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sábado, 13 de julio de 2013

La reforma de la reforma de la reforma


No me propongo analizar exhaustivamente la reciente decisión de restringir el uso del “Modo extraordinario del Rito Romano” para los franciscanos de la Inmaculada ni entrar en los entresijos eclesiásticos que han dado origen a tal medida. Pretendo señalar someramente las posibles líneas de fuerza a través de las cuales se puede abordar el presumible inicio de la revisión de medidas adoptadas en el pontificado anterior, desde el que plantear el debate.
1) El fracaso del pontificado de Benedicto XVI. La primera posibilidad que se nos presenta, y es la que algunos medios están abordando, es la de contraponer la medida de la que hablamos con el MP “Summorum Pontificum” del Papa emérito. Quizás no es tan simple. Y no lo es porque la eficacia de una reforma, sea del signo que sea de verifica en dos puntos: su capacidad de sedimentarse en la Iglesia en el tiempo y su independencia operativa de la iniciativa de la autoridad que la ha propiciado. Lo más probable es que tal “reforma de la reforma” no haya existido más que como desideratum de algunas personas de más o menos buena voluntad que creían de manera indistinta en esa influencia centrípeta de la persona del Romano Pontífice y de sus decisiones en el resto de la Iglesia, como sucedía en pontificados anteriores. Más allá de esto, la “reforma de la reforma” comenzó por un motu proprio que convertía la Misa tradicional en un “derecho de los fieles”, sustrayéndolo al “munus santificandi” eclesial que establece la liturgia como una obligación episcopal en virtud de su propio ministerio. Desde el primer momento, no se hizo uso de la capacidad del Papa para establecer que sean los obispos los primeros que han de asegurar dicho rito. Se “liberó” la Misa para los sacerdotes que así lo deseasen y marcaba los acentos en los “derechos de los fieles”. Otra instrucción aminoraba el papel de los sacerdotes y convertía la “liturgia extraordinaria” en un arbitrio de grupos de seglares. Tras la inserción de la Comisión Ecclesia Dei en la Doctrina de la Fe, su influencia real sobre los grupos que solicitaban la Misa tradicional quedó completamente diluida. Que el obispo tenga una capacidad de decisión sobre lo que en su diócesis sucede en materia litúrgica no sólo es obvio desde el punto de vista teológico, sino que es imposible lo contrario desde el punto de vista pragmático. ¿Cómo desarrollar una reforma en contra de la mayor parte de los obispos? Es una reforma sin fundamento. No es posible reforma alguna, por mucho que sea animada desde la Santa Sede, sin la fuerza necesaria en el conjunto de la Iglesia para desarrollarla. En la “liberación” de la Misa tradicional todo eso –consciente o inconscientemente- se omitió, acompañado de un retraimiento de Benedicto XVI debido a problemas que comenzaban a suscitar en la curia las reacciones ocasionadas por el levantamiento de las excomuniones de los obispos lefebvrianos así como las reacciones de Williamson. La salida de monseñor Ranjith, y el espectáculo de la jubilación impuesta sin luz ni taquígrafos al cardenal Castrillón, así como el ascenso de Bertone serían los epifenómenos más claros de esta situación.
2) ¿Y la dignificación del modo ordinario? Cruces, candelabros, casullas, encajes, mitras, capas pluviales. Algo que no ha provocado en absoluto una aparición de una conciencia de necesidad de abordar legislativamente el caos eclesial en materia litúrgica, y que, conscientemente creo yo, se presentó como una posible recomendación en todo caso, pero que finalmente aparecía como un arbitrio subjetivo del Romano Pontífice, teniendo una influencia nula o casi nula en el resto de la Iglesia. O a lo sumo, en los que gustan de fijarse en tales detalles atentos a las celebraciones pontificas televisadas. Un ejemplo que sólo se podía ver en las celebraciones papales, o a lo sumo en la catedral de cada diócesis. Y desde ahí su “ejemplo” no provocaba problemas en quienes atribuían tales comportamientos a precisiones del propio pontífice en “sus” misas, pero que no tenían relevancia normativa alguna ni siquiera para la interpretación de la institutio generalis missalis romani. De ahí que hasta extrañe que su “reforma de la reforma” (presunta) se acabase el día de su renuncia.
