sábado, 8 de febrero de 2014

Cría cuervos


Discurso de Pablo VI en la ONU (1965): "3. Nuestro mensaje desea ser ante todo una ratificación moral y solemne de esta augusta Organización. Este mensaje nace de nuestra experiencia histórica. Es como "experto en humanidad" que aportamos a esta Organización el sufragio de nuestros últimos predecesores el de todo el episcopado católico y el nuestro, convencidos como estamos de que esta Organización representa el camino obligado de la civilización moderna y de la paz mundial"
Discurso de Juan Pablo II en la ONU (1995): "1. Es un honor para mí tomar la palabra en esta Asamblea de los pueblos, para celebrar con los hombres y mujeres de todos los países, razas, lenguas y culturas, los cincuenta años de la fundación de la Organización de las Naciones Unidas. Soy plenamente consciente de que, hablando a esta respetable Asamblea, tengo la oportunidad de dirigirme, en cierto sentido, a toda la familia de los pueblos de la tierra. Mi palabra, que quiere ser signo de la estima y del interés de la Sede Apostólica y de la Iglesia Católica por esta Institución, se une de buen grado a la voz de quienes ven en la ONU la esperanza de un futuro mejor para la sociedad de los hombres"
El portavoz del Vaticano, el padre Federico Lombardi en un comunicado publicado hoy ha indicado que “no se puede hablar de un “choque entre la ONU y el Vaticano” y recuerda que la Santa Sede siempre ha dado “un fuerte apoyo moral a la Organización de las Naciones Unidas, como lugar de encuentro entre las naciones”.
Y el punto más grave es que las observaciones del Comité parecen superar sus competencias propias, al interferir en las posiciones doctrinales y morales de la Iglesia católica, dando indicaciones que implican evaluaciones morales sobre la contracepción y el aborto, o la educación en las familias, o la visión de la sexualidad humana, a la luz de una propia visión ideológica de la sexualidad.

jueves, 6 de febrero de 2014

La Legión necesita pronunciarse sobre la figura del fundador

Reproducimos hoy un artículo interesante con el que no estamos en todo de acuerdo. En primer lugar, porque pensamos que la Legión de Cristo no tiene "carisma" en sentido estricto, aunque pudiera tenerlo en un sentido amplio (=fin, misión, cometido apostólico); y porque carisma es un término que convendría no usar para esta singular congregación, a menos que se procediera a reformarla radicalmente cambiándole hasta el nombre. En segundo lugar, porque compartimos la opinión que Marcial Maciel no fue propiamente un fundador sino un simple organizador material. Y en tercer lugar, porque llamar "obra de Dios" a esta congregación -de institución eclesiástica y no divina- resulta inconveniente habida cuenta de los turbios orígenes del instituto. A pesar de nuestro desacuerdo, el artículo de Gaxiola tiene algunos puntos interesantes y supera en contenido y estilo las habituales apologías voluntaristas de otros legionarios.

