miércoles, 6 de febrero de 2013

Infalibidad monolítica


Publicamos un artículo que ha traducido un amigo de nuestra bitácora. 

Infalibidad monolítica y divergencias entre antimodernistas
1.                   El mundo católico debe mucho al pueblo sencillo que conserva la fe verdadera, tanto como a los escritores y hombres de acción antimodernistas que en los últimos decenios han desarrollado ampliamente doctrinas y acciones en defensa del depósito sagrado de la Tradición. En variados campos de la teología, especialmente en la eclesiología y en la liturgia, la profundización de los principios tradionales ha sido notable; y, en el terreno práctico de la vida católica, igualmente, los antimodernistas han batallado con un denuedo heroico que en el futuro la Historia de la Iglesia registrará destacadamente.
Divergencias en los medios antimodernistas
2.                  No son pocos, sin embargo, los desacuerdos que han surgido, en la teoría como en la práctica, entre los antimodernistas. Algunos aceptan incondicionalmente el Concilio Vaticano II, otros no. Algunos se denominan tradicionalistas, otros rechazan esa calificación [1]. Algunos dicen que el Papa Honorio fue hereje, otros lo niegan, y análogas divergencias las hay en relación a numerosos hechos de la historia de la Iglesia. Muchos adoptan algunas teorías doctrinales modernistas, estando a punto de apartarse de la ortodoxia, mientras siguen diciéndose tradicionalistas. Y por ahí siguen las diferencias en los modos de ver, llegándose con frecuencia a graves aversiones personales.
3.                  En el actual momento histórico, no parece posible conciliar posicionamientos tan diversos e incluso opuestos entre sí. Es de esperar que, con el tiempo, con la maduración de las ideas, con el influjo de la gracia que no puede abandonar a la Iglesia, las orientaciones de los fieles verdaderos caminen hacia convicciones convergentes y sólidas, y de que, sumisos al Magisterio como manda la ley de la Iglesia, los antimodernistas acaben por armonizar mejor sus posiciones, repetando siempre el viejo principio: in necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas.
¿Una infalibilidad monolítica?
4.                  Existe un punto doctrinal fundamental al que no se ve que los tratadistas más eminentes del antimodernismo, así como sus seguidores, den la importancia debida. Se trata del principio de que puede haber errores y herejías en documentos del Magisterio pontificio y conciliar no garantizados por la infalibilidad [2]. En efecto, ese principio está en general ausente de los argumentos antimodernistas, que en los últimos decenios han alimentado y sustentado el orbe católico en la buena doctrina.
5.                  Negar de modo absoluto la posiblidad de error o incluso de herejía en documento pontificio o conciliar no garantizado por la infalibidad, es atribuir a esta un carácter monolítico, que no corresponde a lo que Nuestro Señor quiso e hizo al instituirla. Las prefiguras neotestamentarias son claras: la barca de Pedro casi zozobró, siendo salvada solo por un milagro; Pedro renegó de Jesucristo y no estuvo al pie de la Cruz. Para el episodio de la resistencia de San Pablo y San Pedro en la cuestión de los ritos judaicos, búsquense las explicaciones más sutiles que puedan ser excogitadas, pero es incontrovertible que San Pedro era “digno de reprensión” (“reprehensibilis erat”) [3].
De las enseñanzas no infalibles
6.                  En la historia de la infalibilidad pontificia prevalece hasta nuestros días, infelizmente, incluso en autores tradicionales de los más consagrados, la división simplista y dicotómica, según la cual el Papa solo puede hablar, en materia doctrinal: (1) como doctor privado, o (2) en una definición infalible del Magisterio extraordinario. Para tales autores, “non datur tertium”, esto es, no hay otro modo por el que el Papa pueda hablar, no hay manera de escapar de esas dos alternativas. En esa linea queda en la sombra la tercera posibilidad, que es la de un pronunciamiento magisterial público pero no infalible. En efecto, fue apenas a partir del siglo XIX cuando se explicitó mejor y cristalizó la noción de Magisterio ordinario no infalible, y cuando los Papas y los grandes doctores profundizaron la doctrina preciosa y riquísima según la cual el Magisterio Ordinario puede gozar de infalibilidad, cuando siendo universal en el tiempo y el espacio, cumpla además las otras condiciones de la infalibilidad.
7.                  Grandes autores de la neoescolástica, preocupados por combatir el liberalismo, el modernismo y herejías afines, destacaron siempre la autoridad doctrinal papal, pareciendo insinuar a veces una infalibilidad monolítica, que subsistiría de modo absoluto en todas las circunstancias, como si no dependiese de condiciones, ni siquiera de las que habían sido expresamente declaradas en el Concilio Vaticano I. En la neoescolástica se encuentra sin embargo, con frecuencia, mayor precisión en esos conceptos, tornándose claro de esta manera que ocasionalmente, o en períodos de crisis, o quizá en otras circunstancias extraordinarias, son posibles pronunciamientos papales que no expresen la verdad. Y, en esta materia, lo que vale para el Papa vale también, mutatis mutandis, para el Concilio [4].
8.                  Hay quien dice que, aunque no siempre garantizado por la infalibilidad, un pronunciamiento doctrinal papal o conciliar no puede contener error. Esa posición se enuncia mejor de la sigiente forma: decir que una enseñanza no es infalible, no significa que en ella pueda haber error, significa tan solo que tal enseñanza no está formalmente garantizada por el carisma de la infalibilidad; para esa enseñanza, por lo tanto, incluso no estando asegurada por la infalibilidad, permanece la asistencia del Espíritu Santo, y por lo tanto vale el principio de que no puede contener error. – La buena doctrina, con todo, es otra. Esa asistencia prometida a la Iglesia puede ser absoluta, asegurando la verdad de la enseñanza, y lo es cuando están cumplidas las condiciones de la infalibidad. Cuando, empero, no están cumplidas tales condiciones, es posible el rechazo de la gracia por el hombre. Y se aplica entonces la regla enunciada por Santo Tomás: “quod potest esse et non esse, quandoque non est” (“lo que puede ser y no ser, a veces no es”). En sana lógica, no se ve como acoger la noción inflacionada monolítica de la infalibilidad, que llevaría al absurdo de un “falible infalible” [5].
Distinguiendo herético de “heretizante”
9.                  Si puede haber error o incluso herejía en documentos papales y conciliares, a fortiori, puede haber en ellos proposiciones merecedoras de censuras menos graves. Aplicado ese principio al Concilio Vaticano II, se ve que el problema no es solo saber si en el habría herejías formales, sino también verificar si, en contraste con la Tradición, hay en sus documentos finales proposiciones favorecedoras del error o de la herejía, con resabios de error o de herejía, ofensivas a los oídos piadosos, escandalosas, o merecedoras de otras censuras teológicas. En una palabra, no se trata solo de saber si en el Concilio hay errores o herejías sino también de verificar si en él hay proposiciones hetizantes [6].
10.              Manifiestamente, una proposición conciliar erronea, herética o heretizante no se incorporaría al patrimonio de las verdades de fe, por no estar ahí cumplidas las condiciones de la infalibidad del Magisterio ordinario. Tal proposición sería una declaración fallida del concilio, el cual no goza de una infalibilidad monolítica. Además en caso de que concurran varias proposiciones heretizantes, articuladas entre sí en un mismo sistema, éste, igualmente, no se incorporaría a la doctrina de la Iglesia.
En conclusión
11.               Entiendo que son apodícticos los argumentos escriturísticos y de la Tradición que fundamentan la doctina de la posibilidad de error y herejía en un documento papal y conciliar no infalible. Por otra parte, la noción de la infalibilidad monolítica inspira la mayor parte, tanto de los sedevacantistas, como de los neoconciliares que atribuyen fuerza dogmática al Vaticano II; y está en la raíz de las dudas, perplejidades y angustias que atormentan a numerosos espíritus fieles. Un amplio esclarecimiento de esa materia sería un factor de convergencia, adecuado para eliminar malentendidos y para reducir diferencias de visión que hay, en la doctrina y en la práctica, entre pensadores y movimientos antimordernistas.


