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martes, 3 de marzo de 2015

El abuso de la encíclica "Casti connubii"

Resulta difícil ponerse a indagar por qué razones algunos, en nombre de una Tradición que no existe y que no cuenta a su favor con el testimonio del magisterio pre-conciliar, han querido condenar la práctica de la continencia periódica. Dentro del laberíntico mundo sedevacantista los Dimond son representativos de esta pretensión condenatoria, fundándose en la encíclica Casti connubii de Pío XI. Por el contrario, otros sedevacantistas, como Cekada y Pivarunas, han confrontado este intento de condena, recordando la doctrina católica tal como era expuesta pacíficamente por los moralistas anteriores al Vaticano II. Así, por ejemplo, Cekada concluye una carta: «no presuma que la defección de la Jerarquía post-Vaticano II le da el derecho… a decir a los matrimonios católicos que están cometiendo un pecado» cuando recurren a la continencia periódica.
Nos parece un tanto extraño que se use en favor de la pretensión condenatoria a la Casti connubii en general, y de modo singular un pasaje de dicha encíclica (n. 22), puesto que su letra, su espíritu y sus notas al pie, distinguen claramente el acto conyugal naturalmente infecundo, o la abstención en el uso del matrimonio, de la contracepción voluntaria y directa. Extraño porque, además, el inspirador de dicha encíclica fue el jesuita Arthur Vermeersch, quien en comentarios al texto pontificio expuso la interpretación correcta: «en tanto el uso [del matrimonio] se haga normalmente, conserva su orientación objetiva hacia el fin primario, la generación; (...) la elección de cierto período, hecha con la intención de evitar una concepción, no es, por tanto, necesariamente viciosa»; y como esta intención no viola la naturaleza del acto conyugal, Vermeersch la juzgó «indiferente u objetivamente honesta, de suyo». En el mismo sentido se expresaron otros moralistas de la época.
Lo que subyace a la pretensión condenatoria es una modalidad de consecuencialismo moral, por la cual lo determinante de la moralidad de la continencia periódica viene dado no por el objeto moral sino por las consecuencias agenésicas. Como si tal resultado negativo hiciera mala en sí misma una conducta que sólo puede serlo en determinadas circunstancias o por la mala intención subjetiva de los agentes. O bien una forma de teleologismo, en virtud del cual la falta de un resultado genésico fuera causa suficiente, por sí sola, para presumir maldad en el fin subjetivo de los cónyuges. Al final, y aunque resulte una paradoja, el procreacionismo viene a revitalizar -con sesgo rigorista- doctrinas morales reprobadas por la Iglesia.
Por último, algunos han intentado minimizar el magisterio de Pío XII sobre esta materia o bien han sugerido una posible discontinuidad respecto de la Casti connubii. Para mostrar que se trata de una equivocación, publicamos unos párrafos de un libro que explica la historia de esta delicada cuestión. Esperamos contribuya a un mayor esclarecimiento 
No será superfluo, por tanto, recapitular la doctrina de la Iglesia y las opiniones teológicas en esta materia. En este capítulo examinaremos el estado de la cuestión antes de la Alocución a las Comadronas de Pío XII, el 29 de octubre de 1951. El capítulo siguiente examinará y comentará la doctrina de Pío XII sobre la continencia periódica según la expuso en dicha alocución. Un tercer capítulo tratará de la continencia periódica hoy día y tocará someramente algunas de las principales consecuencias pastorales de esta doctrina.
Nuestro intento es, por tanto, poner los fundamentos para una práctica pastoral que haga justicia a la santidad y significado del matrimonio, a la doctrina moral de la Iglesia y al derecho de los fieles a saber la diferencia entre esta doctrina y las opiniones —la nuestra incluida, por supuesto— meramente privadas de los teólogos.
(…)
El siglo XIX y los primeros años del XX.
La disputa moderna sobre la moralidad de la continencia periódica empezó alrededor de un centenar de años antes de la Alocución a las Comadronas en 1951. Aunque, sin duda, se pensó previamente sobre el asunto (y los médicos habían sospechado mucho antes que existía un período estéril), podemos tomar como punto conveniente de partida del desarrollo moderno de la doctrina de la continencia periódica una respuesta de la Sagrada Penitenciaría dada en 1853 al Obispo de Amiens. El Obispo había preguntado si los matrimonios que restringían su unión conyugal a los días del mes que juzgaban estériles debían ser amonestados, por lo menos, si tenían razones legítimas para abstenerse del acto matrimonial. La Sagrada Penitenciaría respondió que dichos matrimonios no debían ser molestados con tal de que no hicieran nada para impedir la concepción (4).
En 1867 el Cardenal Thomas Gousset expresó su opinión de que el acto matrimonial efectuado (a sabiendas) durante un período estéril no era algo malo en sí mismo (5).
En 1873, con la publicación de la obra de Le Compte sobre las consecuencias teológicas de las nuevas teorías fisiológicas sobre la ovulación, tuvo lugar una discusión más completa del problema; discusión que trató de muchos de los puntos esenciales que iban a ocupar las mentes de los moralistas de nuestros propios tiempos (6).
Le Compte estaba de acuerdo esencialmente con Gousset, y evidentemente la mayoría de los que expresaban sus opiniones en estos años estaban en la misma línea. Sin embargo había voces disonantes; las de aquellos que dirigían su atención más a la elección sistemática de los períodos estériles, y la consideraban como pecaminosa por ser una exclusión positiva del fin primario del matrimonio(7). Debido a estas opiniones contrarias Le Compte envió una serie de preguntas a la Sagrada Penitenciaría referentes a la práctica de la continencia periódica:
1. ¿Podían los matrimonios sin ningún pecado mortal o venial seguir este método?
2. ¿Podía un confesor aconsejar este modo de actuar a una mujer que no aprueba el onanismo de su marido pero que es incapaz de corregirlo; o a cualquiera de los esposos deseosos de evitar un número crecido de hijos?
3. ¿Se debería evitar el peligro de disminuir la descendencia, o debería considerarse este peligro secundariamente en relación con las ventajas que se derivarían de evitar el pecado y conseguir la paz de las conciencias?
En 1880 la Sagrada Penitenciaría dio una contestación parcial a estas preguntas en una respuesta privada evitando en la misma respuesta cualquier juicio explícito sobre la moralidad de la práctica. La respuesta era la siguiente: "los esposos que usan del matrimonio en la forma mencionada antes no deben ser molestados, y un confesor puede insinuar con cautela esta opinión en litigio a los esposos que han intentado apartar sin éxito del crimen detestable del onanismo" (8).
