jueves, 12 de febrero de 2015

¿Respaldo a los «cunicultores» y condena a los «sin hijos»?

En la audiencia general de este miércoles, el papa Francisco ha dicho, entre otras cosas, lo siguiente:
«La concepción de los hijos debe ser responsable, como enseña también la Encíclica Humanae Vitae del Beato Papa Pablo VI, pero el tener muchos hijos no puede ser visto automáticamente como una elección irresponsable. Es más, no tener hijos es una elección egoísta. La vida rejuvenece y cobra nuevas fuerzas multiplicándose: ¡se enriquece, no se empobrece! Los hijos aprenden a hacerse cargo de su familia, maduran compartiendo sus sacrificios, crecen en la apreciación de sus dones».
Después del escándalo suscitado por sus palabras precedentes sobre los «conejos» viene una afirmación que es verdadera, sobre la cual en esta bitácora hemos hablado en entradas precedentes. La comprensión de la función de la virtud de la prudencia en la vida moral es difícil por diversas razones, una de las cuales es la pervivencia de la mentalidad casuista y de la «cuantofrenia». Una familia numerosa puede ser fruto de una decisión prudente de los esposos, y por consiguiente manifestación de una paternidad responsable, o puede ser lo contrario; y lo mismo se ha de decir de una familia reducida, que también puede ser fruto de una decisión prudencial recta, o del vicio conocido como prudencia carnal, y por ello expresión de una paternidad irresponsable respecto del bien personal, familiar y comunitario, que podría verse lesionado por el egoísmo de los cónyuges.
Pero la segunda frase que hemos resaltado merece al menos dos consideraciones:
- El no tener hijos puede ser muchas veces una elección egoísta, sobre todo en los países occidentales descristianizados que se han entregado a un crudo materialismo. Es el caso de las denominadas parejas DINK (del inglés: Double Income No Kids = doble salario sin hijos), que por lo general conviven sin casarse, pero que podrían contraer matrimonio sacramental. Las características de este fenómeno social creciente se encuentran bien descritas por numerosos sociólogos, por lo que no abundaremos ahora en el tema.
- Pero el no tener hijos no es siempre y en toda circunstancia una elección egoísta. Aquí podríamos traer diversos casos tomados de la Teología Moral*, en los cuales se considera legítimo que los cónyuges renuncien al uso del matrimonio, de común acuerdo, sea de forma temporal o perpetua. Pero para no entrar en una casuística que podría resultar delicada y hasta escabrosa en sus detalles, nos basta ahora con recordar que la Virgen María y San José contrajeron verdadero matrimonio, con el derecho radical al cuerpo del otro, pero renunciaron al uso de tal derecho. En este caso, por tanto, hay una elección moral que implica no tener hijos, pero que no es en modo alguno fruto del egoísmo sino realización eminente de un bien mayor.
Hacemos votos para que la frase del Papa «no tener hijos es una elección egoísta» no se transforme en un nuevo «bergoglema» sembrador de mayor confusión.




* P.S.: los moralistas tratan de la no obligatoriedad del débito conyugal en los casos de enfermedad contagiosa, con diversas consideraciones y matices en los que no nos interesa ahondar.
Lo que queremos destacar es que la causa eficiente del verdadero matrimonio es el consentimiento matrimonial. Es el acto de la voluntad por el cual ambas partes se dan y aceptan el derecho perpetuo y exclusivo sobre el cuerpo en orden a los actos que de suyo son aptos para engendrar prole. No debe confundirse el derecho radical –que es esencial al matrimonio- con el uso efectivo del mismo, al que pueden renunciar los cónyuges de común acuerdo. La comunidad de vida, de mesa y habitación pertenecen a la integridad del matrimonio, pero no a su esencia; un matrimonio sería verdadero y válido aunque se excluyera por previo pacto esa comunidad, con tal de mantener el derecho sobre el cuerpo del cónyuge, en orden a los actos que son de suyo aptos para la generación, que constituye el propio fin del matrimonio, fin que no se identifica con un resultado genésico.
Para concluir, trascribimos unas palabras de Royo Marín que expresan el sentir común de los moralistas católicos:
«Conclusión 3.a Por mutuo acuerdo y libre consentimiento pueden los cónyuges abstenerse lícitamente del acto conyugal por una temporada e incluso por toda la vida. Esta conclusión es un mero corolario de la anterior. Porque, si ninguno de los dos cónyuges tiene obligación de pedir el débito (aunque sí de concederlo), pueden libremente ponerse de acuerdo para no pedirlo ninguno de los dos. Tal ocurrió con el matrimonio santísimo de la Virgen María y de San José. La abstención temporal es altamente beneficiosa para la salud del cuerpo y el provecho espiritual del alma, por lo que lo recomienda San Pablo, como hemos visto en la primera conclusión (cf. 1 Cor 7,5). La perpetua, en cambio, rara vez será conveniente, por el peligro de incontinencia, enfriamiento del amor conyugal, etc. Pero, si hubiera alguna razón especial que lo aconsejara (v.gr., la práctica perfecta de la virtud de la castidad), podrían tomar esa determinación, con tal que el acuerdo sea enteramente voluntario y libre por ambas partes y sin que suponga una decisión irrevocable si se presentan dificultades en su cumplimiento.» (Teología moral para seglares, Tomo II, n. 616, p. 688).

