miércoles, 18 de noviembre de 2015

Blowback

Los neoconservadores (políticos) se indignan cuando algunos afirman que el intervencionismo militar norteamericano, pasado y presente, es factor de hostilidad en el mundo musulmán, facilita el reclutamiento de terroristas por parte de organizaciones como Al Qaeda o Isis, y puede contribuir a la comisión de atentados en las naciones de Occidente. La palabra “blowback” (tiro por la culata), acuñada por la CIA para uso interno, ahora es bastante común en el campo relaciones internacionales. Se refiere a las repercusiones no buscadas de políticas clandestinas por lo general, que no son de público conocimiento. El “blowback” es uno de los factores del terrorismo. Hacerlo explícito no implica, como es lógico, justificar o excusar a unos asesinos salvajes.

Financiamiento opaco o Blowback
¿Cómo es que una organización como EI [Estado Islámico], que reniega de la modernidad y sus avances de todo tipo, puede llegar a tener los alcances presentes? En este punto se abre una tangente que suele ser ocultada por gran parte de los medios de información masivos. El Estado Islámico de Iraq y Siria no se trata de un grupo que tomó por sorpresa a EEUU y sus aliados en la región. Se trata de una realidad mucho más compleja que esa visión naive.
El ascenso relámpago del EI, en gran parte, es la consecuencia de una estrategia con largo historial sostenida por Estados Unidos y sus aliados en la región (las monarquías salafistas árabes) que consiste en financiar secretamente grupos de este tipo para desestabilizar gobiernos que no están alineados con las pretensiones del establishment económico y militar estadounidense ni de sus socios sobre recursos naturales tan preciados y rentables como el petróleo o el gas.
Esta política de “dividir para reinar” ha proliferado en la región del medio oriente y el Magreb durante el desarrollo de la llamada “primavera árabe”, EEUU, a través de la OTAN, así como las monarquías de Arabia Saudita y Qatar y el Estado turco se han servido de la región como un tablero de ajedrez, provocando injerencias continuas en los sucesivos estallidos sociales que han tenido lugar en Egipto, Libia, Siria. Iraq, por supuesto, no ha sido ninguna excepción. La intervención ha sido indirecta por medio financiamiento a grupos de fundamentalistas yihadistas a través de petrodólares. Entre esos grupos se encuentra el EI.  (4)
Las monarquías como Arabia Saudita y Qatar son fundamentales en este esquema. Llevando a cabo un juego de doble rasero que los beneficia. Exportan fanáticos a otros países para que no causen problemas en casa. Estos difunden su visión yihadista, compatible con el salafismo institucionalizado de esas naciones absolutistas, en países de la región donde no predomina esa postura. Así como también los financia a través de dinero, recursos y armas. (5)
Lo que sucede con esta dinámica es que, durante la última década ha escapado del control estadounidense. Estos grupos utilizan el financiamiento mencionado para sus propios planes de reducir la influencia estadounidense y occidental en la región, aunque sin tocar a sus mentores monárquicos. Ya sucedió con Al-Qaeda, ahora sucede con EI. Que rompió las alianzas mantenidas con gran parte del arco de grupos fundamentalistas a causa de divisiones que responden a las ambivalentes relaciones entre Arabia Saudita y Qatar. Quienes siguen sus propios juegos de poder en la región. La actual postura en contra de los saudíes hacia el Estado Islámico es una señal elocuente de que este grupo es financiado en forma opaca por la monarquía qatarí.
El Gobierno de EEUU, luego de mantener una postura pasiva de apoyo indirecto a los grupos fundamentalistas que tomaron el poder en Libia y la resistencia en Siria, ha enviado fuerzas militares nuevamente a Iraq ante la avanzada del Estado Islámico de Iraq y Siria sobre recursos estratégicos que amenazan intereses estadounidenses en ese país.
Visto en:

martes, 17 de noviembre de 2015

Derecho a réplica

Esta bitácora no es expresión del «nacionalismo católico argentino». Razón por la cual no nos preocupa si nuestra «línea editorial» está dentro o fuera de los cánones de «pureza doctrinal» de dicho movimiento político-cultural. Opinamos, según nuestro leal saber y entender, desde una posición «independiente».
Cuando se trata de la «ortodoxia católica» procuramos ser fieles a la Tradición. Conscientes de nuestra falibilidad tratamos de fundar cuidadosamente las opiniones que tocan directamente la doctrina católica. Y esa doctrina es secular, clara y segura. La hemos expresado en entradas precedentes; se la encuentra en una inagotable bibliografía de referencia; por lo que no vamos a saturar el blog con cientos de páginas que los interesados podrán leer por su cuenta.
En lo que respecta a la moralidad de la participación política en las presentes circunstancias, seguimos la doctrina católica tradicional y defendemos la «libertad de las conciencias» (no confundir con «libertad de conciencia») verdaderas de obrar conforme a la recta ratio. Y por ello no aceptamos como vinculante para las conciencias cristianas ninguna forma de rigorismo moral, por buenas que sean las intenciones de sus sostenedores. Dejando intactos los principios ya explicamos que en materia electoral puede haber diversas opciones prudenciales.
El Dr. Antonio Caponnetto se ha sentido aludido por algunas entradas de nuestra bitácora y por un comentario de la Redacción. Ha remitido el escrito que transcribimos a continuación para que pueda ejercitar su derecho a réplica. Disentimos de su contenido pero no vamos a agregar nada más a lo dicho. Sólo nos resta aclarar que cuando en algún comentario hablamos de autoridad, nos referimos a ella en sentido doctrinal, como autoridad docente, sea para formular principios morales o emitir juicios morales, y de ninguna manera cuestionar la conducta de nadie en particular.

