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martes, 26 de mayo de 2015

Pío XII y el sacerdocio bautismal




Como complemento de la serie anterior, recordamos en esta entrada que el papa Pío XII habló acerca del sacerdocio bautismal en 1947, en la conocida encíclica Mediator Dei, y que volvió a hacerlo el 2-XI-1954, al dirigirse a los obispos y cardenales, en el documento Magnificate Dominum. De este documento, transcribimos hoy dos pasajes, con algunos comentarios nuestros y resaltados que agregamos al texto original.
En primer lugar, vemos Pío XII reconoce la existencia de un sacerdocio bautismal, que no puede negarse, ponerse en duda, ni infravalorarse. Cita palabras de la Escritura que le parecen decisivas. Pero no precisa la esencia y propiedades del sacerdocio común, aunque enfatiza su diferencia esencial con el sacerdocio jerárquico.
7. Verdad que no puede negarse ni ponerse en duda que los fieles tienen un cierto sacerdocio, ni tampoco procede el desestimar éste ni rebajarlo. Porque el mismo Príncipe de los Apóstoles, al hablar a los fieles, usa de estas palabras en su primera Carta: Mas vosotros sois un linaje escogido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo de adquisición; poco antes, afirma que corresponde a los fieles un sacerdocio santo, el ofrecer hostias espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Mas, cualquiera que sea el verdadero y exacto significado de este título honorífico y de su contenido, se ha de tener por muy cierto que este «sacerdocio» común a todos los cristianos, aun siendo elevado y arcano, se diferencia no sólo en grado sino también en esencia del sacerdocio verdadera y propiamente dicho, que consiste en la potestad de realizar, representando a la persona de Cristo Supremo Sacerdote, el sacrificio del mismo Cristo. 
En el pasaje que transcribimos a continuación toca la dimensión práctica del tema. Por una parte, advierte sobre legítimas proyecciones de la doctrina del sacerdocio bautismal en la participación litúrgica de los fieles. Por otra, no deja de señalar abusos que pueden darse en la aplicación de esta doctrina (por desgracia, muy frecuentes en la actualidad). Por último, es interesante notar que ya en 1954 existía alguna desviación -doctrinal o práctica- en esta materia: de aquellos polvos, estos lodos...
8. Por ello Nos gozamos de que en muchas diócesis han surgido Institutos singulares de Liturgia, se han constituido asociaciones litúrgicas, se han nombrado asesores para el fomento de la Liturgia, y se han celebrado Congresos de Liturgia diocesanos, y aun inter-diocesanos, hallándose en preparación los internacionales. Y Nos causa gran placer el que, en algunos casos, aun los mismos Obispos asistan a estos Congresos, e incluso los presidan. A veces tales Congresos han tenido como singular norma práctica el que un solo sacerdote diga la Misa, mientras los demás (o todos, o la mayoría), asisten a ella, recibiendo la sagrada Comunión de manos del que celebra. Puede ello permitirse, si hubiere causa justa y razonable; y, si el Obispo no determinase otra cosa para evitar la admiración de los fieles, no puede censurarse, siempre que ello no se fundare en el error a que antes Nos hemos referido. En los temas tratados en dichos Congresos, se han discutido cuestiones tocantes a la historia, a la doctrina y a la práctica de la vida [litúrgica]; y se ha llegado a las conclusiones y propuestas que parecían más necesarias o convenientes para un mejor desarrollo, siempre que se sometieren al juicio de la autoridad eclesiástica. Entusiasmo por la sacra Liturgia, que no se limitó a dichos Congresos; porque a la vez fué creciendo la convivencia y la práctica litúrgicas de tal suerte que los fieles, en número y frecuencia cada vez mayores, son atraídos a la unión activa y a la comunión cón el sacerdote que celebra la santa Misa.
Mas, por mucho que favorezcáis justamente la práctica y el desarrollo de la sagrada Liturgia, cuidad bien en vuestras diócesis, Venerables Hermanos, de que los consagrados a tales materias no puedan en modo alguno sustraerse a vuestra autoridad y vigilancia, intentando dirigir o cambiar a su propio arbitrio la sagrada Liturgia, y ello contra las claras normas establecidas por la Iglesia: Tan sólo a la Sede Apostólica corresponde el ordenar la sagrada Liturgia y el aprobar los libros litúrgicos, y principalmente en lo que se refiere a la santa Misa: Reprobada toda costumbre contraria, el sacerdote, al celebrar piadosa y devotamente, guarde las rúbricas de sus libros rituales, y cuide de no añadir otras ceremonias u oraciones según su propio arbitrio. Nunca, por lo tanto, concedáis vuestra aprobación o consentimiento a semejantes intentos, no ya prudentes sino excesivamente audaces



domingo, 24 de mayo de 2015

Sacerdocio bautismal (y 4)