3) La propia actitud del Papa Francisco. A la renuncia de Benedicto XVI, nos encontramos con un colegio cardenalicio mucho más escorado a la izquierda que el que había dejado Benedicto XVI, con incomprensibles nombramientos en congregaciones romanas, hechos por un Papa que ya hacía tiempo había renunciado a cualquier veleidad restauracionista, si es que ésta comenzó alguna vez. La elección de Francisco es la prueba más palmaria de esto. Pero en lo que nos debemos fijar con más atención es que Francisco no es más que el reflejo de la propia Iglesia. Más concretamente; lo que hace Francisco es exactamente lo mismo que se viene haciendo ininterrumpidamente en el 95 % de las diócesis del mundo. Él si que tiene fuerza moral y apoyo en el episcopado y en el clero para sus presuntas reformas y “cambios de dirección”. Es el momento en el que la “Iglesia real” se encarna en su cabeza visible; hasta el momento, la Santa Sede empleaba la dialéctica del documento analgésico para “conservadores” de distinto pelaje, mientras que la permisión de las actitudes eclesiásticas concretas en todos los órdenes y en la dirección en la que ahora nos encontramos se venía permitiendo. Una manera de tener a ciertos “sectores” tranquilos, cuya tranquilidad estaba asegurada por su desconexión de la realidad de la Iglesia. Éste es el momento en el que ya no hace falta. Pero esto no es cosa de ahora, es un proceso unidireccional con mucho recorrido hecho. Los neoconservadores han servido de “catarsis” para quienes, aunque veían muchas situaciones extrañas, precisaban de alguien que les explicase que la “estrategia general” estaba salvaguardada por la persona del Papa. De ahí la necesidad de esa doble dialéctica de la que hablaba.
4) Los medios “conservadores”. El punto al que hemos llegado es que la única posición homologable como “eclesial” y “ortodoxa” es la “defensa de la persona del Papa”. Esa defensa, cuya historia reciente es muy rica en situaciones, se basa en la idea de que por desastroso que pueda parecer todo lo que sucede en la vida de la Iglesia, el Papa sabe corregir todas las situaciones, aunque no veamos que lo haga. Es el “acto de fe” sobre otro “acto de fe”.  El signo de que tal actuación es correcta es que el Papa sea atacado por “progresistas”. Eso es, al final, lo que legitima todos los actos de un Pontífice. Como se suele decir, pensar es “pensar contra alguien”, y aquí también se cumple el adagio. De algún modo, es el modo de contrapesar una actuación pontifica que pueda desconcertar a un importante sector de católicos. Pablo VI desmantelaba la liturgia tradicional, los seminarios, y la educación católica, pero era atacado por los progresistas por la “Humanae Vitae” y la “Mysterum fidei”. Ese hecho determinaba que el Papa estaba en el buen camino. Se pueden poner muchos más ejemplos con Juan Pablo II. Pero este no es el plano del debate. El debate es más bien demográfico. La linea marcada desde la finalización del Concilio Vaticano II tenía una importante resistencia en la demografía. A fin de cuentas la mayor parte de clérigos y fieles se encontraban “paradigmáticamente” en otra cosa muy distinta a la que el Concilio planteaba. En ese sentido, la comparación con una bomba de tiempo es pertinente. Al llegar a los cincuenta años del Concilio, la última generación que conoció en su infancia el pre-concilio se encuentra más allá de los setenta años. Así, esa resistencia es ya nula, y es ahora cuando estamos en disposición de ver los “frutos reales” del Concilio. En este sentido, Francisco es un producto de la “estructura” y del “proceso”. Un proceso o un “nuevo paradigma” que desplaza al anterior, y en el que se encuentra plenitud de sentido a que no se entienda que en una congregación prime el “Usus antiquor” sobre el “novus ordo”. Si la remisión del problema sigue siendo la Santa Sede o la letra del documento correspondiente es que aún no se ha entendido el proceso de cambio paradigmático en el que estamos, y que no admite reducciones “inter-paradigmáticas”.
Por eso los “medios conservadores” se instalan en una situación paradójica. Por una parte, se van a tener que ir viendo en la necesidad de justificar lo indefendible a través de una gratificante negación de la realidad. Pero al mismo tiempo van a considerar que cuanto más delirante sea la negación de la realidad que realicen, más valoración van a encontrar en la autoridad eclesiástica correspondiente, demostrando que su adhesión es neutral, abstracta, a-teológica, a-doctrinal, visceral, inalterable. Pero al mismo tiempo, cuantos menos “conservadores” hay que tranquilizar de líneas de actuación que provocan perplejidad, más irán deviniendo en una suerte de delirante neo-progresismo, cuya evolución habrá que seguir.
¿Y los demás? Convertidos en analistas más o menos diletantes de una situación cada vez más solidificada y opaca.


