jueves, 12 de junio de 2014

El “mal gusto” de Jesús (I)

El texto de Romano Guardini que hoy ofrecemos a nuestros lectores recuerda a quien esto escribe unas palabras de Jack Tollers: «…la opción preferencial por los ricos no se halla en ninguna parte en el Evangelio. [Jesús] Tenía, sí, sus amigos con plata: José de Arimatea por caso, y el mismo Zaqueo. Pero su trato íntimo, sus preferencias, sus más queridos son los anawim, los peores de todos... Es lo que Straubinger llama "el mal gusto" de Jesús
Hay palabras cargadas de sentido negativo y una de ellas es «pueblo». Resulta difícil no asociarla al discurso populista, de la demagogia política y eclesial en sus  formas actuales. Sin embargo, no tenía este sentido para Dostoyevski, que encontraba en el pueblo un sujeto privilegiado para el ejercicio de la caridad, una manifestación de los predilectos del Señor.
Uno puede preguntarse si en sus circunstancias no hay personas semejantes a las que retratara Dostoyevski.

EL PUEBLO Y SU CAMINO HACIA LA SANTIDAD.

En Dostoyevski, el concepto de pueblo es la expresión profunda y auténtica de lo propiamente humano. El pueblo es la esfera primigenia de lo humano, esfera poderosa y venerable en que el hombre está arraigado. Mas al propio tiempo es el pueblo el hombre en su total desamparo, agobiado por el destino, explotado por los hábiles y avisados, oprimido por los poderosos. Pero precisamente por ello esa forma de lo humano que es el pueblo está cercana a las cosas eternas, está circuida por el amor protector, por el amor divino. Para Dostoyevski, lo mismo que para todos los grandes románticos, la palabra pueblo despierta resonancias de veneración, de doble anhelo, de piedad y de consuelo.
El pueblo está en íntima conexión con los elementos del ser, ha nacido con la tierra, está sobre ella, trabaja en ella y vive de ella. El pueblo está enlazado en la estructura misma de la naturaleza, sumergido en las ondas de la luz y del acontecer natural y siente tal vez, sin tener palabras para expresarlo, el todo en su unidad.
Es el pueblo, a pesar de sus miserias y de sus pecados, lo auténticamente humano y, a pesar de toda su bajeza, enjundioso y sano, porque tiene sus raíces en la estructura esencial del ser, en cambio el cultivado, el occidental que se aparta de esa vida profunda se convierte en un ente inconsistente, artificial y enfermo.
La sangre del hombre del pueblo está en su circulación abierta al torrente de la vida común en familia, de la vida de la comunidad y de la vida de la humanidad. El hombre del pueblo vive la totalidad de los sucesos del destino. No tiene ninguna posibilidad de sustraerse al sino, mas tampoco se siente impulsado a hacerlo. Su vida está así colmada de los hechos fundamentales del ser, de los simples acontecimientos cotidianos y de las sencillas alegrías y dolores. El pueblo es, de un modo directo y en ese su estar conforme consigo mismo, el hombre como tal. El pueblo no reflexiona ni se proyecta hacia afuera. Vive aferrado a sus raíces, aferrado al ser hacia adentro. No piensa ni siente de una manera abstracta, sino que lo hace valiéndose de imágenes y sucesos concretos. No sigue ninguna doctrina, sino que obra partiendo de la sustancia concreta, del ahora y del aquí. Sus instintos no han sido aún engañados, de suerte que posee un seguro sentido de dirección y de distinción. El vigor de su vista no ha sido aún destruido; en su vida se erige el símbolo y la visión puede llegar al pueblo y descubrirle el sentido del universo. Instruido por las calladas fuerzas creadoras, sabe y comprende.
De tal suerte vive el pueblo y en él el individuo vive la indestructible realidad del ser, al cual, empero, está entregado. Ha de sobrellevar, pues, el peso de la existencia, sólo que no se plantea la cuestión acerca de si tal carga se justifica. El hombre del pueblo admite la vida con todas sus penurias como algo dado; por lo demás no conoce las técnicas que le permitirían sustraerse a ellas. Simplemente las soporta y de ahí su grandeza.
El pueblo es un ente abandonado a sí mismo, fatigado y agobiado. Es posible que sea astuto, mas, sólo se trata en él de una astucia que se da dentro de ese ser del que se encuentra cautivo. Claro es que también se da el mal, y en gran medida, en el pueblo. En medio de la infantil e inocente alegría y de la bondad más acendrada puede surgir de pronto, cual rayo, un estallido de pasión que se convierte al punto en necia furia. Todas las malas pasiones, furor salvaje, perfidia, imprevisibles raptos de destrucción, crueldad sin límites, abandono a la vida licenciosa y al alcohol, corrupción, todas las fuerzas del mal pueden enseñorearse de él, mas con todo eso, sí, a pesar de eso, el pueblo es "bueno como los niños".
En el fondo, para Dostoyevski, lo mismo que para todo romántico, el pueblo es un ser de existencia mítica. Ese pueblo que Dostoyevski concibe está constituido por los hombres individuales de la vida diaria, pero detrás de ellos hay otra esfera a la que asimismo pertenecen, la esfera propia y primigenia de lo humano, y es por su inclusión en ella que los hombres adquieren el carácter de pueblo.
Y el pueblo así concebido está cerca de Dios.
En las observaciones preliminares de esta obra señalé que en el universo de Dostoyevski los hechos y elementos primarios del ser como la tierra y el sol, el mundo animal y el vegetal, la maternidad, la vida del niño, el dolor y la muerte, tenían relación con lo religioso. Y en efecto, están colmados de significación religiosa, pero en sí mismos constituyen además indicaciones de cómo lo creado se sumerge en Dios, indicaciones de la estrecha relación entre Éste y sus criaturas, de unión... Así pues, el pueblo, y en virtud de esa proximidad, está en cierto modo abierto a Dios. Está próximo a Dios, porque está asimismo abierto a los elementos fundamentales del ser y a ellos indisolublemente entretejido y entregado.
Expresémoslo de un modo aun más preciso: el sentimiento religioso del universo que posee el hombre de Occidente parece caracterizarse por el hecho de que ese hombre tiene conciencia de que Dios ha creado el mundo de un modo acabado y perfecto en sí mismo, de que lo ha creado enteramente en su libertad absoluta, de suerte que ese sentimiento queda informado por la acción religiosa de distancia entre el creador y la criatura. De tal modo, el hombre y el mundo aparecen, por decirlo así, creados a la distancia y hallarse sólo en la esfera de lo finito, pero, por eso mismo, tendiendo permanentemente hacia Dios en un afán de superar tal distancia. Aun cuando el hombre occidental conciba a Dios como inmanente en el mundo —sí, a pesar de todas las corrientes filosóficas monistas de Occidente— siempre parece persistir en él el sentido de que Dios, que habría creado su obra sin trascender de sí mismo, volviera a acercarse a ella desde la lejanía, volviera a penetrarla, a colmarla... En el universo de Dostoyevski, por el contrario, no parece verificarse ese sentimiento de una creación acabada, conclusa en sí misma. En ningún sentido, el mundo de Dostoyevski puede interpretarse como una creación que tiene su estado propio, sino como un mundo que pende enteramente y de manera particularmente inmediata de las manos de Dios. Ese mundo parece estar siempre en el movimiento incesante del devenir, en el fluir permanente y Dios, suscitando en él ese misterioso acontecer, es concebido por el hombre como ligado a ese movimiento en el cual también, por otra parte, está sumergido el hombre.
El pueblo, pues, que no se ha desprendido de la esfera primigenia y originaria de la condición propiamente humana, sino que vive simplemente con la tierra, nutriéndose de ella y a la vez a ella entregado, se siente situado en medio de ese campo de fuerzas y tensiones del obrar de Dios sobre el mundo. Percibe que el todo está animado por algo que proviene de Dios. Presiente el misterio de ese secreto acontecer, su proximidad, su eterno movimiento. Llega a comprender la impenetrabilidad de su enigma, mas de vez en cuando vislumbra y experimenta asimismo las oleadas del torrente de la vida, su inflamado resplandor.
Todo esto ninguna relación tiene en el pensamiento de Dostoyevski con el naturalismo y menos aun con el panteísmo. El hombre de Dostoyevski no es un adorador de la naturaleza ni piensa a Dios como una sola cosa con el universo. En ese mundo en que todo se entreteje con lo divino hay una nota que confiere a este pensamiento un sentido cristiano. El obrar de Dios en la naturaleza es obra de redención. Es un obrar sobre una nueva creación. Dios está frente a la naturaleza y a la vida, pero bajo el signo de Jesucristo y por medio de Jesucristo invita al hombre a salir del mero estado natural y llegarse a El. De no existir esta nota de sentido cristiano, el hombre permanecería en una naturaleza puramente natural, que no sería ya concebida como creación de Dios, sino con un sentido pagano.
Dostoyevski ha expresado su pensamiento a este respecto del mismo modo en que se ha referido siempre a las grandes cuestiones, esto es, valiéndose de la dialéctica de sus personajes, tan rica y significativa, pero a la que no hay que tratar, con todo, sin aplicar cierto sentido crítico. En las novelas de Dostoyevski encontramos muchos personajes que expresan la posición y actitud del pueblo tal como las hemos descrito más arriba. Hay empero algunos que al convertir el mundo de Dios y el pueblo de Dios en algo enfermo y malo revelan su peligroso carácter. Recuérdese a Schátov de Demonios, ese fanático del pensamiento del pueblo para quien Dios se convierte en "un atributo de la personalidad del pueblo"; piénsese en María Lebiádkina, en cuya mente la Madre de Dios y la tierra, confundidas en una misma noción, cobran el carácter de la magna mater de los paganos y a quien el sol, símbolo de Dios, habla de la infinita melancolía de Dionisos.
¿Dónde está la brecha que, salvando la falsa inmediatez de la estructura general de la naturaleza, conduce a la realidad cristiana de Dios? Allí donde el pueblo que cree en Jesucristo sabe que éste está presente en todas partes: en la naturaleza así como en su acontecer y en la existencia cotidiana. "También los animales tienen a Jesucristo", enseña el starets Zósima a los jóvenes campesinos, "y los pajarillos lo alaban". En todo cuanto ocurre interviene Dios, y la voluntad de Jesucristo penetra en el corazón de los creyentes. De esta suerte retiene la existencia del hombre enteramente la condición real de la tierra, sólo que queda amparado bajo el poder de la protección de Dios y colocado bajo la majestad de su voluntad.
Ábrese esta brecha ante todo, por el sufrimiento y el dolor. El pueblo de Dostoyevski sufre horriblemente. Toda su existencia está marcada con el signo del dolor. Ese dolor, empero, se considera como la voluntad de Dios y como tal se lo soporta.
Claro es que a veces se levantan quejas y el hombre se subleva contra el dolor; pero ello siempre ocurre dentro del marco determinado del ser, a que ya hemos aludido. De tal modo verifícase una constante trasformación del universo puramente natural en una creación auténticamente cristiana.
Por eso la tierra, la naturaleza y el pueblo no son naturales sin más, sino realidades redimidas que guardan una profunda relación con lo que San Pablo llama "nueva creación" y con el concepto expuesto en sus epístolas a los efesios y a los colosenses de que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Jesucristo.
Vive pues el pueblo en una actitud que lo hace apto para comprender inmediatamente las palabras de la Revelación.
El starets Zósima dice: "Ábreles este libro de las Sagradas Escrituras y ponte a leer sin palabras altisonantes y sin soberbia, sin darte importancia con ellos, sino tierna y dulcemente, alegrándote de estarles leyendo y de que ellos te hablen y comprendan, gustando tú mismo de lo que lees y haciendo únicamente de cuando en cuando una pausa para explicarles algún vocablo incomprensible para los campesinos; no te apures, que lo entenderán todo, todo lo entiende el corazón ortodoxo." (Los hermanos Karamdzovi, parte II, libro IV, capítulo II). Tal pensamiento tiene su origen en los mismos libros sagrados. Mas cuando en esa actitud creyente el pueblo ignorante reconoce la totalidad de lo que existe como un perpetuo obrar y como un constante mensaje de Dios, la palabra sagrada penetra ya en un mundo que le es afín y en donde es comprendida, aunque no siempre en su expresión plenamente conceptual. Así pues, es el pueblo en su ignorancia y a pesar de ella el receptor de la palabra divina más cercano a Dios. "Sin la palabra de Dios perece el pueblo, pues está ansioso de su verbo y de recibir toda la Belleza." En esta afirmación de que el pueblo "está ansioso de su verbo y de recibir toda la Belleza" se percibe claramente el parentesco que liga la creación a la Revelación, parentesco sólo turbado por el pecado, pero nunca anulado. "Belleza", dice Dostoyevski, y recordemos que la palabra que en griego designa la gracia, charis, significa también donaire y encanto y que para la conciencia cristiana la realización última y perfecta del hombre que habla el Apocalipsis. Este sentimiento vive profundamente arraigado en el ser del cristiano. El pensamiento de que la palabra de la Revelación y la esencia del mundo sean cosas independientes entre sí, le es ajeno, como siempre lo fue en Oriente donde las nociones de nueva creación y de inmortalidad en la bienaventuranza constituyeron las expresiones con las cuales se designó el fruto de la Redención.
Tan profunda es esa relación que el propio pueblo se convierte en un misterio de Dios en el que es preciso creer. Quien pierde contacto con el pueblo, lo pierde asimismo con Dios vivo, pensamiento éste al que quizá pudiera calificarse de romántico, que sólo adquiere su verdadera y plena significación en la conexión en que para Dostoyevski están los conceptos de "pueblo de Dios" y "nueva creación". "Quien no cree en Dios tampoco cree en el pueblo de Dios, pero quien cree en el pueblo de Dios contempla también su santidad aunque hasta entonces no haya creído en ella." Quien abre su corazón al misterio de ese pueblo humilde y creyente, en el que constantemente se realiza el misterio de la acción creadora y redentora de Dios, se abre al mismo Dios.
Ya he empleado varias veces la palabra romántico para referirme a Dostoyevski y por cierto que fue uno de los más grandes. Su pueblo, empero, no es un producto romántico en un sentido superficial y vulgar. Independientemente del hecho de que en su concepto de pueblo tienen cabida elementos fundamentales de la concepción cristiana del mundo, ese pueblo en modo alguno aparece en las obras de Dostoyevski idealizado, sino que muy por el contrario éste lo trata con un criterio extremadamente realista, si se entiende por realismo la expresión de una realidad desnuda. El pueblo de Dostoyevski se presenta en toda su suciedad, con todos sus vicios, en su depravación e ignorancia, pesado, codicioso, degradado, sobre todo por su irresistible inclinación a la bebida... Mas con todo eso es "el pueblo de Dios".
La existencia de ese pueblo así presentado nada tiene de santa en sí misma —cuando Dostoyevski tiende a considerarla santa en ese sentido es signo de que ha sucumbido a su paneslavismo metafísico—, mas por doquier permanecen abiertas las puertas que conducen a la santidad del pueblo. En cualquier momento puede acontecer que el más vil y pervertido de los hombres, en estado de beodez y en una mala taberna, comience a hablar sobre Dios y el sentido de la existencia con tal profundidad que no haya sino que ponerse sencillamente a escucharlo pues cuanto dice es digno de f e…
Esto sólo es posible cuando la totalidad del ser, y en virtud de esa posición con respecto a él en que se encuentra el pueblo, está en íntimo contacto con Dios.

Tomado de:
  
Guardini, R. El universo religioso de Dostoyevski. Ed. Emecé, Bs. As., 1952, ps. 17-24.

domingo, 8 de junio de 2014

Guardini: teología y literatura

Teología y literatura no son objetivamente dos ámbitos excluyentes, aunque ciertamente el quehacer teológico -ahondar en la inteligencia de la revelación cristiana, con el rigor científico que ello comporta- y el quehacer literario sólo hayan sido cultivados simultáneamente y con la debida calidad que ambas tareas requieren por unos pocos privilegiados. Agustín de Hipona representa al respecto una figura paradigmática. 
Ciertamente la teología se expresa preferentemente en formas literarias: en tratados, ensayos o artículos. Pero todas estas formas se encuadran dentro de una «literatura científica», género al cual se le dispensa generosamente del axioma propio del arte: «el primado en la búsqueda de la belleza». Tan sólo se le exige al teólogo esa forma de belleza intelectual que Millán-Puelles ha señalado tan oportunamente: la claridad expositiva.
Con todo, la historia muestra que existe una interrelación insistente entre las bellas letras y la investigación teológica. Las obras filosóficas de Heráclito, Parménides y Platón son simultáneamente clásicos literarios y testigos de cómo la literatura inspiró el pensamiento filosófico -y concretamente la teología natural- en sus orígenes. Aristóteles, por su parte, continuando una línea de investigación platónica, dedicó su Retórica y su Poética a teorizar sobre la literatura, mostrando entre otras cosas el modo como el arte literario influye en las convicciones morales de los hombres. En los primeros teólogos cristianos se descubre un interés literario o, al menos, retórico: Justino, Tertuliano, Clemente Alejandrino y Lactancio son exponentes de ello, pues tratan de teologizar y simultáneamente mantienen la preocupación por escribir formalmente bien, es decir, procuran expresarse en formas que fueran literariamente aceptables en la cultura grecorromana. Ya hemos aludido a San Agustín, profesor de literatura por profesión y que es considerado a la vez un clásico de las Letras y un profundo pensador cristiano. Prudencio cultivó igualmente ambos ideales, aunque con menor fortuna.
Siglos después cabe observar fenómenos análogos al de Agustín en escritores de la edad moderna y contemporánea, como son Marsilio Ficino, Luis Vives, Tomás Moro, Blaise Pascal, J .H. Newman, S0ren Kierkegaard o C.S. Lewis. Y, en cuanto al interés por la literatura como fuente de inspiración teológica, no puede olvidarse a Romano Guardini ni a Charles Moeller, aunque decididamente este interés sólo brota con decisión desde hace pocas décadas. Guardini y Moeller son figuras especialmente interesantes...
GUARDINI
Romano Guardini (1885-1968) fue un hombre de cultura; por eso se sentía a disgusto en el encasillamiento que suponía investigar o enseñar tratados teológicos limitados a unos temas que desde hacía un siglo se habían esquematizado hasta casi fosilizarse. Acontecimientos imprevisibles para él le situaron en un contexto académico ideal para sus aspiraciones: la cátedra de «Filosofía católica de la religión y visión católica del mundo» en la Universidad de Berlín (1923- 1939), proseguida más tarde en Tübingen y finalmente en München, donde desde 1948 se crearía para él la cátedra de Katholische Weltanschauung. Así providencialmente Guardini se encontró con una casi absoluta libertad de estudiar y explicar aquellos temas que su atinada intuición le señalaba como decisivamente importantes para una teología que quería insertarse orgánicamente en las preocupaciones de la cultura universitaria alemana. Entre los temas que Guardini percibió como relevantes para ese fin se hallaban algunos netamente literarios; por eso explicó y luego escribió: Estudios sobre Dante (1931-1956); Holderlin: imagen del mundo y piedad (1939); El mundo religioso de Dostoievski (1947); La relevancia de la existencia en Rainer Maria Rilke: Una interpretación de las «Elegías de Duino» (1953); Sobre la esencia de la obra artística (1959, 2.a ed.) y Lenguaje - Poesía Interpretación (1962).
Según él mismo afirma en sus breves Apuntes para una autobiografla (1945), su teología se centraba en tres ejes: en la antropología, en el contacto con el Nuevo Testamento y, por último, en «interpretaciones de textos y figuras religiosas, filosóficas o poéticas» tratando de enlazar con ellas los problemas más propiamente teológicos V). Su obra acerca de Dostoievski es quizá la más emblemática al respecto -y la más ampliamente conocida-. En el Prólogo de la misma explica la dificultad de su tarea. En efecto, el universo del gran novelista ruso ha sido calificado como especialmente «polifónico», en cuanto alberga una inimaginable cantidad de voces e ideas diversas.
Tras arduos esfuerzos, Guardini comprendió que la clave de tal polifonía se encontraba en «el mundo de los valores» propuestos por el autor ruso (inocencia, humildad, nobleza espiritual…), al cual se ordenan motivos como la luz, la tierra, el dolor, la concordia, etc. Desde ese foco luminoso «todo el universo de Dostoievski, por superficial que pareciera a primera vista, se me representó colmado de sentido religioso». El libro de Guardini es un estudio de ese sentido religioso presente en los temas y personajes dostoievskianos. El estudioso deja hablar profusamente al novelista, reflexionando con él y a propósito de su obra sobre Dios y sobre el hombre encarado con Dios. Por dicha razón este libro no es meramente una interpretación literaria de Dostoievski -aunque sin duda tenga también ese valor-, sino que es ante todo un ensayo auténticamente teológico, en cuanto aspira a conocer la realidad del problema religioso planteado en modo de ficción literaria. Guardini utiliza, pues, la literatura de ficción para iluminar la esencia de la religiosidad humana y de la fe cristiana…
La obra de Guardini y, sobre todo, la de Moeller, pueden ser consideradas en cierto sentido como proféticas, en cuanto han percibido la relevancia que hoy en día tiene la literatura -y, en especial, la novela- para el desarrollo de la teología actual. Hay que subrayar en especial la consideración que les merece la literatura de ficción como cierto lugar teológico. En efecto, la novela -como ha reivindicado en voz alta la narratología moderna- no es sólo un pasatiempo agradable, sino una actividad comunicativa en la cual el lector puede ampliar su horizonte vital, dialogar con los grandes espíritus del presente y del pasado -leer a los clásicos es, en frase de Quevedo, poder hablar con los difuntos-, ponerse en contacto con ideas, situaciones y valores que de otra forma estarían fuera de su alcance. En una época como la nuestra que muchos describen por su característica universalidad espacio-temporal -la «aldea global» (MacLuhan)-, el teólogo no puede ser humanísticamente provinciano, no le es lícito desconocer la polifacética complejidad de la realidad humana…
Ahora bien, tras ponderar los valores de quienes desde la teología se han atrevido hasta ahora a introducirse en el ámbito de la literatura, es preciso reconocer que la hermenéutica de Guardini, como la de Moeller, son susceptibles de múltiples críticas por parte de los expertos en narratología y en teoría de la literatura …el universo religioso de Dostoievski ¿no es acaso un mundo posible, como es propio de cualquier obra narrativa? Pero, si esto es así, la religiosidad allí analizada es sólo una religiosidad posible, quizás utópica. La fe de Alíosha, la santidad de Zósima, la maldad de Stavrogin, Kirillov o la de Iván Karamazov, la piedad solidaria del pueblo ruso..., todas estas caracterizaciones se refieren a personajes inexistentes, no a personas reales. Limitándose a describirlos, Guardini esquiva la cuestión que más interesa al teólogo: ¿los hombres son realmente así? ¿Acciones reales análogas conducen a la felicidad o a la desdicha tal como son tramadas por Dostoievski? ¿Nuestras actitudes de ese género merecen, por tanto, en la realidad esos mismos juicios de aprobación o de repulsa que las novelas evocan?
Guiarse tan sólo de la propia intuición para extraer unos textos de cierta novela y pretender así estar registrando como testimonio las voces del hombre contemporáneo es una actitud sujeta a muchas críticas, una empresa algo ingenua. ¿Dónde radica la aptitud de tales textos para ejemplificar las actitudes reales de los hombres contemporáneos? ¿Acaso no constituyen tan sólo la voz del autor implícito (autor implicado) de la novela, un constructo que principalmente se rige por criterios de coherencia interna dentro de un mundo posible que no es decididamente el mundo real? …
Tomado de:
Odero, J.M. Teología y literatura. Pp. 131 y ss.

