Mostrando entradas con la etiqueta ANARCOTRADICIONALISMO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ANARCOTRADICIONALISMO. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de febrero de 2017

Wycliffe el precursor (y 2)

En la entrada anterior vimos que para Wycleff la posesión de la autoridad eclesiástica está ligada al estado de gracia y se ve anulada por el pecado mortal. Pero otra de sus tesis condenadas en el Concilio de Constanza se refiere a la potestad política:
15. Nadie es señor civil [...] mientras está en pecado mortal.
Esta tesis no es muy diferente de la explicada en el post anterior. Para W., el estado de gracia es condición necesaria para la titularidad del poder político, de modo que el gobernante que se encuentra en pecado manifiesto pierde su autoridad. 
Las consecuencias anárquicas de la tesis caen por su propio peso:
“…no podía dejar de encontrarse espíritus extraviados hasta el punto de decir: ¡si el pecado mortal hace perder la dominio, y la potestad, no debemos soportar a tal o cual superior, civil o eclesiástico, que, a nuestros ojos, está probado, que es un pecador! Comprendemos muy bien la exclamación del emperador Segismundo en Constanza, cuando le explicaron la doctrina de Juan Hus, copiada de Wyclif: Juan Hus, ¡nadie vive sin pecado!” (cfr. Cristiani, L. Wyclif, en DTC XV, col. 3592).
Al margen del potencial subversivo de esta afirmación cabe preguntarse por qué la Iglesia condenó también este aspecto político de la doctrina de W. Sin excluir otros motivos, lo cierto es que se opone a la S. Escritura: “todos han de someterse a las potestades superiores porque no hay potestad que no esté bajo Dios, y las que hay han sido ordenadas por Dios. Por donde el que resiste a la potestad, resiste a la ordenación de Dios; y los que resisten se hacen reos de juicio” (Rom 13, 1-2). Como apuntaba Straubinger, en la nota correspondiente:
“El presente capitulo inculca los deberes para con la potestad civil, y es de señalar que S. Pablo escribió estas amonestaciones en tiempos de Nerón, perseguidor en extremo cruel de los cristianos. Obedecer a las autoridades es una obligación independiente de las cualidades personales de los mandatarios. Véase Mat. 22, 21; I Pedr. 2, l3·1 S; Juan 19, 11. Los Padres de la Iglesia procuraron con toda diligencia profesar y propagar esta misma doctrina: "No atribuyamos sino al Dios verdadero la potestad de dar el reino y el imperio" (S. Agustín). Vemos una elocuente confirmación de esta doctrina en Ef. 6, S ss. y en la sumisión de Pablo y de Pedro hasta la prisión y el martirio.”
Lo mismo enseñaba Santo Tomás (ver aquí) en su comentario a la Epístola: la obediencia a las autoridades civiles es una conducta debida “por necesidad de la salvación”.
La conclusión que se sigue de esta solemne condena de W. es que el pecado manifiesto del gobernante no lo priva de su potestad política, ni tampoco dispensa a los gobernados del deber de obediencia. Todo ello sin perjuicio de la posible resistencia a mandatos inmorales, en un proceso que puede llegar -en casos muy graves- al extremo de la rebelión violenta contra el tirano, su deposición y posterior castigo.

viernes, 17 de febrero de 2017

Wycliffe el precursor (1)

En esta entrada, y en la próxima, diremos algo sobre las doctrinas de Wycliffe, un heresiarca medioeval que influye en el presente más de lo que pudiera suponerse. No es posible exponer en un blog toda la doctrina de W., de manera que nos limitaremos a dos aspectos de su pensamiento, que permiten ubicarlo como un precursor del anarco-tradicionalismo.
En la raíz del pensamiento de W. se encuentra el dualismo platónico-agustinista y una profunda desilusión respecto del estado de la Iglesia visible:
“Nacido en North Yorkshire, Inglaterra, y educado en Oxford, donde más tarde enseñaría, John Wycliffe (Wycliff, o Wiclef) inició su producción académica como filósofo, volviendo al agustinismo frente al escepticismo dominante. En teología estuvo más influido por la Biblia y los Padres que por la escolástica. Su creciente desilusión con las instituciones de la Iglesia lo llevó, sobre la base de una filosofía platónica, a desarrollar una visión de la Iglesia en la que distinguía su ideal espiritual eterno de la Iglesia material visible. Esta última no tenía ninguna autoridad que no procediese de aquella Iglesia ideal. Más tarde aplicaría estas ideas a toda autoridad, tanto civil como eclesiástica.” (fuente)
Sabido es que en doctrina católica el Romano Pontífice tiene una potestad que se califica de ordinaria, suprema, plena, inmediata y universal; que puede siempre ejercer libremente. La adquiere en el momento de su elección y la pierde por muerte, renuncia y -según la mejor doctrina- cuando mediante sentencia de la Iglesia se determina con certeza que ha cometido el delito de herejía, cisma o apostasía.
Pero Wycliffe vincularía la potestad de jurisdicción del papa a la ausencia de pecado mortal. Esto consta en sus escritos y se desprende de dos de las proposiciones condenadas formalmente por el Concilio de Constanza:
8. Si el Papa es un precito [1] y malo y, por consiguiente, miembro del diablo, no tiene potestad sobre los fieles que le haya sido dada por nadie, sino es acaso por el César. 

