sábado, 16 de marzo de 2013

Gherardini: infalibilidad no es «papolatría»


Teníamos esta entrada en carpeta desde antes de la elección de Francisco. La pensamos como complementaria de Newman contra la «papolatría». El p. Iraburu parece escandalizarse por el uso de «papolatría» pues sería un término empleado por los protestantes del siglo XVI para denostar a los católicos fieles. Ciertamente es falso que los católicos adoremos al Papa como a Dios. No existe una «papolatría» en sentido propio y formal. Pero sí existe una «papolatría» que es un error por exceso respecto del Romano Pontífice y su función en la Iglesia, con diversas manifestaciones, sean teóricas o prácticas. En esta entrada, Gherardini alude a una «papolatría» entendida como «infalibilismo». La infalibilidad es un carisma de la Iglesia y del sucesor de Pedro, mientras que el infalibilismo es una desvirtuación y una extensión del abusiva carisma petrino más allá de los límites de la Revelación. Es también una actitud no exenta de servilismo, típica en cierto modo de la mentalidad cortesana que ha sido efecto y causa de exageraciones que en último término van contra los dogmas relativos al Primado, la Iglesia y su Jerarquía. Haciendo un poco de historia, debemos decir que la expresión «papolatría» se empleó durante el Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II (recordemos que a Iraburu le gusta poner énfasis en «sacrosanto»). La usó en el Aula Conciliar el Obispo Emil-Josef De Smedt (Brujas, Bélgica) quien fuera parte del Secretariado para la Unidad Cristiana y miembro de una Comisión que redactó esquemas que luego se convertirían en documento oficiales del último Concilio. Y en el mismo sentido, también la utilizó durante el Concilio Máximo IV Saigh, Patriarca de Antioquía y todo el Oriente y cardenal de la Iglesia Católica.El término «papolatría», bien entendido, ha adquirido carta de ciudadanía en la Iglesia. Y su uso es legítimo siempre que se precise adecuadamente su definición. A impulsos del entusiasmo papólatra ya estamos viendo otro signo de «papolatría»: el atribuir a hechos y dichos del otrora cardenal Jorge M. Bergoglio un valor equivalente al de actos pontificios. Es un error de funestas consecuencias. 

A este respecto, parece muy apropiado considerar cuidadosamente las palabras del dogma: «El Romano Pontífice, cuando habla “ex cathedra”, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por esto, dichas definiciones del Romano Pontífice son en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia, irreformables.»Palabras sopesadas con extremo rigor. No sólo no divinizan a un ser humano, sino que, en el acto mismo de reconocerle un carisma que ningún otro hombre posee, ponen límites claros y condiciones estrictas en el ejercicio del mismo. El Papa, en efecto, «no por el hecho de ser papa» (simpliciter papatus ex auctoritate), es absolutamente infalible.»Tal vez haya llegado el momento de decir con sinceridad y firmeza lo que reiteradamente se declaró en el pasado, reciente y lejano, acerca de la necesidad de liberar al papado de esa especie de «papolatría», que no contribuye a honrar al Papa y a la Iglesia. No todas las declaraciones papales son infalibles, no todas pertenecen al mismo nivel dogmático. La mayor parte de los discursos y documentos papales, aun cuando tocan el campo doctrinal, contienen enseñanzas comunes, orientaciones pastorales, exhortaciones y consejos, que en la forma y en el contenido, están muy lejos de la definición dogmática. Esta no existe sino cuando se presentan las condiciones establecidas por el Vaticano I.

— Es necesario que el Papa hable «ex cathedra»: la expresión toma su significado de la función ejemplar y moderadora que, desde el principio, hizo del Obispo de Roma el maestro de la Iglesia universal y de la misma Roma el «locus magisterii». En uso desde el siglo II como símbolo de la función magisterial del obispo, la cátedra devino, luego, en el símbolo de la función magisterial del Papa.Hablar «ex cathedra» significa, por tanto, hablar con la autoridad y la responsabilidad de la persona que goza de la jurisdicción suprema, ordinaria, inmediata y plena sobre toda la Iglesia, y cada uno de sus fieles, pastores incluidos, en materia de fe y costumbres, pero no sin reflejos e incluso efectos disciplinarios.

— «Omnium Christianorum pastoris et doctoris munere fungens»: la frase hace explícito el contenido de «ex cathedra». Fuentes bíblicas neo-testamentarias y documentos de la Tradición confluyen en la definición del Vaticano I para afirmar que la infalibilidad del magisterio papal sólo surge cuando el Papa enseña la Revelación divina y hace obligatorias sus enseñanzas para todos.

— «Pro suprema sua Apostolica auctoritate »: es la razón formal de su magisterio infalible y universal. Tal razón es debida a la sucesión apostólica del Papa a Pedro, que entonces fue el primero, pero no el único, obispo de Roma, y Papa, en cuanto obispo de Roma. A todo sucesor suyo en la «cátedra romana» compete  todo cuanto Cristo había dado a Pedro, «ratione office, non personae». Es por ello menos correcto decir «infalibilidad personal del Papa» en vez de «infalibilidad papal». Empero, si se quiere insistir, como hace alguno, en la «infalibilidad personal», se debe distinguir siempre, en el Papa, la «persona pública» de la «privada», recordando que la «persona pública» viene determinada por su oficio.

