho todavía por ganar, Francisco y sus aliados ya no pueden contenerse – sobre todo cuando no puede haber ninguna garantía de un sucesor de ideas afines en el próximo cónclave. El tiempo para cimentar un cambio irreversible en la Iglesia es ahora.
Atrás han quedado los días en que nuestra misión principal era convencer al mundo católico de que hay un problema. El problema ha sido reconocido por los que tienen ojos para ver, y como tal, a los guantes, debemos darnos cuenta que somos David para el enemigo, Goliat. Con cardenales oponiéndose a cardenales, obispos contra obispos – y los fundamentos de la creencia católica como objeto de discordia – la Iglesia como la conocemos, es poco probable que sobreviva en una sola pieza.
Prepárense. La verdadera guerra está a punto de comenzar.
Traducción de Como Vara de Almendro [aquí]


domingo, 12 de marzo de 2017

MALVINAS, MALVINAS...


La guerra pertenece a la política, y desde ella debe ser ineludiblemente juzgada, por lo menos en una primera aproximación. Desde ese punto de vista, la guerra por las Malvinas, hace veinticinco años, estuvo mal planteada desde el vamos.
Su marco fue la fase final de la guerra fría. Para emprenderla, había que contar con la anuencia, con la "media palabra", de alguno de los poderes imperiales del tiempo.
En aquel duopolio, contaban ante todo los EE.UU., porque se libraba dentro de su zona de influencia. Este aspecto de la cuestión fue manejado, por lo menos mientras no surjan evidencias en contrario, con meros supuestos que no tenían en cuenta los compromisos globales de la república imperial. Existe, desde luego, la versión de la "trampa" tendida por los yanquis. Siempre me ha parecido, desde el punto de vista del cui prodest, insostenible. Al contrario: los nortemericanos no ganaron con la guerra, sobre todo en su relación con los países de Latinoamérica. ¿Para qué iban a querer ese barullo en el patio del fondo?
En cuanto al otro poder imperial, la URSS, con el cual el Proceso se había llevado bastante bien a partir de su negativa a participar en el boycott "humanitario" de Carter-produciendo así numerosas "crisis de consciencia" en el PC-, la aproximación tardía para pedir un apoyo estratégico tampoco podía resultar exitosa. Los soviéticos, directamente, podrían haber suministrado bien poco -alguna inteligencia satelital, pongo por caso-, pero nada más. Por otra parte, ellos habían actuado siempre en este patio trasero por procura cubana, conforme las reglas no escritas de la guerra fría. Esta intervención -OLAS, Tricontinental- había sido nefasta para nuestra región. La última justificación del Proceso, ya desteñida en 1982, pero a la que el "partido militar" no podía renunciar porque era su fundamento, consistía en la necesidad de una respuesta blindada y fulminante a esa amenaza. La visita de Canoro Costa Méndez a La Habana, dentro de aquel intento, sólo admite el registro de lo patético.
En fin, el Vaticano, el otro poder internacional al cual podíamos acudir, había cerrado un compromiso con los EE.UU para socavar a los soviéticos en Europa del Este -mientras Bin Laden hacía lo propio en Afganistán-, y poco podía agradarle, pues, al papa Wojtila, que los argentinos le complicasen esta vía regia hacia el desgaste del enemigo con una oscura cuestión acerca de dos peñones en el Atlántico Sur. Esos mismos argentinos que ya habían protagonizado un incidente de recreo largo con sus vecinos chilenos, unos años atrás, dejándole, eso sí, un triunfo diplomático -por mano del cardenal Samoré- a la curia vaticana. Pero en una pelea de fondo, tal intervención era impensable, más cuando se estaba jugando a favor de uno de los contendientes. Por lo demás, el papa Wojtila tenía en curso, por ese tiempo, una movida dentro del diálogo ecuménico: un preacuerdo con la High Church anglicana -presidida por la reina británica-, que sí habría representado un trofeo visible para su reinado. No podíamos haber actuado, para el Papa, en peor momento, y eso se reflejó en sus viaje forzado a estas tierras, luego de visitar Londres, que cualquier mirada objetiva advierte que fue pasar una mano compasiva sobre un lomo en el que ya se dibujaba la matadura de la derrota.
