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lunes, 26 de marzo de 2012

La excomunión de Savonarola

Reiteramos las palabras del p. Sauras, OP tomadas de  nuestra entrada referida a los puritanos eclesiales: "Puede darse el caso incluso de que los excomulgados estén más unidos a Cristo que los pecadores; puede ser que se le unan en caridad. Sucedería esto cuando la excomunión se impusiera por un delito grave, probado en el foro externo, pero inexistente en el foro interno. La Iglesia está sujeta a fallo en estos asuntos externos, y se da la posibilidad de que excomulgue a un inocente."
La excomunión de Jerónimo Savonarola ha sido motivo de polémica prácticamente desde el momento en el que le fue impuesta por el Papa Alejandro VI, a finales del 1500. Varios autores que han escrito sobre el célebre dominico italiano creen que no llegó a incurrir subjetivamente en tal excomunión.


¿VERDADERA EXCOMUNIÓN?
El Padre Tito S. Centi, en el libro "La scomunica di Girolamo Savonarola", sostiene que esta sanción eclesiástica carecía absolutamente de fundamento teológico-jurídico y que era más un procedimiento para inducir al dominico y a la República florentina a no obstaculizar los planes politices del Papa Borgia a finales del siglo XV.
Savonarola, dice Centi, revela una gran conciencia de asceta y de apóstol, que mantiene vivo el sentido de lo divino y de lo eterno, que se rebela contra el nuevo paganismo, que permanece fiel al ideal evangélico y paulino de cristianismo integral.
Nació en Ferrara el 21 de septiembre de 1452 y murió quemado en la hoguera en Florencia el 23 de mayo de 1498. Creció en una familia que supo educarlo cristianamente. A los 17 años abandonó las doctrinas humanísticas para prepararse en la medicina, y mientras, se aplicó asiduamente a la lógica y a la filosofía; estudió Platón y Aristóteles, pero sobre todo, se dedicó a Santo Tomás de Aquino. Entre sus obras destacan "El Triunfo de la Cruz"; "Tratato divoto e utile della umiltà", y algunos escritos de lógica y filosofía.
DESOBEDIENCIA Y EXCOMUNIÓN
Después de que la Señoría hubiera insistido para que el Papa anulara la prohibición de predicar, el 11 de febrero de 1496 ordenó a Savonarola que retomase la actividad, y éste inició las prédicas acentuando sus criticas a las jerarquías eclesiásticas. El Papa envió entonces una nueva prohibición e hizo abrir un proceso penal en Roma contra él. Pero al final lo suspendió con la condición de que el dominico utilizase un lenguaje más respetuoso y se abstuviese de la política.
Sin embargo, el 7 de noviembre, el Papa emanó un Breve pontificio que afectó de lleno al corazón de la Congregación de San Marcos, precisamente en un momento de gran florecimiento. En virtud de santa obediencia y bajo pena de excomunión "latae sententiae" en la que se podía incurrir "ipso facto" el Convento de San Marcos debía unirse a la nueva Congregación Tosco-Romana. La reacción del fraile, igualmente en este caso, fue la de no seguir las indicaciones precisas, incurriendo, por tanto,"ipso facto" en la censura.
Fray Girolamo dejó pasar un tiempo prudencial desde la publicación del último Breve, y escribió el opúsculo "Apologeticum Fratrum Congregationis S. Marci", pero no obtuvo ninguna respuesta de Roma. Al llegar la cuaresma, aprovechó las predicaciones de este tiempo litúrgico para descargar todo su enojo y condena por la situación de malestar que estaba viviendo.
Durante los meses de marzo y abril Florencia se hallaba semidestruida por la guerra de Pisa. Hubo una gran carestía, de manera que el malestar general de los habitantes desencadenó continuas protestas. Cuando a finales de abril, Piero Medici intentó reconquistar Florencia con un pequeño ejército, el Papa Borgia decidió asestar un golpe tanto al fraile como al partido político que lo sostenía.