— «Doctrinam de fide vel moribus»: debe tratarse de una verdad que se ha de creer y cualificada de la existencia cristiana, directamente contenidas o no, en la Revelación divina. Un objeto diverso de la enseñanza papal no puede pretender estar cubierto por el carisma de la infalibilidad, el cual se extiende tanto como la Revelación misma.— «Per assistentiam, divinam»: no cualquier intervención del Papa, no una simple advertencia, no una enseñanza cualquiera, están asegurados por la asistencia del «Espíritu de la verdad» (Jn.14, 17; 15, 26), sino solamente aquel que, en armonía con las verdades reveladas, manifiesta que el cristiano debe, en cuanto tal, creer y poner en práctica.Sólo con el pleno y absoluto respeto de las mencionadas condiciones, el Papa recibe la garantía de la infalibilidad; puede, por tanto, recurrirse a ella cuando se intenta obligar al cristiano en el ámbito de la fe y de la moral. Y también cabe agregar, de toda intervención papal y de las palabras que la expresan, debe resultar, junto al respeto de las condiciones indicadas, la voluntad de definir una verdad como directa o indirectamente revelada, o bien de definir una cuestión «de fide vel moribus», con la que toda la Iglesia deberá luego uniformar su propia enseñanza. 


viernes, 15 de marzo de 2013

Lupus: cuadro torcido



El día que sigue a una noche interminable no es un día común. Uno se puede bañar y verse sucio, comer y sentirse débil, rezar y mostrarse indigno. La mente late, no logra calmarse. Los sentidos se desencuentran, el sol lastima, la nube intimida, la arena del implacable reloj se incrusta en los párpados. Las ideas y las imágenes, tremendas, ridículas o consoladoras, van y vienen pero de manera infantil, a su antojo, negándose a toda disciplina. La oración se mezcla con pensamientos turbios. Todo se desacomoda, se tuerce o se ve torcido.
Cada uno es lo que es, lo que sabe, lo que espera, lo que busca. Pero en momentos extraordinarios como éste, que va desde la abdicación de Benedicto XVI hasta la elección de Francisco I, de alguna manera nos vemos empujados a ser lo primero que nos sale. Pretendemos el ánimo, el equilibrio o el anticipo exacto, pero algo nos saca de la medida ordinaria de razón y tiempo y nos convierte en, simplemente, agoreros o cantamañanas.
Rebotamos entre uno y otro, pero no podemos ser ambas cosas a la vez. Lo que debemos es tratar de no ser ninguno de ambos. Para lo cual hay que dejar que pase el tiempo y llegue la calma. Tiene que agotarse la fuerza del impacto, concluir la trasnochada.
Volver al orden nos exige enderezar lo que haga falta, el ojo o el cuadro. Y a veces este tipo de maniobra está lejos de nuestro alcance, aunque cae bajo nuestra responsabilidad. Algo parece estar mal pero no queda claro si es el cuadro, la imagen del cuadro, la propia vista. Hay que descansar, recuperarse, volver a enfocar la mirada. Hay que esperar. Evitando en principio las ocurrencias fáciles y los inútiles agravios.
Lo primero que se advierte es que las cosas parecen estar sucediendo de manera rápida y simultánea. Apenas ocurren, se disparan hacia atrás o hacia adelante. Y el proceso es inatajable para el alma. ¿Cuántos eones hace que abdicó Benedicto? Y ahora, en segundos, el papa Francisco dice, por un lado, que hay que rezar por la fraternidad universal y, por otro, citando a Bloy, que si no se confiesa a Jesucristo, se confiesa la mundanidad del demonio. Ayer era nada más que el obispo de Roma pidiendo la bendición de la Urbe, y recién, delante de todos los cardenales, deploró la noción de la Iglesia como una piadosa ONG.
Muchos eligen la dirección de su temperamento animoso y una expectativa feliz, lo que de ningún modo los hace reprensibles, ya que pueden estar en lo cierto, siempre y cuando Cristo prevalezca. Pero otros no podemos evitar, en el más llevadero de los casos, un íntimo e inmanejable desdoblamiento: queremos lo mejor, indagamos lo peor; vemos lo peor, corremos a lo mejor. Esto sí es, aparentemente, reprensible. Así que me reprendo. Por no quedarme quieto, por no esperar, por no hacer lo que me corresponde.
Si viene uno y me muestra, por alguna razón urgente, un dibujo del Hombre Gris de Solari Parravicini, a mí me van a entrar ganas de regalarle el Ángel Gris de Dolina, a ver si de algún modo derroto a su hombrecito salvador de la Argentina con un ángel sensible que no puede salir de Flores. Pero así es toda trasnoche, reino de locos o de curdas. Encima no podés evitar que el tipo te meta en el bolsillo un poco de pólvora, y te deje pensando en el color que comparten el demorado héroe y el ángel arrabalero.
Pues sí: de todos los imprevistos, fue el más inesperado. Y surrealista, incluida la aparición del cardenal Tauran en el balcón, su molesta dicción y su curioso bamboleo, que ayer me hizo presentir que algo andaba mal, pero hoy, una nada después, ya me parece un guiño cómplice de Dios, aunque no sé en qué sentido.
Que la Argentina salte de contenta me tiene sin cuidado (que algunos tengan fiebre es premio consuelo). Si los argentinos mañana carajean por buenas razones, no me extrañará; si aplauden por malas razones, tampoco; si a poco andar todo les importa un pito otra vez, menos.
Austeridad no es humildad, estoicismo no es cristianismo. Aquélla se queda corta, éste se pasa de listo. Pero le viene bien al rostro de la Iglesia sacarse el maquillaje: limpiar la curia, limpiar las cuentas, limpiar las apariencias. Ojalá. Importa más, sin embargo, la depuración de otras lacras y el restablecimiento de la virtud y el Evangelio, para conversión o escándalo del mundo, de lo cual el nuevo papa dejó anotada cierta inclinación. Pero el rumbo elegido por un papado se constata mediante decisiones, nombramientos, encíclicas, catequesis, mensajes, afirmaciones y negaciones. Se verá con el tiempo. Que sus mejores tópicos le oficien de cerrojo.
Yo no tengo fe en este papa. No tengo fe en ningún papa. Los objetos de  fe están indicados en el credo. Un papa bueno fortalece la fe; uno malo, todavía más. Me sumo a la oración común por él, para que Dios lo proteja y lo sostenga y llegue a ser un papa verdaderamente humilde, dedicado a cosas concretas y proporcionadas a su capacidad, no a propósitos desmesurados.
Soy argentino y conozco a Bergoglio, de modo que afirmar que no conozco a Francisco me suena a absurdo antropológico. No se acaba de bautizar. Pero es cierto que pasó de ser cardenal a ser pontífice, vicario de Cristo, sucesor de Pedro. Que dejó atrás su vida, su geografía, su círculo. Que cuenta con la gracia de su estado. Que no es indemne a una mudanza de esta naturaleza, en el orden temporal y en el sobrenatural. Que Dios le ha reservado un plan. Que hay que rezar por él, pedirle a Dios que lo ayude y lo sostenga, para que nos apaciente y nos confirme en la fe.
En la misma fe que nos enseña que todas las profecías van a cumplirse, de un modo que conoceremos poco a poco, de ciclo en ciclo y, al final, de día en día. Es mi alma trasnochada la que me dice que este momento extraordinario es un fuerte envión hacia adelante, en lo que tenga de bueno y en lo que tenga de malo.
Ahora hay ceniza en mi boca y arena en mis ojos, así que mejor me preparo para recibir a Cristo. Al fin de cuentas seguimos en Cuaresma, el tiempo más oportuno para enderezar el cuadro, o la vista, o la casa, o la vida entera.
Tomado de:

jueves, 14 de marzo de 2013

Rechazar a Bergoglio, acoger a Francisco


Cuentan que el Papa Pío II, Eneas Silvio Piccolomini, cuando le señalaron las contradicciones de su pontificado con sus ideas antes de ser elegido Soberano Pontífice dijo: “Rechazad a Eneas, acoged a Pío”.
No sabemos si la anécdota es cierta, pero encierra al menos un buen consejo. El Cardenal Bergoglio no tiene buenos antecedentes. Para enterarse basta con hacer una búsqueda en Catapulta y La Cigüeña. Los argentinos que leen nuestra bitácora podrían ampliar mucho la lista de malos antecedentes.
Pero no somos deterministas. El ser humano es libre y sabemos por la fe que el Espíritu Santo asiste de modo especial al Romano Pontífice. El juego entre la gracia y la libertad es un profundo misterio que atraviesa la historia de la Iglesia. Por una exigencia de sano realismo, debemos dejar que los hechos del Papa Francisco hablen por sí mismos, sin que su pasado nos predisponga de modo negativo.
Luego de la muerte de José Stalin, se produjo en la Unión Soviética un proceso de manipulación de la historia que se conoce como damnatio memoriae. Una de sus manifestaciones fue la inmediata caída en desgracia, detención y posterior ejecución de Beria, quien fuera la mano derecha del fallecido líder supremo de la URSS. La Gran Enciclopedia Soviética eliminó en su segunda edición la biografía de Beria, un completo y vasto artículo de tres páginas (favorable a Beria) y  para no descompaginar el texto restante de la enciclopedia, expandió en su lugar tres artículos adyacentes. El nuevo régimen pretendió fingir que Beria sencillamente no había existido, por lo que directamente las nuevas autoridades procedieron a eliminarlo de la historiografía oficial soviética.
El Papa ante la tumba de San Pío V.
Los lectores de nuestra bitácora recordarán una entrada en la que mencionamos el gesto del fraile Raniero Cantalamessa de arrodillarse para recibir la bendición de un pastor protestante, imitando idéntico gesto del cardenal Jorge M. Bergoglio. En una crítica abierta hacia el gesto, el P. Iraburu dijo que “…los gestos no tradicionales, más aún, contrarios a la tradición de la Iglesia, no son convenientes. La palabra tiene una expresividad más precisa que el gesto, aunque también ella puede ser ambigua y mal interpretada. Pero el gesto, el lenguaje no-verbal, si no es tradicional, es de suyo sumamente ambiguo. Si un gesto es tradicional, su interpretación es bastante segura. Pero si no es tradicional, y más si es contrario a la tradición católica, muy probablemente "no sirve sino para crear confusión" (…). Y así como el Magisterio apostólico muchas veces ha recomendado, en la expresión de la fe, atenerse en las palabras de la tradición católica, y no acudir a otras que pueden dar lugar a graves errores, también podemos entender esta misma norma referida al lenguaje no-verbal de los gestos.
Por eso yo desaconsejaría vivamente a un sacerdote arrodillarse para recibir la bendición de un pastor protestante; lo desaconsejaría también a un Cardenal de la S. M. Iglesia; y también, p.ej., al Papa, si en una hipótesis apenas pensable, se le ocurriera hacerlo.
Es nuestro deseo que los medios de información no traten de posicionarse políticamente ante el nuevo papa mediante una damnatio memoriae respecto de su pasado como cardenal primado de la Argentinasea suprimiendo las críticas a sus actos censurables sea exaltando unilateralmente los aspectos positivos de su oficio anterior. Para facilitarles la tarea, reproducimos al pie los comentarios completos de Iraburu sobre un gesto tan equívoco. Pensamos que la vecina infocatólca no va a caer en la tentación de suprimirlos.



