martes, 26 de julio de 2011

Espiritualidad laical: cualidades del trabajo

Continuamos con con la publicación de textos de Sertillanges.

El sol es el regulador de la vida; se nos antoja como la Providencia; el hecho de que a través de su curso abarque a la vez el ocio y el trabajo, es como una invitación para enmarcar uno y otro en el orden divino, de tal modo que se les comunique un valor decisivo.

Bello era, en su nacimiento, el ángel de Chartres colocado en la arista de su promontorio de piedra; luego, con su juventud heroica y su viril sonrisa, indicaba la superioridad del hombre sobre el tiempo. Tres siglos más tarde, un genio desconocido le puso en la mano el reloj de sol, y, vedlo dueño del tiempo en nombre de aquellos viandantes que a su sombra acoge la catedral.

Se sabe que todos los oficios están representados en la nave ingeniosa que, al mismo tiempo que la sirve, simboliza la vida entera unida a la vida eterna. El reloj de sol llevado por un ángel sonriente adquiere un sentido inmenso. ¡Mortales —parece decir—, no os acalenturéis ante vuestros trabajos, ni en el curso de vuestra obra; trabajad noble y tranquilamente; sed dueños de vosotros mismos aun en la prisa y en el trabajo; guardad el alma libre y serena a pesar de vuestras cargas!

Poder ser esto, es la cualidad más profunda del trabajo. Su origen primero nos lo indica. El trabajo es la continuación del acto creador, del «fiat» que hizo a la Humanidad, y que ahora quiere que por nuestro propio esfuerzo todas las fuerzas de la naturaleza nos estén subordinadas. Esta consecuencia humana del Génesis, ¿no deberá desarrollarse según el espíritu de su origen? La Sabiduría creadora se nos representa como «complaciéndose en el orbe de la tierra»; de igual modo se ha de complacer la sabiduría humana, obrando con libertad y alegría en los sudores y en los apuros.

Ninguna contradicción hay en ello. El apóstol que «sobreabunda de alegría en medio de las tribulaciones» no se entristece, sin duda alguna, cuando cose sus tiendas de campaña. Uno se lo imagina cantando muy gustoso, a no ser que «eZ cuidado de todas las Iglesias» o un dolor ajeno le oprimiera y angustiase. Repugna imaginarle trabajando febrilmente, agotándose de fatiga, alterando el sano ardor que Dios ha puesto en nosotros, consintiendo en el desperdicio de su fuerza —que el abuso no puede menos de arruinar— siendo así que Dios cuenta con ella. «Es sabio entre los hombres aquel que ve el descanso en el trabajo y el trabajo en el descanso», dice el Bhagavad-Gita.

La cualidad complementaria de esta primera disposición —antagonista en apariencia y sin embargo tan semejante— es el celo que se opone, no a la noble tranquilidad, sino a la pereza. La tranquilidad une el tiempo con la eternidad; la pereza lo pierde. Perder el tiempo, —en el sentido más riguroso de la expresión— y perderse a sí mismo —átomo arrastrado por el tiempo— es exactamente lo mismo. De este modo queda arruinada la única probabilidad que se nos dará en todo momento para aproximarnos a lo eterno, y basta que esta situación se prolongue para extraviarnos para siempre.

Pero esto sólo es verdadero cuando es llevado al extremo. Y es difícil que se pierda el tiempo hasta este punto. El mal mismo exige trabajo, y el bien tiene facetas poco atrayentes. Siempre la pereza será un pecado capital, pecado y padre del pecado, robo y asechanza de la vida. El ardor del trabajador celoso ocupa el otro extremo.

Entre los dos está la inconstancia, pariente del trabajo sin tesón, y de la pereza sin sucumbir a ella por completo. Llamo inconstancia, de una parte, al trabajo que, impetuoso al principio, en seguida flaquea; y por otra parte, ese trabajo nunca serio y siempre flojo que hace de su ejecutor un «aficionado». En este sentido, son más enemigos del trabajo los inconstantes que los perezosos; pues no solamente abandonan su profesión, sino que la echan a perder. Como toda apariencia sin realidad, su falso aspecto es una traición, una deserción hipócrita que sueña con la victoria.

Piénselo bien el trabajador novel; venir a parar en la holganza presuntuosa, en el oficio de tábano; o bien entregarse antes de concluir, ceder por laxitud moral o por pasión; es pecar simultáneamente contra sí mismo, contra el prójimo y contra Dios. El trabajador cristiano es de otro linaje.

Para acabar, existe el trabajo que ni siquiera puede ser calificado según el hombre porque es inhumano, trabajo extraño al espíritu de trabajo, puesto que escapa aun al espíritu más simple; me refiero a ese trabajo automático, a esa especie de embrutecimiento regular que ninguna belleza moral produce. Así trabajan los brutos, así dan vueltas a la noria el asno o el perro, y el elefante transporta los maderos. Hay en ello un verdadero aniquilamiento de la persona, y esto es lo que a nosotros —católicos sociales— nos hace odiar todo aquello que constriñe de alguna manera a serlo a esos desgraciados a los cuales se priva así —por un pedazo de pan— de su condición de hombres. Pero esto mismo nos hace también dirigirnos hacia el trabajador si es que es víctima, y con mayor razón si es dueño de sí mismo, para decirle: «ser libre, sé libre; ser espiritual, no te hundas ¡por favor! en un trabajo sin alma, que te hará semejante a la herramienta que manejas, que te envilecerá, si miras tu condición de hombre, de cristiano, de predestinado —¡sí, tú también!— a la vida inmortal».

Está de moda buscar el modo de organizar los ratos libres; altos funcionarios son creados con este fin y se les desea éxito en sus iniciativas; pero de buena gana se les gritarla: «Consagrad una parte de estos nuevos ocios a hacer gustar la nobleza del trabajo, su sentido humano, y si es que todavía no lo habéis relegado vosotros mismos a la categoría de quimeras, su sentido divino».

Cuando, herramienta en mano, el trabajador se sienta en unión con las fuerzas universales, con el Espíritu creador, con el alma de los sabios, de los poetas, de los inventores, de los héroes y de los santos; cuando le parezca estar su taller en comunión con el Palacio Municipal y el Templo, su canción unida a la salmodia y al canto dominical, su alma en la comunión de los santos, en la Iglesia visible, y todo su ser, su ser entero en Dios, ese día el trabajador será el hombre completo, el hombre admirable evocado por su mismo nombre en el espíritu del pensador católico, Será el valor más grande que se pueda apreciar, y la humillación pasajera del trabajo no hará mella alguna, porque el hombre no se valora por lo que hace sino en razón de lo que es. Ser grande es hacer todo con grandeza: engrandeciendo lo pequeño y poniendo a su altura lo grande.