viernes, 18 de noviembre de 2016

Acción y contemplación (2)



Lo dicho en la entrada anterior debe enfocarse ahora desde una perspectiva sobrenatural que es distinta –aunque no opuesta- a la natural. Así, hay coincidencias de términos y analogías entre contemplación natural y contemplación cristiana. Pero no se puede obviar lo original de la contemplación infusa. Sin hacer una comparación detallada, se puede señalar que el objeto de la contemplación cristiana no es el Dios de los filósofos, sino la Trinidad revelada por Jesucristo. En esta contemplación, la caridad está en el punto de partida del deseo de conocer, sostiene el ascetismo y se ubica en su término amoroso. De modo que es posible que uno, siendo cristiano, tenga grandes dotes para la especulación sin salir nunca del plano natural por faltarle la gracia, o que nunca logre la contemplación infusa porque no ha progresado en la vida espiritual. No hay que olvidar que:
Melior est (in vita) amor Dei, quam Dei cognitio" (I, q. 82, a. 3). Aunque la inteligencia sea superior a la voluntad a la cual dirige, en la tierra el conocimiento de Dios es inferior al amor de Dios, porque cuando en la tierra conocemos a Dios, lo atraemos en cierta manera hacia nosotros, y para representárnoslo le imponemos el límite de nuestras ideas limitadas; mientras que cuando lo amamos, nosotros somos atraídos hacia El, elevados hacia El, tal como es en Sí mismo. Y por eso el acto de amor de un santo, como el Cura de Ars, explicando el catecismo, vale más que una sabia meditación teológica inspirada por un amor menor.” (Garrigou-Lagrange).
1. Todos los católicos tienen vocación contemplativa. Esta afirmación pudiera chocar en una primera lectura, pues se tiende a pensar que vocación contemplativa es sinónimo de estado religioso de vida contemplativa, como es el de los anacoretas y cenobitas, y de hecho, en la Iglesia hay diversidad de vocaciones. Hay que disipar esta confusión.
a) Contemplación sobrenatural. Ya no se trata de una actividad contemplativa de orden natural –que podríamos denominar especulación- como la que realiza un metafísico. Se habla ahora de una operación sobrenatural, fruto de la infusión de la gracia generadora del organismo sobrenatural. Los tomistas coinciden en que no hay más que una especie de contemplación cristiana: la contemplación infusa y totalmente sobrenatural. Especificando más, agregan que procede formalmente de los dones del Espíritu Santo (es  acto de los dones de inteligencia y sabiduría), que la caridad es causa de los dones y, por medio de ellos, de la contemplación. Se la define como “visión simple, afectuosa y prolongada de Dios y de las cosas divinas, efecto de los dones del Espíritu Santo y de una gracia actual especial que se apodera de nosotros, y nos hace habernos más pasiva que activamente” (Tanquerey). Así, Dios es conocido y amado de un modo experimental, que no puede explicar el lenguaje humano. No es inducción, ni deducción, sino simple intuición, que todavía no es visión clara de Dios; una especie de contacto con Dios que hace sentir su presencia y gustar de ella.
b) Vocación universal a la contemplación sobrenatural. Este punto no es más que la conclusión de un silogismo sencillo. Todos los católicos están llamados a la santidad. La contemplación infusa es parte (eminente) de la santidad. Luego… Es sentencia común entre los tomistas, vigorosamente defendida por Garrigou-Lagrange, que todo bautizado tiene vocación (general y remota) a la contemplación infusa. Todo bautizado significa que no se trata de una vocación exclusiva de algunos (obispos, sacerdotes, religiosos, monjes, etc.), sino de todo fiel católico en gracia. También de los fieles más rústicos, los que no saben nada de filosofía, ni de teología; y no se excluye a los casados, pues a pesar de lo que alguno pudiera insinuar, Cristo no instituyó seis sacramentos y un desliz… 
2. Pero no todos los católicos tienen vocación a la vida religiosa contemplativa. Este punto lo tratamos en una entrada precedente. Si la vocación religiosa no la reciben todos los fieles, mucho menos se puede decir que todos los católicos están llamados a una vocación religiosa contemplativa (a hacerse cartujos, por ejemplo). Están llamados, sí, a la santidad y a la contemplación infusa como su punto culminante. 
3. La perfección no es un estado; pero hay estado de perfección. El denominado estado de perfección (expresión legítima, si se la entiende bien) consiste en la práctica efectiva de los consejos evangélicos. Pero la perfección no es un estado sino que consiste esencialmente en la perfecta caridad. Razón por la cual, recuerda Santo Tomás, en el estado de perfección hay muchos que tienen una caridad imperfecta, o nula, “como muchos obispos y religiosos que viven en pecado mortal... Mientras que hay muchos laicos, también casados, que poseen la perfección de la caridad”. Si la perfección fuese un estado, habría que concluir que Martín Lutero y Marcial Maciel fueron santos por pertenecer a un estado de perfección, el religioso. La clave para no caer en confusión está en distinguir entre la perfección de estado y la perfección personal; sabiendo que en no pocos casos son imperfectas personas que viven estado de perfección, y que son perfectas personas que no viven en dicho estado. 
4. Vida contemplativa, activa y mixta. Santo Tomás trata esta cuestión de las diferentes formas de vida partiendo del ejemplo de las anfitrionas de Cristo en casa de Lázaro: Marta y María (Lc 10, 38-42), símbolos tradicionales de la vida activa y contemplativa. 
“Con relación a la perfección cristiana, Santo Tomás distingue tres clases de vida: la vida contemplativa, la vida activa y la vida mixta o apostólica (II-II, q. 179 ss.). En efecto, unos se consagran principalmente a la contemplación de las cosas divinas, otros a las obras exteriores de misericordia, y los apóstoles a la enseñanza de la doctrina revelada y a la predicación que debe derivarse de la contemplación (q. 188, a. 6).” (Garrigou-Lagrange).
Se habla de vida para designar un modo de vivir, cierto carácter espiritual, resultante de la especialización por las actividades u obras. Vale decir que son las ocupaciones dominantes las que especifican el tipo de vida: contemplativa, activa y mixta. Estos tres tipos de vida se presentan tanto en el estado religioso, con la diversidad de sus formas institucionales, como en el laical, cuando los seglares, que no son llamados al primero, organizan su vida en función de ciertas ocupaciones predominantes.
La santidad cristiana consiste en la perfecta caridad por lo cual el tipo de vida a elegir se determina para cada uno por las exigencias concretas de esta virtud. La vida elegida, por más perfecta que sea en su especie, no es algo que santifique de modo automático, con independencia los dones que Dios concede a cada persona. 
En la próxima entrada lo veremos un poco mejor.