miércoles, 11 de febrero de 2015

Parirás con dolor los hijos

En la entrada precedente mencionamos un pronunciamiento de Pío XII sobre el parto sin dolor como un ejemplo análogo a los «métodos naturales» para la regulación de la fertilidad conyugal. El tema, en sí mismo considerado, no es de interés para nuestra bitácora, por lo que no pretendemos hacer una exposición actualizada la luz de la moral médica. Pero el pronunciamiento de Pío XII sirve para ilustrar sobre los distintos modos de abordar una novedad científico-técnica, en relación con el dogma y la moral cristiana.
Un poco de historia. El 8 de enero de 1956, Pío XII pronunció un discurso al recibir en audiencia a más de 1.000 médicos pertenecientes a distintas nacionalidades y entre los que se encontraban muchos ginecólogos de reconocida fama mundial y nacional. En este discurso Pío XII declaró lícito el llamado «método profiláctico» del parto sin dolor
En todo tiempo, la madre en el momento del alumbramiento ha experimentado dolores muy fuertes y en todo tiempo se han buscado remedios para aliviar el dolor del parto. Cuando se comenzaron a emplear los anestésicos en las operaciones, se comenzó también a aplicarlos a las madres en el alumbramiento. Simpson, médico inglés, que fue el primero que usó en 1847 el cloroformo como anestésico, fue un gran defensor del empleo del cloroformo en los partos. Ya en el mismo año de 1847 logró que 30 partos se realizaran sin dolor alguno. Su método fue ganando terreno, sobre todo a partir de 1853, año en que Simpson asistió en un parto a la reina Vitoria de Inglaterra y le aplicó con feliz resultado el cloroformo. Pero desde un principio, la aplicación del cloroformo en los partos encontró gran oposición de parte de los médicos por los efectos sobre la salud de la madre y su descendencia. Algo semejante ocurrió con otros anestésicos, de uso general y luego local. Los métodos se fueron perfeccionando, los efectos peligrosos de la anestesia para la salud de la madre y su prole se fueron atenuando y todo esto repercutió sobre la consideración de los moralistas.
Cabe anotar que el método «psicoprofiláctico» del alumbramiento sin dolor sobre el que versa el discurso de Pío XII no consiste en la aplicación de algún anestésico ni en la provocación de un estado de hipnosis en la madre.
La polémica. Las opiniones de los médicos sobre la conveniencia o no conveniencia del uso de los anestésicos en el parto, incidieron en la mentalidad de los moralistas. Al plantearse éstos el problema de si se podía anestesiar a la madre durante el alumbramiento, se entabló una polémica que duró hasta el discurso del Papa sobre el parto sin dolor. Aunque, en general, todos admitían la licitud del empleo de los anestésicos cuando el parto es difícil, con dolores extraordinarios, unos defendían que no era lícito dicho empleo en los partos normales, mientras que otros no veían en ello ningún pecado. El discurso de Pío XII puso fin a la controversia y fue pacíficamente recibido en la Iglesia.
En esta polémica, las discusiones de los médicos tienen hoy sólo interés para los historiadores de medicina, por lo cual no diremos nada más al respecto. Tampoco daremos cuenta ahora de la proyección de los datos médicos de la década de 1950 sobre el juicio de los moralistas, por las mismas razones. En cambio, ahora interesa mencionar algunos argumentos empleados para su valoración negativa.
Los argumentos en contra. Varios textos de la Sagrada Escritura mencionan los dolores de parto. Isaías compara su pueblo con la mujer que, en el instante del alumbramiento, sufre y se queja (Is., 26, 17) Jeremias, que ve delante el aproximarse el juicio de Dios, dice: «Oigo gritos como de mujer en parto; alaridos como los de una mujer que da a luz por primera vez» (Jer., 4, 31). En la tarde anterior a su muerte, el Señor compara la situación de sus apóstoles a la de la madre que espera el momento del alumbramiento (Jn., 16, 21).
Pero el pasaje bíblico en el que más énfasis ponían quienes se oponían a la licitud moral del parto sin dolor es: «Multiplicaré los trabajos de la preñez; parirás con dolor los hijos» (Gen. 3, 16). Así, por ejemplo, una difundida obra de ética médica afirmaba : «Consideramos que el conocido texto de la Biblia tiene aquí perfecta aplicación. Dios, al decir a Eva, nuestra madre común, después del pecado original: Parirás con dolor, dictó una terrible sentencia que se verifica diariamente, para que sea permitido atribuirle un sentido metafórico a la frase» (Surbled). Varios tratadistas de Moral, no médicos, siguieron esta sentencia y admitieron que sólo era lícito usar anestésicos en los partos difíciles, no en los ordinarios.
En su tiempo, algunos presentaron el alumbramiento sin dolor como una confirmación de la cultura materialista, comunista, sobre todo por parte de Lamaze, quien al introducir el método en Francia lo presentó como una conquista de inspiración soviética
La respuesta de Pío XII. En la segunda parte del discurso, Pío XII examina la cuestión bajo tres puntos de vista: el científico, el ético-moral y el dogmático.
a) Valoración moral. ¿Es lícito o no emplear el método de alumbramiento sin dolor? Es un principio en Moral que para declarar la licitud de un acto, hay que atender a su objeto, al fin con que se ejecuta y a las circunstancias que lo rodean. El Papa tiene en cuenta estas tres fuentes de moralidad, cuando dictamina sobre la moralidad del alumbramiento sin dolor.  Y afirma categóricamente: el método psico-profiláctico del alumbramiento sin dolor «en sí mismo no tiene nada de reprobable desde el punto de vista moral».
b) Valoración dogmática. Pío XII examina el método para ver si se opone a los dogmas de la Iglesia.
b.1) Muchos han creído que el método del alumbramiento sin dolor está en contradicción con lo que se dice en la Escritura, donde leemos que Dios impuso a la mujer el castigo de dar a luz a sus hijos con dolor. A esta dificultad u objeción responde Pío XII comparando el trabajo impuesto en la misma Escritura como castigo al hombre y el dolor impuesto también como castigo a la mujer. Con el trabajo impuesto como castigo al primer hombre y a su descendencia: «Dios no quiso impedir, ni ha impedido a los hombres, el investigar y utilizar todas las riquezas de la creación, hacer que la cultura progrese paso a paso; hacer la vida de este mundo más soportable y más hermosa; suavizar el trabajo y la fatiga, el dolor, la enfermedad y la muerte; en una palabra, someter a sí la tierra
Del mismo modo, castigando a Eva, Dios no quiso impedirle, y no ha impedido a las madres, el utilizar los medios apropiados para hacer el parto más fácil y menos doloroso».
Por otra parte, añade el Papa, al imponer Dios el castigo de que la mujer dé a luz sus hijos con dolor, no precisó la manera de cómo sería este castigo. Y en efecto, como anotaba un comentarista del discurso pontificio, «el llevar en el seno durante nueve meses al hijo, el amamantarlo en sus primeros meses, el tener que levantarse por la noche a la más pequeña molestia del niño, el tener que cuidarse de él hasta que sea mayor ya es bastante dolor para una madre».
b.2) Otros han apuntado la génesis ideológica (materialista, comunista) de los principales promotores del método como óbice moral. A lo que el Pontífice responde, con un pasaje que ya hemos citado en la entrada anterior. En efecto, no porque un sabio pertenezca a la verdadera fe, sus postulados en el campo científico van a ser verdaderos; o por el contrario, no porque un investigador profese el error en materia filosófica y religiosa, sus descubrimientos en la ciencia van a ser también erróneos.
En suma, los adelantos científicos son verdaderos sólo porque responden a una realidad, independientemente de la ideología de sus autores. Por eso un investigador materialista puede hacer un descubrimiento científico, lo mismo que los puede hacer un investigador católico, sin que esos descubrimientos constituyan un argumento a favor de las ideas filosóficas y religiosas de sus descubridores.
Algunas conclusiones provisionales. Las notas precedentes nos pueden llevar a preguntarnos si Pío XII acertó en la solución dada al problema, aunque el punto, hasta donde sabemos, ha tenido una solución pacífica en la Iglesia. Tal vez en un futuro los hermanos Dimond quieran apoyarse en la Escritura para profundizar en su “sedevacantismo montaraz”, y fijar nueva fecha a la “vacancia” de la S. Sede al 8 de enero de 1956, año en el cual Pío XII habría dejado de ser Papa por contradecir heréticamente a la Escritura admitiendo el parto sin dolor… Ironías aparte,  el tema puede servir para ilustrar o debatir cuestiones que ya hemos tratado o insinuado en nuestra bitácora (literalismo bíblico, fijismo, integrismo, reforma de lo reformable, hermenéutica de la continuidad o de la ruptura, etc.) y, por qué no, el Pío XII de la post-guerra.

