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miércoles, 17 de mayo de 2017

La moralina del boicot



Boicotear es realizar una medida de presión encaminada a impedir o entorpecer el ejercicio de una actividad, generalmente de tipo comercial, profesional o social. El boicot muchas veces se lleva a cabo mediante la abstención del consumo de un determinado bien o servicio, en la convicción de que con este modo de actuar se perjudica al vendedor o prestador boicoteado, causándole pérdidas patrimoniales y un desprestigio que no ha previsto.
"Una de las victorias más significativas que se han logrado mediante un boicot fue precipitar la abolición del apartheid en Sudáfrica, con el apoyo de las «desinversiones» desde la década de 1980. Se iniciaron boicots en todo el mundo contra Shell, Kellogg (compañía) y Coca Cola entre otras, para protestar contra las políticas racistas del gobierno sudafricano. Las compañías objeto del boicot promovieron decisiones de los accionistas exigiendo no operar en el país, acelerando la abolición del régimen segregacionista en 1994.
Un boicot tiene hoy muchas más posibilidades de éxito gracias a Internet, a través de sitios web, grupos de noticias o listas de correo. El efecto «bola de nieve» en Internet es muy rápido comparado con otros" (fuente).
Es frecuente que los católicos, individualmente o asociados con otros (ejemplos aquí), recurran a la práctica del boicot con diversidad de resultados. En principio, nada se opone a dejar de consumir determinado bien o servicio por un motivo de caridad. Podría ser ocasión de practicar la mortificación cristiana.
Hasta aquí, nada que objetar. Pero en el contexto de este apostolado del boicot pueden darse algunos errores que conviene apuntar. Los más serios podrían agruparse bajo un rótulo: moralina. ¿Qué es la moralina? Para el DRAE es una moralidad inoportuna, superficial o falsa. Por una formación superficial en los principios de la moral católica, podemos hacer juicios sobre conductas ajenas que –objetivamente- no merecen reproche. Vemos pecados objetivos (aunque supongamos un obrar subjetivamente inculpable) en acciones de los demás que, en rigor, no son tales a la luz de la doctrina católica. Esta moralina desconoce que el pecado material es un verdadero mal, un ultraje a Dios, un desorden introducido por la criatura (cfr. Vacant, DTC). Y por más que presumamos “buena fe” en el otro, al imputarle un pecado material que no existe en el orden objetivo, lesionamos su honor y cometemos una calumnia. Otra forma de moralina es tener juicios errados sobre la moralidad de los propios actos, es decir una conciencia deformada, en sentido rigorista o laxo. En la nota al pie damos algunos ejemplos un tanto exagerados con finalidad didáctica (1).
Hay dos modos de evitar esta moralina. El más simple, y accesible a todos, es abstenerse de emitir juicios morales sobre la conducta ajena. El segundo, es formarse rectamente para adquirir ciencia moral. Dado que las conductas en materia de boicots son alteritarias, pues se refieren a lo que se hace u omite en seno de la vida en sociedad, resulta indispensable tener recta doctrina sobre los actos humanos, la cooperación y el denominado principio de doble efecto. 





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(1) Ejemplos de moralina del boicot:
- La plataforma háztelo mirar lanza una campaña para boicotear a los laboratorios Bayer por la venta de fármacos anticonceptivos y abortivos. Los promotores de la campaña dicen que es pecado (objetivo, de omisión) no adherir a esta.
- El director de un hospital realiza una compra millonaria de analgésicos fabricados por Bayer, pues considera que son los de mejor calidad. Al hacerlo, se afirma, favorece económicamente a una empresa que vende productos abortivos. Por tanto, es cómplice de los abortos y los pecados de contracepción que se cometerán con los productos Bayer.
- Un médico receta un medicamento de Bayer para curar un problema serio en el aparato reproductor su paciente, mujer, que tiene efecto secundario anticonceptivo. Así  coopera económicamente con el mal que realiza la empresa y además es cómplice del pecado contraceptivo de su paciente.