En 1890 se publicó la 7ª edición latina de la obra de Capellmann sobre medicina pastoral, y en 1901 la de Eschbach, Disputationes Physiologico-Theologicae (9). Estos dos autores eran muy respetados y citados a menudo por los escritores de los manuales de moral por su información médica y fisiológica. Los dos reconocieron la existencia de un periodo estéril, pero desgraciadamente se ha descubierto que el período del mes que señalaban como estéril era el mismo período precisamente en el que se daba la concepción muy probablemente en muchas mujeres. Durante 40 años, de 1890 a 1930, los manuales de moral indicaron la mitad del ciclo menstrual como el tiempo en el que la concepción era menos probable. Debe haber habido muchas desilusiones entre las personas a las que el confesor "insinuaba con cautela" el uso de este período, y no es extraño que hasta los descubrimientos de Knaus (1929) y Ogino (1930) el público tuviera poca confianza en la eficacia de la continencia periódica.
Esto pudo explicar también por qué hubo una controversia teológica relativamente escasa sobre la práctica en las primeras tres décadas del siglo xx. Muchos manuales trataron del asunto. De hecho entre los manualistas había una gran unanimidad en la conclusión práctica de que la práctica sistemática de la continencia periódica con la intención precisa de evitar la concepción era objetivamente lícita, con tal de que los cónyuges tuvieran razones legítimas para esta práctica. Pero como no era un método prácticamente eficaz ni se usaba ampliamente, no había un interés suficiente que motivara estudios más profundos.
De la "Casti connubii" (1930) hasta la Alocución a las Comadronas (1951)
Después de la publicación de la Casti connubii al final de 1930, con su referencia permisiva al uso de los períodos estériles, el problema de la continencia periódica volvió de nuevo a tratarse en serio por los teólogos.
Hacia el mismo tiempo comenzaron a conocerse los descubrimientos de Ogino y Knaus, y se hizo evidente que había una base científica para afirmar la existencia de los períodos estériles. La obra ele Ogino y Knaus (que llegaron por separado a las mismas conclusiones sustancialmente) se divulgó en nuestro país con los escritos del doctor Le J. Latz. Su libro The Rhythm of Sterility and Fertility in Women, se publicó primero en 1932. Circuló por el público y dio una amplia divulgación al término "ritmo" para describir la continencia periódica(10).
Viene bien citar el pasaje siguiente de la encíclica Casti connubii:
Sabe muy bien la santa Iglesia que no raras veces uno de los cónyuges, más que cometer el pecado, lo soporta, al permitir, por una causa muy grave, el trastorno del recto orden que aquél rechaza, y que carece, por lo tanto, de culpa, siempre que tenga en cuenta la ley de la caridad y no se descuide en disuadir y apartar del pecado al otro cónyuge. Ni se puede decir que obren contra el orden de la naturaleza los esposos que hacen uso de su derecho siguiendo la recta razón natural, aunque por ciertas causas naturales, ya de tiempo, ya de otros defectos, no se siga de ello el nacimiento de un nuevo viviente. Hay, pues, tanto en el mismo matrimonio como en el uso del derecho matrimonial, fines secundarios -verbigracia, el auxilio mutuo, el fomento del amor recíproco y la sedación de la concupiscencia-, cuya consecución en manera alguna está vedada a los esposos, siempre que quede a salvo la naturaleza intrínseca del acto y, por ende, su subordinación al fin primario.
El hecho de que el uso lícito del período estéril era ya entonces algo común entre los teólogos, el hecho de que se empleara la frase "por causas naturales... de tiempo" mas bien que las razones "de edad" o alguna expresión semejante, y el hecho de que el contexto inmediato de la misma encíclica se refiriera a las dificultades de los matrimonios tentados de onanismo, todas estas consideraciones, convencieron a la gran mayoría de los teólogos de que Pío XI se estaba refiriendo aquí al uso permitido de los períodos estériles como medio de evitar la concepción.
Pío XII, podemos mencionarlo aquí, confirmó explícitamente esta opinión en 1958, disipando así cualquier duda que hubiera podido existir sobre este punto(12).
Pero aunque el pasaje citado de la Casti connubii ratifica la posición de que el uso del período estéril no va contra la naturaleza, no dice nada explícitamente sobre un uso sistemático para evitar la concepción, o sobre las circunstancias y condiciones bajo las que se puede permitir este evitar sistemático de la concepción.
Durante las dos décadas entre 1931 y 1951 aparecieron una gran cantidad de publicaciones sobre este asunto en todos los escritos católicos, teológicos y de divulgación. Se discutieron muchos puntos y se expresaron muchos desacuerdos. El resultado fue que muchos laicos, para no hablar de los clérigos, quedaron desorientados. Algunos perdieron de vista que, escondido bajo esta diversidad de opiniones, existía siempre un acuerdo general sobre ciertas conclusiones morales, importantes y prácticas, referentes al uso de la continencia periódica. Los moralistas estaban de acuerdo en la afirmación de que era lícito el uso de la continencia periódica sistemáticamente, es decir, con la intención directa de evitar la concepción durante un período largo de tiempo: 1) con tal de que los dos cónyuges lo quieran así (esto significa que los dos están de acuerdo y que ninguno de ellos fuerza al otro a seguir la práctica); 2) con tal de que las dos partes puedan hacerlo (esto significa que la práctica no implica un riesgo injustificable de pecado, por ejemplo el pecado solitario, u otro pecado contra la castidad, etc., y que no expone al matrimonio a otros peligros injustificables); 3) con tal de que exista una razón legítima para evitar la concepción.
Los teólogos estaban de acuerdo además en que la violación de cualquiera de las dos primeras condiciones era per se pecado mortal. Se disputaba sobre la gravedad de la tercera condición. Una pequeña minoría defendía que el practicar la continencia periódica, por lo menos durante mucho tiempo, sin una razón legítima, era pecado mortal. Pero no había ninguna base que permitiera al confesor imponer esta opinión al penitente, teniendo en cuenta que la opinión opuesta, de ser solamente pecado venial, era obviamente probable y sostenida por mayor número de teólogos. Consecuentemente, para la práctica del confesonario, había un acuerdo general en este punto: que la tercera condición no se podía imponer al penitente sub gravi. Las desviaciones de esta norma que pueden haber ocurrido, difícilmente se pueden encasillar dentro de los principios teológicos sanos admitidos universalmente, sobre el uso propio del probabilismo.
Todo lo que hemos leído nos indica que había muy pocos teólogos moralistas que, durante los 100 años completos, i. e. el período íntegro en los tiempos modernos en el que se ha tratado de esta materia, negaran la probabilidad práctica (por decir lo ínfimo) de la doctrina de que la continencia periódica era lícita bajo estas tres condiciones. Más aún, esta fue la doctrina común práctica antes de la Alocución a las Comadronas, y así quedó después de ese importante documento. Parece que vale la pena llamar la atención sobre este continuo acuerdo de los teólogos sobre estos puntos prácticos fundamentales, porque de otra forma se pudiera tener la impresión de que, hasta que habló el Papa en 1951 todo el asunto estaba en litigio, y que no había ninguna unanimidad en la práctica sobre la dirección que debía darse a los fieles en el confesonario.
