jueves, 4 de junio de 2015

El doble juego de EE. UU. y Occidente


Cabe aclarar que rechazamos el pensamiento del autor de esta nota, en tanto se define como a-cristiano, aunque no anticristiano, porque reivindica el paganismo y acusa al cristianismo de ser un factor de decadencia de la cultura europea. Dicho esto, el presente artículo de política internacionales ofrece interesante reflexiones para debatir.
El doble juego de EE. UU. y Occidente.
Desde hace tiempo, Estados Unidos ha establecido en Oriente Medio una «estrategia del caos» destinada a derribar los regímenes laicos a favor de los movimientos islamistas, con el fin de desmantelar aparatos estatales y militares que no podían controlar, para remodelar seguidamente toda la región.
Por Alain de Benoist.
Varios videos se han convertido en virales en Internet. Uno de ellos es del general Wesley Clark, antiguo jefe de la OTAN; el otro, de George Friedman, presidente de Strafor, una sociedad privada de espionaje establecida en Tejas y notoriamente vinculada a la CIA. El primero está trastornado por el cinismo de la Casa Blanca; el otro lo reivindica lleno de orgullo. Es difícil en estas condiciones saber qué política pretenden desarrollar en Europa los Estados Unidos…
Y, sin embargo, esta política tiene el mérito de haber sido siempre la misma. Desde 1945 el objetivo de Estados Unidos es favorecer la Europa-mercado en detrimento de una Europa-potencia que pudiera convertirse en su rival. A ello se añade, desde la dislocación del sistema soviético, otro objetivo vital: impedir que Europa Occidental establezca una asociación con Rusia. George Friedman lo ha recordado después de que también lo hubiera hecho Brzesinski: como gran Potencia del Mar, el interés primordial de Estados Unidos consiste en impedir la unificación de la gran Potencia de la Tierra, es decir, del conjunto geopolítico eurasiático. EE. UU. controla todos los océanos del mundo, cosa que ninguna potencia mundial había hecho antes («La base de nuestro poder estriba en conservar el control del mar y del espacio»), pero EE. UU. no tiene la capacidad de ocupar Eurasia. Por tanto, debe dividir para reinar.
En un primer momento, suscitó en Europa del Este toda una serie de «revoluciones coloradas» gracias a las cuales intentó extender la OTAN hasta las fronteras con Rusia. Actualmente está intentando crear un «cordón sanitario» orientado en contra de Moscú, de forma que Europa quede cortada en dos desde el Báltico hasta el Mar Negro. Este proyecto «zona-tampón» cuenta con el apoyo de los Estados bálticos, Polonia, Ucrania y Bulgaria, pero se enfrenta con las reticencias o con la oposición de Hungría, Serbia y Austria. La instrumentalización del golpe de Estado producido en Kiev en febrero de 2014 se sitúa obviamente dentro de este marco, al igual que el actual intento albano-islamo-mafioso de desestabilizar Macedonia a fin de impedir que se realice el proyecto Turkish Stream, ya aprobado por el nuevo gobierno griego, lo cual permitiría a los rusos llevar su gas a Europa Occidental sin tener que pasar por Ucrania.
También dentro de esta óptica debe situarse el proyecto de Tratado Transatlántico, que tiene por principal finalidad diluir la construcción europea en un vasto conjunto interoceánico carente de toda base geopolítica, convirtiendo a Europa Occidental en el patio trasero de Estados Unidos e impidiendo a las naciones europeas controlar sus intercambios comerciales, favoreciéndose por el contrario las compañías multinacionales ampliamente controladas por las élites financieras norteamericanas.
El gran interrogante es Alemania. El mayor temor de EE. UU. estriba en la alianza de la tecnología y del capital alemanes con la mano de obra y los recursos naturales rusos. «Unidas —declara Friedman—, Alemania y Rusia representan la única fuerza que podría amenazarnos, lo cual hace que debamos asegurarnos de que no ocurra».De momento, Alemania parece inclinarse ante los diktats de Washington. Pero ¿será siempre así?
En Oriente Medio las cosas son tan complicadas desde hace algunos meses que muchos ya no entienden nada. ¿Qué papel Estados Unidos juega en la región?
Desde hace tiempo, Estados Unidos ha establecido en Oriente Medio una «estrategia del caos» destinada a derribar los regímenes laicos a favor de los movimientos islamistas, con el fin de desmantelar aparatos estatales y militares que no podían controlar, para remodelar seguidamente toda la región según planes establecidos mucho antes de los atentados del 11 de septiembre. Así es como los Estados Unidos, en el marco de la invasión de Irak, crearon el Estado Islámico (Daesh),el cual se volvió luego contra ellos. Fue entonces cuando Estados Unidos empezó a acercarse a Irán, lo cual suscitó la inquietud de las monarquías del Golfo, que temen por encima de todo la influencia regional de Teherán (de ahí, la actual operación lanzada en Yemen contra los rebeldes chiítas). Así pues, existen actualmente tres guerras en una: una guerra suicida contra Siria, en la que los occidentales son los aliados de hecho de los yihadistas; una guerra de Estados Unidos contra el Estado islámico; y una guerra de las dictaduras del Golfo y de Turquía contre el eje Beirut-Damás-Teherán, con Rusia al fondo.
¿Y qué pinta Francia en todo ello?
No pinta gran cosa. Reivindica la laicidad, pero privilegia sus relaciones con las petromonarquías más obscurantistas. Acerca de los inmigrantes que afluyen por miles desde el Mediterráneo —huyendo no de la miseria o de la tiranía, como se repite sin cesar, sino de la guerra civil y del caos que los occidentales han contribuido a engendrar en sus países—, le preocupa más que no se ahoguen que naufragar ella misma; le inquieta más acogerlos que impedirles entrar. Los alemanes ya miran con desdén a Francia, los españoles e italianos ya no esperan nada de ella, y los ingleses siguen considerando el French bashing [la denigración de lo francés] como un deporte nacional.
Por su parte, el Kremlin ya no se hace ilusiones: Francia ya no puede tener una política exterior digna de este nombre, puesto que inclina la cerviz ante los norteamericanos. La prueba más elocuente es la negativa francesa de entregar a los rusos los barcos Mistral que ya habían pagado, así como el escandaloso boicot de las ceremonias celebradas en Moscú con ocasión del 70.º aniversario de la derrota del Tercer Reich. Desde este punto de vista, hay una completa  continuidad entre Sarkozy y Hollande. La UMP se va llamar a partir de ahora «los Republicanos», mientras que el Partido Socialista ya no es más que un «partido demócrata» a la americana. Ya sólo queda por denominar «Casa Blanca» al Palacio del Elíseo ¡y todo estará más claro que el agua!
Visto en:


martes, 2 de junio de 2015

Carta de fray Tomás de Aquino al Papa Francisco

por el Dr. Mario Caponnetto




Santísimo y Reverendísimo Padre Francisco, por la Divina Providencia Papa, fray Tomás de Aquino, de la Orden de Frailes Predicadores, con devota reverencia besa vuestros pies.

He leído la Carta que Vuestra Santidad dirigiera, con fecha 3 de marzo A D 2015, al Arzobispo de Buenos Aires, Cardenal Poli, Gran Canciller de la Pontificia Universidad Católica Santa María de los Buenos Aires, en ocasión del primer centenario de la Facultad de Teología de esa celebérrima Universidad. No ha dejado de llamar mi atención las palabras de Vuestra Santidad a los teólogos bonaerenses toda vez que allí recomendáis, Beatísimo Padre, que aquellos realicen su labor “desde las fronteras” y en las calles de las ciudades de América Latina. Son vuestras mismas palabras: “La teología que desarrollan ha de estar basada en la Revelación, en la Tradición, pero también debe acompañar los procesos culturales y sociales, especialmente las transiciones difíciles. En este tiempo, la teología también debe hacerse cargo de los conflictos: no sólo de los que experimentamos dentro de la Iglesia, sino también de los que afectan a todo el mundo y que se viven por las calles de Latinoamérica. No se conformen con una teología de despacho. Que el lugar de sus reflexiones sean las fronteras”.

