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viernes, 12 de junio de 2015

Ecosofía (y 3)


V.— La vuelta a la naturaleza
La reacción contra este estado de cosas postula el retorno a la naturaleza.
Pero aquí surgen dos nuevas cuestiones: la ambigüedad de la vuelta a la naturaleza, si reducimos el concepto al orden de la animalidad y la superficialidad de ciertos retornos infecundos. Respecto a la primera escribe Thibon: "La 'naturaleza' está a la orden del día. En todas partes se elevan voces autorizadas que denuncian los daños y las contaminaciones y nos invitanal salvamento y a la protección de la naturaleza; y este vocablo encubre lo mejor y lo peor, las más diversas conductas que van desde la vida al aire libre, desde la higiene elemental, desde la alimentación no falsificada, hasta el nudismo y la libertad sexual. . . Tal ambigüedad no se abolirá jamás. La vuelta absoluta a la naturaleza es una quimera., pues equivaldría a la reabsorción del hombre en la animalidad. Pero una separación excesiva de la naturaleza produce, a la inversa, efectos igualmente nefastos, pues compromete el espíritu en la ruina del equilibrio animal, tal como se comprueba demasiado a menudo ante los pensamientos utópicos y Ja conducta aberrante de tantos intelectuales desencarnados"(7).
La vuelta a la naturaleza sería el retorno a esa situación que añora Rousseau, esa manera de vivir simple, uniforme y solitaria, ese universo en el cual los únicos bienes del hombre son "la comida, una hembra y el reposo", ese estado en el cual el hombre no piensa, pues "el estado de reflexión es un estado contra natura y el hombre que medita es un animal depravado"; en cambio la sociedad transforma al hombre en esclavo, se vuelve débil, temeroso, rastrero y su manera de vivir muelle y afeminada acaba por enervar a la vez su fuerza y su coraje ( 8 ) .
Pero lo que importa aquí es la influencia de estas teorías en la mentalidad y en la conducta de tantos contemporáneos y esto es lo que señala Paulo VI: "la espontaneidad parece ser el derecho fundamental de la acción humana. Triunfa Rousseau. La espontaneidad se ha fomentado, en primer lugar, por las exigencias de la conciencia personal; sin percatarse muchas veces que la conciencia psicológica ha prevalecido sobre la conciencia moral, privando a ésta de su visión sobre la obligación intrínseca y extrínseca que la debe guiar; y ahí la explosión de una libertad ciega, de un instante pasional, de una delincuencia desenfrenada; de ahí, en suma, la abdicación de la voluntad inteligente y verdaderamente responsable" (4 de marzo de 1976).
El texto de Thibon y cierta crítica del Papa alcanzan a ciertas manifestaciones del ecologismo "parcial" que confunden la libertad del hombre con el libre despliegue de su espontaneidad y la degradan así a un nivel animal.
La segunda cuestión se refiere a muchos "retornos" superficiales e infecundos de los hombres de nuestro tiempo.
Porque las "huidas" los fines de semana de la gran ciudad, los viajes, las excursiones, el turismo, no permiten un conocimiento verdadero y por lo tanto la restauración de los vínculos perdidos; no permiten la "asimilación", que requiere una personal, paciente y esforzada tarea, como aquella que realiza el campesino al roturar la tierra y que le permite penetrar en sus secretos.
Con referencia a los fugitivos hebdomarios y a los apresurados turistas, ansiosos de conocer muchas cosas en poco tiempo, de "hacer" países en días, escribe Marcel de Corte: "Basta verlos deambular el domingo en el campo o al borde del mar para comprobar que la naturaleza les es radicalmente extranjera. . . ¿Cómo creer que pueden dejar una traza en las almas esos lugares donde las gentes no hacen más que pasar?"(9).
Se plantean pues en este campo dos grandes problemas: el de la degradación de la naturaleza física, rota su armonía y el de la adecuada reinserción del hombre en una naturaleza recompuesta, como tal y no como mero animal.
Bien señala De Corte: "De jardinero que era en otro tiempo, el hombre se ha transformado en pirata que explota a fondo el suelo, los árboles y la hierba, despilfarra los recursos minerales, puebla de máquinas su existencia, poluciona el aire y las aguas, falsifica su comida y deforma el rostro de la tierra. El contacto del hombre y de la naturaleza, directo, intuitivo, instintivo, semejante a una onda espiritual, ha sido abolido. El hombre no abraza más a la naturaleza como el amante a su bien amada, la viola como a una desconocida. No la fecunda, la esteriliza" (10).