Por otra parte, entre 1931 y 1951, se discutieron muchos puntos sin llegar a un acuerdo, especialmente en un plano especulativo, y los moralistas no pudieron dar una respuesta definitiva a muchos problemas. Por ejemplo: ¿Tiene cada matrimonio en particular una obligación afirmativa de procrear? ¿Por qué se requiere una causa legítima excusante? ¿Es pecado mortal o venial el practicar el ritmo sin causa excusante? Y las cuestiones afines: ¿Qué grado de gravedad debe tener la causa excusante? ¿Qué virtud se quebranta al practicar el ritmo sin razones legítimas? Finalmente, existía la controversia en un nivel prudencial, sobre el divulgar la continencia periódica como un método legítimo de limitación familiar.
En cuanto a la obligación de procrear, la gran mayoría de los teólogos antes de 1951 no enseñaban ninguna obligación explícita y afirmativa de que cada matrimonio tuviera hijos. Fuera de la obligación de la unión conyugal, que se deben uno a otro en virtud del contrato matrimonial (1 Cor. 5, 7), y de la que normalmente se siguen los hijos, no se consideraba de ordinario que tuvieran una obligación especial adicional de conservar o propagar la raza. Esta opinión parecía estar completamente de acuerdo con el pasaje de la Casti connubii que acabamos de citar.
En este pasaje Pío XI parecía decir que los matrimonios que usan del acto conyugal para los fines secundarios y que salvaguardan la integridad física del acto no necesitan una ulterior justificación de su conducta. No afirmaba ningún deber de procrear. Y en otra sección de la encíclica evitó estudiosamente una afirmación de esta clase, cuando dijo: "en verdad, hubiera provisto Dios, sapientísimo, a los hijos, más aún, a todo el género humano, si además no hubiese encomendado el derecho y la obligación de educar a quienes dio el derecho y la potestad de engendrar". El deber de educar estaba claramente enunciado: el deber de procrear quedó sin mencionar.
Otros documentos de la Iglesia incluidos en el período que estamos examinando permanecen silenciosos en lo que se refiere a una obligación afirmativa de cada matrimonio en particular de procrear. Ni León XIII (el 10 de febrero de 1880), sobre el que la Casti connubii se apoya sólidamente, ni la decisión de la Rota (coram Wynen el 22 de enero de 1944), ni el decreto del Santo Oficio (1 de abril de 1944) sobre la subordinación de los fines del matrimonio, hacen ninguna mención de tal obligación, si bien todos estos documentos tienen la intención de establecer como fin primario del matrimonio la procreación y educación de los hijos (13).
No nos sorprende que el P. Francis Hürth, S. J., entonces profesor de teología moral en el escolasticado jesuíta de Valkenburg, Holanda, en un artículo publicado dentro del primer año después de la edición de la encíclica, expresara la opinión de que no podía haber ninguna objeción moral ratione sui para la práctica habitual de la continencia periódica porque los actos sexuales tenidos durante los períodos estériles son actos naturales, y porque la abstinencia en los tiempos fecundos no viola ninguna obligación, pues ni el mismo estado matrimonial ni el uso del matrimonio impone a los matrimonios en concreto el deber de salvaguardar la raza (14).
Esta fue también la opinión del P. Arthur Vermeersch, S. J., entonces profesor de teología moral en la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma. De hecho, el P. Vermeersch expresó su sorpresa de que entre los anglicanos bien intencionados hubiera varias personalidades que opinaran que la vocación a la vida matrimonial impone a los cónyuges el deber de dar hijos a su país y a la Iglesia si es que pueden (15).
Tal vez una razón para esta acérrima defensa de la opinión de que el deber de conservar la raza no cae sobre los individuos en singular, sea la posición histórica de la Iglesia de que la práctica de la continencia perfecta, incluso en el matrimonio, si se hace por un motivo sobrenatural y con mutuo consentimiento, no es solamente lícita, sino digna de alabanza.
No obstante, en un nivel especulativo había voces disonantes de la opinión más corriente y probablemente estas voces van aumentando. Un escritor reciente, un año o dos antes de la Alocución a las Comadronas, expuso como suya la opinión de que "la misma naturaleza del estado matrimonial exige que los casados hagan todo lo que razonablemente puedan para tener una familia"(16). Y sugería que "esta opinión necesita que se examine más por los teólogos". Otros hablaban semejantemente. Pero por lo que podemos juzgar de las publicaciones, la mayoría de los teólogos antes de 1951 enseñaba que no había per se ninguna obligación afirmativa en los matrimonios individuales de procrear. Consecuentemente en un nivel práctico era impropio imponer esta obligación a los fieles.
(…)
Esto nos lleva a una ulterior controversia sobre la gravedad del pecado de practicar el ritmo sin causa suficiente y la cuestión conexa de la gravedad de la causa necesaria para justificarlo. La opinión de la minoría, representada por Goeyvaerts y también por Griese, Salms y pocos más, sostenía ser pecado mortal (por una razón o por otra) el practicar el ritmo sin una razón justificante, por lo menos durante mucho tiempo(19). Consecuentemente, exigían razones realmente serias para justificarlo. Los que sostenían ser a lo más pecado venial, naturalmente exigían causas justificantes menos fuertes. Pero había una amplia variedad de opiniones sobre qué causas eran lo suficientemente serias para justificar la práctica, y esto conducía a una gran confusión en las mentes de los confesores, médicos, y los mismos laicos casados.
Otro problema era más teórico. ¿Qué especie moral de pecado se comete, qué virtud se viola, cuando el ritmo se practica injustificada mente? Las respuestas dadas a este problema variaban, por supuesto, según los presupuestos teológicos de los diversos autores.
(…)
Finalmente, ha habido mucho desacuerdo sobre la prudencia de publicar el método de Ogino-Knaus. Hubo sin duda abusos que hicieron parecer a algunos eclesiásticos y médicos como "aconsejadores de la infecundidad" usando la expresión de Vermeersch. Entonces la diferencia moral entre el control de natalidad natural y la anticoncepción no era fácilmente asimilada por las masas, y había siempre el peligro de que si no funcionaba bien el control de natalidad natural, no se viera ninguna razón por la que no se pudiera recurrir a la anticoncepción. 
Estos eran los problemas que estaban siendo tratados todavía cuando Pío XII pronunció la memorable Alocución a las Comadronas el 29 de octubre de 1951. En el capítulo siguiente trataremos estos problemas a la luz de la doctrina del Papa en esa alocución*. 
Tomado de:
FORD, J.; KELLY, G. PROBLEMAS DE TEOLOGIA MORAL CONTEMPORANEA. Vol. II. Santander, 1962. Ps 334-347, passim.