15. Nadie es señor civil, nadie es prelado, nadie es obispo, mientras está en pecado mortal.
De acuerdo con esta teoría si un papa está en pecado mortal manifiesto (el fuero interno no es cognoscible externamente) pierde la potestad de jurisdicción. Lógicamente bastaría con que algunos/muchos cristianos considerasen al pontífice pecador para que perdiese su potestad.
Otra variante de esta doctrina -que puede inspirarse en W. aunque no sea del todo claro si el autor la sostuvo de modo explícito- es práctica: aunque el pontífice no pierda la potestad de jurisdicción, los súbditos se sienten eximidos de obedecerle bajo pretexto de su pecado manifiesto.
Este error, en sus dos modalidades, implica colocar una bomba anarquizante en los cimientos de la Iglesia. No se trata de la resistencia a mandatos inmorales, conducta legítima bajo condiciones estrictas, sino de negar la titularidad de la potestad de jurisdicción o de sustraerse a la obediencia debida a la Jerarquía. En tiempos calamitosos como el presente no viene mal recordar esta lección histórica para no caer en la tentación de revivir estos errores wyclefitas que, si son pertinaces, dejan fuera de la Iglesia a quien los sostiene.


_____
[1] precito, ta. Del lat. mediev. praescitus 'réprobo', 'condenado', y este del lat. praescītus 'sabido de antemano'. 1. adj. Condenado a las penas del infierno, réprobo.

martes, 31 de enero de 2017

Juliano el apóstata





En la entrada anterior vimos que San Agustín mencionó la actitud de los cristianos ante el emperador Juliano el apóstata. Reproducimos unas páginas del historiador J. Lortz que nos dan una aproximación al perfil biográfico de Juliano y sus modos de atacar a la Iglesia. Un complemento para interpretar mejor el texto de San Agustín poniéndolo en su contexto histórico.

§ 22. EL EMPERADOR JULIANO Y LA REACCIÓN PAGANA
1. El paganismo no había muerto. Tradiciones antiquísimas no desaparecen sino poco a poco. Especialmente esos núcleos sociales en los que tales tradiciones suelen estar más arraigadas, las antiguas familias nobles, aún estaban adheridas a la vieja religión, bajo la cual había surgido la gloria del imperio. No se debe olvidar que bajo Teodosio († 395), que constituyó a la nueva fe en religión del Estado (§ 23), aún eran paganos la mitad de los súbditos del imperio.
También determinadas profesiones fueron centros de resistencia a la cristianización. Para los sacerdotes y los maestros superiores (también los artistas) estaba en juego su existencia. Justamente aquí demostró el nuevo Estado (en parte también por necesidad) una singular falta de lógica, que, por otro lado, trajo consecuencias ventajosas para el patrimonio cultural del Medievo: las más célebres escuelas superiores y la casi total instrucción de las clases más elevadas fueron dejadas en manos de maestros paganos (8) y durante cierto tiempo continuaron siendo provistos los cargos sacerdotales paganos. El esplendor sin igual de las obras culturales del paganismo siguió ejerciendo su maravillosa fuerza de atracción.
Del mismo modo que la eventual persecución sangrienta del paganismo contribuía por otra parte a provocar una resistencia más tenaz, así también las funestas escisiones ocasionadas por las herejías en el cristianismo (§§ 26 y 27) disminuyeron por otro lado su fuerza interna y su prestigio externo.
2. El paganismo recibió en el siglo III, especialmente entre las personas cultas, nuevo esplendor, renovada fuerza de atracción y un verdadero robustecimiento interior por medio del neoplatonismo(9). Se trata de una filosofía religiosa idealista o también de una religión filosófica, la última gran creación del genio griego. Reinterpretando y profundizando la antigua religión popular pagana, se logró otra vez un renacimiento real del paganismo. Su mayor éxito en concreto fue ganarse al emperador Juliano (también san Agustín pasó por este sistema).
