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jueves, 5 de enero de 2012

Una gauchada para Maricruz


El Gauchito Gil* contesta a las preguntas de Maricruz. Le agradecemos la caridad. 

Uyuyuy... me desperté de la siesta y me encontré con estas complicadísimas preguntas. Veamos:

1. "Ustedes reparan en las consecuencias para las diócesis en la que existen núcleos lefebvristas?" Sí, ¿y? ¿qué con ellas?

2. "Han considerado lo que sucederá con los jóvenes de mi país, por ejemplo, que coquetean con el lefebvrismo y que están navegando actualmente a dos aguas?" Nada, pues nada malo hay con coquetear y hasta con recibir los sacramentos de la FSSPX cuando la misma Comisión Eclesia Dei lo tiene permitido. ¡Si hasta permitió poner platita en la colecta!

3. "Qué sucederá con los Una Voce a los que se aproximan tantos de ustedes?" Nada, por lo de antes.

4. "En qué quedarán los sacerdotes religiosos y diocesanos que aman el vetus ordo sin ser lefebvristas así como los laicos que jamás traicionaríamos el Magisterio y al Papa?” No sucederá nada. Y no muestre la hilacha, que antes que el Magisterio del Papa (sujeto) está la doctrina (objeto y objetiva) de la Iglesia.

5. "Qué sucederá con todos estos católicos, incluso con ustedes, si no existe voluntad de la FSSPX para aceptar el preámbulo doctrinal?" Obviamente, y por lo mismo: nada.

6. "Se lo han preguntado?" Pregúnteselo a ellos.

7. "No está la misma FSSPX sepultando el la forma extraordinaria y con ella a los fieles que le han dado su adhesión?" ¿Por? No, nada que ver.

8. "Van arrastrándo consigo a muchos hacia el abismo sin medir las consecuencias". Le reitero: no hay abismo donde hay un consentimiento (no digo que sólo no lo haya por esto) de la Santa Sede a recibir los sacramentos e ir a Misa en la FSSPX. Ni el más escrupuloso del mundo, si sabe de lo que habla, tendría de qué preocuparse.

9. "La gravedad del caso es inimaginable para ustedes, eso está clarísimo." ¿Por qué gravedad, doña? ¿Qué cambiaría si no hay acuerdo considerando lo que ya le dije y dijo Roma?

10. "Procuren no hacerme reír que me despeino". Le podría quedar bonito.

11. "Alejados como están de la despreciable "vida pastoral" es natural que crean que todo se resolverá desde el mundo de las ideas". Prueba ahora hablar de lo que desconoce. Vaya y vea que hacen los curas lefes pastoralmente y no se enoje si no le enseñan macanas ni bailes a la gente y lo mismo las convierten. ¿O usted se creyó el cuento ese de que hoy solo se evangeliza idiotizando?






* Es un lector argentino de nuestra bitácora.

martes, 30 de agosto de 2011

De Kafka a Maricruz


En la vecina Infocatolica, Maricruz da a entender que ha padecido lo mismo que otros grupos estables que han solicitado la aplicación del Summorum Pontificum. Si fuera cierto, lo que no termina de explicitar esta singular bloguera, lo sucedido nos deja la misma impresión de absurda injusticia que muchos conocemos por experiencia propia o ajena. Copiamos un relato de F. Kafka que nos parece alusivo al caso. 



Ante la Ley
Por Franz Kafka
Hay un guardián ante la Ley. A ese guardián llega un hombre de la campaña que pide ser admitido a la Ley. El guardián le responde que ese día no puede permitirle la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si luego podrá entrar. 'Es posible', dice el guardián, 'pero no ahora'. Como la puerta de la Ley sigue abierta y el guardián está a un lado, el hombre se agacha para espiar. El guardián se ríe, y le dice: 'Fíjate bien: soy muy fuerte. Y soy el más subalterno de los guardianes. Adentro no hay una sala que no esté custodiada por su guardián, cada uno más fuerte que el anterior. Ya el tercero tiene un aspecto que yo mismo no puedo soportar'.
El hombre no ha previsto esas trabas. Piensa que la Ley debe ser accesible en todo momento a todos los hombres, pero al fijarse en el guardián con su capa de piel, su gran nariz aguda y su larga y deshilachada barba de tártaro, resuelve que más vale esperar.
El guardián le da un banco y lo deja sentarse junto a la puerta. Ahí, pasa los días y los años. Intenta muchas veces ser admitido y fatiga al guardián con sus peticiones. El guardián entabla con él diálogos limitados y lo interroga acerca de su hogar y de otros asuntos, pero de una manera impersonal, como de señor poderoso, y siempre acaba repitiendo que no puede pasar todavía.
El hombre, que se había equipado de muchas cosas para su viaje, se va despojando de todas ellas para sobornar al guardián. Éste no las rehusa, pero declara: 'Acepto para que no te figures que has omitido algún empeño.' En los muchos años el hombre no le quita los ojos de encima al guardián. Se olvida de los otros y piensa que éste es la única traba que lo separa de la Ley.
En los primeros años maldice a gritos su destino perverso; con la vejez, la maldición decae en rezongo. El hombre se vuelve infantil, y como en su vigilia de años ha llegado a reconocer las pulgas en la capa de piel, acaba por pedirles que lo socorran y que intercedan con el guardián. Al cabo se le nublan los ojos y no sabe si éstos lo engañan o si se ha obscurecido el mundo. Apenas si percibe en la sombra una claridad que fluye inmortalmente de la puerta de la Ley.
Ya no le queda mucho que vivir. En su agonía los recuerdos forman una sola pregunta, que no ha propuesto aún al guardián. Como no puede incorporarse, tiene que llamarlo por señas. El guardián se agacha profundamente, pues la disparidad de las estaturas ha aumentado muchísimo. '¿Qué pretendes ahora?', dice el guardián; 'eres insaciable', 'Todos se esfuerzan por la Ley', dice el hombre. '¿Será posible que en los años que espero nadie ha querido entrar sino yo?' El guardián entiende que el hombre se está acabando, y tiene que gritarle para que le oiga: 'Nadie ha querido entrar por aquí, porque a tí solo estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla'.