Visto en:

miércoles, 8 de marzo de 2017

Una resistencia olvidada



Madrid / Barcelona, 5 marzo 2017, Domingo I de Cuaresma. AUZOLAN Ediciones, joven editorial consagrada a la publicación de textos históricos y sociales, ha publicado el libro Una resistencia olvidada. Tradicionalistas mártires del terrorismo, de Víctor Javier Ibáñez Mancebo. A lo largo de sus siete capítulos y doscientas treinta páginas se detalla la ofensiva criminal de los separatistas contra un carlismo que atravesaba una grave crisis interna, en los años de la llamada transición. Esa ofensiva, con su secuencia de amenazas, agresiones, asesinatos y trasterramientos, intencionadamente ocultada por los grandes medios, explica en gran medida el cambio político en Vascongadas.
El libro se puede solicitar a info@edicionesauzolan.net al precio de 22 euros. Y se presentará en los próximos meses en diversas ciudades. Publicamos parte del prólogo, escrito por el catedrático de Historia del Derecho Andrés Gambra.
El lector tiene en sus manos un estudio espléndido, valiente, que se adentra con acopio de datos en una página estremecedora de la historia reciente de España. Estremecedora por dos órdenes de motivos: primero porque su objeto es una modalidad de genocidio controlado, aquél que consiste en la eliminación física o civil de un sector específico de población,  ejecutado con el designio de alterar la configuración íntima de una sociedad determinada y las actitudes de sus miembros. También porque, como suele suceder en esa clase de exterminios de baja intensidad, su ejecución se ha visto rodeada de un silencio ominoso, conseguido gracias a la generación de un ambiente de miedo colectivo, asociado a la aplicación sistemática de represalias, y a la colaboración de sectores de poder influyentes, interesados de un modo u otro en controlar y embozar los efectos desestabilizadores que en condiciones normales produciría un proceso de esa naturaleza.
Desde el gobierno y por casi todos los grupos afines al régimen, de un signo u otro, se repite, a modo de mantra, que la etapa dolorosa del terrorismo de ETA se ha clausurado con éxito y que lo pertinente, para evitar tensiones estériles o eventuales rebrotes, es hablar del asunto lo menos posible y, singularmente, de las víctimas;  un "pacto de silencio" no escrito al que se han adherido masivamente los medios de comunicación. La realidad, sin embargo, es muy diferente, pues sucede que la acción terrorista, que se ha prolongado a lo largo de casi medio siglo y cuenta en su haber con más de novecientas víctimas, ha sido extremadamente eficaz y muy rentable para las fuerzas políticas que, en la sombra, se han aprovechado de ella. Nada más huero en efecto, e hipócrita, que la afirmación irénica de que la vía del terrorismo es contraproducente a la larga y no ha dado frutos en España. Inclusive desde instancias gubernamentales se emiten, no sin cierto rubor, enunciados triunfalistas sobre el cese de la acción terrorista. El hecho patente es que la ofensiva de ETA ha conseguido alterar gravemente la capacidad de resistencia del pueblo español y con ella su sentido de la dignidad y de la justicia, y ha propiciado deslizamientos de alcance tectónico en los planteamientos políticos de sus clases dirigentes, hoy más que nunca dispuestas a prestar oídos sordos a todo lo que no sea su supervivencia en el poder; también en el modo de entender la identidad de España, cuya unidad se encuentra hoy cuestionada en tal medida que la posibilidad de su desmembración se ofrece verosímil en términos inimaginables hasta tiempos no tan lejanos. Las altas instancias, con intensidades varias que se entrelazan con intereses en su fondo muy parecidos, se muestran dispuestas a hacer enormes concesiones a los nacionalismos y, en esa dirección, el testimonio de las víctimas se ofrece tremendamente molesto. De ese sustrato mental, en versión desalmada y paroxística, dan cuenta los tuits sobre Irene Villa del podemita Guillermo Zapata.
La atención de Víctor Ibáñez, en el marco amplio de la acción criminal de ETA, se centra en un segmento concreto de sus víctimas, el integrado por personas vinculadas al tradicionalismo, en parte principal de adscripción carlista, habitantes de Vasconia y de Navarra. La actividad criminal de ETA se ha cebado tanto en antiguos carlistas, alejados de una militancia efectiva, como en quienes perseveraban en un carlismo plenamente operativo. No se trata de agresiones casuales sino dotadas de alto sentido, según demuestra el autor, debido a la significación de ese colectivo en la sociedad vasco-navarra.