Bibliografía:
- Sobradillo, A. Alumbramiento sin dolor. En rev. Salmanticensis, 3 (1956), passim.

domingo, 8 de febrero de 2015

Achaque y manía del mundo tradi: panhistofilosofitis

Sorokin escribió un célebre libro destinado a describir y enjuiciar críticamente los achaques y manías de la sociología contemporánea. Una de las cuales denominó «cuantofrenia». En efecto, el conocimiento científico progresa muchas veces por medio de la cuantificación de la experiencia, pero esto se convierte en regresión desde el momento en que se produce lo que Sorokin, llamaba «cuantofrenia», es decir, una visión únicamente cuantitativa donde desaparece toda concepción de las cualidades. Decía Duverger que «en las ciencias sociales se ha aprendido a disimular las ignorancias bajo la sofisticación matemática». Sin embargo, la dicotomía cuantitativo-cualitativo, puede y debe ser superada, si se deja de tomar estos aspectos del método científico como términos antagónicos y se los considera como complementarios.
En algunos comentarios de la entrada precedente nos hemos encontrado con un ejemplo de lo que podríamos denominar, parafraseando el título de la obra de Sorokin, achaques y manías del mundo tradi. A nadie debiera sorprender que los católicos tradicionales tengan defectos, pecados, errores, deficiencias intelectuales… Simplemente porque son seres humanos con todas las limitaciones inherentes a la naturaleza herida por el pecado original.
Ciertamente no tenemos el talento de Sorokin para acuñar neologismos capaces de sintetizar y catalogar cada uno de los achaques y manías que no pocas veces se presentan en el ambiente católico tradicional. No obstante, tomamos prestado a un amigo y maestro de quien esto escribe, un neologismo: panhistofilosofitis. En esencia, se trata de considerar todo desde la historia de la Filosofía, buscando las raíces filosóficas o ideológicas de toda realidad que se presenta a nuestra consideración. Lo cual, aunque parezca «ortodoxo», está lejos de serlo, y se aparta del «realismo metódico», uno de los principios fundamentales de Santo Tomás, que se opone radicalmente al primado del cogito cartesiano. En efecto, se ha de afirmar: res sunt, ergo cogito.  O como decía un eslogan publicitario argentino: las cosas como son... Primero la realidad, después nuestro pensamiento.
Lo anterior no quita importancia a la historia de la Filosofía, ni niega que las ideas tengan consecuencias en la vida de las personas y las sociedades. Pero trata de darles su justo lugar. Pues no todo es ideología ni puede reducirse a ideas.
Un ejemplo interesante de las consecuencias de esta actitud panhistofilosófica es la no distinción entre el sentido objetivo de la ciencia o de un descubrimiento científico y el sentido subjetivo del descubridor o científico mismo. Uno y otro son de suyo independientes. El teorema de Pitágoras, o los descubrimientos de Hipócrates, no son paganos por serlo sus autores. Ni los descubrimientos de Pasteur, o de Mendel, son cristianos porque sus autores lo eran.
Pío XII tuvo que salir al cruce de estos errores, con ocasión del problema médico-moral del parto sin dolor. Sus palabras, siguen siendo de gran actualidad, y valen también –mutatis mutandis- para lo que se ha dado en llamar «métodos naturales» para la regulación de la natalidad, así como para otros campos de la cultura humana (filosófica, artística, científica y técnica). Transcribimos un fragmento a continuación:
«La ideología de un investigador y de un sabio no es en sí una prueba de la verdad y del valor de lo que ha descubierto y expuesto. El teorema de Pitágoras o (para no salir del campo de la Medicina) las observaciones de Hipócrates, que se han reconocido exactas, los descubrimientos de Pasteur, las leyes de la herencia de Mendel, no deben la verdad de su contenido a las ideas morales y religiosas de sus autores. No son ni "paganas" porque Pitágoras e Hipócrates eran paganos, ni "cristianas" porque Pasteur y Mendel eran cristianos. Estos adelantos científicos son verdaderos porque —y en la medida en que— responden a la realidad objetiva.
Del mismo modo, un investigador materialista puede hacer un descubrimiento científico real y verdadero; pero esta aportación no constituye de ninguna manera un argumento a favor de sus ideas materialistas.
El mismo razonamiento vale para la cultura a la cual pertenece un sabio. Sus descubrimientos no son verdaderos ni falsos porque hayan salido de tal o cual cultura, de la cual él ha recibido la inspiración y que ha impreso en él un sello profundo
Una vez más, conviene recordar el omne verum tomasiano para curarse de esta «manía».

