miércoles, 5 de marzo de 2014

“DESVIRILIZACIÓN” DE LA LITURGIA

Reproducimos hoy la traducción completa de un artículo publicado en la bitácora El búho escrutador.

En el pasado mes de junio la página RORATE CÆLI nos obsequió con un interesante y agudo artículo del padre Richard G. Cipolla sobre la desvirilización de la liturgia operada en el Novus Ordo Missæ. El término “desvirilización”, tal como lo aclara el autor en el cuerpo del artículo, no encierra nada peyorativo; es un neologismo que, a falta de otro mejor, el autor considera como el más apropiado para expresar los elementos –asociados al concepto latino de vir- que se han difuminado notablemente en la nueva Misa. No todo lo que dice el padre Cipolla podrá ser del gusto del lector. Pero en materias litúrgicas el “genio inglés” -en este caso norteamericano- siempre merece atención. Nuestro reconocimiento y gratitud a todo el equipo de Rorate Cæli por su trabajo en bien de la liturgia católica y por autorizar a este blog la publicación de la traducción completa del artículo en cuestión. Este búho agradece igualmente al abogado Gustavo Delgado B. la esmerada traducción que ha realizado del original inglés y que ahora presentamos.
La desvirilización de la Liturgia en la Misa Novus Ordo
Fr. Richard G. Cipolla, Ph.D., D. Phil. (Oxon.)
Es bien conocida la correspondencia entre el Cardenal Heenan de Westminster y Evelyn Waugh, antes de la promulgación de la Misa Novus Ordo, en la que Waugh lanza un crie de coeur (grito del corazón) sobre la liturgia post-conciliar, encontrando un empático aunque ineficaz oído en el Cardenal. [ 1] Lo que no es tan conocido es el comentario del Cardenal Heenan al Sínodo de los Obispos en Roma, luego de que la Misa experimental –la Missa Normativa- fuera presentada por primera vez, en 1967, a un selecto número de obispos. Este ensayo está inspirado por las siguientes palabras del Cardenal Heenan dirigidas a los obispos allí reunidos:
“En casa, no son sólo las mujeres y los niños, sino también los padres de familia y hombres jóvenes los que acuden regularmente a misa. Si fuéramos a ofrecerles el tipo de ceremonia que vimos ayer, pronto quedaríamos reducidos a una feligresía de mujeres y niños.” [2]
Aquello a lo que el Cardenal se refería yace en el corazón mismo de la forma Novus Ordo de la Misa Romana, y de los consiguientes y profundos problemas que han afectado a la Iglesia desde su imposición en 1970. [3] Uno podría tener la tentación de querer cristalizar lo que el Cardenal Heenan experimentó al hablar de la “feminización” de la liturgia. Sin embargo, este término podría resultar inadecuado y, en última instancia, inducir a error. Porque existe un aspecto realmente mariano de la liturgia, que es indudablemente femenino. La liturgia porta la Palabra de Dios, la liturgia da a luz al Cuerpo de la Palabra para ser adorado y dado como Alimento. Una mejor terminología podría ser que en el rito del Novus Ordo de la Misa la liturgia ha sido “afeminada”. Hay un famoso pasaje en el De bello Gallico, de César, donde él explica por qué los de la tribuBelgae eran tan buenos soldados. Y lo atribuye a su falta de contacto con los centros de cultura, como las ciudades. César creía que tal contacto contribuye ad effeminandos animos, a la feminización de sus espíritus. [4] Sin embargo, cuando se habla de la feminización de la liturgia se corre el riesgo de ser mal entendido, como si se pretendiera devaluar lo que significa ser mujer o la feminidad misma. Sin adoptar esta visión más bien machista de César acerca de los efectos de la cultura en los soldados, ciertamente se puede hablar de una desvirilización del soldado, cuando éste mina su fuerza y ​​determinación para cumplir lo que un soldado tiene el deber de hacer. Aquí no se trata de un desprecio de lo femenino; más bien se describe el debilitamiento de lo que significa ser hombre.
Desvirilización, pues, es el término que quiero emplear para describir lo que el Cardenal Heenan vio ese día de 1967, durante la primera celebración de la Misa experimental. [5] En la forma del Novus Ordo –que Benedicto XVI, en el Motu ProprioSummorum Pontificum, ha llamado comprensiblemente aunque de modo difuso, la Forma Ordinaria del rito Romano- la liturgia ha sido desvirilizada. Ahora bien, hay que recordar el significado de la palabra vir en latín. Tanto vir como homosignifican "hombre", pero sólo vir tiene la connotación de hombre-héroe, y es la palabra que se utiliza a menudo para "marido". La Eneida comienza con las famosas palabras: arma virumque cano. ("Yo canto a las armas y al hombre-héroe.") Lo que el Cardenal Heenan, profética y correctamente vio en 1967, fue la virtual eliminación de la naturaleza viril de la Liturgia; la sustitución de la objetividad masculina, necesaria para el culto público de la Iglesia, por la suavidad, el sentimentalismo y una personalización centrada en el papel materno del sacerdote.

