viernes, 13 de octubre de 2017

Pro nobis peccatum fecit (y 2)

II. Contexto y textos paralelos.
Contexto.— Del contexto que precede inmediatamente al texto que estudiamos, podríamos recoger varias expresiones que confirmasen el sentido que le damos. Para no alargarnos, bastará para nuestro objeto recordar este significativo entimema, formulado por el Apóstol : Unus pro ómnibus mortuus est: ergo omnes mortui sunt (2 Cor. 5, 14). La muerte de Cristo fué la muerte de todos. ¿Por qué? Porque Cristo murió por todos. […]
III. La tradición cristiana.
La tradición exegética del texto que estudiamos, aunque decididamente favorable a la interpretación que le hemos dado, no es del todo uniforme, a lo menos en apariencia. En consecuencia, consideraremos el problema desde otro punto de vista.
No hay duda que el considerar a Cristo, divina inocencia, como cargado con la responsabilidad de nuestros pecados, como solidario de nuestras prevaricaciones, como una masa de pecado, es algo que encoge y horroriza el corazón cristiano. Y este horror es precisamente la causa que explica las vacilaciones de la tradición exegética acerca de nuestro texto. Y podría ser una dificultad que neutralizase u oscureciese las razones que imponen el sentido de solidaridad. Para desvanecer, pues, o prevenir semejante dificultad, será conveniente presentar el sentir de los más autorizados representantes de la tradición cristiana sobre este punto. Y si ellos coinciden en concebir la redención humana a base de la solidaridad de pecado entre el Redentor y los redimidos, no será ya posible dudar que, al explicar en este sentido las palabras del Apóstol, habremos acertado en su genuino pensamiento.
[…]
IV. Síntesis doctrinal.
Resultado de todos estos análisis laboriosos y cotejos minuciosos de textos paralelos o afines será la síntesis doctrinal de la Soteriología de San Pablo en ellos encerrada. Esta doctrina soteriológica puede reducirse a tres puntos, todos ellos relativos al principio de solidaridad.
1. ° Principio y fundamento de todo es el hecho mismo de la solidaridad y su doble sentido: solidaridad de naturaleza y solidaridad de pecado. La de naturaleza la expresa San Pablo al indicar que el Hijo de Dios fué enviado en carne esencialmente idéntica a nuestra carne, y, más claramente, al afirmar que fué hecho de mujer. […] Con estas y semejantes expresiones quiere decir que el Hijo de Dios se hizo tan uno con nosotros, nos incorporó consigo tan estrechamente, que El y nosotros formamos una sola persona moral, que El es nosotros, y nosotros El; y que, en virtud de esta compenetración e identificación moral y jurídica, se apropió e hizo como si fuesen suyos nuestros pecados, llegando con inefable dignación a contraer el reato de culpa y el consiguiente reato de pena que sobre nosotros pesaba. 
2.° Esta doble solidaridad disponía y como habilitaba al Hijo de Dios hecho hombre para poder ser nuestro Redentor por vía de justicia, dado que sin ella no podía justamente recaer sobre El da pena que nosotros teníamos merecida. Gracias a esta solidaridad pudo verificarse lo que sin ella sería un contrasentido: que el pecado, al ser condenado en la carne de Cristo, quedaba, por el mismo caso, condenado y exterminado radicalmente de toda carne, es decir, de lodo el Linaje humano. […]
3.° Por fin, esta solidaridad la contrajo el Redentor con la Humanidad en la encarnación y con la encarnación. Mientras los dos puntos anteriores acaso ofrecerán para algunos escasa novedad, este tercero, en cambio, quizás les parezca demasiado nuevo, Y, sin embargo, pertenece, a nuestro juicio, a la sustancia misma de la Soteriología paulina. Y creemos haberle demostrado. Y lo que acabamos de decir acerca del segundo punto es una demostración convincente. Si la solidaridad, así la del pecado como la de la naturaleza, es una disposición o habilitación del Hijo de Dios hecho hombre para poder ser Redentor, es evidente que ha de ser previa a la misma redención y que no puede ser efecto suyo. Desearíamos se notase bien la diferencia esencial entre el estadio terminal o de pleno desenvolvimiento vital del Cuerpo Místico de Cristo y su estadio inicial, que es como su fundamento o base. Que si la plena organización y la vida espiritual del Cuerpo Místico de Cristo es efecto de la redención, y consiguientemente, posterior a ella, no cabe decir lo mismo de la solidaridad de naturaleza y de pecado, que es su condición previa. Al afirmar tan categóricamente San Pablo que si uno murió por todos, luego todos murieron, evidentemente no quiso decir que estábamos en El porque morimos en El, sino, inversamente, que morimos en El porque ya previamente estábamos en El. Esto es lo obvio, natural y lógico. Y si ya antes de la redención estábamos en Cristo, ya nadie negará que nuestra incorporación en Cristo radica en la misma encarnación y se inicia con ella. Sobre todo que así lo afirma San Pablo, como hemos notado, al decir que el Hijo de Dios fué enviado en semejanza de carne de pecado, y más claramente aún cuando dice que Dios le envió hecho de mujer, y con una evidencia que no deja lugar a la menor duda, cuando nos presenta al Redentor al entrar en el mundo con la encarnación ofreciéndose ya a la muerte en cruz por la redención del mundo; oblación que presupone al Hijo de Dios dispuesto y habilitado con la solidaridad de naturaleza y de pecado para poder ser sacrificado en sustitución de los sacrificios de la Antigua Alianza. Sólo en virtud de la solidaridad pudo la encarnación ser, como lo fue. el acto inicial y como el preludio de la redención humana.
Fuente:
Bover, J. Teología de San Pablo. BAC, Madrid (1946), pp. 386 y ss.

2 comentarios:

Johannes dijo...
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Seminarista dijo...

Desde este "hacerse pecado", se entiende el "Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado". Obviamente el Padre no renegó del Hijo ni el Hijo dudó ni tonterías similares. Pero sí que el el Padre abomina el pecado (que no al pecador)..