En mis tiempos, Santidad, os aseguro, las calles y las plazas de París eran escenario de vivos conflictos. No menos sucedía en el interior de los claustros. Me tocó vivir, como no ignoráis, un tiempo de transiciones difíciles. Si habéis tenido la benevolencia de leer algunos de mis escritos recordaréis cómo tuve que enfrentarme a Guillermo de San Amour y a quienes con él negaban a los religiosos mendicantes el derecho a enseñar en la Universidad, cómo hube de vérmelas con los averroístas latinos, cuánto hube de oponerme a tantos en defensa de la verdad, los innúmeros conflictos en los que me vi envuelto por mi “aristotelismo” (incluso alguna condena episcopal) y de los que salí airoso gracias a la Divina Bondad y al apoyo de vuestros Predecesores. Por todo esto, Santidad, nada me resulta menos ajeno y lejano que los conflictos.

Pero, si Vuestra Santidad me lo permite, quisiera deciros al respecto dos cosas. La primera, que aquellos conflictos de mi tiempo tenían que ver, por encima de todo, con la verdad de la Fe. Por eso, tomando como guías a San Agustín y a San Anselmo tuve en cuenta aquello que se lee en Isaías 7, 9: si no creéis, no entenderéis; y busqué el intellectus fidei procurando entender lo que Dios ha revelado para nuestra salvación eterna. Me apliqué, pues, a estudiar a los maestros de la sabiduría humana y divina extrayendo de cada uno cuanto pudiera ser útil a esta inteligencia de la fe, inteligencia que no es “teología de despacho”, ni mirar al mundo “desde un castillo de cristal” sino buscar a Dios con las alas de la razón y de la fe. No se trataba, por tanto, de conflictos sociales (que los había ciertamente) ni de las peleas del Emperador con mi familia (que las hubo y no me dejaron indiferente), ni de los menesterosos de París (cuyo socorro estaba a cargo de gente piadosa urgida por la caridad). De eso se ocupaban los buenos y santos reyes que, por entonces, solían temer a Dios, y de los Papas que procuraban que los Reyes impregnaran con el Evangelio la vida social. Los teólogos, como tales, teníamos otra misión: el intellectus fidei, no por vanidad ni por vanagloria (aunque algunos sucumbieron a ambas) sino por la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Ese era nuestro servicio, el propio de nuestro estado de vida y de nuestro oficio.

Lo segundo que deseo deciros, Santidad, es que en mi tiempo no hacíamos teología desde las fronteras ni desde las calles sino desde el Sagrario. Era allí, en la oración y en la contemplación donde se alimentaba nuestra teología. El olor de las calles no era un clima propicio para contemplar. Pero, ay de nosotros si, además de contemplar, no éramos capaces de inclinarnos, movidos por la misericordia, ante las llagas de los hombres. La misericordia es dolerse de la miseria ajena; y la mayor miseria, la mayor indigencia, en mi tiempo y en el vuestro, Santidad, es la ausencia de Dios. De ella derivan las demás indigencias. La tarea de los teólogos es procurar que los hombres conozcan a Dios y lo busquen. Lo otro, viene por añadidura.

Lo conmovedor de vuestra carta es cuando afirmáis que teología y santidad van juntas. Quiera Dios que la entiendan los destinatarios de vuestra misiva porque en mi tiempo, en el vuestro y en todo tiempo lo más escaso es la santidad.

Recibid Padre Santo con estas líneas el obsequio de mi filial afecto y servicio.

Fray Tomás de Aquino, O.P.



domingo, 31 de mayo de 2015

Siscoe: Bellarmino y Suárez sobre el papa hereje

Un lector de nuestra bitácora ha traducido el artículo Bellarmine and Suarez on The Question of a Heretical Pope, de Robert J. Siscoe. En este trabajo, y otros posteriores, Siscoe ha concentrado su atención en el pensamiento Bellarmino, haciendo notar que el automatismo no recae sobre el delito de herejía, sino que es propiedad de la pena y consiste en la pérdida de la jurisdicción pontificia al momento en que se ha consumado el delito, formalmente, como tal. Asimismo, apunta con acierto que muy difícilmente pueda fundarse en Bellarmino, y en sus seguidores, una privatización del juicio sobre la herejía del Romano Pontífice, transformando a cada bautizado en votante de un plebiscito sobre la formalidad de la herejía papal. En suma, sostiene Siscoe que Bellarmino y Suárez coinciden en la necesidad de que el delito sea declarado por la Iglesia jerárquica, pero difieren acerca del momento en el cual el pontífice caído en herejía pierde la jurisdicción pontificia.  
Dejamos el artículo en nuestro estante de scribd. 

viernes, 29 de mayo de 2015

Sobre la estupidez

Reproducimos hoy parcialmente un artículo sobre la estupidez y los estúpidos. Esperamos que sea de provecho para todos, principalmente para los redactores de esta bitácora, que no están inmunes de ningún defecto intelectual o moral. Pero se lo dedicamos a un anónimo persistente que a diario hace de troll en nuestra bitácora, con nuestros mejores deseos de que mejore. Hasta tanto no cambie, no publicaremos sus comentarios porque sería cooperar con su estupidez, que ya es muy grave.
El filósofo francés Adam realizó hace varias décadas un estudio sobre «la estupidez» en el que enumera algunas características del sujeto — el estúpido— que se caracteriza por ostentar dicha «virtud»:
No se interesa por el conocimiento.
No acepta el esfuerzo.
No toma en cuenta la realidad.
Sus limitaciones no le molestan sino que es feliz en su estado.
En lo epistemológico, el estúpido da importancia a lo que no la tiene, a lo fútil, lo evanescente. Explica fenómenos banales que no necesitan explicación. No aprende cosas nuevas sino que se repite. En una discusión, no se apoya en argumentos. Le gusta lo superficial y no echa de menos otras dimensiones del pensamiento.
En lo social, el estúpido usa las palabras sin poner atención en su sentido. Se niega a prestar atención a las razones expuestas por los otros. No toma en cuenta la realidad. Convierte en víctimas a las personas sensatas, expuestas a su torrente de palabras. Adam no duda en calificar la estupidez como una agresión contra la sociedad. El estúpido llega a ejercer un «terrorismo intelectual» sobre su entorno porque, en la conversación, impone lo irrelevante, salta entre temas...
El ser inteligente, por el contrario, muestra una disponibilidad hacia lo real. Adam subraya que reconocer las limitaciones propias en cuanto a los conocimientos es estar ya en camino de aprender (…)
UNA GUÍA RÁPIDA PARA RECONOCER A LOS ESTÚPIDOS
Los estúpidos no se interesan por la realidad. Se «desconectan» de ella de manera activa y militante, reemplazando el mundo por su propia actitud frente al mundo. No se interesan por los datos precisos, por los diferentes niveles de abstracción, ni tampoco por las posibles perspectivas divergentes. La tendencia de los estúpidos es creerse el centro del universo, y una conversación es para ellos en primer lugar una posibilidad de decir su opinión. Hablan de sí mismos. Es un tema en el que no necesitan realizar una investigación previa y en el que son expertos.
Fuente:


jueves, 28 de mayo de 2015

Moeller: Jesucristo en la mentalidad contemporánea



Ofrecemos a nuestros lectores unas páginas de Charles Moeller sobre Jesucristo en la mentalidad contemporánea. Hace algunas consideraciones sobre Simone Weil* que tal vez alguno de nuestros lectores pueda criticar o matizar.
I. JESUCRISTO PARA LOS NO CRISTIANOS
La humanidad de Jesús, como su divinidad, se comprende mal en los medios no cristianos: o Jesús no es más que un hombre, o no es más que un Dios, pero en ambos casos su «encarnación» no tiene el sentido ortodoxo que le da el cristianismo.
1. Jesús no es más que un hombre.
Ya los judeocristíanos hacían de Jesús el más grande de los profetas, pero le negaban la cualidad de Hijo de Dios. Si saltamos por encima de diecinueve siglos de historia, nos encontramos con Renán, quien en su Vida de Jesús nos ha dado un retrato idílico (y falso) de aquel a quien él llamaba el «hombre perfecto», un «dulce idealista», un «revolucionario pacífico». Hay todavía muchos no cristianos que sienten una profunda admiración por el hombre que fue Jesús. Sin mucho peligro de error, se podrían distinguir dos corrientes: la primera ve en Jesús la encarnación casi perfecta del sentimiento religioso; la segunda se complace en subrayar en Él el amor «a los humildes y a los desgraciados»: Jesús hombre sería una especie de primer testigo de un «socialismo evangélico».
Los no cristianos que ven en Jesús un testigo del sentimiento religioso pertenecen, históricamente, al liberalismo protestante. Harnack, en 1888, reduce el cristianismo a la revelación del sentimiento filial hacia Dios-Padre. Esta religión puramente interior debería estar limpia de todo un revestimiento mitológico (todo eso que los católicos llaman el dogma); así purificada, la fe cristiana sería una de las expresiones más simples y más universales del sentimiento religioso al estado puro: el sentimiento de la dependencia ante Dios, matizado con una nota de confianza en otras grandes religiones no cristianas, el bramanismo de Ramanudja, por ejemplo. El presupuesto central es que Jesús no es un Dios encarnado.
Una variante de la tendencia religiosa a propósito de Jesús es la que representa, por ejemplo, Gide. La citamos porque es típica. Según el autor de Nourrítures terrestres, Jesús no ha sido nunca nada más que el profeta de la alegría (en el sentido gidiano, una especie de hedonismo panteísta); el evangelio no contendría ninguna advertencia sobre «el renunciamiento y la ascesis». La frase «Dios es amor» debe ser invertida: «El amor es Dios.»… 
La segunda tendencia que domina el mundo no cristiano a propósito de Jesús procede de esas «verdades cristianas convertidas en locura», de las que ya habla Chesterton. Actualmente está todavía muy extendida, porque la sostiene la poderosa corriente social que atraviesa nuestro siglo. Recuérdese la palabra de Maurras sobre el «fermento revolucionario de las bienaventuranzas y del Magníficat», del que la Iglesia habría hecho bien en expurgar el catolicismo, por medio de su organización política y social. Históricamente, esta corriente de evangelismo social se origina en las ideologías progresistas de los siglos xviii y xix: durante mucho tiempo han sido el vehículo de las ideas cristianas, podadas de todos sus contextos dogmáticos. Es el famoso «perfume del vaso quebrado» del que hablaba Renán. Actualmente, cierto número de revolucionarios ateos ven en Jesús un lejano antepasado del socialismo. Dicen a veces que de buena gana aceptarían el evangelio, pero que no pueden sino combatir con todas sus fuerzas a un cristianismo al que la Iglesia ha comprometido definitivamente con el capitalismo. Pero entiéndase bien: el Jesús evangélico al que admiran de esa manera no es bajo ningún título un Dios, sino solamente una encarnación de la religión del hombre o, mejor, de la religión del pueblo. 
Las categorías de pensamiento que están subyacentes en estas dos tendencias, actualmente están bien superadas, tanto en la exégesis como en la ciencia y la filosofía. Pero no conviene hacerse ilusiones: el racionalismo que ama todavía en Jesús y en su mensaje «el perfume de un perfume, la sombra de una sombra» tiene todavía innumerables representantes. Conviene establecer siempre, con los métodos más rigurosos posibles, que es razonable creer en la divinidad de Jesús.
2. La encarnación de Jesús no es un «avatar» entre otros muchos.
Hay no cristianos que ven en Jesús una encarnación de lo divino, de lo absoluto. Solamente que no sería sino una manifestación entre otras muchas de los descendimientos sucesivos de Dios en el tiempo: Osiris, Vishnú, Zoroastro, Buda serían otros ejemplos. En otros términos, Jesús no sería más que un ejemplar, el más perfecto, conceden algunos, de esa revelación del Dios trascendente al hombre aprisionado en la cárcel de la materia y del tiempo. Más allá de todas las diferencias aparentes entre las diversas encarnaciones del absoluto, convendría remontarse hasta un substrato religioso universal idéntico. Este substrato estaría claramente expresado en los místicos persas e hindúes. Los que no ven en Jesús más que al hombre, siguen el error atribuido a Nestorio ; los que, por el contrario, no ven en Él más que una epifanía transitoria de un absoluto impersonal, se inspiran, sin saberlo, en la herejía doceta. O, mejor todavía, siguen a la gnosis en todas sus distintas variedades. El relativismo religioso pone en peligro el carácter único y trascendente de Jesús.
Thomas Mann, en José y sus hermanos, es un testigo de este sincretismo «alejandrino», pero lo rebaja en el sentido de un humanismo profano, por lo menos ante la crisis abierta por Doctor Fausto… Hay que decir lo mismo de las novelas «místicas» de Somerset Maughan, de Morgan, de Abellio.
El relativismo religioso, conjugado con la fascinación que producen la gnosis, las místicas orientales y todas las formas del metapsiquismo, es uno de los peligros más graves en la actualidad, porque se esconde bajo el velo de un misticismo religioso aparentemente universal; además, estas ideologías atraen por las promesas vagas de poner al creyente en contacto palpable con el invisible.
La figura de Jesús está ahogada en un océano de tradiciones religiosas deformadas para poder entrar en el cuadro de este sincretismo. Aunque por su vida y en gran parte por su mismo pensamiento está fuera de estas críticas, la intuición central del pensamiento religioso de Simone Weil es igualmente gnóstico. Afirma en diversas ocasiones, en sus Cahiers, y repite en su Lettre á un religieux, que quizá ha habido diversas encarnaciones de Jesús. Además, una de las articulaciones centrales de su pensamiento es la de rechazar el Antiguo Testamento y valorar las tradiciones religiosas egipcias, hindúes, persas, griegas. El pensamiento de Simone Weil es, en lo esencial, y a pesar de sus grandes aciertos en los detalles, una renovación del catarismo. En Jesús, la autora no ha querido ver más que la pasión; niega la resurrección de la humanidad del Salvador: una doctrina que la rechaza no puede ser ya un «cristianismo parcial»; no es en absoluto cristiana, porque el cristianismo es, en Jesús, Dios encarnado y resucitado, doctrina de muerte y de vida. El esnobismo de muchos cristianos por el pensamiento de Simone Weil es un índice típico del relativismo religioso que marca la evolución religiosa de nuestro siglo. La gnosis es la tentación permanente que acecha al espíritu que ha desconocido a Cristo (o que lo ha ignorado). Es la tentación por excelencia, la que constantemente separa de Jesús (se trata, desde luego, de la gnosis herética).
El relativismo religioso es una tendencia muy extendida. Las categorías del pensamiento, los métodos de investigación sobre los que pretendía fundarse, actualmente están superados por la exégesis, la historia de las religiones, la filosofía y la teología. Por desgracia, ese juego de fáciles paralelismos entre Jesús y Buda, por ejemplo, atraerá siempre al gran público, que, evidentemente, no está preparado para comprender las disciplinas matizadas y complejas de la historia de las religiones. Todo el mundo no puede saber que el sistema de un Reitzenstein, por ejemplo, no es tomado en serio por los especialistas. Sólo los investigadores serios caerán en la cuenta de la falta de rigor histórico de que adolecen estos paralelismos. El ambiente catastrófico de este tiempo induce, por el contrario, a la tentación de abandonarse a hipótesis explicativas en las que Jesús se convierte en un simple «avatar» del absoluto. Es necesario, por lo tanto, en apologética, dar a conocer a los alumnos el verdadero estado de las ciencias religiosas sobre este asunto. El libro de Huby, Christus, es todavía indispensable, aunque haya sido ya superado en muchos puntos.
La corriente del sincretismo parece muy diferente de la que representa, por ejemplo, el último Gide. En realidad, estas dos tendencias surgen de la misma fuente, el racionalismo religioso. Por ambas partes, la atracción de una explicación enteramente transparente del universo es la que anima en secreto la gnosis moderna y el amor a un Jesús puramente hombre; no son más que dos vertientes de un mismo desarrollo, el de un universo que a partir de los enciclopedistas ha desconocido a Jesús, Dios y hombre.
Tomado de:

Moeller, Ch. Mentalidad moderna y evangelización. 2ª ed., Herder (1967), ps. 123-127.



* N. de R.: La obra de Moeller es de la década de 1960. Recién en mayo de 1988, en un encuentro de la American Weil Society en Cambridge, Massachussets, Simone Dietz, amiga de Weil, luego de años de silencio, reveló que unos pocos meses antes de morir, Simone le pidió que la bautizara, lo que ella hizo de inmediato.

martes, 26 de mayo de 2015

Pío XII y el sacerdocio bautismal




Como complemento de la serie anterior, recordamos en esta entrada que el papa Pío XII habló acerca del sacerdocio bautismal en 1947, en la conocida encíclica Mediator Dei, y que volvió a hacerlo el 2-XI-1954, al dirigirse a los obispos y cardenales, en el documento Magnificate Dominum. De este documento, transcribimos hoy dos pasajes, con algunos comentarios nuestros y resaltados que agregamos al texto original.
En primer lugar, vemos Pío XII reconoce la existencia de un sacerdocio bautismal, que no puede negarse, ponerse en duda, ni infravalorarse. Cita palabras de la Escritura que le parecen decisivas. Pero no precisa la esencia y propiedades del sacerdocio común, aunque enfatiza su diferencia esencial con el sacerdocio jerárquico.
7. Verdad que no puede negarse ni ponerse en duda que los fieles tienen un cierto sacerdocio, ni tampoco procede el desestimar éste ni rebajarlo. Porque el mismo Príncipe de los Apóstoles, al hablar a los fieles, usa de estas palabras en su primera Carta: Mas vosotros sois un linaje escogido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo de adquisición; poco antes, afirma que corresponde a los fieles un sacerdocio santo, el ofrecer hostias espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Mas, cualquiera que sea el verdadero y exacto significado de este título honorífico y de su contenido, se ha de tener por muy cierto que este «sacerdocio» común a todos los cristianos, aun siendo elevado y arcano, se diferencia no sólo en grado sino también en esencia del sacerdocio verdadera y propiamente dicho, que consiste en la potestad de realizar, representando a la persona de Cristo Supremo Sacerdote, el sacrificio del mismo Cristo. 
En el pasaje que transcribimos a continuación toca la dimensión práctica del tema. Por una parte, advierte sobre legítimas proyecciones de la doctrina del sacerdocio bautismal en la participación litúrgica de los fieles. Por otra, no deja de señalar abusos que pueden darse en la aplicación de esta doctrina (por desgracia, muy frecuentes en la actualidad). Por último, es interesante notar que ya en 1954 existía alguna desviación -doctrinal o práctica- en esta materia: de aquellos polvos, estos lodos...
8. Por ello Nos gozamos de que en muchas diócesis han surgido Institutos singulares de Liturgia, se han constituido asociaciones litúrgicas, se han nombrado asesores para el fomento de la Liturgia, y se han celebrado Congresos de Liturgia diocesanos, y aun inter-diocesanos, hallándose en preparación los internacionales. Y Nos causa gran placer el que, en algunos casos, aun los mismos Obispos asistan a estos Congresos, e incluso los presidan. A veces tales Congresos han tenido como singular norma práctica el que un solo sacerdote diga la Misa, mientras los demás (o todos, o la mayoría), asisten a ella, recibiendo la sagrada Comunión de manos del que celebra. Puede ello permitirse, si hubiere causa justa y razonable; y, si el Obispo no determinase otra cosa para evitar la admiración de los fieles, no puede censurarse, siempre que ello no se fundare en el error a que antes Nos hemos referido. En los temas tratados en dichos Congresos, se han discutido cuestiones tocantes a la historia, a la doctrina y a la práctica de la vida [litúrgica]; y se ha llegado a las conclusiones y propuestas que parecían más necesarias o convenientes para un mejor desarrollo, siempre que se sometieren al juicio de la autoridad eclesiástica. Entusiasmo por la sacra Liturgia, que no se limitó a dichos Congresos; porque a la vez fué creciendo la convivencia y la práctica litúrgicas de tal suerte que los fieles, en número y frecuencia cada vez mayores, son atraídos a la unión activa y a la comunión cón el sacerdote que celebra la santa Misa.
Mas, por mucho que favorezcáis justamente la práctica y el desarrollo de la sagrada Liturgia, cuidad bien en vuestras diócesis, Venerables Hermanos, de que los consagrados a tales materias no puedan en modo alguno sustraerse a vuestra autoridad y vigilancia, intentando dirigir o cambiar a su propio arbitrio la sagrada Liturgia, y ello contra las claras normas establecidas por la Iglesia: Tan sólo a la Sede Apostólica corresponde el ordenar la sagrada Liturgia y el aprobar los libros litúrgicos, y principalmente en lo que se refiere a la santa Misa: Reprobada toda costumbre contraria, el sacerdote, al celebrar piadosa y devotamente, guarde las rúbricas de sus libros rituales, y cuide de no añadir otras ceremonias u oraciones según su propio arbitrio. Nunca, por lo tanto, concedáis vuestra aprobación o consentimiento a semejantes intentos, no ya prudentes sino excesivamente audaces



domingo, 24 de mayo de 2015

Sacerdocio bautismal (y 4)