viernes, 6 de febrero de 2015

Algo más sobre el procreacionismo extremo


Hace poco decía un amigo que a veces Bergoglio «…toca temas con melodías afines a las nuestras, pero las despedaza como un mal pianista». Es posible que esto haya sucedido –en el mejor de los casos- con los dichos de Francisco sobre los «conejos». Vale decir que haya aludido –de modo brutal, desconsiderado y grosero- a la necesaria regulación prudencial del uso del matrimonio (v. aquí).
Ofrecemos ahora la transcripción de unas páginas del dominico Henry sobre esta delicada materia. Sólo nos resta insistir en que la verdad no se encuentra en la «sexofobia jansenista», ni en el «procreacionismo extremo», ni en una «casuística numérica». Como dice el autor, una sana «pastoral» no  debería tratar estos temas con abstracción de la «vida cristiana total y sin tener en cuenta el grado de su desarrollo». 
 «…Es, pues, necesario evitar dos errores posibles acerca del acto procreador
En primer lugar, el pesimismo dualista. Bendiciendo el matrimonio, la Iglesia indica que no siente ningún desprecio por él. La carne, la mujer, el matrimonio, no proceden de un principio malo como pretendían los maniqueos o como tiende a hacerlo creer una cierta mentalidad jansenista que ha dejado en algunas oraciones una huella a veces tan perniciosa. Todo lo que Dios ha hecho es bueno. Lo único malo es el pecado. La carne es buena; la sensibilidad es buena; la sensualidad, en el sentido en que es una cualidad de la naturaleza que debe serle siempre atribuida, es buena. Despreciando estos bienes, ocurre que el moralista presuntuoso o el asceta demasiado austero, llegan paradójicamente a una vergonzosa sensualidad. «El que quiere nacerse un ángel se hace una bestia». No hay que despreciar estos bienes, sino que hay que dominar la anarquía de las concupiscencias que suscitan. Porque también es verdad que el espíritu está pronto, pero la carne es flaca. El otro error sería el de un optimismo imprudente. El hombre no puede conceder a la naturaleza todo lo que pide, so pretexto de que siempre es «la naturaleza». Hay una jerarquía en las potencias naturales que el hombre posee. La razón debe establecer el orden y dominar. Su gobierno será fructuoso y verdaderamente «humano» si llega a imperar, no ya tiránicamente —pues la sensibilidad o la sensualidad se encabritarían y el hombre podría conocer un día espantosas sublevaciones o terribles represiones—, sino con una especie de respeto hacia lo que es gobernado. Tanto la sensibilidad como la sensualidad tienen sus fines, sus leyes, sus maneras de desear; a la razón corresponde no ignorarlas, sino conocerlas perfectamente para usar bien de ellas.
El matrimonio es normalmente una fuente de equilibrio, por el hecho de procurar al hombre, animal racional, legítimos placeres y alegrías sanas. Pero es necesario que el hombre sepa recibir sin estrechez y sin debilidad los goces que se le ofrecen, y que afronte racionalmente las dificultades que no dejará de encontrar. Ni para el hombre ni para la mujer hay equilibrio automático en ningún estado de vida. El equilibrio es siempre producto de un esfuerzo por imponer a todas las actividades la regla de la razón. Aquellos cuyo temperamento está mal dispuesto, aquellos cuya existencia es un cúmulo de «desventuras» y de condiciones desfavorables, no recobrarán la salud de su vida afectiva y espiritual, de su vida sensible y sensual, imaginativa y artística, si no buscan ante todo lo que es recto según la sana razón que Dios ha dado al hombre y no se proponen ponerlo por obra. Los «análisis» de los psiquiatras, aunque pueden representar una ayuda, nunca pasan de ser secundarios en comparación con este esfuerzo fundamental; y así también, sólo él procura al hombre el gozo digno del hombre. 
Fácil es aplicar esta doctrina general al acto procreador. El deleite que a este acto une la naturaleza intencionadamente, no debe ser ni despreciado ni buscado exclusivamente por sí mismo; la persona de otro nunca puede ser un «objeto» de placer, y el sibarita que cambia de compañía para renovar el efecto de su placer, se condena a no conocer jamás el verdadero gozo. El deleite debe ser recibido con alegría, pero también con la gravedad que impone la grandeza del acto procreador. La unión de la carne es el signo de una unión espiritual que solamente la fidelidad de los esposos es capaz de hacer viva y eficaz. 
Es, por ejemplo, faltar a la alta virtud moral de la prudencia, en el sentido en que constituye la primera de las virtudes cardinales (cf. t. II, p. 519-549), el darse sin proponérselo nuevos hijos si se está enfermo y sin trabajo, si no se cuenta con los medios suficientes para criarlos y educarlos. El recurso a la Providencia, que siempre es necesario, aun en las condiciones más favorables, no es una coartada merced a la cual los pecadores puedan ocultarse a sí mismos sus propias faltas, y la Providencia no está obligada a reparar los actos que la razón prohibía
Pero si la imprevisión, que puede ser grave, de los esposos no les ha preparado para esta continencia, si su amistad flaquea, si se han cruzado ya palabras amargas, si la tentación se cierne sobre uno de los cónyuges, puede suceder que sea pecado observar la continencia con peligro de la armonía conyugal. Los esposos rectos y para quienes esta medida sea eficaz podrán entonces limitar sus encuentros a las épocas en que la fecundidad es casi imposible. Pero ¿y cuando esta medida no es eficaz? ¿Será necesario entonces no vivir más que como hermano y hermana? 
Es muy fácil frente a este problema pronunciar la respuesta legalPero con frecuencia el sujeto es incapaz de soportar el peso de la ley, y entonces ésta, sin la gracia, no sirve más que para hacer conocer el pecado y conducir a una irremediable desesperanza: «Yo no he conocido el pecado más que por la ley — dice justamente San Pablo —; cuando el precepto sobrevino tuvo lugar el nacimiento del pecado mientras que yo moría, y resultó que el precepto hecho para la vida me condujo a la muerte» (Rom. 7, 7-10). Sucede aquí con el sujeto de la ley como con un niño de cinco años a quien se quisiera hacer llevar un fardo de cien kilos. ¿Quién se extrañará de que cada vez que se intente cargar tal peso sobre una espalda tan frágil el niño se desplome? Ante todo hay que darle músculos y huesos y la fuerza interior que se requiere para sostener semejante carga. ¿Por qué asombrarse de que unos esposos que tienen una vida teologal muy débil, que rezan poco, que se acercan de tarde en tarde a los sacramentos, que carecen casi por completo de la preocupación apostólica por el prójimo, que no están acostumbrados a hacer penitencia, queden aplanados y sin aliento cuando se les dice: «Prometéis no volver a nacerlo?» Se les pide un esfuerzo allí donde la pasión lleva la voz cantante, mientras que aparentemente no se presta ninguna atención a su vida teologal, no se muestra ninguna exigencia semejante con respecto a su vida de oración, a su participación en los sacramentos, al progreso de su espíritu de penitencia, de su generosidad y de su fe conquistadora. Se pide al egoísta un acto heroico de don de sí mismo, y se querría que lo hiciera sin más. Se pide al hombre que no tiene costumbre de abstenerse de ningún placer, un acto de templanza heroico. Es manifiesta la inconsecuencia de abordar este problema fuera del seno de una vida cristiana total y sin tener en cuenta el grado de su desarrollo
Es, pues, necesario poner a los esposos en la vía del progreso, estimulándolos, en la medida en que sea posible, a que tomen en consideración toda su vida cristiana y no tal o cual artículo de la ley aislado del conjunto. Sobre todo en este dominio no hay seccionamiento posible. ¿«Quién es el que vence al mundo» y todo lo que esto significa, todas sus seducciones, «sino el que cree que Jesucristo es el hijo de Dios»? (I Ioh 5, 5). Hay que poner en acción todo el organismo espiritual del alma y no tal o cual virtud aisladamente. »
Fuente:
Henry, OP, A.M. Initialion Théologique. Ed. Cerf, París, 1955; trad. Herder, Barcelona, 1964. Pp. 606-608.

lunes, 2 de febrero de 2015

Diálogo con el Islam: no al baile de máscaras (y III)

