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domingo, 14 de mayo de 2017

La imperfección del bien común temporal

Mejorable, pero existente
El bien común temporal es siempre contingente y, por lo mismo, imperfecto: siempre cabe imaginar formas más perfectas de su realización. Lo cual no es ningún óbice para efectuar un discernimiento prudencial sobre si es o no posible alcanzar el bien común en un determinado momento histórico, ni tampoco desdice en nada del bien común efectivamente realizado decir de él que es perfeccionable. La Castilla y el León de San Fernando o las Españas de Ysabel y Fernando son ejemplos de realización del bien común y, sin embargo, más allá de sus defectos en su aspecto de bien logrado, son esencialmente perfectibles. 
Es muy importante ver esto claro, pues de lo contrario, en épocas tan sombrías como la nuestra, cuando desde hace demasiado tiempo carecemos del rex que nos dirija y hasta de la más elemental amistad política, es fácil que en las almas de los buenos anide una letal ensoñación: la de pensar que el bien común es alguna de las realizaciones del mismo en nuestro glorioso pasado. Se permite así una castrante nostalgia política que no debe confundirse con el piadoso y estimulante cultivo del conocimiento y la veneración de las glorias pretéritas de nuestros reyes y de nuestro pueblo. Pero nosotros no aspiramos al bien común histórico (en cuanto histórico, no en cuanto bien, claro) que lograron Ysabel y Fernando, ni el emperador Carlos, ni Sancho el Mayor de Navarra [1]. No, porque mientras así soñamos, eludimos la verdadera urgencia del bien común, que es una urgencia, por natural, siempre acuciante en el presente, dolientemente acuciante en el hoy desamparado. En ese sentido, no debemos tener miedo de decir que hemos de reputar una traición a nuestra misión –única, irrepetible–, heredada, uno ictu junto con la civilización, de nuestros viejos, esa conducta melancólica y feminoide (que no femenil), que cultiva furtivos placeres solitarios de la imaginación dejando vacantes energías que nos son imprescindibles para responder, como podamos –la campana suena a rebato– a los desiguales desafíos que nos circundan. No será la mujer de Lot la que nos enseñe a amar nuestra historia, de la que por lo demás tanto tenemos que aprender (en hombría, en sacrificio, en racionalidad, en heroísmo).
J.A.U.




[1] La necesaria relatividad del bien común histórico no se opone a una identidad profunda, que subsiste en el tiempo. Es, sencillamente, su necesaria actualización, actuación. Esto, por oposición a una absolutización de la patria, el nacionalismo, los patrioterismos, que pueden tener su cierta lógica en el orden de la espontaneidad y de la pasión, pero carecen de sentido en el orden de la reflexión y de la fundamentación teórica, de la guía de la acción. El verdadero patriotismo (palabra originada en campo revolucionario), es la virtud de la piedad patria y en ese terreno no hay que ceder a la tentación del «cuanto más mejor», porque en esa línea se tiende a hipostasiar, a insuflar un espíritu de predominio y de rivalidad, de afirmación vacua por oposición, de exageración irritante. La virtud de la piedad patriótica es moral y por lo mismo se ve amenazada por exceso y por defecto.

Fuente:

lunes, 5 de septiembre de 2016

Soaje Ramos: trilogía sobre el bien común

Guido Soaje Ramos fue uno de los grandes del pensamiento tomista argentino del siglo XX (más información, aquí y aquí). Profundamente realista, Soaje “pegaba en el ser” como gusta decir uno de sus discípulos. Para ir a las cosas mismas, para pensar mejor la realidad, se valió de Santo Tomás. Con un estilo analítico, riguroso y erudito. Pero su tomismo no fue mera repetición y glosa, sino un sistema abierto al debate con posturas divergentes y aportes personales como su elaboración del problema del “valor” desde una perspectiva realista.
Una parte importante de la obra de Soaje permanece inédita. Algunos hemos tenido ocasión de leer escritos no editados, gracias a discípulos que conservan copias entregadas por el maestro. El INFIP está tratando de dar publicidad a trabajos inéditos, agotados o de difícil acceso, para que puedan tener la amplia difusión que merecen.
Dejamos los enlaces a versiones digitales de tres trabajos de Soaje sobre el bien común:
El trabajo [1] es un clásico dentro de la obra de Soaje, muy citado por sus discípulos, una referencia fundamental sobre el fin de la comunidad política. El [2] es menos citado, pero muy interesante, pues en él se enuncian ideas sobre las relaciones entre la Iglesia y la comunidad política que serían mantenidas a lo largo del tiempo y retomadas años después como se puede apreciar en [3].
Cabe advertir a los lectores que no se trata de textos de fácil lectura, ni abundan los ejemplos didácticos. No obstante, quien desee profundizar en el tema encontrará una notable riqueza. Para muestra, algunos botones:
- El bien común político es un bien humano:
«…puede definirse el bien de que se trata, de una manera que atienda principalmente a lo que se podría llamar el repertorio de sus notas "casi formales", como el bien de todos, humano y completó. Por la primera de esas notas se indica su condición de bien "común". Condición que le conviene por una parte, en razón de ser para la comunidad ya existente un patrimonio formado por las generaciones anteriores y a la vez una herencia para las venideras; y por otra parte, en razón de su comunicabilidad, es decir, de su participabilidad por los miembros de la comunidad.
Pero también común en cuanto por su grandeza y su complejidad ha menester para su realización una empresa colectiva, cuya eficiencia desborda las posibilidades de los miembros aislados. Por este último sentido se alcanza la otra nota, a saber, la de completo o perfecto; mas antes habrá que decir dos palabras sobre la nota de bien humano. Aunque resulte una exigencia obvia, el bien común político ha de ser un bien humano; es decir, un bien que sea perfección, no de un ser cualquiera sino del hombre con su específica naturaleza, que está ahí en las cosas…
Pero perfección que hay que alcanzar, pues no la tiene el hombre con sólo tener su ser y sus potencias; que el hombre debe alcanzar conforme a un orden teonómico y no por el simple ejercicio de una pura posibilidad decisoria. Pero esta perfección que caracteriza al bien común y que justifica se lo llame perfecto o completo, encierra en este caso un peculiar sentido de plenitud.
Es lo que denotan expresiones como éstas: "perfecta suficiencia de la vida", "todo lo que basta al hombre no sólo para vivir sino para bien vivir". Por eso el elemento formal del bien común político es tal armónica plenitud de todos los bienes humanos. Los hombres que integran la polis podrían, ciertamente, alcanzar sin ella algunos importantes bienes humanos; pero sólo la comunidad política se muestra capaz de promover las formas múltiples de actividad requeridas para un vivir pleno. Y sería superfluo explicar detenidamente que la comunidad internacional, todavía en estado incoativo, puede realizar mejor que cada pueblo esta plenitud de bienes humanos; con todo, valga esta observación para lo sucesivo.» [1]
- El bien común temporal se subordina al fin último; distinción entre orden natural y sobrenatural:
«La tesis de la finalidad trascendente del hombre implica, pues, que el bien común temporal, sin perder su valor intrínseco de fin intermedio, debe subordinarse al Bien Común Sagrado y eterno. Precisamente en razón de su naturaleza de bien humano, y por tanto moral en su contenido principal, el primero de esos bienes comunes -e.d. el bien común temporal- ha de tener en cuenta y acatar las exigencias del segundo -el Bien Común Sagrado-. Dice el Aquinate: "Pero el hombre viviendo virtuosamente se ordena a un fin ulterior que consiste... en la gozosa posesión de Dios; ahora bien, el fin de la multitud humana es necesariamente el mismo que el del hombre singular. Luego no es la vida virtuosa el último fin de la vida asociada, sino el llegar por la vida virtuosa a la gozosa posesión de Dios"(De Reg. Princ., I, 14)...
Mas aquí se inserta la necesaria distinción entre el orden natural y el orden sobrenatural en punto al fin último del hombre. Con respecto a este asunto, el Aquinate, con su habitual respeto del orden natural, sostiene que si para llegar a ese fin antes indicado le bastara al hombre con el poder de su naturaleza (humana), incumbiría a la autoridad política dirigir a los hombres hacia ese fin -natural aunque trascendente…» [3]
- La dualidad de fines causa la dualidad de sociedades y de poderes:
«…la criatura humana tiene una vocación sobrenatural a un “Bonum Comune” Sagrado, trascendente y sobrenatural al que no se tiene acceso sino en virtud de la gracia divina y por y en la sociedad religiosa también sobrenatural instituída por el mismo Dios: la Iglesia. Esta situación existencial del hombre entraña como consecuencia que no corresponda a la autoridad política la realización del más alto de los fines humanos, sino al gobierno divino de Cristo y de su Vicario, jefe visible de la Iglesia”. Mas no ha de verse en lo expuesto ningún teocratismo; el mismo Santo Tomás nos dice: "El poder espiritual y el poder temporal derivan ambos del poder divino. El poder temporal está, pues, sometido al poder espiritual en la medida en que Dios lo ha sometido, es decir, en lo concerniente a la salvación del alma; y es por eso que en este terreno es preciso obedecer al poder espiritual antes que al poder temporal. Pero en lo concerniente al bien temporal de la ciudad es necesario obedecer al poder temporal antes que al poder espiritual de acuerdo a San Mateo (XXII, 210): Dad al César lo que es del César" [2]
P.S.: referencias para citar:

SOAJE RAMOS, G. Sobre la politicidad del derecho, en: Boletín de Estudios Políticos, Univ. Nac. de Cuyo, Mendoza, 1958, N° 9.