El pirata debe volver a ser jardinero, pero con clara conciencia de que la plenitud humana requiere el respeto al orden natural físico y el ajuste al orden natural moral y de que la ruptura de los vínculos qtie lo unían con la naturaleza es paralela a la quiebra de los lazos que lo unían con los otros hombres en los cuadros orgánicos de las instituciones naturales.
VI.— La actitud ante la naturaleza física.
Hoy se discute la actitud del hombre respecto a la naturaleza física y asistimos a muchos diálogos entre sordos.
Abel Posse, en un artículo titulado "Del paraíso terrenal a la conferencia de Río de Janeiro", sostiene que "hemos alcanzado el sombrío privilegio de destruirnos y, como Sansón, derribar las columnas del templo, que es la Tierra"; la culpa la atribuye a cierta tecnología: "Armamento nuclear y bacteriológico, intoxicación de la biosfera. Recalentamiento. Agujero de ozono. Deforestación criminal: cien especies animales y vegetales desaparecen cada día• . . la destrucción del mundo la estamos obteniendo con la tecnología comercial, salvaje... Es como si nos hubiesen saqueado el palacio de fantasía de nuestras infancias: nacimos cuando era posible la jungla de Salgari y envejecemos en un desierto de asfalto, rock sudoroso y patético y chabacanerías de neón". Signo de este desierto es la Exposición Universal de Sevilla: "una orgía de materiales innobles, un millonario y efímero universo de plástico, lonas, tubos pintados, máquinas de utilería y mamparas rebatibles y descartables. . . Es simplemente la Exportada, un gigantesco decorado tipo Disneylandia, pero sin Pato Donald... es la exposición del vacío espiritual de nuestro tiempo... es el producto de quienes no ven en el universo más que un descomunal bostezo de un Dios ausente".
El problema es el porvenir. Por eso señala Posse que en la conferencia de Río que tiene "un inmanente contenido religioso y teológico, que tal vez los diplomáticos todavía no analizaron debidamente", "se empezará a entrever quién manejará el futuro: o los estadistas capaces de una visión orgánica del desarrollo'y- de lá calidad de vida o esas fuerzas ciegas que están maleando el desarrollo en una pesadilla que se vuelve paradójicamente antihumana" (11).
Ante esto Alvin y Heidi Toffler, en un artículo titulado "El lobby de los tenófobos" sostienen que hay que distinguir entre las tecnologías y que el mundo de hoy necesita más ciencia y tecnología, todo lo cual compartimos; pero luego comienza una diatriba contra los ecologistas fanáticos y falsos cuyo deseo oculto es hacer revivir "los estilos de vida medievales y aun primitivos, como una alternativa frente a la modernidad".
El problema de este matrimonio gira en torno de qué entienden por "natural" y cuál debería ser la actitud de quienes marchan bajo "las banderas verdes" para ser coherentes con sus prevenciones respecto a la tecnología. Un breve texto lo aclara: "la primera tecnología transformadora fue inventada por. . . quien plantó la primera semilla, iniciando así la revolución agrícola y la Primera Ola de cambio social. Nada hay más "contranatural” que la agricultura, por cuanto es un modo de compeler a la naturaleza a obedecernos" (12).
O sea que lo natural sería lo inculto, lo agreste, lo salvaje. Y lo coherente sería recoger entre las malezas los frutos silvestres. Esto es claro, pero falso. El Génesis nos dice que Dios dejó al hombre en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase. El pecado le agrega una nueva nota y hace que la relación del hombre con la tierra sea difícil: "maldito sea el suelo por tu causa; con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá. Y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan" (3, 17/9).
Ubicado por Dios en la cúspide de la creación visible, el hombre recibe de Dios un mandato: labrar y cuidar por eso la agricultura es natural y no contranatural.
Pero hay varias maneras de realizar la agricultura; como señala Pablo Hary "una es con la mira puesta en el beneficio líquido inmediato. Otra es hacerla hipnotizados por la técnica. Una tercera manera es haciendo uso del buen sentido sin olvidar que la colaboración con el Creador es aquí más estrecha que en otros casos".