Alejandro VI publicó entonces nuevos Breves de excomunión contra el dominico, alegando los siguientes motivos: predicar doctrina herética y perniciosa; rechazar presentarse a Roma para disculparse; desobedecer la orden de no predicar; rechazar unir la Congregación de San Marcos a la nueva Congregación Tosco-Romana. Pero, antes que la excomunión fuese divulgada en Florencia, Savonarola escribió una sentida carta al Papa pidiendo perdón por eventuales ofensas involuntarias.
Tras las elecciones que se celebraron en Florencia en la segunda mitad de 1497, la Señoría hizo todo lo posible por lograr la absolución de la excomunión a Savonarola y la licencia para predicar. Sin embargo, la respuesta fue siempre negativa porque Alejandro VI condicionaba la absolución del fraile a la adhesión de los florentinos a la Liga.
Al Papa Borgia no le importaba en absoluto que la ciudad se siguiera degradando moralmente, cosa que no dejaba indiferente al fraile, quien se preguntaba con frecuencia si podía soportar en conciencia un abuso tal de la autoridad papal. Así, solicitado por sus numerosos seguidores, que al igual que él, sufrían por la desmoralización de los ciudadanos, fray Girolamo decidió ignorar incluso públicamente la injusta censura.
OPOSICIÓN Y MUERTE
En febrero de 1498, Savonarola volvió a subir al púlpito de Santa Maria del Flore (Catedral de Florencia) para demostrar antes que nada la invalidez de aquella excomunión, y arremetió con mayor violencia contra la corte de Roma y el Papa. La Señoría, asustada ante esta grave situación, recomendó al fraile que interrumpiera definitivamente las predicaciones. La reacción de Savonarola no se hizo esperar: dirigió una carta de desafío a Alejandro VI y proyectó la reunión de un concilio que juzgase y depusiese al Papa.
En Florencia la oposición Savonarola creció. Un adversario suyo de la orden franciscana, Francisco de Puglia, propuso sufrir la prueba del fuego para demostrar que el dominico se encontraba en el error. "Estoy convencido de que arderé-dijo el franciscano-, pero acepto este sacrificio con gusto para librar al pueblo: si Savonarola no arde conmigo, le podréis considerar un verdadero profeta". Los gobernantes de Florencia accedieron a la realización de la prueba para así quitarse de en medio al fraile. Si el dominico fray Domingo-que representaba a Savonarola en este juicio de Dios- se quemaba, fray Girolamo debería abandonar la ciudad.
El Papa censuró el procedimiento, porque -según él- era una provocación supersticiosa a Dios. Sin embargo, Florencia no cedió, y en la plaza de la Señoría todo estaba listo para el demencial juicio. Se decidió finalmente que el franciscano Juliano Rondinelli y el dominico Domingo tenían que entrar en las llamas. Pero, como consecuencia de una discusión provocada por el dominico -que quería entrar en las llamas de la hoguera mientras llevaba en sus manos el Santísimo Sacramento-, y una tempestad posterior, la gente, cansada de esperar, despejó la plaza y abandonó el espectáculo.
Al día siguiente, tanto la Iglesia como el convento de San Marcos fueron asaltados, y fray Girolamo fue hecho prisionero. Con un Breve pontificio a la Señoría florentina, Alejandro VI expresó su alegría por la captura, absolvió de las censuras a las personas consagradas y pidió que se trajera a su presencia al dominico.
Los delegados papales y el general de los dominicos fueron enviados a Florencia para seguir el proceso. Las pruebas oficiales fueron falsificadas por el notario. El 22 de mayo fue publicada la condena a muerte "por los grandes crímenes de los que habían sido declarados culpables", Fray Girolamo, Fray Domingo y Fray Silvestre. El día 23, después de haber oído Misa en el Palacio de los Señores, fueron conducidos al patíbulo, colgados, y sus cadáveres quemados.”