P.S.: parece que hay alguna novedad de parte de la L.C.
(Javier Gaxiola, LC).- La gente como yo aprende con el tiempo a tragarse palabras. Me explico. Por personalidad, tendemos a decir lo primero que se nos viene a la mente. A menudo decimos cosas que no pretendíamos decir. A lo largo del tiempo vas aprendiendo que la mejor forma de mejorarlo es callarte una que otra vez. Nunca llegas a lograr el absoluto control, pero por lo menos aprendes a pensar dos veces antes de hablar.
La lectura de un artículo reciente me ha animado a compartir mi punto de vista sobre la Legión. Confieso que este escrito es en parte desahogo de muchos años de silencio, pero creo que es mejor así. El tiempo me ha permitido discernir mejor y hacer una lectura de la historia desde Dios, liberándome de juicios parciales y fáciles, no siempre constructivos y sanos. Lo hago desde dentro, como uno más que ha vivido todo esto en primera fila. Comparto las reflexiones que han ido madurando a lo largo de los últimos años de historia de mi Congregación. Repito: soy un legionario más, que nadie conoce o por lo menos muy pocos. Soy un religioso con votos perpetuos y ni siquiera soy sacerdote aún.
¿Qué hay en mi corazón? Ahora paz y descanso después de tantos años de borrasca y tensión. Escribo después de momentos de sufrimiento, confusión e incertezas. Quisiera decir tantas cosas, y que a la vez todo esto tuviera un cierto orden. Lo hago sin pretender dar una opinión institucional sino personal, y en un contexto de Capítulo General que está siendo celebrado actualmente en la ciudad de Roma. Tampoco soy un experto en el tema de los carismas en la Iglesia, sino todo lo contrario. Comienzo sin más la lista, esperando que pueda expresar lo que ha ido creciendo dentro de mí en estos últimos años.
1) Perdón: yo también pido perdón. Lo hicieron algunos superiores, lo hizo recientemente el Padre Juan Sabadell, padre capitular,y lo hago también yo. Primero porque sé que el fundador no lo hizo con quienes ofendió y a quienes abusó, y había gente que lo esperaba. Segundo porque yo también soy parte de una Legión pecadora, a la que he contribuido con mi pecado personal y mis actitudes poco cristianas en tantas ocasiones. Créanme que me esfuerzo por vivir el Evangelio todos los días, busco con sincero corazón reparar mis pecados y desagraviar el Corazón de Cristo y de tantos hermanos míos que han sufrido y siguen sufriendo por nuestra causa. Perdón por no creerles a tiempo, perdón por criticarles en el pasado, perdón por mis favoritismos y mi poco espíritu evangélico que en ocasiones reflejé en la pastoral vocacional y juvenil.
2) Pronunciamiento sobre el fundador: estoy también de acuerdo con la opinión de que la Legión necesita pronunciarse sobre la figura del fundador y tomar una postura institucional clara. La Legión necesita iluminar la oscuridad que existe sobre su historia y a la vez disponerse a cerrar el tema para poder seguir avanzando en su proceso. En parte lo ha hecho, pero no es suficiente. Personalmente confío esta tarea al Capítulo General en el que toda la congregación participa a través de sus representantes elegidos por votación. Tengo esperanza en que Dios nos ayudará a arrojar luz sobre el tema, pues hasta ahora estuvimos en años de silencio al respecto: en parte por la investigación, por la obvia complejidad del caso y en parte también por un evidente estancamiento inicial debido a fuertes tensiones entre nosotros, que defendíamos diferentes puntos de vista sobre el tema. Hoy siento que, en general, los legionarios coincidimos en este punto concreto, y de hecho ya ha sido anunciado como primer punto de análisis del capítulo, en la parte del examen de conciencia y el compromiso penitencial. Me consta que muchos padres capitulares lo llevaban como punto de partida en sus anotaciones personales, en parte por petición de la base.
3) El carisma existe: me permito hacer unas observaciones a un artículo reciente que sostiene como tesis que el carisma de la Legión de Cristo es un enigma. Entiendo que el fundador haya hecho sufrir a mucha gente y me apena profundamente. Entiendo también que la Legión cometió muchos errores, que los legionarios cometimos y seguimos cometiendo errores. Pero el salto de ahí a la deducción de que no hay carisma es mortal yno tiene fundamento.
4) La palabra carisma no se usa en el derecho canónico: la afirmación sobre el carisma del Cardenal De Paolis, delegado del Papa para el proceso de renovación de la congregación, en su entrevista sobre el capítulo, no es incorrecta: el derecho canónico actual no menciona la palabra carisma cuando habla de los institutos de vida religiosa. Decir que prefiere hablar de patrimonio espiritual en lugar de carisma no es necesariamente porque crea que la Legión no lo tiene, sino que simplemente habla como un canonista. Otra razón obvia es que la palabra carisma se suele usar para referirse a los fundadores, lo cual en la Legión no sólo es dañino, sino que es lo contrario a lo que se busca. En el fondo los términos son intercambiables.
5) La Legión sí tiene carisma. El hecho de que no hayamos llegado a la redefinición exacta no quiere decir que no lo haya. La dificultad es grande porque la definición del carisma y la vivencia del mismo se tenía y tiene que purificar de desviaciones, vicios, psicopatías y pecados del fundador y de tantos legionarios que han y hemos contribuido a esa desviación. Pero una cosa es la redefinición del carisma y muy distinta su existencia. Más aún: me atrevería a decir que hay que distinguir entre carisma fundacional y carisma del fundador. En la Legión el carisma del fundador no existió. Sin embargo se coló en las estructuras. El proceso de renovación y purificación no ha sido otra cosa que buscar detectar con sinceridad y espíritu evangélico aquellos puntos en los que el carisma fundacional de la orden fue contaminado por el fundador y distanciarse de ellos. No ha sido fácil. El discernimiento también produce tensiones. Considero un milagro que hayamos llegado a un cierto consenso sobre el tema.
6) El carisma no es estático: no nos debe sorprender que la formulación del carisma cambie. De hecho los grupos carismáticos pasan a lo largo de su vida por un proceso de identificación que no siempre es lineal y progresivo. La evolución de un carisma fundacional que se extiende en el tiempo es un fenómeno normal en la Iglesia. Los capítulos Generales son precisamente para adecuar el carisma a los tiempos y lugares. Posteriormente, la Iglesia universal y local tiene la autoridad dada por Cristo para discernir si un carisma le es evangélicamente útil en un momento concreto. El caso de la Legión es obviamente distinto y el capítulo actual es de hecho extraordinario. La Legión ha sido acompañada por la Iglesia para renovarse y la Iglesia misma discernirá la utilidad evangélica de la nueva Legión.
7) Para ser carisma no se necesita novedad doctrinal. El hecho de que una congregación tenga como carisma un aspecto ya existente en la espiritualidad de la Iglesia, no quiere decir que no es un auténtico carisma. De hecho, el carisma de las congregaciones no se inventa nada. Es un don que el Espíritu da a su Iglesia para enriquecerla, resaltando un modo de vivir el Evangelio y la vida cristiana que surge de alguno de los misterios revelados de Cristo.
8) Caso sin precedentes. Efectivamente, como ha dicho más de alguno, estamos ante un caso sin precedentes (al menos de lo que yo conozco) en la Iglesia. Estamos ante una congregación que ve la necesidad de desvincularse de la figura de su fundador por todo lo que se sabe, y que en ese mismo distanciamiento busca descubrir con más pureza el propio carisma. No lo considero tan problemático, si entendemos que el carisma fundacional es distinto al del fundador, y que una obra puede seguir adelante mientras Dios así lo quiera, manifestándose a través de la tradición legítima de la Congregación y el discernimiento de la Iglesia universal o local.
9) Espíritu nuevo y nueva Legión: el Card.De Paolis nunca dijo que los problemas de la Legión se resolverían con el Capítulo General extraordinario, ni con las nuevas Constituciones o los nuevos superiores. Sería una aberración teológica, y pretender una perfección imposible en la contingencia de una obra conformada por hombres. De hecho, en su última homilía a la comunidad de Roma, se atrevió a afirmar que no era suficiente para renovarnos tener nuevas Constituciones y nuevo gobierno y que era necesario que los legionarios viviéramos esta nueva etapa con un espíritu nuevo. Dijo también que nuestra memoria histórica se debía remontar no a la época del fundador (por razones que ya sabemos) sino al proceso de renovación que hemos vivido, con todo lo que hemos descubierto, con las heridas que han sido expuestas, las víctimas que han sufrido, la reparación y la acción purificadora y renovadora de Dios de la que hemos sido testigos los que la hemos vivido y experimentado.
10) Libertad interior y ejercicio de la autoridad: es mentira que nos manipulan y nos esconden información. Sé que antes se hizo, y está muy mal, aunque hay que entender los contextos (no justifico; sólo digo que era comprensible por la estructura que había creado el P. Maciel). Ya no es así, tenemos acceso a la información necesaria, libertad de expresar las opiniones que queramos y de confrontarnos en fraternidad y verdad. La autoridad está siendo también ejercida de un modo diferente. Se respetan las indicaciones de la división de fueros y se promueve un espacio de libertad interior y discernimiento personal. El proceso es lento pero sí se ha avanzado y veo con mucha esperanza el comienzo de un ejercicio de una autoridad más caritativa y más pastoral.
11) Obra de Dios: Yo sí me atrevo a afirmar con certeza que la Legión es una obra de Dios. Primero porqué veo un claro carisma. Como dije antes, el Capítulo General en el que nos encontramos se encargará de formularla. Después de estarlo reflexionando comunitaria mente durante los últimos 4 años, para mí (no soy el único) es vivir el Misterio de Jesús que anuncia el Reino, un Reino que se instaura desde la humildad de la Cruz. Ante ese Jesús los legionarios y miembros del Reino cerramos filas.
No soy ingenuo. Sé que hay muchos retos por delante, muchos problemas que resolver y muchas heridas que cicatrizar. Sé que el proceso de cambio de mentalidad en la praxis será lento y a muchos nos gustaría que se acelerara un poco el ritmo. Independientemente de las opiniones sobre la velocidad del proceso, tengo esperanza en Dios. Soy de los que creen que Dios actúa en la historia, que Él puede levantar al caído y que su Misericordia no se cansa de perdonarnos. Por ello me lanzo con entusiasmo al futuro, aceptando mi pasado, nuestro pasado, confiándolo en las manos de Dios y poniendo los medios para disponernos a recibir de Él una verdadera conversión. Confío en que la gracia prevalecerá sobre el pecado y el mal mientras en la Legión haya frutos de santidad y corazones que lo busquen con sincero corazón.
Fuente:

martes, 4 de febrero de 2014

Sentido literal y literalismo


En un comentario a esta entrada que no fue publicado se decía -entre otras cosas- que los pecados son personales, lo cual es verdad, tachando por heterodoxa la noción de “pecados colectivos” (que se usa en sentido analógico, tal como se explica en el artículo ya enlazado). Cada día que pasa nos convencemos más de los estragos que causa en la inteligencia de los católicos la ausencia de un pensar analógico. Lo que se traduce en una hermenéutica literalista de la Sagrada Escritura, que podría llevar a resultados como el del vídeo que ilustra esta mini-entrada. Una entrada que no tiene por finalidad discutir complejos problemas exegéticos ni pretende adentrarse en los singulares carismas conferidos por Cristo a los Apóstoles, sino que se limita a ilustrar las consecuencias más extravagantes del univocismo/literalismo en el mundo protestante. 

