martes, 1 de noviembre de 2011

Hemeroteca: la Misa tradicional




LA MISA TRADICIONAL *

Por Leopoldo E. Palacios.

Uno de los espectáculos que ofrece el mundo religioso contemporáneo es el empeño que tienen algunos laicos en hacer entrar por las puertas de la iglesia las cosas que los clérigos han arrojado por la ventana. Ved lo que pasa con la misa tridentina latina de San Pío V, alma y centro del catolicismo, hoy tirada al desamparo para dar lugar a un nuevo rito en lenguas vernáculas.
La defenestración de la misa tradicional ha suscitado un plantel de personas fervientes, en su mayor parte laicos, que piden con vehemencia su restauración.
Quizá esto sea una compensación divina al desvío con que han tratado la misa tradicional los hombres que debían custodiarla.
¿Es así como se trata un modo de orar consagrado por una tradición de siglos? Primero han babelizado su lengua, después han deformado su rito. La caída del latín les ha dejado indiferentes. Era la pérdida de la unidad católica en beneficio de las divergencias nacionales, y además arrastraba consigo las maravillas del canto gregoriano y de la polifonía sagrada. ¡Qué importa!
Antes de que fuera asestado este golpe, preparado desde hace tiempo en la sombra, un presentimiento de infortunio cruzó la frente de la intelectualidad europea, y algunos hombres de letras y algunos artistas, no todos adictos a la Iglesia católica, unieron su voz para pedir a Roma la conservación del latín y del canto gregoriano, que encerraban inestimables valores de nuestra cultura. Ingmar Bergman, Pablo Casáls, Giorgio de Chirico, Carl Theodor Dreyer, Julien Green, Gertrud von Lefort, Salvador de Madariaga, Gabriel Marcel, Jacques Maritaín, Francois Mauriac, Luigi dalla Piccola, Salvatore Ouasimodo y otros no menos ilustres abogaban por la conservación de «uno de los mayores legados culturales de Occidente».
Desconocer lo que pedían estas voces fue un crimen de lesa cultura. Pero los reformadores de la liturgia cayeron en un error todavía más grave, perpetraron un desafuero contra la religión. Pues además de su valor cultural y humano las palabras litúrgicas tienen para el católico otra valía superior: la eficacia de impetrar el bien que pedimos de los poderes sobrenaturales del cielo. Aquí ya no se mira la lengua litúrgica a la manera de un lenguaje literario o como la letra de una música excepcional, sino como un conjunto de fórmulas públicas que tienen la virtud de hacer que los cielos nos sean propicios y nos colmen de dádivas sobrenaturales.
Por eso hay que proteger esta lengua contra toda posible variación, hay que inmunizarla contra la locura de los tiempos, hay que tenerla por vehículo fijo e inmutable, incluso sacrificando a esta seguridad la facilidad de ser entendida de las muchedumbres. Y también por eso ni para la misa ni para las fórmulas sacramentales (salvo en el matrimonio y en casos excepcionales del bautismo), sirven las lenguas vulgares, que son mudables, están en evolución y son inalcanzables por la autoridad, siquiera sea por la razón meramente cuantitativa de su número. En nuestros días, a fuerza de traducir el latín litúrgico a los idiomas de todas las gentes ya se ha empezado a perder el sentido de la lengua original, y hay sobrado peligro de que las fórmulas religiosas vayan perdiendo insensiblemente su misteriosa eficacia sobrenatural.
Este escollo era uno de los que más frenaban a la Iglesia para no dar el paso fatal que hoy han dado sus reformadores. En el Concilio de Trento (sesión 22, capítulo 8) se prohíbe que la misa sea celebrada de ordinario en lengua vulgar, es decir, se prohíbe la misma cosa que ahora se hace.
Mucho después de Trento el Magisterio condenó varías veces por boca de Clemente XI y de Pío VI, la proposición de introducir lenguas vulgares en las preces litúrgicas: proposición que «es falsa, temeraria, perturbadora del orden prescrito para la celebración de los misterios y fácilmente causante de mayores males».
Nunca como en nuestros días las circunstancias daban tanto la razón a la praxis secular de la Iglesia. Nunca como hoy ha sido tan necesaria una lengua nacionalmente neutra para el comercio espiritual de los hombres. Además, habiendo hoy muchos menos analfabetos que en la edad postridentina, un libro con el texto latino y la traducción era accesible a casi todos los fieles. Hoy se viaja también muchísimo más. Un libro con el texto latino y la traducción en una sola lengua podía servir para recorrer los templos católicos del mundo entero. Ahora nada de esto es posible, ni siquiera en España, donde las misas se dicen en cuatro idiomas: castellano, vascuence, catalán y gallego. Antes de la reforma los católicos peregrinantes se sentían extranjeros en todas partes, menos en el templo; y ahora, sin salir de su patria, se sienten extranjeros hasta en tos templos de su propia nación.
La caída del latín litúrgico, que arrastró consigo el canto gregoriano y la polifonía,  sagrada, tenía un móvil clandestino: facilitar con la excusa del cambio la imposición del nuevo rito de Pablo VI. A primera vista nada puede decirse contra el nuevo rito considerado en absoluto.
Pero comparado con la misa tradicional se ve que es cosa distinta. El canon de la misa original es único; en la nueva ceremonia es cuádruple. Y aun escogiendo de los cuatro cánones el más favorable a la equiparación se notan las diferencias.
El resto es labor de tijera sobre la misa originaria, y a la poda se ha unido a veces la intromisión. Fueron cortadas a cercén las más bellas preces del ofertorio y otras que vienen detrás del «Pater noster» y de la comunión. Y ya al principio se han suprimido también las oraciones introductorias al pie del altar, «al Dios que alegra mi juventud», sin duda porque el altar ha cambiado de signo y ha sido sustituido por otra mesa, a la manera de los oficios protestantes.
Ante esta mesa nos muestra sin cesar su rostro, no siempre placentero, el «presidente de la asamblea», que ya no da la cara a Dios, sino al pueblo. John Epstein, en su bello libro titulado «¿Se ha vuelto loca la Iglesia católica?», pone de relieve la extrema vaguedad de las nuevas rúbricas comparadas con las exactísimas reglas de la misa tridentina, las cuales, de acuerdo con el sagrado carácter y función del celebrante, dirigían todos sus gestos y ademanes, adaptándolos a la expresión simbólica de la oración, la alabanza, el recogimiento o la adoración». Y recuerda la espléndida elevación de los brazos del sacerdote cuando, a la cabeza de su pueblo, entonaba el «Gloria in excelsis». Son innumerables las personas que advierten la superioridad de la misa tradicional sobre el nuevo rito, pero que no se atreven á decirlo por acatamiento al orden vigente. Luego vienen los otros y les motejan de pusilánimes. Quizá el caballo de batalla del actual catolicismo galopa por un círculo vicioso: unos dan a entender que hay que aceptar el nuevo rito porque lo ha promulgado este Papa, y otros contestan que no hay que aceptar este Papa, puesto que ha promulgado el nuevo rito. Es claro que los descontentos anteponen su propio juicio al juicio de la autoridad. Pero responden que, a pesar de la infalibilidad pontificia, los Papas sólo tienen derecho a la obediencia cuando transmiten inalterado el depósito de la fe.
Además citan la palabra de Cristo relativa a los falsos profetas. «Por su frutos los conoceréis» (Mt. 7, 16), señalando los males en que paran las reformas posconciliares: liturgia deformada, clima de confusión, catecismos ambiguos, seminarios que se cierran, congregaciones religiosas que languidecen.
Los descontentos aguantan con tesón estos males que consideran castigo de la Providencia. Su postura no es fácil. Desamparados de la mayor parte del alto clero, pero obedientes al mandato de Dios manifiesto en la tradición sagrada, procuran estar firmes en medio del espiritual cataclismo, apoyados en las escasas columnas de la Iglesia que todavía resisten a los embates del infierno.
Es una noche horrible. La cólera del cielo se desata y el huracán arrecia, y ya se han derrumbado preciosos techos y columnas vivas. Se dice que hay fuertes muros que aún pueden resistir hasta que asome la aurora, y estos católicos esperan con paciencia el amanecer, aunque tengan que pernoctar entre ruinas.