* Tomado del artículo de Alfonso Bailly-Bailliere Revista Palabra, septiembre 1997.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Girolamo Savonarola, por Gilbert Keith Chesterton

La figura de Jerónimo Savonarola es compleja, desde la historiografía, la teología y la ley canónica. Santos y doctores de la Iglesia lo tuvieron como santo o, al menos, como un gran profeta. Otros, lo despreciaron. 


Lo curioso es que este debate de tiempos preconciliares, prosigue en los actuales. En general, conservadores y oficialistas de distintos pelajes lo denigran y ponen como (anti) ejemplo de desobediencia e imprudencia. En el campo tradicionalista, la apreciación de este personaje histórico no deja de dividir aguas. Aún los miembros de la Redacción no nos ponemos del todo de acuerdo sobre su persona. 


No pretendemos entrar en un debate histórico sobre fra Girolamo, aunque estamos bien muñidos para ello; sino, en todo caso, discutir amablemente sobre los temas que el famoso dominico florentino renacentista puso sobre el tapete. Es este texto de Chesterton, el primero de una serie con ese fin.

Savonarola es un hombre al que seguramente no comprenderemos hasta que sepamos cuánto horror puede haber en el corazón de la civilización. Esto no lo sabremos hasta que estemos civilizados. En cierto sentido es de esperar que nunca comprendamos a Savonarola. Los grandes libertadores han salvado a los hombres de calamidades que todos reconocemos como males, calamidades que son viejos enemigos de la humanidad. Los grandes legisladores nos salvaron de la anarquía; los grandes físicos, de la peste; los grandes reformadores, del hambre.

Pero hay un mal inmenso e insaciable comparado con el cual estos son simples molestias, la más terrible maldición que puede abatirse sobre hombres y pueblos, un mal sin nombre al que llamamos satisfacción. Savonarola no nos salvó de la anarquía, sino del orden; no nos salvó de la peste, sino de la parálisis; no nos salvó del hambre, sino del lujo. Los hombres como Savonarola adivinaron la tremenda realidad psicológica que hay detrás de la mente de cada hombre, pero a la que nunca se ha dado un nombre: que la vida fácil es el peor enemigo de la felicidad, y la civilización, el fin potencial del hombre.

Pues creo que el vehemente desafío que Savonarola lanzó a la suntuosidad de su época iba mucho más allá de la simple cuestión del pecado. Los modernos admiradores racionalistas de Savonarola, de George Eliot para abajo, hacen no poco hincapié en la legítima justificación ética de su furia, en el carácter espantoso y extravagante de los crímenes que ensangrentaban los palacios del Renacimiento. Pero no necesitan insistir tanto en que Savonarola no era un asceta, en que no hizo más que identificar las negras manchas de maldad con la beata clarividencia de un miembro de la Sociedad Ética.(*) Sin duda odió la civilización de su tiempo y no simplemente sus pecados; y por eso fue mucho más profundo que ningún moralista moderno. Vio que los pecados mismos no eran los únicos males: que robar joyas, envenenar vinos y pintar cuadros obscenos eran simplemente los síntomas; que la enfermedad era la completa dependencia de las joyas, el vino y los cuadros. Es este un hecho que se olvida constantemente al juzgar a ascetas y puritanos del pasado. Denunciar los deportes inofensivos no siempre implica un odio ignorante por lo que solo un moralista estricto llamaría pernicioso. A veces implica un odio muy clarividente por lo que el mismo moralista estricto llamaría inofensivo. Los ascetas van a veces por delante de los demás, tanto como por detrás.

Ese fue al menos el odio de Savonarola. No luchó contra los pecados triviales, sino contra la beatitud descreída e ingrata, contra la costumbre de la felicidad, el pecado místico por el cual toda creación es derribada. Predicaba esa severidad que es el sello distintivo de la juventud y la esperanza. Predicaba ese espíritu atento, ágil y alerta que tan necesario es para conseguir placer como para conseguir santidad, que tan indispensable es en un amante como en un monje. Un crítico ha señalado justamente que Savonarola no pudo oponerse realmente al arte porque era amigo de Miguel Ángel, Botticelli y Luca della Robbia. Lo cierto es que esa purificación y austeridad es incluso más necesaria para apreciar la vida y la risa que para ninguna otra cosa. No dejar que ningún pájaro pase inadvertido, fijarse pacientemente en cada piedra y en cada hierba, almacenar en la mente un ocaso tras otro, requiere disciplina en el placer y educación en la gratitud. La civilización que rodeaba a Savonarola era una civilización que había tomado ya el mal camino; el camino que lleva a inventar sin fin y a no descubrir nada, en el que lo nuevo se vuelve viejo con velocidad pasmosa, pero en el que lo viejo nunca se vuelve nuevo. La monstruosidad de los crímenes del Renacimiento no era señal de imaginación, sino, como toda monstruosidad, de pérdida de imaginación.

Solo cuando dejamos de ver a un caballo como es, inventamos un centauro; solo cuando un buey deja de sorprendernos, adoramos al diablo. Lo diabólico es el estimulante de las imaginaciones estragadas, el etilismo del artista. Savonarola se consagró a la más ardua de las tareas, la de hacer que los hombres volvieran atrás y se maravillaran de las cosas sencillas que habían aprendido a ignorar. Es curioso que la menos popular de todas las doctrinas es la que enseña que la vida normal es divina.

