En el pasado dedicamos
una entrada al honesto testimonio del sacerdote jesuita John Cuthbert Ford, que siendo norteamericano,
pro aliado y contemporáneo a la segunda guerra mundial, no dudó en condenar
duramente acciones intrínsecamente malas perpetradas por los aliados, como los bombardeos masivos. Y lo contrastamos
con las tonterías del cura bloguero José A. Fortea sobre la personalidad de Winston
Churchill.
Ya es conocido por
muchos el criminal bombardeo de Dresde. Y también se ha escrito bastante sobre
las violaciones cometidas por las tropas soviéticas.
Reproducimos en esta
entrada parte de un artículo periodístico sobre las 860.000 violaciones que
sufrieron las alemanas de parte de tropas aliadas. Una investigación adjudica unas
190.000 a
los soldados norteamericanos. Los “buenos” de la Segunda Guerra Mundial, según la
novela rosa que algunos liberal-católicos todavía difunden…
Las alemanas sufrieron 860.000 violaciones de los aliados
- Elfriede fue forzada a los 14 años por soldados de EEUU
- Hay un caso documentado de una niña de 7
- Se sabía de los abusos de los rusos tras la II GM, pero menos de los
de los americanos
- Una investigación les adjudica 190.000 violaciones. Y recoge
testimonios
"No
había agua corriente y mi madre y yo habíamos salido a buscar agua con cubos.
Al llegar al puente, los soldados americanos dijeron que mi madre debía pasar,
pero que yo tenía que esperar allí. Mamá hizo ademán de volver atrás, pero la
empujaron y la obligaron a atravesar el puente. Ella miraba hacia atrás sin perderme de vista, pero no podía hacer
nada". Así relata Elfriede Seltenheim el momento en que las tropas de los
aliados occidentales, que habían ocupado su pueblo en Ostbrandenburg, la
arrancaron del seno de su familia.
Tenía 14 años en aquel mes de febrero de 1945. Una fotografía tomada
unos días antes, a modo de celebración del final de la II Guerra Mundial, la
muestra con una tímida sonrisa y dos trenzas doradas que caen sobre sus
hombros. Desde allí fue trasladada a un barracón en el que los soldados estadounidenses la
violaron innumerables veces, día y noche, durante cuatro
semanas.
"No recuerdo haber gritado ni una sola vez. Estaba aterrada",
dice. A sus 84 años, recuerda los hechos mientras limpia sus manos, una y otra
vez, en la cobertura que protege el reposabrazos del sillón en el que repasa
sus recuerdos. Cuando regresó a casa no se habló jamás del asunto, ni jamás
desde entonces se le ha ocurrido reclamar ningún tipo de reconocimiento o indemnización. "Algo quedó muerto en mí", trata de
explicar ahora. "Perdí la sonrisa para siempre. Después perdí las
lágrimas. Y le voy a decir una cosa: se puede vivir sin sonreír, pero no se puede vivir sin llorar".
Setenta años después del final de la II Guerra Mundial sigue sin
hablarse en voz alta en Alemania sobre las mujeres y niñas violadas por las
tropas de ocupación. La familia de Elfriede, como muchas otras, sentía terror a
la llegada de las tropas rusas porque entre pueblos y ciudades viajaban rápidamente
las historias sobreviolaciones sistemáticas del
ejército rojo. Los soldados americanos, sin embargo, fueron recibidos como liberadores y la propaganda ha dejado marcada en
el ideario colectivo alemán la imagen del "amigo americano" como un
soldado de ocupación que no cometió crímenes de guerra. La investigación de la
historiadora alemana Miriam Gebhardt, cambia esa versión de la historia.
'Es sólo el prinicipio'
Gebhardt,
que por primera vez pone cifras a las violaciones masivas, calcula 860.000 en
los meses posteriores al fin de la guerra. Al menos 190.000 de ellas fueron perpetradas por soldados
americanos. "Pero
estas cifras son sólo la punta del iceberg. La cifra oscura seguramente es muy
superior al doble porque muchas mujeres y niñas prefirieron no hablar nunca de ello por
vergüenza", explica, al tiempo que señala que la
publicación de su libro, Cuando llegaron los soldados, es "sólo el
principio".