viernes, 3 de marzo de 2017

El olvido de la gracia actual


En una entrada ya publicada, ofrecimos nuestra traducción un de texto del obispo Castro Mayer que explica de manera sencilla cómo pueden salvarse quienes no pertenecen en acto a la Iglesia. Vale la pena volver sobre el tema pero con una visión más profunda. Intentaremos hacerlo siguiendo la obra del dominico Emilio Sauras (obra completa, aquí; para los puntos de esta entrada, cfr. ps. 632-659) de la cual reproducimos fragmentos en letra de menor tamaño.
La gracia actual se define como el influjo sobrenatural transeúnte de Dios en el alma que mueve al acto relativo a la santificación y a la vida eterna. La doctrina de la gracia es árida. La catequesis y la vulgarización teológica se ven obligadas a simplificar el tema para hacerlo más comprensible. Lo cual puede dar lugar a esquemas uninalterales y a veces mezquinos, como el que escuché una vez a un cura: - Maurras era agnóstico; no podía influir cristianamente en la sociedad francesa… Como si la incredulidad hubiera corrompido su naturaleza incapacitándola para actos buenos en favor de los demás; como si la infidelidad fuera un impedimento para recibir gracias actuales... O el comentario que hizo otra persona sobre Solzhenitsyn: - No murió dentro de la Iglesia... Lo cual es verdad pero pudo recibir gracias actuales a lo largo de su vida que lo preparasen para gracias de última hora. 
Por cierto, no poseemos el "graciómetro" por lo que tenemos que limitarnos a lo que percibimos exteriormente. Pero considerar el papel de la gracia actual contribuye a distanciarnos de un manojo de errores pesimistas -algunos, verdaderas herejías- que nos acechan: corrupción total de la naturaleza; negación de la bondad natural de ciertos actos y de su contribución al bien de los demás; negación del bien oculto de las gracias actuales; defectibilidad de la Iglesia opuesta a la promesa de Cristo, etc. Son "demonios" que conviene exorcizar antes de que se adueñe de nosotros el mal de la acedia que causa ceguera para el bien.
- Cristo es redentor de todos y a todos ofrece su salvación.
“Dios quiere salvar a todos los hombres […]; Cristo es redentor de todos; todos tienen posibilidad subjetiva de salvarse; a todos llega próxima o remotamente la gracia suficiente, etc. Todas estas expresiones significan una misma cosa: que no hay hombre en el mundo que no esté conectado de alguna manera con Cristo, o que de alguna manera no reciba su influjo sobrenatural…
Excluir a alguien de este influjo divino ejercido mediante Cristo, redentor y cabeza, es correr peligro de caer en el error calvinista de que Dios crea a determinados hombres con un destino condenatorio…
…a todos llega el influjo sobrenatural de Cristo mientras están en el mundo. Pero no todos lo reciben en el mismo grado. La Teología, que asegura que nadie queda excluido del cuerpo místico de Cristo, asegura también que sus miembros se dividen en dos grandes grupos: miembros en acto y miembros en potencia”.
- Los miembros en potencia del cuerpo místico reciben un influjo sobrenatural de Cristo.
“Sería una equivocación pensar que los miembros en potencia no son, sino que pueden ser miembros. Esto equivaldría a decir que de hecho no reciben nada de Cristo, aunque pueden recibir. Lo cierto es que reciben algo y que pueden recibir más. Lo que reciben, aunque es un don gratuito y sobrenatural, no es suficiente para vivificarlos, y como el miembro en acto es el vivificado, de ahí que no sean miembros actuales. Son potenciales, porque lo que reciben no les vivifica, sino que les prepara para la vivificación, que obtendrán si utilizan debidamente lo que tienen”.
- Miembros actuales y potenciales.
“Todo el que reciba la gracia que santifica, y, por lo tanto, la caridad, es miembro que recibe la vida de Cristo; también la recibe quien recibe la fe o el conocimiento divino, aunque, si se limita a recibir esto solo, y no tiene la gracia que santifica, su vida será imperfecta. Todos cuantos tienen fe y caridad son, pues, miembros en acto. En cambio, quienes reciben dones sobrenaturales y gratuitos más imperfectos, que no dan ni el conocimiento sobrenatural de la fe ni la vida sobrenatural de la gracia, aunque preparan para adquirirlos, son miembros en potencia. Como se ve, ser miembro en potencia no quiere decir que no se recibe nada actualmente, aunque se pueda recibir; sino que no se recibe actualmente la fe ni la caridad, aunque sí otros dones que disponen y preparan para obtener éstos… y llegar a ser miembro en acto”.
- Los miembros en acto forman tres grandes grupos: bienaventurados, justos que poseen la fe informada por la caridad y pecadores que no tienen la gracia santificante, ni la caridad, pero conservan el hábito de la fe. Los miembros en potencia integran el denominado mundo infiel.
“…entendemos aquí por mundo infiel el que no tiene fe infusa. Hay en él dos grandes grupos: el de quienes tienen fe pero no es sobrenatural, ni infusa, sino solamente natural, como los herejes que conocen las verdades reveladas y las aceptan, y los racionalistas, que también pueden conocerlas todas o algunas, y aceptarlas en virtud de sus propias investigaciones y no por la autoridad reveladora de Dios ni por la proposición infalible de la Iglesia; y el pagano, constituido por quienes no han oído  hablar de las verdades reveladas o, si han oído, no las admiten...
Ninguno de éstos está unido a Cristo en acto, pues carecen de la gloria, de la caridad y de la fe, los tres elementos que actualizan la vida de la cabeza en los miembros. Y, sin embargo, todos están redimidos, a todos alcanza la voluntad salvadora de Dios…
…todos pueden alcanzar el fin sobrenatural, mientras vivan en este mundo. Solamente quedan excluidos los condenados…”
- Los infieles pertenecen al orden sobrenatural de la redención y reciben gracias actuales que los disponen para llegar a ser miembros actuales del cuerpo místico.
“La afirmación de que los infieles son miembros en potencia es común. Pero hace falta entenderla bien. Quizá alguien piense que la frase quiere decir que pueden tener la gracia el día de mañana, sin que en la actualidad posean nada. En cuyo caso estarían en condiciones parecidas a las de quien viviera en estado natural. Pero no, hemos dicho que, aunque caído, el hombre, todo hombre, pertenece al orden sobrenatural de la redención. Tiene, pues, algún principio, que le incardina a él y que, por tanto, le conecta con Cristo, de quien depende el orden divino reparado.
Este principio no es uno solo, ni, por lo tanto, es idéntico en todos los infieles. No es idéntico en los infieles que han oído ya la predicación del Evangelio o que han poseído la fe y la perdieron y en los que no saben nada de la revelación. Pero todos tienen algo que los incardina a Cristo, algo que no produce la vida divina ni en su grado más imperfecto, que es el de la fe con la que empieza el hombre a vivir de Dios, y que, al no producirla, no los hace miembros vivos o miembros en acto. Pero que más o menos remotamente, más o menos próximamente, les dispone para la fe y para lo que viene después de la fe.”
- El hombre caído no puede con sus fuerzas naturales disponerse convenientemente a recibir la gracia. Las disposiciones son de orden sobrenatural y absolutamente gratuitas. Hasta la simple remoción de obstáculos en orden a la gracia es un efecto de la gracia actual.
“Hay un principi0 que dice que «la potencia y el acto deben ser proporcionados», y no tenemos derecho a pensar que falle aquí. Y tratándose de actos sobrenaturales, como son los que constituyen la vida de Cristo en sus miembros […] los principios que constituyen la potencia que a tales actos conduce serán sobrenaturales también.”
- Dios quiere que todos los hombres se salven; de donde se sigue que todos los hombres reciben alguna gracia de Cristo para poder salvarse. Si así no sucediera la providencia divina sería defectuosa. Pero no todos aprovechan las gracias recibidas.
“Acabamos de decir que Dios ofrece y da a todos las gracias suficientes que necesitan para salvarse. No decimos si son próxima o remotamente suficientes. Para el caso que estamos estudiando, que es el de los miembros en potencia basta que sean gracia o que sean principios sobrenaturales. Si lo son, y son suficientes, bastan para que quien los posee pueda llegar, usándolos bien, a la justificación…”
- ¿En qué consiste la gracia que hace miembros en potencia del cuerpo místico a los integrantes del mundo infiel?
“La respuesta a esta cuestión no tiene, en realidad, gran interés. Lo que interesaba era que la gracia de Dios y de Cristo llegara a todos los infieles, y esto es cierto. ¿Qué es esta gracia? Creo que nadie puede determinarlo con certeza más que quien la da, Dios. Nosotros podríamos descansar en la condena de la proposición jansenista hecha por Alejandro VIII…”
“Vamos, sin embargo, a ver qué dice la teología sobre los auxilios que los infieles reciben de Dios y de Cristo. Pero antes advirtamos que hay varias clases de infieles: unos que no han oído nada del Evangelio, a quienes no se les ha predicado ninguna verdad cristiana, y que, por lo tanto, están en una posición completamente negativa en orden a la fe; y otros que han oído predicarlo, que incluso quizá. lo han aceptado y que después de aceptarlo perdieron la fe o después de oída su predicación permanecieron positivamente en su incredulidad. No podemos decir que sea idéntico el auxilio de Dios recibido por los primeros y por los segundos. Los primeros empezarán recibiendo auxilios suficientes, pero muy remotos; si los secundan, llegarán, por los caminos misteriosos de la providencia divina, a obtener la fe y con ella la caridad y, en consecuencia, a justificarse. Para llegar aquí pasarán por la etapa en la que empieza la gracia suficiente de los segundos. Los que ya conocen la doctrina revelada y no la aceptan han recibido ya de Dios la gracia próximamente suficiente de la predicación o del conocimiento de la verdad revelada, A pesar de no aceptarla, Dios les insta a que la acepten; y si secundan estas instancias, la aceptarán, recibirán luego la gracia santificante y se salvarán”
- Las gracias que reciben los paganos más alejados.
“La primera gracia que no falta a nadie es el auxilio que el hombre necesita para cumplir la ley natural. El hombre podría cumplir toda la ley natural sin necesidad de la gracia si su naturaleza no hubiera quedado malherida por el pecado del primer padre. Este pecado, además de quitarle la gracia, debilitó sus fuerzas morales naturales, y una naturaleza débil o enferma puede hacer algo, pero no puede hacer todo. De ahí que, aunque pueda por sí sola cumplir en cada caso determinados preceptos de la ley, no puede cumplir todos, ni tampoco los preceptos particulares más difíciles. Para ello necesita una ayuda divina que subsane su debilidad moral, ayuda que en la economía presente tiene que ser sobrenatural.
El cumplimiento de los preceptos de la ley urge; nadie esta dispensado de ellos. No cumplirlos es pecar. Y nadie peca necesariamente. Pecaría necesariamente quien no tuviera la gracia para poder cumplirlos. De donde se sigue que Dios pone esta gracia en manos de todos. Creemos que esta verdad es incuestionable…”
- Los paganos reciben gracias actuales para cumplir la ley natural que no justifican pero que los disponen para ulteriores gracias en orden a su salvación.
“¿Quiere esto decir que el cumplimiento de la ley natural justifica o que el hecho de no pecar basta para estar justificado? No. Esto quiere decir solamente que quien hace el bien natural en las condiciones que acabamos de señalar posee una gracia divina, gracia que no hemos dicho que sea santificante. Pero quiere decir, además, que, si se aprovecha debidamente esa gracia, Dios dará otra mayor, y por este camino se llegara a la justificación. Estamos hablando solamente del inicio, de lo que poseen los miembros más remotamente potenciales del cuerpo místico.”
- La gracia de ordenación de los actos naturalmente buenos al último fin sobrenatural.
“A esta gracia que reciben todos hemos de añadir otra: la ordenación de los actos naturalmente buenos a un fin sobrenatural. Acabamos de decir que estos actos naturalmente buenos son movidos por la gracia actual; solamente así tienen valor positivo ante Dios, o preparan para la justificación, o son remotamente suficientes para convertirnos […] La ordenación al fin sobrenatural de toda actividad moralmente buena que el hombre tiene es otra gracia que a nadie falta [cfr. In I Sent. Dist. 46 q. 1 a. 1]. Y es ordenación, que no se puede soslayar, es inherente al estado de naturaleza elevada y es consecuencia de la gracia actual…”
- Es una gracia actual que no requiere la fe teologal.
“Se dirá que esta ordenación al fin sobrenatural supone un conocimiento previo del mismo y que, por lo tanto, la gracia de esta ordenación supondría en el infiel el conocimiento de la fe que todavía no posee. Pero en realidad no hace falta este conocimiento de la fe. La ordenación de los actos naturalmente buenos al orden sobrenatural puede imponerla quien los hace y puede imponerla sólo la gracia actual con la que se hacen. Para lo primero es necesario algún conocimiento previo; para lo segundo, no. Y la segunda ordenación está en todo acto bueno de la presente economía hecho bajo el impulso de la gracia actual.
Admiten muchos teólogos, además, la ordenación hecha por quien realiza el acto. Para ello no es necesario tener fe sobrenatural. Sí es necesario un auxilio sobrenatural en el entendimiento, una iluminación de la inteligencia del infiel, por la que se propone a éste no una o muchas verdades reveladas, sino a Dios como un bien común y superior a todo cuanto él sabe y piensa. Esto no es fe sobrenatural, pero es iluminación con la que se intuye algo superior. Consiguiente a esta intuición, que ya es un auxilio sobrenatural inicial, recibido en el entendimiento, será la moción sobrenatural de la voluntad con la que intenta el infiel hacer lo que hace por ese fin. Estamos en el principio del camino de la salvación; se trata de gracias remotamente suficientes para adquirir la fe, con la que el infiel se prepara próximamente para justificarse. Muchos teólogos, a partir de Juan de Santo Tomás, ponen este auxilio sobrenatural en los infieles […] Para que el hombre ordene sus actos a un fin natural debe tener un conocimiento natural; para que los ordene a un fin determinadamente sobrenatural necesita un conocimiento determinado sobrenatural también, que es la fe; para que los ordene a un fin confusamente sobrenatural necesitará un conocimiento sobrenatural confuso, anterior a la fe y más imperfecto. Son las ilustraciones de que hablan los teólogos cuando hablan de las gracias remotamente suficientes."
- Desarrollo del proceso que se inicia con esta gracia.
“La gracia de que acabamos de hablar no es todo lo que el hombre necesita para salvarse. En otras palabras, quien sólo posea ésta no se salvará. Para salvarse hace falta la gracia santificante, que se recibe en el momento de la justificación, mientras que ésta se recibe en el momento en que se empieza a recorrer el camino de la salvación. Decir que basta para salvarse sería tanto como decir que quien empieza un camino, con sólo empezarlo llega ya al fin del recorrido... 
Este proceso es largo, y se llega infaliblemente al fin sumando la fidelidad a la gracia primera con la fidelidad a la segunda, que se dará por haber utilizado bien la primera, y añadiendo la tercera a la segunda. Y así sucesivamente…
Decir, por ejemplo, que quien hace lo que puede con las fuerzas naturales recibe de Dios la salvación como cosa debida a dichas obras, sería pelagianismo puro. Decir que da gratuitamente la gracia a quien hace bien lo natural, no por exigencia del bien natural que hace, sino porque su misericordia así libremente lo determinó, es dar una explicación ortodoxa al principio en cuestión.”


