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lunes, 21 de noviembre de 2016

Acción y contemplación (y 3)

4.1. Vida activa. Consiste en los actos de las virtudes morales, sobre todo de la justicia y de la misericordia para con el prójimo; dispone a la contemplación, porque disciplina las pasiones y pacifica el alma. Ejemplos característicos de las obras de esta clase de vida son las ocupaciones exteriores, como el dar limosna o practicar la hospitalidad; que de suyo son menos perfectas que la contemplación, a no ser en caso de necesidad (II-II, 188, 6).
4.2. Vida contemplativa. Une con Dios de un modo más directo e inmediato, introduce en la intimidad divina; por eso es más noble que la vida activa; es “la mejor parte", que durará eternamente.
4.3. Vida mixta. La vida apostólica perfecta, tal como se ha mostrado en los Apóstoles inmediatamente después de Pentecostés y en los obispos sus sucesores, fluye de la plenitud de la contemplación. Ejemplos típicos son la predicación y la enseñanza, cuando proceden de la contemplación, y son más perfectas que la simple contemplación, pues de suyo es más perfecto iluminar que arder; es el contemplata aliis tradere de los sacerdotes que predican, o de las religiosas que en enseñan el catecismo.
5. Relaciones. Santo Tomás dedica en la Suma una cuestión a precisar las relaciones entre la vida activa y la contemplativa (II-II, 182).
5.1. La vida contemplativa es (de suyo, objetivamente) mejor que la contemplativa. «María ha escogido la mejor parte» (Lc 10,42), dice el Señor. El Aquinate afirma la superioridad de la vida contemplativa sobre la activa, dando hasta ocho razones -tomadas de Aristóteles- para probar la tesis, con argumentos que convienen analógicamente a la contemplación natural y a la sobrenatural. Teológicamente, la vida contemplativa sobrenatural es superior a la activa por razón de su principio, de su objeto y de su fin.
5.2. La vida contemplativa es (de suyo, objetivamente) más meritoria que la activa. Por la mayor dignidad del principio, del objeto y del fin de la vida contemplativa (v. 5.1.). Y porque la raíz del mérito es la caridad, y de los actos que tiene la caridad el amor directo de Dios es más meritorio que el amor del prójimo.
5.3. Pero puede ocurrir que la vida activa sea más meritoria que la contemplativa. Esto podría darse de tres maneras: a) por parte del sujeto: el que realiza las obras de la vida activa con un intenso amor a Dios tiene mayor mérito que el que se entrega de una manera tibia y negligente a la contemplación; b) por parte de los actos: la vida activa se extiende a muchos más actos que la contemplativa; todo acto realizado en caridad es meritorio; luego, numéricamente, son más los méritos de la vida activa y, a igual intensidad, mayor mérito; c) por redundancia de la contemplación: la vida activa no debe considerarse como contrapuesta a la contemplación, sino como un desbordamiento hacia fuera de la plenitud interior. Estamos en ámbito de la denominada vida mixta.
5.4. Si la vida activa obstaculiza o favorece a la contemplativa. Pareciera que esto es así, porque la acción exterior implica agitación y dispersión; sin embargo, dice San Gregorio que el que quiera vacar a la contemplación es preciso que antes se ejercite en el campo de la vida activa.
a) En un aspecto, la vida activa se opone a la contemplativa. El hombre activo se ocupa de muchas de obras exteriores, sobre todo los que están constituidos en autoridad: atender a las necesidades de cada uno, gobernar, etc. Todas estas cosas no se pueden hacer sin el ejercicio de las virtudes prácticas que impiden en muchas cosas el ejercicio de las intelectuales (p. ej., por falta de tiempo para ello). En este sentido resulta prácticamente imposible el ejercicio eminente de ambas vidas a la vez. Solamente Nuestro Señor Jesucristo las realizó juntamente en grado eminente, lo mismo que la Virgen por gracia especialísima de Dios. Los grandes contemplativos, cuando llegan a la cumbre de la vida mística, se aproximan mucho a este ideal, juntándose en ellos Marta y María, como dice Santa Teresa. Tal parece que fue la vida de San Pablo, cuya prodigiosa actividad exterior en nada comprometió su vida contemplativa, lo mismo que otros grandes contemplativos, tales como Santa Catalina de Siena, Santa Teresa, etc.
