jueves, 3 de noviembre de 2016

De preceptos y consejos


Hablar de preceptos y de consejos parece una distinción legalista y mezquina. O bien un planteamiento minimalista respecto de las posibles modalidades de la vocación cristiana. Sin embargo, la distinción se encuentra en el Nuevo Testamento: en el Evangelio (Mt. 19,21) y en San Pablo  (1 Cor, 7); y en la tradición, incluyendo a Santo Tomás.
Los tres consejos evangélicos de obediencia, pobreza y castidad -que los religiosos prometen mediante los votos correspondientes- no son preceptos y su práctica efectiva es una vocación especial que se recibe de Cristo. Se trata de una invitación que no se da a todos los bautizados, sino sólo a quienes Dios concede un don denominado vocación. Este llamamiento se comprende como unas aptitudes naturales que inclinan hacia un estado de vida (=idoneidad), unidas a un conjunto de gracias para vivir las exigencias de los consejos evangélicos. Positivamente, nunca se insistirá lo suficiente en la importancia de los dones divinos para que pueda hablarse de genuina vocación a la vida religiosa. Negativamente, S. Juan Bosco sintetizaba esta verdad en un aforismo cargado de sentido común: sacerdote sin vocación, peligro de condenación (criterio aplicable al religioso). De aquí la importancia del discernimiento vocacional y de una formación seria para quienes entran en religión. 
1. Existe una verdadera vocación universal a la santidad o perfección para todo bautizado con independencia de su estado de vida (sacerdotal, religioso, laical). Esta exigencia bautismal es manifestación del primer precepto de la ley de Dios que nos obliga a amarlo "con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas" (Mc 12,30). Consta expresamente en el Evangelio (Mt 5,48) y no admite duda. La Iglesia mantuvo siempre esta doctrina desde los tiempos apostólicos, aunque históricamente la misma se oscureció por algún tiempo. Se trata de una obligación de tendencia, no de conseguir la santidad en un momento determinado de la vida.
"Amarás al Señor Dios tuyo de todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu espíritu" (1) , y no a medias. Es decir que todos los cristianos a quienes se dirige este precepto tienen el deber, si no ya de poseer la perfección de la caridad, sí, al menos, de tender a ella, cada uno según su condición: éste en el matrimonio, aquél en el estado sacerdotal o religioso.” (Garrigou-Lagrange).
2. No hay perfección cristiana si no se guardan los mandamientos y los deberes del propio estado (Mt 19, 17). Por esta razón, los autores espirituales previenen a los principiantes de dos peligros:
- “Lo primero que exige la perfección, y con todo imperio, es el cumplimiento de los preceptos; e importa mucho grabar fuertemente este concepto en la mente de algunos que, por ejemplo, con pretexto de la devoción, descuidan sus deberes de estado, o, para practicar mas aparatosamente la limosna, retrasan sin fin el pago de sus deudas; en suma, a todos aquellos que dejan de cumplir alguno de los preceptos del Decálogo, para aspirar a más alta perfección…”
- “Solamente hemos de agregar que los deberes de estado pertenecen a la categoría de los mandamientos: son a manera de preceptos particulares, que incumben a los cristianos por razón de la vocación especial y de las funciones que Dios les ha señalado. Nadie puede, pues, santificarse sin guardar los mandamientos y los deberes de su estado; descuidarlos, so pretexto de dedicarse a obras de supererogación, es ilusión perniciosa, y una verdadera aberración; no hay que decir que el precepto es antes que el consejo.” (Tanquerey)
3. La santidad consiste esencialmente en la perfección de la caridad (S. Th., II-II, 184, 1). La integridad de la santidad radica en todas las virtudes bajo el imperio de la caridad (S. Th., II-II, 23, 8). El grado de perfección lo determina el grado de crecimiento en la caridad, de modo que un cristiano es perfecto en la medida de la intensidad de los actos elícitos de su caridad y también en la medida de la extensión de su caridad a las otras virtudes.
4. ¿Los tres consejos evangélicos llevan a una perfección cristiana superior a la exigida por los preceptos del Señor? O bien: ¿los religiosos, que viven los tres consejos, están ordenados por Dios a una mayor perfección que aquéllos otros que no los viven? Respuesta negativa, para Santo Tomás: la perfección cristiana consiste principal y esencialmente (per se et essencialiter) en los preceptos, secundaria e instrumentalmente (secundario et instrumentaliter) en los consejos (S. Th., II-II, 184, 3). La perfección cristiana radica en la caridad, sobre la cual se dan los dos preceptos fundamentales de la ley evangélica; y la función de los consejos no es otra que facilitar de modo instrumental el desarrollo de la caridad a Dios y al prójimo. 

