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sábado, 16 de marzo de 2013

Gherardini: infalibilidad no es «papolatría»


Teníamos esta entrada en carpeta desde antes de la elección de Francisco. La pensamos como complementaria de Newman contra la «papolatría». El p. Iraburu parece escandalizarse por el uso de «papolatría» pues sería un término empleado por los protestantes del siglo XVI para denostar a los católicos fieles. Ciertamente es falso que los católicos adoremos al Papa como a Dios. No existe una «papolatría» en sentido propio y formal. Pero sí existe una «papolatría» que es un error por exceso respecto del Romano Pontífice y su función en la Iglesia, con diversas manifestaciones, sean teóricas o prácticas. En esta entrada, Gherardini alude a una «papolatría» entendida como «infalibilismo». La infalibilidad es un carisma de la Iglesia y del sucesor de Pedro, mientras que el infalibilismo es una desvirtuación y una extensión del abusiva carisma petrino más allá de los límites de la Revelación. Es también una actitud no exenta de servilismo, típica en cierto modo de la mentalidad cortesana que ha sido efecto y causa de exageraciones que en último término van contra los dogmas relativos al Primado, la Iglesia y su Jerarquía. Haciendo un poco de historia, debemos decir que la expresión «papolatría» se empleó durante el Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II (recordemos que a Iraburu le gusta poner énfasis en «sacrosanto»). La usó en el Aula Conciliar el Obispo Emil-Josef De Smedt (Brujas, Bélgica) quien fuera parte del Secretariado para la Unidad Cristiana y miembro de una Comisión que redactó esquemas que luego se convertirían en documento oficiales del último Concilio. Y en el mismo sentido, también la utilizó durante el Concilio Máximo IV Saigh, Patriarca de Antioquía y todo el Oriente y cardenal de la Iglesia Católica.El término «papolatría», bien entendido, ha adquirido carta de ciudadanía en la Iglesia. Y su uso es legítimo siempre que se precise adecuadamente su definición. A impulsos del entusiasmo papólatra ya estamos viendo otro signo de «papolatría»: el atribuir a hechos y dichos del otrora cardenal Jorge M. Bergoglio un valor equivalente al de actos pontificios. Es un error de funestas consecuencias. 

A este respecto, parece muy apropiado considerar cuidadosamente las palabras del dogma: «El Romano Pontífice, cuando habla “ex cathedra”, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por esto, dichas definiciones del Romano Pontífice son en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia, irreformables.»Palabras sopesadas con extremo rigor. No sólo no divinizan a un ser humano, sino que, en el acto mismo de reconocerle un carisma que ningún otro hombre posee, ponen límites claros y condiciones estrictas en el ejercicio del mismo. El Papa, en efecto, «no por el hecho de ser papa» (simpliciter papatus ex auctoritate), es absolutamente infalible.»Tal vez haya llegado el momento de decir con sinceridad y firmeza lo que reiteradamente se declaró en el pasado, reciente y lejano, acerca de la necesidad de liberar al papado de esa especie de «papolatría», que no contribuye a honrar al Papa y a la Iglesia. No todas las declaraciones papales son infalibles, no todas pertenecen al mismo nivel dogmático. La mayor parte de los discursos y documentos papales, aun cuando tocan el campo doctrinal, contienen enseñanzas comunes, orientaciones pastorales, exhortaciones y consejos, que en la forma y en el contenido, están muy lejos de la definición dogmática. Esta no existe sino cuando se presentan las condiciones establecidas por el Vaticano I.

— Es necesario que el Papa hable «ex cathedra»: la expresión toma su significado de la función ejemplar y moderadora que, desde el principio, hizo del Obispo de Roma el maestro de la Iglesia universal y de la misma Roma el «locus magisterii». En uso desde el siglo II como símbolo de la función magisterial del obispo, la cátedra devino, luego, en el símbolo de la función magisterial del Papa.Hablar «ex cathedra» significa, por tanto, hablar con la autoridad y la responsabilidad de la persona que goza de la jurisdicción suprema, ordinaria, inmediata y plena sobre toda la Iglesia, y cada uno de sus fieles, pastores incluidos, en materia de fe y costumbres, pero no sin reflejos e incluso efectos disciplinarios.

— «Omnium Christianorum pastoris et doctoris munere fungens»: la frase hace explícito el contenido de «ex cathedra». Fuentes bíblicas neo-testamentarias y documentos de la Tradición confluyen en la definición del Vaticano I para afirmar que la infalibilidad del magisterio papal sólo surge cuando el Papa enseña la Revelación divina y hace obligatorias sus enseñanzas para todos.

— «Pro suprema sua Apostolica auctoritate »: es la razón formal de su magisterio infalible y universal. Tal razón es debida a la sucesión apostólica del Papa a Pedro, que entonces fue el primero, pero no el único, obispo de Roma, y Papa, en cuanto obispo de Roma. A todo sucesor suyo en la «cátedra romana» compete  todo cuanto Cristo había dado a Pedro, «ratione office, non personae». Es por ello menos correcto decir «infalibilidad personal del Papa» en vez de «infalibilidad papal». Empero, si se quiere insistir, como hace alguno, en la «infalibilidad personal», se debe distinguir siempre, en el Papa, la «persona pública» de la «privada», recordando que la «persona pública» viene determinada por su oficio.

— «Doctrinam de fide vel moribus»: debe tratarse de una verdad que se ha de creer y cualificada de la existencia cristiana, directamente contenidas o no, en la Revelación divina. Un objeto diverso de la enseñanza papal no puede pretender estar cubierto por el carisma de la infalibilidad, el cual se extiende tanto como la Revelación misma.— «Per assistentiam, divinam»: no cualquier intervención del Papa, no una simple advertencia, no una enseñanza cualquiera, están asegurados por la asistencia del «Espíritu de la verdad» (Jn.14, 17; 15, 26), sino solamente aquel que, en armonía con las verdades reveladas, manifiesta que el cristiano debe, en cuanto tal, creer y poner en práctica.Sólo con el pleno y absoluto respeto de las mencionadas condiciones, el Papa recibe la garantía de la infalibilidad; puede, por tanto, recurrirse a ella cuando se intenta obligar al cristiano en el ámbito de la fe y de la moral. Y también cabe agregar, de toda intervención papal y de las palabras que la expresan, debe resultar, junto al respeto de las condiciones indicadas, la voluntad de definir una verdad como directa o indirectamente revelada, o bien de definir una cuestión «de fide vel moribus», con la que toda la Iglesia deberá luego uniformar su propia enseñanza. 