b) En otro aspecto, la vida activa favorece a la contemplativa. La vida activa pone orden en las obras exteriores, ejercita las virtudes que encauzan las pasiones y no deja lugar a los fantasmas de la imaginación, que encontrarían abundante alimento en la ociosidad e impedirían el sosiego de la contemplación.
5.5. Si la vida activa es anterior a la contemplativa. La respuesta es con distinción: según el orden de dignidad, la vida contemplativa es anterior a la activa, a quien ordena y dirige. Pero, según el orden de tiempo, la vida activa es anterior a la contemplativa, para la que dispone al sujeto. La forma viene cuando el sujeto está bien dispuesto; y esta disposición la realiza la vida activa principalmente en sus primeras fases (purgativa e iluminativa); y nunca puede prescindirse enteramente de ella, pues no hay sujeto tan perfecto y bien dispuesto que no pueda disponerse más para una ulterior perfección. Por eso dice Santo Tomás que los que por su temperamento inquieto y bullicioso son más aptos para la vida activa, pueden con ella prepararse a la contemplación, y los que por su índole pacífica y sosegada son más aptos para la contemplación, pueden ejercitarse en las obras de la vida activa para mejor disponerse a la divina contemplación.
5.6. Si es deseable la contemplación. Ésta, es una gracia formalmente santificadora, puesto que procede de la fe viva ilustrada por los dones del Espíritu Santo y bajo el impulso de una ardiente caridad. No desearla equivaldría a no desear la propia perfección.
6. Algunos errores frecuentes. A la luz de todo lo dicho en estas tres entradas, cabe mencionar algunos errores que pueden presentarse:
- En la vida espiritual hay etapas y grados. No hay mística sin ascética; ni Pascua sin Viernes Santo. Puede uno suponer que se encuentra avanzado en la vida interior, cuando en rigor no es más que un principiante. Y así quemará etapas necesarias, andará a los saltos. Y con el pretexto de la mayor dignidad de la vida contemplativa, o por distanciarse del activismo, terminará en un quietismo ilusorio. O bien, dado que la contemplación produce goces que no se quieren abandonar, no estará dispuesto para servir a Dios procurando la salvación del prójimo mediante el apostolado (cfr. Santo Tomás, De Caritate, q. 2, a. 11 ad 6). Pero el quietismo no es contemplación genuina; y el desinterés por la salvación del prójimo está reñido con la auténtica caridad. 
- Confundir la especie con el individuo. Sabido es que la vida activa es buena, la contemplativa es mejor y que la mixta es la óptima. Pero lo dicho por Santo Tomás respecto de las tres vidas es verdadero si se consideran las especies; no si se consideran en los individuos; porque en las personas concretas la vida absolutamente mejor es la que se ejercita con más perfecta caridad. Así, por ejemplo, en cuanto a la especie, es más perfecta la vida de un trapense que la de un salesiano; pero la vida sobrenatural de Fulano, trapense tibio, no es más perfecta que la de Mengano, salesiano santo.  
- La acción no es un sinsentido. No sólo es algo bueno, sino necesario. Una cosa es sostener que la acción es menos digna que la contemplación y que está a su servicio. Otra es denigrarla como si fuera una prostituta. Santo Tomás no duda en afirmar que se pueden alcanzar en la acción los méritos de la contemplación movidos por la exigencia de la caridad (S. Th. II-II, 182, 2). 
- Dentro del amplio espectro institutos religiosos, hay una jerarquía de grados de excelencia, que se toma del fin al que principalmente se dedican y secundariamente por las prácticas a que se obligan. En esta perspectiva, los institutos con votos solemnes y perpetuos son los más perfectos; y la vida religiosa es, en principio, tanto más perfecta cuanto más efectivamente renuncia al mundo. Pero esto es así desde un punto de vista abstracto y formal, consideradas las cosas en su especie; porque lo mejor para cada individuo pasa, en concreto, por corresponder a los dones recibidos, y no por una comparación de institutos, para luego auto-determinarse suponiendo que Dios va a dar unas gracias que no ha prometido, sino que da gratuitamente a quienes elige.