Publicamos hoy la última parte de nuestra selección de textos del estudio del p. Sauras. Hemos resaltado los pasajes que nos parecen más importantes. 
La imagen que ilustra esta entrada es de Santa Margarita de Escocia, quien por bautizada poseyó el sacerdocio común de los fieles. Pero en cuanto mujer, nunca hubiera podido recibir el sacerdocio jerárquico, ya que las mujeres no pueden ser sujetos del sacramento del Orden. Cuando alguien pregunte "por qué en la Iglesia las mujeres no pueden ser sacerdotes", se le podrá responder: todas las mujeres lo son; pero con sacerdocio común, no jerárquico, por estar bautizadas.
c) Explicación teológica.
Vamos a explicar este sacerdocio común o laical. Y para ello tomaremos como punto de partida la relación inseparable que en toda religión hay entre el sacerdocio y el sacrificio, y luego la relación que hay en la religión cristiana entre el sacrificio y, por lo tanto, el sacerdocio y la Eucaristía. 
Explicación negativa.
¿Qué no pueden hacer en el sacrificio cristiano los fieles con su sacerdocio común o laical, qué poder no tienen y qué no son? No pueden inmolar la víctima sagrada que es Cristo, ni administrar o ser ministros de lo divino para los demás. Pero pueden ofrecer dicha víctima y, además, pueden ofrecerse e inmolarse a sí mismos juntamente con ella. El poder que no tienen es propio del sacerdocio jerárquico o ministerial; por eso no son sacerdotes como los que han recibido el sacramento del orden.
Hay sacerdotes jerárquicos, instituidos mediante el sacramento del orden. La Sagrada Escritura no los llama con este nombre, sino con el de presbíteros. Pero no hacemos ahora hincapié en la palabra. De hecho, los presbíteros de que se habla en los Hechos y en las Epístolas pastorales habían recibido del Señor el poder de realizar los misterios cristianos o de convertir el pan en el cuerpo y el vino en la sangre de Cristo. "Haced esto en memoria mía", dijo a los Apóstoles (31), y en ellos a sus sucesores en el sacerdocio (32). Poco importa la diferencia de nombres cuando hay coincidencia en su significado. Ni el Evangelio, ni las Epístolas, ni los Hechos llaman sacerdotes a quienes, consagrando el cuerpo del Señor, le sacrifican en el altar. En el texto de San Lucas se les llama apóstoles, pues es a los Doce a quienes dijo: "Haced esto en memoria mía". Los que en los Hechos y en las Epístolas paulinas se llaman presbíteros, también consagraban. Pero insistimos en que no interesa el nombre. Consagrar, sacrificar, es propio del sacerdote. Y a fines del siglo II, a quienes hacen esto se les llama sacerdotes por antonomasia, nombre con el que se han quedado.
Pues bien, los sacerdotes con sacerdocio común, los que se nombran en la Escritura con el nombre clásico de tales, los fieles, tienen intervención en el sacrificio, puesto que son sacerdotes y no hay sacerdocio sin referencia al sacrificio. Pero esta intervención no puede ser la de consagrar. En esto están conformes la revelación, la teología y el magisterio eclesiástico.
La Escritura asegura que convertir el pan en el cuerpo del Señor no es menester encomendado a todos, sino a un grupo, a los Doce; no es quehacer común, popular o laical, sino de escogidos, de grupo, clerical. Y que así se hacía también en la celebración de los misterios cristianos en los primeros tiempos, consta por el testimonio de los Padres más antiguos. Baste recordar el de San Justino, quien en la minuciosa exposición que en la Primera Apología hace de la celebración del misterio eucarístico, dice expresamente que la oración la recitan todos; la anáfora y la consagración la hace sólo el que preside; la administración, los diáconos (33). Los fieles ni consagran ni administran.
Veamos lo que enseña la teología. Pregunta Santo Tomás en un artículo de la Suma "si la consagración del sacramento eucarístico es función propia del sacerdote" (34). Y responde que sí, de tal suerte que nadie más que él puede hacerla. En la dificultad segunda dice, objetando, que también los laicos "possunt hoc sacramentum conficere" [puede realizar este sacramento]. Intenta probar la afirmación, pero la prueba no es eficaz. En la respuesta a la dificultad, afirma que los laicos no tienen poder sacramental; lo que sí tienen es "spirituale sacerdotium ad offerendum spirituales hostias, de quibus dicitur in Psalmo: Sacrificium Deo spiritus contribulatus; et ad Romanos: Exhíbete corpora vestra hostiam viventem. Unde in prima Petri dicitur: Sacerdotium sanctum, offere spirituales hostias"(35). [Un laico justo está unido espiritualmente a Cristo por la fe y la caridad, pero no por la potestad sacramental. Por tanto, posee el sacerdocio espiritual para ofrecer hostias espirituales, de las que se habla tanto en Sal 50,19: El sacrificio agradable a Dios es un espíritu contrito, como en Rom 12,1: Ofreced vuestros cuerpos como hostia viva. Por lo que en 1 Pe 2,5 se atribuye a todos un sacerdocio santo para ofrecer víctimas espirituales.] La exégesis del texto creemos que no tiene complicaciones…
Y tenemos, por último, las enseñanzas del magisterio de la Iglesia, recogidas en la "Mediator Dei", de Pío XII. Dice así: "Hay una razón más profunda para que pueda decirse que todos los cristianos, y especialmente los que asisten al altar, toman parte en el ofrecimiento. Y para evitar errores peligrosos en asunto tan importante es necesario precisar con exactitud el significado de la palabra ofrecimiento. Pues la inmolación incruenta, por medio de la cual, una vez pronunciadas las palabras de la consagración, Cristo está presente en el altar en estado de víctima, es realizada solamente por el sacerdote, en cuanto representa la persona de Cristo, y no en cuanto representa los fieles”.
En la Escritura, en la Tradición, en la teología, en las enseñanzas del magisterio eclesiástico, encontramos la misma idea negativa del sacerdocio laical; es un sacerdocio que no capacita para consagrar el cuerpo del Señor. Esta función está reservada al sacerdote jerarca, quien no la hace en nombre de los fieles, sino en nombre de Cristo. Tampoco capacita para el culto ministerial, como varias veces hemos dicho y explicaremos más adelante. El culto ministerial lo encomendó Cristo a los clérigos y no al pueblo; en el pasaje de San Justino anteriormente recordado está de manifiesto que el ministerio no era en la primitiva Iglesia cosa de los fieles; y Pío XII lo indica también en la "Mediator Dei": "Inútil es explicar hasta qué punto estos capciosos errores (los de la democracia o el igualitarismo sacerdotal por derecho divino) están en contradicción con las verdades antes demostradas... Recordemos solamente que el sacerdote hace las veces del pueblo, porque representa a la persona de Nuestro Señor Jesucristo, en cuanto El es cabeza de todos los miembros y se ofreció a sí mismo por ellos. Por eso va al altar como ministro de Cristo, siendo inferior a El, pero superior al pueblo" (39). El que es pueblo o laico no es ministro. El sacerdocio ministerial está sobre el laical.
Explicación positiva.
Suele describirse al sacerdote como un mediador entre Dios y los hombres. Y es cierto. Pero es necesario entenderlo bien sino queremos sembrar confusiones en materia tan delicada. Si la cosa fuera así, tal como suena, y sin necesidad de precisar más el concepto, el sacerdocio laical no existiría, porque acabamos de decir que no es ministerial. Por eso conviene que empecemos precisando bien el concepto de sacerdote.  
En teología hemos de huir siempre de los conceptos unívocos. Son tan diversos los sujetos de los que se predica una misma perfección, que con la univocidad nos sería imposible dar un paso. Desde el momento en que se acepta la analogía como criterio del conocimiento teológico, ya no hay inconveniente en encontrar diversas especies de una misma perfección o de un mismo atributo. No insistimos en esta nota criteriológica, que sin embargo, hemos querido recordar para salir al paso a las dificultades que puedan originarse del hecho de presentarse muchas veces el sacerdocio en la Escritura como una mediación.
Hay sacerdocio que es mediación, pero no todo. Por lo tanto, no es necesario ser mediador para ser sacerdote, aunque sí se precise serlo para una clase determinada de sacerdocio.
No se puede dudar de que entre el sacerdocio y la mediación hay relaciones muy profundas; es más, la mediación es esencial a determinadas clases de sacerdocio. San Pablo dice que todo pontífice tomado de entre los hombres, es instituido en favor de los hombres para las cosas que miran a Dios, para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados" (40)…
Sin embargo, la idea de mediación no es esencial al sacerdocio, sino sólo a determinadas especies sacerdotales. No todos los sacerdocios coinciden en ella; hay algo más elevado, más general, en lo que se dan cita. La mediación es esencial al sacerdocio de Cristo, que es sacerdocio capital; también lo es al sacerdocio pontifical o supremo; también al sacerdocio ministerial. Cristo nos reconcilió con el Padre mediante el sacrificio de sí mismo. Es medio entre Dios y nosotros. El sacerdote supremo es medio entre Dios y los inferiores. El sacerdote ministro es medio entre Dios, de quien recibe los bienes, y los fieles a quienes los da.
Pero pueden darse coyunturas en las que no tenga lugar la mediación. Adán dió culto al Señor, y culto sacerdotal; y en su caso no había mediación. Su sacerdocio y su sacrificio empezaban en él y terminaban en Dios, a quien con ellos rendía culto. Otro tanto sucedió con Abel, que ofreció sacrificio sin ser mediador de nadie ni para nadie. Y su sacrificio se recuerda en el canon de la Misa. En estos casos no había pontificado ni había ministerio, y, por lo tanto, sobraba toda idea de mediación. Si se dan dos casos, pueden darse más…
Sobre la idea de mediación está la de ofrecer sacrificio. Esta es la primordial en el sacerdocio. Con ella sola hay sacerdote; con ella y con mediación hay sacerdote-mediador, sacerdote-cabeza, sacerdote-pontífice, sacerdote-ministro. Sin ella y con mediación no hay sacerdocio posible…  
Los fieles no son mediadores; por eso su sacerdocio no es pontifical ni ministerial. Ya hemos dicho que estos sacerdocios implican la idea de mediación. Pero esto no es inconveniente para que sean sacerdotes. Pueden serlo, siempre y cuando realicen activamente el sacrificio, siempre y cuando tengan una dote o un poder sagrado que les capacite para ofrecer sacrificio. 