 FRENTE AL 22-N
Por Antonio Caponnetto

"No participamos de la opinión de los que pretenden bastardear el Nacionalismo poniéndolo en el plano de un simple partido político para entrar en la puja de menudos intereses electoralistas. No creemos que sean las de hoy las condiciones propicias para la resolución de los grandes problemas que afectan al país, por la vía electoral y menos pretender que esa sea hoy una salida honrosa para el ideal que sustentamos. Mediatizar lo que es de Dios y de la Patria al juego a la baja de unas elecciones, a la decisión de una mayoría circunstancial que se deja arrastrar por el canto de sirena de quien demagógicamente más le promete, nos parece una verdadera aberración. Nos parece una aberración a la que siempre rechazó de plano el Nacionalismo [...].Sólo hay una cosa que hay que levantar fundamentalmente en Occidente como verdadera tabla de salvación: la Cruz. A ella nos aferramos" (Jordán Bruno Genta, Hay un solo Nacionalismo, en Combate, Buenos Aires, Año II, 1957).
 Un doliente hartazgo
 Algunos pocos y benévolos amigos me han pedido cierta orientación u opinión ante los próximos comicios.
Explico primero el porqué del doloroso hartazgo frente al tema, y luego intentaré expedirme para que no se me acuse de evasivo.
Nadie está obligado a leerme, ni he perdido el juicio como para tenerme por consultor obligado.Pero si no se me lee, nadie tiene tampoco derecho alguno a criticar lo que pienso. Sencillamente porque no conocen lo que pienso. O lo conocen del peor modo: fragmentariamente, y de mentas; cuando no cargados de elementales apriorismos. Hasta ahora, parecía ser ésta la funesta especialidad de las izquierdas. Pero resulta queel contagio ha llegado a la propia tropa. A la muy cercana.
Nadie está obligado a leerme,reitero. Pero tampoco pesa sobre mí el deber de volver a escribir los mismos libros cada vez que una circunstancia determinada pone sobre el tapete el tema central de esos libros ya escritos. Un traumatólogo no escribe sobre los riesgos de las fracturas expuestas cada vez que alguien se rompe un codo.
Llevo publicados dos volúmenes densos y pormenorizantes sobre la perversión democrática, y está en curso un tercero, del mismo tenor. El número de escritos referidos al punto –aunque en rigor, a cuestiones colaterales y anejas al mismo- podría casi multiplicarse, si contara, no sin razones, dos tomos previos, aparecidos en el año 2000, antologizando textos que publicara en Cabildo durante veinte años.
Por más modesto que quiera ser al respecto,no encuentro el modo de omitir que he procurado ser detallista, exhaustivo y meticuloso en mis argumentaciones contra el horribilísimo e insalvable sistema político que nos domina, así como sobre la nocividad moral en que incurre quien lo convalida o avala en vez de procurar su destrucción. Ergo, dable sería esperar la misma actitud analítica en quienes no comparten mi postura.
Lamentablemente no suele suceder así. Y cualquier opinante anónimo de un blog, verbigracia, se cree facultado para descalificar mi tesitura. O peor dicho:lo que suponen, sin leerme de modo íntegro, que es mi tesitura. Las presiones para que me rinda y siente cabeza de católico que “no dogmatiza lo prudencial”, ni tiene “conciencia escrupulosa”, ni “vea pecado donde no lo hay”, se multiplican en vísperas de cada elección, con argumentos cada vez más insólitos. Últimamente, el de acusarme de donatista, platónico, kantiano, rigorista, fariseo, provocador o desafectado de los hipotéticos beneficios que les traería a los militares presos el triunfo de esa porciúncula más del estiércol que responde a la sigla PRO.
Ninguno quiere dejar en paz a quien, simplemente, -¡vaya pretensión!- procura dar testimonio de coherencia en soledad. A quien no quiere ser útil al sistema, ni incurrir en el activismo partidocrático, ni vivir pendiente de los requerimientos de un modelo corrupto, ni pagar tributo a la corrección política, ni estar desatento al regreso de Jesucristo antes que atento a la huida de los kirchner, minusculando a sabiendas el nauseabundo gentilicio.
Una voluntad tácita de castigarlo y doblegarlo se pone en marcha ante el disidente. El rigorismo de los demócratas es cada vez más circundante y opresivo. No quemar incienso al sufragio universal está penado por la ley y queda el réprobo sometido a figurar en la lista estatal de infractores, oblando su multa. Sin embargo, no es éste el maldito rigorismo que dispara siquiera una línea de condena, sino el nuestro, por no querer sumarnos a la inmoralidad cuantofrénica.
Los ciudadanos de la democracia están divididos entre los integrados mansamente al llamamiento electoral, que deben tenerse por puros y limpios; y los impuros y sucios que, contrario sensu, desacatan el imperativo de hacer una genuflexión doble ante cada urna. Sin embargo, insistimos, no es a esta demasía a la que se la compara con la casuística de purezas e impurezas del judaísmo, sino a nuestra actitud de no querer contaminarnos éticamente haciendo la fila para rifar a la patria con cada boleta asquerosa.
En esa ofensiva contra el disidente,lo subrayamos, cualquier argumento es válido. Hasta el de compararnos con los circunceliones del siglo IV. Bandidos desaforados y heréticos, claro; éso seríamos. Como los brigantes franceses, los bandoleros de la Cristiada, los forajidos resistentes al castrismo, o más criolla la cosa: como el Chacho Peñaloza, conductor de los últimos “bárbaros”, al que con el mencionado mote de bandido insultó su verdugo antes de matarlo.
Imposible no recordar en dos trazos lo que me sucediera en una de las primeras defensas catedralicias, en Buenos Aires. Tras soportar en desigualdad de condiciones largas horas de blasfemias, sacrilegios y obscenidades, aproveché un segundo de silenciamiento de las hordas para vivar a Cristo Rey. Sólo ese grito, lo juro. Sucedió entonces que un señor de civil, muy atildado y correcto, a quien hasta entonces no había visto, se me acercó e -identificándose como comisario en operaciones en el susodicho vejamen- me dijo textualmente: “si usted vuelve a provocarlos, no me deja otra alternativa más que detenerlo”. El infeliz no había leído a San Agustín ni a Baronio. Nada sabía de Makide o Faser, los renombrados caudillejos de los circunceliones. Pero algo había aprendido del mundo y para el mundo: el provocador era yo.Tristísima cosa que así piense, no ya un ignoto y exculpable esbirro del Estado, sino un haz de católicos a quienes tengo por buenos[1].
Desahogo formulado, enunciemos lo esencial.
Brevísimas consignas
I.-Independientemente de la inacabable disputatio sobre el mal menor, el domingo 22 de noviembre no hay ningún mal menor que elegir.Es uno solo, enorme,  abisal e inmenso el mal; y le daré los nombres que tiene a riesgo de seguir siendo incomprendido. Ese mal se llama Democracia, Revolución,Modernidad, Inmanentismo. Con cualquiera de estos apelativos, y mucho más con todos ellos juntos, puede sentirse denominado el Anticristo.
Macri, Scioli, Zannini o Michetti no son los nombres del mal. Apenas si apodos circunstanciales, efímeros, intercambiables y con caducidad a mediano plazo. Si no se entiende la naturaleza y la hondura del mal que enfrentamos, nos tranquilizaremos creyendo que ejercemos la vindicta sobre los marxistas porque votamos a los liberales. Para entenderlo,no lean Cabildo, que es nazi. Pero Los endemoniados de Dostoievsky no puede dejar de leerse. Y allí, no sólo está retratado el carácter preternatural del mal que tenemos delante, sino el error que cometemos al desconocer la circularidad viciosa de sus progenitores y de su prole.