No se trata de renegar de la técnica sino de usarla y subordinarla al buen sentido evitando el uso imprudente de insecticidas y fertilizantes. También afirma Hary que "desarticular el orden natural y los equilibrios maravillosamente entrelazados de un organismo vivo es fácil. Pero es peligroso, y aun a veces tentador tomar el riesgo si se opta por transferir el pasivo negativo de la operación a las generaciones venideras cobrando el beneficio inmediato"(13). A este egoísmo el autor opone el respeto por la naturaleza y la solidaridad entre las generaciones.
Las claves de esta agricultura que completa la Creación nos las señala John Seymour: "el verdadero agricultor procurará aprovechar su parcela, no explotarla. Deseará mejorar y conservar el 'modelo' de la tierra: la fertilidad. Observando la naturaleza, aprenderá a cultivar un solo producto o mantener una sola especie animal en un mismo lote de tierra fuera del orden natural de las cosas. Deseará, pues, nutrir a los animales y las plantas de su tierra para asegurar la supervivencia de las más amplia variedad posible de formas naturales, cuya interacción recíproca comprenderá y fomentará. Dejará incluso en su finca algunas zonas incultas, donde puedan medrar formas de vida silvestre. Donde cultive, tendrá siempre en cuenta las necesidades del suelo, estimando los animales y las plantas por los efectos beneficiosos que puedan causar a la tierra. Advertirá, ante todo, que si interfiere la cadena de la vida (de la cual forma parte) se pone él mismo en peligro, porque perturba el equilibrio natural" (14).
Como la naturaleza no es simple sino muy compleja, todo operar sobre ella debe ser cuidadoso y cauto; a veces ella se ríe de las previsiones humanas y los resultados de una acción que no tenga en cuenta todas las circunstancias pueden ser opuestos a lo esperado. Una anécdota de Saint-Exupéry en la Patagonia es ilustrativa al respecto: un campo podía albergar y criar un borrego por hectárea, pero en realidad en cien hectáreas no se podía producir más que 85 borregos porque los lobos mataban el resto. La solución del problema era matar a los lobos. Pero, estupefactos, los criadores advirtieron que en lugar de los cien borregos descontados por las cien hectáreas, el rendimiento bajó a 65. ¿Qué había sucedido? Que los lobos se alimentaban de borregos y de gran número de guanacos. Extinguidos los lobos, los guanacos habían proliferado tan rápido que habían hecho estragos en las filas de los borregos; problema imprevisible, porque en la época de los lobos los guanacos eran tan pocos que no podía concebirse que atacasen jamás a los borregos. Y concluye su reflexión: ¿Cuál será el guanaco de la era del maqumismo? No lo sabemos.
VII.— El cuidado del lugar físico.
El hombre de hoy debe tomar conciencia de que debe cuidar su lugar físico y usar las técnicas apropiadas; pero a la vez que debe poner en su lugar a la "razón racionalista" que aliada con la técnica desorbitada lia logrado: desnaturalizar a la naturaleza y deshumanizar al hombre; uniformar lo variado y distinto; dar la espalda a los grandes valores de la naturaleza creada: estabilidad, ritmo, vida, armonía.
Debe ponerse a la escucha de la naturaleza, entender su mensaje viviente y advertir que "tiene sus misterios y que posee un lenguaje universal que comunica sabias enseñanzas".
Debe defender el paisaje, pues "un paisaje deteriorado es el triste reflejo de una sociedad enferma".
Y para sanar esa sociedad enferma defender el desarrollo armónico de la vida en su totalidad sobre la Tierra. Como señala Heim, "es decir, nuestra cuna, luego nuestra cama, el aire y el agua, el suelo donde duermen las semillas, el bosque donde canta la fauna y el porvenir donde brilla el sol"(15).
Y defender nuestros cursos de agua como el río Reconquista que nuestra Secretaría de Recursos Naturales y Medio Ambiente quiere entubar: "la solución más práctica consiste en entubarlo y convertirlo en el caño maestro de una cloaca". Las palabras de la ingeniera Alsogaray fueron refutadas por anticipado por el arquitecto paisajista Ricardo de Bary Tornquist en un trabajo donde se opone al entubamiento del arroyo Napostá con argumentos de valor general: "uno ya está acostumbrado a ese tipo de aberraciones que consisten en aniquilar o suplantar con hormigón y mampostería, los regalos que nos brinda la naturaleza... Se argumenta que el Napostá está degradado; sería mejor decir: lo han degradado; ¡está enfermo porque lo envenenan! A los enfermos no se los mata ni se los entierra vivos, lo normal es curarlos. ¿Por qué el dinero que se invertirá en sepultarlo vivo no se emplea en impedir, por las buenas o por las malas, que la gente lo envenene? ¿Hay intereses creados?... Sonarán trompetas de gloria el día que se levanten esas infames lápidas, y que los arroyos enterrados vivos resuciten a la luz del sol, a cielo abierto tal como el Supremo Creador los hizo, sus márgenes bordeadas de árboles y flores, su murmullo dialogando con el canto de los pájaros... " (16).