viernes, 18 de noviembre de 2016

Acción y contemplación (2)



Lo dicho en la entrada anterior debe enfocarse ahora desde una perspectiva sobrenatural que es distinta –aunque no opuesta- a la natural. Así, hay coincidencias de términos y analogías entre contemplación natural y contemplación cristiana. Pero no se puede obviar lo original de la contemplación infusa. Sin hacer una comparación detallada, se puede señalar que el objeto de la contemplación cristiana no es el Dios de los filósofos, sino la Trinidad revelada por Jesucristo. En esta contemplación, la caridad está en el punto de partida del deseo de conocer, sostiene el ascetismo y se ubica en su término amoroso. De modo que es posible que uno, siendo cristiano, tenga grandes dotes para la especulación sin salir nunca del plano natural por faltarle la gracia, o que nunca logre la contemplación infusa porque no ha progresado en la vida espiritual. No hay que olvidar que:
Melior est (in vita) amor Dei, quam Dei cognitio" (I, q. 82, a. 3). Aunque la inteligencia sea superior a la voluntad a la cual dirige, en la tierra el conocimiento de Dios es inferior al amor de Dios, porque cuando en la tierra conocemos a Dios, lo atraemos en cierta manera hacia nosotros, y para representárnoslo le imponemos el límite de nuestras ideas limitadas; mientras que cuando lo amamos, nosotros somos atraídos hacia El, elevados hacia El, tal como es en Sí mismo. Y por eso el acto de amor de un santo, como el Cura de Ars, explicando el catecismo, vale más que una sabia meditación teológica inspirada por un amor menor.” (Garrigou-Lagrange).
1. Todos los católicos tienen vocación contemplativa. Esta afirmación pudiera chocar en una primera lectura, pues se tiende a pensar que vocación contemplativa es sinónimo de estado religioso de vida contemplativa, como es el de los anacoretas y cenobitas, y de hecho, en la Iglesia hay diversidad de vocaciones. Hay que disipar esta confusión.
a) Contemplación sobrenatural. Ya no se trata de una actividad contemplativa de orden natural –que podríamos denominar especulación- como la que realiza un metafísico. Se habla ahora de una operación sobrenatural, fruto de la infusión de la gracia generadora del organismo sobrenatural. Los tomistas coinciden en que no hay más que una especie de contemplación cristiana: la contemplación infusa y totalmente sobrenatural. Especificando más, agregan que procede formalmente de los dones del Espíritu Santo (es  acto de los dones de inteligencia y sabiduría), que la caridad es causa de los dones y, por medio de ellos, de la contemplación. Se la define como “visión simple, afectuosa y prolongada de Dios y de las cosas divinas, efecto de los dones del Espíritu Santo y de una gracia actual especial que se apodera de nosotros, y nos hace habernos más pasiva que activamente” (Tanquerey). Así, Dios es conocido y amado de un modo experimental, que no puede explicar el lenguaje humano. No es inducción, ni deducción, sino simple intuición, que todavía no es visión clara de Dios; una especie de contacto con Dios que hace sentir su presencia y gustar de ella.
b) Vocación universal a la contemplación sobrenatural. Este punto no es más que la conclusión de un silogismo sencillo. Todos los católicos están llamados a la santidad. La contemplación infusa es parte (eminente) de la santidad. Luego… Es sentencia común entre los tomistas, vigorosamente defendida por Garrigou-Lagrange, que todo bautizado tiene vocación (general y remota) a la contemplación infusa. Todo bautizado significa que no se trata de una vocación exclusiva de algunos (obispos, sacerdotes, religiosos, monjes, etc.), sino de todo fiel católico en gracia. También de los fieles más rústicos, los que no saben nada de filosofía, ni de teología; y no se excluye a los casados, pues a pesar de lo que alguno pudiera insinuar, Cristo no instituyó seis sacramentos y un desliz… 
2. Pero no todos los católicos tienen vocación a la vida religiosa contemplativa. Este punto lo tratamos en una entrada precedente. Si la vocación religiosa no la reciben todos los fieles, mucho menos se puede decir que todos los católicos están llamados a una vocación religiosa contemplativa (a hacerse cartujos, por ejemplo). Están llamados, sí, a la santidad y a la contemplación infusa como su punto culminante. 
3. La perfección no es un estado; pero hay estado de perfección. El denominado estado de perfección (expresión legítima, si se la entiende bien) consiste en la práctica efectiva de los consejos evangélicos. Pero la perfección no es un estado sino que consiste esencialmente en la perfecta caridad. Razón por la cual, recuerda Santo Tomás, en el estado de perfección hay muchos que tienen una caridad imperfecta, o nula, “como muchos obispos y religiosos que viven en pecado mortal... Mientras que hay muchos laicos, también casados, que poseen la perfección de la caridad”. Si la perfección fuese un estado, habría que concluir que Martín Lutero y Marcial Maciel fueron santos por pertenecer a un estado de perfección, el religioso. La clave para no caer en confusión está en distinguir entre la perfección de estado y la perfección personal; sabiendo que en no pocos casos son imperfectas personas que viven estado de perfección, y que son perfectas personas que no viven en dicho estado. 
4. Vida contemplativa, activa y mixta. Santo Tomás trata esta cuestión de las diferentes formas de vida partiendo del ejemplo de las anfitrionas de Cristo en casa de Lázaro: Marta y María (Lc 10, 38-42), símbolos tradicionales de la vida activa y contemplativa. 
“Con relación a la perfección cristiana, Santo Tomás distingue tres clases de vida: la vida contemplativa, la vida activa y la vida mixta o apostólica (II-II, q. 179 ss.). En efecto, unos se consagran principalmente a la contemplación de las cosas divinas, otros a las obras exteriores de misericordia, y los apóstoles a la enseñanza de la doctrina revelada y a la predicación que debe derivarse de la contemplación (q. 188, a. 6).” (Garrigou-Lagrange).
Se habla de vida para designar un modo de vivir, cierto carácter espiritual, resultante de la especialización por las actividades u obras. Vale decir que son las ocupaciones dominantes las que especifican el tipo de vida: contemplativa, activa y mixta. Estos tres tipos de vida se presentan tanto en el estado religioso, con la diversidad de sus formas institucionales, como en el laical, cuando los seglares, que no son llamados al primero, organizan su vida en función de ciertas ocupaciones predominantes.
La santidad cristiana consiste en la perfecta caridad por lo cual el tipo de vida a elegir se determina para cada uno por las exigencias concretas de esta virtud. La vida elegida, por más perfecta que sea en su especie, no es algo que santifique de modo automático, con independencia los dones que Dios concede a cada persona. 
En la próxima entrada lo veremos un poco mejor.