N. de R.: el libro del autor aquí citado, en portugués, puede consultarse aquí.

Notas:
[1] Para indicar el género de aquellos que abrazan la fe verdaera, siguiendo la Tradición católica, empleo preferentemente el término “antimodernistas”, que parece más abarcante que los demás que son de uso corriente, como “tradicionalistas” y “antiprogresistas”.
[2] Ver “La Nouvelle Messe de Paul VI: Quén Penser?”, que publiqué en 1975, Difusion de la Pensée FranÇaise, Chiré-Montreuil, parte II, caps. IX et X, y los trabajos allí citados.
[3] Gal. 2, 11.
[4] “(…) el problema del criterio de la infalibilidad no se pone de manera esencialmente diferente en el caso del papa y del conclio ecuménico. Uno y otro, en efecto, pueden tener la intención de revestir su autoridad de manera parcial, o de manera irrevocable. Solamente esta última voluntad es criterio cierto de infalibilidad (Charles Journet, “L’Église du Verbe Incarné”, Desclée de Brouwer, 3ª ed. Aumentada, 1962, t.I, p. 578, nº 1)]
[5] La expresión es de Jean Madiran, en Le faillible infaillible: l’analyse de Jean Madiran, La Riposte Catholique, 27.11.2012.
[6] Se puede preguntar si lo que aquí escribo no chocaría con la llamada de Benedicto XVI, en el discurso a la Curia Romana de 22-12-2005, para que el Concilio sea interpretado según una “hermenéutica de la reforma en la continuidad”. – En la misma ocasión, el Papa declaró que la aceptación del Vaticano II, “en gran parte de la Iglesia”, esto es, entre los antimodernistas, depende de una “justa clave de lectura y de aplicación”. En espíritu filial y de religiosa sumisión al Magisterio vivo en toda la medida que la doctrina católica impone, digo que las dudas y polémicas sobre el Vaticano II, que desde hace décadas llenan de perprejdad a los católicos fieles, ciertamente se reducirán, o incluso tal vez desaparecerán, si Su Santidad declara, de modo más específico de lo que hasta ahora lo ha hecho, cual es esa “clave” de la interpretación del Concilio como ”reforma en la continuidad”. Por su naturaleza, esa declaración no puede dejar de esclarecer si es teológicamente posible que haya proposiciones heréticas o heretizantes en las enseñanzas conciliares de carácter doctrinal que no hayan cumplido los requisitos de infalibilidad.

domingo, 3 de febrero de 2013

Peter Vere: banderas rojas



Citado por Ludovicus, lector de nuestra bitácora, publicamos ahora un artículo del canonista Peter Vere.

Separando el trigo de la cizaña: 20 señales de alarma en un nuevo grupo religioso. 
Por Peter J. Vere, J.C.L., M.C.L.