Yo os he dado poder para andar sobre serpientes y escorpiones y sobre toda potencia enemiga, y nada os dañará.” (Lc. X, 19)
“Estos poderes que Cristo les dio para que pudiesen realizar su misión están expresados por la metáfora de diversos animales venenosos (Sal 90, 13), lo mismo que contra «toda potencia enemiga», por la que se significan los poderes demoníacos.” (García Cordero).
“El sentido literal es el que el autor humano quería que su receptor captase. Por tanto, es inseparable de su intención. Está dado en el género literario o el giro convencional usado por el autor. No debe confundirse con el sentido "literalista" (que comúnmente llamamos "literal" o "a la letra"). El sentido literalista de la expresión "se conmovieron las entrañas de José a causa de su hermano" (Gén 43, 30) es que sus órganos internos (entrañas) se convulsionaron. Pero el sentido literal es que tuvo compasión: "entrañas" es usado metafóricamente, como era común antaño (IRe 3,26; Is 16,11; 63,15; Jer 31,20; Lam 2,11; Hab 3,16). El sentido literal se determina por sus contextos literario, cultural e histórico, y los usos convencionales lingüísticos de la época -por eso era comprensible a su lector.” (Arens).

lunes, 3 de febrero de 2014

La inoperancia de los “meaculpismos”.

En nuestra opinión muchas veces resulta necesario pedir perdón públicamente por los pecados personales y también por los denominados “pecados colectivos”. E incluimos en esta última categoría a los pecados que son fruto de las estructuras de instituciones como el Opus Dei y otros grupos semejantes. Sin embargo, todo ello no debe implicar una actitud que se puede denominar meaculpismo, emparentada con el canibalismo institucionalTranscribimos en esta entrada un artículo sobre el meaculpismo en la empresa. Las reflexiones del autor pueden extrapolarse –mutatis mutandis- a la Iglesia y a sus instituciones.

La inoperancia de los “meaculpismos”.
Por Juan José García.
Vivimos en una sociedad rica en contrastes. Uno de los que más llama la atención es que mientras algunos se empeñan en decir que no se arrepienten de nada y que si tuvieran que volver a vivir no cambiarían ninguna de sus decisiones, otros suelen adoptar una postura casi como si fueran víctimas de ellos mismos, asumen una especie de “meaculpismo” generalizado: todo lo hicieron mal. Confiesan que no supieron advertir señales que les enviaban las circunstancias, que se equivocaron a la hora de descifrar los acontecimientos, que actuaron obnubilados por algún objetivo que erróneamente consideraron como el más importante… Como si buscaran la absolución por parte de la opinión pública. Y la mayoría de las veces la consiguen. Lo que no queda tan claro es si se trata de una oportunidad para rectificar el rumbo, o de una estrategia para continuar actuando negligentemente para volver a pedir perdón al cabo de los años.
Esto también ocurre muchas veces en las empresa. Algunas veces es el gerente general quien asume una postura de víctima principal de sus propios errores ante la línea inmediata de subordinados, buscando una especie de compasión que los haga postergar sus propios intereses dañados; otras son los gerentes medios ante sus pares para eludir un juicio demasiado duro.
Se trata de algo bastante generalizado porque en el fondo no es tan costoso reconocer que nos equivocamos, que lo hicimos mal, todo mal. Lo que no deja de tener algún mérito, si fue realmente así. Pero se trata de un mérito mínimo, porque no hay nadie que pueda presumir de no haberse equivocado nunca: el error es connatural a la condición humana. Si nadie puede quedar al margen del error, tampoco yo, se podría pensar. Y además ¡lo reconozco públicamente! Sólo falta el aplauso para el héroe. ¿Por qué entonces considerar escaso el mérito? Esa generalización de los propios errores, sin puntualizar en qué consistieron ni descender al reconocimiento de cómo se podría, y se debería, haberlos evitado, es muy dañino para la salud de la empresa, concretamente para el “tono” –la sana tensión– que es conveniente que impregne el clima laboral. Los meaculpismos que no puntualizan los fallos ni determinan quiénes son los responsables suelen instalar un clima de indulto generalizado donde todos somos culpables. Lo que resulta “cómodo” en tanto que nadie asume el costo. Y entonces comienzan a aflojarse los resortes de la responsabilidad individual porque si nadie va a pagar los platos rotos ¿para qué esforzarse en lo sucesivo por evitar que se rompan? El problema es que lo que resulta muy cómodo a corto plazo acaba generando notables incomodidades no mucho más tarde.
Ese meaculpismo generalizado resulta inoperante porque es desmoralizador, aniquila la moral de victoria que implica superar muchas dificultades que la mayoría de las veces provienen de los errores de quienes se han propuesto lograr determinada meta. Esto obliga a reconocer la responsabilidad personal en esas fallas; una responsabilidad que admite una gama muy variable porque las circunstancias y el hecho de trabajar en equipo pueden atenuar mucho los descuidos. “Un error es un tesoro”, acuñaron los japoneses. Pero lo será siempre que no nos quedemos en el diagnóstico sino que busquemos una solución. Es decir, si identificamos los errores concretos para rectificarlos. En este sentido es frecuente que las mejores empresas de servicio sean aquellas en las que más errores quedan registrados. A primera vista podría parecer todo lo contrario: si hay más errores es que son peores. Pero no es así: como tienen conciencia de trabajar bien, y su intento es hacerlo cada día mejor, no tienen ningún inconveniente en dejar registradas las fallas para superarlas. En cambio las que no están dispuestas a ese empeño ocultan sus deficiencias, y por eso “aparentemente” pueden dar la impresión de que son mejores. Quizá una parte importante de la fortaleza que exige la tarea directiva sea la valentía para atreverse a actuar, porque eso equivale a decir atreverse a cometer errores. Y reforzar entonces esa actitud valiente no amparándose en la posible indulgencia general de los otros ante la propia confesión de ineptitud. Sino reconocer qué se hizo bien, qué se debió hacer mejor y se hará en adelante para evitar que se repita ese error, y qué cosas, aunque no estén decididamente mal, cabría mejorar.
Siempre es más difícil pedir perdón por haber sido impuntual a quienes están esperando (por no haber dejado de mirar el correo diez minutos antes tal como teníamos planificado, por poner un ejemplo trivial), por mínima que sea esa impuntualidad, que hacer una pequeña escena diciendo “ya me conocen, siempre me pasa lo mismo”,etc., etc.
Por el contrario qué tonificante resulta un reconocimiento sincero de los errores concretos que podamos haber cometido. ¿Qué hice mal? ¿Dónde me equivoqué? ¿Qué puedo aprender de este error para evitarlo en lo sucesivo? ¿Qué debía haber hecho, porque estaba a mi alcance, y no lo hice? ¿Fue negligencia, pereza, desconocimiento, falta de experiencia?
¿Qué debo hacer en el futuro para sacudirme esa especie de modorra que me impide enfrentarme conmigo mismo para salir de esa nebulosa en la que todos los gatos son pardos? Esto exige pensar, enfrentarse con uno mismo, en definitiva: asumir la gestión de sí mismo que es la primera tarea a la hora de dirigir. 