Veamos ahora algo sobre el sacrificio, para poder luego apreciar lo que los laicos hacen en él y ver, por lo tanto, cómo ejercen su sacerdocio. Puede darse algo de miopía doctrinal en lo referente al sacrificio, a causa de un exceso de determinaciones positivas. Están tan detallados los sacrificios en el Antiguo Testamento y tiene tal relieve el sacrificio del Nuevo, que fácilmente se puede perder de vista en esta fronda lo que es de derecho natural, fijando la atención exclusivamente en lo que es de derecho positivo. El sacrificio es de derecho natural, tiene una definición fundada en este derecho, definición que no debe desaparecer cuando se concreta en los diversos derechos positivos. Santo Tomás recuerda este carácter natural del sacrificio precisamente en el artículo primero de la cuestión que le dedica en el tratado De virtute religionis (44). Interesa, pues, ver cuál es la definición general. De hecho, y por determinación positiva de Dios, el sacrificio en nuestra liturgia cristiana es el del altar. Ya tendremos ocasión de ver más adelante cómo todo cuanto cabe en la noción natural de sacrificio, y que inmediatamente vamos a recordar, tiene cabida en la Misa. 
El sacrificio es un acto exterior, en el que se encierra un sentimiento de sumisión y de adhesión a Dios, mediante el ofrecimiento de algo nuestro que previamente se victima o santifica. Victimarse o hacerse víctima lleva implícita la idea de abatimiento. La víctima ha sido vencida o sometida.
Dentro de esta idea amplia, que es la que nos da el derecho natural (45), son verdaderos sacrificios la oblación de nuestras penalidades a Dios, como dice el Salmo: "Sacrificium Deo spiritus contribulatus" (46); y el ofrecimiento de nuestro cuerpo santificado, o limpio de sus imperfecciones, o mortificado, como dice San Pablo: "Exhibeatis corpora vestra hostiam viventem, sanctam, Deo placentem" (47). 
 *          *          *
Volvamos a los fieles, de quienes ya hemos probado más arriba que están investidos de poder sacerdotal. También hemos dicho que el sacerdocio se explica por su relación con el sacrificio, y que éste es un acto costoso, perfecto, imperado por la virtud de la religión, virtud que lo consagra, convirtiéndolo en cultual o en acto de alabanza y honor de Dios
La teología enseña que el culto de la religión cristiana se inicia en el sacrificio de la Pasión… Toda gracia cristiana se deriva del sacrificio del Calvario, y todo culto cristiano nace en el culto supremo tributado a Dios en el Calvario también. De lo que allí sucedió reciben los sacramentos su eficacia y su virtud; de allí y por éstos nos llegan la gracia de Jesucristo y los medios con los que podemos rendirle el culto preceptuado por El. La Cruz es para nosotros la fuente de la gracia y la fuente del culto que debemos tributar al Señor. Las dos cosas se nos dan por los sacramentos…
Pero [los sacramentos] no se ordenan a los dos fines produciendo un mismo efecto. Quitan los pecados produciendo la gracia, y capacitan para el culto, según la religión de la vida cristiana, produciendo el carácter. Los caracteres sacramentales son signos espirituales indelebles, con los que los cristianos se distinguen de los que no lo son. Estos signos distintivos son potencias que capacitan para realizar el culto que los paganos no pueden realizar… La idea se repite con frecuencia en el tratado que en la Suma dedicó Santo Tomás al estudio del carácter…. clasifica los tres caracteres en dos apartados: el carácter del orden es una potencia activa, y se ordena a hacer el culto; el de la confirmación, y más particularmente el del bautismo, es una potencia pasiva, y se ordena a capacitar a quien lo recibe para ser sujeto pasivo del culto mediante la recepción válida de los otros sacramentos (53). 
Esto, expresado de manera tan absoluta, no es toda la verdad. Ciertamente que el carácter bautismal es más acusadamente pasivo, pues con él se capacita el hombre para recibir válidamente los otros sacramentos; y por ser más acusadamente pasivo se le llama potencia pasiva, ya que "res denominantur a potiori". Pero tiene también características activas, aunque no tan acusadas como las del carácter del orden. El propio Santo Tomás indica esta nota activa del carácter Bautismal cuando escribe, hablando precisamente de la diferencia que hay entre el carácter de la confirmación y el del bautismo: "In baptismo accipit homo potestatem ad ea agenda (poder o carácter activo) quae ad propriam pertinent salutem, prout scilicet secundum seipsum vivit" (54). El poder cultual que da el carácter del bautismo es acusadamente pasivo; pero también pueden hacerse con él actos de culto, aunque sin carácter representativo. En otras palabras, las características activas de este culto no son representativas o ministeriales. Pero que existen características activas es indudable. Con este carácter, nos ha dicho el Angélico, se capacita el hombre "ad ea agenda..."; y el agere es el acto de la potencia activa, a diferencia del pati o del recipere, que es el acto de la pasiva.
La “Mediator Dei” también recuerda el aspecto activo de la capacidad cultual del carácter del bautismo. El Papa habla en ella de que "los fieles ofrecen también la víctima divina", aunque bajo un aspecto distinto a como la ofrecen los sacerdotes-ministros, pues éstos la ofrecen consagrando y representando en la oblación a los demás fieles. Quede constancia de que los fieles ofrecen. "Ofrecen el sacrificio, no sólo por medio del sacerdote, sino también, y en cierto modo, juntamente con él". Esto respecto a la víctima principal, que es Cristo. Más adelante explicaremos que en el altar hay otras víctimas, y entre ellas el propio fiel. Pues bien: respecto a esta segunda víctima, es necesario "que los fieles se inmolen a sí mismos como víctimas". Decir que todas estas expresiones tienen sentido pasivo, creemos que sería una cosa sin sentido. Ahora bien, este poder oferente lo tienen los fieles por el carácter bautismal…
Nada de exclusivismo pasivo en el carácter bautismal; también tiene características activas. Este carácter es la primera participación del sacerdocio de Cristo, participación que alcanzan todos los bautizados.
Esta verdad sobre el sacerdocio común de los fieles comunicado en la recepción del bautismo fué profesada siempre teórica y prácticamente… en los laicos se da lo que es esencial en el sacerdocio. Este es un estado que se caracteriza por un poder sagrado para ofrecer sacrificios a Dios. Ahora bien, el sacrificio se ofrece de maneras esencialmente diversas, aunque todas son maneras propias de ofrecer sacrificialmente, o todas son auténticos ofrecimientos sacrificiales; no son maneras impropias ni ofrecimientos sacrificiales metafóricos. La “Mediator Dei” recuerda dos modos de ofrecimiento sacrificial: uno, el ofrecimiento inmolaticio que se hace al consagrar, y lo hace el sacerdote jerárquico o ministro; otro, el ofrecimiento de lo inmolado por el ministro, y lo hacen el ministro y los fieles juntamente con él.
Para hacer estos dos ofrecimientos sacrificiales, esencialmente diversos, se requieren dos poderes esencialmente diversos también, pero los dos sacerdotales, porque los dos son activos en orden al sacrificio. El primer poder es el que da el carácter del sacramento del orden; el segundo es el que da el carácter del sacramento del bautismo. Dos formas sacerdotales propias, auténticas, aunque diversas entre sí. Estamos en un caso de verdadera analogía propia. Y no en un caso de analogía metafórica
Que para realizar cada uno de estos dos ofrecimientos sacrificiales se requieran formas o poderes sacerdotales diversos, lo dice claramente también la encíclica citada…
No desearíamos terminar esta explicación sin hacer una advertencia.
Y es que no se habría dado cuenta de la verdadera dimensión teológica que tiene el sacerdocio de los laicos quien pensara que depende todo él de determinadas explicaciones del carácter sacramental y de determinadas explicaciones de los actos que los laicos realizan en el sacrificio de la Misa. Lo que hasta aquí hemos dicho sobre estas cosas lo estimamos cierto. Lo enseña la teología y lo confirma la encíclica de Pío XII. Pero no pasa, de ser una explicación del hecho. El hecho está sobre la explicación. El hecho de este sacerdocio no se prueba por los caracteres, sino por la revelación. Lo enseñan la Sagrada Escritura, la Tradición y la liturgia. La teología lo explica del modo dicho. Caso de que los caracteres no sirvieran para explicarlo, habría que recurrir a otro medio de explicación, mientras no se demostrara que el sacerdocio laical o real o común no se contiene en las fuentes de la revelación. 
La existencia del sacerdocio laical está basada en algo aún más fundamental que la explicación que la teología da de los caracteres y de los actos que los laicos realizan en la Misa. La explicación teológica que hemos dado creemos que está suficientemente autorizada, pero no pasa de ser eso, una explicación. No una prueba definitiva del sacerdocio. Esta prueba ya hemos dicho que está en la revelación y en la liturgia. El hecho lo explica la teología apelando a los caracteres sacramentales, y esta explicación creemos que es firme, porque goza del asentimiento de los grandes maestros y porque, además, ha sido propuesta por Pío XII en la “Mediator Dei”.
A pesar de todo lo dicho, el sacerdocio real de los fieles encuentra bastante oposición en algunos teólogos, cada día menos, que no han logrado desentenderse todavía de viejos prejuicios antiprotestantes y no logran ver que es una verdad muy alejada del error de los reformadores. Es curioso y distraído verles especular con las palabras de la “Mediator Dei” para persuadirse a sí mismos, por fin, de que no se habla en ella de un auténtico sacerdocio, laical, popular o común. Siendo taxativa y rotunda la doctrina afirmativa de la encíclica, como lo es, según hemos probado, la de la Escritura, la de la Tradición y la de la teología… 
Tomado de:
Sauras, E. EL LAICADO Y EL PODER CULTUAL SACERDOTAL ¿EXISTE UN SACERDOCIO LAICAL? Ponencia presentada en la XIII SEMANA ESPAÑOLA DE TEOLOGÍA, Madrid, CSIC (1954), pp. 3 y ss.