* N. de R.: el autor dedica varias páginas de ese capítulo a la obligación de procrear (afirmativa, que no obliga semper et pro semper, como las negativas. Hemos escaneado dos capítulos completos del libro que pueden leerse aquí).

sábado, 28 de febrero de 2015

Familias numerosas


Familia Duggar.

Sabido es que la Iglesia elogia y tiene en alta estima a la familia numerosa. Pero la procreación es una actividad humana, no mera reproducción animal, que se ha de regular por la prudencia cristiana. En los casos concretos, la decisión de tener una familia numerosa, supone la previa decisión prudencial de los cónyuges. Como toda obra cristiana, la descendencia es un don de Dios, que se recibe. El generoso con los padres es Dios, que les concede el regalo de los hijos y lo necesario para educarlos cristianamente. No es que los esposos deban «ser generosos» con Dios proponiéndose el bien de una familia numerosa —con criterio cuantitativo: cuantos más hijos, mayor virtud—, porque como es algo tan bueno, Dios los ayudará con toda seguridad. No es verdad que lo que más cuesta sea lo más meritorio y santificante para los padres. Es la intensidad de la caridad lo que da el mérito al obrar.
Desde una perspectiva meramente cuantitativa, pareciera que la Iglesia estima por igual a cualquier familia numerosa. Sin embargo, la realidad de las familias numerosas es variable y puede ser el resultado de distintos comportamientos morales, como lo expresan estos párrafos que transcribimos a continuación: 
«Hay dos clases de familias numerosas. Primero, la familia numerosa salvaje, aquella que todavía hallamos en las carretas y en los tugurios, la familia que se abandona a los instintos, que no prevé nada, que da numerosos hijos no porque los desee, sino porque vienen sin pensarlo, y que los deja crecer en el abandono. Esas familias no denotan virtud alguna en los padres, los cuales a veces ni siquiera están casados y educan mal o no educan en absoluto a sus hijos. En los barrios populares de las grandes ciudades se encuentran mujeres cargadas de hijos, nacidos de padres diferentes, que ni ellas mismas son siempre capaces de determinar.
En el extremo opuesto hallamos la familia numerosa civilizada, la de los esposos reflexivos y previsores que se dan cuenta de las cargas que asumen y de los sacrificios que se imponen al poner muchos hijos en el mundo y aceptan cargas y sacrificios porque saben que, en el orden natural, no hay nobleza más alta que educar una numerosa familia y hacer de sus hijos los continuadores de la tradición familiar. Esas familias están en la cumbre de la moralidad familiar; dan el ejemplo del sacrificio de los goces inferiores en aras de las virtudes ideales. Constituyen una minoría selecta y dan ejemplo de valor, a veces de heroísmo. Pero la virtud que ellas practican exige tal fuerza moral, que no debe sorprendernos que su número sea reducido.» (LECLERCQ, J. LA FAMILIA SEGÚN EL DERECHO NATURAL. 4ª ed. francesa, 1958; trad. esp. Ventosa, Herder, 1961, pp. 215-216).


jueves, 12 de febrero de 2015

¿Respaldo a los «cunicultores» y condena a los «sin hijos»?

En la audiencia general de este miércoles, el papa Francisco ha dicho, entre otras cosas, lo siguiente:
«La concepción de los hijos debe ser responsable, como enseña también la Encíclica Humanae Vitae del Beato Papa Pablo VI, pero el tener muchos hijos no puede ser visto automáticamente como una elección irresponsable. Es más, no tener hijos es una elección egoísta. La vida rejuvenece y cobra nuevas fuerzas multiplicándose: ¡se enriquece, no se empobrece! Los hijos aprenden a hacerse cargo de su familia, maduran compartiendo sus sacrificios, crecen en la apreciación de sus dones».
Después del escándalo suscitado por sus palabras precedentes sobre los «conejos» viene una afirmación que es verdadera, sobre la cual en esta bitácora hemos hablado en entradas precedentes. La comprensión de la función de la virtud de la prudencia en la vida moral es difícil por diversas razones, una de las cuales es la pervivencia de la mentalidad casuista y de la «cuantofrenia». Una familia numerosa puede ser fruto de una decisión prudente de los esposos, y por consiguiente manifestación de una paternidad responsable, o puede ser lo contrario; y lo mismo se ha de decir de una familia reducida, que también puede ser fruto de una decisión prudencial recta, o del vicio conocido como prudencia carnal, y por ello expresión de una paternidad irresponsable respecto del bien personal, familiar y comunitario, que podría verse lesionado por el egoísmo de los cónyuges.
Pero la segunda frase que hemos resaltado merece al menos dos consideraciones:
- El no tener hijos puede ser muchas veces una elección egoísta, sobre todo en los países occidentales descristianizados que se han entregado a un crudo materialismo. Es el caso de las denominadas parejas DINK (del inglés: Double Income No Kids = doble salario sin hijos), que por lo general conviven sin casarse, pero que podrían contraer matrimonio sacramental. Las características de este fenómeno social creciente se encuentran bien descritas por numerosos sociólogos, por lo que no abundaremos ahora en el tema.
- Pero el no tener hijos no es siempre y en toda circunstancia una elección egoísta. Aquí podríamos traer diversos casos tomados de la Teología Moral*, en los cuales se considera legítimo que los cónyuges renuncien al uso del matrimonio, de común acuerdo, sea de forma temporal o perpetua. Pero para no entrar en una casuística que podría resultar delicada y hasta escabrosa en sus detalles, nos basta ahora con recordar que la Virgen María y San José contrajeron verdadero matrimonio, con el derecho radical al cuerpo del otro, pero renunciaron al uso de tal derecho. En este caso, por tanto, hay una elección moral que implica no tener hijos, pero que no es en modo alguno fruto del egoísmo sino realización eminente de un bien mayor.
Hacemos votos para que la frase del Papa «no tener hijos es una elección egoísta» no se transforme en un nuevo «bergoglema» sembrador de mayor confusión.




* P.S.: los moralistas tratan de la no obligatoriedad del débito conyugal en los casos de enfermedad contagiosa, con diversas consideraciones y matices en los que no nos interesa ahondar.
Lo que queremos destacar es que la causa eficiente del verdadero matrimonio es el consentimiento matrimonial. Es el acto de la voluntad por el cual ambas partes se dan y aceptan el derecho perpetuo y exclusivo sobre el cuerpo en orden a los actos que de suyo son aptos para engendrar prole. No debe confundirse el derecho radical –que es esencial al matrimonio- con el uso efectivo del mismo, al que pueden renunciar los cónyuges de común acuerdo. La comunidad de vida, de mesa y habitación pertenecen a la integridad del matrimonio, pero no a su esencia; un matrimonio sería verdadero y válido aunque se excluyera por previo pacto esa comunidad, con tal de mantener el derecho sobre el cuerpo del cónyuge, en orden a los actos que son de suyo aptos para la generación, que constituye el propio fin del matrimonio, fin que no se identifica con un resultado genésico.
Para concluir, trascribimos unas palabras de Royo Marín que expresan el sentir común de los moralistas católicos:
«Conclusión 3.a Por mutuo acuerdo y libre consentimiento pueden los cónyuges abstenerse lícitamente del acto conyugal por una temporada e incluso por toda la vida. Esta conclusión es un mero corolario de la anterior. Porque, si ninguno de los dos cónyuges tiene obligación de pedir el débito (aunque sí de concederlo), pueden libremente ponerse de acuerdo para no pedirlo ninguno de los dos. Tal ocurrió con el matrimonio santísimo de la Virgen María y de San José. La abstención temporal es altamente beneficiosa para la salud del cuerpo y el provecho espiritual del alma, por lo que lo recomienda San Pablo, como hemos visto en la primera conclusión (cf. 1 Cor 7,5). La perpetua, en cambio, rara vez será conveniente, por el peligro de incontinencia, enfriamiento del amor conyugal, etc. Pero, si hubiera alguna razón especial que lo aconsejara (v.gr., la práctica perfecta de la virtud de la castidad), podrían tomar esa determinación, con tal que el acuerdo sea enteramente voluntario y libre por ambas partes y sin que suponga una decisión irrevocable si se presentan dificultades en su cumplimiento.» (Teología moral para seglares, Tomo II, n. 616, p. 688).