viernes, 22 de febrero de 2013

Gherardini de acuerdo con Radaelli



Por qué estoy de acuerdo con el libro de Enrico Maria Radaelli
Por Mons. Brunero Gherardini
Cuando, hace pocos meses, este libro llegó a mis manos en sus primeras versiones, no dejé de tomarlo en consideración por la radicalidad del título y después por el contenido.
Un libro como éste, que no oculta el dogma no puede saltarse a la torera. Tampoco la lectura de un libro así es un pasatiempo. En efecto, el interrogante sobre el mañana “terrible o radiante” del dogma es una sacudida en el doble sentido de animar y de provocar.
El mañana del dogma, en realidad, es siempre tan “radiante” como “terrible”; los motivos por los que se ve así, envuelto en luz y difundiéndola, son los mismo por los que inspira no tanto terrror, como respeto y admiración.
En el dogma está la presencia de aquel absoluto que encuentra en él, y solo en él, al menos una representación analógica formal.
Teniendo presente que el de la “forma”, en efecto, es el valor de fondo que permite al Autor desarrollar sus reflexiones, que se dirigen antes de nada a la solución del problema hermenéutico del Vaticano II y después a los dos modelos vigentes desde el Vaticano II: el uno, “hipodogmático” y dispuesto incluso a desnaturalizar el contenido del dogma en el así llamado lenguaje pastoral, el otro auténticamente y tradicionalmente dogmático como lenguaje propio de la enseñanza eclesial.
Agudo y pertinente el análisis de tal lenguaje. Muestra en primer lugar un lenguaje de autoridad, porque nace de Dios, obedece al principio de no-contradicción y determina (el Autor llega a decir “actúa”) la verdad.
La otra presentación del lenguaje eclesial, el que proviene sobre todo del Vaticano II, entendido como “hecho lingüístico” impropio, atenuaría por su parte, hasta casi su superación, el contenido dogmático a favor de la forma pastoral
El juicio, que el Autor funda sobre la base de la aproximación metafísica y de una metodología sustancialmente escolástica, recoge y expresa convicciones tan radicales como inapelables.
Dramáticas las consecuencias: la ortopraxis en lugar de la ortodoxia, la acción desligada de la reflexión, el amor independiente de la fe.
Son las consecuencias del Vaticano II, de su nuevo lenguaje narrativo y pastoral, de “su actual adulteración”.
La renuncia al lenguaje dogmático habría debido ser sustituida por la “medicina de la misericordia”: y ésta habría encontrado expresión en la impostación pastoral de todo el Vaticano II.
No cabe duda de que el nuevo libro de Enrico Maria Radaelli hará discutir y, al mismo tempo, enderezará cualquier idea torcida.
Lo auspiciamos por el bien de la Iglesia y de su teología.

Brunero Gherardini
Ciudad del Vaticano, 10 de enero de 2013-02-12 San pedro Urseolo Confesor.

