lunes, 12 de septiembre de 2011

El futuro de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X


¿Qué podría surgir del próximo encuentro del 14 de septiembre entre el cardenal Levada y el obispo Fellay? Sin ánimo de hacer profecías,  nos parece posible esbozar un escenario como el siguiente:

I.  En el plano doctrinal.

1. Una declaración unilateral del Papa o de la Congregación para la Doctrina de la Fe que:

1.1. Precise algunos puntos doctrinales del Vaticano II, a modo de interpretación auténtica, como hizo la declaración Dominus Iesus.

1.2. Repruebe interpretaciones erróneas del Vaticano II, de manera semejante a la carta del Santo Oficio Cum oecumenicum Concilium.

1.3. Condene de manera directa, o indirecta, algunas de las tesis doctrinales de la FSSPX, como ya se hizo en la declaración Libertatis Nuntius.

2. Una declaración bilateral por la que ambas partes expresen su acuerdo sobre algunos temas, lo que puede ser suficiente para una regularización canónica inmediata, o bien una base para nuevas conversaciones en orden a una regularización futura.

3. Ningún acto magisterial nuevo; sólo una remisión a los documentos anteriores.

II. En el plano práctico.

1. Regularización plena de toda la FSSPX. Podría surgir de un acto unilateral de la Santa Sede, aceptado de hecho por la Fraternidad, o por un acuerdo bilateral.

2. No hay regularización canónica. La situación de la FSSPX:

2.1. Mejora, no obstante, porque de modo unilateral de la Santa Sede procura dar mayor seguridad a los fieles allegados a la Fraternidad, sobre todo en cuestiones relacionadas con la recepción de algunos sacramentos.

2.2. Empeora, por la aplicación de nuevas sanciones.

2.3. Permanece sin cambios.

3. División de la FSSPX: una parte importante se regulariza en un ordinariato, u otra figura semejante; otra parte se mantiene sin reconocimiento jurídico, en situaciones como las previstas en 2.

4. Se crea un Ordinariato (o varias estructuras canónicas de índole personal) para todos los institutos dependientes de Ecclesia Dei. Además, una parte de la FSSPX se integra en el nuevo ordinariato, y el resto permanece en situaciones como las señaladas en 2.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Bitácora en mantenimiento


Estimados lectores:

Nuestra bitácora estará en reparaciones por unos días. Los comentarios quedarán en moderación.  Dios mediante, podremos encontrarnos el próximo lunes.

Redacción.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Infodigital


Un nuevo episodio del paroxismo clerical en la red. Como una iracunda pelea de gallos, Religión digital e Infocatólica, con sus respectivos directores, se lanzan a la arena del corral clerical y sacristanesco, para solaz y espectáculo de todos. Recomendamos buena butaca y comenzar las apuestas.
Un embate apocalíptico según los auspicios de Pérez Bustamante, siguiendo su tónica habitual. Sólo le falta la piel de camello, y comer langostas. Este circo digital, sin embargo, pueden ayudarnos a sacar a la luz, la naturaleza profunda de estos proyectos internáuticos, y su sorprendente coincidencia de planteamiento si conseguimos superar el velo de las apariencias. Parece que José Manuel Vidal, director de religión en libertad, recoge el anhelo de José Antonio Pagola, en que se pide una intervención episcopal para desautorizar las habituales soflamas de infocatólica contra determinados personajes de la farándula clerical. Algo que no podía quedar en modo alguno sin contestación por parte de Pérez Bustamante, que pertrechado con las armas de la luz, e indignado con una ira santa, se alza cual ave fénix sobre sus cenizas para castigar a quienes han osado poner en entredicho lo que él considera instrumento de los designios divinos, el portal infocatólico.
Me recuerda a esos niños que ante sus maestros se pasan el día acusándose mutuamente ante sus maestros, que finalmente no les hacen ni caso.
A ver si crecemos un poco, y nos dedicamos a cosas más serias.
Es bien sabido que Religión Digital es pura basura anticlerical –y no basura eclesial como le gusta decir al director de Infocatólica- asimilable a cualquier entidad de las que batallan diariamente contra la Iglesia, o que convocan manifestaciones ateas. Con señeros ejemplos de curas modernistas –recordamos que un cura modernista es un cura ateo- y “laicos comprometedores” cuyo coeficiente intelectual se encuentra entre los más bajos del planeta.  Todo ello es perfectamente sabido. Es esa caterva de almas selectas que saludaron el Concilio como una explosión atómica, que debía purificar los restos de mentalidad “preconciliar”, cauterizando toda reminiscencia “medieval” y “oscurantista”. Una caterva que, recordémoslo bien, ostentó puestos, títulos y honores en la “primitiva” Iglesia postconciliar, pero que tras acostumbrarse a las nuevas poltronas que se habían forjado, decidieron moderar su lenguaje y desautorizar a sus antiguos compañeros de armas, los cuales se convertían en peligros para la estabilidad de sus mullidos sillones.  La diferencia entre la línea “oficial” y la “ultraprogresista” sería la diferencia entre los que consiguieron su “sillón”-mitra, cátedra o prebenda eclesiástica- y los que no la consiguieron. Es la historia de las mezquindades humanas.  Es un hastío indescriptible el que nos produce el tener que leer, semana tras semana, al director de Infocatólica pidiendo dimisiones, con la ausencia casi completa de cualquier discurso conceptual definido. Aún cuando, siguiendo los deseos de Bustamante, mañana secularizasen a la Forcades, Alessio, Pagola o al sursum corda, nada iba a cambiar. A la semana siguiente tendrían en el candelero a otros tantos, focalizando la atención y fobias del respetable. ¿Por qué no cambiaría nada? Sencilla respuesta: los consejos de presbiterio, escuelas de Teología, consejos parroquiales y grupos de laicos comprometidos están dominados ideológicamente por planteamientos idénticos a los que podemos ver en portales como Religión digital u otros. Y a esos obispos no les molesta en absoluto, siempre y cuando que no les muevan la silla. Entonces sí, alertarían del peligro, la falta de comunión eclesial y el discurso al que nos tienen acostumbrados. En caso contrario, tienen el campo abierto para campar a sus respetos, como Pedro por su casa. Desde centros teológicos, escuelas de teología, consejos de presbiterio, consejos parroquiales se puede despotricar contra el Papa, la liturgia tradicional, la concepción católica del matrimonio, la familia, la sociedad, el estado y las carreras de caballos. Pero del Sr. Obispo, ni “mu”. Ese es el precio y límite de la deuda que tienen que pagar.
Por eso, la única alternativa es la restauración católica, que es obra, en efecto, de la Fe, pero también de la razón. Y “restauración” es la palabra clave: la teología y filosofía de Santo Tomás de Aquino, la concepción litúrgica católica, la mística, ascética y espiritualidad católicas no se recuperan con las peticiones dimisionarias de Bustamante, que cooperan a hacer el trabajo sucio de los obispos, que por otra parte, mantienen en todas sus estructuras pastorales los frutos derivados de esos “ideólogos” que Infocatólica pretende supuestamente combatir.  