martes, 30 de agosto de 2016

El donatismo histórico

En una entrada precedente barruntamos una caracterización del donatismo político (al cual llamamos donatismo por analogía, con denominación extrínseca). Ahora, nos parece interesante exponer algunos rasgos del donatismo histórico, movimiento cismático, sectario y al finalmente herético.
No pocas veces se reduce el donatismo a un problema teológico-sacramental. Por lo cual haremos una breve descripción general del donatismo, mencionaremos algunas de sus tesis teológicas fundamentales y otras relativas a la vida política. No vamos a trazar una comparación con el donatismo político. Queda en cada lector interesado buscar semejanzas y diferencias, si le interesa.
Para la caracterización del donatismo histórico tomamos textos de la introducción de Pedro Langa a los Escritos antidonatistas de San Agustín (BAC, Tomo XXXII).
I. Historia.
- El donatismo (en adelante, D.) fue un fenómeno multicausal de la cristiandad primitiva:
El parecer de los estudiosos data los orígenes donatistas entre los años 306-307 y 311-312…
Los orígenes de ese complejo fenómeno religioso y madre de todas las divisiones que fue el D. responden a causas múltiples, próximas y remotas. Por un lado, el contexto geopolítico de una historia a la vez etnográfica, social, económica, cultural y política, cuyo término clave es romanización. Este movimiento provoca en África del Norte, frente a claras adhesiones de las capas altas de la sociedad, sentimientos de protesta y rebeldía a cargo de la gente humilde y proletaria, indígenas o bereberes del campo, en su mayor parte decididos a sacudirse el yugo fiscalizador de Roma…
- Pero un factor importante, no siempre tenido en cuenta, fue el político, la relación de la Iglesia con el Imperio Romano:
[el D. tenía una] indisimulable fobia contra las autoridades de Roma...
[no obstante,] lo verdaderamente novedoso del caso es que los donatistas apelan a Constantino de tal modo que desde el principio sus diferencias reciben el tratamiento de un proceso civil y no eclesiástico, puesto que los tribunales están integrados por eclesiásticos delegados del emperador, y la sentencia será no contra cismáticos, sino propiamente hablando contra auténticos calumniadores. Así empieza el contencioso. Andando el tiempo asomarán los delitos de cisma y de herejía…
- El recurso al brazo secular contra los donatistas fue contraproducente:
Constantino procedió contra los donatistas dictando una severísima ley en la primavera del 317, que, si bien no llegó a afectar más allá de los límites cartagineses, golpeó duro a la secta. Se ordenaba en ella la confiscación de iglesias donatistas y el exilio para sus obispos. Las comunidades donatistas cartaginesas fueron el blanco principal, pero el partido, lejos de venirse abajo con tan dura medida, salió reforzado. En no pocos casos, las víctimas de la represión consiguieron ser equiparadas a las del 303, cuando Diocleciano.
- Uno de los “éxitos” más resonantes del D. fue presentarse ante el pueblo sencillo como una “Iglesia de los mártires”, una comunidad de puros, que no entra en componendas con el poder político corrupto. Pero el D. fue, en realidad, un grupo de victimarios que desplegó una estrategia victimista:
A primera vista da la impresión de encontrarnos ante una Iglesia mártir, perseguida dentro de su mansedumbre. La realidad, sin embargo, impone aclarar que el D. jamás se caracterizó por nutrir sentimientos pacifistas, y que precisamente este capítulo jurídico pertenece a uno de los momentos de más despiadada persecución anticatólica, a la postre extensiva a quienes, ya dentro, ya fuera, no comulgaran con las ideas del partido
- Esta “Iglesia de los mártires” terminaría en un claro espíritu sectario.
II. Algunas notas.
- Un fenómeno polifacético:
No es cosa fácil interpretar el D. Constituye un argumento complejo, de muchas ramificaciones y, en consecuencia, significados que todavía hoy suscitan opiniones encontradas. Destacan en él, fundamentalmente, dos aspectos, el histórico y el teológico. Pero está claro que tanto el uno como el otro vienen a ser, insisto, como ríos con muchos afluentes. Dentro de la teología van el martirio, los sacramentos, la eclesiología, la sinodalidad, la paz y la unidad, con matices ecuménicos, por cierto, de gran resonancia en los momentos actuales. Junto a la historia, es preciso nombrar la sociología, las relaciones Iglesia-Estado, el poder civil, la trascendencia del error en cuestiones religiosas, las intrigas políticas, los grandes intereses nacionales y hasta la moralidad del recurso a la fuerza armada.
- Los circunceliones reflejan el aspecto económico-social del D.
Qué representasen los circunceliones dentro del D. es algo aún por ver en sus justos límites. Ocurre otro tanto con su verdadera condición. ¿Monjes vagabundos? ¿Bandoleros incontrolados? ¿Matones a sueldo? ¿Por qué una alianza entre donatistas y circunceliones y quiénes fueron los primeros en dar tal paso? ¿Sólo hubo en ello razones políticas?”
[hubo relación entre donatistas y circunceliones] pero ésta es compleja a la hora de su estudio. Compleja por las semejanzas con el D., en el que es dable advertir: 1) una religión centrada en el culto a los mártires, que a veces empuja a verdaderos suicidios, incluso colectivos; 2) una mentalidad sectaria, con su típica intransigencia y el simplismo en la estrategia de oposición. Pero, al propio tiempo, compleja también por las disparidades: 1) es difícil sostener que los donatistas se preocuparan de reivindicaciones sociales al estilo de los circunceliones; 2) tampoco parece que los donatistas pusieran especial énfasis en vengar de las humillaciones de los oprimidos, por ejemplo, usurpando tierras a los terratenientes, que era otro de los puntos muy comunes de los circunceliones
- En cuanto al uso de la fuerza, los circunceliones demuestran "mentalidad" y “síntomas de cruzada, pues a menudo responden a represalias típicas de guerra santa.” Pero su belicosidad está impulsada por profundos errores teológicos.
- Perversión ideológica del martirio:
La célebre frase tertulianista sangre de mártires, semilla de cristianos, de perlas en el ministerio pastoral de San Cipriano, no tardó en ser cuidadosamente usufructuada por el partido, cuya teología convirtió el martirio en señal de la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia. El afán por relacionar estrechamente al Espíritu Santo con el martirio pone de manifiesto, en fin, el decidido propósito de sacarle el máximo provecho a la represión imperial, auto-proclamándose los cismáticos de este modo herederos directos de la Iglesia de los mártires, o sea, quienes encarnaban la verdadera Iglesia de Cristo.
III. Católicos y donatistas ante la Iglesia y el Imperio Romano.
- Una forma mentis sectaria:
El espíritu sectario que no tiene, como es obvio, domicilio fijo, conlleva en quienes lo practican la convicción de ser los puros y elegidos; con frecuencia, el complejo persecutorio, la sensación de ser siempre víctimas, y correspondientemente la seguridad de llevar la razón contra todo el mundo, y más, por supuesto, si ese mundo se llama autoridad. De hombres heridos por este espíritu siniestro cabe esperar el desdén hacia los demás, un carácter inflexible y monolítico en las apreciaciones y, por resumirlo en una sola frase, la conducta fanática en las ideas y en los hechos. 
- Errores teológicos y anacronismo histórico:
Se enfrenta el D. a la Católica no ya sólo por juzgar a ésta unida al poder lo cual sería a fin de cuentas una razón política, sino porque obedece a líneas teológicas distintas. Si los católicos integran la Iglesia de los Santos Padres, los donatistas se remitirán a la Iglesia de los mártires. Discurren al margen de los Padres, puesto que se resisten rotundamente a enfocar el mundo y plantear las cosas sobre la forma dual del poder político y la cultura filosófica… Todo el afán de los donatistas será siempre permanecer en las condiciones vividas por la primitiva Iglesia de los mártires, o sea, nada de cambiar; comportarse como si no hubieran transcurrido años de grandes transformaciones en la sociedad, como si a los encrespados oleajes en el mar de la historia eclesiástica no hubiera sucedido la calma y soplado los vientos propicios para la barquilla de la Iglesia. 
Su animosidad contra un Estado agente del diablo, que podría servir, en un Imperio pagano, de inquina persecutoria, no se tiene en pie con la paz constantiniana. Tal vez este aspecto a que me acabo de referir sea uno de los que mejor revelan la conducta anacrónica de los donatistas, aferrados a sus viejas tesis de repudio y oposición al poder temporal. Una razón de peso para explicar el por qué del fenómeno reside en el espíritu sectario. El hace que los donatistas se conviertan en Iglesia absolutamente cerrada, de espaldas por completo a componendas con el Estado, la sociedad, la cultura y, naturalmente, quienes establezcan algún acuerdo con ese Estado, esa sociedad abierta y esa cultura plural. Por consiguiente, también contra la Católica, que se relaciona y hasta colabora con el poder.
- La aversión del D. hacia el poder político:
Explica también este espíritu sectario la hostilidad de los donatistas con las autoridades civiles, de las que intentarán aprovecharse siempre que las circunstancias se lo brinden. Serán Iglesia de los mártires mientras las cosas rueden mal para sus intereses de partido, siempre que salgan condenados de los tribunales, lo que denota una incoherencia que ciertos especialistas apenas advierten. Por mucho que se declaren hostiles al poder de Roma, ellos son los primeros en recurrir a Constantino. 
- El D. siempre tiene razón:
Los D. tenían siempre la razón; sus oponentes, el error, como es de ley en esta lógica sectaria. Con ellos, puros; fuera de ellos, traditores. Y no había manera de salir de ahí. Todo intento de diálogo estaba condenado al fracaso. Contaban con personalidades de relieve, de gran capacidad organizadora, oradores y hasta dialécticos de la altura de Petiliano, por ejemplo, pero su dogmática dejaba que desear 
Toda la discusión con los católicos se centraba en lo siguiente: nosotros somos la Iglesia; vosotros, los traditores, o si no los cómplices lejanos de aquellos primeros traditores, y en última instancia los que ahora colaboráis con los que nos persiguen. Dada esta premisa, la conclusión era pura lógica deductiva, rígida como las matemáticas…
Penosa discusión la que se entablara con ellos; propia de oídos sordos. Parapetados detrás de un talante monolítico, rebeldes a matices y distingos, con el simplismo característico del temperamento africano, probablemente muy del gusto de un pueblo llano, poco exigente de racionalidad y, en consecuencia, campo de cultivo para la intransigencia cismática, los donatistas se hacían intratables con ese negarse en redondo a cualquier diálogo sereno.
- Una teología rudimentaria, con mala filosofía de base:
Hasta el discurso propiamente teológico encontraba dificultades al no querer ellos distinguir entre realidad espiritual y corporal, lo que, traducido a principios morales, significaba no contentarse con la separación espiritual de los pecadores, propugnando incluso la corporal. Tampoco diferenciaban entre pecados personales y étnicos, sino que preferían atenerse a las taras de grupo. Y, por último, se les hacía incomprensible una acción espiritual de Cristo que no se identificara con la corporal del ministro…
- Finalmente, el D. cae en la tentación del fariseísmo:
Naturalmente que las conclusiones de tales postulados afectaban a la doctrina de la Iglesia, de los sacramentos y de la unidad. Por lo que atañe a la mentalidad eclesiológica del D., el carácter elitista y sectario se dejó sentir asimismo en la contumaz pretensión de reivindicar para ellos la nota de catolicidad y en la ambicionada identificación de las exigencias de plenitud con su pureza eclesial, entendida a su manera dentro del discurso teológico.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Los amargos y la materia venerable