sábado, 23 de mayo de 2015

Sacerdocio bautismal (3)

“En virtud del carácter bautismal, toda la Iglesia militante se hace sacerdotal y posee el poder de ofrecer a Cristo, como Sacerdote y Hostia, a la Trinidad”. “El carácter bautismal, configurándonos con el sacerdocio de Cristo, nos hace entrar en el movimiento de oblación perpetua de Cristo Sacerdote, siempre vivo ante la faz del Padre para alabarle y para interceder en favor nuestro” (M.M. Philipon, OP, Les sacrements dans la vie chrétienne. Desclée de Brouwer [1945], passim).

EL SACERDOCIO DE LOS LAICOS
Los laicos están en posesión de muchos poderes sagrados activos, con los que hacen Iglesia, pero no todos son sacerdotales. Pueden ejercer actividades de muchas clases. Lo divino que llega a ellos es un reflejo de lo divino que hubo en Cristo, de quien son miembros, y de cuyas perfecciones participan en mayor o menor grado… El sacerdotal es un destino cultual, pues, como veremos, el sacerdocio se instituyó para el sacrificio, que es el acto principal del culto. Los títulos de rey y de profeta tienen otros destinos. La gracia, el profetismo, la realeza sobre las cosas, el sacerdocio, son participados por los fieles en algún grado. 
Uno de los poderes activos que poseen todos los cristianos tiene características sacerdotales. La afirmación tiene sentido restrictivo; se trata de características sacerdotales distintas de las que poseen los sacerdotes constituidos en jerarquía. Es extraño cómo esta afirmación, entendida en el sentido restrictivo que se acaba de indicar, sentido que no solamente se supone, sino que se expresa de ordinario cuando se habla del sacerdocio común de los cristianos, encuentre entre algunos teólogos tan enconada oposición.
De este sacerdocio habla la Escritura, y hablan, con notable unanimidad, las tradiciones patrística, litúrgica y teológica. Algo de todo esto diremos más adelante. El protestantismo negó que existiera por derecho divino sacerdocio jerárquico, y afirmó que todos los fieles son igualmente sacerdotes. Trento definió la existencia de la jerarquía sacerdotal, sin que negara con ello el sacerdocio común. Es aquélla la que negaban los reformadores, y es aquélla la que definió el concilio. Quienes nos oponen hoy las palabras conciliares, cual si con ellas quedara en entredicho la doctrina sobre el sacerdocio común de los cristianos, parecen no haberse percatado del sentido de las decisiones tridentinas, a pesar de ser tan claro; o no darse cuenta del sentido que dan hoy a sus afirmaciones quienes, siguiendo la tradición moralmente unánime, y apoyados en la doctrina teológica sobre la naturaleza del carácter sacramental, defienden el sacerdocio común de todos los fieles. Piensan que Trento negó este sacerdocio, cuando lo que hizo fué afirmar otro sobre éste. O piensan que nosotros negamos el jerárquico, que está sobre éste, cuando nos limitamos a afirmar que hay otro debajo de él.
Este sacerdocio de los laicos recibe en la tradición muchos nombres, y su contenido se explica de maneras distintas. Se le llama "sacerdocio de los laicos", "sacerdocio espiritual", "sacerdocio común", "sacerdocio místico", "sacerdocio relativo", "sacerdocio bautismal", porque se comunica con el bautismo; "sacerdocio incoativo", porque viene a ser como el principio del otro, del jerárquico, que es más perfecto. Y no falta quien le llama también "sacerdocio metafórico, impropio y figurado". Pero no nos engañemos... No pensemos que sacerdocio bautismal… quiere decir, en boca de quienes así lo llaman, sacerdocio metafórico, impropio y figurado. Son los menos los que piensan que es metafórico, impropio y figurado. No puede serlo, desde el momento en que la tradición patrística pone como base de este sacerdocio la consagración bautismal, y la teológica el carácter del bautismo. 
Nosotros vamos a hablar del sacerdocio laical como de una consagración auténtica y real, con lo que no haremos otra cosa más que seguir la tradición constante de los Padres y de los teólogos. Contra esta posición reaccionan algunos teólogos modernos, calificándola de errónea y oponiéndole los textos tridentinos, de los que ya dijimos antes que no vienen al caso, pues lo que se intenta en ellos es defender el sacerdocio jerárquico, sacerdocio que con la doctrina que vamos a exponer queda totalmente intacto.
Quede claro, pues, que lo que vamos a decir, afirmando el sacerdocio común de los fieles, no pone en entredicho la existencia por derecho divino del sacerdocio ministerial conferido en el sacramento del orden. Pero quede claro también, y es nuestra obligación probarlo, que, además del ministerial reservado a un grupo determinado, al clero, se da el general, el popular, el bautismal, el sacerdocio laical, dando a esta palabra el sentido teológico que queda expuesto más arriba.
Vamos a probar su existencia, exponer su naturaleza y explicar sus funciones.
a) El sacerdocio de los fieles en la Biblia.
La Sagrada Escritura utiliza con bastante frecuencia la palabra sacerdote, y nunca la aplica a los que llamamos sacerdotes hoy, o sea, a los sacerdotes ministeriales o jerárquicos. La aplica, sí, a los sacerdotes o liturgos de las religiones paganas, a los sacerdotes judíos, a Cristo, a los cristianos. Es digna de tenerse en cuenta esta particularidad. Hiereus, que es el término griego en cuestión, se utiliza cuando se habla de Cristo, a quien tantas veces llaman sacerdote las Epístolas y los Evangelios; o de los cristianos, a los que también se llama así en la primera Epístola de San Pedro y en el Apocalipsis.
A los que hoy llamamos sacerdotes, a los que clasificamos en grupo aparte por haber recibido el sacramento del orden, no se les llama sacerdotes ni una sola vez. Hay otros nombres con los que se les designa. Los clérigos de hoy se designan con los nombres de obispos, presbíteros y diáconos. Nombres que no son sinónimos de sacerdote, aunque de hecho los obispos y los presbíteros lo fueran. Repetimos que el término Hiereus o sacerdote se reserva para Cristo y para los fieles.
Con esto no queremos decir que nuestro sacerdocio jerárquico no sea de institución divina. Hablamos ahora sólo de los términos o de las palabras, y señalamos el detalle de que en la Escritura no se utiliza la palabra sacerdote cuando se habla de ellos y sí cuando se habla del común de los cristianos. Sabemos, sin embargo, que a los que hoy llamamos sacerdotes por antonomasia, a los llamados en la Escritura presbíteros, les dió Cristo poderes excepcionales; entre ellos, el de consagrar su cuerpo y su sangre, o el de sacrificarle en el altar; y este poder es específicamente sacerdotal. Pero insistimos en que no aparecen nombrados con la palabra sacerdote ni en la Biblia ni en la tradición primitiva hasta fines del siglo II…
Si de la consideración del nombre pasamos a la de la realidad significada con él, nos encontramos con que los términos hiereus, hierateuma, sacerdote y sacerdocio, aplicados a los laicos en la Biblia, se refieren a una realidad típicamente sacerdotal. O sea, que la Escritura no sólo aplica a los fieles el término sacerdote, sino que además les atribuye funciones sacerdotales. Para persuadirnos de ello vamos a recordar los textos clásicos...
[A continuación, Sauras trascribe y comenta numerosos pasajes de san Pedro, san Pablo y el Apocalipsis. Omitimos su transcripción por razones de brevedad]
 b) El sacerdocio de los laicos en la Tradición.
El estudio esquemático del sacerdocio de los fieles en la tradición está hecho. La encuesta publicada por el P. Dabín es completa. Podrá perfeccionarse en detalle ; podrán hacerse estudios particulares y específicos más perfectos que el suyo sobre el sacerdocio laical en algunos autores o escritores determinados, como el de Lécuyer, por ejemplo (29). Pero en la obra, aunque sujeta a rectificaciones de detalle, en su conjunto es perfecta. Y en ella se aprecia la unanimidad con que las tradiciones patrística y teológica hablan del sacerdocio laical. No siempre lo llaman así, pero sí siempre hablan de una consagración sacerdotal que poseen todos los fieles. Vamos a presentar el resumen de las enseñanzas tradicionales sobre este punto, resumen hecho en sus líneas generales por el propio P. Dabín en la introducción de la obra citada. Los puntos capitales son los siguientes
Primero. Los Padres y los teólogos se pronuncian en favor del sacerdocio real de los fieles con una unanimidad que podríamos llamar moral. Aun en los tiempos de reacción contra la herejía protestante, cuando parece que menos debía admitirse este sacerdocio, se admite. La unanimidad afirmativa en orden a su existencia no es, sin embargo, unanimidad en orden a su naturaleza, pues la explican de maneras diversas. 
Segundo. Nunca se confunde este sacerdocio con el jerárquico, conferido mediante el sacramento del orden. Nunca se confunde, y, en cambio, abundan los testimonios explícitos que lo distinguen.
Tercero. El sacerdocio real o laical o común se propone, más que comparándolo con el jerárquico, y, por lo tanto, diciendo lo que no es, comparándolo con los paganos y diciendo lo que es. Es un sacerdocio o una consagración que poseen todos los bautizados y del que carecen los que no lo están. La tradición sigue en esto las enseñanzas de San Pedro, quien habla de él como de cosa privativa de los creyentes, del pueblo de Dios, y, por lo tanto, como de cosa que no tienen los paganos, los que no son pueblo elegido.
Cuarto. Es un sacerdocio con carácter colectivo e individual a la vez. También en esto sigue la tradición la manera de hablar de la Escritura. San Pedro lo propone como un sacerdocio de la colectividad cristiana, a la que llama pueblo elegido, gente santa y sacerdocio real, utilizando para expresar esta última prerrogativa el término hierateuma; y San Juan lo propone como un sacerdocio individual o de cada uno. pues llama sacerdotes a los fieles, utilizando el término hiereus. Los Padres no ven contradicción en esto, y en ocasiones un mismo Padre habla a la vez del sacerdocio común o colectivo y del sacerdocio común o de todos y de cada uno.
Quinto. El sacerdocio común no es una metáfora. El Nuevo Testamento utiliza veintisiete veces la palabra espiritual. Veinticinco, en diversos pasajes, y dos, en el pasaje en el que San Pedro habla de este sacerdocio. En ninguna de las otras veinticinco tiene sentido de metáfora. Afirmarlo, pues, en éste sería hacer exégesis menguada.
Sexto. Sin embargo, algunos autores hablan de sacerdocio metafórico; pero no metafórico en sentido absoluto, cual si fuera algo carente de toda realidad sacerdotal propiamente dicha.

Después de este resumen no es extraño que el P. Dabín proponga la doctrina sobre el sacerdocio real o común de los fieles como doctrina teológicamente cierta. Tiene sólida base en la Escritura, en la Tradición y en la teología; tiene, entre otras, la base real y auténtica de los caracteres sacramentales, que son participaciones del sacerdocio de Cristo, y de los que, por lo menos el primero, está en todos los fieles. No falta quien va aún más lejos y no se contenta con asegurar que es doctrina teológica cierta, sino que dice que es de fe (29 bis). Quedémonos con que es teológicamente firme y que ponerla en tela de juicio es, como dice el Cardenal Innitzer, enfrentarse con algo que recibe el interés y favor de la más alta autoridad eclesiástica (30). En efecto, Pío XII ha hablado con claridad, como veremos luego

jueves, 21 de mayo de 2015

Sacerdocio bautismal (2)

