sábado, 17 de enero de 2015

Diálogo con el Islam: no al baile de máscaras (I)


Un baile de máscaras (o bal masqué) es un evento en el cual los participantes asisten en disfraces utilizando una máscara. La mascarada era una forma de entretenimiento cortesano festivo que floreció en Europa entre el siglo XVI y principios del XVIII. Implicaba el uso de la música y la danza, del canto y de la interpretación, dentro de una elaborada escenografía, en la cual el marco arquitectónico y el vestuario podían estar diseñados por un arquitecto renombrado, para representar una alegoría diferente que halagara al patrón. Los actores profesionales y los músicos se contrataban para los aspectos hablados y cantados de la mascarada.
La comparación del diálogo interreligioso con el Islam con un baile de máscaras es un acierto del jesuita de cuyo libro tomamos esta entrada. Y la comparación sería más fecunda, pensamos nosotros, si se hiciese con una mascarada, porque hay toda una puesta en escena en la que abundan, además de las máscaras, cortesanos,  escenografía,  actores profesionales, músicos...  

101. Hasta ahora hemos visto cómo se relaciona el islam con las religiones monoteístas y cómo se considera la figura de Jesús en el Corán. Pasemos ahora a considerar el valor y los límites del diálogo entre cristianos y musulmanes. Se trata de un tema debatido y controvertido, un tema del que se ofrecen lecturas e interpretaciones muy diferentes. En primer lugar, ¿qué se entiende por diálogo? ¿Cuál es la posición más auténtica y realista por parte cristiana en un encuentro con el interlocutor musulmán? 
Más que una actividad reservada a los teólogos o un lujo sólo al alcance de pocos intelectuales, me parece que, en nuestra época, el diálogo representa a partir de ahora un desafío al que millones de personas están llamadas a hacer frente en una dimensión cotidiana también en Europa. Es la realidad lo que hace encontrarse cada día a cristianos y musulmanes en las más diversas circunstancias, y estos encuentros —en la escuela, en los lugares de trabajo, en el barrio o en el edificio en que habitan— representan el terreno adecuado para comprobar la posibilidad de entrar en comunicación, de hacer brotar las diferencias y de intercambiar las recíprocas riquezas, lo que cada uno considera importante para él y para el otro. Ahora bien, estoy igualmente convencido de que es preciso limpiar el campo de algunos equívocos que durante estos años se han sedimentado en la palabra «diálogo».
La condición preliminar para dialogar es que haya dos voces, y que ambas sigan siendo distintas, que cada una sea expresión de un sujeto con un rostro y una identidad definidos. Hoy en cambio, especialmente en el campo cristiano, está de moda el «baile de máscaras», en el que parece necesario camuflarse y cubrir el propio rostro para estar frente al otro: es el diálogo del mínimo común denominador, de los así llamados valores comunes buscados a cualquier precio como punto de partida antes que como posible resultado de un camino. Esta posición está animada a menudo por buenos sentimientos y por un deseo auténtico de encuentro, pero no lleva muy lejos, y me parece que ni siquiera ayuda a comprenderse más, ni pone las premisas para una mejor convivencia. Si miro sólo lo que tenemos en común, corro el riesgo de acabar pensando que, en resumidas cuentas, mi interlocutor y yo somos del mismo parecer, tal vez con algunas pequeñas diferencias que pueden ser dejadas de lado. Ahora bien, el día en que uno de los dos descubra que no es así, podría disminuir o perder del todo su credibilidad en lo que, hasta ese momento, habíamos dicho y hecho: sería como despertarse de un hermoso sueño y descubrir de repente que la realidad es muy distinta. Insisto: el diálogo no consiste en decir lo que le gusta al interlocutor que tenemos enfrente, eso pertenece más bien a la diplomacia. El diálogo auténtico requiere amor a la verdad a cualquier precio y respeto al otro en su integridad, no es minimalista, sino exigente.
Si la primera condición que deben exigirse por ambas partes los interlocutores es la conciencia de sí, de su propia identidad, la segunda es el deseo de dar a conocer al otro la propia posición de una manera integral (no sólo en aquellas partes que no le molestan o no suscitan interrogantes) y conocer la del otro en toda su complejidad, a fin de aprender a discernir y comprender a la persona que tenemos enfrente. Para los cristianos eso significa, por ejemplo, no poner entre paréntesis los aspectos que constituyen el núcleo central de su fe como la encarnación, la muerte y resurrección de Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios, la dimensión trinitaria de Dios. Y significa asimismo no «contentarse» con la proclamación común del monoteísmo (que también es una dimensión muy importante), o con la admiración que siente el Corán por la figura de Jesús, que, no obstante, como ya hemos visto, queda reducido al papel de un gran profeta sin más, ignorando de hecho su característica más importante: la de ser el autor de la salvación para todos los hombres.
Por parte cristiana, no se debe olvidar que presentar sólo una parte de la propia fe o reducir su densidad por miedo a ofender, decepcionar o provocar escándalo, no hace más que confirmar al interlocutor musulmán en la convicción (muy difundida en los países islámicos, aunque también en la emigración) de que el cristiano es un creyente que no ha completado aún su camino para llegar a la plenitud de la verdad, que sólo estaría revelada en el Corán. Cada vez que voy a Inglaterra me quedo sorprendido cuando veo escrito con grandes letras en la pared de la mezquita de Birminghan, que se encuentra en el camino hacia el aeropuerto: «Read the Koran, the Last Testament» (Lee el Corán, el Último Testamento).
Igualmente equívocos, y a menudo perjudiciales para una recíproca claridad, se han revelado algunos comportamientos prácticos adoptados en estos últimos años, casi siempre de buena fe, aunque también con una fuerte dosis de ingenuidad o escasa conciencia de lo que se estaba haciendo. En nombre de la solidaridad, de la fraternidad o de la «fe en el único Dios», se han cedido locales parroquiales o incluso espacios en las iglesias a las comunidades musulmanas para la oración, olvidando que, para los seguidores de Mahoma, esto puede significar, más que un favor, una rendición, una especie de abdicación de la propia fe y un reconocimiento implícito de la superioridad del islam. No hemos de olvidar que, según el pensamiento islámico, un lugar que ha sido hecho sagrado para el islam no se puede ya secularizar y es considerado, aunque sea de una manera implícita y sin una formalización de tipo jurídico, como una especie de propiedad islámica.
Tomado de:
Samir, K. Cien preguntas sobre el Islam. Ed. Encuentro, 2001, ps. 163-165.

jueves, 15 de enero de 2015

Un testimonio sobre el Yunque


La web forumlibertas ofrece un extenso reportaje a Victoria Uroz sobre la organización secreta el Yunque en España. Damos los enlaces para quien pueda estar interesado.