martes, 6 de septiembre de 2011

El miedo al Ordinariato



En 1989, desde la revista Concilium, el dominico Geffré, manifestaba sus reservas sobre las condiciones para la regularización canónica de las comunidades tradicionalistas vinculadas al Arzobispo Lefebvre. La parte principal del artículo de Geffré se concentraba en lo que, a juicio del autor, eran inaceptables concesiones doctrinales y disciplinarias de parte de la Santa Sede. He aquí las ideas centrales del artículo:

1. A la vista de los millones de católicos que viven serenamente de la herencia del Vaticano II, sorprende la importancia concedida a un puñado de integristas que se confunden de siglo. Que el Protocolo de acuerdo firmado por el cardenal Ratzinger el 5 de mayo de 1988 haya sido texto de referencia para la reintegración de los tradicionalistas resulta perturbador. Porque en el n. 2 del protocolo sólo se pide una aceptación explícita al núm. 25 de la constitución dogmática Lumen gentium, sobre la obediencia debida al magisterio eclesiástico. Acaso las demás enseñanzas fundamentales de la Lumen gentium y de los restantes textos sobre la Iglesia en el mundo, el ecumenismo, la libertad religiosa, ¿forman parte de esos «puntos enseñados por el Vaticano II o referentes a las reformas posteriores de la liturgia y del derecho, y que parecen difícilmente conciliables con la tradición» (núm. 3 de la misma declaración doctrinal)?
2. Hay hechos desconcertantes. Primero, las declaraciones de Dom Gérard Calvet, prior del monasterio benedictino de Santa Magdalena de Barroux (situado cerca de Avíñón, en Francia), que  explica en una entrevista que lo que su comunidad venía pidiendo desde 1983 —la misa de san Pío V, el catecismo, los sacramentos, todo de acuerdo con la tradición secular de la Iglesia— «se otorgaba sin contrapartida doctrinal, sin concesión ni renuncia». Merece la pena citar íntegramente las dos condiciones puestas por el prior de Barroux para la firma de dicho acuerdo: 1ª. «Que este hecho no signifique descrédito para la persona de Mons. Lefebvre. Esto se dijo varias veces durante nuestra conversación con el cardenal Mayer, el cual consintió en ello. Por lo demás, este estatuto se nos ha otorgado gracias a la tenacidad de Mons. Lefebvre...», y 2ª. «Que no se exija de nosotros ninguna contrapartida doctrinal ni litúrgica y que no se imponga ningún silencio a nuestra predicación antimodernista». Segundo, la Fraternidad San Pedro, fundada el 18 de julio de 1988 en la abadía cisterciense de Hauterive (cantón de Friburgo, Suiza). ¿Y cómo no sentir cierto malestar al descubrir que el nuevo superior general de la Fraternidad San Pedro es precisamente Joseph Bisig, asistente durante seis años del superior general de la Fraternidad San Pío X, y antiguo superior durante siete años del seminario integrista de Zeizkofen (Alemania)? ¿Habrá que entender que, en la Iglesia católica de 1989, conviene no sólo tolerar, sino alentar una «espiritualidad tradicional» que se distancia abiertamente del espíritu del Concilio y del espíritu de Asís? Tercero, la creación, por decreto fechado el 28 de octubre, de la Fraternidad San Vicente Ferrer como instituto de vida consagrada de derecho pontificio, sometido a la autoridad de la Santa Sede por medio de la comisión «Ecclesia Dei». Se trata, en realidad, de nueve «dominicos» integristas de Chéméré-le-Roi, en Mayenne (Francia), que habían usurpado el nombre, las constituciones, la liturgia y el hábito de la Orden, pero que terminaron rompiendo con Mons. Lefebvre ya antes del cisma. El decreto no les concede la denominación de «Frailes Predicadores», pero prevé la vida regular a ejemplo del uso en vigor entre los hijos de santo Domingo, así como el uso de la liturgia dominicana, según los libros anteriores a 1962 y del hábito dominicano. ¿Cómo se concede a un grupo ajeno a la Orden el uso de las antiguas constituciones y de la liturgia dominicana anterior a la reforma litúrgica de 1962 y, por tanto, totalmente desconectadas de la tradición viva de la Orden?
3. Los hechos hablan por sí mismos. Cabe preguntar si el actual interés del Vaticano en no dejarse desbordar por los tradicionalistas no se opone exactamente al interés del Vaticano II, que quería permanecer a la escucha del mundo y conectar con las legítimas aspiraciones del hombre moderno. So pretexto de dar satisfacción a los eternos nostálgicos del preconcilio, se corre el riesgo de desalentar a una muchedumbre de fieles que siguen viviendo el acontecimiento del Concilio Vaticano II como acontecimiento de gracia para la Iglesia y para el mundo.

No es raro que los progresistas repitan hoy los mismos tópicos que en el pasado. Lo que nos preguntamos es qué dirían los necons si se llegara a una regularización canónica de la HSSPX, con un acuerdo doctrinal de contenido semejante al de 1989, pero ahora acompañado de las amplias libertades de acción que ofrece la figura  del  Ordinariato personal.

P.S. Nuestros vecinos infocatólicos, al decir de don Latino de Híspalis, cada día se ponen más "estupendos". Su director nos obsequia hoy con un episodio más de su auto-exaltación psico-biográfica, a cuyo lado el Cid campeador es una hermanita de la caridad. Menos mal que sólo tiene un blog. Y menos mal que sólo se dedica a exigir dimisiones acompañadas con citas ad hoc de la Sagrada Escritura, con un sobrecogedor desierto de ideas. Dedica una entrada al tema de la reunión del 14 de septiembre don Miguel Vinuesa, al que habremos de agradecer que nos permita abrigar la sospecha de que anida en nosotros el don de la clarividencia- la capacidad de ver a través de cuerpos opacos- pues, leído el título de la entrada, nos vemos capaces de adivinar su contenido. En el de hoy nos encontramos un buen ejemplo de tópicos predecibles. Auguramos también que pase lo que pase en la reunión romana del 14 de septiembre,  a Infocatólica le parecerá fabuloso. Habla Vinuesa de la abierta acogida paternal del Papa a la Hermandad San Pío X. Hay que recordar que la Santa Sede se compone del Papa y quienes con él colaboran para el gobierno de la Iglesia. Paternalmente al cardenal Castrillón se le apartó y aceptó su dimisión de manera muy poco caballeresca, y al cardenal Ranjith se le mandó de un puntapié a Sri Lanka para mayor gloria del bertonismo curialesco. Si pretende Vinuesa hipostasiar a la cúpula de Bertone en la persona humana de Benedicto XVI, está en su derecho. Nosotros haremos, como es habitual, suspensión de juicio hasta que todos los hechos pueden articularse y por lo tanto ponerse en claro la actitud tanto de las autoridades romanas como las de la Hermandad San Pío X. Intentaremos estar atentos.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Las críticas a los movimientos (II): qué hacer.