Resumen
El autor describe una ponencia en una convención de Derecho Canónico hecha por el padre Francis Morrisey y discute las razones de la proliferación de nuevos grupos y señales de advertencia que indica que los nuevos grupos puedan estar violando normas de la Iglesia.
Desde la clausura del Concilio Vaticano II, una serie de nuevos grupos han surgido en la Iglesia. Teniendo en cuenta que muchos grupos nuevos empezaron con el pie derecho y mantuvieron una fundación sólida, otros se quedaron en el camino. Esto puede deberse a una doctrina pobre o prácticas cuestionables.
Banderas rojas y señales de alarma
Como abogado canónico a menudo me preguntan lo que la Iglesia busca a la hora de evaluar la formación de nuevos grupos dentro de la Iglesia. Mientras que lo siguiente no es de ninguna manera exhaustivo, presenta una buena lista de banderas rojas y señales de advertencia que le podría dar pautas a cualquier canonista a la hora de examinar una nueva asociación.
El padre Francisco G. Morrisey, OMI, es muy conocido por los alumnos de leyes religiosas. Como miembro permanente de los Oblatos de María Inmaculada, el padre Morrisey posee mucha experiencia de vida en la comunidad religiosa. Él es también profesor de derecho canónico en la Universidad de San Pablo y ex consultor de la Congregación para los Religiosos - el dicasterio en Roma que supervisa las diversas formas de vida consagrada en la Iglesia. Esto le ha dado mucha experiencia en el examen y la evaluación de numerosas órdenes religiosas y los nuevos grupos dentro de la Iglesia.
Hace varios años, el padre Morrisey propone 15 criterios, o señales de advertencia, al evaluar nuevas asociaciones dentro de la Iglesia. Si bien estas señales de advertencia no son ley per se - es decir, ley en el sentido de legislación - la mayoría de los canonistas aceptan estos criterios como una guía sólida en el examen y la evaluación de nuevas asociaciones dentro de la Iglesia. Para quienes tienen acceso a una buena biblioteca eclesiástica, el padre Morrisey presenta y explica estos quince criterios en su artículo "Asociaciones Canónicas", publicado en Informationes, Vol. 26, (2000), pp 88-109.
Para los que no tienen acceso a una biblioteca eclesiástica, o para aquellos que buscan una explicación más accesible para el laico promedio, aquí están los 15 criterios del padre Morrisey junto con mi explicación personal de lo que significa:
Las 15 Señales de Alerta del p. Morrisey
1. Obediencia “total” al Papa. Muchos encontrarán sorprendente esta señal de alerta. Como católicos, ¿no estamos llamados a obedecer al Santo Padre? De hecho, lo estamos. Cuando una nueva asociación busca sinceramente obedecer y seguir las enseñanzas del Santo Padre, los canonistas se muestran en gran parte satisfechos porque el grupo está haciendo lo que los grupos Católicos deben hacer. No obstante, algunas nuevas asociaciones abusan de la sensibilidad católica en este sentido. Estos grupos citan la "obediencia total al Padre Santo", cuando lo que realmente quieren decir es la obediencia parcial a enseñanzas seleccionadas del Santo Padre, sin abrazar todo el mensaje papal. Además, cuando son cuestionados por su parcial obediencia, estos grupos apelarán a su "total" dependencia al Santo Padre en un intento de eludir la autoridad del obispo diocesano. Esto nos conduce a la segunda señal de advertencia del padre Morrisey.
2. Ningún sentimiento de pertenencia a la iglesia local. Como católicos nosotros pertenecemos a la Iglesia universal. Sin embargo, también pertenecemos a la comunidad de la iglesia local, es decir, una parroquia y una diócesis local. Incluso el Santo Padre no está exento a este respecto, que es, después de todo, el Obispo de Roma y por lo tanto pertenece a una Iglesia local romana. Así, el ministerio y apostolado de cualquier forma de asociación debería centrarse en la iglesia local. Si una nueva asociación u orden religiosa no tiene sentido de pertenencia a la iglesia local, entonces esto se convierte en motivo de preocupación.
3. Falta de verdadera cooperación con las autoridades diocesanas. Para pertenecer a la iglesia local, hay que cooperar con las autoridades diocesanas locales. Después de todo, Cristo instituyó su Iglesia como una jerarquía. Dentro de esta jerarquía, nuestro Señor instituyó el cargo de obispo para supervisar una parte de los fieles de Cristo. Así, el obispo local, y no un determinado grupo religioso o asociación, tiene la responsabilidad última para el cuidado de las almas dentro de una ubicación geográfica determinada. Si una nueva asociación se niega o impide la cooperación entre ella y las autoridades diocesanas locales, entonces su fidelidad a la Iglesia es cuestionable.
4. Hacen uso de mentiras y falsedades para obtener la aprobación.Como católicos, nos preocupamos por la verdad. Después de todo, nuestro Señor denuncia a Satanás como el "Padre de la Mentira". De modo que cualquier nueva asociación debe ser veraz en la forma en que se presenta a sus miembros, autoridades de la Iglesia y el mundo exterior. Esto no es sólo una cuestión de honestidad básica, cualquier grupo o asociación que recurre a falsedades para obtener la aprobación es probable que oculte un problema más profundo. La Iglesia entiende que cada asociación, en particular cuando la asociación es nueva, comete errores al involucrarse en el ministerio o el apostolado. Cuando una asociación es honesta, sin embargo, estos problemas son identificados fácilmente y corregidos rápidamente. Esto a su vez aumenta la probabilidad de éxito de la nueva asociación en la Iglesia.
5. Demasiado pronto la insistencia en poner en común todos los bienes. Mientras que la Iglesia tiene un historial de asociaciones y órdenes religiosas en la que los miembros colocan todos sus bienes en común, la decisión de hacerlo debe venir después de un período razonable de cuidadoso discernimiento. Colocar los bienes en común, y las consecuencias de tal decisión son de por vida. Además, el potencial de abuso por parte de quienes administran los bienes comunes es grande. Por lo tanto, los canonistas fruncen el ceño ante cualquier insistencia por parte de una asociación para que sus nuevos o potenciales miembros coloquen sus bienes en común. Debido al hecho de que en los tiempos modernos se ve menos estabilidad en la vida común, a veces con miembros que optan por salir después de varios años, el manejo más prudente de los bienes en común es colocarlos en depósito hasta que un miembro muere. De esta forma, si un miembro se va, sus bienes están disponibles para sus necesidades fuera de la comunidad.
6. Afirmación de revelaciones o mensajes especiales que conducen a la fundación del grupo. Aunque esto representa una señal de advertencia, no es absoluta. La Iglesia reconoce la presencia de muchas apariciones y revelaciones privadas legítimas a lo largo de su historia. Pero no todas las presuntas apariciones o revelaciones especiales resultan ser verdad. Por lo tanto, la Iglesia deberá investigar cualquier caso de revelaciones especiales o mensajes - sobre todo cuando se convierten en el catalizador para fundar una nueva asociación. Sin embargo, si una nueva asociación se niega a divulgar o presentar sus presuntas revelaciones o mensajes especiales a la Iglesia, entonces esto de inmediato pone en duda la autenticidad de la asociación y la supuesta aparición.
7. Status especial del fundador o fundadora. Por supuesto, el fundador o fundadora siempre disfrutará de un papel especial en la fundación de una nueva asociación o comunidad. Sin embargo, en todo lo demás él o ella debe ser un miembro igual que todos los demás. Esto significa que él o ella están igualmente vinculados a las costumbres, las disciplinas y las constituciones de la comunidad. Si el fundador o fundadora demanda comidas especiales, viviendas especiales, exoneraciones especiales a las normas impuestas a los demás miembros de la comunidad, o cualquier otro trato especial, entonces esto es una señal de advertencia clara. Es de especial interés si el fundador o fundadora reclama exoneración de los requerimientos de la moral cristiana, debido a su condición (véase el punto 15 más abajo).
8. Especiales y severas penitencias impuestas. Como Santo Tomás de Aquino enseña, la virtud se encuentra en el centro, entre dos extremos. Por lo tanto, cualquier penitencia impuesta a los miembros de la comunidad debe ser moderada y razonable. Penitencias especiales y graves no son signo de virtud –mejor dicho, son signo de extremismo.
9. La multiplicidad de devociones, sin ningún tipo de unidad doctrinal entre ellos. El propósito de los sacramentales y otras devociones es acercarnos a Cristo y los sacramentos. Por lo tanto los sacramentales no son supersticiones. Una nueva asociación o comunidad debe asegurarse que cualquier devoción especial o sacramental une a sus miembros a Cristo, los sacramentos y la misión de la asociación. Por ejemplo, rezar tres Ave Marías frente a la imagen de San José mientras el Santísimo está expuesto no ofrece esa unidad. La adoración eucarística, la devoción mariana y la devoción a San José son buenas en sí mismas, sin embargo, deben ser ofrecidos de forma individual o colectiva como devoción a la Sagrada Familia. No deben ser ofrecidos en forma simultánea.