I. “El Yunque es el mayor problema al que se enfrentan los laicos católicos en España”

II. “El Yunque es un desafío que no tiene precedentes en la historia de la Iglesia”

III. “Los medios de comunicación de orientación cristiana están infiltrados por miembros del Yunque”


martes, 13 de enero de 2015

¿Un Islam bueno?

¿Un islam bueno… y otro malo?
Por Javier Ruiz Portella
Antes de los «terribles acontecimientos de estos días en París»… No, esto es Neolengua. Antes de las primeras escaramuzas de la guerra que nos acaba de ser declarada —una nadería al lado de lo que nos espera—, las cosas ya estaban bien claras. Pero la mayoría se empeñaba en no verlas. Ahora, más que claras las cosas ya están translúcidas  —y, sin embargo, los ojos seguirán cerrados. Una sola diferencia: disminuirá el número de los ciegos, y si hoy mismose hiciese  un sondeo, ya serían quizá un 30% los que dijeran «Keep calm and vote Le Pen».[1]
Después de cada escaramuza, después de cada nueva batalla, los ciegos, es cierto, serán un poco menos numerosos. Pero lo serán sobre todo entre la buena gente, entre el pueblo. Por lo que a nuestras pretendidas «élites» se refiere… Hablemos de ellas, de estos escogidos ciegos en cuyas primeras filas figuran los medios de comunicación del sistema. En ninguno de ellos se enterará uno, por ejemplo, de que las redes sociales se incendiaron estos días con mensajes que festejaban la matanza de Charlie-Hebdoi («¡Estos hijos de puta lo tienen bien merecido!», «Soy Muslim y amo a mi Profeta», etc.) Tampoco es en los medios oficiales donde se informa de que, una vez abatidos los tres terroristas, «los jóvenes de los barrios en dificultad» siguieron practicando «el vivamos juntos» (así habla la Neolengua) mediante mensajes del siguiente tenor: «¡Gloria a los hermanos caídos!», «¡Muertos como mártires!», «¡Que Nuestro Señor Alá les abra las puertas del Paraíso!», etc.
Ni en Le Monde, ni en Libération, ni en Le Figaro leerá uno tales cosas. Figura, sin embargo, en este último periódico un artículo sobre el eco que el minuto de silencio del pasado jueves obtuvo en los centros docentes de los «barrios sensibles». Su sensibilidad es tal que el minuto de silencio se convirtió a menudo… en un minuto de odio.
«“Te la pego con el kalash" (abreviatura para  kalashnikof), le soltó a su profesora  un alumno de 14 años.», leemos en Le Figaro. El cual sigue diciendo: «En una colegio elemental de Seine-Saint-Denis (suburbio parisino de alta concentración inmigratoria), al menos el 80% de los alumnos de una clase se negaron a efectuar el minuto de silencio». A ello se le podría añadir que en muchos centros el minuto de silencio fue interrumpido por los mismos gritos que resonaron en Charlie-Hebdo:«¡Allahu Akbar!» («¡Alá es grande!»). Lo anterior, sin embargo, ya no lo dice el periódico: me lo han contado unos amigos profesores. Hubo también alumnos que se intentaron razonar…. Por ejemplo, ese que, con sus 11 añitos a cuestas, le soltó a su maestro: «Usted no lo comprende [en Francia, hasta en tales sitios aún se habla de usted al profesorado]. Esa gente no hubiera tenido que dibujar al Profeta. ¡Está por encima de los hombres!». ¡Criatura!… También cabe destacar el caso de una profesora que en su página Facebook explica que fue acogida a las 8 de la mañana con gritos de «¡Viva los que los han matado!», después de lo cual pidió ser mutada a otro centro.
Quienes lean en francés encontrarán aquí otros ejemplos. Pero hay que leerlos sin hacer caso del titular: «Minutos de silencio para Charlie-Hebdo. Algunos patinazos en los colegios». Punto. ¿En los colegios… de dónde? ¡En los de toda Francia, cielo santo!, concluirá el lector que, horrorizado, sólo podrá recuperarse del susto al leer el texto del artículo. No fue, por supuesto, en el conjunto de Francia donde se produjeron tales «patinazos» (traducción: tales boicots). La islamización aún no ha llegado a tales extremos. Los boicots sólo tuvieron lugar ahí donde la Gran Sustitución de poblaciones ya ha producido las más profundas sustituciones.
El día en que los alumnos de la inmigración musulmana respondan con emocionado respeto a semejante minuto de silencio; el día en que esa misma inmigración exprese en las redes sociales su profundo desprecio por los asesinos que dicen actuar en nombre de su religión; el día en que decenas de miles de musulmanes bajen de los suburbios para manifestar un horror que, por ello mismo, aún debería ser más considerable en su caso: sólo ese día podré empezar a tomar en serio a quienes pretenden que hay un buen islam profundamente opuesto al malo. Hasta entonces seguiré pensando que hay, por supuesto, dos islams, todo lo distintos que se quiera, pero uno de los cuales es, por así decirlo, como la vanguardia del otro: como la avanzadilla de ese otro islam, pacífico y mayoritario, no cabe duda, pero que, además de sus ritos, practica un bien conocido proverbio: El que calla otorga.
_________
[1] Tal fue el tweet que lanzó papá Le Pen el día de la toma de rehenes.

