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miércoles, 17 de agosto de 2016

Eutanasia de la polis

A los efectos comparativos de esta entrada, podemos definir la eutanasia (pasiva) como el dejar morir intencionadamente al paciente por omisión de cuidados o tratamientos que están indicados y son proporcionados.
Se suele justificar esta eutanasia con diversos argumentos, uno de los cuales es el siguiente: el paciente es terminal; a la luz de la ciencia médica se concluye, con muy alta probabilidad, que morirá en un plazo más o menos breve; por tanto -se dice- no tiene sentido prolongar su vida con procedimientos médicos aunque sean ordinarios.
El argumento tiene la inconsistencia de los razonamientos consecuencialistas. No repara en que matar al inocente es malo en sí mismo. Además, puede conducir al absurdo, pues con total certeza se puede afirmar filosóficamente que todo hombre morirá en algún momento, sin que de ello se siga la justificación de la eutanasia pasiva de enfermos terminales, inválidos, disminuidos psíquicos, niños, etc.
El argumento pro eutanasia se replica –por medio de la analogía- para justificar la abstención de la participación política en concreto:
- Primera similitud: la conducta justificada es de omisión; en un caso, no tratar al paciente; en otro, no intervenir activamente y en concreto en la vida de la polis.
- Segunda similitud: se juzga inútil poner medios ordenados a un fin. En el primer caso, para lograr el fin de la curación del paciente, aunque esto no se logre o sólo se obtenga un restablecimiento parcial de su salud; en el segundo, alcanzar algún bien común político aunque sea imperfecto.
Pero hay una diferencia importante: mientras que en medicina es posible pronosticar con alta probabilidad el desenlace fatal de una enfermedad, ya que este obedece a un proceso causal bien determinado; en política, en cambio, todo pronóstico (prudencial) es contingente, porque la vida de la comunidad depende de acciones libres, que no admiten determinación necesaria. Los antecedentes históricos inciden en el presente pero no pueden determinarlo de modo necesario. 
No nos parece justificable el abandono de la participación política aquí y ahora por un fatalismo. En política hay sorpresas y el futuro es incierto. En cualquier caso, aunque no hubiera grandes sorpresas en el porvenir, el bien debe hacerse, también en el ámbito de la polis, aunque las consecuencias de nuestras acciones no se logren plenamente. Se trata, en definitiva, de actualizar inclinaciones de perfeccionamiento que han sido creadas por el Autor de la naturaleza humana. Es Dios quien ha hecho al hombre animal político, y no se ha limitado a inclinarlo tan sólo a la vida familiar y al desarrollo de los cuerpos intermedios. 




viernes, 12 de febrero de 2016

El «patriotómetro» descompuesto

El patriotismo es una virtud. Que tiene un tratamiento en Santo Tomás y en los moralistas. No es otra cosa que el amor y la piedad hacia la patria en cuanto tierra de nuestros mayores o antepasados. Como virtud, tiene sus principales manifestaciones: amor de predilección sobre las demás naciones; respeto y honor a la propia historia, tradición, instituciones, idioma, etc.; servicio, como expresión efectiva de amor y veneración; y, defensa de la patria. Al sano patriotismo se oponen dos vicios: 1º. Por exceso, el nacionalismo exagerado, que ensalza desordenadamente a la propia patria como si fuera el bien supremo y desprecia a los demás países con palabras o hechos, muchas veces calumniosos o injustos. El patriotismo es virtud cristiana si no se opone a la caridad y la justicia para con los demás pueblos y con los individuos que los forman; el "patrioterismo", que se agita fanática e injustamente contra los demás pueblos, es un partidismo degenerado. 2º. Por defecto, es el internacionalismo de los hombres sin patria, que desconocen la suya propia con el pretexto de que el hombre es ciudadano del mundo. Es un cosmopolitismo indiferente e insensible, que declama su amor a la “humanidad”, al cual nada le importa el bien del pueblo en que vive y que es su patria.
Las posibles manifestaciones concretas del patriotismo necesariamente variarán según las diversas circunstancias. Como principio general, el bien común de la patria ha de anteponerse siempre a las conveniencias personales o de grupo. Con este principio rector han de obrar gobernantes y gobernados. Pero en el plano socio-político, el patriotismo da lugar para un amplísimo campo de aplicaciones prudenciales variables y de soluciones técnicas diversas. 
Se dice que el patriotismo es un elemento esencial en el nacionalismo católico argentino. No hay nada que objetar a esta afirmación, siempre que sea rectamente entendida. La afirmación, sin embargo, puede encubrir desviaciones teóricas o prácticas. Sin ánimo de ser exhaustivos, mencionemos ahora dos:
- Complejo de superioridad moral. El patriotismo es una virtud, y por ello, un elemento esencial de toda naturaleza humana perfeccionada por las virtudes sociales. Por tanto, no puede entenderse como patrimonio exclusivo de un determinado movimiento cultural o grupo político. El complejo de superioridad moral patriótica promete a sus portadores una super-condición que la dura realidad en algún momento acabará por desmentir. Sin embargo, mientras perdura el complejo, se habla y se actúa como desde un púlpito invariable de superioridad ética, que se intenta ocultar con el desprecio a los demás grupos o movimientos, el aislamiento sectario en los propios microclimas y el echar la culpa a los demás de los propios errores.
- Dogmatismo en política prudencial. De la virtud del patriotismo, se pretende deducir more geometrico, una serie de propuestas políticas en materias esencialmente opinables y discutibles. Se trata de cuestiones de tipo prudencial, con implicancias técnicas muy complejas, que no están necesariamente determinadas por la virtud de la piedad patriótica. Para no pecar de exceso de abstracción, veamos un ejemplo:
“Contra la usura y el descontrol monetario: estatización total de la banca y el comercio exterior”
Esta propuesta, junto a otras, formaría parte de un modelo de “República Patriótica”. No queda del todo claro si a juicio de este grupo, se trataría de una exigencia necesaria de la virtud del patriotismo.
En todo caso, se debe señalar que la estatización de la banca y del comercio, no es más que una medida de orden político-prudencial con muchas complejidades técnicas. Quienes lo proponen, deben aceptar que no se trata de un “dogma político” sino de una opinión discutible como tantas otras. Tampoco pueden fundarla inmediatamente en una virtud moral, de modo que la estatización implique un grado de patriotismo superior al de otras propuestas de regulación de las mismas actividades económicas.  
En síntesis: no tenemos nada que objetar al patriotismo militante. Pero nos parecen errados el "patrioterismo", el “complejo de superioridad moral” y el “dogmatismo” en cuestiones políticas de naturaleza prudencial.