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sábado, 10 de octubre de 2015

Rusia en Siria

Definitivamente estamos presenciando el fin de EUA como potencia hegemónica a nivel mundial: ha sido un largo proceso iniciado en el 2001 tras los ataques a las torres gemelas de Nueva York, pero que finalmente ha acabado con la era en que Washington fungió como capital del mundo: fue un breve periodo: 1989-2015, sólo veintiséis años de ser el único punto de decisión global, aunque ya desde el 2008 podría decirse que EUA vio cada vez más contestada tal posición ante el creciente poderío económico y político de Moscú y Pekín, así como la recuperación de posiciones en el aspecto militar por parte del gigante eslavo, y la obtención de ese rubro por parte del imperio de los dragones, tras siglos de encierro en sí mismo y ser superado por las potencias occidentales.
Rusia se encuentra interviniendo en Siria en apoyo a su aliado regional: el gobierno de Bashar el-Assad, en contra del Estado Islámico, este naciente Imperio Musulmán encabezado por el autoproclamado Califa Abú Bakr II Al Baghdadí, mismo que surgió como resultado de las intervenciones norteamericanas y occidentales en Irak y Medio Oriente, y las Primaveras Arabes de 2011, que no trajeron la Democracia al estilo occidental, sino prepararon el camino para que los intereses de los regímenes absolutistas e islamistas radicales de Arabia, Kuwait, Emiratos Arabes y Qatar planteasen la creación de un nuevo imperio o al menos, de un cinturón de regímenes fundamentalistas sunnitas con la finalidad de contener a un Irán que, desde la década de los 90 y pese a las sanciones, se perfilaba por un camino de desarrollo y empoderamiento destinado a regresar a los Persas a la cumbre como potencia dominante en la región, capaz de desestabilizar al mundo con sus decisiones como ha sido desde el siglo VII a.C., objetivo que fue claramente mostrado bajo la presidencia de Mahmoud Ahmadinejhad y su activa y casi temeraria política exterior por un lado y mantenida bajo un perfil más prudente, pero constante, por su sucesor: Hassan Rohani, que se saldó con la capitulación de EUA aceptando su programa nuclear, y la readmisión plena de Teherán en el panorama internacional con el levantamiento de las sanciones económicas que pesaban sobre el régimen chiíta persa desde 1979.
A mi parecer, esta es la primera guerra de la nueva era que está iniciando: es el primer enfrentamiento entre dos poderes imperiales de nuevo cuño: la Rusia resurgente de la mano de Vladimir Vladimirovich Putin, hoy por hoy el estadista más poderoso del mundo y el Estado Islámico, ante el cual, un EUA, pasmado, permanece como espectador, al lado de una espantada Europa a la que se ha venido encima la avalancha de refugiados (¿o colonizadores?) musulmanes provenientes de Siria, Irak y Norte de Africa, sin saber qué hacer.
¿Qué sucederá? ¿Putin destruirá a la amenaza del ISIS? ¿O entrará junto a éste y a sus patrocinadores: las monarquías árabes y Turquía, a un juego geopolítico en que acepten cambiar de ruta de expansión hacia Europa (sacrificando y destruyendo en el camino al nefasto Erdogan) a fin de que los débiles y emproblemados países del Viejo Continente acudan ante Moscú por su maternal auxilio? ¿O simplemente para que se distraigan con el Islam mientras recupera tranquilamente toda Ucrania o al menos el este, los Países Bálticos y Moldavia? Putin ha hecho gestos para ganarse al Islam ruso y hasta más allá de sus fronteras, como poner fin al separatismo checheno con una estrategia de palos y zanahorias, quedando reducida la insurgencia a un movimiento casi residual, sin capacidad para llevar ataques a gran escala, y finalmente, inaugurando una gigantesca mezquita en el corazón de Moscú.
Entre tanto, EUA no puede hacer otra cosa más que presenciar pasivamente lo que pasa: ya no existe ningún Curtis LeMay que con toda hombría y valor declarara que la entonces Unión Soviética podía ser derrotada vía la Guerra Nuclear, a la que temería el pueblo estadounidense, pero no él. Por el contrario, la administración Obama ha actuado con abundantes dosis de cobardía y de subordinación a los intereses de Riyadh, Doha o Abu Dhabi sin pudor alguno, además de una increíble ignorancia e incomprensión sobre la realidad del Medio Oriente y el mundo islámico, plantaron una bomba que les estalló en la cara. Este fracaso, por sí mismo, debería llevar a la derrota absoluta de las pretensiones presidenciales de Hillary Clinton y al nuevo Gobierno, que llegue a la Casa Blanca en 2017, a una auditoría profunda de lo ocurrido durante los ocho años de administración demócrata y a fincar responsabilidades a un gobierno que prefirió distraer al mundo entero con frivolidades como el matrimonio homosexual, un demagógico y falaz debate sobre migración y también sobre el calentamiento global, mientras el frágil orden internacional construido por sus antecesores se le desmoronaba entre las manos, la debilidad del Gobierno Obama se ha parecido, sólo en eso, al de Carlos II en la crepuscular España de los Austrias y su incapacidad de tomar decisiones firmes, ocultada bajo oropeles barrocos, ahora bajo pantallas mediáticas.
La próxima administración norteamericana la tendrá difícil, probablemente hará intentos para recuperar la capacidad de influencia que ahora Putin le ha arrebatado: no podrá; el Kremlin se ha garantizado quedar como la potencia que reordenará al Medio Oriente, incluso la visita de Benjamín Netanyahu a Putin en los días previos al inicio de las operaciones del Ejército Rojo en Siria puede explicarse a que Israel, tras ser prácticamente abandonado por EUA, y ante un futuro sombrío rodeado de enemigos: Irán por un lado, Assad, también, pues apoya a Hezbollá y mantiene su compromiso con la causa palestina, su influencia sobre el Líbano y sus reclamos por los Altos del Golán, y el radicalismo Sunnita representado por el ISIS por el otro, también motivado por la situación de Palestina, ha buscado garantías de parte del líder ruso: la preservación de la existencia del Estado Judío en el rediseño que el Kremlin plantee para la región.
Falta por ver las consecuencias que venga después de esto: el monopolio de las intervenciones armadas que ostentaban Washington y sus aliados de la OTAN ha quedado roto por la primera intervención en el exterior (lo de Georgia hay que ser sinceros: fue un asunto interior, el país caucásico es una provincia separada del imperio) de Moscú desde la malhadada guerra de Afganistán, claro, a EUA le quedará el tratar de aplicar la misma táctica que en aquel conflicto financiando y entrenando a las fuerzas antirrusas en Siria, lo que ha estado haciendo hasta ahora, sin embargo, Putin no es un senil como Brezhnev, ni un enfermo terminal como Andropov o un ingenuo como Gorbachov, si intervino en Siria es porque sabe que EUA no tiene con qué enfrentársele, más que los arsenales nucleares, algo que nadie se atreve a hacer. 
¿Inspirará el actuar de Moscú a China a intervenir también en contra de Taiwán o para arreglar el contencioso que tiene con Japón, Vietnam y Filipinas por sus fronteras marítimas.
No cabe duda, estamos al inicio de una nueva época, confiemos y esperemos.
Visto en:



miércoles, 18 de junio de 2014

El “mal gusto” de Jesús (II)

LAS MUJERES PIADOSAS

A través de toda la obra de Dostoyevski se percibe la vida del pueblo como una multitud anónima y algunas veces apenas nombrada. Por doquier vemos sus mudos ojos clavados en nosotros, por doquier sentimos el latir de su corazón. De esa masa, empero, se destacan, recortándose individualmente, algunas figuras que permanecen sin embargo entretejidas en el gigantesco conjunto. Es posible encontrar tales figuras en todas las novelas. A veces es un criado, más allá un campesino o un pequeño burgués o un soldado; transeúntes de la calle que surgiendo por breve espacio dicen algunas palabras y vuelven a desaparecer entre la multitud; huéspedes de una posada, obreros, vendedores del mercado, gentes de bien y perdidos, gentes avisadas y tontas... Al principio de Los hermanos Karamázovi y destacándose del anónimo conjunto de la turba, encontramos algunas figuras que impresionan profundamente; trátase del pasaje en que el pueblo acude a ver a su gran amigo, el starets Zósima, pasaje contenido en el tercer capítulo del libro segundo e intitulado Las mujeres creyentes. Llevan a presencia del starets a una klikuscha, una poseída, que "a veces pierde completamente la razón y chilla y aúlla como un perro". Ésta es una de las tantas que padecen ese mal. Dice Dostoyevski que se trata de una "terrible enfermedad... y que al parecer entre nosotros, en Rusia, constituye una enfermedad que atestigua de la suerte de nuestras campesinas; enfermedad debida al trabajo agotador, a los partos penosos anómalos, faltos de toda asistencia médica y también a la pena sin desahogo, a los golpes, etc., que algunas naturalezas femeninas, a pesar de todo, no pueden soportar" (Los hermanos Karamazovi) 
"Penas sin desahogo", exceso de trabajo, sofocación y cansancio; nada de ese luminoso amor que ayuda a vivir, ninguna posibilidad siquiera de protegerse o de encontrar un camino que conduzca a la libertad, como es capaz de crearse culturalmente el hombre hecho libre por obra de su energía y fuerza inventiva. Aquí está el ser humano totalmente abandonado al sufrimiento. 
En el caso de la klikuscha no hay que hacerse ninguna ilusión, la enferma se tranquiliza cuando se le aproxima el starets. Queda por el momento sosegada; mas tiene que retornar a su medio y entonces todo volverá a ser como antes. Su situación no tiene salida, no puede escapar a su destino. Sin embargo, Dios está presente... Ni la justicia ni la dignidad humana tienen fuerza aquí. La mujer permanece encadenada a su destino, mas ni por un momento se le ocurrirá pensar que es inmerecido y aun cuando nada cambie, aun cuando su visita al hombre de Dios sólo constituya un alivio momentáneo, no abrigará la menor duda acerca de la bondad infinita de Dios. Esta criatura humana continuará viviendo sin encontrar remedio a su mal y continuará unida a Dios cuya voluntad no comprende, pero a la cual se somete. Un oscuro y terrible destino pesa sobre este hecho. Sin embargo, la mujer, de todas maneras, se siente profundamente consolada y en ello hay una promesa así como la hay en el grano de trigo sembrado en la tierra. 
 