Mientras redactamos estas líneas, Macri ha dado a conocer la nómina de los centenares de “artistas, científicos e intelectuales” que le darán su voto. Ante la vista del horrísono listado es imposible mantener en pie la idea de que “aquí y ahora[Macri] es lo menos pésimo, porque nos libera aunque sea temporalmente del totalitarismo culturalmente marxista que soportamos”[2]. La contracultura marxista salta de contento con estos personajes, que conciben la política como un “resolver los problemas de la gente”; esto es, con ofrecerles bienestar y paraisos terrenales.¿Hay algo más sutilmente  próximo al materialismo marxista?
Asimismo, y ante la vista de los antecedentes pasados y de las conductas presentes de quienes integran la coyunda CAMBIEMOS, es inviable alimentar cualquier optimismo respecto de una reparación histórica sobre la situación de los soldados en cautiverio. Esto supuesto que el fin justificara los medios y que el bien privado esté por encima del bien común. Y que,entonces, para conseguirle a un amigo militar la prisión domiciliaria habría que darle nuestro voto a un hideputa anaranjado o amarillo.
II.-Votar tiene varias acepciones en el lenguaje político, aún en el clásico. Y hay votaciones que poseen su licitud y hasta su conveniencia. Pero votar bajo las especies del sufragio universal,la soberanía del pueblo,el monopolio de la representatividad partidocrática y la tutela del constitucionalismo moderno, es “la mentira universal”. Sumarse a esa mentira es conculcar el Octavo Mandamiento.
Como en el caso de la unión co-generadora entre liberales y marxistas o del mal menor, lo que acabamos de decir sobre la calificación moral del sufragio universal, no es una ocurrencia solitaria nuestra (suponiendo que de serlo deberíamos estar forzosamente equivocados). Hemos documentado con minucia la existencia de una sólida y larguísima docencia cristiana y aún no cristiana condenatoria de la inmoralidad numerolátrica. En mis escritos sobre el tema, no he apelado a mi autoridad para sostener esta premisa,que tanto parece molestar, sino a la de una frondosísima catalogación de autores, católicos o no, pontífices o súbditos, contestes en el álgido punto.
Se me objeta llamar pecado al sufragio universal porque “la Iglesiano enseña tal cosa desde el siglo XIX hasta el presente”[3]. Además de no ser correcta esta aseveración, la perspectiva democrática, como se ve, la forma mentis cuantitativista, ha invadido aún las propias filas de bautizados fieles y lúcidos. Y hasta los buenos católicos, para saber qué es pecado y qué no, deberán acudir ahora  al siglómetro. Como ese traje de baño que pasados dos veranos sin que nos quepa en el cuerpo, nos resignamos a considerar impropio para nuestras carnes, así también serían ahora los pecados para la vestimenta del espíritu. Tienen fecha de vencimiento. Pasada una determinada cantidad de años, si ya no se habla de ellos en la Iglesia, pues sencillamente no existen.
III.-Conocer y admitir estos principios rectos y procurar darles una aplicabilidad en cada aquí y ahora, no es un error filosófico (platonismo) ni una herejía religiosa (donatismo). Es la olvidada y simplísima virtud de la coherencia. Lo que Jordán Bruno Genta llamaba teresianamente “preferir la verdad en soledad al error en compañía”. Que pueda caerse en excesos o en defectos en su práctica, es riesgo propio de toda virtud. Va de suyo que cada quién hará lo posible por conservar el justo medio moral.
Nadie dice que “el orden moral y político, si no es cristiano, está irremediablemente corrompido”. Gobiernos hubo en tiempos paganos que pueden merecer nuestro encomio. Y hasta lo mismo podría decirse de ciertos gobiernos paganos en tiempos cristianos. Pero el ordenamiento moral y político que tenemos por delante y bajo el cual se nos propone vivir, es explícitamente anti-cristiano, y aún anti-natural y anti-humano. De allí que esté irremediable e inherentemente corrompido. Y de allí que propongamos enfáticamente la niguna cooperación con el mismo y hasta nuestro módico intento de combatirlo.
Lo que la política tiene de arte prudencial, y lo que la prudencia tiene de principios e instancias aplicados a casos y circunstancias concretos, no es algo desvinculado de la “batalla de ideas”. Sencillamente porque la operación sigue al ser. La teoría no se confunde con la praxis. Pero ninguna praxis deja de presuponer una teoría, y hasta el praxeólogo puro –precisamente por eso- es deudor de una concepción previa que luego ejecuta.
Las fuentes de la moral con las que medimos la pecaminosidad o culpabilidad del régimen al que nos quieren obligar a acatar, siguen siendo las mismas que enseña el Catecismo: objeto, fin y circunstancias. Y no hay principio del doble efecto o de voluntario indirecto que pueda servir para mitigar el desbarajuste ético de los colaboracionistas del sistema. No es que tengamos por malo aquello que nos repugna. Nos repugna lo que está objetivamente mal. Es un error el mero circunstancialismo vitalista de Ortega, pero error es también negarle valor moral a las circunstancias en las que elegimos libremente actuar; o desconocer que existe una virtud que rige el obrar en cada circunstancia, que se llama circunspección y que es parte de la prudencia. Es un error y un calvario la conciencia escrupulosa. Pero también lo es el laxismo moral y la pérdida de la conciencia del pecado.
IV-No somos el partido de los votos anulados,ausentes o en blanco. Nos tiene sin cuidado ser partícipes de un cambio en los cómputos finales del escrutinio. Ni siquiera somos el partido de los abstencionistas. Porque creemos que hay un quehacer político del católico, sobre el cual ya nos hemos expedido en muchas ocasiones, durante largos años. Un quehacer posible, perentorio y necesario, que nos convierte en presentistas no enausentistas de la vida política.
La deslegitimación del sistema no depende del número de electores que acudan a los comicios. Es más del mismo criterio cuántico. El sistema es intrínsecamente perverso y por lo tanto incurablemente ilegítimo. Las mentiras de la voluntad popular y de la soberanía del pueblo, no se contrarrestan con el abstencionismo, sino con una prédica infatigable de los sofismas en que se sustentan y con la demostración de que una alternativa práctica nos resulta y nos resultaría posible, si fuéramos capaces de desentendernos de las categorías y de los criterios con que la Modernidadconcibe a la acción política.
Un amigo carlista y reaccionario y empecinadamente ultramontano, nos regaló esta cita de Dominique Paladilhe, contenida en su libro: La grande aventure des Croisés. Se trata de una declaración de Saladino -nada menos- que dice lo siguiente: “¡Ved a los cristianos,ved cómo vienen en multitud, como se apresuran por el deseo, cómo se sostienen mutuamente, cómo se cotizan juntos, cómo se resignan a grandes privaciones”! Lo hacen con la idea de que por ello sirven a su religión; he aquí porqué consagran a esta guerra su vida y su riqueza. En todo esto no tienen más causa que la de Aquél que adoran, la gloria de Aquél en el que tienen fe”.
Buena reflexión para tiempos electorales que coinciden,además,con una nueva embestida del Islam, en la que ya no hay Saladinos ni mucho menos un Cid ni un Juan de Austria. Buena reflexión ante esta nueva y trágica encrucijada de la Iglesia y de la Patria. Quede dicho:no quisimos ni queremos tener otra causa que la gloria y la adoración de Aquél. Y en esta causa, se nos van los años, las privaciones,la vida y la guerra.
Pta: Por si alguien dispusiera de tiempo y ganas sugiero la lectura del Epílogo de mi libro La perversión democrática, donde me demoro en el quehacer político del católico, tomando distancias de posturas abstencionistas y colaboracionistas. Sólo aclaro que el escrito es del año 2010.