El cura loco español.

viernes, 15 de febrero de 2013

Algunas razones para estar preocupado

La dimisión del Papa genera muchas reflexiones. Tratamos de compartir con nuestros lectores todo lo que nos parece de interés aunque no estemos de acuerdo por completo con los diversos autores. Repro- ducimos una entrada de otra bitácora muy recomendable. También son dignas de mención las declaraciones del obispo Bernard Fellay y la opinión del amigo Jack Tollers. .
Algunas razones para estar preocupado
Por Sergio Raúl Castaño
A propósito del tema que nos agita hoy como católicos, y de algunas repercusiones de un ponderado y agudo  texto de Roberto de Mattei sobre el tema (ver traducción), esbozo aquí a vuelapluma mi propia opinión (provisoria opinión, no pontifico).
Cardenal Bergoglio: la
abdicación es un acto revolucionario.
 : que los tradicionalistas no estén contentos (desilusionados, asustados, etc.) no implica papismo pionónico: prefieren (prefiero) un Benedicto con las manos bastante atadas a un Bertone o Scola o, o... con las manos desatadas; y que no vengan con "¡hijos, tened fe, que Dios proveerá!", porque eso también se podría aplicar a la elección de Montini, o la prohibición de la Misa en 1974, e via dicendo.
Corolarios:
- es decir, algún tradicionalista puede deplorar la abdicación por ser "papista" (me explico: a la manera del centralismo centrípeto de los últimos siglos, con su hipervaloración del Magisterio, en el espíritu de una potestas ockhamista que se desentiende de todo lo dado y que se erige en única medida de valor y rectitud); pero la actitud de pesar ante la abdicación no presupone de suyo papolatría;
- ¿y los llamados "neocons"? Ellos, si son consecuentes, no pueden estar disgustados: no juzgan porque no piensan; sólo acatan el ukase del poder vigente (que es justamente, aquí, el del mismo que abdica); eso, claro está, si no pertenecen a los varios poderosos movimientos y grupos que no han sido favorecidos por Benedicto, porque en ese caso es probable que estén, por lo menos secretamente, muy satisfechos;
2º: encuentro necesario distinguir entre la conveniencia particular (extraordinaria) de este acto de abdicación al trono pontificio y la erección de una suerte de principio que constituyera a la abdicación pontificia en un recurso no sólo lícito (de jure lo es) sino habitual y a la mano; luego:
2a) no cuento, no contamos, con razones para sostener que Benedicto se haya extralimitado -por haber ejecutado un acto lícito pero ajeno a la tradición de la Iglesia-. Tal vez no tiene fuerzas humanas para resistir el aislamiento y, peor, el acoso de las jaurías del enemigo (de afuera, y ante todo de adentro). Ahora bien, si esto es así, tampoco es para tomarlo con ligereza. Si un pontífice (el mejor de las últimas décadas, entrañable para mí por ser un rarísimo caso de ilustre académico en el trono papal), ya no puede llegar a viejo o enfermarse sin abandonar el cargo, porque está solo y amenazado, esto es un terrorífico signo de los tiempos.
Como sea, a lo mejor esta abdicación es lo más conveniente para el bien de la Iglesia. Benedicto sabrá;
Card  Vingt-Trois:  
la dimisión  
"rompe un tabú"  
2b) por el contrario, no alcanzo a entender que se propugne la generalización de la abdicación como un signo benéfico de cambio de época, de dejar atrás la apoteosis pontificialista (trasuntada sí, p. ej. en la candidatura automática de los papas para ser beatificados, lo cual constituye una muestra de la contemporánea autoglorificación de la jerarquía). Creo que la propiedad vitalicia del cargo pontificio no puede achacarse a su sacralización in malam partem, sino a la dignidad del ministerio petrino, al valor de la senectud sabia y de su auctoritas directiva, a la naturaleza del modo de régimen más perfecto (la monarquía -que no por casualidad contingente fue el adoptado por la Iglesia-); todo lo cual ha sido aceptado y hecho suyo por la tradición de la Iglesia, cuyos obispos, hasta la ola moderna de P. VI y JP. II, eran vitalicios. Por eso esto de la renuncia, ya erigido en recurso ad libitum y frecuente -y peor: "por razones de edad y flaqueza de fuerzas", o similares- más me parece propio de un C.E.O. empresario que de un papa. Se trata, así tomado, de una praxis ajena a la tradición de la Iglesia que, en 2.000 años y más de 260 Papas, ocurrió sólo una vez (porque el caso del cisma en el s. XIV no cuenta). En realidad, es como si no hubiera ocurrido nunca. Luego, el ejercicio vitalicio efectivo no está ligado necesariamente al centralismo moderno, ni a la Iglesia constantiniana, ni a usos culturales típicos, ni menos a gangas epocales cuestionables. Y opino que la significación de la abdicación pontificia (no en este particular caso de hoy, sino como práctica o instituto habitual) tiene, en principio, un cariz negativo.
Aunque todo lo dicho, desde ya, no obsta a que tal vez estemos en los últimos tiempos, y empecemos a ver cosas ultimísimas.
 Tomado de:

miércoles, 13 de febrero de 2013

Roberto de Mattei sobre la renuncia de Benedicto XVI


El Papa puede renunciar. Pero, ¿es oportuno que lo haga? Un autor ciertamente no “tradicionalista”, Enzo Bianchi, en “La Stampa” de 1 de julio de 2002, escribía: “Según la gran tradición de la iglesia de Oriente y de Occidente, ningún Papa, ningún patriarca, ningún obispo debería renunciar solo a causa de alcanzar un límite de edad. Es verdad que desde hace una treintena de años en la iglesia católica hay una norma que invita a los obispos a ofrecer la propia renuncia al pontífice al cumplir los setenta y cinco años, y es verdad que todos los obispos acogen con obediencia esta invitación y la presentan, y es verdad también que normalmente son atendidos y acogidas las renuncias. Pero esta es una norma y una praxis reciente, fijada por Pablo VI y confirmada por Juan Pablo II: nada excluye que en el futuro pueda ser revisada, después de haber sopesado las ventajas e inconvenientes que haya traído en estos decenios de aplicación”. La norma por la que los obispos renuncian a los 75 años a sus diócesis es una fase reciente de la historia de la Iglesia, que parece contradecir las palabras de san Pablo, para el que el Pastor es nombrado “ad convivendum e ad commoriendum” (2 Cor 7, 3), para vivir y para morir junto a su rebaño. La vocación de un Pastor, como la de todo bautizado, ata por tanto no hasta una cierta edad, y mientras haya una buena salud, sino hasta la muerte.
Bajo este aspecto la renuncia al pontificado de Benedicto XVI aparece como un gesto legítimo desde el punto de vista teológico y canónico, pero en el plano histórico, se muestra en absoluta discontinuidad con la tradición y la praxis de la Iglesia. Desde el punto de vista de las consecuencias que se puedan seguir se trata de un gesto no simplemente “innovador”, sino radicalmente “revolucionario”, como lo ha definido Eugenio Scalfari en “La República” del 12 de febrero. La imagen de la institución pontificia, a los ojos de la opinión pública de todo el mundo, queda en efecto despojada de su sacralidad para ser cosignada a los criterios del juicio de la modernidad. No por casualidad, en el “Corriere della Sera” del mismo día, Massimo Franco habla del “síntoma extremo, final, irrevocable de la crisis de un sistema de gobierno y de una forma de papado”.
No se puede parangonar con Celestino V, que renuncia después de haber sido arrancado a la fuerza de su celda eremítica, ni con Gregorio XII, que fue obligado por su parte a renunciar para resolver el gravísimo problema del Gran Cisma de Occidente. Se trataba de casos excepcionales. Pero ¿cuál es la excepción en el gesto de Bendicto XVI? La razón, oficial, plasmada en sus palabras del 11 de febrero expresa, más que la excepción, la normalidad: “En el mundo de hoy, sujeto a rápidos cambios y agitado por problemas de gran relevancia para la vida de la fe, para gobernar la barca de Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del alma, vigor que, en los últimos meses ha disminuido en mí de modo tal que debo reconocer mi incapacidad”.
No nos encontramos aquí ante una gran inhabilitación, como era el caso de Juan Pablo II en el último tramo de su pontificado. Las facultades intelectuales de Benedicto XVI están plenamente íntegras, como ha demostrado en una de sus últimas y más significativas meditaciones en el Seminario Romano, y su salud es “en general buena”, como ha precisado el portavoz de la Santa Sede, padre Federico Lombardi, según el cual, sin embargo, el Papa ha advertido en los últimos tiempos “el desequilibrio entre las tareas, entre los problemas que hay que afrontar y las fuerzas de las que siente no disponer”.
Sin embargo, hasta el momento de la elección, todo pontífice tiene un comprensible sentimiento de inadecuación, advirtiendo la desproporción entre las capacidades personales y el peso del cargo al que es llamado. ¿Quién puede decir encontrarse en condiciones de sostener con sus solas fuerzas el munus de Vicario de Cristo? El Espíritu Santo, sin embargo, asiste al Papa no solo en el momento de la elección, sino hasta la muerte, en todo momento, también en el más difícil de su pontificado. En la actualidad el Espíritu Santo está siendo invocado con frecuencia indebidamente, como cuando se pretende que cubra todos los actos y todas las palabras de un Papa o de un Concilio. En estos días, sin embargo, es el gran ausente en los comentarios de los mass-media que valoran el gesto de Benedicto XVI siguiendo un criterio puramente humano, como si la Iglesia fuese una multinacional, guiada en términos de pura eficiencia, prescindiendo de todo influjo sobrenatural.
Pero hay que preguntarse: en dos mil años de historia, ¿cuántos son los Papas que han reinado con buena salud y no han advertido el declive de las fuerzas y no han sufrido enfermedades y pruebas morales de todo género? El bienestar físico no ha sido nunca un criterio para el gobierno de la Iglesia. ¿Lo será a partir de Benedicto XVI? Un católico no puede dejar de hacerse esta pregunta y si no se la hace, se la harán los hechos, como en el próximo cónclave, cuando la elección del sucesor de Benedicto se orientará fatalmente hacia un cardenal joven y en plenitud de fuerzas para que pueda ser considerado adecuado a la grave misión que le espera. A menos que el núcleo del problema no sea el de los “problemas de gran relevancia para la vida de la fe” a los que ha hecho referencia el Pontífice, y que podrían aludir a la situación de ingobernabilidad en que parece encontrarse hoy la Iglesia.
Sería poco prudente, bajo este aspecto, considerar ya “cerrado” el pontificado de Benedicto XVI, dedicándose a prematuros balances, antes de esperar el fatídico plazo anunciado por él: la tarde del 28 de febrero de 2013, una fecha que quedará grabada en la historia de la Iglesia. Antes, pero también después de aquella fecha, Benedicto XVI podría ser aún protagonista de nuevos e imprevistos escenarios. El Papa, en efecto, ha anunciado su renuncia, pero no su silencio, y su decisión le restituye una libertad de la que quizás se sentía privado. ¿Qué dirá y hará Bendicto XVI, o el cardenal Ratzinger, en los próximos días, semanas o meses? Y sobre todo, ¿quien guiará, y de qué manera, la navecilla de Pedro en las nuevas tempestades que inevitablemente la esperan?