miércoles, 16 de noviembre de 2016

Acción y contemplación (1)

Se ha debatido en otras bitácoras sobre la relación entre acción y contemplación. Es un tema sobre el cual tal vez se haya dicho todo. Sin embargo, a juzgar por algunos comentarios, pareciera que siempre hay que volver sobre algunas las ideas fundamentales. Conviene enfocar el tema en una doble perspectiva: natural y sobrenatural. Haremos el intento en esta entrada y en las siguientes.
- El ocio aparece como lo opuesto al negocio. En la civilización moderna se tiende a dar primacía al negocio sobre el ocio, el cual tiene mala fama, pues ocio parece sinónimo de pereza, cosa inútil y por ello  mala. 
“...la vida humana se ha estructurado (casi de modo exclusivo y excluyente) en función del trabajo. En efecto, si el hombre vive para trabajar, […] el ocio y la contemplación se presentan como instancias «sospechosas». En este sentido, «ocio» equivale a ausencia de trabajo, a reticencia al esfuerzo, a holgazanería. Al respecto el pensador alemán Josef Pieper expresa: «… en un mundo configurado precisamente por el principio de utilidad no puede haber un espacio de tiempo no útil, como tampoco puede darse un trozo de terreno sin aprovechamiento. Fomentar algo así sería como caer irremediablemente en el concepto de “sabotaje cultural”»
Como se puede apreciar, el ocio es entendido ampliamente en términos de «negación», como «ausencia de», no descubriéndose en este estado ninguna positividad. Seguramente hemos oído hablar a los economistas de este modo: «mano de obra ociosa».” (Lasa) 
- Sin embargo, el ocio es objetivamente más digno que el negocio. Una vida sin espacio para el ocio, que sature el tiempo con el trabajo, para “no pensar” y “sentirse bien”, matará en el ser humano las preguntas capitales en el camino de la felicidad. Esclavizado de este modo por el negocio el hombre se degrada.
“El ocio es un estado del alma que se manifiesta en una «forma de callar», en un «no anticiparnos a nada» con nuestro hacer para que podamos percibir la realidad tal cual es. Así como sólo puede oír aquel que calla, así también sólo puede percibir lo real el que no se anticipa a la mostración de las cosas, y las dejar ser «aquello que son». Sólo de esta manera es posible que cada hombre pueda encontrarse con su propio ser, con aquello que es y con aquel Ser que da consistencia a toda creatura. Sin el ocio, el hombre se transforma en un «perezoso». Ciertamente, la acedia (la pereza) significa, originariamente, la renuncia por parte del hombre al rango que se le fija en virtud de su propia dignidad, lo cual equivale a decir que ese hombre no quiere ser aquello que Dios quiere que sea. Este hombre se resiste, de este modo, a ser él mismo.” (Lasa)
- Con la ausencia del ocio contemplativo, muere el saber porque cesa el pensamiento, y se cosifica al hombre. 
“…quien no ve, no conoce; quien no conoce, no sabe. No pararse para ver es condenarse a un perpetuo turismo de masas: una mirada fugaz a este o a aquel lugar, cuatro charlas y una docena de trivialidades aliñadas con despropósitos, un pasar por doquier sin haber parado en un solo lugar. 
Sin contemplación no hay saber, muere la scientia porque cesa el pensamiento. Frente a la planta se para el botánico para «verla» u «observarla» con el fin de estudiar su vida, - clasificarla, describirla, conocerla; se para el filósofo y el teólogo para «reflexionar» sobre los problemas del mundo y de Dios; se para todo el que realiza un trabajo, si quiere que su obra sea válida…
Reducir el espacio de la contemplación —que exige un ambiente favorable y no hostil, de silencio y de tranquilidad; que exige tanto amor para lo que se quiere ver y para el propio ver o para la búsqueda, y por lo mismo tanta disponibilidad, dedicación, sacrificio y humildad— es empequeñecer el espacio del conocimiento hasta la anulación del saber. Todo ello en provecho a los slogans vulgares de que la contemplación es «pérdida de tiempo», «egoísmo antisocial», etc…. Combatir la contemplación o reducirla de espacio hasta identificarla con una actitud antisocial o egoística, «aristocrática», es ser enemigos de una sociedad de hombres libres para hacerse constructores atareados de una masa de bípedos cosificado…” (Sciacca)
- La contemplación natural es necesaria para una vida lograda y el contemplar la verdad produce delectación.
“La contemplación natural o del orden humano es el momento intuitivo del conocer, es la intuición de la verdad: el pintor «ve» intuitivamente desde el punto de vista artístico la «verdad» de un jardín; del mismo jardín el botánico ve intuitivamente desde el punto de vista científico la verdad, y el jardinero ve la suya. Como conocimiento intuitivo, la contemplación se contrapone al conocimiento discursivo; sin embargo, es su fundamento, se contraponen en la colaboración; en la contraposición son llamados a integrarse. Pero como fundamento del conocimiento discursivo, el intuitivo puede darse solo, el otro no: es el primado de la intuición inteligente sobre el discurso racional… Frecuentemente la intuición hace superfluo el conocer discursivo, que viene después para confirmarla: lo precede siempre, a veces espera siglos para tener la llamada confirmación científica, artística, etc. Pero precisamente por esto el conocimiento discursivo es también necesario, no sólo porque confirma al intuitivo, sino porque, a través del discurso, se saca cuanto se hallaba contenido en el intuitivo, que así es fecundo en otros conocimientos; porque aun el discursivo contribuye a que la intuición llegue a ser obra construida...
El conocimiento de una verdad comporta la fruición de cuanto es conocido; cuanto más se profundiza, tanto más crece la fruición, goce desinteresado y también él contemplador, motivado precisamente por el mismo intuir y penetrar, por haber ido dentro y más adentro. Tal fruición es también co-fruición, un gozar de ello junto a los otros.” (Sciacca)
- La contemplación es fundamento necesario de la acción. Si se reemplaza la contemplación por la acción externa, por efecto de dar primacía absoluta de la eficiencia y el éxito, se deshumaniza a la persona y también se vacía la acción.
“El problema de la relación contemplación-acción es hoy planteado por muchos —no sé si por ignorancia o por malicia— en términos de aut-aut: o la una o la otra: quien contempla no obra, quien obra no contempla; urge una elección: o la contemplación o la acción, un término excluye al otro. Este modo de plantear el problema no es sólo sofístico o malicioso —lo digo para los ingenuos— sino que es también vacuo y superficial por cuanto no resuelve el problema mismo; simplemente elimina uno de los dos términos y con esto mismo el problema, operación de la que todo el mundo es capaz. Resolverlo es, en cambio, mantener unidos los dos términos en su relación. En efecto, contemplación y acción no se excluyen, se completan; mejor aún, la contemplación es el fundamento necesario de la acción.  Quien se para para ver o contemplar, y quien «ha visto», sabe: si no sabe, si no contempla, ¿qué hace? No hace, deshace o hace más de lo necesario: sale así fuera del hacer. Por consiguiente, el hacer sin el contemplar nunca es verdadero hacer, sino destruir.
…mientras el verdadero hacer no puede darse sin la previa contemplación, ésta puede darse por sí sola: el momento teorético se da por sí mismo; la verdad es válida en cuanto verdad, mientras que ningún hacer es válido si no se funda sobre el saber. Una ley física es verdadera aunque no produzca nada útil… No sólo el contemplar es el fundamento de la acción, sino que se da también independientemente de la acción que de él depende; pero, afirmada ésta independencia, añadimos: la verdadera contemplación no puede cerrarse en sí misma; se abre a la verdadera acción que nace de ella. Como hemos dicho, las profundas y duraderas obras de poesía, de arte, de caridad, etc., nacen del momento contemplativo.” (Sciacca)
- Dios ha creado al hombre compuesto de alma y cuerpo. El ser humano no es ángel. La corporeidad implica necesidades materiales no sólo para conservar la propia vida, sino también para dedicar tiempo a la contemplación. De aquí viene el legítimo lugar que corresponde al neg–otium en una ordenada escala de bienes. Lo útil no está en la cúspide de los bienes humanos pero tiene una importante función que cumplir, pues si no hubiera neg–otium no habría alimentos, fármacos, vivienda, electricidad, libros… 
Quienes se dedican más a la especulación (investigadores, profesores, abogados, etc.) a veces menosprecian a los que desempeñan oficios más orientados hacia el bien útil. Fastidia, por ejemplo, cuando se dice peyorativamente que los médicos son comerciantes; como si esa profesión, y la medicina en general, debiera vivir del aire; y como si quien la menosprecia no dependiera del comercio para cubrir sus necesidades materiales y de la medicina para tener la salud. 
Señala Aristóteles que de suyo es mejor filosofar que hacer dinero pero si se padece necesidad es preferible enriquecerse (Tópicos, III, 2, 21). La contemplación es una virtud y el hombre necesita ordinariamente de una suficiencia de bienes para el cultivo de la virtud (Santo Tomás, De Regno, I, 15); de modo que sin un mínimo de bienes útiles la contemplación no puede tener lugar. 
Mientras el hombre sea un ser corpóreo el ocio sin el negocio será un imposible antropológico. Rebelarse contra esta realidad implica alzarse contra el Creador y su Providencia. Este querer ser ángeles traerá disgustos, y podrá perturbar hasta la misma salud mental, medio necesario para la especulación.