viernes, 6 de junio de 2014

Sacheri martir

En algunos  comentarios a nuestra entrada sobre la martiriomanía se ha señalado un punto sobre el que quisiéramos extendernos un poco ahora, que es la posibilidad de “que el asesinato político coincida con el odio a la fe o a la virtud cristiana”. O bien, dicho de otro modo, la dificultad de reconocer y probar que en el asesinato de un cristiano comprometido en la actividad política ha existido un motivo verdaderamente martirial.
Sin pretensión alguna de dar un juicio autoritativo y conscientes de las dificultades probatorias que entraña todo proceso de martirio, a diferencia del caso Mugica, pensamos que la muerte Carlos Sacheri está rodeada de un conjunto de circunstancias que nos llevan a creer que estamos ante un verdadero martirio. Transcribimos fragmentos de un libro que relata los pormenores del asesinato de Sacheri y un comunicado de los victimarios, cuya numeración entre corchetes indica las diecisiete veces que se nombra a Nuestro Señor Jesucristo con distintos términos y las siete veces que habla de “Cristo Rey”. El comunicado trasunta un profundo odio a la fe y las virtudes cristianas.
“Así ocurrió su muerte, el 22 de diciembre de 1974, según lo cuenta su hijo mayor. Acababan de salir de Misa y regresaban al hogar junto con su mujer y sus siete hijos: José María el mayor, de 14 años (autor del relato), María Marta, Cecilia María, Pablo María, Inés María, María Cecilia, María del Rosario y Clara María, la menor, de 2 años, más tres amiguitos.
Fue un domingo a la mañana temprano. Mi madre pasó a buscarnos, con Clara la más chica, a mi padre y a mis otros cinco hermanos, a la salida de Misa y nos dirigimos hacia casa. Vivíamos en la avenida del Libertador. Tuvo que detenerse para esperar que pasen unos autos que venían por la otra mano. Yo estaba distraído. Escuché un estampido muy fuerte y pensé instantáneamente, en décimas de segundo, que había estallado un petardo, ya que era 22 de diciembre; faltaban tres días para Navidad. Miré hacia la derecha y vi la cara de un hombre que hoy, pese a que han pasado más de veinte años, la tengo perfectamente grabada en mi mente. Iba en un Peugeot 504 celeste. Cuando de pronto escucho el grito de mi madre y veo a mi padre con la cabeza inclinada, sangrando; todos en derredor bañados en sangre. En el asiento de adelante íbamos mi madre, mi padre, Clara, la más pequeña de todos, que tenía entonces dos años, en su falda, y yo del lado de la puerta. En el asiento trasero venían mis otros hermanos con unos amigos. Enseguida llevaron a mi padre al Hospital de San Isidro. Allí estuvo unas pocas horas en terapia intensiva, al cabo de las cuales murió”.
                                                                     *       *       *                       
Los asesinos hicieron llegar este comunicado a la revista Cabildo en la persona de Ricardo Curutchet, su director, y a las familias  de las víctimas:
"Sr. Director de la revista Cabildo don Ricardo Curutchet. ¡Presente!
Carísimo hermano en Cristo Rey: [1] nos dirigimos a Ud. con la confianza que nos dan los dos contactos mantenidos con la comunidad nacionalista católica y la revista Cabildo, su más digno exponente, en las personas de los queridísimos aunque extintos profesores Jordán B. Genta y Carlos A. Sacheri. Nos guía la certeza de que seremos atendidos por Usted con la caridad cristiana [2] que ilumina cual antorcha sagrada, su cosmovisión escolástica, virtud ésta enseñada por Cristo [3] y de la que fueron devotos fervorosos Santo Tomás y San Agustín. No pretenderemos referirnos a las circunstancias del fallecimiento de los profesores nombrados, sólo haremos mención de algunos detalles que los rodean.
Enterados de la ferviente devoción que los extintos profesaban a Cristo Rey, [4] de quien se decían infatigables soldados, nuestra comunidad ha esperado las festividades de Cristo Rey [5] según el antiguo y nuevo “ordo missae” y ha permitido que los nombrados comulgaran del dulce Cuerpo de su Salvador [6] para que pudieran reunirse con Él [7] en la gloria, puesto que en este Valle de Lágrimas eran depositarios de la Santa Eucaristía. [8] Como información fidedigna le comunicamos, un tanto apenados, que el difunto Sacheri no comulgó ese aciago domingo en el que concurrió por última vez a la prolongación del sacrificio de la Cruz. Nuestro enviado le dio esa oportunidad, pero, oh... desatino, él no supo aprovecharla y lamentamos que esté pagando sus culpas veniales en el purgatorio (no queremos pensar que haya caído al Fuego Eterno).
Como sabemos que Ustedes y sus allegados también profesan con tan sagrada unción una devoción sublime al reinado de Cristo en la Tierra [9], nos vemos en la obligación de solicitar las fechas que guarden alguna relación con esa festividad sagrada, puesto que según el “ordo missae” no figura en el año litúrgico otra festividad similar en lo inmediato. Para su comodidad nos permitimos sugerirle el Domingo de Ramos, en el que Cristo, [10] montado humildemente en un jamelgo, es coronado victoriosamente Rey [11] de los Cielos y de la Tierra. Para tranquilidad suya le aseguramos que nos comunicaremos con Usted o... con alguno de sus “soldados de Cristo Rey”, [12] quizás de manera un tanto repentina y no exenta de violencia, cuando se hallen en estado de Gracia y hayan participado del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Divino Redentor. [13]
Por este sagrado motivo le sugerimos que no haga diagramar la próxima tapa de su digna revista, pues le ahorraremos el trabajo de buscar el tema, tal cual lo hemos hecho en los dos números anteriores y hasta le adelantamos el original (hoja aparte). Esperamos que tenga oportunidad de decirnos si es de su agrado; si así no fuera queda a su criterio diagramarla, pero recuerde, el tema lo pondremos nosotros. Esperamos no haber abusado de su valioso tiempo y nos atrevemos a pedirle que interceda ante Dios, con el diálogo de los justos, por la salvación de nuestras almas. Nos despedimos ofreciendo a Dios Padre, por Cristo, [14] con Cristo [15] y en Cristo [16] todo el honor y toda la gloria de nuestras acciones, por los siglos de los siglos. Amén.
Fdo. Ejército de Liberación. 22 de Agosto”.

Tomado de:
Hernández, H. Carlos Alberto Sacheri. Orden social y esperanza cristiana. Mendoza (2012), passim.

miércoles, 4 de junio de 2014

Discúlpeme Francisco

El Papa envió una carta a la Asociación Internacional de Derecho Penal, en la que advierte que “la experiencia nos dice que el aumento y endurecimiento de las penas con frecuencia no resuelve problemas sociales, ni logra disminuir los índices de delincuencia”. Para cualquier persona sensata, es obvio que incrementar penas en un código, si luego estas no se aplican, no logra disminuir los índices de criminalidad. Porque los delincuentes se ríen de unas sanciones de papel, que amenazan con males que nunca llegan. Pero la carta de Francisco ha sido interpretada como un aval a una de las peores lacras que afectan a la sociedad argentina: el garantismo abolicionista. Para los garanto-abolicionistas, el sistema penal debiera ser suprimido; pero como tal cosa no es políticamente viable; trabajan incansablemente para destruirlo desde dentro, reduciendo las penas efectivas al mínimo.
Viviam Perrone ha contestado al Papa. Dice que murió hace 10 años, cuando su hijo, Kevin Sedano, fue atropellado por Eduardo Sukiassian en la avenida Libertador, en Olivos. El hombre se dio a la fuga; en cambio, la mujer se convirtió en un ícono en temas viales al encabezar reclamos de justicia por la muerte de Kevin. Sukiassian fue condenado a tres años de prisión, pero sólo cumplió dos meses de esa condena, ya que fue beneficiado con seis meses de prisión domiciliaria. Luego, quedó en libertad.