sábado, 9 de febrero de 2013

Radaelli: El mañana del dogma


Muy interesante artículo de Sandro Magister. Dignos de destacarse son los textos de Divo Barsotti citados en el nuevo libro de Radaelli que enfocan la cuestión que divide a conservadores y tradicionalistas: el Vaticano II en sí mismo, en sus textos, y no sólo la interpretación abusiva posconciliar, como causa de los problemas de la Iglesia. Un libro que cuenta con prólogo del obispo Mario Olivieri (al parecer, un filolefebvriano  muy peligroso).
 ROMA, 9 de febrero de 2013 – En un nuevo libro dado a la imprenta en estos días, el profesor Enrico Maria Radaelli – filósofo, teólogo y discípulo predilecto de uno de los más grandes pensadores católicos tradicionalistas del siglo XX, el suizo Romano Amerio (1905-1997) – cita tres pasajes de los diarios inéditos de don Divo Barsotti (1914-2006). 
En ellos, este genial y estimado místico y maestro espiritual – llamado en 1971 para predicar los ejercicios de Cuaresma al Papa y a la curia romana – expresaba duras críticas al Concilio Vaticano II. Escribía don Barsotti:
"Estoy perplejo en lo que concierne al Concilio: la plétora de documentos, su longitud, a menudo su lenguaje, me dan miedo. Son documentos que dan testimonio de una seguridad totalmente humana, más que de una firmeza simple de fe. Pero, sobre todo, me indigna el comportamiento de los teólogos".
"El Concilio y el ejercicio supremo del magisterio está justificado sólo por una suprema necesidad. La sorprendente gravedad de la situación actual de la Iglesia, ¿no podría derivar, precisamente, de la inconstancia por haber querido provocar y tentar al Señor? ¿No se ha querido, tal vez, obligar a Dios a hablar cuando no existía esta suprema necesidad? ¿Acaso esto es así? Para justificar un Concilio que ha pretendido renovar todo, era necesario afirmar que todo iba mal, lo que hacen de continuo, si no el episcopado, sí los teólogos".
Don Divo Barsotti.
"Nada me parece más grave contra la santidad de Dios que la presunción de los clérigos que, con un orgullo que sólo puede ser diabólico, creen poder manipular la verdad y pretenden renovar la Iglesia y salvar el mundo sin renovarse a sí mismos. En toda la historia de la Iglesia no hay nada que sea comparable con el último Concilio, pues el episcopado católico creyó poder renovar todo obedeciendo únicamente al proprio orgullo, sin compromiso de santidad, en una oposición tan abierta a la ley del evangelio que nos impone creer cómo la humanidad de Cristo ha sido instrumento de la omnipotencia del amor que salva, en su muerte".
Lo que impresiona de estas palabras de don Barsotti son dos elementos:
- Ante todo, dichas críticas provienen de una persona con una profunda visión teologal y con fama de santidad, muy obediente a la Iglesia.
- Y en segundo lugar, las críticas no se dirigen contra las desviaciones del postconcilio, sino contra el Concilio en sí.
Son las mismas dos impresiones que se obtienen de la lectura del nuevo libro de Radaelli, titulado: "Il domani - terribile o radioso? - del dogma".
*
Según Radaelli, la crisis actual de la Iglesia no está causada por una errada aplicación del Concilio, sino por un pecado de origen cometido por el mismo Concilio.
Dicho pecado de origen sería el abandono del lenguaje dogmático – proprio de todos los concilios precedentes, con la afirmación de la verdad y la condena de los errores – y su sustitución con un lenguaje "pastoral" vago y nuevo.
Hay que decir – y Radaelli lo hace notar – que también entre los estudiosos de orientación progresista se reconoce en el lenguaje pastoral una novedad decisiva y significativa del último Concilio. Es cuanto ha sostenido recientemente, por ejemplo, el jesuita John O'Malley en su afortunado ensayo "Che cosa è successo nel Vaticano II".
Pero, mientras para O'Malley y los progresistas el nuevo lenguaje adoptado por el Concilio es juzgado de manera totalmente positiva, para Radaelli, Roberto de Mattei y otros exponentes del pensamiento tradicionalista – como antes para Romano Amerio – el lenguaje pastoral está estigmatizado como la raíz de todos los males.
En efecto, según ellos, el Concilio habría pretendido – abusivamente – que la obediencia debida a la enseñanza dogmática de la Iglesia valiera también para el lenguaje pastoral, elevando así afirmaciones y argumentaciones sin una base dogmática real a indiscutible "superdogma", sobre las cuales en cambio sería legítimo y obligado avanzar críticas y reservas.
Por estos dos lenguajes contrapuestos, el dogmático y el pastoral, Radaelli ve originarse y separarse "casi dos Iglesias".
En la primera, la de los tradicionalistas más coherentes, él incluye también a los lefebvrianos, plenamente "católicos por doctrina y por rito" y "obedientes al dogma", si bien desobedientes al Papa, por lo que han sido excomulgados durante 25 años. Es la Iglesia que, precisamente por su fidelidad al dogma, "rechaza el Vaticano II como asamblea que rompe totalmente con la Tradición".
A la segunda Iglesia él le asigna todos el resto, es decir, la casi totalidad de los obispos, sacerdotes y fieles, incluido el Papa actual. Es la Iglesia que ha renunciado al lenguaje dogmático y "es hija en todo del Vaticano II, proclamándolo – y esto también desde el trono más alto, pero sin traer las pruebas – en total continuidad con la Iglesia preconciliar, si bien en el ámbito de un cierto tipo de reforma".
¿Cómo ve Radaelli la sanación de esta contraposición? A su juicio "no es el modelo de Iglesia obediente al dogma la que debe volver a someterse al Papa", sino que "es más bien el modelo obediente al Papa el que debe volver a someterse al dogma".
En otras palabras:
"No es Ecône [es decir, la comunidad de los lefebvrianos - ndr] la que debe someterse a Roma, sino que Roma debe someterse al Cielo: toda dificultad entre Ecône y Roma se resolverá sólo tras la vuelta de la Iglesia al lenguaje dogmático que le es propio".
Para alcanzar esta meta, Radaelli presupone dos cosas:
- que Roma garantice a los lefebvrianos el derecho de celebrar la misa y los sacramentos únicamente en el rito de San Pío V;
- y que la obediencia requerida al Vaticano II sea reconducida, en los límites de su lenguaje "falso-pastoral" y, por tanto, pasible de críticas y reservas
Pero antes de alcanzarla, – añade Radaelli – deberán cumplirse también otras dos peticiones:
- la primera, avanzada en diciembre de 2011 por el obispo de Astana en Kazajistán, Athanasius Schneider, es la publicación por parte del Papa de una especie de nuevo "Sillabo", que golpee con anatemas todos "los errores hodiernos";
 - la segunda, ya propuesta por el teólogo Brunero Gherardini al supremo magisterio de la Iglesia, es una "revisión de los documentos conciliares y magisteriales del último medio siglo", que debería hacerse "a la luz de la Tradición".
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Planteadas así las cosas, hay que pensar, por tanto, que la reconciliación entre los lefebvrianos y la Iglesia de Roma no es fácil ni está cercana, tal como demuestra el impasse de las negociaciones entre ambas partes, que dura ya desde hace muchos meses.
Pero también con los tradicionalistas que han permanecido en comunión con la Iglesia – desde Radaelli a de Mattei y Gherardini – el foso se agranda. Ya no esconden su desilusión por el pontificado de Benedicto XVI, sobre el cual inicialmente habían depositado algunas esperanzas. A su juicio, sólo una vuelta decidida del magisterio del Papa y de los obispos a los pronunciamientos dogmáticos podrá reconducir a la Iglesia por la recta vía, con la consiguiente corrección de todos los errores propagados por el lenguaje pastoral del Concilio.
Errores que Radaelli enumera del modo siguiente en una página de su libro, definiéndolos "verdaderas y propias herejías":
"Eclesiología; colegialidad; fuente única de la Revelación; ecumenismo; sincretismo; irenismo (sobre todo hacia el protestantismo, islamismo y judaísmo); modificación de la 'doctrina de la sustitución' de la Sinagoga por la Iglesia en 'doctrina de las dos salvaciones paralelas'; antropocentrismo; pérdida de los novísimos (y del limbo y el infierno), de la justa teodicea (de aquí, mucho ateísmo como 'huida de un Padre malo'), del sentido del pecado y de la gracia; desdogmatización litúrgica; iconoclasia; subversión de la libertad religiosa; además de la 'dislocación de la divina Monotríada' con lo que la libertad destrona a la verdad".
Radaelli concluye su libro con un llamamiento a "deponer las armas" dirigido tanto a los "hermanos innovadores" como a los "hermanos tradicionistas" (como él prefiere llamarlos, en lugar de "tradicionalistas").
Sin embargo, después de todo, él parece identificar la deseada pacificación con una victoria total de los lefebvrianos y de todos los que, como ellos, se consideran los últimos y únicos defensores del dogma.

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El libro:
Enrico Maria Radaelli, "Il domani - terribile o radioso? - del dogma", Edizione Aurea Domus, 2013, pp. 278, euro 35,00.
El libro se abre con una prefación del filósofo inglés Roger Scruton y con tres comentarios de: Mario Olivero, obispo de Albenga-Imperia; el teólogo Brunero Gherardini, y de Alessandro Gnocchi y Mario Palmaro.
No se vende en todas las librerías, por lo que deberá solicitarse directamente a la página web del autor:
>  Aurea Domus
O bien en estas dos librerías de Milán y Roma:
> Hoepli
> Coletti

domingo, 13 de enero de 2013

Brunero Gherardini: el antropocentrismo de la Gaudium et spes.


Mons. Brunero Gherardini y Roberto de Mattei.
Un amigo de nuestra bitácora nos envía esta traducción que hoy ofrecemos a nuestros lectores.

Las páginas que siguen (185-195) están traídas del Libro: Brunero Gherardini. El Vaticano II. Las raíces de un equívoco. Lindau 2012. El tema se propone de nuevo para profundizar en la discusión suscitada por el artículo La falsa acusación de herejía contra quien critica la nuevas y ambiguas doctrinas del pastoral Vaticano II de Paolo Pasqualucci. Esto es de utilidad para continuar profundizando en nuestro recorrido por los meandros de los documentos conciliares con el fin de distinguir las luces y las sombras y no dejarse desviar por una exaltación acrítica.