Fuente:

http://www.ieem.edu.uy/prensa/143_la-inoperancia-de-los-meaculpismos/

viernes, 31 de enero de 2014

Heterodoxia criptógama

"La Iglesia actual excluye gentilmente del depósito revelado
todo lo que la opinión pública condena" (Nicolás Gómez Dávila).

I. En una demoledora crítica al pensamiento del jesuita Juan Luis Segundo, Horacio Bojorge utiliza como instrumento la noción de herejía criptógama elaborada por Karl Rahner*. Vale la pena detenerse un poco a considerar esta noción acuñada por Rahner para comprender mejor algunas realidades de nuestro presente. Debemos aclarar desde ya que, en nuestra opinión, se debe mantener el término herejía en su sentido tradicional y estricto, mientras que para caracterizar realidades como las que describe Rahner, es mejor emplear el término heterodoxia. Por ello titulamos esta entrada heterodoxia criptógama aunque a veces empleamos el término "herejía" para exponer el pensamiento rahneriano.
Para el teólogo germano, después del modernismo, los errores en los escritos teológicos están más en lo que se silencia que en lo que se dice. La heterodoxia, actualmente, se ha hecho sutil y casi inasible por el sólo análisis de los textos. Porque sus autores por un lado reconocen la oposición de sus concepciones con las doctrinas de la Iglesia, pero, por otra parte, no quieren dejarse echar de la Iglesia por la autoridad eclesiástica. Existe así la herejía no formulada, que evita las tesis precisas y claras, que trabaja con simples omisiones y perspectivas unilaterales, y salta bruscamente a la práctica. El mismo Rahner pone algunos ejemplos: “¿No es algo así lo que motiva que se evite intencionadamente la palabra infierno, que no se hable ya de consejos evangélicos, de votos, del estado de las órdenes, o que se hable a lo sumo insegura y atropelladamente, cuando no hay ya más remedio? ¿Con qué frecuencia predica a su auditorio en nuestros países el predicador para hombres cultos de penas temporales, del pecado, de indulgencias, de los ángeles, del ayuno, del diablo (se habla a lo sumo de lo «demoníaco» en el hombre), del purgatorio, de la oración por las ánimas y de otras cosas parecidas y «pasadas de moda»?”
II. La fe nos obliga no solamente a un asentimiento interno a las verdades reveladas, sino también a una profesión externa. Esta obligación implica deberes negativos, que se imponen en todo momento de la vida, y deberes positivos que se hacen actuales solamente en determinadas circunstancias. Siempre es malo negar o poner en duda una verdad de fe. Pero no siempre hay obligación positiva de profesar exteriormente la fe. La obligación positiva existe solamente en circunstancias en que el silencio, o la tergiversación, implicarían una tácita negación, un desprecio, o se opondrían de algún modo al honor de Dios y al bien del prójimo. En otras circunstancias, aunque la profesión de la fe pueda ser un acto de verdadera virtud, el callar exteriormente la fe o alguno de sus artículos puede ser legítimo por causa justa, y más aún, a veces recomendable. Un estudio pormenorizado de estas situaciones corresponde a los moralistas. A los efectos de esta entrada, nos basta insistir en un punto: omitir la profesión externa de la fe, de modo total o parcial, no siempre es un acto reprochable.
III. En la explicación de las verdades de la fe pueden presentarse casos de herejías criptógamas sólo aparentes. Por lo que también aquí es necesario cuidarse de los excesos de la torquemaditis. Veamos algunos casos de criptogamia aparente:
1º.  Simple omisión material, por olvido, distracción, precipitación, etc.
2º. Omisión justificada por la restricción temática. Una obra expone el quinto Mandamiento y no habla de la Trinidad.
3º. Omisión prudente determinada por las circunstancias. El misionero interrogado por un pagano, que le pide le explique en quince minutos lo esencial de la fe católica, se verá en la necesidad de omitir prudentemente muchas cosas.
4º. Legítima pluralidad teológica. Un teólogo prefiere una explicación agustiniana y omite emplear nociones tomistas.