El libro propone una visión sistemática de las circunstancias que le ha tocado padecer al carlismo en una etapa particularmente dramática de su historia. Etapa amarga y oscura, porque los carlistas que habían ofrecido su vida generosamente en defensa de la España tradicional y católica durante la Cruzada de 1936, y repetidamente durante del siglo XIX, atravesaban tiempos oscuros cuando se desencadenó la fase inicial de la ofensiva criminal de ETA en su contra, proceso que se escalonó entre 1961 (primeras amenazas explícitas contra el carlismo) y 1975 (primer asesinato de un carlista). Hallábase entonces sumido el carlismo en una etapa de división interna y confusión ideológica, fruto a su vez de la profunda crisis espiritual que comenzaba a instalarse la sociedad española de resultas del impacto triunfante de la ideología liberal y de actitudes morales de signo cada vez más relativista, todo ello unido al debilitamiento de la ortodoxia católica que el posconcilio había traído consigo y de los devastadores efectos que acarreó el cuestionamiento, en muchos niveles y desde muchos frentes, del significado católico de su historia y de la reivindicación de su restauración. No contaban entonces los carlistas con la simpatía del régimen de Franco en trance de extinción, menos aún con el de las fuerzas políticas emergentes que no tardarían en imponerse; tampoco con la Iglesia, bastantes de cuyos mentores se alineaban con el cardenal Tarancón en el empeño por pasar página y subirse al tren de la historia. Los carlistas, aunque se hallaban en horas bajas, eran todavía una fuerza significativa en Vascongadas y en Navarra, donde las viejas estirpes carlistas, socialmente heterogéneas, representaban en términos de presente el espíritu de la Vasconia genuina y del Viejo Reino: eran los testigos del régimen de cristiandad, allí donde había sobrevivido con más fuerza a los envites de la revolución contemporánea. Formaban una fuerza menguante pero rica en potencialidades difíciles de calibrar, desdeñada y la vez temida por las fuerzas liberales y nacionalistas que se estaban apoderando de esos escenarios. El carlismo era un alto referente doctrinal y moral, un movimiento que cuestionaba con autoridad los planteamientos de la Transición en marcha y representaba el último valladar frente al programa de desmantelamiento de la unidad de la patria y de sus fundamentos religiosos.
Ahí se localiza la historia que nos cuenta Víctor Ibáñez en un relato bien estructurado, ilustrado con una interpretación clarividente de los hechos. Destruir y desmoralizar al carlismo, eliminarlo y barrerlo de la escena, o mejor aún controlarlo y desviar su trayectoria hacia posiciones de renuncia y traición a sus ideales, demostró ser una maniobra acertada, eficaz en orden a la eliminación del más profundo estrato moral de esas tierras, y un modo de apartar de la escena a quienes con su sola presencia, sea por las ideas que encarnaban o por la continuidad que significaban con su mejor pasado, eran motivo de remordimiento o de inquietud esquizoide para las tropas en auge del separatismo, de la mentira y de la apostasía. Muchos de cuyos miembros, como Ibáñez pone de manifiesto, eran gentes sin arraigo en Vasconia, empeñadas en exhibir un nacionalismo desaforado que hiciese olvidar su condición de metecos.
Página terrible porque aquellos carlistas que habían mantenido en alto la bandera de la tradición se encontraron solos, desatendidos por quienes tenían la responsabilidad de defenderles desde las instancias políticas y eclesiásticas, tanto regionales como nacionales. Persecución, muerte, aislamiento, familias destruidas, ruina y exilio, en un contexto durísimo, de hierro y polvo, que constituye uno de los escenarios más pavorosos de nuestra historia reciente. Víctor Ibáñez ha recuperado testimonios ilustrativos de lo que allí sucedió. Tras los asesinatos, las celebraciones fúnebres doloridas, con asistencia de vecinos y amigos airados y estupefactos; en un segundo momento, pronto, presencia solo de una asistencia exigua, encogida por el dolor y el miedo, movida a sólo cubrir el expediente: estar ahí sin que se notara y pasar página. Sobre todo pasar página. El olvido.