10. Promoción de elementos "alternativos" en la vida de la Iglesia.Como se mencionó anteriormente, toda asociación u organización dentro de la Iglesia debe existir para servir a las necesidades de los fieles de Cristo. Por lo tanto, los canonistas ven con recelo cualquier forma de asociación que exista exclusivamente para servir a elementos alternativos - si estos elementos son apariciones especiales, revelaciones privadas, o agendas sociales o políticas extremas, etc.- Esto no es negar que acontecimientos extraordinarios a veces puedan convertirse en el catalizador de una nueva asociación u orden religiosa. Por ejemplo, San Francisco de Asís fundó los franciscanos después de recibir una locución de nuestro Señor: "Reconstruye Mi Iglesia." Sin embargo, San Francisco no buscó a los franciscanos con la intención de promover su locución interna. Más bien, la locución interna inspiró a San Francisco para fundar una orden que serviría a la Iglesia.
11. Votos especiales. Dentro de la Iglesia se encuentran los tres votos tradicionales de pobreza, castidad y obediencia. Votos adicionales o especiales presenta numerosos problemas. A menudo, los votos especiales se reducen a los medios a través del cual los superiores indebidamente controlan a los miembros de la comunidad o asociación. El peligro es particularmente patente en un voto especial que no puede ser verificado externamente. Tomemos "alegría" como un ejemplo, se suele apelar a la evidencia objetiva de que alguien no está viviendo una vida de pobreza, castidad y / o obediencia, pero como "alegría" es un sentimiento, es demasiado subjetivo para ser juzgado de manera objetiva.
12. Secreto absoluto impuesto a los miembros. Mientras que algo de discreción y privacidad es necesario en cualquier comunidad de la Iglesia o asociación, el secreto no debe ser absoluto a menos que uno sea un confesor que tiene que preservar el secreto de confesión. Por lo tanto, cualquier asociación u organización que impone el secreto absoluto sobre sus miembros debe ser abordado con la máxima precaución. Los miembros siempre deben tener libertad para acercarse a los funcionarios diocesanos y la Santa Sede, si surgen algunos problemas dentro de la comunidad que no se abordan de forma adecuada. Asimismo, dado que estas asociaciones están al servicio de la Iglesia, todos los miembros deben poder conversar libre y honestamente con los miembros de la jerarquía de la Iglesia cuando se les solicite.
13. Control sobre la elección de los confesores y directores espirituales. Confesión y dirección espiritual conciernen al fuero interno - es decir, aquellas cosas que sólo competen a la conciencia de la persona. Dentro de unos límites razonables, una persona debe tener libertad para elegir su confesor y director espiritual. Por otra parte, la obediencia a los superiores en la realización de un apostolado o ministerio de una asociación concierne al fuero externo. En otras palabras, estas últimas son acciones públicas que pueden ser verificadas externamente. El papel del confesor y director espiritual no debe confundirse nunca con el papel de superior. No debería existir ningún tipo de confusión. De particular interés para los canonistas es cuando un superior se impone a sí mismo como confesor y / o director espiritual de un miembro a su cargo. Después de todo, el superior tendrá que tomar decisiones acerca del futuro del miembro - y al hacerlo existe fuerte tentación de hacer uso de la información recogida bajo el sello de la confesión.
14.Profundo descontento con los institutos anteriores que algunos miembros formaron parte. Al igual que algunas de las otras banderas rojas presentadas, esta señal de advertencia no es absoluta. A veces existe una muy buena razón para el descontento de un miembro con su instituto anterior. Sin embargo, un profundo descontento con un instituto anterior deberá ser examinado cuidadosamente. En la mayoría de los casos, este descontento apunta a algunos problemas más profundos con el individuo, sobre todo si él o ella tiene una historia de "conflicto de personalidades".
15. Cualquier forma de inmoralidad sexual como base. Esta señal de alerta se explica por sí sola. La enseñanza de la Iglesia es clara cuando se trata de moral sexual. Si la inmoralidad sexual es la base para un nuevo grupo o asociación, la asociación debe ser evitada. Además, uno debe inmediatamente informar de ello a la autoridad competente de la Iglesia.
Cinco Señales adicionales de advertencia de la Asociación de Estudios Sectarios Internacionales
Además de las quince señales de advertencia presentadas por el p. Morrisey, el Dr. Michael Langone ha reunido una lista de trece criterios por los cuales muchos expertos juzgan a un grupo de ser una secta. Dr. Langone es un psicólogo asesor y el Director Ejecutivo de la Asociación Internacional de Estudios Sectarios (ICSA). Ha pasado casi 30 años investigando y escribiendo sobre los cultos, y durante 20 años ha sido el editor de la Revista de Estudios Sectarios. Los siguientes cinco criterios han sido adaptados de trece criterios del Dr. Langone y aplicados al contexto de las asociaciones católicas. Algunos canonistas las consideran útiles para evaluar la legitimidad de una nueva asociación en la Iglesia.
1. El grupo está preocupado por traer nuevos miembros. Por supuesto, cada nueva asociación, si quiere crecer, se propone incrementar su membresía. Este crecimiento, sin embargo, debe venir porque los miembros potenciales se identifican con la misión o el apostolado de la asociación. Además, los miembros sólo deben unirse después de un período razonable de discernimiento. Por lo tanto, cualquier forma de asociación, cuyo objetivo principal es atraer a nuevos miembros, con exclusión de otros actos de apostolado o ministerio, debe ser examinado cuidadosamente.
2. El grupo está preocupado por ganar dinero. Al igual que el criterio anterior, no hay nada de malo per se en recaudar dinero para una asociación o apostolado. Después de todo, Cristo y los Apóstoles usaron dinero. Sin embargo, el dinero debe ser un medio de llevar a cabo el ministerio legítimo y el trabajo apostólico. Recaudar dinero nunca debe ser un fin en sí mismo. Además, los medios empleados en la recaudación de dinero deben ser honestos y transparentes.
3. Elitismo. La Iglesia Católica reconoce que en virtud de su bautismo, una cierta igualdad existe entre los fieles de Cristo, sin importar si se pertenece al laicado, a la vida religiosa, o al estado clerical. Además, entre las órdenes religiosas y las nuevas formas de vida consagrada, la Iglesia reconoce distintos tipos de carismas. Algunos son activos, ya que tienden fuertemente hacia el ministerio activo y el trabajo apostólico. Otros son contemplativos, en la que tienden más hacia la oración y la contemplación. Por supuesto, usted encontrará todo en el medio. Por lo tanto, cualquier forma de asociación que sólo reconoce vocaciones para su asociación no está pensando con la mente de la Iglesia. Tampoco las asociaciones con una mentalidad polarizada que dividen sus vocaciones de las del resto de la Iglesia.
4. El liderazgo induce sentimientos de culpa en los miembros para poder controlarlos. Una vocación dentro de la Iglesia debería ser elegida libremente. Del mismo modo, la obediencia es algo que un superior debe inspirar entre aquellos que están a su cargo. Aunque a veces ocurre que un superior debe imponer su voluntad a un miembro en particular, la obediencia no se debe coaccionar a través de medios ilícitos o indebidos. Además, si un superior constantemente debe imponer su voluntad sobre la mayoría de los miembros a través de medios coercitivos, entonces esto demuestra una problema de salud a largo plazo de la asociación o grupo religioso.
5. Los miembros del grupo rompen completamente con el mundo exterior.Por supuesto, uno debe tener cuidado aquí. Después de todo, la Iglesia tiene una larga y honorable tradición de las órdenes de clausura y contemplativa que se separan de las actividades del día a día del mundo exterior. Sin embargo, incluso las órdenes de más estricta observancia fomentan algunas formas de comunicación con el exterior con los amigos, la familia y el mundo. Por lo tanto, es motivo de preocupación cuando una asociación, sobre todo si la asociación así está establecida, anima a sus miembros a cortar por completo los lazos con los amigos, la familia y el mundo exterior. Además, hay que tener cuidado con las asociaciones que fomentan o exigen que sus miembros vivan y / o sociabilicen sólo con otros miembros del mismo grupo o asociación. También hay que tener cuidado si la asociación o amistades con personas fuera del grupo es animado sólo cuando se utiliza para promover las metas del grupo.
Reflexiones finales
Cada nueva asociación dentro de la Iglesia tiene su carisma propio y único. Sin embargo, la meta de cada nueva asociación debe cumplir con una necesidad particular dentro de la Iglesia. Una asociación se vuelve peligrosa si se le permite colocar sus propios intereses o los de su fundador y / o líder, antes que el bien común de la Iglesia - tanto a nivel local y universal.
Si se observa la presencia de más de un par de señales de aviso anteriores en el momento que se evalúa una asociación en particular, entonces los católicos deben ser cautelosos acerca de involucrarse con el grupo en cuestión. Esta asociación tiene probablemente dificultades con legítimas autoridades de la Iglesia y puede incluso degenerar en un culto - un grupo destructivo que cause daño psicológico y espiritual, representa un peligro para sus miembros.