"Durante la primavera de 1945 las tropas americanas tomaron uno a
uno los pueblos y ciudades de Oberbayern. En la mayor parte de ellosno encontraron resistencia alguna e incluso eran recibidos con banderas
americanas en las calles, de forma que se instalaban en el ayuntamiento y
después los soldados pasaban casa por casa. Efectuaban un primer registro en
busca de combatientes o de armas y, una vez comprobado que estaban a salvo,
comenzaban el pillaje. Se apropiaban de relojes, bicicletas, radios, gafas de
sol, joyas y cualquier objeto que les gustase como souvenir. Después violaban a mujeres y niñas antes de marcharse".
Así lo recuerda Charlotte W., que entonces tenía 18 años y que durante toda su
vida ha asegurado que fue escondida a tiempo por sus padres.
"Esas mujeres han fingido que no ocurrió o han guardado silencio
durante décadas por vergüenza. Es un síntoma común en la mayor parte de
víctimas", explica Gebhardt, cuyo objetivo con esta investigación es propiciar un reconocimiento
para estas mujeres y para su sufrimiento, hasta ahora ignorado
por las autoridades alemanas y por su- puesto por los responsables.
La
mayor parte de las violaciones las llevaron a cabo soldados rusos, un aspecto
más documentado en la Alemania occidental. Pero nada se sabía hasta el momento
de las tropelías cometidas por los americanos. "Yo misma me he sorprendido por la dimensión de estos
crímenes", admite la historiadora. Estas violaciones se
prolongaron hasta 1955, cuando la región por fin recuperó su soberanía. Durante
ese periodo de tiempo, 1.600.000 soldados estadounidenses estuvieron en
territorio alemán.
Ni la administración alemana, inexistente, ni las tropas de ocupación
llevaron registro de las violaciones. La mayor parte de las pruebas
documentales las ha encontrado, explica, en los informes que realizó la Iglesia. El
arzobispo de Múnich y Frisinga, ante lo que estaba ocurriendo en silencio,
pidió a los sacerdotes llevar unregistro puntual sobre las
actividades de los ejércitos extranjeros en la
región y sus efectos sobre las comunidades. A estos registros que se conservan
en Múnich pertenecen, por ejemplo, las anotaciones de Michael Merxmüller,
párroco del pueblo de Ramsau, que el 20 de julio de 1945 escribió: "Ocho
niñas y mujeres violadas, algunas de ellas en presencia de sus padres".
El 25 de ese mismo mes, el padre Andreas Weingand, de un pueblo al norte
de Múnich, escribía: "Lo más triste durante su paso fueron las violaciones
de tres mujeres:
una casada, una soltera, y una niña virgen de 16 años y medio. Todas cometidas
por soldados americanos fuertemente embriagados".
El padre Alois Schiml de Moosburg escribió el 1 de agosto de 1945:
"Por orden del gobierno militar, una lista de todos los residentes y sus
edades debe ser clavada en la puerta de cada casa. Como resultado de este
decreto, (...) 17 niñas y mujeres (...) han debido ser llevadas al hospital,
tras haber sido objeto de abusos sexuales repetidos".
La víctima más pequeña registrada en estos documentos fue una pequeña de siete años que contrajo una grave enfermedad
venérea. La mayor, una mujer de 69 años.
"A menudo las tropas americanas pedían a las autoridades locales
personal femenino, grupos de mujeres de 15 en 15, supuestamente para atender en las
tareas de secretariado o cocina. Era un tipo de trabajo forzoso que a menudo encubría violaciones
indiscriminadas. Los grupos de mujeres rotaban, eran
sustituidas cada 15 días y cuando volvían a casa guardaban silencio incluso con
sentimiento de culpa", describe la investigadora.
Además proliferaban las escapadas nocturnas en busca de mujeres
indefensas. "Una noche llamaron a la puerta, eran siete soldados
americanos armados. Exigieron que les preparasen comida y después violaron a mi abuela y a mi madre. Mi
primo lo vio todo, pero nunca habló de ello. Mi madre y mi abuela
tampoco", relata Maximiliane, que creció sin saber que era hija de uno de aquellos desalmados. "Comencé
a sospechar cuando, ya universitaria, quise hacer un viaje de estudios a
EEUU... A mi madre aquello la desestabilizó por completo y después de varios
meses y de mucha tensión, mi primo me contó lo que había detrás de todo
aquello".
Los soldados se vendían información, unos a otros, sobre en qué casas
había mujeres y niños indefensos. "Lo que más me ha chocado todos estos
años, desde que supe lo ocurrido, es que mi madre aceptó, sencillamente. En su concepción
de las cosas, ellapertenecía al bando de los
perdedores de la guerra y de alguna forma debía aceptar eso como un castigo. Nunca habló de ello", lamenta
Maximiliane
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