jueves, 25 de agosto de 2011

Persuasión coercitiva


Con ocasión de los comentarios vertidos en defensa de Carmen Hernández, nos parece importante recordar dos notas de la persuasión coercitiva:

"Peyoritivización" y denigración de disidentes: El carácter despectivo con el que es teñido todo lo ajeno al movimiento y la denigración constante de los que lo abandonaron o no desearon ingresar, es también un elemento clave para el reforzamiento constante de ese sentimiento de elegidos y privilegiados, a la vez que va generando fobias hacia el posible abandono del movimiento en cuestión.

Respuestas simplistas y maniqueas: Toda pregunta que el sujeto a influenciar pudiere hacer, son evacuadas con respuestas simplistas, reduccionistas, que no llevan más de veinte palabras y, en consecuencia, son fácilmente memorizables. Estas respuestas también se caracterizan por su fuerte contenido maniqueo y dialéctico, dividiendo radicalmente al mundo en dos: todo lo bueno está dentro del grupo, y todo lo malo, fuera de él."




miércoles, 24 de agosto de 2011

Expertos intérpretes de la realidad



Como todos sabemos, el Papa ha venido a España tres veces durante su pontificado. Un verdadero récord que muy pocas otras naciones pueden darse el lujo de ostentar.

Nuestro portal amigo, tanto en las entradas de sus blogueros más entusiastas como en la presentación de las noticias especialmente selectas por su director, nos ha explicado que eso se debe a "la especial predilección que siente Benedicto XVI por España" (cita aquí, pero passim en todo el portal en los últimos meses). Es más, según esta cita tomada al azar, esa predilección se "ha demostrado".

Por eso, nos llaman la atención las declaraciones que hizo ayer el Rvdo. P. Federico Lombardi, S. I., director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede y que, por lo menos, han sido difundidas por medios de prensa  hispanoamericanos. Por ejemplo, AICA de los obispos argentinos y la peruana ACI Prensa.

El padre Lombardi admitió "que España es el país al que Benedicto XVI fue con más frecuencia" pero explicó que la Iglesia en España facilitó la venida del Santo Padre porque "tuvo la buena voluntad y la capacidad de organizar dos grandes acontecimientos de interés general de la Iglesia, que podrían haberse realizado en cualquier otro país".

     Para el sacerdote es "un exceso hablar de una predilección por España a partir de estos tres viajes porque dos fueron ocasiones de carácter general".

     "Quiero dejar en claro que el Papa quiere ver a toda la Iglesia, a todos los países", indicó y agregó que si algún español se siente privilegiado, se trata de un dato "subjetivo" porque "el Papa quiere ver a todos y hacerse presente dándole su contribución a toda la Iglesia en el mundo".
     "Lo que tenemos son circunstancias que se presentan y facilitan su presencia", agregó.
Este cura Lombardi debe ser un filo-lefebvriano...


Ahora bien, lo que más nos llama la atención, no es tanto el mesianismo de nuestro portal amigo, sino algunas frases que se le escaparon al Cardenal Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, su eminencia Antonio María Rouco Varela:
«los sentimientos de veneración y nobleza propias de un pueblo de bimilenaria tradición cristiana la sociedad española, sus autoridades, extraordinariamente generosas ... la inmensa mayoría de los españoles: ¡el pueblo de España!» 
«cuya principal seña de identidad histórica, ¡de su cultura y modo de ser!, es la profesión de la fe cristiana de sus hijas e hijos en la comunión de la Iglesia Católica»
Si éste es el sentir de toda nuestra C. E. E., nos tememos que nuestros señores obispos viven en estado de coma...

martes, 23 de agosto de 2011

Perplejos

Varios de nuestros más conspicuos conspiradores lectores, nos solicitan una lectura sobre la JMJ. Pensamos que no es demasiado pertinente al hilo de los documentos que hemos venido insertando o de los diversos comentarios que se han vertido sobre el particular, ya en éste como en otros blogs. Pero, para contentar a unos y otros, ahí va.


Comenzaremos por el final. Nos asaltan serias dudas sobre si entonar un Te Deum porque el acontecimiento haya concluido, o un compungido Miserere. Viendo como ha terminado el evento, optamos por éste último. 