 


[1] Para quienes no estén en el tema –ni tengan porqué estarlo- aclaro que estoy aludiendo a una seguidilla de interesantes notas del blog Info Caótica(“El mal menor no es un pecado menor”, “El donatismo político”, “Balotaje”, “Algo  sobre el platonismo político”). Aclaro igualmente que, al margen de esta dolorosa disidencia, en no pocos y sustanciales planteos me siento afín al pensamiento expresado desde este valioso sitio digital. Y que fue desde el mismo, entre otros, que se dio a conocer la solidaridad de un puñado de amigos hacia mi persona, ante el ridículo y canallesco entredicho planteado por Monseñor Taussig.Por lo que guardo un agradecimiento particular.
[2] Declaración del Instituto de Filosofía Práctica, La vindicta como parte potencial de la justicia y las elecciones presidenciales, Buenos Aires,4-11-2015.

[3] Primer comentario de la Redacción del blog Infocaótica al artículo “Algo sobre el platonismo político”, 29-9-2015

miércoles, 11 de noviembre de 2015

El mal menor no es un pecado menor


La cuestión del mal menor en política parte de una expresión problemática. Porque pareciera que en determinadas circunstancias es legítimo cometer un mal moral menor para evitar otro mayor. Y esto no es verdad: hay acciones que nunca pueden realizarse porque son malas en sí mismas. Hay otras acciones que son de suyo indiferentes -aunque mal sonantes como se decía en el argot escolástico, para expresar apariencia de mal- que con causa proporcionada pueden realizarse.
La doctrina católica segura y constante está expuesta en una bibliografía inagotable. Tratamos de ofrecer una síntesis de los criterios fundamentales que se encuentran en cualquier manual clásico. 
Pero hay un punto de la reflexión en el cual la doctrina necesita de aplicación a particulares circunstancias de tiempo y lugar. Y aquí debe intervenir la prudencia. El comunicado del INFIP expresa una de las posibles aplicaciones prudenciales. Pero ciertamente esta opción no es la única ni necesariamente es la más acertada. Partiendo de los mismos principios se puede llegar a otras conclusiones prácticas, como podrían ser la abstención electoral o el voto por el otro candidato.
Por último, queremos insistir en algo que dijimos en uno de nuestros comentarios: el donatismo político es un error en los principios morales. Quien admite principios rectos pero realiza una aplicación prudencial diferente a la del INFIP no puede ser tachado de donatismo político. 
Los principios morales fundamentales son dos:
a) nunca es lícito el apoyo formal a un partido doctrinalmente inaceptable (un apoyo tal que signifique una aprobación de los falsos principios o de los objetivos nocivos de tal partido);
b) es lícito un apoyo meramente material por motivos de un mayor bien común (apoyo material que tiende intencionalmente y de hecho a un mayor bien común, pero del cual podrá valerse un partido inaceptable para conseguir sus fines particulares).
Esto se suele expresar en términos de cooperación material y formal. La cooperación formal es siempre ilícita, la material será o no lícita según las exigencias del bien común.
El que ha de tomar una opción electoral ha de comprender que debe trasladarse al terreno político una recta actitud moral.
Por tanto debe:
1º. Ante todo asegurar en sí mismo esta rectitud moral: repudiar el mal, no querer contribuir a su difusión a través del apoyo al partido que en alguna u otra forma lo encarna. Al mismo tiempo adherirse positivamente al verdadero bien común con voluntad de procurarlo. Este es el terreno de la conciencia en el cual la Jerarquía puede intervenir para aclarar su visión.
2º. Debe, luego, examinar el terreno político y calcular los alcances de su colaboración, tanto los negativos (ventajas para la causa del mal) como positivos (ventajas de otro orden en vista del bien común). Este es el terreno del cálculo político.
3º. Por fin, deberá traducir o expresar con su voto político, con su colaboración o no colaboración su recta jerarquía de bienes. Este es el terreno de su decisión personal, fruto de una síntesis o aplicación de los criterios morales a los datos políticos.
Notemos dos líneas a primera vista contradictorias, en que la Iglesia ha insistido: en el campo político no hay que contaminarse con el mal con su aprobación explícita o implícita, y hay que intervenir cooperando a veces con los que obran el mal. Esta segunda obligación ha sido doctrina constante de los Papas particularmente desde León XIII (p. ej. en Immortale Dei y con su famosa llamada de 1889 a los católicos franceses a tomar responsabilidades en un gobierno laicista y antirreligioso) hasta el presente. Porque el católico tiene obligación de actuar en la vida pública de su país para bien de todos y no puede refugiarse en un cómodo aislamiento so pretexto que la política no es limpia.
Actuar y no contaminarse. Edificar la ciudad teniendo que colaborar a veces con los agentes de la destrucción. Tal es la difícil tarea del cristiano. ¿Cómo conciliar las dos urgencias: la de la rectitud moral en no hacer el mal y la de las virtudes sociales en hacer el bien?
La moral tradicional ha consagrado una norma práctica que suele ser llamada principio del doble efecto. Aplicándolo a nuestra problemática tendríamos que:
a) es lícito apoyar un partido viciado doctrinalmente o aliarse con él cuando conjuntamente:
1º. Tal posición se traduce directamente en ventajas para el bien común;
2º. Lo que se pretende son esas ventajas no queriendo y sólo tolerando el mal que pueda derivarse de tal apoyo o compañía;
3º. Las ventajas son tales que compensan los males que resultan.
b) En cambio sería ilícito dar un voto a favor de un partido viciado en cualquiera de estas tres hipótesis:
1º. Cuando este apoyo no puede obtener otro resultado que la realización de una doctrina falsa y perniciosa para el verdadero bien, con posibles atropellos a los derechos fundamentales de la Iglesia y de las personas;
2º. Cuando, aunque algunas ventajas derivaran de la cooperación, éstas no son tales que compensen los daños;
3º. Cuando el voto implica concesiones o condiciones que no se pueden aprobar en conciencia.
Estos principios son siempre abstractos; en un momento posterior se deberá pasar a las aplicaciones concretas de orden prudencial.


martes, 10 de noviembre de 2015

El donatismo político

¿Qué es el donatismo político? Algo difícil de definir, pero existente. El punto de partida es bienintencionado: la búsqueda de coherencia cristiana en la vida política.
El donatista político
— es (difusamente) maniqueo: el orden temporal y político, si no es cristiano, está irremediablemente corrompido.
— cree (implícitamente) que las ideas son substancias. Y concibe la política prudencial como una batalla de ideas. 
— confunde la teoría con la praxis. Supone que los grupos sociales —que son todos prácticos, de conductas— son la encarnación substancial de unas teorías. De este modo, no puede distinguir ideología (que como toda idea es inmodificable desde su enunciación) de los movimientos políticos (que como todo grupo social puede mutar en función de las diferentes conductas de sus miembros).
— las fuentes de la moral ya no son las tradicionales: objeto, fin y circunstancias. El determinante primario es la propia sensibilidad compartida con un grupo de afines: si nos repugna, está mal. O lo decisivo radica en algunas circunstancias que de suyo no afectan la moralidad de los actos concretos: la presencia en un lugar, el contacto físico con pecadores públicos, gestos de urbanidad, fotos, vídeos… 
— es una forma de rigorismo. Confunde conciencia delicada con conciencia escrupulosa. Y hace del escrúpulo principio rector de la conducta.Ve pecado donde no lo hay; o falta grave en pecados leves. Lo simbólico tiene poder de contaminar el acto humano, aunque la voluntad no consienta en pecado alguno. Todo parece escandaloso; aunque sea un escándalo farisaico. Toda cooperación política se vuelve ilícita. El fenómeno recuerda a las "impurezas legales" del judaísmo.
Las consecuencias. Una, parálisis moral: no se hace el bien posible, por pequeño y modesto que sea, por miedo a cometer un pecado (imaginario, de "contaminación" por contacto con "el sistema"). Otra, la búsqueda temeraria de sucedáneos del martirio por medio de la provocación autocomplaciente (se reeditan, “aggiornados” y en pequeña escala, los errores de los circunceliones y otros provocadores del siglo IV).
El donatismo político está equivocado



lunes, 9 de noviembre de 2015

Balotaje...


