lunes, 7 de octubre de 2013

El error doctrinal del papa Juan XXII

Juan XXII fue el más importante de los papas de Aviñón. Su biografía ofrece luces y sombras. Una de las sombras de su pontificado, de la que poco se habla por efecto de la papolatría, es el error doctrinal de este papa. Las interpretaciones teológicas que han trabajado sobre las fuentes, permiten arribar a dos conclusiones seguras: primera, el error fue una "herejía material", no formal, por falta de una definición dogmática y ausencia de pertinacia; segunda, el Papa no tuvo intención de obligar a un asentimiento respecto de su opinión.
Veamos el análisis de dos autores contemporáneos:
 “Este papa [Juan XXII] había pronunciado, en 1331 y 1332, tres sermones para los cardenales de la curia. En ellos había sostenido que las almas de los difuntos, incluso las muertas en gracia, quedaban todas en espera de entrar en el cielo hasta la segunda venida de Cristo, confortadas solamente con la visión de la humanidad santísima de Cristo. Esas almas estarían, en cierta manera, colocadas debajo del altar (cf. Ap. 6,9), como queriendo decir que estaban en expectativa, como en una especie de limbo de los justos. En 1333 llegó incluso a publicar un opúsculo defendiendo estas tesis. Esto produjo una gran inquietud en los cardenales, que se reunieron con el papa varias veces. Entonces el papa declaró que aquella opinión suya la había dicho como autor privado. Además, poco antes de morir rectificó los puntos de vista.” (Ilanes, J. Historia de la teología.  P. 99).
 “..A finales del año 1331 y comienzos de 1332 tuvo tres homilías en las que afirmó que las almas de los santos, antes del juicio final, están en el cielo y contemplan la Humanidad de Cristo, pero no ven la esencia divina; los condenados no irán al infierno hasta que los bienaventurados entren en posesión de la vida eterna (es decir, después de la resurrección y el juicio final); mientras tanto están en este aire tenebroso donde también están los mismos demonios, los cuales precisamente porque no están todavía en el infierno, sino en este aire tenebroso, pueden tentarnos. Sin duda, Juan XXII no pretendía en aquellas homilías hablar autoritativamente (mucho menos, definitoriamente); él mismo, que llamaba a su doctrina «opinión», decía al final de la homilía segunda: «Por tanto, no veo todavía que las almas vean la divinidad hasta después del juicio, pero digo con Agustín que si me engaño, aquel que sabe más, me corrija. A mí no me parece otra cosa, a no ser que se adujera una definición de la Iglesia en sentido contrario o una autoridad de la Sagrada Escritura, las cuales dijeran esto más claro que lo dicen los testimonios arriba indicados». Por esto, no es extraño que el mismo Sumo Pontífice mandara a los teólogos investigar sobre esta cuestión; a este fin, convocó a obispos, teólogos y otros, y en el consistorio de 28 de diciembre de 1333 les manifestó que quería «que sobre la cuestión arriba indicada deliberasen atentamente y le manifestasen qué les parecía según los testimonios de la Sagrada Escritura». Añadió además: «Y si acaso en los sermones y pláticas ya dichos hubiera o pareciera haber algunas cosas opuestas a la Sagrada Escritura o a la fe ortodoxa, decimos y afirmamos que tales cosas han sido proferidas por Nos inintencionadamente, y las revocamos expresamente, no teniendo intención de adherirnos a ellas ni de defenderlas en el presente ni tampoco en el futuro».
c) Juan XXII murió el 4 de diciembre de 1334. El día antes de su muerte hizo leer, delante del Sacro Colegio Cardenalicio, una declaración que tenía propósito de publicar en forma de bula, por la cual revocaba la posición expresada en las homilías.
2. La solución definitiva por el magisterio eclesiástico.
a) En realidad, la solución, que iba a ser definitiva, se encuentra ya en la bula preparada por Juan XXII, y que su sucesor Benedicto XII hizo publicar: «Confesamos, pues, y creemos que las almas purificadas, separadas de los cuerpos, están en el cielo, en el reino de los cielos y paraíso y reunidas con Cristo en el consorcio de los ángeles, y ven a Dios por ley común, y la esencia divina cara a cara en cuanto lo padece el estado y condición de alma separada».
b) La doctrina fue definida solemnemente en la constitución Benedictus Deus, del papa Benedicto XII.” (Pozo, C. Teología del más allá. Pp. 224-226).
Repare el lector en la clase de documentos que contenían el error: sermones a los cardenales de la Curia y un opúsculo. Los primeros, en apariencia, podrían considerarse actos pontificios de naturaleza magisterial, pero ello no es posible habida cuenta de la ausencia manifiesta de voluntad de imponer una enseñanza de modo vinculante. El opúsculo, en cambio, encuadra más claramente en la categoría de las opiniones de un papa como doctor privado o persona particular.
La Historia es maestra de la vida. Las lecciones del pasado de la Iglesia debieran servir para iluminar nuestro presente. Dios nos conceda esa gracia en tiempos tan turbulentos.


11 comentarios:

Falcon verde dijo...

Un análisis de Panorama que completa esta entrada.

http://panoramacatolico.info/articulo/lo-que-hay-que-agradecer-a-francisco

Gracias este post.

Edgar Estigarribia dijo...

¿Ustedes me quieren hacer creer que en esa época también había filo-lefebvrianos? No lo creo.

Anónimo dijo...

PEDRO HISPANO pregunta: ¿Dónde dice "pertinacia" no debería decir Contumacia?