Puesto que el término es recurrente, no se puede continuar hablando de antropocentrismo sin que antes demos una breve explicación. La cual, en una síntesis apretada, podría ser formulada así: El antropocentrismo es la concepción que ve al hombre en el centro del universo, como valor de fondo y punto de confluencia de todo lo que existe. Se trata de una concepción muy afín a la de F.C.Schiller, que la hace depender de la máxima protagórica por la que el hombre es la medida de todas las cosas. Es la máxima a partir de la cual se ha desarrollado últimamente una teoría filosófica, conocida como Humanismo (Troiano, Ferrari, Maritain). Ésta toma al hombre no sólo como medida, sino también como valor de fondo de todo el universo, en el plano teórico, antes que en el apreciativo. Maritain añade la nota, completamente insostenible, de una discrasia entre humanismo y encarnación [4].
 No dispongo de elementos para decir, ni siquiera para sospechar, que los redactores de Gaudium et Spes y los Padres conciliares, al redactar, discutir y votar este documento, tuviesen todos la firme intención de sustentar el magisterio conciliar en dicha teoría. De hecho, sin embargo, la dependencia es innegable. Incluso antes de ser elevado a alturas de vértigo, el hombre es constituido como punto focal y objeto de todo el documento: “Es el hombre, por lo tanto, y precisamente el hombre integral (et quidem unus et totus), en la unidad de cuerpo y alma, de corazón y conciencia, de entendimiento y voluntad, quien será el quicio de toda la exposición que sigue” (GS 3/a). La afirmada centralidad del hombre, de su realidad natural, de su dignidad y de su emergencia por encima de toda otra realidad creatural; el hombre en su concreción histórica y en su contexto social y cultural; el hombre, pues, con todo el cúmulo de su problematicidad: he aquí el único objeto del más extenso documento conciliar [y] el único punto de apoyo –“cardo”, quicio- de todo su contenido.
Cuando una tal problemática viene mezclada con el concepto de misterio e inmersa en él –“el misterio del hombre”-, la deriva antropocéntrica se hace aún más evidente en perjuicio del “misterio de Cristo” que debería iluminarla y resolverla: Se dice, en efecto, que “el misterio del hombre encuentra la verdad sobre él solamente en el misterio del Verbo encarnado” (22/a) y que la razón profunda por la que el enigma del hombre llega a iluminarse y resolverse es el hecho mismo de la encarnación, con el que “el Hijo de Dios se une en cierto modo a todo hombre (cum omni homine quodammodo se univit)” (22/b). Ahora, si es verdad que solamente en el misterio del Verbo encarnado es posible descubrir la solución completa del enigma del hombre, la razón dada está, por su parte, absolutamente privada de fundamento, es insostenible, absurda.
El misterio del Verbo encarnado es, como indica la palabra, el de su misma encarnación y con ella también el de su individualidad como este sujeto que domina dos mundos distintos, el divino y el humano, en él hipostáticamente unidos, gracias a la función que el Yo personal del Verbo ejerce sobre la naturaleza humana de Cristo, identifica, integra y perfecciona (5). Al decir “dos mundo distintos, el divino y el humano”, la doctrina católica se refiere no a los individuos que a ellos pertenecen, sino a las dos naturalezas o sustancias, la divina y la humana, unidas –y al tiempo, distintas y sin confusión- en la hipóstasis divina del Verbo. Sin embargo, en el texto de GS citado poco más arriba, la doctrina de la unión y de la distinción está radicalmente subvertida: la unión hipostática, expandida hasta la entera humanidad a pesar de la atenuación del “quodammodo”; el límite entre lo divino y lo humano, suprimido; inexistente la distinción entre naturaleza y sobrenaturaleza.
Sí es verdad que los Padres conciliares advirtieron la enormidad de su declaración y con el método usual del decir y no decir, propusieron una reducción: añadieron efectivamente el adverbio “quodammodo”, es decir “en cierto modo o medida” para atenuar el rechinar de una contradicción irreductible: el Verbo se habría unido no con la naturaleza humana, sino “en cierto modo o medida”, con todos los titulares singulares de la misma. Aparte el hecho de que, en el lenguaje teológico, incluso en el de santo Tomás, el adverbio “quodammodo” y el uso mismo de “quidam-quaedam-qoddam” suelen ser una implícita confesión de inseguridad, de indecisión, de no perentoriedad, y acaban entonces por confirmar aquello que deberían y querrían modificar; de ningún modo niego el intento –de por sí evidente- de suavizar la insostenible declaración; pero la declaración permanece exactamente como lo que es, y como es. Mantiene, si atenuado –aunque no se sabe en qué sentido y medida- el significado de sus palabras, que es este: no están todos presentes en el Verbo encarnado, sino que el Verbo está presente en todos, estando encarnado en todos, aunque sea de un modo indefinible. Así que Éfeso y Calcedonia, eliminados. Y eliminada la asunción de la sustancia humana individual y perfecta por parte del Verbo. Y eliminada también la unión y la distinción de las dos naturalezas. Con Cristo, todo lo divino está ya en todo lo humano, pero en todo sujeto humano. La deriva antropocéntrica de lo divino no habría podido tener una proclamación más significativa que esta: “Ipse enim, Filius Dei, incarnatione sua cum omni homine quodammodo se univit”.
Podría continuar ahora citando, uno después de otro, los cantos de elogio al hombre contenidos en la GS, expresión de una radical infatuación antropológica, que no raramente parece convertirse en una verdadera adoración: no añadiré mucho, o no mucho más significativo de cuanto ya he expuesto. No puedo, sin embargo, renunciar a poner en evidencia otro absurdo metafísico de este documento, el cual, en 24/c, no duda en aseverar que el hombre “in terris sola creatura est quam Deus propter seipsam voluit” (6). El hombre, por tanto, la única criatura creada por Dios por sí misma. El absurdo metafísico consiste en el hecho de que, si Dios crea por alguien o por alguna cosa fuera de sí, o está sujeto, o se somete él mismo. En uno y otro caso, quedando condicionado a y por algo, a y por alguno fuera de él, no es ni puede llamarse Dios: no es el Absoluto, no el Ser supremo, no el Necesario distinto de todo lo contingente. Es sabido que, en este caso, no estamos tanto con un absurdo metafísico, sino con una contradicción interna: el citado 24/c es, de hecho, contradicho por 41/a que reza “mysterium Dei, qui est ultimus finis hominis”, el fin último, por encima del cual no hay ningún otro, habiendo creado Dios todo por sí mismo, también al hombre. Diría, más bien, sobre todo al hombre que, en cuanto dotado de entendimiento, al reconducir a Dios el conocimiento racional de la concatenación de causas y efectos, expresa su dependencia radical de El y rinde gloria a su Amor difusivo. Por lo demás, no siendo todos profesores de metafísica y tal vez incluso no gozando todos de una mentalidad metafísica, los Padres habrían debido conocer bien, todos, la Sagrada Escritura y abstenerse de escribir una afirmación de tal y tanta gravedad, como aquella de “la única criatura creada por sí misma”: “Propter semetipsum –se lee en Prv 16,4- operatus est Dominus” (cfr. Dt 26, 19): sólo por sí y por la expansión de su gloria externa.
 Si GS hubiese pretendido subrayar que todo lo creado lo quiso el Creador por el hombre y que lo puso a él como fin, de modo que el hombre, vértice de lo creado, no quedase subordinado a otra criatura, no habría motivo para llamarse a escándalo. Pero, no siendo este el sentido dado por el Concilio a sus palabras, el escándalo quedó ahí y ¡qué escándalo! ¡En un Concilio ecuménico!