Visto en:
http://elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=4964


P.S.: Un recomendable artículo de Luis Mª Sandoval sobre los males del Islam, aquí.




lunes, 12 de enero de 2015

Cayetano y el papa hereje


Reproducimos la traducción publicada por la bitácora bensonians del cap. XX del De acutoritate papae et concilii del cardenal Cayetano, fuente común de toda la escuela tomista en todo lo relativo a la hipótesis del papa hereje. 

sábado, 10 de enero de 2015

Una dosis de sentido común


En Rusia vivid como rusos! Cualquier minoría, de cualquier parte, que quiera vivir en Rusia, trabajar y comer en Rusia, debe hablar ruso y debe respetar las leyes rusas.
Si ellos prefiere la Ley Sharia y vivir una vida de musulmanes les aconsejamos que se vayan a aquellos lugares donde esa sea la ley del Estado.
Rusia no necesita minorías musulmanas, esas minorías necesitan a Rusia y no les garantizamos privilegios especiales ni tratamos de cambiar nuestras leyes adaptándolas a sus deseos.
No importa lo alto que exclamen “discriminación”, no toleraremos faltas de respeto hacia nuestra cultura rusa.
Debemos aprender mucho de los suicidios de América, Inglaterra, Holanda y Francia si queremos sobrevivir como nación.
Los musulmanes están venciendo en esos países y no lo lograrán en Rusia.
Las tradiciones y costumbres rusas no son compatibles con la falta de cultura y formas primitivas de la Ley Sharia y los musulmanes.
Cuando este honorable cuerpo legislativo piense crear nuevas leyes, deberá tener en mente primero el interés nacional ruso, observando que las minorías musulmanas no son rusas.”
Fuente:

jueves, 8 de enero de 2015

HUBIERA SIDO LOABLE

Steve Sack, The Minneapolis Star Tribune

Hubiera sido loable escuchar en boca de las máximas autoridades de la Iglesia, aun no disipado el olor a pólvora y a sangre derramada por el imprevisto asalto yihadista, algún comunicado que, pidiendo oraciones por las víctimas, se sirviese recordar que éstas, con sus repugnantes sátiras anti-trinitarias, debieron irritar al Dios celoso de su nombre y de su gloria. Y que estos dementes de la medialuna pudieron ser al cabo el instrumento de Su cólera, al modo de aquella Asiria que el profeta veía como vara y bastón del furor divino contra su pueblo apóstata (Is 10,5). Hubiera sido loable escuchar de boca del Papa la forzosa rectificación de sus recientes melindres para con el Islam, motejado como una "religión del amor y de la paz": con la balacera sonando cada vez más cerca, era oportuno repasar esas suras que hablan con insistencia inequívoca del exterminio implacable de aquellos que el Islam llama "infieles". El silencio sepulcral de los supuestos "islamistas moderados" ha sido el más elocuente alegato en contra de esta superchería irenista y tardo-occidental, la prueba más contundente de que esa moderación vive sólo en el magín de unos cuantos opinólogos rentados.
Hubiera sido loable levantar la Cruz a una contra el laicismo iluminista de Occidente y contra las ululantes y arenosas huestes del Falso Profeta, ambos enemigos irreductibles del nombre cristiano. En su lugar, la Santa Sede se apresuró a calificar de «abominable» el atentado, tanto por atacar a las personas que resultaron sus víctimas como por vulnerar la libertad de prensa. A estas tabarras siempre tributarias del Zeitgeist se les sumaron las infaltables definiciones de los cagatintas, aquellos que mercan haciéndole el coro al apocamiento oficial: «desde la óptica cristiana la violencia es siempre inaceptable, y el asesinato un crimen diabólico. Sólo Dios es dueño de la vida y de la muerte. Matar en nombre de Dios nunca es lícito, sino que es una blasfemia contra el mismo Dios, que es Amor». Toda la osadía de estos escribas, en muy mal trance aplicada, consiste en recordar que «la fe Católica, a diferencia del Islam, enseña el perdón a los que nos ofenden».
Cualquier sazón será inoportuna para explicar a tales psitácidos que la vis irascibilis (violencia), obviamente rectificada por la razón, bien puede aplicarse a una causa noble. Que el suponer siempre ilícito el matar en nombre de Dios (y que hacerlo constituya nada menos que una blasfemia) podrá ser, en todo caso, el tópico elegido por las plañideras de ocasión, pero que éste resulta contradicho por toda la doctrina católica, admirablemente ejemplificada en este punto por aquel apotegma de san Bernardo orientado a la justificación moral de la pena capital contra los herejes contumaces que atentaban contra la unidad de la fe: melius est ut pereat unum quam unitas. Y que el perdón de las ofensas se refiere a las dirigidas contra la propia persona, no contra las tres Personas divinas.
Es el torpor de los dirigentes civiles y religiosos de la vieja Europa el que está desarmando anímicamente a la población y envalentonando, en consecuencia, a los muslimes. Quedará registrada, a todo esto, una irónica coincidencia: la de la salida, el mismo día del atentado contra las oficinas del abominable pasquín parisino, de la última novela del escritor galo Michel Houellebecq, del sugestivo título Soumission, que sitúa para el año 2022 el triunfo electoral de un partido llamado «Fraternidad Musulmana« contra el Frente Nacional de Marine Le Pen en el ballottage presidencial merced a una alianza de socialistas y conservadores desesperados por evitar el triunfo del cuco ultraderechista. El resultado inmediato de este triunfo, aparte de la pronta islamización de la Sorbona, no es el más halagüeño para las veleidades libertario-feministas hasta entonces en vigor: la exclusión de la mujeres del mundo del trabajo, el uso generalizado del velo islámico y la prohibición del escote y la minifalda.
Visto en:

miércoles, 7 de enero de 2015

Precisiones sobre la Comunión espiritual

En el Sínodo se propuso la comunión espiritual para los divorciados que se han vuelto a casar, imposibilitados de recibir la Eucaristía. Pero la noción misma de comunión espiritual ha suscitado debates ya que cada uno la imagina a su modo, con lo cual la confusión es grande. En "Nova et Vetera" un teólogo deja en claro la controversia. El artículo completo, en inglés, aquí. Reproducimos una traducción parcial tomada de ReL.
¿LA COMUNIÓN ESPIRITUAL ES PARA TODOS?
por Paul Jerome Keller O.P.
Probablemente casi olvidada por muchos católicos y por la mayoría que nunca jamás la han sentido nombrar hasta la reciente referencia que ha hecho el cardenal Walter Kasper, la noción de la comunión espiritual se ha convertido en noticia de los diarios en la prensa católica de esta temporada. […]
El cardenal Kasper [...] admite que la comunión espiritual no se aplica a todos los divorciados, sino sólo a los que están bien dispuestos. Pero se pregunta: si una persona que recibe la comunión espiritual es una sola cosa con Jesucristo, ¿cómo puede estar en contraste con el mandamiento de Cristo? ¿Por qué, entonces, esta misma persona no puede recibir la comunión sacramental? […]
Lo que está en cuestión antes que nada es el significado de la comunión espiritual. […] Lo que hoy llamamos comúnmente “comunión espiritual” es la que para santo Tomás de Aquino es una comunión de deseo (“in voto”). Es distinta de la recepción espiritual que es el efecto inherente a la recepción real de la Santa Comunión.
Santo Tomás de Aquino parangona la comunión “in voto” al bautismo de deseo (“flaminis”). El bautismo de deseo se verifica en general en el caso de un catecúmeno a quien se asegura la salvación, si muere antes de ser bautizado con agua pero deseando explícitamente el bautismo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1259). […]
El Concilio de Trento sobre la comunión espiritual
Remitiéndose a las enseñanzas de los Padres [de la Iglesia], el Concilio de Trento explica así la triple distinción en la recepción de la Santa Comunión:
“[Algunos la reciben] sólo sacramentalmente, como son los pecadores. Otros la reciben sólo espiritualmente; son los que, al recibir en deseo el pan celestial puesto delante de ellos, con fe viva ‘a través del amor’ (Gal 5, 6) gozan sus frutos y se benefician de ello. Un tercer grupo la recibe tanto sacramentalmente como espiritualmente (canon 8); son los que se examinan y se preparan anticipadamente para acercarse a esta mesa divina, vestidos con las vestiduras nupciales (cfr. Mt 22, 11y ss.)”.
En el capítulo justamente anterior a esta enseñanza sobre la recepción eucarística el Concilio pone de manifiesto que la santa Eucaristía puede ser recibida sólo dignamente. […] El canon 11 del mismo Concilio es todavía más explícito:
“Si alguno dijere que la sola fe es preparación suficiente para recibir el sacramento de la santa Eucaristía, sea anatema. Y para que no se reciba indignamente tan grande Sacramento, y en consecuencia cause muerte y condenación, este santo Concilio define y decreta que los que se sienten gravados con conciencia de pecado mortal, por contritos que se crean, para recibirlo deben anticipar necesariamente la confesión sacramental, si hay un confesor disponible. Si alguno pretende enseñar, predicar o afirmar en forma pertinaz lo contrario, o también defenderlo en disputas públicas, sea por este mismo hecho excomulgado”. […]
El significado de la comunión espiritual en los documentos recientes
Es un poco sorprendente no encontrar una mención de la comunión eucarística espiritual en ninguna de las cuatro Constituciones del Concilio Vaticano II o en el Catecismo de la Iglesia Católica. Es quizás por este motivo que la idea de hacer una comunión espiritual no es una opción familiar para los fieles de nuestros días. Cuando la comunión espiritual es mencionada en la enseñanza oficial de la Iglesia [por Juan Pablo II y por Benedicto XVI] parece serlo únicamente en los términos de una comunión de deseo. […]
Es en este cuadro que podemos proceder a examinar la posición del cardenal Kaspersobre la santa Comunión a los divorciados que se han vuelto a casar, aclarando lo que está en juego respecto a la comunión espiritual.
¿Quién puede realizar una comunión espiritual?
Cuando el cardenal Kasper [...] pregunta cómo una persona que realiza una comunión espiritual y, en consecuencia, es una sola cosa con Jesucristo puede estar en contradicción con el mandamiento de Cristo, el cardenal llega al corazón del problema, porque se debe aceptar a Cristo en su totalidad para estar en comunión con él. Así como Cristo ha establecido el vínculo matrimonial como indisoluble, y a causa de ello Cristo no permite el divorcio y un nuevo matrimonio, una persona que quiere volver a casarse mientras sigue subsistiendo un anterior vínculo sacramental matrimonial suyo no puede pretender ser una sola cosa con Jesucristo, porque así contradice al menos esta parte del mandamiento de Cristo.
Por lo tanto, esa persona no está en condiciones de recibir sacramentalmente la comunión, ni siquiera en forma espiritual. Sólo una persona que está buscando remediar lo que le impide la plena comunión con Cristo puede comenzar a estar en condiciones de realizar una comunión espiritual. […]
En consecuencia, para responder en forma efectiva a la preocupación del cardenal Kasper, la persona que realiza una comunión espiritual debería también poder realizar una comunión sacramental, si está correctamente dispuesta. Sin embargo, no es admisible que quien no tenga la disposición correcta para realizar la comunión sacramental puede pensar que está en condiciones de realizar una comunión espiritual, no importa cuáles sean las circunstancias.
Aclaraciones necesarias
Recordando la distinción tomista entre la comunión espiritual como acto de alimentación espiritual (“spiritualis manducatio”) y como deseo espiritual (“in voto”), es claro que para una persona que interpuso un obstáculo a la unión con Cristo, viviendo fuera de su mandamiento,no es posible ninguno de los dos tipos de comunión espiritual. Es problemático usar el mismo término – comunión espiritual – para referirse a dos situaciones morales distintas y a dos relaciones muy diferentes con la Eucaristía.
