El día que
sigue a una noche interminable no es un día común. Uno se puede bañar y verse
sucio, comer y sentirse débil, rezar y mostrarse indigno. La mente late, no
logra calmarse. Los sentidos se desencuentran, el sol lastima, la nube
intimida, la arena del implacable reloj se incrusta en los párpados. Las ideas
y las imágenes, tremendas, ridículas o consoladoras, van y vienen pero de
manera infantil, a su antojo, negándose a toda disciplina. La oración se mezcla
con pensamientos turbios. Todo se desacomoda, se tuerce o se ve torcido.
Cada uno es lo
que es, lo que sabe, lo que espera, lo que busca. Pero en momentos
extraordinarios como éste, que va desde la abdicación de Benedicto XVI hasta la
elección de Francisco I, de alguna manera nos vemos empujados a ser lo primero
que nos sale. Pretendemos el ánimo, el equilibrio o el anticipo exacto, pero
algo nos saca de la medida ordinaria de razón y tiempo y nos convierte en,
simplemente, agoreros o cantamañanas.
Rebotamos entre
uno y otro, pero no podemos ser ambas cosas a la vez. Lo que debemos es tratar
de no ser ninguno de ambos. Para lo cual hay que dejar que pase el tiempo y
llegue la calma. Tiene que agotarse la fuerza del impacto, concluir la
trasnochada.
Volver al orden
nos exige enderezar lo que haga falta, el ojo o el cuadro. Y a veces este tipo
de maniobra está lejos de nuestro alcance, aunque cae bajo nuestra
responsabilidad. Algo parece estar mal pero no queda claro si es el cuadro, la
imagen del cuadro, la propia vista. Hay que descansar, recuperarse, volver a
enfocar la mirada. Hay que esperar. Evitando en principio las ocurrencias
fáciles y los inútiles agravios.
Lo primero que
se advierte es que las cosas parecen estar sucediendo de manera rápida y
simultánea. Apenas ocurren, se disparan hacia atrás o hacia adelante. Y el proceso
es inatajable para el alma. ¿Cuántos eones hace que abdicó Benedicto? Y ahora,
en segundos, el papa Francisco dice, por un lado, que hay que rezar por la
fraternidad universal y, por otro, citando a Bloy, que si no se confiesa a
Jesucristo, se confiesa la mundanidad del demonio. Ayer era nada más que el
obispo de Roma pidiendo la bendición de la Urbe, y recién, delante de todos los
cardenales, deploró la noción de la Iglesia como una piadosa ONG.
Muchos eligen
la dirección de su temperamento animoso y una expectativa feliz, lo que de
ningún modo los hace reprensibles, ya que pueden estar en lo cierto, siempre y
cuando Cristo prevalezca. Pero otros no podemos evitar, en el más llevadero de
los casos, un íntimo e inmanejable desdoblamiento: queremos lo mejor, indagamos
lo peor; vemos lo peor, corremos a lo mejor. Esto sí es, aparentemente,
reprensible. Así que me reprendo. Por no quedarme quieto, por no esperar, por
no hacer lo que me corresponde.
Si viene uno y
me muestra, por alguna razón urgente, un dibujo del Hombre Gris de Solari
Parravicini, a mí me van a entrar ganas de regalarle el Ángel Gris de Dolina, a
ver si de algún modo derroto a su hombrecito salvador de la Argentina con un
ángel sensible que no puede salir de Flores. Pero así es toda trasnoche, reino
de locos o de curdas. Encima no podés evitar que el tipo te meta en el bolsillo
un poco de pólvora, y te deje pensando en el color que comparten el demorado
héroe y el ángel arrabalero.
Pues sí: de
todos los imprevistos, fue el más inesperado. Y surrealista, incluida la
aparición del cardenal Tauran en el balcón, su molesta dicción y su curioso
bamboleo, que ayer me hizo presentir que algo andaba mal, pero hoy, una nada
después, ya me parece un guiño cómplice de Dios, aunque no sé en qué sentido.
Que la
Argentina salte de contenta me tiene sin cuidado (que algunos tengan fiebre es
premio consuelo). Si los argentinos mañana carajean por buenas razones, no me
extrañará; si aplauden por malas razones, tampoco; si a poco andar todo les
importa un pito otra vez, menos.
Austeridad no
es humildad, estoicismo no es cristianismo. Aquélla se queda corta, éste se
pasa de listo. Pero le viene bien al rostro de la Iglesia sacarse el
maquillaje: limpiar la curia, limpiar las cuentas, limpiar las apariencias.
Ojalá. Importa más, sin embargo, la depuración de otras lacras y el
restablecimiento de la virtud y el Evangelio, para conversión o escándalo del
mundo, de lo cual el nuevo papa dejó anotada cierta inclinación. Pero el rumbo
elegido por un papado se constata mediante decisiones, nombramientos,
encíclicas, catequesis, mensajes, afirmaciones y negaciones. Se verá con el
tiempo. Que sus mejores tópicos le oficien de cerrojo.
Yo no tengo fe en este papa. No tengo fe en ningún
papa. Los objetos de fe están indicados
en el credo. Un papa bueno fortalece la fe; uno malo, todavía más. Me sumo a la
oración común por él, para que Dios lo proteja y lo sostenga y llegue a ser un
papa verdaderamente humilde, dedicado a cosas concretas y proporcionadas a su
capacidad, no a propósitos desmesurados.
Soy argentino y conozco a Bergoglio, de modo que
afirmar que no conozco a Francisco me suena a absurdo antropológico. No se
acaba de bautizar. Pero es cierto que pasó de ser cardenal a ser pontífice,
vicario de Cristo, sucesor de Pedro. Que dejó atrás su vida, su geografía, su
círculo. Que cuenta con la gracia de su estado. Que no es indemne a una mudanza
de esta naturaleza, en el orden temporal y en el sobrenatural. Que Dios le ha
reservado un plan. Que hay que rezar por él, pedirle a Dios que lo ayude y lo
sostenga, para que nos apaciente y nos confirme en la fe.
En la misma fe
que nos enseña que todas las profecías van a cumplirse, de un modo que
conoceremos poco a poco, de ciclo en ciclo y, al final, de día en día. Es mi alma
trasnochada la que me dice que este momento extraordinario es un fuerte envión
hacia adelante, en lo que tenga de bueno y en lo que tenga de malo.
Ahora hay
ceniza en mi boca y arena en mis ojos, así que mejor me preparo para recibir a
Cristo. Al fin de cuentas seguimos en Cuaresma, el tiempo más oportuno para
enderezar el cuadro, o la vista, o la casa, o la vida entera.
Tomado de:
