viernes, 22 de mayo de 2015

Un papa rojo y verde

El autor de esta nota es un liberal. A quien el discurso de Francisco molesta especialmente porque contiene tópicos anti-liberales. Si bien es cierto que hay un juanpablismo liberal que presenta de manera sesgada las enseñanzas del polaco sobre la economía de mercado –gusten o no-, no es menos cierto que Francisco ha realizado críticas más fuertes al capitalismo de mercado que Juan Pablo II. El artículo de Sorman contiene algunos aciertos: descubre el doble discurso (en rigor, es un discurso polimorfo); detecta la intrusión clerical en materias que están más allá de las competencias del Magisterio eclesial sobre cuestiones temporales; y señala las coincidencias con populismos actuales. Nos parece que resulta de interés reproducirlo en cuanto revela que la burbuja de entusiasmo francisquista continúa desinflándose.
UN PAPA ROJO Y VERDE
Por Guy SORMAN
ESTABA tentado de titular la crónica de esta semana «El Papa Verde», cuando recordé que el escritor de Guatemala Miguel Ángel Asturias había recibido el premio Nobel por una novela con ese título. En la obra de Asturias, el Papa Verde es un cultivador de plátanos. Para evitar cualquier confusión con el Papa Francisco, nosotros le calificaremos aquí, respetuosamente, como Papa Rojo y Verde, una forma rápida de connotar sus elecciones sociales, que son discutibles, pues responden más a la política que a la teología.
El Papa Francisco es a la vez el jefe de la Iglesia católica, una autoridad moral, y una celebridad, por elección propia. Benedicto, su predecesor, optó por la teología y la discreción, lejos de las candilejas, y era poco político. El Papa Francisco, en cambio, elige expresarse sobre los asuntos del mundo. Por tanto, está permitido juzgar políticamente sus declaraciones, desde el momento en que no conciernen a los Evangelios, sino a las ideologías de nuestro tiempo.
¿Un Papa Rojo? Según hemos observado en esta misma crónica, el Papa Francisco multiplica las declaraciones contrarias a la economía de mercado (que Juan Pablo II había calificado oportunamente de «economía libre»). Al hacerlo, abraza las tesis de moda en Latinoamérica, de la que es originario, tal como fueron formuladas por Dom Helder Camara, el «cardenal rojo» de Recife, o por el escritor uruguayo Eduardo Galeano, teóricos de la denominada teología de la liberación. Esta teología, que data de las décadas de 1970 y 1980, fue repudiada por los hechos y por sus mismos autores. ¿Los hechos? Latinoamérica ha empezado a librarse de la pobreza de masas al rechazar el marxismo, con excepción de Argentina (el país del Papa Francisco), que sigue siendo anticapitalista, y está sumida en la corrupción y la miseria de masas. ¿Sabe el Papa Francisco que, poco antes de morir, Eduardo Galeano reconoció que se había equivocado, que su «Biblia» económica, Las venas abiertas de América Latina (1971), que achacaba la pobreza al imperialismo, no fue más que un error de juventud? El Papa Francisco permanece anclado en esta ideología. ¿Es inadmisible la confesión de Galeano? ¿Es más sano, o santo, perseverar en el error?
Resulta que el Papa Francisco reincide al abrazar la causa de los ecologistas integristas sobre el «cambio climático». Después de haber consultado en el Vaticano al secretario general de la ONU, un verdadero militante climatista, y a «científicos», pero solamente a los que creen en el calentamiento de la Tierra debido al factor humano, el Papa se dispone a publicar una encíclica, que se impondrá como un dogma a los católicos. Unas declaraciones preliminares del Papa («El hombre debe dejar de destrozar la Naturaleza», el pasado 15 de enero en Manila) que permiten creer no solamente en el calentamiento –lo que es un hecho–, sino también en la responsabilidad del capitalismo contaminante, entusiasman a los Verdes. El Papa es de los suyos. Ahora bien, aunque hay cambio climático, no está demostrado que se deba a las actividades industriales o a nuestro gusto inmoderado por la electricidad, los automóviles y la luz eléctrica. Considerar que el factor humano es la causa principal del cambio climático no es más que una hipótesis sin verificar: permite oportunamente incriminar al capitalismo, tomando el relevo del marxismo arcaico. Se observará que los verdes integristas apelan a la ciencia como Karl Marx, que, en su época, se proclamaba «socialista científico». ¿No debería el Vaticano, escarmentado por el proceso de Galileo, mostrarse más prudente antes de casarse con tal o cual «verdad», que es solo momentánea? Oportunamente también, las tesis integristas sobre el calentamiento invitan a más normativas, confiriendo una nueva legitimidad a los estados debilitados por su incapacidad económica: el verde sustituye al rojo o se añade a él.
Se comprende que la izquierda y los medios de comunicación adoren a este Papa, cuando no habla de Jesús. Pero ¿cuál es la utilidad del Papa si piensa como todo el mundo? Se limita a avalar a los conformistas, que no piensan por sí mismos, sino que piensan como todo el mundo.
Una pausa, de todas formas, para tranquilizar a los conservadores: el Papa Francisco no hace necesariamente lo que dice. Después de haber declarado de manera espectacular que no se permitía condenar la homosexualidad («¿Quién soy yo para juzgar?», ha declarado), rehúsa acreditar como embajador en el Vaticano al diplomático que le ha enviado François Hollande. Este diplomático es buen católico, pero es homosexual. Intentemos comprender: ¿Francisco, jefe de Estado, no quiere un embajador homosexual, mientras que Francisco, Papa, abraza a los homosexuales?
Habida cuenta de esta dualidad del Papa, ¿qué Francisco es, el verde o el rojo? ¿El sacerdote o el jefe de Estado? A los católicos les gustaría saber a qué santo encomendarse, mientras que para los demás Francisco no es más que un hombre político de tantos, según sople el viento.

jueves, 21 de mayo de 2015

Sacerdocio bautismal (2)

En esta entrada, el p. Sauras analiza la esencia del laicado, sus propiedades y poderes, que se originan en una participación del sacerdocio de Cristo, esencialmente diversa de la participación jerárquica. En la siguiente, se detiene en el análisis de los lugares teológicos en base a los cuales se puede demostrar la existencia y naturaleza del sacerdocio bautismal.
¿QUÉ ES EL LAICADO?
Hay dos conceptos del laicado que, aunque no se contradicen, no son tampoco totalmente coincidentes. Son el concepto canónico y el concepto teológico. En seguida vamos a ver las diferencias. Pero advirtamos ya desde ahora la confusión en que incidiríamos si, al intentar exponer las concomitancias del laicado con el sacerdocio, que es cosa sustantivamente teológica, nos quedáramos sólo con el concepto canónico, de alcance manifiestamente inferior al que nos da la teología. Los canonistas, como veremos luego, nos hablan del laico como de un individuo con características pasivas; es el que no tiene voz, sino que escucha; el que no administra, sino que recibe lo sagrado.
La teología no puede negar esto, porque es verdad. Pero añade algo más, que también es verdad y que, por lo tanto, no lo niega el Derecho, aunque lo silencie. Para la teología, el laico, además de escuchar y de recibir, tiene alguna actividad sagrada en la Iglesia; es un hombre consagrado, pues posee los caracteres sacramentales, potencias sagradas que le habilitan para ejercer determinadas funciones en beneficio de la comunidad de los fieles y para el ejercicio del culto divino…
La teología, partiendo del sentido bíblico de la palabra griega, y del que le dió la tradición patrística de los primeros siglos, pone de relieve en los laicos determinados elementos positivos y consagradores. Esto no quiere decir que su concepto del laicado esté en pugna con el canónico… Las definiciones no siempre son totales; y con frecuencia nos dan una visión parcial de las cosas. Todo depende del punto de vista en que se coloque quien define. Una vez nos dará la definición esencial; otra, una definición parcial; otra, quizá, una definición accidental. Un mismo sujeto se puede definir bien de muchas maneras no coincidentes. Lo que no podrá será definirse bien de muchas maneras contradictorias. Pero diferentes y complementarias, sí. Y es lo que sucede en la teología, donde encontramos una definición de los laicos distinta de la expuesta ; una definición tomada desde el punto de vista de los elementos positivamente consagrantes que hay en el laicado.
En la Sagrada Escritura aparecen utilizados los dos términos: Kleros y Laos. Kleros, en su significado de suerte, de parte elegida. No hace falta que nos detengamos en su explicación, porque no son los clérigos los que ahora nos interesan.
El término laico no se encuentra en la Biblia. Aparece en las versiones de Aquila, Teodoción y Símaco, que lo utilizan dos veces solamente. En cambio, se utiliza profusamente el término Laos, de donde procede. Laos quiere decir pueblo, por lo que laico querrá decir popular o perteneciente al pueblo. Afirmemos, sin reserva de ninguna clase, que tal es el sentido literal de la palabra. Pero afirmemos a renglón seguido que el sentido bíblico es preferentemente otro. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, Laos aparece usado en contraposición a Etne; y no significa solamente pueblo, sino pueblo elegido, pueblo sagrado, pueblo de Dios. Es el pueblo opuesto a los étnicos, a los goim, a los gentiles, a las naciones.
La escritura distingue bien entre Kleros y Laos, entre los sagradamente selectos y el pueblo, que no deja de ser sagrado, aunque no tenga una consagración selecta o de jerarquía. El laico no es el popular, el dedicado a los quehaceres mundanos. Hará esto, pero su sentido bíblico es el de elegido por Dios para ser su pueblo, a diferencia del étnico, pueblo que no es de Dios… Quedémonos, pues, con la idea de que el laico es un elemento consagrado con una consagración común o popular… Concuerda con este sentido bíblico del término Laos, como pueblo consagrado a Dios, la idea paulina del Cuerpo místico. El pueblo de Dios es el Cuerpo místico de Cristo. Y en este cuerpo todos han recibido una consagración; en consecuencia, todos tienen algún quehacer activo. Cuando se hacen pueblo reciben, y, por lo tanto, tienen actitud pasiva. Pero una vez hechos pueblo nadie es miembro ocioso… En la Iglesia nadie es, o nadie debe ser, individuo ocioso, pues todos poseen determinados elementos de santificación individual. Pero, además, nadie debe ser tampoco miembro ocioso, porque todos poseen determinados elementos sobrenaturales con características comunitarias. Todos los miembros constituyen la gens sancta, el populus acquisitionis, el regale sacerdotium de que habla San Pedro en su Primera Epístola.
El sentido bíblico de la palabra Laos hemos dicho que es el de pueblo elegido y no el de pueblo a secas. La literatura de los tres primeros siglos la utiliza en el mismo sentido también. Es necesario llegar al siglo IV para verla utilizada por los escritores cristianos como sinónima de profano o de mundano…
Los laicos en la Iglesia no son masa, sino pueblo. Son distintos los conceptos de una y otro. El concepto de masa implica amorfismo y pasividad. La masa es modelada, recibe la acción del artífice, con ella se hace la figura. El pueblo, que también es pasivo, es, además, activo. Es una cosa orgánica, con forma, con actividad, subordinada, desde luego, a quien le dirige (14). 
La Iglesia es la congregación de los fieles, la reunión de todos los que están incorporados a Cristo. Y es, además, una institución. Estos dos aspectos proyectan luz sobre lo que venimos diciendo. Si la consideramos como sociedad, nos encontramos con un elemento activo, anterior al pueblo, que es el que hace al pueblo. Este elemento es el clero, que es el que administra los sacramentos y con ellos engendra y alimenta a los fieles. En la Iglesia sociedad se diferencian perfectamente los dos elementos. El elemento clerical hace llegar a los hombres la vida divina de Cristo. Pero el desarrollo social de esta vida en el mundo debe mucho a la actividad de los laicos. La Iglesia, como Cuerpo místico, como organismo en el que se va plasmando lo que San Pablo llama la plenitud de Cristo, debe mucho a los fieles. Estos son los que realizan la acción sagrada de cristianizar todas las manifestaciones sociales de la vida. No ya las individuales sólo, que lo hacen con la gracia y las virtudes, sino las comunes también. Y para ello tienen un poder sagrado que les compete como miembros más que como individuos... 
Los laicos no se limitan a recibir del clero la vida divina que poseen; vivifican el mundo, llevando a éste y haciendo crecer en todos sus ambientes la vida divina que han recibido. Tienen un destino sagrado que les impele a ello. Los laicos son sagrados, porque han recibido dones divinos que les consagran en un plan individual y personal; y lo son también porque consagran, desde dentro, la sociedad en la que viven y los problemas en los que se mezclan
Conviene entender bien lo que acabamos de decir. No es nuestro intento asegurar que los clérigos tienen la función activa de santificar a los fieles, y éstos la de santificar el medio ambiente en que viven, excluyendo de esta segunda función a los primeros. También los clérigos deben influir activamente en la santificación del mundo y de las cosas mundanas. Pero con la orientación y el consejo; con una actividad que podríamos llamar trascendente. A diferencia de los laicos, que deben santificar todo lo indicado, pero desde dentro, viviéndolo; con una actividad inmanente. El padre santifica la familia formando parte de ella y cumpliendo debidamente con sus deberes de padre cristiano; el literato santifica la literatura haciendo literatura; el científico, las ciencias, haciendo ciencia; el gobernante, el gobierno, gobernando en cristiano. El sacerdote, comunicando la gracia con que se hará todo esto, y además indicando cómo se ha de hacer todo esto, y uniendo su orientación a la que por propio estudio y por propia experiencia tienen también los seglares
Un curso, por ejemplo, sobre la vida cristiana del y en el matrimonio, o sobre el gobierno cristiano de los pueblos, no podrá ser explicado solamente por el sacerdote. Necesariamente resultaría manco. El sacerdote dará la orientación desde fuera, la orientación trascendente. Deben completarlo un casado y un hombre de gobierno. Darán la orientación desde dentro. En un curso sobre el apostolado tienen voz los sacerdotes y deben tenerla los seglares, que tienen mucho que decir. Y de hecho, en ocasiones, no es extraño ver a éstos más certeros que a aquéllos…
Los laicos son parte activa en la Iglesia; tienen poderes sagrados. Pero es necesario determinar la naturaleza de estos poderes. Ya desde el principio conviene que estemos advertidos de que no se trata de poderes jerárquicos. La teología y el derecho hablan frecuentemente de la jerarquía y de sus poderes, que son tres: el de orden, el de jurisdicción y el de magisterio. El de orden consiste principalmente en la facultad concedida por Dios en la ordenación sacerdotal para consagrar el cuerpo de Cristo; el de jurisdicción, en la facultad de regir, juzgar y legislar; y el de magisterio, en la facultad de enseñar, defender y explicar con autoridad y fuerza imperativa la doctrina revelada. Autoridad e imperio que en determinadas circunstancias se imponen bajo pecado de herejía a quienes no se someten… 
Pero no basta esto; no basta decir que los poderes sagrados de los laicos no son los jerárquicos, o que no son el de orden, el de jurisdicción y el de magisterio. Es necesario determinar positivamente en qué consisten, y determinar también así cuál es la parte activa que los fieles tienen en la Iglesia.
Además de los poderes indicados, propios de la jerarquía, hay otros. Santo Tomás, por ejemplo, pregunta si el carácter sacramental es spiritualis potestas (16), y responde afirmativamente. Y son caracteres el del bautismo y el de la confirmación, a los que tienen acceso todos los cristianos. También en el matrimonio se da determinado poder sagrado para ejercer cristianamente la función natural del gobierno de la familia. Son tres ejemplos, y no los únicos que hay. 
Es necesario decir que los laicos no tienen poder de orden; no tienen poder de consagrar el cuerpo del Señor. Pero ¿no tienen ningún poder cultual en el sacrificio cristiano? Sí, lo tienen, como veremos en este trabajo, dedicado precisamente a estudiar este punto. También hay que decir que los laicos no tienen poder de régimen o de jurisdicción, aunque en determinados casos parece probado que se les puede comunicar. Siempre les queda el poder sagrado de gobierno que da el matrimonio. Por ley natural, el padre tiene poder de gobierno sobre los hijos; en la ley de gracia, el matrimonio es sacramento, y este poder es sagrado. ¿En qué consiste? Habrá que estudiarlo. Pero, desde luego, no basta para hacer una teología del laicado, en orden al poder de gobierno, decir que los laicos no participan de la jurisdicción eclesiástica. Por último, es necesario afirmar también que los laicos (y en esto los sacerdotes son iguales) no tienen el clásico poder de magisterio o de enseñar con autoridad e imperio la doctrina revelada. Pero hay que añadir que tienen algún poder apostólico, derivado de las exigencias de la virtud de la caridad, de las exigencias de su solidaridad con los demás miembros del Cuerpo místico y de las exigencias de la nota específica social que tiene el carácter de la confirmación. Este poder no es el clásico de magisterio que tienen los Obispos y el Papa, pero sí es un poder sagrado de manifestar y predicar la fe que se profesa. 
Ni se diga que estas cosas no tienen carácter divino y teológico, sino sólo canónico o eclesiástico, por proceder solamente del hecho de ser los laicos asumidos por la jerarquía para misiones determinadas. La jerarquía podrá encomendarles estas cosas, pero lo cierto es que los fieles tienen poder para hacerlas por razones superiores a esta encomienda. Es un poder que no es simple mandato; es un poder sacramental, como acabamos de decir, pues procede de alguno de los tres sacramentos citados. La participación en el culto, el gobierno de los hijos, la manifestación de la fe que se profesa, son obligaciones que se derivan de principios superiores a los de un simple mandato eclesiástico. 
Cada uno de los poderes indicados nos daría materia suficiente para escribir un trabajo sobre la dignidad laical. Pero nos vamos a concretar sólo al poder de intervenir en el culto sacrificial, conferido inicialmente en el sacramento del bautismo. 