lunes, 14 de noviembre de 2016

Una fuga mundi imaginaria


Si el estar en el mundo es visto como una maldición maniquea, habrá dificultades para aceptar el lugar en el cual la Providencia nos pone como un medio de santificación. Ante una realidad ineludible, ¿será bueno buscar modos alternativos de fuga mundi en la imaginación?
El ser humano conoce lo real a partir de los datos sensibles. Dentro del conocimiento sensitivo la imaginación cumple un papel importante. La actividad imaginativa, si es ordenada, permite aprehender la riqueza de la realidad. Pero el pecado introduce desorden en la potencia imaginativa. Por esto los autores espirituales insisten en la necesidad de purificar esta facultad para que no sea la “loca de la casa”, como la llamaba Santa Teresa. Porque la imaginación desordenada es una "bestia salvaje", en el decir de Fr. Luis de Granada, y de ella provienen disipación, tentaciones y pecados.
La fuga mundi imaginaria produce un desdoblamiento interior por el cual no se está del todo en lo que se hace. Una actividad imaginativa desordenada rompe los vínculos con la realidad y tiende a sacarnos de ella. Así, no se logra apreciar lo real en toda su riqueza. Parece que nunca se está conforme con lo que la Providencia ha puesto entre manos y se ansía otra cosa. Se produce una dualidad irreconciliable entre un ideal imaginario y la realidad presente, que se tiene por banal, tediosa y maldita.
Una manera de desdoblamiento interior es el cambio de lugar. Se desea salir de la propia situación, vital o espacial, evadiéndose imaginariamente hacia otra situación más gratificante, que en concreto es moralmente imposible [1]: quien trabaja en el campo sueña con desplazarse a la gran ciudad; el que vive agobiado por la ciudad, anhela la vida tranquila del campo; el célibe, quisiera casarse; el casado, extraña las libertades de su soltería; el casado con Fulana, hubiera preferido casarse con Mengana... Se desea algo imaginario, que puede ser bueno, pero que en las propias circunstancias se sabe contrario a lo que Dios quiere: en esto consiste el desorden. Es una rebelión interior opuesta a la conformidad con la voluntad divina [2] significada o de beneplácito; un mecanismo compensatorio dañino, que no se debe confundir con la sana expansión que pueden darnos la literatura, el cine, el teatro...
Otro modo de desdoblamiento es el anhelo de cambiar de tiempo. Lo real, lo que depende de nuestra libertad, porque está en nuestras manos, es siempre el presente. El pasado ya no existe. El futuro, para cada uno es incierto. Pero la imaginación desordenada sustrae energías al momento presente mediante nostalgias de un pasado mejor que ya no existe, o nos hace a soñar con un futuro promisorio, o angustiante, pero en todo caso irreal. A pesar de las apariencias, este desorden tiene poco que ver con la prudencia cristiana o la esperanza teologal. Es una evasión paralizante respecto de una realidad que no se logra digerir. El aquí y ahora es cruz y la “máquina del tiempo” imaginaria es un modo de bajarse de la cruz.
El punto de partida para purificar la imaginación pasa por la aceptación de la realidad tal cual es, con todos sus aspectos positivos y negativos. No se puede estar en el mundo si no se lo ama en lo que tiene de bueno y amable; si se lo rechaza todo, en bloque, porque las circunstancias en que nos toca vivir no son como las deseamos. Tampoco se puede no ser del mundo si no se detesta lo que tiene de malo. No hay que aprobarlo todo, con optimismo compulsivo y sonrisa bobalicona, en un conformismo pasivo frente a lo que nos rodea. 