Discúlpeme Francisco,
Pero no estoy de acuerdo con su carta. Parecería que nadie se anima a contradecirlo. Yo lo voy a hacer. Lo hago porque comprendo que para usted es difícil entender lo que sentimos en la Argentina.
Es difícil entender que vivimos con miedo los que salimos a trabajar todos los días.
Es difícil entender que en nuestro país, muchos sacrificamos ver a nuestros amigos a la noche porque quienes dominan nuestras calles no dudan en disparar y quitar vidas con tal de delinquir.
Es difícil comprender que siente una madre a la que le mataron a un hijo y ve al asesino libre.
Pero a pesar de todo esto, no pedimos MANO DURA. Pedimos MANO JUSTA.
No pedimos un código penal con mayores sentencias. Pedimos que aunque sea se cumplan las leyes que tenemos.
Yo no le pido a Usted que se ponga en lugar de una madre que sufre cuando salen a la calle los hijos que le quedan, porque usted no vive como nosotros.
Pero si pedimos que a quienes tengan que cumplir con su sentencia, se los ayude a vivir como ciudadanos que respetan la vida.
Si pedimos cárceles que sirvan, cárceles que resociabilicen.
Pedimos que quienes salgan de nuestras cárceles sean Ciudadanos dignos.


martes, 3 de junio de 2014

Unión entre la urna y el altar

Una constante en la enseñanza social de la Iglesia, que se ha declarado repetidas veces en el Magisterio, es la indiferencia ante las distintas formas de gobierno, mientras sean justas y tiendan al bien común. Para no abundar en citas, tomemos una muestra de un libro del p. Iraburu:
“La Iglesia es neutral en cuanto a la forma de los regímenes políticos. Éste es un principio doctrinal que siempre ha sido enseñado y practicado por la Iglesia. En él se fundamenta tanto la libertad de la Iglesia ante el Estado, como el legítimo pluralismo político entre los cristianos. En efecto, la Iglesia «en virtud de su misión y naturaleza, no está ligada a ninguna forma particular de civilización humana ni a sistema alguno político, económico o social» (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 42d).
Pío XI: «la Iglesia católica, no estando bajo ningún respecto ligada a una forma de gobierno más que a otra, con tal que queden a salvo los derechos de Dios y de la conciencia cristiana, no encuentra dificultad en avenirse con las diversas instituciones políticas, sean monárquicas o republicanas, aristocráticas o democráticas» (1933, enc. Dilectissima Nobis 6). Vaticano II: «las modalidades concretas por las que la comunidad política organiza su estructura fundamental y el equilibrio de los poderes públicos pueden ser diferentes, según el genio de cada pueblo y la marcha de su historia» (Gaudium et Spes, 74f; cf. Juan XXIII, 1963, Pacem in terris, 67; Catecismo de la Iglesia católica, 1901).”
Respetando el régimen legítimo establecido, un católico puede preferir otro más conveniente para su patria y procurar su implantación por medios y procedimientos honestos. La preferencia teórica de otro régimen está garantizada por la misma accidentalidad de las formas de gobierno y por la libertad que la Iglesia concede a todos los ciudadanos en materia estrictamente política, con tal que sea conciliable con los principios del derecho natural y del Evangelio. De manera que, siguiendo la clásica la división tripartita, un católico tiene plena libertad para ser partidario de la monarquía, mientras que otro puede decantarse por la república y otro favorecer la aristocracia.
Hasta aquí, nada nuevo. Pero resulta que la Conferencia episcopal española, en su nota con motivo de la abdicación de Don Juan Carlos I, ha destacado el aporte del monarca a la “la consolidación de la vida democrática”. La nota merecería varios comentarios, pero vamos a enunciar sólo los primeros que ahora se nos ocurren:
- ¿Por qué se ha guardado silencio respecto de la responsabilidad de Juan Carlos I en la descristianización de la sociedad española?
- ¿Cuál es el motivo por el cual los obispos agradecen a Juan Carlos por la "consolidación de la vida democrática" si la Iglesia se reconoce indiferente ante las distintas formas de gobierno? Porque con un posicionamiento semejante en materia opinable podrían recriminarle por la disolución de la vida monárquica o por el decaimiento de la vida aristocrática.
- Se ha insistido con mucho empeño después del Vaticano II en que existe una legítima autonomía de las realidades terrenas y que en ella se incluye a las formas de gobierno. A la luz de esta nota, ¿deberemos concluir que la alianza entre el trono y el altar fue mala pero que la nueva unión entre la urna y el altar es legítima?
Nos parece que el poder de la corrección política es tal que ha provocado un nuevo enfeudamiento de la Iglesia con el orden demo-liberal y burgués. “Dirumpamus vincula eorum, et projiciamus a nobis jugum ipsorum. Qui habitat in caelis irridebit eos…” (Ps. II).

domingo, 1 de junio de 2014

Hazte Yunque


Alguna vez tratamos en nuestra bitácora sobre ELYUNQUE (en adelante, EY). Una nueva noticia al respecto ha pasado desapercibida en la casi totalidad de los medios de información que adhieren al neoconservadurismo eclesial, con excepción de Forum Libertas. Un juzgado de Madrid considera “esencialmente veraz” el informe periodístico de Fernando López Luengo, quien reveló la relación de algunos miembros de Hazteoir (en adelante, HO), y otras plataformas, con la organización secreta de origen mexicano. En efecto, López Luengo fue demandado por el presidente de HO, Ignacio Arsuaga, por la supuesta difamación de su honor. La sentencia del tribunal da la razón a López Luengo, desestima la demanda en su contra, y obliga a la organización presidida por Arsuaga a pagar las costas del proceso por considerar el informe como “esencialmente veraz”.
HO publicó la noticia, pero informando de otra manera: "En la sentencia, el juzgado reconoce que no hay vinculación entre HO y la supuesta organización denominada “EY”. Una verdad parcial, que engaña al lector, porque al mismo tiempo la sentencia reconoce positivamente que sí hay vinculación entre miembros de HO y EY. No dice que una organización sea dependencia de la otra, pues tal cosa no ha podido probarse, pero sí que algunos de sus miembros pertenecen, que Arsuaga está muy comprometido en la cuestión, al punto de tener que pagar las costas del juicio.
Al enterarnos de esta noticia, hemos topado con la bitácora de José Luis N. Quijada. Una mirada muy superficial a su blog, nos deja la impresión –a confirmar o desmentir en el futuro- que, de modo semejante a lo que ocurre con otros blogs católicos dedicados a denunciar las derivas sectarias en la Iglesia, el autor combina una interesante cantidad de información con un marco teórico en el que pueden colarse algunos errores, cosa excusable y seguramente debida a la juventud del responsable.

P.S.: infovaticana trae hoy información adicional sobre este tema, aquí. También ofrece copia de la sentencia y del informe objeto del proceso.