Segunda entrega nuestro lector Ludovicus sobre las críticas a los movimientos. 

Sin ánimo de escribir una receta, arriesgo a vuelapluma algunos temperamentos. Buscan más que nada propiciar el debate para que la jerarquía tome cartas, de modo sistemático, en el asunto y no reaccione cual bombero ante el incendio. Lo que queda claro es que la inercia o la complacencia no es una opción. Tienen un costo humano y sobrenatural, como hemos explicado, que ninguna contabilidad resultadista podrá equiparar.

Si tuviéramos que cifrar la acción requerida en una palabra, diríamos “control”. Control teológico, control sobre todo de la praxis, control interdisciplinario (a la luz de la sociología y psicología) de las conductas, control económico. Y no sólo cuando salta la liebre. Y asociando al control a los Ordinarios.

1) Hay que relativizar los movimientos, en lo que tienen de coyunturales, en sus propias normas, costumbres y convicciones. El precio de apartarse de la tradición es jugar por libre, a nadie es lícito refrendar con la autoridad de la Iglesia una novedad. Ninguna congregación o movimiento surge como Atenea de la cabeza de Júpiter.   Toda organización humana, salvo la Iglesia que es de directa fundación divina,   no es más que un experimento, una tentativa falible de responder a la llamada de   Dios. Esta relativización es la base para poder corregir la organización, en lo   que tienen de heteroprácticas, de irracionales o de absurdas sus normas,   costumbres y convicciones. Al contrario, si se afirma que el Fundador ha   recibido del Espíritu Santo un combo completo y perfecto de reglas, es obvio que   cuestionar aspectos de la organización es cuestionar a Dios. Hay   mucho   repetidor mecánico de que “esto es obra indudable del Espíritu  Santo”.   Pues   todo lo que es bueno, en tanto bueno, es obra, en cierto modo, del Espíritu   Santo,   pero eso no autoriza a librar cheques en blanco a su cuenta o   convertirlo en   avalista de nuestras propias iniciativas e ideas personales.

Esto también implica revisar la barroca “teología del Fundador” y del “carisma   institucional”. Es decir, la idea, dicho bastamente,  de que Dios periódicamente   envía    nuevas revelaciones al mundo, cuyo vehículo o instrumento es un   iluminado que recibe   íntegra una visión y una misión que lo lleva a construir una   mini Iglesia, más Iglesia que la Iglesia, que no se puede corregir ni discutir so   pena de discutirle al Espíritu Santo. Caricaturizo pero no tanto. En estas   condiciones, claro que la crítica es una locura. La clave está, por un   lado, en   no matar la vitalidad de un movimiento en sus peculiaridades lícitas y   católicas, y por el otro, evitar que se desarrollen idiotismos y peculiaridades   sectarizantes o lo que es lo mismo, heteropraxis.
    
2) Reconocer la verdad de la heteropraxis, aislando las conductas. Una organización con tendencia sectaria tiende a esconder, reinterpretar, banalizar o desmentir las notas más  cuestionables. En el limite, el adepto dice que “no comprendes porque desconoces la organización”. Pues bien, hay que establecer claramente cuál sea la verdad de la organización en relación con conductas heteroprácticas. Hay que resistir la fácil afirmación: “no es así como dices” “es falso que ocurra tal cosa” “los rebotados y los resentidos mienten”. Puede haber calumnias, pero cuando las afirmaciones se reiteran, en diversos tiempos y espacios, una y otra vez, algo hay. Habrá que separar, cuidadosamente, hechos de interpretaciones. Dejar bien establecidos los hechos, y las interpretaciones benévolas para después. Para eso sirven y cómo, los ex.

La desviación interpretativa no necesariamente obedece a mala fe o simple   lavado de cerebro, sino a la reacción que genera la existencia de conductas   cuestionables o irracionales en toda   organización amada y valorada por sus   miembros, y al consecuente impulso de disimularlas. Es una reacción de   defensa   de la psiquis.  Para este reconocimiento, hace falta   un tercero ajeno a la   organización, que actúe como objetivador de las relaciones y las conductas. Y   obre todo, de las  “creencias internas”, que son invisibles al análisis de la   documentación pero se encuentran a buen resguardo en el disco rígido de todos   los miembros y  conforman, junto con el “buen espíritu” el núcleo vivo de   toda organización con heteropraxis. Volveremos sobre este tema en algún   artículo posterior.

Se cuidará sobre todo el lenguaje, evitando cuidadosamente el doble discurso, la   reserva o restricción mental, el maquiavelismo conceptual, la falta de amor a la   verdad, la manipulación, la contradicción y el absurdo y la doble vara de medir,   que son el humus del   sectarismo.

3) Autodetección. Al igual que enseñamos a las personas a prevenir ciertas enfermedades por medio del autoexamen, se debe instruir a los fieles a detectar las desviaciones de la correcta praxis católica o simplemente racional por medio de un entrenamiento sencillo. Bastará con enumerar los principales patrones de comportamiento sectario, que suelen ser constantes, y fomentar la sana actitud crítica a la luz de la razón iluminada por la fe. Sería de agradecer un documento o manual de algún dicasterio romano al respecto, al estilo del decálogo de Pete Vere sobre detección de tendencias sectarias o heteroprácticas. Se deberá calificar claramente qué medios son lícitos y qué medios son ilícitos, con prescindencia de la nobleza del fin procurado.
  El “buen espíritu”, que suele ser un prisma deformante que a veces usan los   miembros de una organización para asegurarse el control subjetivo y consolidar   las convicciones al margen de la letra escrita, debe   transformarse en   “espíritu objetivo” o “crítico”, no por ello menos “bueno”. La conformidad con   la “regula”, no sólo con la voluntad del superior, es la  garantía de la objetividad   y sanidad de la estructura.

4) Prohibición de documentación interna secreta. Publicación de todo lo que se lee en un movimiento. Y si no se puede publicar, pues que no circule tampoco. Pocas reglas, claras y objetivas. Acento en la ortopraxis respecto de la dirección espiritual, proselitismo, ingreso de menores, relacion con las familias de sangre, control de la intimidad y  egreso de los miembros.
¿Doctrina? La del Magisterio, sin perjuicio de la investigación teológica.
No se trata de reprimir la producción y creatividad intelectual de los integrantes   de la  organización, sino de limitar la “doctrina oficial” de la misma, para evitar   que se   transforme en un magisterio paralelo, con la fuerza presurizante del líder   y del movimiento, que desplaza de facto o reinterpreta al magisterio oficial.