El pueblo, en el interior de la Liturgia, [6] se sitúa en una relación mariana con ella misma: atención, receptividad, meditación, espera de ser saciado. Dentro de la Liturgia, es el sacerdote como padre quien pronuncia, anuncia y confecciona la Palabra para que la Palabra pueda convertirse en Alimento para los que permanecen dentro de esa suprema actualización de la Ecclesia, que es la Liturgia. [7] Es el sacerdote quien ofrece Cristo al Padre, y es este acto el que contiene el rol distintivo de lo que significa ser sacerdote. Así, el papel del sacerdote como padre hace su rol propio no sólo en su función, sino que en la misma ontología de la sexualidad. [8] El sacerdote se presenta en el altar in persona Christi, in persona Verbi facti hominem, y esto no sólo como homo, palabra que en un sentido trasciende el sexo, sino in persona Christi viri: en el sentido de que homo factus est ut fiat vir, ut sit vir qui destruat mortem, ut sit vir qui Calcet portas inferi: Dios se hizo hombre para poder ser ese hombre-héroe que destruya la muerte y aplaste con su propio pie las puertas del infierno.
La desvirilización de la liturgia y la desvirilización del sacerdote, para todos los efectos prácticos, no se pueden separar. En lo que sigue, me gustaría, aunque esquemáticamente y de manera incompleta, hablar, en primer lugar, en términos más específicos sobre la desvirilización de la liturgia misma en la forma Novus Ordo del rito Romano. En segundo lugar me referiré a la necesaria desvirilización (que se sigue del rito desvirilizado) del sacerdote, utilizando, al efecto, ejemplos concretos.
La descripción de la liturgia Romana usando adjetivos como "austera", "concisa", "noble" y "simple", es un lugar común entre tantos que han escrito sobre liturgia en el marco del movimiento litúrgico moderno del siglo XX. Sin embargo, muchos de estos escritores han idealizado la austeridad del rito Romano o bien la han utilizado para promover su propia agenda consistente en despojar al rito del crecimiento orgánico alcanzado a través de los siglos, etiquetando dicho crecimiento orgánico con términos peyorativos tales como "adiciones Galicanas" o "repeticiones inútiles". Antes que designar el rito romano como austero, un adjetivo que podría decirse tiene connotaciones puritanas, es mejor hablar de la masculinidad o virilidad del rito Romano tradicional. Hacerlo exige necesariamente una definición de la masculinidad en este contexto. Esto es algo difícil, y requiere un estudio más profundo. Con todo, voy a mostrar varias características del rito Romano tradicional que ayudan a explicar lo que quiero decir acerca de la inherente masculinidad y virilidad en el contexto de ese rito. [9]
En primer lugar, la masculinidad se opone al sentimentalismo -no al sentimiento, sino al sentimentalismo-. Hay una ausencia de cualquier rastro de sentimentalismo en el rito tradicional, también llamado Forma Extraordinaria. Esto se ve en sus colectas y oraciones, que sin sacrificar la belleza del lenguaje, son concisas y van al grano; también se aprecia en sus rúbricas, que impiden que la personalidad del sacerdote introduzca sus propias emociones y preferencias en el rito mismo. Si tomamos nota de la intuición del Cardenal Newman de que el sentimentalismo es el ácido de la religión, es decir, lo que destruye la religión verdadera, entonces las rúbricas del rito tradicional son la pequeña píldora púrpura que previene el reflujo de sentimentalismo en la liturgia. [10]
En segundo lugar, con la Misa Romana tradicional hay una aceptación plena del silencio como corazón de los medios para comunicarnos con Dios. La participación activa es entendida como contemplación, como oración. Las palabras del rito no son nunca el punto. Ellas son fijas. Siempre apuntan más allá de sí mismas. Es común decir que dos verdaderos amigos son aquellos que pueden permanecer en silencio absoluto uno frente al otro, y reconocer lo que un corazón le habla al otro corazón en este silencio. Este es el silencio de Moisés ante la zarza ardiente, el silencio de los Padres del Desierto, el silencio de San Benito en la cueva, el Sacro Speco.
En tercer lugar, está el hecho de la masculinidad de la lengua latina. Esta lengua, a diferencia de la femineidad de las lenguas Romances, que son su descendencia, es masculina en su laconismo, su concisión, su formalidad, su dificultad, su falta de flexibilidad. Incluso en manos de un poeta como Ovidio, quien sin duda entendió y tan bellamente puso en práctica el lado femenino de la poesía Romana, incluso allí la masculinidad de la lengua se mantiene firme en contra de cualquier intento de hacer que sea lo que no es.
En cuarto lugar, el rito romano tradicional exige, no sólo en sus rúbricas, sino que en su misma esencia, una sumisión a su forma. Demanda una supresión de la auto-realización. Es algo en lo que se elige entrar, una sola vez. Y esa elección implica siempre algo así como un heroico despojarse de uno mismo por la meta mayor, el telos.
En quinto lugar, muy vinculado con el aspecto anterior, la liturgia es algo dado, nunca hecho. Está ahí para entrar en ella. Este aspecto se ve más claramente en los ritos Orientales, donde el racionalismo y el sentimentalismo nunca han erosionado este sentido de “ser-dada-por-Dios” de la liturgia -por lo que se conoce en el Oriente como "la Divina Liturgia"-. Este ser-dada no implica que sea un fósil ni niega su desarrollo orgánico. Más bien, este ser-dada es como una gran casa que ha sido construida por inspiración del Espíritu a través de los siglos, y que está ahí para entrar en ella. El genio y la verdad de la obra El Espíritu de la Liturgia de Romano Guardini, que ha inspirado tan profundamente al actual Papa, Benedicto XVI, en su propia comprensión de la liturgia, asume este absoluto ser-dado de la liturgia, pues no se puede "tocar en la casa del Señor", a menos que la casa ya esté allí para tocar música en ella. El sacerdote acepta la prohibición de imponer sus propios gustos y aversiones en la liturgia. Él está dispuesto a que se le recuerde hacer lo que se debe hacer. Él acepta la imparcialidad que la liturgia impone, sin la cual uno no puede entrar en la Liturgia cósmica que trasciende el tiempo y el espacio. [11]
En sexto lugar, la liturgia es viril en su comprensión y uso de gestos ambiguos como el beso. El beso ciertamente encuentra un lugar seguro en el reino de lo erótico. No obstante, el beso como señal de respeto y amor por los objetos que se utilizan en la liturgia y por quienes participan en la liturgia, como el beso de la paz, purifica este símbolo erótico y lo eleva al nivel más alto y más objetivo de adoración de la presencia de Dios en la liturgia. Siempre me asombran y aturden los que celebran la Misa Romana tradicional sin los besos habituales, en base a considerarlos en cierto modo "excesivos" y propensos a ser mal interpretados. Nunca son excesivos, como enseñó Jesús a Judas cuando la mujer ungió sus pies con nardo precioso. Estos besos son propensos a ser mal interpretados sólo si la Liturgia es despojada de su virilidad innata.
Por último, la liturgia es viril en su aceptación de la soledad esencial del sacerdote dentro de la comunidad, su querido rebaño, que él ama y por el que moriría si estuviese llamado a hacerlo. El sacerdote vir se encuentra solo en el altar para ofrecer el Sacrificio por su pueblo. Permanece en la línea de Melquisedec, de Moisés, de San Pablo, de San Agustín y de todos los santos que no temieron estar a solas con Dios por y con la comunidad, especialmente aquellos que no temieron experimentar la soledad del martirio.
Por la reflexión anterior sobre la masculinidad y la virilidad de la liturgia, resulta obvio que la desvirilización de la liturgia exige y revierte en la desvirilización del sacerdote. Quiero examinar ahora dos contextos de la desvirilización del sacerdote: uno directamente consecuencia del Novus Ordo tal como es ampliamente celebrado; el otro, una consecuencia de la olvidada esencial masculinidad-virilidad del sacerdote.
No puede haber una fuerza más poderosa para la desvirilización del sacerdote que la moderna costumbre de decir la misa de cara al pueblo. Al margen de su carácter no tradicional; al margen de su fundamentación en deficientes y sentimentales apelaciones a la antigüedad (arqueologismo contra el cual advirtió Pío XII en Mediator Dei); aparte de su imposición por una terrible falta de comprensión acerca de la esencia de la Misa que ha hecho que el aspecto secundario de "cena" casi elimine el aspecto primario de Sacrificio: esta costumbre de decir Misa de cara al pueblo como una novedad sin el apoyo de la Tradición, ha sido una de las principales causas de la desvirilización del sacerdocio. [12]
En una de mis muchas estancias en Italia me di cuenta de que muchos de los coches de bebé estaban construidos de tal manera que el bebé se sentara de frente a su madre, mientras ella empujara el coche. Esto me pareció extraño, ya que en Estados Unidos el bebé mira en la misma dirección que la madre que está empujando el coche. Cuando le pregunté a una amiga sobre esto, ella me dijo que muchas madres italianas quieren mantener permanente contacto visual con el bebé, desean poder sonreír al niño, y hablarle en su propio lenguaje para así asegurarse de mantener el vínculo entre madre e hijo. La clásica relación madre-hijo se acentúa casi de una manera perversa por la necesidad que siente la madre de enfrentar constantemente cara a cara a su hijo, no sea que el contacto con el mundo exterior, con "el otro", dañe la relación.
Sin pretender que la analogía anterior sea exacta o completa, afirmaría que la radical innovación - nunca impuesta por el Concilio ni por ningún otro libro litúrgico- de celebrar Misa con el sacerdote de cara al pueblo, ha transformado el papel del sacerdote en la Misa, de padre que guía a su pueblo para ofrecer el Sacrificio al Padre, en el de madre necesitada de contacto visual, de parloteo litúrgico con el pueblo y a veces de un comportamiento deliberadamente bobo, como si el pueblo fueran párvulos, reduciendo así su rol de sacerdote al de la madre de un infante. Esta reducción de los feligreses a párvulos, forzados a mirar a la madre-sacerdote, les impide ir más allá de él y ver al Dios que está siendo adorado en la presencia del sacrificio cósmico de Cristo.
Para usar otra analogía secular: la Misa de cara al pueblo se reduce a una asamblea de escuela secundaria, donde todo el mundo tiene un papel que desempeñar bajo la dirección del sacerdote como Madre Rectora, que se asegura de que todas las cosas salgan bien. Esto es descrito por algunos liturgistas como la dimensión "horizontal" de la liturgia, en oposición a la dimensión "vertical" que proporciona el sentido de trascendencia. Esto es, en última instancia, discurso vacío, porque supone que la liturgia está bajo el control del sacerdote y los ministros y que una de sus funciones es la de asegurarse de que ambas dimensiones estén presentes, y se mantengan, de alguna manera, en equilibrio.
Está claro que todo este enfoque niega profundamente el "ser-dado" de la liturgia y su foco en la adoración a Dios en alabanza y sacrificio. Las rúbricas del Novus Ordo fomentan esta comprensión radicalmente no tradicional de la liturgia, con el constante debilitamiento de las instrucciones de sus rúbricas con expresiones como "o en otras palabras", "o de alguna otra manera" y "o según la costumbre local". Lejos de la romántica visión retrospectiva de la frase de San Justino Mártir con relación al celebrante de la Misa -que ofrece la acción de gracias "según su capacidad"- [13], tomada como norma; al margen de la cuestionable idea de imaginar que el sacerdote es capaz de sacar de la Tradición o de su propio sentido de la liturgia aquello necesario para completar o llenar lo que las rúbricas ordenan se diga y haga: esta comprensión de la liturgia como "asamblea de escuela secundaria" hace imposible el culto católico como se ha entendido en la Tradición. Porque la Tradición entendió el radical significado de la liturgia como comprendiendo el culto público como un deber, officium, un deber sin duda basado en el amor, pero deber al fin y al cabo. Es este sentido tradicional de la adoración como officium el que es consagrado y hecho visible y oído y experimentado en el rito Romano tradicional.