3. Juliano el Apóstata (361-363). La brutalidad homicida que empaña la imagen de Constantino el Grande fue heredada por sus tres hijos. Arrastrados por el miedo a sus competidores, igual que su padre, eliminaron a sus parientes varones, excepto sus dos primos más jóvenes, Galo y su hermano Juliano. Cuando Constancio fue soberano absoluto, mandó matar también a Galo, al que él mismo primeramente había nombrado César, mientras que a Juliano, a instancias de la emperatriz, le fue perdonada la vida y pudo continuar su actividad en el servicio monástico eclesiástico, donde se le había confinado. Es comprensible que esta obligada profesión le hiciese no sólo antipática, sino hasta odiosa la religión a la que aquélla iba unida, la religión profesada por el asesino de su padre. Y, viceversa, pudo parecerle más simpática la religión pagana que aquél había perseguido. Además, el trajín de los obispos arrianos de la corte, así como la desunión de los cristianos, no hubo de causarle buena impresión.
Sin embargo, la causa principal de su distanciamiento del cristianismo (que por lo demás sólo conocía en la viciada forma del arrianismo) fue el influjo pagano de sus maestros. En particular el neoplatónico Máximo despertó su entusiasmo, siendo aún estudiante, por la antigua filosofía. A los veintidós años abjuró secretamente del cristianismo y se hizo iniciar en los misterios eleusinos. Llegó su hora cuando Constancio lo hizo César y lo envió a la Galia. Allí hizo cosas tan sobresalientes que sus tropas lo proclamaron Augusto. La lucha contra el odiado Constancio se hizo con ello inevitable. La muerte de éste, ocurrida antes del desenlace bélico, convirtió a Juliano en soberano absoluto.
Juliano, siendo emperador, apostató también públicamente. Se adhirió al paganismo y se propuso seriamente hacerlo renacer.
4. Juliano era lo bastante inteligente como para no provocar una persecución sangrienta, ya que los mártires sólo hubieran favorecido a la Iglesia. Sin embargo, llegó a haber martirios, debido al furor de la plebe pagana, al capricho de ciertos gobernadores y a la ira del emperador contra cristianos particulares. No menos vituperable es el modo ambiguo, insidioso y mezquino con que Juliano trató de conseguir subrepticiamente de los cristianos la adoración externa de los dioses so pretexto del culto debido al emperador.
Privó al cristianismo y a la Iglesia de todos los privilegios de que habían gozado desde Constantino y que, evidentemente, tanto habían favorecido su desarrollo. También trató de debilitar espiritualmente a la Iglesia, prohibiendo que en las escuelas cristianas se enseñara el patrimonio cultural del paganismo. Promovió todo lo que pudiera hacerle competencia a la Iglesia, fuesen sectas cristianas, fuese el judaísmo o el paganismo.
Fijó su atención principal en revivificar el paganismo. Su trabajo fue en este sentido un reconocimiento indirecto de la superioridad del cristianismo, al mismo tiempo que demuestra la seriedad moral con que se dedicó a dicha tarea. Lo que él perseguía era un paganismo cristianizado. En los templos paganos, tras su reapertura, debía oficiar un sacerdocio con altas exigencias de pureza, piedad, instrucción y amor al prójimo; el culto debía restaurarse con gran pompa y ser más fecundo religiosa y moralmente mediante la predicación, y otro tanto debía cuidarse la caridad. La orden dada por Juliano de reconstruir el templo de Jerusalén y promover el judaísmo en general fue una tentativa consciente de reducir ad absurdum las profecías cristianas. El mismo participaba todos los días en el sacrificio pagano y trató también de activar sus planes como orador y escritor.
 5. El ensayo de Juliano no pasó de ser un episodio. Ya en el año 363, apenas cumplidos los treinta y dos años, entró en guerra contra los persas. Nadie es capaz de imaginarse las inmensas dificultades que hubieran podido acarrear al cristianismo las «magníficas cualidades» del Apóstata, como dice san Agustín. Pero su aparición es sumamente instructiva para conocer la situación histórica de la Iglesia en aquel tiempo. Nos permite de un solo golpe de vista descubrir claramente los peligros que bajo aquellas condiciones religioso-culturales acechaban a la Iglesia.
Incluso en el caso de Juliano, nada nos autoriza a ver en él solamente lo erróneo y negativo y pasar por alto lo positivo. Como César de las Galias, levantó nuevamente esta provincia con medidas prudentes y justas, y como emperador implantó la austeridad, la justicia y la objetividad en la administración y legislación del imperio. Que a pesar de estos valores y de estas al menos parcialmente acertadas medidas no lograse imponer su criterio ni sofocar al cristianismo, demuestra mucho mejor la fuerza de la Iglesia de Cristo que si ésta hubiera tenido que resistir a un nuevo Nerón.
Fuente:
http://www.mercaba.org/IGLESIA/Historia/LORTZ/20_33.htm