Decía Ignacio Anzoátegui que el católico –laico o sacerdote- no tiene que poner cara de «drogadicto de la virtud». Pero algunos olvidan que la eutrapelia es una virtud, que se ubica en un justo medio entre el espíritu de relajación lúdica y el exceso en la seriedad. Sin eutrapelia, falta equilibro y madurez en el cristiano.
El exceso en la seriedad, típico del jansenismo, no sólo tiene una dimensión moral, sino que es preludio o expresión de mala salud psíquica. Cuando uno es incapaz de toda relajación lúdica, no es temerario predecir que en algún momento sufrirá un quiebre psicológico o moral.
Aristóteles llama agroikía a la diversión viciosa por defecto (que algunos creen es «gravedad»). El agroico, que el Filósofo llama también duro o rústico, es aquél para quien toda diversión es inútil, o sospechosa de pecado, y no se permite bromear bajo ningún concepto, ni tolera que los demás lo hagan en su presencia. Santo Tomás los llama «agrii», es decir, «amargos». La palabra «rusticidad», que en castellano remite a la persona sencilla, poco sofisticada, pero no necesariamente viciosa, no hace justicia a la noción de agroicismo; será más exacto hablar de «dureza» o «amargura».
Una idea implícita -no pocas veces- en los agroicos es cierto maniqueísmo que pone bajo sospecha de mal a la materia. Pero lo malo no es la materia, sino el desorden que introduce el pecado en el uso de los bienes materiales. El vino, que es materia, es cosa buena. Y su uso -ordenado- incluso llega a ser objeto de una sana virtud, la eutrapelia. 
Los agroicos tienden a menospreciar la materia en aras de la espiritualidad, la trascendencia y la gravedad. Como si no fuese posible llegar a lo espiritual por lo material, alcanzar a Dios por la materia, a ese Dios que precisamente se ha hecho hombre, se ha hecho materia. No sin razón, San Juan Damasceno, comentando un texto de San Basilio, decía que si queríamos unirnos a Dios sólo con la mente, entonces era menester renunciar a todas las cosas materiales, las luces, el incienso, las oraciones vocales, los sacramentos mismos, que se confeccionan a partir de la materia, sea ésta pan, vino u óleo. Todas esas cosas constan de materia. Decía San Juan Damasceno por que la Encarnación Dios «se dignó habitar en la materia y obrar nuestra salvación a través de la materia». Y es autor de un texto que constituye una suerte de himno jubiloso a la materia:
«Vilipendias la materia y la declaras vil; los maniqueos hicieron lo mismo. Pero la Sagrada Escritura la proclama buena porque dice: "Dios vio lo que había hecho y todo eso era muy bueno" (Gen 1, 31). Por tanto la materia también es obra de Dios, y yo la proclamo buena; pero tú, si la declaras mala, debes confesar, o que no viene de Dios, o que Dios es el autor del mal. Pues bien, escucha lo que dice la Santa Escritura de la materia que tú miras como despreciable: "Moisés habló a toda la asamblea de los hijos de Israel y dijo: He aquí lo que el Eterno ha ordenado: Tomad de lo que os pertenece una ofrenda para el Eterno. Todo hombre cuyo corazón esté bien dispuesto aportará una ofrenda al Eterno: de oro, de plata y de bronce; telas teñidas de azul; madera de acacia; aceite para el candelabro; aromas para el óleo de unción y para el incienso aromático; piedras de ónice y otras piedras para el adorno del efod y el pectoral. Cuantos de entre vosotros sean hábiles, venid y realizad todo lo que el Eterno ha ordenado: el tabernáculo" (Ex 25, 1 ss.). He aquí, pues, que la materia es honrada, por despreciable que sea para vosotros. No adoro la materia, pero adoro al autor de la materia, que por mí se hizo materia, habitó en la materia, y realizó mi salvación por la materia. Porque "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1, 14). Nadie ignora que la carne es materia y que ha sido creada. Yo venero, pues, y reverencio la materia mediante la cual se ha realizado mi salvación. La venero, no como Dios, sino como llena de eficacia y de gracia divina. ¿No es acaso materia aquel afortunadísimo y fecundísimo leño de la Cruz? ¿No es acaso materia el monte venerando y santo, el lugar del Calvario? ¿No es acaso materia, piedra madre y vital, monumento santo, la fuente de nuestra resurrección? ¿Acaso no son materia la tinta y las hojas del libro de los Evangelios? ¿No es acaso materia aquella mesa que nos da el pan de vida? ¿Acaso no son materia el oro y la plata con que se hacen las cruces, las patenas sagradas y los cálices? ¿No es acaso materia, de lejos más excelente que todo lo dicho hasta aquí, no es materia el cuerpo y la sangre de mi Dios? Quita el culto y la adoración de todas estas cosas, o acepta, según la tradición de la Iglesia, que las imágenes consagradas con el nombre de Dios y de sus amigos, y por tanto divinas, fecundas por la gracia del Espíritu, sean veneradas» (De imaginibus oratio I, PG 9 II, 14: 1300. Traducción de Alfredo Sáenz, tomada de su libro El Icono esplendor de lo sagrado, Bs. As. (2004), pp. 96-97)-

martes, 29 de diciembre de 2015

Ya no existe el jansenismo...

La entrada que reproducimos hoy está tomada de otra bitácora, cuya lectura poco nos interesa porque suele concentrarse en los problemas internos de la FSSPX y en la escisión de Williamson & c.
Con un poco de sentido común católico, y buena fe, cualquiera puede tomar conciencia de la ridiculez del ataque del blog Syllabus y de la inocencia de la foto censurada.
Ahora bien, ¿qué mentalidad subyace a las preguntas retóricas del crítico? ¿Cuáles son las deformaciones intelectuales que inciden en estas torceduras del juicio moral?
Los artículos de Pithod pueden ayudar. 

El pasado 19 de diciembre hubo una ordenación sacerdotal en el seminario de La Reja. Su nuevo sitio web da cuenta del solemne suceso, ofreciendo una amplia cobertura fotográfica.



Pero acerquémonos más en detalle a la última fotografía. Un objeto aparece colocado delante del grupo de sacerdotes que sonríe a la cámara. Hay algo que llama la atención. ¿Qué es eso?