Tomado de: 

martes, 12 de febrero de 2013

Aprecio y perplejidad


El blog Messa in latino, publicó un comentario firmado por Enrico, que parece equilibrado puesto que manifiesta gran aprecio por este Pontífice pero al mismo tiempo da razón de la perplejidad que le produce la decisión de renunciar. La traducción corresponde a un amigo de nuestra bitácora a quien, com siempre, le agradecemos el trabajo.
Queridos lectores:
Necesitaba un evento extraordinario, como la renuncia de Benedicto al pontificado, para hacerme volver a escribir en nuestro blog después de una larga ausencia. Porque he amado, y amo, a nuestro papa Benedicto, es la veneración por él lo que me ha implicado en una batalla que ha sido también la suya. Escribo ‘veneración’, sí, porque estoy convencido de que ascenderá al honor de los altares, y ciertamente no solo por la vía de la tan opinable tendencia moderna a santificar a todos los papas “no importa cual”. Pienso incluso que un día llegará a convertirse en doctor de la Iglesia.
Prácticamente admiro todo en su trato y en su personalidad: la cortesía, la timidez, la equidad, la honestidad, el sentido del deber, las capacidades como intelectual, pero sobre todo la inteligencia, la lucidez, la independencia de juicio y el buen sentido: buenos antídotos en una época eclesial de eslóganes vacíos y de ideología.
Vivo esta noticia con profundo pesar y preocupación. Comprendo que el peso del gobierno de la Iglesia sea insoportable para las espaldas humanas, especialmente en la fragilidad senil; pero un Papa, precisamente, ¿no debería ser sobre-humano? No porque esté provisto de un ‘físico bestial’, sino porque está divinamente asistido incluso en la extrema debilidad del cuerpo y, acaso, de la mente. El Papa Ratzinger lo sabe (he aquí sus mismas palabras: “bene conscius sum hoc munus secundum suam essentiam spiritualem non solum agendo et loquendo exsequi debere, sed non minus patiendo et orando”), pero considera que esta ‘esencia espiritual’ de testimonio orante (y paciente) debe estar acompañado de cierto vigor “in mundo nostri temporis rapidis mutationibus subiecto et quaestionibus magni ponderis pro vita fidei perturbato”.
Esta afirmación me inquieta. En nuestro tiempo de rápidos cambios y perturbado por graves problemas para la vida -¿la supervivencia?- de la fe, es el oficio mismo del Papa el que, precisamente, cambia. Hasta ayer, más símbolo que gobernante; más testimonio, hasta la última agonía, que eficiente administrador; más monarca que primer ministro; más padre que tutor. Ahora, sin embargo, un papa que, además de tener una “misa de inauguración” (en lugar de la mucho más significativa coronación) tendrá también una ceremonia de despedida con ocasión de su dimisión, como si fuese un administrador delegado que se jubila o, peor todavía, un arzobispo de Canterbury caducado. Se trata también de un mayor achatamiento (después de la renuncia a la tiara) del oficio petrino respecto al de los otros obispos: no por casualidad en la alocución de ayer el Papa ha usado la expresión ingravescente aetate, que constituye el incipit del motu proprio de Pablo VI que impone la jubilación a los obispos.
Pensamos también en como este precedente podrá justificar presiones sobre los futuros pontífices, apenas estos sean percibidos como ancianos o poco ‘performantes’ o nada telegénicos.