El sacerdote es como Abrahán, el padre de Isaac y de los judíos, y nuestro padre en la fe. El mayor acto de fe y de culto de Abrahán como padre es cuando lleva a su hijo Isaac a la montaña para sacrificarlo, obedeciendo a Dios. Caminan de frente a la cima de la montaña. Hay silencio, excepto por el breve diálogo entre padre e hijo: "Y se dirigió Isaac a Abrahán, su padre, diciendo: “Padre mío”; el cual respondió: “Heme aquí, hijo mío”. Y dijo (Isaac): “He aquí el fuego y la leña, mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?” Contestó Abrahán: “Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío.” Y siguieron caminando los dos juntos." (Gn. 22, 7-8,).
Es aquí, entre Abrahán e Isaac, que vemos el componente verdaderamente horizontal del culto, breve y al grano. El diálogo vertical y primario es entre Abraham y Dios, un diálogo que se produce en el silencio de una impresionante obediencia y fe.
Este papel de vir de fe es radicalmente diferente al del sacerdote que cree que su trabajo no es llevar al pueblo al altar del Sacrificio, sino dialogar con él y hacerle "entender qué está pasando". Así, la Plegaria Eucarística, con su breve diálogo entre el sacerdote y el pueblo, se convierte en otra extensión del parloteo del sacerdote. Aquí no existe un caminar juntos por la montaña; no hay un volverse juntos hacia el Señor; hay en cambio un terrible y embrutecedor éxtasis de la madre condescendiente y agobiante tratando de conectar con su hijo, destruyendo, en el camino, la libertad del niño para subir al monte de Dios. [14]
Antes de abordar la importante cuestión de la continuidad del rito del Novus Ordo con el rito Romano tradicional desde el punto de vista de la desvirilización de la liturgia, quisiera comentar dos resultados prácticos de la desvirilización de la liturgia y del sacerdote. El primero es el siguiente: la música que el Novus Ordo ha producido para la Misa y demás canciones para cantar en la liturgia, es, en el mejor de los casos, funcional, y, en el peor, basura sentimental que hace que los viejos himnos evangélicos protestantes suenen como corales de Bach. Cuando la Misa se reduce a una asamblea auto-referencial, entonces la música se vuelve, en el mejor de los casos, meramente funcional, y en el peor, algo para despertar los sentimientos del pueblo. Este funcionalismo es una señal de la escalofriante, anticuada y anti-litúrgica postura del establishment litúrgico que aún controla gran parte de la vida litúrgica de la Iglesia en los dicasterios romanos, en los seminarios, en las diócesis, y, por lo tanto, en las parroquias. [15]
El funcionalismo no puede producir grandes obras de arte, ni en la música o la pintura, ni en la escultura o la arquitectura. Además destruye el culto, al menos como se ha entendido tradicionalmente, no como algo irracional, pero sí ciertamente como algo no reductible a razón. [16] En la visión funcionalista, las lecturas en la Misa del Novus Ordo se vuelven momentos didácticos, como si se estuviera en una sala de clases, en lugar de actos de culto como se ha entendido tradicionalmente. Una vez más, el sacerdote actúa como maestra de escuela, explicando constantemente lo que sus estudiantes están viendo y escuchando. Nos hemos olvidado de que las lecturas de la Misa (la Liturgia de la Palabra) llevan la Palabra dentro de la Liturgia; no son meras lecciones para escuchar y asimilar. Las lecturas vienen de dentro de la Liturgia y no de una clase de catecismo presidida por una "institutriz". La liturgia no es didáctica: ella forma e in-forma. Reclama atención a lo que está más allá de las palabras que están siendo cantadas o dichas. La Escritura dentro de la Misa es un eco de la Palabra y un venerable "recordatorio a Dios" acerca de lo que Él ha dicho y hecho por nosotros en la persona de Jesucristo. Desde el punto de vista funcionalista, el canto tradicional de la Iglesia debe ser dejado absolutamente de lado, ya que va más allá de la mera función en su forma distinta y dada, cuyo propósito es la elevación del espíritu humano a Dios. [17]
De la música banal y sentimental del Novus Ordo, que es fruto enfermizo del funcionalismo que subyace en el rito, pasamos a algo que puede parecer trivial en comparación, pero que también es parte de la evidencia de la desvirilización del sacerdote: el vestido del sacerdote fuera de la Misa. El vestido del sacerdote cuando no está realizando una función litúrgica se ha vuelto, en cierto sentido, y para pedir prestado un adjetivo secular recientemente en boga, metrosexual. Esto significa que su masculinidad se ha desdibujado en su apariencia exterior. El abandono de la sotana como vestido normal del sacerdote fuera de la liturgia es parte de la desvirilización del sacerdote. El decaimiento de la vestimenta distintiva que es la sotana, y su reemplazo por un traje de oficina negro usado con un cuello clerical, o, cada vez más frecuentemente, con una camisa con alzacuello blanco que se puede quitar y meter en el bolsillo, es parte de la pérdida de la “liminalidad” del sacerdote. Él ya no es el que se sitúa en el umbral, el limen de la tierra y del cielo, al ofrecer Misa. El vestido religioso inspirado en el vestido seglar lo domestica al punto de convertirlo en un simple clergyman(N. del T.: eclesiástico), donde man significa ahora "persona" y no "hombre".
Las décadas de los cincuenta y sesenta fueron testigo de un enfoque más radical sobre la vestimenta del sacerdote, de parte de aquellos que eran vistos y se tenían a sí mismos por la vanguardia de la reforma, especialmente en Europa. Ellos usaban chaqueta y corbata o turtlenecks (N. del T.: beatles o sweaters de cuello alto) negros, mezclándose más todavía con el vestido secular de quienes los rodeaban. Muchos sacerdotes europeos todavía se visten de esta manera, ya sea continuando su romance con el secularismo, o como un intento de encajar con su rebaño. El hecho es que la sotana, en cuanto vestido tradicional del sacerdote, al menos entre su pueblo, les recuerda que no es sólo un "clergyman", sino un sacerdote; no sólo "un líder religioso", sino el que ofrece el Sacrificio por ellos, cuya vida se centra en este ofrecimiento del Sacrificio, y que nunca puede ser totalmente secularizado. La sotana es una afirmación de la masculinidad y la virilidad del sacerdote. Esto está en contraste con la idea mundana de masculinidad, referida a la del jugador de fútbol americano que gruñe, o al modelo de Armani sin afeitar en jeans ajustados, o a una especie de "semental" que exuda potencia sexual. El uso de la sotana es el ponerse el manto del profeta del sacerdote; es el signo externo de su asumir esa soledad y desprendimiento que es parte integral de lo que significa para un hombre, vir, ser sacerdote. La sotana es un símbolo de ese desapego que marca la relación entre el sacerdote y su pueblo.
El sacerdote desvirilizado confunde desapego con arrogancia o superioridad, frialdad o clericalismo. Irónicamente, la verdad es todo lo contrario. El período post-conciliar ha visto el surgimiento de un clericalismo que se enmascara afirmando que el sacerdote sólo "preside" la asamblea, pero, de hecho, lo preside todo. El sacerdote nunca debe ser un presidente, porque esto es como ser un organizador de bodas quisquilloso. Para amar a su pueblo, el sacerdote debe tener este sentido de desapego de ellos, para que no se convierta en un muñeco Ken de colección, con cuello clerical [18].
Finalmente llegamos al efecto más grave de la desvirilización de la liturgia: la discontinuidad aparente y real entre el Novus Ordoy el rito Romano tradicional. Este tema de la discontinuidad y la ruptura ha sido objeto de una serie de estudios y conferencias en los últimos años, dentro de los que se cuenta el ahora famoso discurso de Benedicto XVI a la Curia Romana del 22 de diciembre de 2005. Si bien es cierto este discurso trata específicamente la cuestión de la hermenéutica, de la interpretación del Concilio Vaticano II, de todos modos tiene relevancia para el problema específico de la discontinuidad de la liturgia. [19]
El significado de la misma palabra "discontinuidad", a menudo no es claro. Deseo hacer una analogía que creo aclara lo que está involucrado en esta discontinuidad entre las dos formas del rito Romano. [20] En las matemáticas hay funciones que se llaman discontinuas en un punto determinado. En términos simples, lo que esto significa es que, en ese punto, no hay ningún valor para la función. Podemos decir que en ese punto hay un "agujero" en la función. Lo que esto significa, además, es que no hay manera de "llegar" desde antes de la discontinuidad a después de la discontinuidad. Uno no puede ir "a través de" un agujero en la función.
Usar esta analogía de una función en la que hay un agujero, una discontinuidad, nos ayuda a entender el hecho de que para la inmensa mayoría de los católicos que viven en el lado de "después" del agujero, aquellos para quienes el Novus Ordo es su única experiencia de Misa, la parte de la función que está "antes" del agujero, les es totalmente ajena. Cualesquiera que sean los argumentos teológicos y litúrgicos que se ofrecen en este debate sobre la continuidad, el sobrecogedor hecho es que para el católico que creció con la Misa Novus Ordo, el tradicional rito Romano es algo ajeno y exótico. Estos católicos no ven la continuidad que se ha dado por supuesta y defendido. Ellos sólo ven el agujero como un abismo y no pueden ver o entender el lado de "antes" del agujero.
Esto nos lleva a utilizar la analogía matemática para dilucidar lo que realmente significa esta discontinuidad entre las dos formas. Las funciones se representan mediante fórmulas que implican variables. Una función que es discontinua puede tener la misma "fórmula", que representa su "forma", para cada lado del agujero en la función. Pero puede darse la situación en que, después de esta discontinuidad, la fórmula de la función cambie, y ahora haya esencialmente una nueva fórmula y forma. Si hemos de creer lo que nuestro propio pueblo católico experimenta en la celebración de la Misa en las dos formas del rito Romano, entonces es obvio que no sólo hay una discontinuidad, un agujero; también hay una función nueva, una fórmula nueva, una forma nueva, después del agujero. La fórmula utiliza las mismas variables que la fórmula antigua, pero es una fórmula diferente que denota una nueva familia de curvas. La apariencia, la figura y la estructura de la nueva forma se ven y son muy diferentes a las de la forma de antes del agujero. Este es un problema gravísimo para la integridad de la fe Católica, tal y como es vista, comprendida y actualizada en la celebración de la Santa Misa. [21] Por un lado tenemos la Misa Romana Tradicional que, utilizando las palabras que describen la Regla de San Benito en un relato contemporáneo de la vida del santo, es potente e strana, poderosa y extraña. [22] La Misa Romana Tradicional puede ser bien descrita con las palabras de la introducción del Antiphonale Monasticum en su descripción del canto de la Iglesia: “simple, sobrio, a veces quizá un poco austero, sin duda hermoso, con un fuerte sentido de la línea; capaz de dulzura, y por esto enormemente expresivo, sensible a todos los temperamentos, y capaz de suscitar los sentimientos más íntimos del alma”. [23] Y en el otro lado, otra cosa: algo distinto, más desvirilizado y desromanizado.
Esto es de hecho lo que el Cardenal Heenan vio aquel día en 1967, cuando se celebró por primera vez la forma experimental de la Misa Novus Ordo para los obispos en Roma. Él vio allí los resultados de la mentalidad funcionalista que no entiende de ceremonias y confunde la sencillez con un reducido infantilismo. Él vio allí la "novedad" de la Missa Novus Ordo, una novedad que no creció orgánicamente de la Tradición, sino más bien de una cepa específica de la teología litúrgica fundada e infectada por el racionalismo post-Ilustrado. Él vio allí la desvirilización de la liturgia y supo cuál sería uno de los efectos del Novus Ordo en la Iglesia: una marcada disminución de la asistencia a Misa. Él vivió lo suficiente para ver el comienzo de la pérdida del sentido de lo sagrado. Lo que no alcanzó a ver fue la desvirilización del sacerdocio y sus desastrosas consecuencias en la falta de vocaciones e infidelidad personal a la castidad y al celibato.
Fr. Cipolla es Director del Departamento de Clásicos en Brunswick School, Greenwich, CT, y vicario de la parroquia de Santa María, de Norwalk, CT.