El documento es un continuo seguirse de proclamaciones chocantes, en tal número que se vuelve difícil la selección de ejemplos: podría para eso decirse tolle et lege. Sin embargo, me parece no sólo oportuno, sino necesario, resaltar alguna otra cosa. He hablado de confusión entre lo natural y lo sobrenatural. No es cosa menuda. Es el ostracismo, aunque no ostentosamente manifiesto, de la perspectiva teocéntrica y la puerta de entrada para la perspectiva antropocéntrica. Un cambio de papeles: del cristiano porque lo es de la Iglesia, y también de cada uno porque lo es de toda la humanidad. No por casualidad ya el Proemio de GS alude a tal idea, como si se tratase de uno de los temas de fondo sobre el cual el documento vendrá después articulado. Podemos leer que “no hay nada que sea genuinamente humano que no encuentre un eco en el corazón” de los cristianos, cuya comunidad “se siente por esto –quapropter- verdadera e íntimamente solidaria con el género humano y con su historia”. Si esto se refiriese a una participación cristiana en algún motivo turbación del corazón del hombre o en cualquier noble esperanza suya, nada habría que objetar; pero el solidarizarse de la Iglesia, o más bien su comunicación con todo el género humano sobre la base de la condición natural idéntica en los cristiano y los no cristianos, olvida las razones sobrenaturales que la impulsan, sí, encuentro con todo hombre, pero sólo para resolver el problema de fondo: el pecado original, la correlativa cuestión de la salvación eterna, los interrogantes sobre una existencia alineada con las premisas del evangelio y con sus exigencias de coherencia evangélica (7).
 El hecho es que la ampliación de el interés conciliar por únicamente los cristianos al hombre en cuanto tal, confirma la mencionada apertura de la perspectiva antropocéntrica. Y que tal apertura responda a una pretensión primordial de GS, queda demostrado por su directa confesión: tanto más significativa, ésta, cuanto formulada desde los compases iniciales, con un propósito evidentemente programático. Tras haber declarado la voluntad de abrir un diálogo con la humanidad para “poner a su disposición las energías de salvación (8) que la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, recibe de su Fundador”, GS 3/a –casi para borrar la sospecha de un regreso al sobrenaturalismo medieval que tales palabras pudiesen sugerir- prorrumpe en un himno a favor del hombre, en cuyo valor reconoce la función de fundamento de las propias preocupaciones e de la propia doctrina. El texto ha sido citado precedentemente, pero la repetición en este momento es un instrumento retórico para demostrar la verdadera intención del Concilio: “El quicio de toda nuestra exposición será por tanto el hombre, en su unidad y totalidad, con su cuerpo y su alma, su corazón y su conciencia, su mente y su voluntad”. Quicio. Queriendo poner en evidencia la base y el fundamento del antropocentrismo de GS, no se podía escoger palabra más clara y eficaz.
 Y, obviamente, junto con el hombre el mundo. Ya se recordó qué quería Juan XXIII, qué Pablo VI y, ya con el Concilio en fase de recepción, qué había querido Juan Pablo II y qué quiere el reinante Pontífice: la reconciliación de la Iglesia con el mundo. Y también se puso en evidencia el equívoco ligado a la reiteración de esta frase: la Iglesia no se había hecho enemiga del mundo, sino el mundo de la Iglesia. De ahí otro equívoco: que la Iglesia desee reconciliar al mundo consigo, forma parte de su misión, pero ésta no puede exigirle adaptarse y todavía menos homologarse con los principios del mundo. Equívoco aparte, una pregunta aparece como ineludible en este momento: ¿Cuál es el significado del término mundo en el uso de GS, enseguida imitado por el nuevo lenguaje teológico?
La ambigüedad del término, ampliamente recogida en la Sagrada Escritura, es conocida. Del mundo la Escritura reconoce su creación por Dios (At 17, 24; Gv 1, 3. 10 Col 1, 16; Eb 1,2), y el testimonio que el mundo rinde a la divina providencia (At 14, 16) pero conoce también el estado de subordinación a Satanás (1 Gv 5, 19) que hace el teatro a través del pecado desde su origen (Gv 1, 29) y, por tanto, la piedra de tropiezo en el camino del Reino (Mt 18,7). Sin embargo, este mismo mundo totalmente a merced del maligno (1 Gv 5, 19) es aquel que el Padre envuelve en su amor y del que hace donación a su Unigénito (Gv 3, 16-17). GS ni ignora, ni rechaza ni analiza tal ambigüedad; la acoge tal cual es. Se pone incluso en actitud de admirada veneración ante este mundo en el cual más allá de la ambigüedad considera “la entera familia humana con todas las realidades en medio de las que vive, (…) el teatro de la historia del género humano, (…) las señales de sus esfuerzos, de sus derrotas y de sus victorias”, objeto “del amor del Creador” (9), sometido “a la esclavitud del pecado, pero liberado por Cristo crucificado y resucitado con la anulación de la potestad del maligno y destinado, conforme al proyecto de Dios, a transformarse y alcanzar el cumplimiento” (10) (Gs 2/b). Si esto no bastase, a lo largo de la entera constitución pastoral el tema del mundo queda otra vez confirmado y una vez más respetado en su ambigüedad de base. GS, de hecho, espera que “el mundo reconozca la Iglesia como realidad social de la historia y su fermento”, pero se dice también consciente de cuanto la Iglesia “ha recibido de la historia y del desarrollo del género humano” (11) (44/a): “Los conceptos y las lenguas de los diversos pueblos”, “la sabiduría de los filósofos”, “el intercambio vital entre la Iglesia y las diversas culturas” (44/b). Esta es una nada despreciable ayuda que “los creyentes y no creyentes” ofrecen  a la Iglesia “en la medida en que ella misma depende de factores externos”: una ayuda y un “beneficio que puede llegarle incluso del enfrentamiento de cuantos se le oponen y la persiguen” (44/c). A estas alturas, para la constitución pastoral, ya no hay fronteras contrapuestas y si alguno las contrapone, serán todas siempre, también incluso en una eventual persecución, un “beneficio” que el mundo presta a la Iglesia. Los bordes se han aproximado en tal modo y a tal punto, que han llegado ya a soldarse. Lo que la Iglesia hace y dice, lo hace y lo dice al mundo; y cuanto el mundo va avanzando en su curso lo hace para beneficio de la Iglesia.
 Gracias a la “transformación social y cultural” que tiene sus repercusiones sobre todos los aspectos de la convivencia humana, incluida la religiosa (4/b), GS elogia la cancelación de las fricciones de otros tiempos. La transformación, en realidad, no sólo repercute en la condición histórica de la convivencia humana, ya para despejar la eventualidad y la idea misma de una revolución anticristiana –que, no obstante, sigue su propio camino y no se retrae hoy del odio contra los cristianos, infligiéndoles una muerte violente en el odio contra la Fe- sino que discurre segura por la vía del antropocentrismo, del que el mundo, tal como viene presentado, se convierte en el entorno ideal. El entorno, digo, donde los “sentimientos amorosos” se viven, o el teatro en el que los “sentimientos amorosos” se recitan. Un entorno nunca más limitado por vallas, sino dilatado por su caída, según el ingenuo optimismo que caracterizó el discurso conclusivo de Pablo VI durante la Misa del 7 de diciembre de 1965 (12); el entorno del ya triunfante antropocentrismo que se atreve a equiparar los derechos del hombre con los de Dios, o que identifica estos con aquellos y reconoce como divinos pensamientos y proyectos puramente humanos. A este respecto fue emblemático el más arriba recordado discurso de Pablo VI, donde equiparó el Vaticano II al encuentro entre “la religión de Dios que hizo hombre” y “la religión (porque es tal) del hombre que se hace Dios (13).
Fuente:
http://chiesaepostconcilio.blogspot.com.es/search?updated-max=2013-01-01T15:57:00%2B01:00&max-results=7