Aquí estamos hablando de la disposición correcta respecto a la disposición incorrecta para ambos tipos de comunión. Cuando [la exhortación apostólica post-sinodal del 2007] “Sacramentum caritatis” usa en forma impropia el término “comunión espiritual” como una opción para los divorciados que se han vuelto a casar, una posible lectura es que el Santo Padre intenta alentar a esas personas a comenzar a “desear” en modo apropiado la santa Comunión y, en consecuencia, a rectificar su situación moral. En caso contrario, las palabras indicarían que alguien impropiamente dispuesto para la comunión sacramental podría sin embargo realizar una comunión espiritual. Esta confusión lleva a la lógica pregunta planteada por el cardenal Kasper. Si se permite a alguien realizar una comunión espiritual, ¿entonces por qué no una comunión sacramental?
Debemos evitar el error de pensar que la comunión espiritual es el sustituto de la comunión sacramental para los divorciados que se han vuelto a casar y en definitiva para cualquiera que está impedido de recibir la Eucaristía a causa de un pecado mortal. El peligro pastoral inserto en esta creencia es que ganan espacio un error y una confusión sobre la doctrina de la Iglesia, al inducir a pensar que el pecado que impide la comunión sacramental “no es tan malo”, porque de todos modos se puede tener a disposición la sustancia de la comunión. […]
Para poder recibir las gracias de la comunión con Cristo, tanto sacramental como espiritual, para todos en cualquier estado de vida, es necesaria la conversión interior a Cristo y una manifestación de esta conversión en las acciones externas y en el modo de vivir. […]
Implicaciones cultuales
[…] La gracia está siempre obrando. También la “preparación del hombre para acoger la gracia es ya una obra de la gracia” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2001). […] No debemos oscurecer la distinción entre el vivir en el estado de gracia y la gracia de ser movidos a la contrición. […] Es así que el papa Juan Pablo II [en la “Familiaris consortio”] solicita a los divorciados que se han vuelto a casar que se abran a la acción efectiva de la gracia, por ejemplo, escuchando las Sagradas Escrituras, frecuentando la Misa, rezando, etc.
El Papa nos está instruyendo sobre la esencia del culto cristiano. […] A partir de la revelación de Cristo y de la institución del sacramento de la Eucaristía, la única forma adecuada de adoración que se debe a Dios es a través de Cristo y en Cristo, y se cumple en grado sumo en la celebración de la sagrada liturgia. Esto es verdad para todos los bautizados, que estén o no en condiciones de participar en la santa Comunión. […] No hay nadie que dejará de extraer beneficios de la participación en la Misa, es decir, de la celebración litúrgica. También la persona a la que le está impedida la más plena expresión del culto – la recepción de la santa Comunión – está siempre en condiciones de recibir las gracias que provienen del arrepentimiento, así como también de las gracias efectivas que provienen de la adoración.
No inanición, sino hambre
En respuesta a las preguntas del cardenal Kasper sobre el acceso a la santa Comunión para los divorciados que se han vuelto a casar, hemos mostrado entonces que ello no es posible. […]
De la enseñanza de san Pablo hasta nuestros días, la tradición de la Iglesia ha enseñado constantemente la necesidad, para el que recibe la santa Comunión, de estar en estado de gracia. […] Aunque puede haber alguna confusión respecto al significado de la comunión espiritual en la reciente enseñanza magisterial, se mantiene firme que es posibleuna verdadera comunión espiritual sólo para quien está también en condiciones de recibir la comunión sacramental. […]
La Iglesia no pretende, como parece sugerir el cardenal Kasper, que los divorciados que se han vuelto a casar encuentren la salvación extra-sacramentalmente. A ellos se les ofrece lamisma posibilidad para la conversión y la plena comunión – eclesial y sacramental – que se le ofrece a cualquiera. […] ¿El cardenal pregunta si esta no-recepción de la Eucaristía es un precio demasiado alto para pagar? La respuesta a esta pregunta depende de la voluntad del individuo de ser conforme a Cristo. Sin embargo, debemos ser claros. No es la Iglesia la que interpone el obstáculo a la plena comunión, sino el individuo que perpetúa la opción de violar un vínculo sacramental del matrimonio. […]
El cardenal Kasper plantea además esta pregunta atrayente: ¿la regla de la no-recepción de la Eucaristía no es quizás una explotación de la persona que está sufriendo y pidiendo ayuda, cuando planteamos esto como un signo y una admonición para los demás? Esta pregunta supone que la Iglesia no tiene el deber de proteger a los fieles de la condena que pueden atraer sobre ellos, como advierte san Pablo. Si efectivamente la Iglesia se mantuviera pasiva y permitiera la santa Comunión a quien no estuviera correctamente dispuesto, ella misma estaría sujeta a la condena, a causa de un tipo distinto de opresión: la incapacidad de contener a sus hijos frente a acciones ilícitas y al pecado, así como la incapacidad de custodiar fielmente y de dispensar los sacramentos. Esta multisecular vigilancia de la Iglesia no es opresión o manipulación, es pura y simple caridad. Es la preocupación de la madre que los hijos no ingieran la medicina equivocada, para que no se convierta en veneno. […]
No hay ninguna opresión de la persona que sufre, sea ella el divorciado que se ha vuelto a casar o el catecúmeno (quien también debe ser hecho justo sacramentalmente antes de recibir la santa Comunión). Está solamente la mano extendida y dolorida del Crucificado y Resucitado, quien, a través de la Iglesia, ofrece la salvación a cada persona que elige dirigirse a Cristo, abrazando sólo a él también en las decisiones más difíciles de la vida. Él ofrece continuamente su cuerpo y su sangre para que todos lo que eligen vestir las vestiduras nupciales blancas (cfr. Mt 22, 11-14; Ap 19, 8) puedan acceder a su banquete eterno.
Expuesta delante de cada persona está la fiesta de la Eucaristía, ofrecida en tal forma que todos nosotros podemos experimentar cada vez más el hambre por el pan de vida, tanto sacramental como espiritualmente.
Para todo cristiano, el arrepentimiento es la transformación de la inanición en hambre, un hambre que Cristo promete satisfacer más allá de toda nuestra imaginación.
Tomado de:

sábado, 3 de enero de 2015

Estado laico, dineros nacionalcatólicos

El Opus Dei dice no tener escuela teológica propia. Y es posible que no la tenga de iure, pero sí de facto. Porque en ciertas cuestiones sus teólogos y canonistas cierran filas para defender posiciones comunes. Sobre todo cuando estas interesan a la institución. Así, por ejemplo, no conocemos a ningún canonista del Opus Dei que se aparte de la opinión –minoritaria y casi exclusiva de los miembros de la Prelatura- que afirma que las prelaturas personales pertenecen a la estructura jerárquica de la Iglesia. En cambio, la doctrina sostiene con amplio consenso -incluido Ratzinger- que no son entes jerárquicos sino fenómenos asociativos.
En un tiempo en que los vientos vaticanos eran favorables a la confesionalidad católica del Estado, desde el Opus Dei se promovía esa doctrina. En ese contexto, se entiende la carta de Escrivá a Franco, del año 1958, con motivo de la aprobación de las Leyes Fundamentales. La carta fue silenciada por el Opus Dei, pero reproducida por la revista Razón Española y posteriormente divulgada por el sitio opuslibros. Ante esta realidad, los historiadores oficiales de la Prelatura reaccionaron minimizando el valor del documento: “Es sólo una carta de cortesía, como las que otros pastores de la Iglesia enviaron en ese momento al jefe del Estado”.
Después del Vaticano II, pero sobre todo a partir del cambio de régimen político ocurrido en España en 1978, el Opus Dei inició su proceso de desenganche. Una de sus consecuencias fue un progresivo olvido, tergiversación y hasta rechazo de la doctrina católica tradicional sobre las relaciones entre el Estado y la Iglesia, que sin embargo el Vaticano II declara dejar íntegra (cfr. Dignitatis humanae, n. 1). Esto último puede verificarse en numerosos trabajos publicados por autores pertenecientes al Opus Dei. Su común denominador es la defensa como ideal de una laicidad aconfesional de la comunidad política, teniendo como superada –por clerical o integrista– la doctrina tradicional acerca del Estado católico. Así presentan como ideal el “modelo norteamericano”, contra el magisterio de León XIII.
Además, no resulta extraño que el Opus Dei procure reescribir su historia institucional en función de lo que resulta política o eclesialmente correcto en determinadas circunstancias. Ya dimos cuenta en nuestra bitácora de las biografías edulcoradas de Álvaro del Portillo.
El sitio opuslibros ha dado a conocer la copia de una carta de Álvaro del Portillo, de 1949, dirigida al Ministro de Asuntos Exteriores del gobierno de Franco, pidiendo ayuda económica para la construcción del Colegio Romano de la Santa Cruz. Lo que no deja de ser al menos llamativo, dado que el pedido se realizó a un Estado confesional católico al que numerosos miembros de la Prelatura ahora califican de totalitario, cosa que la Iglesia nunca hizo.
Desde nuestra modesta bitácora felicitamos a opuslibros por dar publicidad a documentos silenciados que ayudan a conocer mejor la verdad histórica y disipar leyendas doradas producto del marketing institucional.

lunes, 29 de diciembre de 2014

El aburrimiento y alumno posmoderno.