Notas:

[1] Evelyn Waugh y John Carmel Cardenal Heenan, A Bitter Trial, 2ª ed. 
(South Bend: St. Austin Press, 2000)
[2] Ibid., 70
[3] La importante cuestión acerca de la validez de la imposición del Novus Ordo y la prohibición efectiva del Misal de 1962 del rito Romano fue traída a colación por el propio Joseph Ratzinger en El Espíritu de la Liturgia, (San Francisco: Ignatius Press, 2000) 165-66. Pareciera que la respuesta a la pregunta está contenida en la promulgación de Summorum Pontificum y su carta adjunta para los obispos. El asunto no es si es que el Papa puede promulgar un Misal reformado o no. De hecho, San Pío V lo hizo, en respuesta a Trento. La pregunta es si un Papa puede imponer una nueva forma de Misa en la Iglesia y suprimir el rito Romano tradicional. La comprensión cuasi-fanática de los poderes del papado desplegada por Pablo VI y suscrita por los que le animaron a suprimir el rito Romano tradicional y por los obispos que accedieron a este audaz movimiento: todo esto, habría hecho sonrojar a Pío IX, con vergüenza y quizás envidia.
[4] César, De bello Gallico, 1.1
[5] El cardenal Heenan prologó su comentario con la observación de que no sabía los nombres de aquellos que habían propuesto la nueva Misa, pero era claro para él que pocos de ellos habían sido curas párrocos alguna vez.
[6] No se debe hablar de que el pueblo esté en la liturgia, sino dentro de la liturgia. La liturgia es algo en lo que se entra, no es algo visto o creado o traído a la existencia por el pueblo reunido.
[7] Sacrosanctum Concilium 10: "No obstante, la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza."
[8] Sobre la naturaleza ontológica de la sexualidad ver Angelo Scola, “The Nuptial Mystery: A Perspective for Systematic Theology?” Communio 30 (verano de 2003).
[9] Este ensayo no pretende abordar el contenido verbal del rito Novus Ordo, como, por ejemplo, los cambios radicales en las colectas y oraciones del ofertorio. Los importantes y, a su manera, devastadores resultados de la investigación de la Dr. Lauren Pristas en una serie de artículos y en un libro de próxima aparición sobre las revisiones realizadas por el Consilium post-conciliar sobre las oraciones colectas de Misa, son una evidencia de las políticas racionalistas y modernistas de revisión que condujeron a las nuevas colectas en la Misa Novus Ordo. Estas políticas pueden entenderse bien a la luz de la categoría de la "desvirilización". Lauren Pristas, "The Orations of the Vatican II Missal: Policies for Revision”, Communio 30 (Invierno de 2003) 621-653; “Theological Principles that Guided the Redaction of the Roman Missal 1970”, The Thomist 67 (2003) 157-95; “The Collects at Sunday Mass: An Examination of the Revisions of Vatican II”, Nova et Vetera, 3:1 (Winter, 2005) 5-38. Ver también Aidan Nichols, Looking at the Liturgy, (San Francisco: Ignatius Press 1997). Este breve libro sigue siendo la mejor fuente para comprender los supuestos racionalistas y anti-litúrgicos del movimiento litúrgico moderno tardío, que tuvo como resultado la forma Novus Ordo de la Misa.
[10] Este tema de la destrucción de la verdadera religión mediante su reducción a un mero sentimiento, atraviesa todos los sermones y obras de Newman. El Discurso Biglettopronunciado en Roma cuando fue nombrado cardenal es una reafirmación de este tema en términos de lo que él llama Liberalismo. Este discurso es a la vez poderoso y profético.
[11] Sobre estas cuestiones véase Romano Guardini, The Church and the Catholic and The Spirit of the Liturgy (Sheed and Ward: Nueva York, 1935), especialmente los capítulos 3 y 9.
[12] La tercera revisión de la Instrucción General del Misal Romano deja muy claro que la Misa de cara al pueblo no es obligatoria y que la postura tradicional ad orientem está efectivamente permitida. Uno de los grandes misterios de la revolución litúrgica post-conciliar es cómo la Misa de cara al pueblo se hizo obligatoria a pesar de no existir documento oficial alguno en respaldo de esta idea. Para una historia detallada y desapasionada, y una comprensión teológica de la posición "hacia el este" del sacerdote y el pueblo en la celebración de la Misa, ver Uwe Michael Lang, Turning to the Lord, (San Francisco: Ignatius Press 2009).
[13] San Justino Mártir, Apología. 66-67
[14] Guardini: "The Primacy of the Logos over the Ethos", op. cit., 199-211
[15] Este mortífero papel del funcionalismo en la liturgia es discutido y refutado por Benedicto XVI en una colección de ensayos sobre el papel de la música en la liturgia titulado Lodate Dio con arte (Venecia: Marcianum Press 2010).
[16] Guardini, op.cit., "The playfulness of the Liturgy".
[17] En Italia, donde el establishment litúrgico parece aún comprometido con el funcionalismo y con una actitud tecnocrática respecto a la liturgia, se ha reciclado una palabra maravillosa para describir el despojamiento hasta los huesos de la liturgia y de la construcción de iglesias: adeguamento(adaptación, adecuación). En Lodato Dio con arte, Benedicto XVI habla de este término y de los efectos perjudiciales que la realización del adeguamento ha tenido en la vida litúrgica de la Iglesia en Italia.
[18] Uno puede ver los comienzos de esta desvirilización del sacerdote en las representaciones de Hollywood de los sacerdotes, como la de Bing Crosby en la película The Bells of St. Mary. La imagen del sacerdote como un buen tipo que fuma una pipa y no es en absoluto una amenaza para nadie, el sacerdote domesticado que ayuda a disipar el visceral anti-catolicismo de la América Protestante. Uno se pregunta cuántos jóvenes han dejado de hacerse sacerdotes estos últimos cuarenta años, por temor de que hacerse sacerdote significaría abandonar su hombría y virilidad.
[19] Sobre la cuestión específica de la discontinuidad del ritoNovus Ordo con el rito Romano ver la introducción de Joseph Ratzinger a The Reform of the Roman Liturgy de Klaus Gamber, Roman Catholic Books 1993, y Joseph Ratzinger, El espíritu de la liturgia, especialmente el capítulo dedicado al Rito. Para ver un ejemplo detallado del consenso entre muchos académicos respecto a que el Novus Ordo es discontinuo con el rito Romano, ver las actas de la conferencia litúrgica celebrada en la Abadía de Fontgombault en 2001: Looking again at the Ouestion of the Liturgy, Alcuin Reid, ed., (Farnborough, Inglaterra: St. Michael Abbey Press. 2002). Esta cuestión de la discontinuidad parece ser ignorada por motivos pastorales, y con razón, en Summorum Pontificum y en la carta adjunta dirigida a los obispos. El hecho de que las dos formas del rito Romano coexistan en la Iglesia no dice nada definitivo acerca de si son o no continuos.
[20] La discontinuidad es una cuestión distinta de la validez de la forma. La validez de ambas formas del rito Romano se toma como un hecho dado.
[21] Pristas, Orations: Con respecto a los trabajos del Consiliumsobre las colectas de la Misa, Pristas habla de "la construcción de una ciudad completamente nueva". Es de destacar que el trabajo de esta investigadora no ha causado gran inquietud entre los obispos, que son, de hecho, los moderadores de la liturgia en sus diócesis.
[22] Flaminia Morandi, San Benedetto: Una luce per l'Europa(Milan: Paoline 2009)
[23] "simplices, sobriae, aliquando fortisan austeriores, decoram certe et firmamissam exhibent lineam, de cetero dulcibilem ac per hoc maxime expressivam, omnium susceptibilem temperamentorum, intimos animae sensus preferendi capacem." Antiphonale Monasticum, (Tournai: Desclée & Co., 1934) p. XI.