 5º. Género literario. Una homilía para niños o rústicos, o una obra mística, omiten emplear un lenguaje teológico preciso.
6º. Determinaciones culturales o idiomáticas. No siempre se hizo teología en latín, en forma de tesis, empleando el método y el argot de la Escuela Romana del siglo XX. Esto puede verificarse, por ejemplo, en los Padres de Oriente. Circunstancias culturales e idiomáticas pueden crear apariencia de herejía criptógama en quienes tienen limitado su horizonte de ortodoxia a la forma expositiva de algunos manuales.
III. Antes de explicar su noción de herejía criptógama, Rahner dedica algunas páginas al concepto tradicional de herejía, que juzga inadecuado para las presentes circunstancias. Cosa con la que no estamos de acuerdo, pues nada impide mantener la noción tradicional -y que la autoridad eclesiástica ponga mayor diligencia en aplicarla en casos que claman por una sanción- y aprovechar algunas observaciones de Rahner para vigilar otras formas de heterodoxia. 
IV. La caracterización que hace Rahner de la herejía criptógama ofrece algunos puntos de interés:
El fenómeno. “…hoy se da la herejía criptógama en una amplitud esencialmente más relevante que antes. La herejía criptógama se da en la Iglesia junto con su ortodoxia de fe explícita, y posee tendencia esencial a permanecer atemática, en lo cual consiste el cariz peculiar y extraordinario de su amenaza.”
“Ese afecto de cuidado, de vigilancia y sensibilidad del cristianismo frente a la herejía, afecto que le es esencial, debería hoy orientarse sobre todo contra la herejía criptógama. Lo cual es especialmente difícil, ya que ésta se encuentra también entre hombres de la Iglesia y puede sólo con gran dificultad ser delimitada de tendencias legítimas, de un justificado estilo del tiempo, etc.” “…por lo cual ofrece al ministerio docente [Jerarquía eclesiástica] una superficie de ataque mucho más pequeña, teniendo en consecuencia más perspectivas de operar amenazadoramente en la Iglesia.”
Mundo heretizante y praxis herética. “El hombre de hoy vive en un ámbito existencial (…) configurado también por actitudes, doctrinas, tendencias, que deben ser calificadas de heréticas, en cuanto que contradicen la doctrina del Evangelio. Todo esto, que es herético y que determina el ámbito existencial de cada hombre, no necesita indispensablemente objetivarse en proposiciones teoréticas. Cosa que, es cierto, sucederá con frecuencia, pero ni por necesidad ni de manera decisiva. El comportamiento fáctico, las medidas concretas, etc., pueden estar determinadas por una actitud herética, sin que ésta se formule reflejamente en frases abstractas de doctrina. Basta con que se realice en el material concreto de la vida. Considerando que esas objetivaciones (en la praxis de la vida, del estilo vital, de las costumbres, de los usos, del hacer y del omitir, de la dosificación, del avance y del retroceso) son especialmente idóneas tanto para objetivar una actitud herética fundamental, como para ocultarla, ya que, vistas abstractamente, no son pensables con frecuencia solo como objetivaciones inequívocas del espíritu herético (...). La atención, por ejemplo, por lo corporal y la adoración idólatra del cuerpo se mantienen con dificultad la una aparte de la otra en sus objetivaciones respectivas, sobre todo porque en determinadas circunstancias existe, desde tiempos anteriores, una cierta «necesidad de recuperación» de la valoración cristiana del cuerpo, no siendo fácil constatar si dicha valoración de lo corporal es cristiana todavía o es ya herética…”
Material y formal. “Advirtamos que en este concepto, igual que en el tradicional de herejía, queda conceptualmente abierta la cuestión de si dicha herejía está dada «formal» o «materialmente», de manera refleja (si bien no en reflexión sobre lo que de herético en cuanto tal haya en ella) o en realización irrefleja solo, si está dada como «opinión» peligrosa, periférica, o en cuanto acto existencialmente fundamental en el centro de la persona. Podemos, pues, decir provisionalmente: cada cual está hoy infectado por las bacterias y los virus de la herejía criptógama, aunque no por ello tenga que ser calificado necesariamente como enfermo de dicha enfermedad.”
Criptogamia en la Iglesia y su jerarquía. La herejía criptógama “…vive también en la Iglesia... Esa Iglesia en cuanto «multitud de creyentes» vive también en el mundo espiritualmente pluralista de la técnica, de la moderna sociedad de masas, de la civilización de unidad planetaria, de la libertad de pensamiento garantizada constitucionalmente, de la propaganda...”. La “implicitud de la herejía en los miembros de la Iglesia encuentra un extraño aliado en el hombre de hoy; en su recelo ante la fijación conceptual en cuestiones religiosas…”. Porque la Iglesia existe “…en un mundo estructurado heréticamente o de modo heresioide por las herejías criptógamas. Por lo cual no pueden sus miembros sino estar infectados criptógamo-heréticamente. Puesto que la Iglesia es Iglesia de pecadores, y puesto que en un mismo hombre pueden coexistir principios contradictorios (si bien en grados diversos del asentimiento existencial), sobre todo porque en parte ni son, ni necesitan ser, explícitamente temáticos para ser operativos. Tal índole de herejía puede darse en todos los miembros, también en los hombres de la dirección jerárquica. No existe principio alguno en la Iglesia que haga imposible que entre ellos haya incrédulos, aunque lo disimulen y ni siquiera se lo confiesen a sí mismos. Esta herejía no temática, criptógama, no necesita ser ni formal ni culpable…”. “Aunque Iglesia de los pecadores, es también Iglesia insuperablemente santa y que está firme en la verdad por el poder de Dios y por la gracia de Cristo… si bien la herejía criptógama sigue estando dada siempre, sigue siempre representando para cada uno un peligro mortal, no se hará nunca, sin embargo, tan prepotente en la Iglesia entera que confiese ésta sólo con los labios la verdad del Evangelio porque en su interior haya abandonado ya esa verdad heréticamente.”
Posible coexistencia con la fe exterior. “...la herejía criptógama se da en la Iglesia en y con su ortodoxia de fe explícita. La pertenencia a la Iglesia y la confesión expresa de su doctrina no son una defensa mecánica y absolutamente eficaz ante la herejía. A cada uno le pregunta Dios individualmente en su conciencia, que no puede sustituir la Iglesia, si no es quizá en el fondo, bajo la apariencia (que no sólo puede engañar a otros, sino a él mismo) de la ortodoxia, un herético no temático, de la índole criptógama de la herejía. Puesto que esto es posible sin que sea lícito minimizarlo, diciendo que en el fenómeno mentado se trata simplemente de un hecho conocido de antiguo: que no pocos infringen en la praxis de su vida sus fundamentales principios teoréticos, que muchos no hacen coincidir la praxis con la teoría.”
V. Las motivaciones de la heterodoxia criptógama pueden ser diversas y cambiantes de un caso a otro: simple ignorancia, negligencia, influjo del ambiente, miedo a la dictadura de lo políticamente correcto, deseo de agradar al mundo y de obtener su aprobación, frivolidad que conduce a asumir pose de transgresor, revolucionario o iconoclasta, ligereza intelectual, fanfarronería, etc.
En la práctica, Rahner es partidario de combatir la difusión de las heterodoxias criptógamas mediante la enseñanza y el esclarecimiento por parte del magisterio; unidas al estudio y el vigilante examen como responsabilidad personal de los fieles. El alemán descree de las sanciones disciplinarias, posición que no compartimos, pues nos parece que las sanciones –si se aplican con justicia y caridad- son un complemento necesario de los medios sugeridos.
En todo caso, la solución estaría –al menos en parte, a nuestro juicio– en denunciar más y mejor la heterodoxia criptógama, explicando doctrinas y sancionando conductas que en muchos casos no tienen la gravedad objetiva de la auténtica herejía, pero que pueden prevenirse mediante el uso de censuras menos graves que la excomunión, respetando en todo caso las exigencias de justicia respecto de los imputados. En suma, creemos que también es posible aplicar en la Iglesia la teoría de ventanas rotas a la custodia del bien público de la ortodoxia. 