103. Hay algunos aspectos de ambas religiones de los que parece desprenderse una notable afinidad. Por ejemplo en la concepción de Dios como misericordioso, la pertenencia a las religiones del Libro, la común referencia a la tradición de Abrahán...
También por detrás de expresiones idénticas o análogas puede haber acepciones diferentes que es importante conocer y ahondar en ellas por amor a la verdad, no por afán puntilloso de señalar diferencias a cualquier precio.
Tomemos, por ejemplo, la frase «Dios es misericordioso». Para el musulmán significa que Dios, por ser el Poderoso, puede inclinarse hacia el hombre y hacer uso de su misericordia, o bien negársela a quien quiere. Ahora bien, eso es diferente de la noción del Dios misericordioso que encontramos en el Antiguo Testamento y más aún de la que encontramos en el Nuevo, a saber: que la misericordia de Dios es como la de un padre o la de una madre. En efecto, Dios es para el cristiano la expresión más auténtica del amor y es la fuente de la misericordia que el padre y la madre usan con su hijo. Esta concepción figura en la base de todo el Nuevo Testamento, forma parte de la esencia de la fe y es el comienzo de la oración cristiana más común: el Padre nuestro. Y no es casualidad que entre los noventa y nueve nombres de Dios que la tradición islámica ha sacado del Corán no aparezca el de «Padre», por ser un atributo incompatible con el Dios coránico y negado por el mismo Corán.
Sin embargo, se puede señalar que de la misma raíz árabe de las palabras «clemente» y «misericordioso» (rahmáa o rahirri) deriva asimismo la palabra rahm, que es el seno materno. Eso significa que la misma lengua árabe hubiera podido sugerir la noción «materna» de Dios. Pero ese filón no ha sido apreciado por el islam clásico, aunque algún místico la ha empleado, y esto podría representar una puerta abierta a un ahondamiento en el concepto de Dios común a judíos, cristianos y musulmanes.
104. Otro ejemplo al que se recurre para subrayar las analogías entre el islam y el cristianismo es que ambos son considerados como «religiones del Libro».
La expresión «gente del Libro» es típicamente coránica. Con ella designa el Corán a los judíos y a los cristianos. El motivo es que, en el ambiente árabe que conoció Mahoma, los únicos que tenían un libro revelado eran los judíos y los cristianos. Los musulmanes no lo poseían, y no lo tendrían hasta veinte años después de la muerte de Mahoma, en tiempos de su tercer sucesor, el califa cUthmán. Por consiguiente, desde una perspectiva islámica, sólo desde entonces las tres religiones monoteístas reciben el nombre de religiones del Libro, o sea, basadas en un libro revelado por Dios, aunque Mahoma no mencionó nunca al islam como religión del Libro.
Ahora bien, la expresión es ambigua también, desde el punto de vista cristiano, por dos motivos. En primer lugar, porque significa reconocer, de una manera implícita, que el Corán es un libro revelado por Dios a Mahoma, y este reconocimiento no se ha producido nunca en el cristianismo y no se puede fundamentar teológicamente. En segundo lugar, porque mientras que para los musulmanes la revelación divina se ha dado a conocer a la humanidad de una manera definitiva y cabal en el libro del Corán, cuyo contenido habría bajado directamente del cielo, del cristianismo no puede decirse que se funde en un libro, aunque éste sea revelado, ni puede ser «reducido» a las Sagradas Escrituras. El fundamento del cristianismo no se encuentra, efectivamente, en un libro, sino en un acontecimiento: la Encarnación de Dios, que se hizo hombre en la persona de Jesucristo. La señal de la fe cristiana es, por excelencia, la cruz. En ella se sacrificó Jesús por amor al hombre y por la salvación de toda la humanidad. No es casualidad que las comunidades cristianas orientales, ya desde el principio, venerasen los iconos que representaban a la Virgen con Jesús, y no un icono del Evangelio o de la Biblia. Por otra parte, cuando en la liturgia se lleva el libro de los Evangelios en procesión incensándolo, se hace en cuanto que el Evangelio nos revela a Cristo. Ignacio de Antioquía, a comienzos del siglo II, dice ya de una manera inequívoca en su carta a los fieles de Filadelfia: «Mi tesoro es Jesucristo, mis archivos inamovibles su cruz, su muerte y resurrección, y la fe que viene de él». 
Tomado de:
Samir, K. Cien preguntas sobre el Islam. Ed. Encuentro, 2001, ps. 167-169.


jueves, 29 de enero de 2015

¿"No sirve la política"?

Madrid, 26 enero 2015, San Policarpo, obispo y mártir. [FAROagencia] Hace cuatro días se firmó el decreto que reconoce las virtudes heroicas del carlista don Luis de Trelles y Noguerol (Viveiro, Galicia, 1819 - Zamora, 1891), apóstol de la eucaristía; jurista, político y periodista; ejemplo de caridad, celo apostólico y militancia contrarrevolucionaria;fundador de la Adoración Nocturna Española.
Tal reconocimiento debe producir, sin duda, alegría. Aunque ésta resulte velada por las dudas razonables que desde hace algunos años pesan sobre los modificados procesos de beatificación. Lo que vuelve a llamar la atención es el propósito manifiesto de los medios, eclesiásticos o no, de ocultar o desfigurar el carlismo de don Luis de Trelles.

Así, Religión en Libertad, bajo el título oportunista y algo ridículo de "Reconocida la virtud heroica de un político español que dejó su partido porque incumplía el programa", dice cosas como que "Luis de Trelles fue toda su vida un defensor de los marginados, y durante la Tercera Guerra Carlista organizó un canje de prisioneros de guerra que liberó de la prisión, el destierro o la muerte a 23.000 personas, quizá más según se amplíen las investigaciones más recientes. En cierto sentido, fue el creador de la idea y práctica de comisiones mediadoras para guerras civiles, que abundaron en el siglo XIX español". Vamos, como si el hombre de confianza del Rey Don Carlos VII hubiera sido neutral en esa guerra. O InfoCatólica, que se permite publicar: "Cuando el carlismo fue derrotado, Trelles comprendió que para defender la unidad católica de España y la Iglesia no servía la política, y que sólo la oración puede salvar a la Iglesia".
La realidad es bien distinta. Luis de Trelles, tras abandonar el partido moderado, abrazó con toda convicción la causa carlista, que ya no abandonaría hasta su muerte. Su obra principal, la Adoración Nocturna Española, estuvo estrechamente relacionada con el Carlismo. Los carlistas que pasan de los cincuenta años recuerdan cómo las directivas locales de la Adoración Nocturna a menudo casi coincidían con las juntas locales de la Comunión Tradicionalista. Y como tal, desde su fundación en 1877 (en Madrid, nada menos que frente al Congreso de los Diputados: frente a él, y en contra suya) los gobiernos de la usurpación liberal persiguieron a la Adoración Nocturna, sospechosa de ocultar conspiraciones carlistas.

Los vínculos continúan en la actualidad. Por poner un ejemplo señero: el profesor Miguel Ayuso (quien fuera jefe de la Secretaría Política de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón y es en la actualidad presidente del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II) ha participado con la Adoración Nocturna y con la luego constituida Fundación Luis de Trellesen distintas jornadas para difundir la figura y pensamiento de éste: en el Monasterio de Poyo (1991), en Segovia (1995), en Plasencia (1997), en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación (2007) y en San Lorenzo del Escorial (2013).
Como se decía en un despacho de FARO en octubre de 2011, con ocasión de la beatificación de la religiosa carlistaAna María Janer Anglarill: "Lo mismo [ocultar su militancia carlista] se ha hecho y continúa haciendo con la Madre Joaquina Vedruna, con el carmelita Francisco Palau y Quer, con Luis de Trelles (fundador de la Adoración Nocturna), con el Padre Mañanet... Todos ellos carlistas convencidos, se les pretende convertir en una especie de 'humanitarios solidarios' a la usanza neomodernista. Que no puede arrostrar un hecho sencillo: el liberalismo --de cuyo lado están ellos-- no produce santos. El Carlismo sí, porque ser carlista es ser católico, a la española usanza, con todas las consecuencias; porque deben los cristianos prestar acatamiento al Rey legítimo, a la Ley de Dios y a las justas y prudentes leyes de sus antepasados".