Texto original: 

Otra buena traducción castellana del cuerpo del artículo puede verse en: 


lunes, 3 de marzo de 2014

Hermenéutica necesaria

Hermenéutica.
Por Zeferino González, op.
Para comprender e interpretar convenientemente el sentido de un autor o de sus obras, podrán contribuir las reglas siguientes:
1ª. El modo de interpretar las palabras, debe estar en relación con la naturaleza del libro y de su autor.
Claro es que no se deberá interpretar del mismo modo o bajo el mismo punto de vista un libro escrito por un hombre vulgar o ignorante, y el escrito por un profundo filósofo; ni tampoco el libro de un gentil y de un cristiano, un libro perteneciente a la Sagrada Escritura, como un libro puramente humano.
2ª. Es útil conocer la lengua en que fue escrito el libro; y las palabras del autor se deben exponer en armonía con las opiniones y afecciones del mismo, y, no, en armonía con nuestros deseos, ni con nuestros sistemas u opiniones.
Cuando se trata de saber y discernir el significado de las palabras de un autor, no debemos atender a lo que nosotros deseamos o nos conviene que signifiquen, sino a lo que realmente quiso significar aquél, atendidas sus opiniones, sistemas, afecciones y demás circunstancias del escritor.
3ª. Las palabras de un escritor deben tomarse en el sentido obvio y literal, mientras no se siga algún absurdo o inconveniente, o mientras que no conste por otro camino que fue otra la intención del mismo. 
4ª. Conviene leer el prólogo del libro y la vida del autor. Porque esta lectura nos suministra datos para conocer las intenciones, opiniones y afecciones del autor, así como la naturaleza y el objeto del libro, cuyo conocimiento facilita su inteligencia.
5ª. Si en las obras de un autor encontramos opiniones y doctrinas discordantes o contrarias, deben conciliarse si es posible: de no serlo, se deberá tener como del autor la opinión emitida con posterioridad, especialmente si la emite tratando de la materia ex profeso.
Fuente:

viernes, 28 de febrero de 2014

El Papa Francisco y la FSSPX: una oportunidad

Un colaborador del National Catholic Register (EWTN), una web emblemática del neoconservadurismo eclesial norteamericano, opinó a favor de regularizar la situación canónica de la FSSPX. A los pocos minutos el artículo desapareció de la página. Ofrecemos hoy nuestra revisión de la traducción del artículo desaparecido.