Porque el final de la JMJ es muy representativo del problema de fondo estos eventos. ¿Qué final es ése? Pues el festival representado por toda la cosa neocatecumenal. Con unos obispos escuchando impertérritos y sin sonrojarse como Kiko Argüello confiesa públicamente que Dios le manda enviar misioneros a China; cómo Kiko aparece como un profeta inspirado de los últimos tiempos dando las orientaciones pertinentes a las autoridades eclesiásticas. Incluso a algún tradi redimido (¿le recuerdan acompañando a don Castro Mayer en las consagraciones episcopales de 1988?), con un semblante de satisfacción escuchando las barbaridades habituales proferidas por Kiko Argüello en este tipo de encuentros: http://www.youtube.com/watch?v=Woo5PK_I2m8 (minuto 30.29). 

¿Habremos de mostrar pública adhesión a las revelaciones de Kiko Argüello del mismo modo para que el control de calidad eclesiástico nos homologue como fieles católicos? De vergüenza ajena. Pero no demos más cancha al grupo cuasi-sectario neocatecumenal.

Y vamos hacia una valoración de la JMJ. 

Hay dos modos de afrontarla. Uno de ellos es abstraer los diversos elementos de la JMJ y hacer una especie de catálogo de situaciones y entrar a valorarlas. Hemos visto algunas imágenes realmente sorprendentes: ñoñerías, compra de licores para botellones místicos, algunos jóvenes en actitudes lúbricas, etc. Sin duda que nos llaman la atención, pero para el que esto escribe, tal no es el problema de la JMJ. 

En la Vigilia del sábado por la noche, la cadena de televisión que retransmitía tal acto, hablaba de la “lluvia del Espíritu”, y el “viento del Espíritu”. Si seguimos con la interpretación sobrenaturalista de los fenómenos meteorológicos, habría que apuntar algo sobre los desperfectos que impidieron hacer un reparto masivo de la comunión como en JMJs anteriores. Pero esto, no; fue un simple accidente.

El problema es el planteamiento de fondo de la JMJ: ¿Se trata de una operación de márketing? Más concretamente: ¿Se quiere dar, por parte de la Conferencia Episcopal, una imagen de la Iglesia, como pujante, joven y sin problemas? 

Intentemos responder a esto: si la respuesta es “sí”, estamos ante una situación grave, pues ello querría decir que los jerarcas de la Iglesia española son conscientes del erial crítico en que se mueve el catolicismo español, no únicamente en sentido numérico, sino en sentido cualitativo, en donde los contenidos de la fe católica son obviados o puestos en duda por parte de los escasos fieles que acuden a las parroquias los domingos. En esta situación, se trataría de dar una “imagen” que permitiese seguir manteniendo un cierto “status” sociopolítico, tratando de dar una impresión de capacidad de presión social y política. Sería grave. 

Pero más grave sería que la respuesta a la pregunta planteada sea “no”. En caso de que no sea una operación de marketing, nos encontraríamos con que realmente los obispos españoles (y por extensión europeos) no son conscientes de la situación real de la Iglesia, en los términos a los que nos hemos referido unas líneas antes. Situación más grave pues posterga sine die la necesidad de “meter el bisturí” en la situación eclesial actual, y en donde estos baños de masas les siguen obnuvilando como si se tratara de una especie de “opio episcopal”, que les abstrae de la gravísima situación real del día a día de la Iglesia.

En el encuentro con Kiko Argüello se dice que hubo doscientos cincuenta mil participantes; si la participación en la JMJ fue de un millón y medio, nos situamos en el aproximado veinte por ciento de participación neocatecumental en la jornada. Lo que nos indica hacia dónde vamos: se renuncia a ver los problemas reales de la Iglesia, en una situación de crisis extrema, y los obispos se entregan de manera complaciente y sin problemas al discurso delirante de don Argüello. 

Para preocuparse.

lunes, 22 de agosto de 2011

El «éxito» de las JMJ.


Desde la mentalidad barroca se intenta enfatizar que la Iglesia es una sociedad visible, tan exterior como España, Francia e Italia. Se desea que lo sobrenatural sea lo más visible posible. Y se reduce lo mistérico a ideas claras y distintas.