Reproducimos parte de la reciente declaración del INFIP sobre las próximas elecciones argentinas.
Y esa Patria Argentina, tan querida, de quien hemos recibido tantos bienes visibles e invisibles, hoy nos duele profundamente.
Agobiada por un régimen corrupto, que todos los días pretende hasta alterar la realidad, que ha destrozado casi todo: familia, escuela, universidades, municipios, provincias, legislaturas, congreso, administración pública, administración de justicia, instaurando un nuevo régimen político calificado por una revista como «La mentirocracia», graficado en su tapa por un inmenso Pinocho que la tiene encadenada a la altura de la Provincia de Santa Cruz.
Para liberar a nuestra Patria más de un millón seis cientos mil argentinos ausentes de las PASO fuimos a votar hace poco; muchos argentinos que no creemos en el gran circo montado por el régimen y que pensamos que debemos derribarlo utilizando todas las armas disponibles, hasta aquellas que el mismo nos suministra, como el voto.
Porque el voto, su anulación o la abstención, no el voto en blanco, deben ser medios para expresar el hartazgo, el hastío, el fastidio y el repudio, deben ser expresiones de esa dimensión política de la vindicta. Esos medios no son fines, por ello no se debe dogmatizar en esta materia.
Esto no quiere decir que seamos conversos a la democracia religiosa, ni que consideremos, como la generalidad de nuestros obispos, que ella «es un eco temporal del Evangelio». De ninguna manera.
Ni que pensemos que la alternativa es «el mal menor». Sólo hoy, aquí y ahora, es lo menos pésimo, porque nos libera aunque sea temporalmente del totalitarismo culturalmente marxista que soportamos. Reiteramos nuestro repudio a todo liberalismo, pero sobre todo al liberalismo moral. Pero estaríamos ciegos si no advirtiéramos el peligro gravísimo, cierto, posible, de tener un vicepresidente maoísta.
No confiamos en los futuros gobernantes, pero sí esperamos que la Argentina, aliviada de tanta opresión, de tanto agobio, libre de tantas cadenas (hasta comunicativas), pueda volver a respirar. Porque a pesar de tantos robos, de tantas arbitrariedades, de tantos caprichos muy costosos de la época ganada, a pesar de tantas víctimas físicas, morales, culturales, educativas, de la misma, consideramos a los argentinos todavía nos restan bastantes reservas humanas como para volver a crecer (si nos dejan). Y si no, volver a ejercer la vindicta política, ya más entrenados, contra los nuevos gerentes vernáculos del imperialismo internacional del dinero.
Buenos Aires, noviembre 4 de 2015.
Enrique Roulet                                                      Bernardino Montejano
Pro-secretario                                                                  Presidente
Fuente:

sábado, 7 de noviembre de 2015

LA DESCOMPOSICIÓN DE LA CONCIENCIA HISTÓRICA DEL CATOLICISMO

Un lector de nuestra bitácora nos envía un artículo del historiador chileno Mario Góngora que reproducimos a continuación.