miércoles, 16 de noviembre de 2016

Acción y contemplación (1)

Se ha debatido en otras bitácoras sobre la relación entre acción y contemplación. Es un tema sobre el cual tal vez se haya dicho todo. Sin embargo, a juzgar por algunos comentarios, pareciera que siempre hay que volver sobre algunas las ideas fundamentales. Conviene enfocar el tema en una doble perspectiva: natural y sobrenatural. Haremos el intento en esta entrada y en las siguientes.
- El ocio aparece como lo opuesto al negocio. En la civilización moderna se tiende a dar primacía al negocio sobre el ocio, el cual tiene mala fama, pues ocio parece sinónimo de pereza, cosa inútil y por ello  mala. 
“...la vida humana se ha estructurado (casi de modo exclusivo y excluyente) en función del trabajo. En efecto, si el hombre vive para trabajar, […] el ocio y la contemplación se presentan como instancias «sospechosas». En este sentido, «ocio» equivale a ausencia de trabajo, a reticencia al esfuerzo, a holgazanería. Al respecto el pensador alemán Josef Pieper expresa: «… en un mundo configurado precisamente por el principio de utilidad no puede haber un espacio de tiempo no útil, como tampoco puede darse un trozo de terreno sin aprovechamiento. Fomentar algo así sería como caer irremediablemente en el concepto de “sabotaje cultural”»
Como se puede apreciar, el ocio es entendido ampliamente en términos de «negación», como «ausencia de», no descubriéndose en este estado ninguna positividad. Seguramente hemos oído hablar a los economistas de este modo: «mano de obra ociosa».” (Lasa) 
- Sin embargo, el ocio es objetivamente más digno que el negocio. Una vida sin espacio para el ocio, que sature el tiempo con el trabajo, para “no pensar” y “sentirse bien”, matará en el ser humano las preguntas capitales en el camino de la felicidad. Esclavizado de este modo por el negocio el hombre se degrada.
“El ocio es un estado del alma que se manifiesta en una «forma de callar», en un «no anticiparnos a nada» con nuestro hacer para que podamos percibir la realidad tal cual es. Así como sólo puede oír aquel que calla, así también sólo puede percibir lo real el que no se anticipa a la mostración de las cosas, y las dejar ser «aquello que son». Sólo de esta manera es posible que cada hombre pueda encontrarse con su propio ser, con aquello que es y con aquel Ser que da consistencia a toda creatura. Sin el ocio, el hombre se transforma en un «perezoso». Ciertamente, la acedia (la pereza) significa, originariamente, la renuncia por parte del hombre al rango que se le fija en virtud de su propia dignidad, lo cual equivale a decir que ese hombre no quiere ser aquello que Dios quiere que sea. Este hombre se resiste, de este modo, a ser él mismo.” (Lasa)
- Con la ausencia del ocio contemplativo, muere el saber porque cesa el pensamiento, y se cosifica al hombre. 
“…quien no ve, no conoce; quien no conoce, no sabe. No pararse para ver es condenarse a un perpetuo turismo de masas: una mirada fugaz a este o a aquel lugar, cuatro charlas y una docena de trivialidades aliñadas con despropósitos, un pasar por doquier sin haber parado en un solo lugar. 
Sin contemplación no hay saber, muere la scientia porque cesa el pensamiento. Frente a la planta se para el botánico para «verla» u «observarla» con el fin de estudiar su vida, - clasificarla, describirla, conocerla; se para el filósofo y el teólogo para «reflexionar» sobre los problemas del mundo y de Dios; se para todo el que realiza un trabajo, si quiere que su obra sea válida…
Reducir el espacio de la contemplación —que exige un ambiente favorable y no hostil, de silencio y de tranquilidad; que exige tanto amor para lo que se quiere ver y para el propio ver o para la búsqueda, y por lo mismo tanta disponibilidad, dedicación, sacrificio y humildad— es empequeñecer el espacio del conocimiento hasta la anulación del saber. Todo ello en provecho a los slogans vulgares de que la contemplación es «pérdida de tiempo», «egoísmo antisocial», etc…. Combatir la contemplación o reducirla de espacio hasta identificarla con una actitud antisocial o egoística, «aristocrática», es ser enemigos de una sociedad de hombres libres para hacerse constructores atareados de una masa de bípedos cosificado…” (Sciacca)
- La contemplación natural es necesaria para una vida lograda y el contemplar la verdad produce delectación.