Pinche las imágenes para agrandar.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Habemus Papam



V. Oremus pro Pontifice nostro Francisco.
R. Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius.
Oremus.
Deus, omnium fidelium pastor et rector, famulum tuum Franciscum, quem pastorem Ecclesiae tuae praeesse voluisti, propitius respice: da ei, quaesumus, verbo et exemplo, quibus praeest, proficere: ut ad vitam, una cum grege sibi credito, perveniat sempiternam. Per Christum, Dominum nostrum. Amen.



lunes, 11 de marzo de 2013

Sacerdocio y celibato en la Suma de Teología



Se han planteado algunas objeciones a la visión oriental acerca del matrimonio y el celibato de los clérigos. En esta entrada daremos espacio a una visión occidental acerca del mismo tema.
Como recordaba un comentarista en la entrada anterior, Santo Tomás de Aquino dijo muchas cosas sobre la vida consagrada que no podrían reproducirse completas en una bitácora. Sin embargo, encontramos respuesta clara a tres cuestiones disputadas: ordenación de casados, débito conyugal después de la ordenación y origen de la ley del celibato. El texto tomasiano proviene del suplemento de la Suma de Teología (probablemente concluida por fray Reginaldo de Piperno en base a otras obras del Aquinate) en cuya q. 53 (art. 3, c.), al tratar acerca del orden sagrado como impedimento del matrimonio dice:
El orden sagrado entraña, por cierta congruencia, el que debe impedir el matrimonio, toda vez que los ordenados "in sacris" tocan las vasos sagrados y administran los sacramentos, y, por lo mismo, es decoroso que sus cuerpos se conserven limpios, guardando continencia; pero lo de impedir el matrimonio proviene de haberlo dispuesto así la Iglesia.
Difieren, sin embargo, los latinos de los griegos, toda vez que entre éstos el impedimento para contraer matrimonio dimana sólo de la orden recibida, al paso que entre los latinos dimana de esa fuente y, por añadidura, del voto de castidad, que va anejo a las órdenes sagradas; de tal forma, que aun cuando uno, al recibirlas, no lo exprese de palabra, por el mero hecho de ordenarse conforme al rito de la Iglesia occidental, se sobrentiende que emitió el voto. Así, pues, entre los griegos y demás orientales la orden sagrada impide contraer matrimonio, pero no impide hacer uso del anteriormente contraído, si bien no pueden volver a casarse. Pero entre los occidentales dicha orden impide contraer matrimonio y hacer uso del que hubieran contraído…
En Teología no se debe confundir conveniencia con necesidad. Existe cierta congruencia, por lo que se puede afirmar que el celibato clerical es conveniente para el sacerdocio pero no llega a ser algo necesario. Argumento que se refuerza cuando dice (ad 1): “el orden sagrado no es contrario al matrimonio en cuanto sacramento”. No podría serlo, dado que el celibato no es de la esencia del sacerdocio como sí lo es tener por materia a un hombre y no a una mujer.
Aunque afirma en otra parte que hay cierta repugnancia entre el orden sagrado y el acto conyugal, deja en claro que entre los orientales el sacerdocio no impide hacer uso del matrimonio contraído, es decir, prestar el débito conyugal. Lo dicho no niega la existencia de preceptos particulares de las Iglesias orientales sobre el débito conyugal de sus clérigos casados. 
Queda en claro, además, que las dos cuestiones anteriores se ubican en el plano de la ley eclesiástica y no de la ley divina, por lo que puede haber diferencias disciplinarias entre Occidente y Oriente. Cosa que Santo Tomás afirmó en otro lugar de la Suma (II-II, q. 88, a. 11, c) al decir que “la continencia obligatoria no está esencialmente vinculada a las órdenes sagradas sino porque así lo ha establecido la Iglesia. Por lo que parece que la Iglesia puede dispensar el voto de continencia solemnizado por la recepción de las órdenes sagradas.” Si fuese un precepto de derecho divino positivo, no sería dispensable.
Sacerdote greco-católico húngaro.
Nuestra exégesis del Aquinate no es un invento sino doctrina común receptada por la disciplina eclesial durante muchos siglos. Veamos como ejemplo el comentario del dominico Sabino Alonso Morán al artículo de la Suma:
“Motivo por el cual la orden sagrada impone el celibato.
Son tres las opiniones acerca de eso. Según algunos autores, la obligación del celibato en los ordenados in sacris la impone únicamente la ley de la Iglesia. Según otros, la ley de la Iglesia mediante el voto, en cuanto que la Iglesia dispuso no admitir a las órdenes sagradas sino a quienes hagan voto de castidad. Otros, finalmente, defienden que dicha obligación proviene directa e inmediatamente de ambas cosas a la vez.
A estos últimos pertenece Santo Tomás, según consta por lo que dice en el artículo 3 de la presente cuestión, donde, una vez indicada la conveniencia de que los ordenados in sacris guarden castidad para ponerse a tono con los ministerios que deben ejercer, señala la diferencia que separa a los latinos de los orientales, toda vez que entre estos últimos el impedimento para casarse dimana sólo de la orden recibida; pero entre los latinos proviene, además, del voto de castidad, anejo a las órdenes sagradas.
 (…) Las obligaciones que dimanan del celibato —en los ordenados in sacris— no traen su origen del derecho divino, sino del eclesiástico, de manera que directa e inmediatamente proceden de éste y de una manera igualmente principal del voto solemne implícito que, por prescripción de la Iglesia [latina], va anejo a las órdenes mayores (…). Por el contrario, en la Iglesia oriental no existe dicho voto...” (Tomado de la edición bilingüe de la Suma, BAC, 1958, Tomo 15, p. 349 y ss.).