Sí, señores, es una botella de vino (según parece vacía), que aparece infelizmente, como un mensaje dado por los mismos sacerdotes y seminaristas de la foto pues ellos son todos de la provincia argentina de Mendoza, tierra llamada “del buen sol y del buen vino”. Imaginamos que si mañana es ordenado un sacerdote cordobés, harán una foto con una botella de fernet adelante, si el nuevo sacerdote es español, habrá en el piso una botella de jerez, y si el ordenado es mexicano, aparecerán los sacerdotes mexicanos con una botella de tequila (previamente escanciada, por supuesto). Y quizá hasta alguno se anime a sostenerla en la mano, como muestra de lo bien que se está y disfruta ser parte de la Neo-FSSPX. En fin, no nos importa “quién se ha tomado todo el vino”, como canta horriblemente un desaforado músico de cuartetos, sino cómo se ha llegado a esa ligereza que cae en la irreverencia y hasta lo sale a mostrar en el sitio oficial de la congregación. ¿Acaso son sacerdotes de Baco y la botella ha sido parte de un rito? ¿Es la botella y la copa de vino un nuevo atributo de los paladines de la Tradición? Quizás así tímidamente comenzó otro sacerdote de la Neo-FSSPX, que terminó dando charlas sobre  degustación de vinos. En fin, es la Neo-FSSPX, tómela o déjela.



Fuente:



lunes, 19 de mayo de 2014

Elogio de los grandes sinvergüenzas

Se ha dicho que “el pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado”. Tal parece la clave para entender este artículo en "elogio" de los grandes sinvergüenzas, pecadores con sentido del pecado, lo cual los diferencia de los auténticos sinvergüenzas. Por desgracia, se promueve hoy el consumo de la kasperina, una droga peligrosa que puede funcionar como verdadero opio de los pecadores.  
Elogio de los grandes sinvergüenzas.
Por Jacinto Choza
Hace unos cuantos años que vengo notando en nuestra sociedad la falta de unos elementos claves para la buena forma psíquica de todos sus ciudadanos. Antes de que comenzase la floración literaria sobre los rasgos neuróticos de nuestro tiempo venía sintiendo una nostalgia imprecisa, que por fin he logrado saber a qué se refería: lo que nos faltan son grandes sinvergüenzas. Es lamentable, pero es así.
Si me dedico a escribir estas líneas es porque no se ha reconocido aún que los grandes sinvergüenzas han desempeñado en la historia un papel altamente benéfico. Digamos que escribo por una deuda de gratitud hacia ellos, por un «deber de justicia». Cuando faltan grandes sinvergüenzas, como es nuestro caso, la salud psíquica de los pueblos parece que se resiente de un modo alarmante.
Para no herir susceptibilidades, me voy a situar en el siglo XVI, que, sospecho, queda lo suficientemente lejano como para no desatar pasiones. Por ejemplo, una cuestión sucesoria puede tener tal efecto, pero si se trata de la sucesión de Felipe el Hermoso, cualquier contemporáneo podrá considerarla sin que se altere su ritmo cardíaco.
Pues bien, yo siento nostalgia de formidables sinvergüenzas como Lope de Vega y Felipe II. Fueron grandes sinvergüenzas y fueron inauténticos: mejor aún, en su inautenticidad estribaba su grandeza. De ninguno de ellos puede decirse que obrara siempre de acuerdo con sus convicciones más íntimas y sus más básicos principios, que es lo más definitorio de la actitud ética contemporánea llamada autenticidad.
Es grato, por demás, que nuestra época tributa culto a los hombres auténticos por serlo, pero es ingrato que deteste a otros por lo mismo. Si nos atenemos a lo que significa «ser auténticos», tanto como Che Guevara lo fue don Adolfo Hitler y el señor Faruk. No logro explicarme por qué, siendo tan democrática e igualitarista la sociedad contemporánea, goza con un culto tan arbitrariamente unilateral.
Volvamos a nuestro siglo XVI. En él cabe admirar a Felipe II y a Lope de Vega porque eran inauténticos, y sobre todo, porque lo eran en ese aspecto tan trascendental de la vida de un hombre que es su relación con la mujer; mejor dicho, con las mujeres.
El magnífico Lope no abandonó el ejercicio de su ministerio sacerdotal porque lo creyera imprescindible para alcanzar la plenitud de esa madurez humana de la que tanto se habla hoy, o porque considerase que debía comportarse así en virtud de sus principios básicos. No señor. El gran Lope abandonó su ministerio porque, descuidando el fervor por el que mantenía la vista alzada al cielo, la dejó resbalar hacia la tierra, y comprobó que el animal racional femenino continuaba siendo una criatura fascinante.
Efectivamente, las mujeres pueden contarse entre las criaturas más hermosas de la tierra —sobre todo algunas— y sólo su belleza hace comprensible muchas locuras, a condición de que realmente la posean. Lope era un apasionado de la belleza y era un hombre. Hubiera sido una falta de galantería, e incluso de virilidad, basar su conducta en otros principios que no fueran la belleza de sus damas. Lope, que era un hombre y un esteta, no tuvo necesidad de inventar ningún principio psicológico ni teológico: las amó, sencillamente, porque eran hermosas; y por ellas abandonó sus principios más íntimos y sus convicciones más básicas.
Felipe II es, con todo, el más genial de los grandes sinvergüenzas, y, por consiguiente, aquél hacia el que deberíamos dirigir nuestra gratitud en mayor medida. Lo entenderemos bien si lo relacionamos con su colega Enrique VIII de Inglaterra.
El rey Felipe no era un hombre tan seco y adusto como nos ha hecho creer Tiziano. Era amante de la buena mesa y del buen vino, tenía en su dormitorio un cuadro de las tres gracias, y disfrutó de las mujeres más hermosas. En esto no actuaba el rey Felipe según las convicciones más básicas y los más íntimos principios de su Serenísima Majestad Católica. No era auténtico; pero para resolver sus incongruencias se sometía al juicio y a las amonestaciones de un sencillo fraile que le absolvía de sus pecados.
Su colega Enrique VIII, tal vez porque contaba con más cortesanos y con menos damas, tuvo que exigir el beneplácito de toda una «Conferencia Episcopal» para disfrutar de una sola mujer lo que Felipe disfrutó de muchas, sometiéndose luego a las recriminaciones de un solo presbítero.
El bueno de Enrique no quiso obrar en contra de sus más íntimas convicciones y de sus más básicos principios —que eran, por lo demás, los de todos sus compatriotas—, y en aras de la «autenticidad», para evitar que sus deseos fueran deshonestos, convirtió en honesto lo que deseaba. Para ello tuvo que hacer pasar por entre las dos sábanas de su lecho las conciencias de todos sus compatriotas, pero la autenticidad lo exigía. Enrique no quiso ser un sinvergüenza inauténtico, y se convirtió en un auténtico sinvergüenza. Ahí empieza a deteriorarse la salud mental de un pueblo.
Que un hombre abandone sus principios básicos por una mujer, dejando los principios básicos donde estaban, es reprobable, pero dice bastante en favor de ese hombre —y mucho en favor de esa mujer—: ese hombre podrá volver a sus principios cuando quiera, porque seguirán estando donde los había dejado.
Que un hombre lleve consigo sus principios, haciéndolos cambiar con sus deseos, dice poco en favor de la mujer, a la que ya no se ama por una cuestión de belleza, sino por una cuestión de principios, y dice menos en favor del hombre: porque el que se lleva consigo sus propios principios, en lugar de abandonarlos, nunca podrá volver a donde los había dejado, sencillamente, porque ya no están en ninguna parte.
A partir de ese momento, seducir damas recién casadas o novicias, abandonar el ministerio sacerdotal por una mujer, o cobijar en el regio tálamo a un sinfín de ellas, es una vulgaridad al alcance de cualquier mediocre: sencillamente, porque las han «convertido» en acciones indiferentes.
Los grandes sinvergüenzas podían arriesgar su alma a sabiendas por una mujer hermosa, pero tenía que serlo en grado sumo; les cabía la posibilidad de condenarse por un acto arriesgado y voluntario, pero sobre todo, les cabía la posibilidad de arrepentirse. A los auténticos sinvergüenzas no les cabe más que condenarse por acciones vulgares, después de haberse cortado a sí mismos la retirada hacia el arrepentimiento.
Los grandes sinvergüenzas nunca pretendieron justificar sus acciones, pero todos las comprendemos. Para seducir a una fémina jamás necesitaron el apoyo de los teólogos salmantinos: se apoyaron exclusivamente en su galantería. Y en la aventura que ellos sabían reprobable y arriesgada brillaba el vigor de su carácter y el romanticismo de la gran pasión. Sabían que obraban mal, pero el arrepentimiento y la absolución tenían para sus almas un efecto tan saludable como un buen baño, un buen almuerzo y una buena siesta para sus cuerpos. Su salud psíquica era envidiable. Los auténticos sinvergüenzas han echado a perder la salud de los pueblos.
Una mujer hermosa hace comprensibles muchas locuras —dije—, pero no todas: hace comprensible que un hombre abandone sus principios, pero no que los borre. La supresión de los principios tiene la ventaja de que ya no es posible hacer el mal, pero tiene el inconveniente de que tampoco se puede hacer el bien. Si ninguna acción es reprobable, por el mismo motivo ninguna es enaltecible. La supresión de los principios es la supresión de las lealtades, y si nada se prescribe, ni siquiera el amor es meritorio: en el caso de Lope, esto significa que abandonar los principios por la mujer no es mejor ni peor que renunciar a la mujer por los principios. Cuando todo es indiferente, la vida de los hombres y de los pueblos se estanca en esa terrorífica enfermedad que es el aburrimiento puro, porque el heroísmo y el riesgo son ya imposibles.
Los grandes sinvergüenzas, con su inautenticidad, contribuyeron a mantener la salud psíquica de los pueblos. Nuestra gratitud hacia ellos es un «deber de justicia»: porque dejaron la verdad donde estaba, su autenticidad era virtud; su inautenticidad, pasión; sus amoríos, pecados; sus amadas, hermosas; su arrepentimiento, salvación; y su vida, una emocionante aventura que, al menos no dejaba resquicios para el hastío y la indiferencia.

martes, 22 de octubre de 2013

Jansenismo y progresismo: segundo artículo

Un amigo de nuestra bitácora nos ha enviado un segundo artículo sobre la relación entre jansenismo y progresismo que publicamos completo a continuación. Un trabajo tan recomendable como el anterior. 