sábado, 31 de mayo de 2014

Francisco vive en un mundo que le es ajeno

Reproducimos hoy un artículo cuyo contenido no compartimos por completo pero que en muchos aspectos es una descripción bastante realista del pensamiento y las actitudes del Papa Bergoglio.
Francisco vive en un mundo que le es ajeno
Por James Neilson
Ser Papa tiene sus ventajas. El Santo Padre vive rodeado de aplaudidores que celebran la sabiduría supernatural de todo cuanto dice. El fervor que sienten es contagioso. Gritan los titulares: ¡El Papa está a favor de la paz! ¡La cree “urgente! ¡Condena el terrorismo con firmeza! Con entusiasmo conmovedor, en la Argentina por lo menos los fieles toman tales palabras por evidencia de que Francisco es un auténtico líder mundial que pronto convencerá a los belicosos de otras latitudes que ha llegado la hora de batir las espadas en rejas de arado y las lanzas en podaderas para que no haya más guerras. El sueño de Isaías así resumido es muy atractivo pero, según la Biblia, que a veces es más realista que los bienintencionados dirigentes religiosos actuales, tendremos que esperar hasta “la parte final de los días” antes de que la paz reine en toda la Tierra.
Por cierto, no hay motivos para suponer que los guerreros santos que pululan en el mundo musulmán estén por prestar atención a los pedidos piadosos de Jorge Bergoglio: están demasiado ocupados matando a quienes no comparten todas sus preferencias teológicas, comenzando con los cristianos que todavía quedan en la inmensa región que se extiende desde la costa atlántica de África hasta el mar de China pero que, tal y como están las cosas, pronto morirán en matanzas o se verán expulsados.
Además de seguir las huellas de los centenares de dignatarios eclesiásticos de diversas iglesias, políticos e intelectuales renombrados que en años recientes han viajado a la Tierra Santa trayendo mensajes de paz y que, casi siempre, dan a entender que la mejor forma de asegurarla consistiría en que Israel desmantelase sus defensas, Bergoglio se vio involucrado en un nuevo escandalete en su país natal. No fue su culpa.
En vísperas del 25 de Mayo, llegó a la Casa Rosada una carta escueta, escrita apuradamente en su nombre por algún subordinado en que aludió, como es su costumbre, a cosas buenas como la concordia, el diálogo constructivo y la convivencia pacífica. No fue nada del otro mundo pero, sin perder un minuto para preguntarse por qué se le ocurriría a alguien falsificar una esquela tan rutinaria, los vaticanólogos locales, impresionados por el tuteo, un error de tipeo y otros detalles estilísticos, decidieron que era trucha, algo inventado por los kirchneristas, un juicio que fue avalado por el “ceremoniero”, el argentino monseñor Guillermo Karcher, que la calificó de un “collage” hecho con “mala leche” por un “artista”. En cierto modo lo fue, pero sucedió que “el artista” responsable de la misiva resultaba ser el mismísimo Papa.
Desde antes de metamorfosearse en Francisco, hay dos Bergoglio. Uno es el jefe de una grey de más de mil millones de personas que está procurando restaurar la autoridad espiritual de la Iglesia Católica acercándose a la gente y diciéndole que él también cree que el mundo se ha equivocado de rumbo. De acuerdo común, es mucho más simpático, más “humano”, que su cerebral antecesor alemán, el papa emérito Joseph Ratzinger o Benedicto XVI. Este Bergoglio quiere adaptar la institución que encabeza a los tiempos que corren sin romper por completo con los dos mil años de historia en que se basa casi todo su prestigio.
El otro Bergoglio es el hombre que, según Néstor Kirchner, militaba como el “jefe de la oposición”. Si bien no le es dado continuar desempeñando tal rol, entre sus compatriotas abundan los tentados a ubicar todas sus palabras, guiños y gestos en el contexto político argentino, subrayando lo que diferencia su manera de actuar del combativo estilo K, con el propósito de incomodar a Cristina. Parecen creer que, como Juan Domingo Perón cuando estaba en Madrid, Francisco mueve una multitud de hilos, manda instrucciones cotidianas a sus operadores y por lo tanto está detrás de todas las maniobras emprendidas por la sucursal argentina de la Iglesia Católica. De no haber sido por tal ilusión, a nadie se le hubiera ocurrido preocuparse por la autenticidad de una carta meramente formal.
Ayudar a tranquilizar los ánimos aparte, no hay mucho que Francisco puede hacer para que por fin la Argentina salga del pantano socioeconómico y político en que sigue hundiéndose. Protestar, como buen peronista, contra un orden nacional e internacional inequitativo no sirve para mucho en un país vapuleado por la inflación que tambalea al borde de la bancarrota y que, de no ser por la soja hoy y –¿quién sabe?– el gas shale mañana, tendría que elegir entre intentar una revolución capitalista dura que sería denostada por “neoliberal” por un lado y, por el otro, resignarse a un destino de miseria generalizada. Mal que les pese a los papistas, la influencia del Sumo Pontífice argentino en el futuro del país será escasa.
También lo será en el resto del mundo. Mientras Francisco celebra su propia amistad personal con algunos popes ortodoxos, rabinos judíos e imanes musulmanes, creyentes menos benévolos de distintas confesiones religiosas hablan el lenguaje de la guerra. En el Oriente Medio, el Papa trató de congraciarse con todos, en especial con los musulmanes palestinos que se han propuesto eliminar de cuajo al “ente sionista”, Israel, con sus habitantes judíos adentro.
Como los izquierdistas “antisionistas” europeos, Francisco se manif
estó terriblemente indignado por la barrera que fue erigida por los israelíes para frustrar a quienes entraban en su país para asesinar a hombres, mujeres y niños indefensos; al recordarle el primer ministro Benjamín Netanyahu y otros voceros israelíes que, a partir de la construcción de dicha barrera, hubo llamativamente menos atentados terroristas, el Papa procuró reducir el impacto de su militancia pro palestina anterior rindiendo homenaje al profeta del sionismo, Theodor Herzl, y visitando Yad Yashem en que se conserva la memoria de los millones de judíos asesinados por los nazis.
En su tesis doctoral, el líder palestino, Mahmoud Abbas –“hombre de paz”, según Francisco–, nos explicó que el Holocausto fue una obra conjunta de los nazis y sionistas. Abbas se ha sentido dolorido últimamente porque la guerra civil en Siria, donde ya han muerto más de 150.000 personas en la lucha entre el dictador Bashar al-Assad y sus enemigos igualmente brutales, ha distraído la atención de los medios occidentales de su propia causa. Por lo tanto, le encantó la invitación a rezar por la paz en el Vaticano con Francisco y el nonagenario presidente israelí Simón Peres, un hombre cuyo peso político es nulo.
No solo el Papa sino también Barack Obama y muchos otros quisieran creer que el conflicto entre Israel y los árabes palestinos está en la raíz de virtualmente todos los problemas que están convulsionando al “Gran Oriente Medio”, de suerte que si lograran reconciliarse, los islamistas depondrían sus armas. Por desgracia, el asunto dista de ser tan sencillo como les gustaría suponer. Para Al-Qaeda y el enjambre de agrupaciones afines que día tras día surgen en Yemen, Irak, Afganistán, Pakistán, Malasia, el norte de África, Filipinas, el Cáucaso y China occidental, Israel es solo una manifestación antiislámica más, “el pequeño Satán” al decir de los iraníes, ya que el enemigo principal es Estados Unidos, “el gran Satán”, y los países de Europa.
De caer Israel, estarían en la mira Andalucía, Sicilia y Grecia, que antes habían formado parte del mundo islámico. Los guerreros más vehementes aluden con frecuencia creciente a un objetivo que, como entenderá Francisco, tiene un valor simbólico evidente: Roma.
Oponerse a la violencia y predicar a favor de la paz es fácil, pero es muy poco probable que la breve visita papal al Oriente Medio haya salvado una sola vida en Siria, Irak, el norte de África u otros lugares en que los islamistas, envalentonados por el repliegue norteamericano y la debilidad europea, están avanzando, masacrando a miles de personas de todos los credos y de ninguno. ¿Se arrepentirán los esbirros del régimen sudanés que encarcelaron una mujer embarazada y amenazan con decapitarla porque, según ellos, abandonó el islam por el cristianismo, la fe en la que nació? ¿Ayudarán las súplicas papales a las casi 300 niñas nigerianas, la mayoría cristiana, secuestradas por los fanáticos de Boko Haram para vender como esclavas, a los cristianos de Pakistán condenados a muerte por “blasfemia” contra el islam o los coptos de Egipto? Claro que no.
Parecería que, como tantos otros, Francisco teme más herir la sensibilidad tierna de sus interlocutores musulmanes que exigirles hacer algo positivo, aunque solo fuera organizar manifestaciones callejeras gigantescas equiparables con las que repudiaron la publicación de algunas caricaturas insulsas danesas, para protestar contra los horrores perpetrados por tantos correligionarios. Se entiende: hay que privilegiar “el diálogo” entre representantes de las distintas ramas del monoteísmo abrahámico.
Pero, mientras el Papa, Obama y otros siguen dialogando en torno a abstracciones con el presunto propósito de alcanzar un consenso, hombres de ideas muy diferentes toman nota de su pasividad para llegar a la conclusión de que los infieles occidentales ya están batiéndose en retirada, huyendo en pánico de las tierras musulmanas que habían invadido con la colaboración de apóstatas locales, y que, con tal de que sigan atacándolos, la victoria final será suya.
Fuente: 

jueves, 29 de mayo de 2014

La ruleta "francisquista"