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* Remitimos en este enlace a la crítica que Fabro hiciera a Rahner como aviso para quienes no sepan que el sistema de Rahner ha merecido muy serios reparos sobre su compatibilidad con la fe católica.

martes, 28 de enero de 2014

¿Camisa de fuerza ultramontana? No, gracias



La bibliografía que comenta y explica el dogma de la infalibilidad es amplísima y de muy diverso valor. Dentro de las obras de buena doctrina es difícil encontrar algo novedoso sobre este tema. Sin embargo, hace unas semanas encontramos una explicación clara y a la vez didáctica de lo definido por el Vaticano I. Que proviene de una obra representativa de la teología del siglo XIX a la que los usuarios habituales de la “camisa de fuerza ultramontana” no pueden tachar de "vaticanosegundista", "posconciliar", etc. Su extensión no es la de un libro monográfico pero tampoco se limita a las escuetas páginas de manual. El aparato crítico es riguroso y registra la opinión de autores tan diferentes como Manning y Newman. Trata algunos puntos muy divulgados y otros menos conocidos, pero de interés para un católico tradicional. Por todo esto nos ha parecido importante traducir y publicar un capítulo del libro Lyons: Christianity and infallibility: both or neither. Longmans, Green & co., New York, 1892 (Ps. 1-30). La traducción del capítulo completo está en nuestro estante de scribd. Es una lectura para meditar con tiempo.
En esta entrada reproducimos sólo algunos fragmentos nuestra traducción que refuerzan conclusiones que permiten eludir la hipertrofia de la infalibilidad: 1ª, no todo el magisterio pontificio o conciliar es infalible; 2ª, para que exista infalibilidad es clave la definición, unida una clara intención docente de definir y obligar a un asentimiento absoluto y universal; 3ª, el carisma de la infalibilidad, que no es inspiración, se limita a lo definido, y no a lo que acompaña a la definición, como las consideraciones previas, la exposición de motivos, los argumentos teológicos concomitantes, el pensamiento del papa como doctor privado, etc. 
Esperamos que sea de provecho para nuestros lectores.
"...De acuerdo con lo que se ha dicho hasta ahora, la infalibilidad del papa está circunscrita a su magisterio, y tiene que ver exclusivamente con cuestiones de fe y moral. La pregunta que surge ahora es: “¿todo pronunciamiento del papa, como maestro supremo de la Iglesia, en materia de fe y moral, es un enunciado dogmático o infalible? La respuesta es decididamente no (68). Los teólogos distinguen los pronunciamientos del papa sobre la fe y la moral en dos clases. La primera clase, comprende lo que se llama técnicamente pronunciamientos ex cathedra (a veces también llamados dogmáticos); los pronunciamientos de la segunda clase se llaman simplemente doctrinales. Esta es una distinción muy importante, y debe tenerse en cuenta para evitar la confusión y el error.Ahora bien, sólo las declaraciones ex cathedra son infalibles. Ninguna otra expresión del papa -no importa cuán importante y autoritativa pudiera parecer, aunque fuera promulgada expresamente en virtud de su suprema autoridad apostólica, y dirigida formalmente a toda la Iglesia (72)-, es o pretende ser infalible.
El papa habla infaliblemente cuando, y sólo cuando, habla ex cathedra, y el Concilio Vaticano (74) nos dice en términos precisos y autoritativos, que habla ex cathedra "cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia". Esto es, en otras palabras, el papa habla ex cathedra cuando habla bajo las siguientes cuatro condiciones (76); primera, como maestro supremo de la Iglesia universal, en virtud de la autoridad conferida por Cristo a San Pedro, el primer papa; segunda, cuando define una doctrina; tercera, en relación con la fe o la moral; cuarta, con la intención de obligar a toda la Iglesia a aceptar y asentir interiormente a su decisión. Una quinta condición, es que debe ser perfectamente libre en su acción, lo que es, por supuesto, esencial, pero ello está implicado necesariamente en la cuarta (78). Cuando estas cuatro condiciones están presentes, sin duda, el papa habla ex cathedra o de modo infalible, y cuando una de ellas está ausente, entonces, no importa en qué forma y con qué solemnidad pudiera hablar, su expresión no pretende ser y no es infalible. Tal es el dogma de la infalibilidad papal como lo define el Concilio Vaticano y se incorpora en el Credo católico. 
Para resaltar de manera más definitiva, la fuerza de las anteriores condiciones, son necesarias algunas observaciones sobre cada una.(...) Segunda: cuando define una doctrina. "Esta condición señala los únicos actos concretos del papa que tienen la garantía de infalibilidad; es decir, los actos en que define una doctrina. Se incluye aquí a todos los actos dogmáticos o sentencias emitidas por el papa, sean definiciones de verdades, o declaraciones de hechos, o condenas de errores (78). Se excluyen todos los demás actos. "Una vez más, esta condición, como es manifiesto, exige un acto positivo por parte del papa, porque con omisiones, ya sean culpables o no, la infalibilidad no está implicada de ninguna manera. "Es evidente", dice el Padre Knox (79), "que la simple omisión de definir un dogma, o condenar a un error, incluso si la omisión se debiera a una negligencia culpable que hace daño a la Iglesia, no es de ninguna manera incompatible con la prerrogativa de la infalibilidad. El papa es infalible sólo cuando enseña; y enseñar es una cosa, y omitir enseñar es a otra".Al considerar el efecto de esta condición debe prestarse especial atención al significado exacto de los términos empleados. La palabra "definir" (definire), tal como se utiliza en la definición del Concilio Vaticano, significa resolver de manera definitiva, es una determinación final. Por lo tanto, en orden a ejercer su infalibilidad, el papa debe tener la intención de pronunciar una decisión irrevocable, irreformable, absolutamente final (80); si la decisión no es definitiva y absolutamente inalterable, no existe, sin dudas, ejercicio de la infalibilidad.  