El Papa Francisco y la FSSPX: una oportunidad.
Por PATRICK ARCHBOLD
A estas alturas, muchos de ustedes probablemente han visto el video de Tony Palmer, la semana pasada, que fue muy emocionante para muchos.
En una conferencia de protestantes, Tony Palmer, un sacerdote anglicano, trajo consigo un video de iPhone con el saludo del Papa Francisco. El tema de la conferencia y de la grabación del Papa era la unidad de los cristianos.
En su discurso, el Papa Francisco hizo las siguientes declaraciones a los hermanos separados, con respecto a la separación misma: "Separados porque, es el pecado el que nos ha separado, todos nuestros pecados. Los malentendidos a lo largo de la historia. Ha sido un largo camino de pecados que todos compartimos. ¿Quién tiene la culpa? Todos compartimos la culpa. Todos hemos pecado. Sólo hay uno sin culpa, el Señor".
Sin duda, es así. Independientemente de la verdad de la doctrina católica, la Iglesia ha aceptado su parte de culpa en los malos entendidos, que se han ido profundizando y endureciendo, lo que lleva a siglos de separación.
Cuando me enteré de esto, algo más, escrito por el predecesor del Papa Francisco, vino inmediatamente a mi mente. En 2007, junto con la emisión del Motu proprio Summorum Pontificum, el Papa Benedicto XVI envió una carta dando sus razones. En esa carta, hizo la siguiente declaración:
«…Mirando al pasado, a las divisiones que a lo largo de los siglos han desgarrado el Cuerpo de Cristo, se tiene continuamente la impresión de que en momentos críticos en los que la división estaba naciendo, no se ha hecho lo suficiente por parte de los responsables de la Iglesia para conservar o conquistar la reconciliación y la unidad; se tiene la impresión de que las omisiones de la Iglesia han tenido su parte de culpa en el hecho de que estas divisiones hayan podido consolidarse. Esta mirada al pasado nos impone hoy una obligación: hacer todos los esfuerzos para que a todos aquellos que tienen verdaderamente el deseo de la unidad se les haga posible permanecer en esta unidad o reencontrarla de nuevo. Me viene a la mente una frase de la segunda carta a los Corintios donde Pablo escribe: “Corintios, os hemos hablado con toda franqueza; nuestro corazón se ha abierto de par en par. No está cerrado nuestro corazón para vosotros; los vuestros sí que lo están para nosotros. Correspondednos;... abríos también vosotros” (2 Cor 6,11-13). Pablo lo dice ciertamente en otro contexto, pero su invitación puede y debe tocarnos a nosotros, justamente en este tema. Abramos generosamente nuestro corazón y dejemos entrar todo a lo que la fe misma ofrece espacio.”»
Se me ocurre que esto puede ser uno de esos momentos críticos de la historia a los que Su Santidad se refiere.
Con la ruptura de las conversaciones entre la Santa Sede y la Fraternidad San Pío X, al final del pontificado anterior, el ánimo del público durante este primer año del actual pontificado, y otros acontecimientos internos, los católicos tradicionales, tanto dentro como fuera de la Iglesia, se han sentido cada vez más marginados. Sea verdadero o falso, lo digo sin temor a la contradicción, se trata de un sentimiento predominante.
Esta percepción de la marginación se ha manifestado en la retórica cada vez más estridente y en una franca falta de respeto por parte de algunos tradicionalistas y sus líderes.
Tengo la gran preocupación de que, sin toda la generosidad que permite la fe a los líderes de la Iglesia, esta separación, esta herida en la Iglesia, se convierta en permanente. De hecho, sin tal generosidad, es lo que cabe esperar. Con tal separación permanente, y con tal sentimiento de marginación, probablemente se separarán más almas que las que hoy están asociadas a la FSSPX.
También he llegado a creer que el Papa  Francisco es exactamente el Papa que puede hacerlo. En su discurso a los evangélicos deja en claro una preocupación real por la unión.
Por esto, he aquí lo que estoy pidiendo. Pido al Papa que aplique esa gran generosidad hacia la Fraternidad San Pío X, y que normalice las relaciones y su posición dentro de la Iglesia. Le pido al Papa que haga esto incluso sin el acuerdo total sobre el Concilio Vaticano II. Cualesquiera que sean sus desacuerdos, sin duda esto se puede resolver en el tiempo con una FSSPX firmemente implantada en la Iglesia. Creo que la Iglesia tiene que ser más generosa respecto de la unión, [y no] insistir en una adhesión dogmática a la interpretación de un Concilio no-dogmático. Los problemas son reales, pero tienen que ser resueltos con nuestros hermanos en casa y no con la puerta cerrada.
Además, el compromiso del Papa Francisco para con los objetivos del Concilio Vaticano II es incuestionable. De manera tal que nadie podría interpretar su generosidad como un rechazo del Concilio. ¿Cómo podría ser? Porque quizás podría no haberse percibido así en el anterior pontificado; pero hoy el Papa Francisco es justamente el adecuado para este momento magnánimo.
Yo creo que esta generosidad está justificada y es la práctica habitual en la Iglesia. No insistimos a las órdenes religiosas que puedan haberse desviado aún más lejos, en otra dirección, para que firmen una copia de la Pascendi Dominici Gregis antes de que puedan ser llamadas católicas de nuevo. Así que, por favor, no nos hagan insistir más en un corolario aplicable a la FSSPX. ¿Debemos insistir más con un grupo que ha permanecido impasible desde hace cincuenta años? Ruego que no.
Denles status canónico y una estructura organizativa que los proteja. Tráiganlos a casa, por su bien y el de innumerables almas. Sinceramente, creo que tal generosidad será pagada siete veces. El Papa Benedicto XVI ha hecho mucho del trabajo pesado ya, todo lo que se requiere es un poco más.
Por favor, Santo Padre, no dejemos pasar este momento y que esta brecha se convierta en un abismo. Haga esta oferta generosa y salve a la Iglesia de una nueva división. Haga esto para que ninguno de sus sucesores pueda alguna vez decir: "¡Ojalá hubiéramos hecho más."