viernes, 6 de febrero de 2015

Algo más sobre el procreacionismo extremo


Hace poco decía un amigo que a veces Bergoglio «…toca temas con melodías afines a las nuestras, pero las despedaza como un mal pianista». Es posible que esto haya sucedido –en el mejor de los casos- con los dichos de Francisco sobre los «conejos». Vale decir que haya aludido –de modo brutal, desconsiderado y grosero- a la necesaria regulación prudencial del uso del matrimonio (v. aquí).
Ofrecemos ahora la transcripción de unas páginas del dominico Henry sobre esta delicada materia. Sólo nos resta insistir en que la verdad no se encuentra en la «sexofobia jansenista», ni en el «procreacionismo extremo», ni en una «casuística numérica». Como dice el autor, una sana «pastoral» no  debería tratar estos temas con abstracción de la «vida cristiana total y sin tener en cuenta el grado de su desarrollo». 
 «…Es, pues, necesario evitar dos errores posibles acerca del acto procreador
En primer lugar, el pesimismo dualista. Bendiciendo el matrimonio, la Iglesia indica que no siente ningún desprecio por él. La carne, la mujer, el matrimonio, no proceden de un principio malo como pretendían los maniqueos o como tiende a hacerlo creer una cierta mentalidad jansenista que ha dejado en algunas oraciones una huella a veces tan perniciosa. Todo lo que Dios ha hecho es bueno. Lo único malo es el pecado. La carne es buena; la sensibilidad es buena; la sensualidad, en el sentido en que es una cualidad de la naturaleza que debe serle siempre atribuida, es buena. Despreciando estos bienes, ocurre que el moralista presuntuoso o el asceta demasiado austero, llegan paradójicamente a una vergonzosa sensualidad. «El que quiere nacerse un ángel se hace una bestia». No hay que despreciar estos bienes, sino que hay que dominar la anarquía de las concupiscencias que suscitan. Porque también es verdad que el espíritu está pronto, pero la carne es flaca. El otro error sería el de un optimismo imprudente. El hombre no puede conceder a la naturaleza todo lo que pide, so pretexto de que siempre es «la naturaleza». Hay una jerarquía en las potencias naturales que el hombre posee. La razón debe establecer el orden y dominar. Su gobierno será fructuoso y verdaderamente «humano» si llega a imperar, no ya tiránicamente —pues la sensibilidad o la sensualidad se encabritarían y el hombre podría conocer un día espantosas sublevaciones o terribles represiones—, sino con una especie de respeto hacia lo que es gobernado. Tanto la sensibilidad como la sensualidad tienen sus fines, sus leyes, sus maneras de desear; a la razón corresponde no ignorarlas, sino conocerlas perfectamente para usar bien de ellas.
El matrimonio es normalmente una fuente de equilibrio, por el hecho de procurar al hombre, animal racional, legítimos placeres y alegrías sanas. Pero es necesario que el hombre sepa recibir sin estrechez y sin debilidad los goces que se le ofrecen, y que afronte racionalmente las dificultades que no dejará de encontrar. Ni para el hombre ni para la mujer hay equilibrio automático en ningún estado de vida. El equilibrio es siempre producto de un esfuerzo por imponer a todas las actividades la regla de la razón. Aquellos cuyo temperamento está mal dispuesto, aquellos cuya existencia es un cúmulo de «desventuras» y de condiciones desfavorables, no recobrarán la salud de su vida afectiva y espiritual, de su vida sensible y sensual, imaginativa y artística, si no buscan ante todo lo que es recto según la sana razón que Dios ha dado al hombre y no se proponen ponerlo por obra. Los «análisis» de los psiquiatras, aunque pueden representar una ayuda, nunca pasan de ser secundarios en comparación con este esfuerzo fundamental; y así también, sólo él procura al hombre el gozo digno del hombre. 
Fácil es aplicar esta doctrina general al acto procreador. El deleite que a este acto une la naturaleza intencionadamente, no debe ser ni despreciado ni buscado exclusivamente por sí mismo; la persona de otro nunca puede ser un «objeto» de placer, y el sibarita que cambia de compañía para renovar el efecto de su placer, se condena a no conocer jamás el verdadero gozo. El deleite debe ser recibido con alegría, pero también con la gravedad que impone la grandeza del acto procreador. La unión de la carne es el signo de una unión espiritual que solamente la fidelidad de los esposos es capaz de hacer viva y eficaz. 
Es, por ejemplo, faltar a la alta virtud moral de la prudencia, en el sentido en que constituye la primera de las virtudes cardinales (cf. t. II, p. 519-549), el darse sin proponérselo nuevos hijos si se está enfermo y sin trabajo, si no se cuenta con los medios suficientes para criarlos y educarlos. El recurso a la Providencia, que siempre es necesario, aun en las condiciones más favorables, no es una coartada merced a la cual los pecadores puedan ocultarse a sí mismos sus propias faltas, y la Providencia no está obligada a reparar los actos que la razón prohibía
Pero si la imprevisión, que puede ser grave, de los esposos no les ha preparado para esta continencia, si su amistad flaquea, si se han cruzado ya palabras amargas, si la tentación se cierne sobre uno de los cónyuges, puede suceder que sea pecado observar la continencia con peligro de la armonía conyugal. Los esposos rectos y para quienes esta medida sea eficaz podrán entonces limitar sus encuentros a las épocas en que la fecundidad es casi imposible. Pero ¿y cuando esta medida no es eficaz? ¿Será necesario entonces no vivir más que como hermano y hermana? 
Es muy fácil frente a este problema pronunciar la respuesta legalPero con frecuencia el sujeto es incapaz de soportar el peso de la ley, y entonces ésta, sin la gracia, no sirve más que para hacer conocer el pecado y conducir a una irremediable desesperanza: «Yo no he conocido el pecado más que por la ley — dice justamente San Pablo —; cuando el precepto sobrevino tuvo lugar el nacimiento del pecado mientras que yo moría, y resultó que el precepto hecho para la vida me condujo a la muerte» (Rom. 7, 7-10). Sucede aquí con el sujeto de la ley como con un niño de cinco años a quien se quisiera hacer llevar un fardo de cien kilos. ¿Quién se extrañará de que cada vez que se intente cargar tal peso sobre una espalda tan frágil el niño se desplome? Ante todo hay que darle músculos y huesos y la fuerza interior que se requiere para sostener semejante carga. ¿Por qué asombrarse de que unos esposos que tienen una vida teologal muy débil, que rezan poco, que se acercan de tarde en tarde a los sacramentos, que carecen casi por completo de la preocupación apostólica por el prójimo, que no están acostumbrados a hacer penitencia, queden aplanados y sin aliento cuando se les dice: «Prometéis no volver a nacerlo?» Se les pide un esfuerzo allí donde la pasión lleva la voz cantante, mientras que aparentemente no se presta ninguna atención a su vida teologal, no se muestra ninguna exigencia semejante con respecto a su vida de oración, a su participación en los sacramentos, al progreso de su espíritu de penitencia, de su generosidad y de su fe conquistadora. Se pide al egoísta un acto heroico de don de sí mismo, y se querría que lo hiciera sin más. Se pide al hombre que no tiene costumbre de abstenerse de ningún placer, un acto de templanza heroico. Es manifiesta la inconsecuencia de abordar este problema fuera del seno de una vida cristiana total y sin tener en cuenta el grado de su desarrollo
Es, pues, necesario poner a los esposos en la vía del progreso, estimulándolos, en la medida en que sea posible, a que tomen en consideración toda su vida cristiana y no tal o cual artículo de la ley aislado del conjunto. Sobre todo en este dominio no hay seccionamiento posible. ¿«Quién es el que vence al mundo» y todo lo que esto significa, todas sus seducciones, «sino el que cree que Jesucristo es el hijo de Dios»? (I Ioh 5, 5). Hay que poner en acción todo el organismo espiritual del alma y no tal o cual virtud aisladamente. »
Fuente:
Henry, OP, A.M. Initialion Théologique. Ed. Cerf, París, 1955; trad. Herder, Barcelona, 1964. Pp. 606-608.