Jansenismo y progresismo.
Por Abelardo Pithod.
La facilidad con que ha pasado el cristianismo contemporáneo ‑en una generación‑ del jansenismo al progresismo, bastaría para hacer sospechosa la aparente contradicción entre uno y otro.
Quien tenga costumbre de observar los delicados procesos del desarrollo vital, en todos sus órdenes (biológico, psicológico y social), se sentirá inclinado a sospechar de todo cambio que rompa la inexorable serenidad y continuidad características del auténtico crecimiento. La naturaleza no gusta proceder por saltos. Las rupturas espectaculares y los cortes no caracterizan, precisamente a los procesos sanos. Las revoluciones no son el procedimiento de la vida. Tampoco, por supuesto, el inmovilismo y la esclerosis, el endurecimiento formalista y la complicación asfixiante le pertenecen. Lo verdaderamente vital es lo único que logra perpetuidad a través del constante cambio. Siempre igual y siempre nuevo. El único cambio de la vida es la perpetua renovación de sí misma. Siempre lo nueva surgiendo de lo eterno; remedo temporal de la infinita variedad sin cambio del mismo Dios. La revolución, al contrario, es el triunfo de lo nuevo sobre lo permanente. Pero lo nuevo que no surge de lo eterno es vacío y huero; como la cáscara de la nada. Los cortes, las antítesis y discontinuidades se parecen más a los procesos de la corrupción y la muerte que a los de la vida.
El progresismo es solamente la corrupción del jansenismo y no su cura. Como la fiebre extrema no es el auténtico contrario del frío de la muerte sino su anticipo. Es muy importante no dejarnos engañar por ese genio de la mentalidad moderna que es Hegel. Su pensamiento se nos filtra por todas partes. La dialéctica de la contradicción con la que tan tentados estamos siempre de pensar la realidad, es la caricatura de esa realidad, corno el diablo es la mona de Dios. Si el demonio tuviera una metafísica sería evolucionista dialéctico. Esta metafísica no niega solamente el principio de identidad, sino una menos famosa, pero nada superflua distinción lógica de los clásicos: lo contrario no es lo mismo que lo contradictorio. Entre lo simplemente contrario puede haber perfectamente la continuidad del error. En tales casos pasar de un extremo al otro es dar vueltas en el sinfín del error y no precisamente salir de él. Lo común es que este pasaje de un contrario al otro sea una vuelta de rosca que nos hunda más hondamente porque es de la humana condición que el que no progresa, regresa. Tal, creemos, el paso actual del jansenismo al progresismo.
Pero hay otro síntoma, éste psicológico, más que lógico, de la continuidad entre ambos. Y es el resentimiento. Los que verdaderamente parecen haber superado los errores del cristianismo jansenista de nuestra niñez, no están resentidos y los progresistas frecuentemente parecen estarlo; su ánimo es un poco el de los "iracundos". Asoma un gran enojo tras su actitud y sus desplantes: a menudo salta por motivos desproporcionados. Vedlos, si no, dejarse arrebatar por unas furias iconoclastas que, la verdad, no son para tanto; o empeñarse sañudamente en ahuyentar a los pobres beatos, como despectivamente llaman a los que aún "viven un cristianismo mítico" (sic). Tienen el tipo de enojo del que ha sido sorprendido en su buena fe. Por eso son insolentes: no les cabe ninguna duda de que el que no se indigna con ellos es en el mejor de los casos un débil, y probablemente mental. En muchos casos es comprensible; cuesta que hayan burlado nuestra credulidad y es lo que ellos perciben que se les ha hecho con ese cristianismo bastardeado y enclenque del que se sienten víctimas. Cuesta perdonar que hayan alejado definitivamente de la santidad a unos, de la fe a otros, o sencillamente de la felicidad a tantos con esa mistificación que fue el jansenismo, o, como veremos, con aque1 cristianismo que podríamos llamar genéricamente "burgués".
Sí, el rigor moralista ha producido una ola de resentimientos. Cuando el mundo era invadido por el vitalismo y el desenfreno materialista, la Iglesia permanecía aún en su helado retiro jansenista. El contraste se hace violento[1].
Pero el resentimiento progresista abarca mucho más que el jansenismo. Esto debieran tenerlo muy en cuenta quienes se sienten "comprendidos" por su antijansenismo.
Psicológicamente la virulencia del actual modernismo progresista se debe a que está movido, fundamentalmente, por dos pasiones poderosas: además del resentimiento, el miedo. Es otra de sus motivaciones. Un gran miedo de quedar rezagados en la marcha de la Historia (esa historia que escriben con mayúsculas, como para darle sustantividad, aunque. así la conviertan en un nombre abstracto). Y también hay un poco de vergüenza; la vergüenza que produce el puritanismo en una época desenfadada y mundana. En el Renacimiento se dio igualmente, creemos, después de la época de sobrenaturalismo y religión del terror en la Baja Edad Media, una reacción, resentida de tipo vitalista. Fue la motivación del humanismo neopaganizante. No sólo es Bocaccio o Rabelais, que están más en la línea de un cierto sensualismo medieval, sino Erasmo y el erasmismo. (Es Lutero también, aunque con otro signo). El moralismo no puede menos que provocar estas reacciones. En nuestro tiempo lo prueban Nietzche, el psicoanálisis y aún las filosofías existenciales.

El progresismo como reacción antijansenista

El progresismo es una reacción no una superación. No nos engañe este carácter reactivo al juzgarlo, pues lo encontraremos, por reaccionario, inconsecuente a veces consigo mismo. Lo repetimos, el progresismo no se agota en el antijansenismo, pero se ha alimentado psicológicamente de él en los últimos tiempos. Fue su caldo de cultivo aunque hoy haya crecido, como un cáncer, hasta extremos que la simple posición antijansenista no hubiera soñado. Aquí nos interesará el progresismo particularmente en esa vinculación con el jansenismo.
Dijimos que, en su arremetida contra él el progresismo es capaz de mostrarse incluso inconsecuente consigo mismo. Así por recelo del pasado inmediato suele adoptar formas de cierto arcaísmo religioso, pese a que él mismo se define esencialmente como un "futurismo". Le sucede algo similar que al modernismo en el arte. También porque el jansenismo es una cierta complicación legal y formal, un cierto barroquismo de la conciencia moral y religiosa, el progresismo arremete contra las riquezas acumuladas por la tradición. Las lógicas y justas complejidades de una tradición milenaria lo perturban. Levantando la bandera de la sencillez evangélica desvaloriza lo acumulado por un crecimiento orgánico de la Iglesia desde Cristo. Sin embargo no trepida en presentarse a sí mismo, al mismo tiempo, como "el fruto de una madurez de los tiempos", como la alborada de los tiempos futuros.
Resulta risueño señalar, de paso, que también Jansenio en su momento, siguiendo a Lutero, se presentó reclamando una simplificación de la vida religiosa, en una especie de gran salto atrás hacia las primeras épocas. Jansenio se negaba a pasar de su amado Agustín. Sorprende a cada paso que estos enemigos, jansenismo y progresismo, se parezcan en tantas cosas, cada uno en su estilo, es cierto, al protestantismo. Pero este. es otro tema.
Hechas estas precisiones de matiz podemos, a riesgo incluso de ciertas simplificaciones, lograr una mejor inteligencia de este profundo estado de conmoción espiritual que agita a la Iglesia, cuya forma prístina es el progresismo cristiano, mediante la contraposición de su fisonomía con el Jansenismo. El fue su reactivo. Lo que sigue será más un retrato, tarea de artista, hecho a contrastes, que una exposición sistemática, y valdrá, por tanto, más por la viveza que alcancen sus pinceladas que por el logro estructural de su desarrollo.
El jansenismo es, en uno de sus aspectos medulares, un cierto olvido del primado del amor sobre la ley. La tónica afectiva del progresismo será una violenta reacción libertaria contra el endurecimiento de la ley. Por cierto que el progresismo es un desorden romántico. Se exalta en un cierto informalismo místico. Quiere levantar vuelo rompiendo cadenas. No le gusta aquello de que ni una jota de la ley haya venido a derogarse. La espiritualidad jansenista, fruto al fin de una época racionalista, desconfía de los arrebatos místicos. Prefiere la seguridad de una rígida ascética. El progresismo vuelve por los fueros de la mística y se sacude, singularmente las ataduras ascéticas.
Pero no se crea que su impulso místico lo aleja del mundo. Y no lo aleja tal vez precisamente por no ser ascético. No, el alejamiento del mundo es jansenista. Frente a su desencarnación el progresismo se lanza con decisión al mundo. Reclama un cristianismo del aquende, un cristianismo que no se resigna a que el reino de los cielos no sea de este mundo. Quien sacó hasta el fin las consecuencias de esta actitud fue Teilhard. La esperanza cristiana tiende a ser definitivamente traspuesta al horizonte de esta tierra y de estos tiempos. A la Iglesia se le exigirá entonces vehemente y urgentemente una reconciliación con el mundo. Con el mundo tal cual es y tal cual es hoy. Con eso que hasta aquí los autores cristianos llamaban, peyorativamente por cierto, "el mundo moderno".
La realización mundanal del reino se hará a través del progreso de la Humanidad como un todo. El cristianismo no será ya algo primordialmente individual, un negocio entre el alma y Dios, cuanto una cuestión de interés eminentemente social e histórico. El jansenismo llevó al extremo, con olvido, de la vertiente social del hombre, el individualismo religioso. La salvación es un negocio privado. El progresismo reclama agriamente a la espiritualidad cristiana de los últimos siglos esta posición y al individualismo opondrá el comunitarismo. Este no es sólo religioso o litúrgico, por cierto. Está vinculado a una determinada mentalidad política. En realidad el comunitarismo progresista proviene de la raíz antropológica de su cosmovisión. En lo propiamente religioso, la primera consecuencia es el desmedro de la interioridad. Esto es evidente en ciertas formas de la nueva liturgia. Con ello se colabora, sabiéndolo o no, pero con gusto, a la masificación. El mito de la comunidad, es sabido ha llevado a ver en ella la condición misma de la presencia eucarística, doctrina condenada recientemente por Pablo VI.