5) Evitar los hechos consumados. Que ninguna organización ostente el marbete de    católica sin un control previo. Que toda regla vinculada con el control de conciencias, manejo de la intimidad, correspondencia, relaciones familiares, relaciones con los menores y en general todo lo que constituye peligro de parangón con el patrón sectario sea cuidadosamente examinada,  ex ante. Y si no se quiere pasar por este escrutinio, que se adopte sin más una regla universal, como se hace en Oriente.  Que no haya iniciativa litúrgica, conforme la regla vigente en la Sacrosanctum Concilium.  Que cualquier modificación de la pauta normal sea sometida en principio a Roma y sólo después adoptada. 

6) No a los Fundadores vitalicios. Revisión seria del rol del fundador, con miras a la “eutanasia” o “suicidio” de su personalidad en sus miembros. También al Fundador le cabe, máximamente, el mandato de negarse a sí mismo. El Fundador es el responsable del culto que recibe en la organización, con prescindencia de que lo quiera o no. Debe ser el principal enemigo de su dulía. Un buen Fundador debe aborrecer a los adoradores y a los clones, debe disminuir para que los miembros crezcan.

7) Instancias de apelación expedita a Roma por cuestiones internas, con vista a quien ejerza el control de la organización.

8) Todo lo anterior confluye en la necesidad de un control extrínseco y objetivo a la organización. Roma deberá gastar en Síndicos y Auditores. No otra cosa se exige a las empresas que hacen franchising de un producto. Aquí el producto es demasiado valioso para someterlo a controles de calidad posteriores, lentos y gravosos para quienes ya lo han consumido.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Espiritualidad laical: utilidad social del deber de estado


Continuamos con con la publicación de textos de Sertillanges. 

«Nuestras ocupaciones son limitadas, escribe Bossuet, pero la extensión de la caridad es infinita». Aquí se da uno cuenta del vuelo que toma; y cómo cuando se habla con lenguaje cristiano de la utilidad social, la afirmación pugna para no ser reducida a los límites del tiempo. Pero aun sin salimos de ellos podemos decir que el deber de estado de los ciudadanos constituye para un país el fondo inconmovible de sus esperanzas, y el motivo más fundado de sus temores si es que flaquea el amor a este deber.

No son los manejos políticos, ni la propaganda de la guerra o las órdenes del Congreso lo que fabrica la consistencia del Estado; si la tiene es por la modesta fidelidad de los humildes a sus trabajos, por la integridad vigilante de los funcionarios y gerentes de todas las clases, por la prudencia esforzada de los padres de familia, por sus hijos e hijas, y más que por todo —no hay que dudarlo— por la dignidad silenciosa de esas amas de casa, fuertes y sagaces. Esta es la defensa de un país. Lo demás, no es más que apariencia y adorno.

Tomado en general, el trabajo es para proporcionar nuevos órganos a la humanidad, nuevos medios de manifestación al espíritu y nuevos recursos a los fines de la creación; pero no se obtiene este efecto colectivo si no es por la perseverancia de cada uno en lo que ha de hacer y por toda clase de virtudes que para ello se requieren. ¿Sería todo esto una candidez? ¡Ay!, por desgracia las verdades de Perogrullo son precisamente entre todas, las más ignoradas, y en todo caso las que menos se aprecian y practican.

De ordinario nos quejamos de todo; los negocios públicos no van bien, sus ruedas chirrían, todo el mundo está descontento y protesta ruidosamente; se echa la culpa a las constituciones, a las mayorías o minorías, a las ocupaciones demasiado activas o demasiado abúlicas, al pueblo vecino y al continente lejano. Pero id al fondo y os daréis cuenta de que existe una disgregación de las energías morales y profesionales, un deseo inconsciente de hacerse arrastrar por la colectividad en lugar de seguir en su puesto entre aquellos que la toman sobre sí antes de exigir de ella provecho alguno.

Generalmente, se queja más el que menos hace. El buen trabajador, no tiene tiempo para ello y apenas si lo intenta alguna vez. El que está ligado estrechamente a su obra espera —y con mucha razón— sacar de ella lo que en sí contiene, aun en medio del común desorden que, por otra parte, se guarda bien de aumentarlo con su impaciencia. ¡Cada uno en su puesto! Esta es la divisa del orden, útil sobre todo en los períodos de turbación, como ocurre en el barco amenazado por la tempestad. Y en tiempo de calma la misma divisa asegura la marcha y evita los escollos; lo demás es todo charlatanería, pasión y agitación.

Y no se diga: «de poco vale mi actuación. ¿Qué es lo que puedo hacer yo? Otro podrá». No se diga, porque ese "otro" es de tu misma pasta, y si tú no cumples tu deber, ¿a qué santo vas a dictarle el suyo?

Nos quejamos de las autoridades; pero, ¿serían lo que son si nosotros no fuéramos lo que somos? «A mí me parece que solamente se las puede criticar con razón después que se ha hecho para servirlas lo que era preciso», escribía Renán en una carta.

Cada uno mire por la cuenta propia que ha de dar a Dios, a su conciencia y a la conciencia común. Cada uno responda por sí. El riachuelo riega la tierra en la medida en que sus aguas lo permitan, exista o no exista el verdadero río. Y no tiene más que soltar sus aguas para cumplir su cometido: fluir y bañar sus orillas; si todas las corrientes de aguas hacen lo mismo —pero esto corre a cuenta ajena— la región quedaría perfectamente regada.

Nosotros elevaríamos la voz para decir que en los planes íntimos de la providencia cada persona es indispensable en todo el universo, y en consecuencia se puede afirmar con razón que en un grupo social cada elemento es indispensable a los demás, por insignificante que sea. Todos los oficios son buenos. El artesano más humilde y la sirvienta más modesta ayudan al poderoso y favorecen al gran pensador. La colectividad les es deudora y de vez en cuando lo confiesa condecorando a un viejo servidor, a una institutriz abnegada, a una hermana de la caridad, a un obrero o al patrón de una barca bretona.

Pero es necesario amar el deber de estado para que sea grande y útil. La flojera y la negligencia —y más que todo la envidia, el espíritu sombrío y murmurador que sólo piensa en el deber ajeno— lo inficiona todo. Tú, cristiano, dirige a ti mismo tus amonestaciones; ahí es donde harán efecto. ¿Te parece que es prudente meterse uno donde no le llaman? Reforma tu vida si es que lo necesitas. ¿Que vas bien?, pues adelante y procura rendir el doble, teniendo en cuenta que en este caso ocurre como en un siniestro donde se ve en seguida quiénes son los valientes y quiénes los cobardes.

Yo he presenciado algún accidente. Unos vociferaban, las mujeres lloraban, los más ágiles procuraban sustraerse al peligro, y de una parte a otra se veía a los del equipo de salvamento que libraban del peligro a vidas amenazadas y se esforzaban en atajar el desastre. Honor a aquellos que comprenden así el deber y lo miran con tal grandeza de alma que no ven distancia entre lo suyo y lo del impotente o lo del cobarde. Pero también honor a todos aquellos que se están humildemente ante su trabajo, sin complicarlo, para realizarlo simplemente hasta que Dios quiera. También a éstos se les dirá: "Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, te constituiré sobre lo mucho; entra en el gozo de tu Señor".

viernes, 2 de septiembre de 2011

La insoportable levedad de Monseñor Mariano Fazio


Monseñor Mariano Fazio Fernández, Vicario del Opus Dei en la Argentina, ha publicado un artículo en el diario Clarín, que glosamos a continuación.