miércoles, 21 de enero de 2015

De conejos y «chantas»







En la entrada anterior expresamos nuestra crítica a las recientes expresiones del Papa sobre la procreación y los conejos. El tema ha sido objeto de interesantes debates en otras bitácoras, por lo que nos resulta difícil decir algo que sea novedoso u original. Pero también puede dar lugar a un sano y olvidado ejercicio escolástico: la disputatio. Que tiene por finalidad –como ya todos sabemos- el esclarecimiento de una verdad mediante la confrontación de argumentos.
Reproducimos ahora una traducción más completa y fiel de las palabras del Papa que la ofrecida por el diario La Nación. Para calibrar mejor las críticas resulta imprescindible leer estas palabras:
- Francisco: La apertura a la vida es condición para el sacramento del matrimonio. Pablo VI estudió esto: cómo hacer para ayudar, muchos casos, muchos problemas… muchos problemas que tocan el amor de la familia. Pero había algo más, el rechazo de Pablo VI (en la encíclica Humanae vitae, que decía no a la anticoncepción, ndr) no se relacionaba solo con casos personales: les dijo a los confesores que fueran comprensivos y misericordiosos. Él veía el neo-malthusianismo  universal que buscaba un control de los nacimientos por parte de las potencias: menos del uno por ciento de los nacimientos en Italia, lo mismo en España. Esto no significa que el cristiano deba tener hijos en serie. Regañé a una mujer que se encontraba en el octavo embarazo y había tenido siete cesáreas: ‘¿Quiere dejar huérfanos a sus hijos? No hay que tentar a Dios…’ Pero, quería decir que Pablo VI era un profeta.
- Periodista: Usted ha hablado de tantos niños y de su alegría, pero según los sondeos la mayoría de los filipinos piensa que el crecimiento enorme de la población sea una de las razones de la pobreza en el país. Normalmente una mujer da a la luz más de tres hijos. La posición de la Iglesia sobre la anticoncepción es una de las cosas con las cuales mucha gente no está de acuerdo con la Iglesia.
- Francisco: Yo creo que el número de tres hijos por familia que usted menciona, según lo que dicen los técnicos, es el número importante para mantener la población. Cuando baja por debajo de este límite, ocurre el otro extremo, lo que ocurre en Italia donde en el 2024 -he escuchado, no se si es verdad- no habrá dinero para pagar a los pensionados… La palabra clave para responder, que usa la Iglesia y que uso también yo, es la de paternidad responsable y cada persona, en el diálogo con su pastor, busca cómo hacer esta paternidad. El ejemplo que he mencionado hace un momento de esa mujer que esperaba el octavo hijo y tenía siete nacidos por cesárea, esta es una irresponsabilidad: “No, pero yo confío en Dios…”, decía. Si, Dios te da los medios, pero perdóname eh, existe quien cree que para ser buenos católicos debemos ser como conejos, ¿no? Paternidad responsable: por esto en la Iglesia existen grupos matrimoniales, los expertos en estas cuestiones y existen los pastores, y yo conozco tantas y tantas vías de salida lícitas, que han ayudado para esto. Y otra cosa: para la gente pobre un hijo es un tesoro, es verdad que se debe ser también prudentes, pero el hijo es un tesoro. Paternidad responsable pero también mirar con generosidad a aquel papá o a aquella mamá que ve en el hijo o en la hija un tesoro.
Andrés Beltramo, realiza algunas puntualizaciones que pueden dar lugar a un debate interesante:
…Me remito sólo a un par de anotaciones al margen. Primero: Por cómo algunos medios manejaron la noticia y por la reacción de diversos fieles, quedó flotando la idea de una crítica, casi una burla, del Papa a las familias numerosas. Pero si se lee la declaración completa, resulta evidente que no es así.
Encontré al menos un diario italiano que tituló: “La familia según Francisco, tres hijos por pareja”. Como si el pontífice hubiese prescrito a los católicos no procrear más de esa cantidad de bebés, cuando en realidad dijo exactamente lo contrario. Ante una pregunta con trampa, que intentaba clasificar a los hijos como la causa de la pobreza en las familias, respondió constatando lo obvio: que la población crece sólo a partir del tercer hijo, porque tener dos equivale a un crecimiento cero, fenómeno que tiene efectos negativos sobre la sustentabilidad de la economía a largo plazo.
Segundo apunte: La frase de la polémica. “Existe quien cree que para ser buenos católicos debemos ser como conejos, ¿no?”. Personalmente creo la frase utilizada fue poco feliz, ciertamente desafortunada, producto del diálogo de corrido. Pero en el contexto no me parece ni un insulto, ni una crítica a las familias numerosas, ni un menosprecio hacia los hijos. En todo caso fue una crítica a quienes vinculan, casi obligatoria y hasta ideológicamente, la “calidad” del propio catolicismo a la cantidad de pequeños que integran sus respectivas familias. Conozco más de uno de ellos. E incluso algún venerando movimiento de la Iglesia que incurre en este error.
No obstante, en la misma entrevista (que, repito, es mejor leer completa) el Papa alabó a su predecesor, Pablo VI, y su encíclica Humanae Vitae, que suscribió la negativa de la Iglesia a los métodos anticonceptivos artificiales. Y fue muy claro al recordar que Montini redactó ese texto, sobre todo, para oponerse a la mentalidad “neo-malthusiana”. Es decir, a una corriente social que pretendía, desde el poder, reducir la población a través del drástico descenso en el número de nuevos nacimientos. Mentalidad que, evidentemente Bergoglio no apoya, más bien todo lo contrario. Baste sólo recordar la reciente audiencia que brindó cientos de familias numerosas de Italia y de Europa.
¿A qué vino, entonces, la reprensión de Francisco a una mujer que iba por su octavo embarazo luego de siete cesáreas? Queda claro que no intentaba ridiculizar a quienes tienen muchos hijos. El centro de su reto no fueron los pequeños, ni la familia, sino los riesgos (concretos) que pueden conllevar los embarazos sucesivos. Y la obligación para los esposos, también, de ejercer una paternidad responsable en esos casos extremos. A veces, por paradójico que pueda resultar, se llega a ejercer la paternidad responsable no teniendo hijos. Por eso el Papa recomendó directamente a cada pareja encontrar el camino consultando con el propio pastor.
El tema es delicado, porque se trata de lo más sagrado que el ser humano puede tener: la familia. Quien quiera puede sentirse molesto con la frase de los conejos, incluso después de haber leído completas las declaraciones de Francisco. Está en todo su derecho. Pero tampoco me parece lícito estar a la caza de cada dicho del pontífice para alimentar la desconfianza mencionada arriba. Desconfianza que, en realidad, puede esconder un insano deseo por tomar cotidiana distancia del vicario de Cristo.
Honestamente, no tenemos conocimientos demográficos y económicos que nos permitan opinar si Beltramo acierta o no cuando sostiene que «la población crece sólo a partir del tercer hijo, porque tener dos equivale a un crecimiento cero, fenómeno que tiene efectos negativos sobre la sustentabilidad de la economía a largo plazo».  Coincidimos con Beltramo al criticar en el pasado «a quienes vinculan, casi obligatoria y hasta ideológicamente, la “calidad” del propio catolicismo a la cantidad de pequeños que integran sus respectivas familias». Es posible que, como sostiene Beltramo, algunos cultiven una «desconfianza [que] parte de lecturas parciales o directamente distorsionadas de lo que dice el Papa»; también que se alimente un «insano deseo por tomar cotidiana distancia del vicario de Cristo»; conociendo las heridas del pecado original, y nuestras miserias personales, no estamos en condiciones de arrojar piedras, ni primeras, ni últimas; y podemos caer en estos y muchos otros defectos. Con todo, quienes pensamos que el Pontificado de Francisco es calamitoso, y procuramos practicar una legítima resistencia a sus calamidades, tenemos que cuidarnos mucho de que nuestra resistencia no sea «chanta» porque la mala defensa de las buenas causas es el peor «favor» que se les puede hacer.