Todos, de una manera u otra, tendemos a buscar una explicación monocausal para los distintos fenómenos que percibimos. Esto se debe, en parte, al pecado original y a uno de los capitales: la pereza. Por lo que nadie está exento del vicio de simplificar en exceso acerca de los factores que concurren como causas de un hecho. Además, muchas veces inciden en nosotros doctrinas que pretenden explicarlo todo en términos monocausales y que procuran ganarse la lealtad de gente más empeñada en gastar tiempo defendiéndolas, y atacando a sus rivales, que dedicándose a una investigación original. La verdad es que la explicación completa de algo es muchas veces multicausal. Con todo, es cierto también que muchos hechos simples pueden reducirse a una sola causa, que opera como la principal y más relevante, pues tampoco es razonable embarcarse en profundas investigaciones sobre cada uno de los acontecimientos que conocemos en nuestra vida cotidiana.
Parece cosa evidente que la Iglesia tiene enemigos. Una parte importante de esos enemigos se encuentra en los medios de comunicación masiva. Los medios enemigos con muchísima frecuencia manipulan la información relativa al Papa. Tergiversan hechos y dichos con un sesgo determinado por sus ideologías e intereses. O lo hacen por ignorancia y temeridad. Las motivaciones son diversas y las disposiciones pueden estar en la buena o mala fe de las personas que informan y opinan.
Debemos admitir que, no pocas veces, la manipulación periodística es un hecho simple, que puede atribuirse a una sola causa. Otras veces, esta manipulación se produce por multitud de factores. Una tarea importante de los medios católicos es suministrar información verdadera y disipar la confusión creada por la manipulación de medios que, o son abiertamente enemigos de la Iglesia, o carecen de la formación religiosa necesaria para informar adecuadamente sobre cuestiones eclesiales.
Sin embargo, un defecto recurrente en los medios de comunicación católicos es la tendencia a disipar la manipulación periodística por medio de explicaciones insuficientes. Por afán apologético pareciera que tienen una ruleta de explicaciones prefabricadas. A veces, la ruleta cae en la explicación monocausal; otras, admite varias causas; pero nunca incluye entre sus números, como un factor posible, sea único o concurrente con otros, el error, la imprudencia o la ambigüedad de parte del Romano Pontífice. Se cae así en el fetichismo africano.
Veamos una lista, no exhaustiva, de los números de esa ruleta de explicaciones:
1. Deficiente traducción.
2. Palabras fuera de contexto.
3. Cuando dijo X es claro que probablemente quiso decir Y.
4. La fuente no es confiable.
5. La información no es de primera mano.
6. Debemos mirar el asunto desde la perspectiva cultural argentina.
7. Los medios deformaron lo que dijo.
8. No puede ser verdad, porque contradice lo que dijo en oportunidades anteriores.
9. El p. Lombardi lo desmiente.
A veces esta ruleta acierta en dar una explicación adecuada a la realidad. Sin embargo, toda inteligencia católica puede preguntarse si, además de estos factores enumerados, que pueden ser verdades parciales, la confusión eclesial no se debe también a otro factor: Francisco con sus “bergogliadas” (gestos) y sus “bergoglemas” (dichos). En nuestra opinión, se debe buscar siempre la verdad, de forma completa, sin prejuicios monocausales, inspirados en la papolatría (“amiga”) o en la papofobia (“enemiga”). Res sunt, ergo cognosco.  

martes, 27 de mayo de 2014

El caso Dreyfus

La historia es maestra de la vida. A veces viene bien recordar el pasado para no repetir errores en el presente. 

Ya hemos visto la repentina popularidad alcanzada por el general Boulanger en 1886; dentro del desorden político y social que reinaba por entonces en Francia, el ejército representaba el último baluarte del honor, del orden y de la honradez. Las agitaciones alrededor del escándalo Wilson, yerno del presidente de la República Grévy, que proporcionaba condecoraciones, había provocado un compacto agrupamiento de la opinión pública en torno a Boulanger, partidario de la revisión, y la III República había sido peligrosamente alcanzada.
Sabemos que el Gobierno consiguió actuar con decisión, gracias, sobre todo, a la falta de carácter del general.
El fin del bulangismo no había logrado apaciguar el ambiente; los problemas sociales se estaban planteando de forma aguda; habían estallado algunas huelgas (Carmaux), en Fourmies, en 1895; el Ejército se había enfrentado con los obreros, por lo cual algunos de ellos habían resultado muertos. Por último, el escándalo de Panamá acabó de perturbar los espíritus; en pocas palabras: se sabe que el ingeniero De Lesseps, con el fin de reunir los enormes capitales que necesitaba para llevar a cabo su proyecto de construcción del canal de Panamá, había encargado al barón de Reinach obtener del Parlamento un empréstito en lotes; el barón repartió algunos fondos entre los diputados para conseguir votos favorables; el escándalo fue descubierto, y la resonancia alcanzada fue enorme.
Los enemigos del régimen —católicos en su mayoría— consideran que no les queda más que una esperanza, ya que los príncipes no parecen decididos a obrar: buscar dentro del Ejército al hombre que favoreciese sus designios. La revancha contra Alemania es una poderosa palanca patriótica y política; Drumont, Rochefort, Dérouléde, se dedican a ello activamente. Además se ha iniciado una campaña contra los judíos, con Drumont en la Libre parole y Rochefort en L'Intransigeant. Cualquier asunto patriótico, cualquier cuestión de espionaje, no podía menos de provocar una tensión de nervios, que llegaría hasta el máximo.
Ahora ya conocemos bien lo que se ha llamado el «Asunto Dreyfus». Un oficial judío, el capitán de artillería Dreyfus, pasante en el 2° despacho del Estado Mayor General, había sido detenido, el 15 de octubre de 1894, bajo la inculpación de haber facilitado documentos, secretos. La policía militar francesa había descubierto, gracias a uno de sus agentes, la señora Bastian, empleada en la Embajada alemana como asistenta, un «estadillo», todo rasgado, entre los papeles del agregado militar alemán, M. de Schwartzkoppen. Un estudio detenido del documento hace sospechar de Dreyfus, y, naturalmente, su, calidad de judío atrae todavía más las dudas. El 22 de diciembre de 1894 es condenado por un Consejo de guerra, y en circunstancias muy rápidas, a la reclusión perpetua. Dreyfus protestó siempre, insistiendo, en su inocencia.
El 2 de julio de 1895, el comandante Picquart sucedio al comandante Sandherr en la dirección del
Servicio de Información del Ejército. El expediente Dreyfus se había engrosado por un cablegrama, enviado por el agregado alemán a un tal comandante Esterházy , cuya conducta privada era deplorable y que, además, andaba necesitado de dinero; una investigación reveló a Picquart la similitud de los escritos de Esterházy  y del estadillo. El hecho era grave, pues demostraba que el Estado Mayor del Ejército se había equivocado. Si todo el asunto se hubiera desarrollado en la penumbra de los despachos y en el silencio de los medios militares, seguramente no habría tenido eco ninguno. Pero las pasiones estaban desencadenadas; las izquierdas, exasperadas por los ataques de las derechas; las pasiones antijudías, habían llegado a su colmo. La Prensa se apoderó del incidente y comenzó una campaña para la rehabilitación de Dreyfus, campaña animada y costeada por los compatriotas del oficial judío; dirigieron ésta el vicepresidente del Senado, el alsaciano Scheurer-Kestner; el gran rabino, Zadoc-Kahn; el hermano de Dreyfus, Mathieu Dreyfus, y Bernard Lazare. Pero dicha campaña fracasó; las izquierdas, igual que las derechas, creían en la culpabilidad de Dreyfus. Esterházy  había sido juzgado y absuelto. (Más tarde se supo que en el expediente había sido introducido un documento falso.)
La actitud de la Iglesia fue en este asunto de absoluta neutralidad; la familia Dreyfus se dirigió al Papa, y un grupo de universitarios se entrevistó con el arzobispo de París. León XIII no podía pleitear por esta causa ante el Gobierno francés; seguramente que la susceptibilidad republicana no lo hubiese permitido, sobre todo por tratarse de un asunto de espionaje «reglamentariamente juzgado» por un tribunal militar francés. La posición oficial del cardenal Richard, arzobispo de París, hubo de regirse por la del Santo Padre; a pesar de las patéticas súplicas de los universitarios, a los cuales recibió en audiencia a fines de 1897, resolvió que «la Iglesia no debía intervenir».
Esta actitud de neutralidad pasiva será traducida en adelante en una hostilidad irreducible e inconfesada.
El que acabó de caldear todo el asunto fue Emilio Zola, novelista naturalista, que por medio de una serie de artículos y de folletos emprendio un campaña violenta y encarnizada; fue él quien introdujo el anticlericalismo en el asunto, asociándolo arbitrariamente al antisemitismo, «suprema esperanza de los clericales». Imaginó en todos sentidos un plan de campaña clerical: mediante una guerra religiosa intentaba imponer nuevamente la intolerancia de la Edad Media y quemar a los judíos. Zola, que era masón, generalizó desmedidamente y sin veracidad ninguna la reacción clerical en la Política, en las Artes y en la Prensa, por medio de la cual dio a conocer una carta pública dirigida al presidente de la República; Clémenceau le puso por título: Yo acuso, y ésta apareció en L'Aurore. En ella se exponía todo el asunto: los duelos internos del Estado Mayor, los documentos falsos, la utilización de la razón de Estado, la condena de Dreyfus en Consejo de guerra basándose en un documento que permanecía secreto, la ilegalidad de este crimen jurídico. La intervención de Zola transponía los límites de la disputa, y los periódicos católicos hicieron fuego contra él, no desconociendo su anticlericalismo lleno de odio, y calificándole de «vicioso, pervertido y medio loco». Zola, que seguramente perseguía una plataforma electoral y un trampolín para su publicidad literaria, es el que desencadenó el escándalo, envenenándolo y mezclando a una querella anticlerical, una cuestión política, social y religiosa. Asoció el espectro de la dictadura militar (recordando el asunto Boulanger) al de la reacción clerical; reunió la totalidad de las izquierdas y de los republicanos contra el militarismo y lo que él llamaba «la Congregación», palabra vaga, sin sentido del todo definido, pero que quería significar el clericalismo…