Publicado en diario ABC (Madrid) 16/04/1976, Página 3


* Agradecemos al lector que nos ha hecho llegar este artículo.

15 comentarios:

Miles Dei dijo...

Y así van 35 años y a peor...

Al escándalo del brujo de Asís, que ahora sabemos que ve con buenos ojos a la Wicca y su resurgir pagano en Europa mientras afirma la expansión de la brujería incluso en Italia, "donde tenemos al Papa" ahora el de la Iglesia alemana y las ventas de libros contrarios a la moral y doctrina católica (pornografía incluída) por la editorial que poseen al 100%. Como en los mejores tiempos del siglo de hierro, hechicería y sexo van unidos en el alto clero.

Esto no puede tardar mucho en reventar. Entonces que Dios nos pille confesados a todos.

Fray Eusebio de Lugo O.S.H. dijo...

Terrible testimonio de lo que estaban sufriendo los católicos en el ya lejano año ´76. Si les hubieran dicho que más de 30 años más tarde seguiríamos igual...
Y con el mismo problema estratégico-doctrinal que ha esterilizado buena parte de los esfuerzos de resistencia:
Unos dicen, hay que admitir la Misa nueva, porque lo quiere el papa, otros responden, hay que resistir al papa cuando no transmite el depósito de la Fe. Unos y otros han pagado muy caro sus errores:
Los primeros aciertan cuando dicen que hay que aceptar lo que el Papa manda, pero se equivocan dando por supuesto que los papas conciliares son verdaderos Papas.
Los segundos tendrían razón si se tratara de mandatos particulares, pero tratándose de cuestiones de Fe, leyes generales, ritos litúrgicos, todo ello afectando a la Iglesia Universal, es imposible reconocer en los actuales ocupantes del solio pontificio a verdaderos Papas.