La palabra "doctrina" también es digna de destacarse, sobre todo en referencia al ámbito de la moral. En la moral hay que distinguir cuidadosamente entre la doctrina y la conducta, entre los principios y la práctica, entre la verdad en abstracto y su aplicación a los casos particulares. Ahora bien, el papa es infalible en la definición de la doctrina, el principio general, la verdad de la ley en abstracto; pero no es infalible en su aplicación a los diversos casos particulares que puedan surgir. En otras palabras, el papa es infalible en sus juicios sobre los principios morales, pero no en sus juicios sobre las acciones morales. La "infalibilidad", escribe el cardenal Hergenrother (81) "sólo se refiere a los preceptos morales, a los principios generales que el papa prescribe a todos los cristianos como una regla de conducta; no a la aplicación de estos principios a los casos individuales, y por lo tanto de ninguna manera excluye la posibilidad de que el papa cometa errores en su gobierno por excesiva severidad o de otra manera. Su infalibilidad, que posee sólo como maestro, lo preserva de hecho de la falsificación de las doctrinas de la Iglesia en cuanto a la fe y la moral pero no hay seguridad de que siempre aplicará sin error estas doctrinas y que nunca cometerá personalmente una ofensa contra ellas. Y de nuevo, “Inocencio III (a quien por cierto los acatólicos consideran como el más imperativo y autoritario de todos los papas) establece claramente que los juicios sobre las personas, en casos individuales, no deben suponerse infalibles". 
Lo que se acaba de decir también sugiere la razón por la cual, como observa el cardenal Newman (83), infalibilidad y conciencia nunca pueden entrar en conflicto directo. El objeto de ambas es diferente. La infalibilidad preside el dominio del pensamiento; la conciencia regula el dominio de la acción. El oficio de la infalibilidad es definir la doctrina, el principio general, la verdad abstracta, para dirigir correctamente el pensamiento; el oficio de la conciencia consiste en aplicar la doctrina, principio o verdad, definida, en el caso concreto individual, para dirigir correctamente la acción. Pertenece a la infalibilidad señalar y definir la regla de conducta; aplicar la citada regla a cada acto particular de la conducta pertenece a la conciencia. Es decir, en otras palabras, la infalibilidad tiene que ver con la verdad y la falsedad de la doctrina y los principios; la conciencia, con la licitud e ilicitud de las acciones; la infalibilidad responde a la pregunta, "¿es tal o cual doctrina, o principio, verdadera o falsa, en abstracto?"; la conciencia: ¿"es tal conducta correcta o incorrecta, justificable o no, en el presente caso y sus circunstancias"?(...) 
Cuarta: "con la intención de obligar a toda la Iglesia a aceptar y asentir interiormente a su decisión." Esta condición, según la interpretación de los teólogos, implica dos cosas: (a) el papa debe tener la intención de obligar a la aceptación intelectual de toda la Iglesia; y (b) la intención debe expresarse claramente. El papa puede ejercer su prerrogativa de la infalibilidad sólo cuando se dirige a toda la Iglesia, con intención de obligar a todos los miembros de la misma, en todo el mundo, a un asentimiento interior absoluto. La obligación de un juicio infalible, por lo tanto, debe hacerse extensiva a la Iglesia universal, a la Iglesia en todas partes, o en ninguna; en todos los países, o en ninguno en absoluto. "En consecuencia ", escribe el cardenal Newman (85), los "mandatos que emanan de él [el papa] para determinados países, o grupos políticos, o religiosos, no tienen ninguna pretensión de ser expresiones de su infalibilidad." La intención del papa al pronunciar un juicio infalible debe quedar clara más allá de toda duda razonable. Los teólogos son enfáticos en la necesidad de esta condición. "La intención de obligar a todos los fieles", dice el cardenal Hergenrother (87), "debe hacerse constar expresamente"; "debe ser manifiesta y cognoscible por signos o indicios claros"; dicen los cardenales Franzelin (87) y Mazzella (88). Lo que el papa, por tanto, pudiera pensar o tener la intención de decir, pero no exprese de manera real, y clara, no debe ser considerado como incluido en su declaración infalible (89). Aunque hay ciertas formas o frases que nunca se utilizan, excepto en los juicios ex cathedra, con todo (90) el papa no está vinculado a ninguna fórmula establecida para el ejercicio de su infalibilidad (91). El papa puede, por otra parte, cuando habla ex cathedra, dirigirse directamente a los Obispos de una nación determinada, o incluso a sólo un obispo.(...)
Imagen publicada en el
facebook del sitio oficial news.va
Una observación más, y habremos determinado el único acto, específico y definitivo, en el cual el papa solo es infalible. En el caso de una expresión ex cathedra verdadera, puede, evidentemente, haber disputa sobre la investigación que precede a la definición, sobre el prefacio o la introducción a la misma, o sobre de lo que se dice de manera incidental o sólo de forma indirecta, sobre las explicaciones, las citas y las referencias que se hacen, las razones o argumentos aducidos en prueba de la verdad a ser definida, o en la refutación del error a ser condenado. En todo esto, sin embargo, no hay ejercicio de la infalibilidad, y sólo la definición misma de una verdad, o la condena de un error, es ex cathedra; y, por lo tanto, objeto de la infalibilidad. Esta es la enseñanza común de los teólogos católicos. "En los decretos dogmáticos (es decir, infalibles) de los papas, así como en los de los Concilios", escribe el cardenal Hergenrother (95), "es necesario distinguir entre la definición de un dogma, y las razones, explicaciones, etc., añadidas a la misma. La infalibilidad sólo puede pertenecer a la definición misma." "Lo que la Providencia ha asegurado", dice el cardenal Newman (96), "es sólo esto: que no podría haber ningún error en el último paso, en la definición o dogma resultante. Por consiguiente, todo lo que el Concilio, y todo lo que el papa, define infaliblemente, es una respuesta directa a una pregunta específica que se considera; la prerrogativa no se extiende más allá del poder -desde su Cátedra- de dar a esa pregunta una respuesta verdadera". Exactamente la misma distinción se hacen y se reconocen en las sentencias autoritativas de nuestros tribunales civiles. Lo que se reconoce como jurídico y vinculante no son los comentarios preliminares del juez, sus explicaciones, citas, o incluso los argumentos, por grande que sea su peso y el respeto que merezcan, sino sólo la decisión del caso. He hecho hincapié en esta limitación porque su ignorancia u olvido ha dado lugar a muchas objeciones irrelevantes..."