SOAJE RAMOS, G. Los Padres de Occidente y la mutación del horizonte humano, incluída en “Europa continente cultural” (volumen colectivo), Mendoza, Instituto de Filosofía de la Univ. Nac. de Cuyo, Mendoza, 1947.

SOAJE RAMOS, G. El fin de la comunidad política para el Aquinate: ocho tesis. Ponencia a la XVI Semana Tomista de 1991 (Buenos Aires). 

miércoles, 17 de agosto de 2016

Eutanasia de la polis

A los efectos comparativos de esta entrada, podemos definir la eutanasia (pasiva) como el dejar morir intencionadamente al paciente por omisión de cuidados o tratamientos que están indicados y son proporcionados.
Se suele justificar esta eutanasia con diversos argumentos, uno de los cuales es el siguiente: el paciente es terminal; a la luz de la ciencia médica se concluye, con muy alta probabilidad, que morirá en un plazo más o menos breve; por tanto -se dice- no tiene sentido prolongar su vida con procedimientos médicos aunque sean ordinarios.
El argumento tiene la inconsistencia de los razonamientos consecuencialistas. No repara en que matar al inocente es malo en sí mismo. Además, puede conducir al absurdo, pues con total certeza se puede afirmar filosóficamente que todo hombre morirá en algún momento, sin que de ello se siga la justificación de la eutanasia pasiva de enfermos terminales, inválidos, disminuidos psíquicos, niños, etc.
El argumento pro eutanasia se replica –por medio de la analogía- para justificar la abstención de la participación política en concreto:
- Primera similitud: la conducta justificada es de omisión; en un caso, no tratar al paciente; en otro, no intervenir activamente y en concreto en la vida de la polis.
- Segunda similitud: se juzga inútil poner medios ordenados a un fin. En el primer caso, para lograr el fin de la curación del paciente, aunque esto no se logre o sólo se obtenga un restablecimiento parcial de su salud; en el segundo, alcanzar algún bien común político aunque sea imperfecto.
Pero hay una diferencia importante: mientras que en medicina es posible pronosticar con alta probabilidad el desenlace fatal de una enfermedad, ya que este obedece a un proceso causal bien determinado; en política, en cambio, todo pronóstico (prudencial) es contingente, porque la vida de la comunidad depende de acciones libres, que no admiten determinación necesaria. Los antecedentes históricos inciden en el presente pero no pueden determinarlo de modo necesario. 
No nos parece justificable el abandono de la participación política aquí y ahora por un fatalismoEn política hay sorpresas y el futuro es incierto. En cualquier caso, aunque no hubiera grandes sorpresas en el porvenir, el bien debe hacerse, también en el ámbito de la polis, aunque las consecuencias de nuestras acciones no se logren plenamente. Se trata, en definitiva, de actualizar inclinaciones de perfeccionamiento que han sido creadas por el Autor de la naturaleza humana. Es Dios quien ha hecho al hombre animal político, y no se ha limitado a inclinarlo tan sólo a la vida familiar y al desarrollo de los cuerpos intermedios. 