Publicamos hoy la última parte de nuestra selección de textos del estudio del p. Sauras. Hemos resaltado los pasajes que nos parecen más importantes. 
La imagen que ilustra esta entrada es de Santa Margarita de Escocia, quien por bautizada poseyó el sacerdocio común de los fieles. Pero en cuanto mujer, nunca hubiera podido recibir el sacerdocio jerárquico, ya que las mujeres no pueden ser sujetos del sacramento del Orden. Cuando alguien pregunte "por qué en la Iglesia las mujeres no pueden ser sacerdotes", se le podrá responder: todas las mujeres lo son; pero con sacerdocio común, no jerárquico, por estar bautizadas.
c) Explicación teológica.
Vamos a explicar este sacerdocio común o laical. Y para ello tomaremos como punto de partida la relación inseparable que en toda religión hay entre el sacerdocio y el sacrificio, y luego la relación que hay en la religión cristiana entre el sacrificio y, por lo tanto, el sacerdocio y la Eucaristía. 
Explicación negativa.
¿Qué no pueden hacer en el sacrificio cristiano los fieles con su sacerdocio común o laical, qué poder no tienen y qué no son? No pueden inmolar la víctima sagrada que es Cristo, ni administrar o ser ministros de lo divino para los demás. Pero pueden ofrecer dicha víctima y, además, pueden ofrecerse e inmolarse a sí mismos juntamente con ella. El poder que no tienen es propio del sacerdocio jerárquico o ministerial; por eso no son sacerdotes como los que han recibido el sacramento del orden.
Hay sacerdotes jerárquicos, instituidos mediante el sacramento del orden. La Sagrada Escritura no los llama con este nombre, sino con el de presbíteros. Pero no hacemos ahora hincapié en la palabra. De hecho, los presbíteros de que se habla en los Hechos y en las Epístolas pastorales habían recibido del Señor el poder de realizar los misterios cristianos o de convertir el pan en el cuerpo y el vino en la sangre de Cristo. "Haced esto en memoria mía", dijo a los Apóstoles (31), y en ellos a sus sucesores en el sacerdocio (32). Poco importa la diferencia de nombres cuando hay coincidencia en su significado. Ni el Evangelio, ni las Epístolas, ni los Hechos llaman sacerdotes a quienes, consagrando el cuerpo del Señor, le sacrifican en el altar. En el texto de San Lucas se les llama apóstoles, pues es a los Doce a quienes dijo: "Haced esto en memoria mía". Los que en los Hechos y en las Epístolas paulinas se llaman presbíteros, también consagraban. Pero insistimos en que no interesa el nombre. Consagrar, sacrificar, es propio del sacerdote. Y a fines del siglo II, a quienes hacen esto se les llama sacerdotes por antonomasia, nombre con el que se han quedado.
Pues bien, los sacerdotes con sacerdocio común, los que se nombran en la Escritura con el nombre clásico de tales, los fieles, tienen intervención en el sacrificio, puesto que son sacerdotes y no hay sacerdocio sin referencia al sacrificio. Pero esta intervención no puede ser la de consagrar. En esto están conformes la revelación, la teología y el magisterio eclesiástico.
La Escritura asegura que convertir el pan en el cuerpo del Señor no es menester encomendado a todos, sino a un grupo, a los Doce; no es quehacer común, popular o laical, sino de escogidos, de grupo, clerical. Y que así se hacía también en la celebración de los misterios cristianos en los primeros tiempos, consta por el testimonio de los Padres más antiguos. Baste recordar el de San Justino, quien en la minuciosa exposición que en la Primera Apología hace de la celebración del misterio eucarístico, dice expresamente que la oración la recitan todos; la anáfora y la consagración la hace sólo el que preside; la administración, los diáconos (33). Los fieles ni consagran ni administran.
Veamos lo que enseña la teología. Pregunta Santo Tomás en un artículo de la Suma "si la consagración del sacramento eucarístico es función propia del sacerdote" (34). Y responde que sí, de tal suerte que nadie más que él puede hacerla. En la dificultad segunda dice, objetando, que también los laicos "possunt hoc sacramentum conficere" [puede realizar este sacramento]. Intenta probar la afirmación, pero la prueba no es eficaz. En la respuesta a la dificultad, afirma que los laicos no tienen poder sacramental; lo que sí tienen es "spirituale sacerdotium ad offerendum spirituales hostias, de quibus dicitur in Psalmo: Sacrificium Deo spiritus contribulatus; et ad Romanos: Exhíbete corpora vestra hostiam viventem. Unde in prima Petri dicitur: Sacerdotium sanctum, offere spirituales hostias"(35). [Un laico justo está unido espiritualmente a Cristo por la fe y la caridad, pero no por la potestad sacramental. Por tanto, posee el sacerdocio espiritual para ofrecer hostias espirituales, de las que se habla tanto en Sal 50,19: El sacrificio agradable a Dios es un espíritu contrito, como en Rom 12,1: Ofreced vuestros cuerpos como hostia viva. Por lo que en 1 Pe 2,5 se atribuye a todos un sacerdocio santo para ofrecer víctimas espirituales.] La exégesis del texto creemos que no tiene complicaciones…
Y tenemos, por último, las enseñanzas del magisterio de la Iglesia, recogidas en la "Mediator Dei", de Pío XII. Dice así: "Hay una razón más profunda para que pueda decirse que todos los cristianos, y especialmente los que asisten al altar, toman parte en el ofrecimiento. Y para evitar errores peligrosos en asunto tan importante es necesario precisar con exactitud el significado de la palabra ofrecimiento. Pues la inmolación incruenta, por medio de la cual, una vez pronunciadas las palabras de la consagración, Cristo está presente en el altar en estado de víctima, es realizada solamente por el sacerdote, en cuanto representa la persona de Cristo, y no en cuanto representa los fieles”.
En la Escritura, en la Tradición, en la teología, en las enseñanzas del magisterio eclesiástico, encontramos la misma idea negativa del sacerdocio laical; es un sacerdocio que no capacita para consagrar el cuerpo del Señor. Esta función está reservada al sacerdote jerarca, quien no la hace en nombre de los fieles, sino en nombre de Cristo. Tampoco capacita para el culto ministerial, como varias veces hemos dicho y explicaremos más adelante. El culto ministerial lo encomendó Cristo a los clérigos y no al pueblo; en el pasaje de San Justino anteriormente recordado está de manifiesto que el ministerio no era en la primitiva Iglesia cosa de los fieles; y Pío XII lo indica también en la "Mediator Dei": "Inútil es explicar hasta qué punto estos capciosos errores (los de la democracia o el igualitarismo sacerdotal por derecho divino) están en contradicción con las verdades antes demostradas... Recordemos solamente que el sacerdote hace las veces del pueblo, porque representa a la persona de Nuestro Señor Jesucristo, en cuanto El es cabeza de todos los miembros y se ofreció a sí mismo por ellos. Por eso va al altar como ministro de Cristo, siendo inferior a El, pero superior al pueblo" (39). El que es pueblo o laico no es ministro. El sacerdocio ministerial está sobre el laical.