“La perfección a que aspiran los religiosos no consiste, pues, en los consejos evangélicos: estos son los «instrumentos de la perfección», los medios destinados a facilitar la exacta observancia de los preceptos en que consiste esencialmente la perfección cristiana lo mismo para los religiosos que para los fieles que viven en el mundo.
En principio, nadie esta obligado a elegir la vía de los consejos, ya que entra en la naturaleza del consejo la libre elección de aquel a quien se da.
Mas los religiosos se comprometen por voto a la práctica constante de los tres consejos evangélicos. De este modo su guarda se convierte para ellos en necesidad para conseguir la eterna salvación.” (Philippe).
5. Aunque los tres consejos no sean preceptos, sino sólo instrumentos que facilitan el desarrollo de la caridad, que es la esencia de la perfección, ¿acaso los consejos no son necesarios para todos los bautizados? Hay que distinguir entre el espíritu y su práctica efectiva.
- El espíritu de los tres consejos de obediencia, pobreza y castidad, es instrumento para todos los cristianos que quieran alcanzar la perfección.
“…que en virtud del supremo mandamiento, todos los fieles deben tender a la perfección de la caridad, cada cual según su condición y género de vida; y que no es posible conseguir esta perfección cristiana sin poseer el espíritu de los consejos evangélicos, que es el mismo espíritu de desasimiento de que nos habla San Pablo, al advertirnos que debemos usar los bienes de este mundo como si no los usásemos, es decir sin detenernos en ellos, sin instalarnos en la tierra como si en ella debiéramos permanecer eternamente; no nos es permitido olvidar que somos todos peregrinos que vamos camino de la eternidad, y que tenemos la obligación de crecer en la caridad hasta el término de nuestro viaje. Es ésta una obligación general que deriva del precepto fundamental” (Garrigou-Lagrange). 
“Por lo que toca a los que no hicieron votos, para ser perfectos, han de seguir, cada cual según su condición, las inspiraciones de la gracia, y los consejos de un sabio director. Guardarán el espíritu de pobreza, privándose de muchas cosas inútiles, para con estas economías poder hacer limosnas, o emprender obras de celo; el espíritu de castidad, aun cuando estén casados, usando con moderación y algunas restricciones de los placeres legítimos del matrimonio, y, especialmente, evitando con cuidado todo aquello que está prohibido, o fuere peligroso; el espíritu de obediencia, sometiéndose dócilmente a sus superiores, a los que considerarán como a representantes de Dios, y también a las inspiraciones de la gracia, consultadas con un sabio director.” (Tanquerey)
- En cambio, la práctica efectiva de los tres consejos sólo es necesaria para los llamados a la vida religiosa.
“Pero además tienen algunos, como consecuencia de su vocación, obligación especial de aspirar a la perfección según un género de vida particular; por ejemplo […] los religiosos, aun los que no son sacerdotes, y las religiosas, en razón de sus votos; todos éstos han de vivir, no sólo según el espíritu de los consejos, sino en la práctica efectiva de la pobreza, castidad absoluta y obediencia.” (Garrigou-Lagrange).  
“…los Religiosos, que se obligaron con voto a practicar los tres grandes consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, no pueden, claro está, santificarse, sin guardar fielmente sus votos” (Tanquerey).
En el marco de la espiritualidad católica la práctica de los consejos evangélicos es un don divino que se concede a algunos. Y Dios no elige a los religiosos indiscriminadamente; no concede vocaciones como Cristina Kirchner repartía bienes materiales bajo el lema "para todos y todas...". 


7 comentarios:

Lefe Estepario dijo...

Propongo el siguiente texto de Evdokimov que puede aportar luz al debate:

http://theoesis.blogspot.cl/2012/06/el-monaquismo-interiorizado.html

Expresa una idea común en Oriente: no hay diferencias entre consejos y preceptos, sino de grado y cada cristiano ha de cumplirlos según su estado y posibilidades, aunque la plenitud del cumplimiento se da en los monjes.

Confieso que me atrae la idea del monacato interior, en particular porque reduce la diferenciación de espiritualidad laica/espiritualidad consagrada y. entre "las espiritualidades" de los consagrados. Es un camino que nos simplifica entender la vocación de los laicos en el mundo, por un lado, y puede poner coto a los gérmenes sectarios que de tanto en tanto se producen entre los latinos por la proliferación de "carismas".

Martin Ellingham dijo...

Tendría que leer a Edvokimov. Lo que puedo decir es que la teología católica tradicional insiste en la “unidad formal” de la espiritualidad cristiana y la diversificación de espiritualidades es “material”, determinada por modalidades. De todos modos son temas sobre los cuales hay más entradas a publicar.
Saludos.

Lefe Estepario dijo...


uizás por eso en la Patrística y la Edad Media solo existía "la regla", y hasta el mismo San Ignacio de Loyola -para muchos el artifice de la vida religiosa contrarrefromista- hablaba de un "modo de proceder" para la Compañía que claramente era diverso a la práctica de las ordenes existentes. Convendría volver a entender el conjunto de congregaciones o "movimientos" como simples "modos" de servicio a Dios y al prójimo adecuados a diversos contextos y necesidades.

Platense dijo...

Muy buena entrada. Es fundamental recordar que no hay perfección si no se guardan los mandamientos y los deberes del propio estado, a tantos jóvenes mal orientados.-

Anónimo dijo...

No entiendo el "chori para todos"...

Hablando de laicos:
Estatua gigante de San Vladimir el grande recientemente inaugurada en el corazón de Moscu.
http://www.bbc.com/mundo/noticias-37874088?ocid=socialflow_twitter

Beatriz

Martin Ellingham dijo...

«Dios no elige a los religiosos indiscriminadamente; no concede vocaciones como Cristina Kirchner repartía bienes materiales bajo el lema "para todos y todas...»

Anónimo dijo...

Ok

Beatriz