Para defender estos valores algunos ecologistas, sin ser políticos profesionales, ingresan en las lides electorales. Como lo dijo hace años Brice Lalonde en Francia: "No nos equivoquemos. La política no es cosa de nuestro dominio; nosotros nos esforzamos en reconciliar la ciudad con el niño, la calle con el árbol frutal, la computadora con el jardín, la vida con el sueño". Pero para reconciliar la ciudad con el niño, la calle con el árbol frutal, la computadora con el jardín y la vida con el sueño, todo junto, no bastan los reclamos del ecologismo político de nuestros días, parcial e insuficiente.
Contra el hombre "máquina" es bueno recuperar la dimensión biológica del ser humano.
Contra la casa entendida como suma de piezas es bueno recuperar el sentido viviente de la morada y sus relaciones con el medio.
Contra la ciudad que crea alrededor del hombre un medio de vida nuevo que embota la capacidad de sentir, es bueno recuperar la facultad de aprehender la naturaleza física, de poder comprender las fuerzas que se disimulan bajo las cosas. Pero todo esto no basta. Porque el hombre no es un mero ser biológico, porque su morada recibe su pleno sentido cuando constituye el hogar de una familia, portadora de los "humildes honores de las casas paternas", porque la ciudad es el ámbito perfectivo del hombre todo, como ser biológico, político y contemplativo. Por ello escribe Saint-Exupéry: "mi meditación me parecía más importante que el alimento y la conquista. Porque me había nutrido para vivir, había vivido para conquistar y había conquistado para retornar y meditar y sentir mi corazón más vastos en el reposo de mi silencio. He aquí la verdad del hombre. Existe por su alma" (17).
VIII.— El estudio de la morada.
Por todo lo expuesto es preciso que la ecología recupere su sentido etimológico, sea fiel a sus raíces griegas: oikos y logos, abarque en su plenitud el estudio de la casa, de la morada. Es verdad que la ecología como ciencia particular aparece como parte de la biología y su ámbito se extiende a estudiar todos los seres vivos en relación con su ambiente; que luego surge la ecología humana destinada a estudiar, en forma específica, las relaciones del hombre con su contorno y con las demás especies biológicas y que finalmente nace la ecología social como rama de la sociología cuya indagación se dirige al habitat humano, a estudiar las influencias del contorno, de las condiciones ecológicas en los grupos humanos, sin embargo es preciso aclarar que la ecología se refiere a muchos problemas que trascienden lo meramente biológico, planteando cuestiones morales, jurídicas, filosóficas y teológicas, como la reproducción, la inseminación artificial, la fecundación in vitro, la explosión demográfica, la eugenesia, la relación entre la población humana y la producción de alimentos; las consecuencias de la explotación indiscriminada de algunas especies y la quiebra del equilibrio ecológico consiguiente, etc.
Si por el desarrollo del lenguaje y el uso cotidiano del término, fuera muy difícil la recuperación de su sentido etimológico, queda la posibilidad de adoptar el nuevo término "ecosofía" que, desde sus orígenes, incluye en forma expresa no sólo el ambiente natural sino también el ambiente humano abarcando en forma completa e indagado desde ángulos diversos y complementarios.


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(7) THIBON, Gustave: "El equilibrio y la armonia", Ed. Rialp, Madrid, 1978, pags. 87 y 90.
(8) ROUSSEAU, Jean Jacques: "Discours sur l'origine et les fondements de l'Inégalité parmi les hommes", en Petits chafs-d' oeuvre de J. J. Rousseau, Ed. Firmin Didot, Paris, 1864, págs. 52, 53 y 56.
(9) "L'homme contre lui même", Nouvelles Editiones Latines, Paris, 1962, pág. 16
(10) Ob. cit. pág." 15.