En esta entrada, el p. Sauras analiza la esencia del laicado, sus propiedades y poderes, que se originan en una participación del sacerdocio de Cristo, esencialmente diversa de la participación jerárquica. En la siguiente, se detiene en el análisis de los lugares teológicos en base a los cuales se puede demostrar la existencia y naturaleza del sacerdocio bautismal.
¿QUÉ ES EL LAICADO?
Hay dos conceptos del laicado que, aunque no se contradicen, no son tampoco totalmente coincidentes. Son el concepto canónico y el concepto teológico. En seguida vamos a ver las diferencias. Pero advirtamos ya desde ahora la confusión en que incidiríamos si, al intentar exponer las concomitancias del laicado con el sacerdocio, que es cosa sustantivamente teológica, nos quedáramos sólo con el concepto canónico, de alcance manifiestamente inferior al que nos da la teología. Los canonistas, como veremos luego, nos hablan del laico como de un individuo con características pasivas; es el que no tiene voz, sino que escucha; el que no administra, sino que recibe lo sagrado.
La teología no puede negar esto, porque es verdad. Pero añade algo más, que también es verdad y que, por lo tanto, no lo niega el Derecho, aunque lo silencie. Para la teología, el laico, además de escuchar y de recibir, tiene alguna actividad sagrada en la Iglesia; es un hombre consagrado, pues posee los caracteres sacramentales, potencias sagradas que le habilitan para ejercer determinadas funciones en beneficio de la comunidad de los fieles y para el ejercicio del culto divino…
La teología, partiendo del sentido bíblico de la palabra griega, y del que le dió la tradición patrística de los primeros siglos, pone de relieve en los laicos determinados elementos positivos y consagradores. Esto no quiere decir que su concepto del laicado esté en pugna con el canónico… Las definiciones no siempre son totales; y con frecuencia nos dan una visión parcial de las cosas. Todo depende del punto de vista en que se coloque quien define. Una vez nos dará la definición esencial; otra, una definición parcial; otra, quizá, una definición accidental. Un mismo sujeto se puede definir bien de muchas maneras no coincidentes. Lo que no podrá será definirse bien de muchas maneras contradictorias. Pero diferentes y complementarias, sí. Y es lo que sucede en la teología, donde encontramos una definición de los laicos distinta de la expuesta ; una definición tomada desde el punto de vista de los elementos positivamente consagrantes que hay en el laicado.
En la Sagrada Escritura aparecen utilizados los dos términos: Kleros y Laos. Kleros, en su significado de suerte, de parte elegida. No hace falta que nos detengamos en su explicación, porque no son los clérigos los que ahora nos interesan.
El término laico no se encuentra en la Biblia. Aparece en las versiones de Aquila, Teodoción y Símaco, que lo utilizan dos veces solamente. En cambio, se utiliza profusamente el término Laos, de donde procede. Laos quiere decir pueblo, por lo que laico querrá decir popular o perteneciente al pueblo. Afirmemos, sin reserva de ninguna clase, que tal es el sentido literal de la palabra. Pero afirmemos a renglón seguido que el sentido bíblico es preferentemente otro. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, Laos aparece usado en contraposición a Etne; y no significa solamente pueblo, sino pueblo elegido, pueblo sagrado, pueblo de Dios. Es el pueblo opuesto a los étnicos, a los goim, a los gentiles, a las naciones.
La escritura distingue bien entre Kleros y Laos, entre los sagradamente selectos y el pueblo, que no deja de ser sagrado, aunque no tenga una consagración selecta o de jerarquía. El laico no es el popular, el dedicado a los quehaceres mundanos. Hará esto, pero su sentido bíblico es el de elegido por Dios para ser su pueblo, a diferencia del étnico, pueblo que no es de Dios… Quedémonos, pues, con la idea de que el laico es un elemento consagrado con una consagración común o popular… Concuerda con este sentido bíblico del término Laos, como pueblo consagrado a Dios, la idea paulina del Cuerpo místico. El pueblo de Dios es el Cuerpo místico de Cristo. Y en este cuerpo todos han recibido una consagración; en consecuencia, todos tienen algún quehacer activo. Cuando se hacen pueblo reciben, y, por lo tanto, tienen actitud pasiva. Pero una vez hechos pueblo nadie es miembro ocioso… En la Iglesia nadie es, o nadie debe ser, individuo ocioso, pues todos poseen determinados elementos de santificación individual. Pero, además, nadie debe ser tampoco miembro ocioso, porque todos poseen determinados elementos sobrenaturales con características comunitarias. Todos los miembros constituyen la gens sancta, el populus acquisitionis, el regale sacerdotium de que habla San Pedro en su Primera Epístola.
El sentido bíblico de la palabra Laos hemos dicho que es el de pueblo elegido y no el de pueblo a secas. La literatura de los tres primeros siglos la utiliza en el mismo sentido también. Es necesario llegar al siglo IV para verla utilizada por los escritores cristianos como sinónima de profano o de mundano…
Los laicos en la Iglesia no son masa, sino pueblo. Son distintos los conceptos de una y otro. El concepto de masa implica amorfismo y pasividad. La masa es modelada, recibe la acción del artífice, con ella se hace la figura. El pueblo, que también es pasivo, es, además, activo. Es una cosa orgánica, con forma, con actividad, subordinada, desde luego, a quien le dirige (14). 
La Iglesia es la congregación de los fieles, la reunión de todos los que están incorporados a Cristo. Y es, además, una institución. Estos dos aspectos proyectan luz sobre lo que venimos diciendo. Si la consideramos como sociedad, nos encontramos con un elemento activo, anterior al pueblo, que es el que hace al pueblo. Este elemento es el clero, que es el que administra los sacramentos y con ellos engendra y alimenta a los fieles. En la Iglesia sociedad se diferencian perfectamente los dos elementos. El elemento clerical hace llegar a los hombres la vida divina de Cristo. Pero el desarrollo social de esta vida en el mundo debe mucho a la actividad de los laicos. La Iglesia, como Cuerpo místico, como organismo en el que se va plasmando lo que San Pablo llama la plenitud de Cristo, debe mucho a los fieles. Estos son los que realizan la acción sagrada de cristianizar todas las manifestaciones sociales de la vida. No ya las individuales sólo, que lo hacen con la gracia y las virtudes, sino las comunes también. Y para ello tienen un poder sagrado que les compete como miembros más que como individuos... 
Los laicos no se limitan a recibir del clero la vida divina que poseen; vivifican el mundo, llevando a éste y haciendo crecer en todos sus ambientes la vida divina que han recibido. Tienen un destino sagrado que les impele a ello. Los laicos son sagrados, porque han recibido dones divinos que les consagran en un plan individual y personal; y lo son también porque consagran, desde dentro, la sociedad en la que viven y los problemas en los que se mezclan
Conviene entender bien lo que acabamos de decir. No es nuestro intento asegurar que los clérigos tienen la función activa de santificar a los fieles, y éstos la de santificar el medio ambiente en que viven, excluyendo de esta segunda función a los primeros. También los clérigos deben influir activamente en la santificación del mundo y de las cosas mundanas. Pero con la orientación y el consejo; con una actividad que podríamos llamar trascendente. A diferencia de los laicos, que deben santificar todo lo indicado, pero desde dentro, viviéndolo; con una actividad inmanente. El padre santifica la familia formando parte de ella y cumpliendo debidamente con sus deberes de padre cristiano; el literato santifica la literatura haciendo literatura; el científico, las ciencias, haciendo ciencia; el gobernante, el gobierno, gobernando en cristiano. El sacerdote, comunicando la gracia con que se hará todo esto, y además indicando cómo se ha de hacer todo esto, y uniendo su orientación a la que por propio estudio y por propia experiencia tienen también los seglares
Un curso, por ejemplo, sobre la vida cristiana del y en el matrimonio, o sobre el gobierno cristiano de los pueblos, no podrá ser explicado solamente por el sacerdote. Necesariamente resultaría manco. El sacerdote dará la orientación desde fuera, la orientación trascendente. Deben completarlo un casado y un hombre de gobierno. Darán la orientación desde dentro. En un curso sobre el apostolado tienen voz los sacerdotes y deben tenerla los seglares, que tienen mucho que decir. Y de hecho, en ocasiones, no es extraño ver a éstos más certeros que a aquéllos…
Los laicos son parte activa en la Iglesia; tienen poderes sagrados. Pero es necesario determinar la naturaleza de estos poderes. Ya desde el principio conviene que estemos advertidos de que no se trata de poderes jerárquicos. La teología y el derecho hablan frecuentemente de la jerarquía y de sus poderes, que son tres: el de orden, el de jurisdicción y el de magisterio. El de orden consiste principalmente en la facultad concedida por Dios en la ordenación sacerdotal para consagrar el cuerpo de Cristo; el de jurisdicción, en la facultad de regir, juzgar y legislar; y el de magisterio, en la facultad de enseñar, defender y explicar con autoridad y fuerza imperativa la doctrina revelada. Autoridad e imperio que en determinadas circunstancias se imponen bajo pecado de herejía a quienes no se someten… 
Pero no basta esto; no basta decir que los poderes sagrados de los laicos no son los jerárquicos, o que no son el de orden, el de jurisdicción y el de magisterio. Es necesario determinar positivamente en qué consisten, y determinar también así cuál es la parte activa que los fieles tienen en la Iglesia.
Además de los poderes indicados, propios de la jerarquía, hay otros. Santo Tomás, por ejemplo, pregunta si el carácter sacramental es spiritualis potestas (16), y responde afirmativamente. Y son caracteres el del bautismo y el de la confirmación, a los que tienen acceso todos los cristianos. También en el matrimonio se da determinado poder sagrado para ejercer cristianamente la función natural del gobierno de la familia. Son tres ejemplos, y no los únicos que hay. 
Es necesario decir que los laicos no tienen poder de orden; no tienen poder de consagrar el cuerpo del Señor. Pero ¿no tienen ningún poder cultual en el sacrificio cristiano? Sí, lo tienen, como veremos en este trabajo, dedicado precisamente a estudiar este punto. También hay que decir que los laicos no tienen poder de régimen o de jurisdicción, aunque en determinados casos parece probado que se les puede comunicar. Siempre les queda el poder sagrado de gobierno que da el matrimonio. Por ley natural, el padre tiene poder de gobierno sobre los hijos; en la ley de gracia, el matrimonio es sacramento, y este poder es sagrado. ¿En qué consiste? Habrá que estudiarlo. Pero, desde luego, no basta para hacer una teología del laicado, en orden al poder de gobierno, decir que los laicos no participan de la jurisdicción eclesiástica. Por último, es necesario afirmar también que los laicos (y en esto los sacerdotes son iguales) no tienen el clásico poder de magisterio o de enseñar con autoridad e imperio la doctrina revelada. Pero hay que añadir que tienen algún poder apostólico, derivado de las exigencias de la virtud de la caridad, de las exigencias de su solidaridad con los demás miembros del Cuerpo místico y de las exigencias de la nota específica social que tiene el carácter de la confirmación. Este poder no es el clásico de magisterio que tienen los Obispos y el Papa, pero sí es un poder sagrado de manifestar y predicar la fe que se profesa. 
Ni se diga que estas cosas no tienen carácter divino y teológico, sino sólo canónico o eclesiástico, por proceder solamente del hecho de ser los laicos asumidos por la jerarquía para misiones determinadas. La jerarquía podrá encomendarles estas cosas, pero lo cierto es que los fieles tienen poder para hacerlas por razones superiores a esta encomienda. Es un poder que no es simple mandato; es un poder sacramental, como acabamos de decir, pues procede de alguno de los tres sacramentos citados. La participación en el culto, el gobierno de los hijos, la manifestación de la fe que se profesa, son obligaciones que se derivan de principios superiores a los de un simple mandato eclesiástico. 
Cada uno de los poderes indicados nos daría materia suficiente para escribir un trabajo sobre la dignidad laical. Pero nos vamos a concretar sólo al poder de intervenir en el culto sacrificial, conferido inicialmente en el sacramento del bautismo. 