SOBRE LA DESCOMPOSICIÓN  DE LA CONCIENCIA HISTÓRICA DEL CATOLICISMO*
Dentro del proceso mayor de autodemolición de la Iglesia visible-la invisible es imperecedera, según la fe- el aspecto que más impresiona al gran público es la atracción por el marxismo de buena parte de los católicos. Lo había presentido ya Bernanos en 1926: “Una nueva invasión modernista comienza y ya vemos sus furrieles. Cien años de concesiones, de equívocos, han permitido que la anarquía se entable profundamente en el clero….creo que nuestros hijos verán el grueso de las tropas de la Iglesia del lado de las fuerzas de la muerte. Yo seré fusilado por sacerdotes bolcheviques que tendrán en el bolsillo el “contrato social” y en el pecho la cruz”.  Mas, al fondo de esa atracción –por cierto de extrema gravedad espiritual, pero quizá sólo resultado final- debe de estar en marcha un enorme proceso de descomposición. Han hablado de él pensadores eclesiásticos como Lubac, Urs von Balthasar, Maritain, Daniélou. Nosotros queremos detenernos en estas líneas en la sucinta consideración de un fenómeno ya vasto de suyo, a saber, el desvanecimiento progresivo del nexo histórico que constituye esencialmente la “conciencia católica”. Pues el catolicismo no es un representante entre otros del género “cristianismo”, sino que es una cualidad espiritual muy determinada que ha tenido por siglos la Iglesia: a saber, una plenitud en el espacio del mundo, pero sobre todo en el tiempo de la historia, de suerte que se los anexa íntegramente. Es una cualidad que posee, naturalmente, la Iglesia griega, pero no siempre los Protestantismos. Esa cualidad es posible que se esté ahora perdiendo. Ya es curioso que el nombre de “católico” vaya cayendo tan notoriamente en desuso en los últimos años. Quisiéramos considerar algunos aspectos de tal proceso.
HISTORICISMO EN MAL SENTIDO
Peter Wurst  soñaba en 1929 sobre lo que podría ser una reconquista del mundo moderno por la Iglesia: “De cierto, nosotros los católicos necesitaríamos en primer lugar de un pequeño círculo intelectual, estrictamente católico, religioso y espiritualmente cerrado, como fuente de una nueva formación substancial, una especie de  Círculo de George católico, en que el punto central no fuese George, sino Cristo. A partir de este círculo, orando, deberíamos llegar a configurar algo nuevo (que sería en el fondo más antiguo que nuestros antepasados), en medio de este mundo desesperado. Ante lo cual los demás hombres retrocederían con veneración, y luego serían arrastrados por ello. Pasaría largo tiempo antes de que viésemos los frutos, pero los frutos vendrían algún día”. Algo así también pensaría Maritain cuando en su “Antimoderne” escribía que para él “antimoderno” equivalía a “ultramoderno”.
   Pero la historia del masivo aggiornamento eclesiástico desencadenado desde la década de 1960 ha mostrado una faz harto diferente.
    Destaquemos desde luego en él un rasgo saliente, a saber, el tipo más corriente de historicismo. Se afirma que todo acontecimiento, forma, movimiento de orden espiritual es “explicable” por tendencias mayores o “influencias”, por el cuadro dominante de la respectiva época. Lo individual más profundo y auténtico queda así, por cierto, eliminado; y junto a él la herencia espiritual y la tradición histórica. Pues las grandes tendencias dominantes, sujetas a la ley de caducidad temporal, incorporadas a desarrollos ascendentes, a disgregaciones o a meros cambios, arrastrarían consigo, según este tipo de historicismo, a todo valor espiritual producido bajo su signo.  Lo que se ha creído por todos, siempre y en todas partes: en ello consiste la tradición eclesiástica , según la definición célebre de Vicente de Lerins. Aplicada tal fórmula a la tradición histórico-universal, mutatis mutandis, eso  implica que ella está obrando perennemente, siglos o milenios después de su origen; como actúan por ejemplo la Biblia, Platón, Aristóteles, que son según Goethe  los ejemplares más altos de tradiciones históricas. El relativismo, introducido en el pensamiento eclesiástico sobre todo a partir del modernismo de fines del siglo pasado y comienzos de éste, significa la negación de la perennidad de la tradición y de la veracidad de los relatos bíblicos, a los cuales se aplica el método histórico-crítico en sus formas más disecadoras y positivistas. Tales tendencias son las hoy día triunfantes.
Pero en tanto que el relativismo historicista de la historiografía profana era un esfuerzo probo y neutral, su uso por la intelligentsia católica postconciliar (usando este adjetivo en su sentido enfático, ideológico) está impregnado de un verdadero odio o de cierta desdeñosa condescendencia frente a todo el pasado de la Iglesia, particularmente ante ciertas épocas, movimientos, actitudes o estilos. Píensese por ejemplo en cómo se habla o como se escribe en revistas como “Concilium”, (tan representativa como mediocre) del “Constantinismo”, de la Cristiandad, de la teocracia medieval, de la Roma del Barroco, del siglo XIX eclesiástico, del tema del “ desprecio del mundo”, etc. La relativización no esconde el ansia por renegar de todo vínculo interior con ese pasado; el resentimiento se despliega en proporciones insospechadas desde fuera.
Se han señalado en la historiografía eclesiástica dos grandes orientaciones teóricas. La concepción de la Tradición- la primera de ellas-, según la cual la idea originaria se ha transmitido con detrimento a lo largo de las generaciones, manteniéndose sustancialmente la misma “lectura” a través de los tiempos. Del otro lado, la concepción de una Decadencia, de una inflexión descendente, de una pérdida de fidelidad, producida desde cierto instante. Este suele situarse, ya al fin de la Iglesia Primitiva, ya con la recepción de la Filosofía helenística, ya durante el reinado de Constantino, ya en fin con la Teocracia del siglo XI. Esta segunda visión ha sido siempre la propia de las sectas reformadas o espiritualistas; aquélla, de la ortodoxia.
La actitud ideológica característica de los católicos “post-conciliares” frente a la historia eclesiástica tendería, pues, al modelo de la Secta, no al Catolicismo como idea. No parece haberse producido tal actitud global de resentimiento en anteriores reformas intraeclesiásticas. En la de Cluny o en la de Trento, se sabe de condenaciones a “abusos” particulares que se querían extirpar, pero no de un viraje radical ante el pasado; nunca se dijo entonces, como ahora se ha escrito, que aunque sigamos repitiendo los mismos textos que leyeron nuestros antepasados, los pensamientos que vinculamos a ellos son sustancialmente diferentes. En el preciso momento de las declaraciones ecuménicas y del acercamiento a otras confesiones, hay un ecumenismo que se rehúsa: el de la identidad con el propio pasado de la Iglesia Católica.
La repristinación de la Iglesia Primitiva, que se aduce tantas veces para repudiar los eslabones intermedios, queda sin embargo subordinado a su vez a una actitud   “modernizadora” que la falsea y deforma. Un aspecto del relativismo historicista, la dependencia del momento presente en la recepción de todo bien espiritual proveniente del pasado, ha sido inequívocamente aceptado por los más radicales. G. Browman ha escrito en 1969 en “Concilium” que “nuestra tarea es más bien interpretar nuestra propia época de manera creyente, y después leer e interpretar la Escritura a partir de esa interpretación contemporánea de la vida”. Imposible afirmar mas inequívocamente el primado de la “actualidad” sobre las escrituras, que la Ortodoxia define como revelación de lo “totalmente otro”, lo irreductiblemente sobrenatural a pesar de los vocablos humanos.
Quizás no todos sean conscientes de este fatal resultado del aggiornamento, pero la misma tendencia está implícita en tantas traducciones modernizadoras de textos bíblicos que se leen durante la Misa (así, en la versión española, el famoso término paulino de “carne”, religiosamente tan capital, pasa a ser el “egoísmo”, trivialmente moralizador). De esta suerte, el argumento de que se repudia la tradición para regresar al origen, queda a su vez viciado, porque el origen se reinterpreta o traduce según los gustos del instante presente. El círculo recorrido en vano prueba hasta donde es erróneo el principio relativista y positivista histórico para la comprensión viva y fiel de cualquier movimiento espiritual.  Maurice Blondel  en Histoire et Dogme demostró, contra Loisy, buena parte de las insuficiencias del historicismo en historia eclesiástica, cuando esta es concebida como disciplina religiosa, pero todavía no se divisaba, en 1901, el peligro de la modernización conscientemente deformadora de los mismos textos bíblicos.