(11) "La Nación", Bs. As. 1-6-92 pág. 7 y 24-7-92 pág: 9.
(12) "La Nación", Bs. As. 23-8-92, Sección Cultura, pág. 1. Lo más interesante del artículo es el análisis del papel que pueden desempeñar las tecnologías de la "tercera ola" en el proceso de desconcentración y mejoramiento ecológico.
(13) "Agri-cultura y "Completar la creación", en "La Nación", Bs. As., 4-12-85 y 29-9-87. En el primer artículo el autor recuerda a sus antepasados europeos cuyos contratos de arrendamiento llevaban una cláusula de rigor que obligaba a cultivar la tierra como "buen padre de familia", entregándola tan fértil como había sido recibida. Agrega que "ese respeto por la naturaleza y esa solidaridad entre clases sociales y entre generaciones, era una modalidad enraizada en los corazones, en las mentes, en el subconciente, sembrada en los comienzos de la cristianización de Europa". Luego propone cambiar "la mentalidad utilitaria inmediatista a lo Adam Smith por una mentalidad solidaria a lo Carlomagno. Lo cual no significa volver atrás sino volver a la buena senda". Conf. del autor, "Monasterios agrícolas y cultura", en Prudentia Iurls, Bs. As., 1984, XIII, pág. 104 y ss.
(14) "La, vida en el campo", Ed. Blume, Barcelona, 1979, pág. 8.
(15) Prefacio al libro de Raehel Carson, "Le printemps silencieux", Ed. Pion, Paris, 1968, pág. 10.
(16) "La degradación del arroyo Napostá", en "La Nueva Provincia", Bahía Blanca, 3-5-87, pág, 8. El autor figura ejemplar en la defensa del entorno humanizado también refuta las simplificaciones del matrimonio Toffler y nos propone una sentencia como criterio para gobernar la acción en este campo: "Los modelos de desarrollo son creados por economistas. A veces, se anteponen intereses económicos a una visión futura, lo que implica un error y una irresponsabilidad hacia las generaciones venideras. 'Primun non nocere: ¡Primero, no dañar!' Jamás el desarrollo debe significar la destrucción del medio... Los arquitectos-paisajistas, que conocen la vida y la naturaleza, no rechazan el progreso ni proponen el retorno al primitivismo: se limitan a decir que cada hombre y cada etapa exigen un marco para su existencia, que tiene que ser, a la vez, eficiente y bello".

(17) "Citadelle", XXI, en Oeuvres, Ed. Gallimard, París, 1965, pág. 682.

miércoles, 10 de junio de 2015

Ecosofía (2)


III.— ¿Una nueva moral? ¿Un nuevo derecho natural?
Esta reflexión, desde un ángulo iusfilosófico conduce al profesor de Derecho Ambiental de la Universidad de Limoges, Michel Prieur, a considerar que la ecología constituye una nueva moral y a proponer un nuevo concepto del derecho natural. El profesor francés señala que vamos todos a un suicidio colectivo y que la supervivencia del hombre impone el discutir sobre su lugar en el universo. Y la ecología obliga a formular nuevas respuestas. "En el plano moral constituye una nueva moral. . . es un movimiento de naturaleza ética, interviniendo en el doble campo del conocimiento y de la acción. Estudia el determinismo científico y técnico que condiciona el desarrollo de las sociedades modernas y plantea las relaciones entre la naturaleza y la sociedad. Debe meditar sobre las nociones de felicidad y libertad, disociando la felicidad de la abundancia; la felicidad no está en la abundancia. Asociando la libertad y la autonomía; la libertad reside en la autonomía de acción, en pequeñas estructuras, gracias a la autogestión" (2).
El conocimiento y la acción, el determinismo, la ciencia y la técnica, la naturaleza y la sociedad, la felicidad y la libertad, la felicidad y la abundancia, la libertad y la autonomía, no encontramos ninguna temática ajena a la moral clásica, nada que justifique hablar de una nueva moral.
Según Prieur esta nueva moral "en el comportamiento cotidiano puede dar origen a un nuevo derecho natural, limitando seriamente los derechos individuales y los de los Estados. Pues no hay un derecho natural a exterminar una forma de vida, contaminando el aire, el suelo y el agua por un simple uso del derecho de ocupación o del derecho de propiedad. De otro modo parece que hay otro derecho natural, que es el derecho a la existencia a la vez del hombre, de los animales y vegetales. Esta concepción obliga a abandonar la visión clásica y antropocéntrica del hombre en provecho de otro tipo de relación, introduciendo la interdependencia del hombre con los vegetales y los animales" (3).