martes, 24 de enero de 2017

La vara de los pecadores sobre la heredad de los justos

Emperador Juliano el apóstata.
Ante la realidad de gobernantes inicuos (infieles, apostatas, idólatras, etc.) los primeros cristianos tuvieron que enfrentar dos tentaciones no menores: una, sustraerse a la obediencia y el honor debidos a los poderes temporales; otra, desesperarse por la maldad y éxito mundano de los poderosos. San Agustín, en su Comentario al Salmo 182, sale al cruce de estas tentaciones.
- En el siguiente pasaje el obispo de Hipona da cuenta de la inquietud que provoca en los cristianos el hecho de estar bajo una potestad política perversa a la cual, sin embargo, la Escritura dice que se ha de obedecer (1 Pe 2, 13-17; Rom. 13). Inicia su reflexión partiendo de un ejemplo doméstico que luego traslada al ámbito político: 
«7. Porque no abandonará el Señor la vara de los pecadores sobre la suerte (la heredad) de los justos, para que los justos no alarguen sus manos a la iniquidad. Ahora ciertamente los justos sufren un poquito, y asimismo, de vez en cuando, los perversos dominan a los justos. ¿De qué modo? Consiguiendo algunas veces los inicuos los honores del mundo. Pues, cuando han alcanzado estos honores y han sido constituidos jueces o reyes, puesto que esto lo hace Dios por la enseñanza de su plebe y de su pueblo, no puede menos de acontecer que se preste el debido honor a los poderes. De tal modo ordenó Dios su Iglesia, que toda potestad establecida en este mundo debe ser honrada, y algunas veces lo es por los mejores. Pondré un ejemplo; de aquí conjeturad la naturaleza o condición de todos los poderes. La primera y la ordinaria potestad del hombre sobre el hombre es la del señor sobre su siervo. Casi en todas las familias se halla esta potestad. Hay señores y siervos; los nombres son diversos, pero hombres y hombres son iguales nombres. ¿Qué dice el Apóstol enseñando a los siervos a someterse a los señores? Siervos, obedeced a vuestros amos carnales; y lo dice así porque hay otro Señor en cuanto al espíritu. Él es el verdadero y eterno Señor; mas estos de la carne lo son temporalmente. A ti, andando en el camino, viviendo en esta vida, Cristo no quiere hacerte soberbio. ¿Te hiciste cristiano y tienes por Señor a un hombre? Pues bien, no te hiciste cristiano para quebrantar el yugo de la servidumbre. Cuando mandándote Cristo sirves al hombre, no le sirves a Él, sino a quien manda. Por esto dice el Apóstol: Obedeced a vuestros señores carnales con temor y temblor, con sencillez de corazón; no sirviendo a la vista, como queriendo agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, cumpliendo el querer de Dios con agrado y buena voluntad [Ef 6,5.6]. Ved que no hizo de siervos libres, sino de malos siervos, siervos buenos. ¡Cuánto no deben los ricos a Cristo, que les arregló la casa! De suerte que, si allí hay un siervo desleal, Cristo le convierte y no le dice: "Abandona a tu dueño." No le dijo: "Ya conociste al que es verdadero Dueño; quizás el carnal es impío e inicuo, tú ya eres fiel y justo; es indigno que el justo y el fiel sirvan al inicuo e infiel." No le dijo esto, sino más bien: "Sirve." Y para corroborar al siervo dijo esto: "Sirve a ejemplo mío, pues yo, antes que tú, serví a los inicuos." ¿De quién soportó en la pasión el Señor tantos tormentos sino de los siervos? ¿Y de qué siervos sino de los malos, puesto que, si hubieran sido siervos buenos, hubieran honrado al Señor? Pero, como eran malos siervos, le injuriaron. Y Él, ¿qué hizo a su vez? Devolvió amor por odio, pues dice: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen [Lc 23,34]. Si el Señor del cielo y de la tierra, por quien fueron hechas todas las cosas, sirvió a los indignos, rogó por los despiadados y enfurecidos, y viniendo se mostró como médico, pues los médicos, siendo mejores que los enfermos, les sirven con el arte y la curación, ¿cuánto más no debe desdeñarse el hombre en servir al señor de todo corazón, con todo empeño y con todo el amor aun siendo malo?»
- "Siervos, obedeced a vuestros amos carnales", es el mandato apostólico que San Agustín extrapola a los gobernantes temporales. Cita el ejemplo de Juliano el apóstata y destaca la actitud de los primeros cristianos ante este emperador romano.
«Ved que sirve el mejor al peor, pero temporalmente. Lo que dije del señor y del siervo, entendedlo de las potestades y reyes, de toda autoridad de este mundo. Algunas veces las potestades son buenas, temen a Dios; otras no le temen. El emperador Juliano fue infiel, apóstata, inicuo, idólatra; sin embargo, los soldados cristianos sirvieron a un emperador infiel; pero, cuando se presentaba la causa de Cristo, sólo reconocían por emperador a Aquel que estaba en el cielo. Cuando quería que adorasen a los ídolos, que les ofreciesen incienso, le posponían a Dios. Sin embargo, cuando les decía: "Aprestad el ejército, acometed a aquella nación", al momento le obedecían. Distinguían al Señor eterno del señor temporal y se sometían por el Señor eterno al señor temporal.»
- En el presente orden, los cristianos están sujetos a la contingencia de gobernantes perversos. Esta situación -fruto de la defectibilidad humana- se mantendrá hasta la segunda venida de Cristo.
«8. Pero ¿acontecerá siempre esto, que los inicuos manden sobre los justos? No será así. Oíd lo que dice este salmo. Porque no abandonará el Señor la vara de los pecadores sobre la heredad de los justos. Temporalmente se percibe la vara de los pecadores sobre la heredad de los justos; pero no se la deja allí, no será eternamente. Llegará tiempo en que se reconozca un solo Dios; llegará tiempo en el que, apareciendo Cristo en su esplendor, congregue delante de Él a todas las gentes y las divida, como el pastor divide las ovejas de los carneros, poniendo las ovejas a la derecha, y los carneros a la izquierda[Mt 25,32.33]. Allí veréis muchos siervos entre las ovejas, y muchos señores entre los carneros; y, asimismo, muchos señores entre las ovejas, y muchos siervos entre los carneros.»