lunes, 18 de mayo de 2015

Sacerdocio bautismal (1)



La Iglesia del post-concilio está plagada de verdades desquiciadas. Conocida es la cita de Chesterton: “el error es una verdad que se ha vuelto loca”. O, como dice otro aforismo: “las mentiras más peligrosas son verdades medianamente deformadas”. Esto sucede especialmente con el denominado sacerdocio común -bautismal, no jerárquico- que es una dignidad de todo cristiano enraizada en el bautismo.
Una de las más tristes consecuencias del abandono del tomismo en la Iglesia, y su reemplazo por filosofías deletéreas, es la multiplicación de verdades enloquecidas. En este tema, en particular, si no se conocen las doctrinas del Aquinate sobre la participación, la analogía y la distinción, es muy probable, casi inevitable, que se incurra en errores. Hay una perfección participada: el Sacerdocio de Cristo. Y hay sujetos que participan de esa perfección: sacerdotes jerárquicos, que han recibido el sacramento del orden; y sacerdotes comunes, laicos, que no han recibido el sacramento del orden, pero que poseen un sacerdocio bautismal. Entre ambos sacerdocios hay diferencia real, y esencial, no sólo diferencia de razón y de grado; así como, de modo semejante, entre un ángel y un hombre hay diferencia esencial y no sólo de grado en la participación en el actus essendi. Pero, insistimos, sin el tomismo, en éste y en muchos  otros temas, se cae fácilmente en el error.
A partir de hoy publicaremos unas entradas sobre el sacerdocio bautismal que reproducen fragmentos de una ponencia del teólogo dominico Emilio Sauras publicada en 1954. Esperamos que sean de utilidad para mejor conocimiento del tema y prevención de dos errores comunes: la “clericalización” de los laicos, mal fundamentada en el sacerdocio bautismal y tan frecuente en el post-concilio, singularmente en las celebraciones según el Novus Ordo de Pablo VI; y una negación -reactiva y cerril- del sacerdocio común, que malentienda el principio radical de la vocación y misión de los laicos en la Iglesia.
Los que por oficio se dedican al culto y servicio divinos, y los dedicados a los quehaceres ordinarios de la vida, viven muchas veces sin la suficiente solidaridad mutua. El mundo considera al sacerdote como algo extraño a él, y el sacerdote considera al mundo como elemento al que están vedados los principios y los factores sobrenaturales de que él dispone. Y si todo quedara aquí, el mal no sería completo. Pero es que no solamente el sacerdote piensa así; también el laico se siente extraño ante el sacerdote. Con lo que los dos, de mutuo acuerdo, vienen a ratificar el desconocimiento al que hacemos alusión. Esta situación anómala es cada día menos viva y cruel, y es de esperar que llegue, por fin, a desaparecer. 
El hecho de estar en posesión de unos poderes que Cristo reservó para los sacerdotes constituidos en jerarquía ha servido muchas veces para que los fieles nos creyeran en posesión exclusiva de otros que tenemos en comunidad con ellos, y para que nosotros nos lo creyéramos también, a pesar de las enseñanzas explícitas de la teología en contrario. Sería un error de perspectiva atribuir a una sola causa el distanciamiento de que venimos hablando. Son muchas las que han contribuido a crearlo: unas políticas, otras sociales. Pero acabamos de señalar una digna de tenerse en cuenta. Es de carácter doctrinal o teológico. Si los sacerdotes y los laicos no se deciden de una vez a convivir y a comprenderse, es porque previamente se han atribuido en exclusiva cosas que les eran comunes; es porque se han negado a los fieles, atribuyéndolas sólo a los sacerdotes, cosas que eran de todos y en las que encontrarían todos un espléndido punto de contacto; o porque se han atribuido a los seglares en exclusiva cosas en las que los sacerdotes podrían mezclarse. San Pablo no era del mundo, pero vivía en el mundo, con los del mundo, para los del mundo, a fin de llevar el mundo a Cristo. Es un tema de máximo interés el del acercamiento del sacerdote a los laicos (1), pero no es éste el que vamos a estudiar ahora. Ahora vamos a tratar de la consagración laical, con la que los simples laicos adquieren cierta dignidad sacerdotal de tipo común o popular, cuya naturaleza se determinará más adelante, constituyéndose así en algo activo dentro de la Iglesia.
Siempre se consideró a los seglares poseedores de elementos activos de santificación personal; pero no siempre se paró suficientemente la atención, al menos en la práctica, en algunos elementos activos por los que, además de hacerse personas santas, se constituyen parte activa de la Iglesia. Es aleccionadora este propósito la anécdota que relata el Cardenal Gasquet, con cuyo recuerdo abre el P. Congar su reciente obra sobre el laicado (2). Un catecúmeno pregunta a determinado sacerdote cuál es la posición de los laicos en su Iglesia; y le responde que ante el altar están de rodillas, y ante el púlpito sentados, en actitud de escuchar. Añade el Cardenal, por su cuenta, que faltaba por señalar la posición de abrir el portamonedas para dar. Recibir los sacramentos de rodillas; escuchar la palabra de Dios sentados; cosas meramente pasivas. Y sólo son activos los fieles cuando se trata de cooperar a la edificación material del reino de Dios, que es lo que se señala en la actitud de abrir el portamonedas. Más mordaz y más despiadada es la frase de Le Roy: "Los fieles desempeñan el papel de los corderillos el día de la Candelaria: se les bendice y luego se les trasquila".
Es muy socorrida la alusión a las definiciones del Concilio de Trento sobre la diferenciación, por derecho divino, de los fieles y los sacerdotes, o sobre la constitución jerárquica de la Iglesia, establecida así por su divino Fundador. Esta doctrina dogmática, tan normal y tan legítima, con la que se da el mentís definitivo a las enseñanzas de algunos autores medievales, llevadas hasta sus últimas consecuencias por los reformadores del siglo XVI, sobre la democracia sacerdotal o sobre el igualitarismo cristiano, se ha interpretado a veces de una manera esquinada e hiriente para la dignidad de los simples fieles. Cual si del hecho de no ser todos igualmente sacerdotes o, lo que es lo mismo, del hecho de que haya sacerdocio jerárquico, deba seguirse que no lo sean todos o que no haya, además, un sacerdocio común. El pueblo fiel dejó de ser considerado por algunos como pueblo, para ser considerado como masa, sin personalidad, apto solamente para recibir, cosa meramente pasiva.  
Para llegar a estas conclusiones fueron necesarios muchos olvidos. El primero y más fundamental, el de la Escritura. San Pablo habla del cuerpo místico, en el que, dice, hay partes diversas. Activas todas ellas. Uno es cabeza; otros, miembros destacados; otros, miembros débiles, pequeños o escondidos, pero miembros que hacen algo. Adviértase que el Apóstol los considera activos en cuantos miembros o en cuanto parte de la Iglesia. Los fieles son Iglesia y hacen Iglesia.
El segundo olvido fué el de la Tradición, tan impresionantemente unánime y abundante cuando atribuye a los laicos la dignidad del sacerdocio real, de que hablan San Pedro, en su Primera Epístola, y San Juan, en el Apocalipsis. Cuya naturaleza explican los Padres y los teólogos de maneras diversas, por cuya existencia admiten, como veremos luego.
Y el tercer olvido, el del sentido de las definiciones tridentinas, con las que no se niega el sacerdocio real de los cristianos, sino que se proscribe la doctrina protestante sobre el igualitarismo sacerdotal y sobre la inexistencia de la jerarquía.
Temen algunos autores que, si hablamos del sacerdocio real de los fieles, bordeemos el protestantismo o caigamos en él. O, cuando menos, demos ocasión a que se interprete nuestra doctrina en sentido protestante. No hay tal peligro si las cosas se esclarecen bien desde el principio. No tuvieron tal peligro quienes siempre lo enseñaron, empezando por los Apóstoles, que nos hablan del sacerdocio común de los cristianos; siguiendo por los Padres y teólogos, cuyo testimonio unánime ha sido recogido en la obra del P. Dabín (4); y terminando por Pío XII, que lo enseña explícitamente en la Encíclica Mediator Dei, como tendremos ocasión de ver más adelante. 
Si por el hecho de no faltar quienes interpreten heréticamente una tesis tuviéramos que dejar de hablar de ella, no haría falta acudir al cálculo de probabilidades para saber cuánto tiempo sería necesario transcurrir hasta que no pudiéramos hablar de nada en teología. Porque errores los ha habido en todo. ¿Y hemos de dejar de hablar de todo? (5).
No, y menos del tema que estamos iniciando. Porque, aparte el respaldo de la Escritura de la Tradición unánime y de la autoridad reciente de Pío XII, hay otros motivos de carácter social y religioso. Aludíamos al principio al distanciamiento que se ha advertido en tiempos todavía recientes, y que, aunque disminuido, todavía se advierte hoy entre el clero y los laicos. Y decíamos que una de sus causas está en el abandono de la doctrina teológica que dignifica a los simples fieles al hacerles participar de una dignidad que ellos consideraban como exclusiva de los sacerdotes. Se les había condenado a un amorfismo religioso; a un no ser nada activo en la construcción del reino de Dios o en la constitución de cuerpo místico de Cristo. Y el abandono de la doctrina teológica según la cual son algo, son pueblo y no masa, se tuvo precisamente cuando se despertaba en el mundo la conciencia social que hacía advertir a los hombres cómo hay en ellos mucho de positivo y de afirmativo cuando, juntamente con quienes mandan, constituyen una sociedad. A este despertar de la conciencia social respondieron algunos teólogos, desviados intérpretes de las decisiones tridentinas, ahogando, con un instinto inoportuno y anacrónico, todo intento de dignificación social del cristiano que no fuera el de la virtud, con la que se dignifica ante Dios. Y pretiriendo prácticamente la dignificación social que le dan los diversos caracteres sacramentales por los que y con los que, como veremos luego, se constituye miembro de Cristo sacerdote. 
No es extraño, pues, que se produjeran el desconocimiento y el distanciamiento varias veces recordados. Con perjuicio de los propios sacerdotes y con perjuicio de los fieles también. Y, en definitiva, para detrimento de la Iglesia, que con unos y otros se edifica ; y del Cuerpo místico de Cristo, que se integra por los dos. A fuerza de creer que los fieles no tienen en la Iglesia otro quehacer que arrodillarse ante el altar y sentarse ante el pulpito, y, si a mano viene, acudir con sus limosnas a las necesidades de los demás, se ha llegado en muchos casos a la situación lamentable de un sacerdocio sin pueblo; de una liturgia espléndida, pero sin la plegaria de una comunidad que la participe; de un tesoro catequístico y doctrinal admirable, pero ignorado o desconocido y, por lo tanto, no vivido. Era natural que llegaran estas situaciones cuando se empezó por enseñar que se trataba de cosas en las que sólo los sacerdotes tenían quehacer, y no los fieles. 
Se oye hablar a veces del peligro que encierra un movimiento de dignificación de los fieles en el sentido al que ahora nos referimos. Hablar de un sacerdocio real, o de un apostolado que ejercer, puede producir en el hombre de la calle el vértigo de las alturas. Pensará que es más de lo que es y hará lo que no es de su competencia. Quizá suceda así, pero no se puede establecer sobre esto ningún criterio inapelable. Existirá tal peligro; pero nosotros pensamos que el peligro mayor no es el de creerse demasiado sacerdotes, sino el de creerse demasiado laicos. Ya está bien de laicismo y de absentismo; y es hora de que penetre en la conciencia del pueblo fiel su carácter de elegido y de consagrado. 
La teología cuenta con elementos positivos para justificar y explicar esta consagración… 