Los límites de este libro nos impiden referir «l'Affaire», como se le llama; los judíos, en L'Univers Israélite (enero de 1898), aclararon también «la vieja conspiración de la Iglesia contra el espíritu y la revancha de los clericales sobre la República... Se han convertido en factores del antisemitismo... Venid, pues, a nosotros, judíos, protestantes francsmasones y todo aquel que quiera la luz y la libertad; uníos a nosotros y luchad para que Francia —como dice una de nuestras oraciones— conserve su rango glorioso entre las naciones, para defenderla así del cuervo sombrío, que ha clavado sus garras en el cráneo del gallo galo, y se cree obligado a darle picotazos en los ojos.» A esto, la Revue des Deux-Mondes respondía justamente, el 1.° de febrero de 1898: «Semejantes ataques, tan repetidos, han acabado por hacer surgir el peligro que tanto nos han anunciado.» Zola mantuvo un proceso que perdió, pero la publicidad fue inmensa. La guerra religiosa se había desencadenado nuevamente en Francia, donde permaneció después y aún perdura.
El 20 de febrero de 1898 se creó la Ligue des Droits de l'Homme: en la calle se oían gritos de: «¡Mueran los judíos!», y se aplaudía al príncipe de Orleáns; antisemitas y antimilitaristas aullaban furiosamente unos contra otros; los franceses estaban divididos entre ellos, y la mayor parte divididos, a su vez, entre sí, según la justa expresión de Sabatier en Le Temps. El drama se apoderó del «Affaire»: el coronel Henry, autor del documento falso que había engañado al primer Consejo de guerra, se suicidó. A fines de diciembre de 1898 se creaba, contra la Liga de los Derechos del Hombre, la Ligue de la Patrie française, que agrupaba la derecha militarista, católica y patriótica. Los católicos se colocaron del lado «antidreyfusard»; la Croix de los asuncionistas se distinguió por su tesón; la Libre Parole y La Vérité française dirigían el combate. Hubo también muchos católicos que se colocaron del lado de Dreyfus: Paul Viollet, Paul Bureau, Taillandier y los abates Pichot y Grosjean intentaron esclarecer la opinión católica; el clero y los católicos se habían colocado instintivamente de parte del Estado Mayor atacado; el Ejército fue considerado entonces «mansión de jesuitas». La prensa católica, dirigida por los asuncionistas, tenía extraordinario alcance; a ella pertenecían La Croix, La Croix du Dimanche, Le Pèlerin, L'Almanach du Pèlerin, Les Contemporains Les Questions actuelles, Le Mois littéraire y otros numerosos folletos, cuya cifra se calcula en 130 millones por año, diseminados por toda Francia. El P. Vincent de Paul Bailly, director de esta gran máquina de los asuncionistas, aceptó la batalla como la había presentado L'Univers israélite con Zola y, después, Jaurès. La Croix, el gran diario católico, presentó la lucha como «la victoria de Cristo» (2 de febrero de 1898).
La posición de los católicos ha sido muy criticada, y con razón; pero es preciso comprender que, engañados por las apariencias, y creyendo que Dreyfus era culpable, emprendieron una cruzada para hacer frente a los enemigos del catolicismo coaligados en su mayor parte en el campo contrario.
El gabinete Brisson se encargó de la revisión del proceso; la Cámara criminal del Tribunal de Casación declaró la revisión admisible en la forma, y Dreyfus compareció ante el Consejo de Guerra de Rennes, a mediados de 1899; por 5 votos contra 2, este Consejo condenó nuevamente a Dreyfus a diez años de reclusión; pero inmediatamente después fue indultado por el Presidente Loubet. Hasta 1902 no será ya exigida una nueva petición de revisión, fundada en nuevos hechos. Después de una larga instrucción de la Cámara Criminal del Tribunal de Casación, ésta y todas las demás Cámaras reunidas, dictaron sentencia por la cual los cargos acumulados contra Dreyfus eran declarados inexistentes y la condena anulada por haber sido «pronunciada injustamente y por error». La publicación en 1930 de los Carnets de Schwartzkoppen por Schwertfeger, ha demostrado la inocencia de Dreyfus y la culpabilidad de Esterházy .
Una vez más los católicos de Francia se habían equivocado gravemente, siguiendo opiniones de malos dirigentes; la franc-masonería se había declarado a tiempo en favor de Dreyfus, aunque no faltasen numerosos masones en contra suya. La Asamblea general del Gran Oriente de 1899 encargó al ministerio de Defensa republicana, que era de toda su confianza y de toda su adhesión y concurso «del aniquilamiento de la conjuración clerical, militarista, cesariana y monárquica». La Asamblea renovó los votos de separación de la Iglesia y del Estado, de la supresión de las congregaciones religiosas y de la revocación de la Ley Falloux. El «Asunto» va a servir de punto de reunión anticlerical y ayudará grandemente a las izquierdas para llevar la paciencia a las masas populares respecto a las reformas sociales constantemente prometidas pero nunca llegadas a establecer.

Esta será la vasta política llamada de Action républicaine que vamos a estudiar. León XIII había hecho saber, en octubre de 1899, a los responsables de La Croix que reprobaba «el espíritu y el tono de este diario» (Libro amarillo de la Santa Sede, 1903, pág. 3), y en marzo de 1900 comunicó a los asuncionistas que debían abandonar la dirección del diario. La Croix anunció, el 5 de abril, que proseguía su tarea, contando en adelante con la ayuda económica de un industrial del Norte. León XIII había declarado a Boyer d'Agen en 1899, hablando de Dreyfus: «¿No se tratará de un pretexto? ¿No será la misma República la verdadera acusada?» (Fígaro, 15 de marzo de 1899); la prensa realista y conservadora se alborotó y exigió que la Santa Sede se retractase. El P. Lecanuet escribe que damas distinguidas organizaron entonces novenas «por la liberación de la Iglesia»; es decir, para que el Papa muriese (op. cit., III, pág. 189). Cuando, en 1906, Dreyfus fue por fin rehabilitado, L'Osservatore Romano (14 de julio de 1906) censuró «a los que, por motivos ocultos y con fines fraudulentos, han falsificado documentos, ocultado la verdad y empleado la impostura y la astucia para lograr que se cumpliesen sus tristes designios». El clero y los católicos franceses se habían comprometido peligrosamente en este desdichado asunto.
Francia estaba dividida en dos, y los que ocupaban el poder supieron utilizarlo; el odio contra el clero despertó más violento que nunca; el diario La Raison, del 21 de diciembre de 1902 (citado por H. Guillemin) escribirá: «Contra el sacerdote todo está permitido. Es el perro rabioso que todo transeúnte tiene derecho a matar». Fue preciso ser masón, anticlerical militante, para ser diputado, ministro, funcionario de la III República. Los católicos de Francia estaban, de hecho, expulsados de la comunidad política de su país.

Tomado de:

Roger, Juan. Ideas políticas de los católicos franceses. Madrid: CSIC, 1951.Ps. 334-339.