Para quién como yo está afincado en Navarra y conserva casa y hacienda en una localidad típicamente montañesa duele referirse a la mutación que se ha operado en esas tierras a lo largo de los últimos cuarenta años. Gentes pacificas, de noble talante, entregadas otrora cristianamente a sus labores, fieles a Navarra y a España con un corazón campesino y fiel, afectas a seculares tradiciones y religiosamente devotas, que se han transformado en una sociedad dividida, dominada por fuerzas políticas antiespañolas, que cuelga en cuando puede la ikurriña y se manifiesta en favor de lo que ETA representa, con gestos y estilo propios de una hinchada feroz, de ultras paroxísticos, seguidores de las consignas del nacionalismo vasco más radical y deshumanizado. Quienes no hace tantos años miraban con desdén señorial a los "guipuchis" que pretendían catequizarles se han convertido hoy en sus oscuros subordinados.
(...) Víctor Ibáñez ha perfilado una valiosa cronología del proceso de desarrollo y consolidación de ETA, y en ese contexto identifica los hitos de su brutal ofensiva en contra de los vascos que se sentían españoles, que manifestaban de un modo u otro su fidelidad a España, siendo a la vez vascoparlantes y amantes de la cultura de su patria vasca; los portadores postreros de una cultura que el nacionalismo se ha empeñado en distorsionar para acomodarla a sus pretensiones. Una primera fase consistió en atentados contra monumentos e instituciones carlistas de alto valor simbólico --el Monumento de Navarra a sus Muertos en la Cruzada, El Pensamiento Navarro, el monumento a Sanjurjo, las casas solariegas de linajes carlistas de vieja raigambre como los Landaluce o los Baleztena--. El momento culmen del proceso fue la eliminación física de carlistas, muchos de ellos desmovilizados. En su mayoría gente sencilla, pequeños empresarios, empleados o funcionarios de diversas categorías, simples trabajadores, padres de familia ejemplares. Así, con motivo del asesinato de Víctor Legorburu, alcalde que fue de Galdácano, su localidad natal, persona de modesta condición que actuó con suma honradez al frente del ayuntamiento y expresó con convicción sus ideas carlistas, un hijo suyo expresó con nitidez sobrecogedora el motivo de semejante crimen --"una cosa muy sencilla: porque mi padre creía al igual que todos los vascos durante muchos siglos han creído que los vascos por ser vascos eran españoles. Los vascos nunca lo habían puesto en duda y mi padre tampoco. Bueno, pues por eso lo mataron, así de sencillo"--. Síntesis perfecta de lo que sucedió entonces, en medio de la inoperancia de unas autoridades que nunca se mostraron capaces, desde la Transición, de comprometerse a fondo en la defensa de los vascos españoles. Pactar con los nacionalistas y tratar de aplacar a los criminales, a sabiendas de las conexiones existentes entre ellos, ceder poder a los primeros para conseguir su apoyo en el juego parlamentario, moverles a una ficticia aceptación de las reglas constitucionales a cambio de hacerles concesiones sin fin, que consolidaron un sistema autonómico destructivo de la unidad española. Se les cedió incluso la educación y con ella la dignidad y la patria. Renuncia suicida, hecha a sabiendas de que la lengua es uno de los ejes del denominado principio de las Nacionalidades, cuya aplicación ha tenido tan terribles consecuencias. A quienes se mantuvieron fieles a España, carlistas o no, no les cupo sino ocultarse en el silencio, abandonar su tierra o resignarse al martirio. "Ante Dios nunca serás héroe anónimo"; pero ante las autoridades de entonces, sólo un problema que debía tratarse con cautela. Nadie les defendió seriamente. Tampoco hoy, cuando ETA ha cesado de matar pero siguen funcionando innumerables procedimientos de subyugación. Recuerdo perfectamente que en cierta ocasión los etarras dieron muerte a un nacionalista vasco, de condición acomodada y cierto relieve: sus compadres y allegados, alarmados, pusieron el grito en el cielo manifestando que no era eso lo correcto, que eran otros a quienes correspondía el ser asesinados. Así de claro. Siempre expresiones de ese jaez: "Algo malo habrá hecho".
(...)