lunes, 18 de mayo de 2015

Sacerdocio bautismal (1)



La Iglesia del post-concilio está plagada de verdades desquiciadas. Conocida es la cita de Chesterton: “el error es una verdad que se ha vuelto loca”. O, como dice otro aforismo: “las mentiras más peligrosas son verdades medianamente deformadas”. Esto sucede especialmente con el denominado sacerdocio común -bautismal, no jerárquico- que es una dignidad de todo cristiano enraizada en el bautismo.
Una de las más tristes consecuencias del abandono del tomismo en la Iglesia, y su reemplazo por filosofías deletéreas, es la multiplicación de verdades enloquecidas. En este tema, en particular, si no se conocen las doctrinas del Aquinate sobre la participación, la analogía y la distinción, es muy probable, casi inevitable, que se incurra en errores. Hay una perfección participada: el Sacerdocio de Cristo. Y hay sujetos que participan de esa perfección: sacerdotes jerárquicos, que han recibido el sacramento del orden; y sacerdotes comunes, laicos, que no han recibido el sacramento del orden, pero que poseen un sacerdocio bautismal. Entre ambos sacerdocios hay diferencia real, y esencial, no sólo diferencia de razón y de grado; así como, de modo semejante, entre un ángel y un hombre hay diferencia esencial y no sólo de grado en la participación en el actus essendi. Pero, insistimos, sin el tomismo, en éste y en muchos  otros temas, se cae fácilmente en el error.
A partir de hoy publicaremos unas entradas sobre el sacerdocio bautismal que reproducen fragmentos de una ponencia del teólogo dominico Emilio Sauras publicada en 1954. Esperamos que sean de utilidad para mejor conocimiento del tema y prevención de dos errores comunes: la “clericalización” de los laicos, mal fundamentada en el sacerdocio bautismal y tan frecuente en el post-concilio, singularmente en las celebraciones según el Novus Ordo de Pablo VI; y una negación -reactiva y cerril- del sacerdocio común, que malentienda el principio radical de la vocación y misión de los laicos en la Iglesia.
Los que por oficio se dedican al culto y servicio divinos, y los dedicados a los quehaceres ordinarios de la vida, viven muchas veces sin la suficiente solidaridad mutua. El mundo considera al sacerdote como algo extraño a él, y el sacerdote considera al mundo como elemento al que están vedados los principios y los factores sobrenaturales de que él dispone. Y si todo quedara aquí, el mal no sería completo. Pero es que no solamente el sacerdote piensa así; también el laico se siente extraño ante el sacerdote. Con lo que los dos, de mutuo acuerdo, vienen a ratificar el desconocimiento al que hacemos alusión. Esta situación anómala es cada día menos viva y cruel, y es de esperar que llegue, por fin, a desaparecer. 
El hecho de estar en posesión de unos poderes que Cristo reservó para los sacerdotes constituidos en jerarquía ha servido muchas veces para que los fieles nos creyeran en posesión exclusiva de otros que tenemos en comunidad con ellos, y para que nosotros nos lo creyéramos también, a pesar de las enseñanzas explícitas de la teología en contrario. Sería un error de perspectiva atribuir a una sola causa el distanciamiento de que venimos hablando. Son muchas las que han contribuido a crearlo: unas políticas, otras sociales. Pero acabamos de señalar una digna de tenerse en cuenta. Es de carácter doctrinal o teológico. Si los sacerdotes y los laicos no se deciden de una vez a convivir y a comprenderse, es porque previamente se han atribuido en exclusiva cosas que les eran comunes; es porque se han negado a los fieles, atribuyéndolas sólo a los sacerdotes, cosas que eran de todos y en las que encontrarían todos un espléndido punto de contacto; o porque se han atribuido a los seglares en exclusiva cosas en las que los sacerdotes podrían mezclarse. San Pablo no era del mundo, pero vivía en el mundo, con los del mundo, para los del mundo, a fin de llevar el mundo a Cristo. Es un tema de máximo interés el del acercamiento del sacerdote a los laicos (1), pero no es éste el que vamos a estudiar ahora. Ahora vamos a tratar de la consagración laical, con la que los simples laicos adquieren cierta dignidad sacerdotal de tipo común o popular, cuya naturaleza se determinará más adelante, constituyéndose así en algo activo dentro de la Iglesia.
Siempre se consideró a los seglares poseedores de elementos activos de santificación personal; pero no siempre se paró suficientemente la atención, al menos en la práctica, en algunos elementos activos por los que, además de hacerse personas santas, se constituyen parte activa de la Iglesia. Es aleccionadora este propósito la anécdota que relata el Cardenal Gasquet, con cuyo recuerdo abre el P. Congar su reciente obra sobre el laicado (2). Un catecúmeno pregunta a determinado sacerdote cuál es la posición de los laicos en su Iglesia; y le responde que ante el altar están de rodillas, y ante el púlpito sentados, en actitud de escuchar. Añade el Cardenal, por su cuenta, que faltaba por señalar la posición de abrir el portamonedas para dar. Recibir los sacramentos de rodillas; escuchar la palabra de Dios sentados; cosas meramente pasivas. Y sólo son activos los fieles cuando se trata de cooperar a la edificación material del reino de Dios, que es lo que se señala en la actitud de abrir el portamonedas. Más mordaz y más despiadada es la frase de Le Roy: "Los fieles desempeñan el papel de los corderillos el día de la Candelaria: se les bendice y luego se les trasquila".
Es muy socorrida la alusión a las definiciones del Concilio de Trento sobre la diferenciación, por derecho divino, de los fieles y los sacerdotes, o sobre la constitución jerárquica de la Iglesia, establecida así por su divino Fundador. Esta doctrina dogmática, tan normal y tan legítima, con la que se da el mentís definitivo a las enseñanzas de algunos autores medievales, llevadas hasta sus últimas consecuencias por los reformadores del siglo XVI, sobre la democracia sacerdotal o sobre el igualitarismo cristiano, se ha interpretado a veces de una manera esquinada e hiriente para la dignidad de los simples fieles. Cual si del hecho de no ser todos igualmente sacerdotes o, lo que es lo mismo, del hecho de que haya sacerdocio jerárquico, deba seguirse que no lo sean todos o que no haya, además, un sacerdocio común. El pueblo fiel dejó de ser considerado por algunos como pueblo, para ser considerado como masa, sin personalidad, apto solamente para recibir, cosa meramente pasiva.  