La pérdida de la vinculación católica al pasado coincide con el debilitamiento de la Romanidad de la Iglesia. El poder papal ha cedido frente al episcopal que a su vez, casi fatalmente, tiende a subordinarse a influencias nacionales (como ocurre tanto en las iglesias grecoorientales) o a ideologías transnacionales. La reforma cluniacense-gregoriana se hizo justamente para rescatar a las autoridades eclesiásticas de potencias extracanónicas; y hoy día se recorrerá muy probablemente el camino inverso, el de sujetar a la Iglesia a poderes laicos. La pérdida del latín como lengua ritual conspira al mismo fin de fortalecimiento de las Iglesias nacionales.
Roma era el vínculo de Occidente con la Antigüedad greco-romana y mediterránea en general; a través de ella el “ Extremo Occidente” que es Europa se mantiene todavía vinculado a las más viejas ideas y culturas asiáticas. El servicio precioso del Romanismo medieval fue preservar esta tradición rectora. Luego, las conquistas ibéricas, las colonizaciones francesas, las misiones, prolongaron en los tiempos modernos esta perpetuación ideal del Imperio Romano. La imagen cósmico antigua y medieval había sido quebrantada por la Ciencia Natural del siglo XVII: pero la Iglesia Romana, con tenacidad (bien que entonces sin nueva creación) rehusó durante siglos sancionar la nueva ciencia y sus consecuencias nihilistas para el hombre, como diría Nietzsche. A un universo sacral de la poética divina –ha escrito Alphonse Dupront- descubierto a la contemplación y a la sumisión del hombre, sucede un mundo heroico y profano de la conquista del objeto, necesariamente compartimentado, carente de correspondencias místicas: la Iglesia se replegó entonces sobre lo esencial, el depósito de la fe, la liturgia conservadora de las unidades fundamentales. Todavía el siglo XIX está ilustrado por los grandes conversos que descubren ese tesoro  tras de las apariencias lamentables, de que tanto se burla el católico de hoy, alegremente sometido al relativismo histórico. Modelo grecorromano, Catolicismo cultural y eclesiástico, universalismo, parecen desvanecerse frente a un inorgánico internacionalismo hoy en boga.
DISTORSIÓN DE LA ESCATOLOGÍA
Se conoce bien el proceso el proceso histórico por el cual las primeras esperanzas escatológicas de a Parousía y del Reino empalidecieron progresivamente, no sin crisis y violentas erupciones. Hacia los siglos XIII y XIV se constituyó una situación en que la Iglesia jerárquica y sacramental “es ya” el Reino, simbólica y jurídicamente; su perfección real se daría para cada hombre en el Más Allá, en la Iglesia Triunfante; el juicio final no era sino la sanción solemne del encuentro ya consumado para cada alma. La efervescencia de una escatología realizada en el futuro histórico terrestre sólo se mantiene en el mundo subterráneo de las sectas o de los pensadores solitarios de tipo Joaquinista o Milenarista.
Todo pareció cambiar en los años recién pasados, al multiplicarse los textos litúrgicos referentes a la segunda venida. Pero casi enseguida, también, se produjeron las falsificaciones que empañaron los efectos espirituales de este redescubrimiento y abrieron nuevos peligros.
En primer lugar, la nueva conciencia escatológica se torna gregaria, hostil al alma individual. “Privatización”, “intimismo”, han pasado a ser algunos de los slogans insultantes de moda en la literatura eclesiástica. Ya en el siglo pasado se veía venir el derrumbe del hombre interior: lo sentía así Jacobo Burckhardt, ante el avance de las realidades masivas: democracia cesarismo, dimensiones colosales, afán de lucro, socialismo. Pero que ese derrumbe fuese  también aceptado en el interior de la Iglesia, no era tan fácil de prever. El evangelio habla incesantemente de la oración individual y se enseña el valor supremo de cada alma ante Dios, capaz de contrapesar-paradójicamente- a todas las otras: no existe en el orden evangélico la ley de la mayoría. Por otra parte, el dogma de la Comunión de los Santos afirma a la vez el papel esencial de cada alma, y la existencia de vasos comunicantes, de misteriosos equilibrios dentro de la iglesia. Ni un alma es medio para otra, ni para el total, como tampoco el todo es un medio para los individuos: sino que se da a la vez una soledad y una solidaridad indescriptibles, a pesar de las distancias del espacio y del tiempo.
Hay una ubicuidad de cada uno en el juego global de la historia, un simbolismo propio de cada hombre, sobre el cual han escrito cosas admirables Leon Bloy  y Pierre Emmanuel.
Pues bien, el actual sentimiento escatológico de los católicos postconciliares, aunque implique tal vez un paso positivo en alguna dirección, yerra al repudiar o silenciar la individualidad. Ello se denota en la franca aversión a la oración individual, a la mística y al culto de los santos. Sin embargo, los santos son figuras del orden venidero, del “siglo futuro” dentro de las circunstancias del mundo histórico, son anticipaciones. Un genuino “humanismo cristiano” tendría que admirarlos, como hombres modelos, y cuidar de su gloria; pero ése repele al gregarismo dominante, que aborrece la gran personalidad. Los iconoclastas no aceptan que la gloria de Cristo participada e irradiada a otras figuras humanas se incrementa en vez de disminuir. Son enemigos de todo lo helénico dentro del Cristianismo, de toda figuración. Sin embargo, esos modelos han alimentado en todo tiempo a multitud de hombres: la individualidad n orientada por modelos valiosos se deseca en un atomismo espiritual. Bloy aconsejaba como lectura, después de la Biblia, las vidas de los santos, “por imbéciles que fuesen”.
Un rasgo muy patente del nuevo escatologismo o milenarismo es su activismo, su fe en las fuerzas humanas, su confianza en que mediante ellas se “construye” el Reino de Dios. Es un tiranismo influido por el espíritu fáustico propio todavía del genio europeo extendido hacia Norteamérica y Rusia; su formulación mas difundida dentro del catolicismo actual proviene sin duda de Teilhard.
Sin embargo, nos parece evidente que la Escatología neotestamentaria es supranaturalista. La contraposición entre Dios y el mundo, entre el Arriba y el Abajo –tan insistentemente marcada sobre todo en el Evangelio y Epístolas de Juan- no podrá ser borrada de los textos; todas las visiones apocalípticas muestran el Reino o la Jerusalén celestial descendiendo de lo alto, como un símbolo opuesto a la Torre de Babel; Jesús afirma de sí “Yo soy de arriba, vosotros sois de abajo”. Todo esfuerzo y trabajo humano tiene que desembocar, en la concepción neotestamentaria, en el “siervos inútiles somos”. Lejos de haber continuidad entre una construcción titánica supuestamente cristiana, y la llegada del nuevo orden, está dicho que cuando vuelva el Hijo del Hombre, acaso no habrá Fe sobre la tierra.
Íntimamente relacionada con la inspiración titanista de este tipo de Catolicismo está su propensión a la política. Podrá parecer, claro está, que ello no es sino la prolongación de un modo secular de la Iglesia Romana. Es cierto que la partie honteuse del Catolicismo, la inevitable pequeñez que acompaña a sus grandezas, ha sido la figura del clero político. En el mundo Hispanoamericano, en especial, la falta de una tradición espiritual y contemplativa hace resaltar más, por contraste, hasta lo pintoresco, el tipo del cura guerrillero de los siglos XIX y XX, que en el siglo pasado luchaba por el Rey o por la Patria, por el Conservantismo o el Liberalismo, y hoy día por el socialismo o la supuesta “liberación”.