lunes, 26 de enero de 2015

Esto y aquello


Es un «signo de los tiempos» (signo de descomposición) el frecuente olvido del «et, et» (esto y aquello), cuando se predica de realidades distintas pero complementarias, y la asunción del «aut, aut» (esto o aquello), que contrapone dialécticamente y de manera artificiosa. Los ejemplos son abundantes. Tomamos uno ofrecido por Ratzinger:
«No existe ninguna diferencia entre lo que hoy se suele contraponer como ortodoxia y ortopraxis, como doctrina recta y obrar recto, reflejando por lo general un tono más bien despectivo con respecto a la palabra «ortodoxia»: a quien tiene recta doctrina se le presenta como de corazón estrecho, rígido, potencialmente intolerante. En definitiva, todo dependería del obrar recto, mientras que sobre la doctrina se podría discutir siempre. Sólo serían importantes los frutos que la doctrina produce, mientras que sería indiferente por qué caminos se llega a las acciones justas.
Esa contraposición habría sido incomprensible e inaceptable para la Iglesia antigua, comenzando por el hecho de que la palabra “ortodoxia” no significaba “recta doctrina”: significaba la adoración y glorificación auténtica de Dios».
Otro ejemplo lo tenemos en el sacramento de la confesión. Ciertamente el ministro del sacramento ha de actuar como juez. Pero no sólo como juez, sino también como médico. Como juez, el sacerdote ha de juzgar de la gravedad de los pecados; de la integridad de la confesión; de las disposiciones del penitente. Teniendo siempre presente la infinita majestad de Dios ofendido, ha de ser juez que condene el pecado y absuelva al pecador arrepentido. Y ha de ayudarle a formar una conciencia recta, cierta y segura. Como médico: en cuanto que todo pecado es una enfermedad del alma; el confesor ha de diagnosticar esa enfermedad y detectar sus causas y raíces profundas; proponer el remedio medicinal, adecuado al penitente y a los pecados; curar las heridas (secuelas del pecado) en el alma; imponer una satisfacción.
Sería, por tanto, una contraposición forzada decir que «la confesión no es un juicio, sino una medicina»; o afirmar que «la confesión no es medicina, sino un juicio». Porque la confesión es un sacramento que conjuga ambos aspectos de modo complementario: es juicio y medicina. El equívoco se evitaría introduciendo un adverbio: «sólo», «solamente», «únicamente», «exclusivamente»…
También sería una contraposición artificiosa decir «la confesión es un juicio, y no un encuentro». Porque la confesión es, además de juicio y medicina, un «encuentro» con Cristo que es quien perdona los pecados por la mediación del ministro. El término «encuentro» significa la acción de Cristo por medio de los sacramentos y en este sentido lo emplea el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1097; 1153).
¿Dijo Francisco que la «confesión no es un juicio, sino un encuentro con Dios que perdona»? Así titula la agencia AICA, entre otras. Pero la agencia oficial del vaticano añade la conclusión de sus palabras según las cuales la confesión «más que un juicio, es un encuentro». 
Una vez más, hacemos nuestra la opinión de don Terzio:
«Desde que comenzaron, dijimos lo que pensábamos: Que los sermoncitos de las Misas de Stª Marta eran impropios del Papa, no apropiados ni a su ministerio ni a sus circunstancias. No recuerdo uno que no haya sido decepcionante, tratándose de quien se trata. El Papa no es, no puede ser, un cura de parroquia que improvisa e hilvana una reflexión desde el ambón. Francisco no puede ser Don Jorge. Pero se empeña en no dejar de serlo, para consternación de quienes mantenemos que el Papa se debe  a sí mismo una dignidad incompatible con las formas francisquistas»


sábado, 24 de enero de 2015

Diálogo con el Islam: no al baile de máscaras (II)


102. Se afirma con frecuencia que cristianos y musulmanes pueden colaborar en muchos campos: la promoción de la paz, la defensa de la vida (aborto, eutanasia, manipulaciones genéticas), y, en general, en temas relacionados con los así llamados «valores comunes». Pero ¿cuál es el auténtico fundamento del diálogo? ¿Es un fundamento de tipo ético o hay algo más radical sobre el que éste se pueda fundamentar en el plano antropológico?
Es menester plantear una premisa. Para el cristiano, la razón es un dato que pertenece a la naturaleza humana, que invita al hombre a preguntarse por el significado y por las implicaciones últimas de su existencia y de todo el universo, y que llega a hacerle intuir la existencia del Misterio, de Dios, el cual se manifiesta en la Revelación. Desde esta perspectiva abierta por el cristianismo existe, pues, un punto de partida que es común a todos los hombres, un dato de la naturaleza que se desarrolla y llega a plenitud por el encuentro con el significado último de la realidad, pero que todos pueden compartir. En este sentido la noción de derecho natural representa un terreno común entre el creyente y el que no lo es, y permite el reconocimiento de los llamados derechos universales.
Por otra parte, en la visión bíblica, el hombre (y no el «creyente») ha sido creado a imagen de Dios (45). Por consiguiente, todos los hombres pueden encontrar esta «imagen» divina, que servirá de valor común a la humanidad, si intentan ahondar en el sentido de la vida y purificarse a sí mismos.
El musulmán, en cambio, considera inconcebible hablar de derecho natural, a no ser en el interior de la ley religiosa (la sharPa) entregada al hombre por Dios, con la convicción de que no existe un dato universal que no esté incluido ya previamente en la concepción islámica de la vida. Mientras que en el cristianismo se parte de la razón y se llega a la Revelación, en la concepción islámica clásica la Revelación precede a la razón y «prevalece» sobre la misma, la engloba. En árabe se dice que el islam es din al fítra, la religión natural del hombre. Por otra parte, es interesante observar que muchos musulmanes, y no de hoy precisamente, atribuyen al derecho natural una dignidad propia y autónoma respecto a la ley religiosa, aunque esto no pertenece a la tradición clásica. Este hecho es muy importante, tanto porque puede contribuir a la evolución del pensamiento islámico, como porque permite reconocer también los derechos fundamentales a quienes no pertenecen a la comunidad islámica.
En este marco, el papel de los cristianos es fundamental, porque pueden ayudar a llevar a cabo este discernimiento, tal vez tomando impulso en esos valores que son definidos y practicados como «valores comunes». Es verdad que estos valores no constituyen el fundamento del diálogo, pero representan la ocasión histórica que hacen encontrarse a cristianos y musulmanes, y que los fieles de ambas religiones pueden compartir, por los cuales pueden luchar, aun llegando por itinerarios lógicos y antropológicos diferentes. El fundamento del diálogo no es, por tanto, un conjunto de afirmaciones teóricas, ni una serie de valores, sino más bien la condición humana común, que implica la apertura al Misterio, a la dimensión religiosa de la vida. Pretendo decir que sería erróneo negar, en nombre de las irreductibles diferencias que existen también, la posibilidad de emprender itinerarios comunes y de entendimientos en algunos aspectos específicos, aunque debemos ser conscientes de que, posiblemente, llegaremos a algunos puntos cruciales en los que, después de haber recorrido un trecho del camino común, nuestros itinerarios vuelven a separarse. Por ejemplo, cuando se trata el problema de la igualdad entre el hombre y la mujer, en el que, mientras que el cristiano reconoce la validez del derecho natural, el musulmán afirma el primado de la ley religiosa que niega esta igualdad.
Como puede verse, se trata de un camino compuesto de llanuras y de repechos muy accidentados, hace falta un buen entrenamiento para seguir recorriéndolo.