Consideremos ahora a otra mujer hacia la que se vuelve el starets después de haber atendido a la klikuscha.
" Tú, que has venido de lejos —le dijo a una mujer aún no enteramente vieja, pero muy flaca, de cara no ya curtida del sol sino como toda negra. Estaba arrodillada y con finos ojos contemplaba al starets. En su mirada había algo de extravío.
"—De lejos, padrecito, de lejos. De trescientas verstas de aquí. De lejos, padre, de lejos —dijo la mujer canturreando y moviendo lentamente a un lado y a otro la cabeza y apoyando la mejilla en la mano."Hablaba como salmodiando. Hay en el pueblo bajo un dolor taciturno y muy sufrido. Métese dentro y calla. Pero hay también un dolor que revienta, rompe a llorar y en tal instante sale afuera en forma de salmodia. Sucede así especialmente a las mujeres, pero no es más leve que el dolor taciturno. La lamentación consuela únicamente porque penetra más hondo, en el corazón. Tal dolor ni siquiera quiere consuelo del sentimiento de su insaciabilidad se sustenta. La lamentación es sólo una necesidad de irritar continuamente la llaga.
"—Serás de la clase media —continuó mirándola curioso el starets.
"—Campesina, padre, campesina; labradores, pero de la ciudad. Vivíamos en la ciudad. Por verte a ti, padre, vine. Nos hablaron de ti, padrecito, nos hablaron. He enterrado a mi hijito, a mi pequeñito; vine a rezarle a Dios. En tres monasterios estuve cuando me dijeron: 'Ve, Nastasiuschka, también
allí', es decir a ti, padrecito, a verte. Vine, estuve anoche en la iglesia y hoy me he llegado hasta ti.
"—¿Por qué lloras?
"—Es por mi hijito, padre, tres añitos tenía menos tres meses; sólo eso le faltaba para cumplirlos. Por mi hijito lloro, padre, por mi hijito. Era el último que me quedaba de cuatro que he tenido con Nikituschka y no tenemos ya más, no los tenemos aunque los deseamos, no los tenemos. A los tres primeros los enterré sin sentirlos mucho, pero a este último le he dado sepultura y no puedo olvidarlo. Parece como si lo tuviera siempre delante, que no me deja. Tengo deshecha el alma. Miro sus cositas, su camisita o sus zapatitos y rompo a llorar." (Los hermanos Karamazovi, parte I, libro II, capítulo III)
He aquí otro ser humano presa de un dolor tal que ningún recurso del entendimiento, de la voluntad o de la imaginación es capaz de mitigar. Mas, lo que resulta verdaderamente admirable en este pasaje es el modo con que el starets trata el asunto, Primero intenta consolar a la madre declarándole que el niño está gozando de la bienaventuranza en el Señor. La mujer no abriga la menor duda de ello, mas su pesar es demasiado hondo, inexorable; lo que le dice el anciano no le aporta consuelo alguno. Entonces comprende el starets que se halla ante un dolor sin remedio y con sosegado continente dice:
"—También así Raquel lloró a sus hijos y no pudo consolarse de su falta, y el mismo destino os está deparado a vosotras las madres en esta tierra. Y no te consueles, no hace falta consolarte; no te consueles y llora, pero cada vez que llores acuérdate asimismo de que tu hijito... es uno de los ángeles de Dios, que desde allí te mira y ve y en tus lágrimas se alegra y se las muestra al Señor Dios. Y largo tiempo habrá de durar todavía éste tu gran llanto maternal; pero al fin se te cambiará en dulce alegría, y tus amargas lágrimas serán lágrimas de alborozo y purificación del corazón, redentoras de pecados." (Los hermanos Karamazovi, parte I, libro II, capítulo III).
La situación en sí misma no se ha modificado en nada puesto que nada podía cambiarse en ella. Sin embargo, esa inmodificable realidad del dolor ha de conducir a Dios y en última instancia a una profunda resignación. He aquí entonces que se operará una mudanza en todo el ser adolorido, una trasformación de esa criatura que, asistida por la gracia, se anegará en el dulce amor de Dios. Y esa trasformación de la dura existencia realizada en virtud de la fuerza del amor de Dios es obra del pueblo creyente.
"—Ve con tu marido, mujer; hoy mismo te irás con él, madre.
"—Me iré, querido, me iré como me lo dices. Me has aligerado el corazón." (Los hermanos Karamázovi, parte I, libro II, capítulo III)
Después de haber atendido a una anciana madrecita que anhelando tener noticias de su hijo ausente había recurrido a prácticas supersticiosas para lograrlas, se presenta ante el starets la más sombría de todas estas figuras.
Tero el starets ya había distinguido entre la turba los dos ardientes ojos, tendidos hacia él, de una campesina al parecer tísica, pero todavía joven. Lo miraba en silencio; con los ojos parecía pedir alguna cosa, pero no se atrevía a acercarse.
"—¿A qué has venido, hija mía?
—Alíviame el alma, padre —dijo ella suave y lentamente cayendo de rodillas y aciendo una reverencia hasta tocar el suelo—. Pequé, padre, y temo a mi pecado.