viernes, 8 de marzo de 2013

Sacerdocio y celibato en perspectiva oriental


Sacerdote casado junto a su familia. 
Católico de rito ucraniano y párroco en Ontario (Canadá).  
Anthony Dragani es un católico oriental, doctor en Teología. Traducimos algunas respuestas a  preguntas frecuentes sobre el sacerdocio uxorado y célibe en la tradición oriental. 
- ¿En las Iglesias católicas orientales se permite que los sacerdotes se casen?
No, no se permite el matrimonio de los sacerdotes, sino que los hombres casados pueden ser ordenados sacerdotes. Es una diferencia importante.
 En todas las Iglesias católicas orientales –  excepto dos- los hombres casados pueden recibir el orden sagrado.
- Dado que en las Iglesias orientales los hombres casados pueden ser sacerdotes, en estos casos, ¿los matrimonios deben practicar el celibato viviendo como hermano y hermana?
No, continúan viviendo como marido y mujer.
- ¿Por qué las Iglesias orientales admiten clero casado? ¿Cómo hace un sacerdote para dar su vida por su esposa y por la Iglesia?
Existe una diferencia entre las Iglesias occidentales y las orientales sobre cómo entender el papel del sacerdote. En Oriente, el sacerdote es ante todo, y principalmente, un ministro de los Sagrados Misterios (sacramentos).  No se lo considera “separado del mundo”, sino como parte del mundo junto a sus feligreses.
Sin embargo, hay personas en las Iglesias orientales cuyas vidas son un testimonio escatológico, aquellos que viven “separados del mundo”. Son los monjes. Tanto hombres como mujeres pueden ser monjes en las Iglesias de Oriente y se los considera como aquellos que entregan sus vidas por la Iglesia del modo más pleno.
En la Iglesia latina el papel del sacerdote se ha fusionado de alguna manera con el del monje. En un sentido muy real y profundo, los católicos latinos ven a sus sacerdotes como los orientales ven a sus monjes.
No veo esta diferencia en la disciplina como algo problemático. Sólo necesitamos respetar la legítima disciplina de cada Iglesia particular.
- ¿Es cierto que los católicos orientales, si son casados, no pueden ordenarse en su propio rito dentro de los Estados Unidos, sino que deben ordenarse fuera de su territorio?
En los primeros años del siglo XX muchos obispos latinos de los EE. UU se escandalizaron por la presencia de sacerdotes orientales casados. Se dirigieron a Roma, solicitando se revocase el derecho a ordenar hombres casados. Luego de varios años de pedidos reiterados, Roma intervino y prohibió la ordenación de orientales casados en 1929 dentro del territorio de los EE. UU. En ese tiempo, casi todas las parroquias de rito oriental eran atendidas por clero casado y esta prohibición provocó un terrible cisma. Más de la mitad de los católicos bizantinos de Norte América se hicieron ortodoxos. Familias enteras se dividieron en líneas religiosas y se infligió a la Iglesia una herida profunda que no se ha curado completamente.
En la actualidad, Roma no avala esta restricción. En 1992 el Papa Juan Pablo II promulgó el Código de Cánones de las Iglesias Orientales, que reafirma con claridad nuestro derecho a ordenar hombres casados. Desde ese momento, muchos obispos orientales han introducido de nuevo la tradición de los sacerdotes casados, aunque varios todavía tratan de resolver el problema de cómo sustentar a un sacerdote con familia.
- La existencia de clero casado entre los sacerdotes orientales, ¿socava  la valiosa disciplina celibataria de la Iglesia latina? ¿No es superior la disciplina occidental?
Pienso que puede defenderse la disciplina occidental sin denigrar a la disciplina oriental. Del mismo modo, creo que es posible defender la tradición oriental de sacerdotes casados sin denigrar ni socavar la tradición occidental de sacerdotes célibes.
Entre las Iglesias orientales y occidentales existen no sólo diferencias litúrgicas sino también diverso ethos. Nuestras Iglesias orientales y occidentales tienen costumbres diferentes y por ello las diferencias disciplinares se ajustan mejor a las diversas circunstancias. Por tanto, me atrevo a decir que el celibato obligatorio es mejor para la Iglesia latina y que la admisión de sacerdotes casados se ajusta mejor a las Iglesias orientales.
Esta comprensión viene reforzada por el Concilio Vaticano II:
“La historia, las tradiciones y muchísimas instituciones eclesiásticas atestiguan de modo preclaro cuán beneméritas son de la Iglesia universal las Iglesias orientales. Por lo que el santo Sínodo no sólo mantiene este patrimonio eclesiástico y espiritual en su debida y justa estima, sino que también lo considera firmemente como patrimonio de la Iglesia universal de Cristo. Por ello, solemnemente declara que las Iglesias de Oriente, como las de Occidente, gozan del derecho y deber de regirse según sus respectivas disciplinas peculiares, como lo exijan su venerable antigüedad, sean más congruentes con las costumbres de sus fieles y resulten más adecuadas para procurar el bien de las almas” (Orientalium Ecclesiarum, n. 5). 
Diría que nuestra tradición de sacerdotes casados es “más armónica con las costumbres de nuestros fieles”. Sin embargo, esto no significa que armonice bien con las costumbres de los fieles latinos.
- No estoy seguro de comprender cómo los orientales desarrollaron su tradición de clero casado desde el primer siglo. Mi dificultad es el canon III del Concilio de Nicea: “De las mujeres subintroductas*. Prohíbe enteramente el santo concilio que se permita bajo ningún concepto al obispo, presbítero, diácono, ni a clérigo alguno, tener en su casa mujer extraña como no sea su madre hermana o tía paterna o materna porque en estas solas personas, y en otras semejantes, cesa toda sospecha procedente de las mujeres. Y el que lo contrario hiciere correrá peligro de ser depuesto de su clero.”
Este canon singular se introdujo para prevenir que los clérigos se enredasen en actividades escandalosas. El término “subintroducta” indica a una mujer que vive como discípula de un sacerdote por motivos espirituales. Algunos clérigos llevaban a sus casas a estas mujeres y eran sus mentores en algo más que la fe cristiana. [Práctica conocida como "sineisactismo", "matrimonio espiritual" por el que los clérigos tenían bajo su mismo techo a "esposas espirituales"]
Recientemente, he podido concluir un amplio estudio acerca del celibato clerical en la Iglesia primitiva, que espero se publique en breve. Mis hallazgos demuestran de manera concluyente que en tiempos del Concilio de Nicea, la mayoría de los clérigos, en las Iglesias occidentales y orientales, eran hombres casados. Sin embargo, durante el siglo IV, en la Iglesia occidental se inició un movimiento para promover el celibato clerical, comenzando con un canon del Concilio de Elvira. Pero tomó muchos siglos para que esta disposición se volviera la norma en Occidente. En Oriente, nunca se promulgó una ley de esa naturaleza, a pesar de que el Concilio de Trullo estableció el celibato obligatorio para los obispos.