La actual quiebra generalizada de España tiene mucho que ver con la actitud claudicante de las autoridades centrales hacia los nacionalistas y hacia las víctimas del terrorismo de ETA. Colaboración con los nacionalistas y abandono de las víctimas. Criterios de acción que, a su vez, han sido moldeados por la acción de ETA y la red de oscuros contubernios que se han configurado a su alrededor. Son polvos que han traído los lodos del presente. Caso de amplitud singular, también sujeto a la ley del silencio, es el muy terrible hoy de Navarra. Navarra, el precio de la traición es el título sugestivo de un libro de Jaime Ignacio del Burgo, sobre quien por cierto recae una grave responsabilidad en el proceso de adulteración democrática del Fuero navarro. Navarra, paradigma de fidelidad a España, se encuentra sometida a un gobierno cuatripartito integrado por apátridas empeñados en tramitar su entrega al ente euzkadiano. Rafael Berro, uno de los más lúcidos y valientes defensores del Viejo reino, viene denunciando las intenciones de Uxué Barkos, la taimada servidora del PNV que preside en el momento actual ese siniestro conglomerado gubernamental. "Es ingenuo esperar de la política identitaria de Barkos algo diferente a lo que tenemos: ocultamiento de la verdad, falseamiento de la realidad, manipulación de las víctimas de ETA". "De ahí resulta --afirma Berro-- la política identitaria de Barkos en el terreno de los idiomas... que ha generado una violencia salvaje que ha estado matando españoles durante cuarenta y cinco años". En ésas estamos. Este libro proporciona claves explicativas imprescindibles para entender los motivos de la situación abismática en la que se encuentran España y dos de sus componentes regionales más entrañables, Vasconia y Navarra.


viernes, 3 de marzo de 2017

El olvido de la gracia actual


En una entrada ya publicada, ofrecimos nuestra traducción un de texto del obispo Castro Mayer que explica de manera sencilla cómo pueden salvarse quienes no pertenecen en acto a la Iglesia. Vale la pena volver sobre el tema pero con una visión más profunda. Intentaremos hacerlo siguiendo la obra del dominico Emilio Sauras (obra completa, aquí; para los puntos de esta entrada, cfr. ps. 632-659) de la cual reproducimos fragmentos en letra de menor tamaño.
La gracia actual se define como el influjo sobrenatural transeúnte de Dios en el alma que mueve al acto relativo a la santificación y a la vida eterna. La doctrina de la gracia es árida. La catequesis y la vulgarización teológica se ven obligadas a simplificar el tema para hacerlo más comprensible. Lo cual puede dar lugar a esquemas uninalterales y a veces mezquinos, como el que escuché una vez a un cura: - Maurras era agnóstico; no podía influir cristianamente en la sociedad francesaComo si la incredulidad hubiera corrompido su naturaleza incapacitándola para actos buenos en favor de los demás; como si la infidelidad fuera un impedimento para recibir gracias actuales... O el comentario que hizo otra persona sobre Solzhenitsyn: - No murió dentro de la Iglesia... Lo cual es verdad pero pudo recibir gracias actuales a lo largo de su vida que lo preparasen para gracias de última hora. 
Por cierto, no poseemos el "graciómetro" por lo que tenemos que limitarnos a lo que percibimos exteriormente. Pero considerar el papel de la gracia actual contribuye a distanciarnos de un manojo de errores pesimistas -algunos, verdaderas herejías- que nos acechan: corrupción total de la naturaleza; negación de la bondad natural de ciertos actos y de su contribución al bien de los demás; negación del bien oculto de las gracias actuales; defectibilidad de la Iglesia opuesta a la promesa de Cristo, etc. Son "demonios" que conviene exorcizar antes de que se adueñe de nosotros el mal de la acedia que causa ceguera para el bien.
- Cristo es redentor de todos y a todos ofrece su salvación.
“Dios quiere salvar a todos los hombres […]; Cristo es redentor de todos; todos tienen posibilidad subjetiva de salvarse; a todos llega próxima o remotamente la gracia suficiente, etc. Todas estas expresiones significan una misma cosa: que no hay hombre en el mundo que no esté conectado de alguna manera con Cristo, o que de alguna manera no reciba su influjo sobrenatural…
Excluir a alguien de este influjo divino ejercido mediante Cristo, redentor y cabeza, es correr peligro de caer en el error calvinista de que Dios crea a determinados hombres con un destino condenatorio…
…a todos llega el influjo sobrenatural de Cristo mientras están en el mundo. Pero no todos lo reciben en el mismo grado. La Teología, que asegura que nadie queda excluido del cuerpo místico de Cristo, asegura también que sus miembros se dividen en dos grandes grupos: miembros en acto y miembros en potencia”.