Anónimo dijo...

PEDRO HISPANO: tal vez sí. Como el CIC actual habla de pertinaz, mantuvieron el término.

Anónimo dijo...

Ni punto de comparación con bergoglio que disfruta mofándose de la iglesia.

Anónimo dijo...

Edgar sos un reverendo idiota.

Miles Dei dijo...

Lo más interesante de este error es que se debe a la concepción política del Papa. Es un asunto que se ha estudiado bien.

Panoramico dijo...

"Juan XXII, que con tanta decisión y audacia se metía en la política internacional, demostraba la misma resolución y aun temeridad cuando intervenía en calidad de teólogo particular –élque probablemente no había estudiado teología- en las disputas sobre cuestiones dogmáticas.

“Aficionado a predicar desde el púlpito a pesar de su ancianidad, pronunció un sermón en Notre-Dame des Doms en la fiesta de Todos los Santos de 1331, sosteniendo una opinión extraña, que hoy sería herejía, pero que en aquel tiempo no había sido aun definida como dogma de fe, y sobre la cual algunos teólogos se permitían disputar. Defendió, pues, en el sermón, y después lo corroboró en otros del 15 de diciembre y del 5 de enero siguiente, que las almas de los justos, aun después de su perfecta purificación en el purgatorio, no gozan inmediatamente de la visón beatífica de Dios: están, sí, en el cielo reposando subtus altare (Ap 6,9), gozando de la protección y consuelo de la humanidad de Cristo: pero sólo después de juicio final, unidas al cuerpo, serán elevadas por Jesucristo a la visón de la divinidad. Parejamente llegó a decir que tampoco los condenados, y ni siquiera los demonios, serán encerrados en el infierno hasta después del juicio final, permaneciendo entre tanto en una atmósfera de tinieblas de donde puede salir para tentarnos.

"Semejantes opiniones suscitaron protestas, alborotos y escándalos. El dominico inglés, profesor de Oxford, Tomás Waleys lanzó una virulenta y a ratos sarcástica invectiva, pidiendo a Dios la excomunión contra el papa que tales doctrinas enseñaba.

"Más moderadamente escribieron otros teólogos, como Durando del Saint Pourcain, obispo de Meaux; Nicolás de Lira y, sobre todo, el sabio cardenal Jacobo Fournier, futuro Benedicto XII, en su tratado De statu animarum ante general iudicium. A pedido del rey Felipe VI, un tribunal de teólogos parisienses condenó al ministro general de los franciscanos, Greraro Odón, que compartía las ideas de su amigo Juan XXII. Al rey, que le comunicó esta sentencia, resondió el papa (18 de noviembre de 1333) que en esta cuestión no había pretendido definir nada, sino sencillamente exponer algunos textos de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres a fin de que de la discusión brotase la verdad clara. Y en seguida nombró una comisión que examinase teológicamente el problema. En el consistorio del 3 de enero de 1334 repitió que su intención no había sido decidir doctrinalmente: que estaba dispuesto a escuchar a cualquiera –aunque fuese una mujer o un niño- que le corrigiese y a retractar su opinión, si le probaban que era falsa. (…)

"Poco antes de expirar, rodeado de sus cardenales, el viejo papa retracto su antigua opinión con esta palabras: “Confesamos y creemos que las almas separadas de sus cuerpos y plenamente purificadas están en el cielo, en el reino de los cielos, en el paraíso y con Jesucristo, en compañía de los ángeles, y que, según la ley común, ellas ven a Dios y la esencia divina cara a cara y claramente, in quantum status et conditio compatitur animae separatae”.

Lorca – Villoslada Montalban, Historia de la Iglesia Católica, Tomo III, págs. 89-90. BAC

http://panoramacatolico.info/articulo/el-ejemplo-del-papa-juan-xxii

Friki sum dijo...

Redacción
Si no hay definición dogmática, ¿cómo puede haber “herejía material”? Habrá error contra la Fe, pero no hay norma de obligatoriedad, no puede haber “herejía material”.

Redacción dijo...

Friki:
Sincrónicamente, no se puede hablar de herejía material, por lo que debimos poner comillas a la expresión.
Pero diacrónicamente sí puede hablarse de "herejía material". De "herejía", porque la definición existe, aunque definió el sucesor de Juan XXII. Y "material", porque Juan XXII siempre se manifestó dispuesto ser corregido incluso por un niño.

Fernando Téllez dijo...

Leyendo todo ésto, no sé cómo conciliares o lefebvrianos (tanto da, pertenecen los dos a la misma falsa iglesia) son capaces de volver a poner sobre el tapete toda esta basura putrefacta.

Basura hedionda compuesta de evidentes falsificaciones, de textos espúreos fabricados desde el mismo principio para minar la autoridad pontificia y sobre todo su infalibilidad, y que a pesar de haber sido ya denunciados en su época, refutados por los contemporáneos, desmentidos por los mismos calumniados, y vueltos a aniquilar por muchos autores en los últimos siglos.

¡Y vemos a esos autoproclamados grandes doctores yendo al cubo de la basura de la historia, para extraer esa M…y volvérnosla a servir como si nada!

Como nunca antes, digo que ustedes no son católicos, son verdaderos y públicos herejes, y que no merecen siquiera el mínimo aprecio como personas humanas, cuando son capaces de enseñar la herejía sirviéndose de esas calumnias mil veces refutadas.

¡Que no me asocien con esa gente perversa, no tengo nada que ver con ella!