Pero en la actual politización de la Iglesia, aparte de los viejos hábitos, hay nuevos caracteres, que derivan de movimientos nacidos al margen de las jerarquías institucionales y que traen temas insurreccionales. El leit motiv del milenarismo político en boga es la Pobreza. A diferencia de los movimientos de pobreza apostólica de los siglos XII y XIII, que huían del mundo hacia la soledad, o hacia formas nuevas de fraternidad, el movimiento actual quiere remodelar el mundo para entregar el poder a “los pobres” identificados sin más con el proletariado, una de las fuerzas más hercúleas de nuestra época apoyado por potencias políticas de primer orden. Se llama hoy día amor por la pobreza a una cosa harto más diversa de la que sentía un San Francisco, porque usa de medios poderosos y trae a sus sostenedores prestigio e influencia en la opinión pública, mientras que el santo del siglo XIII era perseguido como un loco.
No faltan los exegetas que sostengan que los “pobres de Israel” y del Evangelio eran una clase social, impugnando la tesis tradicional de que eran “pobres de espíritu”, como dice el texto de Mateo, de ánimo contrito y humilde, siendo el nivel económico de pobreza una situación apta para que se encendiera tal ánimo, pero en modo alguno su constitutivo. Se combate con furia esa interpretación tradicional, por odio al pobre paciente, y por afán de ver a Dios actuando en una supuesta lucha de clases. Se quiere mirar el Nuevo Testamento a la luz del Viejo, para asimilar el pueblo espiritual del Evangelio al terrestre de Moisés. Pero no será nunca tarea muy fácil presentar como luchador social a un hombre que justificó el derroche de un líquido precioso en su honor, en lugar de que se gastara en provecho de los pobres, pues “siempre habrá pobres entre nosotros”. Como escribió León Bloy –un pobre- “Jesús ha venido por los pobres, decía. Sin duda, pero también vino por los ricos, a fin de que se hiciesen pobres por amor, y no podéis ignorar que centenares de miles de santos han obedecido, Jesús ha venido por las ALMAS, eso es lo que debe decirse”.
Ha surgido, pues, un escatologismo intramundano y secular, que distorsiona la figura del Cristo y también la noción de la pobreza, en pro de consignas políticas contemporáneas, produciendo toda una pérdida de sustancia espiritual de la Iglesia.
Ejemplos históricos de tales oleadas muestran que se trata de movimientos fanáticos muy devastadores material y anímicamente, pero rápidamente desgastados. Así, innumerables oleadas en la Alta y Baja Edad Media, una de las ramas del Hussismo; el evangelismo durante la Guerra Campesina alemana: el Anabaptismo de Münster. Vale la pena recordar la seriedad con que Lucero tomó los textos Neostamentarios frente a sus eventuales partidarios, durante la Guerra Campesina. Reconoció los agravios cometidos por los señores, y la justicia de las quejas de los aldeanos, pero les negó, sin embargo, el derecho a invocar la libertad evangélica en apoyo en la rebelión, porque la libertad cristiana-mantuvo- es espiritual y no carnal, y los campesinos, al violar ese principio, ponían al Evangelio en mayor peligro que el Papa y el Emperador.
Sincretismo
Todo el peso de la propaganda en una civilización de masas hace que la política eclesiástica se concentra más y más en fines temporales: la Paz, el desarrollo, o bien, en las alas radicales, el Socialismo. Esas metas vienen a importar mucho más en la conciencia que las verdades últimas. El mundo neo-modernista. Ha escrito Maritain, se quiere cristiano, pero ha cesado de creer en la Verdad. No era por cierto así en el primer Cristianismo. San Pablo exclamaba que aunque él mismo, o un ángel del cielo, predicasen algo opuesto a lo que él les había enseñado, no debían ser escuchados. Las Epístolas de Juan y el Apocalipsis precaven y amonestan con igual gravedad contra el error y la conformidad con la existencia del error dentro de la Iglesia. El Cristianismo primitivo está lejos de profesar el vago “evangelismo” que se supone; era por el contrario, claramente dogmático. Entendiendo, sí, por dogma la expresión de la revelación en conceptos análogos, no plenamente adecuados, pero verdaderos, de suerte que se mantenga toda la vida de la verdad, sin reducirse a meras fórmulas o resúmenes de la revelación.
 Hoy día retrocede el celo por la verdad ante el además del diálogo y la búsqueda de la paz ante todo. La idea de que los individuos, los pueblos o la iglesia sólo pueden “formarse” cuando la vida se hace obediente a la verdad se ha hecho más y más extraña. Se supone que el contacto y el diálogo harán brotar la verdad sin que ésta se enuncie; que es preferible no mencionar a Dios, que él volverá a resurgir espontáneamente de la comunicación humana. Se ha abandonado, en eras del diálogo y como supuesto necesario de éste, la oposición tajante Bien-Mal, y desde luego la lucha de Dios con su Adversario, lucha ya no ética, sino cristiana y escatológica. (Leopoldo Ziegler ha escrito que la paz a que aspira el cristianismo, el orden temporal del mundo, está inscrito en una guerra escatológicamente por la salvación de los hombres y sólo así puede entenderse la paz cristiana). Los dogmas y las Escrituras se van reduciendo por la “desmitologización” a conceptos filosóficos, éticos o políticos contemporáneos. Después de haberse despersonalizado al Malo en el Mal, el Mal a su vez pasa a descomponerse en una conexión de problemas psicológicos, sociales, económicos, susceptibles de solución humana. El optimismo, general, de estirpe revolucionaria y de estirpe tecnocrática, hace mirar como algo infantil todas las ideas primordiales del Cristianismo.
El gran islamizante Louis Massignon escribía: “Imaginarse que un nuevo humanismo es realizable por la sola fuerza conjugada de nuestro pluralismo, nos lleva a la ilusión de los francmasones del siglo XVIII, para quienes la humanidad era asintótica ala ciudad eterna”. Un orgánico y concreto humanismo ecuménico, en que él creía, podría surgir tan sólo del conocimiento y veneración de la tradición religiosa en todas sus fibras, y de la devoción a figuras intercesoras y a centros de oración auténtica.
Pero de las tendencias ecuménicas cobran hoy día un aspecto abstracto y organizativo, paralelo al del internacionalismo oficial, tan ampliamente desarrollado desde 1918 y sobre todo desde 1945. Priman las intenciones abstractas sobre las ideas y nada tiene de la concreta vida religiosa de la Iglesia. Un cosmopolitismo burocratizado mina casi todas las comunidades religiosas, tendiendo a convertirlas en Moral o política.  Pero tal como frente al Cosmopolitismo estoico racionalista del final de la Antigüedad se difundieron sectas o iglesias místicas en una inmensa gama, son notorias las reacciones antirracionalistas actuales. Mas, su carácter de sectas cerradas o, a la inversa, de movimientos informales, impide la multiformidad de vida y la duración de una Iglesia auténtica.
Amenazas tan fuertes contra el Catolicismo en cuanto conciencia específicamente histórica (también el Catolicismo es una cierta visión de las cosas naturales, en una línea distinta de la que aquí consideramos), abren forzosamente un interrogante sobre hacia donde se orientarán en la Iglesia los pasos que vienen. El proceso de aggiornamento parece fatal e irreversible. Un clero plenamente legítimo porque fundado en sacramentos y poseedor en sus última instancias, de una indefectibilidad e infalibilidad magisterial, ha resultado a la postre, en gran parte, hondamente viciado por las ideologías mas corrientes, que hacen muchas irreconocible el núcleo verdadero y profundo. Lo grave es que dado el ambiente general de una civilización de masas (ambiente real en Europa y Norteamérica, trasladado después a Hispanoamérica), las ideologías políticas y sociales se colocan en el primer plano de la atención y de la obediencia exigida a los laicos. Los católicos se ven movidos, por este ambiente, a pensar más en regímenes políticos o sociales, que en las verdades que vienen de las fuentes mismas y que hoy están relegadas al desván. En el siglo XVII se reflexionó hondamente sobre la Gracia y la Predestinación, en el siglo XIX los católicos se diferenciaban por temas como la libertad de enseñanza y en el siglo XX por formas económicas. Así se ha llegado a una desustanciación inmensa. Los laicos que han expresado una visión realmente libre a propósito del aggiornamiento (piénsese en el Paysan de la Garonne, de Maritain) no son mayormente escuchados. Parece, pues no haber hoy salida visible alguna hacia una verdadera renovación en espíritu. El primado pragmatista de la Pastoral sobre la Verdad tendrá que producir hasta el fin sus amargos frutos.




* Revista Dilemas n° 9, 1973.