 Tomado de:

miércoles, 30 de enero de 2013

Lombardi y el control de armas: otra clericalada


El jesuita Federico Lombardi es el vocero del Vaticano. Para evitar malos entendidos originados en su función, debiera extremar su prudencia al hacer declaraciones. Porque existe el peligro de que sus puntos de vista personales sean atribuidos a la Santa Sede. 
En el pasado, Lombardi ha dado muestras de declaraciones imprudentes o representativas de clericalismo democristiano, siempre a tono con lo políticamente correcto. Lo que aumenta la confusión sobre el valor de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Porque en rigor, no puede decirse que exista una doctrina social o política de la Iglesia, sino una doctrina moral sobre asuntos políticos y sociales, fundada en verdades reveladas y de naturaleza filosófica. Y dentro del marco de esa doctrina moral, hay un amplio campo para la determinación prudencial de diversas soluciones y una considerable variedad de posibles aplicaciones técnicas. En el caso que nos ocupa, la DSI puede dar unos principios morales generales sobre la tenencia de armas de fuego como instrumento de defensa personal, pero no puede –sin invadir la esfera de lo político, respecto de la cual es incompetente por designio divino- imponer soluciones de política prudencial, que corresponden a los Estados, ni mucho menos descender a los medios técnicos para instrumentar tales soluciones.
Los frutos de la intrusión clerical en cuestiones temporales son lamentables. Se oscurece la DSI con agregados que no le pertenecen, se mutila la función de la prudencia política, se menoscaba la legítima libertad de los católicos de proponer diferentes soluciones concretas sobre un asunto esencialmente opinable y se afecta la distinción entre laicos  y sacerdotes.
Lo cierto es que corresponde a los laicos norteamericanos, y no al jesuita Lombardi, debatir y decidir cuál será la mejor solución concreta al problema de la tenencia de armas de fuego. Seguramente algunos propondrán una legislación más restrictiva y otros estarán a favor de mantener el actual régimen legal, que es bastante permisivo. En todo caso, insistimos, es un asunto de prudencia político-legislativa.
Transcribimos el artículo de Lombardi pues resulta un claro ejemplo del clericalismo que ya hemos criticado en nuestra bitácora:
Las iniciativas anunciadas por la administración estadounidense para la limitación y el control de la difusión y el uso de las armas son ciertamente un paso en la dirección correcta. Se calcula que los estadounidenses posean hoy en día aproximadamente 300 millones de armas de fuego. Nadie puede ilusionarse con que solo baste limitar su número y el uso para impedir en el futuro masacres horrendas como aquella de Newtown, que ha sacudido la consciencia estadounidense y mundial u otras, ya sea de niños o de adultos. Pero sería mucho peor contentarse con las palabras. Y si las masacres son perpetradas por personas desequilibradas o arrastradas por el odio, no hay duda que sean efectuadas con las armas. 47 líderes religiosos de varias confesiones y religiones han dirigido un llamamiento a los diputados estadounidenses para limitar las armas de fuego que “están haciendo pagar a la sociedad un precio inaceptable en cantidad de masacres y muertes insensatas”. Estoy con ellos.
Pero mientras la sociedad estadounidense está empeñada en este debate de necesario crecimiento civil y moral, no podemos dejar de extender la mirada para recordar que las armas, en todo el mundo, consideradas en parte como instrumento de legitima defensa, son también seguramente el instrumento principal de amedrentamiento, violencia y muerte. Por eso es necesario repetir sin cesar los llamamientos para el desarme, para contrarrestar la producción, el comercio, el contrabando de armas de todo tipo, alimentado por indignos intereses económicos o de poder. Ojalá se alcanzaran resultados, como las adhesiones a las convenciones internacionales, la prohibición de las minas antipersonales y de otras formas de armas mortales, la reducción del número inmenso y desproporcionado de las cabezas nucleares. Pero las armas son y serán siempre demasiadas. Como decía el Papa volando hacia el Líbano, todos estamos consternados por las masacres en Siria, pero las armas continúan llegando. La paz nace del corazón, pero será más fácil alcanzarla si tendremos menos armas en las manos.

sábado, 26 de enero de 2013

Tolerancia e intolerancia (y 2)

Con esta entrada ponemos fin a la serie de cuatro destinada a recordar la doctrina tradicional sobre las relaciones Iglesia-Estado. 

1. La tolerancia consiste, como ya hemos dicho, en no impedir un comportamiento sin aprobarlo, y por tanto se realiza a través de una omisión. En líneas generales, no impedir sin aprobar no es per se, ni hacer el mal para obtener un bien, ni cooperar formalmente a un pecado o a un delito del prójimo. En cuanto puede ser considerado como un remoto facilitar a través de una omisión, la tolerancia podrá ser en algunos casos una cooperación material, que puede ser moralmente lícita. Mientras los preceptos morales negativos son absolutos, de forma que nunca es moralmente lícito hacer lo que ellos prohíben, los preceptos morales positivos -como son los deberes de impedir- no obligan semper et pro semper, ya que el bien que se debe hacer en una determinada situación depende de las circunstancias las cuales no se pueden prever globalmente con antelación. Cuando reprimir un error religioso comporta causar un mayor mal o impedir un bien superior, la tolerancia está justificada y, en muchos casos, será incluso obligatoria.
2. Hasta el final del pontificado de Pío XII, existía fuerte consciencia de que ningún Estado podría dar un mandato positivo o una positiva autorización de enseñar o hacer lo contrario a la verdad religiosa. Por lo que, con apoyo en las distinciones de la Teología Moral sobre la cooperación al mal, la doctrina reprobaba cualquier cooperación formal con los cultos falsos, al tiempo que analizaba los distintos supuestos de cooperación material legítima que podrían plantearse en relación con la regulación legal de las confesiones disidentes en el seno de un Estado católico.
Los tratadistas del Derecho Público Eclesiástico explicaban la naturaleza de las normas reguladoras de las confesiones acatólicas incluyéndolas en la categoría de las leyes permisivas. Estas leyes son fuente de derechos subjetivos positivos -no naturales como en el Vaticano II- de carácter esencialmente negativo, porque otorgan a sus titulares el poder de exigir una abstención u omisión. Estos derechos de libertad extrínseca, como tales, no consisten formalmente en una autorización positiva de hacer algo (esto o aquello), sino simplemente en la consagración de la independencia que, frente al Estado u otro sujeto cualquiera, corresponde a los miembros de las confesiones en tanto que ciudadanos o simples habitantes de un Estado.
3. Además, los especialistas más connotados del Ius publicum ecclesiasticum (Ottaviani, Cavagnis, Conte a Coronata, etc.) trataban de solucionar los casos más frecuentes que la tolerancia podía plantear a la conciencia del gobernante católico en lo relativo a la regulación de los  grupos religiosos tolerados. Entre los distintos supuestos, cabe mencionar ahora los siguientes:
a) Organización. Si la confesión no se halla organizada, hacerlo es cooperación formal en beneficio del error, y, como tal, absolutamente prohibida. Pero no obraría mal el gobernante que permitiera a los miembros de una confesión organizarse por su cuenta y riesgo cuando, de lo contrario, se temiera fundadamente algún serio trastorno para la sociedad.
b) Reconocimiento de personalidad jurídica. Si ya existe de hecho la confesión, y hay motivos proporcionados, puede el Estado reconocerle personalidad jurídica.
c) Posesión de bienes temporales. Es éste un derecho inherente a la personalidad jurídica. No hay dificultad, por tanto, en que lo reconozca el Estado católico. Incluso se puede exigir a los miembros el pago de los tributos destinados a la propia confesión.
d) Ayuda material. No puede el Estado otorgarla como cooperación positiva y formal. Tal sería si tuviese en vista la confesión falsa como tal. Pero si entiende dirigir esta ayuda a la comunidad que la forma, es decir, a sus miembros en cuanto son ciudadanos que cooperan al bien común político, aun con la previsión de que se utilicen dichos dineros en favor de su confesión, no es de por sí ilícita la cooperación. Porque interviniendo todos los ciudadanos en el mantenimiento del erario, éste viene a pertenecer en realidad a todos, y ha de aplicarse, por lo mismo, a los interesados, proporcionalmente a la actividad que desarrollan.
e) Protección penal. El Estado católico puede reprimir los delitos que se cometen contra los miembros de una confesión tolerada y aun contra la confesión misma, pero como delitos civiles que perturban el orden público, no en defensa de la falsa religión.
Sin ánimo de agotar con una casuística interminable, lo cierto es que la enseñanza sobre la tolerancia formulada por Pío XII, unida a las aportaciones de la doctrina iuspublicista, había alcanzado un amplio desarrollo, mostraba capacidad de adaptación a las circunstancias del siglo XX y no sometía a los acatólicos a una discriminación injusta. 