"El starets se sentó en el peldaño inferior; la mujer se le acercó andando de rodillas.
"—Hace tres años que me quedé viuda —empezó en su susurro y como estremecida—. Pesado se me había hecho el matrimonio: viejo era, me pegaba hasta lastimarme. Luego, se puso malo y cayó en cama; yo pensé: lo cuidaré, pero si se pone bueno y otra vez se levanta, ¿qué va a pasar aquí? Y se me ocurrió entonces esa idea...
"—Espera —dijo el starets, y arrimó su oreja derecha a los labios de la mujer. Ésta continuó su confesión en un murmullo, de suerte que apenas se podía oír nada. Acabó pronto.
"—¿Hace tres años? —preguntó el starets.
"—Tres años. Al principio no pensaba en ello; pero ahora me puse enferma, me entró tristeza." (Los hermanos Karamázovi,parte I, libro II, capítulo III). Una vez más estamos frente a un dolor irremediable. Trátase aquí del tormento de una mujer que en su desesperación se siente culpable. Es sólo un pensamiento, pero en él se encierra el mayor de los suplicios: la terrible convicción de que está condenada. El starets vuelve otra vez a comprenderlo todo con admirable profundidad; comprende que no tiene sentido el pretender librar a esa mujer de sus tormentos, que es inútil pretender librarla del destino a que está encadenada. Toda reflexión que él hiciera a fin de consolarla y poner remedio a su dolor tendría que tender, por fuerza, a librarla de las cadenas de ese destino. Por eso el starets señala el único punto de salida posible, el único medio capaz de trasformar su ser y hacerlo acepto a Dios: el arrepentimiento.
"—Nada temas y nunca temas ni te aflijas, con tal de que no se te pase la contrición... Dios todo lo perdona. Además, no hay pecado tan grande ni puede haberlo en toda la tierra que no se lo perdone Dios al que de veras se arrepiente. Ni puede cometer el hombre pecado tan enorme que apure el infinito amor de Dios. Pero, ¿es que crees sea posible haya un pecado tal que acabe con el amor de Dios? De modo que no pienses más que en dolerte de ello continuamente, pero aparta de ti todo temor. Cree que Dios te ama de un modo que tú misma no puedes imaginarte; a pesar de tu pecado y con tu pecado y todo, te ama. Y por uno que se arrepiente hay más alegría en el cielo que por diez justos; mucho tiempo hace que eso está escrito. Vete pues, y no temas nada. No te enfades con la gente, no te sulfures aunque te ofendan. Con el corazón perdónale al difunto todo aquello en que te ofendió, reconcíliate con él de verdad. Cuando te pesa es que amas y si amas eres ya hija de Dios... Con el amor todo se redime, con el amor todo se salva. Si yo que soy un pecador como tú, me he conmovido y apiadado de ti, ¿qué no hará Dios? El amor es un tesoro inestimable y tanto que con él puede comprarse el mundo entero y no sólo los propios sino los ajenos pecados redimen. Vete pues y no temas.
"Hizo sobre ella por tres veces la señal de la cruz, se quitó del cuello una imagencita y se la puso a ella." (Los hermanos Karamazovi, parte I, libro II, capítulo III).
Conmovedora grandeza es la de este pueblo. Que sea grandeza verdadera y no muda pesadez y torpeza se demuestra por el hecho de que así lo comprenden esos conductores de almas (como el starets Zósima cuya suprema sabiduría y amor son indudables) al guiar al pueblo por semejantes sendas. Son ellas sendas que sin ningún género de ilusiones llevan a aceptar los más duros destinos, a aceptar sin gestos heroicos la ardua realidad. Quien sepa lo que significa la palabra santidad, esto es, una existencia vivida en la fe incondicional, comprenderá que el pueblo concebido por Dostoyevski va camino de la santidad.
Sin embargo, observemos que la naturalidad con que los más sublimes elementos y puntos de vista religiosos informan la estrecha y chata realidad cotidiana, la precisión con que esas criaturas comprenden su sino al echar a andar resueltamente por las sendas que he dicho, sólo son posibles en virtud de la posición del pueblo, que ya he señalado más arriba, respecto al todo. La vida del pueblo está entrelazada de un modo directo con la de la tierra; pero esta inmediatez no ha de entenderse con un sentido naturalista o pagano; tampoco hemos de entenderla en el sentido del idealismo, esto es, que el pueblo constituya un grado primero y elemental de la existencia plenamente humana, una conciencia elemental que sólo a través de la reflexión podría convertirse en espiritualidad auténtica. Esta sería una concepción occidental. Mas Dostoyevski siempre se opuso precisamente a que tal esquema se aplicara a su pueblo. En él trátase más bien de una nueva brecha abierta que, superando toda noción de naturalismo y de devoción pagana, en virtud del concepto de la unión con Jesucristo y de la concepción del ser como voluntad de Dios, conduce a la más profunda relación espiritual con Dios.