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[1] “Casiano trae allá muchos ejemplos en sus Colaciones sobre la discreción y los directores experimentados saben muy bien que la imaginación o el demonio sugieren a veces prácticas moralmente imposibles contrarias a los deberes del propio estado, dándoles apariencia de inspiraciones divinas. Estas sugestiones traen consigo turbación; si obedecemos a ellas, nos ponemos en ridículo, perdemos, o hacemos perder, un tiempo precioso; si resistimos a ellas, nos parece que nos alzamos contra Dios, perdemos ánimos y acabamos por caer en la tibieza.” (Tanquerey).
[2] “Se entiende por voluntad divina significada (o voluntad de signo) cierto signos de la voluntad de Dios, como los preceptos, las prohibiciones, el espíritu de los consejos evangélicos, los sucesos queridos o permitidos por Dios. La voluntad divina significada de ese modo, mayormente la que se manifiesta en los preceptos, pertenece al dominio de la obediencia. A ella nos referimos, según Santo Tomás (I,19,11), al decir en el Padrenuestro: Fiat voluntas tuaLa voluntad divina de beneplácito es el acto interno de la voluntad de Dios aún no manifestado ni dado a conocer. De ella depende el porvenir todavía incierto para nosotros: sucesos futuros, alegrías y pruebas de breve o larga duración, hora y circunstancias de nuestra muerte, etc […] si la voluntad significada constituye el dominio de la obediencia, la voluntad de beneplácito pertenece al del abandono en las manos de Dios. Como largamente diremos más tarde, ajustando cada día más nuestra voluntad a la de Dios significada, debemos en lo restante abandonarnos confiadamente en el divino beneplácito, ciertos de que nada quiere ni permite que no sea para el bien espiritual y eterno de los que aman al Señor y perseveran en su amor” (Garrigou-Lagrange).

viernes, 11 de noviembre de 2016

Milicias canadienses prometen proteger las fronteras de estadounidenses ilegales



Una milicia canadiense parece haber tomado muy en serio la victoria de Donald Trump temiendo que cientos de miles de ilegales estadounidenses puedan intentar cruzar la frontera.

La Milicia Activa Permanente (PAM, según sus siglas en inglés) es una asociación rural que se cree que cuenta con aproximadamente 4.500 miembros a lo largo del país con cuartel general en Huntington, Ontario, cerca de la frontera con Minnesota.

"Ésta no es la frontera mexicana. Los ilegales van a enfrentarse a la nieve y a temperaturas frías hasta la muerte, más allá de los ataques de peligrosos depredadores como osos, pumas y lobos. Si eres un estadounidense y cruzas la frontera ilegalmente, las probabilidades de supervivencia son bastante mínimas", dijo John C. McCaullagh, el líder de la Milicia.

“Matar ciudadanos ilegales es un crimen en Canadá y no vamos a alentar abiertamente la violencia en nuestra organización, pero no podemos evitar que haya miembros que disparen algunos tiros en su dirección para que regresen atemorizados. Si accidentalmente eres herido en la rodilla o en una pierna, sin atención médica serás hombres muerto en dos o tres días", advierte.

“Mejor estar vivo en los EE.UU. que muerto en Canadá. Simplemente no será una buena apuesta”, agrega.

La idea de construir un muro para proteger la frontera entre Canadá y Estados Unidos es una temática popular entre los miembros de la milicia.

“Estados Unidos bajo Obama es un país debilitado. Esos demócratas maricones aman a esos ilegales que los votan. Una frontera débil entre EE.UU. y México significa que toneladas de mexicanos también están tratando de alcanzar Canadá ilegalmente, ésa es la razón por la que estamos aquí para proteger la frontera”, explica un miembro de alto rango del PAM que prefiere permanecer anónimo.

“Nos encantaría contar con un muro como el que Israel levantó contra Palestina. Israel está a 20 años de nosotros en este juego”, explica. “Muros reforzados con hierro serían lo mejor para mantener fuera a las ratas”, agrega riéndose.

Los milicianos están principalmente con miedo de los violadores, los criminales y también, sorprendentemente, los progresistas, quienes podrían cruzar la frontera canadiense, poniendo en peligro sus familias, trabajos y forma de vida.

“No son sólo los violadores y otros criminales, también están los progresistas”, explica Jerry Masborough, un veterano miliciano de 40 años. “Esos progresistas, no queremos tener nada que ver con ellos. Debilitarán a nuestro pueblo, no queremos a ninguna de esas mariquitas corrompiendo a nuestros jóvenes. Ya tenemos a un debilucho como Primer Ministro, no necesitamos a ninguno de esos amantes del Islam, bolches raritos en nuestro país", comenta. “Por mí que ardan en el infierno”, agrega.

El ex ministro conservador de Ciudadanía e Inmigración, Christopher A. Alexander, también ha propuesto la idea de un muro entre Canadá y EE.UU. en 2013 y 2014, recibiendo apoyo masivo del Parlamento antes de que el Partido Conservador fuese derrotado en las elecciones de 2015.


jueves, 10 de noviembre de 2016

La dignidad humana



Ofrecemos hoy el audio de una conferencia del Dr. Félix Lamas sobre el concepto de dignidad humana. El término dignidad, referido a de la persona humana, a veces despierta logofobia. Sin embargo, si se precisa la noción, esta reacción no tiene justificación racional, pues dignidad es algo que pertenece a la esencia (S. Th. I-I, 42, 4). El ser humano se encuentra en la cumbre de perfección de los seres corpóreos, es un poco inferior a los ángeles. Dignidad significa la bondad de algo en razón de sí mismo; es el máximo valor relativo de algo que es bueno, secundum se. Y así como bueno se dice de muchas maneras, porque su concepto es analógico, también dignidad es concepto análogico. Por ende hay dignidades. Por ejemplo, hay dignidad ontológica, y en virtud de ella un demonio es más digno que un hombre santo. Y sin vulnerar la dignidad ontológica del demonio, Dios lo castiga con el infierno... Pero también hay dignidad moral, operativa, por la cual un demonio es abismalmente menos digno que un santo. La conferencia del Dr. Lamas es una estupenda introducción al tema de media hora de duración:

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Otro revés electoral para Francisco