Y no es sólo cuestión del Papa, la pregunta es: ¿Puede la Iglesia de Cristo mandar esas abominaciones, o ha sido temporalmente eclipsada por un cuerpo extraño que pretende sustituirla, tal como nos advirtió María en La Salette?

No hubo, y sigue sin haber reflexión estratégica, mientras que nuestros enemigos llevan siglos elaborándola, y por eso juegan con nosotros como con unos inocentones que no las ven venir hasta que ya está todo consumado. Para muestra, la FSSPX, con la mili que llevan, y todavía hablando con el usurpador Ratzinger -Tauber, a ver si les dan un rinconcito en la falsa Iglesia conciliar...

Miles Dei dijo...

El sedevacantismo no conduce a ningún lado.

El cuerpo de Cristo llagado y clavado en la cruz ha perdido no solo su belleza, sino hasta la más mínima libertad de acción externa. Apenas atina a decir tengo sed y acabar con palabras que aparte de ininteligibles para la mayoría, podían provocar confusión dando a entender que Dios le había abandonado. Y sin embargo murió cuando quiso y sin perder la cabeza en ningún momento.

Esto se aplica hoy a su cuerpo místico.

Coronel Kurtz dijo...

El sedevacantismo es neoconismo desilusionado.

Su silogismo es simple:

El Papa nunca se equivoca en nada.
El Papa se ha equivocado en "x", "y", "z".
Ergo, el Papa no es el Papa.

Son las dos caras de la misma moneda.

Anónimo dijo...

Pero podría llegar un momento en el que se equivoque tanto que no se le debería considerar Papa, ¿no?

¿O puede decir y hacer toda clase de barbaridades y siempre seguirá siendo Papa?

Miles Dei dijo...

Efectivamente, coronel, prefiero dar a los cerrados en el sedevacantismo por el escándalo de la Iglesia el atajo místico que muestra el escándalo del fracaso ante el mundo de la humanidad de Cristo.

Coronel Kurtz dijo...

«Non praevalebunt!»

Lo dijo Cristo, no yo.

Miles Dei dijo...

Las dificultades vacantistas sobre suuestas herejías del Papa están excelentemente tratadas aquí

http://www.statveritas.com.ar/Varios/SedeRomana2.htm

Miles Dei dijo...

Bueno, coronel, el que la sede esté vacante no significa que las tinieblas hayan prevalecido. De hecho, hace tiempo que tengo la convicción, contra el sentir de muchos, supongo, que la segunda venida de Nuestro Señor será en estado de sede vacante por motivos naturales (muerte del Papa).

Otra cosa es que la sede vacante ocurra porque un Papa sea declarado hereje. Eso es un despropósito que llevaría a dudar de toda la Iglesia y a situarse en un discurso lleno de dificultades para poder sostenerlo sin peligro para el alma.

Cargil dijo...

El sedevacantismo es un camino sin salida. Si cada vez hay menos obispos, como dicen algunos, ¿quién podrá elegir al Papa?

Se termina en el conclavismo por el que unos supuestos "obispos" (muy dudoso que ese variopinto grupo que dice serlo haya recibido órdenes válidas de un anciano senil) eligen a un anti-papa.

Redacción dijo...

Estimados todos:

Permítannos un llamado de atención.

El sedevacantismo no es el tema de este hilo.

Y, por si pudiese quedar alguna duda, éste no es un blog sedevacantista.

Volvamos, entonces, a la cuestión planteada.

Hermenegildo dijo...

El artículo parece escrito para hoy día, pero no se puede decir que no hayamos avanzado nada desde entonces: tenemos el Motu Proprio "Summorum Pontificum" que, aunque presenta ciertas deficiencias, supuso un gran paso. Ahora tenemos una tarea muy ardua por delante: que cada vez los fieles valoren y frecuenten más la Misa tradicional.

Miles Dei dijo...

El tema no va de sede vacante, pero seguro que sí va de sede desistente. Por eso no hemos avanzado nada. El motivo de esta desistencia tiene que estar en algo espiritual, querido o tolerado por Dios, porque humanamente no se explica que un gobernante deje descalabrarse así a la Iglesia.

Hermenegildo dijo...

Por cierto, la fotografía de la página del ABC se ve reducidísima.

Anónimo dijo...

En la misma hemeroteca pueden consultar otro articulo bastante interesante del mismo autor,sobre M.Lefebvre.