“La contemplación natural o del orden humano es el momento intuitivo del conocer, es la intuición de la verdad: el pintor «ve» intuitivamente desde el punto de vista artístico la «verdad» de un jardín; del mismo jardín el botánico ve intuitivamente desde el punto de vista científico la verdad, y el jardinero ve la suya. Como conocimiento intuitivo, la contemplación se contrapone al conocimiento discursivo; sin embargo, es su fundamento, se contraponen en la colaboración; en la contraposición son llamados a integrarse. Pero como fundamento del conocimiento discursivo, el intuitivo puede darse solo, el otro no: es el primado de la intuición inteligente sobre el discurso racional… Frecuentemente la intuición hace superfluo el conocer discursivo, que viene después para confirmarla: lo precede siempre, a veces espera siglos para tener la llamada confirmación científica, artística, etc. Pero precisamente por esto el conocimiento discursivo es también necesario, no sólo porque confirma al intuitivo, sino porque, a través del discurso, se saca cuanto se hallaba contenido en el intuitivo, que así es fecundo en otros conocimientos; porque aun el discursivo contribuye a que la intuición llegue a ser obra construida...
El conocimiento de una verdad comporta la fruición de cuanto es conocido; cuanto más se profundiza, tanto más crece la fruición, goce desinteresado y también él contemplador, motivado precisamente por el mismo intuir y penetrar, por haber ido dentro y más adentro. Tal fruición es también co-fruición, un gozar de ello junto a los otros.” (Sciacca)
- La contemplación es fundamento necesario de la acción. Si se reemplaza la contemplación por la acción externa, por efecto de dar primacía absoluta de la eficiencia y el éxito, se deshumaniza a la persona y también se vacía la acción.
“El problema de la relación contemplación-acción es hoy planteado por muchos —no sé si por ignorancia o por malicia— en términos de aut-aut: o la una o la otra: quien contempla no obra, quien obra no contempla; urge una elección: o la contemplación o la acción, un término excluye al otro. Este modo de plantear el problema no es sólo sofístico o malicioso —lo digo para los ingenuos— sino que es también vacuo y superficial por cuanto no resuelve el problema mismo; simplemente elimina uno de los dos términos y con esto mismo el problema, operación de la que todo el mundo es capaz. Resolverlo es, en cambio, mantener unidos los dos términos en su relación. En efecto, contemplación y acción no se excluyen, se completan; mejor aún, la contemplación es el fundamento necesario de la acción.  Quien se para para ver o contemplar, y quien «ha visto», sabe: si no sabe, si no contempla, ¿qué hace? No hace, deshace o hace más de lo necesario: sale así fuera del hacer. Por consiguiente, el hacer sin el contemplar nunca es verdadero hacer, sino destruir.
…mientras el verdadero hacer no puede darse sin la previa contemplación, ésta puede darse por sí sola: el momento teorético se da por sí mismo; la verdad es válida en cuanto verdad, mientras que ningún hacer es válido si no se funda sobre el saber. Una ley física es verdadera aunque no produzca nada útil… No sólo el contemplar es el fundamento de la acción, sino que se da también independientemente de la acción que de él depende; pero, afirmada ésta independencia, añadimos: la verdadera contemplación no puede cerrarse en sí misma; se abre a la verdadera acción que nace de ella. Como hemos dicho, las profundas y duraderas obras de poesía, de arte, de caridad, etc., nacen del momento contemplativo.” (Sciacca)
- Dios ha creado al hombre compuesto de alma y cuerpo. El ser humano no es ángel. La corporeidad implica necesidades materiales no sólo para conservar la propia vida, sino también para dedicar tiempo a la contemplación. De aquí viene el legítimo lugar que corresponde al neg–otium en una ordenada escala de bienes. Lo útil no está en la cúspide de los bienes humanos pero tiene una importante función que cumplir, pues si no hubiera neg–otium no habría alimentos, fármacos, vivienda, electricidad, libros… 
Quienes se dedican más a la especulación (investigadores, profesores, abogados, etc.) a veces menosprecian a los que desempeñan oficios más orientados hacia el bien útil. Fastidia, por ejemplo, cuando se dice peyorativamente que los médicos son comerciantes; como si esa profesión, y la medicina en general, debiera vivir del aire; y como si quien la menosprecia no dependiera del comercio para cubrir sus necesidades materiales y de la medicina para tener la salud. 
Señala Aristóteles que de suyo es mejor filosofar que hacer dinero pero si se padece necesidad es preferible enriquecerse (Tópicos, III, 2, 21). La contemplación es una virtud y el hombre necesita ordinariamente de una suficiencia de bienes para el cultivo de la virtud (Santo Tomás, De Regno, I, 15); de modo que sin un mínimo de bienes útiles la contemplación no puede tener lugar. 
Mientras el hombre sea un ser corpóreo el ocio sin el negocio será un imposible antropológico. Rebelarse contra esta realidad implica alzarse contra el Creador y su Providencia. Este querer ser ángeles traerá disgustos, y podrá perturbar hasta la misma salud mental, medio necesario para la especulación.