Tomado de:

Guardini, R. El universo religioso de Dostoyevski. Ed. Emecé, Bs. As., 1952, ps. 24-30.

sábado, 14 de junio de 2014

Las dos rusias

Rusia es un acertijo 
envuelto en un misterio dentro de un enigma
Winston Churchill
¿Quieren saber el secreto de una buena política?
Hagan un buen tratado con Rusia

Otto von Bismarck
¿Qué es un mundo unipolar?
No importa cómo adornemos al término;
significa un único centro de poder, 
un único centro de fuerza
y un único amo.

Vladimir Putin
Desde el conflicto de Ucrania, y al igual que en la época de la guerra fría, de nuevo tenemos dos Rusias. La primera de ellas es la que muestran los medios y la que surge de varias experiencias históricas concretas vividas durante la época soviética. La segunda, mucho más profunda, es la que surge del arte y del aporte histórico del pueblo ruso.
La primera Rusia es la que trae a la mente el GULAG, las grandes hambrunas artificialmente provocadas para liquidar a los campesinos que no se avenían a la colectivización (y que en Ucrania provocaron el Holodomor), los saqueos y las violaciones de la soldadesca soviética durante la Segunda Guerra Mundial y – no en última instancia – el régimen comunista impuesto por las tropas de ocupación en toda Europa Oriental. Ésa es la Rusia de Lenin, Stalin, Trotzky, Yeshov, Sverdlov, Zinoviev, Kamenev, Beria, Radek, Khrushev, y todo el resto de la nomenklatura bolchevique. 
La segunda Rusia nos habla de Dostoievski, Chejov, Tolstoi, Pushkin, Gorki, Solyenitzin, Tchaikovsky, Rachmaninof, Rimski-Korsakov, Musorgski, Borodin, Prokofiev y tantos otros que llevaría páginas enteras citar. Esta Rusia nos habla de una gran cultura, de almas atormentadas pero profundas; nos transmite dramas, bellezas, esperanzas y una gran espiritualidad.
Después de la caída del Muro de Berlín muchos creyeron que la primera Rusia había desaparecido enterrada bajo los escombros del derrumbe soviético. Durante un tiempo, la ya decadente Rusia soviética de Gorbachov fue suplantada por la Rusia de los cleptócratas de Yeltsin. Pero luego, tras fallar el intento de los viejos comunistas de regresar al poder, apareció poco a poco la figura de Putin.
Y con él apareció también una Rusia diferente. 
Y ahora, al igual que a la Rusia soviética, a la nueva Rusia de Putin parece ser que nadie la quiere.
Quizás no estaría de más repasar lo que el gran Solyentizin escribió sobre su propio pueblo:
"Los rusos no son queridos en Europa [...] pero en el momento en el que el europeo vea que ya respetamos a nuestra propia nación y a nosotros mismos, del mismo modo él también nos respetará. [...] Nos arrancamos nuestra máscara simiesca y volvemos a ser seres libres y no esclavos ni lacayos. [...] Al final resultará que la verdadera idea social la enarbola y la representa precisamente el pueblo ruso. Todo su mundo ideal, toda su intelectualidad, está impregnada de la necesidad de unificar los valores humanos [...] y así se arroja luz sobre qué es la verdadera libertad: el amor mutuo que debe ser demostrado con hechos, con ejemplos vivientes [...] y no con guillotinas; no con millones de cabezas decapitadas."
Así como tampoco convendría olvidar las palabras de Nicolas Berdiaev – quizás el más profundo pensador ruso de la modernidad – cuando señaló que: ". . . la servidumbre es pasividad. La victoria sobre la servidumbre es actividad creativa [...] el hombre se enseñorea sobre el otro porque en la estructura de su conciencia se ha vuelto siervo del ansia de poder. La misma fuerza con la que oprime al otro lo oprime a él mismo. El hombre libre no desea dominar sobre nadie."
Los rusos sorprenden. Incluso en las situaciones más dramáticas. Cuentan que durante la Revolución Húngara de 1956, cuando las fuerzas soviéticas invadieron el país para aplastar a la rebelión, frente al tanque ruso que se desplazaba por la calle una anciana se decide a cruzar tratando de llegar a su casa antes de que empiezen los disparos. El tanque poco menos que frena en seco, de repente se abre la escotilla y en un mal húngaro un sonriente soldado ruso le grita a la anciana:
– ¡Vamos babushka! ¡Apúrese! ¡Apúrese!
Y caballerosamente espera a que la anciana llegue al otro lado. Logrado lo cual la escotilla se cierra, la torreta gira y de varios certeros disparos una de las casas de la vereda de enfrente queda hecha escombros. Una casa en donde, luego del colapso de los cuatro pisos, quizás mueren diez babushkas que se hallaban temblando de miedo en el sótano del edificio.
Sí; a veces también son así. Es difícil comprenderlos en ocasiones. Pero al menos habría que tratar de hacerlo con sinceridad y no desde la infernal hipocresía imperante que primero provoca sublevaciones armadas y luego acusa de terroristas a quienes se oponen a una "democracia" impuesta a los balazos por un consorcio de bancos. 
Ahora, cuando centenares de miles de rusos empiezan a sentirse orgullosamente miembros de la milenaria Madre Rusia, cuando sienten que pertenecen a ella y quieren pertenecerle; ahora que una gran nación – que lleva sobre la espalda enormes sufrimientos y una tremenda Historia – por fin no quiere imponerse a los demás enarbolando una ideología abstracta e inviable sino que aparece decidida a defender sus propios intereses concretos; ahora es cuando deberíamos prestarle atención a los rusos. Mucha atención.
Porque así como los argentinos no son los hijos de Cristina Fernández, ni son el pueblo de Hebe de Bonafini, de López Rega, de Carlos Menem o de Néstor Kirchner, sino los descendientes de San Martín, de Rosas, de Facundo Quiroga, de los grandes caudillos y de los combatientes que yacen enterrados en la turba de Malvinas, del mismo modo los rusos no son el pueblo de Lenin, Stalin y Trozky sino el pueblo del Rus de Kiev, de Ivan III , de Pedro el Grande y de Alejandro I. 
Y lo son quizás en primer lugar, antes que nada, y a pesar de todo.
Fuente:


jueves, 12 de junio de 2014

El “mal gusto” de Jesús (I)