Explicación positiva.
Suele describirse al sacerdote como un mediador entre Dios y los hombres. Y es cierto. Pero es necesario entenderlo bien sino queremos sembrar confusiones en materia tan delicada. Si la cosa fuera así, tal como suena, y sin necesidad de precisar más el concepto, el sacerdocio laical no existiría, porque acabamos de decir que no es ministerial. Por eso conviene que empecemos precisando bien el concepto de sacerdote.  
En teología hemos de huir siempre de los conceptos unívocos. Son tan diversos los sujetos de los que se predica una misma perfección, que con la univocidad nos sería imposible dar un paso. Desde el momento en que se acepta la analogía como criterio del conocimiento teológico, ya no hay inconveniente en encontrar diversas especies de una misma perfección o de un mismo atributo. No insistimos en esta nota criteriológica, que sin embargo, hemos querido recordar para salir al paso a las dificultades que puedan originarse del hecho de presentarse muchas veces el sacerdocio en la Escritura como una mediación.
Hay sacerdocio que es mediación, pero no todo. Por lo tanto, no es necesario ser mediador para ser sacerdote, aunque sí se precise serlo para una clase determinada de sacerdocio.
No se puede dudar de que entre el sacerdocio y la mediación hay relaciones muy profundas; es más, la mediación es esencial a determinadas clases de sacerdocio. San Pablo dice que todo pontífice tomado de entre los hombres, es instituido en favor de los hombres para las cosas que miran a Dios, para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados" (40)…
Sin embargo, la idea de mediación no es esencial al sacerdocio, sino sólo a determinadas especies sacerdotales. No todos los sacerdocios coinciden en ella; hay algo más elevado, más general, en lo que se dan cita. La mediación es esencial al sacerdocio de Cristo, que es sacerdocio capital; también lo es al sacerdocio pontifical o supremo; también al sacerdocio ministerial. Cristo nos reconcilió con el Padre mediante el sacrificio de sí mismo. Es medio entre Dios y nosotros. El sacerdote supremo es medio entre Dios y los inferiores. El sacerdote ministro es medio entre Dios, de quien recibe los bienes, y los fieles a quienes los da.
Pero pueden darse coyunturas en las que no tenga lugar la mediación. Adán dió culto al Señor, y culto sacerdotal; y en su caso no había mediación. Su sacerdocio y su sacrificio empezaban en él y terminaban en Dios, a quien con ellos rendía culto. Otro tanto sucedió con Abel, que ofreció sacrificio sin ser mediador de nadie ni para nadie. Y su sacrificio se recuerda en el canon de la Misa. En estos casos no había pontificado ni había ministerio, y, por lo tanto, sobraba toda idea de mediación. Si se dan dos casos, pueden darse más…
Sobre la idea de mediación está la de ofrecer sacrificio. Esta es la primordial en el sacerdocio. Con ella sola hay sacerdote; con ella y con mediación hay sacerdote-mediador, sacerdote-cabeza, sacerdote-pontífice, sacerdote-ministro. Sin ella y con mediación no hay sacerdocio posible…  
Los fieles no son mediadores; por eso su sacerdocio no es pontifical ni ministerial. Ya hemos dicho que estos sacerdocios implican la idea de mediación. Pero esto no es inconveniente para que sean sacerdotes. Pueden serlo, siempre y cuando realicen activamente el sacrificio, siempre y cuando tengan una dote o un poder sagrado que les capacite para ofrecer sacrificio. 
Veamos ahora algo sobre el sacrificio, para poder luego apreciar lo que los laicos hacen en él y ver, por lo tanto, cómo ejercen su sacerdocio. Puede darse algo de miopía doctrinal en lo referente al sacrificio, a causa de un exceso de determinaciones positivas. Están tan detallados los sacrificios en el Antiguo Testamento y tiene tal relieve el sacrificio del Nuevo, que fácilmente se puede perder de vista en esta fronda lo que es de derecho natural, fijando la atención exclusivamente en lo que es de derecho positivo. El sacrificio es de derecho natural, tiene una definición fundada en este derecho, definición que no debe desaparecer cuando se concreta en los diversos derechos positivos. Santo Tomás recuerda este carácter natural del sacrificio precisamente en el artículo primero de la cuestión que le dedica en el tratado De virtute religionis (44). Interesa, pues, ver cuál es la definición general. De hecho, y por determinación positiva de Dios, el sacrificio en nuestra liturgia cristiana es el del altar. Ya tendremos ocasión de ver más adelante cómo todo cuanto cabe en la noción natural de sacrificio, y que inmediatamente vamos a recordar, tiene cabida en la Misa. 
El sacrificio es un acto exterior, en el que se encierra un sentimiento de sumisión y de adhesión a Dios, mediante el ofrecimiento de algo nuestro que previamente se victima o santifica. Victimarse o hacerse víctima lleva implícita la idea de abatimiento. La víctima ha sido vencida o sometida.
Dentro de esta idea amplia, que es la que nos da el derecho natural (45), son verdaderos sacrificios la oblación de nuestras penalidades a Dios, como dice el Salmo: "Sacrificium Deo spiritus contribulatus" (46); y el ofrecimiento de nuestro cuerpo santificado, o limpio de sus imperfecciones, o mortificado, como dice San Pablo: "Exhibeatis corpora vestra hostiam viventem, sanctam, Deo placentem" (47). 
 *          *          *
Volvamos a los fieles, de quienes ya hemos probado más arriba que están investidos de poder sacerdotal. También hemos dicho que el sacerdocio se explica por su relación con el sacrificio, y que éste es un acto costoso, perfecto, imperado por la virtud de la religión, virtud que lo consagra, convirtiéndolo en cultual o en acto de alabanza y honor de Dios
La teología enseña que el culto de la religión cristiana se inicia en el sacrificio de la Pasión… Toda gracia cristiana se deriva del sacrificio del Calvario, y todo culto cristiano nace en el culto supremo tributado a Dios en el Calvario también. De lo que allí sucedió reciben los sacramentos su eficacia y su virtud; de allí y por éstos nos llegan la gracia de Jesucristo y los medios con los que podemos rendirle el culto preceptuado por El. La Cruz es para nosotros la fuente de la gracia y la fuente del culto que debemos tributar al Señor. Las dos cosas se nos dan por los sacramentos…