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4. Si ricorda di F. C. S. Schiller, Humanism, philosophical essays e Studies inHumanism, l'uno del 1903 e l'altro del 1907. Di j. Maritain, è invece da ricordar il famosoHumanisme intégral, Paris 1936 (trad. it. Roma 1947), fortemente criticato da A. Messineo su «La Civiltà Cattolica» del 29 marzo 1954, pp. 663-669, a sua volta oggetto di replica da parte di G. Aceti in Vita e Pensiero 1914-1964, Vita e Pensiero, Milano 1966, pp. 512-520.
5. Val la pena, a tale riguardo, di ricordare che cosa il Magistero ecclesiastico sancì a) al Concilio di Efeso, con la dottrina dell'unione ipostatica «vera reale fisica»; b) e al Concilio di Calcedonia, con la dottrina dell'integrità e perfezione della natura assunta. Tutto ciò per dichiarare che in Cristo c'è una sola persona, perché c'è una sola sussistenza, quella del Verbo, la quale unisce in sé in modo reale e profondo la natura divina e la natura umana, mantenendole però integre reali e distinte. L'unione è dottrina di Efeso; la distinzione, di Calcedonia.
6. Cito in latino, perché questa lingua mantiene rigorosamente le concordanze che consentono, assai più delle lingue volgari, di stabilire l'esatto pensiero dei Padri conciliari. Dicendo che l'uomo è, sulla terra, «sola creatura quam Deus propter seipsam creavit», cade ogni dubbio sulla finalità della sua creazione: il femminile «se ipsa» è in perfetta concordanza col femminile «sola creatura» e col pronome pure femminile «quam»; Dio è in tal modo perentoriamente escluso dalla sua finalità creatrice. Ed accontento così, con un richiamo alla legge delle concordanze, chi mi consiglia di legger attentamente l'originale.
7. E nulla dico sulla mancanza d'un collegamento logico tra la premessa d'una «più profonda penetrazione nel mistero della Chiesa» e la conseguenza del suo discorso non più rivolto «ai soli [suoi] figli, né solamente a coloro che invocano il nome di Cristo, ma a tutti indistintamente gli uomini» (GS 2/a). Parrebbe che la realtà dei non cristiani, ai quali oggi la Chiesa si rivolge, fosse la novità derivante da un più approfondito esame del suo mistero. Che cosa fu, allora, prima di codest'esame,
l'evangelizzazione in genere, che cosa in special modo furon le missioni?
8. Per l'ennesima volta metto l'accento sul vezzo invalso soprattutto dal Concilio in poi di parlare d'una generica e mai precisata salvezza, con assoluta reticenza di ciò che caratterizza la salvezza cristiana ed il suo oggetto: l'accesso dal peccato alla grazia e, quindi, alla vita eterna.
9. Il testo originale porta: «Quem christifideles credunt ex amore Conditoris conditum et conservatum»: come si vede, non un'affermazione della creazione dal nulla da parte dell'amore divino che s'espande negli oggetti da esso stesso creati, ma l'aggancio di tali oggetti alla credulità dei cristiani, secondo i quali - soggettivamente, quindi - ciò che è troverebbe spiegazione nella potenza creatrice dell'amore di Dio.
10. Altra frase ermetica: il progetto di Dio prevede, dunque, il «trasformarsi» del mondo fin al «compimento» (!!!). Il testo sembra ignorare che ci si trasforma in meglio ed in peggio e che il pervenir a compimento («ad consummationem» significa più propriamente «fin al termine», «alla conclusione») non ha senso se non si specifica. Così com'è, può dir tutto ed il cpntrario di tutto.
11. Ennesima sfasatura formale e logica: i termini di paragone son Chiesa e mondo, non Chiesa e genere umano.
12. Si veda il testo in Acta Synodalia sacrosancti Concilii Œcumenici II 1970-1980, Typis Vaticanis, Città del Vaticano 1970, vol. IV/7, pp. 654-662.