El texto de Romano Guardini que hoy ofrecemos a nuestros lectores recuerda a quien esto escribe unas palabras de Jack Tollers: «…la opción preferencial por los ricos no se halla en ninguna parte en el Evangelio. [Jesús] Tenía, sí, sus amigos con plata: José de Arimatea por caso, y el mismo Zaqueo. Pero su trato íntimo, sus preferencias, sus más queridos son los anawim, los peores de todos... Es lo que Straubinger llama "el mal gusto" de Jesús
Hay palabras cargadas de sentido negativo y una de ellas es «pueblo». Resulta difícil no asociarla al discurso populista, de la demagogia política y eclesial en sus  formas actuales. Sin embargo, no tenía este sentido para Dostoyevski, que encontraba en el pueblo un sujeto privilegiado para el ejercicio de la caridad, una manifestación de los predilectos del Señor.
Uno puede preguntarse si en sus circunstancias no hay personas semejantes a las que retratara Dostoyevski.

EL PUEBLO Y SU CAMINO HACIA LA SANTIDAD.

En Dostoyevski, el concepto de pueblo es la expresión profunda y auténtica de lo propiamente humano. El pueblo es la esfera primigenia de lo humano, esfera poderosa y venerable en que el hombre está arraigado. Mas al propio tiempo es el pueblo el hombre en su total desamparo, agobiado por el destino, explotado por los hábiles y avisados, oprimido por los poderosos. Pero precisamente por ello esa forma de lo humano que es el pueblo está cercana a las cosas eternas, está circuida por el amor protector, por el amor divino. Para Dostoyevski, lo mismo que para todos los grandes románticos, la palabra pueblo despierta resonancias de veneración, de doble anhelo, de piedad y de consuelo.
El pueblo está en íntima conexión con los elementos del ser, ha nacido con la tierra, está sobre ella, trabaja en ella y vive de ella. El pueblo está enlazado en la estructura misma de la naturaleza, sumergido en las ondas de la luz y del acontecer natural y siente tal vez, sin tener palabras para expresarlo, el todo en su unidad.
Es el pueblo, a pesar de sus miserias y de sus pecados, lo auténticamente humano y, a pesar de toda su bajeza, enjundioso y sano, porque tiene sus raíces en la estructura esencial del ser, en cambio el cultivado, el occidental que se aparta de esa vida profunda se convierte en un ente inconsistente, artificial y enfermo.
La sangre del hombre del pueblo está en su circulación abierta al torrente de la vida común en familia, de la vida de la comunidad y de la vida de la humanidad. El hombre del pueblo vive la totalidad de los sucesos del destino. No tiene ninguna posibilidad de sustraerse al sino, mas tampoco se siente impulsado a hacerlo. Su vida está así colmada de los hechos fundamentales del ser, de los simples acontecimientos cotidianos y de las sencillas alegrías y dolores. El pueblo es, de un modo directo y en ese su estar conforme consigo mismo, el hombre como tal. El pueblo no reflexiona ni se proyecta hacia afuera. Vive aferrado a sus raíces, aferrado al ser hacia adentro. No piensa ni siente de una manera abstracta, sino que lo hace valiéndose de imágenes y sucesos concretos. No sigue ninguna doctrina, sino que obra partiendo de la sustancia concreta, del ahora y del aquí. Sus instintos no han sido aún engañados, de suerte que posee un seguro sentido de dirección y de distinción. El vigor de su vista no ha sido aún destruido; en su vida se erige el símbolo y la visión puede llegar al pueblo y descubrirle el sentido del universo. Instruido por las calladas fuerzas creadoras, sabe y comprende.
De tal suerte vive el pueblo y en él el individuo vive la indestructible realidad del ser, al cual, empero, está entregado. Ha de sobrellevar, pues, el peso de la existencia, sólo que no se plantea la cuestión acerca de si tal carga se justifica. El hombre del pueblo admite la vida con todas sus penurias como algo dado; por lo demás no conoce las técnicas que le permitirían sustraerse a ellas. Simplemente las soporta y de ahí su grandeza.
El pueblo es un ente abandonado a sí mismo, fatigado y agobiado. Es posible que sea astuto, mas, sólo se trata en él de una astucia que se da dentro de ese ser del que se encuentra cautivo. Claro es que también se da el mal, y en gran medida, en el pueblo. En medio de la infantil e inocente alegría y de la bondad más acendrada puede surgir de pronto, cual rayo, un estallido de pasión que se convierte al punto en necia furia. Todas las malas pasiones, furor salvaje, perfidia, imprevisibles raptos de destrucción, crueldad sin límites, abandono a la vida licenciosa y al alcohol, corrupción, todas las fuerzas del mal pueden enseñorearse de él, mas con todo eso, sí, a pesar de eso, el pueblo es "bueno como los niños".
En el fondo, para Dostoyevski, lo mismo que para todo romántico, el pueblo es un ser de existencia mítica. Ese pueblo que Dostoyevski concibe está constituido por los hombres individuales de la vida diaria, pero detrás de ellos hay otra esfera a la que asimismo pertenecen, la esfera propia y primigenia de lo humano, y es por su inclusión en ella que los hombres adquieren el carácter de pueblo.
Y el pueblo así concebido está cerca de Dios.