viernes, 8 de marzo de 2013

Sacerdocio y celibato en perspectiva oriental


Sacerdote casado junto a su familia. 
Católico de rito ucraniano y párroco en Ontario (Canadá).  
Anthony Dragani es un católico oriental, doctor en Teología. Traducimos algunas respuestas a  preguntas frecuentes sobre el sacerdocio uxorado y célibe en la tradición oriental. 
- ¿En las Iglesias católicas orientales se permite que los sacerdotes se casen?
No, no se permite el matrimonio de los sacerdotes, sino que los hombres casados pueden ser ordenados sacerdotes. Es una diferencia importante.
 En todas las Iglesias católicas orientales –  excepto dos- los hombres casados pueden recibir el orden sagrado.
- Dado que en las Iglesias orientales los hombres casados pueden ser sacerdotes, en estos casos, ¿los matrimonios deben practicar el celibato viviendo como hermano y hermana?
No, continúan viviendo como marido y mujer.
- ¿Por qué las Iglesias orientales admiten clero casado? ¿Cómo hace un sacerdote para dar su vida por su esposa y por la Iglesia?
Existe una diferencia entre las Iglesias occidentales y las orientales sobre cómo entender el papel del sacerdote. En Oriente, el sacerdote es ante todo, y principalmente, un ministro de los Sagrados Misterios (sacramentos).  No se lo considera “separado del mundo”, sino como parte del mundo junto a sus feligreses.
Sin embargo, hay personas en las Iglesias orientales cuyas vidas son un testimonio escatológico, aquellos que viven “separados del mundo”. Son los monjes. Tanto hombres como mujeres pueden ser monjes en las Iglesias de Oriente y se los considera como aquellos que entregan sus vidas por la Iglesia del modo más pleno.
En la Iglesia latina el papel del sacerdote se ha fusionado de alguna manera con el del monje. En un sentido muy real y profundo, los católicos latinos ven a sus sacerdotes como los orientales ven a sus monjes.
No veo esta diferencia en la disciplina como algo problemático. Sólo necesitamos respetar la legítima disciplina de cada Iglesia particular.
- ¿Es cierto que los católicos orientales, si son casados, no pueden ordenarse en su propio rito dentro de los Estados Unidos, sino que deben ordenarse fuera de su territorio?
En los primeros años del siglo XX muchos obispos latinos de los EE. UU se escandalizaron por la presencia de sacerdotes orientales casados. Se dirigieron a Roma, solicitando se revocase el derecho a ordenar hombres casados. Luego de varios años de pedidos reiterados, Roma intervino y prohibió la ordenación de orientales casados en 1929 dentro del territorio de los EE. UU. En ese tiempo, casi todas las parroquias de rito oriental eran atendidas por clero casado y esta prohibición provocó un terrible cisma. Más de la mitad de los católicos bizantinos de Norte América se hicieron ortodoxos. Familias enteras se dividieron en líneas religiosas y se infligió a la Iglesia una herida profunda que no se ha curado completamente.
En la actualidad, Roma no avala esta restricción. En 1992 el Papa Juan Pablo II promulgó el Código de Cánones de las Iglesias Orientales, que reafirma con claridad nuestro derecho a ordenar hombres casados. Desde ese momento, muchos obispos orientales han introducido de nuevo la tradición de los sacerdotes casados, aunque varios todavía tratan de resolver el problema de cómo sustentar a un sacerdote con familia.
- La existencia de clero casado entre los sacerdotes orientales, ¿socava  la valiosa disciplina celibataria de la Iglesia latina? ¿No es superior la disciplina occidental?
Pienso que puede defenderse la disciplina occidental sin denigrar a la disciplina oriental. Del mismo modo, creo que es posible defender la tradición oriental de sacerdotes casados sin denigrar ni socavar la tradición occidental de sacerdotes célibes.
Entre las Iglesias orientales y occidentales existen no sólo diferencias litúrgicas sino también diverso ethos. Nuestras Iglesias orientales y occidentales tienen costumbres diferentes y por ello las diferencias disciplinares se ajustan mejor a las diversas circunstancias. Por tanto, me atrevo a decir que el celibato obligatorio es mejor para la Iglesia latina y que la admisión de sacerdotes casados se ajusta mejor a las Iglesias orientales.
Esta comprensión viene reforzada por el Concilio Vaticano II:
“La historia, las tradiciones y muchísimas instituciones eclesiásticas atestiguan de modo preclaro cuán beneméritas son de la Iglesia universal las Iglesias orientales. Por lo que el santo Sínodo no sólo mantiene este patrimonio eclesiástico y espiritual en su debida y justa estima, sino que también lo considera firmemente como patrimonio de la Iglesia universal de Cristo. Por ello, solemnemente declara que las Iglesias de Oriente, como las de Occidente, gozan del derecho y deber de regirse según sus respectivas disciplinas peculiares, como lo exijan su venerable antigüedad, sean más congruentes con las costumbres de sus fieles y resulten más adecuadas para procurar el bien de las almas” (Orientalium Ecclesiarum, n. 5). 
Diría que nuestra tradición de sacerdotes casados es “más armónica con las costumbres de nuestros fieles”. Sin embargo, esto no significa que armonice bien con las costumbres de los fieles latinos.
- No estoy seguro de comprender cómo los orientales desarrollaron su tradición de clero casado desde el primer siglo. Mi dificultad es el canon III del Concilio de Nicea: “De las mujeres subintroductas*. Prohíbe enteramente el santo concilio que se permita bajo ningún concepto al obispo, presbítero, diácono, ni a clérigo alguno, tener en su casa mujer extraña como no sea su madre hermana o tía paterna o materna porque en estas solas personas, y en otras semejantes, cesa toda sospecha procedente de las mujeres. Y el que lo contrario hiciere correrá peligro de ser depuesto de su clero.”
Este canon singular se introdujo para prevenir que los clérigos se enredasen en actividades escandalosas. El término “subintroducta” indica a una mujer que vive como discípula de un sacerdote por motivos espirituales. Algunos clérigos llevaban a sus casas a estas mujeres y eran sus mentores en algo más que la fe cristiana. [Práctica conocida como "sineisactismo", "matrimonio espiritual" por el que los clérigos tenían bajo su mismo techo a "esposas espirituales"]