jueves, 6 de octubre de 2016

Dios permite el mal y los hombres también




Hay personas que se escandalizan con la tolerancia. Esta consiste, según la clásica la definición, en la “permisión negativa del mal”. Vale decir que el sujeto tolerante no impide la realización de algo malo, aunque podría hacerlo.  ¿Cómo se puede justificar que no se evite el mal? Es la pregunta que algunos se hacen con mucha inquietud. Sin embargo, Dios tolera; y los hombres, también.
 1. Dios tolera el mal. ¿Cómo es posible que siendo Dios omnipotente y sumamente bueno permita que sucedan males en el universo? ¿Por qué si Dios puede impedir los males no lo hace? Esta es una dificultad grande para aceptar la verdad de la Providencia Divina. Y un pilar del agnosticismo y del ateísmo, a tal punto que Santo Tomás la considera una de las principales objeciones contra la existencia de Dios. Claro que hay una respuesta, que no podemos reproducir en esta entrada por razones de espacio. Tal vez haya que agregar un dato de experiencia a tener en cuenta en el trato con los demás: para quien sufre intensamente el mal, las explicaciones racionales muchas veces no son suficientes. Objetivamente lo son; pero la alteración que provoca el padecimiento hace difícil que el sufriente pueda trascender a su situación; de modo que hasta tanto se serene el ánimo, y la persona se deje ayudar por la gracia, puede suceder que le cueste mucho ver a un Dios amoroso detrás de la permisión del mal.
¿Por qué Dios tolera el mal? Responde el Aquinate: “para que no sean impedidos mayores bienes o para evitar males peores” (S. Th. II-II, q. 10, a. 11).
 2. La Iglesia tolera el mal. Hay muchos males morales que se toleran dentro de la Iglesia por parte de las autoridades eclesiásticas, que sin embargo tienen el poder de impedirlos. Existe una tradicional distinción entre pecado y delito. A lo largo de toda su historia la Iglesia ha practicado la tolerancia con muchos de sus hijos bautizados, absteniéndose de emplear sanciones contra ellos y confiándolos a la justicia divina.
La autoridad eclesiástica no debe impedir toda falta siempre y en cualquier circunstancia. Esto lo saben los párrocos, que en algunos casos no pueden impedir sacrilegios, porque la ley les prohíbe denegar un sacramento. Y por supuesto también los obispos y los papas. En el ámbito canónico la tolerancia tiene una importante esfera de aplicación.
3. Los padres toleran el mal. Ciertamente hay padres permisivos. Pero también los buenos padres se ven muchas veces en la necesidad de tolerar malos comportamientos de sus hijos. Si quisieran impedir todo mal acabarían en una asfixia sobreprotectora. Lo mismo sucede en otras sociedades como una escuela, un club, una asociación civil o una sociedad comercial. No se puede impedir todo lo malo porque puede resultar contraproducente.
4. Los estados toleran el mal. Dice Santo Tomás (S. Th. II-II, q. 10, a. 11) que el “gobierno humano proviene del divino y debe imitarle”. Si Dios tolera, los gobiernos también toleran. En efecto, aclara el santo casi inmediatamente que “en el gobierno humano, quienes gobiernan toleran también razonablemente algunos males para no impedir otros bienes, o incluso para evitar peores males”.
¿Qué males sociales se pueden tolerar en una comunidad política? El principio general es: los que exija el bien común. Ni más, ni menos. La decisión, en cada caso, es de tipo prudencial. En efecto, la ley humana no manda todos los actos de cada una de las virtudes sin los que son referibles al bien común (S. Th. I-II, q.96, a.3); pretende inducir a la virtud no de manera repentina sino gradual por eso no impone a los imperfectos las obligaciones que sólo podrían cumplir los perfectos, y tampoco prohíbe todos los vicios sino los más graves y nocivos para la comunidad (S. Th. I-II, q.96, a.2; ad.2).
El mismo Santo Tomás (en un contexto de cristiandad) pone algunos ejemplos de conductas tolerables: a) los ritos de los infieles; b) los ritos de los judíos (equiparados a la idolatría); c) la prostitución. El argumento es siempre el mismo: por razón de algún bien mejor o por evitar algún mal más grave.
Los escolásticos posteriores aplicarán los principios del Angélico a otros supuestos. Así Suárez, menciona el caso de algunas injusticias en los contratos. Vitoria y Soto se refieren a conductas aberrantes de los aborígenes americanos. Los reyes cristianos de España toleran desórdenes importantes en América. Con el correr de los siglos la doctrina de la tolerancia tendrá una elaboración más sistemática y será asumida expresamente por el magisterio eclesiástico de los siglos XIX y XX.
La tolerancia se articula con el principio de doble efecto de modo que para tolerar se requiere causa proporcionada a la gravedad de la conducta permitida. Siempre habrá de conciliarse con otros elementos para que no sea cooperación ilícita al mal y no implique falta de los deberes del propio oficio del gobernante. La prudencia indicará cuál de las diversas opciones prácticas disponibles será la mejor en concreto. Y con esta determinación prudencial del grado de tolerancia surgirá el bien común posible en cada sociedad, pues las leyes para ser justas deben ser posibles de cumplir, física y moralmente, para el común de los súbditos, como lo recuerda Santo Tomás con remisión a San Isidoro de Sevilla (S. Th. I-II, q.95, a.3).


sábado, 30 de abril de 2016

San Pío X y los integristas españoles (y 2)