Pero [los sacramentos] no se ordenan a los dos fines produciendo un mismo efecto. Quitan los pecados produciendo la gracia, y capacitan para el culto, según la religión de la vida cristiana, produciendo el carácter. Los caracteres sacramentales son signos espirituales indelebles, con los que los cristianos se distinguen de los que no lo son. Estos signos distintivos son potencias que capacitan para realizar el culto que los paganos no pueden realizar… La idea se repite con frecuencia en el tratado que en la Suma dedicó Santo Tomás al estudio del carácter…. clasifica los tres caracteres en dos apartados: el carácter del orden es una potencia activa, y se ordena a hacer el culto; el de la confirmación, y más particularmente el del bautismo, es una potencia pasiva, y se ordena a capacitar a quien lo recibe para ser sujeto pasivo del culto mediante la recepción válida de los otros sacramentos (53). 
Esto, expresado de manera tan absoluta, no es toda la verdad. Ciertamente que el carácter bautismal es más acusadamente pasivo, pues con él se capacita el hombre para recibir válidamente los otros sacramentos; y por ser más acusadamente pasivo se le llama potencia pasiva, ya que "res denominantur a potiori". Pero tiene también características activas, aunque no tan acusadas como las del carácter del orden. El propio Santo Tomás indica esta nota activa del carácter Bautismal cuando escribe, hablando precisamente de la diferencia que hay entre el carácter de la confirmación y el del bautismo: "In baptismo accipit homo potestatem ad ea agenda (poder o carácter activo) quae ad propriam pertinent salutem, prout scilicet secundum seipsum vivit" (54). El poder cultual que da el carácter del bautismo es acusadamente pasivo; pero también pueden hacerse con él actos de culto, aunque sin carácter representativo. En otras palabras, las características activas de este culto no son representativas o ministeriales. Pero que existen características activas es indudable. Con este carácter, nos ha dicho el Angélico, se capacita el hombre "ad ea agenda..."; y el agere es el acto de la potencia activa, a diferencia del pati o del recipere, que es el acto de la pasiva.
La “Mediator Dei” también recuerda el aspecto activo de la capacidad cultual del carácter del bautismo. El Papa habla en ella de que "los fieles ofrecen también la víctima divina", aunque bajo un aspecto distinto a como la ofrecen los sacerdotes-ministros, pues éstos la ofrecen consagrando y representando en la oblación a los demás fieles. Quede constancia de que los fieles ofrecen. "Ofrecen el sacrificio, no sólo por medio del sacerdote, sino también, y en cierto modo, juntamente con él". Esto respecto a la víctima principal, que es Cristo. Más adelante explicaremos que en el altar hay otras víctimas, y entre ellas el propio fiel. Pues bien: respecto a esta segunda víctima, es necesario "que los fieles se inmolen a sí mismos como víctimas". Decir que todas estas expresiones tienen sentido pasivo, creemos que sería una cosa sin sentido. Ahora bien, este poder oferente lo tienen los fieles por el carácter bautismal…
Nada de exclusivismo pasivo en el carácter bautismal; también tiene características activas. Este carácter es la primera participación del sacerdocio de Cristo, participación que alcanzan todos los bautizados.
Esta verdad sobre el sacerdocio común de los fieles comunicado en la recepción del bautismo fué profesada siempre teórica y prácticamente… en los laicos se da lo que es esencial en el sacerdocio. Este es un estado que se caracteriza por un poder sagrado para ofrecer sacrificios a Dios. Ahora bien, el sacrificio se ofrece de maneras esencialmente diversas, aunque todas son maneras propias de ofrecer sacrificialmente, o todas son auténticos ofrecimientos sacrificiales; no son maneras impropias ni ofrecimientos sacrificiales metafóricos. La “Mediator Dei” recuerda dos modos de ofrecimiento sacrificial: uno, el ofrecimiento inmolaticio que se hace al consagrar, y lo hace el sacerdote jerárquico o ministro; otro, el ofrecimiento de lo inmolado por el ministro, y lo hacen el ministro y los fieles juntamente con él.
Para hacer estos dos ofrecimientos sacrificiales, esencialmente diversos, se requieren dos poderes esencialmente diversos también, pero los dos sacerdotales, porque los dos son activos en orden al sacrificio. El primer poder es el que da el carácter del sacramento del orden; el segundo es el que da el carácter del sacramento del bautismo. Dos formas sacerdotales propias, auténticas, aunque diversas entre sí. Estamos en un caso de verdadera analogía propia. Y no en un caso de analogía metafórica
Que para realizar cada uno de estos dos ofrecimientos sacrificiales se requieran formas o poderes sacerdotales diversos, lo dice claramente también la encíclica citada…
No desearíamos terminar esta explicación sin hacer una advertencia.
Y es que no se habría dado cuenta de la verdadera dimensión teológica que tiene el sacerdocio de los laicos quien pensara que depende todo él de determinadas explicaciones del carácter sacramental y de determinadas explicaciones de los actos que los laicos realizan en el sacrificio de la Misa. Lo que hasta aquí hemos dicho sobre estas cosas lo estimamos cierto. Lo enseña la teología y lo confirma la encíclica de Pío XII. Pero no pasa, de ser una explicación del hecho. El hecho está sobre la explicación. El hecho de este sacerdocio no se prueba por los caracteres, sino por la revelación. Lo enseñan la Sagrada Escritura, la Tradición y la liturgia. La teología lo explica del modo dicho. Caso de que los caracteres no sirvieran para explicarlo, habría que recurrir a otro medio de explicación, mientras no se demostrara que el sacerdocio laical o real o común no se contiene en las fuentes de la revelación. 
La existencia del sacerdocio laical está basada en algo aún más fundamental que la explicación que la teología da de los caracteres y de los actos que los laicos realizan en la Misa. La explicación teológica que hemos dado creemos que está suficientemente autorizada, pero no pasa de ser eso, una explicación. No una prueba definitiva del sacerdocio. Esta prueba ya hemos dicho que está en la revelación y en la liturgia. El hecho lo explica la teología apelando a los caracteres sacramentales, y esta explicación creemos que es firme, porque goza del asentimiento de los grandes maestros y porque, además, ha sido propuesta por Pío XII en la “Mediator Dei”.
A pesar de todo lo dicho, el sacerdocio real de los fieles encuentra bastante oposición en algunos teólogos, cada día menos, que no han logrado desentenderse todavía de viejos prejuicios antiprotestantes y no logran ver que es una verdad muy alejada del error de los reformadores. Es curioso y distraído verles especular con las palabras de la “Mediator Dei” para persuadirse a sí mismos, por fin, de que no se habla en ella de un auténtico sacerdocio, laical, popular o común. Siendo taxativa y rotunda la doctrina afirmativa de la encíclica, como lo es, según hemos probado, la de la Escritura, la de la Tradición y la de la teología… 
Tomado de:
Sauras, E. EL LAICADO Y EL PODER CULTUAL SACERDOTAL ¿EXISTE UN SACERDOCIO LAICAL? Ponencia presentada en la XIII SEMANA ESPAÑOLA DE TEOLOGÍA, Madrid, CSIC (1954), pp. 3 y ss.