Para llegar a estas conclusiones fueron necesarios muchos olvidos. El primero y más fundamental, el de la Escritura. San Pablo habla del cuerpo místico, en el que, dice, hay partes diversas. Activas todas ellas. Uno es cabeza; otros, miembros destacados; otros, miembros débiles, pequeños o escondidos, pero miembros que hacen algo. Adviértase que el Apóstol los considera activos en cuantos miembros o en cuanto parte de la Iglesia. Los fieles son Iglesia y hacen Iglesia.
El segundo olvido fué el de la Tradición, tan impresionantemente unánime y abundante cuando atribuye a los laicos la dignidad del sacerdocio real, de que hablan San Pedro, en su Primera Epístola, y San Juan, en el Apocalipsis. Cuya naturaleza explican los Padres y los teólogos de maneras diversas, por cuya existencia admiten, como veremos luego.
Y el tercer olvido, el del sentido de las definiciones tridentinas, con las que no se niega el sacerdocio real de los cristianos, sino que se proscribe la doctrina protestante sobre el igualitarismo sacerdotal y sobre la inexistencia de la jerarquía.
Temen algunos autores que, si hablamos del sacerdocio real de los fieles, bordeemos el protestantismo o caigamos en él. O, cuando menos, demos ocasión a que se interprete nuestra doctrina en sentido protestante. No hay tal peligro si las cosas se esclarecen bien desde el principio. No tuvieron tal peligro quienes siempre lo enseñaron, empezando por los Apóstoles, que nos hablan del sacerdocio común de los cristianos; siguiendo por los Padres y teólogos, cuyo testimonio unánime ha sido recogido en la obra del P. Dabín (4); y terminando por Pío XII, que lo enseña explícitamente en la Encíclica Mediator Dei, como tendremos ocasión de ver más adelante. 
Si por el hecho de no faltar quienes interpreten heréticamente una tesis tuviéramos que dejar de hablar de ella, no haría falta acudir al cálculo de probabilidades para saber cuánto tiempo sería necesario transcurrir hasta que no pudiéramos hablar de nada en teología. Porque errores los ha habido en todo. ¿Y hemos de dejar de hablar de todo? (5).
No, y menos del tema que estamos iniciando. Porque, aparte el respaldo de la Escritura de la Tradición unánime y de la autoridad reciente de Pío XII, hay otros motivos de carácter social y religioso. Aludíamos al principio al distanciamiento que se ha advertido en tiempos todavía recientes, y que, aunque disminuido, todavía se advierte hoy entre el clero y los laicos. Y decíamos que una de sus causas está en el abandono de la doctrina teológica que dignifica a los simples fieles al hacerles participar de una dignidad que ellos consideraban como exclusiva de los sacerdotes. Se les había condenado a un amorfismo religioso; a un no ser nada activo en la construcción del reino de Dios o en la constitución de cuerpo místico de Cristo. Y el abandono de la doctrina teológica según la cual son algo, son pueblo y no masa, se tuvo precisamente cuando se despertaba en el mundo la conciencia social que hacía advertir a los hombres cómo hay en ellos mucho de positivo y de afirmativo cuando, juntamente con quienes mandan, constituyen una sociedad. A este despertar de la conciencia social respondieron algunos teólogos, desviados intérpretes de las decisiones tridentinas, ahogando, con un instinto inoportuno y anacrónico, todo intento de dignificación social del cristiano que no fuera el de la virtud, con la que se dignifica ante Dios. Y pretiriendo prácticamente la dignificación social que le dan los diversos caracteres sacramentales por los que y con los que, como veremos luego, se constituye miembro de Cristo sacerdote. 
No es extraño, pues, que se produjeran el desconocimiento y el distanciamiento varias veces recordados. Con perjuicio de los propios sacerdotes y con perjuicio de los fieles también. Y, en definitiva, para detrimento de la Iglesia, que con unos y otros se edifica ; y del Cuerpo místico de Cristo, que se integra por los dos. A fuerza de creer que los fieles no tienen en la Iglesia otro quehacer que arrodillarse ante el altar y sentarse ante el pulpito, y, si a mano viene, acudir con sus limosnas a las necesidades de los demás, se ha llegado en muchos casos a la situación lamentable de un sacerdocio sin pueblo; de una liturgia espléndida, pero sin la plegaria de una comunidad que la participe; de un tesoro catequístico y doctrinal admirable, pero ignorado o desconocido y, por lo tanto, no vivido. Era natural que llegaran estas situaciones cuando se empezó por enseñar que se trataba de cosas en las que sólo los sacerdotes tenían quehacer, y no los fieles. 
Se oye hablar a veces del peligro que encierra un movimiento de dignificación de los fieles en el sentido al que ahora nos referimos. Hablar de un sacerdocio real, o de un apostolado que ejercer, puede producir en el hombre de la calle el vértigo de las alturas. Pensará que es más de lo que es y hará lo que no es de su competencia. Quizá suceda así, pero no se puede establecer sobre esto ningún criterio inapelable. Existirá tal peligro; pero nosotros pensamos que el peligro mayor no es el de creerse demasiado sacerdotes, sino el de creerse demasiado laicos. Ya está bien de laicismo y de absentismo; y es hora de que penetre en la conciencia del pueblo fiel su carácter de elegido y de consagrado. 
La teología cuenta con elementos positivos para justificar y explicar esta consagración… 

viernes, 15 de mayo de 2015

La burbuja francisquista sigue desinflándose

El efecto inmediato de la elección de Francisco en la prensa argentina, católica o no, fue una impresionante ola de entusiasmo masivo. La cantidad de elogios entusiastas y obsecuentes al pontífice argentino ha sido abrumadora. Los críticos, permanecían en silencio o eran censurados. Sin embargo, lentamente, esta epidemia de entusiasmo francisquista ha comenzado a ceder y se pueden leer cada vez más voces críticas. Y no, como dice Fazio, por las exigencias del discurso bergogliano, sino principalmente por dichos y gestos cada vez más demagógicos.
Reproducimos hoy un artículo que ilustra cómo la burbuja entusiasta comienza a desinflarse, incluso por parte de personas que tienen poco que ver con el tradicionalismo católico.