Publicamos una versión actualizada por sugerencia del autor.
Todo desdichado y maltratado carne  de cañón de la última estupidez pedagógica (que por supuesto, sin ninguna posibilidad de que sea de otro modo, encontrará un gobierno y un ministerio de educación dispuestos a aplicarla), todo cobaya del iluminado de turno que se atreve a ponerse el sayo de “Profesor”, todo aquél que se atreve a pararse delante de una formación en batalla de adolescentes posmodernos, en el supuesto contexto institucional de un colegio, seguramente ha sentido el frío sudor correr por su espalda cuando el más cruel de sus antagonistas (estoy siendo generoso, ojalá fueran antagonistas en todo sentido) desenfunda el arma letal del “estoy aburrido” o, lo que es lo mismo, “su clase es aburrida”.
Ese es el Rubicón del profesor posmoderno. Si no lo cruza está condenado a ser definido por el alumno y a ser manejado como un títere por sus expectativas. Cual payaso sin vocación de payaso vivirá siempre frustrado a la cacería de la aprobación de la troupe, para convertirse, inexorablemente, en un payaso triste, o lo que es peor, en un triste payaso.
Si lo cruza, debe hacer suya la dantesca recomendación de  “Lasciate fuori ogni speranza o voi che entrate” (dejad fuera toda esperanza, oh vosotros que entráis),  al menos y con toda seguridad dejad fuera toda esperanza terrenal de compensación durante el mismo proceso de querer definir el propio rol de profesor sin vivir esclavo de la inmediatez del deseo del adolescente.
La espada flamígera del aburrimiento (de los alumnos y la consiguiente desconfirmación del propio rol) lo amenazará por el resto de sus días, tanto como el canto de sirenas del maquillaje de arlequín, de los zapatones y de la nariz de tomate.
Veamos entonces de qué se trata esta arma letal.
Aburrimiento viene del latín ab horrore, de ahí se deriva también el verbo ‘aborrecer’, y del lexema horrore se derivan las palabras ‘horror’ y ‘horrible’.
Horrore significa en latín erizarse, ponerse los pelos de punta o también estremecerse, tiritar, fenómenos ambos que muchas veces se dan asociados. Por metonimia el nombre se desplazó desde la consecuencia fisiológica al sentimiento que causa esos hechos y así comienza a significar el ‘horror’, el miedo.
Si tomamos el lexema ab en un esfuerzo simplista podemos reunir la multitud de significados de la partícula básicamente a dos, aunque ambos tengan origen en un mismo proceso que es la diferenciación y alejamiento de un punto de partida. Ese proceso puede ser visto de dos modos, en primer lugar en cuanto se aleja y produce una enajenación respecto del punto de partida, y en segundo lugar, en cuanto procede de tal punto de partida y reconoce en él su proveniencia, y, de algún modo, su origen causal.
Según el primer significado ab es una negación o alejamiento de aquello a lo que precede, así decimos que ‘abstemio’, de la unión ab y temetum (bebida espirituosa), significa quien no bebe alcohol.
El segundo significado es la indicación causal o metonímica a un punto de partida así por ejemplo el adjetivo ‘acartonado’, que procede, proviene o tiene las cualidades del cartón.
Según el segundo significado el aburrimiento procede y tiene su origen en el ‘horror’. ¿Horror a qué? Horror al esfuerzo, a la frustración, en fin, a todo lo que no sea goce inmediato. Toda dilación del goce, toda tolerancia a la frustración, es horrible, pone los pelos de punta y hace tremar la subjetividad del adolescente. En esto la profecía lacaniana se cumple a pie juntillas: “Como suele ocurrir habitualmente en la evolución concreta de las cosas, quien triunfó y conquisto el goce se vuelve completamente idiota, incapaz de hacer otra cosa más que gozar, mientras que aquel a quien se privó de todo conserva su humanidad”.
El deseo, cuando es totalmente satisfecho, o, para entendernos mejor, porque algunos negarán la posibilidad de satisfacción total del deseo, digamos cuando es ‘inmediatamente satisfecho’ implica la muerte del deseo. Muerte para todo aquello que no sea inmediatez. Aquí muchos, legítimamente convencidos, se calzan el traje de payaso, para tratar de aplacar la voracidad del goce inmediato, pero es una estrategia destinada al fracaso, la fuerza de gravedad del agujero negro del goce inmediato pone en sí mismo el eje estructurante de toda actividad. En eso no se deja sobornar y termina aplastando y poniendo de rodillas a sus propios criterios a todos los que se le acercan e intentan apagar el fuego con nafta.
Según el primer significado del prefijo ab aburrimiento llevaría en sí la semántica de una negación, la negación del ‘horror’, del ‘miedo’, la ausencia total. Esta variante interpretativa da de lleno con un aspecto fenomenológico del aburrimiento. El encresparse, el temblar, el estar trémulo, que conforman el punto de partida material del significado de abhorrore, sólo se produce frente a una grave amenaza al sujeto y a su vida. Todos estos síntomas son mecanismos de defensa fisiológicos que preparan al sujeto para un contraataque o para una huida. La negación total de estos mecanismos nos indica que el sujeto está en una situación y en una pretensión de placer y goce inmediato que no tiene nada en absoluto que temer, nada a lo cual enfrentar y atacar, y, finalmente nada de lo cual huir. En definitiva nada para conquistar, nada en lo cual crecer, nada para anhelar y que sea motivo y usina de la tensión propia de vivir. Eso es alguien aburrido. Alguien que ya no puede percibir el dramático y apasionante horror de estar vivo. Es el cumplimiento acabado de una conocida maldición china: “Ojalá encuentres lo que buscas”, o su traducción subjetiva “ojalá se cumplan todos tus deseos” (inmediatos, agregaría yo entre paréntesis, para ponerme a salvo de no caer fuera de la ortodoxia y poder convertir la maldición china en la aseveración evangélica de camellos que pasan por ojos de agujas, y de Lázaros y Epulones).
Finalmente, la última interpretación la leí en algún lado atribuida a Maturana, según mi inverificable memoria de una citación ajena, en ella la partícula ab cobraría ella misma densidad sustantiva y comenzaría a significar por sí misma, dejando la negación de algo, para convertirse ella misma en la ‘nada’, entonces el aburrimiento sería el ‘horror a la nada’, el ‘miedo al vacío’, miedo a la soledad y a la ausencia, miedo que solamente se puede satisfacer con la ‘conexión’ permanente, con el estar en ‘contacto’, de un modo material e inmediato. Miedo a toda comunicación que no sea intuitiva, por imagen, inmediata, todo lo que no implique una conexión metonímica o metafórica automática de significado es aburrido, implica el esfuerzo de la abstracción, y la abstracción desconecta, desconecta del punto material y de partida, implica un abandono, un abandono material de la cosa a la cual estoy conectado y que me sostiene y me contiene. Me introduce en el mundo de las palabras, de la significación universal y de la sustitución del objeto material inmediato por la palabra. ‘Desconectarse’ implica ser parido, soltarle la mano al cálido seno materno del contacto inmediato para apropiar el mundo a otro nivel, a un nivel que hay que atreverse a decir sin complejos está un escalón más arriba en el desarrollo de la humanidad del hombre, si no queremos dejarlo, en el decir de Lacan, que se convierta en un ‘idiota’ e ‘incapaz’.
Y no jodan con el ‘desarrollan otras aptitudes’, son aptitudes desarrolladas en virtud de una pérdida enorme, son aptitudes ‘compensatorias’, son las aptitudes del ‘ciego’, por supuesto que desarrolla otras aptitudes, su tacto se entrena a niveles inimaginables para una persona que normalmente usa la vista para obtener la misma información. Y puede llegar hasta sorprendernos esas habilidades, dado que nos pensamos a nosotros mismos en función de la pérdida y sin el sobreentrenamiento compensador de la función subrogante. Pero no deja de ser una ‘compensación’, es decir un resarcimiento que la naturaleza intenta a nivel funcional, desde una potencia o sentido totalmente heterogéneo al que se ha perdido o anulado. La compensación jamás restaura el estado original de aquello que no se tiene o que se ha perdido, apenas intenta substituir la falta con algo totalmente heterogéneo a la misma que brinda ciertas cualidades dinámicas y funcionales que hace menos mala la situación de carencia. Casi del mismo modo que una compensación judicial, cuando, por ejemplo, en un accidente laboral nos pagan una suma enorme por haber perdido un brazo.