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(45) Esto es absolutamente negado por el islam. Muchos investigadores musulmanes creen encontrar en un hadiz de Mahoma («Dios ha creado al hombre a su imagen») el equivalente al versículo bíblico (Gn 2). En realidad, el sentido del adjetivo «su» en el islam es «a imagen del hombre», mientras que en el texto bíblico es «a imagen de Dios», como se explícita en el resto del versículo. 

Tomado de:

Samir, K. Cien preguntas sobre el Islam. Ed. Encuentro, 2001, ps. 165-167.


miércoles, 21 de enero de 2015

De conejos y «chantas»







En la entrada anterior expresamos nuestra crítica a las recientes expresiones del Papa sobre la procreación y los conejos. El tema ha sido objeto de interesantes debates en otras bitácoras, por lo que nos resulta difícil decir algo que sea novedoso u original. Pero también puede dar lugar a un sano y olvidado ejercicio escolástico: la disputatio. Que tiene por finalidad –como ya todos sabemos- el esclarecimiento de una verdad mediante la confrontación de argumentos.
Reproducimos ahora una traducción más completa y fiel de las palabras del Papa que la ofrecida por el diario La Nación. Para calibrar mejor las críticas resulta imprescindible leer estas palabras:
- Francisco: La apertura a la vida es condición para el sacramento del matrimonio. Pablo VI estudió esto: cómo hacer para ayudar, muchos casos, muchos problemas… muchos problemas que tocan el amor de la familia. Pero había algo más, el rechazo de Pablo VI (en la encíclica Humanae vitae, que decía no a la anticoncepción, ndr) no se relacionaba solo con casos personales: les dijo a los confesores que fueran comprensivos y misericordiosos. Él veía el neo-malthusianismo  universal que buscaba un control de los nacimientos por parte de las potencias: menos del uno por ciento de los nacimientos en Italia, lo mismo en España. Esto no significa que el cristiano deba tener hijos en serie. Regañé a una mujer que se encontraba en el octavo embarazo y había tenido siete cesáreas: ‘¿Quiere dejar huérfanos a sus hijos? No hay que tentar a Dios…’ Pero, quería decir que Pablo VI era un profeta.
- Periodista: Usted ha hablado de tantos niños y de su alegría, pero según los sondeos la mayoría de los filipinos piensa que el crecimiento enorme de la población sea una de las razones de la pobreza en el país. Normalmente una mujer da a la luz más de tres hijos. La posición de la Iglesia sobre la anticoncepción es una de las cosas con las cuales mucha gente no está de acuerdo con la Iglesia.
- Francisco: Yo creo que el número de tres hijos por familia que usted menciona, según lo que dicen los técnicos, es el número importante para mantener la población. Cuando baja por debajo de este límite, ocurre el otro extremo, lo que ocurre en Italia donde en el 2024 -he escuchado, no se si es verdad- no habrá dinero para pagar a los pensionados… La palabra clave para responder, que usa la Iglesia y que uso también yo, es la de paternidad responsable y cada persona, en el diálogo con su pastor, busca cómo hacer esta paternidad. El ejemplo que he mencionado hace un momento de esa mujer que esperaba el octavo hijo y tenía siete nacidos por cesárea, esta es una irresponsabilidad: “No, pero yo confío en Dios…”, decía. Si, Dios te da los medios, pero perdóname eh, existe quien cree que para ser buenos católicos debemos ser como conejos, ¿no? Paternidad responsable: por esto en la Iglesia existen grupos matrimoniales, los expertos en estas cuestiones y existen los pastores, y yo conozco tantas y tantas vías de salida lícitas, que han ayudado para esto. Y otra cosa: para la gente pobre un hijo es un tesoro, es verdad que se debe ser también prudentes, pero el hijo es un tesoro. Paternidad responsable pero también mirar con generosidad a aquel papá o a aquella mamá que ve en el hijo o en la hija un tesoro.
Andrés Beltramo, realiza algunas puntualizaciones que pueden dar lugar a un debate interesante:
…Me remito sólo a un par de anotaciones al margen. Primero: Por cómo algunos medios manejaron la noticia y por la reacción de diversos fieles, quedó flotando la idea de una crítica, casi una burla, del Papa a las familias numerosas. Pero si se lee la declaración completa, resulta evidente que no es así.
Encontré al menos un diario italiano que tituló: “La familia según Francisco, tres hijos por pareja”. Como si el pontífice hubiese prescrito a los católicos no procrear más de esa cantidad de bebés, cuando en realidad dijo exactamente lo contrario. Ante una pregunta con trampa, que intentaba clasificar a los hijos como la causa de la pobreza en las familias, respondió constatando lo obvio: que la población crece sólo a partir del tercer hijo, porque tener dos equivale a un crecimiento cero, fenómeno que tiene efectos negativos sobre la sustentabilidad de la economía a largo plazo.
Segundo apunte: La frase de la polémica. “Existe quien cree que para ser buenos católicos debemos ser como conejos, ¿no?”. Personalmente creo la frase utilizada fue poco feliz, ciertamente desafortunada, producto del diálogo de corrido. Pero en el contexto no me parece ni un insulto, ni una crítica a las familias numerosas, ni un menosprecio hacia los hijos. En todo caso fue una crítica a quienes vinculan, casi obligatoria y hasta ideológicamente, la “calidad” del propio catolicismo a la cantidad de pequeños que integran sus respectivas familias. Conozco más de uno de ellos. E incluso algún venerando movimiento de la Iglesia que incurre en este error.
No obstante, en la misma entrevista (que, repito, es mejor leer completa) el Papa alabó a su predecesor, Pablo VI, y su encíclica Humanae Vitae, que suscribió la negativa de la Iglesia a los métodos anticonceptivos artificiales. Y fue muy claro al recordar que Montini redactó ese texto, sobre todo, para oponerse a la mentalidad “neo-malthusiana”. Es decir, a una corriente social que pretendía, desde el poder, reducir la población a través del drástico descenso en el número de nuevos nacimientos. Mentalidad que, evidentemente Bergoglio no apoya, más bien todo lo contrario. Baste sólo recordar la reciente audiencia que brindó cientos de familias numerosas de Italia y de Europa.
¿A qué vino, entonces, la reprensión de Francisco a una mujer que iba por su octavo embarazo luego de siete cesáreas? Queda claro que no intentaba ridiculizar a quienes tienen muchos hijos. El centro de su reto no fueron los pequeños, ni la familia, sino los riesgos (concretos) que pueden conllevar los embarazos sucesivos. Y la obligación para los esposos, también, de ejercer una paternidad responsable en esos casos extremos. A veces, por paradójico que pueda resultar, se llega a ejercer la paternidad responsable no teniendo hijos. Por eso el Papa recomendó directamente a cada pareja encontrar el camino consultando con el propio pastor.
El tema es delicado, porque se trata de lo más sagrado que el ser humano puede tener: la familia. Quien quiera puede sentirse molesto con la frase de los conejos, incluso después de haber leído completas las declaraciones de Francisco. Está en todo su derecho. Pero tampoco me parece lícito estar a la caza de cada dicho del pontífice para alimentar la desconfianza mencionada arriba. Desconfianza que, en realidad, puede esconder un insano deseo por tomar cotidiana distancia del vicario de Cristo.
Honestamente, no tenemos conocimientos demográficos y económicos que nos permitan opinar si Beltramo acierta o no cuando sostiene que «la población crece sólo a partir del tercer hijo, porque tener dos equivale a un crecimiento cero, fenómeno que tiene efectos negativos sobre la sustentabilidad de la economía a largo plazo».  Coincidimos con Beltramo al criticar en el pasado «a quienes vinculan, casi obligatoria y hasta ideológicamente, la “calidad” del propio catolicismo a la cantidad de pequeños que integran sus respectivas familias». Es posible que, como sostiene Beltramo, algunos cultiven una «desconfianza [que] parte de lecturas parciales o directamente distorsionadas de lo que dice el Papa»; también que se alimente un «insano deseo por tomar cotidiana distancia del vicario de Cristo»; conociendo las heridas del pecado original, y nuestras miserias personales, no estamos en condiciones de arrojar piedras, ni primeras, ni últimas; y podemos caer en estos y muchos otros defectos. Con todo, quienes pensamos que el Pontificado de Francisco es calamitoso, y procuramos practicar una legítima resistencia a sus calamidades, tenemos que cuidarnos mucho de que nuestra resistencia no sea «chanta» porque la mala defensa de las buenas causas es el peor «favor» que se les puede hacer.