sábado, 14 de julio de 2012

El giro antropocéntrico



Un aspecto particular del Iluminismo alemán fue de naturaleza genuinamente religiosa. Y constituye una premisa del actual entusiasmo-originado por el vuelco feuerbachiano-  para convertir la teología en una antropología. No pocos podrían ser los nombres para recordar, a modo de ejemplo: M. Mendelsohn (1729-1786),G.E. Lessing ( 1728-1781) y H.S. Reimarus (1694-1768) que en una de sus obras principales, niega la posibilidad de los milagros y de una revelación sobrenatural, declarándose a favor de la sola religión natural, dentro de los límites kantianos de la sola razón.
Lejos de mí no solamente la aseveración, sino también la sospecha que posiciones tan radicales hayan sido formalmente sostenidas por los Padres conciliares, pero no puede negarse una cierta analogía de orientación entre aquellos iluministas y sus actuales epígonos, que, sin ser una verdadera escuela, han formado una corriente caracterizada por la sistemática destitución de todo elemento sobrenatural en el cristianismo, una naturalización del mismo, que es también su banalización.
Estamos frente a un nuevo imperativo categórico: no a todo prejuicio, ninguna dependencia de intervenciones del más allá, inflexibilidad del valor antropológico, es decir de la razón, y lo que a ella se adecua. Se trata de una especia de indebida exaltación de lo criado y sobretodo de lo humano; al respecto, el Vaticano II ha hecho la suya.
Una breve verificación, independientemente de la variedad de los documentos conciliares, no dará resultados unívocos. La autoridad de los documentos tiene una evidente diversidad de importancia; pero ninguno podrá negar que cada uno de ellos aporta su contribución a la erección de un nuevo ídolo: el hombre”.
(Brunero Gherardini, Il Vaticano II- Alle radice d´un equivoco, Lindau, Turín, 2012, pp.183-184)
Tomado de:

miércoles, 18 de enero de 2012

Brunero Gheradini: VATICANO II. UNA EXPLICACIÓN PENDIENTE

No es la primera vez que desde esta bitácora nos referimos a la obra de Gherardini. Ofrecemos hoy la reseña de uno de nuestros redactores, que acaba de terminar la lectura del ensayo del profesor toscano. Un libro para comprar, leer, obsequiar y difundir. Un acierto de Gaudete, una editorial no comercial que se juega por la verdad en tiempos de crisis económica.

Brunero Gherardini. VATICANO II: UNA EXPLICACIÓN PENDIENTE. Editorial Gaudete, colección Peripecia, 2011. 240 páginas.

"Nos encontramos ante un texto de extraordinario valor, por un motivo doble. En primer lugar por quien lo escribe. No es un autor marginal que se acerque al análisis del último concilio desde posiciones predefinidas, sino un testigo de excepción que ha participado en la entraña del desarrollo teológico de los temas centrales del Vaticano II: alguien que ha sido durante más de treinta y cinco años profesor de Eclesiología en la Pontificia Universidad Lateranense, llegando a ser decano de la misma, presidente de las academias pontificias de Teología y de Santo Tomás, consultor de la Congregación para las causas de los santos y canónigo de la basílica de San Pedro.
El nivel en el que esta obra nos va a introducir es alto; el tema de la herencia de una crisis cuya proximidad puede impedir calibrar sus efectos y dimensiones, y es ahí donde radica la importancia de la obra: rompe tópicos para dar voz a un debate silencioso, pero continuamente presente en la vida eclesial de los últimos cuarenta años: “Hasta hoy sólo se ha alimentado una grandiosa e ininterrumpida celebración: desde la que tiene lugar en los puestos de “avanzada” y en las retaguardias del ministerio apostólico, a la togada, altisonante y revestida de oficialidad de las cátedras universitarias o –con cierta regularidad- la de las conmemoraciones, los congresos, las mesas redondas y las publicaciones prestigiosas”.
La propuesta de Gherardini se estructura en dos grandes ejes que siguen la metodología clásica, conformando la obra dos grandes partes: una analítica fundamental de los conceptos básicos que entran en juego en las discusiones acerca de la naturaleza y alcances del Vaticano II, para pasar a una analítica especial donde desgrana los temas más controvertidos que surgieron de la asamblea conciliar y que llegan hasta hoy. En esa primera parte, es de destacar la lucidez del estudio acerca de la precisión del valor, alcance y legitimidad del mismo Concilio, superando la omnímoda y acostumbrada exaltación del mismo, trascendiendo cualquier hermenéutica teológica que evite plantear las cuestiones más problemáticas, resolviendo su lectura por vía de negación: “Del Vaticano II podrá decirse de todo excepto que haya sido la pura y simple repetición del precedente magisterio” (p. 78). El intento de aclaración teológica de este problema acompaña al lector consciente de que con el análisis de monseñor Gherardini se abre este debate al público católico: “Ante mis ojos se despliega una tarea desmesurada; me tiembla el pulso de solo pensarlo, sabiendo bien, por los límites de mi persona, que yo ni seré capaz ni deberé decirlo todo. En tanto, mientras espero a quien quiera poner la mano al arado, yo no abandono” (p.79).
 De manera sistemática, ya bajando al suelo de los grandes temas del Concilio, el relativismo, el experimentalismo y el ecumenismo son adecuadamente abordados por nuestro autor, conectando la primera fase posconciliar y su aplicación, con la interpretación que ya se daba sobre tales cuestiones en el aula conciliar. No deja de situarnos en el contexto histórico en que tuvo lugar la magna asamblea, remarcando con acierto las distintas condiciones en las que se desarrolló el Concilio con respecto a otros precedentes, como la disposición de los padres seculares con respecto al pensamiento secular del momento. Desde esa perspectiva monseñor Gherardini abordará  el valor de la Tradición, la reforma litúrgica, el ecumenismo y la libertad religiosa. Una obra de obligada lectura para los católicos conscientes."

lunes, 21 de noviembre de 2011

Índices comparados


Ofrecemos a nuestros lectores un cuadro con los criterios de calificación y censura de libros de la Guía bibliográfica de la web www.almudi.org en contraste con el index infocatólico (suponemos que algo existe, aunque no sea más que un conjunto de criterios). 



Calificación


Guía bibliográfica del O.D.



Index infocatólico

P-A1
Público general.
Apto para católicos primaverales, juanpablistas, con afiliación o simpatías por los movimientos neoconservadores.

P-A2

Lectores con cultura general o formación cristiana básica.