Si algo nos han enseñado estos últimos decenios es que la Iglesia vive de los símbolos y en los símbolos. Cambios comprensibles en abstracto y en apariencia inesenciales, como abandonar el latín, abolir el ayuno del viernes, dar la vuelta a los altares, han tenido un efecto sociológicamente y antropológicamente devastadores para los fieles: la fe, ya ontológicamente acechada por la duda (pues no es un conocimiento directo, sino solo la sustancia de las cosas esperadas, y el argumento de las que no han llegado),  vive de la seguridad transmitida y constantemente reconquistada. Si la vida de la Iglesia es un jardín en perenne mutación, ¿cómo alimentar la fe vacilante? Y ¿qué decir si el oficio mismo de Pedro, consolidado en dos mil años que han visto solo esporádicas y normalmente traumáticas abdicaciones o deposiciones, se transforma de un status existencial a un simple ‘cargo’ con derecho a jubilación?
De aquí mi preocupación: la sacralidad de la Piedra sobre la que la Iglesia está fundada me resulta afectada cuando un dulce Cristo en la tierra, un Vicario de Cristo, un infalible árbrito de la fe y de la moral, puede volver a una normalidad cotidiana. Esta preocupación aumenta todavía más al pensar que estos riesgos no se escapan a la consideración del Papa Benedicto; si se ha decidido igualmente al ‘gran rifiuto’, graves preocupaciones que nosotros ignoramos deben haberlo movido; o cuando menos, una situación interna en los Sagrados Palacios de completa delicuescencia, hasta el punto de obligarlo a tirar la toalla.
 Pues sí, porque el gesto del Papa tiene, lamentablemente, la apariencia inevitable de una admisión de impotencia y de fracaso, aunque solo sea por el hecho de acontecer tras un periodo de extraordinaria dificultad en la conducción de la barca de Pedro y tras un conjunto de descalabros que han encontrado en el caso Vatileaks el último ejemplo.
Este regusto amargo de ineficiencia ¿no aumentará el riesgo de reforzar el natural efecto “péndulo”, por el que los cardenales en cónclave serán llevados a escoger alguno que pueda adoptar una línea muy difirente del predecesor? El efecto péndulo ha sido determinante en la elección de Ratzinger, cuando un implacable reconocimiento del estado lamentable de la Iglesia tras los años del woitylismo había inducido a los cardenales a elegir uno que tuviera la lucidez y la inteligencia necesarias para reconocer los problemas e individuar (en el retorno a la ortodoxia, a la continuidad y a la Tradición) la solución.
¿Y ahora qué? Una generación mejor de sacerdotes está llegando, y los corifeos de la ‘primavera conciliar’ estan camino de la jubilación, si no del redde rationem. Pero esta abdicación del Papa llega demasiado pronto: si hubiese resistido unos pocos años o en algunos casos solo unos pocos meses, no tendríamos un cónclave en el que se sentarán en su lugar y votarán obispos como Daneels y Mahoney (este último, recién inhabilitado por parte de su sucesor en Los Angeles por mala gestión), Lehmann y Kasper, Monterisi y Tettamanzi. Mientras un Moraglia (patriarca de Venecia), un Nichols (arzobispo de Londres) o un Chaput (arzobispo de Filadelfia) se quedan fuera.
Es tiempo, por tanto, de que el Espíritu Santo se prepare a hacer Su labor con vistas al cónclave. Y para nosotros, de rezar. Mitiga la amargura la gratitud a Benedicto XVI, el respeto a su dificultosa elección y, muy en el fondo, el íntimo sentimiento de que su ponderada decisión pueda haber sito el menor de los males posibles.