La abstracción es un viaje, hay que despedirse, aunque sea momentáneamente del contacto, de la experiencia inmediata de la cosa. En ese viaje el camino es árido y arduo, hay que pasar por el desierto de no verle el sentido al haber dejado el cálido seno material de la experiencia directa, del contacto. Y muchos se pierden en el viaje o porque tienen horror a la aridez del camino o porque al poco andar se vuelven desencantados al mundo del contacto inmediato. Son todos aquellos que ponen el emergente en ‘lo práctico’, en el resultado, en la acción, en el estar juntos. Hacen la crítica fácil, demagógica y canibalística (por usar el adjetivo robado a un amigo que hace referencia, de un modo muy preciso, al que destruye la propia institución que lo sustenta) de que la Universidad se ha vuelto un lugar de abstracciones, de personas alejadas de la realidad, lo que implica alejadas del contacto.
A algún nivel, tal vez tengan razón, sucede que hay muchos habitantes del desierto de la abstracción que juegan con los conceptos para darse corte de profundos, como decía Foucault: “Si escribiese tan claramente como tú, la gente en París no me tomaría en serio. Pensarían que lo que escribo es infantil e ingenuo”. Necesitan esconderse detrás del malabarismo pirotécnico de las abstracciones para parecer profundos. Lo peor es cuando son verdaderamente inteligentes y verdaderamente profundos, como el caso de Lacan, en el que en medio de la hojarasca de cripticismo voluntario uno encuentra intuiciones absolutamente deslumbrantes. Ahí se ha creado el pantano perfecto, del cual no se puede salir, al menos para quien nació en el pantano, los que vinimos de afuera con un arsenal teorético, al menos en lo filosófico ciertamente superior, podemos llegar a atravesarlo indemne. Pero el resto queda atrapado en la hojarasca, no en virtud de la hojarasca, sino en virtud de las intuiciones deslumbrantes que les hacen pensar que todo, inclusive la hojarasca, es ‘intuición deslumbrante’. Así se quedan a vivir en el árido desierto de las abstracciones, que tanto repulsa al mundo moderno del contacto y de la experiencia inmediata, y le dan elementos reales a sus críticos para defenestrar toda ‘abstracción’, inclusive la legítima.
Pero el viaje del conocimiento no se detiene en el árido camino de la abstracción.  Su objetivo, usando las palabras de Platón, es “llegar a una idea que, en visión de conjunto, abarcase todo lo que está diseminado, para que, delimitando cada cosa, se clarifique, así, lo que se quiere enseñar”. Esta función unificante del intelecto presenta claramente dos aspectos en primer lugar una especie de intuición del todo bajo una sola mirada: «συνοράω »[1] (sinoraw), que significa en el griego clásico «ver en conjunto», «al mismo tiempo», «ver todo de un vistazo», y que muy sugestivamente en el coiné posterior adquirió el significado «de darse cuenta», «volverse conciente»[2]. Esta visión unificante del todo es de corte netamente intelectivo y es el fruto de una actividad (la dinámica de la razón discursiva) que ha preparado dicha intelección guiada por una tensión dialéctica entre la intuición intelectual y los elementos del discurso. Esta visión intelectual unificante implica que todo lo múltiple y diseminado que se ha conocido, es conocido bajo una luz nueva, hay una especie de darse cuenta, de tomar conciencia o de retorno al fundamento último que está detrás de toda la realidad que se presenta como múltiple y diseminada, fundamento último que siempre sostuvo (y porque siempre la sostuvo el encontrarlo explícitamente se llama «retorno») la tensión dialéctica de la búsqueda entre la apariencia y «lo que es», estando presente por medio de la intuición intelectual, aunque sin una toma de conciencia explícita como la que ahora se lleva a cabo.
Esta es la meta del viaje abstractivo a la que pocos llegan y de la que pocos disfrutan, la «συναγωγή» (sinagogé) o visión de conjunto que nos remite de nuevo a la realidad del contacto que habíamos abandonado, para traducirse en otro nivel de contacto, el contacto con el fundamento unificante que está detrás de la disgregación irracional de la experiencia inmediata. Y si lo miramos desapasionadamente todo el proceso cognitivo humano se dirige en esta dirección. La ‘experiencia pura’, libre de toda elaboración unificante, no existe. Simplemente no existe. La percepción es un proceso unificante donde aparece una cualidad nueva, emergente y heterogénea de la suma de la disgregación sensitiva de partes que perciben nuestros sentidos tomados aisladamente, esa cualidad es la percepción del todo. Entonces, si toda la labor cognitiva impresa en la estructura organizante de la naturaleza humana se dirige hacia un proceso de unificación, de συναγωγή, cada vez más alto, ¿por qué detenernos en la mera percepción sensible?¿Por qué no avanzar en la dirección hacia la cual nuestra naturaleza indica que se encuentra la plenitud del hombre?¿Vamos a detenernos o renunciar a ese camino solamente porque algunos se quedaron haciendo malabares en el desierto de la abstracción? No, todo uso conlleva en sí mismo la posibilidad del abuso, y no por eso se renuncia al uso saludable de lo que fuere. Lo mismo sucede con nuestro proceso intelectual.
Renunciar a lo abstracto no es el único problema, también lo es renunciar a la clasificación jerárquica de conjunto, dicho de un modo más simple el renunciar a poder emitir un juicio de superioridad cualitativa, el no poder, no querer, o no tener el coraje de decir: “Esto es mejor que esto otro en la estructura de la naturaleza humana”. Esta posición de pretendida neutralidad implica que el ver todas las cosas en tercera persona es el último punto resolutivo y la garantía de imparcialidad absoluta de toda afirmación científica. Así el investigador se convierte en una especie de observador neutro que se observa a sí mismo incluido en la situación del experimento y juzga el todo desde el lugar imposible de no ponerse a si mismo en ningún lugar. De este modo, desde ese lugar sin lugar, todo lo que tenga el coraje de ser afirmado en primera persona, de decir ‘así están las cosas’, se convertirá o en ideología o en violencia metafísica.
Así no se puede ayudar al aburrido alumno posmoderno, porque se dirá de él ‘tiene cualidades distintas’, lo que implica que no se puede parangonar con nada, lo debemos tratar a se, está inmerso en una construcción cultural de la que no podemos pretender nada distinto de lo que es, porque sería violentarlo, sería, ¡Oh herejía!, pretender que cambie. Por supuesto, esto en razón de que no hay realmente ‘naturaleza humana’, ni mucho menos plenitud objetiva de esa naturaleza, sino pura ‘construcción cultural’.
El que está en ese pantano teórico, no puede ayudar a nadie, ni siquiera a sí mismo, mucho menos al aburrido alumno posmoderno.
Hay que tener el coraje de afirmar que hay cosas mejores que otras. Que poder superar el inmediatismo del hipercontacto, la hiperconexión, del mero estar todos juntos, del dejar de ser pseudópodos de la contención mutua para convertirnos en individuos pensantes es mejor que no hacerlo. El aburrimiento como ‘horror a la nada’ supone que el dejar de estar en contacto implica caer en la disgregación de sí, pero esto es así porque no se soporta estar solo, se es un parásito sostenido en la contención social. Es cierto que, como dice Aristóteles, el hombre es un animal social y sin el tejido social, hemos comprendido en la actualidad, dejaría de ser hasta hombre. Con Lacan hemos aprendido hasta que punto el otro nos construye en el proceso de elaboración de nuestra identidad. Sin embargo, el horror a la soledad implica la inconmensurable inmadurez de no haber construido una cosmovisión del mundo que vaya más allá del mero contacto, de no haber cumplido con el mandato genético (en todos los sentidos posibles: inscrito en nuestra naturaleza humana; perteneciente al Génesis bíblico; generador de identidad ) de dar nombre a las cosas, de construir un verbo interior que substituya el puro contacto, sin renunciar al contacto como fuente novedad para ese mismo verbo y sin convertir a ese verbo en sistema absoluto al cual la realidad y el contacto se tienen que subordinar.
Finalmente el horror a la soledad es una discapacidad adquirida, es la discapacidad de definir la propia identidad en el contacto con el otro, sin posibilidad alguna de trascendencia de ninguna naturaleza.
[1] συνορ-άω  f. &o,yomai: aor. 2 &ei/don, inf. &i²dei/n: cf. su,noida:-to see togetheror at the same time, Xen. II. to see in one view, see at a glance, whether with the eyes or mind, Plat., Dem.:-in speaking, to take a general view, Isocr., etc.» (Liddell and Scott’) [2] «συνορ-άω  in the NT of mental perception perceive, become aware of, learn about (AC 14.6)» (The Friberg Analytical Greek Lexicon, Electronic Version)


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