- Los miembros en potencia del cuerpo místico reciben un influjo sobrenatural de Cristo.
“Sería una equivocación pensar que los miembros en potencia no son, sino que pueden ser miembros. Esto equivaldría a decir que de hecho no reciben nada de Cristo, aunque pueden recibir. Lo cierto es que reciben algo y que pueden recibir más. Lo que reciben, aunque es un don gratuito y sobrenatural, no es suficiente para vivificarlos, y como el miembro en acto es el vivificado, de ahí que no sean miembros actuales. Son potenciales, porque lo que reciben no les vivifica, sino que les prepara para la vivificación, que obtendrán si utilizan debidamente lo que tienen”.
- Miembros actuales y potenciales.
“Todo el que reciba la gracia que santifica, y, por lo tanto, la caridad, es miembro que recibe la vida de Cristo; también la recibe quien recibe la fe o el conocimiento divino, aunque, si se limita a recibir esto solo, y no tiene la gracia que santifica, su vida será imperfecta. Todos cuantos tienen fe y caridad son, pues, miembros en acto. En cambio, quienes reciben dones sobrenaturales y gratuitos más imperfectos, que no dan ni el conocimiento sobrenatural de la fe ni la vida sobrenatural de la gracia, aunque preparan para adquirirlos, son miembros en potencia. Como se ve, ser miembro en potencia no quiere decir que no se recibe nada actualmente, aunque se pueda recibir; sino que no se recibe actualmente la fe ni la caridad, aunque sí otros dones que disponen y preparan para obtener éstos… y llegar a ser miembro en acto”.
- Los miembros en acto forman tres grandes grupos: bienaventurados, justos que poseen la fe informada por la caridad y pecadores que no tienen la gracia santificante, ni la caridad, pero conservan el hábito de la fe. Los miembros en potencia integran el denominado mundo infiel.
“…entendemos aquí por mundo infiel el que no tiene fe infusa. Hay en él dos grandes grupos: el de quienes tienen fe pero no es sobrenatural, ni infusa, sino solamente natural, como los herejes que conocen las verdades reveladas y las aceptan, y los racionalistas, que también pueden conocerlas todas o algunas, y aceptarlas en virtud de sus propias investigaciones y no por la autoridad reveladora de Dios ni por la proposición infalible de la Iglesia; y el pagano, constituido por quienes no han oído  hablar de las verdades reveladas o, si han oído, no las admiten...
Ninguno de éstos está unido a Cristo en acto, pues carecen de la gloria, de la caridad y de la fe, los tres elementos que actualizan la vida de la cabeza en los miembros. Y, sin embargo, todos están redimidos, a todos alcanza la voluntad salvadora de Dios…
…todos pueden alcanzar el fin sobrenatural, mientras vivan en este mundo. Solamente quedan excluidos los condenados…”
- Los infieles pertenecen al orden sobrenatural de la redención y reciben gracias actuales que los disponen para llegar a ser miembros actuales del cuerpo místico.
“La afirmación de que los infieles son miembros en potencia es común. Pero hace falta entenderla bien. Quizá alguien piense que la frase quiere decir que pueden tener la gracia el día de mañana, sin que en la actualidad posean nada. En cuyo caso estarían en condiciones parecidas a las de quien viviera en estado natural. Pero no, hemos dicho que, aunque caído, el hombre, todo hombre, pertenece al orden sobrenatural de la redención. Tiene, pues, algún principio, que le incardina a él y que, por tanto, le conecta con Cristo, de quien depende el orden divino reparado.
Este principio no es uno solo, ni, por lo tanto, es idéntico en todos los infieles. No es idéntico en los infieles que han oído ya la predicación del Evangelio o que han poseído la fe y la perdieron y en los que no saben nada de la revelación. Pero todos tienen algo que los incardina a Cristo, algo que no produce la vida divina ni en su grado más imperfecto, que es el de la fe con la que empieza el hombre a vivir de Dios, y que, al no producirla, no los hace miembros vivos o miembros en acto. Pero que más o menos remotamente, más o menos próximamente, les dispone para la fe y para lo que viene después de la fe.”