domingo, 20 de julio de 2014

Evangelizan orando



Unión del apóstol activo y del alma solitaria para la eficacia del apostolado
Los miembros de Cristo, en el cuerpo místico de Cristo, necesitan estar más unidos y vivir más armónicamente que los miembros del cuerpo, pues tienen todos la misma vida: Jesús. Los misioneros activos y los contemplativos trabajan para amar a Cristo y hacerle amar de todas las almas, y unos y otros forman un solo perfecto apostolado; mutuamente se completan, y cuando falta uno de los dos no hay apostolado perfecto.
No pueden faltar nunca estos dos miembros; tan necesario es el uno como el otro, y los dos unidos son la vida de la Iglesia. Santa Teresa de Jesús decía a sus Carmelitas, retiradas, solitarias, descendientes de ermitaños, señalándolas el espíritu que habían de tener de Iglesia orante y expiadora: que no se tuviese por Carmelita la que no ofreciera todas sus oraciones y sacrificios para que Jesucristo fuera más amado y conocido y para que se extendiera la Iglesia.
Ni dejaba de recordarles su fin de que se ofrecieran al Señor por los sacerdotes y apóstoles que trabajaban en las almas, para que sean santos, porque han de ser ángeles y estar despegados del mundo los que tratan de convertirle. Y señalaba estos efectos de las almas muy abrasadas en el amor de Dios: «Da Dios a estas almas un deseo tan grandísimo de no descontentarle en cosa ninguna, por poquito que sea, ni hacer una imperfección, si pudiese, que por sólo esto, aunque no fuese por más, querría huir de las gentes, y ha gran envidia a los que viven y han vivido en los desiertos. Por otra parte, se querría meter en mitad del mundo por ver si pudiese ser parte para que un alma alabase más a Dios» (1).
Los que viven en soledad espiritual, si viven santamente y sólo para Dios, como es su fin, no pueden olvidarse de pedir y ofrecerse a Dios con instancia grande y no pequeños sacrificios por el florecimiento de la Iglesia, por la salvación y santificación de todas las almas, pues todas son criadas por Dios, redimidas por la sangre de Jesucristo y hermanas suyas; y muy especialmente por cuantos se dedican al apostolado externo. Y cuantos se consagran a este apostolado externo por el llamamiento divino, si son fieles y lo hacen, como deben, por verdadero amor de Dios, no pueden menos de poner todo su esfuerzo por tener oración y recogimiento y presencia de Dios, para vivir desprendidos de los bienes y amistades terrenas y muy sobre sí mismos en soledad espiritual, en perfecta soledad espiritual, tanto más necesaria cuanto están en más difíciles circunstancias; porque es heroico tratar con el mundo y estar desprendido de él; pero tanto más meritoria y santa será la obra cuanto más difícil. El hombre puede plantar y regar, hablar y moverse; pero sólo Dios da el incremento. Las gracias de la conversión y de la santificación sólo las puede dar Dios, y sin su gracia y la unción del Espíritu Santo, todas las palabras y todos los esfuerzos del apóstol serán estériles y vanos. Pero Dios se comunica por conducto de las almas santas, y todos tenemos que pedir al Dador de todo bien que envíe apóstoles santos a su Iglesia.
El apóstol externo, santo, el maestro de las almas, siente la necesidad de encomendarse a sí mismo y encomendar su obra para que el Señor la haga dar copioso fruto, y encomienda también a las almas santas que viven en la Iglesia, en los lugares que sea, y a todas las almas del mundo. Así, compenetrados y hechos uno solo, está el misionero externo santo y el alma solitaria santa, la Iglesia docente y la Iglesia que ora y expía, formando el único apostolado de Dios, pues en sustancia sólo hay un apostolado: el de la santidad y las virtudes, el de amar y hacer amar. El misionero sin santidad, sin la vida interior, sería un sol pintado, que, por bello que parezca, no da luz ni calor.
Vemos hoy que en las misiones colectivas de las ciudades, los misioneros dirigentes piden a los monasterios de clausura oraciones para que Dios derrame gracias especiales en esos días y bendiga los labios y los actos del apóstol, porque sólo hay un apostolado, y las diversas maneras de practicarlo han de converger en Dios, que es el hacedor de todo.