Con un Papa cosi…

Me gusta revisar diariamente cuanto menos las primeras páginas de los diarios del mundo; en esa mi rutina, me topo en primera plana del Corriere Della Sera, este titular: “Con un Papa cosi potrei tornare cattolico”.
Esto lo dice el tirano cubano Raúl Castro, convertido en paradigma de la decencia, la apertura y la impunidad… Por cosas así no me gusta Bergoglio, me resulta el retrato de ese argentino pedante, teatrero, amoral que ha conducido a ese país magnífico a lo que es hoy… No me gusta Bergoglio como Papa, con sus debilidades izquierdosas, su doble moral y su caradurimo.
Caradurismo que ondea al recibir exultante a Raul Castro, un asesino, un tirano con más de 56 años en el Poder, ungido como “Jefe de Estado” por su gran hermano, porque para Fidel Castro, Cuba es su hacienda y deja de caporal a quien se le da la gana.
Y frente a ese titular que les refiero, sentí perplejidad, sentí rabia, y sobre todo una chocante sensación de irrespeto que no me calo ni de Bergoglio ni del carnicero Raúl Castro.
Con esa cara de borracho consuetudinario, el pequeño de los Castro patea no solo a los cubanos, nos patea a los católicos cuando con esa sonrisa del hampón que todo le ha salido bien dice: “…he leído todas las intervenciones del Papa, si esto sigue así volveré a la iglesia. Podría empezar a rezar a pesar de que soy un comunista”. A su lado se relame el que en ningún momento dedica un recuerdo a las decenas de jóvenes cubanos llevados a los paredones de fusilamiento y asesinados por éste que ahora –medio siglo después- se da el lujo de seguirse cagando en sus almas y en sus agónicos gritos de ¡Viva Cristo Rey!
Bergoglio va a Cuba, y en esa mazmorra se sentirá en casa. No verá a la disidencia, molestos personajes que no merecen el tiempo de un “Papa cosi…”. Bergoglio va a Cuba y quizá en un trío de oración, él, Raúl Castro y el infame colaboracionista Ortega Alamino, den gracias a un Dios manoseado e irrespetado por esa “Teología de la Liberación” que se inventaron en la KGB -como lo recuerda Javier Lozano  editor de Libertad Digital-  para destruir la Iglesia desde dentro, afirmación de Ion Mihai Pacepa, general de la inteligencia soviética que convenientemente cita. “Teología de la Liberación” que ya Bergoglio se ha encargado de resarcir de vetos y rechazos dentro del poder vaticano, porque simplemente, él es parte de ese plan, de ese cometido…
Una hora de encochinamiento bajo la mirada cómplice del primer ministro italiano Matteo Renzi que como a Hollande le importa un cuerno la libertad, la democracia, la justicia de ese pobre pueblo cubano al que ahora prostituirán más pero dentro de un “Concierto internacional” ávido de llegar a la isla mártir porque saben que hasta de un hueso se roe algo… Bergoglio, Obama, Renzi, Hollande incapaces de censurar el paraíso de la pedofilia turística del Caribe, de pedir justicia por los miles de cubanos asesinados y perseguidos por ese comunista cínico y burlón que le dice a ese Papa cómplice: “Usted es jesuita y yo también fui a una escuela jesuita”. Papa cómplice que se presta para que este asesino recuerde que al cura brasileño frai Betto -hoy flamante embajador de Brasil en Cuba- lo persiguió, encarceló y torturó la dictadura militar de su país, dictadura que duró 20 años (1964 – 1985) y que lo dejó vivo, cosa que no pueden decir los jóvenes cubanos que no quisieron plegarse al comunismo, que no puede decir Oswaldo Payá y Harold Cepero por nombrar algunos de los más de cien mil muertos que tienen en su haber Fidel y Raúl Castro.
Un Papa cosi… que le sabe a fruta que bajo la regencia del tirano menor, en la sufrida Cuba y en el lapso comprendido desde el 1 de agosto de 2006 al 15 de diciembre de 2013, hayan ocurrido 166  muertes y desapariciones de disidentes Que la detención arbitraria de críticos del régimen militar cubano se haya incrementado en los últimos años, dando pavorosas cifras como la de 2013 con 6.424 detenciones despóticas y 6.602 en 2012, frente a 4.123 en 2011 y 2.074 en 2010. Pero Bergoglio prepara viaje a Cuba, no se perdonaría ir al “Cruel Imperio” aunque por ahora lo gobierne el “Pana” Obama y no hacerles los honores a esos dos asesinos suertudos que un mundo de cómplices celebra.
“Con un Papa cosi…” y a pesar de él, igual sigo siendo católica pero no practicante de una liturgia amoral, perversamente relativista y cómplice. “Con un Papa cosi…” y un tirano convertido en gran demócrata disculpándome y con profundo asco y dolor tengo que decir que por sus burlas ¡Vaffanculo!
Tomado de:


domingo, 10 de mayo de 2015

Correo de un lector sobre "salesianizar" la tradición


Permítanme compartir con uds. algunas reflexiones al hilo de la publicación del post "Salesianizar laTradición", por la que les felicito y que considero muy oportuna. Son fruto de mi experiencia como sacerdote durante doce años en una diócesis española. Supongo que uds. ya saben todo esto, pero si les pueden servir a alguien más que a mí, estaré contento.
-"Es más fácil salir del error que de la confusión", (frase atribuida a Francis Bacon en relación al método científico). Aplicada al tema que nos ocupa, podríamos hacer una comparación diciendo que el que está en el error en un momento dado nota que su esquema de ideas religiosas con relación a la Iglesia, a los sacramentos, etc., está cojo, le falta algo, y no sabe qué es. Sin embargo cuando llega el momento dado, sabe reconocer su error cuando la gracia reconviene y madura su alma por medio de alguien que se lo hace ver-por ejemplo, un protestante devoto que llegue a convencerse de que el libre examen lleva a la extinción de la sociedad eclesiástica (entendida como agrupación visible y temporal de los fieles) y en el plano moral, a alejarse de los Mandamientos (por aquello de "peca fortiter, crede fortiter"). Esto que referido a la herejía protestante no se suele discutir, encuentra un escollo casi insalvable en los ámbitos católicos ordinarios no tradicionales.
En cambio, el que se encuentra confuso parece creer que está en la verdad y no encuentra puntos débiles o inatacables. Todo está bien, todo hay que verlo desde el lado positivo y providencialista (se suele argumentar, sobre todo en relación a la crisis de la Iglesia, que "todo es para bien", todo es obra del Señor, Dios escribe derecho con renglones torcidos, etc) y, aun cuando esta actitud pudiera tener alguna base en las recomendaciones de san Pablo en 1Cor 13 (el amor todo lo puede, todo lo aguanta, todo lo disculpa, etc), parece, intentado hacer un análisis imparcial, un optimismo desmesurado y un providencialismo maximalista. O, siendo menos elegantes, no deja de ser un tipo distinto de fanatismo.
-Sin duda, estaremos de acuerdo en que el error engendra el fanatismo, pues la falta de un principio explicativo satisfactorio a una laguna de fe (en el caso protestante que hemos puesto, la no creencia en la institución divina de la jerarquía eclesiástica), lleva a llenar ese vacío exagerando aspectos contrarios o colaterales (hipertrofia de la Palabra de Dios y del sacerdocio común frente a la Eucaristía, mera reunión de fieles, etc...). Ahora bien, a la hora de discutir o rebatir con un protestante sabemos de lo que estamos hablando. Podemos establecer una polémica objetiva sobre la institución de la Eucaristía, de la Jerarquía eclesiástica, de los sacramentos y de las traducciones de la Sagrada Escritura. Hay hechos, datos y problemas que se limitan a cada tema y uno se puede ceñir a eso. Tendremos más o menos éxito en el debate pero sabemos que es así, aun cuando no lo sepamos expresar bien. en el caso del católico no conectado con la Tradición pero "conservador", piadoso, quizá, de buena fe, que cree tener la fe y disciplina de la Iglesia de siempre y que no es consciente de los cambios sustanciales que ésta ha operado desde el post concilio, el debate se vuelve paradójicamente más difícil. Nos daremos cuenta de que tras una breve alusión a la crisis de la Iglesia, tras un comentario quizás desenfadado por nuestra parte, o tras una queja con fundamento (por ejemplo, los comentarios frívolos del Papa Francisco acerca de los gays, o las opiniones más recientes sobre el coito del sr. Obispo Munilla), formamos un muro infranqueable de cerrazón en aquella persona con la que a lo mejor hasta entonces estábamos en perfecta armonía y a la que queríamos hacer un bien (hacerle llegar la verdad de la doctrina católica en su integridad, etc.). Vemos cómo de repente hemos ganado casi un enemigo; que la desconfianza cae sobre nosotros desde ese momento. Vemos cómo cualquier comentario puede hacer saltar la chispa y empezar discusiones amargas. La susceptibilidad aparece y nuestro amigo/a se siente incómodo con nuestra presencia o nos mira de repente como si fuéramos extraños. Ya no nos conoce. ¿Qué ha pasado? ¿Acaso le hemos ofendido de manera tan grave? ¿O es que somos los que queremos difundir la Tradición peores que los pecadores públicos, con quienes se tiene mejor trato que nosotros en razón de la misericordia? Puede ser que al principio nos asalten estas y más dudas, o que incluso nos venga a la cabeza el pensamiento de que quizá, después de todo, no vaya a ser que estemos equivocados y lo nuestro sea una ideología, como con frecuencia se nos achaca, sobre todo porque gran parte de las discusiones vienen por los principios de aplicación de una política católica frente a la política parlamentaria liberal conservadora, con la que no suelen tener problema nuestros interlocutores.
-Ah, pero hemos de pensar que a lo mejor precisamente ése es el "sino" de nuestra condición tradicional: la cruz de sufrir en la Iglesia y por parte de la mayoría de la gente de Iglesia la no comprensión, la desconfianza, el considerarnos como cuasi enemigos e incluso la "inmisericordia". A Cristo quisieron despeñarle sus propios paisanos de Nazaret; aún sabiendo lo que iba a pasar no por eso dejó de echarles en cara su falta de fe. Así el católico tradicional se ve rechazado al recordar y echar en cara la falta de fe de la doctrina y de la disciplina actual, aun cuando lo haga con la mayor delicadeza y caridad posibles. Y pienso que de esto no podemos escaparnos. Hay que reconocer que somos diferentes. Que la Iglesia nos ve como un cuerpo extraño. Punto.
-"A quien mucho se le da, mucho se le exigirá", en frase del Evangelio y , así como Dios Nuestro Señor nos ha concedido esta gracia tan grande de conocer la Tradición y -más grande todavía- de comprenderla, más se nos exige en el plano moral de vivir las virtudes del cristiano con los católicos liberales y de aceptar, citando al personaje del cura loco del P. Castellani, esta "vida-que es lucha perdida-continua derrota" . Y aquí está -creo yo- el meollo de la cuestión de "salesianizar" la Tradición. A una doctrina más excelsa corresponde también una moral más excelsa. Y para esto -hemos de reconocerlo- no vale cualquiera, ni valen las soluciones fáciles del celo amargo. Exige una caridad, paciencia, constancia, prudencia, una fortaleza y un dechado de virtudes tan grande que sólo se puede alcanzar con el combate por el esfuerzo constante y generoso de la santificación personal quizá en un grado más alto que el comúnmente admitido para simplemente poder salvarse. Quizá la mejor muestra de caridad hacia quien se encuentra en la confusión es orar por su alma, desearle todo bien, y saber decir un lacónico "eso no es así" sin más respuesta cuando debamos defender ineludiblemente el honor de Dios. In patientia vestra posidebitis animas vestras.

Saludos. 

viernes, 8 de mayo de 2015

Crímenes de los “buenos”