viernes, 12 de agosto de 2016

El bien común posible

Reproducimos hoy unos párrafos de Camilo Tale sobre el bien común en sus condicionamientos existenciales. En este sentido, el bien de la comunidad política es siempre un bien limitado por sus posibilidades de realización. Todos tenemos experiencia de la imposibilidad. Hay acciones que son físicamente imposibles, porque el hecho está fuera de las leyes de la Naturaleza. Así, es naturalmente imposible que una piedra soltada en el aire no caiga al suelo. En lo relativo a los recursos materiales de una comunidad, no pocas veces hay expectativas de bien común que son físicamente imposibles salvo un milagro. Y también existe la imposibilidad moral, que es relativa al estado de una sociedad en determinadas circunstancias. Por ejemplo, en la Argentina de hoy sería moralmente imposible establecer una monarquía. Sabemos que nadie está obligado a lo imposible y que todo gobernante debe buscar el bien común. Por tanto, ningún gobernante está obligado a lograr bienes comunes física o moralmente imposibles. Comparada con la utopía, toda realidad política es deficiente. Y si estas deficiencias determinaran la ilegitimidad de ejercicio no habría gobiernos legítimos en ningún Estado. Pero esto es un error. Lo que determina esta legitimidad es la realización del bien común posible en su concreción existencial, habida cuenta de las circunstancias de tiempo y lugar. 
La realización del bien común; condicionamientos existenciales.
El bien común auténtico de un pueblo se funda en la naturaleza del hombre y debe ser realizado por cada pueblo en su historicidad, lo cual significa que las leyes y demás provisiones del gobierno deben atender las particularidades que surgen de la tradición y tener en cuenta las circunstancias de tiempo y lugar.
Además, debe considerarse cuál es la probable evolución de los hechos sociales. Las leyes y demás actos estatales requieren de la prudencia para ser deliberados, decididos e imperados, y uno de los ingredientes de esta virtud ética y dianoética es precisamente la previsión del futuro. De aquí la importancia de la futurología, indagación actual de índole multidisciplinaria, que reúne conclusiones obtenidas a partir de la economía, la demografía, la geografía económica, etc.
El bien común siempre es limitado, o sea que no puede ser realizarse todo el bien. Se ha denominado “bien común optimal” (bene comune ottimale) el mejor bien común que puede ser logrado en una comunidad política concreta, en las circunstancias históricas y geográficas presentes en ella. “El bien común es el bien de la sociedad tal como ella deberá ser con los hombres tales como ellos son”. Tal es el concepto correcto de bien común que expresa Georges Burdeau en su Tratado. Uno de los factores condicionantes del “bien común optimal” es la urgencia, de lo cual hemos reflexionado en el capitulo anterior.
Lo dicho significa que se trata de un bien imperfecto, aun en la hipótesis de una comunidad en la cual se haga lo máximo posible […] De modo que en el verdadero bien común de un pueblo, necesariamente se incluye la tolerancia y resignación —al menos momentánea— con respecto a ciertos males que si se pretendiese erradicarlos de la mañana a la noche, ello no se conseguiría, se desperdiciarían recursos y oportunidades, y tal vez además el intento resultara nocivo para el país.
Esto que decimos no debe interpretarse en el sentido de una concepción “sociologista”, según la cual las leyes e instituciones deban plegarse a la realidad, y convalidarla, de manera que aquello que los hombres practiquen en ella sea por ello mismo, institucionalizado. Muchas veces se razona de esta manera, y se actúa de acuerdo con esta idea, pero es un error. El derecho esta para modificar las realidades injustas, esta para rectificar la conducta, para reprimir la injusticia, para elevar el nivel del ethos de un pueblo; pero para lograrlo, es necesario que la norma, sin plegarse servilmente a los hechos, sin embargo sea adecuada a ellos, de modo de no pretender de un pueblo mas de lo que allí puede lograrse, al menos de inmediato.

lunes, 1 de agosto de 2016

Camilo Tale: el bien común

La noción tomista de bien común no siempre es bien entendida. Aunque la bibliografía es enorme, muchas exposiciones son difíciles de comprender salvo que uno haya tenido la oportunidad de profundizar en el pensamiento del Aquinate. Hay obras tomistas muy rigurosas, de profundo calado metafísico, pero poco didácticas. Otros trabajos, son más didácticos pero demasiado elementales.
No es raro encontrarse con nociones deformadas del bien común. Así, por ejemplo:
- Hay personas que piensan que el bien común es un sinsentido, legitimador del abuso gubernamental. Dice un amigo: el bien común es cuando el Estado te roba y quiere disimular...
- Otros conciben al bien común de modo idealista. La imaginación juega su papel en este planteamiento (el bien común se imagina como una esfera luminosa, que está en algún lugar). Se lo piensa como una Idea pura, estática, que está en un mundo ajeno al nuestro, que debe encarnarse en la realidad social, pero que sólo puede realizarse en su plenitud o no existir. Por tanto, si no se da perfecta encarnación, no hay bien común en ninguna de sus dimensiones, sino una nada política, un puro vacío. 
Este es un planteamiento dicotómico y en última instancia maniqueo. No logra verse que bien común es noción que remite a una realidad práctica: algo que no “está ahí” sino que "se hace" (y deshace) cotidianamente por el entramado de conductas de las personas que integran la sociedad. No es un bien simple sino un conjunto de bienes articulados (en el argot tomista: no es todo unívoco sino totalidad análoga). Y como realidad operativa, admite diversos grados de realización, que van desde un mínimo elemental hasta un máximo de perfección (que tendrá siempre limitaciones, como todo lo humano temporal, derivadas de condiciones existenciales).
Ofrecemos a nuestros lectores páginas de un libro del Dr. Camilo Tale que pueden ayudar a una mejor comprensión del bien de la comunidad política. La exposición de Tale combina armónicamente la profundidad filosófica con aplicaciones particulares y ejemplos didácticos. Merece especial recomendación la cuestión del bien común optimal -concreto, determinado por las circunstancias espacio-temporales- como antídoto contra la ilusión de esperar lo mejor sin aprovechar lo bueno.