jueves, 24 de enero de 2013

El cáncer de Israel

Gracias al jesuita Lombardi sabemos que es imposible hablar de los judíos como enemigos de la Iglesia. Ahora el escritor judío Juan Gelman nos informa que los judíos, si son negros, pueden ser enemigos del Estado de Israel, ya que este es como la granja de Orwell: "todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros."


Los judíos negros, el “cáncer” de Israel
Por Juan Gelman
Nadie sabe con certeza por qué existen antiquísimas comunidades de negros judíos en Africa, en Etiopía, Eritrea, Sudán, Zimbabwe. No hay registros de este hecho, pero abundan las hipótesis: se dice que podrían ser descendientes de Menelik I, presunto hijo del rey Salomón y la reina de Saba. O miembros de Dan, una de las doce tribus hebreas mencionadas en el Antiguo Testamento (Génesis, I 29-31), que se habrían establecido en Etiopía. Lo cierto es que los lemba de Sudáfrica practican la circuncisión, no trabajan un día a la semana que dedican a rezar, no comen carne de cerdo ni de hipopótamo, que consideran afín al cerdo (www.gentiuno.com, 24-2-07) y observan otras prácticas judías comunes.
Miles de ellos emigraron a Israel en tiempos recientes huyendo del sangriento campo de batalla y de hambre en que zonas de Africa se han convertido desde hace décadas. Se estima que su número se acerca a los 60 mil y provienen sobre todo de Etiopía, Eritrea y Sudán, también de Ghana y Nigeria. Empresarios israelíes han traído a no pocos a fin de que se ocupen de los trabajos más duros y despreciables para los israelíes blancos. La extrema derecha nacionalista de Israel los ha convertido en blanco fácil de su propaganda, en especial en estos meses preelectorales. Pero viene de antes.
Miri Regev es una de las líderes del movimiento que persigue la expulsión de los negros de Israel, aunque sean judíos como ella. Ex brigadier general del ejército, reiterada ocupante de una banca en el Knesset o Parlamento israelí y figura política destacada del Likud gobernante, organizó y encabezó un mitin en Tel Aviv demandando la expulsión de sus correligionarios sudaneses asilados en la Tierra Prometida, a los que calificó de “cáncer en el cuerpo” de Israel que se debe erradicar (www.huffingtonpost.com, 24-5-12). La aplaudían unos mil manifestantes que gritaban “infiltrados, fuera de nuestra casa”. Hay, al parecer, judíos infiltrados en Israel.
Miri Regev pidió disculpas en Facebook por el exabrupto y el gobierno israelí criticó la violencia que desataron los participantes en el mitin contra pasantes negros. Pero la realidad es otra. El año pasado, Haim Mual, 20 años, fue detenido por arrojar una bomba Molotov contra un orfanato para niños africanos. No lo consideraron un delincuente racista y la sentencia fue benigna: tres meses de arresto (The Jerusalem Post, 29-4-12). Miri insiste: “Dios prohíbe –dijo– que comparemos a los africanos con seres humanos” (//elec tronicintifada.net, 31-5-12). El mismo criterio que los conquistadores españoles aplicaron hace siglos a los pueblos originarios de América latina*.
El primer ministro israelí, Benjamin Netanhayu, no está muy lejos del pensamiento de Miri. “Si no impedimos su ingreso (el de los africanos), el problema es que si hoy son 60 mil pueden llegar a 600 mil y esto amenaza nuestra existencia como Estado judío democrático... nuestra seguridad nacional y nuestra identidad nacional”, declaró en una reunión de gabinete (//mg.cpo.za, 21-5-12). Fueron declaraciones motivadas por delitos cometidos en un barrio de Tel Aviv de alta concentración migratoria africana. Pero según datos de la policía israelí citados por Hotline for Migrant Workers, la tasa delictiva de extranjeros en Israel fue del 2,04 por ciento en el 2010; la de los israelíes más del doble: se elevó al 4,99 por ciento (www.guardian.co.uk, 20-5-12).
Otros funcionarios y políticos piden la deportación de los africanos, aunque sean judíos, a países en los que la prisión o la muerte los espera. Al ministro del Interior, Eli Yishai, poco le importa: “No soy responsable de lo que pasa en Eritrea y Sudán, la ONU lo es” (www.haaretz.com, 20-5-12). El gobierno está construyendo un muro de 240 km de largo en la frontera de Israel con Egipto para bloquear la entrada de emigrantes futuros.
Un sector de la sociedad civil israelí se opone a esas políticas y ha llevado a cabo manifestaciones para condenarlas. Pero según los índices del Instituto de la Democracia en Israel correspondientes a mayo del 2012, un 52 por ciento de los israelíes encuestados coincidieron con las declaraciones oncológicas de Miri Regev y un arco del 30 al 40 por ciento se mostró particularmente molesto por la presencia en Israel de trabajadores de otros continentes. El porcentaje ascendió al 56,7 por ciento en el caso de los ghaneses y nigerianos y al 65,2 por ciento para sudaneses y eritreos.
Es notorio que muchos israelíes y sionistas califican de “antisemitas” y de “judíos que se odian a sí mismos” a personas del mismo origen que están totalmente de acuerdo con la existencia del Estado de Israel, pero critican las políticas que sus gobiernos perpetran contra los palestinos. ¿Qué cualidad habría que adjudicarle a Miri Regev y demás judíos israelíes que desprecian y humillan a otros judíos y se empeñan en expulsarlos de Israel?

 Tomado de:
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-212234-2013-01-20.html



* N. de R.: una falsedad histórica del autor.

sábado, 19 de enero de 2013

Ecumenismo a toda costa



Georg May, sacerdote desde 1951, renombrado canonista alemán, designado Protonotario Apostólico por Benedicto XVI, es el autor de este artículo sobre el ecumenismo. La traducción del italiano corresponde a un generoso lector de nuestra bitácora. 