Espiritualidad y acción

Vinculada a estas tendencias socializantes del progresismo se halla su inclinación al activismo. Verdad es que la espiritualidad jansenista es “activa”. Contra ella reaccionó el quietismo. Pero el carácter activo de la espiritualidad jansenista se reduce a lo interior. El individualismo jansenista limita esta actividad al trabajo interior. El desconfía del "abandono" al estilo teresiano, ya lo hemos visto. A nada de esto nos referimos cuando ahora decimos que el progresismo es activista. El activismo progresista está volcado al exterior. No es subjetivo, y por eso decíamos que se vincula a sus tendencias socializantes. El progresismo vuelca la actividad hacia afuera. Al activismo interior del jansenismo opone el abandono, la distensión. Pero se lanza a las obras exteriores. Muchos de los problemas actuales con el llamado clero joven provienen de aquí. El moralismo secaba el espíritu de oración, la interioridad amorosa con Dios, alimento de toda actividad apostólica fecunda. Pero el progresismo sencillamente cree poder reemplazarla por la acción, por la acción social y política. Se llega de nuevo al mismo resultado por motivaciones opuestas, porque en el fondo, hay algo en común tras las aparentes contradicciones. Si fueran auténticos opuestos no cabrían estos pasajes y transferencias.
El activismo progresista es también una reacción contra el olvido en que el jansenismo tenía a la omisión. Este olvido de la omisión era la faz pasiva del jansenismo, a la que aquél sale a combatir con las obras exteriores.
En el terreno delas proyecciones sociales, si el jansenismo es fundamentalmente un cristianismo burgués, el progresismo dirige sus preferencias al proletariado. El progresismo ha señalado el olvido burgués, y jansenista, del espíritu de pobreza y sin embargo su proletarismo socialista no es sino una forma de odio a ese espíritu. Como suele suceder, se entremezclan en él oscuramente la compasión por los que no tienen con el resentimiento por los que tienen.
El progresismo odia las virtudes burguesas. La seguridad, el ahorro, las "buenas formas", la respetabilidad. Entre ellas incluye a la "prudencia". A la innegable mezquindad de la prudencia burguesa se opone la generosidad y la "entrega", dejando de lado inadvertida la Prudencia virtud cardinal. Del cristianismo de cofradía se salta al agitador social, del católico bienpensante al compañero de ruta, de la acción católica sacristana y beata a la revolución, del clericalismo e la insolencia; en fin, de las "buenas manera," y del cristianismo de reglamento al romanticismo.
El progresismo ha atacado, asimismo, la actitud negativa y defensiva del espíritu jansenista, que se achaca en general a la Iglesia de la Contrarreforma. El progresista, en cambia se dispone agresivamente a decir sí siempre y a todo. Todo será diálogo. De la Inquisición, pues, a la apertura. De la apologética al complejo de culpa. Es la Iglesia la que debe ahora hacerse perdonar. Pero, claro, de comenzar a pedir perdón por sus fallas históricas de gobierno, presuntas o efectivas, a hacerse disculpar por los dogmas hay un camino más corto y cuesta abajo de lo que muchos optimistas hubieran deseado. Así pronto de la crítica a Pío XII se pasa a la Contrarreforma y de allí, por qué no, a la crítica de la "Iglesia constantiniana", con lo que dos terceras partes de la vida histórica de la Iglesia se hacen, primero, sospechosas, para ser pronto puestas entre paréntesis. Y con ellas todo lo que somos como cultura y pueblo cristianos. Pero como en la actual coyuntura histórica es ese mismo ser el que se juega, el progresismo cobra pronto el rostro de la traición

Jansenismo y progresismo frente a la mística

En el plano de la vida espiritual señalaremos dos caracteres reactivos del progresismo particularmente importantes. A la moral puritana, formalista y esclava de la norma abstracta, el modernismo opone a impulsos de las filosofías de la existencia, la famosa. "moral en situación", condenada por Pío XII junto con otras proposiciones progresistas, particularmente en la olvidada Humani generis. La filosofía existencial suministró al progresismo cristiano algunos argumentos de buen impacto contra el racionalismo moralista del mundo puritano-burgués.
Por otra parte, en el ámbito propiamente religioso se levanta la bandera de un misticismo más libre contra el ascetismo sin mística del mundo moderno El progresista imagina poder volar así, liberado de ejercicios ascéticos, en alas de un amor místico pura generosidad y olvido de sí mismo. El rígido cultivo de las virtudes el desbroce inacabable de los defectos, todo el aparato anexo de los exámenes de conciencia. la confesión meticulosa y frecuente, se le hacen insoportables. No es fácil establecer con claridad las relaciones que mantienen ascética y mística en estos dos mundos del cristianismo jansenista y en el historicista o progresista. Es fácil perderse en aparentes contradicciones. Para evitarlo el observador no debe olvidar ciertas claves. En primer lugar recordemos que el mundo moderno es naturalista, con la burguesía, al nivel humano y social; pero que junto a ese naturalismo coexiste, al nivel espiritual, con el jansenismo, una actitud sobrenaturalista. Entendamos esta aparente contradicción. El mundo moderno, tanto el burgués como el jansenista, escinde la realidad en dos ámbitos estancos. Ambos ven la realidad dividida, optando el burgués por el aquende y el jansenista por el más allá. Religión y vida no se intercomunican. El negocio del alma lo ven ambos como de índole absolutamente privada y al margen de la vida terrestre. Mundos estancos, sin encarnación. Es obvio que, siendo así, en la perspectiva burguesa no quepa la actitud mística. Lo que puede resultar un poco más arduo de entender es que difícilmente quepa también en la posición jansenista pese a su señalado sobrenaturalismo. Es así, no obstante, porque el moralismo jansenista, al centrar la vida religiosa en la ascética tiende a desvalorizar la mística. La primacía de la moral mediatiza la religión. Kierkegaard lo vio claramente: la instancia ética está más acá de la instancia religiosa. Burguesía y jansenismo coinciden en desvalorizar la mística. Y la coincidencia proviene del común origen racionalista de ambas mentalidades[2].