P.s.: dos visiones contrastantes de la renuncia en Wanderer y Exorbe.

sábado, 16 de abril de 2011

Oremus pro Pontifice nostro Benedicto



Oremus pro pontifice nostro Benedicto.

Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius.

miércoles, 6 de abril de 2011

Entrevista a un filo-lefebvriano

Dado el debate disparado por los artículos del Pbro. José María Iraburu, entorno a la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X y temas conexos como el papel del Papa, la liturgia, los nuevos movimientos, etc., la Redacción de esta bitácora quiso hacerse con una opinión autorizada.

Como se verá por las respuestas obtenidas, el personaje consultado bien podría ser encuadrado entre los “filo-lefebvrianos”, según la aguda clasificación iraburiana.



-          ¿Los lefebvrianos son cismáticos?
-          Hemos llegado a la convicción de que el empleo diligente e integral del antiguo ritual... expresa la voluntad de consagrar obispos de la Iglesia católica y de no perder la continuidad con ésta.

-          ¿Tenemos alguna culpa de lo que ha sucedido o todo se debe a la desobediencia del arzobispo Lefebvre y los suyos?
-          Tenemos que intentar superar entre nosotros, en nuestras comunidades, las faltas que llevaron a estas personas (los seguidores de monseñor Lefebvre) a dar semejante paso (las consagraciones) y también las cuestiones que aun son candentes en el seno de la Iglesia.