Ecumenismo a toda costa
Por el Prof. Dr. Georg May
En Stoccarda-Hohenheim ha tenido lugar un Congreso sobre ecumenismo. Por parte católica, los ponentes fueron Heinrich Fries y Paul Wesemann; por parte protestante, Reinhard Slenczka y Friedrich Wilhelm Künneth… Parece necesario señalar algunos errores fundamentales de los dos oradores católicos, porque eran los consejeros oficiales de sus Obispos y tienen mucha influencia. Además, representaban, por decirlo de alguna manera, el ecumenismo puro, hasta el punto de que sus ideas pueden considerarse paradigmáticas.
La tesis más importante, presentada por Fries, reza así: no existe, a día de hoy, ninguna diferencia teológica que permita mantener el cisma (Kirchenspaltung), un término que puede aplicarse, añadimos nosotros, a las Iglesias Orientales cismáticas, pero no a las confesiones protestantes, cuya doctrina no sólo difiere de la doctrina católica, sino que también existe una diversidad de doctrina entre ellas. La tesis es falsa.
Antes de refutarla, prestemos atención a la imprecisión de la expresión de Fries. Confunde continuamente Teología y Fe. Parece querer decir que no hay diversidad en la Fe, en grado suficiente para dividir las confesiones. Pero debería decirlo claramente. Fe y Teología no son lo mismo. La Fe escucha obediente la voz reveladora de Dios; la Teología es la reflexión científica sobre la Revelación. La unión de la Iglesia no se basa, pues, en el acuerdo de la Teología, sino en la correspondencia de la Fe; esto es, los creyentes deben afirmar el idéntico contenido de fe. Por tanto no son las opiniones de los teólogos las que separan a los creyentes católicos de los creyentes protestantes, sino el contenido de la fe que profesan, la doctrina oficial y obligatoria. El disenso de los teólogos no es capaz de acabar con ella. La propuesta de Fries de que, al unirse las Iglesias, cada uno debería aceptar “todas las definiciones teológicas”, está bien, pero no oculta las dificultades reales. No se trata de aceptar “todas las definiciones teológicas”, sino de decir sí a todos los artículos de Fe, sin posibilidad de exceptuar ni uno solo, garantizados como están por la autoridad divina. Entonces, a ver qué hacemos con la Fe católica y con la doctrina protestante. ¡Aquí comienzan las dificultades! La Fe católica se puede precisar bastante bien, pero definir la doctrina protestante resulta arduo. En sentido teológico, la “Iglesia protestante” no existe (lo enfatizamos nosotros). Si se acepta, a estas alturas, también en el ámbito católico la poco clara expresión “Iglesia protestante”, se debe a una cierta amabilidad… o a escasa claridad. Se acepta el nombre que los protestantes dan a sus diversos grupos, pero no se trata de hecho de una calificación teológica. Además, el concepto de “Iglesia” no es aplicable a las agrupaciones de las confesiones protestantes, porque no disponen de Obispos en sucesión apostólica (…). Además, las comunidades protestantes no tienen Magisterio, hasta el punto de poder definir de manera obligatoria o al menos de enunciar en qué consiste la doctrina protestante. A lo sumo, podemos encontrar un cierto positivismo en una determinada “Iglesia” nacional, definido en Sínodos y Consistorios, a los que en alguna medida se ven sujetos los ministros.
Recordamos, sin embargo, que este positivismo no posee ninguna garantía de verdad, ni puede ser legitimado por los principios de la Reforma, sino que puede ser revocado en cualquier momento, o superado, según las relaciones mayoritarias que resultan en las votaciones finales. En última instancia, todo protestante habla sólo por sí, pronuncia solamente su actitud personal de fe de hoy, que podrá dejar sitio mañana a una opinión opuesta. Ni siquiera la teología protestante está en condiciones de definir claramente la doctrina protestante.  Sabemos muy bien que el protestantismo es un conglomerado de confesiones, de los Adventistas y de los Cuáqueros a los Viejos-Luteranos y a los Pietistas. Estas confesiones tienen divergencias tan profundas en puntos esenciales de doctrina, que  evitan, según el parecer de los propios fieles, la participación común en la Cena. Cada teólogo tiene su doctrina privada, es exégeta por su cuenta. Mañana podrá rechazar lo que ha enseñado hoy, y nadie tiene el derecho de acusarlo de carecer de fe.  No hará más que imitar al reformador Martín Lutero del que se sabe bien que dijo , en el 1517, cosas totalmente distintas de las propaladas en el 1521, y más todavía en el 1546. La “Reforma” progresa, nadie tiene el derecho de detenerla, y cada generación de teólogos protestantes se ve confrontada inmediatamente con Dios y con Su palabra (en resumen, se repite la tesis comunista de que ¡“la revolución nunca se detiene”!). Sería contrario al espíritu de la Reforma limitar esta libertad, y únicamente se explicaría desde un punto de vista táctico el intento de unir todas las fuerzas contra la Iglesia católica.
De todas las maneras, intentando formular la “doctrina protestante” –como hacen los manuales protestantes de teología sistemática- se reconoce fácilmente que la Fe católica se diferencia de aquella casi siempre. Las diferencias se refieren a cualquier objeto tratado, si bien tienen un peso y una importancia más o menos grande; respecto a la doctrina de Dios, como a la doctrina de la creación, a la cristología no menos que a la soteriología, a la doctrina de la Gracia, de la Iglesia, de los Sacramentos, así como a la doctrina mariana y de los novísimos. El punto de partida, casi siempre nominalista, de la teología protestante, produce casi en todas partes contrastes esenciales e insuperables con la Fe católica. Es falso creer que los hay únicamente en relación a creencias típicamente católicas. El concepto del Dios voluntarista del protestantismo es, por ejemplo, inaceptable para los católicos.
En la praxis, estas diferencias no resaltan menos que en la teoría, como demuestran siempre de nuevo los problemas ético-políticos. Es indispensable, en tal caso que la praxis siga a la teoría. Entre la ética social católica y la protestante se abre un abismo de contrastes. Sólo la ignorancia o la falta de honradez pueden negar estas diferencias esenciales. La Fe católica y la doctrina protestante no representan simplemente dos confesiones, son más bien dos Weltanschauungen que no van de acuerdo. (…).
Es verdad que desde el momento en que teólogos católicos, como sucede hoy, se aproximan a posiciones protestantes… se obtiene como resultado que la diversidad entre las confesiones resulta de poca entidad. Hay, hoy, teólogos católicos que defienden y adoptan doctrinas protestantes, pero siguen llamándose católicos. Llevan al engaño por la indiferencia actual del Magisterio, porque semejante contradicción no es manifiesta a los ojos de todos. En realidad, estos sedicentes teólogos “católicos” no son ya católicos y no dan testimonio de la verdad católica.
Para confirmar su tesis, Fries da mucha importancia al “Neues Glaubensbuch” (nuevo libro de la fe), publicado en 1973, en el que 35 teólogos, entre católicos y protestantes, presentan la fe común, -¡por así decirlo!- Pero ¿quién le da el derecho de dar tanta importancia a una obra privada, en absoluto oficial? No es este el lugar para criticarla severamente, como merece, (¡Como han hecho varios Obispos alemanes!). Desde el punto de vista científico, no merece confianza alguna. Constatamos, sin embargo, que se debería tener el derecho de exigir de los colaboradores católicos, que sean conocidos representantes de una Fe católica integra. ¡Pero no es este el caso! Entre otros Autores, que no cumplen esta necesaria condición, basta nombrar a Joseph Blank (Saarbrücken). Su libro “Jesús de Nazareth” pone de manifiesto inmediatamente, incluso a quien no lo lee con mucha atención, que se inspira en el protestantismo liberal, ¡y para nada en la doctrina católica!