El Papa nos dice que la vía es Jesús
20 de agosto de 2011
Clarín // Mons. Mariano Fazio
Todos los tiempos de la historia plantean un desafío a nuestra fe. Para nosotros, los cristianos del siglo XXI, radica en la apertura y la autenticidad. En reconocer y valorar la diversidad de dones y de formas de vivir la unión con Dios, y con sencillez dar testimonio de nuestro encuentro con Él, el testimonio vivencial de que Dios llena el alma de felicidad y redunda en bien de los que tenemos al lado. Una vida que incluye, que abre las puertas e invita a entrar; una Iglesia que refleje a Cristo que perdona y abre los brazos para recibir a todos: esa Iglesia debemos ser cada uno.
¿Por qué los desafíos son la apertura y la autenticidad y no otros? No sabemos las razones de esta reducción. Lo que sí nos parece claro es que apertura y autenticidad tienen suficiente vaguedad para no salir de las coordenadas de la corrección política.
La diversidad de formas de vivir la unión con Dios es un hecho verificable. Además de reconocerlo, nos gustaría conocer la valoración del autor. A nosotros, la Tradición nos ha enseñado que hay una religión verdadera y que las demás son falsas. Que el ideal contenido en la voluntad divina es que todos los hombres, y todas las sociedades, profesen la fe católica, única verdadera. Todo lo que se aleja de este ideal, no puede ser sino un mal objetivo, una carencia de verdad y de bien.
Quizá en otro tiempo, la luz de Dios resplandecía en las catedrales, las mitras, las cátedras, las leyes: hoy debe relucir en los cristianos comunes y corrientes. Juan Pablo II, siguiendo a Pablo VI, ha dicho que nuestra época necesita testigos antes que maestros, más poner el hombro que dar sermones. Para recuperar la luz de la fe, los demás deberían poder ver a Dios cuando miran a los ojos de los cristianos. Deberían encontrar paz, compresión, ánimo, ilusión, humildad, generosidad, alegría. 
Llama la atención que el autor deje para el pasado las realizaciones sociales de la impregnación del orden temporal contraponiéndolas al testimonio personal. Curioso porque ha sido el Vaticano II el que ha llamado a los laicos a la consecratio mundi, de todas las realidades terrenas. Jesucristo no es facultativo para las sociedades; la vocación de los cristianos al apostolado no debe confinarse a la esfera privada.
Toda potestad terrena se debe ordenar al bien temporal de modo que no sólo no dificulte sino que facilite la consecución del fin eterno y sobrenatural merecido por Cristo para todos los hombres. Esta es una verdad que no caduca nunca en la esfera de los principios; aunque por la malicia humana, que es la causa del pluralismo religioso, no se pueda actualizar fuera de las sociedades con unidad religiosa católica.
Vivimos días de búsqueda, en los que palabras como indignación, revuelta, manifestación, insatisfacción, poseen una especial resonancia. La sociedad de consumo no logra saciar al hombre, y los jóvenes lo denuncian. Ese es nuestro eclipse. Sin embargo, los hombres y las mujeres de hoy no renunciamos a los ideales grandes, queremos gritar con fuerza lo mismo que hace tantos años “¡Libertad, Igualdad, Fraternidad!”. No queremos ceder al cinismo o al conformismo.
Que un sacerdote de Jesucristo hable de «grandes ideales» en alusión a la revolución de 1789 —bañada en la sangre del genocidio de La Vendée— nos causa perplejidad e indignación. En primer lugar, porque vemos que «la Revolución ha conseguido hacerse amar por aquellos mismos de los cuales es su enemiga mortal», como lo diagnosticara oportunamente Joseph de Maistre. Y en segundo, porque nos parece muy triste leer a un sacerdote del Opus Dei renovando «volterianismos de peluca empolvada, o liberalismos desacreditados del XIX» (Camino, 849).
Benedicto XVI nos dice que Jesús es el camino para llenar estas expectativas: la vida cristiana es encuentro personal con Cristo. No es una ideología, una doctrina, un programa ético. Es diálogo, confianza, amor. “El hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente. San Agustín tenía razón: nuestro corazón está inquieto, hasta que no descansa en Ti”. En medios de estas tinieblas, los cristianos debemos ser luz: este es el mensaje del Papa. Luz que haga brillar a los demás, con sus talentos y sus aportes.
Aquí el discurso piadoso silencia una premisa importantísima: Cristo es Dios. Lo demás, se sigue como consecuencia.
San Josemaría dejó escrito: “Estas crisis mundiales son crisis de santos”. ¡Qué distintos sería el mundo si más cristianos fuéramos santos! Si hubiera más Madres Teresas, más Juan Pablos II, más Ceferinos, más Juanes Bosco… personas como nosotros que reflejaron en su vida la vida de Jesús y fueron fuentes inagotables de paz y esperanza, dejando a su paso un sendero luminoso y alegre.
Sin dudas los santos son necesarios pero de hecho son poco numerosos. Siempre han sido una pequeña minoría. Distinto sería el orden temporal si los católicos, santos y pecadores, clérigos y laicos, no desistieran de la Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo para entrar en colusión con el mundo. Si no olvidaran el tradicional canto: «A Dios queremos en la enseñanza, en la familia, en la costumbres, Dios en el pueblo, Dios en la ley».
La juventud no es solo una cuestión de edad, es una cualidad del alma. El alma que tiene proyectos, que piensa que los sueños se pueden lograr, que se ilusiona con que un mundo mejor es posible. Benedicto XVI nos desafía a todos y nos muestra su juventud: un mundo distinto es posible, que tu vida no sea una vida estéril, que sea algo grande, depende de vos: si dejás entrar a Dios en ella, puede ser como la vida de Dios.
Pensábamos que el autor tenía la suficiente lucidez para no ingresar en los tópicos de la «juvenilización de la Iglesia », de acuerdo con la descripción de Romano Amerio. Parece que nos equivocamos… En realidad, la juventud es un proyecto de no-juventud y la edad madura no debe modelarse sobre ella, sino sobre la sabiduría de la madurez. Ninguna edad de la vida tiene como modelo su propio devenir hacia otra edad de la vida, propia o ajena. El modelo para cada una viene dado por la esencia deontológica del hombre, que debe ser buscada y vivida, y es idéntica para todas las edades de la vida. La conducta de la Iglesia hacia la juventud no puede prescindir de la oposición entre los siguientes elementos correlativos: quien es imperfecto ante quien es perfecto (relativamente, se entiende) y quien no sabe y por tanto aprende, ante quien sabe (relativamente, se entiende). Siendo la juventud una vida incipiente, es necesario que comprenda y le sea explicado el todo de la vida, es decir: el fin en el cual la virtualidad del incipiente debe realizarse, y la forma en la cual la potencia debe desplegarse. La vida es difícil, o si se quiere, seria.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Preguntar a la realidad