-          ¿Es el lefebvrianismo un fenómeno menor, limitado a ciertos nostálgicos?
-          Aunque no se habla mucho de ello, el fenómeno lefebvriano se extiende. Cuenta con monasterios de clausura, congregaciones
religiosas, un instituto universitario en París, seminarios en todo el mundo, con un gran número de candidatos que se preparan al sacerdocio, un número creciente de sacerdotes, oratorios e iglesias. Se trata de un fenómeno cuya importancia no se puede negar, por lo menos por el gran número de sacerdotes que se adhieren: personas jóvenes, a menudo motivadas por un fuerte idealismo.

-          ¿Qué opina de aquéllos que el sacedote Iraburu denomina “filo-lefebvrianos”? ¿Comparte sus duros conceptos?
-          Veo también que muchos laicos, a menudo con una cierta formación cultural, [que] participan en sus liturgias sin identificarse con el movimiento (de monseñor Lefebvre)... Un número de personas que participan en sus liturgias, sin identificarse, con la convicción de seguir en plena comunión con el Papa y de no alejarse de la comunión de la Iglesia.

-          ¿Cuáles son, según su opinión, los frutos de la reforma litúrgica de 1969?
-          No se puede negar que hoy existe un problema litúrgico grave... Sólo queda la arbitrariedad de un grupo de la comunidad que toma en sus manos estas "actividades" (litúrgicas). Y la liturgia se queda cada vez más vacía... Se puede descubrir que esa respuesta (la reforma litúrgica) era superficial, y que ha empeorado la liturgia... Era tan hermosa aquella continuidad que no dependía del párroco ni siquiera de los dicasterios romanos. Simplemente, se sabía que era la liturgia de la Iglesia.

-          ¿Pero no era necesario un aggiornamento litúrgico? La gente ya no entiende el latín, las viejas oraciones, el gregoriano…
-          En nuestra reforma litúrgica hay una tendencia, a mi parecer equivocada, de adaptar completamente la liturgia al mundo moderno... De este modo, la esencia de la liturgia y la misma celebración quedan completamente desvirtuadas.

-          ¿Considera algo bueno que se celebre la Misa tridentina? ¿No se corre riesgo de romper la unidad de la Iglesia, como han dicho numerosos teólogos y obispos?
-          Ciertamente creo que habría que conceder mucho más generosamente licencia para celebrar según el rito antiguo a todos los que lo deseen. No se ve qué pueda tener eso de peligroso o inaceptable... Desgraciadamente, mientras la tolerancia para lo que son modificaciones espectaculares y arriesgadas es casi ilimitada, la tolerancia para la antigua liturgia es casi inexistente. Y eso es indicio de que no andamos por buen camino.

-          Cambiando de tema, ¿no le parece peligroso oponer el Papa a la Tradición? ¿No pone en riesgo el dogma de la infalibilidad? Después de todo, el Papa es el auténtico intérprete de la Tradición, pudiendo cambiar a su arbitrio…
-          Ese dogma (de la infalibilidad) no significa que todo lo que diga el Papa sea infalible... El Papa, lógicamente, también está sujeto a ciertas condiciones —que a él obligan en grado sumo— para garantizar que no se trata de una decisión suya, de su conciencia subjetiva, sino que se ha tomado conforme a la conciencia de la Tradición.

-          Sabemos de su gusto por los movimientos postconciliares. Dado que han sido aprobados por la Santa Sede, ¿eso les da independencia frente a los obispos y los párrocos?
-          Pienso, por ejemplo, en el movimiento carismático, en las comunidades neocatecumenales, en los cursillos, en el movimiento de
focolares, en Comunión y Liberación, etc. Todos estos movimientos plantean algunos problemas y comportan mayores o menores peligros... La célula principal para la vida comunitaria seguirá siendo la parroquia... Cada movimiento tendrá que estar unido a la parroquia para no hacerse sectarios.


Foto tomada durante la entrevista concedida por este filo-lefebvriano a nuestra Redacción.