Recientemente, he podido concluir un amplio estudio acerca del celibato clerical en la Iglesia primitiva, que espero se publique en breve. Mis hallazgos demuestran de manera concluyente que en tiempos del Concilio de Nicea, la mayoría de los clérigos, en las Iglesias occidentales y orientales, eran hombres casados. Sin embargo, durante el siglo IV, en la Iglesia occidental se inició un movimiento para promover el celibato clerical, comenzando con un canon del Concilio de Elvira. Pero tomó muchos siglos para que esta disposición se volviera la norma en Occidente. En Oriente, nunca se promulgó una ley de esa naturaleza, a pesar de que el Concilio de Trullo estableció el celibato obligatorio para los obispos.
Por supuesto que últimamente esta cuestión [del canon 3 del Conc. de Nicea] se ha vuelto poco relevante. Es más importante la legislación vigente en la Iglesia católica. El Papa Juan Pablo II ha fijado la ley para los católicos orientales, por la que difícilmente podríamos ser considerados desobedientes:
“El celibato de los clérigos, elegido por el Reino de los cielos y muy conveniente para el sacerdocio, debe ser tenido en todas partes en grandísima estima, según la tradición de la Iglesia universal; así también debe ser tenido en honor el estado de los clérigos unidos en matrimonio, sancionado a través de los siglos por la práctica de la Iglesia primitiva y de las Iglesias orientales.” (CCEO, can. 373).
- ¿Está de acuerdo en que el celibato sacerdotal configura más perfectamente con la persona de Cristo?
Las Iglesias orientales siempre han considerado al celibato como una vocación elevada para quienes poseen este don. Así como ordenamos a hombres casados, también reconocemos que aquellos que tienen el don del celibato deben ser alentados para cultivarlo y hacerlo fructificar.
Hieromonje.
Sin embargo, para nosotros, cristianos orientales, la persona que se configura de manera más perfecta con Cristo no es el sacerdote sino el monje. Para nuestra teología, la vida monástica es la más alta vocación posible y un elemento importante de la vocación monástica es el don del celibato. Por consiguiente, en esencia, debo concordar con la opinión del P. Echert. Aunque para los cristianos orientales la formularía de modo diferente: “el celibato configura al monje de modo más perfecto con el celibato de Cristo”.
Gran parte de la mentalidad subyacente en las Iglesias orientales y occidentales es que los católicos romanos ven a sus sacerdotes bajo la misma luz que nosotros, los cristianos orientales, vemos a nuestros monjes.
- ¿Acaso el celibato no era la norma para los sacerdotes en la Iglesia primitiva? ¿No es el sacerdocio de los casados un desarrollo posterior?
El sacerdocio de los casados fue la norma en la Iglesia primitiva, aunque también hubo hombres que eligieron la vida célibe. A partir del siglo IV comenzó en Occidente un movimiento para alentar a los sacerdotes casados a vivir en continencia, absteniéndose de las relaciones conyugales. Este movimiento nunca arraigó en Oriente.
Durante la crisis arriana, en la que muchos obispos y sacerdotes abrazaron la herejía que negaba la divinidad de Cristo, la Iglesia fue salvada por los monjes. Los monjes célibes  preservaron la recta doctrina y la Iglesia fue extremadamente agradecida con ellos. Por lo que, en Occidente, muchos concilios locales comenzaron a legislar acerca del celibato clerical, exaltando la vocación monástica como un ideal para todos los sacerdotes. En aquellos tiempos, obispos como san Agustín, exigieron que los sacerdotes vivieran en comunidad con sus ordinarios.
En Oriente, la reacción fue un tanto diferente. En vez de exigir el celibato a todos los clérigos, las Iglesias orientales en el Concilio de Trullo (692) exigieron que todos los obispos fuesen monjes. Esta ha sido la ley para las Iglesias de Oriente a partir de ese momento.
- ¿Por qué las Iglesias orientales rechazan la disciplina del celibato obligatorio?
No es que “rechacemos” la disciplina del celibato obligatorio, sino que siempre hemos conservado nuestra tradición de clero casado. Las razones para esto son tanto históricas como prácticas.
En Occidente siempre existió la tendencia hacia un clero célibe. A partir del siglo IV, encontramos sínodos locales que legislaron sobre el celibato clerical y exigieron que los sacerdotes casados se abstuvieran de las relaciones conyugales. Los cánones de los sínodos de Elvira y de Cartago, por ejemplo, establecieron la continencia perpetua para diáconos, sacerdotes y obispos. También el Papa Siricio hizo mucho para promover el celibato en la Iglesia latina.
En Oriente, la tradición del clero casado siempre tuvo alta estima, aunque hubo algunas facciones favorables al celibato. La cuestión se presentó pronto en el Concilio de Nicea, pero se decidió no establecer el celibato obligatorio para toda la Iglesia de Oriente y Occidente. El primer sínodo oriental que abordó la cuestión fue el Concilio de Trullo, el cual comenzó y terminó en el siglo séptimo. Se decidió que los obispos deberían ser célibes, pero que los hombres casados podrían seguir recibiendo el diaconado y el presbiterado. Esta ha sido la norma para las Iglesias de Oriente desde entonces.
Desde un punto de vista práctico, las Iglesias orientales consideran ventajoso preservar el sacerdocio de los casados. Nuestra vida parroquial se ajusta típicamente a un sacerdote con familia y esto ha funcionado muy bien para nosotros por dos mil años. Nuestro pueblo está muy acostumbrado a esta situación y prefiere que las cosas se mantengan de este modo. A comienzos del siglo XX hubo esfuerzos para imponer el celibato a nuestros clérigos en los Estados Unidos, lo que llevó a una discordia generalizada y favoreció dos cismas trágicos. Aunque el celibato obligatorio funciona bien para la Iglesia latina, no funciona para nosotros, porque es ajeno a nuestra tradición. El Vaticano II reconoció este hecho de manera autoritativa al declarar que:
“…las Iglesias de Oriente, como las de Occidente, gozan del derecho y deber de regirse según sus respectivas disciplinas peculiares, como lo exijan su venerable antigüedad, sean más congruentes con las costumbres de sus fieles y resulten más adecuadas para procurar el bien de las almas”. (Orientalium Ecclesiarum, n. 5). 
A pesar de esta y de otras diferencias, somos la misma Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia, como usted ha dicho. Tiendo a pensar que estas diferencias resaltan la belleza de la pluralidad en la Iglesia universal y son fruto del Espíritu Santo. 