En el pasado dedicamos una entrada al honesto testimonio del sacerdote jesuita John Cuthbert Ford, que siendo norteamericano, pro aliado y contemporáneo a la segunda guerra mundial, no dudó en condenar duramente acciones intrínsecamente malas perpetradas por los aliados, como los bombardeos masivos. Y lo contrastamos con las tonterías del cura bloguero José A. Fortea sobre la personalidad de Winston Churchill.
Ya es conocido por muchos el criminal bombardeo de Dresde. Y también se ha escrito bastante sobre las violaciones cometidas por las tropas soviéticas.
Reproducimos en esta entrada parte de un artículo periodístico sobre las 860.000 violaciones que sufrieron las alemanas de parte de tropas aliadas. Una investigación adjudica unas 190.000 a los soldados norteamericanos. Los “buenos” de la Segunda Guerra Mundial, según la novela rosa que algunos liberal-católicos todavía difunden…
Las alemanas sufrieron 860.000 violaciones de los aliados
- Elfriede fue forzada a los 14 años por soldados de EEUU
- Hay un caso documentado de una niña de 7
- Se sabía de los abusos de los rusos tras la II GM, pero menos de los de los americanos
- Una investigación les adjudica 190.000 violaciones. Y recoge testimonios
"No había agua corriente y mi madre y yo habíamos salido a buscar agua con cubos. Al llegar al puente, los soldados americanos dijeron que mi madre debía pasar, pero que yo tenía que esperar allí. Mamá hizo ademán de volver atrás, pero la empujaron y la obligaron a atravesar el puente. Ella miraba hacia atrás sin perderme de vista, pero no podía hacer nada". Así relata Elfriede Seltenheim el momento en que las tropas de los aliados occidentales, que habían ocupado su pueblo en Ostbrandenburg, la arrancaron del seno de su familia.
Tenía 14 años en aquel mes de febrero de 1945. Una fotografía tomada unos días antes, a modo de celebración del final de la II Guerra Mundial, la muestra con una tímida sonrisa y dos trenzas doradas que caen sobre sus hombros. Desde allí fue trasladada a un barracón en el que los soldados estadounidenses la violaron innumerables veces, día y noche, durante cuatro semanas.
"No recuerdo haber gritado ni una sola vez. Estaba aterrada", dice. A sus 84 años, recuerda los hechos mientras limpia sus manos, una y otra vez, en la cobertura que protege el reposabrazos del sillón en el que repasa sus recuerdos. Cuando regresó a casa no se habló jamás del asunto, ni jamás desde entonces se le ha ocurrido reclamar ningún tipo de reconocimiento o indemnización. "Algo quedó muerto en mí", trata de explicar ahora. "Perdí la sonrisa para siempre. Después perdí las lágrimas. Y le voy a decir una cosa: se puede vivir sin sonreír, pero no se puede vivir sin llorar".
Setenta años después del final de la II Guerra Mundial sigue sin hablarse en voz alta en Alemania sobre las mujeres y niñas violadas por las tropas de ocupación. La familia de Elfriede, como muchas otras, sentía terror a la llegada de las tropas rusas porque entre pueblos y ciudades viajaban rápidamente las historias sobreviolaciones sistemáticas del ejército rojo. Los soldados americanos, sin embargo, fueron recibidos como liberadores y la propaganda ha dejado marcada en el ideario colectivo alemán la imagen del "amigo americano" como un soldado de ocupación que no cometió crímenes de guerra. La investigación de la historiadora alemana Miriam Gebhardt, cambia esa versión de la historia.
'Es sólo el prinicipio'
Gebhardt, que por primera vez pone cifras a las violaciones masivas, calcula 860.000 en los meses posteriores al fin de la guerra. Al menos 190.000 de ellas fueron perpetradas por soldados americanos. "Pero estas cifras son sólo la punta del iceberg. La cifra oscura seguramente es muy superior al doble porque muchas mujeres y niñas prefirieron no hablar nunca de ello por vergüenza", explica, al tiempo que señala que la publicación de su libro, Cuando llegaron los soldados, es "sólo el principio".
"Durante la primavera de 1945 las tropas americanas tomaron uno a uno los pueblos y ciudades de Oberbayern. En la mayor parte de ellosno encontraron resistencia alguna e incluso eran recibidos con banderas americanas en las calles, de forma que se instalaban en el ayuntamiento y después los soldados pasaban casa por casa. Efectuaban un primer registro en busca de combatientes o de armas y, una vez comprobado que estaban a salvo, comenzaban el pillaje. Se apropiaban de relojes, bicicletas, radios, gafas de sol, joyas y cualquier objeto que les gustase como souvenir. Después violaban a mujeres y niñas antes de marcharse". Así lo recuerda Charlotte W., que entonces tenía 18 años y que durante toda su vida ha asegurado que fue escondida a tiempo por sus padres.
"Esas mujeres han fingido que no ocurrió o han guardado silencio durante décadas por vergüenza. Es un síntoma común en la mayor parte de víctimas", explica Gebhardt, cuyo objetivo con esta investigación es propiciar un reconocimiento para estas mujeres y para su sufrimiento, hasta ahora ignorado por las autoridades alemanas y por su- puesto por los responsables.
La mayor parte de las violaciones las llevaron a cabo soldados rusos, un aspecto más documentado en la Alemania occidental. Pero nada se sabía hasta el momento de las tropelías cometidas por los americanos. "Yo misma me he sorprendido por la dimensión de estos crímenes", admite la historiadora. Estas violaciones se prolongaron hasta 1955, cuando la región por fin recuperó su soberanía. Durante ese periodo de tiempo, 1.600.000 soldados estadounidenses estuvieron en territorio alemán.
Ni la administración alemana, inexistente, ni las tropas de ocupación llevaron registro de las violaciones. La mayor parte de las pruebas documentales las ha encontrado, explica, en los informes que realizó la Iglesia. El arzobispo de Múnich y Frisinga, ante lo que estaba ocurriendo en silencio, pidió a los sacerdotes llevar unregistro puntual sobre las actividades de los ejércitos extranjeros en la región y sus efectos sobre las comunidades. A estos registros que se conservan en Múnich pertenecen, por ejemplo, las anotaciones de Michael Merxmüller, párroco del pueblo de Ramsau, que el 20 de julio de 1945 escribió: "Ocho niñas y mujeres violadas, algunas de ellas en presencia de sus padres".
El 25 de ese mismo mes, el padre Andreas Weingand, de un pueblo al norte de Múnich, escribía: "Lo más triste durante su paso fueron las violaciones de tres mujeres: una casada, una soltera, y una niña virgen de 16 años y medio. Todas cometidas por soldados americanos fuertemente embriagados".
El padre Alois Schiml de Moosburg escribió el 1 de agosto de 1945: "Por orden del gobierno militar, una lista de todos los residentes y sus edades debe ser clavada en la puerta de cada casa. Como resultado de este decreto, (...) 17 niñas y mujeres (...) han debido ser llevadas al hospital, tras haber sido objeto de abusos sexuales repetidos".
La víctima más pequeña registrada en estos documentos fue una pequeña de siete años que contrajo una grave enfermedad venérea. La mayor, una mujer de 69 años.
"A menudo las tropas americanas pedían a las autoridades locales personal femenino, grupos de mujeres de 15 en 15, supuestamente para atender en las tareas de secretariado o cocina. Era un tipo de trabajo forzoso que a menudo encubría violaciones indiscriminadas. Los grupos de mujeres rotaban, eran sustituidas cada 15 días y cuando volvían a casa guardaban silencio incluso con sentimiento de culpa", describe la investigadora.
Además proliferaban las escapadas nocturnas en busca de mujeres indefensas. "Una noche llamaron a la puerta, eran siete soldados americanos armados. Exigieron que les preparasen comida y después violaron a mi abuela y a mi madre. Mi primo lo vio todo, pero nunca habló de ello. Mi madre y mi abuela tampoco", relata Maximiliane, que creció sin saber que era hija de uno de aquellos desalmados. "Comencé a sospechar cuando, ya universitaria, quise hacer un viaje de estudios a EEUU... A mi madre aquello la desestabilizó por completo y después de varios meses y de mucha tensión, mi primo me contó lo que había detrás de todo aquello".
Los soldados se vendían información, unos a otros, sobre en qué casas había mujeres y niños indefensos. "Lo que más me ha chocado todos estos años, desde que supe lo ocurrido, es que mi madre aceptó, sencillamente. En su concepción de las cosas, ellapertenecía al bando de los perdedores de la guerra y de alguna forma debía aceptar eso como un castigo. Nunca habló de ello", lamenta Maximiliane
Fuente:


domingo, 3 de mayo de 2015

Moeller: teología y literatura


Charles Moeller (1912-1986) es conocido universalmente por los seis volúmenes de su magna obra Literatura del siglo XX y cristianismo (1953-1993). A lo largo de ellos el teólogo belga reflexiona sobre las tres virtudes cristianas teologales -la fe, la esperanza y el amor-, subrayando cómo las características de estas actitudes fundamentales del hombre frente a Dios se manifiestan -a menudo implícitamente- en los hombres de hoy. Su obra es un extenso diálogo con literatos contemporáneos. De modo análogo a Guardini, deja hablar a los textos mismos, en cuanto son voces del hombre real. Moeller escucha y reflexiona sobre lo que esas voces revelan, sobre lo que dejan entrever y sobre aquello a lo que no aluden, aunque era de esperar que lo hicieran. En suma, el autor confiesa que desea entablar «un diálogo con los hijos de mi tiempo», con el fin de «llegar a la antigua y siempre nueva verdad de Dios» (I, Prefacio). Porque paradójicamente, ya desde el primer volumen -«El silencio de Dios»- el diálogo con Moeller tiene un carácter esencialmente teologal; él sabe mostrar que hablan de Dios incluso quienes desean no hacerlo.
También al igual que Guardini, Moeller piensa y escribe ante todo como teólogo (cfr. I, Introducción, VII). Indudablemente el autor ha dedicado ingente tiempo y esfuerzo a la lectura y comprensión de los autores que elige tratar; pero la tarea que más le ha preocupado ha sido seleccionar algunos de sus textos y concebir un esquema temático original donde situarlos, un esquema redaccional que desvele las referencias a la incredulidad y a la fe, a la desesperación, a la utopía y la esperanza cristiana, a los amores humanos y al descubrimiento del Amor de Dios por parte de sus hijos perdidos. Moeller no cae en la tentación tan humana, ya denunciada por Claudel, de «explicar» los relatos literarios: se limita a utilizarlos como testimonios vivos y especialmente lúcidos. Él está convencido de que tal lucidez es el efecto propio que puede alcanzarse en literatura mediante el don creador. Luego, a través de esos testimonios, Moeller es capaz de verificar las realidades de la fe -en el sentido de hacerlas más verosímiles-, mostrando su vigencia, a menudo paradójica, en el hombre concreto. Así -sólo por poner un ejemplo-, puede afirmar de la obra Jean Barois de Roger Martin du Gard: «Pocas novelas permiten ver tan bien como ésta que los tres aspectos de la fe [sobrenatural, libre y razonable] se sostienen mutuamente» (II, Introducción, XII) (4). Los Capítulos conclusivos de cada uno de los volúmenes que integran esta gran obra muestran de forma palpable cómo el diálogo con la literatura puede enriquecer la reflexión teológica. Moeller expone en ellos la fe católica sobre las virtudes teologales, pero ahora es capaz de ilustrar esa fe, no sólo con los testimonios literarios que ha ido pacientemente recogiendo y ordenando, sino también con la visión de conjunto que obtiene acerca de los autores analizados. «El mundo sobrenatural de la gracia -afirma, así, hablando de la fe- nos baña por todas partes. Malegue demuestra que nos llega por mil canales invisibles: la red de causas segundas es la que emplea Dios para hablarnos» (II, Conclusión, 1). Obsérvese cómo Moeller utiliza aquí el potencial de universalidad antropológica que caracteriza a los clásicos literarios -ya sean antiguos o modernos- para proporcionar cierta verificación experienciable de un misterio cristiano; porque el «Dios vivo (...) no dejó de dar testimonio de sí» (Hech 14,15-17), ni deja hoy de darlo ya que «quiere que todos los hombres se salven» (1 Tim 2,4).
La gran literatura producida en el último siglo sirve también para evitar desorientarse ante espejismos que se han convertidos hoy en tópicos culturales. Uno de ellos es la pretendida «complicación» del hombre moderno al cual debe dirigirse la evangelización: «El hombre -puede afirmar Moeller con rotundidad- es siempre un niño, un hijo de la tierra, un hijo del cielo. Por mucho que quiera dárselas de vivo y de travieso, su madre (Dios, su Creador) sabe muy bien que, bajo esas apariencias de perdonavidas, se oculta un hombrecito que busca desesperadamente el regazo materno. Joyce y Mann han arrojado viva luz sobre esta verdad» (II, Conclusión, II). La literatura, en fin, ilumina aquellas condiciones de la situación humana histórica que el teólogo ha de tener en cuenta para que su discurso resulte más significativo; por ejemplo, el reflejo del Amor divino que debe observarse en la generosidad humana: «Los personajes de James que procuran entregarse, se hallan entre los más bellos que ha creado. Se olvidan de sí para darse a los demás. La caridad de que estos personajes son vivo testimonio es una primera aproximación a este amor en cuya virtud el hombre se abre a Dios» (ibídem). Otra de las circunstancias actuales que la viva inteligencia de Moeller advierte como muy relevante para la comprensión teológica del hombre es su interés por el carácter solidario -eclesial- de la salvación: «Para los testigos que vamos a interrogar, esperar es aguardar un acontecimiento que interesa a todos los hombres, a todos al mismo tiempo. Sin haberse puesto de acuerdo, superan la definición individualista y estrecha de ciertos catecismos» (IV, Introducción, II).
En definitiva, Moeller está convencido de que la literatura puede ser, en manos de la teología, una instancia reveladora y un vehículo de salvación. Las certezas que busca las alcanza sobre todo mediante la confrontación de textos de ficción literaria: la convergencia de los testimonios «muestra la verdad del cristianismo» y así el lector puede llegar a «la mañana pascual» (I, Conclusión, IV). La literatura se utiliza en esta obra «por vía de contraste, de aproximación o de testimonio positivo, para nutrir el sentido pascual» (1, Introducción, V). El descubrimiento de Cristo resucitado -¡Cristo vive!- es siempre el principio obligado de la vida cristiana (5). Ya en Humanismo y santidad Testimonios de la literatura occidental (1946), Moeller se propuso comparar a través de textos literarios los valores humanos con aquellos específicamente cristianos. Entonces hacía patente su voluntad de realizar esta tarea con absoluta seriedad: las conclusiones teológicas que extrajera no podían ser meras digresiones extrínsecas, sino que debían brotar del sentido profundo de los textos mismos (cfr. Introducción). En Sabiduría griega y paradoja cristiana (1951) adelantaba su meta un paso más: se trata de poner de manifiesto la radical incidencia de la fe cristiana «en la representación del hombre en la obra de arte», lo cual originó una nueva forma de humanismo. Y añadía: «Esta renovación aporta valores humanos auténticos, los únicos auténticos. Dichos valores pueden interesar a todos los hombres, pues se han encarnado en las obras de arte» (Introducción). Su metodología consiste ahora en comparar las ideas y valores propios de la literatura grecorromana con los de algunos escritores cristianos; se centra para ello en tres temas esenciales de la antropología: la maldad, el sufrimiento y la muerte. Contrastando los mitos literarios pre-cristianos con los «mitos cristianos» -es decir, con las narraciones de escritores que han respirado más o menos personalizadamente el «buen olor de Cristo» (2 Cor 2,15)-, Moeller consigue así de una forma plástica y muy convincente mostrar la originalidad de la revelación cristiana y su incidencia -a menudo inconsciente, pero no por ello menos real- en lo más hondo de la vida humana. La literatura es empleada, pues, como propedéutica de la fe, como praeparatio evangelica (6).

________________
(4) Pero -y ello prueba su honradez inrelectual- afirmará también la pobre calidad literaria de buena parte de esta novela: «Desgraciadamente, las descripciones de la conversión (del protagonista) son radicalmente falsas, como hechas desde el exterior» (ibídem). Ahora bien, cuando una obra de ficción resulta susceptible de suscitar las sospechas del lector acerca de su coherencia o acerca de lo que podría denominarse su veracidad antropológica, entonces dicha novela carece de eficacia para orientar la vida real del lector (dimensión pragmática).
(5) «Estos novelistas se encuentran con el drama del sufrimiento y de la muerte del hombre y del mundo, y descubren, por una notable profundización en la noción de providencia, su significación oculta, la de una marcha hacia la alegría pascual (...): Dios interviniendo en el drama del hombre, individual y cósmico, y conduciéndolo, por medio de la pedagogía del sufrimiento, hacia la mañana de la pascua. Es Jesucristo, el Dios vivo de las Escrituras y hombre como nosotros, el que aparece en el horizonte de la literatura moderna»: Mentalidad moderna y evangelizaci6n (1955), Barcelona 1964, p. 40.
(6) Cfr. también, El hombre moderno ante la salvación (1961), Barcelona 1969. En esta obra Moeller se muestra algo escéptico sobre la capacidad de la literatura moderna para desvelar o apuntar aspectos esenciales del misterio cristiano, concretamente sobre la naturaleza de la salvación: «Las aproximaciones literarias no pasan de ser, por su contenido, humanas, demasiado humanas. Las incidencias teológicas parecen periféricas. Ciertos elementos parecerán demasiado destacados por el reflector, mientras que otros que brillan en el zenit de la Biblia quedarán demasiado en la sombra» (Prólogo). A nuestro parecer, este escepticismo revela dos elementos: 1) la diferencia esencial entre literatura profana y literatura inspirada por Dios; sólo esta última es palabra de salvaci6n; 2) la dificultad hermenéutica que existe para unir una narración literaria y una verdad salvíífica. 

Tomado de:
Odero, J.M. Teología y literatura. Pp. 131 y ss.