P.S.: el sitio internet de Radio Vaticano censuró la alusión a los «conejos», pero ofrece una traducción completa de una catequesis en la cual «exculpa» a las familias numerosas de la pobreza... Más información, aquí.

martes, 20 de enero de 2015

Dejate conejear


«Bergogliadas» y «bergoglemas» son una realidad con la cual nos bombardean los medios de comunicación. Y como bien apunta un amigo «es muy poco tradicional esta necesidad de información por cada una de las palabras y gestos del Romano Pontífice en su quehacer diario. En la época de Benedicto XIV nos pasaríamos el día escrutando cada una de las palabras malsonantes con que respondía este pontífice a los contratiempos de su vida diaria».
No obstante, a veces se hace necesario decir algo por amor a la verdad, y para ayudar al prójimo, que puede confundirse. Lo que nos parece sucede a raíz de recientes declaraciones del papa Francisco, que transcribimos del diario La Nación (Argentina):
«Al destacar que Pablo VI fue muy valiente al prever la llegada del neomalthusianismo que dio lugar al drama de la baja natalidad que afecta hoy a Occidente -en especial a países como Italia y España-, el Papa indicó: "La palabra clave es la que usa la Iglesia siempre y yo también: paternidad responsable".
"¿Cómo se hace esto? Con el diálogo. Cada persona con su pastor debe tratar de ver cómo hacer esa paternidad", indicó. Y recordó que hace algunos meses en una parroquia él retó a una mujer que esperaba el octavo hijo luego de haber tenido otros siete por cesárea. "¿Quiere dejar huérfanos a siete? ¡Esto significa tentar a Dios! Esto es una irresponsabilidad. «No, yo confío en Dios.» «Mirá, Dios te da los medios, sé responsable.» ¡Pero esos creen, y disculpen la palabra, que para ser buenos católicos debemos ser como conejos!", exclamó, haciendo estallar risas en el avión.
El Papa subrayó que Pablo VI "no fue un anticuado ni un cerrado", sino que fue "un profeta que advirtió la llegada del neomalthusianismo, que buscaba el control de la natalidad de parte de las potencias". Eso tampoco significa que un cristiano "tiene que hacer hijos en serie".
Al reiterar que la clave es la paternidad responsable, recordó: "Por eso en la Iglesia hay grupos matrimoniales, hay expertos, hay pastores. Yo conozco muchas vías de salida lícitas que han ayudado".
No obstante, también destacó que hay que tener en cuenta esa "generosidad de ese papá y esa mamá que ven en cada hijo un tesoro".
"Lo curioso es que para la gente más pobre un hijo es un tesoro, es verdad que hay que ser también más prudente. Dios sabe cómo ayudarlos, pero quizás algunos no son prudentes", concluyó»
Para comenzar, justo es reconocer que la metáfora empleada ha sido muy poco feliz. Como señala el amigo arriba citado las «…metáforas floridas y las analogías excesivas e imprecisas son el pan de cada día de la homilética y el magisterio ordinario de un tiempo a esta parte y más bien confunden que iluminan». Y esto cuando no resultan ofensivas.
Si se toma la metáfora literalmente, no cabe otra conclusión que dar razón a los titulares de la prensa, pues para ser buen católico se necesita cumplir los Mandamientos. Y procrear «como conejos» no es cumplir con los mandamientos sino reproducirse como un animal. Los esposos cristianos no son simples animales, sino seres racionales; bautizados redimidos por Cristo, que han recibido un sacramento para santificar la procreación y educación de la prole. Tienen, por ello, una singular dignidad ontológica que están llamados a poner en práctica mediante un obrar virtuoso, que implica una regulación prudencial de la sexualidad conyugal (ver aquí, aquí y aquí).
Cabe la posibilidad de entender la metáfora como un insulto a la familia numerosa. Pero el ejemplo de la mujer que ha tenido siete cesáreas puede encuadrarse dentro de lo que Pío XII denominó «motivos morales suficientes y seguros» para la continencia periódica.
Por último, es bastante probable que los medios de comunicación interpreten la metáfora como un guiño favorable a la mentalidad contraceptiva imperante. No es algo que se desprenda del texto que hemos reproducido arriba, pero es un resultado previsible a causa del tenor de las expresiones usadas.
En conclusión, estas malas interpretaciones y perplejidades -que en parte son inevitables- serían menos frecuentes si el Papa enseñara con la claridad de sus predecesores de antaño, abandonara lo que en términos literarios se llama «pastiche», y asumiera cabalmente que su función es confirmar en la fe y no obtener popularidad mediática.

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* N. de R.: en la jerga de los cazadores de algunos países de Hispanoamérica el verbo «conejear» designa la caza de conejos. Con este significado titulamos nuestra entrada. Si fuera otro el significado, titularíamos "No conejearás"; pero preferimos no hacer paráfrasis bromista con los Mandamientos, que son palabra de Dios. 