* N. de R.: sobre la traducción de "subintroducta", agregamos como aclaración al texto de Dragani la siguiente nota filológica que además contiene alusión al texto latino del canon 3 de Nicea:
SUBINTRODUCTAE. Συνείσαϰτοι in Concilio Nicæno I. can. 3. quas Extraneas vocant Synodus Carthag. I. can. 3. Ilerdensis can. 15. Hispalensis I. can. 3. Braccarensis III. can. 5. et Lex 19. Cod. de Episc. et Cleric. (1, 3.) quarum commercium et habitationem vitare jubentur Clerici.
Concilium Romanum sub Zacharia PP. cap. 2 : 
Presbyteri vel Diaconi Subintroductas mulieres nullo modo secum audeant habitare, nisi forsitan matrem suam, aut proximitatem generis sui habentes.
Ita et in Concilio Forojul. cap. 4. et Romano ann. 1059. cap. 3. Rotomagensi ann. 1072. cap. 15. Ita perinde Dionysius Exiguus in Codice canonum Ecclesiæ Romanæ et Nicolaus et Alexander PP. cap. 5. 6. dist. 32. Consule, quæ de ejusmodi Extra-neis et Subintroductis mulieribus passim annotarunt qui concilia expenderunt, Justellus, Binius, etc. Iis adde Muratorium in Disquisit. de Synisactis et Agapetis inter Anecd. Græca pag. 218. Vide etiam infra Superinducta. Glossar. med. Græcit. col. 1483.
Cfr. Du Cange, et al., Glossarium mediae et infimae latinitatis, éd. augm., Niort : L. Favre, 1883‑1887, t. 7, col. 630a.

lunes, 4 de marzo de 2013

Newman contra la «papolatría»

La renuncia de Benedicto XVI ha dado lugar a toda clase de comentarios. Algunos, ciertamente imbuidos de una «papolatría» práctica que canoniza en vida los actos del Romano Pontífice. Tomemos del b. Newman la vacuna contra el virus papolátrico.