P.S.: el sitio internet de Radio Vaticano censuró la alusión a los «conejos», pero ofrece una traducción completa de una catequesis en la cual «exculpa» a las familias numerosas de la pobreza... Más información, aquí.

martes, 20 de enero de 2015

Dejate conejear


«Bergogliadas» y «bergoglemas» son una realidad con la cual nos bombardean los medios de comunicación. Y como bien apunta un amigo «es muy poco tradicional esta necesidad de información por cada una de las palabras y gestos del Romano Pontífice en su quehacer diario. En la época de Benedicto XIV nos pasaríamos el día escrutando cada una de las palabras malsonantes con que respondía este pontífice a los contratiempos de su vida diaria».
No obstante, a veces se hace necesario decir algo por amor a la verdad, y para ayudar al prójimo, que puede confundirse. Lo que nos parece sucede a raíz de recientes declaraciones del papa Francisco, que transcribimos del diario La Nación (Argentina):
«Al destacar que Pablo VI fue muy valiente al prever la llegada del neomalthusianismo que dio lugar al drama de la baja natalidad que afecta hoy a Occidente -en especial a países como Italia y España-, el Papa indicó: "La palabra clave es la que usa la Iglesia siempre y yo también: paternidad responsable".
"¿Cómo se hace esto? Con el diálogo. Cada persona con su pastor debe tratar de ver cómo hacer esa paternidad", indicó. Y recordó que hace algunos meses en una parroquia él retó a una mujer que esperaba el octavo hijo luego de haber tenido otros siete por cesárea. "¿Quiere dejar huérfanos a siete? ¡Esto significa tentar a Dios! Esto es una irresponsabilidad. «No, yo confío en Dios.» «Mirá, Dios te da los medios, sé responsable.» ¡Pero esos creen, y disculpen la palabra, que para ser buenos católicos debemos ser como conejos!", exclamó, haciendo estallar risas en el avión.
El Papa subrayó que Pablo VI "no fue un anticuado ni un cerrado", sino que fue "un profeta que advirtió la llegada del neomalthusianismo, que buscaba el control de la natalidad de parte de las potencias". Eso tampoco significa que un cristiano "tiene que hacer hijos en serie".
Al reiterar que la clave es la paternidad responsable, recordó: "Por eso en la Iglesia hay grupos matrimoniales, hay expertos, hay pastores. Yo conozco muchas vías de salida lícitas que han ayudado".
No obstante, también destacó que hay que tener en cuenta esa "generosidad de ese papá y esa mamá que ven en cada hijo un tesoro".
"Lo curioso es que para la gente más pobre un hijo es un tesoro, es verdad que hay que ser también más prudente. Dios sabe cómo ayudarlos, pero quizás algunos no son prudentes", concluyó»
Para comenzar, justo es reconocer que la metáfora empleada ha sido muy poco feliz. Como señala el amigo arriba citado las «…metáforas floridas y las analogías excesivas e imprecisas son el pan de cada día de la homilética y el magisterio ordinario de un tiempo a esta parte y más bien confunden que iluminan». Y esto cuando no resultan ofensivas.
Si se toma la metáfora literalmente, no cabe otra conclusión que dar razón a los titulares de la prensa, pues para ser buen católico se necesita cumplir los Mandamientos. Y procrear «como conejos» no es cumplir con los mandamientos sino reproducirse como un animal. Los esposos cristianos no son simples animales, sino seres racionales; bautizados redimidos por Cristo, que han recibido un sacramento para santificar la procreación y educación de la prole. Tienen, por ello, una singular dignidad ontológica que están llamados a poner en práctica mediante un obrar virtuoso, que implica una regulación prudencial de la sexualidad conyugal (ver aquí, aquí y aquí).
Cabe la posibilidad de entender la metáfora como un insulto a la familia numerosa. Pero el ejemplo de la mujer que ha tenido siete cesáreas puede encuadrarse dentro de lo que Pío XII denominó «motivos morales suficientes y seguros» para la continencia periódica.
Por último, es bastante probable que los medios de comunicación interpreten la metáfora como un guiño favorable a la mentalidad contraceptiva imperante. No es algo que se desprenda del texto que hemos reproducido arriba, pero es un resultado previsible a causa del tenor de las expresiones usadas.
En conclusión, estas malas interpretaciones y perplejidades -que en parte son inevitables- serían menos frecuentes si el Papa enseñara con la claridad de sus predecesores de antaño, abandonara lo que en términos literarios se llama «pastiche», y asumiera cabalmente que su función es confirmar en la fe y no obtener popularidad mediática.

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* N. de R.: en la jerga de los cazadores de algunos países de Hispanoamérica el verbo «conejear» designa la caza de conejos. Con este significado titulamos nuestra entrada. Si fuera otro el significado, titularíamos "No conejearás"; pero preferimos no hacer paráfrasis bromista con los Mandamientos, que son palabra de Dios. 



P. S.: Acabamos de leer en Vatican Insider que habló de «tres hijos por familia» como número recomendado por los técnicos para «mantener a la población» (lo cual huele a intromisión en ámbitos científico-técnicos, ajenos al objeto directo del Magisterio).