Por supuesto que últimamente esta cuestión [del canon 3 del Conc. de Nicea] se ha vuelto poco relevante. Es más importante la legislación vigente en la Iglesia católica. El Papa Juan Pablo II ha fijado la ley para los católicos orientales, por la que difícilmente podríamos ser considerados desobedientes:
“El celibato de los clérigos, elegido por el Reino de los cielos y muy conveniente para el sacerdocio, debe ser tenido en todas partes en grandísima estima, según la tradición de la Iglesia universal; así también debe ser tenido en honor el estado de los clérigos unidos en matrimonio, sancionado a través de los siglos por la práctica de la Iglesia primitiva y de las Iglesias orientales.” (CCEO, can. 373).
- ¿Está de acuerdo en que el celibato sacerdotal configura más perfectamente con la persona de Cristo?
Las Iglesias orientales siempre han considerado al celibato como una vocación elevada para quienes poseen este don. Así como ordenamos a hombres casados, también reconocemos que aquellos que tienen el don del celibato deben ser alentados para cultivarlo y hacerlo fructificar.
Hieromonje.
Sin embargo, para nosotros, cristianos orientales, la persona que se configura de manera más perfecta con Cristo no es el sacerdote sino el monje. Para nuestra teología, la vida monástica es la más alta vocación posible y un elemento importante de la vocación monástica es el don del celibato. Por consiguiente, en esencia, debo concordar con la opinión del P. Echert. Aunque para los cristianos orientales la formularía de modo diferente: “el celibato configura al monje de modo más perfecto con el celibato de Cristo”.
Gran parte de la mentalidad subyacente en las Iglesias orientales y occidentales es que los católicos romanos ven a sus sacerdotes bajo la misma luz que nosotros, los cristianos orientales, vemos a nuestros monjes.
- ¿Acaso el celibato no era la norma para los sacerdotes en la Iglesia primitiva? ¿No es el sacerdocio de los casados un desarrollo posterior?
El sacerdocio de los casados fue la norma en la Iglesia primitiva, aunque también hubo hombres que eligieron la vida célibe. A partir del siglo IV comenzó en Occidente un movimiento para alentar a los sacerdotes casados a vivir en continencia, absteniéndose de las relaciones conyugales. Este movimiento nunca arraigó en Oriente.
Durante la crisis arriana, en la que muchos obispos y sacerdotes abrazaron la herejía que negaba la divinidad de Cristo, la Iglesia fue salvada por los monjes. Los monjes célibes  preservaron la recta doctrina y la Iglesia fue extremadamente agradecida con ellos. Por lo que, en Occidente, muchos concilios locales comenzaron a legislar acerca del celibato clerical, exaltando la vocación monástica como un ideal para todos los sacerdotes. En aquellos tiempos, obispos como san Agustín, exigieron que los sacerdotes vivieran en comunidad con sus ordinarios.
En Oriente, la reacción fue un tanto diferente. En vez de exigir el celibato a todos los clérigos, las Iglesias orientales en el Concilio de Trullo (692) exigieron que todos los obispos fuesen monjes. Esta ha sido la ley para las Iglesias de Oriente a partir de ese momento.
- ¿Por qué las Iglesias orientales rechazan la disciplina del celibato obligatorio?
No es que “rechacemos” la disciplina del celibato obligatorio, sino que siempre hemos conservado nuestra tradición de clero casado. Las razones para esto son tanto históricas como prácticas.
En Occidente siempre existió la tendencia hacia un clero célibe. A partir del siglo IV, encontramos sínodos locales que legislaron sobre el celibato clerical y exigieron que los sacerdotes casados se abstuvieran de las relaciones conyugales. Los cánones de los sínodos de Elvira y de Cartago, por ejemplo, establecieron la continencia perpetua para diáconos, sacerdotes y obispos. También el Papa Siricio hizo mucho para promover el celibato en la Iglesia latina.
En Oriente, la tradición del clero casado siempre tuvo alta estima, aunque hubo algunas facciones favorables al celibato. La cuestión se presentó pronto en el Concilio de Nicea, pero se decidió no establecer el celibato obligatorio para toda la Iglesia de Oriente y Occidente. El primer sínodo oriental que abordó la cuestión fue el Concilio de Trullo, el cual comenzó y terminó en el siglo séptimo. Se decidió que los obispos deberían ser célibes, pero que los hombres casados podrían seguir recibiendo el diaconado y el presbiterado. Esta ha sido la norma para las Iglesias de Oriente desde entonces.
Desde un punto de vista práctico, las Iglesias orientales consideran ventajoso preservar el sacerdocio de los casados. Nuestra vida parroquial se ajusta típicamente a un sacerdote con familia y esto ha funcionado muy bien para nosotros por dos mil años. Nuestro pueblo está muy acostumbrado a esta situación y prefiere que las cosas se mantengan de este modo. A comienzos del siglo XX hubo esfuerzos para imponer el celibato a nuestros clérigos en los Estados Unidos, lo que llevó a una discordia generalizada y favoreció dos cismas trágicos. Aunque el celibato obligatorio funciona bien para la Iglesia latina, no funciona para nosotros, porque es ajeno a nuestra tradición. El Vaticano II reconoció este hecho de manera autoritativa al declarar que:
“…las Iglesias de Oriente, como las de Occidente, gozan del derecho y deber de regirse según sus respectivas disciplinas peculiares, como lo exijan su venerable antigüedad, sean más congruentes con las costumbres de sus fieles y resulten más adecuadas para procurar el bien de las almas”. (Orientalium Ecclesiarum, n. 5). 
A pesar de esta y de otras diferencias, somos la misma Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia, como usted ha dicho. Tiendo a pensar que estas diferencias resaltan la belleza de la pluralidad en la Iglesia universal y son fruto del Espíritu Santo. 


* N. de R.: sobre la traducción de "subintroducta", agregamos como aclaración al texto de Dragani la siguiente nota filológica que además contiene alusión al texto latino del canon 3 de Nicea:
SUBINTRODUCTAE. Συνείσαϰτοι in Concilio Nicæno I. can. 3. quas Extraneas vocant Synodus Carthag. I. can. 3. Ilerdensis can. 15. Hispalensis I. can. 3. Braccarensis III. can. 5. et Lex 19. Cod. de Episc. et Cleric. (1, 3.) quarum commercium et habitationem vitare jubentur Clerici.
Concilium Romanum sub Zacharia PP. cap. 2 : 
Presbyteri vel Diaconi Subintroductas mulieres nullo modo secum audeant habitare, nisi forsitan matrem suam, aut proximitatem generis sui habentes.
Ita et in Concilio Forojul. cap. 4. et Romano ann. 1059. cap. 3. Rotomagensi ann. 1072. cap. 15. Ita perinde Dionysius Exiguus in Codice canonum Ecclesiæ Romanæ et Nicolaus et Alexander PP. cap. 5. 6. dist. 32. Consule, quæ de ejusmodi Extra-neis et Subintroductis mulieribus passim annotarunt qui concilia expenderunt, Justellus, Binius, etc. Iis adde Muratorium in Disquisit. de Synisactis et Agapetis inter Anecd. Græca pag. 218. Vide etiam infra Superinducta. Glossar. med. Græcit. col. 1483.
Cfr. Du Cange, et al., Glossarium mediae et infimae latinitatis, éd. augm., Niort : L. Favre, 1883‑1887, t. 7, col. 630a.