No somos nadie para presagiar cómo serán las cosas bajo Trump, pero nos place ver vindicada la justicia más elemental al paso que el progre-clericalismo de Bergoglio experimenta su enésimo traspié, el de resonancias las más orbitales. Un papocesarismo redivivo en tan impropia hora, y en figura tan anodina, merecía ser desmentido en todas sus insolentes injerencias por aquel que el propio pontífice llamó, con rusoniano ditirambo, «el soberano» -supuesto el caso de que perviva ese sujeto colectivo que por inercia aún llamamos "pueblo" en este hacinamiento de átomos humanos. Se recordará que Bergoglio, fiel a su estratagema de zaherir sin nombrar, se había entreverado meses atrás en la puja electoral estadounidense fustigando a quienes -como Trump- proponen construir muros, que no puentes, y aquel que retiñe el consabido estribillo del "no juzgar" no dudó en descalificar como "no cristiano" al candidato que se oponía sin complejos a la invasión migratoria patrocinada por las élites financieras.
Mejor trato recibió de Francisco la candidata derrotada, maguer ésta se declarara a favor del aborto y la ideología de género, a más de amenazar con intervenir a "las religiones" para des-dogmatizarlas y a pesar de que recientemente se ventilara, con ocasión del llamado Wikileaks, la participación de su jefe de campaña en repugnantes happenings regados con efluvios humanos (sangre, esperma, leche materna), no menos que las incursiones de Hilaria con Bill su consorte en el escabroso mundo de la pedofilia a bordo de jets privados. Todo esto sin contar las decenas de muertes accidentales de allegados que sabían más de lo conveniente, y las evidencias bastante avanzadas de la práctica del satanismo. Diríase un menú que, revirtiendo sobre la figura de un complaciente Francisco, exhibe en éste -a falta del carisma de infalibilidad, que los papas "pastoralistas" del Vaticano II no han querido comprometer- la indefectibilidad de sus preferencias personales, siempre adscritas a lo peor de la marea gnóstica que está llevando al mundo a la irremontable locura y al suicidio.
De este hombre que gusta de hablar con su rostro, podemos imaginar aquel que compondrá, con arte y primor inigualables, con ocasión de la foto con el flamante presidente norteamericano cuando éste lo visite, apenas traspuestas las murallas vaticanas.
Visto en:


lunes, 7 de noviembre de 2016

El mundo visto como maldición maniquea


La Biblia emplea el término mundo con diversos significados (ver aquí). Y formula un conjunto de afirmaciones en apariencia contradictorias. Quien pretenda interpretarlas sin hacer uso de la analogía, en clave univocista, quedará perplejo o acabará en la heterodoxia, como sucede a los protestantes con los pasajes bíblicos sobre los  "hermanos" de Jesús (Mt 28, 10).
Es necesario distinguir los significados teológicos de mundo. Siguiendo a Royo Marín, se pueden diferenciar tres importantes:
[1] La totalidad de lo creado unificada por el acto creador de Dios que lo pone en la existencia. Significa la tierra, el planeta en que habitamos, o el universo; el conjunto de todos los seres creados. Es un significado cósmico.
[2] Las vanidades y los placeres pecaminosos a que se entregan las personas que viven olvidadas de Dios. Es uno de los principales enemigos de nuestra alma; el mundo del pecado, antítesis de Cristo. Un significado soteriológico.
[3] Las estructuras terrenas que constituyen la trama de las actividades de los laicos: familia, trabajo, política, arte, diversiones sanas, etc. A veces se lo ha designado como siglo, o bien como lo secular. Es un significado histórico-cultural.
¿A cuál de estos significados se refiere la fórmula consecratio mundi que, según Pío XII, sintetiza la misión de los laicos? Evidentemente, no se refiere a [2], porque el pecado no puede ser consagrado, sino que es algo a evitar. En este sentido negativo todo cristiano, y no sólo el religioso, debe huir del mundo. Se impone aquí la fuga, el contemptus, como opuestos a la consecratio. Claramente, la consecratio se refiere a [3]. No se trata de una consagración en sentido propio por la cual las realidades profanas dejarían de ser tales (como sucede, p.ej., en la consagración de un templo o de un altar) sino de santificar lo profano (la familia, la profesión, la vida social, el deporte, etc.) de modo que sus fines propios se ordenen al fin último que es la gloria de Dios.
Todo lo hecho por Dios creador es "bueno" (Gen 1,31) y debe ser restaurado e instaurado en Cristo -de acuerdo con el "omnia instaurare in Christo" de San Pablo, asumido por San Pío X. Aunque la caída del hombre lo desordenó, lo creado continúa siendo bueno mientras el hombre no lo desvíe con el pecado. Además, la bondad natural de las cosas ha sido enaltecida por la Encarnación y la Redención (Rom 8,17-23). Sin embargo, algunos autores espirituales no siempre han visto esto con suficiente claridad:
“Por una multitud de causas, cuyo análisis detallado rebasaría con mucho los límites de esta obra, no siempre los teólogos y maestros de la vida espiritual entendieron las cosas así. Una concepción demasiado escatológica y monacal de la vida cristiana determinó la orientación de la espiritualidad hacia una desencarnación casi absoluta, haciéndola poco menos que inaccesible a los seglares, cuya vida tiene que desarrollarse forzosamente en el mundo y en medio de las estructuras terrenas en las que están inmersos. El desprecio del mundo, como enemigo del alma (cf. I Jn 2,15), se llevó hasta identificarlo casi con la necesidad de huir del mundo si se aspiraba a la perfección cristiana; con lo cual esta última se hacía poco menos que imposible a los cristianos seglares…” (Royo Marín).
A los laicos corresponde estar en el mundo no sólo en sentido cósmico [1] sino también en sentido histórico-cultural [3]. Los seglares, por disposición providencial, forman parte de diversas estructuras seculares como familia, profesión, sociedades intermedias, comunidad política. Y como Dios no los ha llamado al estado religioso, las estructuras temporales son para ellos el ámbito en el cual han de buscar la santidad. En este sentido, los laicos no se santifican a pesar de estar en el mundo, sino por medio de esta situación; así como los monjes no se santifican en su monasterio pero fuera de su oficio, sino mediante él. Corresponde a los seglares, por tanto, estar en el mundo sin ser del mundo.
Esta situación de estar sin ser causa tensiones y dificultades:
“Por una parte es evidente que el seglar ha de vivir en el mundo y ha de salvarse, e incluso santificarse, en medio de las estructuras terrenas: es precisamente lo más típico y peculiar de la vida cristiana seglar. Pero, por otra parte, no es menos claro y evidente que ningún cristiano—sea cual fuere su estado, y, por consiguiente, los mismos seglares— puede hacer las paces con el «mundo», entendiendo por tal el espíritu mundano, que vive y reina por doquier y empuja a los hombres a prescindir prácticamente de Dios para entregarse exclusivamente en cuerpo y alma a las cosas puramente humanas y terrenas, cuando no francamente pecaminosas.” (Royo Marín).
¿Cómo compaginar estas cosas tan divergentes -y al parecer contradictorias- como son vivir en el mundo y no ser del mundo? ¿Cómo es posible armonizarlas en una sola síntesis vital? Indudablemente, la solución de estas antinomias podrá hacerse a base de distinguir aspectos y matices, siempre con la gracia de Dios.
“El seglar cristiano puede y debe vivir en el mundo y desenvolver su vida en medio de las estructuras terrenas; pero de ninguna manera está autorizado, ni lo estará jamás, para ser mundano, es decir, para vivir de acuerdo con los dictámenes del espíritu mundano, enemigo de Dios y enteramente contrario al espíritu del Evangelio. Esta necesidad imprescindible de rechazar el espíritu mundano y abrazarse con el espíritu evangélico lleva consigo, indudablemente, una serie de dolorosas renuncias que afectan de lleno a cualquier cristiano, sobre todo si se trata de un seglar que tiene que vivir forzosamente en medio del mundo y respirar por todas partes el ambiente deletéreo del mismo." (Royo Marín).
La santidad consiste en la perfección de la caridad que es algo interior y que puede desarrollarse en condiciones exteriores adversas. No es una tarea sencilla pero Dios ha prometido su gracia. Habrá dificultades, arideces y cruces. Sin embargo, está en el plan de Dios que las realidades seculares sean vividas y sobrenaturalizadas por los laicos. Y todo esto es así por disposición amorosa de Dios y no por una “maldición” maniquea.
Extenderse más sobre estos temas superaría los límites de una bitácora. Cada uno deberá buscar en las diversas espiritualidades la ayuda concreta que le permita lograr un equilibrio personal entre el estar y el no ser.