El precio de esta mentalidad es hacer de la Iglesia una comunidad humana, tal vez demasiado humana. Para una mentalidad barroca, las JMJ serían un éxito superlativo. Ni los indignados, ni los frikis, ni el calor, ni los excesos de los jóvenes, podrían empañar semejante apoteosis de la cantidad. Los números cantan, dos millones son abrumadores, por más que las formas externas no sean las del siglo XVII.

Lo más importante de la Iglesia, sin embargo, es la presencia de Cristo, que llama hacia él a sus miembros, que participan de la gracia. Ese don divino, corazón íntimo, Misterio, que se manifiesta a través de los sacramentos y de la estructura exterior. Desde esta perspectiva, el éxito en convocar multitudes tiene un valor instrumental: se subordina a la acción de la gracia.

¿De qué nos alegramos? Sobre todo, del bien sobrenatural que tiene primacía, pues hay más gozo “…por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse” (Lc. XV, 7). Además, en general, por todos los bienes implicados en las intenciones de Terzio, en la medida en que se hayan logrado.

¿No hay nada criticable de las JMJ? Claro que sí. No tenemos por qué negar la realidad. En entradas sucesivas, Deo volente, volveremos sobre el tema. 

domingo, 21 de agosto de 2011

Sentido del humor



No cabe duda de que la vida moderna con sus prisas y agobios no favorece a desarrollar el sentido del humor. El buen humor parece más propio de otras épocas más tranquilas donde florecían el género de las zarzuelas o las comedias teatrales. Este tiempo nuestro es más proclive al estrés, a las ansiedades, a los nervios rotos, y estas disposicio­nes de ánimo no son compatibles con esa paz inte­rior de donde brota el buen humor. Sin sentido del humor la vida desemboca en tragedia
Los grandes problemas, a veces, deben ser resueltos con una sonrisa. El buen humor es la panacea para muchos males propios de la convivencia. Reírse a tiempo de una pequeña contradicción es haber dado con la mejor solución para superarla. La risa impide que magnifiquemos los hechos adversos y les demos más importancia de la que en realidad tienen
Una buena pedagogía debería enseñarnos a no tomar muy en serio muchas de nuestras acciones. La mayoría de las cosas tienen la importancia que nosotros queramos darles, y con frecuencia les damos una entidad superior a la suya. Es un princi­pio de sabiduría saber aquilatar la realidad en su medida justa, darle el valor debido. De esta forma, no habrá sorpresas que nos decepcionen, no estare­mos fracasando constantemente. Es verdad que el sentido del humor en parte nos viene dado por nuestro temperamento, pero depende de nuestra decisión temporal el que sepamos convertirlo en un elemento primordial a la hora de interpretar la vida.
 No es fácil adoptar esta postura, porque un requisito sine qua non para que crezca el buen humor es la paz interior, y este tipo de paz es difícil de adquirir porque depende de la posesión de valores espiritua­les, para cuya obtención se necesita del factor tiem­po. Siempre tropezamos con los valores morales, porque son en ellos donde a fin de cuentas se resuelve la vida humana. No hay otras recetas para hacer de la convivencia fuente de felicidad. El buen humor es una consecuencia y no puede darse sin la causa de donde procede. Y esta causa es -como hemos dicho- la paz interior.

sábado, 20 de agosto de 2011

Espiritualidad laical: la intimidad divina en el deber de estado


Continuamos con con la publicación de textos de Sertillanges. 