En las observaciones preliminares de esta obra señalé que en el universo de Dostoyevski los hechos y elementos primarios del ser como la tierra y el sol, el mundo animal y el vegetal, la maternidad, la vida del niño, el dolor y la muerte, tenían relación con lo religioso. Y en efecto, están colmados de significación religiosa, pero en sí mismos constituyen además indicaciones de cómo lo creado se sumerge en Dios, indicaciones de la estrecha relación entre Éste y sus criaturas, de unión... Así pues, el pueblo, y en virtud de esa proximidad, está en cierto modo abierto a Dios. Está próximo a Dios, porque está asimismo abierto a los elementos fundamentales del ser y a ellos indisolublemente entretejido y entregado.
Expresémoslo de un modo aun más preciso: el sentimiento religioso del universo que posee el hombre de Occidente parece caracterizarse por el hecho de que ese hombre tiene conciencia de que Dios ha creado el mundo de un modo acabado y perfecto en sí mismo, de que lo ha creado enteramente en su libertad absoluta, de suerte que ese sentimiento queda informado por la acción religiosa de distancia entre el creador y la criatura. De tal modo, el hombre y el mundo aparecen, por decirlo así, creados a la distancia y hallarse sólo en la esfera de lo finito, pero, por eso mismo, tendiendo permanentemente hacia Dios en un afán de superar tal distancia. Aun cuando el hombre occidental conciba a Dios como inmanente en el mundo —sí, a pesar de todas las corrientes filosóficas monistas de Occidente— siempre parece persistir en él el sentido de que Dios, que habría creado su obra sin trascender de sí mismo, volviera a acercarse a ella desde la lejanía, volviera a penetrarla, a colmarla... En el universo de Dostoyevski, por el contrario, no parece verificarse ese sentimiento de una creación acabada, conclusa en sí misma. En ningún sentido, el mundo de Dostoyevski puede interpretarse como una creación que tiene su estado propio, sino como un mundo que pende enteramente y de manera particularmente inmediata de las manos de Dios. Ese mundo parece estar siempre en el movimiento incesante del devenir, en el fluir permanente y Dios, suscitando en él ese misterioso acontecer, es concebido por el hombre como ligado a ese movimiento en el cual también, por otra parte, está sumergido el hombre.
El pueblo, pues, que no se ha desprendido de la esfera primigenia y originaria de la condición propiamente humana, sino que vive simplemente con la tierra, nutriéndose de ella y a la vez a ella entregado, se siente situado en medio de ese campo de fuerzas y tensiones del obrar de Dios sobre el mundo. Percibe que el todo está animado por algo que proviene de Dios. Presiente el misterio de ese secreto acontecer, su proximidad, su eterno movimiento. Llega a comprender la impenetrabilidad de su enigma, mas de vez en cuando vislumbra y experimenta asimismo las oleadas del torrente de la vida, su inflamado resplandor.
Todo esto ninguna relación tiene en el pensamiento de Dostoyevski con el naturalismo y menos aun con el panteísmo. El hombre de Dostoyevski no es un adorador de la naturaleza ni piensa a Dios como una sola cosa con el universo. En ese mundo en que todo se entreteje con lo divino hay una nota que confiere a este pensamiento un sentido cristiano. El obrar de Dios en la naturaleza es obra de redención. Es un obrar sobre una nueva creación. Dios está frente a la naturaleza y a la vida, pero bajo el signo de Jesucristo y por medio de Jesucristo invita al hombre a salir del mero estado natural y llegarse a El. De no existir esta nota de sentido cristiano, el hombre permanecería en una naturaleza puramente natural, que no sería ya concebida como creación de Dios, sino con un sentido pagano.
Dostoyevski ha expresado su pensamiento a este respecto del mismo modo en que se ha referido siempre a las grandes cuestiones, esto es, valiéndose de la dialéctica de sus personajes, tan rica y significativa, pero a la que no hay que tratar, con todo, sin aplicar cierto sentido crítico. En las novelas de Dostoyevski encontramos muchos personajes que expresan la posición y actitud del pueblo tal como las hemos descrito más arriba. Hay empero algunos que al convertir el mundo de Dios y el pueblo de Dios en algo enfermo y malo revelan su peligroso carácter. Recuérdese a Schátov de Demonios, ese fanático del pensamiento del pueblo para quien Dios se convierte en "un atributo de la personalidad del pueblo"; piénsese en María Lebiádkina, en cuya mente la Madre de Dios y la tierra, confundidas en una misma noción, cobran el carácter de la magna mater de los paganos y a quien el sol, símbolo de Dios, habla de la infinita melancolía de Dionisos.
¿Dónde está la brecha que, salvando la falsa inmediatez de la estructura general de la naturaleza, conduce a la realidad cristiana de Dios? Allí donde el pueblo que cree en Jesucristo sabe que éste está presente en todas partes: en la naturaleza así como en su acontecer y en la existencia cotidiana. "También los animales tienen a Jesucristo", enseña el starets Zósima a los jóvenes campesinos, "y los pajarillos lo alaban". En todo cuanto ocurre interviene Dios, y la voluntad de Jesucristo penetra en el corazón de los creyentes. De esta suerte retiene la existencia del hombre enteramente la condición real de la tierra, sólo que queda amparado bajo el poder de la protección de Dios y colocado bajo la majestad de su voluntad.