sábado, 5 de noviembre de 2016

No seamos como somos.


Wanderer ha publicado una entrada de Natalia Sanmartin Fenollera, autora de El despertar de la señorita Prim. La entrada es muy buena y nos recuerda una gran verdad que es preciso reconocer: no somos como los cristianos que nos precedieron. Somos hijos de nuestro tiempo, permeables a los defectos propios del espíritu de época, que se agregan a nuestras deficiencias personales.
Con ocasión de este post del Caminante, unos amigos han hecho el sano ejercicio de reírse de sí mismos. Y en esta iconoclasia, imaginaron cómo podría (dis)funcionar una aldea creada por un grupo de tradis de hoy en torno a su capellán.
He aquí el diálogo:
- J.: Si juntas a un grupo de neotradis en una aldea perdida, con el capellán, me parece divertido pensar el resultado.
- M.: Algo así como las brujas de Salem pero a lo católico.
- J.: Primero, tendrán que decidir si el capellán es lo suficientemente ortodoxo, prudente, santo, guapo, esbelto. Esa será la primera crisis.
- M.: O la letra escarlata.
- J.: Después de la selección, lo más posible que el capellán esté chalado, o sea un charlatán. Después de ello comenzarían las intrigas sobre las homilías.
- J.: En otro orden de cosas, la taberna que se describe en el artículo es poco realista. En las tabernas hay gritos, no conversaciones. Creo que acabaría siendo cerrada, e intuyo que el alcohol prohibido, pues fomentaba el intercambio de opiniones.
- J.: La siguiente crisis sería sobre la cuestión política, estableciéndose una sana competición sobre quién es más integro, ortodoxo, monárquico, legitimista o sobre ascendencia nobiliaria (falsa en la mayoría de los casos).
- M.: Yo creo que se acababa todo cuando se diera el primer ataque de apendicitis o similar.
- J.: En todo caso, la imagen de fondo del artículo me interesa. Una imagen no muy distinta de lo que se vivía en muchos pueblos de Europa hasta bien entrada la modernidad. Sin embargo, no creo que esto fuese el ideal de muchas mentalidades neotradi-puritanas, que no deja de ser otra deformación moderna del catolicismo.
- M.: En efecto.
- E.: Habrá tres grupos: uno, el radical, que declarará vacante la capellanía porque el número de botones de la sotana no es el debido; otro, que iniciará una campaña de resistencia dura, para que Williamson ordene a tres nuevos capellanes; y por último, los que quieran canonizar en vida al capellán y excomulgar a los disidentes.
- M.: Yo digo que no llegan a eso. Se pelean antes por quien nombra patrono del pueblo y se den cuenta que para hacerlo tienen que votar.
- E.: Por supuesto, nada de sufragio igualitario, que sea por corporaciones, aunque estas sean unipersonales, pues nunca habrá ni tres tradis dispuestos a coincidir en una corporación.
- J.: Bueno, E., siempre habrá algún cura con fama de santo -y naturalmente testigo de portentosas visiones, que se disponga a celebrar misas en comedores domésticos y otras estancias tan del gusto de la resistencia ante los lobos disfrazados de ovejas. Fundamental el altar junto a una persiana de los 70 para que se vea bien lo familiar e íntimo del asunto.
Sin olvidar que, debido a la abundancia de tiempo libre, cada uno de estos grupos crearía su correspondiente portal en internet para dejar al descubierto las deficiencias morales y escándalos de los co-sodales.
- M.: Luego discutirán sobre la fecha del aviso y todo eso. Las videntes del pueblo serán una parte importante a tener en cuenta.
- J.: Y los no-aparicionistas serán despeñados por el acantilado entre gritos de júbilo.