- El hombre caído no puede con sus fuerzas naturales disponerse convenientemente a recibir la gracia. Las disposiciones son de orden sobrenatural y absolutamente gratuitas. Hasta la simple remoción de obstáculos en orden a la gracia es un efecto de la gracia actual.
“Hay un principi0 que dice que «la potencia y el acto deben ser proporcionados», y no tenemos derecho a pensar que falle aquí. Y tratándose de actos sobrenaturales, como son los que constituyen la vida de Cristo en sus miembros […] los principios que constituyen la potencia que a tales actos conduce serán sobrenaturales también.”
- Dios quiere que todos los hombres se salven; de donde se sigue que todos los hombres reciben alguna gracia de Cristo para poder salvarse. Si así no sucediera la providencia divina sería defectuosa. Pero no todos aprovechan las gracias recibidas.
“Acabamos de decir que Dios ofrece y da a todos las gracias suficientes que necesitan para salvarse. No decimos si son próxima o remotamente suficientes. Para el caso que estamos estudiando, que es el de los miembros en potencia basta que sean gracia o que sean principios sobrenaturales. Si lo son, y son suficientes, bastan para que quien los posee pueda llegar, usándolos bien, a la justificación…”
- ¿En qué consiste la gracia que hace miembros en potencia del cuerpo místico a los integrantes del mundo infiel?
“La respuesta a esta cuestión no tiene, en realidad, gran interés. Lo que interesaba era que la gracia de Dios y de Cristo llegara a todos los infieles, y esto es cierto. ¿Qué es esta gracia? Creo que nadie puede determinarlo con certeza más que quien la da, Dios. Nosotros podríamos descansar en la condena de la proposición jansenista hecha por Alejandro VIII…”
“Vamos, sin embargo, a ver qué dice la teología sobre los auxilios que los infieles reciben de Dios y de Cristo. Pero antes advirtamos que hay varias clases de infieles: unos que no han oído nada del Evangelio, a quienes no se les ha predicado ninguna verdad cristiana, y que, por lo tanto, están en una posición completamente negativa en orden a la fe; y otros que han oído predicarlo, que incluso quizá. lo han aceptado y que después de aceptarlo perdieron la fe o después de oída su predicación permanecieron positivamente en su incredulidad. No podemos decir que sea idéntico el auxilio de Dios recibido por los primeros y por los segundos. Los primeros empezarán recibiendo auxilios suficientes, pero muy remotos; si los secundan, llegarán, por los caminos misteriosos de la providencia divina, a obtener la fe y con ella la caridad y, en consecuencia, a justificarse. Para llegar aquí pasarán por la etapa en la que empieza la gracia suficiente de los segundos. Los que ya conocen la doctrina revelada y no la aceptan han recibido ya de Dios la gracia próximamente suficiente de la predicación o del conocimiento de la verdad revelada, A pesar de no aceptarla, Dios les insta a que la acepten; y si secundan estas instancias, la aceptarán, recibirán luego la gracia santificante y se salvarán”
- Las gracias que reciben los paganos más alejados.
“La primera gracia que no falta a nadie es el auxilio que el hombre necesita para cumplir la ley natural. El hombre podría cumplir toda la ley natural sin necesidad de la gracia si su naturaleza no hubiera quedado malherida por el pecado del primer padre. Este pecado, además de quitarle la gracia, debilitó sus fuerzas morales naturales, y una naturaleza débil o enferma puede hacer algo, pero no puede hacer todo. De ahí que, aunque pueda por sí sola cumplir en cada caso determinados preceptos de la ley, no puede cumplir todos, ni tampoco los preceptos particulares más difíciles. Para ello necesita una ayuda divina que subsane su debilidad moral, ayuda que en la economía presente tiene que ser sobrenatural.
El cumplimiento de los preceptos de la ley urge; nadie esta dispensado de ellos. No cumplirlos es pecar. Y nadie peca necesariamente. Pecaría necesariamente quien no tuviera la gracia para poder cumplirlos. De donde se sigue que Dios pone esta gracia en manos de todos. Creemos que esta verdad es incuestionable…”
- Los paganos reciben gracias actuales para cumplir la ley natural que no justifican pero que los disponen para ulteriores gracias en orden a su salvación.