Este texto merece varias consideraciones. En primer lugar, el profesor francés parece desconocer el derecho natural clásico, según el cual el sentido más importante del término es el derecho como lo justo y no el derecho subjetivo y según el cual lo que le corresponde a cada uno se determina en un orden concreto con referencia al bien común. En este contexto, muy distinto al subjetivista que con seguridad Prieur tiene en mente, es imposible que existan "derechos" al exterminio o a la contaminación. En segundo lugar, no existe un derecho natural común a hombres, animales y vegetales, pues el derecho es un fenómeno exclusivamente humano, ya que sólo los hombres tienen inteligencia para conocer las normas jurídicas y voluntad libre para ser responsables de su comportamiento ante las mismas. En otros lugares nos hemos ocupado del tema (4) , por lo que aquí sólo acotaremos que en este caso el "nuevo derecho natural" es una regresión al estoicismo de Séneca, la metempsicosis de Pitágoras y la palinginesia de Empédocles, todo bien antiguo, a los procesos medievales contra los insectos destructores o al derecho puro de Picard, pintoresco pero hoy obsoleto, como teoría del derecho. En tercer lugar, cabe aclarar que la visión clásica del derecho es antropológica y no antropocéntrica, antropológica porque "por causa del hombre existe el derecho" en palabras de Hermegeniano, pero teocéntrica porque su líltimo fundamento es Dios, la Ley eterna.
IV.— La degradación de la morada física del hombre.
Respecto al envilecimiento de la naturaleza física, tantas veces explotada o destruida en vez de cultivada, el teólogo ortodoxo ruso Bulgakoff habla de la "vampirización" de la naturaleza, resultado de un quehacer humano que altera los cuatro elementos fundamentales: el agua, el aire, la tierra y el fuego.
Los habitantes de Buenos Aires y sus alrededores sabemos por algunas experiencias cotidianas que el teólogo ruso tiene razón. ¡El agua! Empezamos con la contaminación del Riachuelo, continuamos con la destrucción del Tigre, de nuestras riberas más cercanas y acabamos sin poder bañarnos en el río más ancho del mundo. Y hoy, ríos como el Reconquista, son los nuevos bárbaros que nos amenazan con pestes y enfermedades mientras arrastran corriente abajo miles de peces muertos (5).
¡El aire! Llegó Buenos Aires a encontrarse cubierta por una gran nube negra que la envolvía. Algo hemos progresado al eliminarse los incineradores de residuos, pero han multiplicado su actividad muchos productores de gases, humos y polvos, que contaminan la atmósfera ante la pasividad absoluta de una autoridad inexistente; basta caminar por el centro de la Ciudad o por algún barrio populoso para comprobarlo.
¡La tierra! Los "hijos del asfalto" le dan la espalda, seducidos por las "facilidades" y la aparente seguridad de la gran urbe, pero pierden la capacidad de aprehender la realidad de la naturaleza, que requiere el contacto directo con la tierra, con su humus necesario para el desarrollo de la vida vegetal, animal y humana.
¡El fuego! El estroncio 90, liberado en la atmósfera por las explosiones atómicas, vuelve a la tierra con las lluvias, bajo la forma de polvos que penetran en el suelo, que el hombre asimila a través de los vegetales comestibles y que no son precisamente inofensivos, pues como escribe un poeta nuestro, Juan Luis Gallardo:
"Estos gases, sustancia o materia
(estroncio 90)
producen Dios sabe qué males
—trastornos vitales—
"mutaciones genéticas llaman
los sabios de marras
a las pestes que traerá a la Tierra
su estroncio 90"
Pero el mal es universal. Hace unos años nos impresionó un artículo acerca del Mar del Norte, en peligro de "ahogarse". Siete millones de toneladas de basura y 100.000 toneladjas de restos de petróleo son arrojados cada año al mar; debido al exceso de abonos, se multiplican enormemente algas que, a su vez, son devoradas por bacterias, con elevado consumo de oxígeno. Los peces y otros organismos vivos del suelo marino se quedan sin oxígeno. Los pescadores tiran a veces al agua la tercera parte de la pesca porque los peces están cubiertos de úlceras. . . Este mar, es un basurero sin igual en Europa y en el mundo entero (6).