Siendo un culto, el deber de estado nos pone en contacto con el ser a quien de ese modo adoramos con nuestra actividad y a quien servimos, por así decirlo, por medio de un poder: el poder de nuestras obras. El Sacerdote palpa a Dios con sus manos, y podemos decir que, sacramentalmente, lo crea. Pues bien, el fiel se «hace uno» con el Sacerdote, es decir, se une a Dios, al Sacerdote y a la comunidad cristiana. Y en consecuencia, el que trabaja allá lejos —sea hombre o mujer— en casa o en el campo, en la fábrica o en el despacho, está siempre unido a ellos y a Dios desde el momento que supo orientar y dirigir su trabajo hasta convertirlo en un rito.
No irán al cielo únicamente aquellos que pasaron su vida tendiendo escaleras para subir por ellas. El Sacerdocio es grande; pero todo viviente puede participar de él con tal que lo quiera; precisamente no fué a los clérigos a quienes fueron dirigidas estas magníficas palabras: «Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para pregonar el poder del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.»
Nuestro Dios se vale del espíritu de nuestra vida para atraernos hacia El; a través del modo y ocupaciones de nuestra vida El viene a nosotros con el fin de realizar con nosotros todo aquello que hemos de realizar, en conformidad con su providencia. Su cielo se halla tan cerca del Altar como de la pala, del yunque o de la rueda de un molino. Lo que aproxima es el amor. De la misma manera que el horizonte está equidistante de cualquier punto de la tierra, cada instante de trabajo o de oración puede estar en la misma relación que todo lo demás respecto de lo eterno.
Lo que primeramente es necesario para que se establezca y se haga más íntimo nuestro contacto con Dios en el trabajo es que sintamos la presencia de Dios. Presencia significa aquí pensamiento; si no pienso en Dios, lo alejo, y aunque El siempre esté conmigo, yo no estaré con El. Es preciso además que nuestra voluntad se adhiera a la suya, y esto de dos modos: negativamente, no admitiendo nada que sea malo; positivamente, aceptando nuestro destino, nuestro obrar presente y nuestro porvenir que señalará nuestra fidelidad y nuestra confianza.
El trabajo exige de nosotros un acto de fe, un acto de sumisión filial, un acto de adoración, un acto de amor, Tarea pequeña —puesto que siempre lo es— pero sublimada por un gran corazón; tarea insignificante, pero ejecutada con el sentimiento de que, para nosotros, nada en el mundo la iguala. Tal es el deber de estado, ya e por él se cumple el deseo que Cristo nos convida a expresar con El: «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo Bien examinadas las cosas, solamente una situación me conviene: la mía. Y después de ponderar todas las circunstancias a la luz de la eternidad, comprendo que, en este momento, solamente una acción coopera a mi salvación y a la gloria de Dios en su universo: la que yo realizo. Si así no fuera, ni sería posible realizarla. Pero desde el momento en que se la hace con recta intención o como necesaria, es buena. Su valor viene a ser en cierto modo, infinito, puesto que en ese instante en que se hace representa al «querer» infinito. Todo aquello que intentase usurpar el lugar de este querer infinito, sería un enemigo, constituiría una interposición entre Dios y yo; y no tengo por qué lamentarme de que sea un enemigo, aunque éste sea lo que sea: una hazaña moral, una conquista del apostolado, un heroísmo, o un martirio, teniendo con ello siempre la seguridad de haber hecho o de hacer aún así lo que era preciso.
¡Oh, qué bueno es sentirse de esta manera en la mano de Dios, unido a su corazón y colaborando en su obra inmensa y oculta! Es más, la pequeñez de la tarea engendra una dulzura especial! ¡Ved, Dios mío, cómo levanto una paja por amor vuestro! Sé muy bien, que algún día la veré brillar transfigurada en el Templo invisible. Efectivamente; también vuestro universo está hecho de briznas, vuestro océano de gotas y todos los Niágara de hilillos de agua. La grandeza está hecha con orden. El verdadero precio del universo es su caminar a la perfección. Yo también, Señor, por vuestra gracia camino a la perfección, y en consecuencia, también yo, si os amo, si os obedezco, voy según ese orden.
¡Gloria al trabajo por el cual Dios está con nosotros y nosotros con Dios! ¡Gloria a los pequeños sucesos, que nosotros provocamos o a los que nos adaptamos, si es que están orientados a su verdadero fin, si es que nos lanzan a la corriente de la Providencia para que en ella nademos sin desviarnos, sin prisas, sin presunción, sin violencia, sin impaciencia, y sin temor, como si fuéramos un ola más!
Nuestra vida tiene un fin; pero también cada uno de sus actos tiene el suyo: unirnos a Aquel que está ya presente en el tiempo con toda la magnificencia y alegría de su eternidad, unirnos a Aquel que ya es nuestro.