Si el Papa hablara contra la conciencia, en el verdadero sentido de la palabra, cometería un suicidio. Provocaría el hundimiento del suelo bajo sus pies. Su misión es proclamar la ley moral, proteger y asegurar «esta luz verdadera que, viniendo a este mundo ilumina a todo hombre» (Jn. 1, 9). Sobre la ley de la conciencia y sobre su carácter sagrado, se funda a la vez su autoridad teórica y su poder práctico (...).
La defensa de la ley moral es la razón de ser del Papa. Su misión, en realidad, es responder a las quejas de los que sufren la insuficiencia de luz natural; y la insuficiencia de esta luz que justifica su misión (...). La Iglesia, el Papa y la jerarquía, según el plan divino, responden a una necesidad urgente. Por seguras que sean las bases y las doctrinas de la religión natural para los espíritus reflexivos y serios, necesita, para influir de verdad en la humanidad y vencer al mundo, que la Revelación la sostenga y complete (...).
He aquí otra observación: la conciencia es una regla práctica; por ello, sólo es posible una oposición entre ella y la autoridad del Papa cuando éste promulga leyes, o da órdenes especiales, u otros preceptos de este tipo. Pero un papa no es infalible en sus leyes ni en sus mandamientos, ni en sus actos de gobierno, ni en su administración, ni en su conducta pública (...). ¿Fue infalible san Pedro en Antioquía, cuando san Pablo se le resistió? ¿San Víctor fue infalible cuando excluyó de su comunión a las Iglesias de Asia ? ¿ O Liberio cuando excomulgó a Atanasio ? Y acercándonos a una época más reciente, ¿lo fue Gregorio XIII cuando hizo acuñar una medalla en honor de la matanza de la noche de san Bartolomé? ¿ O Paulo IV en su conducta con Isabel (de Inglaterra)? ¿O Sixto Quinto cuando bendijo la Armada? ¿O Urbano VIII cuando persiguió a Galileo? Ningún católico pretendió jamás que estos papas fueran infalibles al obrar así. Puesto que la infalibilidad podría entorpecer el ejercicio de la conciencia, y puesto que el Papa no es infalible en el dominio en que la conciencia posee la autoridad suprema, ningún callejón sin salida (como el contenido en la objeción a la que contesto), puede acorralarnos para escoger entre la conciencia o el Papa.
Pero vuelvo a repetir, por miedo a que mi pensamiento sea mal interpretado, que cuando hablo de la conciencia, me refiero a la conciencia que merece ser llamada así. Si tiene derecho a oponerse a la autoridad del Papa, cuando ésta es suprema pero no infalible, debe ser algo distinto de ese miserable falso semblante que, como ya he dicho, toma ahora el nombre de conciencia. Si, en un caso particular, debe tomarse por guía sagrado y soberano, sus órdenes —para prevalecer contra la voz del Papa— deben haber estado precedidas de una seria reflexión, de oraciones y de todos los medios posibles para llegar a una opinión verídica sobre el asunto en cuestión. Además, la obediencia al Papa está, como se dice, «en posesión», es decir, que el onus probandi de establecer pruebas contra él, igual que en todos los casos de excepción, pertenece a la conciencia (...). Prima facie, es un deber necesario, aunque no sea más que por la lealtad, creer que el Papa tiene razón, y obrar conforme a sus preceptos.
Alejandro VI.
El cristiano debe sobreponerse a ese espíritu vil, estrecho, egoísta y ramplón que le impulsa—cuando se le da una orden eventual— a oponerse al superior que ha dado esa orden, a preguntarse si no se excede en sus atribuciones y a regocijarse por poder mezclar cierto escepticismo en cuestiones de moral práctica. No es necesario que haya decidido voluntariamente el pensar, hablar u obrar, exactamente a su capricho(...).
Si esta regla indispensable se observara, los choques entre la autoridad del Papa y la autoridad de la conciencia serían muy raros.
Por otra parte, dado que para los casos extraordinarios, la conciencia de cada uno es libre, tenemos la garantía y la certidumbre (si necesitamos tenerla) de que ningún papa podría forjar nunca para sus fines personales una falsa ley de la conciencia (...).
Una palabra más. Si después de una comida, me viera obligado a lanzar un brindis religioso —lo que evidentemente no se hace—, bebería a la salud del Papa, creedlo bien, pero primeramente por la conciencia, y después por el Papa.
Tomado de:
Newman, J.H. Pensamientos sobre la Iglesia. Textos presentados por O. Karrer. Ed. Stella, Barcelona, 1964, pp. 119 y ss.

viernes, 1 de marzo de 2013

Por favor, Weigel, renuncie a su pontificado


George Weigel es uno de los ejemplos más paradigmático de neo-conservadurismo norteamericano en un doble sentido político y eclesial. Como neocon eclesial, en 2009, Weigel sugirió desde las páginas de la revista Newsweek que el levantamiento de las excomuniones a los obispos de la FSSPX profundizaría el “cisma” y no dejó de dogmatizar al Vaticano II incluso en sus documentos de inferior jerarquía. Este campeón del juanpablismo puede ser para muchos un personaje  desconocido. Pero sería un error pensar que se trata de un sujeto marginal sin influencia en el catolicismo norteamericano y por extensión en otras naciones.
Tomamos esta breve entrada de Rorate Caeli: 
"Ni la 'izquierda de Küng', ni la 'ultra derecha cismática lefebvrista', pero yo, la virtuosa línea media, tengo la clave para la auténtica y evangélica reforma católica, como explico en mi libro, disponible en todas las librerías por sólo 9,99 dólares", así dice el SupremoPontífice Weigel al bajar del Monte Manhattan.
¿Podría, al menos, el Papa Weigel esperar hasta que el cónclave esté reunido antes de presentar su candidatura? ¿Podría, al menos, esperar hasta las 8 de la noche, hora de Roma, hoy, para proclamar sus declaraciones de apostasía y cisma?...
La falta de contención en aquéllos que desean "delimitar" el próximo pontificado es sorprendente. Küng lo ha intentado, mientras que Weigel, aún no recobrado totalmente del final del pontificado de Wojtyla, también lo está tratando. En cuanto a los "cismáticos lefebvristas", su único programa parece ser esta novena por la elección del Soberano Pontífice, que comienza mañana.
Ahora bien, ¿cuál de estos programas parece ser el verdaderamente católico?