Jesucristo, con su ejemplo y con su palabra, nos mandó la oración permanente y la penitencia, y envió a los escogidos a predicar, desprovistos de bienes materiales, sin que nada les faltase, confiando en la divina Providencia, y sólo mediante la oración y el ayuno se arroja esta clase de demonios (2), les dijo al bajar del monte Tabor. También el apóstol de vida activa ha de ser necesariamente alma interior y vivir la soledad espiritual. La vivía San Pablo, el gran misionero, entre los apóstoles; la vivía entre las gentes y en la cárcel, y repetía la enseñanza fundamental del Divino Maestro: No queráis que vuestra vida sea   como la vida de los mundanos (3), y afianzando y enseñando la vida que ha de tener el cristiano, decía imperativamente: Vuestra vida esté escondida en Cristo (4).
El apóstol de vida externa no puede estar vacío interiormente, ni estar lejos de Dios, ni debe vivir sin tener mucho trato con Nuestro Señor. Ha sido llamado para ser mensajero de la vida espiritual, interior, de amor divino, y no puede llevarla, ni aun hablar consciente y experimentalmente de ella, si no la vive y va lleno de Dios, empapado en amor y reflejando santidad en sus obras lo mismo que en sus palabras. Ha de sembrar vida santa y no se efectuará la siembra si se carece de la semilla.
Y esta verdad no fue sólo para el apóstol de los primeros siglos de la Iglesia; lo es para todos los tiempos, como el Evangelio, y lo es en el momento presente. 
(…)
El apóstol es una hoguera de Dios y un sol en lo alto del firmamento, creado, puesto y alimentado por Dios para que dé luz y calor divino y derrita todos los hielos de la frialdad religiosa, de la ignorancia y del pecado.
Será mejor apóstol la hoguera más encendida, el sol más esplendoroso, el que caliente más almas y las inflame en amor. Esté donde quiera ese sol, siempre estará en el firmamento de Dios, en la amistad con Dios, en la soledad espiritual, y Dios le está dando la vida; cuanto más cerca y más lleno de Dios esté, más almas convertirá y santificará, esté en el desierto o esté en el mundo.
No hay discrepancia alguna en que el apóstol de Dios ha de vivir esa vida de Dios por la vida de oración. Habría discrepancias en el obrar, pero no en el pensar ni en el aconsejar.
Será el Papa, será un Santo antiguo o moderno o será un escritor eclesiástico cualquiera; todos, en una forma o en otra, enseñan esta verdad. Un autor de nuestros días nos dice: «Los Santos llevaron muchas almas a Dios, y los malos sacerdotes no llevan ninguna o las alejan» (8).
«No puede haber eficacia sobrenatural alguna sin una vida de oración auténtica. Si las exigencias de la vida moderna y de sus actividades múltiples se muestran incompatibles con la oración prolongada, caiga la actividad, cercénese, húyase de ella; todo menos cortar las alas a las almas y empobrecer su vida interior ...» «Sería gravísimo y peligrosísimo yerro si el sacerdote, dejándose llevar de falso celo, descuidase la santificación propia por engolfarse totalmente en las ocupaciones exteriores, por buenas que sean, del ministerio sacerdotal...»(9).«...No nos conformemos con esas orientaciones espirituales que llaman vida de oración a un cuarto de hora y parecen colocar el desideratum en la media hora al día. La gente del mundo, lo mismo que los directores, deben tener tiempo, deben buscarlo por todos los medios. No creo que nadie me contradiga si afirmo dos cosas: primera, que no hay alma, por ocupada que sea su vida, que queriendo, no acierte a encontrar tiempo suficiente para la oración; y segunda, que son inútiles todos los otros medios sin éste, sin una vida de oración, a la antigua» (10). 
_______________
(1) SANTA TERESA DE J ESÚS: Moradas Sextas. Cap. VI.
(2) MATH.: XVII, 20.
(3) SAN PABLO: A los Romanos, XII, 2.
(4) Ídem: A los colosenses, III, 3.
(…)
(9) Pío XII: Ad Catholici Sacerdotii.
(1O) CÉSAR VACA: Guías de Almas. Cap. VIII.
Fuente:
Un carmelita descalzo. Al encuentro con Dios. Madrid (1958). Pp. 323 y ss.