8. En los casos prácticos, o con esta unión per modum actus o sin ella, todos debemos cooperar al bien común y a la defensa de la Religión; «en las elecciones, apoyando no solamente nuestros candidatos siempre que sea posible vistas las condiciones del tiempo, región y circunstancias, sino aun a todos demás que se presenten con garantías para la Religión y la Patria», teniendo siempre a la vista el que salgan elegidas el mayor número posible de personas dignas, donde se pueda, sea cual fuere su procedencia, combinando generosamente nuestras fuerzas con las de otros partidos y de toda suerte de personas para este nobilísimo fin. «Donde esto no es posible, nos uniremos con prudente gradación con todos los que voten por los menos indignos», exigiéndoles las mayores garantías posibles para promover el bien y evitar el mal. Abstenernos no conviene, ni es cosa laudable, y, salvo tal vez algún rarísimo caso de esfuerzos totalmente inútiles, se traduce por sus fatales efectos en una casi traición a la Religión y a la Patria. Este mismo sistema seguiremos en las Cortes, en las Diputaciones y en los Municipios en los demás actos de la vida pública. «Nuestra política será de penetración, de saneamiento», «de sumar voluntades, no de restar y mermar fuerzas», «vengan de donde vinieren». Cuando las circunstancias nos lleven a votar por candidatos menos dignos, o entre indignos por los menos indignos, o por enmiendas que disminuyan el efecto de las leyes, cuya exclusión no podemos lograr ni esperar, una leal y prudente explicación de nuestro voto justificará nuestra intervención. En las cosas dudosas que directa o indirectamente se refieren a asuntos religiosos, consultaremos nuestras dudas con los Prelados.
Se aplica aquí el primer principio de la moral política: todos deben cooperar al bien común. ¿Con qué medios? Se destaca en esta norma la participación en elecciones. ¿De qué manera? Buscando el mayor bien posible, razón por la cual se acude al tradicional principio de doble efecto (denominado a veces mal menor) en lo relativo al voto: elegir a los mejores posibles, a los menos dignos, a los menos indignos… Todo ello en una prudente gradación de posibilidades. Y ante las leyes inicuas se da una directiva de acción: cuando no se las pueda derogar por completo, se ha de procurar atenuar el daño social que provocan.
9. Sobre la censura de nuestros periódicos obedeceremos fielmente a cuanto prescribe la Encíclica Pascendi, «y si algún conflicto ocurriese, evitaremos toda publicidad y buscaremos el consuelo y remedio apelando únicamente a las autoridades eclesiásticas». 
La censura de periódicos ha perdido viabilidad en las circunstancias actuales. Lo cual no implica que hayan caducado los principios morales relativos a la difusión pública de los errores.
10. Nuestros ardientes votos son que en el gobierno del Estado renazcan las grandes instituciones de la tradicional Monarquía española, que tanta gloria dio a la Religión y a la Patria, y trabajaremos para la ascensión progresiva de nuestras leyes y modos de gobierno hacia aquel grandioso ideal; «pero no dejaremos de aprovechar todo lo bueno y honesto de nuestras costumbres y legislaciones, para mejorar la condición católica y social de nuestros gobernantes», «recordando que esperar lo mejor sin aprovechar lo bueno es matar en su raíz toda esperanza del mismo ideal a que aspiramos».
En la segunda parte de esta norma se conjura una peligrosa ilusión con estos términos: esperar lo mejor sin aprovechar lo bueno. Es la trampa de buscar bien total (muchas veces imposible) con exclusión de bienes parciales o de reducción de males (lo cual es un bien, secundum quid). Tal sería la actitud de quien se negara, por ejemplo, a apoyar una propuesta de ley criminalizadora del aborto, allí donde este delito es impune, con la excusa de que la nueva ley no penalizaría todos los supuestos.
11. En cuanto a la defensa de la Religión y de los intereses religiosos, «en lo referente a la sumisión a los Poderes constituidos» y a la obediencia y sumisión incondicional a nuestras Prelados, queremos en todo atenernos a las enseñanzas de la Santa Sede, principalmente de Pío IX, León XIII y Pío X, y a las disposiciones del glorioso Episcopado español. 


viernes, 29 de abril de 2016

San Pío X y los integristas españoles (1)