jueves, 3 de noviembre de 2016

De preceptos y consejos


Hablar de preceptos y de consejos parece una distinción legalista y mezquina. O bien un planteamiento minimalista respecto de las posibles modalidades de la vocación cristiana. Sin embargo, la distinción se encuentra en el Nuevo Testamento: en el Evangelio (Mt. 19,21) y en San Pablo  (1 Cor, 7); y en la tradición, incluyendo a Santo Tomás.
Los tres consejos evangélicos de obediencia, pobreza y castidad -que los religiosos prometen mediante los votos correspondientes- no son preceptos y su práctica efectiva es una vocación especial que se recibe de Cristo. Se trata de una invitación que no se da a todos los bautizados, sino sólo a quienes Dios concede un don denominado vocación. Este llamamiento se comprende como unas aptitudes naturales que inclinan hacia un estado de vida (=idoneidad), unidas a un conjunto de gracias para vivir las exigencias de los consejos evangélicos. Positivamente, nunca se insistirá lo suficiente en la importancia de los dones divinos para que pueda hablarse de genuina vocación a la vida religiosa. Negativamente, S. Juan Bosco sintetizaba esta verdad en un aforismo cargado de sentido común: sacerdote sin vocación, peligro de condenación (criterio aplicable al religioso). De aquí la importancia del discernimiento vocacional y de una formación seria para quienes entran en religión. 
1. Existe una verdadera vocación universal a la santidad o perfección para todo bautizado con independencia de su estado de vida (sacerdotal, religioso, laical). Esta exigencia bautismal es manifestación del primer precepto de la ley de Dios que nos obliga a amarlo "con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas" (Mc 12,30). Consta expresamente en el Evangelio (Mt 5,48) y no admite duda. La Iglesia mantuvo siempre esta doctrina desde los tiempos apostólicos, aunque históricamente la misma se oscureció por algún tiempo. Se trata de una obligación de tendencia, no de conseguir la santidad en un momento determinado de la vida.
"Amarás al Señor Dios tuyo de todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu espíritu" (1) , y no a medias. Es decir que todos los cristianos a quienes se dirige este precepto tienen el deber, si no ya de poseer la perfección de la caridad, sí, al menos, de tender a ella, cada uno según su condición: éste en el matrimonio, aquél en el estado sacerdotal o religioso.” (Garrigou-Lagrange).
2. No hay perfección cristiana si no se guardan los mandamientos y los deberes del propio estado (Mt 19, 17). Por esta razón, los autores espirituales previenen a los principiantes de dos peligros:
- “Lo primero que exige la perfección, y con todo imperio, es el cumplimiento de los preceptos; e importa mucho grabar fuertemente este concepto en la mente de algunos que, por ejemplo, con pretexto de la devoción, descuidan sus deberes de estado, o, para practicar mas aparatosamente la limosna, retrasan sin fin el pago de sus deudas; en suma, a todos aquellos que dejan de cumplir alguno de los preceptos del Decálogo, para aspirar a más alta perfección…”
- “Solamente hemos de agregar que los deberes de estado pertenecen a la categoría de los mandamientos: son a manera de preceptos particulares, que incumben a los cristianos por razón de la vocación especial y de las funciones que Dios les ha señalado. Nadie puede, pues, santificarse sin guardar los mandamientos y los deberes de su estado; descuidarlos, so pretexto de dedicarse a obras de supererogación, es ilusión perniciosa, y una verdadera aberración; no hay que decir que el precepto es antes que el consejo.” (Tanquerey)
3. La santidad consiste esencialmente en la perfección de la caridad (S. Th., II-II, 184, 1). La integridad de la santidad radica en todas las virtudes bajo el imperio de la caridad (S. Th., II-II, 23, 8). El grado de perfección lo determina el grado de crecimiento en la caridad, de modo que un cristiano es perfecto en la medida de la intensidad de los actos elícitos de su caridad y también en la medida de la extensión de su caridad a las otras virtudes.
4. ¿Los tres consejos evangélicos llevan a una perfección cristiana superior a la exigida por los preceptos del Señor? O bien: ¿los religiosos, que viven los tres consejos, están ordenados por Dios a una mayor perfección que aquéllos otros que no los viven? Respuesta negativa, para Santo Tomás: la perfección cristiana consiste principal y esencialmente (per se et essencialiter) en los preceptos, secundaria e instrumentalmente (secundario et instrumentaliter) en los consejos (S. Th., II-II, 184, 3). La perfección cristiana radica en la caridad, sobre la cual se dan los dos preceptos fundamentales de la ley evangélica; y la función de los consejos no es otra que facilitar de modo instrumental el desarrollo de la caridad a Dios y al prójimo. 

“La perfección a que aspiran los religiosos no consiste, pues, en los consejos evangélicos: estos son los «instrumentos de la perfección», los medios destinados a facilitar la exacta observancia de los preceptos en que consiste esencialmente la perfección cristiana lo mismo para los religiosos que para los fieles que viven en el mundo.
En principio, nadie esta obligado a elegir la vía de los consejos, ya que entra en la naturaleza del consejo la libre elección de aquel a quien se da.
Mas los religiosos se comprometen por voto a la práctica constante de los tres consejos evangélicos. De este modo su guarda se convierte para ellos en necesidad para conseguir la eterna salvación.” (Philippe).
5. Aunque los tres consejos no sean preceptos, sino sólo instrumentos que facilitan el desarrollo de la caridad, que es la esencia de la perfección, ¿acaso los consejos no son necesarios para todos los bautizados? Hay que distinguir entre el espíritu y su práctica efectiva.
- El espíritu de los tres consejos de obediencia, pobreza y castidad, es instrumento para todos los cristianos que quieran alcanzar la perfección.
“…que en virtud del supremo mandamiento, todos los fieles deben tender a la perfección de la caridad, cada cual según su condición y género de vida; y que no es posible conseguir esta perfección cristiana sin poseer el espíritu de los consejos evangélicos, que es el mismo espíritu de desasimiento de que nos habla San Pablo, al advertirnos que debemos usar los bienes de este mundo como si no los usásemos, es decir sin detenernos en ellos, sin instalarnos en la tierra como si en ella debiéramos permanecer eternamente; no nos es permitido olvidar que somos todos peregrinos que vamos camino de la eternidad, y que tenemos la obligación de crecer en la caridad hasta el término de nuestro viaje. Es ésta una obligación general que deriva del precepto fundamental” (Garrigou-Lagrange). 
“Por lo que toca a los que no hicieron votos, para ser perfectos, han de seguir, cada cual según su condición, las inspiraciones de la gracia, y los consejos de un sabio director. Guardarán el espíritu de pobreza, privándose de muchas cosas inútiles, para con estas economías poder hacer limosnas, o emprender obras de celo; el espíritu de castidad, aun cuando estén casados, usando con moderación y algunas restricciones de los placeres legítimos del matrimonio, y, especialmente, evitando con cuidado todo aquello que está prohibido, o fuere peligroso; el espíritu de obediencia, sometiéndose dócilmente a sus superiores, a los que considerarán como a representantes de Dios, y también a las inspiraciones de la gracia, consultadas con un sabio director.” (Tanquerey)
- En cambio, la práctica efectiva de los tres consejos sólo es necesaria para los llamados a la vida religiosa.
“Pero además tienen algunos, como consecuencia de su vocación, obligación especial de aspirar a la perfección según un género de vida particular; por ejemplo […] los religiosos, aun los que no son sacerdotes, y las religiosas, en razón de sus votos; todos éstos han de vivir, no sólo según el espíritu de los consejos, sino en la práctica efectiva de la pobreza, castidad absoluta y obediencia.” (Garrigou-Lagrange).  
“…los Religiosos, que se obligaron con voto a practicar los tres grandes consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, no pueden, claro está, santificarse, sin guardar fielmente sus votos” (Tanquerey).
En el marco de la espiritualidad católica la práctica de los consejos evangélicos es un don divino que se concede a algunos. Y Dios no elige a los religiosos indiscriminadamente; no concede vocaciones como Cristina Kirchner repartía bienes materiales bajo el lema "para todos y todas...". 