Antisemitismo

La Enciclopedia Cattolica* es una obra de referencia publicada en la ciudad del Vaticano durante el pontificado de Pío XII. Sus contenidos constituyen por lo general una muestra paradigmática de los planteamientos de la denominada Escuela Romana de Teología. La consulta de esta obra siempre será de utilidad para quien desee hacerse una idea del estado de alguna cuestión teológica anterior Vaticano II. Reproducimos ahora una traducción de la voz antisemitismo realizada por un amigo de nuestra bitácora.
ANTISEMITISMO: Aversión al pueblo judío, que se verificó en tiempos antiguos y modernos, basada sobre motivos sociales más que religiosos. El término es muy impropio (debería decirse antijudaísmo) porque los hebreos son tradicionalmente odiados en su mayoría por otro pueblo semítico moderno: los árabes. Fue acuñado por W. Marr en 1880 y se difundió en Alemania y Austria sobre la base de la antítesis étnico-social. Hoy significa la hostilidad a los hebreos por cualquier motivo.
En el mundo cristiano. Los cristianos por el precepto de la caridad, no tuvieron ningún prejuicio hacia los hebreos como nación o raza. Después del Calvario, el odio judío contra los cristianos era muy activo. Tertuliano llama a la sinagoga “fontes persecutionem”. (…) Las leyes restrictivas de Teodosio II y de Justiniano (De iudaeis et coelicolis) quedaron en vigor en las naciones cristianas hasta los tiempos modernos. 
En el medioevo, como siempre, la Iglesia, custodiando los principios morales y religiosos, protegía abiertamente a los hebreos contra las persecuciones, pero prohibía que ejercitaran influjo en la sociedad cristiana. “Ha impedido, cuanto pudo, tanto que se usara violencia contra ellos como que se confiara en ellos” (M. Landrieux, p.86). El III Concilio de Toledo les prohibió todo cargo público y la posesión de esclavos cristianos, decretando la confiscación de bienes para los convertidos que volvieran al judaísmo. El IV Concilio de Toledo presidido por San Isidoro, confirmó esto, pero criticó al rey Sisebuto que forzaba a los judíos a hacerse cristianos. (…)
El Derecho Canónico prohibía (Decretales de Gregorio IX) que los hebreos ejercitaran cargos públicos oficiales, que tuvieran siervos cristianos, que construyeran nuevas sinagogas, e imponía a ellos llevar un vestido especial. Pero prescribía “Principes seaculares excommunicari debent, qui Iudaeos baptizatos suis bonis spoliare praesumunt” y “Iudaei inviti non sunt baptizandi, nec ad hoc cogendi, vel in suis festivitatibus molestandi, nec ipsorum coemeteria violanda”. (...)
Desde el siglo XII se va agravando progresivamente la legislación antijudía. Pero el papado fue en general un poder moderador. Nicolas V (1447), condena las acusaciones antijudaicas en España. Paulo III (1540) las de Hungría, Bohemia y Polonia. Inocencio III (Licet perfidia iudaeorum) recomienda reprimir su insolencia pero prohíbe acosarlos por ser judíos. (…)
Antisemitismos y moral católica. El antisemitismo en cuanto implica odio y/o fomenta la violencia es contrario a la moral cristiana y comporta graves peligros para le fe (errores de desigualdad de razas, desprecio del Antiguo Testamento, etc.). La iglesia condena “odium nempe illud, quod vulgo ´antisemitismi´ nomine nunc significari solet” (Santo Oficio 25/3/1928). Religión del amor el cristianismo prohíbe que se dañe o ataque a cualquier hombre, aun como respuesta a una ofensa.
Mucho menos se autoriza que se persiga en bloque a un pueblo o una raza, porque de esa manera se viola, no solo la caridad sino también la justicia debida a muchísimos inocentes. La masa, como tal, no puede jamás juzgarse responsable. El respeto absoluto de toda persona humana, sagrada e inviolable, esta a la base de la convivencia social e internacional. La justicia y la caridad no excluyen la prudente y moderada defensa. No es antisemitismo hablar de los defectos y peligros del judaísmo. Pero quien retiene que los hebreos están a la cabeza de la masonería y del bolchevismo no puede, sin gran injusticia, acusar a todos. Quien condena un sistema o una organización no puede odiar a las personas que forman parte. Se puede también notar que “en línea de hecho los hebreos en el mundo de hoy, tienen un poder excesivo”. Pero el católico no puede por motivo de sangre o raza, negar la relación con los hebreos regenerados por el Bautismo, sino que los debe abrazar fraternalmente. En cuanto a los otros, no puede haber defensa moral o religiosa sino sobre la base de comprensión y amor. Sólo sobre estas bases, excluyendo todo odio por las personas, es lícito un antisemitismo en el campo de las ideas para proteger el patrimonio religioso moral y social de la cristiandad. Tal es la respuesta de Santo Tomás “Ninguna hostilidad, sino medidas defensivas, libertad para los hebreos pero protección para los cristianos”.
La Iglesia Católica, aún imponiendo el respeto de los hebreos, para prevenir peligros y malos entendidos recomienda a los cristianos no salir de su milenaria tradición de cautela: “sea en el dominio de la fe, sea en el dominio de la vida interior, la diferencia entre las dos religiones son tales que no hay lugar para compenetración recíproca”. El Santo Oficio condenó la asociación “Amigos de Israel” porque esta “rationem agendi inivisse ac loquendi a sensu Ecclesiae, a mente SS. Patrum et ab ipsa sacra Liturgia abhorrentem”. Los hebreos más objetivos justifican esta posición de los católicos, que no tiene nada en común con el despreciativo “antisemitismo de sociedad” difundido desde Polonia hasta los Estados Unidos que tiende a excluir al hebreo, convertido o no, de las escuelas superiores, ciertos clubes o administraciones.
Es de anhelar que el odio antisemita desaparezca, pero es de temerse que permanecerá latente o impetuoso, hasta que se solucione la “cuestión hebraica”. La solución deberá venir del triunfo de la hermandad cristiana en el mundo por la cual se evite de perseguir o humillar a los hebreos, esperando su conversión. En cuanto al pasado sería necesario olvidar los mutuos errores, “las recíprocas recriminaciones deberían ya cesar, porque son estas las que hacen difícil la comprensión. Necesitamos que las manos se encuentren y se encuentren también los corazones, porque el tiempo de la tribulación todavía no terminó”. (Kalman Molnar a los hebreos convertidos). 
Los principios de violencia, de todas formas que se los intente justificar, son anticristianos. El católico debe buscar que los hebreos se conviertan y vivan. Existen en el mundo de hoy muchos problemas, no menos vitales concernientes a pueblos mucho más numerosos; pero la “cuestión judía” es quizás la más grave, por la importancia de esos 17 millones de hombres que están implicados. Es la que más se presta a confusiones y abusos. “Como en los tiempos pasados, el eterno problema que se llama cuestión hebraica agita también hoy a los hombres. Esto permanece sin solución como la cuadratura del círculo, con la diferencia que continua a ser hasta hoy el más ardiente problema entre los problemas del día.” (L. Pinsker). Querer liquidarlo mediante el uso de la fuerza es una locura, además de ser una empresa delictiva.
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* Paschini (a cura di), Enciclopedia Cattolica. Ente per l'Enciclopedia Cattolica e per il Libro Cattolico, Città del Vaticano, 12 vol., 1948-1954.