sábado, 23 de mayo de 2015

Sacerdocio bautismal (3)

“En virtud del carácter bautismal, toda la Iglesia militante se hace sacerdotal y posee el poder de ofrecer a Cristo, como Sacerdote y Hostia, a la Trinidad”. “El carácter bautismal, configurándonos con el sacerdocio de Cristo, nos hace entrar en el movimiento de oblación perpetua de Cristo Sacerdote, siempre vivo ante la faz del Padre para alabarle y para interceder en favor nuestro” (M.M. Philipon, OP, Les sacrements dans la vie chrétienne. Desclée de Brouwer [1945], passim).

EL SACERDOCIO DE LOS LAICOS
Los laicos están en posesión de muchos poderes sagrados activos, con los que hacen Iglesia, pero no todos son sacerdotales. Pueden ejercer actividades de muchas clases. Lo divino que llega a ellos es un reflejo de lo divino que hubo en Cristo, de quien son miembros, y de cuyas perfecciones participan en mayor o menor grado… El sacerdotal es un destino cultual, pues, como veremos, el sacerdocio se instituyó para el sacrificio, que es el acto principal del culto. Los títulos de rey y de profeta tienen otros destinos. La gracia, el profetismo, la realeza sobre las cosas, el sacerdocio, son participados por los fieles en algún grado. 
Uno de los poderes activos que poseen todos los cristianos tiene características sacerdotales. La afirmación tiene sentido restrictivo; se trata de características sacerdotales distintas de las que poseen los sacerdotes constituidos en jerarquía. Es extraño cómo esta afirmación, entendida en el sentido restrictivo que se acaba de indicar, sentido que no solamente se supone, sino que se expresa de ordinario cuando se habla del sacerdocio común de los cristianos, encuentre entre algunos teólogos tan enconada oposición.
De este sacerdocio habla la Escritura, y hablan, con notable unanimidad, las tradiciones patrística, litúrgica y teológica. Algo de todo esto diremos más adelante. El protestantismo negó que existiera por derecho divino sacerdocio jerárquico, y afirmó que todos los fieles son igualmente sacerdotes. Trento definió la existencia de la jerarquía sacerdotal, sin que negara con ello el sacerdocio común. Es aquélla la que negaban los reformadores, y es aquélla la que definió el concilio. Quienes nos oponen hoy las palabras conciliares, cual si con ellas quedara en entredicho la doctrina sobre el sacerdocio común de los cristianos, parecen no haberse percatado del sentido de las decisiones tridentinas, a pesar de ser tan claro; o no darse cuenta del sentido que dan hoy a sus afirmaciones quienes, siguiendo la tradición moralmente unánime, y apoyados en la doctrina teológica sobre la naturaleza del carácter sacramental, defienden el sacerdocio común de todos los fieles. Piensan que Trento negó este sacerdocio, cuando lo que hizo fué afirmar otro sobre éste. O piensan que nosotros negamos el jerárquico, que está sobre éste, cuando nos limitamos a afirmar que hay otro debajo de él.
Este sacerdocio de los laicos recibe en la tradición muchos nombres, y su contenido se explica de maneras distintas. Se le llama "sacerdocio de los laicos", "sacerdocio espiritual", "sacerdocio común", "sacerdocio místico", "sacerdocio relativo", "sacerdocio bautismal", porque se comunica con el bautismo; "sacerdocio incoativo", porque viene a ser como el principio del otro, del jerárquico, que es más perfecto. Y no falta quien le llama también "sacerdocio metafórico, impropio y figurado". Pero no nos engañemos... No pensemos que sacerdocio bautismal… quiere decir, en boca de quienes así lo llaman, sacerdocio metafórico, impropio y figurado. Son los menos los que piensan que es metafórico, impropio y figurado. No puede serlo, desde el momento en que la tradición patrística pone como base de este sacerdocio la consagración bautismal, y la teológica el carácter del bautismo. 
Nosotros vamos a hablar del sacerdocio laical como de una consagración auténtica y real, con lo que no haremos otra cosa más que seguir la tradición constante de los Padres y de los teólogos. Contra esta posición reaccionan algunos teólogos modernos, calificándola de errónea y oponiéndole los textos tridentinos, de los que ya dijimos antes que no vienen al caso, pues lo que se intenta en ellos es defender el sacerdocio jerárquico, sacerdocio que con la doctrina que vamos a exponer queda totalmente intacto.
Quede claro, pues, que lo que vamos a decir, afirmando el sacerdocio común de los fieles, no pone en entredicho la existencia por derecho divino del sacerdocio ministerial conferido en el sacramento del orden. Pero quede claro también, y es nuestra obligación probarlo, que, además del ministerial reservado a un grupo determinado, al clero, se da el general, el popular, el bautismal, el sacerdocio laical, dando a esta palabra el sentido teológico que queda expuesto más arriba.
Vamos a probar su existencia, exponer su naturaleza y explicar sus funciones.
a) El sacerdocio de los fieles en la Biblia.
La Sagrada Escritura utiliza con bastante frecuencia la palabra sacerdote, y nunca la aplica a los que llamamos sacerdotes hoy, o sea, a los sacerdotes ministeriales o jerárquicos. La aplica, sí, a los sacerdotes o liturgos de las religiones paganas, a los sacerdotes judíos, a Cristo, a los cristianos. Es digna de tenerse en cuenta esta particularidad. Hiereus, que es el término griego en cuestión, se utiliza cuando se habla de Cristo, a quien tantas veces llaman sacerdote las Epístolas y los Evangelios; o de los cristianos, a los que también se llama así en la primera Epístola de San Pedro y en el Apocalipsis.
A los que hoy llamamos sacerdotes, a los que clasificamos en grupo aparte por haber recibido el sacramento del orden, no se les llama sacerdotes ni una sola vez. Hay otros nombres con los que se les designa. Los clérigos de hoy se designan con los nombres de obispos, presbíteros y diáconos. Nombres que no son sinónimos de sacerdote, aunque de hecho los obispos y los presbíteros lo fueran. Repetimos que el término Hiereus o sacerdote se reserva para Cristo y para los fieles.
Con esto no queremos decir que nuestro sacerdocio jerárquico no sea de institución divina. Hablamos ahora sólo de los términos o de las palabras, y señalamos el detalle de que en la Escritura no se utiliza la palabra sacerdote cuando se habla de ellos y sí cuando se habla del común de los cristianos. Sabemos, sin embargo, que a los que hoy llamamos sacerdotes por antonomasia, a los llamados en la Escritura presbíteros, les dió Cristo poderes excepcionales; entre ellos, el de consagrar su cuerpo y su sangre, o el de sacrificarle en el altar; y este poder es específicamente sacerdotal. Pero insistimos en que no aparecen nombrados con la palabra sacerdote ni en la Biblia ni en la tradición primitiva hasta fines del siglo II…
Si de la consideración del nombre pasamos a la de la realidad significada con él, nos encontramos con que los términos hiereus, hierateuma, sacerdote y sacerdocio, aplicados a los laicos en la Biblia, se refieren a una realidad típicamente sacerdotal. O sea, que la Escritura no sólo aplica a los fieles el término sacerdote, sino que además les atribuye funciones sacerdotales. Para persuadirnos de ello vamos a recordar los textos clásicos...
[A continuación, Sauras trascribe y comenta numerosos pasajes de san Pedro, san Pablo y el Apocalipsis. Omitimos su transcripción por razones de brevedad]
 b) El sacerdocio de los laicos en la Tradición.
El estudio esquemático del sacerdocio de los fieles en la tradición está hecho. La encuesta publicada por el P. Dabín es completa. Podrá perfeccionarse en detalle ; podrán hacerse estudios particulares y específicos más perfectos que el suyo sobre el sacerdocio laical en algunos autores o escritores determinados, como el de Lécuyer, por ejemplo (29). Pero en la obra, aunque sujeta a rectificaciones de detalle, en su conjunto es perfecta. Y en ella se aprecia la unanimidad con que las tradiciones patrística y teológica hablan del sacerdocio laical. No siempre lo llaman así, pero sí siempre hablan de una consagración sacerdotal que poseen todos los fieles. Vamos a presentar el resumen de las enseñanzas tradicionales sobre este punto, resumen hecho en sus líneas generales por el propio P. Dabín en la introducción de la obra citada. Los puntos capitales son los siguientes
Primero. Los Padres y los teólogos se pronuncian en favor del sacerdocio real de los fieles con una unanimidad que podríamos llamar moral. Aun en los tiempos de reacción contra la herejía protestante, cuando parece que menos debía admitirse este sacerdocio, se admite. La unanimidad afirmativa en orden a su existencia no es, sin embargo, unanimidad en orden a su naturaleza, pues la explican de maneras diversas. 
Segundo. Nunca se confunde este sacerdocio con el jerárquico, conferido mediante el sacramento del orden. Nunca se confunde, y, en cambio, abundan los testimonios explícitos que lo distinguen.
Tercero. El sacerdocio real o laical o común se propone, más que comparándolo con el jerárquico, y, por lo tanto, diciendo lo que no es, comparándolo con los paganos y diciendo lo que es. Es un sacerdocio o una consagración que poseen todos los bautizados y del que carecen los que no lo están. La tradición sigue en esto las enseñanzas de San Pedro, quien habla de él como de cosa privativa de los creyentes, del pueblo de Dios, y, por lo tanto, como de cosa que no tienen los paganos, los que no son pueblo elegido.
Cuarto. Es un sacerdocio con carácter colectivo e individual a la vez. También en esto sigue la tradición la manera de hablar de la Escritura. San Pedro lo propone como un sacerdocio de la colectividad cristiana, a la que llama pueblo elegido, gente santa y sacerdocio real, utilizando para expresar esta última prerrogativa el término hierateuma; y San Juan lo propone como un sacerdocio individual o de cada uno. pues llama sacerdotes a los fieles, utilizando el término hiereus. Los Padres no ven contradicción en esto, y en ocasiones un mismo Padre habla a la vez del sacerdocio común o colectivo y del sacerdocio común o de todos y de cada uno.
Quinto. El sacerdocio común no es una metáfora. El Nuevo Testamento utiliza veintisiete veces la palabra espiritual. Veinticinco, en diversos pasajes, y dos, en el pasaje en el que San Pedro habla de este sacerdocio. En ninguna de las otras veinticinco tiene sentido de metáfora. Afirmarlo, pues, en éste sería hacer exégesis menguada.
Sexto. Sin embargo, algunos autores hablan de sacerdocio metafórico; pero no metafórico en sentido absoluto, cual si fuera algo carente de toda realidad sacerdotal propiamente dicha.

Después de este resumen no es extraño que el P. Dabín proponga la doctrina sobre el sacerdocio real o común de los fieles como doctrina teológicamente cierta. Tiene sólida base en la Escritura, en la Tradición y en la teología; tiene, entre otras, la base real y auténtica de los caracteres sacramentales, que son participaciones del sacerdocio de Cristo, y de los que, por lo menos el primero, está en todos los fieles. No falta quien va aún más lejos y no se contenta con asegurar que es doctrina teológica cierta, sino que dice que es de fe (29 bis). Quedémonos con que es teológicamente firme y que ponerla en tela de juicio es, como dice el Cardenal Innitzer, enfrentarse con algo que recibe el interés y favor de la más alta autoridad eclesiástica (30). En efecto, Pío XII ha hablado con claridad, como veremos luego