Los comentarios de la entrada precedente sobre faldas y pantalones demuestran la conveniencia de recordar el papel de la prudencia como virtud que nos hace interrogar a la realidad en sus concretas circunstancias, de aquí y ahora, antes de tomar decisiones morales.
Hay que saber escuchar, a su hora, pero no antes, lo que «el tiempo dirá». Precisamente este don de saber: a) preguntar a la realidad, b) escuchar su respuesta, y c) seguir lo que nos ha respondido, nos lo otorga la virtud de la prudencia.
Su nombre está hoy, por desgracia, desacreditado; pero su realidad es sumamente actual. Ante una situación dramática caben dos posturas: la del que, mientras contesta «lo pensaré» o «es menester reflexionar», lo que está buscando es una escapatoria porque, incapaz de tomar una decisión por sí, espera el «giro de los acontecimientos» y que la decisión le sea dictada «por las cosas mismas», es decir, por los otros; y a este modo de comportamiento es a lo que se llama hoy «ser pru­dente».
Pero frente a esa misma situación dramática cabe otra manera de comportarse: la del que «ve» lo que se ha de hacer y lo hace; y en ella consiste la verdadera prudencia. La prudencia no radica en la decisión por la decisión, pero tampoco es retroceder ante lo que «nos pone en un compromiso». La prudencia no es, sin más, engagement, pero es también engagement.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Buena noticia de Argentina


Nos llega una noticia de Argentina que compartimos con nuestros lectores. El grupo Nuestra Señora de la Cristiandad ha realizado la segunda peregrinación a la Basílica de Nuestra Señora de Luján. Nos alegramos por la iniciativa de estos jóvenes y hacemos votos para que el apostolado tradicional se multiplique. Aquí pueden verse algunas fotos.

martes, 30 de agosto de 2011

De Kafka a Maricruz


En la vecina Infocatolica, Maricruz da a entender que ha padecido lo mismo que otros grupos estables que han solicitado la aplicación del Summorum Pontificum. Si fuera cierto, lo que no termina de explicitar esta singular bloguera, lo sucedido nos deja la misma impresión de absurda injusticia que muchos conocemos por experiencia propia o ajena. Copiamos un relato de F. Kafka que nos parece alusivo al caso. 



Ante la Ley
Por Franz Kafka
Hay un guardián ante la Ley. A ese guardián llega un hombre de la campaña que pide ser admitido a la Ley. El guardián le responde que ese día no puede permitirle la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si luego podrá entrar. 'Es posible', dice el guardián, 'pero no ahora'. Como la puerta de la Ley sigue abierta y el guardián está a un lado, el hombre se agacha para espiar. El guardián se ríe, y le dice: 'Fíjate bien: soy muy fuerte. Y soy el más subalterno de los guardianes. Adentro no hay una sala que no esté custodiada por su guardián, cada uno más fuerte que el anterior. Ya el tercero tiene un aspecto que yo mismo no puedo soportar'.
El hombre no ha previsto esas trabas. Piensa que la Ley debe ser accesible en todo momento a todos los hombres, pero al fijarse en el guardián con su capa de piel, su gran nariz aguda y su larga y deshilachada barba de tártaro, resuelve que más vale esperar.
El guardián le da un banco y lo deja sentarse junto a la puerta. Ahí, pasa los días y los años. Intenta muchas veces ser admitido y fatiga al guardián con sus peticiones. El guardián entabla con él diálogos limitados y lo interroga acerca de su hogar y de otros asuntos, pero de una manera impersonal, como de señor poderoso, y siempre acaba repitiendo que no puede pasar todavía.
El hombre, que se había equipado de muchas cosas para su viaje, se va despojando de todas ellas para sobornar al guardián. Éste no las rehusa, pero declara: 'Acepto para que no te figures que has omitido algún empeño.' En los muchos años el hombre no le quita los ojos de encima al guardián. Se olvida de los otros y piensa que éste es la única traba que lo separa de la Ley.
En los primeros años maldice a gritos su destino perverso; con la vejez, la maldición decae en rezongo. El hombre se vuelve infantil, y como en su vigilia de años ha llegado a reconocer las pulgas en la capa de piel, acaba por pedirles que lo socorran y que intercedan con el guardián. Al cabo se le nublan los ojos y no sabe si éstos lo engañan o si se ha obscurecido el mundo. Apenas si percibe en la sombra una claridad que fluye inmortalmente de la puerta de la Ley.
Ya no le queda mucho que vivir. En su agonía los recuerdos forman una sola pregunta, que no ha propuesto aún al guardián. Como no puede incorporarse, tiene que llamarlo por señas. El guardián se agacha profundamente, pues la disparidad de las estaturas ha aumentado muchísimo. '¿Qué pretendes ahora?', dice el guardián; 'eres insaciable', 'Todos se esfuerzan por la Ley', dice el hombre. '¿Será posible que en los años que espero nadie ha querido entrar sino yo?' El guardián entiende que el hombre se está acabando, y tiene que gritarle para que le oiga: 'Nadie ha querido entrar por aquí, porque a tí solo estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla'.

lunes, 29 de agosto de 2011

Las críticas a los movimientos (I)


Publicamos hoy un correo de nuestro lector Ludovicus sobre las críticas a los movimientos. 