Afortunadamente, en esto los europeos también nos aventajan y en Francia, la Universidad de Lyon nos anuncia el desarrollo de una nueva profesión dedicada al estudio y tratamiento de los desperdicios. La basurología es una disciplina en gestación, cuya denominación resulta irónica ordurologie, pero el basurólogo tiene un amplio campo de acción ante la continua acumulación de tanta porquería.
Entre nosotros, sin pretensiones universitarias, se multiplican los "cirujas", bajo su nueva denominación de "cartoneros"; aparecen con las sombras de la noche, husmean y revuelven las basuras y muchas veces cargan su "botín" en pequeños carros a tracción humana que reemplaza en Buenos Aires a la prohibida tracción animal.
Pero también surgen actividades como la de los cuidadores de perros. Dueños que tienen perros como adorno, encerrados en los límites de un departamento y que no tienen tiempo para sacarlos a pasear ni de ocuparse de ellos, contratan los servicios de un "paseador", que lleva diez o quince perros de diferentes razas, pelajes y tamaños a los cuales controla con dificultad y que utilizan como baños las veredas.
Son los resultados de la civilización de lo fungible; del úselo y tírelo; del egoísmo individualista que no se preocupa por los otros; cosas comunes, animales, personas se convierten en meros objetos de sus caprichos; del subjetivismo que no respeta los derechos de los demás.



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(2) "Reflexión teórica sobre los principios de la legislación ambiental", en Ambiente y futuro, Ed. Fundación (Manliba, Bs. As , 1987, pág. 31. 
(3) Ob. cit., pág. 32.
(4) "El sujeto del derecho ¿podría hablarse de un derecho de los animales?", en Universitas, Bs. As., 1969 N? 10 y "Curso de derecho natural", 4» Ed., Abeledo Ferrot, Bs. As., 1986, págs, 270-271.
(5) "Clarín", Bs. As., 22-8-92, págs. 28 y 29. Cabe agregar que serios estudios han llegado a la conclusión de que ese río es capaz de sanearse sólo si deja de ser contaminado; lo mismo respecto a la re cuiperación del río Wilamed, en el Estado de Oregon, Estados Unidos, ya concretada, manifestaron los profesores John Bonine y Patrick Me Gimley en "La Nación", (revista Nº 1.210), Bs. As. 20-9-92, pág. 42 y ss.

lunes, 8 de junio de 2015

Ecosofía (1)


Iniciamos hoy la publicación de un breve ensayo del Dr. Bernardino Montejano sobre la Ecología considerada desde el derecho natural y cristiano. Esperamos sea de utilidad para contrarrestar la marea de confusiones que seguramente inundará la web en los próximos meses.


ECOSOFIA: LA MORADA DEL HOMBRE

"¡Oh, ciudadela, mi morada, te
salvaré de los proyectos de la
arena y te ornaré de clarines a
tu alrededor para sonar contra los
bárbaros".
Saint-Exupéry
I.— El ecologismo integral.
Hace poco más de diez años participamos en un simposio organizado en Buenos Aires por OIKOS, Asociación para Ja Promoción de los Estudios Territoriales y Ambientales, acerca del tema: "La conservación del patrimonio material y espiritual de la Nación", el cual fue considerado en múltiples aspectos. Y al comienzo de nuestra conferencia titulada: "La conservación de las instituciones naturales o el ecologismo integral", nos formulamos dos preguntas que hoy podemos reiterar junto a sus respuestas: conservar ¿para quién? y ¿por qué?
Conservar los suelos, la flora, la fauna, los ambientes naturales, el potencial energético, los ambientes humanizados, la cultura, la hispanidad, el acervo historiográfico e histórico-artístico, las instituciones naturales, la tradición y la fe para el hombre, para el hombre argentino del siglo XX, pues la temática del simposio es refería a nuestro patrimonio nacional.
Conservar porque el hombre de nuestro tiempo, en especial el que vive en las grandes concentraciones urbanas, debe tomar conciencia de que muchos de los males que lo aquejan, en especial su desvitalización, se originan en una doble ruptura de vínculos, de lazos que urge restaurar para que el hombre pueda crecer a través del desarrollo de sus potencialidades; vínculos que lo unen con la naturaleza física y con sus contornos institucionales, enriquecidos por la tradición espiritual y cultural.