La raíz racionalista

De nuevo los extremos se tocan, unidos en el error. No hay, pues, verdadera contradicción. Si al nivel natural se es racionalista, se niega lo sobrenatural; si al nivel sobrenatural se es racionalista, se niega el misterio. Son dos formas de desvalorización vital por un pecado de razón. Desvalorización de alguna de las dos vidas de este ser anfibio que somos. El racionalismo es la poda, por arriba y por abajo, de las raíces dobles del hombre, planta celeste y terrena. El racionalismo llega las dos fuentes de nuestra vida, o de las tres si se quiere, porque son tres los órdenes ontológicos que confluyen en nosotros: el de la naturaleza dual en sí, espíritu y cuerpo; y el de !a sobrenaturaleza, como injertados que estamos en la vida divina.
La desvitalización jansenista se produce por un desfazamiento de los órdenes natural v sobrenatural, en perjuicio de ambos a la larga, pero inicialmente del primero en presunto provecho del segundo. La reacción progresista gusta presentarse, por eso, a menudo, con ropaje vitalista. Pero es una falsa algarada, como los carnavales sin alegría de nuestras grandes ciudades. La enfermedad persiste, aunque haya entrado en otro ciclo evolutivo, así como suelen sucederse los períodos de excitación y abatimiento. La excitación vital del progresismo no sirve más que para engañar al enfermo respecto de su verdadero estado.
La desvitalización jansenista se presentaba con la debilidad y el egoísmo de la depresión. El jansenismo, que es un egoísmo teológico de la propia salvación, constituye un movimiento de invaginación del ser. El progresismo quiere quemar las últimas energías con una explosión de activismo obteniendo así una falsa sensación de fuerza. El jansenista es el tipo de enfermo preocupado de sí. La motivación psicológica profunda de la teología jansenista, como lo fue de la luterana, es la preocupación centrada en el yo. Teología de la propia salvación en la que Dios cumple un papel casi instrumental. Dios se aleja como un punto impersonal de referencia. Sólo se distinguirá del Dios burgués (impersonal y abstracto también) en que ese punto carecerá ya de referencia.         
Todo esto trae, o es traído, por el individualismo egocéntrico moderno. La consecuencia obvia será la primacía de la praxis como actitud radical frente a la vida. El progresismo, que es todavía un fenómeno tributario de la modernidad, reaccionará mal contra el individualismo y persistirá en el pragmatismo. Frente al primero exalta un comunitarismo que recuerda a menudo más a la aglomeración masiva que a la unión interior de la comunicación personal. En otra parte intentamos mostrar siguiendo a Thibon y De Corte, que esta despersonalización así como los otros fenómenos señalados, tienen su raíz en una cierta pérdida de la tónica vital, propia del hombre racionalista moderno. Los vitalismos contemporáneos –el progresismo en tanto lo es– no han superado sino sólo reaccionando contra ciertos efectos de este proceso cuyo fin no vislumbramos.
Que el progresismo no ha superado estos estados lo muestra, además de su esencial adhesión a la civilización moderna con la que quiere reconciliar a la Iglesia, a la permanencia del pragmatismo, es decir de la primacía de la praxis sobre lo especulativo. Fenómeno modernista, el progresismo no podía escapar al activismo. Su confianza en la eficacia de las obras exteriores, en la planificación de las técnicas apostólicas lo confirman, si hubiera necesidad de más pruebas que las que están ante la vista de todos los que quieren ver.
¿Cuántos de los sacerdotes que han abandonado últimamente su estado no alegan como disculpa justamente eso: la búsqueda de una situación que haga más “eficaz” su acción apostólica?
Es verdad que en la espiritualidad que el progresismo llama “tradicional” y que en realidad es moderna, había un cierto egoísmo fundamental en la actitud. Es el individualismo. Hoy se los sacude airadamente pero no vaya a ser que se aventen con él cosas tales como la simple y sagrada interioridad. Es uno de los peligros de la nueva liturgia.
El retraimiento “prudente” del jansenista espanta al progresismo. Rechaza y con buena parte de razón aunque a veces con muy malas razones, ese aburguesamiento del espíritu. Él ama el activismo de la entrega. Cierto regusto por las poses audaces, un escozor por todo lo reglado y la instintiva confusión del orden con lo limitado y lo mezquino. Es esa mezcla de generosidad e insensatez presuntuosa de ciertos movimientos jóvenes que agitan a la Iglesia. Los hallaréis en las nuevas fronteras del apostolado social, en la apertura intelectual al mundo, incluso en esos violados remansos de la liturgia. Paradójicamente y como en lo de nueva frontera el católico estará siempre retrasado, estos inconformistas pronto tal vez descubran que se están poniendo demasiado a tono con algo que deja de ser el último grito. Pronto descubrirán que sus aficiones izquierdistas no los hacen nada originales. No pasará mucho tiempo probablemente en que lo “último” vuelvan a ser las posiciones reaccionarias y de derecha. ¿Qué harán entonces?

Conclusión

Es hora de terminar ya con nuestro parangón. Para concluir repetiremos un pensamiento de Marcel de Corte que sintetiza y explica el paralelismo de claroscuros entre jansenismo y progresismo. Son, al fin, dos momentos de un mismo movimiento histórico. No hay antítesis y por eso no habrá síntesis posible como superación de ambos errores. La solución está en atacar lo que al unísono a ambos produce y alimenta: el espíritu moderno, el racionalismo.
De Corte sostenía en su “Ensayo sobre el fin de nuestra civilización” que “la forma primitiva del cristianismo burgués es indudablemente el jansenismo”. Para él, todo el movimiento del espíritu moderno, en el que se subsumen jansenismo y burguesía, proviene de una ruptura existencial de las relaciones entre espíritu y vida; una desencarnación del hombre engendrada por el racionalismo. Éste es al mismo tiempo enemigo de la vida natural y de la sobrenatural, porque es una infidelidad del hombre a su esencia. Pero como el cristianismo se define como una relación “sui generis” entre la naturaleza humana y lo sobrenatural, cualquier alteración al nivel de la naturaleza repercutirá en la estructura de esa relación. El proceso moderno de resquebrajamiento de la unidad de la naturaleza humana, espíritu y vida, alterará el primer término de la relación cristiana entre naturaleza y sobrenatural. El cristiano moderno –afectado como hombre por aquella alteración– reaccionará primero, dice De Corte, con una desvalorización de su cristianismo correspondiente a la desvalorización de su ser. Tendremos así la forma burguesa del cristianismo contemporáneo. Pero también puede ocurrir que el cristiano se persuada que la transformación sufrida por él no es algo negativo, sino una nueva etapa de la historia del espíritu humano, y entonces surgirá la forma progresista o historicista del actual cristianismo.





[1] A riesgo de deslizarnos a la anécdota, recordemos no obstante, cómo cuando ya aparecían las "bikinis" en las playas de todo el mundo, todavía las señoritas de Acción Católica (brazo largo de la Iglesia en ese mundo), tenían terminantemente prohibido andar sin medias en el verano y llevar las mangas a no recuerdo si dos, tres o cuatro centímetros por encima del codo. Y no aludimos a principios de siglo. A mediados más bien, al menos en nuestro país. "Nos hacían terrible hasta el uso de los más discretos cosméticos. Nos estaba prácticamente vedado el goce del agua y del sol en vacaciones. Nuestras oportunidades de frecuentar al otro sexo se pasaron en ese enclaustramiento. ¡Muchas les debernos en buena parte nuestras desesperanzadas solterías!", me decía con un aire de broma que no podía disimular el resentimiento una de ellas. Parecidos resentimientos los hemos hallado en sacerdotes y religiosos. Y no se deben sólo a un aflojamiento de las costumbres, que también lo hay, por cierto. Entre ex-seminaristas y ex-novicios son particularmente notorios. Lo grave es que ha venido el progresismo a lanzarlos a una lucha en la que se entremezclan factores emocionales y subjetivos, como los señalados, con planteamientos ideológicos que no tienen por qué ser los de ellos, una lucha que no es la de ellos, a no ser porque esos planteamientos reconocen también una motivación de resentimiento, como son ciertas reivindicaciones sociales de lucha de clases típicas del progresismo. La dialéctica ha sabido capitalizar tales resentimientos. En su indignación, que fácilmente se convierte en odio, se mezclan muchas cosas. Se comienza a veces arremetiendo contra el uso de ciertos hábitos eclesiásticos y se termina dudando de venerables costumbres ascéticas, como el celibato. Muchos de los que se dejan arrastrar por estas tesis no saben la ideología que el progresismo esconde tras ellas. Les parece muy agradable que un P. Evely, y tomo un ejemplo al azar, proponga renunciar a toda forma de mortificación y sacrificio "que no resulte en provecho de otro". Ni más ni menos que el renunciamiento que no esté destinado a satisfacer necesidades, no tiene sentido. Así, de un plumazo, es destruido el sentido sacrificial que siempre tuvieron desde Abel, las prácticas ascéticas (distintas y tan necesarias como la limosna, material o espiritual, con la que Evely viene a confundirlas). Lo que no se dice es que se lo hace porque la antigua concepción de la Divinidad y de nuestras relaciones con Ella, ha sido reemplazada por el inmanentismo mundanal del Teilhardismo.
[2] Tal vez sea necesario insistir aquí en una cuestión importante que ofrece cierta dificultad. Es bien sabido que, en principio, todos los sobrenaturalismos desconfían de la razón y se les hacen sospechosas la sabiduría y la ciencia humanas. ¿Cómo, pues, afirmar que el jansenismo sea en el fondo un racionalismo religioso? Charles Moeller decía con razón que el gnosticismo, arquetipo de dualismo sobrenaturalista, maniqueo, que se repite o resuena en los moralismo modernos, es una tentación racionalista. Es la aspiración a sustraerse al misterio, a dejarlo todo claro o explicado por la humana razón. La renuncia a la razón de los sobrenaturalismos proviene del fracaso de una razón a la que se le exigió más de lo propio. Eso es, precisamente, el racionalismo: la pretensión de agotar el Ser con la inteligencia humana. Es el fracaso de esta pretensión racionalista la que, después, llevará al escepticismo y desvalorización de la inteligencia. Extrema tangunt, de nuevo. Así el irracionalismo, o el agnosticismo escéptico, suelen ser el refugio de una interna negativa de la propia razón a aceptar sus propios y humanos límites, a aceptar la realidad como misterio, sin rechazar por ello su esencial racionalidad. Siempre le es difícil al orgullo humano reconocer que el que la razón no alcance ciertas realidades y las que alcanza las alcance imperfectamente no constituye una prueba de la irracionalidad de lo real, ni tampoco de una constitutiva imposibilidad de acceso racional a él.