martes, 1 de noviembre de 2016

De laicos


Respecto de la identidad y misión de los laicos resulta frecuente encontrarse con tópicos falsos o simplistas en exceso. Suele decirse que el Vaticano II fue "el concilio de los laicos"; que antes del Sínodo la Iglesia sólo se ocupaba de los clérigos y de los religiosos, pues los seglares eran casi una nada eclesial. Pero esto no es cierto.
En primer lugar porque el magisterio pontificio y episcopal se ocupó in extenso acerca de los laicos. Si se tratara de recopilar textos sólo con los publicados en los pontificados de Pío XI y Pío XII se podría editar un volumen (1).
Además del magisterio, la teología pre-conciliar (2) trató ampliamente acerca de los laicos: qué son, cómo diferenciarlos de otras personas que integran la Iglesia, cuál es su misión, su apostolado, etc. Y la teología lo hizo desde sus diversas ramas: dogmática, moral, espiritual, liturgia. La nota que caracteriza positivamente al laico en la teología del pre-concilio es la misma realidad de su presencia y acción en el mundo. Esto sería condensado en una fórmula de Pío XII, tomada del Martirologio de la Vigilia de Navidad: consecratio mundi (consagración del mundo) a partir de la cual correrían ríos de tinta. Como pequeñas muestras de esta elaboración teológica en nuestra bitácora publicamos partes de un estudio del p. Sauras sobre el sacerdocio laical y algunos capítulos de una obra del p. Sertillanges referidas a la espiritualidad de los laicos (parte material de la única espiritualidad cristiana). Agreguemos unas sugerentes palabras del teólogo Bernardo Monsegú acerca del núcleo de la cuestión:
“El seglar da testimonio de Cristo, de su pertenencia a la Iglesia y de su categoría de cristiano, quedándose en el mundo y ejerciendo la función eclesial que le corresponde dentro del organismo del Cuerpo Místico sin renunciar a las cosas del mundo. Considerado éste como creación de Dios, es bueno y santificable y no está necesariamente reñido con la santidad [...]
Sin renunciar a su libertad por el voto de obediencia, antes bien manteniendo su iniciativa personal; sin renunciar a la carne, antes bien otorgándole sus derechos en el estado legítimo del matrimonio; sin renunciar a las riquezas, antes bien usando de ellas y llevándolas a su máximo rendimiento; el seglar que quiere santificarse se afana por mantenerse unido a Cristo y llevar a perfección el ideal restaurador de Cristo, usando de todo en Cristo, según Cristo y para Cristo”. 
También el Derecho de la Iglesia reguló materias referidas a los laicos. En efecto, cabe recordar que el Código pío-benedictino de 1917 tenía un libro completo, el segundo, dedicado a las personas, dentro del cual su parte tercera regulaba sobre los laicos ("De laicis"), a lo que se deben agregar otras normas dispersas en el Código. Y por supuesto los canonistas pre-conciliares se ocuparon ampliamente del tema. 
Decía San Francisco de Sales, en una carta dirigida a una laica disconforme con su condición: "Hay que amar lo que Dios ama: Él ama nuestra vocación, amémosla nosotros también sin entretenernos en pensar en la de los demás; cumplamos con nuestro deber; llevar cada uno su cruz no es demasiado". Como no se puede amar lo que no se conoce, vamos a publicar algunas entradas sobre temas de espiritualidad relacionados con el estado laical (3). 





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(1) Algunos de los documentos más relevantes de Pío XI: Discurso a la Acción Católica de Roma, 09.03.1924; Discurso a la Federación universitaria católica italiana, 08.09.1924; Carta a los Obispos de Méjico, 02.02.1926; Discurso a la Federación italiana de los hombres católicos, 30. I 0.1926. Carta al Card. Van Roev, 15.08.1928; Carta al Card. Bertram, 13.11.1928; Carta al Card. Segura, 06.11.1929; Carta al episcopado argentino, 04.12.1930; Discurso a los peregrinos de Méjico, 02.06.1931; Carta al Patriarca de Lisboa, 10.11.1933; Carta al Card. Schuster, 28.08.1934; Carta al episcopado de Brasil,  27.10.1935. Entre los documentos más significativos de Pío XII: Card. Pacelli, Carta al Card. Hlond. 10.04.1929: Id., Carta al Presidente de la Acción Católica italiana, 30.03.1930; Pío XII, Summi Pontificatus, Enc., 20.10.1939.; Id., Mensaje al Congreso nacional de la A.C., 1950; Id., Discurso a la A.C. (03.05.1951): Idem, Evangelii Praecones, Enc., 02.06.1951; Idem. Discurso al Congreso del Apostolado de los laicos, (14.10.1951); Idem, Discurso a los participantes en el II Congreso mundial para el apostolado de los seglares, (05.10.1957).
(2) Por todos, baste citar aquí las XIII SEMANAS ESPAÑOLAS DE TEOLOGÍA (14-19 de septiembre de 1953), en especial el trabajo introductorio del del Dr. Avelino Esteban Romero (aquí) sobre el estado de la cuestión y el suplemento bibliográfico del apartado VI.
(3) El término laico ha sido usado por estudiosos pre-conciliares de relieve (Dabin, Sabater, Alonso Lobo). Para un católico tradicional, no ofrece dificultades: fue empleado por el magisterio pre-conciliar, el CIC de 1917 y por notables teólogos y canonistas. En la actualidad, la Fraternidad San Pío X lo usa para designar a quienes integran su orden tercera (aquí).