La democracia, de la que Savonarola fue tan fogoso exponente, es el más arduo de los evangelios; nada nos asusta tanto como el que decreten que todos somos reyes. El cristianismo, que Savonarola identificaba con la democracia, es el más arduo de los evangelios; nada nos infunde tanto miedo como el que nos digan que somos hijos de Dios. Savonarola y su república cayeron. La droga del despotismo fue administrada al pueblo y el pueblo olvidó lo que había sido. Hoy día hay quienes tienen un respeto tan extraño por el arte y las letras y por los solos hombres de genio, que consideran que el reinado de los Medici constituyó un progreso con respecto al de la gran república florentina. De estas personas y de su civilización debemos tener miedo hoy día. En muchas partes vemos los mismos síntomas que provocaron la ira de Savonarola: un hedonismo más ahíto de felicidad que un inválido de dolor, un sentido artístico que recurre al crimen porque ha agotado la naturaleza. En muchas obras modernas hallamos velados y horribles indicios de un sentido de la belleza de la sangre, de la poesía del asesinato, que es propiamente renacentista. La imaginación agotada y depravada no ve que un hombre vivo es más dramático que un hombre muerto. Y emparejado con ello va, como en tiempos de los Medici, el dejarse caer en los brazos del despotismo, el desear al hombre fuerte que es desconocido entre los hombres fuertes. Se adora al héroe dominante como lo adoran los lectores de Bow Bells Novelettes, y por la misma razón: un profundo sentimiento de debilidad personal. (**). Esta tendencia a delegar nuestros deberes se apodera de nosotros, y ese es el espíritu de la esclavitud, lo mismo si para sus serviles tareas emplea a siervos como a emperadores. Contra todo esto alzó el clérigo republicano su incesante protesta, prefiriendo fracasar a que el rival triunfase. La alternativa sigue siendo él o Lorenzo, la responsabilidad de la libertad o el libertinaje de la esclavitud, los peligros de la verdad o la seguridad del silencio, el placer del esfuerzo o la fatiga del placer.

Los partidarios de Lorenzo el Magnífico están sin duda entre nosotros, hombres para quienes las naciones y los imperios existen solo para satisfacer el momento, hombres para los que la última y tórrida hora del verano es mejor que una larga primavera invernal. Tienen un arte, una literatura, una filosofía política que solamente valen por su efecto inmediato en los gustos, no por lo que prometen del destino del espíritu. Sus estatuillas y sonetos son obras perfectas y acabadas, comparadas con las cuales Macbeth es un fragmento y el Moisés de Miguel Ángel un esbozo. Para ellos sus campañas y batallas son siempre victoriosas, y César y Cromwell lloran por mil humillaciones. Y al final de todo ello está el infierno de no oponer resistencia, de la infinita molicie, en el que la naturaleza toda cae en la locura y el aposento de la civilización deja de ser un mullido apartamento para convertirse en una celda acolchada.

Savonarola previó esta última y la peor de las miserias humanas, y dedicó todas sus colosales energías a encarrilar a la humanidad. Pocos lo entendieron; para unos era un loco, para otros un charlatán, para otros un enemigo de la alegría. No lo habrían entendido aunque se lo hubiera explicado, aunque les hubiera dicho que lo que quería era salvarlos de la catástrofe de una satisfacción que había de acabar juntamente con las alegrías y las penas. Pero hoy día hay quienes perciben el mismo silencioso peligro y oponen la misma silenciosa resistencia. También se cree que luchan por algún trivial escrúpulo político.

El señor Hardy dice, en defensa de Savonarola, que el número de obras de arte que se destruyeron en la Hoguera de las Vanidades ha sido exagerado. Confieso que espero que la pira contuviera montones de incomparables obras maestras si el sacrificio hizo que aquel momento único fuera más real. De una cosa estoy seguro: de que Miguel Ángel, amigo de Savonarola, habría hecho con sus propias estatuas una pila y las habría reducido a cenizas de haber sabido que el resplandor que se proyectaba en el cielo era el alba de un mundo más joven y sabio.

[Tomado del blog de Juan Manuel Salmerón vía el blog Cruzamante.]

(*) La Ethical Society o Ethical Culture fue un movimiento ético, educativo y religioso fundado en 1879 por Felix Adler que afirmaba los principios éticos como base de una vida plena y cuyos miembros se comprometían a ayudarse a ser mejores y a hacer el bien.
(**) Bow Bells Novelettes fue una revista semanal especializada en literatura melodramática para las clases trabajadoras, que se consideró ejemplo de lectura corruptora. En Herejes (1905) dice Chesterton: «Nietzsche y Bow Bells Novelettes tienen evidentemente el mismo carácter fundamental; ambos adoran al hombre alto de bigotes rizados y fuerza hercúlea, y ambos lo adoran de manera un tanto femenina e histérica. Pero aun en esto la Novelette mantiene su superioridad filosófica, porque atribuye al hombre fuerte esas virtudes que suelen ser propias de él, como la pereza, la bondad y una casi temeraria benevolencia, así como una gran aversión a herir al débil».