Por parte protestante, la situación no es ambigua como por la católica. No conozco a un solo teólogo protestante que haya alcanzado cierta notoriedad, que se haya acercado a las posiciones católicas. El protestantismo espera por otra parte que los católicos vengan a unírsele, es decir, que se hagan protestantes. En Alemania, el protestantismo no ve en el ecumenismo otra cosa que un medio útil para volver el país totalmente protestante. Parece que ya haya obtenido un gran éxito en esta dirección, como lo demuestra la aportación de Fries y de Wesemann, al Congreso de Stoccarda. El protestantismo no está dispuesto a venir al encuentro… a lo sumo, algunos teólogos protestantes adoptan algunas formas católicas, externas, para volverlo más atractivo; elementos que integran, como enseña la experiencia, una parte del encanto de la Iglesia católica.  En definitiva, en la estrategia protestante, se trata de movimientos tácticos, intentos de vencer, también por tales medios, a la Iglesia “romana”.
Estas razones me inclinan a considerar el ecumenismo católico una ilusión peligrosa. Yo también deseo, por cierto, ardientemente la unión de los cristianes, pero tal reunión debe basarse en la Fe, la verdadera Fe católica. Todo depende de la verdad… El ecumenismo, tal como se practica actualmente, no sirve a la Verdad. Es más, destruye, en cuanto sea humanamente posible, los tesoros de la Iglesia y la vuelve menos atractiva, y esta es la causa de tantas crisis, de tantas apostasías de sacerdotes y de laicos, y precipita a la misma Iglesia en una crisis de identidad…
En su forma actual, el ecumenismo es un error gigantesco y una amenaza mortal. Pocos lo saben, sin embargo, y se necesita valor para decirlo. Los representantes de la teología permisiva están orgullosos de haber destruido muchos tabúes (¡verdaderos o considerados tales!), y mientras, han creado otros; tesis, movimientos, instituciones, que nadie tiene el permiso de tocar sin que los insulten y calumnien. El ecumenismo forma parte de los nuevos tabúes más importantes. Los partidarios eufóricos del Concilio lo aman; la teología permisiva ha hecho de él su principio supremo. ¡Ay del que lo toque! Es un hecho, es una regla que se observa por todas partes, que los autores más fanáticos del ecumenismo abandonan con frecuencia el servicio sacerdotal, y se casan, en un plazo más o menos largo, si directamente no se convierten al protestantismo. Pero este hecho, fácil de constatar, no ha aminorado la actividad ecuménica y, hasta ahora, no ha convencido a ningún Obispo para intervenir. El ecumenismo triunfa, convirtiéndose en el nuevo potentísimo tabú. Sin embargo, nosotros debemos seguir la voz de la conciencia, que es también la voz de la Verdad, de la Fe y de la razón, de la historia y de la experiencia…
Fries no se limita a consideraciones platónicas, sino que, como sus émulos Rahner y Küng, pasa a los llamamientos. Pide que los Obispos y los jefes protestantes concreten acciones comunes. Que consigan la unión de las Iglesias por la vía pastoral y organizativa.
¡Aquí asoma, de nuevo, la impericia científica del renombrado teólogo y consejero de Obispos, Fries! Se equivoca si cree que existe una unidad por encima de la Iglesia, donde se pudiesen reunir las Iglesias católica y protestante. La Iglesia católica forma la unidad más alta de una comunidad religiosa que se pueda pensar en la tierra. Otros grupos pueden unirse a ella, pero ella no puede desintegrarse en una comunidad que la supere… Fries propone, en resumen, una unión de bautizados sin el vínculo de la Fe común, claramente contraria a la voluntad de Cristo. ¿Está tan apegado a sus ideas que no alcanza a comprender que todos los católicos creyentes se ven obligados a responder con un decidido “non possumus” a las caóticas incertezas de su super-iglesia? Conoce, sin embargo, la aversión de los católicos que aún no han sido instrumentalizados a semejantes insinuaciones anti-católicas. Ha dicho, en Stoccarda, que la oposición contra sus ideas estaba creciendo en el pueblo de Dios. Pone de manifiesto su cinismo si solicita a los dirigentes que actúen rápidamente, antes de que la oposición aumente más; en definitiva, aconseja manipular a este pueblo de Dios tomándolo por sorpresa…
También las propuestas de Wesemann, que desea igualmente forzar la actividad ecuménica, son peligrosísimas. Según su parecer, los “dirigentes” eclesiásticos deberían preguntarse, antes de publicar cualquier orden, si el contenido ayuda o perjudica el ecumenismo. Este consejo demuestra que desconoce totalmente el papel de la Iglesia. La Iglesia debe modelar la propia vida según el espíritu de Cristo y los principios de su Fe, en vez de estar mirando sólo a la eventual susceptibilidad protestante, siguiendo en todo únicamente un criterio oportunista. ¡Pero no! ¡El aplauso o la crítica del mundo protestante se convierten en norma para el desarrollo de la vida eclesiástica! Semejante solicitud equivale a traicionar a Cristo y a la Verdad. ¡A qué excesos se llega cuando el ecumenismo se convierte en una idea fija!
***
 A propósito de esto, he aquí el juicio de Urs von Balthasar que ha hablado también del peligro de una falsa unión, en una conferencia celebrada en Mónaco y en Ratisbona (Pseudoeinheit). Ciertas esperanzas, de una unión con las otras comunidades cristianas y con el comunismo, son utópicas, porque se trata de una rivalidad entre ideologías totalitarias (Rivalitát von Ganzheiten). “El diálogo no carece de peligro para los católicos, porque ya que deben defender puntos fuertes (Pluspunkte), se ven tentados, para unificar el nivel con otros, a rebajar el suyo”. Sería un retroceso si la Iglesia buscase restablecer la unidad de las Weltanschauungen, obviando las cuestiones controvertidas. La Iglesia debe recordar cual es el contenido de la doctrina de la que es portadora. Debido a que puntos esenciales de la doctrina católica han sido ya olvidados –a menudo pronunciando un “mea culpa” en lugar equivocado- está a estas alturas tentada de buscar la salvación en el Zen o en el Yoga, en Marx o en Hegel. “La falta de hombres espirituales en la Iglesia, capaces de mostrar el camino que conduce a Dios, hace que busquemos una guía fuera de ella”. (FELS, marzo 2 1974).
***
¿Qué vía escoger, entonces? Según Wigand Siebel, hay una sola (que ha dado óptimos resultados en el pasado, particularmente en Inglaterra, en América y en Suecia, ¡donde todo se estanca ahora!). “Hay que volver la Iglesia Católica tan esplendorosa, atractiva, fuerte, como sea posible. Lo cual se consigue mediante la oración y la penitencia, la práctica de la virtud y el esfuerzo por santificarse, el cuidado de la verdad y de la caridad, la fidelidad a la Fe traicionada y el infatigable anuncio de esta Fe a los que han abandonado la casa del Padre. Tenemos que hacer todo para allanar el camino al cristiano no católico para que vuelva a la Iglesia”.
Publicado en la revista “Chiesa Viva”, Nº 371  (2005), pp. 6-8.