Ábrese esta brecha ante todo, por el sufrimiento y el dolor. El pueblo de Dostoyevski sufre horriblemente. Toda su existencia está marcada con el signo del dolor. Ese dolor, empero, se considera como la voluntad de Dios y como tal se lo soporta.
Claro es que a veces se levantan quejas y el hombre se subleva contra el dolor; pero ello siempre ocurre dentro del marco determinado del ser, a que ya hemos aludido. De tal modo verifícase una constante trasformación del universo puramente natural en una creación auténticamente cristiana.
Por eso la tierra, la naturaleza y el pueblo no son naturales sin más, sino realidades redimidas que guardan una profunda relación con lo que San Pablo llama "nueva creación" y con el concepto expuesto en sus epístolas a los efesios y a los colosenses de que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Jesucristo.
Vive pues el pueblo en una actitud que lo hace apto para comprender inmediatamente las palabras de la Revelación.
El starets Zósima dice: "Ábreles este libro de las Sagradas Escrituras y ponte a leer sin palabras altisonantes y sin soberbia, sin darte importancia con ellos, sino tierna y dulcemente, alegrándote de estarles leyendo y de que ellos te hablen y comprendan, gustando tú mismo de lo que lees y haciendo únicamente de cuando en cuando una pausa para explicarles algún vocablo incomprensible para los campesinos; no te apures, que lo entenderán todo, todo lo entiende el corazón ortodoxo." (Los hermanos Karamdzovi, parte II, libro IV, capítulo II). Tal pensamiento tiene su origen en los mismos libros sagrados. Mas cuando en esa actitud creyente el pueblo ignorante reconoce la totalidad de lo que existe como un perpetuo obrar y como un constante mensaje de Dios, la palabra sagrada penetra ya en un mundo que le es afín y en donde es comprendida, aunque no siempre en su expresión plenamente conceptual. Así pues, es el pueblo en su ignorancia y a pesar de ella el receptor de la palabra divina más cercano a Dios. "Sin la palabra de Dios perece el pueblo, pues está ansioso de su verbo y de recibir toda la Belleza." En esta afirmación de que el pueblo "está ansioso de su verbo y de recibir toda la Belleza" se percibe claramente el parentesco que liga la creación a la Revelación, parentesco sólo turbado por el pecado, pero nunca anulado. "Belleza", dice Dostoyevski, y recordemos que la palabra que en griego designa la gracia, charis, significa también donaire y encanto y que para la conciencia cristiana la realización última y perfecta del hombre que habla el Apocalipsis. Este sentimiento vive profundamente arraigado en el ser del cristiano. El pensamiento de que la palabra de la Revelación y la esencia del mundo sean cosas independientes entre sí, le es ajeno, como siempre lo fue en Oriente donde las nociones de nueva creación y de inmortalidad en la bienaventuranza constituyeron las expresiones con las cuales se designó el fruto de la Redención.
Tan profunda es esa relación que el propio pueblo se convierte en un misterio de Dios en el que es preciso creer. Quien pierde contacto con el pueblo, lo pierde asimismo con Dios vivo, pensamiento éste al que quizá pudiera calificarse de romántico, que sólo adquiere su verdadera y plena significación en la conexión en que para Dostoyevski están los conceptos de "pueblo de Dios" y "nueva creación". "Quien no cree en Dios tampoco cree en el pueblo de Dios, pero quien cree en el pueblo de Dios contempla también su santidad aunque hasta entonces no haya creído en ella." Quien abre su corazón al misterio de ese pueblo humilde y creyente, en el que constantemente se realiza el misterio de la acción creadora y redentora de Dios, se abre al mismo Dios.
Ya he empleado varias veces la palabra romántico para referirme a Dostoyevski y por cierto que fue uno de los más grandes. Su pueblo, empero, no es un producto romántico en un sentido superficial y vulgar. Independientemente del hecho de que en su concepto de pueblo tienen cabida elementos fundamentales de la concepción cristiana del mundo, ese pueblo en modo alguno aparece en las obras de Dostoyevski idealizado, sino que muy por el contrario éste lo trata con un criterio extremadamente realista, si se entiende por realismo la expresión de una realidad desnuda. El pueblo de Dostoyevski se presenta en toda su suciedad, con todos sus vicios, en su depravación e ignorancia, pesado, codicioso, degradado, sobre todo por su irresistible inclinación a la bebida... Mas con todo eso es "el pueblo de Dios".
La existencia de ese pueblo así presentado nada tiene de santa en sí misma —cuando Dostoyevski tiende a considerarla santa en ese sentido es signo de que ha sucumbido a su paneslavismo metafísico—, mas por doquier permanecen abiertas las puertas que conducen a la santidad del pueblo. En cualquier momento puede acontecer que el más vil y pervertido de los hombres, en estado de beodez y en una mala taberna, comience a hablar sobre Dios y el sentido de la existencia con tal profundidad que no haya sino que ponerse sencillamente a escucharlo pues cuanto dice es digno de f e…
Esto sólo es posible cuando la totalidad del ser, y en virtud de esa posición con respecto a él en que se encuentra el pueblo, está en íntimo contacto con Dios.

Tomado de:
  
Guardini, R. El universo religioso de Dostoyevski. Ed. Emecé, Bs. As., 1952, ps. 17-24.