Y ante el ecologismo parcial, entonces y hoy tan en boga, que se limita a defender el orden natural físico y a reclamar la adecuada reinserción del hombre en el mismo, levantamos la bandera del "ecologismo integral" que sin desconocer la necesidad de esa reinserción, señala la necesidad paralela de restaurar los vínculos que unen entre sí a los hombres en las instituciones naturales y el ajuste a la ley natural moral en el ámbito individual, familiar, social, económico y político.
II.— La ecosofía.
Desde entonces, se observa que la concepción amplia de la ecología, con distintas denominaciones, se manifiesta cada vez más.
El Papa Juan Pablo II, ya en su primera encíclica "Redemptor hominis" del año 1979 había mostrado su inquietud por el tema. El hombre teme que algunos de sus productos puedan convertirse en medios e instrumentos de una auto destrucción inimaginable. A su vez cierto desarrollo incontrolado de la técnica amenaza el ambiente natural del hombre, quien no percibe en ese ambiente otros significados que aquellos que sirven a los fines de uso inmediato y de consumo. En cambio era voluntad del Creador que el hombre se pusiera en contacto con la naturaleza como "dueño" y "custodio" inteligente y noble, y no como "explotador" y "destructor" sin ningún reparo. Para el Papa este es un "signo de los tiempos" y no precisamente positivo.
En su encíclica "Sollicitudo rei socialis" del año 1987, vuelve sobre el problema al hablar del respeto que el desarrollo debe tener por el cosmos. El dominio del hombre sobre la naturaleza visible tiene sus límites, impuestos por el Creador desde el principio y expresados simbólicamente con la prohibición de "comer del fruto del árbol" (Génesis: 2,16). Y propone tres consideraciones: tomar mayor conciencia de que no pueden ser utilizados impunemente las diversas categorías de seres, vivos o inanimados —animales, plantas, elementos naturales— como mejor apetezca, según las propias exigencias económicas. Al contrario, conviene tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión en el cosmos: considerar la limitación de los recursos naturales, algunos de los cuales no son renovables; usarlos como si fueran inagotables, pone en peligro su futura disponibilidad y considerar las consecuencias de cierto tipo de desarrollo sobre la calidad de vida de las zonas industrializadas; la contaminación del ambiente y las graves consecuencias sobre la salud de la población.
Finalmente, en su encíclica "Centesimus annus" del año 1991, habla de "ecología humana". Allí señala que en la insensata destrucción del ambiente natural hay un error antropológico. El hombre olvida que su trabajo se desarrolla siempre sobre la base de la primera y originaria donación de Dios, El hombre suplanta a Dios y provoca la rebelión de la naturaleza. Pero más grave aún es la destrucción del ambiente humano. Mientras nos preocupamos justamente, aunque mucho menos de lo necesario, de preservar los "habitat" naturales de las diversas especies animales amenazadas de extinción, nos esforzamos muy poco por salvaguardar las condiciones morales de una auténtica "ecología humana", cuya primera estructura fundamental es la familia que hay que volver a considerarla como el santuario de la vida. También destacaba el papel del Estado que debe proveer a la defensa y tutela de los bienes colectivos, como son el ambiente natural y el ambiente humano, cuya salvaguarda no puede estar asegurada por los simples mecanismos de mercado. Es que hay bienes que están fuera del comercio y que "por su naturaleza, no se pueden ni se deben vender o comprar".
Un psicoanalista y escritor francés Félix Guattari después de señalar que "la mayoría de los ecologistas todavía no tomaron conciencia de la necesidad de operar una unión entre la ecología ambiental, la ecología social y la ecología mental", propone el término ecosofía, "cuya perspectiva sería la de nunca mantener separadas las dimensiones materiales y morales de los problemas considerados. Habría que tener en cuenta, hoy en día, que no son sólo las especies animales y vegetales, los paisajes naturales, los que están amenazados. También lo están las especies culturales... morales y existenciales".
Más allá de las discrepancias que tenemos con la terminología y ciertos contenidos del autor francés, nos parece ajustado el término propuesto: ecosofía, visión, intelección, reflexión acerca de la casa, de la morada del hombre.

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(1) "Hay que crear un nuevo eje progresista", en Le Monde y Clarín, 7-7-92.