En tiempos de San Pío X, bajo el título Autorizadas instrucciones a los católicos, la Santa Sede dio unas normas prácticas a los integristas españoles. Fueron publicadas en El Siglo Futuro del 30 de enero de 1909. Según dicho diario integrista se trataba del «manual más soberano y completo de los deberes de los católicos en nuestros días» y de «sapientísimas instrucciones que, por venir de donde vienen, serán norma de nuestros actos». 
En esta entrada y en la que sigue reproduciremos las 11 normas prácticas con comentarios nuestros en azul. Algunas, sólo conservan interés histórico; otras, pueden ser útiles en el presente cambiando lo que haya que cambiar.
1. Sostener la tesis católica en España y con ella el restablecimiento de la Unidad Católica, y luchar contra todos los errores condenados por la Santa Sede, especialmente los comprendidos en el Syllabus, y las libertades de perdición, hijas del llamado derecho nuevo o liberalismo, cuya aplicación al gobierno de nuestra patria es ocasión de tantos males. Esta lucha debe efectuarse dentro de la legalidad constituida, esgrimiendo cuantas armas lícitas pone la misma en nuestras manos.
España era en ese momento una nación religiosamente homogénea, poseedora de una compacta unidad que la diferenciaba de otros países. Para salvaguardar el bien común de la unidad católica, la lucha contra los errores liberales era una prioridad. Lamentablemente, al finalizar el régimen de Franco comenzaría a perderse la unidad católica en un proceso que parece no haber concluido. Razón por la cual, mientras no se logre recuperar cierto grado de unidad religiosa, el sostenimiento de la tesis parece políticamente inviable.
En cuanto a los instrumentos, nótese la insistencia en el uso de todos los medios honestos dentro de la legalidad constituida entre los cuales destaca –en párrafos posteriores, de modo explícito- la participación política y la lucha electoral en un sistema de partidos.
2. No acusar a nadie como no católico o menos católico por el solo hecho de militar en partidos políticos llamados o no llamados liberales, si bien este nombre repugna justamente a muchos, y mejor sería no emplearlo. Combatir «sistemáticamente» a hombres y partidos por el solo hecho de llamarse liberales, no sería justo ni oportuno; combátanse los actos y las doctrinas reprobables, cuando se producen, sea cual fuere el partido a que estén afiliados los que ponen tales actos o sostienen tales doctrinas.
Se manda no cuestionar la catolicidad de nadie por su sola militancia partidaria. El documento advierte sobre lo que a nuestro juicio es una confusión derivada de la polisemia del término liberalismo, que da lugar a polémicas puramente verbales en que no se discuten pensamientos sino palabras. Lo que se ha de rechazar son las doctrinas erróneas, cualquiera sea el término con el cual se designen, así como los actos inicuos, sin importar el nombre del partido que los promueva. 
Otro aspecto importante es que el documento previene contra la posible logofobia. No es cuestión de batallar contra un término, aunque el uso de la palabra liberal no sea recomendable y pueda repugnar, sino contra errores y males sociales realmente existentes. 
3. Lo bueno y lo honesto que hagan, digan y sostengan los afiliados a cualquier partido y las personas que ejerzan autoridad puede y debe ser aprobado y apoyado por todos los que se precian de buenos católicos y buenos ciudadanos, no solamente en privado, sino en las Cortes, en las Diputaciones, en los Municipios y en todo el orden social. La abstención y oposición a priori están reñidas con el amor que debemos a la Religión y a la Patria.
Viene al caso citar aquí una anécdota que nos envió un amigo, que tuvo lugar en años posteriores, pero que es reveladora de una mentalidad: el padre Gafo había defendido, como diputado que era, desde la tribuna de oradores, un proyecto de ley de protección social a los trabajadores. Desde su bancada (el bloque de las derechas, con mayoría absoluta y sustentando al gobierno) le interrumpían el discurso con fuertes aplausos. Llegó la votación y ¡sus compañeros votaron contra el proyecto! Desolado, el Padre Gafo se cruzó en los pasillos con Lamamié que le dijo (la cita no es textual): ¡Déjese de pamplinas, lo que tienen que hacer los obreros es ser menos libertinos y rezar más el rosario! O sea, al final, el bien común consiste en utilizar la piedad religiosa como bálsamo pacificante de la sociedad evitando así tener que abordar las causas de las injusticias sociales...
Se reprueba el obstruccionismo y el abstencionismo como contrarios a importantes virtudes.
4. En todos los casos prácticos en que el bien común lo exija, conviene sacrificar en aras de la Religión y de la Patria las opiniones privadas y las divisiones de partido, salvo la existencia de los mismos partidos, cuya disolución a nadie se le puede exigir.
Se aplica aquí el principio de primacía del bien común, que pide subordinar los intereses particulares al bien de la comunidad. Pero contra quienes censuran la política partidaria se recuerda que a nadie se le puede exigir la supresión de los partidos.
5. No exigir de nadie como obligación de conciencia la afiliación a un partido político determinado con exclusión de otro, ni pretender que nadie renuncie a sus aficiones políticas honestas como deber ineludible; pues en el campo meramente político puede lícitamente haber diferentes pareceres, tanto respecto del origen inmediato del poder público civil, como del ejercicio del mismo y de las diferentes formas externas de que se revista.
Se niega legitimidad a la pretensión de un partido católico único, exclusivo, al cual los fieles deban afiliarse como si fuera un deber de conciencia. Tampoco se puede pretender la renuncia a la actividad política como si fuera un deber moral. Por último, se recuerda que hay un campo de cuestiones opinables en materia política (origen inmediato del poder, su ejercicio, formas de gobierno) en el cual se impone el respeto por las personas y la libertad de sus conciencias.
6. No sería justo ser de tal manera inexorables por los menores deslices políticos de los hombres afiliados a los partidos llamados liberales que por tendencia y por actitud política sean ordinariamente más respetuosos con la Iglesia que la generalidad de los hombres políticos de otros partidos, que se creyera obra buena atacarles sistemáticamente, presentándoles como a los peores enemigos de la Religión y de la Patria, como a «imitadores de Lucifer», etc., pues semejantes calificativos convienen al «liberalismo doctrinario» y a sus hombres en cuanto sean sostenedores contumaces y habituales de errores y doctrinas contrarios a los derechos de Dios y de la Iglesia, abusando del nombre de católicos en sus mismas aberraciones, y no a los que quieren ser verdaderos católicos, por más que en las esferas del Gobierno o en su acción política falten en algún caso práctico, por ignorancia o por debilidad, a lo que deben a su Religión o a su Patria. Combátanse con prudencia y discreción estos deslices, nótense estas debilidades que tantos males suelen causar; pero en todo lo bueno y honesto que hagan déseles apoyo y oportuna cooperación, exigiendo a su vez por ella cuantos bienes se puedan hic et nunc alcanzar en beneficio de la Religión y de la Patria.
Se reprueba aquí la crítica destructiva, sistemática, diferenciando el liberalismo doctrinal y pertinaz, de los deslices cometidos por debilidad o ignorancia. Y se pide la cooperación –al menos actual- cuando se trata de luchar por bienes comunes concretos en beneficio de la Religión y de la Patria.
7. Estar siempre prontos para unirse con todos los buenos, sea cual fuera su filiación política, en todos los casos prácticos que los intereses de la Religión y de la Patria exijan una acción común. Esta unión no es unión de fe y de doctrina, pues en tales cosas todo católico debe estar unido con los demás católicos, y todos ellos sujetos y obedientes a la Iglesia y a sus enseñanzas; esta unión, por su naturaleza, no es una asociación católica, ni una cofradía, ni una academia, es una «acción práctica» no constante y permanente o per modum habitus, sino de circunstancias y necesidades o per modum actus.
Este punto es un desarrollo de la última parte del anterior. Se insiste en la distinción práctica entre colaboración habitual y actual en función de bienes comunes. Esta unión colaborativa entre personas de distinta filiación política no es unidad de fe. 
P.s. en la segunda parte de esta entrada abriremos los comentarios al debate. 