P. S.: Acabamos de leer en Vatican Insider que habló de «tres hijos por familia» como número recomendado por los técnicos para «mantener a la población» (lo cual huele a intromisión en ámbitos científico-técnicos, ajenos al objeto directo del Magisterio).  

martes, 9 de agosto de 2011

De re matrimoniali (II)


2. El fin del matrimonio. El fin principal del matrimonio es la procreación y educación. Para la Tradición, lo esencialísimo, es lo que Santo Tomás denomina intentio prolis, con expresión precisa, pero no siempre bien entendida. Es esencial la ordinatio ad prolem, no el resultado genésico. Si se hiciera del resultado procreativo lo esencial, el matrimonio de los estériles sería nulo, la esterilidad sobreviviente justificaría la separación y el acto sexual de los cónyuges infértiles sería intrínsecamente inmoral. Los hijos son un don, no pueden ser considerados como objeto de propiedad, lo que conduciría a un pretendido «derecho al hijo».
3. Medio virtuoso. Los teólogos indican que la virtud se sitúa entre dos extremos viciosos, uno por defecto y otro por exceso (in medio virtus); siempre añaden que no hay que confundir el término medio con la mediocridad. La sobriedad en la comida, por ejemplo, no exige una determinada medida para todos, sino proporcional, según la edad, fuerzas y necesidades de cada uno.
Desde esta bitácora criticamos a Iraburu cuando dijo que a la desobediencia post-conciliar había que oponerle una obediencia extrema, no porque lo dijera él, sino porque va contra la naturaleza de la obediencia como virtud moral. De modo semejante, la castidad conyugal, también consiste en un medio virtuoso, y por eso criticamos el procreacionismo extremo.
4. La función de la prudencia. La determinación del medio virtuoso concreto de la castidad conyugal para cada matrimonio corresponde a la virtud de la prudencia. No es un medio matemático que se pueda cuantificar. Ciertamente, la prudencia es una virtud difícil.
Se puede renunciar al juicio prudencial: delegarlo en otra persona, institución, movimiento, etc.; sustituirlo por un criterio casuístico o por una pauta cuantitativa. Esa renuncia puede parecer más «generosa», «esforzada» y hasta «tradicional». Pero se eludiría el martirio de la conciencia personal.
Es también una confusión asimilar la prudencia con el mero cálculo utilitario, una planificación de costes y beneficios. Sin embargo, la prudencia virtuosa incluye la providencia humana de los padres respecto de su descendencia. Y el campo de la providencia humana se ha ampliado, singularmente a partir de la década de 1930, y es posible que sigua creciendo como consecuencia del avance del conocimiento científico. Dios es Autor de la naturaleza, de los ciclos de fertilidad e infertilidad, y ha dotado a los hombres de una inteligencia capaz de conocerlos.
5. La ley del péndulo. Fruto del agere contra, mal entendido, se pretende combatir un error con otro contrario. Así, contra el individualismo, se puede proponer el totalitarismo; contra la erotización de la vida, el puritanismo; y contra la mentalidad contraceptiva, el procreacionismo imprudente.
No se ayuda a salir de un error promoviendo otro de signo contrario, aunque sea menos grave. Hay que exponer la verdad completa y mostrar los posibles errores.
6. Providencialismo. Por confiar en la Providencia no se debe dejar de obrar prudentemente. San Pablo lo dijo con claridad: si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma. No es recto el abandono en la Providencia cuando se descuida el deber del momento presente; la providencia humana es participación de la divina en una criatura racional. Está en el plan de Dios que crezca el ámbito de la providencia humana de acuerdo con los descubrimientos científicos, en la medida de las posibilidades de cada uno, claro está.
7. La voluntad de Dios. Sería bueno saber cómo conocen la voluntad de Dios los que la invocan en defensa del procreacionismo imprudente. La voluntad divina significada no se ha expresado nunca con un mandato positivo de procrear sin otra consideración. Dios ordena al hombre que cumpla su voluntad de manera ajustada a su naturaleza racional.
«La fecundidad ideal es la fecundidad racional, por la que los hombres ponen en el mundo tantos hijos como pueden educar de manera sana. Este principio es evidente. La moral somete la acción humana a la razón; el instinto sexual, como todo instinto, tiene que estar sometido a la razón, y la fecundidad, por ser consecuencia de las relaciones sexuales, tiene también que doblegarse al imperio de la razón» (LECLERCQ, J. LA FAMILIA SEGÚN EL DERECHO NATURAL. 4ª ed. francesa, 1958; trad. esp. Ventosa, Herder, 1961. P. 202).
8. Fideísmo. Otros han hablado de la fe sencilla, para oponerla a la Teología, a los argumentos de razón, etc. ¿Quién les ha dicho que negándose a pensar serán «más Tradicionales»? El fideísmo está condenado por la Iglesia.
9. Imitación de los santos. La Iglesia propone a los santos para que sean imitados en sus virtudes. No para que se copien maquinalmente los actos de su vida. La Sagrada Familia, modelo de familias cristianas, tuvo un sólo hijo. ¿Acaso es un modelo menos perfecto que la familia numerosa?
10. La mentalidad anticonceptiva. En la entrada anterior rechazamos la mentalidad anticonceptiva de manera expresa, advertimos sobre peligro del egoísmo y la falsa prudencia, resaltamos la importancia de la objetividad y seriedad de los motivos suficientes, etc. En el primer enlace a Pío XII, además, hay una condena fuerte del anticoncepcionismo hedonista. En una bitácora no se pueden tratar todos los temas y mucho menos de manera exhaustiva. Podríamos dedicarle muchas entradas, pero no estamos seguros de tener algo nuevo para agregar a lo ya publicado en miles de páginas.
11. Métodos naturales. No animamos a usar de los «métodos naturales» como si ello fuera un deber moral absoluto. Tampoco nos parece correcto que se los promueva con ligereza, mediante una publicidad frívola; que se destaque unilateralmente su «alta eficacia» con desmedro de su dimensión moral; que se insista en aspectos muy contingentes; que no se mencione la mortificación que implica su uso, etc.
12. La familia numerosa. La Iglesia enseña que el celibato y la vida consagrada, como estados, son superiores al matrimonio. Pero en concreto, para cada uno, lo mejor es lo que Dios le ha concedido; porque ni el celibato, ni los consejos evangélicos, son un precepto. De modo semejante, la enseñanza de la Iglesia elogia a la familia numerosa, como un bien para la familia misma, para la comunidad y para la Iglesia, pero no la impone como un precepto. Vienen al caso las palabras del afamado cardenal Billot: «Es totalmente falso que todos los hombres deban ser invitados sin discriminación a las cosas que son mejores en sí mismas. En el orden de la Providencia de Dios no existe lugar para esa fantasía que la gente llama igualdad. Por el contrario, de la desigualdad de clases, profesiones, oficios y otras cosas de este tipo, surge la perfección necesaria del cuerpo social».
13. Procreacionismo neocon. La gran contradicción de los movimientos neconservadores que se instalan en el procreacionismo extremo está en disociar la moral familiar de la acción social y política. Promueven la familia numerosa al mismo que tiempo que colaboran activamente en la edificación de un orden social y económico que la hace cada vez más difícil: condiciones de trabajo extenuantes y sueldos indignos; supresión o recortes en el salario familiar; pérdida de beneficios para las familias numerosas; viviendas impagables, objeto de especulación financiera; etc.
14. La fotos. Para elegir las fotos buscamos alguna relación, unas veces remota, y otras un tanto arbitraria, con el contenido de la entrada. Si hubiéramos puesto a una familia con muchos niños, alguno habría dicho que estamos en contra de la familia numerosa. Lo mejor hubiera sido no colocar foto alguna. Esperamos que la de hoy no hiera las susceptibilidades de nadie.