Apto para católicos de a pie que no tienen relación con los movimientos neoconservadores.


P-B1

Requiere conocimientos generales de la materia.

Peligro de cripto-filolefebvrismo.

P-B2

Lectores con formación cristiana y cultura específica sobre el tema.

Peligro de filo-lefebvrismo.

P-C1

Presenta algunos errores doctrinales de cierta entidad.

Al criticar a los movimientos neoconservadores se opone al Espíritu Santo.


P-C2


Aunque la obra no se presenta como explícitamente contraria a la fe, el planteamiento general o sus tesis centrales son ambiguos o se oponen a las enseñanzas de la Iglesia.


Aunque la obra no tiene nada contrario a la fe, ni a la doctrina católica, el planteamiento general, o sus tesis centrales, se oponen a la línea editorial trazada por el p. Iraburu.

P-C3


La obra es incompatible con la doctrina católica.


La obra es incompatible con las opiniones del director de Infocatólica.






viernes, 18 de noviembre de 2011

Libro perdido 2.0



Luego de la práctica extinción de Index librorum prohibitorum et expurgatorum en 1966, Josemaría Escrivá estableció un índice para uso interno del Opus Dei denominado Guía bibliográfica. La institución sigue actualizando esta guía cuyo contenido puede consultarse aquí. Y en el index del Opus, el libro de Brunero Gherardini sobre el Vaticano II tiene calificación P-B1, lo que significa que a juicio del censor es una obra que requiere conocimientos generales en la materia pero que no presenta errores doctrinales de entidad. Sugerimos a nuestros lectores que vean las siete calificaciones del index para que tengan una idea de los criterios que utilizan. El Index de la vecina Infocatólica, si es que existe, funciona de manera un tanto diferente... En efecto, Eleuterio Fernández publicó una reseña al libro de Mons. Gherardini que tuvo pocas horas de vida en la página vecina. 
Un lector de nuestra bitácora, sorprendido por la veloz supresión, se tomó el trabajo de buscar en el cache de google la reseña suprimida y nos la ha enviado junto con un correo que reproducimos al pie de esta introducción. Puede descargarse la reseña en formato pdf aquí o en el blog de Miles Dei.
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O Eleuterio Fernández Guzmán se ha tornado filolefe y el p. Iraburu no se ha enterado como tampoco se entera de lo que se publica en Infocatolica, o Infocatolica está realizando "control de daños" tras la serie de articuletes contra los filo-lefebvrianos. Lo cierto y verdad es que si los lefebvrianos recibieran "missio" canónica, la posición del redactor de esos articuletes y del portal católico que patrocina quedaría ridiculizada por el mismísimo Papa.
El caso es que Eleuterio Fernández Guzmán ha hecho una recensión elogiosa del libro de mons. Brunero Gherardini, "Vaticano II: una explicación pendiente".
Y empieza con las siguientes seis reflexiones personales que, viniendo de Infocatolica, son de aúpa:
"le quedan a uno varias sensaciones que son, por ejemplo, saber que..."
1) "hace falta una explicación sobre el CVII"
2) "si bien no se le pueden achacar al tal Concilio los males que está sufriendo la Iglesia católica desde que se celebró, sí es más que cierto que mucho de lo que está pasando se podía haber evitado y no sólo no fue así sino que se fomentó el descalabro"
3) "Hay muchos peros sobre los que analizar lo sucedido a partir de los textos del CVII. Curiosamente los mismos, no por casualidad, son sobre los que han terminando cayendo las desviaciones de la doctrina que defiende la Iglesia católica desde la Tradición. Y los hay de todo color, condición y equívoco."
4) "pruebas más que suficientes de ciertas distorsiones que se han producido a raíz mismo CVII no sin tener relación con el mismo aunque, casi siempre, yendo mucho más allá."
5) "todo lo hecho desde la celebración del CVII y durante el mismo no está bien"
6) "no todo lo que se pueda decir acerca de este tema está mal ni puede preterirse como contrario a no sé que extraña sensación de todopoderosismo que emana del CVII no habiendo sido uno que lo fuera dogmático sino, en todo caso, pastoral
Y, para poner la guinda al pastel, Eleuterio termina la recensión del libro recomendándolo calurosísimamente:
"Y ya para terminar recomiendo este libro a:
- Los católicos que no tengan una idea muy terminada del efecto del Concilio Vaticano II.
- Los católicos que crean que tienen una idea muy terminada del Concilio Vaticano II.
- Los católicos que tengan una idea escasa de los efectos del Concilio Vaticano II.
- Los católicos que quieran saber, de verdad, lo que ha sido el postconcilio aunque pueda doler lo sucedido.
- Todo aquel, católico o no católico, que quiera tener una sustanciosa idea de lo sucedido a partir del Concilio Vaticano II.
- Por cierto, en la contraportada se dice que este es “Un libro necesario que abrirá los ojos de los cristianos de hoy ante los problemas de la Iglesia católica y les invitará a una reflexión realista y esperanzada”. Y es, exactamente, eso y produce, exactamente, eso."
Es una lástima que estén cerrados los comentarios a esta, por ahora, última recensión. De todas formas, habiendo sido testigo hace unos meses de cómo se editaban comentarios borrando referencias a la edición italiana de este mismo libro, entiendo los motivos: correr un tupido velo sobre la anterior actitud del p. Iraburu e Infocatolica respecto a un libro doctrinalmente intachable.
Libro que, en la p. 10 del prólogo, se refiere al p. Johannes Dörman, antiguo director del "Institut für Missionwissenchaft" de la Westfälische Wilhelms-Universität" en Münster, como "un teólogo y filólogo de reconocido valor" por sus libros "que tienen que ver más con Juan Pablo II que con el último Concilio ecuménico" cuyo magisterio, sin embargo, pretendió desarrollar. Evidentemente, mons. Gherardini se refiere a la tetralogía "Pope John Paul II's Theological Journey to the Payer Meeting of Religions in Assisi":
Part I: "From the Second Vatican Council to the Papal Elections"
Part II: "The Trinitarian Trilogy"
Vol I: "Redemptor Hominis"
Vol II: "Dives in Misericorida"
Vol III: "Donum et vivificantem"
Con su actitud, los que denuncian el filolefebvrismo pero silencian la ruptura de la Tradición, defienden la extensión y aplicación del sistema de creencias descrito por el p. Dörmann. Y eso es así tanto si quieren reconocerlo como si no.
Esos mismos, ahora, por fin, aunque sólo sea implícitamente, parecen reconocer su error. Esperemos que así sea. Recemos por ello.