“¿Quiere esto decir que el cumplimiento de la ley natural justifica o que el hecho de no pecar basta para estar justificado? No. Esto quiere decir solamente que quien hace el bien natural en las condiciones que acabamos de señalar posee una gracia divina, gracia que no hemos dicho que sea santificante. Pero quiere decir, además, que, si se aprovecha debidamente esa gracia, Dios dará otra mayor, y por este camino se llegara a la justificación. Estamos hablando solamente del inicio, de lo que poseen los miembros más remotamente potenciales del cuerpo místico.”
- La gracia de ordenación de los actos naturalmente buenos al último fin sobrenatural.
“A esta gracia que reciben todos hemos de añadir otra: la ordenación de los actos naturalmente buenos a un fin sobrenatural. Acabamos de decir que estos actos naturalmente buenos son movidos por la gracia actual; solamente así tienen valor positivo ante Dios, o preparan para la justificación, o son remotamente suficientes para convertirnos […] La ordenación al fin sobrenatural de toda actividad moralmente buena que el hombre tiene es otra gracia que a nadie falta [cfr. In I Sent. Dist. 46 q. 1 a. 1]. Y es ordenación, que no se puede soslayar, es inherente al estado de naturaleza elevada y es consecuencia de la gracia actual…”
- Es una gracia actual que no requiere la fe teologal.
“Se dirá que esta ordenación al fin sobrenatural supone un conocimiento previo del mismo y que, por lo tanto, la gracia de esta ordenación supondría en el infiel el conocimiento de la fe que todavía no posee. Pero en realidad no hace falta este conocimiento de la fe. La ordenación de los actos naturalmente buenos al orden sobrenatural puede imponerla quien los hace y puede imponerla sólo la gracia actual con la que se hacen. Para lo primero es necesario algún conocimiento previo; para lo segundo, no. Y la segunda ordenación está en todo acto bueno de la presente economía hecho bajo el impulso de la gracia actual.
Admiten muchos teólogos, además, la ordenación hecha por quien realiza el acto. Para ello no es necesario tener fe sobrenatural. Sí es necesario un auxilio sobrenatural en el entendimiento, una iluminación de la inteligencia del infiel, por la que se propone a éste no una o muchas verdades reveladas, sino a Dios como un bien común y superior a todo cuanto él sabe y piensa. Esto no es fe sobrenatural, pero es iluminación con la que se intuye algo superior. Consiguiente a esta intuición, que ya es un auxilio sobrenatural inicial, recibido en el entendimiento, será la moción sobrenatural de la voluntad con la que intenta el infiel hacer lo que hace por ese fin. Estamos en el principio del camino de la salvación; se trata de gracias remotamente suficientes para adquirir la fe, con la que el infiel se prepara próximamente para justificarse. Muchos teólogos, a partir de Juan de Santo Tomás, ponen este auxilio sobrenatural en los infieles […] Para que el hombre ordene sus actos a un fin natural debe tener un conocimiento natural; para que los ordene a un fin determinadamente sobrenatural necesita un conocimiento determinado sobrenatural también, que es la fe; para que los ordene a un fin confusamente sobrenatural necesitará un conocimiento sobrenatural confuso, anterior a la fe y más imperfecto. Son las ilustraciones de que hablan los teólogos cuando hablan de las gracias remotamente suficientes."
- Desarrollo del proceso que se inicia con esta gracia.
“La gracia de que acabamos de hablar no es todo lo que el hombre necesita para salvarse. En otras palabras, quien sólo posea ésta no se salvará. Para salvarse hace falta la gracia santificante, que se recibe en el momento de la justificación, mientras que ésta se recibe en el momento en que se empieza a recorrer el camino de la salvación. Decir que basta para salvarse sería tanto como decir que quien empieza un camino, con sólo empezarlo llega ya al fin del recorrido... 
Este proceso es largo, y se llega infaliblemente al fin sumando la fidelidad a la gracia primera con la fidelidad a la segunda, que se dará por haber utilizado bien la primera, y añadiendo la tercera a la segunda. Y así sucesivamente…
Decir, por ejemplo, que quien hace lo que puede con las fuerzas naturales recibe de Dios la salvación como cosa debida a dichas obras, sería pelagianismo puro. Decir que da gratuitamente la gracia a quien hace bien lo natural, no por exigencia del bien natural que hace, sino porque su misericordia así libremente lo determinó, es dar una explicación ortodoxa al principio en cuestión.”