Con motivo del acto de los neocatecumenales en Madrid al cierre de las JMJ, se ha suscitado un fuerte debate respecto de los alcances de las críticas a los neomovimientos. Algunos señalan que tales críticas resultan inoficiosas, habida cuenta del respaldo con que contarían en la jerarquía católica, manifestado en la presencia de un centenar de obispos y las constantes referencias laudatorias del magisterio pontificio.
Otros arguyen que considerar enemigos a los integrantes de estructuras eclesiales aprobadas por ese magisterio denota desobediencia e incluso soberbia diabólica al pretender saber más que los pastores. Otros, en fin, sugieren que el motivo de tanta oposición es la envidia y el pecado de quienes impugnan los frutos innegables del Espíritu, que se evidencia en tantas conversiones, rescates de la droga y del suicidio, etcétera.
Habrá que explicar nomás los motivos de nuestra posición frente a los neomovimientos, que no es enemistad hacia los miembros, ni hacia los neomovimientos en sí, sino a las derivas sectarias y heteropraxis de los mismos. Esto es importante, porque en estas estructuras los miembros, sus cuitas pasadas, su presente redento suelen aducirse como "rehenes" de la estructura fallida. Bombardear dicha estructura conlleva herir a los miembros, parece ser la falacia.
En primer lugar, dejar claro un principio doctrinal-moral: las consecuencias no justifican ni santifican ningún instrumento. Los adventistas, los mormones, los testigos, pueden ostentar miles de personas rescatadas de la droga y del suicidio, sin que por ello sus estructuras queden justificadas en lo más mínimo. Aún en el caso de que en estas sectas la gente se acerque a Dios, deberá ponerse en la cuenta de la acción directa y misteriosa de la gracia, no de las estructuras. El Espíritu Santo no se vale de las estructuras fallidas como instrumento, al menos qua fallidas, en cuanto fallidas, diga lo que diga cierta teología posconciliar. Si acaso, serán ocasión de conversión, no causa, ni siquiera instrumental, como puede ser ocasión de conversión una enfermedad o el mismo pecado. Etiam peccata. La consecuencia no justifica los medios. El fin no justifica los medios, ni los miedos.
Lo que justifica una estructura social, cualquiera sea, es su ordenación al bien común, a través de relaciones intersubjetivas sanas tanto desde la perspectiva natural como sobrenatural. Dicho de otro modo, una sociedad, cualquiera sea, se juzga por la conformidad de sus relaciones humanas con la razón y la fe. Nada más. Será sana, desde el punto de vista natural, una estructura en que los miembros, en primer lugar, sean respetados como personas morales libres y autónomas psíquica, social y económicamente, se estimule el ejercicio de la razón crítica, en la que no exista manipulación ni coerción, ni se fomente la inmadurez psíquica, ni el culto al líder, etcétera.  Será sana, desde el punto de vista de la fe, la estructura que no suplante a la Iglesia universal, que respete íntegramente las fuentes de la Revelación, Escrituras y Tradición, que mantenga el orden de prelación jerárquica de las verdades de fe, que no genere idiosincrasias particulares al margen de la tradición católica, etcétera. Esta sanidad sobrenatural no es suplida por la aprobación canónica, es intrínseca y debe ser corroborada y corregida permanentemente, a través de un control eficaz de la autoridad que ha  brillado por su ausencia, como lamentablemente se ha constatado en las últimas décadas.
¿Cuál es el peligro de una estructura fallida desde el punto de vista natural? Pues la reproducción del patrón sectario, que responde a tendencias patológicas de la psiquis humana y de la sociología de las organizaciones, de cualquier organización por más católica de nombre que sea. Un fundador con tendencias narcisísticas y con miembros con baja autoestima son una invitación permanente a la reproducción de tendencias sectarias, para peor con una licencia de corso por el añadido de la nota de "católica" a la organización. Las similitudes que surgen con sectas no católicas constituye inmediatamente un escándalo tanto para el observador creyente como para el escéptico. Al final, todo parece dar en lo mismo. Ahora bien, una estructura social fallida genera víctimas, produce o agrava patologías psíquicas. Dolor en los miembros pues, dolor que puede ser santificante -de nuevo la ocasión de la gracia- pero que no es lícito inferir gratuitamente. La gracia no puede ser excusa para lesionar lo natural.
¿Cuál es el riesgo de una estructura sectaria a la luz de lo sobrenatural? En primer lugar, el antitestimonio referido, que lleva a identificar modos sectarios con la praxis  católica. Se llega a pensar que ser católico es buscar el éxito a rajatabla; o que consiste en justificar todas las acciones del fundador; o vivir en un estado de permanente acriticismo, de embobamiento alegre y conformista; o preterir la familia a los fines de la organización, etcétera. En segundo lugar, los famosos "rebotados". Ex miembros que al salir de las organizaciones, sufren el efecto de acople entre la "fe" tal como la han recibido de la organización y la verdadera fe, y tiran el agua sucia de la bañera con el bebé adentro. Infidelidad pues, odio a la Iglesia, y los innúmeros males de la apostasía, agravados por la acusación de los de adentro de "resentimiento".
¿Qué hacer?  Pues lo dejamos para otro artículo. En principio, no propiciamos ninguno de los dos temperamentos viciosos: ni la destrucción de los movimientos, en un acto similar al de la bañera, ni seguir en una actitud pasiva donde la falta de control permite absurdos que saltan a ojos vista y que producen irrisión en los increyentes. La virtud está en el medio, y se llama control de la autoridad, abnegación de los fundadores, sobre todo de particularismos e idiotismos inútiles, y renuncia de los miembros a querer ser distintos. Y en todo, mucha fe, pero también mucha razón. Mucha razón.
Seguiremos...