domingo, 6 de mayo de 2012

Carta abierta a un nuevangelizador

Ofrecemos unos fragmentos de la Carta a un trapense, obra del dominico argentino Mario José Petit de Murat (texto completo disponible aquí). Un texto para leer y meditar.

“…nuestras formas de apostolado adolecen de una debilidad e ineficacia intrínsecas. La agitación es mucha. Se multiplica la diversidad de actividades e instituciones hasta la fatiga. Los Sacerdotes y los Religiosos se dividen y subdividen intentando atender un cúmulo de empresas que  se sobreponen, ahogándose las unas a las otras. Los fieles abnegados, los verdaderamente militantes, sufren la paradoja de que su propia acción les seca el espíritu a causa de la compleja organización de reuniones y actos que han de atender. Cada día trae consigo una nueva táctica y proyecto de "apostolado".
Hasta las jovenzuelas que no han cumplido los primeros pasos en la mortificación de los vicios y el desarrollo de las virtudes pretenden servir a Cristo más en los otros que en ellas mismas.
Este estado de cosas encuentra su origen en un mal anterior más lamentable aún: la confusión que reina en tanto clero, ya secular, ya religioso. Allí donde se reúnen cinco sacerdotes se entrechocan tres opiniones distintas; muchos de ellos sostienen teorías de bajos sincretismos con los enemigos de la Santa Iglesia: otros, tornadizos como las antenas impresionadas por cualquier onda, viven a la pesca de "los nuevos métodos" cambiantes y frívolos como las modas. La angustia por la escasez de los frutos, los mueve, no a podar para obtenerlos luego por un verdadero acercamiento a Cristo, sino a multiplicar con desazón las actividades, la hojarasca de los "apostolados" superficiales que se alejan más y más de la Fuente y trotan servilmente a la par de los métodos de propaganda del mundo.
Esta experiencia está tocando su propio fondo; vemos en el seno de toda esa actividad un casi vado de Jesús. Ese mar de palabras, conferencias, de "sistemas celulares" y "equipos especializados" están cargados de disputas, de opiniones y actitudes individuales, más que de nuestro Señor y sus Misterios.
¡Ah, cuánta verdad es aquella de que "cuando el hombre habla, Dios calla; cuando el hombre calla, Dios habla"!
Al fin al de cuentas se ve que el Señor es muy soberano y si bien su misericordia lo llevó a encarnarse, fur para transfigurarnos en El y "sentarnos entre los príncipes de su pueblo", no para quedarse tirado para siempre en el estiércol del pesebre.
En una palabra, el activismo actual ha logrado el resultado que menos esperaba, es decir, manifestar a las claras que padece una impotencia intrínseca para lograr la conversión de las almas.La actividad apostólica cuando no emana de una sazonada contemplación de Cristo y sus Misterios, cuando quiere nutrirse a si misma o, cuanto más, en sustitutos anodinos de la vida monástica (hoy se enseña con suma frecuencia a los fieles que pueden llegar a la unión con Dios apurando Misas frecuentes; con la Comunión entre ómnibus y oficina, media hora de meditación diaria y un director espiritual) no tarda en derivar hacia una vacía agitación, y más que convertir, aumenta la confusión y el desconcierto pues no poniendo los medios y las disposiciones suficientes para una purificación a fondo, la que permite que la gracia santificante corra de verdad desde el alma hacia toda potencia y acción, el Espíritu Santo no obra más que de manera exigua en medio de muchos detritus individuales y mundanos.
La experiencia muestra -y es hora de convencerse de ello- que el activismo obtiene para la Iglesia sólo la agregación de afiliados como lo podría hacer un partido político o una sociedad cualquiera. ¿Cómo se puede enseñar un cambio total de mente y costumbres, si no se ha concebido ni vivido la decisión que pesa en la voluntad redentora del Señor de obtener con el derramamiento de su Sangre, no simpatizantes ni adeptos, sino absolutamente el odre nuevo para el vino nuevo, la criatura nueva, transfigurada en hijo de Dios por la renovación completa, no por una agregación de costumbres "católicas" a las antiguas costumbres?
El activismo confía en una doctrina rota por la mitad: todo él se funda en el "ex opere operato" de los Sacramentos de la Nueva Ley. Es verdad; pero ese aserto se completa con el otro término de la relación sacramental -el hombre- acerca de cuya índole el Señor insiste hasta el cansancio en sus parábolas, donde enseña que la gracia opera a modo de semilla y que ella germinará cumpliendo su poder regenerante y transfigurante según las disposiciones más o menos favorables que le ofrezca esta tierra que somos.El Bautismo, los Sacramentos, necesitan de un clima, de un encelado amor y cuidados para desarrollarse. La vida monástica es la única que los da cabales, tal como el Don de Dios los merece. La respuesta del monje es la exacta, posible al hombre, frente al requerimiento de un Dios hecho Hombre por nosotros. ¿Qué menos se puede hacer ante semejante Visitación y Oportunidad que apartarse de todo para convertirse en una intensa receptividad de ese Dios, de su Luz y su Voluntad; abrazarse a los medios, los más adecuados a la consumación de tal unión? El monje es el que dentro de la Iglesia ha escogido los "simpliciter" sobrenaturales; aquellos que emanan de manera directa de la pura fe. No son de necesidad de medio, pero sí, los convenientes en grado óptimo al máximo desarrollo de los Sacramentos imprescindibles. Toda acción - la gracia sacramental en nuestro caso- supone un sujeto pasivo que la recibe y el efecto será tanto más perfecto cuanto mejor dispuesto se encuentre dicho sujeto para esa acción.
Las otras Ordenes y Congregaciones disponen de los mismos medios, pero los disminuyen en menor o mayor grado -algunas llegan a suprimir uno u otro- para combinarlos con fines temporales que ya no son por sí mismos propiamente santificantes sino santificables. Se podían permitir esa atenuación presupuesta la base de un monacato vigoroso que cultivara la parte de María para toda la Iglesia. En cambio, el inconsciente orgullo de muchos, las inadvertidas infiltraciones de las tendencias contrarias que medran en el mundo, acentuaron de día en día en medio de las fuerzas católicas de ataque y conquista, la confianza en la acción humana; la actitud y porción de María, la del grano de trigo que se sepulta en el silencio y la adoración para llevar fruto resultó, entonces, anacrónica e ingenua. De esa manera la actividad apostólica quedó sin raíces o poco menos.
El que sostuviere lo contrario no haría con ello otra cosa que despreciar a la santísima Virgen, Madre de Dios y nuestra, ya que la vida monástica es la prolongación de la suya, sobre la tierra. Además, causa espanto ver cómo podemos enceguecernos los que nos creemos hijos de la Luz, y perder entendimiento los que somos doctores en el Israel de Dios. Pues el texto de San Lucas en el Cap. X, verso 38 al 42 es muy conocido y recitado a cada instante. Entonces ¿cómo pudimos desarrollar tanto lo que allí el Señor Jesús reprochó a Marta y descuidar o despreciar lo que el mismo Señor alabó y prefirió en María?