lunes, 24 de febrero de 2014

Reforma de lo reformable y continuidad


I. En general, reformar es volver a formar, rehacer, modificar algo, con la intención de mejorarlo. En la Iglesia hay doctrinas que son en sí mismas irreformables o definitivas. El Magisterio extraordinario, pontificio o conciliar, y el Magisterio Ordinario y Universal, además de infalibles, contienen enseñanzas definitivas y no reformables. Esto quiere decir que no es posible modificarlas de manera intrínseca y substancial, alterando contradictoriamente su sentido, aunque sea posible una evolución extrínseca, homogénea, y nuevas formulaciones perfectivas. Admitir una reforma substancial de doctrinas definitivas sería destructivo para el dogma y revelaría en una concepción historicista de la verdad. Así, por ejemplo, la Iglesia enseña que la idolatría es un acto intrínsecamente malo; que está prohibido siempre por Dios y que ninguna circunstancia puede justificarlo. No es admisible, por tanto, reformar la enseñanza al punto de afirmar una doctrina de sentido opuesto, como sería, por ejemplo: la idolatría es un acto intrínsecamente bueno.
Pero también existe en la Iglesia un ámbito de lo reformable, dentro del cual cabe la posibilidad de un cambio substancial. Dos capítulos merecen especial mención:
1. Disciplina eclesiástica. Este ámbito no ofrece mayores dificultades y es fácil comprender que las disposiciones meramente disciplinarias de la Iglesia admiten mutación substancial con el paso del tiempo. Ejemplos: una conducta, como la de consagrar obispos sin mandato pontificio, puede ser lícita en una época determinada y luego ser castigada como un delito en otra; un libro puede ser incluido en el Index por un Papa, y por efecto de una reconsideración del caso, el mismo u otro pontífice, puede dejar sin efecto la prohibición; una fiesta litúrgica puede ser obligatoria y de precepto, y luego dejar de serlo, etc. Los ejemplos podrían multiplicarse. En todos, la posibilidad de un cambio substancial es clara, aunque siempre dentro de ciertos límites fijados por el derecho divino.
2. Aplicaciones de la doctrina. Existen principios universales no reformables, definitivos, que no pueden cambiar substancialmente, que el Magisterio enseña de modo constante. Pero también el Magisterio puede hacer aplicación de esos principios a diversas circunstancias culturales, que son mutables en función las circunstancias. Estas aplicaciones concretas son fruto de un silogismo. La premisa mayor del silogismo es un principio general. La menor se deriva elementos no propiamente doctrinales, de naturaleza circunstancial. La conclusión puede variar en función de la premisa menor. Veamos un ejemplo en el ámbito de la moral:
Premisa mayor: la idolatría es un acto intrínsecamente malo.
Premisa menor: estos gestos concretos son actos de idolatría.
Conclusión: luego, estos gestos son intrínsecamente malos.
La conclusión del silogismo es un juicio moral particular que puede cambiar, incluso contradictoriamente, sin afectar la inmutabilidad del principio expresado en la premisa mayor. Veamos un caso paradigmático: el de los denominados ritos chinos.
II. Los ritos chinos: condena y rehabilitación. Se llama ritos chinos a un variado conjunto de ceremonias tradicionales consideradas actos de idolatría, superstición o abusos litúrgicos. Pertenecían a la estructura de la sociedad china y estaban orientadas a honorar a Confucio, a los muertos y los genios de la ciudad. Los ritos procuraban que cada familia conservara la representación de sus muertos, delante de los cuales todos se inclinaban, ofrecían incienso, perfume y encendían velas, etc.
Estos ritos suscitaron una célebre controversia. La raíz de esta puede encontrarse en el diverso método de evangelización seguido por los misioneros. Los jesuitas querían seguir su propio método apostólico basado en la adaptación misionera, que tendía a aprovechar cuanto hubiera de aprovechable en los pueblos de misión, y que podría quedar condensado en esta doble función: adaptar lo nuestro a lo suyo, y adoptar lo suyo en lo nuestro, siempre que pudiera ser integrado en el cristianismo. Pero no faltaron, dentro y fuera de la Compañía de Jesús, impugnadores de este método aplicado en China.
En 1631 llegaron al país asiático los primeros dominicos y poco después los franciscanos y otros misioneros que, en general, no aprobaban los métodos de los jesuitas. Las cosas se agravaron cuando en 1641 se expulsó de China a todos los misioneros, menos a los jesuitas; el dominico expulsado Juan B. Morales acudió a Roma y denunció los ritos chinos promovidos por los jesuitas como idolátricos, por lo que la Congregación de Propaganda Fide los condenó en 1645. Los jesuitas recurrieron y así comenzó una interminable polémica, entre defensores y adversarios de los ritos chinos, que terminó un siglo después con Benedicto XIV. La historia de la condena a los ritos chinos es rica en antecedentes. En diferentes ocasiones los papas los reprobaron: Inocencio X (1645) prohibió el uso de estas prácticas; Clemente XI (1704, 1710, y con la Constitución Ex illa die de 1715) los prohibió insistentemente y exigió de los misioneros un juramento de obediencia a la constitución de condena; hasta que por fin el papa Benedicto XIV, con su bula Ex qua die del 11 febrero de 1742, zanjó definitivamente la cuestión condenando los llamados ritos chinos e impuso a los misioneros un juramento categórico de fidelidad. En esta bula pueden leerse frases y acusaciones muy duras contra los jesuitas, a los que se tacha de desobedientes y capciosos. El papa Pío XII abrió, entre 1935 y 1939, el debate sobre la licitud de aquellos ritos y, el 8 diciembre de 1939, declaró oficialmente la licitud de los mismos, posición que selló con la Encíclica Summi Pontificatus (v. n. 35), comenzando por los ritos para la Manchuria, Japón, China y, en 1940, permitió los ritos de la India y anuló el juramento impuesto por Benedicto XIV.
Cabe destacar la cantidad de documentos condenatorios, el juramento de obediencia, las duras expresiones pontificias y la vigencia por casi tres siglos de las condenas a estos ritos. Con todo, notemos las palabras del decreto de 8 dic. 1939, redactado por la Congregación de Propaganda Fide: “Es ya conocido cómo en las regiones de Oriente, algunas ceremonias, ligadas quizá antes a ritos gentiles, en la actualidad, por el cambio secular de las costumbres y de los ánimos, conservan un sentido civil tan sólo, de piedad para con los antepasados, de amor a la patria, o de cortesía para con los demás». El decreto se había hecho después de una consulta a la República china que afirmó que los ritos no tenían significado religioso.
Estamos ante un juicio moral particular que ha cambiado instrínsecamente, sin afectar la inmutabilidad del principio expresado en la premisa mayor del silogismo. La mutación se da en la premisa menor, condicionada por elementos variables en el tiempo (“en la actualidad”, diferente de “antes”), debida a nuevas circunstancias temporales (“cambio secular de las costumbres”), que alteran el significado de los ritos e impiden considerarlos como ceremonias idolátricas o supersticiosas.
III. Actitudes ante la reforma de lo reformable. Cuando se produce una alteración de la disciplina o de las aplicaciones concretas de la doctrina católica es posible una actitud motivada en el prejuicio cronolátrico, que describiera con acierto Maritain en su libro “El campesino del Garona”. Una de las formas de este prejuicio es el hodiernismo (el culto al hoy, hodie): se basa en la convicción a priori de que “cualquier tiempo pasado fue peor”. El progreso sólo es posible en la medida en que se abandona el pasado, malo por definición, y se repudian las tradiciones. La norma suprema del hodiernismo es “estar al día”, porque lo bueno es “lo actual”. Y lo malo, es “lo pasado”, que por el mero hecho de serlo debe ser considerado como “ya superado”. Otra de las formas que puede asumir el prejuicio cronolátrico es el preterismo (el culto al pasado, praeteritus) que es una actitud formalmente idéntica, en la que cambia el objeto material, basada también en una convicción a priori: “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Para el preterismo poco importa que lo nuevo implique un verdadero progreso, un positivo enriquecimiento; se lo rechaza por no ser idéntico a lo precedente.
Ambas actitudes son erróneas porque implican una suerte de fijismo que cristaliza lo que por naturaleza es contingente y mutable. A veces, la disciplina eclesiástica o el Magisterio han reforzado -tal vez sin quererlo- estas actitudes fijistas. Así ha ocurrido cuando, por ejemplo, para consolidar una reforma se ha prohibido toda clase de discusión y crítica sobre ella. O bien cuando no se ha tratado de dar suficientes explicaciones sobre la naturaleza del cambio y los motivos que lo justifican.
La actitud que se pide a los católicos respecto de la disciplina y de las enseñanzas conjugadas con elementos contingentes es una “…voluntad de asentimiento leal” (n.24) que no es incompatible con el pedido de explicaciones e incluso con la sana crítica. Porque existe un derecho de “…los fieles, en relación con sus Pastores, a manifestarles sus necesidades y sus deseos (c.212 § 2). A este derecho (Christifidelibus integrum est) corresponde el deber de la jerarquía de escuchar y prestar la debida atención a las peticiones, necesidades y deseos de los fieles que les están encomendados. Se trata de una consecuencia y derivación lógica de su misión servicial (LG 32 y 37). La realización práctica de este derecho y deber deberá establecerse con normas concretas y prácticas, acomodadas a personas, tiempos y lugares. Pero no puede quedar en mera proclamación de un principio. Es claro que el derecho de los fieles a ser oídos en sus peticiones y deseos no lleva consigo la obligación de acceder, siempre y necesariamente, a todo lo que se les pide. Pero, al menos, parece que, salvo casos excepcionales, tienen derecho a una respuesta razonada… La manifestación sensata y respetuosa de la opinión en la Iglesia debería ser un hecho de vigencia normal, sin exagerados miedos a que puedan afectar a la unidad de la Iglesia y a su estructura jerárquica. Una cosa es la unidad necesaria y otra la uniformidad apersonalista. La manifestación sensata y humilde de la opinión personal y pública en la Iglesia debería presumirse que no afecta a la integridad de la fe, ni carece del debido respeto a la jerarquía, mientras no se demuestre lo contrario, sobre todo si aquello sobre lo que se opina está fuera de lo dogmático y entra dentro de lo opinable y de lo discutible.” (Profesores de Derecho Canónico de la Pontificia Universidad de Salamanca. Derecho canónico. BAC, Madrid: 2006. Tomo I,  ps. 168-169).


P.S.: cabe anticiparse a una objeción a esta entrada. Desde lo que Gherardini ha denominado como asunción acrítica y celebrativa del Vaticano II todas las novedades del Vaticano II podrían reducirse a disciplina eclesiástica y/o aplicaciones concretas de doctrinas definitivas. Sin duda, algunas de las novedades del último Concilio pueden reducirse a estas dos categorías; y su dogmatización indebida es un error de perspectiva teológica que contribuye al agravamiento de los problemas ya por todos conocidos. Pero no todas las novedades conciliares encuadran en estas categorías. Cabe mencionar, por ejemplo, las enseñanzas del último Concilio referidas al Colegio Episcopal como sujeto de la suprema potestad en la Iglesia: son de índole doctrinal y abstracta, cualquiera sea el juicio que merezcan sobre su homogeneidad.