domingo, 28 de agosto de 2011

Espiritualidad laical: desenvolvimiento personal en el deber de estado


Continuamos con con la publicación de textos de Sertillanges. 
Todo aquello que sirve a Dios, nos sirve, nos eleva también a nosotros. Si es verdad que es doloroso y humillante el ser esclavo de las gentes, también lo es que siempre es muy bueno y fortalecedor el ser esclavo de un trabajo, cuando éste es oportuno y según el orden debido.
Un poeta declaraba que lo que más estimulaba su numen, no era lo que ordinariamente se llama inspiración, sino más bien la necesidad de concluir una vez que emprendía la obra, una vez que tiraba los dados de la suerte. Lo mismo ocurre con los dados de la Providencia que se hallan extendidos ante nosotros; si después de leer el resultado, lo aceptamos con valentía serena, tendremos una ocasión estupenda para nuestro desenvolvimiento y nuestro progreso.
Todo empleo tiene su rendimiento en el cual es en lo que ordinariamente se piensa, y lo que únicamente se procura obtener. Pero la realidad sobrepuja siempre nuestros intentos: pues lo divino es rico. Si confronto con los movimientos de mi ser íntimo lo que intento realizar en el trabajo, veo que en cierto modo no viene a ser otra cosa que un perfeccionamiento. El alma sobrepasa al empleo; éste podrá desfigurar mi vida íntima, puesto que se interpone entre el público y yo, pero no será capaz de aniquilarla.
¿Qué consuelo puede haber mejor para el caso en que el rendimiento es aparentemente nulo o en que se ha obtenido —si es que esto puede llamarse obtener— precisamente un resultado contrario al que se pretendía? Pero, ¿qué digo? Aún así ha salido ganando si, mediante el esfuerzo generoso realizado para vencerse a sí mismo con ocasión de lo exterior consigue un aumento de dignidad y de valor moral.
Por lo demás, la tierra se niega con frecuencia a dar al labrador todo lo que de ella espera; sin embargo, pocas veces se arrepentirá éste de haberla trabajado. Lo que por una parte se pierde, se gana por otra. La naturaleza no es ingrata. Ahora bien, si esto ocurre en la naturaleza, en lo sobrenatural hay que decir que es imposible concebir la riqueza que esperamos; en este orden, la nada vale infinito, lo insignificante produce lo inmenso, y los valores negativos se tornan positivos por la acción de Aquel que «llama a lo que es y también a lo que no es».
No me refiero aquí en absoluto a la recompensa; hablo de formación. En el fondo son idénticas; pero puede ocurrir que no se piense en las futuras floraciones. Esta semilla de inmortalidad que tenemos y que se confunde con nuestra persona moral, se desarrolla, mejor que en parte alguna, en el deber de estado, independientemente de cualquier acción y de toda eficacia visible: «¿No es verdad —dice M. Jacques Madaule— que los días en que estamos abrumados por las ocupaciones nos llega a cada uno de nosotros un momento en que sentimos de repente que todo eso no tiene en realidad importancia alguna, que no llegamos a lo esencial, que nos quedamos en la superficie?» Así es, en efecto. Sin embargo, el fondo de las cosas nos espera siempre; está esperando que lo asgamos, o mejor, que nos dejemos asir por él, porque solamente nos llevará cuando en verdad nos posea.
Por lo demás, es preciso conceder que en el deber de estado, la quietud del espíritu y el equilibrio del alma exigen un cierto éxito a los propios ojos y una satisfacción de los demás. Pero no olvidemos que el éxito depende de la fidelidad que pongamos en la obra y de la importancia que le demos. Formándose, se adquiere fe; teniendo fe, se forma uno. Hay en ello sus más y sus menos; pero en general el fracaso es debido casi siempre a la irreflexión, al olvido o al descuido de las condiciones esenciales que exigen los actos; y es que se deja al azar, a la «probabilidad», lo que de por sí exige un esfuerzo perseverante si se quiere sacar partido. Naturalmente tendemos a querer obtener efectos sin poner antes las causas. Por un mínimum de semilla queremos un máximum de cosecha, y aun ese poco lo regateamos en lugar de sembrar en abundancia. Sin embargo, no lo entiende así la naturaleza cuando no nos complace, elogiando de este modo a la moralidad aun en sus leyes y dando con ello una lección a nuestra pereza. También reciben ahí su lección nuestra imprudencia y nuestras pasiones, porque no solamente queremos el bien sin que nos exija esfuerzo, sino que también pretendemos evitar los peligros sin aventurar nada. Lo mismo que ocurre al enfermo que se aferra en llamar al médico y no quiere comenzar por sujetarse a las más evidentes prescripciones de la higiene. En ambos casos puede adivinarse qué cambios puede obrar una entrega al deber de estado que no favorezca menos la represión de las pasiones que la práctica de la valentía.
Un escritor contemporáneo escribía sin ambages: «No he tenido por qué preservar mi pluma; ella ha sido la que me ha preservado a mí». Delacroix escribía también en su diario: «La pintura comodona es la pintura de un comodón». Y luego se felicitaba de haber encontrado su bienestar donde menos lo pensaba: en su quehacer diario. A la larga —y así lo apunta Delacroix también— dificultades, preparaciones o retoques fastidiosos y hastío, todo se desvanece por sí mismo. Según Baudelaire, «la obra más larga es la que no se comienza por falta de decisión», y en su Princesse lontaine leemos este verso: «Se termina por amar el punto al que se boga».
Nosotros bogamos hacia Dios sobre la barca de cada día en la que El nos colocó. Y lo hizo por amor: si nosotros bogamos también por amor, terminaremos amándole más.

sábado, 27 de agosto de 2011

Cuando los jóvenes cantan a los ancestros y la tierra

A veces, en este perro mundo, suceden o se entera uno de cosas que le hacen saltar de júbilo. No cambian nada fundamental, es cierto, pero son signos, destellos, señales… de que un día las cosas pueden realmente cambiar.
Y para que nuestros lectores también puedan sentir este gozo y esta esperanza, nos complace dar a conocer (a quienes aún no lo conocieran) el trabajo creativo del grupo musical de Quebec denominado Dégénération, nombre escogido, sin duda, para mejor combatir a esta última... (“¡Ah, bah! ¡Es sólo música!", exclamarán los amargados de siempre.)
 La canción que aquí interpretan (probablemente la más famosa de su repertorio) lleva por título Mes Aïeux (Mis Antepasados). La reivindicación del pasado frente a la futilidad del presente, la defensa del arraigo a la tierra, de la identidad, de las tradiciones: tal es el tema de la canción compuesta con un ritmo trepidante y que —esto es lo extraordinario— aclaman en un concierto miles de jóvenes. Unos jóvenes que nada tienen que ver, por supuesto, con el polvoriento espíritu carca que todo lo enmohece.
¿No se lo creen? Pasen y vean.


Tomado de El Manifiesto. 


viernes, 26 de agosto de 2011

Surfing JMJ


Para anticiparnos a posibles críticas debemos decir que nos parece un gran bien que en las JMJ se administre el Sacramento de la Penitencia en confesionarios provistos de la rejilla fija.

No nos gusta, en cambio, la peregrina inspiración arquitectónica que busca hacer un confesonario que se parezca a una tabla de surf, síntoma de lo que Romano Amerio llamó la "juvenilización de la Iglesia". Nos disgusta porque el confesionario no sólo es como una prolongación del sigilo sacramental, que guarda la intimidad de los penitentes mediante la rejilla, sino también un medio para simbolizar el carácter sobrenatural de la confesión y el gran misterio de la misericordia divina.

En fin, parece que estamos ante un síntoma más de la juvenilización eclesial anticipada por Tonneau (en traducción de, el Brigante):
El hombre clásico, enamorado de la razón, tendía a la sabiduría, pues la sabiduría no hace sino realizar a la perfección el voto de la razón, que es el de descubrir y de realizar el orden. El sabio es el que ve y pone todas las cosas en su lugar, en su rango, en relación con el conjunto del universo y con las causas primordiales. El hombre de hoy ha perdido el gusto de la sabiduría: ha colocado su ideal en otro lugar. No solamente idolatra la juventud, sino que comparte las flaquezas espirituales de una adolescencia inadaptada y abortada. Para los médicos, los psicólogos y los moralistas de la antigüedad y para los educadores que, hasta no hace demasiado tiempo, seguían los preceptos de la pedagogía clásica, la juventud era un período de crisis, de preparación (...). En el niño y en el adolescente se educaba al hombre eterno.
Hoy, excepción hecha de algunos círculos conservadores, el esfuerzo va dirigido a desarrollar en el niño y en el joven precisamente sus rasgos característicos. La juventud ya no es una edad preparatoria para la vida adulta, sino que constituye una edad perfecta en su género. Se trata de que consiga todas sus promesas. Más aún: muchos modernos –más o menos derivados de Rousseau y del romanticismo– han elevado esta “edad perfecta en su género” al rango del ideal, de un estado privilegiado del que no se sale sin incurrir en decadencia. La misma idea de que pueda existir un progreso humano en el paso de la juventud a la madurez y de ésta a la vejez, parece una antigualla. Un fenómeno semejante señala un cambio en el orden de los valores antropológicos."
Fr. Jean Tonneau O.P Loi et éducation chrétienne, en "Prudence chrétienne", 1948. Pp. 172-3.