lunes, 27 de enero de 2014

Jack Tollers: catecismo para tiempos difíciles

Dos conferencias de Jack Tollers, para jóvenes y no tan jóvenes, sobre las virtudes teologales de la fe y la caridad. 





N. de R.: ya están disponibles los dos vídeos.

viernes, 24 de enero de 2014

La bofetada de Francisco a los capitalistas católicos

La bofetada de Francisco a los capitalistas católicos.
Por Massimo Borghesi.
A muchos en Estados Unidos no les ha gustado. La Evangelii Gaudium, la Exhortación Apostólica del Papa Francisco que en Europa ya corre el riesgo de caer en el olvido, como todos los documentos papales pasados y futuros, en Norteamérica está dando mucho que hablar.
Según el periodista radiofónico Rush Limbaugh, que goza de una audiencia de veinte millones de oyentes y de un contrato millonario, el Papa «no sabe de qué habla cuando se refiere al capitalismo y al socialismo». Califica las afirmaciones de su Carta como «puro marxismo en boca de un Papa». En su opinión, no existe un capitalismo sin límites como el que describe Francisco, ni tampoco la Iglesia católica está en condiciones de dar lecciones sobre este tema.
Consideraciones de las que se ha hecho eco uno de los líderes del Tea Party, Jonathon Moseley, para quien «Jesús está llorando en el cielo por las palabras del Papa», ese Jesús que «hablaba al individuo, nunca al Estado o a la política de un gobierno. Era un capitalista que predicaba la libertad personal, no un socialista».
Pero estas posiciones de Limbaugh y Moseley no están aisladas. Frente a opiniones positivas como las expresadas por The Guardian, el periódico de los laboristas ingleses, y el Washington Post, expresión del ala liberal norteamericana, la revista económica Forbes ha dedicado a la Evangelii Gaudium una serie de artículos muy críticos. En su opinión, sobre este Papa pesa la ascendencia peronista, su búsqueda de una “tercera vía” entre capitalismo y socialismo, la sugestión de la teología de la liberación, la cercanía con los análisis del Premio Nobel Joseph Stiglitz, muy valorado por Mons. Marcelo Sánchez Sorondo, el canciller argentino de la Pontificia Academia para las Ciencias Sociales. Como guinda de todas estas críticas, destaca la postura del más ilustre exponente del capitalismo católico norteamericano, Michael Novak, autor de “The Spirit of Democratic Capitalism”, que marcó el punto de encuentro entre católicos y republicanos en la gran alianza político-religiosa patrocinada por el presidente Reagan en los años ochenta contra el comunismo mundial.
Novak se ha mostrado sorprendido por ciertas afirmaciones «sesgadas y sin fundamento» por parte del Pontífice: «algunas de las críticas más duras lanzadas por este texto resultan tan apasionadas e intencionadas que hacen perder de vista la habitual serenidad y generosidad de espíritu que caracterizan al Papa Francisco. Naturalmente, a estas críticas han dedicado su atención los medios, como Reuters y The Guardian. Entre ellas destacan “las teorías de la recaída favorable”, la “tiranía invisible”, la “idolatría del dinero”, la “inequidad”, y la necesidad de una “vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano"». Según Novak, se trata de afirmaciones sobre el sistema capitalista que no son de recibo. «De Max Weber en adelante, el pensamiento social católico ha sido acusado de ser la causa de la pobreza en muchas naciones católicas. Y precisamente sobre esta vertiente, el Papa Francisco refuerza casi de un modo desapercibido las tesis de Weber».
El resentimiento de Novak es comprensible. Conocido como el Weber católico, aquel que en el lugar de La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Weber ponía la ética “católica” como verdadero fundamento del capitalismo “democrático”, se encuentra ahora con un pontificado que desconfía de ese sistema que él, desde siempre, contribuyó a legitimar y a librar de cualquier posible acusación. Hay un punto, entre los muchos de la Evangelii Gaudium, que resulta inaceptable para Novak: «su superficial alusión a las teorías de la “recaída favorable”». Es la teoría del trickle-down, punto central del modelo liberal.
Como escribe el Papa en su Carta: «En este contexto, algunos todavía defienden las teorías de la “recaída favorable”, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia» (Evangelii gaudium, 54). Una crítica que no ha gustado a Novak. Sobre todo la idea de que el modelo capitalista no haya sido confirmado por los hechos como fuente generalizada de bienestar. La respuesta, incómoda, dada la nacionalidad del Papa, reside en el hecho de que en «Argentina y en otros sistemas estáticos, privados de cualquier mecanismo de movilidad social, este comentario sería comprensible. Sin embargo, allí donde generaciones enteras, como en Norteamérica, demuestran la eficacia de la movilidad social, la afirmación del Papa no se corresponde en absoluto con la verdad. La movilidad social promovida por ciertos sistemas capitalistas representa la realidad vivida y experimentada de un vasto porcentaje de la población americana y no una “confianza burda e ingenua”».
La crítica de Novak, es decir, del más ilustre católico capitalista en los USA, demuestra, en su nerviosismo, de qué modo la Evangelii gaudium ha dado en el blanco. Hasta el punto de que el propio pontífice, en su entrevista con Andrea Tornielli para La Stampa (“Jamás tener miedo a la ternura”, 15 de diciembre de 2013), tuvo que puntualizar el controvertido punto señalado por Novak: «En la Exhortación no hay nada que no se encuentre en la Doctrina social de la Iglesia. No hablé desde un punto de vista técnico, traté de presentar una fotografía de lo que sucede. La única cita específica fue sobre las teorías de la “recaída favorable”, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Se prometía que, cuando el vaso hubiera estado lleno, se habría desbordado y los pobres se habrían beneficiado. En cambio sucede que, cuando está lleno, el vaso, por arte de magia, crece y así nunca sale nada para los pobres. Esta fue la única referencia a una teoría específica. Repito, no hablé como técnico, sino según la Doctrina social de la Iglesia. Y esto no significa ser marxista».
Lo que llama la atención es la aclaración final. Acostumbrados, después de 1989, a una legitimación sin condiciones de la globalización capitalista, celebrada como “fin de la historia” y como panacea de todos los males, cualquier crítica contra ella asume el sentido de una posición cripto-comunista. La Evangelii Gaudium rompe el muro de silencio y lanza una piedra, potente, al estanque de las ideas. Ya lo había intentado Benedicto XVI en su Caritas in Veritate, una encíclica que contenía grandes novedades y óptimas puntualizaciones críticas. En comparación con ella, la exhortación apostólica parece más resuelta, toma el toro por los cuernos y no teme gritar al mundo los límites, evidentes para todos después de la debacle financiera de 2008, de un modelo económico que, confiado a sí mismo, corre el riesgo de arrastrar el mundo entero.

Límites estructurales y no periféricos. Hasta Novak reconoce que los potenciales efectos deshumanizantes del capitalismo pueden mitigarse, a los márgenes del sistema, con la actividad caritativa y asistencial propia del cristianismo. Pero no admite que la caridad pueda traducirse en política, de modo que pueda afrontar las causas “estructurales” que, según el Papa Bergoglio, amenazan actualmente la concordia interna y externa de los pueblos, la paz. «Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del “descarte” que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son “explotados” sino desechos, “sobrantes”» (Evangelii gaudium, 53).
La crítica al sistema capitalista-financiero impuesto después del 89 es una crítica a un sistema “asocial”, fundado sobre la exclusión. Exclusión de los desempleados, de los jóvenes, de los pobres, de los invisibles. Exclusión de la ética y de la política.
«¡Cuántas palabras se han vuelto molestas para este sistema! Molesta que se hable de ética, molesta que se hable de solidaridad mundial, molesta que se hable de distribución de los bienes, molesta que se hable de preservar las fuentes de trabajo, molesta que se hable de la dignidad de los débiles, molesta que se hable de un Dios que exige un compromiso por la justicia» (Evangelii Gaudium, 203). Para el Papa Francisco, la cuestión está clara: «Ya no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado» (Evangelii gaudium, 204).
Hay que intervenir activamente para promover una equidad que no coincide con el mero crecimiento económico. «Estoy lejos –escribe el Papa– de proponer un populismo irresponsable, pero la economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos» (Ibidem). La esfera económica no puede reivindicar una autonomía absoluta, ni mucho menos una prioridad sobre la política.
Es necesario un retorno al primado de la política, que tenga como horizonte el bien común social. «La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. Tenemos que convencernos de que la caridad “no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas”. ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!» (Evangelii gaudium, 205).

Una cosa es cierta: raramente un texto del magisterio social de la Iglesia ha hablado con más fuerza. Llama la atención, en la exhortación de Francisco, el tono, el paso del análisis descriptivo a la primera persona, la implicación directa del pontífice, la cólera frente a un mundo que tendría todos los medios posibles para aliviar los sufrimientos y la marginación de millones de seres humanos y no lo hace. «El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos» (Evangelii Gaudium, 58). Una provocación que, por lo que parece, ni Forbes ni Michael Novak han recibido con agrado.
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