miércoles, 20 de abril de 2016

La FSSPX y el brazo secular

Un comentarista ha planteado en la entrada anterior una hipótesis interesante: si en tiempos de cristiandad, con estados confesionalmente católicos, dispuestos a actuar como “brazo secular” de la Iglesia, hubiera aparecido un Monseñor Lefebvre, y se hubiera planteado un caso como el de la FSSPX, los pontífices podrían haber ordenado a los gobernantes cristianos la represión, incluso con pena de muerte, de Lefebvre y los adherentes a su postura. Un ejemplo, análogo en pequeña escala, de esta actitud de la jerarquía eclesiástica lo tuvimos en la Argentina durante el gobierno militar.
En tal caso se daría lo que el comentarista califica como ironía. En efecto, si el brazo secular fuese eficaz, la FSSPX sólo podría seguir existiendo en estados no católicos, amparándose bajo el paraguas de la libertad religiosa. Así, la FSSPX podría existir en países como Estados Unidos, pero no en España, Italia, Francia... En estados confesionalmente católicos, la Fraternidad sería ilegalizada, sus publicaciones censuradas y sus miembros reprimidos con todo el peso de la ley. Y si todos los estados del mundo fuesen católicos, y eficaces en su función de brazo secular, en un tiempo más o menos breve, la Fraternidad desaparecería físicamente.
Aunque tenemos una opinión al respecto, dejamos el caso para el debate de nuestros lectores.
P.s.
1. Si alguien plantea una objeción en un blog, o en otro ámbito, nadie tiene obligación de contestarla. Pero si se responde, hay que tratar de hacerlo razonablemente bien. Algunos comentarios no publicados han sido lamentables y recuerdan lo dicho por Bouyer en su libro La descomposición del catolicismo.
2. Cualquier persona con un mínimo de experiencia docente conoce la utilidad y los límites de los casos.
Pero el caso propuesto por Johannes no está mal planteado y resulta llamativo que se eluda el núcleo de la cuestión mediante negaciones contra-fácticas. Distinto sería si se demostrase que el supuesto de hecho es un imposible, por ejemplo una cuarta persona en la Trinidad.
3. Quien crea que en la historia de la Iglesia no hubo persecución injusta a personas e instituciones santas; y que los papas no pueden abusar de su poder, sea que lo ejerciten por sí mismos o mediante el recurso al brazo secular, se ha comprado una novela rosa digna de la apologética boba.
4. Dicho lo anterior, y aunque el caso contiene una “picardía” que recuerda a un argumento de Garrigou-Lagrange que no vamos a desarrollar, en nuestra opinión la respuesta se puede dar desde la doctrina católica pre-conciliar bien entendida. En la bitácora se la encuentra expuesta en varias entradas precedentes: “La tesis de la confesionalidad”, “La hipótesis y sus diversas formas”, “Tolerancia e intolerancia” (1 y 2). De modo más inmediato en “El tradicionalismo como problema de conciencia” y en “Newman y la Inquisición” (el abuso no prohíbe el uso, pero obliga a ser muy cuidadoso cuando se trata de ejercitar la coacción). Vale decir que del posible caso y sus vías de solución no se sigue una aceptación necesaria de la Dignitatis humanae.
5. Por último, el caso pone en crisis ciertas teorías explícitas o implícitas que hemos criticado últimamente en nuestra bitácora bajo diversas denominaciones, tanto en entradas como en comentarios. Qui potest capere capiat…


martes, 19 de abril de 2016

Anarco-tradicionalismo

Según el DRAE anarquía significa ausencia de poder público. Término del cual deriva anarquismo, que es la doctrina o el movimiento que postula la anarquía.
Este anarquismo puede darse al menos en dos ámbitos: uno, eclesial, en la Iglesia católica; otro, político, en el seno de un Estado. La posición anarquista puede ser especulativa, la cual postula la necesidad de prescindir del poder público; o bien práctica, que sin negar teóricamente la necesidad del poder, se comporta como si no existiera.
En el tradicionalismo católico el componente anarquista es práctico, porque si fuese especulativo dejaría de ser católico, ya que la Iglesia es una sociedad jerárquica. Este anarquismo práctico es efecto de diversas causas, pero habría que radicar su origen en cierto romanticismo difuso por el cual se desea como bueno para el grupo de pertenencia una exclusividad o clandestinidad que son signos de una identidad propia. Esta singularidad proporciona la inconfesada auto-complacencia de poseer una pureza radical, que en el fondo cede ante la tentación del fariseísmo: no ser como los demás, que se dejan gobernar por “esa” autoridad...
En el ámbito eclesial, el anarco-tradicionalismo suele ser fruto de un progresivo deslizamiento. El punto de partida es legítimo y en nuestra bitácora nos hemos ocupado de él muchas veces: la obediencia no es una virtud teologal, sino moral, que posee un justo medio; la “obediencia extrema” no es virtud, sino servilismo. La resistencia a la autoridad –en determinadas condiciones- es legítima e incluso a veces obligatoria. Pero en la pendiente que conduce al anarco-tradicionalismo se superan los límites de la resistencia, sin someterla a sus tradicionales  y estrictas condiciones, cayendo así en una actitud que se ha dado en llamar “resistencialista”, que abusa de la resistencia, puede caer en la desobediencia y en el verdadero cisma. Esta actitud “resistencialista” a veces pretende justificarse en una lectura sesgada de reflexiones como las de Newman sobre la conciencia, pero olvida un dato fundamental: la autoridad se ejerce en concreto mediante normas que mandan, prohíben o permiten. Por tanto, antes de obedecer -de manera inteligente- se debe analizar la moralidad de la conducta imperada por la autoridad. Y si la conducta no es mala, hay que ajustarse a la norma.
En entradas posteriores diremos algo sobre el anarco-tradicionalismo en el ámbito político.